Una novela excepcional
Plinio Apuleyo Mendoza
Cuando esta novela salió a la luz en España, en 1987, sus editores consideraron que con ella Marvel Moreno irrumpía de manera espectacular en la novelística de lengua española. «Superando las posturas feministas y las normas ya gastadas del realismo mágico —escribieron—, prolonga audazmente las indagaciones de la narrativa hispanoamericana».
No se equivocaron. En diciembre llegaban las brisas es uno de los grandes logros del postboom. Despliega un panorama narrativo de gran fuerza. Sus personajes no se olvidan. Los temas que aborda no se confinan en el ámbito de una ciudad de la costa caribeña de Colombia, como es Barranquilla, sino que adquieren una dimensión universal.
A propósito de su autora, Jacques Gilard, el catedrático francés de la Universidad de Toulouse, destacó «su calidad, talento, ímpetu creativo y gran fuerza innovadora y expresiva».
Por su parte, Fabio Rodríguez, analista y crítico literario vinculado en Italia a la Universidad de Bérgamo, consideró que En diciembre llegaban las brisas era «una obra maestra de relojería literaria que logra proponer formas expresivas inéditas».
Si uno conoció de cerca —como fue mi caso— el destino de Marvel frente a la escritura, puede asegurar que la suya fue una abnegada vocación que no eludía penurias para lograr lo que se había propuesto. Sin saber cómo, dejó su ciudad natal, Barranquilla, su familia y su alegre entorno social muy propio de la clase alta de la Costa Caribe.
Buscó siempre ser consecuente con el destino que había elegido. Como lo escribí alguna vez, en cierta ocasión una bruja llena de gatos que vivía en las afueras de Barranquilla le pronosticó que abandonaría aquella ciudad para siempre, que atravesaría el Atlántico y conocería la enfermedad y la pobreza en una ciudad célebre y extraña.
Y así ocurrió. La ciudad fue París. Allí vivió muchos años, allí escribió sus mejores libros y allí murió, en 1995. A petición suya, sus cenizas fueron arrojadas al Sena.
«Si llegase hoy a poner los pies a orillas del Canal Saint-Martin —escribí alguna vez cuando me propuse trazar un perfil suyo— , volvería a ver aquellas mañanas heladas del invierno cuando subía con Marvel, que ardía en fiebres con un mal todavía desconocido, hacia los pabellones del hospital Saint Louis». Fue víctima de un lupus incurable.
Pese a todo, reunía sus fuerzas para escribir. Era tan grande su nivel de exigencia que, como lo hacía Flaubert, podía pasar un día entero puliendo una frase.
Quienes vivíamos cerca de ella albergábamos el temor de que tanto esfuerzo no tuviese la recompensa merecida. Pero no fue así, por fortuna. Su libro de cuentos Algo tan feo en la vida de una señora bien fue prologado por el conocido escritor español Juan Goytisolo y publicado en Francia por Éditions des Femmes. Y esta novela, traducida al francés y al italiano, ganó en Italia el célebre premio Grinzane Cavour a la mejor novela extranjera.
Dos años después de su fallecimiento, en 1997, la Universidad de Toulouse le Mirail, en asociación con la universidad italiana de Bérgamo, organizó un gran coloquio internacional en torno a la obra de Marvel Moreno con participación de críticos y catedráticos de numerosos países.
Era hora de que este libro fuera rescatado del olvido. Gracias a Alfaguara, los lectores de Colombia y del continente, y muy en especial las nuevas generaciones, van a descubrir a una de las más grandes escritoras colombianas.
Una inmensa lección de historia con mirada de mujer
Florence Thomas
Cuando Camila Mendoza —hija de Marvel Moreno— me pidió escribir para esta nueva edición de Santillana un prólogo a En diciembre llegaban las brisas, lo primero que encontré para decirle ante la magistral escritura de su madre era que no podía o no me sentía capaz, pues no era crítica literaria y, aún más, no había nacido en el Caribe colombiano, dos razones que me parecían imprescindibles para decir algo de esta novela de Marvel. Ella me respondió que no era un ensayo literario el que me pedía, sino más bien, la mirada de una mujer para la cual el hecho de haber nacido mujer tenía un sentido en ese mundo aún tan patriarcal. Además, ella creía que mis 47 años de colombianidad, o sea mi experiencia vital me permitían hablar del mundo y del país físico y simbólico en el cual se desarrolla la novela de Marvel. Finalmente, y después de volver a leer ese denso libro que ya había leído en los años noventa, acepté decir algunas cosas, pues la escritura, el contexto histórico —los años cincuenta y sesenta de una Barranquilla asfixiante y de una inmovilidad aterradora— el ambiente de esa burguesía retratada en las largas tardes del Country Club, sus personajes —los hombres y muy particularmente las mujeres protagonistas— hacen que esta novela tenga mucho que decir y enseñarnos desde una perspectiva de género.
Siempre he pensado que en el caso de las mujeres, una de las raíces de su opresión y de su secular discriminación era la pérdida de la memoria, es decir, la ignorancia de nuestra propia historia. En ese sentido, En diciembre llegaban las brisas es un monumento histórico no sólo para las mujeres costeñas sino para todas las mujeres colombianas. Incluso para mí, francesa y normanda de nacimiento, lo contado aquí por Marvel no me generó ni extrañeza ni desconcierto. Por el contrario, me ofrecía mensajes transparentes de la mutación de un sistema patriarcal que se confrontaba con una modernidad que, en relación con la vida de las mujeres —con sus amargos, cuando no violentos, encuentros con los hombres, con la inseguridad del amor y con su sexualidad vigilada y controlada—, no lograba cambiar casi nada. Sin duda, mis bisabuelas y tatarabuelas vivieron algo parecido. Claro, está la Costa, está Barranquilla con su pasado neocolonial y casi aún esclavista tan adherido a la clase alta, «ese lugar donde las abuelas llegaron trayendo a lomo de mula, en un hervidero de polvo, sus muebles y añoranzas de las ciudades más antiguas del litoral caribe». También están el calor y el silencio de las inmensas casonas que contrastan con el bullicio de la servidumbre que se refresca y chismosea sobre las patronas a la sombra de un palo de mango en los patios reservados para ella; están las largas tardes de piscina del Country Club y los bailes del Carnaval, y, sin embargo, a medida que avanzaba en la novela, descubría también mi historia, una historia que está adherida a nuestra piel de mujer y que hace parte hoy de nuestra memoria. Una historia que durante tanto tiempo no interesó mucho a los hombres, probablemente demasiado centrados en sus hazañas para conquistar el poder; una historia que hoy hemos empezado a recuperar, a conocer y a asimilar gracias, entre otras cosas, a un libro como este. Marvel nos ofrece piezas imprescindibles del enorme rompecabezas de un pasado cercano que estamos hoy, y desde hace sólo unas décadas, armando. Relatos como este, a menudo nos dicen más que muchos discursos académicos archivados en oficinas universitarias. No olvidemos que recuperar la memoria, nuestra memoria, es iniciar el camino hacia la reparación que ese mundo patriarcal nos debe: es que no reclamamos el derecho a meternos en la historia, pues siempre hemos estado en ella, sólo queremos reescribirla. Con esta novela, Marvel Moreno lo hace como ningún hombre lo hubiera podido hacer. Y no es exacto decir que la reescribe, pues la escribe. Y de qué manera…
En el momento de empezar a decir algo sobre esta novela, me venía a la mente una frase del filósofo rumano Emil Cioran: «Si prefiero las mujeres a los hombres es porque ellas tienen la ventaja de ser más desequilibradas, es decir, más complicadas, más perspicaces y más cínicas, por no hablar de esta misteriosa superioridad que confiere una esclavitud milenaria». Parecería una frase escrita para hablar de las mujeres de la novela de Marvel. En primer lugar está Lina —quien personifica los ojos de Marvel—, el hilo conductor de la trama que la autora teje minuciosamente y en la cual aparecen las demás mujeres: la abuela macondiana dotada de una sabiduría de alguna manera cósmica y cuyas predicciones debían cumplirse inexorablemente; sus tías, la tía Eloísa, la tía Irene, y muy especialmente las tres protagonistas, primas de Lina: Dora, Catalina y Beatriz. Tres mujeres neuróticas por culpa de una educación violenta y de una herencia materna que les entregó un odio sin límite a los hombres y a lo que significarían en sus vidas. Aparecen también —imposible olvidar a estas figuras cuando uno habla de la Costa Caribe— las nanas o madres de leche, las prostitutas y algunas mujeres libres como Petulia y María Fernanda Valenzuela, entre otras. Y tratando de acomodarse a ese mundo de mujeres está «la devastadora locura de los hombres», como la nombra la misma Marvel. Están Benito Suárez, Álvaro Espinoza y Javier Freisen y sus insoportables padres, violentos hasta con ellos mismos; víctimas sin saberlo de esa organización aberrante que habían inventado para dominar a las mujeres y a la sexualidad de ellas —finalmente no la logran controlar pues de una manera u otra se les escapa por completo—. Al mismo tiempo, son hombres frágiles y temerosos hasta la locura ante el goce femenino; hombres que viven dramáticamente la contradicción de no poder respetar a la mujer deseada, ni desear a la mujer amada.
La novela de Marvel describe, ante todo, el mundo femenino, ese mundo vigilado, castigado y tan controlado que termina siendo explosivo en la vida de las tres protagonistas. Cada una de estas mujeres entiende, a su manera, que luchar contra el poder sería la única manera de emanciparse y afirmar su propio yo.
Leer En diciembre llegaban las brisas es acercarse a una especie de tratado de psicología —cuando no de psiquiatría— lleno de mujeres desequilibradas, complicadas, atormentadas y al mismo tiempo cínicas y perspicaces, como las nombraba el filósofo Cioran. Mujeres que inconscientemente saben que ellas, y sólo ellas, tal vez por esa milenaria historia de esclavitud que las dotó y sigue dotándolas hoy de una incuestionable autoridad, serán las que imaginarían otro mundo posible. Marvel escribe desde el París de los años sesenta, setenta y ochenta, ese París de los debates post-mayo del sesenta y ocho, con el viejo Freud, Lacan, Reich y la muerte del Padre. Desde allí fantasea con las mujeres barranquilleras, desde los debates que anuncian una revolución silenciosa y pacífica que se iba a gestar en Colombia, siempre y cuando las brisas decembrinas del cambio lleguen y logren desbancar ese mundo sin amor que apestaba a cautiverio, esclavitud, opresión, fragmentación y control.
En diciembre llegaban las brisas permite entender desde una escritura de una precisión analítica asombrosa la lucha de las mujeres para obtener y ganarse un lugar en ese mundo tan poco hecho para ellas. Dotadas de un sexo misterioso y casi sideral, atraviesan las tempestades y los ríos tumultuosos de una cultura salvaje que hubiera debido aniquilarlas sin remedio, logrando lo que los hombres, con sus ataduras a la madre y a una prolongada infancia que los colmó sin dejarlos crecer, no podían salvar.
Claro, esta Barranquilla ya no existe, las mujeres de la novela tampoco, pues son las madres, abuelas y bisabuelas de las mujeres de hoy. Ellas son nuestra memoria. Lina misma nos cuenta en el epílogo de la novela que los años han pasado, que ella no ha vuelto a Barranquilla y que probablemente no volverá a esta ciudad que «está junto a un río, muy cerca del mar». Sin embargo, a través de los ojos de Lina, Marvel Moreno nos da una clase magistral de historia, de antropología, de sociología y de psicología con ese relato «que pinta con precisión el momento crucial en el cual se encuentra Barranquilla en las décadas del cincuenta y del sesenta: víctima del boom económico, crispada sobre antiguos valores que no se apoyan más sobre la realidad y con aires de una modernidad que no logran cambiar su estructura profunda», como lo dice Florence Baillon. No obstante, nos permite vislumbrar el camino recorrido por mujeres dotadas de una fuerza descomunal para librarse de ataduras milenarias y resistirse a los embates de inmensos vendavales patriarcales.
Uno
I.
«Yo soy el Señor Dios tuyo, el fuerte, el celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación».
Porque la Biblia, libro que a ojos de su abuela encerraba todos los prejuicios capaces de hacer avergonzar al hombre de su origen, y no sólo de su origen, sino además de las pulsiones, deseos, instintos o como se llame, inherentes a su naturaleza, convirtiendo el instante que dura su vida en un infierno de culpabilidad y remordimiento, de frustración y agresividad, contenía también la sabiduría propia al mundo que había ayudado a crear desde los tiempos en que fue escrito, razón por la cual había que leerlo cuidadosamente y reflexionar en sus afirmaciones por arbitrarias que pareciesen hasta comprender a fondo el cómo y el porqué de la miseria personal y de la ajena. Así que cuando un acontecimiento cualquiera agitaba la empañada, aunque a primera vista serena superficie de existencias iguales que hacía más de ciento cincuenta años formaba la élite de la ciudad, su abuela, sentada en una mecedora de mimbre, entre la algarabía de las chicharras y el aire denso, amodorrado de las dos de la tarde, le recordaba la maldición bíblica al explicarle que el suceso, o mejor dicho, su origen, se remontaba a un siglo atrás, o a varios siglos atrás, y que ella, su abuela, lo había estado esperando desde que tuvo uso de razón y fue capaz de establecer una relación de causa a efecto.
Aquel fatalismo provocaba en Lina una reacción de miedo, no sorpresa —ya a los catorce años había perdido la facultad de asombrarse ante las cosas que su abuela y sus tías decían— sino un oscuro temor que le hormigueaba en las manos mientras se preguntaba por enésima vez a qué calamidad la habría condenado ya el destino. Viendo a su abuela sentada frente a ella, pequeñita, frágil como una niña de siete años, con los blancos cabellos peinados hacia atrás y recogidos en un discreto moño sobre la nuca, tenía la impresión de oír hablar a una Casandra milenaria, no excitada ni histérica, ni siquiera realmente Casandra puesto que no se lamentaba de su suerte ni de la de los demás, pero cuyas predicciones debían cumplirse inexorablemente. Alguien que llevaba el pasado guardado en su memoria, y de él, de su asimilación y comprensión, deducía el presente y hasta el futuro con una imprecisa tristeza, como una diosa bondadosa, pero ajena a la creación, y en consecuencia, incapaz de detener el error y el sufrimiento de los hombres. Por eso, porque siempre había creído que de antemano todo había sido jugado, que una fuerza secreta nos impulsaba a dar cada paso en la vida, ese paso y no otro, se negaría a intervenir cuando ella se lo pidió para salvar a Dora de casarse con Benito Suárez, aunque teóricamente podía hacerlo, pues a nadie en el mundo la madre de Dora respetaba tanto como a su abuela.
Lina pensaba que una sola llamada telefónica, un simple recado haría salir a doña Eulalia del Valle de su encierro y atravesar a pie las cuatro cuadras que la separaban de la casa donde ella y su abuela vivían; creía, también, que apenas doña Eulalia le hubiese contado a su abuela esa larga jeremiada que llamaba el calvario de su vida, es decir, cuando imaginara haber conmovido con sus lamentaciones, no ya a su hija y a sus sirvientas, sino a una persona a quien admiraba por su alcurnia y su conducta ejemplar —términos que siempre empleaba al referirse a su abuela—, aceptaría cualquier consejo, hasta el de rechazar el matrimonio de Dora, su purificación, pensaba, con un loco semejante como Benito Suárez. Pero su abuela no había querido acercarse al teléfono diciéndole a ella, Lina, si no es Benito Suárez será otro parecido, porque a mi entender tu amiga Dora está destinada a dejarse escoger por un hombre capaz de quitarle el cinturón a su pantalón para darle latigazos la primera vez que haga el amor con ella.
Muchos años más tarde, en el otoño de su vida, después de haber conocido aquí o allá historias semejantes, de haber aprendido a escuchar y escucharse sin rebeldía, sin pretensiones, Lina, acordándose de repente de Dora mientras veía pasar a una mujer desde la terraza del Café Bonaparte, llegaría a preguntarse sonriendo si a lo mejor su abuela no había tenido razón: razón al decir que Dora debía unirse a cualquier hombre que la hubiese fueteado cuando hicieron el amor, primero por hacerlo, y luego, por haberlo hecho antes con otro hombre. Pero no entonces. Entonces acababa de cumplir catorce años y nadie, ni siquiera su abuela, podía convencerla de que Dora era arrastrada por una fuerza oscura hacia el hombre que sin lugar a dudas iba a causar su perdición, tan inexplicablemente como el instinto lleva a un gato a arriesgar su vida sobre las quebradizas ramas de un guayabo sólo porque un pájaro revolotea entre las hojas, a sabiendas de que no va a atraparlo y a pesar de haber terminado de comer las sobras del almuerzo y encontrarse ahíto.
Las fuerzas que invocaba su abuela —y cuyo nombre apropiado descubriría Lina leyendo a Freud no sin un cierto escepticismo— le parecían por el momento uno de esos enemigos que acechan al hombre como la enfermedad y la locura, y contra los cuales es preciso defenderse por dignidad, es decir, para llegar al final de la vida con un cierto decoro evitando en lo posible molestar a la gente, lo mismo que un periódico debe ser cerrado en el estado en que lo abrimos, más manoseado si se quiere, pero de ninguna manera deshojado o destruido. Y no en consideración a nadie, puesto que nadie nos lo dio ni a nadie debemos devolverlo, sino en la medida en que siempre es preferible luchar contra la negligencia, así se nos diga que a la larga perdemos inexorablemente, porque hasta el mismo periódico irá a parar al tacho de la basura. En otras palabras, ya entonces, y a su manera, Lina consideraba imperdonable ceder a toda forma de abandono, por mucho que su abuela aludiera a la intervención de aquellas fuerzas misteriosas, especialmente si el abandono conducía a casarse con un hombre como Benito Suárez.
Porque Lina lo conocía. Lo había conocido un sábado de carnaval en circunstancias más bien insólitas, aunque este adjetivo, utilizado por Lina deliberadamente al referirle después lo sucedido a su abuela con el fin de no verse acusada de exageración, ni de lejos ni de cerca correspondía a la escandalosa manera como Benito Suárez había surgido ante ella, irrumpiendo en su vida y allí instalándose, pues a partir de ese momento, y dada su amistad con Dora, a Lina no le cupo la menor duda de que aquel hombre iba a cruzar más de una vez su camino y siempre para provocarle el mismo asombro, y a veces, la misma helada rabia que sintió al verle detener su Studebaker en la esquina, y salir de él, y perseguir a Dora que ya había descendido con la cara llena de sangre y corría ciegamente hacia la puerta principal de su casa. A Lina le llevó mucho tiempo comprender el alcance de lo ocurrido, en fin, no supo que el simple hecho de haber sido testigo de aquella escena la había cambiado, o más precisamente, había puesto en marcha el mecanismo que de manera irrevocable iba a cambiarla. Fue algo que intuyó después, con los años, al advertir que su memoria conservaba hasta el último detalle de aquel sábado de carnaval en que vio por primera vez a Benito Suárez: el Studebaker azul frenando bruscamente en la esquina de su casa, ella mirándolo aturdida desde la ventana del comedor, sentada frente a la mesa de caoba donde podían comer doce personas y sobre la cual había sus cuadernos, el rollo de papel pergamino que acababa de cortar para dibujar el mapa de Colombia con sus ríos y montañas; había también un gomero y un frasco de tinta china, y el montoncito de arena que pensaba pegar allí donde las cumbres se abrían en volcanes: recordaría siempre el plumero saltando de sus manos y manchando la encerada superficie de la mesa, la enloquecida, vacilante carrera de Dora, Benito Suárez alcanzándola en el jardín y dándole otra bofetada en aquella cara que la sangre casi impedía reconocer, y luego ambas, Dora y ella precipitándose a la puerta de entrada, Dora todavía por el jardín y ella atravesando la galería y abriendo la puerta y, de repente, golpeando con una de las sillas del corredor a Benito Suárez para impedirle, no entrar, ya había franqueado el vestíbulo y mostraba tanta determinación en su mirada que parecía imposible hacerlo retroceder, sino detenerlo. Sí. El asombro de verla a ella, la niña de trece años que acababa de reventarle en el hombro una silla Luis XVI mientras le decía: «solté al perro y viene a destrozarlo». El asombro y el golpe, quizá el dolor, eso lo detuvo. Los segundos, se acordaría Lina, en que pudo coger la mano de Dora y arrastrarla por la galería hasta el comedor y allí esconderse con ella detrás del saibor donde se ocultaba de niña cuando su abuela la perseguía llevando en la mano el aborrecido frasco de Magnesia. Jadeando, de imprevisto bañada en sudor, la cara de Dora recostada sobre sus piernas y aquella sangre pegajosa que le manchaba el blue-jean; diciéndole a Dora en voz baja: «deja de llorar o nos matará a las dos». Porque Benito Suárez quería matarlas: así lo gritaba mientras recorría la casa desierta dándoles puntapiés a los muebles y tratándola a ella, Lina, de criatura malparida. Se lo había oído gritar cuando entró al comedor y de un manotazo tiró al suelo sus cuadernos; había escuchado su respiración jadeante, esa entonación de su voz desprovista de toda cualidad humana, que era, le pareció, el gemido de un animal tratando rabiosamente de producir sonidos susceptibles de transformarse en frases. Fue tal vez aquel tono desarticulado a fuerza de ira, lo que trajo a la mente de Lina la imagen del perro; no el recuerdo de los setters que sin embargo estaban ladrando histéricamente en el patio: el perro, que no tenía raza ni nombre, jamás ladraba: pero había en su silencio la misma capacidad de odio, el mismo impulso asesino del hombre que pateaba el saibor detrás del cual ella apretaba la boca de Dora para impedirle gritar. Así que pensó en el perro, y no de la manera atolondrada en que lo hizo al reventarle a Benito Suárez aquella silla en el hombro, sino con frialdad, con una repentina astucia que más tarde la asombraría a sí misma; es decir, cuando le contó a su abuela cómo se había deslizado por la galería apenas dejó de oír el balbuceo disparatado de los insultos, y se acercó al árbol donde el perro estaba amarrado, y, llevándolo sujeto por la argolla del collar, buscó a Benito Suárez hasta encontrarlo en el corredor, junto a la silla caída en el suelo. Sorprendida, más sorprendida aún cuando su abuela le comentó: «yo, en cambio, te imagino muy bien trayendo a ese condenado perro para echárselo a Benito Suárez».
Sin embargo, mucho antes de lo que llamaría la primera escaramuza (habría tantas otras que Lina terminaría acostumbrándose a reconocer en aquel hombre un enemigo natural, casi inofensivo a fuerza de prever sus reacciones y, cosa para ella inexplicable, de quererlo sin dejar por ello de considerarlo un enemigo) Lina había comenzado a hacerse una idea sobre la clase de individuo que era Benito Suárez. Había seguido paso a paso sus atormentadas relaciones con Dora pues le servía a esta de confidente desde los tiempos en que entró al colegio de La Enseñanza y Dora, llevada tal vez por un precoz instinto maternal, resolvió tomarla bajo su protección: todo un año la había defendido como una gallina clueca —en el bus del colegio le guardaba religiosamente el puesto junto a cualquier ventana o la sentaba en sus rodillas— y luego las cosas comenzaron a cambiar porque mientras ella avanzaba a primero, segundo y tercero de primaria, Dora seguía repitiendo el cuarto, y allí se encontraron, ella de ocho años y Dora de once, invirtiéndose definitivamente la relación que hasta entonces las había unido cuando Lina comprendió que si quería sacarla de aquel atolladero debería soplarle en los exámenes y escribir sus redacciones además de explicarle una y otra vez la división y llamarla por teléfono para comprobar si había hecho bien sus tareas. Pero lo logró, en fin, consiguió a punta de trampas y tenacidad arrastrarla hasta el segundo de bachillerato, año en el cual sus esfuerzos se fueron a pique porque Dora fue expulsada de La Enseñanza por haber recogido un bombón que un muchacho le había tirado desde el muro del colegio.
Dora le había parecido a Lina demasiado quieta: no jugaba en los recreos ni participaba en las travesuras que Catalina, ella y sus amigas planeaban minuciosamente para provocar cualquier desorden capaz de sacar de quicio a las monjas y romper la monotonía de los cursos. En realidad, Dora nunca había intervenido en nada que implicara acción o movimiento: había sido una niña tranquila, casi vegetal, con la indolente apariencia de un organismo absorto en algo que ocurre dentro de sí mismo y siente latir en sus células. Tantas vitaminas le dieron en su infancia que a los nueve años se desarrolló y a los catorce —cuando la expulsaron del colegio por la historia del bombón— estaba formada del todo y tenía ese aire lánguido, ese balanceo al caminar que empujaba a los muchachos del Biffi a treparse al muro del colegio, coronado por un verdadero zarzal de vidrios de botellas, dejando en el cemento la piel de sus rodillas y el sudor de sus ansias con tal de mirarla un minuto a la hora del recreo. No era bella como Catalina y carecía del refinamiento de Beatriz. No podía hablarse de gracia al verla, ni siquiera de seducción. No. Tenía algo más remoto y profundo; algo que debió de permitirle a la primera molécula reproducirse o al primer organismo fecundarse a sí mismo; eso que palpitaba al fondo del mar antes de que cualquier forma de vida asomara a la tierra, y palpitando sorbía, chupaba, creaba otros seres, los expulsaba de sí: la vida en estado bruto y, más tarde, la hembra primitiva; no necesariamente la humana, sino cualquier hembra capaz de atraer a su cueva al díscolo y alborotado macho y por un instante calmar su agresividad con el fin, no sólo de hacerle realizar el acto que ante la naturaleza, y aparentemente, lo justifica, sino también para recordarle que existe un placer más intenso y quizá más antiguo que el de matar.
Eso, Dora no parecía saberlo, aunque bien hubiera podido sospecharlo: sentía siempre sobre ella la mirada de los hombres y ya de niña advertía que le era imposible salir sola al jardín de su casa sin provocar en cualquier mendigo o vagabundo que cruzara el sardinel el frenético deseo de abrirse la bragueta y masturbarse ante sus ojos. Por su lado, Lina se sentía tentada a pensar que Dora había sido marcada en el momento de nacer, o, como su abuela se había empeñado en explicárselo, al instante de comenzar a existir, por el mismo signo que determinaba la naturaleza de su perra Ofelia, o más bien, el comportamiento de los perros que codiciosamente la rodeaban. La rodeaban, no la seguían: Ofelia no tenía necesidad de desplazarse o de hacer el menor movimiento para mantenerlos junto a ella en una desesperada expectativa. Nada de especial había en su aspecto, al menos en apariencia no se distinguía de las otras setters que habían ido naciendo y creciendo en su casa y llevaban los nombres de aquellas heroínas de Shakespeare cuya historia su abuela le había referido muchas veces antes de dormir; era sólo un animal soñoliento con un ondulado pelo color canela, que odiaba el sol y pasaba el día entero descansando sobre las frescas baldosas de la galería. Pero cuando entraba en celo un brillo de avidez le aparecía en los ojos y de repente despabilada se erguía frente a los enardecidos Brutus y Macbeths que entre lastimeros ladridos solicitaban sus favores olvidando a las otras perras en celo —cuyos calores eran provocados invariablemente por los de Ofelia— y perdiendo toda aquella distinción de setters traídos de Inglaterra, con tanto pedigree, precisaba su abuela, no sin orgullo, como puede haberlo en el árbol genealógico de un Borbón. Teniendo en cuenta la inconmovible fidelidad de Ofelia, que siempre escogía al mismo compañero, toda aquella energía consumida en acecho, y luego, en piruetas y ladridos, habría podido considerarse un despilfarro si no fuera porque una vez la elección realizada los setters se volvían ansiosamente hacia las otras hembras y todas, hasta las que a duras penas se sostenían sobre sus patas, eran objeto de sus apremios y atenciones. O sea que Ofelia parecía destinada por la naturaleza a concentrar en sí misma el incentivo, motivación o anzuelo que lleva a los seres a reproducirse y eso, al margen de su voluntad y, por supuesto, de cualquier forma de conocimiento.
Observando a Dora habría podido afirmarse que una ignorancia similar le impedía darse cuenta de lo poco que tenía en común con la mayoría de las mujeres. Dora encontraba natural saberse deseada y se habría quedado boquiabierta si alguien se hubiese tomado el trabajo de explicarle que era sobre todo con el fin de verla que los muchachos del Biffi se encaramaban sobre el muro del colegio corriendo el riesgo de dejar las manos en aquella barrera de vidrios. Para Dora eso, como los vagabundos que abrían su bragueta apenas la veían sola en el jardín de su casa, estaba en el orden natural de las cosas, más aún, debía de corresponder al pie de la letra a lo que su madre le decía sobre la naturaleza masculina por esencia corrompida y encaminada a sumir a las mujeres en la abyección. Pero hasta los catorce años, limitada a moverse entre su casa y el colegio, no había tenido oportunidad de conocer de cerca a ninguno de los individuos decididos a atentar contra su pudor, como tampoco, se diría más tarde Lina, le había sido posible precisar el origen de aquella turbación que la mantenía adormilada frente al pupitre mientras una monja escribía signos en un tablero y a sus oídos llegaba el enervante zumbido de las abejas. Sentada siempre junto a la ventana de la clase se distraía contemplando el patio con sus árboles inmóviles frente a una franja de cielo metálico y su mirada parecía nublarse, extraviarse entre imágenes que a lo mejor ni siquiera eran imágenes, sino algo que vagamente significaba espera y, en cierto modo, confusión. Su conducta, empero, no dejaba nada que desear: se mantenía en la postura correcta, copiaba con cuidado los garabatos que la monja de turno escribía en la pizarra, se levantaba en silencio cuando tocaban la campana y seguía la fila de alumnas en orden. En orden entraba en el refectorio y comía, iba a la capilla y rezaba: en orden y ausente. No estaba allí y hasta cabía preguntarse si había estado alguna vez en un lugar determinado. Parecía existir de otro modo, dentro de ella, escuchando, no una voz —sólo de tanto en tanto se tenía la impresión de que un sonido definido la alcanzaba— sino un murmullo quizá anterior al lenguaje humano, en el cual cada nuevo ruido era prolongación del precedente, y al paso de un avión en el cielo se sucedía un repentino soplo de brisa entre los árboles, una ráfaga de lluvia o simplemente algo más inaudible, más impreciso, como el crujido de una vaina reventando en el calor o la caída de una hoja que el sol quebraba.
Su abuela explicaba a Lina cómo Dora habría podido continuar así, no revelada, no descubierta, en aquel limbo de sensaciones que probablemente ninguna palabra conocida por ella lograba definir, hasta cuando doña Eulalia hubiese conseguido casarla, o sea, realizar la ceremonia a través de la cual le entregaría a un hombre su hija y su terror, como una granada destapada que con alivio se hace saltar a otras manos, si las monjas hubieran sido menos estúpidas y si la propia doña Eulalia, angustiada por la presencia de aquella criatura nebulosa y quieta, lo demasiado quieta y lo bastante nebulosa como para imaginar que su castidad podría ser resguardada mucho tiempo a pesar de su vigilancia, no hubiese tomado la decisión de hacerla trabajar en un kindergarten dirigido por una parienta suya, repitiéndose quizá, en medio de su consternada vacilación, que finalmente el ocio es la madre de todos los vicios. Y no era raro que así lo pensara, porque doña Eulalia pertenecía a una familia en la cual nadie había trabajado desde hacía quinientos años, siempre y cuando se entienda por trabajo utilizar las manos para sembrar, recolectar o manejar cualquier instrumento destinado a transformar una cosa en otra con el fin de ganarse la vida. Ella y todos sus antepasados creían formar parte de una categoría especial de personas que por derecho propio y mandato divino estaban encargadas de hacer reinar el orden, con su ejemplo en tiempos de paz, y a fuerza de espadas y cañones si disturbios había. Tenían muy presente en la memoria haber venido de España, no como aventureros, ni siquiera como guerreros: ya en la época de la Conquista habían utilizado tanto las armas que gozaban de ciertos privilegios en la Corte y pudieron llegar o enviar desdeñosamente a sus segundones y bastardos a administrar las caóticas provincias de ultramar. Sí, fue a título de inquisidores y oidores como desembarcaron en las ciudades más importantes de la Costa, y sus hijos adquirieron o se adjudicaron tierras labradas por esclavos, y sus nietos, durante los funestos días de la Independencia, debieron huir a Curazao y allí permanecer hasta que la presencia de mejores vientos les permitió regresar a ocupar sus devastadas plantaciones después de haberse cambiado o alterado precavidamente el apellido. Pero tampoco entonces trabajaron. No por carecer de fuerza: aunque enjutos y dados a la meditación, casi al misticismo, conservaban la capacidad de hacerse obedecer de los hombres y a lo largo de dos o tres generaciones lograron conservar intacto su patrimonio. El problema era que el mundo se transformaba y ellos no podían adaptarse a nada que significara evolución o cambio, a ninguna situación en la cual se alterasen los valores que desde mucho tiempo atrás les servían de punto de referencia, de espejo, donde encontraban y recomponían su identidad. Uno de esos valores los alejaba instintivamente del trabajo, siempre envilecedor, pero que en aquellas despiadadas tierras de sol, aguaceros y alimañas parecía disminuir a los hombres hasta consumir en ellos toda forma de inteligencia y dignidad. Y con tal de no traicionar sus principios, cedieron: poco a poco, de padres a hijos, se fueron preparando a declararse vencidos sin librar batalla. Cuando los cambios que sufría la economía del país los colocaron frente a la necesidad de competir con comerciantes, políticos y contrabandistas presentaron silenciosamente su renuncia; silenciosamente y con orgullo, es decir, sin echar de menos en apariencia sus caserones abandonados ni las plantaciones que parcela a parcela iban vendiendo. Les quedó el recuerdo, no la nostalgia, y el recuerdo parecía suficiente para hacerlos caminar erguidos, mientras aquel mundo que sólo ellos veían desa
