Vajda. Príncipe inmortal

Carolina Andújar

Fragmento

1
Overture: Lyon, verano de 1890

Era una tarde como cualquiera. Me había reclinado en mi lugar favorito del parque y, sumida en la placidez de la brisa veraniega, contemplaba a mis vecinos desde la sombra que el frondoso olmo me prodigaba. Los eventos se sucedían unos a otros con inequívoca precisión, como si se tratara de una representación teatral perpetua y reiterativa.

La señora de Dupin subía a su coche a las cinco menos cuarto. El cochero esperaba a recibir sus instrucciones, que siempre eran las mismas (a donde mi hermano, Trémeur) y asentía con expresión complaciente mientras ella echaba una rápida ojeada a su bonito reloj de pulsera. Solo un minuto después, Vivianne Muse aparecía en el balcón de la casa de la esquina y se acomodaba en una pequeña silla, cuidándose de alisar un ligero chal sobre su regazo antes de abrir el abanico que llevaba en la mano. Cuando Vivianne por fin se dignaba volver la mirada hacia la calle, el coche de los Dupin ya había emprendido la marcha hacia la calle principal.

Conté los segundos que faltaban para que Simón Baramof fuese arrastrado a través del parque. Intentaba huir del firme agarrón de su niñera pero esta le daba pronto alcance. Entonces el niño prorrumpía en una de sus características rabietas haciendo que a la robusta niñera se le subieran los colores al rostro.

—¡Ya es hora de cenar! —le explicaba a Simón, quien invariablemente se lanzaba al suelo para entregarse por completo al frenesí que cualquier pasante habría confundido con un ataque de epilepsia.

Manuelita Canteur lo miraba anonadada desde la banca que ella y su hermano menor ocupaban debajo del sauce. Resultaba gracioso verla poner esa cara de preocupación y hacer ademán de levantarse a socorrer a Simón sin jamás atreverse a hacerlo. Carlitos Canteur se tapaba los oídos y fruncía el ceño, dirigiéndole a Simón una mirada de reprobación.

—¿No está muy grande ya para dar este tipo de espectáculos, Manuela? —le preguntaba a su hermana.

Manuelita asentía sin apartar la mirada de Simón, quien comenzaba a dar signos de tranquilizarse faltando cinco para las seis, cuando el coche que traía a su padre de vuelta se distinguía en la distancia.

—¿Lo ves? —decía Olga, la niñera, a Simón—. ¡Tu padre llega y tú ni siquiera te has lavado!

Simón se levantaba y, secándose los ojos, comenzaba a avanzar con lentitud en dirección a la casa antes de que Olga se apoderara de su muñeca y lo obligase a caminar a su ritmo.

—Nunca quiero ser como Simón Baramof —aseveraba Carlitos Canteur mientras Simón desaparecía tras la verja del antejardín para encontrarse con su padre.

Vivianne Muse se abanicaba con languidez, dejando que sus ojos vagaran por el parque hasta detenerse en la fuentecilla central. Caía en una especie de ensoñación de la que no salía hasta que Chloé Canteur llamaba a sus hijos desde la ventana a las seis en punto, cuando las campanas de la iglesia comenzaban a repicar. Los niños se levantaban sin rechistar y pasaban por mi lado, despidiéndose.

—Buenas tardes, Emilia —decía Manuelita con un grácil ademán.

—Hasta mañana, señorita Malraux —decía Carlitos mirando al suelo.

—¡Que descansen, niños! Los veré mañana —respondía yo, sonriendo para mis adentros.

Carlitos Canteur estaba enamorado de mí y hacía hasta lo imposible por ocultárselo a su hermana.

—¡Tendrías que haber estrechado su mano, Carlos! —lo reprendía Manuelita cuando ya se alejaban.

—¡Solo tengo cuatro años, Manuela! —Se defendía este, sacudiéndose las ropas.

—Da igual —replicaba ella—. Los buenos modales no dependen de la edad.

—Díselo a Simón Baramof, entonces —alegaba su hermano—. Tiene seis años, al igual que tú, y ya ves los espectáculos que da.

Manuela guardaba un prudente silencio y tomaba a su hermanito de la mano para cruzar la calle, y solo entonces comenzaba yo a incorporarme. Los niños y las mujeres despejábamos el parque a eso de las seis de la tarde para que los hombres pudieran pasearse por él. Era un acuerdo tácito que todos cumplíamos a cabalidad.

