1
Lo bueno y lo malo de vivir frente al mar es exactamente lo mismo: que el mundo se acaba en el horizonte, o sea que el mundo nunca se acaba. Y uno siempre espera demasiado. Primero espera que todo lo que está esperando le llegue un día en un barco, y cuando se da cuenta de que nada va a llegar entiende que tiene que salir a buscarlo. Yo odiaba mi ciudad porque era bellísima y también feísima, y yo estaba en el medio. El medio era el peor lugar para estar: casi nadie salía del medio, en el medio vivía la gente insalvable; allí no se era tan pobre como para resignarse a ser pobre para siempre, entonces la vida se gastaba en el intento de escalar y redimirse. Cuando todos los intentos fallaban —era lo que solía pasar—, desaparecía la autoconciencia, y en ese punto ya todo estaba perdido. Mi familia, por ejemplo, no tenía autoconciencia. Tenían fórmulas para evadirse, para mirarlo todo desde arriba, por allá lejos, en su pedestal de humo. Y por lo general lo conseguían.
Mi papá era un señor bastante inútil: se la pasaba todo el día tratando de resolver cosas insignificantes que a él le parecían importantísimas para que el mundo siguiera su curso; cosas como hacer rendir más el par de taxis que teníamos y vigilar que los choferes no le estuvieran robando. Pero siempre le robaban. Su amigo Félix, que manejaba la furgoneta de una farmacia, le venía con las quejas: por allá vi al muérgano que te maneja el taxi… ¿Por dónde? Por la Santander, gastando rueda con una putica. Mi papá echaba y contrataba choferes cada día de por medio, y eso le servía, uno: para sentirse poderoso; dos: para no pensar en nada más.
Mi mamá también se mantenía ocupada, pero en otras cosas: todos los días se zambullía en una pequeña conspiración familiar. Todos los días, esa era su fórmula. Mi mamá se paraba de la cama y alzaba el teléfono, llamaba a mi tía, o a mi tío, o a mi otra tía, y gritaba y lloraba y les deseaba la muerte —a ellos y a su maldita madre, que era la misma suya, mi abuela—; a veces también llamaba a mi abuela, y gritaba y lloraba y le deseaba la muerte —a ella y a su maldita descendencia—. A mí mamá le encantaba decir la palabra «maldita», le producía una sensación catártica y liberadora; aunque ella nunca lo habría expresado así porque tenía poco vocabulario. La tercera llamada del día era para don Héctor; con él era siempre muy amable porque le fiaba: buenas, don Héctor, ¿cómo le va?, ¿podría mandarme una almohadilla de pan y media docena de huevos? Y la cara empantanada en lágrimas. Su fórmula era la misma que la de mi papá, no dejar baches de tiempo muerto que les hicieran mirar alrededor y darse cuenta de dónde estaban: en un departamento chiquito en un barrio de medio pelo, al que lo atravesaban un caño y varias busetas.
Yo no era como ellos, yo me di cuenta muy rápido de dónde estaba y a los siete años ya sabía que me iba a ir. No sabía cuándo ni a dónde. A mí me preguntaban: ¿qué quieres ser cuando grande? Y yo decía: extranjera. Mi hermano también sabía que se iba a ir y tomó las decisiones que más le convenían en ese sentido: dejó el bachillerato y se dedicó, rigurosamente, a levantar pesas en el gimnasio y gringas en la playa. Porque, para él, irse era que se lo llevaran. Quería vivir en Miami o en Nueva York, no se decidía. Estudiaba inglés porque en ambas ciudades le iba a servir. En Miami menos, eso le decía su amigo Rafa, que había ido una vez cuando era muy chiquito. A mí me gustaba Rafa porque había salido del país y eso me parecía meritorio. Pero después conocí a Gustavo, que no había salido sino llegado, y no de uno ni de dos, sino de varios países.
Gustavo: Gustavo era un señor que vivía en una casa frente al mar. Una choza, más bien. Afuera de la choza había un parapeto de cuatro estacas y techo de lona impermeable; debajo del parapeto, una mesa de trabajo con su banco largo, un asiento doble de madera, una hamaca. Mi papá iba a comprarle pescado los domingos, y a veces me llevaba. Además de pescado, Gustavo tenía una piscina con bichos enormes que él mismo criaba: cangrejos, langostas y hasta culebras de mar. Era argentino, o italiano, según el día. La primera vez que mi papá me llevó a su choza, yo debía tener doce años, y él me dijo: ¿quieres que te enseñe a desescamar? ¿A qué? A limpiar el pescado. Gustavo estaba sentado de patas abiertas sobre un pretil que bordeaba la piscina, la palangana de pescados a un lado, en el piso. Dos palanganas: una era para poner los pescados limpios. Yo me senté igualito que él, pero adelante, dándole la espalda; y él me agarró las manos y me enseñó. Después me acarició allá abajo con dos dedos: arriba, abajo, arriba, abajo, decía, mientras yo limpiaba el pescado con una champeta afilada y él dibujaba una línea vertical en mi botón de fuga —así le decía Charo, una amiga de mi mamá, cuando quería contarle un chisme que involucraba la palabra «chucha» y yo estaba rondando—. Mientras Gustavo hacía eso, mi papá estiraba unos billetes sobre la mesa de trabajo: vísceras y tripas de pescado para hacer aceite arrumadas en un periódico.
¿Viste lo que hizo Gustavo?, le pregunté cuando íbamos en el taxi, de vuelta a la casa. Mi papá manejaba lento, sonaba un bolero de Alcy Acosta. Te enseñó a limpiar el pescado, dijo. Sí, pero también… ¿También qué? No importa. Y después seguí yendo a la casa de Gustavo: a veces sola, a veces con mi papá, a veces a la salida del colegio, a veces en reemplazo del colegio.
Me gustaba el sonido de las olas. Tenía un nombre ese sonido. Varios: hay treinta y tres maneras de nombrar el sonido de las olas, había dicho mi papá alguna vez, mientras manejaba. Pero después no siguió, se distrajo mirando el mar y no quise perturbarlo.
Gustavo, ¿me llevas a Italia? ¿A qué? A vivir. No. ¿Y a Argentina? ¿A qué? A lo mismo. No.
Y los dedos.
2
Un día llegué al colegio, esperé a que pasaran lista y después me fui. Antes hacía eso con Maritza Caballero, una amiga que ya no estaba porque a su papá, que era militar de la Marina, lo habían trasladado a Medellín. No entendía qué iba a hacer en Medellín, que era pura montaña. Los militares de la Marina vivían en Manzanillo, un barrio cerrado a la orilla de la bahía, con casas prefabricadas que olían a moho por la humedad.
El agua y la madera no son buenas amigas, eso decía Maritza de su casa.
Así que ese día pasaron lista y yo me fui, pero sin Maritza. Salí del colegio a las ocho menos cuarto, tenía hambre y poca plata. Di unas vueltas por el centro, que estaba lleno de gente transpirada que iba a trabajar en los juzgados o que iba a sentarse en la plaza Bolívar a leer el periódico, aunque después no lo leían, sino que lo doblaban en cuatro y lo usaban de abanico. Me senté en la plaza y me aburrí de mirar.
Cuando estaba Maritza nos sentábamos en la muralla a mirar la avenida, el malecón y, detrás, el mar. Ella quería ser abogada y trabajar en los juzgados; yo le decía que yo también, pero era mentira. Yo no quería ser nada. Maritza decía que yo podía ser cualquier cosa porque me iba bien en el colegio. Maritza me miraba fijo, su nariz muy cerca de la mía, la respiración de ambas entibiándonos la cara. Maritza tenía el pelo amarillo y los ojos amarillos y la piel muy pálida. No conocía a nadie tan desteñido como ella.
Estuve a un cromosoma de ser albina, eso decía Maritza de sí misma.
Pero era bonita, sobre todo a la noche, porque en el día, bajo el sol, se le notaban mucho las venas. Una porcelana agrietada, así es como recuerdo su cara.
Cogí un bus hacia la casa de Gustavo y lo encontré mirando lejos: cuando lo encontraba así era porque ese día tenía que entregar un pedido fácil. Una langosta, por ejemplo; no era sino meter la mano en la piscina y sacarla en el momento, mientras movía las patas como una enorme cucaracha mutante; luego iba a parar a una bolsa de hielo en la que, de a poco, se iba quedando tiesa.
Hazme un coctelito, le dije y le extendí una bolsa de limones que había agarrado de una carreta mal parada, antes de subirme al bus. Recién ahí se volteó a mirarme, entrecerró los ojos y después dijo: esta mañana un chiflete de aire frío entró por la rendija de la puerta y se me metió por los pies. Ajá. Y siguió hablando: eso me sacó de la cama, entonces me tomé un ron para entrar en calor y mastiqué un pan viejo que me acalambró la mandíbula de lo gomoso que estaba. ¿Y después qué hiciste? Después me fui a pescar, pero no pesqué nada, el mar estaba picado. Ya.
Eran las nueve y media.
Gustavo descascaró unos camarones y me mandó a la cocina por la cebolla, la mayonesa y el picante. La cocina de esa choza era inmunda, toda la choza era inmunda y no me gustaba entrar porque estaba oscura y hedía. Le dije que ya no quería ningún coctelito. ¿Qué? Que ya no quiero un carajo. Y él contestó: te voy a lavar esa boca con lejía. Entonces fui por lo que faltaba. Antes de entrar me tapé la nariz y me zambullí en ese aire espumoso y grasiento. Gustavo preparó un coctelito delicioso, me lo tragué íntegro. Sorbí el jugo rosado que quedó en el fondo y la boca me quedó picante. Despiértame a la una, le dije. Me fui a dormir a la hamaca.
Otro día hice lo mismo, pero llegué sin limones, así que enseguida me fui a la hamaca. Gustavo no me puso mucha atención porque estaba pelando una montaña de langostinos que iba metiendo en una nevera de icopor con hielo. A la tarde tenía que entregar varios kilos para una fiesta de quince.
Despiértame a la una, le dije, y cerré los ojos.
Tardé en quedarme dormida: hacía calor, el olor a sal me ardía en el tabique, la piel se sentía pegajosa.
Cuando abrí los ojos me encontré con los de Gustavo.
¿Qué haces? Nada. Estaba escudriñándome, sentado en un banquito frente a la hamaca. El sol entraba por un flanco del techo donde la lona estaba corrida y le caía en un pedazo de la cara. Le dije que se iba a poner negro de un solo lado, como una máscara de carnaval. Mi hermano tenía una máscara de carnaval que se había comprado en Barranquilla. El día y la noche, se llamaba. Y yo a veces me la ponía, pero me quedaba grande. Gustavo se paró del banquito y volvió a los langostinos. ¿Ya es la una?, le pregunté. No. ¿Qué hora es? Once y media.
La siguiente vez que abrí los ojos, no estaba Gustavo. Estaban las cáscaras de langostinos amontonadas en la mesa, una nube de moscas en el aire y una camioneta cuatropuertas en la playa. Me senté en la hamaca y miré el mar: un bote, un hombre y una malla, lejos. En alguna parte ladraba un perro.
Al rato, Gustavo salió de la camioneta acomodándose el short. Más atrás salió una señora acomodándose el peinado. Gustavo agarró la nevera de icopor y la llevó a la camioneta. La señora me dijo: ¿ya cumpliste los quince? No. Mejor. ¿Por qué? Y ella: porque últimamente las fiestas de quince se han vuelto mezquinas y corronchas. Si es bufé, no ponen mariscos ni por accidente; si es plato en mesa, menos. ¿Y qué ponen? Ponen un arroz con pollo y una ensalada rusa cundida de cebolla, y después las niñas se van a hablar con los muchachitos con ese aliento a turcas, gas. Melissa no, Melissa va a tener una fiesta de quince como se debe.
¿Melissa?
Gustavo volvió, la mujer se sacó unos billetes del escote y se los dio. Los voy a servir con tártara, dijo, ¿qué te parece la tártara? Él puso los billetes en la mesa, pensé que se le iban a volar. Me parece un vomitivo, dijo.
3
Hubo una época en la que el clima cambió. Llovía siempre, todos los días. Eso era malo para la tierra porque se erosionaba; malo para el mar porque se picaba; malo para la televisión porque se perdía la señal. Quedaba la radio. La radio decía que la ciudad atravesaba una temporada trágica: no en la zona moderna, donde vivían los ricos, sino en los barrios que bordeaban la ciénaga de la Virgen que, como estaba llena de porquerías, se desbordaba. Y las casas enclenques se hundían en el fango. Por esos días se empezó a hablar del Emisario Submarino, un tubo de hierro que se tragaba la basura estancada en la ciénaga, se la llevaba mar adentro y la escupía. Era la solución para todos los males de la ciudad. No lo construían todavía porque no había plata, y no había plata porque se la habían robado. ¿Quién Nadie sabía y todos sabían? En la radio decían eso, tal cual. Después venían los programas románticos: el top diez de las canciones alusivas a la lluvia.
Uno de esos días soñé que el viento se llevaba a mi hermano y a su amigo Julián, ese con el que iba al gimnasio. Iban abrazados, volando, con los dientes apretados como cuando hacían fuerza frente al espejo para que se les marcaran los músculos. Yo los miraba elevarse hasta que no los veía más. Otro día soñé que el viento se llevaba el kiosco de Willy, uno que vendía cervezas cerca de la choza de Gustavo. Willy me odiaba porque un día le pegué una patada en la cabeza a un cerdo que me olió los pies. El cerdo corrió despavorido, chillando como una vieja, y yo me reí. Willy se puso rabioso: eres el diablo, me dijo. Y yo le dije que él era un negro comemierda. Gustavo me agarró de la muñeca y me torció el brazo; yo me solté y me fui, y no volví en meses.
Habíamos llegado a ese kiosco media hora antes, después de una larga caminata por la playa. Yo le venía hablando a Gustavo de Maritza Caballero, que me había mandado una carta desde Medellín y una foto de ella en la montaña: tenía puesto un buzo azul. Yo nunca me había puesto un buzo. Me dio sed y Gustavo dijo: vamos al kiosco de Willy. Pidió una cerveza Águila para él y una Coca-Cola para mí. Nos sentamos en unos banquitos frente al mostrador y Willy empezó a hablar de un crucero de gringos que había llegado. Dijo que estaba esperando a Brígida, la palenquera, para irse al centro a venderles cosas a los gringos: cervezas, ron, collares de caracucha. ¿Tiene ostras, jefe? Willy le decía a Gustavo jefe solo porque era blanco y extranjero. Gustavo ni le dejaba propina y a veces escupía en el piso, y Willy le seguía diciendo jefe. Ese día, en cambio, llegó un pescador negro, pidió una cerveza y al primer sorbo eructó. Willy le dijo: ¿tu mamá no te enseñó modales, negro comemierda?
La lluvia fue mala también para mi familia, porque el caño que quedaba cerca de la casa se desbordó, las aceras se pusieron verdes y el aire hediondo. Mi papá perdió un taxi que se llenó de agua hasta el motor y lo declararon chatarra. Esa vez nos sentó a todos en la mesa y dijo: ahora somos pobres. Y se puso a llorar como un niñito. Yo miré alrededor. Mi hermano chequeaba el reloj, impaciente, porque iba para cine con Julián y dos cachacas que se habían levantado en La Escollera. Mi mamá doblaba unos pañuelos, concentrada; a su lado había un canasto de mimbre lleno de calzoncillos desteñidos y medias anudadas en un solo bulto porque se les había perdido un par.
Ser pobre era exactamente igual que no serlo. No había de que preocuparse.
4
Cuando terminé el colegio me matriculé en Derecho. Era una universidad pública, pero había que pagar una matrícula, según la declaración de renta del papá. En mi caso era una matrícula ínfima, pero mi papá me dijo: ojalá te ganes la beca para que puedas seguir. Yo no quiero seguir, le contesté. Y él: sí quieres. Y me guiñó un ojo.
Un día una compañera me dijo: están dando visas para vivir en Canadá. Y yo fui a averiguar al consulado. Había que saber inglés y francés, y les daban prioridad a las parejas jóvenes, profesionales, con planes de procrear. Mi compañera me dijo que en Canadá se estaban quedando sin jóvenes y que ese era un plan para repoblarse. ¿Repoblarse de latinos? Peor es nada, me dijo. Pero a mí me faltaba mucho para ser una joven profesional con marido y planes de procrear; Canadá no sería mi destino. Canadá ni siquiera me gustaba: no había un solo actor de cine que fuera de Canadá; no había nada en Canadá, solo viejos.
Por esos días el bebé de Xenaida, la muchacha del servicio, lloraba toda la noche. La habían embarazado, no se sabía quién. El celador, la acusó mi hermano. Pero ella no soltó prenda. Cuando dijo lo del embarazo, mi mamá la echó y Xenaida se le arrodilló: señora, déjeme parirlo y después me voy. Y ya lo había parido y no se iba.
Lloraba como un energúmeno. Como un animalito herido, dijo un día mi madre. Como un chigüiro, precisó mi padre.
Una noche mi hermano se le metió al cuarto y la sacudió por los hombros: ¡Xenaida! Pero ella era una piedra; el bebé rugoso y diminuto se desgañitaba en el piso sobre un montón de trapos, agitaba los brazos y las piernas como una tortuga puesta al revés. Xenaida lo había acomodado allí para que no se cayera de la cama.
¿Gustavo? ¿Qué? ¿Olga es tu novia? No.
Gustavo andaba con una mujer que se llamaba Olga. A los extranjeros les gustaban las negras, eso decía mi mamá. Olga barría la choza y usaba un vestido sucio y delgadito que le marcaba las curvas disparejas de su cuerpo. Olga se metía las manos en el escote para acomodarse las tetas, a mí eso me ponía nerviosa. Ella no entendía qué iba a hacer yo allá, y no le gustaba: la próxima vez que vengas te rayo la cara con la champeta, me amenazaba. Gustavo la oía pero no decía nada. Una vez Olga calentó un plátano con todo y cáscara, después se sentó en un banco, se alzó la falda y se lo metió bien hondo. Puso los ojos en blanco. Gustavo y yo la vimos desde la mesa de trabajo: él estaba fileteando un róbalo, yo estaba desescamando un sábalo. El mar estaba quieto y el sol estaba encendido.
Acá fue cuando Gustavo empezó con las historias. Esta fue la primera que me contó:
Cuando era más joven, yo tenía una moto y muchos pelos en la cabeza. Eran pelos rubios, que después se hicieron blancos y rebeldes. No había manera de que me entrara un peine, pero algunas amigas insistían en peinármelo y eso me daba mal humor. Cuando me daba mal humor, me subía en la moto y me iba lejos.
¿Lejos de dónde?
Terminé mi primer año de derecho y me gané la beca: no me costó ningún trabajo, yo habría podido ganarme todas las becas que quisiera. Pero dije que yo no quería ninguna beca, que yo quería irme lejos. ¿Pero a dónde?, me preguntó el profesor de Romano, desconcertado. Alcé los hombros. El profesor se había ido y se había devuelto, me contó. ¿Por qué? Porque extrañaba. ¿Qué extrañaba? La comida, la cultura. Yo no comía casi y la cultura era un concepto dinámico, o no era nada. Ajá, me dijo, el bozo decorado con gotitas de sudor. Como el agua, insistí, si no se mueve se estanca, si se estanca se pudre… Silencio. Como un músculo, si no se mueve se atrofia, se acalambra, se seca, se rompe, se hace añicos, se hace polvo y el viento lo arrasa para siempre. Hay que moverse, concluí. El profesor asintió inseguro, yo le di la mano, después le di la espalda y me fui de su clase y de las demás, y me metí al gimnasio con mi hermano.
Gustavo. ¿Qué? ¿Te parezco bonita? Algo ¿Cuánto? Suficiente. ¿Quieres que me quite la ropa? No. Gustavo. ¿Qué? ¿Ya no te gusto? ¿No tienes que leer algún código? Ya los leí todos. Bueno, entonces te voy a contar una historia.
Nos echábamos en la hamaca, pero Gustavo ya no me tocaba el botón de fuga, sino que me acariciaba la cabeza. Un día yo se lo pedí. ¿Pero por qué quieres que haga eso?, me preguntó. Porque ya lo hiciste. Dijo que ya no le gustaba, que no tenía ninguna gracia. Yo creía que sí le gustaba, pero a Olga no. Olga, cada tanto, se aparecía rondando por ahí con cualquier excusa. Pero enseguida se iba: me torcía los ojos y se iba. Y Gustavo decía:
Había una vez un barco que zarpó en Córcega con rumbo incierto y a mitad de camino se murió la mayor parte de la tripulación.
¿Si el rumbo era incierto cómo sabían cuál era la mitad del camino?
… unos se murieron de hambre, los más chiquitos; otros se murieron por la peste y otros se murieron porque sí. A los muertos los tiraban al mar. A mi mamá la tiraron al mar y a mi hermanita Nini.
¿Se llamaba Nini, o le decían?
… los sobrevivientes llegamos a un país verde, enorme, muy rico. Nos comíamos las vacas enteras y crudas.
Odio las cosas crudas, a mí me gusta el término medio.
… una parte de la carne siempre se pudría porque eran vacas gordas como hipopótamos, y yo pensaba que a mi mamá y a Nini les habría encantado ese país. Tan verde, tan grande, tan lleno de vacas gordas crudas.
… el sushi, por ejemplo, no lo soporto.
Era el mejor país del mundo, pero yo no podía vivir allí porque me acordaba mucho de los muertos que habíamos tirado al mar. De mi mamá y de Nini. Por eso me fui. Primero a Perú, después a Ecuador, y así fui subiendo hasta que me encontré con el mar Caribe, justo antes de doblar a la izquierda, para seguir el viaje hacia arriba. Pero entonces me hice esta choza, y ya no seguí.
¿Y yo cuándo aparezco?
Yo no aparecía en la historia de Gustavo.
En diciembre un viento fuerte se llevó las casas de un barrio pobre y se hizo una teletón para los damnificados. En diciembre Xenaida sufrió una septicemia, producto de la cesárea mal tratada; habían pasado dos meses desde el parto, la herida ya se le venía infectando y ella no decía nada. La llevaron a un hospital y a mi mamá le tocó encargarse del bebé: y lloraba y lloraba y lloraba. A la semana de estar hospitalizada, Xenaida se murió. Ya era casi Navidad. Mi mamá llamó a una tía que Xenaida tenía en un pueblo, pero también se había muerto; no quedaba nadie que quisiera hacerse cargo del bebé llorón. El Bienestar Familiar dijo que pasaría a buscarlo y no pasó: era una época de mucha congestión, dijeron después, cuando mi mamá fue y lo llevó. Lo entregó como un bulto hediondo a una mujer de lentes que frunció la boca apenas lo vio: hummm, está flaquito y pipón, debe tener lombrices.
5
Un día me enamoré. Él se llamaba Antonio, pero le decían Toño. Yo le decía amor y él me decía mi amor. Había una diferencia, le quise explicar, en la inclusión y la exclusión del posesivo. Toño tenía moto y me sacaba a pasear; después nos echábamos en la playa, una playa lejos, donde solo pasaban pescadores. Una playa de arena oscura y barrosa, no blanca y liviana como las de las postales. Yo llevaba una toalla en el bolso del gimnasio y la extendía en la arena. Toño también iba al gimnasio y quería ser arquitecto, decía, mientras mirábamos un velero que casi tocaba el horizonte y se bamboleaba como un borracho. Borracho de champaña. Yo quería un velero, pero solo los ricos tenían veleros. Solo los ricos tomaban champán.
Entonces le dije a Toño: si yo fuera rica no me querría ir, los ricos pueden vivir bien en cualquier parte. ¿Por qué?, preguntó. Porque ser rico consiste en tener el poder de paliar la adversidad. ¿Ah, sí? Sí. Si fuera rica no me importaría el calor pegajoso ni la arena oscura ni las lentejas insulsas que hace mi mamá. Y Toño dijo: si fueras rica, tu mamá no haría lentejas. ¿Qué haría? Caviar. El caviar no se hace. No importa, tú comerías eso, mi amor.
Cuando el sol comenzaba a esconderse y ya no había pescadores, Toño me quitaba la ropa y me daba besos por todas partes. Él no se la quitaba. A veces sí. Yo cerraba los ojos y me dejaba hacer de todo: pensaba que era Gustavo y que estábamos en Venecia. Toño era perfecto, pero no podía llevarme a Venecia. De vez en cuando me llevaba al cine. Un día vimos una película romántica que terminaba con una muerte, la de ella. Y Toño lloró y me abrazó muy fuerte: no te mueras.
Lo que más me gustaba de tirar en la playa era el cielo. La cara de Toño aparecía y desaparecía de mi vista, alternándose con el fondo celeste. Arriba, abajo, arriba, abajo. Yo no me movía: seguía echada, mirando las nubes y pensando que mi vista preferida, desde que tenía memoria, siempre había sido el cielo. ¿El cielo se movía? No, las nubes se movían. El cielo era una pista amable y silenciosa, un testigo cruel que albergaba el secreto más grande del universo: el movimiento es una ilusión.
Mientras Toño se perdía en ruidos de placer, yo ponía las manos debajo de mi nuca, como si fuera a hacer abdominales, esperaba a que él terminara y se echara a mi lado, buscando aire, al borde de la asfixia. Entonces yo hablaba:
La primera vez que vi un velero fue en el puerto. Mi papá me llevó, tenía dos años y medio, me acuerdo de memoria. ¿Ah, sí? Sí, era blanco, blanco puro, salvo los asientos que estaban forrados en cuero beige.
Pero era mentira.
Otro día le decía otra cosa:
La primera vez que vi un velero fue dentro de una botella. Mi papá me lo compro en la feria de artesanías y me dijo: cuando crezcas vamos a ir a navegar en uno así. Y yo le dije: ¿tan chiquito?
Pero eso también era mentira.
Una vez Toño me dijo que yo era frígida y después se arrepintió: se arrodilló frente a mí, me besó las manos y repitió tres veces: perdón, perdón, perdón. Lo que pasa es que me distraigo mirando los alcatraces, le dije, porque lo del cielo me pareció más débil. Entonces se le ocurrió que lo hiciéramos al revés. Se echó sobre la toalla, yo me encaramé encima y ahora solo podía mirar su cara. A Toño no le gustaba mirar el cielo, le gustaba agarrarse de mi pelo como si fueran lianas y mirarme a los ojos, concentrado. Me hice adicta a esa posición. Me hice adicta a Toño.
Mi rutina era la siguiente: ir al gimnasio con Toño, salir en la moto con Toño, tirar con Toño en: uno, la playa; dos, la cama de un motel barato; tres, la terraza vacía de un hotel del centro, donde entrábamos con lentes oscuros, como turistas que mendigan segundos de una vista abierta. En la terraza lo hacíamos al mediodía, cuando el sol ya los había espantado a todos; lo hacíamos de pie: yo adelante, contra el balcón, Toño detrás, contra mi espalda. Salíamos rápido, volvíamos a la moto y de ahí a un kiosco a comprar Coca-Cola y cigarrillos. Hablábamos de películas viejas, de canciones de salsa y de cosas que queríamos comprarnos. A Toño le gustaban los perfumes de Calvin Klein, pero nunca había tenido uno: a su mamá nunca le alcanzó para comprárselo. Ahora él trabajaba en la papelería de un tío, pero tampoco le alcanzaba.
¿Eres feliz?, me preguntaba hacia el final de la tarde, echados bajo un árbol en algún parque. Y yo le decía que sí, porque era cierto, aunque me faltaba algo. Yo sabía qué, Toño no.
Mi papá no estaba de acuerdo con que dejara la facultad, me lo repetía cada vez que coincidíamos: yo entraba y él salía de la casa, a las seis, siete de la mañana. Le expliqué: quiero irme, y el Derecho solo sirve en el país que se estudia. Estudia otra cosa. ¿Qué? Cualquier cosa, pero estudia algo, eres la inteligente, eres nuestra esperanza. Y me guiñaba el ojo. ¿Esperanza de qué? Mi hermano me dijo que me hiciera azafata, que me darían la visa automáticamente y tendría más chances de irme, al menos por temporadas. Estábamos en su cuarto, olía al talco Mexsana que se ponía en los pies. Él levantaba unas mancuernas frente al espejo de pared y contaba al revés: treinta y tres, treinta y dos, treinta y uno, treinta… ¿Por qué cuentas al revés?, le pregunté. Me dijo que así era más estimulante, que porque el uno no se movía, no se alejaba, estaba ahí, donde siempre había estado, al principio de todo. Pensé que mi hermano era el inteligente, pero no se lo dije.
Al día siguiente, después del gimnasio, me fui a anotar en un curso de azafatas. Si me gustaba podía seguir la carrera técnica. Toño no estaba de acuerdo porque a las azafatas no las respetan, decía: son las melegas de los aviones y los hombres les miran las nalgas cuando caminan por esos pasillos estrechitos. Si un tipo le agarra la nalga a una azafata, ella tiene que sonreír. Y si no se dejan agarrar las nalgas es peor, porque las tratan mal. Si el inodoro no funciona, ellas tienen que ir y destaparlo
