{

Líbranos del bien

Alonso Sanchez Baute

Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

De la credibilidad que me otorga sumar cien años de vida

Crónica de mi desasosiego

De la importancia de que conozcas mi propia historia antes de aventurarte en la de quienes te interesan

Óscar Pupo nace con el siglo, aumenta la fortuna familiar y, cincuenta años después, convierte su casa en sitio de bohemia

De cómo narré la historia de amor de Ovidio Palmera y Alix Pineda, los padres de Ricardo

El señor B. esboza las primeras influencias de Ricardo Palmera Pineda

De cómo conocimos «la civilización» entre 1920 y 1940

La década del cincuenta: entre carnavales y amores

Donde te cuento cómo somos en este pueblo

Ricardo Palmera se traslada de Bogotá a Cartagena y de Cartagena a Valledupar a imponer la moda antes de los setenta

Que trata de la historia de cómo conocimos el delirio del dinero con el Auge y La Gran Quiebra del Algodón y, varias páginas más allá, de cuando nos inventamos un departamento, en un lapso que recorre veinticinco años: de 1960 a 1985

Ricardo pierde a sus amigos

Donde les cuento la importancia que acuñó López Michelsen en esta tierra de juglares

El Papa Tovar a partir de 1975

Donde culpo a la política —y, mucho más: a la dirigencia política— de todos nuestros males

Historia de Ricardo a principios de los ochenta

Donde les hablo de la enorme influencia que ejerció Luis Carlos Galán sobre Ricardo Palmera

El otro pueblo del que aquel pueblo hace parte; o, Breve texto para entender el contexto; o, con prosopopeya: Orígenes de las Preocupaciones Sociales de Ricardo Palmera

Donde los ilustro sobre cómo Ricardo Palmera contactó a las farc

El Baile Rojo y la muerte de Consuelo

Ricardo Palmera «comenzó a ponerse cómodo dentro de su misma piel». De su otra piel

Entrevista a Rodolfo Campo Soto, jefe de Rodrigo Tovar Pupo en 1988

De cómo las Fuerzas del Bien me llevaron a comerme las uñas en 1991

En los noventa se enquistó la violencia

El Papa llora la muerte de su hermana

Aparece Jorge Cuarenta y Josefina Palmera me regala una sorpresa

Donde explico lo que significa el término «El canto de la cabuya» y te regalo mi propia versión sobre los orígenes de la tragedia en mi pueblo vallenato

Cara a cara con Cuarenta

¿Quién tuvo la culpa?

La mirada de Dios, o empecatado significa vivir en pecado

No hay mirada más triste que la de las vacas

De cuando la guerrilla me arrebató a otro hijo y de cómo le hipotequé mi corazón al dolor

Esa delgada línea

Un mundo de aristócratas

Paramilitarismo en el Cesar

De cómo el dolor me llevó al odiox

Historia de un nombre

Una cuestión de aburrimiento. ¿Simple cuestión de aburrimiento?

Novela con moraleja

A manera de epílogo

Agradecimientos

Créditos

Grupo Santillana

Dedicatoria

A mi parcero Andrés Rincón

Cita

Muchas veces se pueden perder los hombres
por el camino mismo por el que pensaban remediarse.

FRANCISCO DE QUEVEDO

Nosotros, los de entonces,
Ya no somos los mismos.

PABLO NERUDA

Nos volvimos un monstruo nazi ante los ojos del mundo. Una nación de bestias y bastardos que preferían matar a cualquiera antes que vivir en paz. No somos sólo putas del poder y el petróleo, somos putas asesinas con odio y miedo en nuestros corazones. Somos basura humana, y así es como la historia nos juzgará.

HUNTER S. THOMPSON

Reino de miedo

Líbranos del bien

La fiesta comenzaba a las cinco de la mañana. Los músicos salían de la casa de Oscarito Pupo, situada puerta contra puerta —cruzando la calle Santo Domingo— de la de mis abuelos maternos, y en ese instante se alborotaba la alborada. Aunque alborada nunca se apodó esta pachanga. Como un homenaje femenino, en Valledupar la llamábamos El Pilón, porque era a pilar maíz a lo que las campesinas se levantaban a adelantar en plena madrugada. Mientras pilaban cantaban, como se cantaba en esta fiesta que ocurría al amanecer del sábado de carnaval.

A quién se le canta aquí,
a quién se le dan las gracias,
a los que vienen de afuera
o a los dueños de la casa.

Esto dice el verso principal, y era el verso que se repetía de puerta en puerta, despertando a los lugareños para contagiarlos de parranda antes de bañarlos en whiskey y en maicena. Para entonces el Valle no era muy grande, bastaban unas cuantas cuadras para anegar cada calle. Incluso, en algunas casas la comparsa se detenía a desayunar lo que la anfitriona ofreciera: arepas de queso, costillitas de chivo, friche, chicharrón, carne molida y bollo limpio.

A partir de este momento, ya entrados en carnavales, todo el pueblo era una sola fiesta porque entre todos se conocían, la amistad cabía en la palma de una mano y la alegría no era más que un solo bamboleo de irreverencia y recocha.

¿Acaso era una sola e inmensa familia?

De la credibilidad que me otorga sumar cien años de vida

De la credibilidad que me otorga sumar cien años de vida

Podré ser vieja, pero no estoy loca. Es cierto que la visión me falla por momentos. Es cierto que ya no escucho por mi oído izquierdo. Es cierto que sufro de artrosis y que durante cierta época tuve un problema de taquicardias que me desapareció gracias a unas pastillitas que me recetó Rony López. Es cierto que para movilizarme debo utilizar esta silla de ruedas desde hace un par de años. Pero no creas que estoy baldada. Mira: basta oprimir este botón para que marche. Además, conservo a mi lado este pequeño timbre que utilizo según la necesidad. Un toque, para llamar a mi enfermera, Carola. Dos, a Constanza, la única de mis hijos que vive en esta casa. Tres, para la empleada doméstica, que se llama Lola.

