MAGO DE LUBLIN, EL

Isaac Bashevis Singer

Fragmento

Título

I

1

Aquella mañana, Yasha Mazur o el mago de Lublin, como era conocido en todas partes excepto en la ciudad de su residencia, se despertó temprano. Siempre solía pasar uno o dos días en el lecho después de regresar de sus viajes; el cansancio que le dominaba justificaba la indulgencia en aquel continuo reposo. Su esposa, Esther, le llevaba a la cama leche, boíles y platillos de avena. Comía y luego volvía a dormitar. El loro se desgañitaba; Yoktan, el mono, hacía rechinar los dientes; los canarios gorjeaban y trinaban, pero Yasha, sin hacerles caso, se limitaba a recordar a Esther que abrevara a los caballos. No hacía falta que se molestara en hacer tal recomendación a la mujer; ésta siempre se acordaba de hacerlo, sacando agua del pozo para llevársela a Kara y Shiva, el tronco de yeguas grises de Yasha o, como éste les había apodado, Polvo y Cenizas.

Yasha, aunque mago, era considerado un hombre rico. Poseía una casa y en ella se encontraban graneros, silos, establos, un henil, un patio con dos manzanos e incluso un pequeño huerto donde Esther cultivaba sus propias verduras. Lo único que no tenía era hijos. Esther no podía concebir. En lo demás, era una buena esposa. Sabía hacer punto, un vestido de novia, hornear tartas y pan de jengibre, arrancar la pepita a las gallinas, aplicar ventosas o sanguijuelas e incluso sangrar a un enfermo. Cuando era algo más joven había probado toda clase de medicamentos para combatir la esterilidad, pero ahora era ya demasiado tarde, pues se acercaba a la cuarentena.

Como cualquier otro mago, a Yasha se le tenía poca consideración en la comunidad en que vivía. No llevaba barba e iba a la sinagoga solamente en los días de Rosh Hashaná y Yom Kippur,1 y esto si por entonces acontecía que se encontraba en Lublin. Esther, por el contrario, lucía el pañuelo tradicional, practicaba la cocina kosher2 y respetaba el Shabath y todas las demás leyes. Yasha pasaba el sábado charlando y fumando cigarrillos en compañía de los músicos. A los rigurosos moralistas que intentaban corregir su manera de ser les contestaba siempre: «¿Cuándo habéis estado en el cielo para saber cómo es el Señor?».

Era arriesgado discutir con él porque no era ningún necio, sabía leer en ruso y en polaco e incluso estaba bien informado sobre cuestiones judías. Era un hombre verdaderamente temerario. Para ganar una apuesta había pasado en una ocasión toda una noche en el cementerio. Sabía caminar y patinar en la cuerda floja, trepar por los muros y abrir cualquier cerradura. El cerrajero Abraham Leibush le apostó cinco rublos a que podía fabricar una cerradura que Yasha no podría abrir. Pasó varios meses trabajando en ella y Yasha la abrió con una lezna de zapatero. En Lublin se decía que si Yasha hubiera escogido la senda del delito ninguna casa habría estado segura.

Después de pasar dos días haraganeando en la cama, Yasha se levantó aquella mañana con el sol. Era un hombre de baja estatura, de hombros anchos y cintura estrecha; lucía un enmarañado pelo blondo y tenía unos ojos de color azul claro, unos labios finos, una barbilla estrecha y corta nariz eslava. Su ojo derecho era un poco mayor que el izquierdo y a causa de ello parecía que siempre los estaba guiñando con burlona insolencia. Tenía cuarenta años, pero parecía diez años más joven. Los dedos de sus pies eran casi tan largos y flexibles como los de sus manos y era capaz de estampar con ellos su firma subrayándola con una floreada rúbrica e incluso de mondar guisantes. Podía flexionar su cuerpo en todas las direcciones y se decía que sus huesos eran maleables y que sus articulaciones estaban descoyuntadas. Rara vez actuaba en Lublin, pero los pocos que le habían visto trabajar en la ciudad se hacían lenguas de sus habilidades. Podía caminar con las manos, comer fuego, tragarse espadas y dar saltos mortales lo mismo que un mono. No había nadie que pudiera igualar su destreza. Se le podía encerrar en una habitación, echando la llave por la parte de fuera de la puerta, y a la mañana siguiente se le veía paseando indiferente por la plaza del mercado mientras la cerradura aparecía sin abrir. Podía hacerlo incluso si se le encadenaba de pies y manos. No faltaban los que aseguraban que practicaba la magia negra y que poseía un gorro que lo hacía invisible, y que era capaz de comprimirse y pasar por las grietas de las paredes. Otros decían que era, sencillamente, un maestro del ilusionismo.