Tomé mi libro y me estiré perezosamente, ahogando un bostezo. No solía merendar, por lo que a esa hora siempre estaba famélica. Ese día, sin embargo, había hecho una corta visita a mi prima Perline y me había hartado de café con galletas antes de las tres. La tarde estaba fresca y pensé que no sería mala idea pasar por la iglesia: Perline me había hecho el regalo de una bonita estatuilla de la Virgen que juzgué sensato hacer bendecir antes de poner en mi habitación. De tal modo pospondría mi cena hasta eso de las ocho y quizá podría tomarla en la terraza, desde donde sin duda escucharía a Vivianne Muse tocar el piano en la casa de enfrente. Al pasar bajo su balcón la saludé como de costumbre, a lo que ella respondió ondeando la mano con ademán indolente.

—¿Qué tal, Emilia? —dijo, parpadeando con somnolencia.

—Voy a la iglesia. ¿Quieres venir tú también? —pregunté.

—Estoy algo cansada, querida. Tal vez mañana.

Vivianne siempre estaba cansada para cualquier cosa que no fuera tocar el piano. Era apenas natural que aquella chica de constitución melancólica se reanimara con las fuertes y precisas notas musicales que sus elegantes dedos le arrancaban al teclado.

—Mañana será, entonces —dije, sonriéndole y abriendo la puerta de mi casa para dejar allí mi libro y tomar la Virgen que me había dado Perline. Sabía que al día siguiente Vivianne tampoco querría molestarse en abandonar su cómoda silla del balcón.

Ese verano mis padres se habían ausentado dejándome en compañía de Lucía, el ama de llaves, y gozaba de un poco más de libertad de la que habría tenido si ellos hubiesen estado en casa. Aunque esta era la razón principal de que no quisiera acompañarlos en su viaje, les había dicho que quería estar cerca de Perline, quien regresaría al internado al llegar el otoño. Mi tía Inés estaba convencida de que el refinamiento que Perline adquiriría en Sainte-Marie-des-Bois era insuperable.

—¡No sabes cuánto detesto el internado, Emilia! —me confesaba mi desdichada prima cada vez que tocábamos el tema.

Perline era tres años menor que yo y me adoraba. Yo había rogado que no la enviaran lejos de casa y seguía insistiéndole a mi tía que le permitiera no regresar al internado, pero el destino de mi prima parecía ser Suiza, al menos hasta que cumpliera los dieciocho años.

Aun si era cierto que no quería separarme de Perline, hacer lo que se me antojara con mi tiempo de verano era sublime: mi padre se preocupaba en exceso por mi bienestar y yo, aunque apreciaba la tierna atención que me prodigaba, no podía evitar sentirme abrumada. Sabía que deseaba protegerme de toda calamidad, pero que me recordara el peligro de rodar gradas abajo cada vez que descendía un escalón había empezado a afectarme los nervios.

Dios parecía haber atendido mis súplicas concediéndome tres meses de tranquilidad que estaba aprovechando en grande: todos los días iba al parque que estaba frente a la casa y me tumbaba bajo el gran olmo para absorber la vida cotidiana de nuestro vecindario. Ahora las mujeres se habían instalado en los balcones que circundaban el parque y los hombres las habían suplantado para tomar su paseo vespertino. El sol aún no se ponía, pero soplaba una brisa refrescante. No me había molestado en volver a calarme el sombrero pues sabía que, para cuando estuviese de vuelta, sería la hora del crepúsculo y no lo necesitaría. Llevaba puesto un vestido blanco de verano: mamá se encargaba de que mi guardarropa se ajustara a los más estrictos parámetros de la moda, de modo que no podía evitar estar siempre irreprochablemente bien vestida así me hubiera propuesto lo contrario (lo que no habría ocurrido jamás, pues había heredado la vanidad de mi madre y me encantaba lucir bien aunque hubiese de quedarme en mi habitación).