Yo hablando de mi vida y ya imagino el atafago que debes de tener porque te cuente con rapidez todo lo que sé. A mi edad la vida transcurre como una película en cámara lenta, por lo que habrás de tenerme mucha paciencia. No te preocupes. Centenaria y todo, tengo las pilas cargadas para otro round. Muchas más que Ricardo Palmera o que Rodrigo Tovar, ese par de personajes detrás de cuyas historias andas desde tiempo atrás. De ambos tengo mucho que contarte. En realidad, me sé sus vidas de pe a pa porque con los dos estoy emparentada, al igual que con medio mundo en esta ciudad. Acá, a las mujeres pocas veces nos tienen en cuenta. Mas, créeme, nadie como yo puede arrastrarte a través de los vericuetos de nuestra historia. Si es que soy tan vieja que, como dicen por ahí, tengo arrugas hasta en la voz. Ya sé que aquí somos muchos a quienes nos cabe un siglo en la cabeza. Recuerda que ésta es la tierra de Úrsula Iguarán (y si me entiendes el chiste, digamos también que es la de Thomas Parr, cuya leyenda afirma que alcanzó 152 años de vida). Para nadie resulta exótico que alguien viva más de cien años. Eso sí, en su mayoría, mis contemporáneos ya están desmentados, y entre los que siguen lúcidos a ninguno le interesan las noticias o el acontecer diario. Presumo de buena memoria: desde niña agucé mis sentidos y vi y oí más de lo que debía. Por eso nadie sabe lo que sé yo. Eso sí: no me pidas fechas. Soy una bruta para las fechas. Quizá porque cuanto más me acerco a la muerte más me anima despellejar de mis recuerdos todo lo banal, y una fecha —a pesar de lo que opinen los historiadores— no es más que otro día en el calendario.

También tengo claro que, al tratarse de hechos tan recientes, cuando se publique este relato aparecerán muchas voces buscando desvirtuar lo narrado. No te preocupes por el qué dirán. La gente siempre está lista para malinterpretar y, además, ya sabes que al árbol que más piedras tiran es al que más frutos da. Para colmo, cada vallenato tiene en su cabeza su propia versión, su raquítico hilito de los acontecimientos. Recuerda que no hay nada más falso que la verdad, pues cuando muchas personas ven al tiempo una misma escena cada una la entiende, la siente o la reconstruye de diversa manera. Pero tranquilo, que ninguno tiene la madeja entera, y lo que ahora cuenta es la historia completa, así olvidemos —por conveniencia— algunos acontecimientos. Lo dijo Gabo: «La vida no es la que vivimos sino la que recordamos». El dueño de esta narración eres tú, así que ya sabrás qué callar o qué cosas quieres contar a los demás.

Lo malo fue que hoy llegaste a muy mala hora, justo cuando debo pedir el almuerzo. Así que ven, acompañáme a la cocina para decirle a Lola lo que vamos a almorzar. ¿Vas a almorzar conmigo, verdad? Lola, Lola… Por favor, preparános una sopa de leche. ¿Recuerdas la receta? Te la repito para que no te equivoques como la otra vez. Lo primero que tienes que hacer es poner a hervir la leche. Luego coges unos plátanos como si fueras a hacer patacón pero los fríes una sola vez, ¿me entendiste?, los vas a freír sólo una vez; entonces los pangas y, poco a poco, los vas echando a la leche junto con un poquito de sal, una pizca nada más, no mucha, que siempre se te pasa la mano; también le echas una cucharadita de azúcar y panela para que la sopa no te quede blanca sino con su característico color amarillento. Acuérdate que la otra vez te la repetí varias veces y la dejaste mal hecha. Espera que hierva, y listo, nos sirves en la mesa. De seco preparános torta de carne molida, arroz blanco y yuca frita. Y de tomar, esa chicha de arroz con cáscara de piña que tanto me gusta. Mira que la de anoche te quedó aguachirria, así que mejorála, y cocina lo que te he pedido mientras converso con este querido escritor. ¿Si ves, escritor? Pura «nouvelle cuisine» vallenata. Jajajajaja…

Ahora sí, ven conmigo, sentémonos bajo este peralejo. Te decía que cuando me participaste de tu interés por averiguar lo que sucedió en este pueblo durante estos últimos años, me llenó de contentura saber que habías vuelto a tu tierra luego de tantos años de ausencia, pues guardo la esperanza de que te agarre la nostalgia y no vuelvas a abandonarnos nunca más… No vayas a pensar que soy metiche. Ah, no. Ni se te ocurra. Pero, ¿cuántos años es que llevas viviendo en Bogotá?… ¿Veintiocho? Pero entonces ya tú eres un cachaco. ¡Amalaya no se te hayan pegado las costumbres de esa gente! Dios te ampare y te favorezca… Es que eso es mucho tiempo, mijito, ¿veintiocho años? Uno no puede alejarse de la familia de esa manera. Entiendo que por acá hay mucha gente que no te quiere por lo de tu problema, pero ésta es la tierra de tus ancestros, y si los otros te anoni… ¿Cómo fue que me dijiste hace un rato?… Ah, te anonimizan cada vez que te apareces… ¡«Anonimizan»! Qué palabras las que te inventas. ¡Por eso no te entiende nadie! Di mejor que la gente te negrea, que hacen como si no existieras con tal de no saludarte porque piensan que los vas a pervertir, que los vas a espiritar. Pero no te preocupes si los demás se avergüenzan de tu condición y te hacen el fo, que en esta casa te seguimos queriendo, como si fueras otro hombre más.

Así no lo seas.

Crónica de mi desasosiego

Crónica de mi desasosiego

Nunca me preocupé por la guerra en Colombia hasta que apareció el supuesto computador de Jorge Cuarenta. A partir de ese momento el tema se me convirtió en obsesión y por mi mente comenzó a deambular toda suerte de preguntas sobre lo que estaba ocurriendo. En su mayoría, estaban relacionadas con dos de sus principales protagonistas, Simón Trinidad y el mismo Cuarenta (escribo en letras su «nombre de guerra», y no en cifras como acostumbran los medios colombianos, porque de tal manera es como aparece estampada su firma en diversos documentos personales hoy en día en manos de las autoridades). A ambos los conocí antes de que marcharan a la guerra y en el pueblo eran conocidos por sus nombres bautismales: Ricardo Palmera Pineda y Rodrigo Tovar Pupo. Por razones generacionales, a uno apenas lo traté; del otro no sólo fui vecino y amigo, sino que nuestras mutuas familias protegen una relación profundamente cercana.

Debido a diversas circunstancias que no son del caso mencionar, a lo largo de los años menosprecié la avasalladora realidad que me cercaba. Me interesé por otros temas antes que por la tragedia nacional, a pesar de que la guerra me persigue casi desde el momento mismo en que nací.

Aunque el investigador Álvaro Delgado sitúa los orígenes de la guerrilla colombiana en enero de 1960, cuando cae asesinado Jacobo Prías Alape (alias Charro Negro), el dirigente guerrillero más importante del sur de Colombia, el año en que nací, 1964, surgieron los dos movimientos insurgentes más importantes de nuestra historia. El primer turno fue para las FARC, o Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Nacieron dos meses después que yo, el 27 de mayo, cuando cuarenta y ocho campesinos (exactamente cuarenta y seis hombres y dos mujeres) al mando de Pedro Antonio Marín (llamado «Manuel Marulanda», llamado «Tirofijo»), Ciro Trujillo y Rigoberto Losada se internaron en el espinazo andino mientras su centro de operaciones, Marquetalia, era invadido por dieciséis mil militares —según la versión fariana—; o dos mil soldados —según cuenta el ejército—, en cabeza de los coroneles Hernando Correa Cubides (comandante de la vi Brigada de Ibagué) y José Joaquín Matallana (al mando de las tropas aerotransportadas), un eficaz militar que con anterioridad había demostrado su rudeza en combates contra el bandolerismo.

Casi mes y medio después, en julio, los hermanos Vásquez Castaño iniciaron una marcha junto con otros dieciocho campesinos en la vereda La Fortuna, del municipio de San Vicente de Chucurí, dando origen al Ejército de Liberación Nacional, ELN, según su reconocida sigla, aunque no fue hasta enero de 1965 cuando realizaron la primera acción militar en la población de Simacota, en Santander.

Soy hermano generacional de estas guerrillas. Crecimos juntos esta guerra y yo. Quizá por eso nunca la tomé en serio. Fui como uno de tantos colombianos para quien la guerra es algo que hacen los otros, algo que les pasa a los demás. De vez en cuando leía en profundidad uno que otro artículo periodístico, algún ensayo interesante; o me preocupaba por los telenoticieros cuando informaban sobre enfrentamientos entre los insurgentes y el ejército. Pero hasta ahí. Nada más. Porque la guerra nunca fue mi tema.

Nací en uno de los pueblos más asolados por la violencia colombiana contemporánea. Pueblo desolado donde durante los últimos veinte años las palabras más mentadas han sido asesinato, extradición, secuestro, extorsión, abigeato, masacre, limpieza social y otras de la misma estirpe, naturaleza y condición. Como muerte y guerra, hacen parte de la cotidianidad desde la Marcha Campesina de 1987, cuando las FARC y el ELN se enquistaron en la región imponiendo su pesadilla de horror y sangre.

Al inicio de esta noche de dantesca —espeluznante— intimidación, cuando la vesania comenzó a extenderse cual maleza por toda la región, siempre escuché hablar de las víctimas, muy pocas veces de los victimarios. Ahora las noticias de mi tierra queman desde que enfrenta su peor tragedia. Sucedió que varios de mis paisanos, aquellos con quienes estudié en el jardín de infantes, comenzaron a encabezar las listas de los acusados apareciendo en la primera página de los diarios y de las revistas nacionales con pies de fotos que los anunciaban protagonistas de la tragedia nacional.

Así las cosas, ya no quería seguir haciéndome el de la vista gorda.

De repente comencé a interesarme por esa misma guerra a la que por tanto tiempo menosprecié, y por esos mismos amigos de generación de quienes la vida me distanció. Fue la mía una generación que se salió de horma, una generación sin adjetivos que creció con el vértigo a cuestas de una violencia guerrillera que se cebó en sus familias; pero también una generación que quería más, y más rápido, cuando en realidad no estaba preparada para ello.

Pensando en ellos —no en todos, por supuesto, pero tampoco sólo en aquellos que han aparecido en la prensa, pues hay muchos otros, anónimos, que visitan o visitaron la cárcel tras convertirse en mulas del narcotráfico, o que enfrentan cargos con la justicia por corrupción o asesinato—… Pensando en ellos, decía, repito las palabras del maestro. He visto las mentes más brillantes de mi generación destruidas por la locura, sólo que esta locura no fue inducida —como en el poema— por la droga, sino por el odio y la ambición.

Al inicio de estas pesquisas escuché decir a la periodista argentina Leila Guerriero que la crónica latinoamericana exalta la tragedia, lo marginal, lo pobre, lo violento, lo asesino. Pues bien: mi investigación contradice su planteamiento: no es la guerra —sus horrores, sus víctimas— el motivo de mis insomnios, sino hocicar en la tragedia de mi ciudad hasta determinar qué llevó a mi generación a actuar de la manera en que actuó. Perdón: en que actúa. No me interesó escudriñar lo que ahora es sino cómo ha llegado a ser así: Ricardo Palmera Pineda y Rodrigo Tovar Pupo serían el objeto de esta averiguación, donde lo valioso son el carácter, los sentimientos, la vida familiar, la historia que llevaban como ciudadanos de bien antes de enmontarse en las selvas colombianas.

¿Por qué me interesaron tanto Palmera y Tovar en lugar de los personajes en los que luego se convirtieron, es decir, Simón Trinidad y Jorge Cuarenta? Porque ellos no nacieron siendo Trinidad y Cuarenta, ni tampoco se convirtieron en Trinidad o en Cuarenta de la noche a la mañana. Todo obedece a un proceso, y en los procesos —en ocasiones— lo más valioso es su punto de arranque. Ese primer antecedente remite a la posibilidad de corregirlo cuando es necesario, o de exaltarlo cuando es el caso. Como escribió Hannah Arendt en su célebre ensayo sobre La banalidad del mal: «Una vez que sucede un acto tan terrible sin precedentes es más probable que se repita, pues a pesar de que haya sido castigado se convierte en un antecedente y en una posibilidad».

Entonces regresé a mi pueblo, donde estuve entrevistando amigos y desconocidos de todas las alcurnias que me dieran pistas para descubrir la historia de uno y de otro. Buena parte de esas voces corresponde a personas de la misma condición social en la que crecieron Palmera y Tovar. Pero no me conformé con ellas sino que también busqué aquellas que me permitieran armar el rompecabezas cultural de mi pueblo, en esta aventura en la que me convertí en un sabueso al estilo de aquel que habitaba el 221 B de Baker Street, o en una especie de agente encubierto (del FBI, de la CIA, de la DEA, o simplemente de la SIJIN o del DAS) siguiendo —fascinado, engolosinado— los pasos de quienes tiempo atrás fueron otros vallenatos del montón.

A la par de averiguar la vida de Palmera y de Tovar lo que más llamó mi atención —y se convirtió en el verdadero eje de mis preocupaciones— fue la misma pregunta que, desde la puerta de La Crónica, se hizo Santiago mientras miraba la avenida Tacna: ¿En qué momento se jodió el Perú?, que trasladado a lo que nos ocupa significa: en qué momento mi pueblo, tal cual la casa de Atreo, se convirtió en lugar habitado por maldiciones y venganzas; por qué, de la noche a la mañana, los vallenatos —que es el gentilicio para quienes nacimos en Valledupar— nos convertimos en corruptos y asesinos para el resto del mundo. Un pueblo atrás alegre y pacífico que a la vuelta de los años se dejó contagiar por el odio y el miedo nacionales.

Las palabras de Nadine Gordimer llamaron mi atención. Dijo: «La responsabilidad de los escritores no puede ser eludida. No existen torres de marfil frente al acoso de la realidad. El diccionario nos dice que un testigo también es quien da un testimonio que nace desde el interior». Otra frase, esta vez de Juan Gabriel Vásquez, se me incrustó en el inconsciente. Dijo: «Hay un momento que siempre es misteriosísimo en que una idea interesante se convierte en una novela». No sé si este relato sea al tiempo una novela, lo que sí tengo claro es que se trata de un inusitado afán por ponerme al día con mi pasado y con los tantos años que viví alejado de mi propia historia.

De la importancia de que conozcas mi propia historia antes de aventurarte en la de quienes te interesan

De la importancia de que conozcas mi propia historia antes de aventurarte en la de quienes te interesan

… Yo no podría vivir tanto tiempo sin ver la Sierra Nevada que peina nuestro horizonte, sin bañarme en el Guatapurí, sin admirar en diciembre los campos encapotados por la extensa sábana amarilla de miles de flores de cañaguate. Supongo que al menos oyes vallenatos… ¿Qué no? ¿No te gusta el vallenato? Y entonces, ¿cuál es la música que te tranquiliza las angustias y te entusiasma el alma?… ¡Electrónica! ¿Y eso cómo suena? Ay, mijito, no, tú no pareces de mi sangre… Mejor sigamos en lo otro, que no imagino a un vallenato tan distante de su raza.

¿En qué íbamos? Ah, sí. Te decía que con frecuencia me pregunto lo mismo que te trajo de vuelta a tu tierra, ¿qué pasó en Valledupar, por qué una aldea apacible y calmada, un verdadero remanso edénico, de repente se convirtió en semejante teatro de tragedias donde el odio y la violencia son el pan de cada día? La contesta que tengo no te la puedo decir hasta que conozcas la historia completa de esta tierra del olvido… Antes ten en cuenta que si soy como los ríos, que dan tantas vueltas hasta alcanzar el mar, es porque creo por igual que para entender el carácter de Palmera y de Tovar primero debes ahondar en la genealogía de cada cual, saber quiénes fueron sus padres y quiénes sus abuelos, y qué tan importante fueron en el desarrollo de este pueblo. Todo eso debes entenderlo para poder hablar de tu raza, de tu gente, para poder transcribir las noticias de tu estirpe vallenata, igual a como lo hacía Francisco el Hombre cuando, acordeón al pecho, deambulaba de pueblo en pueblo informando los últimos acontecimientos. Claro que antes de continuar con el desarrollo de esta historia quiero que me presentes con tus lectores. Por favor repite mi nombre para ellos. Diles que me llamo Josefina Palmera; que hay quienes me llaman Niña Fina, aunque prefiero que me digan como me llamaban los hombres cuando mecía mi cuerpo al caminar y era buena moza y victoriosa. Fina Palmera. Así era: esbelta, garbosa y cadenciosa, y mucho más alta de lo que soy ahora. Confieso que me envuelve la coquetería con sólo repetir este nombre, Fina Palmera, que tiene un poco de amor y otro tanto de humor. Como pereque, que es la palabra vallenata por excelencia.

Nací el veintiocho de mayo de 1907 a las cinco y treinta y uno de la tarde, aquí, en este mismo Valle de Upar que fue fundado dos veces, en esta misma casa en la que hoy te recibo situada en plena calle Santo Domingo. Tengo cien años cumplidos y ánimos para llegar a los ciento veinte. Soy la menor de tres hermanas, la última en casarme, aunque creo que desde mucho antes ya papá había dispuesto que sería yo la heredera de esta casona. De pronto porque fui la única que nació en ella. Las dos mayores nacieron en Valencia de Jesús, la tierra de tu bisabuelo, la misma de mi padre que de niña visitábamos los fines de semana. El caso es que en esta casa celebramos mi bautizo, mi confirmación, mi primera comunión, mi fiesta de bodas, y como van las cosas, aquí recibiré la extremaunción.

En los últimos meses, al interior de Colombia se han burlado de una supuesta calle en la que vive, entero, este pueblo inmenso. Pues bien, luego de la presentación con tus lectores quiero que describas la calle donde nací, la calle Santo Domingo, que no es ninguna Calle Larga, como se burlan los cachacos, pero sí un buen ejemplo de cómo, hasta tiempos recientes, ésta era una aldea habitada por unos cuantos vecinos. La antigua calle Santo Domingo, para que quede bien claro, es lo que hoy en día constituye la calle Quince, esa misma que corre al occidente, atraviesa la Plaza Alfonso López y que antes moría en el Cementerio Central, cementerio que hasta los años cuarenta quedaba en los extramuros de la ciudad. De esta calle emergieron personajes muy disímiles. Por ejemplo: la casa esquinera en el costado sur occidental era de la familia Pumarejo, los mismos Pumarejo de aquella Rosario Pumarejo Cotes que terminó casada con un exportador de café y banquero bogotano llamado Pedro A. López. La pareja se radicó en Honda, y ella nunca más volvió a Valledupar. Pero uno de sus hijos, Alfonso, es el mismo que años después regresó al pueblo convertido en Presidente de la República. Esos Pumarejo eran tan ricos que uno de ellos, Urbano, fundó la primera empresa de navegación sobre el río Cesar, llamada El Diluvio, antes de residenciar en Barranquilla, donde se casó con una señora de apellido Vengoechea. Una de sus hijas fue la mujer de Mario Domingo Santo Domingo, el padre de Julio Mario. De manera que imagináte la importancia de esa casa: en ella anidan los antecedentes del presidente colombiano más importante del siglo veinte y del hombre más rico que ha parido Colombia. Pero no creas que ahí acaba la importancia de esta calle. Frente a ese antiguo caserón vivió Ciro Pupo Martínez, conocido a secas como el doctor Pupo, un hombre tan feo que era idéntico a Humphrey Bogart. Eso sí, nadie tan bondadoso de corazón. Jamás cobró un peso a los pobres por sus servicios médicos…

Siguiendo por la misma acera de la casa del doctor Pupo queda esta casa, en la que ahora hablamos, y a continuación vivió Juvenal Palmera. Allí nació mi primo Ovidio Palmera Baquero, protagonista indirecto de tu historia por ser el padre de Ricardo. Unas cuantas propiedades al oeste, en plena esquina sobre la acera contraria, sigue en pie la casa donde nacieron y se criaron Óscar Pupo Martínez y su descendencia, entre ellos su nieto Rodrigo Tovar Pupo, más conocido como el Papa… ¿Te aburro mencionando tantos nombres? Lo hago como una prueba más de lo cercanos que siempre fuimos los habitantes de este pueblo, los que crecimos en estas mismas cuatro calles que circundan la Plaza Alfonso López. Lo peor es que todavía no termino de listar nuestra pasada realidad, hoy motivo de irrespeto nacional… Frente a esta casa de Óscar Pupo se conserva la iglesia que da nombre a la calle, el antiguo convento de Santo Domingo. Y un par de casas más allá, por ese mismo andén suroccidental, está la casa que habitó la familia Villazón Baquero. Julia Baquero de Villazón, la abuela de Edgardo Maya, el que llegó a Procurador General de la Nación, era hermana de Eufemia Baquero, la abuela de Ricardo Palmera…

Ya sé que hablo tanto que parezco una secuestrada recién liberada, pero no te preocupes que ya casi termino mi cháchara. Antes, quiero pedirte un último favor. Que cuando escribas esta historia cuentes también que soy la viuda de Cristóbal Pupo Trespalacios, momposino de nacimiento, heredero de obsequiosos terrenos de la hacienda Las Cabezas, que alguna vez pasó por estas tierras en plan de visita a su prima Carmen Pupo, recién casada con Oscarito. En casa de ellos nos conocimos una noche perfumada por el jazmín de la india sembrado a la entrada del patio. ¿Sabes si todavía existe ese árbol en este mismo sitio que te indico? El olor de su flor marcó para siempre ese idílico momento en que sentí su mirada por vez primera. Tanto me marcó ese instante que desde que descubrí esa misma fragancia en el jabón de Coco Chanel no he dejado, jamás, de usarlo… ¿Te cuento algo? Con mi finado marido nunca discutí. Y eso que él por nada se enchichaba. Cuando le daban esas furruscas miraba con odio de avispa y no me hablaba. Se quedaba callado, viéndome así, como si hubiera engullido alacranes en el desayuno, o como si se tratara de esos basiliscos de los que los griegos decían que mataban con la mirada. Entonces yo esperaba hasta que se le pasara la rabia y, con arrumacos y zalamerías, le hacía entender sus errores. Es el gran consejo que le regalo a toda aquella que quiera llegar a mi edad. Tómese la vida con calma y siempre dígale sí a su marido… El matrimonio fue el 9 de septiembre de 1922. No pierdas tiempo sacando cuentas. Tenía quince años. Un año antes, mi mamá me regaló de cumpleaños un corte con el que me cosí mi primer vestido. A partir de entonces trabajé como costurera hasta hace unos pocos años, cuando la artrosis me fregó. Pero no fue mi único trabajo. Mi infancia llegó hasta los diez años, cuando un indio que criaron mis papás me enseñó a tejer chinchorros y mochilas y a hacer croché y pellones para las bestias. En una época cuando al Valle no llegaban flores, tejí coronas de papel para los velorios y las primeras comuniones. Con todo esto me ganaba la vida y ayudaba a mi marido en el sostenimiento de la familia. Es que no te imaginas lo que significa levantar doce pelaos. Pero no creas, todavía sacaba tiempo para alimentar mi curiosidad porque estaba en venas de regalarle a este pueblo mi propio granito de arena. Fue así como con varios amigos fundamos un periódico que bautizamos El Renacimiento, que se distribuía gratuitamente y se hacía cada ocho días con noticias sencillas sobre la región. Pero como mejor me desempeñé fue como ganadera, aunque tampoco me fue mal cuando decidí sembrar algodón, más allá de mis cincuenta y ocho, cinco años antes de la muerte de Cristóbal. Entonces tomé las riendas de las siete fincas que habíamos conseguido gracias al trabajo duro, tanto suyo como mío pero también al de los muchachos, quienes en la medida en que se educaron nos fueron ayudando. Ninguna de estas riendas la solté hasta tiempos muy recientes, cuando me postré en esta silla de ruedas. Como puedes darte cuenta, a lo largo de casi cien años no hice más que criar a mis hijos, apoyar a mi marido y trabajar. Por eso nunca aprendí a bailar…

Ya te dije que fui parendera: alumbré doce muchachos, todos recibidos mediante parto natural. Si todos ellos nacieron sanos fue por la gracia de Dios. Si ninguno murió cuando enfrentó la varicela, la tos ferina, el sarampión… fue por la gracia de Dios. Lo que no sé es cómo sobreviví a todos ellos. Jajaja. Por fortuna, a ninguno le faltó educación. Salvo Alicia, la menor, todas las hembras siguieron mis pasos y se casaron temprano. Gracias a ello he podido conocer a mi vasta descendencia… Ya sé que te cambio los temas con frecuencia. No te alteres. Así soy yo de dispersa: sufro de fuga de ideas. Así como escuchas esta voz cansina, debes saber también que mi memoria es repentina, que cuento las ideas según cruzan por mi cabeza. No creas que es senilidad. Es que así somos por acá. Y lo que ahora pienso es que no miento cuando afirmo que es la curiosidad la que me mantiene cuerda: ese deseo de querer saber más, de seguir descubriendo el mundo y sus falencias a pesar de que muchos creen que a esta edad ya no hay nada nuevo por descubrir. Tengo cien años pero mi mente se conserva cual si tuviera treinta porque todavía no he perdido la confianza de lo futuro, de lo que vendrá. De la misma forma como amo moverme por toda la casa, me gusta estar informada. Oigo radio, mis hijos y nietos me leen la prensa, las revistas, los libros que me interesan, y el resto de mi día transcurre frente a un televisor. De vez en cuando me entretengo con cada cosa que me invento. En estos días se me dio por remodelar la cocina. Ahora más tarde te muestro lo que estoy haciendo.

El caso es que me distraigo dando órdenes a los obreros. Con frecuencia ellos se molestan conmigo, pues llevo más de tres meses en esto y más de una vez les he hecho tumbar un muro que han demorado en construir, o cambiar de sitio un ventanal, o levantar el piso para poner otro en su lugar. Entonces se enfurecen pensando que repruebo lo que bien han hecho, pero si echo las cosas para atrás es porque no quiero que se vayan, porque quiero que sigan trabajando para mí hasta que me muera, hasta que no pueda dar más órdenes. Si no tuviera con qué distraerme, ahí sí estaría loca sabiendo tantas cosas que transcurren en mi mente. Por eso, antes de la cocina empisé todo el patio, ¿sí ves lo bonito que quedó con esas baldosas de barro rojo que brillan cuando se trapean con acpm?; y, tiempo más atrás, hice levantar una nueva habitación en el traspatio; en ocasiones he cambiado el orden del jardín, he supervisado la instalación del cielo raso… En fin. Ahora me entretengo contigo, pues los nueve hijos que me quedan vivos, por más que quieran que no me muera, cada noche se acuestan convencidos de que el siguiente día será el último que me queda. Por eso todos vienen a acompañarme a la hora del desayuno pero luego se desaparecen hasta el siguiente amanecer. Como ves, tengo demasiado tiempo libre.

Cuando nací, en todo el pueblo no sumábamos dos mil cristianos. Entonces esto no era más que un caserío con unas pocas cuadras alrededor de esa misma plaza que ahora se llama Alfonso López; y a la vuelta de un siglo mira en lo que se ha convertido: pronto llegaremos al medio millón de almas. Ésa es mucha gente, ¿no crees? Antaño, todo era silencio y tranquilidad. Hogaño, todo el mundo va de prisa. ¿Para qué tanta prisa? ¿Para morir más rápido en la guerra? En fin, debo confesarte que me alegra oír la bulla y sentir el ajetreo de puertas para fuera, pero resiento el que ahora no conozco a nadie. Hasta hace unos pocos años sabía con exactitud el nombre de cada vallenato, sin importar su condición social o económica. Sabía también de quién era hijo, con quién estaba casado y hasta los nombres de su descendencia. Altual es diferente. Cada tarde, cuando me siento en la sala con la puerta abierta a ver pasar a la gente, me asusta pensar que con este gentío pronto el pueblo se va a quedar sin dolientes. Igual a como pasó en Barranquilla. Pero no añoremos el futuro. «No hay peor nostalgia que añorar lo que no ha pasado», dice la canción esa que tanto tararea mi hija Constanza. El caso es que el Valle ya nunca será lo que fue. Tanto luchar por el progreso de este pueblo y ahora añoramos esas épocas cuando no éramos nadie. Es como cuando somos niños y tenemos afán por ser grande; para que luego, ya adultos, queramos regresar a la infancia sabiendo que es imposible. Ahora te pido que por hoy dejemos acá, pues me siento cansada. Como te dije al principio, ya imagino el afán porque te cuente el final, pero vas a tener que tenerme paciencia. No sólo la historia es larga sino que, ya ves, mi hablar es cadencioso, pausado, y por más que afirmo que tengo pilas cargadas lo cierto es que me canso rápido. No digo que no disfruto tu compañía. Por el contrario, sé que cuando acabemos me vas a hacer mucha falta. De manera que hagámoslo con calma, que del afán no queda más que el cansancio.

Óscar Pupo nace con el siglo, aumenta la fortuna familiar y, cincuenta años después, convierte su casa en sitio de bohemia

Óscar Pupo nace con el siglo, aumenta la fortuna familiar y, cincuenta años después, convierte su casa en sitio de bohemia

Si bien es cierto que no me guié por ningún orden metodológico en el momento de escarbar los sucesos que motivaron a mi pueblo a lo largo del siglo XX, he decidido contar este relato de manera cronológica. Ello implica que daré saltos entre uno y otro protagonista.

El hilo de esta Ariadna inicia con Óscar Pupo Martínez, que nació con el siglo, ocho años antes que Ovidio Palmera. Óscar no. Oscarito, que es como lo llamaban propios y desconocidos. Oscarito era nieto de uno de los tantos curas capuchinos que llegaron de España directo a Valledupar no a la caza de fieles sino de mujeres. Y además de mujeres, buscaron fortuna.

De su papá, Oscarito heredó el carácter borrascoso. De su mamá, la bohemia. Tenía esa atrayente mezcla de mal genio por instantes tormentoso y bonhomía con un trato esplendoroso, comentó barrocamente Josefina Palmera antes de asegurar: era un gran tipo. Un hombre siempre alegre, así como hábil para los negocios. Su casa siempre fue el reflejo de la opulencia. A leguas se percibía que allí se gozaban la vida. Y la verdad es que la plata les lucía porque toda su familia tenía mundo, tenía mucha clase y, lo más importante, tenía una alegría desbordante.

La Niña Fina no fue la única anciana cuyo testimonio busqué para sumarlo a esta investigación. A lo largo de los últimos meses las visitas a la casa de Luisa Céspedes de Baute, que suma 102 años y arrastra una memoria de adolescente, también se volvieron frecuentes. Fue ella quien me contó que en casa de Oscarito y Carmen Pupo conoció el lujo y la abundancia. Siempre presumían de los más finos manteles de lino y de los más hermosos objetos de plata. Si así era la de Valledupar, la casa de los Pupo Pupo en Barranquilla no se quedaba atrás. Dijo Luisa: Él fue el único vallenato socio del Club Barranquilla en la época dorada de la Puerta de Oro de Colombia.

Al igual que otros testimonios, el de Luisa Céspedes también confirma la alegría desbordante y el humor carnavalero de Pupo Martínez. Oscarito se adueñaba de cualquier parranda y alegraba el ambiente con su humor disparatado. No olvido que cuando murió, a pesar de que se movilizaba en una silla de ruedas por culpa de una trombosis, ya tenía listo el disfraz para los carnavales del año siguiente.

Desde muy joven Oscarito mostró su vena pujante, sus ganas de salir adelante. Era el distribuidor de la Lotería de Atlántico en la región, al tiempo que manejaba otros negocios: Al lado de la sala, en la habitación contigua que da a la calle, de joven papá tuvo una tienda en la que se vendían materiales en general, en especial alambre de púas. Esa tienda la atendía yo, acompañada de dos dependientes. La voz que acabo de plasmar proviene de Leticia, hija mayor de Óscar Pupo antes de su matrimonio con Carmen Pupo Daza, y la mención del alambre de púas no es gratuita. Más adelante veremos su incidencia en la distribución de la riqueza.

Papá, además, tenía una trilladora de maíz, máquina que aún se conserva en la parte posterior de la casa, al lado de las caballerizas. Ese negocio lo atendía un alemán que se quedó a vivir aquí muchos años, enamorado de Valledupar. También incursionó en el negocio del transporte. Por supuesto, su fuerte fue la ganadería. Tuvo dos fincas muy grandes que eran limítrofes, El Cerrito y El Prado. Creo que, en total, sumaban unas ocho mil hectáreas.

La entrevista con Leticia se realizó en uno de los amplios pasillos de la casona esquinera de los Pupo Pupo, otrora escenario de bullentes fiestas y hoy, con cuatrocientos años a cuestas, un espacio silente y lúgubre habitado apenas por tres o cuatro personas que arrastran sus nostalgias como almas en pena: hasta al florido patio que antes inundaba el paisaje de los corredores —donde hoy el viento aletea con desgano— lo invade la tristeza, y apenas subsisten una palma medio marchita y un par de cotoprices con las hojas muertas, amarillentas. El viejo jazmín evocado alguna vez con gracia por Josefina Palmera continúa a la entrada del patio, y una trinitaria de colores obispales se aferra como último eslabón colorido de viejos esplendores.

De arquitectura colonial, la casona de inmensos ventanales que encuadran, al norte, la ampulosa visión nevada de la Sierra conserva, de alguna remodelación del siglo pasado, los baldosines ajedrezados de Pompeya, la conocida fábrica barranquillera; y buena parte de sus paredes, las que guardan la sala principal, son de bahareque, contrastando con la modernidad de las lámparas de techo herencia de los cincuenta. Hablo de esas mismas paredes desangeladas vestidas hoy con fotografías tristonas que lucen desvaídas, incoloras, y que, más que mostrar la historia familiar, se afanan por revelar los rostros de los ilustres visitantes que alguna vez estrecharon la mano o apuraron un abrazo a tan magnífico anfitrión.

Una capa de polvo señala el olvido de algunos muebles apilados a lo largo de un extenso corredor que, al igual que la sala y las habitaciones contiguas, parecen abandonados a su suerte, o quizá a la de fantasmas de antiguas mascaradas que parecen habitar en este ambiente. Tan sólo el trinar de algún pájaro perdido entre las ramas de un árbol rompe el angustiante silencio.

Subsisten también unos cuantos muebles vieneses al lado del viejo piano, ahora arrimado contra una de las paredes y ayer protagonista inexorable de las majestuosas fiestas en las que su dueña, Carmen Pupo de Pupo, le ganaba alegres notas de matruskas, polkas o valses —por entonces la música vallenata no engalanaba las residencias aristocráticas— mientras su hija mayor, Myriam, tocaba el violín o la bandola, y Yolanda, la hija que le seguía, divertía con el serrucho. Sí, el serrucho, esa misma herramienta de carpinteros que por estas tierras también utilizamos como instrumento musical.

La única de las hermanas Pupo Pupo que no interpretaba ningún instrumento era Cecilia. Su talento era el baile y su alimento la alegría. ¡Qué muchachita tan alegre fue Cecilia! —recordó su hermana Leticia a lo largo de esta entrevista—. Nunca imaginamos que a la vuelta de los años iba a enfrentar las mil caras de la tragedia.

Leticia tiene ahora ochenta y seis años. Sus ojos —del color de la esperanza— chispean bondad y dulzura pero su voz se oye apagada, moribunda. Tanto, que para escucharla debo acercar mi oído a su boca. Por fortuna, conserva una diamantina memoria, lúcida y sutil, que recuerda con precisión cada detalle de su pasado.

Fue así como contó que a lo largo de su vida manejó mucho más que la tienda de su papá. Era la mandamás en esa casa de techos de tejas rojas y paredes entretejidas con cañas y barro, pura estirpe española. La misma casa en la que se bajaban (así se dice en Valledupar, bajarse, que en español corriente significa hospedarse) los ilustres amigos bogotanos de apellidos rimbombantes, en cuyo listado hay desde presidentes de la República hasta reinas de Cartagena.

Los dominios de Oscarito, las dos fincas mencionadas, quedan tan cerca de esta casa que hoy en día hacen parte del croquis municipal. Un pedazo de El Cerrito fue la herencia que le dejó su abuelo, el cura Martínez, y que él aumentó con creces. Pero de tantas tierras es muy poco lo que conserva la familia. Ciento veinte hectáreas de El Cerrito, incluyendo las cuarenta y siete hectáreas del cerro que lo atrinchera, el viejo Oscarito las vendió a Asocesar, la sociedad que agrupaba a buena parte de los algodoneros, que a su vez las entregó al ejército para albergar las instalaciones del Batallón La Popa, que se trasladó de Montería a Valledupar luego de la creación del departamento del Cesar.

El resto del antiguo terreno de la gran hacienda de los Pupo Pupo fue invadido por colonos o vendido a constructores cuando la ciudad comenzó a desarrollarse hacia el oeste.

De otro lado, lo último que supe de boca de Leticia fue que Carmen, la esposa de su papá, fue la primera reina de los carnavales de Valledupar, por allá por el veintipico. Había nacido en Mompox el mismo año que su marido, y era tan elegante y aristocrática (se emperifollaba desde la buena mañanita, contó en alguna ocasión Fina Palmera) que sólo se quitaba las medias veladas y los tacones cada noche a la hora de acostarse. Media velada, y hablo de Valledupar, con más de treinta y cinco grados de temperatura bajo sombra la mayor parte del año. Leticia también contó que Carmen fue una mujer de pocas amigas, aunque sus hijas, desde niñas, fueron las más amigueras del pueblo.

Incluso Cecilia también fue reina amada y admirada.

De cómo narré la historia de amor de Ovidio Palmera y Alix Pineda, los padres de Ricardo (Más un corto testimonio de María Helena Castro Palmera)

De cómo narré la historia de amor de Ovidio Palmera y Alix Pineda, los padres de Ricardo (Más un corto testimonio de María Helena Castro Palmera)

De

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos