TEMPORADA DE HURACANES

Fernanda Melchor

Fragmento

Temporada de huracanes

I

Llegaron al canal por la brecha que sube del río, con las hondas prestas para la batalla y los ojos entornados, cosidos casi en el fulgor del mediodía. Eran cinco, y su líder, el único que llevaba traje de baño: una trusa colorada que ardía entre las matas sedientas del cañaveral enano de principios de mayo. El resto de la tropa lo seguía en calzoncillos, los cuatro calzados en botines de fango, los cuatro cargando por turnos el balde de piedras menudas que aquella misma mañana sacaron del río; los cuatro ceñudos y fieros y tan dispuestos a inmolarse que ni siquiera el más pequeño de ellos se hubiera atrevido a confesar que sentía miedo, al avanzar con sigilo a la zaga de sus compañeros, la liga de la resortera tensa en sus manos, el guijarro apretado en la badana de cuero, listo para descalabrar lo primero que le saliera al paso si la señal de la emboscada se hacía presente, en el chillido del bienteveo, reclutado como vigía en los árboles a sus espaldas, o en el cascabeleo de las hojas al ser apartadas con violencia, o el zumbido de las piedras al partir el aire frente a sus caras, la brisa caliente, cargada de zopilotes etéreos contra el cielo casi blanco y de una peste que era peor que un puño de arena en la cara, un hedor que daban ganas de escupir para que no bajara a las tripas, que quitaba las ganas de seguir avanzando. Pero el líder señaló el borde de la cañada y los cinco a gatas sobre la yerba seca, los cinco apiñados en un solo cuerpo, los cinco rodeados de moscas verdes, reconocieron al fin lo que asomaba sobre la espuma amarilla del agua: el rostro podrido de un muerto entre los juncos y las bolsas de plástico que el viento empujaba desde la carretera, la máscara prieta que bullía en una miríada de culebras negras, y sonreía.

II

Le decían la Bruja, igual que a su madre: la Bruja Chica cuando la vieja empezó el negocio de las curaciones y los maleficios, y la Bruja a secas cuando se quedó sola, allá por el año del deslave. Si acaso tuvo otro nombre, inscrito en un papel ajado por el paso del tiempo y los gusanos, oculto tal vez en uno de esos armarios que la vieja atiborraba de bolsas y trapos mugrientos y mechones de cabello arrancado y huesos y restos de comida, si alguna vez llegó a tener un nombre de pila y apellidos como el resto de la gente del pueblo fue algo que nadie supo nunca, ni siquiera las mujeres que visitaban la casa los viernes oyeron nunca que la llamara de otra manera. Era siempre tú, zonza, o tú, cabrona, o tú, pinche jija del diablo cuando quería que la Chica fuera a su lado, o que se callara, o simplemente para que se estuviera quieta debajo de la mesa y la dejara escuchar las quejas de las mujeres, los gimoteos con los que salpimentaban sus cuitas, achaques y desvelos, los sueños de parientes muertos, las broncas con aquellos aún vivos y el dinero, casi siempre era el dinero, pero también el marido, y las putas esas de la carretera, y que yo no sé por qué me abandonan justo cuando más ilusionada me siento, le lloraban, y todo para qué, gemían, mejor era morirse ya, de una vez, que nadie nunca sepa que existieron, y con la esquina del rebozo se limpiaban la cara que de todos modos se cubrían al salir de la cocina de la Bruja, porque no fuera a ser que luego dijeran, una nunca sabía, con lo chismosa que era la gente del pueblo, de que una iba con la Bruja porque se tramaba una venganza contra alguien, un maleficio contra la cusca que andaba sonsacando al marido, porque no faltaba la que inventaba falsos cuando una inocentemente lo que nomás andaba buscando era un remedio para el empacho deste pinche chamaco atascado que se zampó solito un kilo de papas, o un té que sirviera para espantarse el cansancio o una pomada para los desarreglos del vientre, pues, o nomás sentarse ahí un rato en la cocina a desahogar el pecho, liberar la pena, el dolor que aleteaba sin esperanza en sus gañotes. Porque la Bruja escuchaba, y la Bruja no se espantaba al parecer de nada, si hasta decían que había matado a su marido, ni más ni menos que el cabrón de Manolo Conde, y por dinero, el dinero y la casa y las tierras del viejo, un centenar de hectáreas de siembra y de ordeña que le dejó su padre, lo que quedaba después de haber ido vendiéndolo todo por cachos al líder del Sindicato del Ingenio para no tener que trabajar nunca, para vivir de sus rentas y dizque de los negocios que siempre se le malograban, y era tan grande aquel latifundio que cuando don Manolo murió todavía quedaba un buen trozo que daba una renta interesante, tan así que los hijos del viejo, dos chamacos ya grandes, con las carreras terminadas, que don Manolo tuvo con la que era su esposa legítima allá en Montiel Sosa, se dejaron caer al pueblo tan pronto supieron la noticia: un infarto fulminante, fue lo que les dijo el médico de Villa cuando los muchachos llegaron a la casa aquella en medio de los cañaverales donde estaban velando el cadáver, y ahí mismo en frente de todo el mundo le dijeron a la Bruja que tenía hasta el día siguiente para largarse de la casa y del pueblo, que estaba loca si creía que ellos permitirían que una furcia se quedara con los bienes de su padre: las tierras, la casa, aquella casa que después de tantos años aún seguía en obra negra, grandiosa y malhecha como eran los sueños de don Manolo, con su escalinata y su barandal de querubines de yeso y los techos altísimos en donde anidaban los murciélagos, y el dinero que según estaba escondido en algún lugar de esa casa, un chingo de centenarios que don Manolo heredó de su padre y que nunca metió al banco, y el diamante, el anillo de diamantes que nadie había visto nunca, ni siquiera los hijos, pero que decían que tenía una piedra tan grande que parecía falsa, una auténtica reliquia que había pertenecido a la abuela de don Manolo, la señora Chucita Villagarbosa de los Monteros de Conde, y que por derecho legal y hasta divino le correspondía a la madre de los muchachos, la esposa legítima de don Manolo ante Dios y ante los hombres, no a la suripanta advenediza rastrera y asesina de la tal Bruja, que se daba los grandes aires de señora pero no era más que una güila que don Manolo sacó de un bohío en la selva para tener con quién desahogar sus más bajos instintos en la soledad de la llanura. Una mala mujer a fin de cuentas, porque quién sabe cómo, tal vez aconsejada por el diablo pensaban algunos, se enteró que había unas yerbas que crecían en el cerro, casi en la punta, entre las viejas ruinas que según los del gobierno eran las tumbas de los antiguos, los que habitaron antes estas tierras, los que llegaron primero, antes incluso que los gachupines, que desde sus barcos vieron todo aquello y dijeron matanga, estas tierras son de nosotros y del reino de Castilla, y los antiguos, los pocos que quedaban, tuvieron que agarrar pa’ la sierra y lo perdieron todo, hasta las piedras de sus templos, que terminaron enterradas debajo del cerro cuando lo del huracán del setenta y ocho, cuando el deslave, la avalancha de lodo que sepultó a más de cien vecinos de La Matosa y a las ruinas esas donde se decía que crecían esas yerbas que la Bruja cocinó para convertirlas en un veneno que no tenía color ni sabor ni dejó rastro alguno porque hasta el médico de Villa dijo que don Manolo había muerto de un infarto, pero los hijos necios con que había sido un veneno, y la gente luego culpó también a la Bruja de la muerte de los hijos de don Manolo, pues el mismo día del entierro se los llevó pifas en la carretera, cuando iban de camino al cementerio de Villa, encabezando el cortejo; los dos murieron aplastados por una carga de varillas de fierro que se le soltó a un camión que iba delante de ellos, puro fierro ensangrentado se veía en las fotografías que el periódico publicó al día siguiente, una cosa espantosa porque nadie supo nunca explicar cómo fue que pudo pasar ese accidente, cómo fue que las varillas se soltaron de la trinca y atravesaron el parabrisas y los dejaron todos ensartados, y no faltó el que se agarró de ahí para decir que la Bruja tenía la culpa, que la Bruja les había hecho un maleficio, que con tal de no perder la casa ni las tierras la mala mujer aquella se le había entregado al diablo a cambio de poderes, y más o menos fue en esa misma época que la Bruja se encerró en la casa y ya no volvió a salir nunca, ni de día ni de noche, tal vez por miedo a la venganza de los Conde, o tal vez porque algo ocultaba, un secreto del que no quería apartarse, algo en aquella casa que no quería dejar desprotegido, y se puso flaca y pálida y daba miedo verla a los ojos porque parecía que se había vuelto loca, y eran las mujeres de La Matosa las que le llevaban cosas de comer a cambio de que las ayudara, de que les preparara sus remedios, los menjurjes que la Bruja cocinaba con las yerbas que ella misma plantaba en la huerta de su patio o las que mandaba a las mujeres a buscar al cerro, cuando todavía existía el cerro. Esa fue también la época en que la gente empezó a ver al animal volador que por las noches perseguía a los hombres que regresaban a casa por los caminos de tierra entre los pueblos, las garras abiertas para herirlos, o tal vez para llevárselos volando hasta el infierno, los ojos del animal iluminados por un fuego espantoso; la época también en que empezaron con el rumor de la estatua aquella que la Bruja tenía escondida en algún cuarto de aquella casa, seguramente en los del piso de arriba, a donde no dejaba pasar a nadie nunca, ni siquiera a las mujeres que iban a verla, y donde decían que se encerraba para fornicar con ella, con esta estatua que no era otra cosa que una imagen grandota del chamuco, la cual tenía un miembro largo y gordo como el brazo de un hombre empuñando la faca, una verga descomunal con la que la Bruja se ayuntaba todas las noches sin falta, y era por eso que ella decía que no le hacía falta marido, y en efecto, después de la muerte de don Manolo no volvió a conocérsele hombre alguno a la hechicera, y pues cómo, si ella misma se la pasaba echando pestes de los varones, diciendo que eran todos unos borrachos y unos huevones, unos pinches perros revolcados, unos puercos infames, y que antes muerta que dejar que cualquiera de esos culeros entrara a su casa y que ellas, las mujeres del pueblo, eran unas pendejas por aguantarlos, y los ojos le brillaban cuando decía eso y por un segundo volvía a verse hermosa de nuevo, con los cabellos alborotados y las mejillas pintadas de rosa por la emoción, y las mujeres del pueblo se santiguaban porque podían imaginarla desnuda, montando al diablo y hundiéndose en su verga grotesca hasta la empuñadura, el semen del diablo escurriéndole por los muslos, rojo como la lava, o verde y espeso como los menjurjes que borboteaban en el caldero sobre el fuego y que la Bruja les daba a beber a cucharadas para curarlas de sus males, o tal vez negro como el chapopote, negro como las pupilas inmensas y el cabello enmarañado de la criatura que un día descubrieron escondida bajo la mesa de la cocina, agarrada a la falda de la Bruja, tan muda y enteca que, en silencio, muchas mujeres rezaron para que no durara viva mucho tiempo, para que no sufriera; la misma criatura que tiempo después sorprendieron sentada al pie de las escaleras, con un libro abierto sobre las piernas cruzadas, sus labios chasqueando en silencio las palabras que sus ojazos negros iban leyendo, y la noticia corrió en cuestión de horas porque ese día hasta en Villa supieron que la hija de la Bruja seguía viva, cosa rara porque hasta los engendros que de vez en cuando parían los animales, los chivos de cinco patas o los pollos de dos cabezas, se morían a los pocos días de abrir los ojos, y en cambio la hija de la Bruja, la Chica, como empezaron a llamarla desde entonces, aquella criatura parida en el secreto y la vergüenza, se hacía más grande y más fuerte con cada día que pasaba, y pronto fue capaz de llevar a cabo cualquier quehacer que la madre le enjaretara: cortar la leña y acarrear el agua del pozo y caminar hasta el mercado de Villa, trece kilómetros y medio de ida y trece y medio de vuelta, con las bolsas del mercado y los huacales a cuesta, sin pararse nunca a descansar un instante, mucho menos apartarse del camino o pajarear con las demás chamacas del pueblo, porque de todos modos ninguna se atrevía a hablarle, ninguna siquiera se reía de ella, de sus pelos crespos y enmarañados y sus vestidos harapientos y sus enormes