He de admitir que, si bien me entusiasmaba el prospecto de intercambiar algunas palabras con Nicolás Issarty sin la supervisión de mi padre, no sabía si podría mirar hacia algún lugar que no fuera la más alta torre de la iglesia durante mi recorrido por el parque. Conocía a Nicolás desde que era niña pero, a partir del momento en que él había demostrado interés en mí, me había vuelto tímida en su presencia. Esto se veía agravado por la admiración que Nicolás despertaba en todas las chicas del vecindario, lo que me convertía en sujeto de observación cada vez que él se dirigía a mí, lo cual, a su vez, me instaba a salir corriendo en dirección contraria. Por fortuna siempre lograba resistir el impulso, pero ello no quiere decir que no sufriera los pormenores de nuestros breves encuentros a tales extremos que aún no había descubierto si Nicolás me gustaba o no.

Apuré el paso y traté de concentrarme en que mis zapatillas nuevas no me causaran algún percance. Sabía que, para entonces, Nicolás ya me habría visto e intentaría abordarme.

—¡Emilia! ¡Espere! —me llamó desde el otro lado de la calle.

—¡Nicolás! —dije, procurando aparentar tranquilidad, cuando él ya me había dado alcance—. ¡No esperaba encontrarlo!

—Qué hermosa está, Emilia —replicó, mirándome de arriba abajo.

—Gracias —repuse, sonrojándome—. Usted también.

Las señoras que ocupaban el balcón de la casa frente a la que me había detenido no perdían detalle de nuestra plática.

—¿Luzco hermoso? —preguntó, extrañado.

—Bueno, me refería a que luce bien —balbucí, y una risita llegó hasta mis oídos desde el balcón vecino.

—¿A dónde se dirige? —preguntó.

—Voy a la iglesia —dije, esperando que no sugiriese acompañarme. Ya me sentía abochornada.

—Ah, bueno. ¡No se pierda por ahí! —dijo, y tocándose el sombrero se despidió para regresar al parque.

Aunque me sentí aliviada, me desconcertó que no se hubiera ofrecido a escoltarme. Manuelita Canteur lo habría amonestado, me dije, y traté de alejarme lo antes posible. ¿Le habría parecido extraña mi conducta? Ese pensamiento me mortificaba cada vez que conversaba con él. Nicolás Issarty era alto, de constitución fuerte y ojos color verde oliva… al menos eso creía yo. Estaba segura de que tenía los cabellos oscuros y ensortijados. Casi segura. En realidad, lo único que me importaba era haber actuado como una tonta.

—¡Oye, Emilia: no te pierdas por ahí! —dijo Julieta Baramof desde su balcón para provocarme. Era la guapa hermana mayor de Simón Baramof, el pequeño escandaloso del parque. Tragué en seco e hice como si no la hubiera escuchado.

Al llegar a la iglesia, la misa había terminado. Me humedecí los dedos en la pila de agua bendita y alcancé al padre Felipe antes de que se escondiera para que bendijese mi estatuilla.

—¡Qué bonita! ¿Así que es un regalo de tu prima? —preguntó el cura.

—Lo es —contesté—. A mí también me gusta muchísimo.

—En ese caso, cuídala mucho. Es una figura protectora —declaró.

—Lo haré, padre Felipe.

—No te he visto participar en la eucaristía hace mucho tiempo —dijo, sonriendo—. ¿Te has sentido bien últimamente?

Asumí que el padre podía leer dentro de mi alma oscura y que había detectado algún espantoso pecado del que debía deshacerme. Le imploré que me confesara y, a pesar de ser tan tarde, él aceptó con amabilidad. En cuanto me arrodillé en el confesionario, comencé a acusarme de toda clase de crímenes espirituales: era mentirosa (había dicho que quería quedarme en la ciudad para estar con mi prima cuando lo cierto es que deseaba estar libre de los cuidados de mis padres), ingrata (apreciaba más estar sola que en compañía de mis seres queridos), vanidosa (me encantaban los vestidos, los peinados, los sombreros y las zapatillas), glotona (desde que mis padres se habían ido, le había dado rienda suelta a la más desaforada indulgencia a todo lo que tenía que ver con chocolates o galletas) y orgullosa (quería que Nicolás Issarty me tuviera en el más alto concepto).

—¡Calma, hija! —me interrumpió el padre Felipe, evitando así que continuara enumerando mis múltiples faltas—. Te pasas, Emilia, te pasas.

—¡Lo sé, padre, y pensar que debe haber mil pecados que ni siquiera sé que he cometido! —dije.

—Si accedí a confesarte a esta hora fue porque no tenía nada mejor que hacer, pero no esperaba esto.