Se levantó de la cama sin echarse agua en las manos como debía de haber hecho, ni rezar sus oraciones matinales. Se puso unos pantalones verdes, unas zapatillas de color rojo y una chaquetilla de terciopelo negro recamada de lentejuelas de plata. Mientras se vestía daba cabriolas y hacía bufonadas como si fuera un mozuelo, silbaba a los canarios, dedicaba sus atenciones a Yoktan, el mono, y hablaba a Haman, el perro, y a Meztotze, el gato. Estos animales eran solamente una parte de la colección de los que poseía. En el patio había un pavo real macho y otro hembra, un par de pavos vulgares, una bandada de conejos y hasta una serpiente, a la que tenía que alimentar dándole un día sí y otro no un ratónenlo vivo.

Era una mañana cálida, poco antes de Pentecostés. En el huerto de Esther habían aparecido ya brotes verdes. Yasha abrió la puerta del establo y penetró en él. Inhaló profundamente el olor del estiércol y acarició a las yeguas. Luego les peinó la melena y dio de comer a los demás animales. A veces, al regresar de uno de sus viajes, se encontraba con que había desaparecido alguno de sus animales favoritos, pero esta vez no se había producido ninguna muerte.

Se encontraba de buen humor y recorrió su propiedad a la ventura. Por entre la verde hierba del patio brotaban multitud de flores: capullos amarillos, blancos y variopintos y ramos empenachados que ondulaban a impulsos de la brisa. Los cardos y las enredaderas llegaban casi hasta el tejado de la dependencia accesoria de la casa. Las mariposas revoloteaban por todas partes y las abejas iban zumbando de flor en flor. No había hoja ni tallo que no tuviera sus habitantes: un gusano, un insecto, un mosquito, seres, algunos de ellos apenas visibles a simple vista. Como de costumbre, Yasha se maravilló al contemplarlos. ¿De dónde venían? ¿Cómo subsistían? ¿Qué hacían durante la noche? En el invierno morían, pero, al llegar el verano, los enjambres volvían a aparecer. ¿Cómo era posible que sucediera semejante cosa? Cuando estaba en la taberna, Yasha presumía de ateo, pero, en realidad, creía en Dios. La mano de Dios estaba presente en todas partes. El capullo de cada fruto, cada guijarro, cada grano de arena era una manifestación de Él. Las hojas de los manzanos aparecían húmedas de rocío y brillaban como pequeñas luminarias bajo los rayos del sol matutino. Su casa se encontraba en las afueras de la ciudad y le era posible ver grandes campos de trigo, verde ahora, pero que dentro de seis semanas adquiriría una tonalidad de amarillo de oro, listo para la recolección. «¿Quién creó todo esto? —se preguntaba Yasha a sí mismo— ¿Había sido el sol? Si era así, quizá el sol era Dios.» Yasha había leído en algún libro sagrado que Abraham adoraba el sol antes de aceptar la existencia de Jehová.

No, él no era inculto. Su padre había sido un hombre instruido y Yasha, de muchacho, estudió el Talmud. Después del fallecimiento de su padre, le aconsejaron que continuara su educación, pero en lugar de hacerlo se había unido a los circos ambulantes. Era mitad judío y mitad pagano…; en el fondo, ni una cosa ni otra. Él había creado su propia religión. Existía un Creador, pero no se revelaba a nadie, ni daba indicaciones de lo que convenía hacer y de lo que estaba prohibido. Los que hablaban en Su nombre eran unos embusteros.

2

Mientras Yasha se entretenía en el patio, Esther le preparó el desayuno: un panecillo duro con mantequilla y requesón, escalonias, rábanos, un cohombro y café, que ella misma había molido y preparado con leche.

Esther era bajita y morena, tenía un rostro juvenil, nariz recta y unos ojos oscuros en los que se traslucía la alegría y la pena. A veces, aquellos ojos brillaban llenos de travesura. Al sonreír, levantaba, vivaracha, el labio superior, mostrando unos dientes pequeños y formándosele hoyuelos en las mejillas. Como no tenía hijos, solía estar en compañía de las muchachas, más que con otras mujeres casadas. Tenía a su servicio dos costureras con las que siempre estaba bromeando, pero se decía que cuando se encontraba sola lloraba. Dios había sellado su vientre, como está escrito en el Pentateuco, y se rumoreaba que gastaba mucho de lo que ganaba en charlatanes y milagreros. Una vez se le había oído exclamar que incluso envidiaba a las madres cuyos hijos estaban en el cementerio.

Ahora le servía el desayuno a Yasha. Estaba sentada en un banco frente a él y le observaba: de reojo, con curiosidad y respeto. Nunca le molestaba hasta que hubiera tenido tiempo de recobrarse de su viaje, pero aquella mañana vio que su periodo de recuperación había terminado. El estar tanto tiempo ausente se reflejaba en sus relaciones; no tenían la intimidad de otras parejas que llevaban largo tiempo casadas. La chismografía de Esther podía ser la que cambiara con una amistad accidental.

—Bueno, ¿qué sucede por ese gran mundo exterior?

—Sigue siendo el viejo mundo de siempre.

—¿Y qué me dices de tu magia?

—Es la misma vieja magia.

—¿Qué hay de las muchachas? ¿Algún cambio en ellas?

—¿Qué muchachas? No puedo hablar de ninguna.

—Desde luego que no. Sólo desearía tener veinte monedas de plata por cada una de las que has tenido.

—¿Y qué ibas a hacer con tanto dinero? —le preguntó guiñándole un ojo.

Luego volvió a su comida, masticando mientras miraba a lo lejos más allá de la mujer. A ésta nunca la abandonaban las sospechas, pero él no admitía nada concreto, asegurándole, después de cada viaje, que sólo creía en un único Dios y en una única esposa.

—Los que corren detrás de las mujeres no pueden caminar por la cuerda floja. Su trabajo tienen para poder hacerlo por el suelo. Lo sabes tan bien como yo —argüía.

—¿Y cómo puedo saberlo? —preguntaba la mujer—. Cuando vas de camino no estoy al pie de tu cama.

Y la sonrisa que dirigía al hombre era una mezcla de afecto y de rencor. No podía ser vigilado como lo eran otros esposos, ya que pasaba más tiempo en el camino que en casa, se encontraba con toda clase de mujeres y vagabundeaba más que un gitano. Sí, era libre como el viento, pero, gracias a Dios, siempre volvía a ella y siempre le traía algún regalo. La vehemencia con que la besaba y la abrazaba parecía sugerir que durante su ausencia había llevado la vida de un santo, pero ¿qué era lo que una mujer sencilla podía saber de los apetitos del macho? Con frecuencia, Esther lamentaba haberse casado con un mago y no con algún sastre o zapatero que pasaba todo el tiempo en casa y pudiera estar constantemente ante su vista. Pero su amor hacia Yasha seguía subsistiendo. Para ella, era a la vez un hijo y un esposo. Cada día que pasaba a su lado era como un día de fiesta.

Esther continuaba observándole mientras comía. Solía hacer cosas distintas que las personas corrientes. Cuando estaba comiendo se detenía, como si de repente se sumiera en profundos pensamientos, y luego volvía a masticar. Otra de sus extrañas costumbres era la de entretenerse con un trozo de cordel, solazándose en hacer nudos en él, pero con tanta habilidad que dejaba exactamente el mismo espacio entre los nudos. Esther le miraba a menudo a los ojos, tratando de descubrir sus arterias, pero la impasibilidad del hombre acababa siempre venciéndola. Ocultaba muchas cosas, rara vez hablaba en serio y siempre disimulaba los enojos que pudiera sentir. Incluso si se encontraba enfermo, era capaz de andar ardiendo en fiebre, y tampoco era entonces Esther la que llevaba la mejor parte. Con frecuencia, le preguntaba acerca de sus actuaciones, que le habían hecho famoso en toda Polonia, pero él rechazaba sus preguntas con una seca contestación, o las eludía con una broma. Unas veces estaba en la más íntima relación con ella y poco después volvía a estar en la lejanía, de forma que Esther nunca cesaba de maravillarse de cada uno de sus actos, de cada una de sus palabras, de cada uno de sus gestos. Incluso cuando se encontraba en uno de sus momentos de expansión y balbuceaba como un niño, todo cuanto decía tenía su significado. Ocasionalmente, cuando ya se había marchado y estaba de nuevo en el camino, era cuando Esther comprendía lo que le había dicho.

Llevaban veinte años de casados, pero seguía siendo tan retozón con ella como lo había sido los días que siguieron a la boda. Le tiraba del pañuelo, le pellizcaba la nariz y le llamaba con apodos ridículos, tales como Jerambola, Gatita, Patita Buche, que ella sabía eran propios de la jerga de los músicos. De día era una cosa, pero de noche otra. A veces cacareaba como un gallo lleno de entusiasmo, chillaba como un cerdo o relinchaba como un caballo y, de repente, se quedaba inexplicablemente melancólico. Cuando estaba en casa pasaba la mayoría del tiempo en su cuarto, ocupado con su instrumental: cerraduras, cadenas, cuerdas, limas, tenazas y toda clase de objetos extraños. Todos los que habían presenciado sus ejercicios de habilidad hablaban de la facilidad con que los realizaba, pero Esther era testigo de los días y noches que pasaba perfeccionando sus trucos. Había visto cómo enseñó a hablar a un cuervo como si fuera un hombre; observó cómo adiestraba a Yoktan, el mono, a fumar en pipa. Temía que trabajara con exceso, que le mordiera alguno de los animales o que se cayera cuando pasaba por la cuerda floja. Para Esther, todo aquello era brujería. Incluso de noche, cuando estaban acostados, le oía chasquear la lengua o los dedos de los pies. Sus ojos eran como los de un gato, pues podía ver en la oscuridad; sabía localizar las cosas perdidas; incluso era capaz de leer los pensamientos de su esposa. Una vez ésta había tenido una disputa con una de las costureras, y Yasha, que llegó a última hora de la noche y apenas cruzó la palabra con ella, adivinó que aquel día tuvo un altercado. En otra ocasión, Esther perdió su anillo de boda y lo buscó por todas partes antes de resolverse a decirle que lo había extraviado. Él la cogió entonces de la mano y la llevó hasta la barrica de agua, en el fondo de la cual estaba la sortija. Hacía mucho tiempo que la mujer había llegado a la conclusión de que nunca sería capaz de entender todas sus complejidades. Poseía poderes ocultos, como la bendita granada Rosh Hashaná posee semillas.

3

Era mediodía. La taberna de Bella estaba casi desierta. Bella se encontraba dormitando en una habitación trasera y el mostrador estaba atendido por Zipporah, su pequeño ayudante. En el suelo habían extendido serrín fresco y sobre el mostrador había gansos asados, patas de ternera en gelatina, arenques troceados, tortas de huevos y rosquillas. Yasha se sentó a una mesa con Schmul el Músico. Schmul era un hombre grandote, con espeso cabello negro, ojos negros, patillas y fino bigote. Iba vestido a la manera rusa: blusa de raso, cinturón con borlas y botas altas. Durante varios años había estado trabajando para un noble de Jitomir, pero habiéndose liado con la mujer del mayordomo de su patrón, se vio obligado a huir. Considerado como el violinista más destacado de Lublin, tocaba siempre en las bodas de mayor rango. Sin embargo, aquel era el periodo entre la Pascua hebraica y Pentecostés, cuando no se celebraban bodas. Schmul, con un vaso de cerveza ante sí, tenía un ojo distraído y el otro fijo en la bebida, como si estuviera pensando en tragársela o no. Sobre la mesa había un bollo y, posada en él, una mosca verdusca de gran tamaño, que también parecía indecisa. ¿Volaría o no volaría?

Yasha aún no había probado la cerveza. Parecía como sugestionado por la espuma. Una a una las burbujas del vaso lleno fueron desintegrándose hasta que su contenido se redujo a los tres cuartos. Yasha murmuró:

—Todo es engaño y burbujas.

Schmul había estado jactándose de una de sus aventuras amorosas y al final de una de ellas y antes de empezar la siguiente, los dos hombres se sentaron pensativos. Yasha disfrutaba oyendo las historias de Schmul; de haberlo querido, podría haber replicado con algo semejante, pero junto con el placer evocado por «la historia de Schmul», le acometió el roedor sentimiento de la duda. Yasha pensó que debía dar por sentado que decía la verdad, y si así era, ¿quién era el que engañaba a quién? En voz alta, dijo:

—Eso no me parece un gran triunfo. Capturaste a un soldado que quería rendirse.

—Sí, pero hay que saber escoger el momento oportuno. En Lublin, la cosa no es tan fácil como crees. Ves a una muchacha. Ella te desea y tú la deseas también. El problema está en cómo podrá el gato saltar la cerca. Digamos que te encuentras en una boda. Al terminar la ceremonia, ella se va a su casa con su marido y tú ni siquiera sabes dónde vive. Y aunque lo supieses, ¿de qué te serviría? Tiene a su madre, a su suegra, a sus hermanas, a sus cuñadas. Pero para ti no existen semejantes problemas, Yasha. En cuanto sales de las puertas de la ciudad el mundo es tuyo.

—Está bien, ven conmigo.

—¿Me admitirías a tu lado?

—Haré más que eso. Te pagaré todos los gastos.

—¿Y qué diría Yentel? Cuando un hombre tiene hijos, deja de ser libre. Puedes no creerme, pero echaría de menos a los pequeños. Dejo la ciudad por unos pocos días y me vuelvo medio loco. ¿Puedes comprender esto?

—¿Yo? Yo lo comprendo todo.

—A pesar de sí mismo, se ve uno ligado. Es como si cogiera una cuerda y se atara con ella.

—¿Qué harías tú si tu mujer se comportara como esa de la que me has hablado?

El rostro de Schmul se puso repentinamente serio.

—La estrangularía, puedes creerme.

Y llevándose el vaso de cerveza a los labios, apuró su contenido.

Bueno, no era diferente de los demás, pensó Yasha mientras, a su vez, bebía la cerveza. Es lo que todos perseguimos. Pero ¿cómo poder resolver el problema?

Desde hacía algún tiempo, Yasha se encontraba en ese mismo dilema. Era algo que le preocupaba día y noche. Desde luego, siempre había sido un buceador de almas, inclinado a la fantasía y a hacer extrañas conjeturas, pero, desde que llegó Emilia, su mente no había tenido punto de reposo. Se había convertido en un filósofo metódico. Ahora, en vez de tragarse la cerveza, paseó su amargor por la lengua, las encías y el paladar. En el pasado había corrido muchas aventuras, se había enredado y desenredado en numerosas ocasiones, pero, en última instancia, su matrimonio permaneció sagrado para él. Nunca ocultó que tenía una esposa y siempre hizo constar claramente que no haría nada que hiciera peligrar sus relaciones con ella. Pero Emilia le pedía que lo sacrificara todo, su hogar, su religión, si fuera necesario. Debía conseguir, de la manera que fuese, una gran cantidad de dinero. Pero ¿cómo lograrlo honradamente?

«No», se dijo a sí mismo, «debo dar por terminado este asunto, y cuanto antes mejor».

Schmul se atusó el mostacho e impregnó las guías con saliva para enderezarlo.

—¿Cómo está Magda? —preguntó.

Yasha salió de su ensueño.

—¿Cómo quieres que esté? Igual que siempre.

—¿Vive su madre todavía?

—Sí.

—¿Le has enseñado a practicar alguna cosa a la muchacha?

—Sí, algo.

—¿Qué, por ejemplo?

—Sabe hacer girar un barril con los pies y dar saltos mortales.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—Alguien me enseñó un periódico de Varsovia, que traía algo importante sobre ti. ¡Vaya revuelo! Decía que eras tan bueno como el mago de Napoleón III. ¡Qué ligereza de manos tienes, Yasha! Realmente, eres un maestro del ilusionismo. Las palabras de Schmul le disgustaron más que otra cosa. A Yasha no le gustaba hablar de sus poderes mágicos y por un momento disputó consigo mismo, pensando que no contestaría aquello. Sin embargo, dijo en voz alta:

—Yo no engaño a nadie.

—No, claro que no. Te tragas realmente la espada.

—Claro que me la trago.

—Eso cuéntaselo a tu abuela.

—Escucha, mentecato, ¿cómo es posible engañar los ojos de nadie? Has oído la palabra «impostura» y la repites como si fueses un loro. ¿Tienes acaso idea de lo que significa? Me meto la espada en la garganta y no en el bolsillo de la chaqueta.

—¿Te metes la espada en la garganta?

—Primero en la garganta y luego en el estómago.

—¿Y estás vivo?

—Hasta ahora sí.

—Yasha, por favor, te ruego que no me hagas creer semejante cosa.

—Me importa un comino que lo creas o no —contestó Yasha, quien, de pronto, se sintió cansado.

Schmul no era más que un estúpido bocazas, incapaz de pensar por sí mismo. Es de los que están viendo una cosa y no la creen. En cuanto a la mujer de Schmul, algo sabía de ella que hubiera vuelto loco a aquel zoquete. Bueno, todos tenemos algo que guardar. Cada persona tiene sus secretos. Si el mundo hubiera sido informado de lo que tenía dentro de sí, él, Yasha, desde hace largo tiempo que estaría recluido en un manicomio.

Iba cayendo el crepúsculo. Fuera de la ciudad aún había un poco de luz, pero entre los altos edificios de las calles estrechas reinaba ya la oscuridad. En las tiendas se habían encendido candiles y velas. Barbudos judíos, que vestían largos sobretodos y calzaban anchas botas, discurrían por las calles en dirección adonde se celebran las oraciones nocturnas. Se levantaba una nueva luna, la luna del mes de Sivan.3 En las calles aún había charcos, vestigios de las lluvias de primavera, aun cuando el sol había estado luciendo todo el día sobre la ciudad. Aquí y allá, algunas cloacas habían desbordado su agua fétida; el aire olía a estiércol de caballo y de vaca y a leche recién ordeñada. Salía humo de las chimeneas y las amas de casa se preparaban diligentemente a hacer la cena: sopa de avena, estofado con avena y setas con avena. El mundo, más allá de Lublin, ardía de agitación. Los periódicos polacos estaban llenos de noticias de guerra, revolución, crisis… Por todas partes, los judíos eran arrojados de sus aldeas. Muchos emigraban hacia América. Pero aquí, en Lublin, se notaba la estabilidad de una comunidad establecida desde hacía largo tiempo. Algunas de las sinagogas de la ciudad se remontaban a los lejanos tiempos de Chmelnicki. Los rabinos eran enterrados en el cementerio, así como los autores de comentarios, los legisladores y los santos, cada uno de ellos bajo su losa sepulcral o en su mausoleo. Seguían prevaleciendo las costumbres ancestrales: las mujeres dirigían los negocios y los hombres estudiaban la Tora.

Aún faltaban algunos días para Pentecostés, pero los muchachos ya habían decorado las ventanas de sus casas con dibujos y figuras recortadas; se veían también pájaros moldeados en pasta de harina y cáscaras de huevo, y habían sido traídas del campo hojas y ramas para honrar la festividad, el día en que la Tora fue entregada en el monte Sinaí.

Yasha se detuvo junto a una casa de oración y dirigió una mirada a su interior. Los fieles cantaban las plegarias nocturnas; oíase como una especie de mosconeo. Se dedicaban a pronunciar las Dieciocho Bendiciones. Piadosos judíos que habían estado sirviendo a su Creador durante todo el año se golpeaban el pecho exclamando: «¡Hemos pecado! ¡Hemos quebrantado la ley!» Algunos levantaban sus manos y otros los ojos en dirección al cielo.

Un viejo en gabardina,4 tocado con un sombrero de copa alta colocado sobre dos solideos, se tiraba de su barba blanca y gemía suavemente. En los muros bailaban las sombras producidas por la llama vacilante de un cirio colocado en la Menorá.5 Yasha permaneció un momento en el exterior de la puerta abierta, respirando un olor en el que se mezclaban la cera, el sebo y un aroma rancio que recordaba desde la niñez. Aquellos judíos —toda una comunidad— hablaban a un Dios que ninguno de ellos había visto. Aun cuando los dones que les había hecho consistían en epidemias, hambres, pobreza y pogromos, lo calificaban de compasivo y misericordioso y se proclamaban a sí mismos el pueblo elegido por Él. Yasha, a veces, envidiaba su fe inmutable.

Momentos después continuó su camino. Las farolas de la calle habían sido encendidas, pero la diferencia no era muy notoria, ya que apenas iluminaban su propia oscuridad. Era difícil comprender por qué las tiendas permanecían abiertas, ya que no había clientes a la vista. Las tenderas, que se cubrían con un pañuelo sus cabezas rapadas, estaban sentadas remendando calcetines para sus hombres o cosiendo delantalitos y camisetas para sus nietos. Yasha las conocía a todas. Casadas a los catorce o a los quince años, se habían convertido en abuelas al llegar a la treintena. La vejez, prematuramente atraída, les había marchitado el rostro, arrancado los dientes y dejado una expresión dulce y afectuosa.

Aun cuando Yasha, lo mismo que su padre y su abuelo, había nacido aquí, era un extraño no sólo porque se hubiese despojado de su hebraísmo, sino también porque siempre lo era tanto en Lublin como en Varsovia y lo mismo entre judíos que entre gentiles. Todos ellos estaban asentados, domesticados, mientras él se mantenía en continuo movimiento. Tenían hijos y nietos, de los que él carecía. Poseían su Dios, sus santos, sus guías, y él sólo tenía dudas. La muerte significaba para ellos el Paraíso, pero para él era sólo temor. ¿Qué había después de la vida? ¿Existía eso que se llama alma? ¿Qué le sucedía cuando abandonaba el cuerpo? Desde la más temprana niñez, había oído contar cuentos relativos a espíritus, fantasmas, duendes y werewolves.6 Él mismo había experimentado cosas que resultaban inexplicables de acuerdo con las leyes naturales; pero ¿qué significaba todo ello a fin de cuentas? Permanecía en una confusión que no hacía sino aumentar y mantenerlo retraído. En su interior contendían fuerzas extrañas; sus pasiones lo reducían al terror.

Mientras caminaba en la oscuridad se le apareció el rostro de Emilia: estrecho, de tinte oliváceo, con negros ojos judíos, respingona, nariz eslava, mejillas con hoyuelos, alta frente, cabello peinado hacia atrás muy tirante y una oscura pelusilla sombreándole el labio superior. Le sonreía, tímida y lujuriosa a la vez, y le miraba con una curiosidad que era tanto mundana como fraternal. Hubiera deseado extender la mano para tocarla. ¿Era tan vívida su imaginación o se trataba realmente de una aparición? La imagen de la mujer retrocedía como si fuera una santa imagen en el pendón de una procesión religiosa. Vio los detalles de su peinado, el galón que lucía alrededor del cuello, los pendientes que llevaba en las orejas. Dormido o despierto, la deseaba con ansiedad. Ahora que ya había descansado, apenas podía esperar a que pasara Pentecostés para volver a estar con ella en Varsovia. A pesar de haberlo intentado, su pasión no se había aplacado con Esther.

Alguien le dio un empellón al pasar. Era Haskell, el aguador, que llevaba en el yugo dos cubos de agua. Parecía haber surgido de pronto de la tierra. La barba rojiza recogía destellos luminosos de alguna parte.

—¿Eres tú, Haskell?

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