pies descalzos, tan alta y tan desgarbada, briosa como un muchacho y más inteligente que cualquiera, porque después de un tiempo se supo que era la Chica la que llevaba el gasto de la casa, y la que negociaba las rentas con las gentes del Ingenio, que seguían al sobres de aquel pedazo de tierra y aguardaban un descuido de las Brujas para despojarlas con argucias legales, aprovechando que no había papeles, que no había hombre alguno que las defendiera, aunque ni falta que les hacía porque la Chica quién sabe cómo había aprendido a negociar los dineros, y era tan cabrona que incluso un día se apareció por la cocina a ponerle precio a las consultas porque la Vieja –que en ese entonces no pasaba de los cuarenta años pero que parecía ya de sesenta por las arrugas y las canas y todos esos pellejos colgándole–, a la Vieja ya se le iba la onda y se le olvidaba cobrar las consultas, o se conformaba con lo que las mujeres quisieran darle: una panela de piloncillo, un cuarto de garbanzos secos, un cucurucho de limones ya medio podridos o un pollo con gusanera: chingaderas, vaya, hasta que la Bruja Chica puso un alto al desgarriate y un día se apareció en la cocina y con su voz tosca, desacostumbrada a hablar, dijo que los obsequios que las mujeres llevaban no bastaban para cubrir el precio de la consulta y que las cosas ya no podían seguir así, que a partir de entonces habría tarifas según la dificultad del encargo, según los recursos que la madre debiera emplear y el tipo de magia requerida para lograr el cometido, porque cómo iba a ser lo mismo curar unas almorranas que hacer que el hombre ajeno se rindiera por completo a los pies de una, o permitirles hablar con la madre muerta para saber si les ha perdonado el abandono en que la tuvieron en vida, ¿verdad? Así que de ese día en adelante las cosas iban a cambiar, y a muchas esto no les gustó nada, y dejaron de ir los viernes, y cuando se sentían mal iban con ese señor de Palogacho que parecía ser más efectivo que la Bruja porque a él iban a verlo desde la capital, gente famosa de la televisión, futbolistas, políticos en campaña, aunque pues sí era carero y como la mayoría de las mujeres no tenían ni para pagar el viaje en autobús hasta Palogacho mejor le dijeron a la Chica que órale pues, que de a cómo iba a ser entonces, que porque ellas nomás llevaban eso y que entonces qué procedía, y la Chica les mostró los dientes aquellos inmensos que tenía y les dijo que no se preocuparan, que si no les alcanzaba podían dejarle algo en prenda, como los aretes esos que llevabas puestos el otro día, o la cadenita de tu nena o ya de plano una cazuela de tamales de borrego, o la cafetera, la radio, la bicicleta, cualquier enser aceptaba, y si tardaban había que pagarle intereses porque de un día para otro comenzó también a prestar en efectivo, al treinta y cinco por ciento o tarifas peores, y todos en el pueblo decían que esas mañas eran del diablo, que cuándo se había visto que una chamaca fuera tan astuta, que de dónde lo habría sacado, y no faltaba el que decía en la cantina que eso de los intereses era un robo, que había que echarle encima a esa pinche vieja a las autoridades correspondientes, a la policía, que la metieran presa por agiotista y abusadora, qué se creía de andar explotando a la gente de La Matosa y demás rancherías, pero a la mera hora nadie hacía nada, porque quién más iba a prestarles dinero a cambio de posesiones tan miserables, y además nadie quería echarse a las Brujas de enemigas porque la verdad les tenían harto miedo. Si hasta los varones del pueblo se resistían a pasear de noche por esa casa; todo el mundo sabía de los ruidos que provenían de ahí adentro, los gritos y lamentos que se escuchaban desde la vereda y que la gente se imaginaba que eran las dos brujas fornicando con el diablo, aunque otros más bien pensaban que nomás era la Bruja Vieja que se estaba volviendo loca, porque para entonces ya casi no recordaba a la gente y entraba en trance a cada rato, y todos decían que Dios la estaba castigando por sus pecados y sus cochinadas, y sobre todo por haber procreado a esa heredera satánica, porque ya para entonces la Bruja presumía, cuando las mujeres se atrevían a preguntarle quién era el padre de la Chica, un misterio que nadie se aclaraba porque nadie supo bien cuándo llegó la hija al mundo; don Manolo, eso sí, llevaba muerto muchos años ya, y pues no se le conocía marido, no salía de la casa nunca ni frecuentaba los bailes, y en realidad lo que ellas realmente querían saber era si fueron sus propios maridos de ellas los que le hicieron aquella grosería de criatura, y por eso se les ponía la carne de gallina cuando la Bruja se les quedaba viendo con una sonrisa torva y les decía que la Chica era hija del diablo, y por Dios que sí se le parecía, cuando uno se le quedaba viendo a la muchacha y la comparaba con la imagen del chamuco derrotado por San Miguel Arcángel que había en la iglesia de Villa, sobre todo en los ojos y en las cejas, y las mujeres se persignaban y a veces por las noches hasta soñaban que el diablo las perseguía con la verga parada para hacerles un hijo, y se despertaban con lágrimas en los ojos y el interior de los muslos pringados y el vientre adolorido, y corriendo se iban a Villa a confesarse con el padre Casto, que las regañaba por andar creyendo en la brujería; porque también había gente que se reía de todos esos chismes, gente que decía que la Vieja nomás estaba loca y que a la Chica seguramente se la había robado de alguna ranchería, o luego estaban los que decían que la Sarajuana ya de vieja contaba que una noche llegaron a su cantina unos muchachos que no eran de ahí de La Matosa y posiblemente ni siquiera de Villa por la forma en que hablaban, y que ya borrachos empezaron a presumir que venían de cotorrearse a una vieja de La Matosa, una que había matado a su marido y que se las daba de muy bruja, y la Sarajuana enseguida paró la oreja y ellos siguieron contando cómo fue que se le metieron a la casa y cómo la golpearon para que se estuviera quieta y pudieran cogérsela entre todos, porque bruja o no, la verdad es que la pinche vieja esa estaba bien buena, bien sabrosa, y se ve que en el fondo le había gustado, por cómo se retorcía y chillaba mientras se la cogían, si todas son unas putas en este pinche pueblo rascuache, dijeron, y no faltó, porque nunca falta, como bien sabía la Sarajuana, un cabrón que se ofendía de que dijeran que La Matosa era un pueblo rascuache y se las hizo de pedo y se les fue encima y entre todos los que estaban en la cantina les metieron sus buenos vergazos a los chamacos esos, pero al final nadie sacó el machete, quizás porque los tumbaron pronto, o porque hacía demasiado calor para tomarse demasiado en serio la ofensa, y no había mujeres a quienes impresionar en el Sarajuana, ni siquiera las pobres escuálidas esas que subían de las chozas de la costa para prestarse a cambio de cerveza, nada, solo ellos y la Sara, que para entonces ya era para ellos como cualquier otro macho, de esos de cara prieta y bigote obligado y botella de cerveza caldeándose en la mano y el chirrido del ventilador sobre el techo, rajando con esfuerzo la calina que sus cuerpos despedían y la grabadora, za-ca-ti-to pal conejo, tronando sola junto a la candela, tiernito-verde voy a cortar, frente a la estampa de Martín Caballero, pa llevarle al conejito, y la sábila atada con el listón empapado en agua bendita, que ya-empiezá desesperar, sí señor, cómo no, y aguardiente de caña, pa conjurar las envidias, explicaba la Bruja, pa devolver el mal a quien lo merece, a quien lo envía. Por eso sobre la mesa de su cocina, mero en el centro, sobre un plato con sal gruesa, había siempre una manzana roja atravesada de arriba abajo con un cuchillo filetero y un clavel blanco que por ahí del viernes por la mañana las mujeres que madrugaban para ir a verla encontraban ya todo mustio y chupado, como podrido, amarilleado por las malas vibras que ellas mismas dejaban en aquella casa, una especie de corriente negativa que ellas creían acumular dentro en tiempos de aflicción y desgracia y que la Bruja sabía cómo purgarles con sus remedios, una miasma espesa pero invisible que se quedaba flotando en el aire viciado de esa casa encerrada, porque pues nadie supo bien cuándo había empezado el pavor de la Vieja a las ventanas, pero para cuando la Chica ya andaba por ahí correteando en la penumbra de salón del otro lado de la cocina, a donde nadie se atrevía a pasar nunca, para ese entonces, y con sus propias manos, la Vieja ya había tapiado todas las ventanas con bloque y cemento y palos y alambrada y hasta la puerta principal de roble casi negro, por donde sacaron el ataúd de don Manolo para llevárselo a enterrar a Villa, hasta esa puerta la tapó con ladrillo y pedacería de madera y cuanto pudo para que ya nunca se abriera y entonces ya solo se podía entrar a la casa por una puertecita que daba a la cocina desde el patio, porque por algún lado tenía que salir la Chica a meter el agua, a cuidar la huerta y hacer el mandado, y como no podía cerrarla entonces la Bruja mandó a poner una reja con barrotes más gruesos que los de las celdas en la cárcel de Villa, o eso era lo que presumía el herrero que le hizo el trabajo, y que cerraba con un candado del tamaño de un puño, cuya llave llevaba siempre la Vieja metida en el corpiño, sobre el seno izquierdo; una reja que cada vez más a menudo las mujeres del pueblo hallaban siempre cerrada, y como no se atrevían a tocar se quedaban ahí esperando hasta que escuchaban, a veces, los gritos y las blasfemias y los alaridos que la Vieja lanzaba mientras azotaba los muebles contra las paredes o contra el suelo, a juzgar por el ruido que se oía desde el patio mientras la Chica –como años después les contaría a las chicas de la carretera– se ocultaba bajo la mesa de la cocina y agarraba el cuchillo y se hacía ovillo ahí abajo, como cuando era niña y todo el pueblo creía y esperaba y hasta rezaba para que se muriera enseguida, para que no sufriera, que porque tarde o temprano el diablo iba a venir a reclamarla como suya y la tierra se partiría en dos y las Brujas caerían al abismo, derechito al lago de fuego del infierno, una por endemoniada y la otra por todos los crímenes que cometió con sus brujerías: por haber envenenado a don Manolo y hechizado a los hijos para que murieran en aquel accidente; por capar a los hombres del pueblo y debilitarlos con sus trabajos y brujerías y, sobre todo, por haber arrancado del vientre de las malas mujeres la semilla implantada ahí por derecho, disolverla en aquel veneno que la Vieja preparaba a quien se lo pidiera, y cuya receta heredó a la Chica antes de morirse, durante aquel encerrón que se dieron en los días previos al deslave del año setenta y ocho, cuando el huracán azotó contra la costa con furia y encono y relámpagos estentóreos tupieron de agua el cielo durante días enteros, anegando los campos y pudriéndolo todo, ahogando a los animales que pasmados por el viento y los truenos no pudieron salir a tiempo de los corrales y hasta a aquellos niños que nadie alcanzó a tomar en brazos cuando el cerro se desgajó y se vino abajo con un fragor de rocas y encinos desenraizados y un lodo negro que arrasó con todo hasta derramarse sobre la costa y convirtió en camposanto tres cuartas partes del poblado ante los ojos enrojecidos por el llanto de los que sobrevivieron, nomás porque alcanzaron a cogerse de las ramas de los mangos cuando el agua se fue sobre de ellos y aguantaron días ahí, abrazados a las copas, hasta que los soldados los sacaron a bordo de lanchas, una vez que el meteoro se disipó tras internarse en la sierra y el sol volvió a brillar por entre las nubes plomizas y la tierra comenzó a endurecerse de nuevo, y la gente, empapada hasta el tuétano, las carnes invadidas de líquenes parecidos a corales diminutos, con sus bestias y los hijos que les sobrevivieron a cuestas, llegaron en tropel a Villagarbosa a buscar refugio, ahí donde el gobierno los mandara: los bajos del palacio municipal, el atrio de la iglesia, y hasta la escuela suspendió las clases para recibirlos durante semanas enteras con sus cachivaches y sus lamentos y sus listas de muertos y desaparecidos, entre los que ya contaban a la Bruja y a su hija la endemoniada porque nadie había vuelto a verlas después del meteoro. Fue muchas semanas más tarde cuando la Chica se apersonó una mañana en las calles de Villa, vestida de negro por completo, negras las medias y negros los vellos de sus piernas, y negra la blusa de manga larga, y la falda y los zapatos de tacón y el velo que se había prendido con pasadores al chongo que recogía sus largos y oscuros cabellos en lo alto de la coronilla, una imagen que pasmó a todos, no sabían si del espanto o de la risa, por lo ridícula que lucía, con el calorón como para cocerle a uno los sesos y esta zonza vestida de negro, había que estar loca, ridícula, qué ganas de hacerle al mamarracho como los travestidos que año con año se aparecían en el carnaval de Villa, aunque la verdad es que nadie se atrevió a carcajearse en su cara, porque fueron muchos los que perdieron a sus seres queridos en aquellos días y al verla en aquel disfraz de parca, con ese andar solemne y a la vez cansino con que la muchacha arrastraba los pies hacia el mercado adivinaron la muerte de la otra, de la madre, de la Bruja Vieja, su desaparición del mundo, sepultada tal vez en el fango que se tragó medio pueblo; una muerte fea que sin embargo a la gente en el fondo le pareció demasiado benévola para la vida de pecado y simonía que llevó la hechicera, y nadie, ni siquiera las mujeres, ni siquiera ellas, las de siempre, las de todos los viernes, tuvieron el valor de preguntarle a la enlutada qué pasaría con el negocio, quién se encargaría de las curaciones, de las brujerías, y tuvieron que pasar años para que la gente volviera a la casa entre los cañaverales, años enteros que La Matosa tardó en volver a poblarse y llenarse otra vez de chozas y tendejones levantados sobre los huesos de los que quedaron enterrados bajo el cerro, gente de fuera, en su mayoría atraída por la construcción de la carretera nueva que atravesaría Villa para unir con el puerto y la capital los pozos petroleros recién descubiertos al norte, allá por Palogacho, una obra para la que se levantaron barracas y fondas y con el tiempo cantinas, posadas, congales y puteros en donde los choferes y los operadores y los comerciantes de paso y los jornaleros se detenían para escapar un rato de la monotonía de aquella carretera flanqueada de cañas, kilómetros y kilómetros de cañas y pastos y carrizos que tupían la tierra, desde el borde mismo del asfalto hasta las faldas de la sierra al oeste, o hasta la costa abrupta del mar siempre furioso en aquel punto, al este; matas y matas y matorrales achaparrados cubiertos de enredaderas que en la época de lluvias crecían a velocidades escabrosas, que amenazaban con tragarse las casas y los cultivos y que los hombres mantenían a raya a punta de machete, encorvados a las orillas de la carretera, en los márgenes del río, entre los surcos de la labor, los pies metidos en la tierra caliente, demasiado ocupados y demasiado orgullosos algunos como para hacerle caso a las miradas melancólicas que les dirigía, desde lejos, desde el sendero de tierra, el espectro aquel que vestido de negro rondaba los parajes solitarios del pueblo, las parcelas en donde trabajaban las cuadrillas de los novatos, los muchachos recién admitidos a sueldo de hambre, lampiños todos, correosos como sogas todos, los músculos de sus brazos y sus piernas y sus vientres estrujados por el trabajo y el sol abrasador y las corretizas en pos de un balón de trapo sobre la cancha del pueblo, al caer la tarde, y las carreras enloquecidas para ver quién llegaba primero a la bomba del agua, quién se tiraba antes al río, quién era capaz de hallar primero la moneda arrojada desde la orilla, quién de todos ellos escupía más lejos, sentados sobre el tronco del amate que colgaba sobre el agua tibia del ocaso, los rugidos y las risas, las piernas torneadas balanceándose al unísono, los hombros pegados unos con otros, las espaldas relucientes en su lustre de cuero bruñido; brillantes y prietas como el hueso del tamarindo, o cremosas como el dulce de leche o la pulpa tierna del chicozapote maduro. Pieles color canela, color caoba tirando a palo de rosa, pieles húmedas y vivas que desde lejos, desde aquel tronco a varios metros de distancia desde donde la Bruja los espiaba, se le figuraban tersas pero firmes y apretadas como la carne

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos