¡Eh, tú, silencio!
¿Quién es?
¡Cállate de una vez, pesada! ¡Has despertado a todo el mundo!
Pero si la tenía agarrada.
¿A quién?
En la roca, estábamos sentadas juntas…
¿De qué roca hablas? Déjanos dormir.
Se me ha caído de repente.
Gritas, cantas.
Pero si estaba dormida.
¡Gritando!
Fue ella la que se soltó de mi mano, se cayó.
Basta, duerme de una vez.
Da la luz.
¿Te has vuelto loca?
Se me había olvidado…
Nos matarán si la encendemos.
Espera…
¿Qué?
¿Has dicho que yo estaba cantando?
Cantabas, gritabas, todo a la vez, pero ahora cállate.
¿Qué es lo que cantaba?
¿Que qué cantabas?
Dormida, ¿qué cantaba?
¡Qué sé yo lo que cantabas! Eran alaridos. Eso es lo que cantabas. Qué cantaba, qué cantaba…
Pero si has dicho que he estado cantando.
Es una canción sin… No lo sé, hala, venga, vamos a…
¿No te acuerdas de qué canción era?
Dime, ¿estás chiflada o qué? Si estoy medio muerto.
¿Pero quién eres?
Habitación tres.
¿Tú también estás en cuarentena?
Tengo que volver a mi habitación.
No te vayas… ¿Te has ido? Espera, eh, tú… Se ha ido… ¿Pero qué es lo que habré estado cantando?
A la noche siguiente él volvió a despertarla y de nuevo se enfadó porque cantaba a pleno pulmón y había despertado a todo el hospital; entonces ella le suplicó que intentara recordar si se trataba de la misma canción del día anterior. Estaba desesperada por saberlo, por el sueño que había tenido, un sueño que había vuelto a ella casi todas las noches durante esos años, un sueño completamente blanco, todo en él era blanco, las calles, las casas, los árboles, los gatos y los perros, lo mismo que la roca del extremo del acantilado. También Ada, su amiga pelirroja, era completamente blanca, sin una sola gota de sangre en el rostro ni en el cuerpo. Pero tampoco esta vez fue capaz él de recordar la canción que ella había estado cantando. Le temblaba todo el cuerpo y ella, allí en su cama, también tiritaba ante él. «Somos como dos castañuelas», dijo él, y ella, para su propio asombro, dejó escapar una fresca risotada que a él le hizo sentir una especie de cosquilleo por dentro. Había agotado todas sus fuerzas en el trayecto de su habitación hasta la de ella, treinta y cinco pasos, un paso y descanso, otro paso y descanso, apoyándose en la pared, en los marcos de las puertas, en los carros de la comida vacíos. Ahora se había dejado caer y yacía a la puerta de la habitación de ella sobre el pegajoso suelo de linóleo. Durante un buen rato ambos permanecieron jadeantes. Quería volver a hacerla reír, pero ya no podía ni hablar y después, según parecía, se había quedado dormido.
Dime…
¿Qué? ¿Quién es?
Soy yo.
Tú…
Dime, ¿estoy sola en la habitación?
¿Y cómo voy a saberlo yo?
No se ve nada. Eh, ¿hay alguien, ahí?
Soy yo, que estoy aquí.
No. ¿Hay alguien más?
Ya está, ya me he levantado.
¿Qué ha pasado?
Que me he caído.
¿Tanto tiemblas?
Tiemblo, sí.
¿Cuánta tienes?
Esta noche cuarenta.
Yo cuarenta y tres décimas.
Tengo que volver a la habitación.
Dime…
¿Qué?
¿Cuándo se muere uno?
Con cuarenta y dos.
Falta muy poco.
No, no, todavía te queda margen.
Está espantosamente cerca.
Por la mañana te encontrarás mejor.
No te vayas, tengo miedo.
¿Lo oyes?
¿Si oigo qué?
El silencio que hay de repente.
¿Ha habido algún bum antes?
Cañonazos.
He estado todo el rato dormida y de repente vuelve a ser de noche.
Aunque esté acostado, siento como si me cayera.
Cada vez que abro los ojos, es de noche.
Porque lo tienen todo cerrado y a oscuras.
Creo que ellos nos están venciendo.
¿Quiénes?
Los árabes.
¿Pero qué estás diciendo?
Han tomado Tel Aviv.
¿Qué…? ¿Quién te lo ha dicho?
No lo sé. Puede que lo haya oído.
Estarías soñando.
No, lo han dicho aquí mismo, alguien, antes, he oído voces.
Es por la fiebre, son pesadillas, yo también las tengo.
El sueño que he tenido.
Ahora tengo que volver.
Estaba con una amiga mía.
Suponiendo que me pueda levantar del suelo.
Es como una especie de abismo y en lo alto hay una roca.
A lo mejor tú lo sabes.
¿El qué?
De qué lado he venido.
No conozco este sitio.
¿Cuánto tiempo llevas?
No lo sé.
Yo cuatro días, puede que una semana.
Espera, ¿dónde está la enfermera?
Por la noche está en el departamento de medicina interna A.
¿Toda la noche?
A veces se pasa por aquí. Es una árabe.
¿Cómo lo sabes?
Se le nota al hablar.
Estás temblando.
La boca, toda la cara.
Dime, ¿dónde están los demás?
A nosotros no nos llevan al refugio.
¿Por qué?
Para que no los contagiemos.
¿Así que solo quedamos nosotros?
Y la enfermera.
Estaba pensando que…
¿Qué?
Que podías cantarme algo.
¿Ya estás otra vez con lo mismo?
Solo tararea algo.
Que te cante, que tararee, ¿te crees que soy un…?
Si fuera al revés, yo te cantaría algo.
Me voy.
No te vayas.
Tengo que volver.
¿Adónde?
¿Adónde? ¿Adónde? A reunirme con mis antepasados, a bajar afligido al infierno, ahí es donde tengo que…
¿Cómo? ¿Qué es lo que has dicho? Un momento, ¿es posible que te conozca de algo? Eh, vuelve…
También al día siguiente por la noche, antes de las doce, fue a donde ella estaba, a la puerta de su habitación, y de nuevo le riñó y se quejó de que cantaba dormida y lo despertaba a él y a todo el mundo. Y también esta vez le preguntó ella si recordaba qué canción había estado cantando, pero él le respondió de mala gana que estaba harto de despertarse por su culpa todas las noches y tener que arrastrarse a lo largo del maldito pasillo; ella se sonrió para sus adentros y le preguntó si realmente tan lejos quedaba su habitación y solo entonces se dio cuenta él de que aquella voz no venía del mismo sitio del que había venido el día anterior y el que lo precedió.
Porque ahora estoy sentada, le explicó, y él indagó con cautela, ¿por qué estás sentada? Porque no he dormido. ¿Pues qué has estado haciendo? He estado aquí sentada esperándote a ti. Entonces, ¿por qué has cantado? Pero si no he cantado, dijo ella, y él, ah, y ella, que no.
A ambos les pareció que la oscuridad se hacía todavía más intensa. Una nueva oleada de calor, que quizá no tuviera nada que ver con su enfermedad, se extendió por Ora desde los dedos gordos de los pies y le subió encendiéndole unas manchitas rojizas en el cuello y en la cara. Menos mal que estamos a oscuras, pensó, y se ajustó el cuello caído del pijama. Al final él, que estaba a la puerta, carraspeó flojito y dijo, tengo que regresar, y ella le preguntó, ¿pero por qué? Él le dijo que tenía que volver a su habitación, urgentemente, que tenía que revolcarse en brea y plumas, y ella no lo entendió, pero luego sí y se rió de buena gana, ven, bobo, deja ya de hacer teatro, te he preparado una silla aquí a mi lado.
Él avanzó tanteando el marco de la puerta, las taquillas metálicas, las camas, hasta que llegado a un punto se detuvo y se apoyó con los brazos en una cama vacía jadeando sonoramente. Estoy aquí, tosió, y ella, acércate hasta donde yo estoy, y él, un momento, déjame respirar. La oscuridad los llenaba de valor, así que ella dijo muy alto, con su voz de cuando estaba sana, de cuando jugaba a las palas en la arena, su voz de los concursos de natación hasta las balsas en la playa Hof Ha-Sheqet, ¿de qué tienes miedo?, no muerdo, y él murmuró, está bien, de acuerdo, ya me he enterado, es que apenas me tengo, y su tono de queja y el pesado arrastrar de los pies le llegaron a ella al corazón. Somos un poco como una pareja de ancianos, pensó.
¿Pero dónde demonios estás?
Me han puesto al fondo de la habitación.
¡Ayyy!
¿Qué pasa?
Que a una cama se le ha ocurrido de repente… ¡Ayyy!
¿Otra cama?
¡Su puta madre! Dime, ¿los objetos se han confabulado contra mí, o qué?
¿Qué has dicho?
¿Nunca has oído hablar de la ley de la confabulación de los objetos?
¿Y si te acercaras ya de una vez?
La tiritera no cesaba y a ratos se acrecentaba hasta convertirse en unos escalofríos interminables, de manera que cuando hablaban, las frases resultaban entrecortadas y apresuradas y en más de una ocasión tuvieron que esperar a una tregua del temblor, a que se les relajaran un poco los músculos del rostro y de la boca, momento en el que aprovechaban para soltar rápidamente las palabras con una voz potente y tensa, aunque el tartajeo terminaba por pulverizar las oraciones en sus bocas. ¿Cuan-tos-a-ños-tie-nes? Die-ci-séis. ¿Y-tú? Y-tres-me-ses. Yo-ten-go-he-pa-ti-tis, dijo ella, ¿y-tú-qué-tie-nes? ¿Yo?, dijo él, cre-o-que-u-na-in-fec-ción-de-o-va-rios.
Silencio. Respiraba con dificultad: la ver-dad es-que-es-bro-ma. No tiene ninguna gracia, dijo ella. Y él, medio tosiendo: quería hacerla reír, pero el listón de su sentido del humor está bastante más alto. Ella entonces se puso muy tensa y le preguntó con quién hablaba. Con el que me escribe los chistes y las bromas, respondió él, por lo visto tendré que despedirlo. Si no vienes de inmediato a sentarte aquí, lo amenazó ella, me pongo a cantar. Él se estremeció entre risas. Tenía una risa que chirriaba como el rebuzno de un burro, una risa que parecía retroalimentarse, y ella, a escondidas, se tomó esa risa como un medicamento, como un premio.
Él, por su parte, se rió tanto de aquella bromita tonta que ella apenas pudo dominarse y no contarle que últimamente ya no era capaz de hacer reír a la gente como antes, cuando las personas se revolcaban de risa con ella; «en lo tocante a tu sentido del humor, Ora, mejor no preguntes pareceres», le habían cantado sus amigas en la fiesta de Purim de ese año, y eso no era simplemente un pequeño fallo, sino que en ella se trataba ya de un verdadero defecto, de una nueva tacha que aún podía aumentar y llegar a complicarse, porque notaba que de algún modo aquello estaba relacionado con otras cualidades que también se habían ido embotando en ella durante los últimos años. Como la intuición, por ejemplo. ¿Cómo era posible que una cualidad como esa desapareciera y encima con tantísima rapidez? O la virtud de decir la cosa apropiada en el momento adecuado. Antes la había tenido, pero ahora ya no. O incluso simplemente la agudeza mental, porque antes había tenido muchísima gracia, parecía que de ella brotaran chispas (aunque quizá es que sus amigos no habían encontrado nada que rimara mejor con «Zeres», se dijo para consolarse). O el sentimiento del amor, pensó de repente, quizá también eso tenía que ver con su deterioro general, amar a alguien de verdad, arder de puro amor, como las otras chicas contaban, como en las películas. Y al instante sintió la punzada de Avner, de Avner Feinblatt, su amigo de la academia militar que ahora ya era soldado; en las escaleras entre Pavzner y la calle Yosef le había dicho que, para él, ella era su amiga del alma, aunque ni siquiera entonces la había tocado, ni siquiera una sola vez le había rozado ni un pelo, y puede que también eso estuviera relacionado, el no-haberla-tocado, y en lo más profundo de su corazón a ella le parecía que todo estaba relacionado de alguna manera y que solamente a ella las cosas se le irían revelando poco a poco, que cada vez se le revelaría una pequeña parte más de lo que la esperaba y era posible que las personas que la observaban desde fuera ya lo supieran todo antes que ella, porque en realidad, por todas las señales que se iban acumulando, hasta ella misma podía ya empezar a darse cuenta.
Por un momento pudo verse a la edad de cincuenta años, alta, delgada y ajada, una flor sin aroma, andando con paso largo y rápido, la cabeza gacha y un amplio sombrero de paja cubriéndole el rostro, mientras que el muchacho con la risa de burro seguía abriéndose camino a tientas hacia ella, acercándose y alejándose, como a propósito, pensó ella sorprendida, como si aquello fuera un juego para él, porque se reía por lo bajo de sí mismo por su torpeza mientras navegaba en círculo por la habitación y de vez en cuando le pedía que dijera algo para orientarlo hacia ella: como si fuera un faro, pero de voz, le explicó. Es un sabelotodo, pensó ella, y también bastante patoso. Hasta que finalmente acabó por llegar hasta la cama de ella, encontró a tientas la silla que le había preparado y se dejó caer en ella jadeando con la pesadez de un viejo. Hasta ella llegaba el olor del sudor de su enfermedad, así que se quitó de encima una de las mantas, se la tendió y él se envolvió en ella y se quedó callado. Los dos estaban agotados, de manera que se acurrucaron temblando entre gemidos, ensimismados.
De todos modos, dijo ella después desde el interior de su manta, tu voz me resulta conocida, ¿de dónde eres? De Jerusalén, respondió. Yo soy de Haifa, dijo ella a su vez, con cierto énfasis, me han traído aquí en ambulancia del hospital Rambam porque se me presentaron complicaciones. Yo también las tengo, se rió él, en realidad toda mi vida es una complicación. Se callaron y él se rascó enérgicamente el vientre y el pecho mientras despotricaba. Ella también rezongó diciéndole: eso es lo más desesperante, ¿a que sí? Y también se rascó, con todas sus fuerzas: a veces me muero por arrancarme la piel entera con tal de que ya no me pique. Cada vez que ella se ponía a hablar, él oía cómo sus labios se separaban al abrirse con el sonido de algo ligeramente viscoso que se despega y entonces notaba, de repente, cómo las puntas de los dedos de las manos y de los pies le palpitaban.
Ora dijo, el conductor de la ambulancia me dijo que en estos momentos necesitan las ambulancias para cosas más importantes. Dime, ¿te has dado cuenta —le preguntó él— de que aquí todos están enfadados con nosotros, como si lo hubiéramos hecho a propósito?, a lo que ella respondió, porque somos los últimos que quedamos de la epidemia; y él, al que se ha recuperado, aunque solamente sea un poquito, lo han enviado a casa, y sobre todo a los soldados, en un plis plas los han devuelto al ejército, para que lleguen puntuales al frente. Y entonces ella preguntó, ¿es verdad que va a haber guerra?, y él, ¿bromeas?, ¡pero si hace ya por lo menos dos días que hay guerra! ¿Cuándo empezó?, exclamó ella conmocionada. Creo que anteayer, pero ya te lo dije ayer o anteayer, no lo recuerdo bien, confundo los días. Ella entonces se quedó en silencio, sorprendida, y luego, es verdad, me lo dijiste… Unos extraños y aterradores coágulos de sueños flotaban ante ella. ¿Cómo no lo has oído?, murmuró él, las sirenas y los cañonazos no paran y he oído aterrizar helicópteros, seguro que ya hay un millón de heridos y muertos. ¿Pero qué es lo que está pasando en esta guerra?, preguntó ella, y él dijo, no lo sé, tampoco hay con quien hablar, nadie está por nosotros, y entonces Ora preguntó, ¿y la enfermera Vicky?, ¿dónde está? Él vaciló, puede que se marchara cuando la guerra empezó, seguro que habrá querido estar con los heridos de verdad, y Ora siguió preguntándole, ¿pues quién se ocupa entonces de nosotros? Y él, ahora solo queda esa árabe delgada y menuda que no deja de llorar, ¿la has oído? A lo que Ora dijo consternada, ¿pero es una persona la que llora? Si pensaba que se trataba de un animal aullando, ¿estás seguro? A lo que él le respondió, es una persona, seguro. Y Ora dijo entonces, ¿pero cómo es posible que yo no la haya visto? Porque viene y se va, recoge los análisis y te deja las pastillas y la comida en la bandeja. Es la única que sigue aquí, noche y día.
Se quedó pensativo chupándose las mejillas por dentro, qué cómico que nos hayan dejado aquí solo a una árabe, ¿no? Seguro que no permiten que los árabes se ocupen de los heridos. Pero Ora no hallaba sosiego, ¿por qué llorará?, ¿qué le pasará? Y él, ¿cómo voy a saberlo yo? Y ella, ¿no se lo has preguntado? Y él, siempre viene cuando estoy dormido, desde que empezó la guerra no la he vuelto a ver. Ora se incorporó, su cuerpo se puso tenso y en medio de un silencio helador dijo, eso es que han conquistado Tel Aviv, que te lo digo yo, seguro que Nasser y Hussein ya se habrán tomado más de una café en Dizzengof. Él se asustó, ¿de dónde te has sacado tú eso? Y ella, lo oí anoche, o puede que hoy, estoy casi segura de ello, quizá lo dijeron por la radio, pero lo he oído, han tomado Beer-Sheva, Ascalón y Tel Aviv. A lo que él dijo, no, no, eso es imposible, será la fiebre, porque, ¿cómo va a haber pasado algo así? Te has vuelto completamente loca, no puede ser que nos venzan. Ya lo creo que puede ser, sí puede ser, mascullaba ella para sus adentros, qué sabrás tú de lo que puede o no puede ser.
Después se despertó de un sueño ligero y buscó con la mirada al muchacho, ¿sigues aquí? ¿Qué? Sí. Ella suspiró. Había nueve chicas aquí conmigo en la habitación y solo he quedado yo, ¿no es para desesperarse? Y el muchacho pensó que le gustaba el hecho de que después de tres noches con ella no supiera su nombre, ni ella el de él; le encantaban esos pequeños misterios. En las radionovelas que escribía y que grababa en un magnetófono de bobinas en su casa y en las que él mismo interpretaba todos los papeles, niños, ancianos, hombres, mujeres, demonios, reyes, ocas y teteras hablantes, entre otros, hasta infinitos personajes; de vez en cuando incluía además triquiñuelas que consistían en seres que aparecían y se esfumaban, personajes que eran creados por la imaginación de los otros personajes, y ahora se divertía intentando adivinar el nombre de ella: ¿Rina? ¿Yael? ¿Liora, quizá? Liora le pega, pensó, porque su sonrisa ilumina la oscuridad.
También en su habitación, la número tres, pasaba lo mismo, le contó él, todos se habían marchado ya, incluidos los soldados, y aunque algunos apenas podían andar, los habían devuelto a sus unidades, así que ahora solo quedaba con él uno que no era soldado, un chico que casualmente era de su clase y que había llegado hacía dos días con cuarenta y uno y dos décimas sin que consiguieran bajarle la fiebre, por lo que se pasaba el día delirando y hablando consigo mismo… Un momento, lo interrumpió Ora, dime, ¿tú no has estado alguna vez en el centro deportivo del instituto Wingate? ¿No juegas al voleibol, por casualidad? Abram soltó un gritito de horror. Ora le preguntó qué había sido aquello. Un gritito de horror, respondió Abram. Ora ocultó una sonrisa y puso cara de circunstancias: ¿qué, no hay ningún deporte en el que seas bueno? Abram se quedó pensando un momento, puede que como saco de boxeo sí sea bueno. ¿Pues en qué movimiento juvenil estás?, le preguntó Ora, ya enfadada de verdad, un momento, déjame que lo adivine yo sola, no me parece que pertenezcas a un movimiento obrero, se burló, seguro que eres de los boy scouts o, como mucho, del movimiento unificado. No estoy en ningún movimiento, sonrió él. ¿En ninguno?, le preguntó Ora, negativamente sorprendida, ¿pues qué haces? No me digas, por favor, que tú sí estás en algún movimiento, continuó Abram sonriendo. ¿Y por qué no?, se ofendió Ora. Porque eso lo estropearía todo entre nosotros, dijo él, exagerando un suspiro, ya estaba pensando que tú eras la chica perfecta. ¡Anda ya!, protestó ella, pues para que lo sepas estoy ni más ni menos que en Ha-Majanot Ha-Olim, y entonces él alargó el cuello, redondeó los morros y lanzó un largo aullido perruno que rompía el corazón dirigido hacia el techo de la habitación: lo que me has contado es espantoso, dijo, así que lo único que espero ya es que la investigación médica consiga encontrar cuanto antes remedio para tu sufrimiento. El pie de ella golpeaba el suelo muy deprisa y le parecía que Abram bailoteaba frenéticamente a su alrededor y que en cualquier momento asomaría inesperadamente para pincharla, así que se fue ruborizando cada vez más, aunque no estaba dispuesta a ceder: pues dime entonces en qué campamento te he visto, porque estoy completamente segura de que… ¡Espera, ya lo tengo! ¿No estuviste una vez con tus amigos en un campamento en Yesod ha-Maala? ¿No montasteis unas tiendas de campaña en el Bosquecillo de los Fundadores?
Querido diario, suspiró Abram con un marcado acento ruso: en medio de una fría y tormentosa noche, roto por el dolor, he encontrado finalmente a una chica que está convencida de que me conoce de algo —Ora dio un respingo de desprecio—, en resumen, continuó Abram con su representación, investigadas todas las posibilidades y descartadas todas las descabelladas propuestas de ella, he llegado a la conclusión de que puede que nos conozcamos del futuro.
Ora dejó escapar un entrecortado suspiro, como si la hubieran pinchado con una aguja. ¿Qué te pasa?, le preguntó Abram con dulzura, sintiéndose repentinamente tocado por el dolor de ella. Nada, respondió Ora, no es nada. Fijó la mirada en él intentando penetrar aquella profunda oscuridad para ver finalmente quién era. Se quedaron callados. La conversación los superaba ya. Desde que enfermaran, nunca habían hablado tan largamente, de manera que ahora se sumieron juntos en un duermevela confuso, convulsos en su dormitar el uno frente al otro. Las extremidades de Abram se tensaron alargándose hasta hacerse tan finas como palillos y el vientre se le hinchó redondeándose pesadamente. Sabía que tenía que avisar a la chica de que cambiaba de forma hasta convertirse en un ave, para que no fuera a asustarse, pero de su pico no salía más que un débil piar. Era el polluelo de un pájaro gigantesco y había sido abandonado echado de espaldas sin esperanza de salvación alguna. Sea como fuere, haciendo un esfuerzo sobreaviar, levantó el vuelo hasta la habitación número tres y se posó en el borde de la cama de su compañero de clase, que también estaba durmiendo al tiempo que tiritaba, suspiraba y se rascaba, todo a una. ¡Qué silencio hay aquí!, murmuró Abram, ¿te has fijado en lo tranquila que está la noche? Hubo un prolongado silencio. Después el muchacho habló con una voz ronca y rota: esto es como una tumba, quizá ya estemos muertos. Abram se quedó un tanto pensativo. Oye, cuando estábamos vivos creo que íbamos a la misma clase. El muchacho se quedó callado mientras intentaba levantar un poco la cabeza para mirar a Abram, sin conseguirlo. Al cabo de un momento gimió, cuando yo estaba vivo, por principio no aprendí nada en ningún curso. Es verdad, dijo Abram con una sonrisa de aprecio, cuando yo estaba vivo, había uno en mi clase que por principio no aprendía absolutamente nada, un tal Ilan, un rematado esnob que no le dirigía la palabra a nadie.
¿De qué podía haber hablado con vosotros? Dime. Pero si erais todos unas nenazas, unos ingenuos completamente perdidos.
¿Por qué?, le preguntó Abram con calma y muy pensativo, ¿qué sabías tú que no supiéramos nosotros?
Ilan soltó una amarga risotada en forma de gruñido y Abram, sin saber por qué, se asustó.
A continuación permanecieron en silencio y se sumergieron en un embrollado sueño. En otro lugar, en la habitación número siete, Ora yacía en su cama intentando dilucidar si de verdad le había sucedido todo aquello. Recordaba que no hacía mucho, tan solo unos días antes, cuando regresaba de entrenarse en el campo de deportes del Tejnión, se había desmayado en plena calle. Se acordaba de que el médico del hospital Rambam le había preguntado de inmediato si también ella había ido con la clase a visitar uno de los nuevos campamentos militares que habían sido erigidos mientras esperaban que estallara la guerra y si por casualidad no habría comido allí algo o no habría usado las letrinas de campaña. En un abrir y cerrar de ojos había sido arrancada de su casa, exiliada a una ciudad extraña y aislada por completo, y había sufrido una avalancha de médicos y de enfermeras, sobre todo la constante presencia de la enfermera Vicky, una mujer bajita, gruesa y sin cuello que ejercía un dominio absoluto sobre el pabellón de aislamiento e informaba a voz en grito a los enfermos postrados en cama que se encontraban bajo su potestad acerca de los últimos acontecimientos, de las pretenciosas declaraciones del maldito Nasser, de las maquinaciones del enano Hussi, de las oleadas de voluntarios y del sentimiento de hermandad que se había apoderado de todo el país, como ella recalcaba, desde Dan hasta Elat. Irrumpía en la sección con la aurora, cantando sin pausa las nuevas canciones que eran compuestas a diario, las tarareaba con mucha decisión mientras ponía los goteros o extraía sangre de los brazos de los enfermos de ojos vidriosos, hasta el punto de que Ora ya no sabía si todas esas cosas estaban sucediendo de verdad, si era cierto que llevaba atrapada días y noches en el tercer piso de un pequeño hospital miserable y descuidado en una ciudad que apenas conocía, si era verdad que les habían prohibido a sus padres y a sus amigos ir a visitarla, aunque quizá habrían ido a verla, a pesar de todo, mientras dormía, confundidos alrededor de su cama, intentando despertarla a la vida, hablándole, llamándola por su nombre, para después alejarse, puede que todavía lanzando una mirada atrás, lástima, era una buena chica, pero marchándose después porque la vida continúa, hay que mirar hacia delante y, además, estamos en guerra y todos somos necesarios.
Me voy a morir, murmuró Ilan con asombro.
Tonterías, se desperezó Abram, vivirás, dentro de uno o dos días ya…
Sabía que esto me pasaría, susurró Ilan, estaba más que claro desde el principio.
No, no, se asustó Abram, ¿qué estás diciendo? ¡No pienses así!
Ni siquiera me he besado todavía con ninguna chica.
Ya te besarás, le aseguró Abram, no temas por eso, todo va a ir bien.
Cuando estaba vivo, dijo Ilan más tarde, puede que al cabo de una hora exacta, había uno en mi clase que me llegaba a los huevos.
Ese era yo, se sonrió Abram.
No dejaba de charlar.
Soy yo.
¡Y más chulo que un ocho!
Ese soy yo, yo, se rió Abram.
Yo lo miraba y pensaba, a este, cuando era pequeño, seguro que su padre le daba unas buenas palizas.
¿Quién te lo contó?, se asustó Abram.
Suelo observar a las personas, dijo Ilan, y se quedó dormido.
Desasosegado, Abram desplegó las alas y revoloteó a lo largo del curvo pasillo golpeándose contra las paredes hasta que finalmente aterrizó en su lugar, la silla que había junto a la cama de Ora, y cerrando los ojos se sumió en un sueño inquieto. Ora soñaba con Ada. En su sueño estaba con Ada en la llanura blanca e infinita por la que ambas paseaban casi todas las noches agarradas de la mano y en silencio. En los sueños que tenía durante la primera época hablaban sin descanso. Las dos veían ya desde lejos la roca que había al borde del acantilado. Ora intentaba tirar de Ada en dirección contraria, pero esta, a pesar de ser tan menuda, era mucho más fuerte porque una energía asombrosa se apoderaba de ella de repente, de manera que Ora se arrastraba tras Ada poseída por una flojera también repentina. De vez en cuando Ada señalaba con la mano un matorral pelado o un árbol albino y con una especie de vehemencia incontrolable le hablaba a Ora de sus ciclos de floración y de sus frutos, como si fuera la guía de Ora en ese lugar. Cuando esta se atrevía a mirarla de reojo veía que Ada ya no tenía cuerpo. Solo le quedaba la voz, una voz apresurada, aguda y enérgica, como la que siempre había tenido, y también quedaba la sensación del roce de las manos y el desesperado asirse de los dedos. En el interior de la cabeza de Ora la sangre golpeaba con fuerza machaconamente, no dejarla, no dejarla, no soltarme de Ada, ni tan siquiera un instante…
No, susurró Ora, y se despertó de golpe bañada en un sudor frío, ¡qué tonta soy!
Miró hacia el lugar en el que Abram yacía medio recostado en la oscuridad. La vena del cuello de Ora empezó a latir con fuerza.
¿Qué has dicho?, se desperezó él intentando ponerse recto en la silla, de la que una y otra vez se deslizaba hacia el suelo como si una fuerza invencible lo empujara a acostarse para apoyar la cabeza que le pesaba demasiado para sostenerse.
Tuve una amiga que hablaba un poco como tú, murmuró Ora. ¿Sigues ahí? Aquí estoy. Creo que me he quedado dormido. Éramos amigas desde primero de primaria. ¿Y ahora ya no lo sois? Ora intentaba en vano dominar las manos, que de repente le temblaban salvajemente. Hacía ya dos años que no hablaba con nadie de Ada. Tampoco había vuelto a pronunciar su nombre en voz alta. Abram se inclinó ligeramente hacia delante. ¿Qué te pasa?, le preguntó, ¿por qué te has puesto así?
Dime…
¿Qué?
¿Quieres oír una cosa?
¡Vaya pregunta!, se rió él.
Ora se quedó callada. No sabía cómo empezar a hablar ni qué decirle.
Simplemente cuéntamelo.
Pero él no la conoce, pensó Ora.
Si me lo cuentas la conoceré, dijo Abram.
Ella tragó saliva y dijo muy deprisa: en primero de primaria, el primer día, cuando entré en la clase, ella fue la primera niña que vi.
¿Por qué?
Bueno, se sonrió Ora, ella también era pelirroja.
Ah… ¿Tú lo eres?
Ora se rió con ganas y su risa de nuevo sonaba sana y tintineante: estaba tan sorprendida de que alguien pudiera llevar hablando con ella tanto tiempo, tres noches, sin saber que era pelirroja. Pero yo no tengo pecas, aclaró de inmediato, mientras que Ada sí las tenía, por toda la cara, y también en los brazos y en las piernas. ¿De verdad que todo esto te interesa?
¿En las piernas también?
Por todas partes.
¿Por qué te has quedado callada?
No lo sé. No hay mucho más que contar.
Cuéntame lo que haya.
Es un poco… Vaciló por un momento sin saber decidir si ya podía revelarle los secretos de su relación de hermandad con Ada. Deberías saber que lo primero que hace un niño pelirrojo es comprobar si hay otros pelirrojos por la zona.
¿Para hacerse amigo de ellos? Ah, no, es al contrario, ¿verdad?
Ella sonrió con aprecio en medio de la oscuridad. Era más listo de lo que había creído. Exactamente, dijo, y para no ponerse a su lado ni nada parecido.
Lo mismo que yo, dijo Abram.
¿Cómo?
Que enseguida busco a los enanos.
¿Por qué?
Eso es lo que hago.
Eres… ¿eres bajito?
Te apuesto lo que quieras a que no te llego ni al tobillo.
¡Anda ya!
En serio, no sabes la de ofertas que me llueven de los circos.
¿De quién? Anda, deja de decir tonterías.
Otra oleada de despidos entre mis guionistas de bromas.
Dímelo.
¿Qué?
Pero la verdad.
¿De qué?
¿También ayer viniste a verme, así, sin más?
¿Cómo que sin más?
Y anteayer, cuando me despertaste, ¿es verdad que había estado cantando?
Sí. Te lo juro. Anteayer fue de verdad.
Qué raro eres.
Gracias, se rió Abram, hago lo que puedo.
Y dime…
¿Qué?
¿Por qué viniste ayer y has venido hoy?
No lo sé. He venido y punto.
Pero dime por qué.
Abram carraspeó y a continuación dijo mintiendo: «Quería despertarte antes de que te pusieras a cantar dormida».
¿Qué has dicho?
«Quería despertarte antes de que te pusieras a cantar dormida, ha mentido el muy intrigante de Abram.»
Ah, entonces…
Sí.
Me estás diciendo que…
Exactamente.
Silencio. Una sonrisa suspicaz. Los engranajes de sus mentes giraban a toda velocidad.
Entonces, ¿te llamas Abram?
Qué se le va a hacer: ese fue el nombre más barato que mis padres se pudieron permitir.
¿Es como si yo dijera, por ejemplo: «Me habla como si fuera un actor de teatro, pensó Ora»?
«Has dado en el clavo, alabó Abram a Ora al tiempo que se decía para sus adentros, alma mía, creo que la hemos encontrado…»
«Ahora quédate callado un momento, le dijo la genial Ora y se sumió en unos pensamientos más profundos que los abismos marinos.»
«Me gustaría saber qué pensamientos más profundos que los abismos marinos son esos, meditó para sí Abram algo consternado.»
«Ella está pensando en que le gustaría verlo ya de una vez, aunque no fuera más que un momento. ¿Y en qué estará pensando él?»
«Que es preferible para ella no verlo, dijo Abram, soltando un alarido de horror.»
«Pero entonces Ora, con la astucia de un zorro, le reveló que ese día, además de la silla, también le había preparado eso.»
Un restregar, otro restregar, chispas, y un poco de luz resplandece en la habitación. Una mano larga, clara y fina avanza llevando una cerilla a modo de antorcha. La luz temblequea en las paredes como el líquido en un cántaro. Se trata de una habitación grande, con muchas camas vacías, desnudas, unas sombras bailotean y ahí están la pared, el marco de la puerta y, en el centro del haz de luz, Abram, ligeramente acurrucado ante la cerilla encendida que lo ciega.
Ora enciende otra cerilla y, sin darse cuenta, la sostiene más baja, como cuidándose de no abochornarlo. La llama pone al descubierto unas piernas gruesas y vigorosas en el pijama azul, unas piernas sobre las que reposan unas manos sorprendentemente pequeñas, enlazadas nerviosamente, y va subiendo por un cuerpo corto, robusto, revelando en el interior de la oscuridad un rostro grande y redondo que, a pesar de la enfermedad, parece ávido de vida de un modo casi turbador, un rostro lleno de curiosidad, vigoroso, con una nariz grande y unos párpados hinchados, por encima de los cuales irrumpe una maraña de pelo negro, encrespado y revuelto.
Lo que más sorprende a Ora es cómo él le expone su rostro para que ella lo examine y emita su veredicto, apretando los ojos cerrados y frunciendo a conciencia el entrecejo. Por un instante ella lo ve como alguien que ha lanzado al aire un objeto especialmente frágil y espera temeroso que se estrelle.
Ora deja escapar un resoplido de dolor y se lame los dedos, que se le han quemado. Tras un instante de vacilación, enciende otra cerilla y, como si hiciera un acto de justicia, la mantiene ante su propia frente; cerrando los ojos, se la pasa deprisa por delante de la cara, arriba y abajo. Las pestañas le tiemblan y los labios se le contraen ligeramente por sí solos. Unas sombras se rompen contra sus prominentes y altos pómulos y alrededor de la bola abultada y resguardada de la boca y el mentón. Algo turbio y como entretejido de sueño se cierne sobre ese rostro claro y hermoso, algo extraviado e inmaduro, aunque puede que no sea más que la enfermedad la que lo hace así. Su pelo corto, por el contrario, arde, cobre bruñido, y el rescoldo del resplandor que desprende pervive en los ojos de Abram después de que la cerilla se apague y la oscuridad la envuelva de nuevo.
Di algo, Abram…
¿Cómo? ¿Qué?
Crees que… ¿Por qué estás así?
¿Así, cómo?
No sé, tu voz, de repente…
Estoy bien, estoy bien, no es nada. ¿Qué querías? ¿Qué has dicho antes?
No tiene importancia.
Permanecen en silencio respirando con esfuerzo. Se diría que, de pronto, los dos se han lanzado entusiasmados hacia el regazo de la enfermedad para atrincherarse en ella.
¿Abram?
¿Qué?
¿Te habías quedado dormido?
¿Yo? Pensaba que tú sí.
¿De verdad crees que nos vamos a curar?
Seguro que sí.
Es que a veces me vienen unos pensamientos…
¿Como cuáles?
No sé.
No-no. Todo va a ir bien, te pondrás bien.
Había unas cien personas en el pabellón de aislamiento cuando llegué. ¿Y si tenemos algo que no saben cómo curarlo?
¿Quieres decir que lo tenemos… los dos?
Los que han dejado aquí.
Somos solamente nosotros dos, y ese de mi clase.
¿Pero por qué precisamente nosotros?
Porque se nos ha complicado.
Pues a eso me refiero, que por qué precisamente nosotros.
No lo sé.
Me asusta.
Nos curaremos, ya lo verás.
No me quedan fuerzas.
Lo superarás, ya verás, estoy aquí contigo y no voy a dejar que te dejes vencer.
Estoy volviendo a adormilarme…
Me quedo.
¿Por qué no hago más que dormir?
El cuerpo es débil.
Tú no te duermas, quédate a cuidarme.
Pues entonces háblame.
¿De qué?
De ti.
¿Qué puedo contar de mí?
Eran como dos hermanas, «las siamesas» las llamaban, a pesar de que no se parecían en nada. Durante ocho años, desde los seis hasta los catorce, desde primero de primaria hasta el final del primer trimestre de octavo, compartieron pupitre y tampoco se separaban después de la escuela. Siempre estaban juntas, en casa de una o de la otra, en el movimiento Ha-Majanot Ha-Olim, en las excursiones, en los campamentos… ¿pero me estás escuchando, siquiera?
¿Cómo?… Sí, te oigo.
¿Qué es lo que he dicho?
La cabeza… no hace más que darme vueltas.
Basta, duerme.
Sí. No, dime…
¿Qué?
Hay algo que no he entendido, ¿por qué ya no sois amigas?
¿Que por qué?
Sí.
Es que ella ya no…
¿Ella no qué?
Ya no vive.
¿Ada?
Lo oyó encogerse, como si lo hubieran golpeado. Ora recogió las piernas, las apretó contra el cuerpo, se cubrió las rodillas con las manos y empezó a balancearse hacia delante y hacia atrás. Ada está muerta, hace ya dos años que Ada está muerta, se dijo muy deprisa, todo está bien, no pasa nada, todo el mundo sabe que está muerta. Ya nos hemos acostumbrado, está muerta. La vida sigue. Pero se sentía como si acabara de revelarle a Abram algo secreto y muy íntimo, algo que solo sabían Ada y ella misma.
Pero entonces, por algún motivo, se tranquilizó. Dejó de balancearse. Esperaba algo pero no sabía qué. Un silencio oscuro y espeso la envolvía. Poco a poco volvió a respirar, con prudencia, porque notaba como si unas espinas se le clavaran en los pulmones, y entonces tuvo otro pensamiento extraño, que él podría sacárselas con cuidado una a una.
Oye una cosa, Abram.
Sí.
Durante el día a veces pienso en lo que hemos hablado por la noche.
Un momento, dime…
A veces no me acuerdo si te he dicho ciertas cosas o si solo lo he soñado.
¿Pero de qué murió?
Fue un accidente, y tendrías que saber que…
¿Un accidente?
Que tenéis el mismo sentido del humor.
¿Quiénes?
Ella y tú, pero lo que se dice idéntico.
Entonces es por eso por lo que…
¿Qué?
¿Por eso no te ríes de mis bromas?
Abram…
Sí.
Dame la mano.
¿Qué?
Dame la mano, deprisa.
¿Pero nos está permitido?
No seas tonto y dámela de una vez.
No, no me has entendido, lo digo por lo de la cuarentena.
Pero si ya estamos contagiados.
Pero quizá…
¿Dónde demonios está tu mano?
Mira cómo estamos sudando los dos.
Es una suerte.
¿Cómo que es una suerte?
Suponte que solo uno de nosotros estuviera sudando.
O que solo uno de nosotros estuviera tiritando.
O rascándose.
O quisiera arrancarse la piel a tiras de tanto picor.
O que solo uno tuviera diarrea.
O que solo uno tuviera…
¿Qué?
Ya sabes.
¡Qué asqueroso eres!
Pero si es la verdad, ¿o no?
Pues dilo.
Está bien: la mierda…
Del color de la cal…
Y con sangre, mucha.
Yo no sabía que tuviera tanta sangre en el cuerpo, susurró ella.
¿Qué es amarillo por fuera, tiembla mucho y caga sangre? Menos mal que te ríes… empezaba a preocuparme…
Oye una cosa, antes de caer enferma creí que no tenía…
¿Qué?
Sangre en el cuerpo.
¿Y cómo es eso?
No tiene importancia.
¿Eso creías?
Agárrame bien fuerte de la mano, no me sueltes.
Pasó durante las vacaciones de Hannuka, dijo Ora mientras sujetaba la mano de Abram entre las suyas y la sacudía sin reposo, como si intentara alejarlo de sí y a la vez mantenerlo a su lado. La cabeza le dolía como si se la estuvieran estrujando con un torno de carpintero. ¿Qué le pasaba? ¿Qué era todo aquello? ¿Por qué le contaba sus cosas más íntimas y cómo era posible que le resultara tan fácil hablar con él sin conocerlo de nada? Y qué rostro tan extraño tenía, casi el de un hombre, no el de una persona de su edad; todo era exagerado en él, también la manera como había gritado «Ada», como si de verdad la hubiera conocido, como si Ada le importara de veras. Además, se recordó a sí misma que seguía considerándose la novia de Avner Feinblatt, o por lo menos su amiga más íntima, así que precisamente en ese momento, en plena guerra, ¿cómo podía serle infiel haciendo manitas con otro, con un completo desconocido del que no sabía absolutamente nada de nada?
Pero espera, Abram, porque antes de eso…
¿Antes de qué?
Antes de que ella muriera…
¿Cómo?
Estuvo viva…
Excepto por el color del pelo eran muy distintas, casi contrarias: la una alta y fibrada y la otra bajita y regordeta, una con un rostro amigable y resplandeciente, como de potranca alborozada y despreocupada, y la otra con un rostro reservado y preocupado, muy pecoso, de nariz afilada, mentón picudo, con unas grandes gafas, como los estudiantes de las academias rabínicas de las aldeas europeas, había dicho en una ocasión el padre de Ora, esos que van siguiendo el texto con el dedo… El pelo también lo tenían completamente diferente. El de Ada era espeso, crespo y rebelde, y apenas se podía pasar el peine. Yo solía hacerle una trenza, contó Ora, así de ancha, y se la enroscaba alrededor de la cabeza, como el pan trenzado del sábado, porque así es como a ella le gustaba. Y solo que se la hiciera yo.
La cabeza de Ada era completamente roja, muchísimo más que la de Ora; siempre se destacaba y proclamaba su presencia en el desfile del día del Recuerdo o cuando iban en fila india en una excursión. A pesar de lo bajita que era se la veía al instante, estuviera donde estuviese, lo que hacía decir a Ada: ser pelirrojo es muy útil, Dios nos ha señalado para que le resulte fácil identificarnos desde allá arriba. Ora se hizo ahora un ovillo en la cama y vio a Ada, como la cabeza de una cerilla, como una mancha de fuego. Ora la observaba a hurtadillas, la observó y cerró los ojos, porque no podía resistir la plenitud de su presencia. Hacía muchísimo tiempo que no la veía así, pensó, en color.
En los recreos trepaban las dos al olivo grande que había en un extremo del patio, el árbol de Ada y de Ora, todos lo sabían, ni siquiera intentaban quitárselo, porque no querían líos con ellas, temían caer en boca de Ada o sufrir las patadas de Ora, de Pippi Calzaslargas, como Ada la llamaba; los apodos que se ponían mutuamente cambiaban según el último libro que les hubiera gustado, Anne Shirley, Emili Tischbein, el pequeño Dienstag, Marie Curie, y después, cuando se hicieron un poco más adultas, Neima Sason, Shaul y Johanna, Scarlett la de Rhett Butler y también Jean Valjean, recordaba ahora, y Stuks, el fontanero, y las dos hablaban y hablaban muy deprisa, también con las manos, por la calle, por los pasillos de la escuela, ida y vuelta, saltando de un tema a otro, recordando los cabos sueltos de su amistad para ahora volverlos a retomar y afianzarlos más que antes tejiendo entre ellas una amistad bien fuerte y firme. Siempre iba a este lado mío, le contó a Abram, porque por el oído derecho Ada casi no oía, era de nacimiento, y es que no parábamos de hablar de cualquier cosa, hablábamos absolutamente de todo.
De repente se calló y retiró la mano bruscamente de la de él. No debería hacerlo, ¿por qué le estoy contando las cosas de Ada sin que él ni siquiera me pregunte nada, ahí callado como está, como si esperara que yo hable por mí misma? Se diría que de pronto ha perdido fuelle. La verdad es que es una persona muy rara, un charlatán que sabe estar callado.
Ora respiró profundamente y buscó la manera de contárselo, pero las palabras no acudían a su mente, se quedaban agazapadas en su corazón incapaces de salir. ¿Qué podía decirle? ¿Qué llegaría él a comprender, en realidad? Quiero contárselo, pensó mirándolo. No es que no quiera, entiéndelo, sencillamente es que todavía no puedo. Él seguía callado. Los dedos de Ora se movieron hasta aferrarse a los de su otra mano, así, así es como se recordaba con Ada, recordaba la unión misma, y sonrió: acabo de acordarme de una tontería, de cómo una semana antes de que ella… de que le pasara aquello, estuvimos haciendo un análisis literario de «El conejito». Abram intentó despejarse del ligero sopor en el que había caído y le sonrió suavemente, ¿ah, sí? Cuéntame. Y Ora se rió, escribimos, bueno, sobre todo Ada escribió, porque siempre fue la más dotada de las dos, un artículo completo acerca de lo terrible que era que la enfermedad del moquillo se hubiera extendido por el mundo animal atacando incluso a las criaturas más cándidas.
Abram susurró en voz baja, «incluso a las criaturas más cándidas», y Ora notó cómo él saboreaba las palabras en su boca, literalmente pasándoles la lengua por encima, y entonces, inconscientemente, se llevó la mano al cuello.
Ada y ella. Todo regresaba, se alteró Ora, ¿cómo era posible que sucediera así, por primera vez después de tanto tiempo? Y esa sorprendente claridad de la memoria: los debates interminables acerca de chicos que tenían o no tenían un «temperamento artístico», las conversaciones íntimas sobre sus padres, porque la verdad es que casi desde el principio se habían guardado más fidelidad la una a la otra que a los secretos familiares, y el esperanto, que empezaron a estudiar juntas —aunque no siguieran luego con él— para poder traducir las cartas de Zohara y Shmulik, porque Ora deseaba que todas las personas del mundo pudieran leer su historia de amor, y el «Almanaque de las palabras protegidas», que cuidaban con el mismo primor que si fuera una colección de mariposas poco comunes, unas palabras que solamente en los «momentos más genuinos y en condiciones de absoluta confianza, estaba permitido pronunciar en voz alta», eso es lo que aparecía escrito en la portada del cuaderno del almanaque. Y en la excursión de fin de curso al lago Tiberíades, en el autocar, cuando a Ada le dolía tanto el vientre que le dijo a Ora que se moría y esta se pasó el viaje llorando amargamente, mientras que cuando de verdad murió no lloré, no podía, me quedé completamente seca, no sé, ni siquiera he llorado una sola vez desde que murió.
Una pequeña calle y un pasaje separaban las casas de ambas en el barrio de Nevé Sheanan. Juntas iban a la escuela, juntas regresaban de allí y cuando llegaban a casa de Ora daban la vuelta y Ora acompañaba a Ada a su casa, una y otra vez, cruzando siempre la calle de la mano, así se habían acostumbrado a hacerlo desde los seis años y así seguían a los catorce. Ora recordó una vez —entonces tenían nueve años— en que, tras haber discutido por algo, no le dio la mano a Ada en el paso cebra y una furgoneta del ayuntamiento que apareció repentinamente alcanzó a Ada y la lanzó bien alto por los aires…
Ahora volvía a tener aquella visión: el abrigo rojo abierto como un paracaídas. Ora se encontraba a tan solo dos pasos por detrás de ella y al instante se volvió y huyó a esconderse detrás de un seto, se agachó, se tapó los oídos con las manos, apretó fuertemente los ojos y emitió una especie de zumbido dentro de la cabeza para no ver ni oír.
No supe que aquello no era más que un ensayo general, le dijo a Abram.
No soy nada buena socorriendo a nadie, añadió después, puede que dirigiéndose a sí misma o quizá para avisarlo a él.
Casi a diario comían juntas en casa de Ada, donde la comida era más rica y estaba permitido charlar en la mesa y hasta reírse. Una familia de risueños es lo que eran aquellos tres, tres gorditos envueltos en risas, lo que por sí mismo los hacía reír a los cuatro todavía más. Después de los deberes se iban las dos a descansar y juntas se quedaban dormidas en la pequeña cama de Ada hasta que las despertaba un aroma delicioso: el padre de Ada les había preparado manzanas al horno para merendar. Y en verano, las noches que eran víspera de Sabbat, se escabullían en pijama por unos atajos que a propósito alargaban cruzando los patios y jardines oscuros de los edificios y refrescándose los rostros ardientes en las sábanas y prendas colgadas en los tendederos comunes, envolviéndose en ellas y bailoteando en silencio, como dos pequeños fantasmas, mareadas por la floración de la madreselva y del guisante de olor, cogidas de la mano, de casa de Ada a casa de Ora, y vuelta otra vez, entre los céspedes pelados, las bombonas de gas, los rosales comidos por el oídio y las alfombras de verbenas; y a través de la frondosidad del ficus se asomaban con un temor contenido a estas o a aquellas terrazas iluminadas en las que hombres y mujeres, con unos rostros que a ellas les parecían de estatuas antiguas, de emperadores exiliados, estaban sentados sudorosos, en camiseta, con unos escotes que dejaban ver una piel estriada, frente a unos enormes ventiladores, jugando a las cartas mientras se reían a voces y suspiraban muy quedo, y entonces, las dos a la vez, salían huyendo de algo que parecía cernirse sobre ellas y querer envolverlas como un gran espanto, y corrían y corrían sin mirar atrás.
Cuando Ada cumplió diez años se pincharon un dedo con una aguja y mezclaron su sangre. Ada dijo que eso no bastaba y con un repentino gesto posó el dedo en la boca de Ora a la vez que tomaba el dedo de Ora entre sus propios labios. Esta, asaltada por un extraño impulso, empezó a succionar llena de asombro: ¡qué dulce era la sangre de Ada! Ante sus ojos veía las pupilas de Ada enfocándola fijamente con su negrura. Las dos a una retiraron sus respectivos dedos y Ada dijo asombrada, ahora tenemos el mismo flujo sanguíneo, para siempre, y adoptó una sonrisa distante, extraña, casi provocativa, como si le dijera a Ora, sin palabras: ya no hay vuelta atrás.
Bobadas a miles: comentarios exegéticos para Kofiko, histéricos ataques de risa, preferiblemente en lugares públicos y ante la mirada de desaprobación de las señoras, y los pedos que se les escapaban a las dos estando en esas, y los chorros de pis, hasta el punto de que Ada le había escrito: «Las dos tenemos unos cierres muy flojos, cariño, así que, ¿cómo vamos a ser capaces de guardar un secreto cuando estemos en el ejército?».
Los papelitos que se pasaban en clase flotaban ahora ante sus ojos, como si acabaran de ser escritos. «Mis padres se han ido a una boda a Tel Aviv —había anotado Ora—. ¿Quieres que ensayemos algún baile hoy en mi casa?» «Tu hermosa casa me enamora, tan señora, tan elegante y brillante, el desierto salón nos llama: ¡bailad en mí un lento y un movidito al momento!» «Ay, ¿por qué será la naturaleza de talante tan avariento ? —garabateaba Ora—. ¿Por qué Avinoam S., además de ser guapo, no tiene un poco más de entendimiento?» «Es tan decepcionante, querida —le respondía Ada—, es tan guapo como un ángel del cielo, pero su estupidez no tiene precio. Ay de mí, ¿dónde estará el ángel que ambas cosas tenga en sí?» «Eso no existe», sentenció Ora. «¡Tiene que existir! —apostó Ada—, si no tendremos que caer en la bigamia.» «¡Ojalá!», consideró Ora. Las notas detuvieron por un instante su trasiego. Ambas se quedaron pensando en esa posibilidad, riéndose en medio de una sensación de cosquilleo. «Yo —escribió Ada liberada de aquella repentina turbación— me enamoro solo de los altos con rizos, preferiblemente morenos, ¿y tú?» «Normalmente ídem de ídem», anotó Ora, ebria por su nuevo atrevimiento. «Pero yo —precisó entonces Ada— los necesito también con gafas y con los dedos muy largos, del tipo esnob intelectual, ya sabes.» «No, yo detesto a los esnobs intelectuales —se apresuró a responder Ora, montándose en las alas de su osadía—: nuestro instituto está lleno de esa caterva de vanidosos. Para mí lo principal es que tenga unos ojos cálidos y los labios bonitos.» «Y el culito firme y respingón», concluyó Ada.
Se contaban hasta el más mínimo detalle de sus vidas, «y todos los pensamientos, ya fueran nobles o vergonzosos». Ada era la que llevaba la voz cantante mientras que Ora ni tan siquiera lo pretendía. Y ahora, allí frente a Abram, que roncaba pesadamente envuelto en un profundo sueño y cuyo cuerpo en la penumbra era una mancha oscura, redonda y compacta, ella lo miró con afecto, qué dulce parecía, una especie de osito, simpático e inofensivo, y ahora ella se puso a pensar en que si no hubiera sido por Ada nunca habría llegado a saber que dos personas podían llegar a estar tan cerca la una de la otra.
Ora suspiró y por un momento dudó si Abram verdaderamente dormía, ya que había suspirado tras ella.
Fueron las primeras de su curso que tuvieron la regla, primero Ada, Ora dos semanas después, y subidas al olivo pensaron en lo que harían si les venía en la excursión de final de curso; y cuando terminaron las vacaciones de verano, antes de entrar en séptimo, acordaron que el primer día de clase las dos llevarían sujetador, las primeras en llevarlo de la clase, a pesar de que tenían —sobre todo Ora— más ilusión que contenido. ¡Pero cómo entraron juntas, ella y ella, ceñidas por la cintura y muy erguidas, en la alborotada clase!
Durante largas horas se encerraban en la habitación de Ada y poniendo el Atlas Brawer de pantalla se sumergían en la lectura de El aparato reproductor humano, un grueso volumen de cubierta dura de color azul marino con el que había estudiado de joven el padre de Ada cuando todavía esperaba llegar a médico, un libro que les produjo a las dos una verdadera explosión creativa, tanto escrita como pictórica, y hasta recurrieron a las ecuaciones para describir el ardor del deseo, «la carga del electrón multiplicado por la medida de la tensión que se crea entre el ánodo y el cátodo». Y Ora tuvo una verdadera inspiración al escribir e ilustrar el «Diario de un espermatozoide» del que Ada se rió un montón, porque entonces Ora todavía sabía hacer reír. Pasado un tiempo fue una enfermera a la escuela, para explicarlo en clase, pero ellas dos ya lo sabían todo, incluso sabían más que la enfermera, y Ora recordaba las significativas miradas que habían intercambiado y en estos momentos tomó la mano de Abram y se la puso sobre los ojos al tiempo que le cruzaba la mente una idea extraña, era como si desde entonces se hubiera vuelto un tanto ciega.
Abram, dime…
¿Qué? ¿Qué dices?
¿No te importa verme así?
¿Así, cómo?
Que no hablo.
Pero si no has hecho otra cosa más que…
Entonces llegaron las vacaciones de Hannuka, dijo Ora, y la voz se le fue apagando. Mis padres, mi hermano y yo estábamos de vacaciones en Nahariya, todos los años íbamos allí a pasar las fiestas, a una pensión. La primera mañana después de las vacaciones salí hacia la escuela y la esperé junto al quiosco, donde nos encontrábamos todas las mañanas, pero ella no llegó, y como se hacía tarde me fui sola; al ver que no estaba en clase la busqué en el patio y en el árbol, en todos nuestros lugares, pero no estaba. Sonó el timbre y ella no había llegado, así que pensé que quizá estuviera enferma o que simplemente se retrasaba, pero que en cualquier momento aparecería. Entonces vino nuestro tutor y vimos que estaba muy confuso, porque se quedó allí de pie y con el cuerpo ligeramente encorvado dijo, nuestra querida Ada… y se echó a llorar sin que nosotros entendiéramos lo que pasaba, hasta el extremo de que algunos niños incluso se rieron del llanto del tutor, que parecía casi salirle por la nariz…
Ora hablaba en medio de un apresurado susurro y aunque Abram le hacía daño en la mano al presionársela entre las suyas, no la retiró.
Entonces nos dijo que Ada había muerto en un accidente, el día antes por la tarde, en Ramat Gan. Tenía allí una prima, iba andando por la calle, vino un autobús y se acabó.
La respiración de Ora golpeaba rápida y cálida el dorso de la mano de Abram.
¿Y tú qué hiciste?
Nada.
¿Nada?
Me quedé allí sentada. No me acuerdo.
Abram respiraba pesadamente.
Yo tenía unos libros suyos en la mochila, dos volúmenes de la Enciclopedia juvenil que había llevado para devolvérselos después de las vacaciones y no dejaba de pensar en qué es lo que iba a hacer ahora con ellos.
¿Y así es como te enteraste? ¿En la clase?
Sí.
No puede ser.
Sí puede.
¿Y qué pasó después?
No me acuerdo.
¿Y sus padres?
¿Qué quieres decir?
¿Qué pasó con ellos?
No lo sé.
Solo estoy pensando en que si a mí me pasara algo así, un accidente, seguro que mi madre se volvería loca, creo que se moriría.
Ora se levantó, retiró la mano de la de Abram y se apoyó en la pared.
Pero ¿qué te dijeron?
¿Quién?
Sus padres.
¿Del accidente?
También, pero de Ada en general, seguro que te contaron todo tipo de…
No… no dijeron nada.
Pero ¿cómo es posible?
Es que yo no…
No te oigo, acércate un poco.
No hablé con ellos.
¿Nada?
Desde entonces.
Un momento, ¿quieres decir que también ellos murieron en el accidente?
¿Ellos? No… Ellos siguen viviendo en la misma casa.
Pero has dicho que… pero si has dicho que ella y tú erais como hermanas…
Es que yo no he vuelto allí… dijo, con el cuerpo cada vez más rígido y proyectando las esquirlas de una fría risita añadió, ya no voy por allí, no, no… mi madre también me dijo que era mejor no ir para no entristecerlos todavía más; y con la mirada cada vez más vidriosa continuó, así es como debe ser, créeme, eso es lo mejor, no todo hay que hablarlo.
Abram se quedó en silencio y sorbió por la nariz.
Pero en clase hicimos una redacción sobre ella, cada niño escribió algo, yo también, y la profesora de expresión escrita las recogió todas, hizo un cuaderno con ellas y dijo que se lo enviaría a sus padres, sí, y hasta un pijama mío se quedó en su casa y todavía no sé qué hacer con eso, y presionando de repente todo el puño contra la boca añadió, pero ¿por qué te estaré contando todo eso?
Dime, ¿tenía hermanos, por lo menos?
No.
¿Era hija única?
Sí.
Solo ella y tú…
¿Cómo?
Nada.
No, di, di lo que piensas.
No, nada.
No lo entiendes, no es verdad lo que tú… ¡Ellos tenían toda la razón!
¿Quiénes? ¿De quién estás hablando?
De mis padres. Mi padre no, mi madre, ella sabe mejor que nadie de estas cosas. Sobrevivió al Holocausto. Seguro que los padres de Ada tampoco querían que yo fuera y la prueba es que nunca me pidieron que lo hiciera. Porque habrían podido pedirme que fuera a verlos, ¿o no?
Pero puedes ir ahora a su casa.
No, no.
Porque ya ha pasado mucho tiempo y seguro que quieren saber…
Desde entonces nunca he vuelto a hablar con nadie, y ella… Ahora sacudía la cabeza de un lado a otro y todo el cuerpo le temblaba, nadie de la clase habla ya de ella, nunca, desde hace dos años…, y echando repentinamente la cabeza hacia atrás empezó a golpeársela contra la pared y a decir alternando un golpe y una sílaba, otro golpe y otra sílaba: co-mo-si-nun-ca-hu-bie-ra-e-xis-ti-do.
Basta, dijo Abram, y ella se detuvo en seco mirando fijamente al frente en la oscuridad. Ahora ambos lo oyeron: en una de las habitaciones más alejadas lloraba la enfermera con un plañido callado pero continuo.
Dime, le preguntó Abram a Ora después de un rato, ¿y qué hicieron con su pupitre?
¿Con su pupitre?
Sí, con su sitio.
¿Pero qué quieres decir? Pues nada, se quedó como estaba.
¿Vacío?
Pues sí, claro que vacío, ¿quién iba a sentarse allí?
Ora se calló, como si de pronto se pusiera en guardia. Hacía ya un rato que había empezado a sospechar que se había equivocado al juzgar el aspecto algo ridículo y de inofensivo osito de peluche de Abram, porque resultaba que con la repentina y aparentemente inocente pregunta que le acababa de hacer sentía como si la hubiera atravesado de arriba abajo.
¿Y seguiste sentándote en la silla de al lado de la suya?
Sí… no…
Menos mal.
Me pasaron para atrás. Me cambiaron más tarde, después de unas cuantas… creo… no me acuerdo muy bien.
Se detuvo. No pasó así, pensó, fue de otra manera. Y es que en cuanto el profesor les contó lo del accidente ella quiso levantarse y pedir que la cambiaran de sitio, porque no estaba dispuesta a quedarse allí ni un instante más, pero le dio vergüenza y tampoco sabía qué decir, cómo explicarlo, para que no creyeran que abandonaba a Ada y que tampoco esta creyera que la abandonaba. Así que durante tres semanas, no, más, hasta después de la Pascua, siguió sentándose al lado de una Ada que ya no estaba, encogida, anulando todo lo posible su lado derecho, y después inclinando todo el cuerpo hacia el lado contrario, hasta que la profesora de Biblia, que por lo visto se dio cuenta de que Ora estaba completamente torcida, le propuso con toda naturalidad que se cambiara de sitio.
¿Adónde?
¿Cómo? ¿A qué lugar de la clase?
Sí.
Espera un momento, dime, pero de verdad…
¿De verdad qué?
Todo lo que…
¿Todo lo que qué?
¿De verdad que todo esto te interesa?
¿Cómo no me va a interesar, Ora?
Ora volvió a asustarse y se echó hacia atrás como si Abram le hubiera lanzado una llamarada de fuego desde su interior al respirar.
Me cambiaron de sitio, no me acuerdo muy bien, creo que tres pupitres por detrás de ella, pero a un lado.
¿Dónde?
¿Cómo que dónde?
Enséñame dónde, le exigió con vehemencia, con impaciencia, ¿dónde exactamente?
Una nueva sensación de desfallecimiento, desconocida hasta ahora por ella, empezó a invadirla, la flojera de la rendición más absoluta.
Si suponemos que nuestra mesa estaba aquí, murmuró dibujando apresuradamente con el dedo en la palma de la mano de él, pues más o menos por aquí.
Así que, en realidad, lo tenías constantemente delante de los ojos.
Sí.
Pero ¿por qué no te pusieron en otro sitio, más adelante, donde no tuvieras que estar todo el rato…?
¡Basta! ¡Cállate la boca! ¿No puedes callarte la bocaza por una sola vez?
Ora…
¿Y ahora qué te pasa? ¿Qué quieres?
He estado pensando que puede que un día, no sé…
¿Cómo?
Es que estaba pensando si fuéramos un día a hablar con sus padres.
¿Tú y yo?
¿Y por qué no?
¡Pero si tú ni siquiera la conocías!
Ahora ya sí, un poco…
¿Pero cómo vamos a hacer algo así?
Si algún día estoy en Haifa, no sé, podría ir contigo, si tú quieres, claro.
No entiendo lo que quieres decir…
No, que si te da miedo ir sola, vamos juntos, ¿qué te parece?, ¿qué nos van a hacer?
Un polluelo, pequeño y desesperado, empezó a aletear con fuerza golpeando el fondo de la garganta de Ora.
Sus padres tienen una tienda de ultramarinos en nuestra calle y nosotros dejamos de…
¿De qué? Dime…
De comprar allí.
¿Pero cómo que dejasteis de comprar allí?
Mis padres, mi madre, dijeron que sería lo mejor.
¿Y tú estuviste de acuerdo?
Ahora damos un rodeo para no pasar delante de la tienda…
Pero ¿cómo has podido…?
¡Abram, sujétame!
Él, en un primer momento, se asustó, arrastrado por el pánico de Ora, y tanteando con las manos se topó con unas rodillas, con un codo fino y afilado, con una pequeña protuberancia, con una piel ardiente y seca, con la humedad de una boca. Al sujetarla por los hombros ella se asió a él y se apoyó con todo su cuerpo, temblando, mientras él la acogía y al instante se veía desbordado por su pena.
Así permanecieron sentados, abrazados. Ora lloraba con la boca abierta, a moco tendido, con el llanto de una niñita desamparada. Abram respiraba el olor de la boca de ella, el olor de la enfermedad.
Ya está, ya está, le dijo acariciándole una y otra vez la cabeza empapada de sudor, el pelo, el rostro mojado.
Después, mucho rato después, Ora se limpió la nariz con la manga del pijama: eres muy bueno, ¿lo sabes? No eres como los demás chicos.
¿Ya estamos ofendiendo?
Así estoy muy a gusto. No me sueltes.
¿Y así?
También.
¿Qué? ¿Qué te parece?
¿Que qué me pareces tú?
No, tonto, qué te parece esto.
No sé, nada de particular.
Dilo ya de una vez…
Que es muy raro que hayan puesto solamente a esa enfermera al cuidado de todo el pabellón de aislamiento.
¿A la árabe? ¿Por qué? Es que…
Porque podría ser que, ¿quién sabe?
¿Cómo?
Es ponérselo en bandeja.
No, no se atrevería.
Pero si parecemos sus prisioneros.
Todos se han olvidado de nosotros.
No, no digas eso, es solo ahora, por la situación.
Te lo digo, no quieren pensar en nosotros.
¿Pero qué tonterías estás diciendo, Ora?
¿Tonterías? ¿Tonterías? Escúchame lo que te voy a decir: al día siguiente de llegar yo aquí, mis padres y mi hermano vinieron desde Haifa y no los dejaron entrar, ¿lo entiendes? ¡No los dejaron!
¿Y qué hicieron?
Creo que me saludaron desde cierta distancia, a través de la ventana redonda, me hacían señas, pero yo no entendía nada porque estaba medio muerta, ¡y después se fueron!
Pues yo creo que mi madre vino anteayer, y lo mismo que a ti: besos al aire desde la ventana…
No he recibido ni una sola carta de mis amigos, ¡nada! Es como si no se acordaran de mí.
Estaban sentados en la cama muy cerca el uno del otro y Abram le acariciaba la cabeza con mucha suavidad mientras pensaba que a él no dejaba de parecerle estupendo que no se acordaran de ellos, que todos los hubieran borrado de sus vidas. Tampoco le importaba que aquella situación se alargara unos cuantos días más. A ratos la mano se le escapaba y tocaba la cálida nuca de Ora o resbalaba por error sobre sus enjutos y largos brazos de bíceps en forma de nuez. Con todas sus fuerzas luchaba por seguir siendo solo bueno y bondadoso, pero al mismo tiempo y en contra de su voluntad se aplicaba en hacerse con un bagaje para sus retorcidos periplos masturbatorios. La cabeza de Ora se había doblado ligeramente hacia atrás y parecía apoyarse en la mano de él. Un momento como ese, calculó Abram a través de la nebulosa que lo envolvía, le bastaría para no pocas semanas. Pero no, a ella tenía que dejarla en paz, se advirtió a sí mismo, con ella no.
Dime una cosa…
¿Qué? ¿Qué es lo que he hecho?
¡Qué susto te has llevado…! ¿No te parece extraño que estemos así?
¿Así, cómo?
Quiero que sepas que nunca, pero nunca, he estado… así no, en cualquier caso.
Yo tampoco.
¿Cómo? ¿Nunca?
Abram se quedó pensando un momento, enderezó un poco los hombros, hinchó el pecho y calibró rápidamente las distintas posibilidades. Después bajó la mirada y dijo:
Nunca.
La siguiente noche —Ora ya había perdido la cuenta de los días y las noches— Abram llegó a su habitación empujando una silla de ruedas. Ella se despertó bañada en un sudor frío. Había vuelto a tener la misma extraña pesadilla, como si una voz metálica se arrastrara alrededor de ella contándole unas cosas espantosas, y a ratos sabía con certeza que la voz brotaba de un transistor que se encontraba en algún punto del pabellón, en el pasillo o en una de las habitaciones vacías, y hasta había identificado que se trataba de una emisora hebrea de «La voz de la República Árabe Unida desde El Cairo», con su retórico locutor egipcio al que los chicos de la clase ya sabían imitar con sus ridículos errores en hebreo, mientras que en otros momentos estaba convencida de que la voz provenía de las profundidades de sí misma y que le contaba solo a ella que el «Ente sionista» había sido prácticamente conquistado por completo por los gloriosos ejércitos árabes que lo tenían asediado en todos sus frentes. Oleadas de valientes combatientes árabes arrasan en estos momentos Beer-Sheva, Ascalón y Tel Aviv, sentenciaba la voz, y Ora no podía acallarla. Los aviones del enemigo sionista están cayendo como moscas por los impactos de las águilas de la aviación egipcia. Ora yacía en su cama atrapada por el pavor que tales palabras le producían y tenía la garganta tan seca que ni siquiera era capaz de pedir auxilio. Después las voces callaron, lo mismo que la estruendosa música militar que, poco a poco, se fue debilitando y alejando. Ella seguía allí tendida con el corazón desbocado, bañada en sudor. Y pensar que Ada no sabía nada de todo eso, ni el más mínimo detalle de todo lo que allí le estaba pasando a Ora, porque ya no estaban en la era de Ada. ¿Qué significaba «la era de Ada»? ¿Cómo era posible comprender que antes habían compartido las dos un mismo tiempo, pero que el tiempo de Ada se había terminado, que ya ni siquiera se encontraba dentro del tiempo, cómo era eso posible?
Entonces vio un bulto que aumentaba de tamaño en la oscuridad y oyó el susurro de una rueda y una respiración entrecortada y ronca.
¿Abram?, murmuró, qué suerte que hayas venido, te voy a contar lo que me ha pasado…
Pero entonces se dio cuenta de que se trataba de la respiración de dos personas, por lo que sentándose en la cama, envuelta en unas sábanas pegajosas, aguzó la vista en medio de la oscuridad.
Mira lo que te he traído, susurró él.
Se había pasado todo el día esperando que volviera para quedarse con ella, que le hablara, que la escuchara, como si cada una de sus palabras fueran importantísimas para él, y había sentido añoranza por que le acariciara la cabeza y la nuca con esos dedos que la hipnotizaban. Suaves como los de una chica, pensó Ora, o los de un bebé. En los pocos momentos de lucidez que había tenido entre las acometidas de las tiriteras y las pesadillas, había intentado reconstruir las noches que había pasado allí con él y se dio cuenta de que se había olvidado de la mayor parte de lo sucedido, excepto de él. Y eso que tampoco lo recordaba del todo, por lo menos no como recordaría a alguien que hubiera visto y conocido de verdad, tanto que ni siquiera sabía muy bien cómo tenía las facciones porque todas se le mezclaban hasta formar, en ocasiones, varios rostros diferentes y lo que le quedaba, al fin y al cabo, era ese calor de llamarada que irradiaba de él constantemente. Sin Abram Ora sentía frío, literalmente se congelaba.
Permaneció tendida durante largas horas en medio de un duermevela y de vez en cuando se imaginaba que la mano de él le acariciaba la cara una y otra vez y se deslizaba por su nuca. Nunca la habían tocado así, ¡y es que la habían tocado tan poco! ¿Pero cómo era posible que él supiera exactamente qué hacer si nunca había estado con una chica? Y precisamente entonces, en medio de la corriente de bondad que sentía hacia él y después de haberse pasado todo el día acostada esperando que llegara ya de una vez para poder desahogarse un poco juntos y hablar de sus cosas, resultaba que aparecía cometiendo un burdo error típico de un chico que sería capaz de rascarse el sobaco en el momento en el que en una película se están dando un beso, es decir, presentarse con aquel otro chico…
Que dormía en la silla de ruedas, roncaba ligeramente y, por lo visto, ni sabía dónde estaba. Abram lo condujo hacia el fondo de la habitación y chocó con un armario y una cama, al tiempo que se deshacía en disculpas y explicaciones: no le parecía bien dejarlo solo en la habitación toda la noche, Ilan tiene muchas pesadillas, cuarenta de fiebre, o puede que más, tiene alucinaciones continuamente, tiene miedo de morirse y cuando Abram sale de la habitación para ir a ver a Ora, Ilan no hace más que oír unas voces que dicen que los árabes han vencido, unas cosas espantosas.
Dicho esto volvió a Ilan en la silla de ruedas hacia la pared y se abrió camino a tientas hacia Ora. Ya desde cierta distancia la notó de uñas hacia él así que, haciendo gala de una fina delicadeza que a ella la sorprendió, no se sentó en la cama sino que lo hizo cuidadosa y humildemente en la silla que había al lado y esperó.
Ora apretó las rodillas contra el pecho, cruzó los brazos y permaneció en silencio muy enfadada, jurándose que seguiría callada hasta el final de los tiempos, aunque enseguida estalló: ¡quiero irme a casa, estoy harta de estar aquí!
Pero eso es imposible, todavía estás enferma.
¡Me da exactamente lo mismo!
Sabes, él es de Tel Aviv, le dijo Abram con dulzura.
¿Quién?
Este, Ilan.
Pues me alegro por él.
Hace solo un año que se fue a vivir a Jerusalén.
No veas lo que me interesa a mí eso.
A su padre lo ascendieron a comandante de una base, o a coronel o algo así. ¿Quieres oír algo realmente divertido…?
No.
Abram lanzó una precavida mirada hacia el fondo de la habitación y susurró: habla sin saberlo.
¿Qué quieres decir?
Dormido, por la fiebre, parlotea como un loro.
Ahora también Ora se inclinó hacia Abram y le dijo muy bajito: y te resulta… un poco incómodo, ¿verdad?
¿Quieres oír algo más?
Venga…
Estamos enfadados.
¿Quiénes?
Él y yo.
¿Por qué?
No soy solo yo, toda la clase está igual, no le hablamos.
¿Le hacéis bullying?
No, al contrario, es él el que nos lo hace a nosotros.
¿Pero cómo va a ser uno solo el que le hace bullying a todos los demás?
Ya llevamos un año así.
¿Y?
Pues que no nos habla.
¿Por qué?
Porque sí, porque nos da de lado.
¿Y aquí sí habláis?
Cuando está despierto no.
¿Y cuando duerme?
Te lo he dicho, es por la fiebre, no se calla ni un momento…
No sé, ¿no es un poco…?
Como me aburro empiezo yo, lo provoco y él me contesta.
¿Dormido?
La verdad es que solo está consciente a medias, del todo no.
Pero eso es…
¿Qué?
No sé, es como leer las cartas de otro, ¿no?
¿Y yo qué puedo hacer, cerrar los oídos? La verdad es que además…
¿Qué?
No sé, cuando está despierto lo odio a muerte, lo mismo que en el instituto, mientras que cuando está dormido…
¿Entonces qué?
No sé.
Venga, suéltalo.
Nada, que entonces es como si fuera otra persona.
¿Cómo que otra persona?, preguntó Ora sintiendo una ligera punzada de celos.
Nunca he conocido a nadie igual.
Pero no es justo lo que estás haciendo con él, volvió Ora a atacarlo.
Sí es justo, porque yo también le cuento cosas cuando está así.
No… no te entiendo.
Pues nada, que hablamos.
Pero si acabas de decirme que él no está del todo…
Él habla así, hacia la nada, así que yo hago lo mismo.
Ah.
Sí.
¿Y él… te revela secretos?
Todo en él son secretos.
¿Cómo es eso?
Ya te he dicho que los de la clase no sabemos nada de él.
Pero ¿está siempre callado?
En clase, como se ve obligado a hablar, pues no. Le preguntan y contesta, le habla a la profesora como si fuera un autómata para que se dé cuenta de lo que piensa de ella. Pero fuera de eso, nada, es una tumba.
Qué cosa más rara, se sorprendió Ora, nunca he oído nada parecido.
Ya ves.
¿Pero no tiene a nadie que…?
De verdad que no.
Ora intentó penetrar la oscuridad con la mirada. Le daba la sensación de que el aire de la habitación se estaba volviendo algo viscoso y que se retiraba hacia allí, hacia él.
Entonces ahora sí sabes algo de él.
Es una situación un poco incómoda, ¿eh?
Y cuando habla, ¿tú qué le dices?
Lo mismo, pero sobre mí.
Ah.
Sí.
Ora asintió con la cabeza, distraída. Ahora le parecía que al fondo de la habitación la oscuridad había empezado a palpitar vagamente.
Un momento, pareció reaccionar de repente, ¿qué es lo que has dicho?
¿Cuándo?
No te he entendido. ¿Qué es lo que le cuentas, exactamente?
Pues por ejemplo si él habla de sus padres, ¿vale?, de su padre, el ejército y todo eso…
Sí…
Entonces yo le hablo de mi padre y de mi madre, de cómo mi padre nos abandonó, de lo que recuerdo de él, cosas así…
Ah.
O por ejemplo, me ha contado que cuando se mudó a Jerusalén cambió completamente de letra, así, sin más, tomó la decisión y lo hizo, la forma de todas las letras, de un día para otro.
¿Es posible hacer algo así?
Él lo hizo.
¿Y tú?
Yo soy un tío legal, se lo cuento todo.
Ora cambió de postura y se tapó con la manta. Durante el último rato la voz de Abram se había visto traspasada por una sombría insinuación que había hecho que las pantorrillas de ella se sintieran ligeramente agarrotadas.
Ayer, por ejemplo, dijo Abram, cuando regresé de haber estado contigo, al amanecer, también me habló de esa manera, delirando por la fiebre, y me contó algo sobre una chica a la que había visto por la calle, pero a la que no se atrevió a abordar por si no le hacía caso… Abram soltó una risita: así que yo también…
Tú también ¿qué?
No te preocupes, si de cualquier manera no se da cuenta de nada.
Un momento, ¿qué le contaste?
Lo que pasó.
¿Dónde?
Lo que tú y yo… pues lo que me dijiste de Ada…
¿Qué?
Pero si estaba dormido…
¡Pero si eso yo te lo conté a ti! ¡Son asuntos privados, mis secretos!
Ya, pero es que él ni siquiera…
¿Tú estás loco o qué? ¿No eres capaz de guardar nada para ti? ¿Ni siquiera dos minutos?
No.
¿No?
Pues no, dijo Abram otra vez con una risita y retorciéndose los dedos, precisamente ayer quería habértelo dicho: no me cuentes ningún secreto. En general, si hay algo que no quieres que nadie se entere, simplemente no me lo digas.
Ora saltó de la cama olvidando su estado de debilidad y empezó a corretear por la habitación alejándose con aversión de él, lo mismo que de aquel otro chico que dormía con la cabeza caída sobre el pecho y cuya respiración producía a su alrededor unos potentes y rítmicos resuellos que resultaban verdaderamente insufribles.
Ora, no… un momento, escúchame, cuando volví de estar contigo me encontraba tan…
¿Tan qué?, gritó ella, sintiendo que las sienes le estallaban.
Yo, no tenía… no cabía en mí de tanto como…
¡Pero se trataba de un secreto! ¡Un secreto! Es de lo más elemental, ¿no?
Sí, pero…
¿Sabes lo que eres?
¿Qué es lo que soy?
Ora se abalanzó sobre él con el dedo en alto y Abram se encogió ligeramente: ¡esa es exactamente la opinión que he tenido de ti todo este tiempo, todo está relacionado!
¿Qué es lo que está relacionado?
Eso de que no estés en ningún movimiento juvenil ni hagas ningún deporte, toda esa palabrería hueca, y que no tengas un grupo de amigos, porque ¿a que no lo tienes?
¿Y eso qué tiene que ver?
¡Lo sabía! ¡Y que seas tan… tan así… tan jerosolimitano!
Pero ¿qué relación puede tener eso?
¡Cállate, por favor!
Ora corrió a echarse en la cama, se tapó con las mantas hasta la cabeza y siguió sollozando en las profundidades de las sábanas. Que la partiera un rayo si volvía a revelarle algo más de su persona. Había creído que se podía confiar en él, pensó. Le había parecido que él no era como los demás, que era una persona auténtica. Se había comportado como una verdadera estúpida por haberse abierto a un desgraciado como él, hala, que se fuera de una vez, vete, ¿me oyes?, largo de aquí, que quiero dormir.
¿Pero cómo?, ¿eso es todo lo que tienes que decirme?
¡Y no vuelvas! ¡Nunca!
Vale, murmuró Abram, pues… buenas noches.
¿Cómo que buenas noches? ¿Me lo vas a dejar aquí?
¿Qué?, ah, perdón, me había olvidado.
Se levantó y buscó el camino a tientas, despacito y cabizbajo.
¡Espera!
¿Qué pasa ahora?
Antes tienes que decirme lo que le has contado.
¿Cuándo?
¡Quiero saber exactamente lo que le has dicho!
¿Y te lo tengo que contar ahora?
¿Pues cuándo si no? ¿Cuando venga el mesías?
¿Pero qué es lo que quieres que te…?
Tengo derecho a saberlo, ¿no te parece?
Pero es que eso no se puede contar así, a secas, no puedo… Tendría que contártelo con calma, sentado.
¿Por qué sentado?
Porque no tengo fuerzas para estar de pie…
Ella sopesó qué responderle: siéntate, pero solo un momento.
Lo oyó volver con su andar pesado, chocarse con la esquina de una cama, maldecir y palpar los objetos para saber por dónde seguir, hasta que encontró la silla y se dejó caer en ella. Oyó a Ilan respirar entrecortadamente y suspirar dormido. Intentó adivinar su voz por medio de los suspiros y su aspecto a través de la oscuridad. Pensó en qué sabría ya ese chico de ella, qué pensaría de ella alguien como él, que dejaba de lado a toda la clase.
Abram se quedó callado.
¿Qué es lo que te pasa?, lo atacó entonces ella, ¿te has quedado dormido?
Espera, déjame que me reponga.
En algún lugar ululó la sirena de una ambulancia. Se oían unas explosiones apagadas. Ora resopló con los labios fruncidos. El interior de su cabeza era un volcán de desconcierto. Para sus adentros reconocía ya que su enfado con Abram era exagerado y, en honor a la verdad, hasta era posible que se tratara de un enfado simulado, porque en realidad le había llegado al alma que le revelara con tal naturalidad que reconocía ser incapaz de guardar un secreto. Ahora lo que intentaba era luchar contra ese traicionero afecto hacia él que la inundaba, así que se esforzó por imaginar qué pensarían sus amigos de un tipo como aquel, cómo lo despellejarían en una sola tarde de cotilleo, por ejemplo, o qué diría de él Avner. Por un momento le fueron pasando por la cabeza una tras otra las cartas que Avner le había enviado todas las semanas desde la academia militar y las que le mandaba ahora desde el ejército, en esos sobres militares completamente cuadrados con la conocida inscripción impresa en ellos: «¡El secreto del éxito está en saber guardar el secreto!», y con el sello triangular de la censura militar, cuando de repente oyó a Ada riéndose muy bajito: ¿pero es que existe algo censurable en él?
Resultaba extraño que no se hubiera acordado de él durante todos los días que llevaba en el hospital, y eso que quizá estuviera ahora combatiendo en la guerra, seguro que sí, mientras que ella apenas si pensaba en la guerra y, lo que era en él, en absoluto. Solo en ocasiones, por la noche, llegaban aquellos sonidos metálicos mezclados con la música militar, pero cuando estaba despierta ignoraba la guerra por completo, porque eso era exactamente lo que hacía, y también a Avner, y la verdad es que también a sus padres, a los compañeros de clase y a sus amigos de Majanot Ha-Olim, que con toda seguridad no hacían otra cosa en ese momento más que pensar en la guerra y que no tenían cabeza para nada más ya que no le habían mandado ni un solo paquete, aunque claro, ahora todo debía ir para los soldados, y también se preguntaba cómo era posible que casi tampoco pensara en ellos aquí, pero nada de nada, ni lo más mínimo.
¡Cuánto se había alejado de sus seres queridos, de las personas a las que amaba!, se asustó. Era como si todo su mundo se redujera ahora a la enfermedad, la fiebre, el vientre y los picores. Y a Abram, al que ni siquiera conocía hasta hacía tres o cuatro días. ¿Cómo habría podido suceder? ¿Cómo era posible que los hubiera olvidado a todos? ¿Dónde había estado durante todo ese tiempo y con qué había soñado?
Un nuevo frío se tejió alrededor de su ardiente piel. Abram dormía allí frente a ella y suspiraba ligeramente, mientras que Ilan, al fondo de la habitación, dormía ahora en absoluto silencio, y a Ora le pareció que ambos habían dejado de existir un poco, como si por un momento la dejaran tranquila para que pudiera comprender finalmente que algo muy grande e importante le estaba sucediendo. Estaba sentada muy erguida en la cama abrazándose las rodillas y sintiendo como si muy despacito la estuvieran recortando con unas tijeras de la foto de su vida hasta que quedaba un agujero desvaído en el lugar en el que una vez había estado ella.
Sintió un escalofrío: ¿dónde estaría entonces?, ¿y cómo iba a arreglárselas para poder volver con ellos algún día? Pero enseguida se dio cuenta de que todas esas preguntas estaban ahora más allá de sus fuerzas y que entretanto lo mejor sería que se dedicara a pensar exclusivamente en la guerra. Por ejemplo, en pensar en cómo es una guerra, en qué es exactamente una guerra. Ella todavía no había estado en ninguna. Cuando la Campaña del Sinaí era demasiado pequeña y no se dio cuenta de nada. Le contaron que un buque de guerra egipcio —Ora no conseguía recordar el nombre— había disparado sus torpedos sobre Haifa y Tubba. El cuerpo empezó a balanceársele involuntariamente de puros nervios, hacia delante y hacia atrás. ¿Qué es lo que pasa en una guerra?, ¿cuándo se sabe que uno ha vencido o que ha terminado?, ¿y cuál es el castigo de los perdedores?, y las personas que participan en la guerra —no solo los soldados, sino todos, hasta los niños—, ¿puede que lleguen a cambiar y a ser completamente diferentes?, ¿pero en qué?, ¿cómo?, y dejando escapar una sonrisita de recelo: ¿será posible que ahora algo vaya a cambiar para siempre, en todos, que todos hayan cambiado excepto los que hemos permanecido aislados en cuarentena?
Avner, por ejemplo. Intentó recordarlo, ahí estaba, bueno, menos mal, esa era la primera vez que se esforzaba de verdad por volver a la realidad, por reparar su olvido e intentar recordar lo que había más allá de las paredes de la habitación. Con los labios apretados se repitió para sí cosas sobre él, como si se estuviera preparando para un examen: que era de Holon, que se habían conocido en la bolera durante un permiso que él había tenido en la academia militar… Ora respiraba pesadamente. Pero a pesar de ello no se rindió. Volvió a cerrar los ojos, vio un ralo bigotito, erizado, muy cómico, y unas sandalias de las que asomaban unos dedos gordos gigantescos, pero no conseguía ver lo que había entre el bigote y las sandalias, así que decidió que primero intentaría recordar a otras personas más cercanas aunque puede que no en ese momento.
Siguió allí sentada aturdida y confusa. Lástima que ya no pudiera hablar de ello con el idiota que tenía delante, con Abram, porque seguro que habría hecho algún comentario inteligente, ese bocazas revelasecretos. Un regimiento entero de censores tendría que emplearse a fondo en cada una de sus cartas. ¿Solo en cada una de sus cartas? En cada una de las frases que pronunciara y cada vez que respirara.
Hacia el interior de sus pensamientos, hacia el rumor del lento sopor que se iba apoderando de ella, se había ido colando una voz turbia y ronca en la que al principio no reconoció la voz de Abram sino que creyó que quizá aquel otro, el chalado de su amigo, se había puesto a hablar consigo mismo, por lo que se puso muy tensa. Desde el momento en el que te vi con la cerilla en la mano pensé que podía decirte todo lo que se me pasara por la cabeza, pero te vas a enfadar conmigo, estoy seguro, eres la pelirroja típica que se calienta enseguida, tienes la mecha muy corta, eso ya he podido comprobarlo. ¿Sabes qué?, si te enfadas dame una patada. Pues no me ha dado ninguna patada, quizá es que hoy no toquen patadas, ¿o puede que la señorita pertenezca a una logia que prohíbe darles patadas a los enanos irredimibles? Ahora la veo sonreír porque su boca soy capaz de verla hasta en la más absoluta oscuridad. ¡Esa boca que tiene me vuelve loco! ¿Pero dónde estaba? Qué me importa, si cierro los ojos puedo decirle todo lo que se me ocurra. Hasta soy capaz de describírsela sin ningún problema, decirle el aspecto que tiene, quiero decir…
Abram se quedó a la espera y Ora tragó saliva. Un sudor nuevo brotó de repente de su cuerpo. Ocultó todavía más el rostro en la manta y ya solo sus ojos brillaban en la oscuridad. Tampoco ahora le había dado ninguna patada, advirtió Abram, así es que parece ser que consiente en que lo diga, por ejemplo, por ejemplo… Vacilaba porque de pronto lo veía demasiado cercano; ahí quiero verte, miedica, castrado… por ejemplo, puedo decirle que es guapísima, la más guapa que he visto en mi vida, incluso aquí, estando en el hospital, enferma y con fiebre. Y que desde el momento en que la vi, aunque estuviera oscuro, me ha parecido todo el rato que ella era una luz, algo claro y luminoso, puro… porque cuando me enseñó cómo era con la cerilla y cerró los ojos… Abram tomó aire y Ora tembló como si también a ella la arrastrara hacia su interior al tiempo que le pareció que los rítmicos golpes de antes volvían ahora a repetirse al fondo de la habitación, despacito, en medio de una terca tensión, y que un débil movimiento se había producido allí, en la oscuridad, de pronto lo vi todo, todo lo vi, la clara frente de ella, su rostro alargado lo mismo que sus larguísimos dedos. Las pestañas le temblaron ligeramente, lo vi, todo lo vi, y esos labios… A medida que Abram iba hablando lo embargaba la emoción. El hecho de haberse atrevido a decírselo lo excitó cada vez más, hasta el punto de que se le levantó. Ora, el corazón de ella latía tan fuerte que creyó que iba a desmayarse, si alguno de sus amigos, ya fuera chico o chica, eso no importaba, la viera así, escuchando en silencio toda esa palabrería, no se lo creería: ¿es esta Ora la cínica?, ¿es esta Ora la porfiada?
Pero que no vaya a creerse que soy un valiente, añadió Abram con voz ronca, nunca le había hablado así a una chica, solo imaginariamente, a pesar de que toda la vida había deseado poder hacerlo. Apoyó las mejillas en los puños y se concentró por completo en la brasa que irradiaba calor en sus entrañas. Tampoco se me había presentado nunca la ocasión de estar tan cerca de una chica tan guapa, y solo lo digo para que conste en acta, porque seguro que ella está pensando: otro tío bueno a cuyos pies caen rendidas todas las chicas. Ora adelantó la barbilla y apretó los labios, pero el hoyuelo que se estremeció en su mejilla delató la risa contenida y de nuevo le sorprendió el hecho de que permitiera que él la hiciera reír, cosa que la enfadó consigo misma y que la empujó a recordarse quién era: los chicos tenían que hacer verdaderos malabares para que a ella le asomara un cuarto de sonrisa. Qué triste sino, continuó Abram con su reflexión, tener que soportar esta belleza celestial que le ha sido impuesta a mi persona, y Ora se puso a rezar para que Abram dejara de hablar de una vez de su físico. Qué chico más raro es, nunca se puede saber si habla en serio o en broma, si es muy inteligente o un tonto rematado, es muy cambiante, y enjugándose el sudor de la frente con la manta se puso a pensar que lo que más nerviosa le ponía de él, lo que realmente le resultaba insufrible y la sacaba de sus casillas era que tenía la sensación de tenerlo siempre en mente, que no había ni un solo minuto de descanso de él, porque desde el momento en el que había ido a verla y se había sentado frente a ella anteayer, o cuando quiera que hubiera sucedido, ella sabía con toda precisión cuándo él estaba emocionado, cuándo estaba a gusto y cuándo no y sobre todo sabía cuándo él la deseaba, y eso que nunca se había imaginado que fuera posible llegar a conocer tan bien a un completo desconocido, así que ahora tenía todavía más calor y el cuerpo entero le empezó a sudar porque Abram, naturalmente, reaccionó de inmediato a todos esos pensamientos de Ora, aunque ella intentaba no tenerlos, no pensar en nada, aunque también de eso se dio cuenta enseguida Abram, el insolente, el carterista, Abram el espía, y dentro de ella empezó a retorcerse de repente una pequeña y veloz anguila, como una diminuta lengua ágil y sonrojada que en absoluto era suya, ¿de dónde habría venido?, lo que empujó a Ora a levantarse de un salto de la cama muy asustada: ¡Ven! ¡Ponte aquí de pie un momento!
¿Qué?… ¿Qué ha pasado?
¡Levántate!
¿Pero qué es lo que te he hecho?
¡Cállate!, ¡date la vuelta!
Se movieron a tientas por la oscuridad hasta que quedaron espalda con espalda, temblando por la fiebre y por otros ardores, hasta que sus cuerpos se quedaron en tensión el uno frente al otro. Ilan suspiró y Abram pensó, qué vergüenza, por favor, que no se me despierte ahora. Notaba los musculosos muslos de ella tocando los suyos, el trasero respingón de ella frotándose contra el suyo. Pero más allá las cosas se torcían: los hombros de él quedaban a la altura de la espalda de ella. La cabeza le reposaba en la curva de la nuca de Ora. Me sacas una cabeza, le dijo con naturalidad, sorprendido él mismo por el hecho de que sus sospechas se hubieran revelado como ciertas tan cruel y llanamente. Pero todavía estamos en esa edad en la que…, le dijo ella con dulzura, y dándose la vuelta se quedó frente a él y a pesar de la oscuridad le vio la cara, los gigantescos ojos, exageradamente grandes, que le lanzaban unas miradas ávidas aunque tristes, de modo que se apresuró a salir en busca de Ada para que le tendiera el cabo de la broma al que poder asirse, para tirar de él y destejer aquella visión de Abram y a él mismo, y en definitiva para hacer desaparecer todo aquel lugar junto con el muchacho que le taladraba el cerebro desde el fondo de la habitación, pero su corazón se había agazapado ya como quien queda a la espera de una mala noticia.
Dime, susurró débilmente, ¿me ves? Y él balbució, sí. ¿Cómo es que de repente podemos ver?, se sorprendió Ora, temerosa de que se tratara de una nueva alucinación producto de la fiebre. Dirigió la mirada hacia el interior de la habitación pero no vio nada. Ni las camas vacías ni a aquel chico, pero cuando volvió la mirada al frente vio a Abram, de arriba abajo.
Abram de repente se rió. Ella lo observó con recelo, ¿qué es lo que tiene tanta gracia? Que no estés dispuesta a dejar que diga cosas malas sobre mí mismo. Dejó escapar otra risita ronca, silenciosa, y ladeó la cabeza para dirigirle una mirada nueva, altiva, como si las palabras que se había atrevido a pronunciar antes, cuando la había descrito, le hubieran dado cierto derecho sobre ella. Precisamente cuando se reía su cara cambiaba por completo de aspecto. Tenía unos dientes bonitos, muy blancos y proporcionados, y los labios…, toda la parte de la boca, pensó Ora desfallecida, era como si perteneciera a otra persona. Si una chica se llegaba a besar con él algún día seguro que cerraría los ojos, pensó, y así tendría solamente su boca. ¿Pero podía uno conformarse solo con la boca? Qué pensamiento más tonto. Las rodillas le flaqueaban. Dentro de un momento se desplomaría. La enfermedad estaba acabando con ella. La había convertido en un guiñapo. ¿Y por qué le daría él tanta importancia a su aspecto físico?, pensó. Si no diera tanto la lata con eso ella ni se habría fijado. ¿Ah, no?, se burló de sí misma, ¿no te habrías fijado?, ¿crees que serías capaz de ir por la calle con un tipo como Abram, que no te llega ni al ombligo? Lo que no tenía ningún mérito era estar sentada con él a solas en la habitación de un hospital a las dos de la madrugada. Pero me gustaría verte salir de paseo con él por el centro comercial del monte Carmelo, me gustaría verte llevándolo a la playa de Ha-Sheqet, a las balsas, a una fiesta con los amigos, hipócrita, más que cobarde.
Una nueva oleada de vértigos la acometió y al agarrarse a la manga del pijama de Abram casi se le echa encima. La cara de Ora estaba completamente ruborizada y si él hubiera intentado besarla en ese momento no habría tenido fuerzas ni para apartar la cabeza. Pero Abram se quedó esperando y ella le dirigió una mirada interrogativa, casi de súplica. Él le sonreía ahora como si quisiera infundirle ánimos, casi con ternura, como si intentara tranquilizarla para que no creyera que le iba a hacer nada. Y entonces, con un extraño e irrepetible gesto, le dio la vuelta muy despacio a las dos manos hasta dejarlas con las palmas hacia arriba, de modo que por un momento pareció un mago que le estuviera prometiendo que el número más fantástico de su repertorio no iba a tener truco alguno. Ella lo vio: las dos manos de Abram eran dos barquitas luminosas que flotaban en la oscuridad. ¿Qué es esto?, dijo sorprendida, y dando un paso atrás se sentó en la cama mirándolo fijamente, ¿esto qué es?, pensó, porque era como si el cuerpo de Abram irradiara luz.
Ahora quiero hablar de su voz, dijo Abram después, cuando se había vuelto a sentar a los pies de la cama de ella acurrucado en la silla pero ligeramente apoyado en el lecho. Porque la voz de una chica es lo más importante para mí, siempre, incluso por delante de su aspecto físico. Y es que ella tiene una voz que no tiene ninguna otra chica que yo haya conocido, una voz de color naranja, lo juro, no te rías, con un poco de amarillo limón alrededor, en el borde, una voz revoltosa, saltarina. Además, si quiere, le puedo contar ahora mismo algo que me encantaría escribirle algún día, y lo curioso es que no me haya dicho que no…
Sí, susurró Ora.
Abram tragó saliva y se estremeció. Con todas sus fuerzas se abrazó el cuerpo como para no salirse de su propia piel; tenía la cabeza gacha y ladeada, alejada de ella como en un gesto forzado, porque por más que deseaba dirigir hacia ella por lo menos la cabeza, para liberar un poco la tensión del cuello, era incapaz de lograrlo.
Creo que será una obra exclusivamente vocal, solo para voces, dejó escapar, hace ya unos días que pienso en ello, desde que empezamos a hablar, habrán catorce voces, ¿lo entiendes?, se iniciará con unas voces sueltas, una detrás de la otra, solo con la voz humana. Lo que más me gusta es la voz humana. No hay sonido que la iguale, ¿verdad?
¿Ah, sí?, pero ¿te dedicas a… la música?
No, exactamente a la música no, es más bien una combinación de… no importa. Lo que me ha interesado durante unos cuantos años son las voces.
Ah, dijo Ora.
¿Pero por qué precisamente catorce voces?, preguntó Abram en un susurro, extrañado, como si Ora no se encontrara con él en la habitación, ¿por qué catorce voces, realmente?, murmuró hablando consigo mismo. Pues no lo sé. Así es como lo siento. Los temblores de su cuerpo se habían calmado y volvía a respirar plácidamente. Desde el momento en el que me hablaste de Ada supe que así es como debía ser, tuve realmente como una… no tiene importancia. Y empezará con una sola nota muy larga, ¿sabes? Una sola persona emitirá un solo sonido, un «aaaaaa» como este, seis negras, y solo cuando este deje de sonar entrará el siguiente: «aaaaaa». ¡Sí, ahora lo entiendo! ¿Sabes a lo que se parecerá?
Pues no, no tengo ni idea de lo que…
A unos barcos navegando en medio de la niebla haciéndose señales mutuamente. ¿Los has oído alguna vez?
No… Sí, soy de Haifa.
Será triste. Abram aspiró aire por entre los dientes, que mantenía apretados, y entonces ella sintió: todo él, en un abrir y cerrar de ojos, se ha sumido en esa tristeza, el mundo entero es ahora esa tristeza, y de pronto también ella, aun sin quererlo, se sentía lamida por una amarga melancolía que la tenía con el corazón encogido.
Ya verás, será como una especie de despedida, muy larga. La mano de Abram se elevó por el aire, dibujó algo, y una línea fina y clara resplandeció en la oscuridad y desapareció: una despedida, y otra despedida, y otra despedida más, y tratará también de las noches que hemos pasado aquí, de como hemos estado aquí solos hablando y del miedo que hemos tenido de morir. ¿Qué te parece?
¿Qué cosa?
Pues esto, la idea que se me ha ocurrido.
Ora se quedó pensando: habrán catorce voces. Su madre le habría corregido de inmediato ese error gramatical antes incluso de que le hubiera dado tiempo a terminar la frase y, además, lo habría despreciado para siempre estampándole en la frente un sello con una palabra que no se le borraría de por vida: ignorante. Y sin embargo, a pesar de todo, Ora tenía también una extraña sensación, como un cosquilleo en la barriga, exultante y vengativo, y era que Abram podría confundir hasta a su madre. Porque si un día, por supuesto que por casualidad, llegara a encontrarse con él, Abram sería capaz de encandilarla al instante. La rendiría a sus pies por completo, a pesar de su «habrán catorce voces».
Pero en voz alta dijo: ¿no será por Ada?
¿Cómo que por Ada?
Porque te dije que tenía catorce años cuando…
¿Qué?
Las notas esas que has dicho, las catorce voces.
Ah, un momento, ¿una por cada año?
Podría ser.
Te refieres a que… ¡espera!, que cada nota sería como…
Exactamente…
¿Como una despedida de cada uno de sus años?
Algo parecido.
Eso está muy bien. Es realmente… no lo había pensado. Una por cada año.
Pero si has sido tú el que lo ha inventado, se rió Ora, tiene gracia que ahora te sorprenda.
Has sido tú, sonrió Abram, tú has descubierto mi invento.
Me inspiras, le solía decir Ada en ocasiones con esa seriedad infantil y formal tan propia de ella. Y Ora se reía: ¿yo?, ¿que yo te inspiro? ¡Pero si soy un oso con cerebro de mosquito! Ada tenía entonces trece años, recordaba Ora, estaba solo a un año de su muerte, y ahora daba miedo pensar que no se le ocurriera que eso pudiera ser así y que estuviera en el mundo haciéndolo todo con naturalidad, sin sospechar nada, pero a pesar de ello, en lo más profundo de su ser fue como si durante aquel año hubiera madurado mucho y se hubiera vuelto todavía más taciturna; después había tomado la mano de Ora y se la había estrechado en señal de agradecimiento, sí, tú, has sido tú que pareces estar ahí tan tranquila pero que de repente lanzas una única palabra, o haces una pequeña pregunta, como si nada, y ¡pum!, la cabeza se me reorganiza y sé exactamente lo que quería decir, ay, Ora, ¡qué haría yo sin ti!, ¿cómo podría vivir sin ti?
Lo recordaba: se habían mirado a los ojos de la manera más profundamente penetrante. Un año, Dios.
Ada escribía un diario desde los ocho años y también llenaba cuadernos y más cuadernos con cuentos y ardientes poemas de amor a un amado imaginario que cambiaba constantemente de identidad pero que siempre tenía un defecto físico, era o ciego o mutilado, pero lo más deseable es que fuera completamente paralítico y que se comunicara con el mundo por medio de un pestañeo, porque solamente una persona, una chiquilla con gafas y no especialmente guapa, era capaz de descifrar todos sus deseos. Durante su último año de vida también escribió una larguísima historia de aventuras llena de anécdotas que pretendía llegar a convertirse en un libro de verdad, encuadernado y todo. Largas horas estuvieron dudando las dos acerca de qué título ponerle; prácticamente todas las mañanas Ada le anunciaba las páginas que ya tenía escritas y Ora se llenaba de orgullo, como si el bebé que compartían estuviera creciendo y engordando como era debido.
El recuerdo que la había asaltado de repente se le hacía insufrible de tan vivo y fuerte como era: Ada leía en su presencia, le presentaba los distintos personajes con sus voces y sus gestos, y en ocasiones hasta con disfraces, con sombreros y chales, entre sonoros llantos y potentes carcajadas. Su pecosa cara se enrojecía como si verdaderas llamaradas le salieran por los ojos hasta envolverle la cabeza. Y Ora, frente a ella, se sentaba con las piernas cruzadas y los ojos húmedos mientras pensaba, cuando estoy con Ada me siento bien. Me siento como en un sueño, pero no sola.
Al terminar Ada de leerle en voz alta lo que había escrito la noche anterior solía quedar agotada, perdida, muy rara, y entonces Ora se ocupaba de ella. Había llegado su turno: de abrazar, de proteger, de cuidar de Ada, de no dejarla ni un solo momento sin la mano de Ora.
No hago más que preguntarme si no tendrá novio, habló Abram consigo mismo en algún lugar de la habitación, con su voz ronca de soñar despierto: es verdad que ha dicho que no tiene, pero ¿cómo es posible?, alguien como ella es imposible que esté sin novio ni un solo momento, no creo que los chicos de Haifa sean tan tontos. Se quedó a la espera de la respuesta de Ora. Pero ella callaba. ¿Cómo?, dijo Abram, ¿no quiere hablarme de su novio o será que es verdad que no tiene a nadie? No tiene a nadie, dijo Ora muy bajito. ¿Cómo es posible que no tenga novio?, susurró Abram. No lo sabe, dijo ella tras un largo silencio —dejándose tentar, muy a su pesar, por la forma de hablar de él pero reconociendo que le resultaba mucho más cómodo hablar de sí misma justamente de esa manera—, durante mucho tiempo no quiso tener novio, dijo al tiempo que sin darse cuenta mecía las palabras al lento y tenso tempo de los latidos que provenían del fondo de la habitación, y después, sencillamente, no encontró a nadie adecuado, quiero decir, a nadie que le gustara de verdad.
¿Nunca ha amado a nadie?, preguntó Abram, pero Ora no respondió y a él le pareció que notaba cómo en la oscuridad ella se iba replegando, que su largo cuello se quebraba con un ángulo doloroso hasta caer sobre el hombro, que se sentía atraída hacia el fondo de la habitación como si también a ella la agarrotara la misma violenta fuerza que tiraba hacia allí de su propio cuerpo. Entonces sí ha amado a alguien, dijo Abram, pero Ora lo negó con la cabeza, no, no, solo creyó que amaba a alguien pero ahora sabe que no, que fue algo superficial, nada serio. Se sentía sofocada, una oleada de humillación le subía punzante por la garganta, no fue nada, volvió a balbucear con desespero, nada, nunca hubo nada.
Notó que desde el momento en el que le empezara a hablar de Avner, la verdad se abriría paso desde su interior en forma de una corriente fuerte y llena de escozor, la verdad de esos dos años insignificantes, y que ya no sería posible que nada volviera a su estado anterior, que ya no sería posible vivir como antes, y hasta se asustó de lo mucho que deseaba contárselo, y es que tenía que hacerlo, le urgía.
Espera un momento, susurró de pronto desde la puerta de la habitación, que enseguida vuelvo. ¿Qué?, ¿dónde estás? Ora exclamó: pero ¿por qué te vas precisamente ahora? Es solo un momento, le dijo él, ¡ya vuelvo! No, no, se sorprendió Ora, ¿qué te pasa?, no me dejes sola, ¿qué haces?, ¿adónde vas, Abram?
Con las pocas fuerzas que le quedaban se levantó y salió de la habitación; se apoyaba en las paredes del pasillo para poder seguir avanzando y alejarse de ella, aunque cada pocos pasos sacudía la cabeza y se decía, vuelve, vuelve inmediatamente, a pesar de lo cual siguió arrastrándose hasta llegar a su habitación y sentarse en la cama.
Unos martillos lo golpeaban por detrás de los ojos. Se sujetó la cabeza con ambas manos, puede que hasta se gritara a sí mismo en voz alta, con la boca torcida por el dolor, vuelve, vuelve, ¿qué es lo que has hecho?, ¿por qué precisamente en este momento?, ¿por qué siempre lo estropeas todo? Tiró de las mantas, se tapó la cabeza y apretó las rodillas contra el pecho.
Durante los primeros momentos después de que se hubiera marchado, Ora sintió como si por dentro le hubiera arrancado todo de cuajo para salir huyendo con el botín. Todavía lo llamó a gritos varias veces y después ya más bajito, pero él no volvió. Entonces llegó la enfermera, se quedó en la puerta y le preguntó en tono de amonestación qué eran aquellos gritos. Un deje de amargura parecía retorcerse en su voz. Ora se asustó y guardó silencio. De repente, con paso apresurado, la enfermera se le acercó, le enfocó el haz de luz de una pequeña linterna directamente a los ojos y le espetó, ¡a dormir!, ¡a dormir!, ¡nada de volverse a levantar!, y cuando Ora dejó de sentirse deslumbrada la enfermera ya no estaba en la habitación. Horrorizada, se quedó acostada e intentó dormirse de inmediato buceando por debajo de la lógica, de los pensamientos que la asaltaban, y diciéndose que era la fiebre la que le había hecho tener aquella visión, porque era imposible que la enfermera la hubiera tratado así, lo mismo que Abram.
Unos malos pensamientos reptaban por el suelo hasta trepar a la cama y enredarse con los confusos sueños que se movían por ella. Fuera de la habitación, en algún lugar, la enfermera sollozaba dándose golpes en la cabeza contra el suelo o contra las paredes, rahat Filistin, rahat Filistin, se acabó Palestina, y después se hizo el silencio, aunque enseguida fue roto de nuevo por aquellos ruidos metálicos y la música militar. Estoy soñando, balbució Ora, esto es solo un sueño. Se tapó los oídos con las manos pero en su cabeza resonaba la voz que, en hebreo pero con un fuerte acento árabe, hablaba de los tanques del magnífico ejército sirio que arrasaban la Galilea sionista y los criminales kibutz sionistas, unos tanques que se encontraban ya en vías de liberar Haifa borrando el oprobio del destierro del año 1948, y aunque Ora sabía que tenía que huir y ponerse a salvo sus fuerzas no la acompañaban. A continuación volvió a reinar un tenso silencio y Ora dormitó un poco hasta que de repente se despertó por completo y se sentó muy tiesa en la cama sujetando la caja de cerillas como un escudo delante de su cara, porque le había parecido que en el fondo de la habitación alguien se movía y la llamaba muy bajito, Ora, Ora, hablándole como en sueños con la voz de un muchacho desconocido.
Más tarde, quién sabe cuánto tiempo más tarde, Abram regresó y trajo consigo sus mantas y las de Ilan. Entró en la habitación de Ora, no le dijo ni palabra, envolvió a Ilan a conciencia en una manta y le metió los extremos de esta por debajo del cuerpo para que quedara bien firmemente sujeta. A continuación se sentó en su silla, se tapó también él con una manta y quedó a la espera de que Ora dijera algo.
Y ella dijo: no quiero volver a hablar contigo nunca más. Eres un tarado. Lárgate de mi vida.
Él permaneció en silencio. Ora estalló: ¡eh, tú!, ¿sabes que eres una persona perversa?
¿Yo?
¡Te juro que eres un enfermo mental!
¿Qué es lo que he hecho?
«¡Qué he hecho!» ¿Dónde has estado?
Solo he ido un momento a la habitación.
«¡He ido un momento a la habitación!» ¡Speedy Gonzalez! Se va y me deja aquí sola durante horas.
¿De qué horas hablas?, puede que como mucho haya sido media hora y además no estás sola.
Cállate, será mejor para ti que te calles.
Abram se quedó callado. Ella se tocó los labios. Le había parecido que le ardían con fuego de verdad.
Solo dime una cosa…
Qué…
¿Cómo has dicho que se llama?
Ilan. ¿Por qué?
Por nada.
Oye, un momento, ¿ha dicho algo?, ¿te ha hablado?
Basta, déjame en paz, que quiero dormir.
Pero solamente dime si…
¿Y ahora qué es lo que quieres?
¿Ha pasado…? ¿Ha pasado algo mientras yo no estaba?
¿Qué quieres que haya pasado? Te has ido, has vuelto, ¿qué ha podido pasar?
¿Que me he ido y he vuelto?, ¿ahora todo se resume en que me he ido y he vuelto?
Basta, déjame tranquila.
Un momento, ¿te ha hablado?, ¿ha dicho algo mientras dormía?
¿Tu amigo?
Se llama Ilan. Lo sabes perfectamente: I-lan. ¿Te ha hablado?
No lo sé. No he oído nada.
Pero te has levantado de la cama, ¿a que sí?
Te he dicho que me dejes dormir.
Has ido a verlo.
Dime, ¿quién eres?, ¿un agente de los servicios de seguridad del Estado?
¿Y has encendido la luz?
Eso no es asunto tuyo.
¡Lo sabía, estaba seguro!
Pues si lo sabías eres bastante tonto; si lo sabías ¿por qué te fuiste justamente cuando te iba a…?
Y lo has visto.
¡Pues sí, sí, lo he visto! ¿Y qué?
Nada.
¿Abram?
Qué…
¿Es verdad que está muy enfermo?
Sí.
Creo que está mucho peor que nosotros.
Sí.
¿Crees que está… no sé… que corre peligro?
¿Cómo voy a saberlo yo?
Ay, se lamentó Ora desde lo más profundo de su corazón, ¡ojalá me quedara dormida un mes entero, un año, uf!
¿Ora?
Qué…
Nada.
Venga, suéltalo ya de una vez, pesado…
¿A que es muy guapo?
No lo sé, no lo he mirado.
Reconoce que es guapo.
No es exactamente mi tipo.
Es tan hermoso como un ángel.
Vale, vale, ya lo hemos oído.
Tiene locas a todas las chicas de la clase.
Me importa un bledo.
Incluso a las de octavo.
¿Y si dejaras el tema de una vez?
¿Has hablado con él?
¡Ya te he dicho que estaba dormido! No oye nada.
Me refería a si le has hablado. ¿Le has contado algo?
¡Déjame, déjame ya de una vez!
Eso quiere decir que sí le has hablado.
No es asunto tuyo.
¿A que es como si te sintieras hipnotizada cuando estás con él?
¡Dios mío, qué pesado eres!
Y dime…
¿Qué quieres saber ahora?
¿Te gustaría volver a verlo?
¡No!
¿Y si vamos los dos juntos…?
Déjame tranquila…
¿Dónde están las cerillas?
No lo sé.
Aquí están, en la cama, a tu lado.
¡Basta, déjame en paz de una vez!
¿Y esto qué es?
¿Qué?
La caja.
¿Qué le pasa?
Está vacía.
¿Cómo va a estar vacía?
Solo queda una cerilla.
No puede ser.
Pero si estaba llena…
¿Te estás burlando de mí, o qué?
