LUNES
—Ay, preciosa, cuánto me alegro de oír tu voz —dijo la madre de la chica por teléfono—. Me está traicionando el cuerpo otra vez. A veces creo que mi vida no es más que un largo proceso de traiciones del cuerpo.
—Como todas las vidas, ¿no? —dijo Pip.
Había adoptado la costumbre de llamar a su madre desde Renewable Solutions durante la pausa de la comida. Esto mitigaba en parte su sensación de no valer para ese trabajo, de tener un trabajo para el que nadie podía valer, o de ser una persona que en realidad no valía para ningún trabajo; y además, al cabo de veinte minutos, podía decir con sinceridad que tenía que seguir trabajando.
—Se me cierra el párpado del ojo izquierdo —explicó su madre—. Es como si tuviera un peso que tirase hacia abajo, como uno de esos plomos diminutos que usan los pescadores, o algo parecido.
—¿Ahora mismo?
—A ratos. No sé si será parálisis de Bell.
—Sea lo que sea la parálisis de Bell, estoy segura de que no la tienes.
—¿Y cómo puedes estar tan segura, preciosa? Si ni siquiera sabes qué es.
—No sé... Quizá porque tampoco tenías la enfermedad de Graves. Ni hipertiroidismo. Ni melanoma.
No es que Pip se sintiera bien burlándose de su madre. Pero su relación estaba siempre contaminada por el «riesgo moral», una expresión muy útil que había aprendido en los textos de economía. Pip era como un banco demasiado grande para quebrar en el sistema económico de su madre, una empleada demasiado indispensable para despedirla por un problema de actitud. Algunos de sus amigos de Oakland tenían también padres problemáticos, pero conseguían hablar con ellos a diario sin que se dieran momentos de innecesaria rareza, porque incluso los más problemáticos contaban con intereses que iban más allá de un hijo único. Por lo que concernía a su madre, Pip lo era todo.
—Bueno, creo que hoy no puedo ir a trabajar —dijo su madre—. Lo único que hace soportable ese trabajo es mi Deber, y no puedo conectar con el Deber teniendo ese «plomo de pescar» invisible tirándome del párpado.
—Mamá, no puedes volver a faltar. Ni siquiera estamos en julio. ¿Y si luego coges la gripe de verdad, o algo parecido?
—Y mientras tanto, todo el mundo pensando qué hace esta mujer a la que se le está cayendo media cara hacia el hombro metiéndome la compra en la bolsa. Ni te imaginas la envidia que le tengo a tu cubículo. La invisibilidad que te da.
—No idealicemos el cubículo —dijo Pip.
—Es lo más terrible de nuestros cuerpos. Son tan visibles, tan visibles...
Aunque padecía una depresión crónica, la madre de Pip no estaba loca. Se las había arreglado para conservar su empleo de cajera en el New Leaf Community Market de Felton durante más de diez años y, en cuanto Pip renunció a su manera de pensar y se adaptó a la de su madre, pudo seguir a la perfección lo que le estaba diciendo. El único elemento decorativo de las mamparas grises del cubículo de Pip era un adhesivo de los que se ponen en los parachoques: «AL MENOS LA GUERRA CONTRA EL MEDIO AMBIENTE SÍ QUE VA BIEN.» Los cubículos de sus colegas estaban recubiertos de fotos y recortes de prensa, pero Pip entendía el atractivo de la invisibilidad. Además, ¿qué sentido tenía instalarse demasiado si cada mes daba por hecho que iban a despedirla?
—¿Has pensado un poco cómo quieres no celebrar tu no-cumpleaños? —preguntó a su madre.
—La verdad, me gustaría quedarme en la cama todo el día con la cabeza bajo las sábanas. No me hace falta ningún no-cumpleaños para acordarme de que me hago vieja. De eso ya se encarga con éxito el párpado.
—¿Qué te parece si hago un pastel y bajo a verte y nos lo comemos juntas? Suenas un poco más depre de lo habitual.
—Cuando te veo no estoy depre.
—Ja, lástima que no esté disponible en forma de píldora. ¿Podrías con un pastel hecho con estevia?
—No lo sé. La estevia me produce un efecto extraño en la química de la boca. Según mi experiencia, no se puede engañar a las papilas.
—Bueno, el azúcar también deja algo de regusto —dijo Pip, aunque sabía que era un argumento inútil.
—El azúcar tiene un regusto amargo que no les provoca ningún problema a las papilas porque existen precisamente para detectar la amargura sin regodearse en ella. Las papilas no están para pasarse cinco horas avisando: «¡Algo extraño, algo extraño!» Y eso fue lo que me ocurrió la única vez que probé una bebida con estevia.
—Pero yo te digo que la amargura también se te queda en la boca.
—Si te tomas una bebida edulcorada y cinco horas después una papila gustativa sigue notando una presencia extraña es que está pasando algo muy malo. ¿Sabes que si fumas cristal de metanfetamina, aunque sólo sea una vez, la química de tu cerebro queda alterada para toda la vida? Pues ése es el sabor que tiene la estevia para mí.
—Si es una insinuación, no me estoy fumando ninguna pipa de metanfetamina.
—Yo sólo digo que no me hace falta ningún pastel.
—Bueno, ya lo buscaré de otro tipo. Perdona que te haya propuesto uno que es como veneno para ti.
—No he dicho que sea veneno. Sólo que la estevia tiene un efecto extraño...
—Ya, en la química de tu boca.
—Preciosa, me comeré cualquier pastel que me traigas. A mí no me mata el azúcar refinado, no quería molestarte. Cariño, por favor.
No daban por terminada una conversación telefónica hasta que cada una dejaba a la otra abatida. El problema, según lo veía Pip —la esencia del hándicap que sobrellevaba; la presunta causa de su incapacidad para ser eficaz en algo—, era que quería a su madre. La compadecía; sufría con ella; se animaba al oír su voz; su cuerpo le provocaba una atracción incómoda, que no tenía nada de sexual; estaba pendiente hasta de la química de su boca; deseaba que fuera más feliz; odiaba hacerla enfadar, le tenía cariño. Ése era el enorme bloque de granito plantado en el centro de su vida, la fuente de toda su ira y de aquel sarcasmo que dirigía no sólo contra su madre sino también —últimamente de forma cada vez más perjudicial para ella misma— contra destinatarios mucho menos adecuados. Cuando Pip se enfadaba, no era tanto con su madre como con aquel bloque de granito.
Tenía ocho o nueve años cuando preguntó por qué en aquella cabaña en la que vivían, en un bosque de secuoyas de las afueras de Felton, sólo se celebraba su cumpleaños. Su madre le contestó que ella no tenía cumpleaños; que sólo le importaba el de Pip. Pero ella no dejó de incordiar hasta que su madre accedió a celebrar el solsticio de verano con un pastel al que llamarían de «no-cumpleaños». A continuación había surgido el asunto de la edad de la madre, que ésta se había negado a divulgar para limitarse a contestar, con una sonrisa digna de quien expone un koan: «Tengo la edad suficiente para ser tu madre.»
—Ya, pero ¿cuántos años tienes de verdad?
—Mírame las manos —le dijo—. Si practicas, puedes aprender a calcular la edad de una mujer por sus manos.
Y así, al parecer por primera vez, Pip miró las manos de su madre. La piel del dorso no era rosada y opaca como la suya. Era como si los huesos y las venas se estuvieran abriendo paso hacia la superficie; como si la piel fuera agua que al retirarse dejara expuestas algunas formas en el fondo de un puerto. Aunque llevaba una melena espesa y muy larga, contenía algunos mechones grises que parecían secos, y la piel de la base del cuello era como un melocotón demasiado maduro. Esa noche, Pip se quedó despierta en la cama, preocupada por si su madre se iba a morir pronto. Fue su primera premonición del bloque de granito.
Desde entonces había llegado a desear con fervor que su madre tuviera en su vida un hombre —o simplemente alguien, fuera cual fuese su condición— que la quisiera. La lista de candidatos potenciales a lo largo de los años incluía a Linda, la vecina de la casa de al lado, que también era madre soltera y también estudiaba sánscrito; a Ernie, el carnicero de New Leaf, que también era vegano; a Vanessa Tong, una pediatra que se encaprichó con la madre de Pip hasta el punto de intentar aficionarla a la observación de pájaros; y a Sonny, el manitas con barba de montañero, para quien no había trabajo de mantenimiento, por pequeño que fuese, que no justificara todo un discurso sobre los modos de vida de los asentamientos indígenas originales. Todos esos personajes del valle de San Lorenzo, de buen corazón, habían vislumbrado en la madre de Pip algo que la hija, en el principio de la adolescencia, había visto y sentido también: una especie de grandeza inefable. No hacía falta escribir para ser poeta, no hacía falta crear nada para ser artista. El Deber espiritual de su madre era en sí mismo una especie de arte: un arte de la invisibilidad. Nunca hubo televisor en la cabaña, ni hubo ordenador hasta que Pip cumplió los doce; la fuente de información principal de su madre era el Santa Cruz Sentinel, que leía por el pequeño placer cotidiano de dejarse horrorizar por el mundo. Eso, por sí mismo, tampoco era tan original en el valle. El problema era que la madre de Pip transmitía una silenciosa fe en su propia importancia, o al menos se comportaba como si hubiera sido alguien importante en algún momento, en aquel pasado anterior a Pip del que siempre se negaba categóricamente a hablar. Que Linda, la vecina, pudiese comparar a su hijo Damian —que se dedicaba a cazar ranas y respiraba por la boca— con Pip, tan perfecta y original, más que ofenderla la mortificaba. Suponía que el carnicero quedaría destrozado para siempre si le decía que olía a carne incluso después de ducharse; lo pasaba fatal escabulléndose de las invitaciones de Vanessa Tong, en vez de limitarse a confesarle que los pájaros le daban miedo, y siempre que aparecía por el camino la camioneta de Sonny, con aquellas ruedas tan grandes, mandaba a Pip a la puerta mientras ella se escapaba por detrás y se escondía entre las secuoyas. El lujo de ser exigente hasta lo imposible se lo concedía Pip. Lo dejaba claro una y otra vez: Pip era la única persona que pasaba la criba, la única a quien ella quería.
Todo eso se convirtió en fuente de una vergüenza insoportable, por supuesto, cuando Pip llegó a la adolescencia. Y para entonces dedicaba ya tanto tiempo a odiar a su madre y castigarla que no le quedaba ni un rato para calcular el perjuicio que aquella falta de interés por lo material causaba a sus perspectivas de futuro. No había nadie a su lado capaz de decirle que quizá no era una gran idea, si tenía alguna intención de progresar en la vida, graduarse con una deuda de 130.000 dólares por la financiación de sus estudios. Nadie le había advertido de que el número en el que debía fijarse mientras la entrevistaba Igor, jefe del Departamento de Captación de Clientes de Renewable Solutions, no eran los «treinta o cuarenta mil dólares» en comisiones que según él podía acabar ganando incluso el primer año, sino los 21.000 que le ofrecía como salario base, o de que un vendedor tan convincente como Igor podía tener también mucho talento para vender trabajos de mierda a chicas ingenuas de veintiún años.
—A propósito del fin de semana —dijo Pip, en un tono algo más seco—, te advierto que tengo la intención de hablar contigo de un asunto que no te gusta nada.
La madre soltó una risita que pretendía ser adorable, para destacar su indefensión.
—Sólo hay un asunto del que no me gusta hablar contigo.
—Ya, y de eso precisamente quiero que hablemos. Date por avisada.
Su madre no dijo nada. A esas horas, allá, en Felton, ya se estaría disipando la niebla, esa bruma cuya desaparición lamentaba su madre cada día porque revelaba un mundo luminoso al que prefería no pertenecer. Se le daba mejor practicar el Deber en la seguridad de las mañanas grises. Ahora llegaba la luz del sol, llena de matices verdes y dorados tras filtrarse entre las diminutas agujas de las secuoyas, y el calor del verano se colaba por las ventanas con mosquiteras del porche donde dormían y se derramaba sobre aquella cama de la que Pip se había apoderado en la adolescencia, en plena demanda de intimidad, relegando a su madre a un catre en el salón hasta que se fue a la universidad y le devolvió la cama. Lo más probable era que su madre estuviera practicando el Deber en esa cama en aquel mismo momento. En tal caso, no volvería a hablar mientras no le dirigiesen la palabra; no haría más que respirar.
—No es nada personal —dijo Pip—. No me voy a ningún sitio. Pero necesito dinero y, como tú no lo tienes y yo tampoco, sólo se me ocurre un lugar al que acudir para conseguirlo. Sólo hay una persona que tiene una deuda conmigo, por muy teórica que sea. Así que lo hablaremos.
—Preciosa —dijo su madre, en tono triste—, ya sabes que no lo haré. Si necesitas dinero, lo siento, pero no se trata de si me gusta o me deja de gustar. Se trata de si puedo o no puedo. Y no puedo. Así que tendremos que pensar en una solución distinta.
Pip frunció el ceño. Cada tanto sentía la necesidad de forcejear dentro de la camisa de fuerza circunstancial en que se vio enfundada dos años antes, para probar si las mangas le cedían un poquito más de espacio. Y cada vez la encontraba igual de apretada. Seguía debiendo 130.000 dólares, seguía siendo el único consuelo de su madre. La rapidez y rotundidad con que había quedado atrapada al minuto siguiente de acabar los cuatro años de libertad universitaria era sorprendente; de haber podido permitírselo, se habría deprimido.
—Bueno, tengo que colgar —dijo—. Prepárate para ir al trabajo. Lo más probable es que el ojo te moleste porque estás durmiendo poco. A mí también me pasa a veces.
—¿De verdad? —preguntó su madre, con mucho interés—. ¿A ti también te pasa?
Aunque sabía que la llamada se alargaría, y que probablemente provocaría que la conversación derivara hacia el tema de la herencia genética de las enfermedades, lo cual sin duda le exigiría a su vez unas cuantas mentiras piadosas, Pip decidió que a su madre le convenía más pensar en el insomnio que en la parálisis de Bell, aunque sólo fuera porque, tal como ella misma llevaba cuatro años señalando sin el menor éxito, al menos el insomnio podía medicarse. En cualquier caso, la consecuencia fue que cuando Igor asomó la cabeza en su cubículo, a las 13.22 horas, Pip seguía hablando por teléfono.
—Perdona, mamá, tengo que dejarte, adiós —dijo, y colgó.
Igor le dirigió La Mirada. Era un ruso rubio de barba acariciable y belleza indecente, y la única razón que se le ocurría a Pip para explicarse que aún no la hubiera despedido era que disfrutaba pensando en follársela, pero estaba segura de que, si llegaba ese momento, iba a suponer una humillación inmediata para ella, porque Igor no sólo era guapo, sino que también tenía un sueldo sustancioso, mientras que ella era tan sólo una niña cargada de problemas. Y estaba convencida de que él también se daba cuenta.
—Lo siento mucho —se excusó—. Me he pasado siete minutos, lo siento. Mi madre tenía un problema de salud. —Se quedó pensando en lo que acababa de decir—. En realidad, retiro lo dicho, no lo siento nada. ¿Qué posibilidades tenía de conseguir una respuesta positiva en un período de siete minutos?
—Creías que te acusaba —dijo Igor, con un pestañeo.
—Bueno, si no... ¿para qué te asomas? ¿Por qué te quedas mirándome?
—Se me ha ocurrido que igual te apetecía jugar a las Veinte Preguntas.
—Creo que no.
—Intenta adivinar lo que quiero de ti y yo limitaré mis respuestas a un inocuo «sí» o «no». Que conste en acta: solo síes, sólo noes.
—¿Quieres una denuncia por acoso sexual?
Igor se echó a reír, como encantado de conocerse.
—¡De eso nada! Ya sólo te quedan diecinueve preguntas.
—Lo de la denuncia no va en broma. Tengo una amiga que estudia Derecho y dice que sólo con crear la atmósfera idónea ya es suficiente.
—Eso no es una pregunta.
—¿Cómo quieres que te explique la poca gracia que me hace este juego?
—Preguntas de sí o no, por favor.
—Por Dios. Lárgate.
—¿Prefieres que hablemos de tus resultados de mayo?
—¡Largo! Ahora mismo me pongo a hacer llamadas.
Cuando Igor se marchó, Pip abrió su hoja de llamadas en el ordenador, le echó un vistazo con desagrado y la minimizó de nuevo en la pantalla. En cuatro de los veintidós meses que llevaba trabajando para Renewable Solutions, había conseguido ser sólo la penúltima, y no la última, en el tablero que contabilizaba los «puntos de captación» que obtenían ella y sus compañeros de departamento. Tal vez no fuera casual que esa proporción, cuatro sobre veintidós, pudiera aplicarse también a la frecuencia con que al mirarse al espejo veía a una chica guapa, en vez de alguien a quien acaso podría haber considerado guapa si se hubiera tratado de otra persona, sólo que por ser ella misma le resultaba imposible. Desde luego, había heredado algunos problemas corporales de su madre, aunque al menos ella podía acogerse a las pruebas aportadas por su experiencia con los chicos. A muchos les resultaba bastante atractiva, pero casi todos terminaban pensando que se habían equivocado en algo. Igor llevaba ya un par de años intentando descifrarlo. Siempre estaba observándola igual que se observaba ella en el espejo: «Ayer parecía guapa, y sin embargo...»
En la universidad, Pip había sacado de algún lado la idea —su mente era como un globo cargado de electricidad estática que atraía cualquier idea que pasara flotando— de que el cénit de la civilización consistía en pasar la mañana del domingo leyendo un ejemplar impreso de la edición dominical del New York Times en un café. Lo había convertido en un ritual semanal y, a decir verdad, viniera la idea de donde viniese, los domingos por la mañana se sentía más civilizada que nunca. Por mucho que hubiera trasnochado y bebido, compraba el periódico a las ocho en punto, se lo llevaba al Peet’s Coffee, pedía un bollo y un capuchino doble, se adueñaba de su mesa favorita en un rincón y se entregaba a un feliz olvido de sí misma durante unas cuantas horas.
El invierno anterior, en Peet’s, se había fijado en un chico flaco y guapo que los domingos celebraba el mismo ritual que ella. Al cabo de unas cuantas semanas, en vez de leer las noticias sólo pensaba en qué aspecto tendría leyendo si el chico la miraba, o en la conveniencia de alzar los ojos y pillarlo mirándola, hasta que quedó claro que no tendría más remedio que buscarse otra cafetería o hablar con él. Cuando sus miradas volvieron a encontrarse, probó una sugerente inclinación de cabeza y a ella misma se le antojó tan evidente y artificial que se llevó una sorpresa al comprobar su éxito. El chico se acercó al instante y se atrevió a proponer que, como los dos coincidían allí a la misma hora todas las semanas, podían empezar a compartir el periódico y así salvarle la vida a un árbol.
—¿Y si los dos queremos leer la misma sección? —le preguntó Pip, con cierta antipatía.
—Tú venías antes que yo —respondió el chico—, así que tienes derecho a elegir primero.
Luego se quejó de que sus padres, en College Station, Texas, tenían la derrochadora costumbre de comprar dos ejemplares del Times del domingo para evitar pelearse por las secciones.
Pip, como un perro que del lenguaje humano apenas reconoce su nombre y cinco palabras sencillas, sólo oyó que la familia del chico era normal, con padre y madre y dinero para derrochar.
—Lo que pasa es que este rato es más o menos el único que tengo en toda la semana para estar a solas —objetó.
—Lo siento —respondió el chico, dando marcha atrás—. Me había parecido que querías decirme algo.
Pip no sabía cómo no ser antipática con los chicos de su edad que se interesaban por ella. En parte se debía a que la única persona del mundo que le merecía confianza era su madre. Gracias a sus experiencias en el instituto y en la universidad, había aprendido que cuanto más «buen tío» era el chico, más doloroso resultaba para ambos cuando descubría que Pip era mucho más complicada de lo que él, engañado por la simpatía de ella, había creído al principio. En cambio, aún no había aprendido a no desear que los demás fueran simpáticos con ella. Los «malos tíos» eran especialmente hábiles para detectar y explotar ese rasgo, de manera que no podía fiarse ni de los buenos tíos ni de los malos tíos, y, encima, no se le daba demasiado bien distinguir entre esas dos categorías hasta que se metía en la cama con ellos.
—A lo mejor podemos tomarnos un café en algún otro momento —dijo al chico—. Que no sea el domingo por la mañana.
—Claro —respondió él, poco convencido.
—Porque ahora que ya hemos hablado no hace falta que sigamos mirándonos. Podemos pasar a leer cada uno su periódico, como tus padres.
—Me llamo Jason, por cierto.
—Yo, Pip. Y ahora que cada uno sabe cómo se llama el otro, sí que no necesitamos seguir mirándonos. Yo puedo pensar: «Ah, pero si es sólo Jason.» Y tú: «Ah, pero si sólo es Pip.»
Jason se echó a reír. Resultó que tenía una licenciatura de Matemáticas por Stanford y estaba viviendo el sueño de doctorarse en Exactas, trabajaba en una fundación que promovía la educación matemática en Estados Unidos, y pretendía escribir mientras tanto un libro de texto con la esperanza de que contribuyera a revolucionar la enseñanza de Estadística. Al cabo de un par de citas decidió que le gustaba lo suficiente para acostarse con él antes de que uno de los dos saliera herido. Si esperaba demasiado, Jason descubriría el lío que tenía armado entre sus deudas y sus obligaciones y saldría corriendo. O ella se vería obligada a decirle que tenía sus sentimientos más profundos comprometidos con un tipo mayor que no sólo se negaba a creer en el dinero —ni en la idea de moneda legal, ni en su mera posesión—, sino que encima estaba casado.
Para no parecer excesivamente reservada, contó a Jason lo del «trabajo» voluntario sobre el desarme nuclear que hacía en sus horas libres, y resultó que él sabía mucho más que ella sobre el asunto, pese a que no había «trabajado» en eso, y Pip se puso un poquito agresiva. Por suerte, era un gran conversador, le entusiasmaban Philip K. Dick y «Breaking Bad», las nutrias de mar y los pumas, la aplicación de las matemáticas en la vida cotidiana y, sobre todo, su método geométrico de pedagogía de la estadística, tan bien explicado que ella casi conseguía entenderlo. En su tercera cita, en un localucho de fideos donde se vio obligada a fingir que no tenía hambre porque aún no le había llegado la última paga de Renewable Solutions, Pip se encontró en una encrucijada: atreverse a entablar amistad o batirse en retirada hacia la seguridad que ofrecía el sexo pasajero.
Al salir del restaurante, entre una leve bruma, en la quietud que reinaba en Telegraph Avenue los domingos por la tarde, se echó encima de Jason y él reaccionó con avidez. Cuando se apretó contra él, Pip notó los gruñidos de su estómago y confió en que él no los hubiera oído.
—¿Quieres que vayamos a tu casa? —le susurró al oído.
Jason dijo que no; lamentablemente, su hermana estaba de visita en casa.
Al oír la palabra «hermana», la animadversión le oprimió el pecho. Como no había tenido hermanos, no podía evitar que la molestaran los de los demás, por lo que exigían, por el apoyo que en teoría ofrecían, por su normalidad de familia nuclear, por el caudal de intimidad heredada.
—Podemos ir a la mía —dijo, algo molesta.
Estaba tan concentrada en lamentar que la hermana de Jason le impidiera colarse en su dormitorio —y, por añadidura, en su corazón, aunque tampoco es que tuviera un deseo particular de hacerse un lugar en él—, tan indignada con sus circunstancias mientras caminaba con Jason por Telegraph Avenue, tomados de la mano, que hasta que llegaron a la puerta de su casa no se acordó de que allí tampoco podían ir.
—Ay —dijo—. ¿Puedes esperar un segundo fuera mientras me ocupo de una cosa?
—Hum, claro —respondió Jason.
Le dio un beso de agradecimiento, y se tiraron diez minutos morreándose en el umbral. Pip se entregó al placer de dejarse tocar por un chico limpio y muy competente, hasta que un gruñido perceptible de su estómago le cortó el rollo.
—Un segundo, ¿vale?
—¿Tienes hambre?
—¡No! Aunque en realidad, de repente, sí que me ha entrado un poco. Pero en el restaurante no tenía.
Metió la llave en la cerradura y entró. En el salón estaba Dreyfuss, su compañero de casa esquizofrénico, viendo un partido de baloncesto con Ramón, discapacitado, que también vivía con ellos, en una tele vieja recogida de la basura, a la que habían añadido un receptor digital, conseguido en algún trapicheo callejero por un tercer compañero, Stephen, de quien ella estaba más o menos enamorada. El cuerpo de Dreyfuss, abotargado por la medicación que hasta entonces había logrado tomar con regularidad, llenaba un sillón bajo, también rescatado de la calle.
—Pip, Pip —la llamó a voces Ramón—. Pip, ¿qué haces ahora? Me dijiste que me ayudarías con mi vocablario, ¿me ayudas ahora?
Pip se llevó un dedo a los labios y Ramón se tapó la boca entera con las manos.
—Eso es —dijo Dreyfuss en voz baja—. No quiere que nadie se entere de que está en casa. ¿Y por qué será? ¿Quizá porque los espías alemanes están en la cocina? Uso la palabra «espías» en su sentido más amplio, claro, aunque tal vez no sea del todo improcedente si tenemos en cuenta que el Grupo de Estudios de Oakland para el Desarme Nuclear está formado por unos treinta y cinco miembros, de los que Pip y Stpehen no son en ningún caso los menos prescindibles, sin embargo la casa que los alemanes han decidido agraciar durante una semana con ese comportamiento suyo tan resuelto y entrometido, y tan típicamente germánico, es la nuestra. Un dato curioso, digno de consideración.
—Dreyfuss —siseó Pip mientras se acercaba a él para no tener que levantar la voz.
Dreyfuss entrecruzó con gesto plácido los dedos regordetes encima de la tripa y siguió hablando con Ramón, que nunca se cansaba de escucharlo.
—¿Puede ser que Pip quiera evitar hablar con los espías alemanes? ¿Quizá esta noche más que nunca? ¿Hoy, que ha venido con un joven caballero con quien ha estado unos quince minutos intercambiando ósculos en el soportal de la entrada?
—Tú sí que eres un espía —respondió Pip, furiosa—. Odio que me espíes.
—Odia que me fije en cosas que ninguna persona inteligente podría pasar por alto —explicó Dreyfuss a Ramón—. Fijarse en lo que está a la vista no es espiar, Ramón. Y a lo mejor los alemanes también se limitan a hacer eso. Lo que define al espía, en cualquier caso, es la motivación. Y ahí, Pip... —Se volvió hacia ella—. Ahí sí que te aconsejaría que te preguntaras qué hacen en nuestra casa esos alemanes tan entrometidos y resueltos.
—No habrás dejado de tomarte la medicación, ¿no? —susurró Pip.
—«Ósculos», Ramón. Ahí tienes una bonita palabra para tu vocabulario.
—¿Qué sinifica?
—Pues significa «morreos». «Comerse la boca.» «Arrancar los besos de raíz.»
—Pip, ¿me vas a ayudar con el vocablario?
—Creo que esta noche tiene otros planes, amigo mío.
—No, cariño, ahora no —susurró Pip a Ramón. Luego se dirigió a Dreyfuss—: Los alemanes están aquí porque los invitamos nosotros, porque nos sobra espacio. Pero tienes razón. No quiero que les digas que he vuelto.
—¿Qué te parece, Ramón? —preguntó Dreyfuss—. ¿La ayudamos? Aunque ella no te está ayudando con el vocabulario.
—Venga, por el amor de Dios —respondió Pip—. Ayúdalo tú. Tú eres el que tiene un vocabulario interminable.
Dreyfuss se volvió de nuevo hacia Pip y le clavó la mirada, todo intelecto en sus ojos, nada de sentimiento. Era como si la medicación inhibiera la enfermedad con la fuerza suficiente para impedir que se echara a la calle a tronchar personas con una espada de dos filos, pero no tanto como para lograr borrarla de sus ojos. Aunque Stephen le había asegurado que Dreyfuss miraba a todo el mundo igual, Pip seguía creyendo que si alguna vez éste dejaba de tomar su medicación, la escogería a ella para perseguirla con su espada, o con lo que fuera, y concentrar en una sola persona los problemas del mundo, la conspiración en su contra; es más, estaba convencida de que Dreyfuss acertaba al detectar en ella cierta falsedad.
—Me desagradan estos alemanes y su espionaje —le dijo Dreyfuss—. Lo primero que piensan al entrar en una casa es cómo hacerse con el mando.
—Son pacifistas, Dreyfuss. Hará unos setenta años que dejaron de intentar conquistar el mundo.
—Quiero que Stephen y tú los echéis de aquí.
—¡Vale! ¡Los echaremos! Luego. Mañana.
—No nos gustan los alemanes, ¿verdad, Ramón?
—Nos gusta cuando tamos los cinco solos, como una famlia —dijo Ramón.
—Bueno... Como una familia, no. No exactamente. No. Cada uno tiene su propia familia, ¿verdad, Pip?
Dreyfuss clavó de nuevo en sus ojos una mirada cargada de significado, intencionada, desprovista de toda calidez humana... ¿O sería simplemente que no había en ella ningún rastro de deseo? ¿A lo mejor, si desapareciera por completo la noción del sexo, todos los hombres la mirarían de esa manera tan desalmada? Se acercó a Ramón y le puso las manos en los hombros, gruesos y caídos.
—Ramón, cariño, esta noche estoy ocupada —le dijo—. Pero mañana pasaré toda la noche en casa. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo él, con confianza absoluta.
Pip regresó corriendo a la puerta y dejó entrar a Jason, que se calentaba soplando en el cuenco de las manos. Cuando cruzaron la sala, Ramón volvió a taparse la boca con las manos, gesto con el que expresaba su compromiso de guardar el secreto, mientras Dreyfuss miraba el baloncesto en actitud imperturbable. En la casa había muchas cosas que Jason podía ver, pero muy pocas que Pip quisiera mostrarle; además, tanto Dreyfuss como Ramón tenían un olor particular —a levadura en el caso del primero, más bien a orina en el del segundo— y ella estaba acostumbrada, pero los visitantes no. Subió la escalera a toda prisa y de puntillas, con la esperanza de que Jason captara que se trataba de avanzar rápido y en silencio. Del otro lado de una puerta cerrada del segundo piso les llegó la cadencia acostumbrada que se producía cada vez que Stephen y su mujer se afeaban sus defectos.
Ya en su cuartito de la tercera planta, llevó a Jason hasta el colchón sin encender ninguna luz porque no quería que viese lo pobre que era. Era horriblemente pobre, pero tenía sábanas limpias; era rica en limpieza. Al instalarse en aquella habitación, un año antes, había fregado hasta el último centímetro del suelo y de la repisa de la ventana con un bote rociador de desinfectante, y tras la primera visita de los ratones, Stephen le había enseñado que para mantenerlos alejados debía taponar todos los puntos de entrada posibles con lana de acero, y luego había vuelto a fregarlo todo. Sin embargo, en aquel momento, después de quitarle a Jason la camiseta tirando de ella desde sus hombros huesudos y permitir que él la desnudara, y de entregarse luego a una serie de prolegómenos placenteros para acabar descubriendo que tenía sus únicos condones en el neceser que se había visto obligada a guardar en el baño de la planta baja porque los alemanes habían ocupado el suyo, su limpieza se convertía en un problema más. Dio un besito a Jason en su erección limpiamente circuncisa, murmuró «lo siento, un segundo, enseguida vuelvo» y agarró un albornoz que no consiguió ponerse y atarse bien hasta que llegó a los últimos escalones, y sólo entonces se dio cuenta de que no había pensado en decirle adónde iba.
—¡Joder! —exclamó, deteniéndose en plena escalera.
No había nada en Jason que hiciera pensar en una promiscuidad salvaje, y además ella conservaba una receta válida todavía para la píldora del día siguiente y en aquel momento tenía la sensación de que el sexo era el único asunto en su vida en el que actuaba con relativa eficacia; pero tenía que intentar mantener su cuerpo limpio. La invadió la autocompasión, la convicción de que a nadie le planteaba tantos problemas logísticos el sexo, como si fuera un pescado sabroso pero lleno de pequeñas espinas. A su espalda, al otro lado de la puerta de la habitación conyugal, la esposa de Stephen hablaba en voz alta sobre superioridad moral.
—No me importa que me acusen de superioridad moral —la interrumpió Stephen— cuando la alternativa es suscribir un plan divino que condena a la miseria a cuatro mil millones de personas.
—¡Eso es exactamente la esencia de la superioridad moral! —se regodeó la esposa.
La voz de Stephen despertó en Pip un anhelo mucho mayor que el que sentía por Jason, y concluyó de inmediato que ella no era culpable de superioridad moral; más bien era un caso de baja autoestima moral, pues el tipo al que deseaba no era el mismo al que en aquel preciso instante estaba empeñada en follarse. Bajó de puntillas a la primera planta y pasó junto a los montones de material de construcción rescatado de los contenedores que había en el pasillo. Annagret, la alemana, estaba en la cocina hablando alemán. Pip entró como una flecha en el baño, se guardó una tira de tres condones en el bolsillo del albornoz, asomó la cabeza por la abertura de la puerta para echar un vistazo y se echó atrás de inmediato: Annagret estaba ahora en el umbral de la cocina.
Annagret era una belleza de ojos oscuros y voz agradable que contradecía los prejuicios de Pip acerca de la fealdad de la lengua alemana y los ojos azules de sus hablantes. Annagret y su novio, Martin, estaban de vacaciones visitando distintas barriadas de Estados Unidos, claramente con la idea de llamar la atención sobre su organización internacional en defensa de los derechos de los okupas, y de establecer contactos con el movimiento antinuclear americano, aunque daba la sensación de que el objetivo principal consistía en hacerse fotos delante de los ingenuos murales de los guetos. El martes anterior, por la noche, en una cena comunitaria a la que Pip se había visto obligada a asistir porque ese día le tocaba cocinar, la mujer de Stephen se había enzarzado en una discusión con Annagret a propósito del programa de armamento nuclear de Israel. La esposa de Stephen era una de esas mujeres que toman la belleza de las otras como una afrenta —el hecho de que no tuviera nada contra Pip, con quien más bien procuraba mostrarse maternal, confirmaba la opinión que Pip tenía de su propia apariencia física, no precisamente favorable—, y el encanto natural de Annagret —que el corte de pelo salvaje y la acumulación de piercings en las cejas contribuían a aumentar, más que a estropear— había molestado tanto a la mujer de Stephen que había empezado a soltar afirmaciones descaradamente falsas sobre Israel. Como daba la casualidad de que el programa de armamento nuclear de Israel era el único que Pip conocía con cierta profundidad porque había preparado un informe al respecto para el grupo de estudio, y como además estaba profundamente celosa de la mujer de Stephen, se había lanzado a resumir con elocuencia, en cinco minutos, las pruebas que demostraban la capacidad nuclear de Israel.
Por ridículo que pareciera, el discurso había fascinado a Annagret. Se había manifestado «superimpresionada» con Pip y la había apartado de los demás para llevársela a la sala, donde se sentaron en el sofá y mantuvieron una larga charla entre mujeres. Había algo irresistible en la atención de Annagret, y cuando se puso a hablar de Andreas Wolf, el famoso forajido de internet, a quien resultó que conocía personalmente, y a decir que Pip era justo la clase de joven que necesitaba el Sunlight Project de Wolf, y a insistir en que Pip dejara aquel trabajo terrible en el que tanto la explotaban y se presentara para alguna de las prácticas pagadas que ofrecía el Sunlight Project, y a decir que, con toda probabilidad, si quería ganar una de esas plazas, no tenía más que someterse al «cuestionario» formal que podía administrarle la propia Annagret antes de irse a otra ciudad, Pip se sintió tan halagada —tan deseada— que se comprometió a responderlo. Llevaba cuatro horas bebiendo vino de garrafa sin parar.
A la mañana siguiente, recuperada la sobriedad, se había arrepentido. Andreas Wolf y el Sunlight Project se manejaban en esa época desde Sudamérica debido a las diversas órdenes de arresto emitidas por distintos gobiernos europeos y americanos bajo acusaciones de pirateo y espionaje. Además, obviamente era imposible que Pip dejara a su madre y se mudara a Sudamérica. Por otro lado, aunque algunos de sus amigos consideraban a Wolf como un héroe y ella misma sentía una curiosidad moderada por su idea de asociar el secretismo con la opresión y la transparencia con la libertad, Pip no era una persona políticamente comprometida. Más bien se limitaba a seguirle la corriente a Stephen, tonteando con la idea de comprometerse con la misma irregularidad con que tonteaba con la preparación física. Encima, el Sunlight Project y el fervor con que Annagret hablaba de él olían un poco a secta. Además, tal como sin duda quedaría patente de inmediato en cuanto respondiera al cuestionario, no era ni de lejos tan lista ni estaba tan informada como su discurso de cinco minutos sobre Israel podía dar a entender. De modo que se había dedicado a esquivar a los alemanes hasta que esa misma mañana, al salir de casa para irse a compartir el Times del domingo con Jason, se había encontrado una nota de Annagret en un tono tan dolido que se había visto obligada a dejarle ella también unas palabras escritas junto a su puerta, en las que le prometía que hablarían por la noche.
Ahora, mientras su estómago seguía expresando su vacío, se quedó a la espera de que algún cambio en el torrente de palabras en alemán le indicara que Annagret ya no estaba en la puerta de la cocina. En dos ocasiones, como un perro que escuchara un discurso humano, Pip creyó haber oído su nombre en medio de ese torrente. Si hubiera podido pensar con claridad, habría entrado en la cocina para anunciar que estaba con un chico y que no podía responder el cuestionario, y se habría marchado al piso superior. Pero estaba muerta de hambre y el sexo empezaba a convertirse en una especie de tarea abstracta.
Al fin oyó unos pasos, el ruido de una silla en la cocina. Salió disparada del baño, pero se le enganchó el dobladillo del albornoz en algún sitio: un clavo de una de las maderas recogidas de la calle. Mientras bailoteaba esquivando los tablones que caían, oyó a sus espaldas la voz de Annagret.
—¿Pip? ¡Pip, tres días llevo buscándote!
Pip se dio media vuelta y vio a Annagret, que avanzaba hacia ella.
—Hola, sí, lo siento —contestó mientras recolocaba a toda prisa los tablones—. Ahora mismo no puedo. Tengo... ¿Qué tal mañana?
—No —respondió Annagret con una sonrisa—. Ven ahora. Ven, ven, me lo prometiste.
—Hum... —La mente de Pip no tenía las prioridades claras. La cocina, donde estaban los alemanes, era también el lugar donde la esperaban los cereales y la leche. A lo mejor tampoco era tan terrible que comiera un poco antes de volver con Jason. ¿No sería más eficaz, más receptiva y enérgica si primero se comía unos cereales?—. Pero déjame subir sólo un segundo —propuso—. Un segundo, ¿vale? Te prometo que bajo enseguida.
—No, ven, ven. Ven ahora. Tardaremos sólo unos minutos, diez minutos. Ya verás, es divertido, sólo un cuestionario tenemos que responder. Ven. Llevamos toda la noche esperándote. Vendrás a hacerlo ahora, ja?
La bella Annagret la convocaba con un gesto. Pip entendió a qué se refería Dreyfuss cuando hablaba de los alemanes; sin embargo, aceptar órdenes también suponía un alivio. Además, llevaba tanto rato ahí abajo que le iba a resultar desagradable subir a pedirle a Jason que tuviera un poco más de paciencia, y su vida estaba ya tan llena de cosas desagradables que había adoptado la estrategia de retrasar lo máximo posible el enfrentarse a ellas, aunque ese retraso incrementara la probabilidad de que le resultasen aún más desagradables cuando por fin se enfrentara a ellas.
—Querida Pip —dijo Annagret, y se puso a acariciarle el cabello a Pip, que se había sentado a la mesa de la cocina a comerse un gran cuenco de cereales y no estaba de humor para que le toqueteasen el pelo—. Gracias por hacer esto por mí.
—Liquidémoslo rapidito, ¿vale?
—Sí, ya verás. Sólo un cuestionario tenemos que responder. Me recuerdas tanto a mí cuando tenía tu edad y necesitaba dar un sentido a mi vida...
A Pip no le gustó demasiado cómo sonaba eso.
—Vale —dijo—. Lamento preguntarlo, pero... ¿el Sunlight Project es un grupo de culto?
—¿De culto? —Martin, con su barba de tres días y su kufiya palestina, se rió desde la otra punta de la mesa—. De culto a la personalidad, querrás decir.
—Ist doch Quatsch, du —dijo Annagret, con un punto de agresividad—. Also wirklich.
—¿Qué? ¿Perdón? —preguntó Pip.
—Digo que eso que ha dicho es una gilipollez. El Sunlight Project es lo contrario de un culto. Tiene que ver con la sinceridad, la verdad, la transparencia, la libertad. Los gobiernos que lo odian son precisamente quienes practican el culto a la personalidad.
—Pero el Sunlight Project tiene un líder muy arismético —apuntó Martin.
—Carismático —dijo Pip.
—Eso, carismático. Me he liado con «aritmético». Andreas Wolf es muy carismático. —Martin se volvió a reír—. Casi podría incluirse en un manual de vocabulario. «Cómo utilizar la palabra “carismático” en una frase: “Andreas Wolf es muy carismático.”» Así la frase adquiere sentido de manera inmediata y enseguida sabes lo que significa la palabra. Él mismo es la definición de la palabra.
Daba la sensación de que Martin estaba pinchando a Annagret y a ella no le gustaba nada; Pip entendió, o creyó entender, que Annagret se había acostado con Andreas Wolf en algún momento del pasado. Tenía al menos diez años más que Pip, tal vez quince. Sacó de una carpeta de plástico semitransparente, material de oficina de apariencia europea, unas hojas algo más largas y estrechas que las que suelen usarse en Estados Unidos.
—Entonces ¿tú te dedicas a reclutar gente? —preguntó Pip—. ¿Viajas con el cuestionario?
—Sí, tengo autoridad para eso —respondió Annagret—. Bueno, autoridad no, nosotros rechazamos la autoridad. Yo soy una de las personas que hacen esto para el grupo.
—¿Y para eso has venido a Estados Unidos? ¿La función de este viaje es reclutar gente?
—A Annagret le va el multitasking —dijo Martin, con una sonrisa repleta de admiración y provocación en la misma medida.
Annagret le dijo que las dejara en paz y él se fue hacia la sala de estar, serenamente ignorante todavía, al parecer, de que a Dreyfuss no le gustaba nada tenerlo por ahí. Pip aprovechó la ocasión para servirse un segundo cuenco de cereales; al menos podía tachar de su lista la nutrición.
—Martin y yo tenemos una buena relación, salvo por sus celos —explicó Annagret.
—¿Celos de qué? —preguntó Pip, sin dejar de comer—. ¿De Andreas Wolf?
Annagret negó con la cabeza.
—Tuve una relación muy estrecha con Andreas durante mucho tiempo, pero fue años antes de conocer a Martin.
—Debías de ser muy joven.
—Martin tiene celos de mis amigas. No hay nada que provoque a un alemán, por bueno que sea, tanta sensación de amenaza como las mujeres que entablan una amistad íntima a sus espaldas. Se enoja de verdad, como si eso no encajara con su idea de cómo ha de ser el mundo. Como si fuéramos a descubrir todos sus secretos y a quedarnos con su poder, o como si pudiera darse el caso de que ya no lo necesitáramos más. ¿Tú también tienes ese problema?
—Me temo que la celosa suelo ser yo.
—Bueno, por eso Martin le tiene celos a internet, porque es mi manera principal de comunicarme con las amigas. Tengo tantas amigas a las que nunca he visto... Amigas de verdad. Correos electrónicos, redes sociales, foros. Sé que Martin a veces mira pornografía, no nos escondemos nada, y además, si no la mirase, sería el único hombre de toda Alemania que no lo hace. Creo que la pornografía se diseñó para los hombres alemanes, porque les encanta estar solos, controlarlo todo y fantasear con el poder. Pero él dice que sólo lo hace porque yo tengo demasiadas amigas en internet.
—Que a lo mejor es el porno para mujeres, claro —dijo Pip.
—No. Sólo lo dices porque eres joven y quizá no te haga tanta falta la amistad.
—Ya, ¿y nunca has pensado en pasarte a las chicas?
—Lo que está pasando ahora mismo en Alemania entre hombres y mujeres es bastante horrible —dijo Annagret, algo que en cierta medida equivalía a una negativa.
—Supongo que lo que intentaba decir es que internet sirve para satisfacer necesidades a distancia. Seas hombre o mujer.
—Pero la necesidad de amistad que experimentan las mujeres obtiene una satisfacción genuina en la red, no es una fantasía. Y como Andreas entiende el poder de internet y sabe cuánto afecta a las mujeres, Martin también le tiene celos. Es por eso, no porque yo tuviera una relación estrecha con Andreas en el pasado.
—De acuerdo. Pero si Andreas es un líder carismático, resulta que tiene todo el poder, y eso lo hace ser como el resto de los hombres, según tu opinión.
Annagret negó con la cabeza.
—Lo más fantástico de Andreas es que sabe que internet es la mejor máquina de la verdad que se ha inventado. ¿Y qué nos dice? Que en realidad en nuestras sociedades todo gira en torno a la mujer, no al hombre. Los hombres miran fotos de mujeres y las mujeres se comunican entre ellas.
—Creo que te olvidas del sexo gay y de los vídeos de mascotas —dijo Pip—. Bueno, ¿podemos hacer lo del cuestionario ya? Es que tengo, o sea, tengo un chico arriba esperándome, por eso sólo llevo este albornoz sin nada debajo, no sé si te has dado cuenta.
—¿Ahora mismo? ¿Arriba? —dijo Annagret, sobresaltada.
—Creía que sólo íbamos a responder un cuestionario rápido.
—¿Y no puede volver otro día?
—Preferiría evitarlo, si puedo.
—Pues ve a decirle que sólo necesitas unos minutos, diez minutos con una amiga. Y así, por una vez, no tendrás que ser tú la celosa.
En ese momento Annagret le guiñó un ojo, y a Pip, que no sabía hacerlo porque un guiño es lo contrario del sarcasmo, le pareció toda una hazaña.
—Creo que será mejor que aproveches ahora que estoy aquí —respondió.
Annagret le aseguró que al responder a las preguntas del cuestionario no había acierto o error posibles, y Pip pensó que no podía ser verdad, pues no tenía sentido someterse a él si no había ninguna posibilidad de equivocarse. Sin embargo, la belleza de Annagret la tranquilizaba. Sentada frente a ella, al otro lado de la mesa, Pip tenía la sensación de que era la alemana quien se sometía a una entrevista de trabajo.
—«¿Cuál de los siguientes superpoderes te parece mejor?» —leyó Annagret—. «Volar, ser invisible, leer la mente de los demás o hacer que se detenga el tiempo para todos menos para ti.»
—Leer la mente de los demás —respondió Pip.
—Es una buena respuesta, aunque no se trata de acertar o fallar.
La sonrisa de Annagret era tan cálida que daba ganas de bañarse en ella. Pip todavía echaba de menos la universidad, en la que se le habían dado bien los exámenes tipo test.
—«Por favor, explica tu elección» —leyó Annagret.
—Porque no me fío de la gente —dijo Pip—. Hasta mi madre, de quien sí me fío, tiene cosas que no me cuenta, cosas importantes de verdad, y estaría bien disponer de una manera de averiguarlas sin que me las tenga que decir. Yo sabría lo que necesito saber y a ella no le pasaría nada. Y luego, con el resto del mundo, nunca puedo estar segura de lo que piensan sobre mí y adivinarlo no se me da muy bien. Así que no estaría mal ser capaz de meterme en sus cabezas aunque sólo fuera un par de segundos, y asegurarme de que va todo bien, simplemente estar segura de que no piensan algo horrible de mí y yo ni siquiera me he enterado, y así podría fiarme de ellos. No le daría un uso abusivo ni nada. Sólo que es muy duro eso de no poder fiarte nunca de la gente. Me obliga a esforzarme demasiado para adivinar qué quieren de mí. Al final, es agotador.
—Ay, Pip, casi no tenemos ni que continuar. Lo que has dicho es fantástico.
—¿De verdad? —dijo Pip, con una sonrisa triste—. Fíjate, sin embargo, ahora mismo me estoy preguntando por qué has dicho eso. A lo mejor sólo lo dices porque quieres que siga con el cuestionario. Ya puestos, me estoy preguntando también por qué tendrás tanto interés en que lo responda.
—De mí puedes fiarte. Sólo lo hago porque estoy impresionada contigo.
—Ya, pero eso ni siquiera tiene sentido, porque en realidad no soy nada impresionante. No es que sepa tanto sobre armamento nuclear, sólo sé algo de Israel. No confío en ti en absoluto. No me fío de vosotros. No me fío de la gente. —Pip se notaba la cara cada vez más acalorada—. Y ahora debería volver arriba. Me siento fatal por haber dejado a mi amigo allí.
Annagret debería haber aprovechado esa indirecta para soltar a Pip, o al menos para disculparse por haberla retenido, pero al parecer —¿sería algo típico alemán?— no era muy buena captando indirectas.
—Tenemos que responder el cuestionario —le dijo—. Sólo es un cuestionario, pero hay que responderlo. —Le dio una palmadita en la mano, y luego la acarició—. Será rápido.
Pip se preguntó por qué Annagret se empeñaba en tocarla.
—«Tus amigos están desapareciendo. No contestan a tus mensajes, ni por Facebook ni al teléfono. Hablas con sus jefes y te dicen que no han ido a trabajar. Hablas con sus padres y te dicen que están preocupados. Vas a la policía y te cuentan que lo están investigando y te dicen que tus amigos están bien, pero se han ido a vivir a otras ciudades. Al cabo de un tiempo, todos tus amigos han desaparecido uno tras otro. ¿Qué haces entonces? ¿Esperas hasta desaparecer tú también y así averiguar qué les ha pasado? ¿Intentas investigar? ¿Decides huir?»
—¿Sólo desaparecen mis amigos? —contesta Pip—. ¿Las calles siguen llenas de gente de mi edad que no son amigos míos?
—Sí.
—Sinceramente, si me pasara algo así me iría a la psiquiatra.
—Pero tu psiquiatra habla con la policía y descubre que todo lo que le has dicho es cierto.
—Bueno, al menos me quedaría una amiga: la psiquiatra.
—Pero entonces la psiquiatra desaparece.
—Es una hipótesis totalmente paranoide. Es como si se le hubiera ocurrido a Dreyfuss.
—¿Esperas, investigas o huyes?
—O me mato. ¿Qué tal si me mato?
—No hay ninguna respuesta errónea.
—Supongo que me iría a vivir con mi madre. No la perdería de vista. Y si aun así desapareciese, probablemente me suicidaría porque a esas alturas ya estaría claro que tener alguna relación conmigo es malo para la salud de los demás.
Annagret volvió a sonreír.
—Excelente.
—¿Qué?
—Lo estás haciendo muy, pero que muy bien, Pip.
Se inclinó por encima de la mesa para apoyar sus manos, sus dos manos calientes, en las mejillas de Pip.
—¿Decir que me suicidaría te parece la respuesta acertada?
Annagret apartó las manos.
—No hay respuestas erróneas.
—Pero es que entonces resulta más difícil alegrarte cuando aciertas.
—«¿Cuál de las siguientes cosas has hecho alguna vez sin pedir permiso? Meterte en la cuenta de correo electrónico de otra persona, curiosear en su Smartphone, cotillear en el ordenador de alguien, leer sus diarios, revisar sus documentos personales, escuchar una conversación privada cuando alguien te llama sin darse cuenta, aducir falsas intenciones para obtener información sobre una persona, pegar la oreja a una pared para escuchar una conversación, o algo por el estilo.»
Pip frunció el ceño.
—¿Me puedo saltar alguna pregunta?
—Puedes confiar en mí. —Annagret le tocó la mano una vez más—. Es mejor que contestes.
Pip titubeó un poco y luego respondió:
—He revisado hasta el último pedacito de papel de mi madre. Si no he leído su diario es porque no lo lleva. Si tuviera correo electrónico, se lo habría espiado. He registrado todas las bases de datos virtuales que se me han ocurrido. No es que me haga sentir bien, pero ella no me quiere decir quién es mi padre, ni dónde nací, ni siquiera me cuenta cómo se llama de verdad. Dice que lo hace para protegerme, pero creo que sólo corro peligro en su imaginación.
—Son cosas que has de saber —dijo Annagret con seriedad.
—Sí.
—Tienes derecho a saberlas.
—Sí.
—¿Eres consciente de que el Sunlight Project puede ayudarte a averiguar ese tipo de cosas?
A Pip se le disparó el corazón, en parte porque, de hecho, no se le había ocurrido hasta entonces y le aterraba esa perspectiva, pero sobre todo porque se daba cuenta de que a partir de ese momento arrancaba un proceso de auténtica seducción, del que todo el toqueteo de Annagret había sido tan sólo un preludio. Retiró la mano y, de puro nervio, se rodeó el torso con los brazos.
—Creía que el Sunlight Project se dedicaba a secretos relacionados con las corporaciones y la seguridad nacional.
—Sí, claro. Pero tiene muchos recursos.
—¿O sea que yo podría escribirles y pedirles información y eso?
Annagret negó con la cabeza.
—No es una agencia de detectives.
—Pero si llegara a conseguir una plaza en prácticas...
—Claro que sí.
—Vaya, qué interesante.
—Da que pensar, ja?
—Sí, ja —respondió Pip.
—«Estás de viaje por un país extranjero» —leyó Annagret— «y una noche la policía se presenta en tu habitación de hotel y te detiene por espionaje, aunque tú no has espiado a nadie. Te llevan a la comisaría. Te dicen que puedes hacer una llamada, pero que ellos escucharán toda la conversación. Te advierten de que la persona a quien decidas llamar también será considerada sospechosa de espionaje.» ¿A quién llamas?
—A Stephen —contestó Pip.
Un destello de decepción cruzó el rostro de Annagret.
—¿Este Stephen? ¿El que vive aquí?
—Sí. ¿Qué tiene de malo?
—Perdóname, pero pensaba que ibas a escoger a tu madre. Hasta ahora, la habías mencionado en todas las respuestas. Sólo te fías de ella.
—Pero me refería a la confianza en un sentido profundo —aclaró Pip—. Se volvería loca de preocupación y no tiene ni idea de cómo funciona el mundo, así que no sabría a quién pedir ayuda. Stephen, en cambio, sabría exactamente a quién llamar.
—A mí me parece un poco débil.
—¿Qué?
—Me parece débil. Está casado con esa persona malhumorada y mandona.
—Sí, ya lo sé, su matrimonio es una desgracia. Créeme, lo sé bien.
—¡Te gusta Stephen! —exclamó Annagret, consternada.
—Sí, me gusta. ¿Y qué?
—Pues no me lo habías contado. Nos lo estuvimos contando todo, ahí en el sofá, pero esto no me lo dijiste.
—Tú tampoco me contaste que te acostabas con Andreas Wolf.
—Andreas es un personaje público. Tengo que ir con cuidado. Y han pasado muchos años.
—Hablas de él como si estuvieras dispuesta a volver en un abrir y cerrar de ojos.
—Pip, por favor —dijo Annagret, al tiempo que le agarraba las manos—. No discutamos. No sabía que te gustaba Stephen. Lo siento.
Sin embargo, la herida causada por la palabra «débil» no le producía ahora menos dolor a Pip, sino al contrario, y se espantó al comprobar la cantidad de datos personales que había entregado a una mujer tan convencida de su belleza que podía llenarse la cara de piezas de metal y cortarse el pelo con unas tijeras de podar setos (o eso parecía). Pip, que no tenía ninguna razón para mostrar la misma seguridad en sí misma, liberó las manos de un tirón, se levantó y soltó con estrépito el cuenco de los cereales en el fregadero.
—Me voy arriba...
—No, todavía nos quedan seis preguntas...
—...porque es evidente que no pienso ir a Sudamérica y no me fío ni un pelo de ti, ni un pelo bien fino, así que tú y tu novio pajillero ya podéis largaros a L.A. a meteros de okupas en cualquier otra casa y pasarle vuestro cuestionario a quien le guste uno más fuerte que Stephen. No os quiero volver a ver en nuestra casa, ni los demás tampoco. Si me tuvieras un poco de respeto te habrías dado cuenta de que en este momento ni siquiera tenía ganas de estar aquí.
—Pip, espera, por favor. Lo siento mucho, de verdad. —Annagret parecía sinceramente consternada—. No hace falta que sigamos con las preguntas...
—Creía que era un cuestionario y lo teníamos que responder. Tenemos que hacerlo, tenemos que hacerlo. Por Dios, qué estúpida soy.
—No, eres muy lista. A mí me pareces fantástica. Sólo que creo que tu vida gira demasiado en torno a los hombres; un poquito, en este momento.
Pip se quedó mirándola fijamente, asombrada por aquella nueva ofensa.
—A lo mejor lo que necesitas es una amiga algo mayor, pero que antes era bastante como tú ahora.
—Tú nunca has sido como yo —respondió Pip.
—Sí que lo era. Siéntate, por favor, ja? Hablemos.
La voz de Annagret era tan sedosa y autoritaria, y su ofensa había iluminado la presencia de Jason en la cama de Pip con una luz tan humillante, que estuvo a punto de obedecerla y sentarse. Sin embargo, cuando le daba por desconfiar de alguien le resultaba físicamente imposible permanecer a su lado. Echó a correr por el pasillo y oyó a su espalda el ruido de una silla arrastrada y una voz que la llamaba por su nombre.
Al llegar al descansillo del segundo piso se detuvo, echando humo de pura rabia. ¿Stephen era un débil? ¿Ella pensaba demasiado en los hombres? «Qué agradable. Así me siento mucho mejor conmigo misma.»
Al otro lado de la puerta de Stephen, la batalla conyugal había terminado. Pip se acercó en silencio, aislándose del ruido del baloncesto de la planta baja, y escuchó. Al poco, le llegó el crujido de un muelle de la cama y luego un gimoteo inconfundible, y entendió que Annagret tenía razón, que Stephen era un débil, sí que lo era. Y, sin embargo, que un hombre y su esposa hicieran el amor no podía ser malo. Oírlo, imaginárselo y sentirse excluida provocó en Pip una desolación de tales dimensiones que sólo podía aliviar de una manera.
Subió los escalones que quedaban de dos en dos, como si restarle cinco segundos al ascenso pudiera compensar la media hora de ausencia. Ante la puerta, se compuso el rostro con una expresión de disculpa avergonzada. Había usado un millar de veces ese rostro con su madre, con resultados de eficacia fiable. Con ese gesto, abrió la puerta y asomó la cabeza.
La luz estaba encendida y Jason se había vuelto a vestir y estaba sentado al borde de la cama, muy concentrado en mandar mensajes de texto.
—Pssst —llamó Pip—. ¿Estás terriblemente enfadado conmigo?
Él negó con la cabeza.
—Lo que pasa es que le dije a mi hermana que llegaría a casa hacia las once.
La palabra «hermana» disipó buena parte del arrepentimiento presente en la cara de Pip, aunque en realidad Jason ni siquiera la estaba mirando. Entró, se sentó a su lado y lo tocó.
—Todavía no son las once, ¿no?
—Las once y veinte.
Pip apoyó la cabeza en su hombro y le rodeó un brazo con ambas manos. Notaba cómo se le iban moviendo los músculos a medida que escribía sus mensajes.
—Lo siento —le dijo—. No te puedo explicar lo que ha pasado. O sea, podría, pero no quiero.
—No me tienes que explicar nada. Además, en cierto sentido ya lo sabía.
—¿Qué sabías?
—Nada. No importa.
—No, pero dímelo. ¿Qué sabías?
Jason dejó de escribir mensajes y se quedó mirando al suelo.
—Tampoco es que yo sea demasiado normal. Aunque en términos relativos...
—Quiero hacer el amor contigo de una manera normal. ¿Todavía podemos? ¿Aunque sólo sea media horita? Le puedes decir a tu hermana que llegarás un poco tarde.
—Mira, Pip. —Jason frunció el ceño—. Por cierto, ¿es tu nombre de verdad?
—Es el que uso para llamarme a mí misma.
—Pues a mí, al usarlo, no sé por qué, me parece como si no hablara contigo. No sé... «Pip.» «Pip.» No suena... No sé...
Ya sin rastro de arrepentimiento en la cara, Pip apartó las manos de él. Sabía que no tenía que estallar, pero no pudo evitarlo. Todo lo que consiguió fue no levantar la voz.
—Vale —le dijo—. O sea que no te gusta mi nombre. ¿Qué más no te gusta de mí?
—Bah, vamos. La que me ha dejado tirado una hora eres tú. Más de una hora.
—Cierto. Mientras te esperaba tu hermana.
Pronunciar otra vez la palabra «hermana» fue como tirar una cerilla dentro de un horno lleno de gas, esa rabia a punto de estallar que llevaba siempre consigo; dentro de su cabeza sonó una especie de zumbido.
—En serio —dijo, con el corazón en la boca—, ya de paso puedes decirme todo lo que no te gusta de mí; total, es evidente que no vamos a follar porque no soy lo bastante normal, aunque la verdad es que me vendría bien un poquito de ayuda para entender qué es lo que me hace tan rara.
—Eh, venga —dijo Jason—. Podría haberme largado.
El tono de altanería de su voz prendió un depósito de gas aún más grande y difuso, una sustancia política combustible de la que se había ido empapando por su madre y por ciertos profesores de la universidad y por algunas pelis de humor escatológico y ahora también por Annagret, la injusticia de lo que una profesora había llamado «anisotropía» de las relaciones de género, por la que los chicos podían camuflar su deseo cosificador con el lenguaje de los sentimientos, mientras que las chicas participaban en el juego sexual de los chicos por su cuenta y riesgo: incautas si lo cosificaban y víctimas en caso contrario.
—Cuando tenías la polla en mi boca no parecía que te molestara tanto —dijo.
—Yo no la he puesto ahí —contestó él—. Y tampoco es que haya estado mucho rato.
—No, porque he tenido que bajar a buscar un condón para que me la pudieras meter.
—Uau. ¿Así que ahora todo es culpa mía?
Entre la bruma de las llamas, o del calor de la sangre, los ojos de Pip repararon en el aparato que Jason sostenía en las manos.
—¡Eh! —gritó él.
Pip dio un salto y se fue corriendo con el aparato a la otra punta de la habitación.
—¡Eh, no puedes hacer eso! —gritó él, persiguiéndola.
—¡Sí que puedo!
—No, no puedes, no es justo. ¡Eh...! ¡Eh...! ¡Que no lo puedes hacer!
Ella se parapetó tras el escritorio infantil que tenía por único mueble y se puso de cara a la pared, agarrada con un brazo en torno a una pata del escritorio. Jason intentó sacarla de ahí tirando del cinturón del albornoz, pero no conseguía moverla y, por lo visto, tampoco quería recurrir a ninguna solución más violenta.
—¿Qué clase de friki eres? —preguntó—. ¿Qué haces?
Pip tocaba la pantalla del teléfono con un temblor en los dedos.

—Joder, joder, joder —dijo Jason, detrás de ella, caminando de un lado a otro—. ¿Qué haces?

Pip se dejó caer hacia un lado, soltó el aparato en el suelo y lo empujó hacia Jason. Había bastado poco para incendiar su rabia, pero con la misma rapidez se había consumido, dejando a su paso una pena chamuscada.
—Es una manera de hablar que tienen algunos de mis amigos —dijo Jason—. No significa nada.
—Vete, por favor —contestó Pip, con un hilo de voz.
—Volvamos a empezar. ¿No podríamos hacer algo así como un reset? De verdad que lo siento.
Le apoyó una mano en el hombro, pero Pip se apartó. Jason retiró la mano.
—De acuerdo, pero hablemos mañana, ¿vale? —propuso—. Es evidente que no ha sido una buena noche para ninguno de los dos...
—Vete ya, por favor.
Renewable Solutions no fabricaba cosas ni las construía, ni siquiera las instalaba. Al contrario, en función de las inclemencias reguladoras —no el «clima», sino sus «inclemencias», pues cambiaban con el paso de las estaciones, y a veces hasta parecía que con las horas— se dedicaba a «empaquetar», «intermediar», «recopilar», «sondear», «captar clientes». En teoría, estaba todo muy bien. Estados Unidos liberaba demasiado carbono a la atmósfera, las energías renovables podían contribuir a evitarlo, tanto el gobierno federal como los estatales inventaban continuamente nuevos incentivos fiscales, las empresas de servicios públicos contemplaban la conveniencia de mejorar su imagen ecológica con indiferencia o entusiasmo moderado, un porcentaje lucrativamente no desdeñable de los hogares y las empresas de California estaban dispuestos a pagar un recargo por una electricidad más limpia, y ese recargo, multiplicado por muchos miles y sumado al dinero que fluía desde Washington y Sacramento, y después de restarle las cantidades destinadas a las empresas que fabricaban o instalaban el material, bastaba para pagar quince sueldos en Renewable Solutions y aplacar a quienes la financiaban con capital riesgo. Las palabras clave que usaban en la empresa sonaban igual de bien: «colectivo», «comunidad», «cooperación». Y Pip quería hacer el bien, aunque sólo fuera por no tener mayor ambición que ésa. Había aprendido de su madre la importancia de tener un propósito moral en la vida, y en la universidad le habían enseñado a sentir preocupación y culpa por los insostenibles hábitos de consumo del país. Su problema en Renewable Solutions era que nunca llegaba a entender qué estaba vendiendo por mucho que encontrase gente dispuesta a comprarlo, y en cuanto empezaba a hacerse una idea, le pedían que vendiera otra cosa.
Al principio —y ahora, visto con perspectiva, ya no le parecía tan confuso—, se había dedicado a vender acuerdos de compra de energía eléctrica a pequeñas y medianas empresas, hasta que un cambio de regulación estatal había puesto fin a la tajada, indignantemente minúscula, que Renewable Solutions se llevaba de esas operaciones. Luego había pasado a reclutar hogares en distritos con «potencial» para la energía renovable: por cada familia, Renewable Solutions se llevaba un botín pagado por un oscuro tercero, o terceros, que habían creado un mercado de futuros supuestamente lucrativo. Luego le había tocado ofrecer a los habitantes de algunos municipios progresistas un «sondeo» para medir su interés en pagar más impuestos, o en aceptar un replanteamiento de los presupuestos para hacer el cambio a la energía renovable; cuando Pip señaló a Igor que los ciudadanos normales no tenían ninguna base realista que les permitiera responder a las preguntas del «sondeo», Igor le contestó que en ningún caso, bajo ninguna circunstancia, debía admitir ese problema a los encuestados porque sus respuestas positivas se convertían en dinero contante y sonante no sólo para las empresas que luego fabricaban e instalaban el material, sino también para los oscuros terceros y su mercado de futuros. Pip estaba a punto de dejar su trabajo cuando bajó el valor en metálico de las respuestas y la pasaron a los certificados de energía solar renovable. Pasó con esa tarea seis semanas relativamente agradables, hasta que alguien detectó un error en el modelo de negocio. Desde el mes de abril se dedicaba a reclutar subdivisiones del sur de la Bahía para organizar microcolectivos de generación de energía a partir de la basura.
Sus compañeros en captación de clientes vendían la misma mierda, por supuesto. Si obtenían mejores resultados que ella era sólo porque aceptaban cada nuevo «producto» sin intentar siquiera entenderlo. Se entregaban al nuevo discurso comercial en cuerpo y alma por mucho que les pareciera risible y/o carente de sentido, y luego, si un cliente potencial tenía algún problema para entender el «producto», en vez de concederle que, desde luego, era difícil de entender, o de intentar explicarle de buena fe los complejos razonamientos en que se basaba, se limitaban a repetir en tono machacón el discurso que tenían escrito. Y estaba claro que ése era el camino al éxito, lo cual suponía una doble decepción para Pip, pues no sólo se sentía castigada por usar el cerebro, sino que encima obtenía cada mes nuevas pruebas de que el consumidor medio del Área de la Bahía respondía mejor a un cacareo comercial casi sin sentido que a una vendedora bienintencionada que los ayudara a entender la oferta. Sólo le parecía que su talento no se desperdiciaba del todo cuando le permitían trabajar en la venta por correo y redes sociales; al haberse criado sin televisión, tenía buenos recursos lingüísticos.
Como era lunes, se estaba dedicando a acosar por teléfono a muchas personas mayores de sesenta y cinco años que no usaban las redes sociales y no habían contestado al bombardeo de correo comercial a propósito de una urbanización en el condado de Santa Clara, llamada Rancho Ancho. Los microcolectivos sólo funcionaban si se conseguía que participase en ellos la práctica totalidad de la comunidad, y no se podía enviar un organizador a una comunidad hasta que se había logrado un índice de respuesta del cincuenta por ciento; en ese caso, Pip tampoco podía ganar sus «puntos por captación», por mucho que hubiera trabajado.
Se puso los auriculares, se obligó a mirar de nuevo su lista de llamadas y maldijo a la versión de sí misma que, hacía una hora, antes de comer, había picoteado la lista y había dejado los nombres GUTTENSCHWERDER, ALOYSIUS Y BUTCAVAGE, DENNIS para después de la pausa. Pip odiaba los apellidos difíciles porque, si los pronunciaba mal, el cliente se enojaba de inmediato, pero en un acto de valentía activó con el cursor el botón de llamada. En la residencia de los Butcavage respondió un hombre con un bronco «diga».
—Hooolaaa —dijo, arrastrando las vocales con un tono sinuoso al que había aprendido a insuflar un deje de disculpa, de incomodidad social compartida—. Soy Pip Tyler, de Renewable Solutions, y llamo para hacer un seguimiento de la información que le enviamos hace unas semanas. ¿Es usted el señor Butcavage?
—Bucavas —corrigió el hombre con aspereza.
—Lo siento mucho, señor Bucavas.
—¿De qué se trata?
—De cómo bajar el recibo de la electricidad, ayudar al planeta y beneficiarse de las deducciones fiscales que ofrecen en materia energética tanto el gobierno estatal como el federal —respondió Pip, aunque en realidad el ahorro en el recibo era hipotético, el sistema de generación de energía por medio de la incineración de residuos era muy controvertido desde el punto de vista medioambiental y ella ni siquiera habría hecho esa llamada si fuera cierto que Renewable Solutions y sus socios tenían la menor intención de ceder a los consumidores un porcentaje significativo de las deducciones fiscales.
—No me interesa —respondió el señor Butcavage.
—Bueno, es que... —intervino Pip—. Entre sus vecinos hay bastantes que han expresado un gran interés por formar un colectivo. Quizá le convenga preguntar un poco y averiguar qué piensan ellos.
—No me hablo con mis vecinos.
—Ya, bueno, claro, no digo que tenga que hablar con ellos si no lo desea. Pero el motivo de su interés es que la comunidad tiene una oportunidad de unirse para conseguir una energía más limpia y barata, así como un verdadero ahorro de impuestos.
Uno de los preceptos de Igor decía que cualquier llamada en la que pudieran repetirse cinco veces las expresiones «más limpia y barata» y «ahorro de impuestos» produciría un resultado positivo.
—Pero... ¿usted qué vende? —dijo el señor Butcavage, en un tono ligeramente menos áspero.
—Ah, es que esto no es una llamada comercial —mintió Pip—. Estamos intentando organizar el apoyo colectivo a un sistema de conversión de la basura en energía. Aparte del ahorro de impuestos, es una manera más limpia y barata de solucionar a la vez dos de los mayores problemas de su comunidad. Me refiero al elevado coste de la energía y a la eliminación de los residuos sólidos. Podemos ayudarlos a incinerar su basura a altas temperaturas, en un proceso limpio, y aportar esa electricidad directamente a la red, con un ahorro potencial significativo para ustedes y un beneficio real para el planeta. ¿Le puedo contar un poquito más acerca de cómo funciona?
—¿Y usted qué saca? —preguntó el señor Butcavage.
—¿Perdón?
—Alguien le paga para llamarme cuando estoy intentando echarme una siesta. ¿Qué ganan ellos?
—Bueno, nosotros somos básicamente facilitadores. Es probable que usted y sus vecinos no tengan ni el tiempo ni la experiencia necesarios para organizar por su cuenta un microcolectivo de incineración de residuos para obtener energía, de modo que se pierden la oportunidad de disponer de una electricidad más limpia y barata, por no hablar de los beneficios fiscales. Nosotros y nuestros socios sí tenemos la experiencia y los conocimientos necesarios para ayudarlos a conseguir una mayor independencia energética.
—Ya, pero... ¿a usted quién le paga?
—Bueno, como tal vez sepa, hay una gran cantidad de dinero estatal y federal disponible para iniciativas a favor de las energías renovables. Nosotros nos quedamos una parte para cubrir nuestros costes y pasamos el resto del ahorro a su comunidad.
—En otras palabras, me cobran impuestos para pagar estas iniciativas y a lo mejor consigo recuperar una parte.
—Es un punto de vista interesante —contestó Pip—. Sin embargo, en realidad es un poco más complicado. En muchos casos, usted no paga ningún impuesto directo para financiar estas actividades. En cambio, hipotéticamente, sí obtiene los beneficios fiscales a la vez que consigue una energía más limpia y barata.
—Quemando mi basura.
—Sí, la nueva tecnología que utilizan para eso es increíble. Superlimpia, supereconómica.
¿Había alguna manera de decir «ahorro de impuestos» una vez más? No. En esas llamadas, Pip nunca dejaba de temer lo que Igor denominaba el «punto de fractura», y esta vez daba la sensación de que lo había alcanzado con el señor Butcavage. Tomó aire y continuó:
—¿Cree que podría interesarle saber más sobre este asunto?
El señor Butcavage murmuró algo, probablemente «conque quemar mi propia basura», y le colgó el teléfono.
—¡Vete a la mierda! —dijo Pip al vacío.
Luego lo lamentó. El señor Butcavage no sólo le había hecho una serie de preguntas muy razonables, sino que además tenía un apellido desgraciado y encima no tenía amigos en el barrio. Lo más probable era que fuese una persona solitaria, como la madre de Pip, y cuando alguien le recordaba a su madre no podía evitar que le provocase compasión.
Como su madre no conducía, y como en una comunidad tan pequeña como Felton no necesitaba un documento que la identificara con una fotografía, y puesto que nunca se alejaba más allá de Santa Cruz, su única identificación era la tarjeta de la Seguridad Social, en la que figuraba con el nombre Penelope Tyler, sin un segundo nombre de pila. Para conseguir esa tarjeta con el nombre que había adoptado en la edad adulta, tenía que haber presentado un certificado de nacimiento falsificado, o bien la copia original del certificado verdadero junto con la documentación legal que demostrara su cambio de nombre. En los registros minuciosos que Pip realizaba con frecuencia de todas las posesiones de su madre nunca había aparecido ningún documento de esa clase, ni ninguna llave de una caja de seguridad, de lo que ella deducía que o bien su madre había destruido los documentos o bien los había enterrado en cuanto recibió su nueva tarjeta de la Seguridad Social. En algún lugar, en algún juzgado de cualquier condado, podía haber un registro público de su cambio de nombre, pero en Estados Unidos había muchos condados y eran pocos los que tenían sus archivos disponibles en la red, y Pip ni siquiera habría sabido en cuál de sus zonas horarias empezar a buscar. Había probado con todas las combinaciones posibles de palabras clave en todos los buscadores y lo único que había obtenido era un firme conocimiento de las limitaciones de los mismos.
A muy corta edad, Pip se había dado por satisfecha con historias vagas, pero al llegar a los once años sus preguntas se habían vuelto tan insistentes que su madre había aceptado contarle «toda» la historia. Érase una vez..., le había dicho, había tenido un nombre y una vida distintos, en un estado que no era California, y se había casado con un hombre que —según había sabido sólo después de nacer Pip— era proclive a la violencia. La maltrataba físicamente, aunque tenía una gran astucia para hacerle daño sin dejar marcas en su cuerpo, y aún se le daba mejor el maltrato psicológico. Al poco, ella se había convertido en rehén de sus excesos y podía haber seguido casada hasta que él la matara de no ser porque el hombre se enfurecía tanto cuando Pip se arrancaba con su llanto de bebé que la madre había empezado a temer también por la seguridad de su hija. Intentó huir de él con Pip, pero el hombre las localizó, la torturó psicológicamente y las obligó a volver a casa. Tenía amigos poderosos en la comunidad, y ella no pudo demostrar que la maltrataba y sabía que incluso si conseguía el divorcio, a él iban a concederle la custodia compartida de Pip. Y no podía permitirlo. Se había casado con un tipo peligroso y estaba dispuesta a convivir con su error, pero no podía permitir que Pip corriera ningún riesgo. Así que una noche, estando su marido en viaje de trabajo, había hecho la maleta, se había subido a un autobús y se había llevado a Pip a un refugio de mujeres maltratadas de otro estado. Las mujeres del refugio la habían ayudado a adoptar una nueva identidad y a conseguir un nombre distinto y un certificado de nacimiento falso para la pequeña. Luego había vuelto a subirse a un autobús para buscar refugio en los montes de Santa Cruz, donde uno podía ser quien dijese que era.
—Lo hice para protegerte —había dicho a Pip—. Y ahora que ya te he contado la historia, has de protegerte tú misma y no contárselo nunca a nadie. Conozco a tu padre. Sé lo furioso que debió de ponerse cuando me planté y te alejé de él. Y sé que si alguna vez descubriera dónde estás, vendría a separarte de mí.
A los once, Pip era profundamente crédula. Su madre tenía una cicatriz larga y fina en la frente que se le veía cuando se sonrojaba y una pequeña separación entre los incisivos centrales, que además eran de un color distinto al de los otros dientes. Pip estaba tan segura de que su padre le había partido la cara, y le daba tanta pena, que ni siquiera se lo preguntó. Durante un tiempo tuvo tanto miedo que no podía dormir sola. En la cama de su madre, entre abrazos asfixiantes, ella le aseguraba que estaría a salvo mientras no contase a nadie su secreto. La credulidad de Pip era tan absoluta, y su miedo tan real, que guardó el secreto hasta bien entrados los años rebeldes de su adolescencia. Entonces se lo dijo a dos amigas, a las que hizo jurar que guardarían el secreto, y en la universidad lo compartió con algunas más.
Una de ellas, llamada Ella, una chica del condado de Marin que se había educado en casa, reaccionó con una mirada de extrañeza:
—Qué cosa tan rara —dijo Ella—. Me da la sensación de haber oído ya esa historia. Hay una escritora de Marin que contó su vida en un libro y la historia es básicamente la misma.
La escritora era Candida Lawrence —nombre también falso, según Ella— y cuando Pip consiguió un ejemplar de sus memorias comprobó que se habían publicado unos años antes de que su madre le contara «toda» la historia. La de Lawrence no era idéntica, pero sí tan parecida como para que Pip se presentara en Felton con la rabia contenida que suscita la acumulación de sospechas y acusaciones. Y entonces vino lo más raro de todo: al soltarle la bronca a su madre sintió que estaba maltratándola igual que había hecho su padre ausente y que su madre se encogía como la mujer que ella misma había descrito —víctima de malos tratos, rehén emocional en el matrimonio—, y así, precisamente en el acto de desmontar aquella historia, Pip había conseguido en cierto modo confirmar que era en esencia verosímil. Su madre soltó unos sollozos repugnantes, suplicó la clemencia de Pip, se fue corriendo a la estantería y sacó su ejemplar de las memorias de Lawrence, que guardaba en el estante de los títulos de autoayuda, en los que su hija nunca se habría fijado. Le tiró el libro como si fuera una especie de ofrenda sacrificial y le contó que para ella había supuesto un enorme consuelo durante todos aquellos años, que lo había leído tres veces y que también había leído otros libros de la misma autora, porque la ayudaban a sentirse menos sola en la vida que había escogido, a saber que al menos otra mujer había pasado por tribulaciones similares a las suyas y había salido de ellas fuerte y entera.
—¡La historia que te conté es verdadera! —exclamó—. Pero no sé cómo contarte toda la verdad sin ponerte en peligro.
—¿Qué me estás diciendo? —preguntó Pip, con una calma y una frialdad abusivas—. ¿Que hay otra historia más cierta, pero que me pondría en peligro?
—¡No! Estás tergiversando mis palabras. Te dije la verdad y debes creerme. ¡Eres lo único que tengo en el mundo!
En casa, después del trabajo, su madre se soltaba las trenzas y le quedaba el pelo como una especie de masa gris y esponjosa que, en ese momento, mientras lagrimeaba y jadeaba como una niña demasiado grande en pleno berrinche, temblaba ligeramente.
—Para que conste en acta —dijo Pip, con una calma más letal todavía—, ¿habías leído el libro de Lawrence cuando me contaste tu historia? ¿Sí, o no?
—¡Ay, preciosa! ¡Sólo quiero que estés a salvo!
—Para que conste, mamá: ¿ahora también estás mintiendo?
—¡Ay!
Las manos de su madre se agitaban espásticas en torno a la cabeza, como si se aprestaran a recoger los pedazos del cráneo cuando explotara. Pip sintió deseos de abofetearla y luego hacerle daño de maneras más taimadas e invisibles.
—Pues resulta que no funciona —le dijo—. No estoy a salvo. No has conseguido mantenerme a salvo.
Después cogió su mochila, salió por la puerta y bajó por el camino empinado y estrecho que llevaba a Lompico Road, bajo la estoica quietud de las secuoyas. A su espalda oyó a su madre gritar con voz lastimera: «¡Preciosa!» Tal vez los vecinos creyeran que alguien había perdido una mascota.
No sentía ningún interés en «conocer bien» a su padre, bastante tenía ya con su madre, pero sí le parecía que debía reclamar su dinero. Los 130.000 dólares de su deuda estudiantil eran bastante menos de lo que se había ahorrado por no criarla y mandarla a la universidad. Por supuesto, cabía la posibilidad de que él no viera claro por qué iba a pagar en aquel momento por una niña de cuyo «uso» no había gozado, y que tampoco le ofrecía «uso» alguno en el futuro. Sin embargo, conociendo la histeria y la hipocondría de su madre, Pip se imaginaba a aquel hombre como una persona decente en lo fundamental, de quien su madre había hecho brotar lo peor y que en aquel momento mantendría un pacífico matrimonio con otra mujer y tal vez reaccionara con alivio y gratitud al enterarse de que su hija, perdida tantos años atrás, seguía viva; la gratitud suficiente para sacar el talonario. Si era necesario, Pip estaba incluso dispuesta a ofrecer modestas concesiones, un correo electrónico o una llamada de vez en cuando, una postal cada año por Navidad, una amistad en Facebook. A los veintitrés, ya no había custodia que él pudiera pedir; tenía poco que perder y mucho que ganar. Sólo necesitaba su nombre y su fecha de nacimiento. Pero su madre protegía esa información como si se tratara de un órgano vital que Pip pretendiera arrancarle.
Cuando la larga y desalentadora tarde de llamadas a Rancho Ancho llegó a su fin, a las seis, Pip guardó la hoja de llamadas, se echó a la espalda la mochila y el casco de la bici e intentó escabullirse por delante del despacho de Igor sin que él la abordara.
—Pip, un momento, por favor —le llegó la voz de su jefe.
Retrocedió arrastrando los pies para que él pudiera verla desde su mesa. La Mirada de Igor descendió, pasando por los pechos, como si llevaran grabados unos ochos enormes, y se instaló en las piernas. Pip habría jurado que para Igor representaban un sudoku sin terminar. Ponía exactamente ese ceño característico de quien resuelve un problema con preocupación.
—Qué —le dijo.
Él subió la mirada hasta la cara.
—¿Qué tal vamos con Rancho Ancho?
—Tengo algunas respuestas positivas. Estamos más o menos en un treinta y siete por ciento.
Igor movió la cabeza de lado a lado, al estilo ruso, en un gesto que no lo comprometía.
—Déjame que te pregunte una cosa. ¿Te gusta trabajar aquí?
—¿Me estás preguntando si prefiero que me despidan?
—Estamos pensando en una reestructuración —dijo él—. Tal vez surja alguna oportunidad para que pongas en práctica otras habilidades.
—Ay, Dios. «Otras habilidades.» Eso sí que es crear la atmósfera idónea.
—El primero de agosto, creo, hará dos años ya. Eres una chica lista. ¿Cuánto tiempo le vamos a conceder al experimento de captación de clientes?
—Eso no lo decido yo, ¿no?
Igor volvió a negar con la cabeza.
—¿Tienes alguna ambición? ¿Tienes planes?
—¿Sabes qué? Si no me hubieras dicho eso de las veinte preguntas ahora me sería más fácil tomarte en serio.
Él chasqueó la lengua.
—Qué enfadada estás.
—O cansada. ¿Cansada te parece bien? ¿Puedo irme ya?
—No sé por qué, pero te aprecio —dijo él—. Me gustaría verte triunfar.
No quiso seguir escuchándolo. Al salir al vestíbulo se encontró a las otras tres chicas del departamento calzándose las zapatillas deportivas para salir a correr y disfrutar de la complicidad femenina, como todos los lunes al terminar el trabajo. Todas contaban entre treinta y cuarenta y tantos años, casadas, dos de ellas con hijos, y no hacía falta tener superpoderes para adivinar qué pensaban de Pip: era la quejica, la que no rendía, la que tenía ciertos derechos por Jovencita, la de la piel lozana, un imán para la Mirada de Igor, la que explotaba con riesgos morales la indulgencia del jefe, la única que no tenía fotos de niños en su cubículo. Pip estaba de acuerdo con gran parte de esa descripción —probablemente, ninguna de aquellas mujeres podía ser tan antipática con Igor como ella sin que la despidieran— y, sin embargo, le dolía que nunca la invitaran a salir a correr.
—¿Cómo te ha ido el día, Pip? —preguntó una.
—No lo sé. —Se esforzó por decir algo que no sonara a queja—. ¿No tendréis por casualidad una buena receta para un pastel vegano, con harina integral y sin demasiada azúcar?
Las mujeres se la quedaron mirando.
—Sí, ya lo sé —concedió.
—Es como preguntar cómo montar una buena fiesta sin copas, postres ni baile —opinó otra.
—¿La mantequilla es vegana? —preguntó la tercera.
—No, es animal —respondió la primera.
—Pero el ghee... ¿El ghee no es sólo la grasa sin los sólidos lácteos?
—Grasa animal, grasa animal.
—Vale, muchas gracias —intervino Pip—. Que lo paséis bien corriendo.
Mientras bajaba la escalera hacia el aparcabicicletas, tuvo la certeza de que las oía reírse de ella. ¿No se suponía que en el reino femenino pedir una receta era moneda corriente? A decir verdad, sin embargo, su provisión de amigas de su edad también iba menguando. En los grupos grandes aún la apreciaban por el tono de rencor relativo de su sarcasmo, pero cuando se trataba de amistad entre dos le costaba mantener el interés por los tuits y los posts y las fotos interminables de chicas felices, ninguna de las cuales podía siquiera imaginar por qué vivía en una casa de okupas, y tampoco tenía el nivel de rencor suficiente para las infelices, las autodestructivas, las que tenían tatuajes agresivos y padres desastrosos. Era consciente de que, si seguía por aquel camino, terminaría por quedarse sin amigos, como su madre, y además Annagret tenía razón: ponía demasiado interés en los del cromosoma Y. Desde luego, sus cuatro meses de abstinencia desde el incidente con Jason habían sido deprimentes.
Fuera hacía un tiempo desagradablemente perfecto. Estaba tan hecha polvo que recorrió Mandela Parkway sin cambiar de piñón, con la misma lentitud con que discurría, por encima de su cabeza, el atasco en la autovía elevada. Al otro lado de la bahía, el sol lucía aún bien alto sobre San Francisco, ligeramente velado, pero no cubierto, por la bruma que ascendía del océano. Al igual que su madre, Pip empezaba a preferir la llovizna y la niebla densa porque no contenían ningún reproche. Mientras pedaleaba por las manzanas menos seguras de la calle Treinta y cuatro, cambió a una marcha larga y evitó que su mirada se cruzara con la de los camellos.
La casa en la que vivía había pertenecido en otro tiempo a Dreyfuss, que había pagado la entrada gracias a la misma herencia que le había permitido abrir una librería de viejo en el barrio de Piedmont Avenue poco después de suicidarse su madre. La casa se había convertido en un reflejo de su condición mental: bastante ordenada durante un período largo para convertirse luego en una acumulación excéntrica de objetos como unas jukebox vintage y acabar al fin llena hasta el techo de papeles que necesitaba para su «investigación» y avituallamiento para el «asedio» que se avecinaba.
Su librería, que los clientes visitaban con gusto por la experiencia de hablar con alguien más listo que ellos —porque nadie era más listo que Dreyfuss; tenía memoria fotográfica y era capaz de resolver mentalmente problemas de lógica y de ajedrez de la máxima dificultad—, se convirtió en centro de olores putrescentes y paranoia. Gruñía a los clientes cuando les cobraba sus compras y luego se puso a gritar a cualquiera que entrase por la puerta y más adelante le dio por lanzar libros a la gente, lo cual conllevó la visita de la policía, lo que a su vez provocó una agresión por su parte que tuvo como consecuencia su reclusión no consentida. Cuando lo soltaron, con un nuevo cóctel de medicación, lo habían dejado sin tienda, habían liquidado el stock para saldar los alquileres impagados y los desperfectos del local, ya fueran ciertos o inventados, y tenía la casa embargada.
No obstante, Dreyfuss volvió a instalarse en ella. Se pasaba días enteros escribiendo cartas de diez páginas al banco y sus representantes y a diversos departamentos gubernamentales. A lo largo de seis meses, amenazó con cuatro querellas distintas y consiguió llegar a un punto muerto con su banco; algo ayudó que la casa estuviera en un estado deplorable. Sin embargo, como Dreyfuss no tenía otro ingreso que el subsidio por discapacidad, se alió con el movimiento Occupy, se hizo amigo de Stephen y acordó compartir la casa con otros okupas a cambio de comida, mantenimiento y servicios. En el momento álgido del movimiento, la casa se convirtió en un zoo lleno de gente de paso y personas problemáticas. Al final, sin embargo, la mujer de Stephen había impuesto cierto orden. Mantenían una habitación disponible para okupas de paso en estancias breves y adjudicaron las otras dos a Ramón y a su hermano, Eduardo, que había llegado con Stephen y su mujer desde la casa del Movimiento del Trabajador Católico, donde vivían juntos.
Pip había conocido a Stephen en el grupo de estudio sobre desarme, unos meses antes de que Eduardo muriera atropellado por un camión de una lavandería. Aquéllos habían sido meses de felicidad para ella, porque tenía la clara impresión de que Stephen y su mujer se estaban distanciando. Pip había sentido una atracción instantánea por la intensidad de Stephen, por su físico de campeón de lucha extrema y por aquella mata de pelo propia de un niño, y tenía la impresión de que en el grupo había otras chicas que sentían lo mismo. Pero fue ella quien se atrevió a invitarlo a un café al salir de una reunión (a cargo de ella, porque Stephen no creía en el dinero). En vista del entusiasmo con que aceptó la invitación, no parecía insensato dar por hecho que se trataba de una especie de primera cita.
En los subsiguientes cafés que se tomaron, Pip le habló de la fobia que había tenido en la universidad a las armas nucleares, de su deseo de hacer algo bueno para el mundo y de su temor a que el grupo de estudio fuera tan inútil como Renewable Solutions. Stephen le contó que se había casado con su novia de la universidad y que entre los veinte y los treinta años habían vivido en distintas casas del Movimiento del Trabajador Católico, sujetos al voto de pobreza, siguiendo al pie de la letra los consejos de Dorothy Day, uniendo política radical y religión, y que sus caminos se habían separado porque su mujer se había vuelto más religiosa y menos política, mientras que a Stephen le había ocurrido lo contrario. Ella había abierto una cuenta en el banco y se había puesto a trabajar en un hogar para discapacitados, mientras que él se centraba en hacer de coordinador para Occupy y en vivir sin dinero. Pese a que había renunciado a la fe y abandonado la Iglesia, sus años en el movimiento le habían proporcionado una franqueza emocional casi femenina, una atractiva propensión a ir directamente al grano que Pip no había encontrado hasta entonces en ningún hombre, y mucho menos en un hombre con tanta calle como él. En un arranque de confianza, Pip soltó información más personal, incluido el dato de que pagaba un alquiler insostenible por un apartamento compartido con amigas de la universidad, y Stephen la escuchó con tanta atención que, poco después de que muriera Eduardo, le ofreció alquilar la habitación de éste sin coste, cosa que ella interpretó como una señal de que tenía alguna posibilidad de llegar a algo con él.
Cuando Pip acudió a la casa para conocerla y someterse a una entrevista, descubrió que el distanciamiento de Stephen y su mujer no les impedía seguir compartiendo la cama. Además, Stephen no se había tomado la molestia de estar presente; ¿acaso sabía que Pip se llevaría una sorpresa al ver la cama? Ella tuvo la sensación de que la había engañado acerca de la situación en que se encontraba su matrimonio. Y aun así... ¿por qué lo habría hecho? ¿No era eso, en sí mismo, un motivo para la esperanza? La esposa, Marie, era una rubia de cara sonrosada de treinta y largos. Se encargó de dirigir la entrevista mientras Dreyfuss permanecía sentado como una esfinge en un rincón y Ramón lloraba la muerte de su hermano. O bien Marie era tan vanidosa que no percibió a Pip como una amenaza, o bien creía tan de veras en la caridad católica que los apuros económicos de la entrevistada la conmovieron de verdad. La acogió con una bondad maternal que desde entonces, y ya para siempre, dejó en evidencia los celos viscerales de Pip.
Había sido feliz en la casa, salvo por los celos y por la actitud de Dreyfuss, aunque ésta quedaba en parte atenuada por el placer de ver cómo funcionaba su mente. La prueba más consistente de la valía humana de Pip eran los cuidados que había dedicado a Ramón. Poco después de instalarse en la casa, se había enterado de que Stephen y Marie lo habían adoptado formalmente un año antes de morir Eduardo, para que éste pudiera vivir su vida. Aunque Ramón apenas tenía uno o dos años menos que Stephen y Marie, se había convertido en su hijo, cosa que Pip habría considerado descabellada si no fuera porque también ella había desarrollado un amor instantáneo por Ramón. Al ayudarlo con su vocabulario, al aprender a jugar con los videojuegos básicos que él era capaz de dominar en la consola que ella misma había comprado para la casa como regalo de Navidad con un dinero que en realidad no tenía, al prepararle palomitas cargadas de mantequilla y ver con él sus dibujos animados favoritos, había entendido el atractivo de la caridad cristiana. Incluso habría estado dispuesta a ir a misa de no ser porque Stephen había declarado su odio a la Iglesia por su venalidad y sus crímenes contra las mujeres y contra el planeta. Al otro lado de la puerta de la habitación del matrimonio, Pip oyó a Marie referirse al amor que Stephen profesaba por Ramón para echarle en cara que hubiese permitido que el cerebro le emponzoñara el corazón contra los Evangelios, y gritarle que sin duda la Palabra seguía anidada en su corazón, que el ejemplo de Cristo era evidente en su bondadosa manera de amar al hijo adoptivo.
Aunque no llegó a ir a misa, Pip fue perdiendo a sus amigas de la universidad de una en una de tanto contestarles con mensajitos para excusarse por no poder quedar con ellas porque había prometido a Ramón que jugaría con él, o que lo llevaría a una tienda de segunda mano a comprarse unas zapatillas deportivas. Eso dificultaba la planificación de su vida social, pero Pip sospechaba que el problema principal era que sus amigas habían empezado a tacharla de sus listas por considerarla la típica okupa rarita. Le quedaban sólo tres amigas con quienes se tomaba una copa los sábados. Seguía en contacto con ellas a través de mensajes en los que dosificaba cuidadosamente la información, pues era, en efecto, la típica okupa rarita. A diferencia de Stephen y Marie, que procedían de buenas familias católicas de clase media, para Pip el paso que iba de la cabañita de su madre a