—Seguro que nunca se ha topado con un ser humano tan frívolo como yo.

—¡No, Emilia! ¡Lo que quiero decir es que exageras tus culpas!

—No, padre, no exagero nada. Aún no le he contado lo peor —dije, suspirando.

—¿Qué es, Emilia? —preguntó el padre, suspirando a su vez.

—Lo peor de todo es que no me arrepiento de ninguna de las mencionadas ofensas.

—¿Qué dices?

—Como lo oye, padre. Aunque sea consciente de ellas, no me siento mal. Lo que es más, al tiempo que le narraba las anteriores nimiedades, me ufanaba para mis adentros de tener el valor de confesarlas.

—No te comprendo, hija.

—Mi pecado es saber que reconozco mi superficialidad y enorgullecerme de ello.

—¡Me confundes, Emilia! ¿Dices que te enorgulleces de ser superficial?

—No, padre, me enorgullece ser capaz de aceptarlo. También me alegra que mis faltas sean tan pequeñas, pero sé que considerar pequeña cualquier falta es un pecado. ¿Me explico?

—A duras penas.

—Juzgo mal no tener la disposición de juzgarme mal.

—Me estás volviendo loco, Emilia.

—Mi pecado es creer que, a fin de cuentas, soy una buena persona.

—Ese no es un pecado.

—Se equivoca, padre, lo es. Y mi segundo mayor pecado es sentirme excepcionalmente buena por haber descubierto el primero.

—Tú no necesitas una confesión, Emilia, lo que necesitas es un sedante.

—¡Se equivoca de nuevo, padre! Ahora sí que es preciso que me absuelva. He pecado más durante esta confesión que fuera de ella.

—Hazme un favor, entonces: dales a tus pecados nombres propios.

—Bien, padre, me acuso de mi falta total de humildad.

—¿Orgullo?

—Sí.

—¿Te arrepientes de tu orgullo?

—No.

—¡En ese caso no puedo absolverte!

—¡Entonces me acuso de la imposibilidad de arrepentirme!

—¿Te arrepientes de no arrepentirte?

—Sería mejor que no me hiciera esas preguntas, padre.

—¿Te arrepientes, sí o no?

—Un poco.

—Creo prudente orar para que Dios te ayude a arrepentirte.

—¡Pero, padre, detesto sentirme culpable!

—Será mejor que vuelvas a casa, hija —sugirió, poniéndose de pie y saliendo del confesionario.

—Padre Felipe, ya que no puede absolverme, ¿no cree que haber hecho este ejercicio de conciencia me absuelve en gran parte de mis pecados? —pregunté, poniéndome de pie y siguiéndolo hasta la puerta de la iglesia.

—Quizá te gane alguna indulgencia, pero no te absuelve del pecado. Todos tenemos conocimiento del bien y del mal, pero no todos tenemos la capacidad de arrepentirnos.

No había nada más que yo pudiese decir. Era la primera vez que me confesaba con el padre Felipe y nuestra conversación había concluido de la misma forma que siempre concluían mis confesiones con el padre Blas: no podía ser absuelta de mis pecados. Era injusto. Dudaba que alguno de los fieles que asistían a nuestra parroquia tuviera la profundidad que se requiere para reconocer que se es frívolo y no sentirse culpable por ello. Le pedí a Dios que perdonase mis pecados ya que los sacerdotes no podían hacerlo y, apesadumbrada, emprendí el camino de vuelta a casa.

Hacía tres meses no podía participar en la eucaristía a causa de mis confesiones y me sentía desprotegida. ¿Cómo me metía en situaciones tan contradictorias? Se suponía que la confesión debía permitirme acercarme a Cristo, no impedírmelo. Me alegró tener la estatuilla de la Virgen que Perline me había regalado. Sentí una punzada de culpa al recordar lo mucho que mi prima deseaba estar conmigo y lo poco que me interesaba su compañía, pero seguí adelante.

No había nadie en la calle, debía haberme tardado bastante más de lo planeado dentro de la iglesia. Sin embargo, Lucía no se preocuparía: cada vez que yo salía, ella corría a la casa de los Baramof para conversar con Olga, la aya de Simón. Pensé que estaría entretenida.

Aquella realmente habría sido una tarde como cualquier otra de no haber regresado a casa por una ruta diferente. No quería una segunda entrevista con Nicolás Issarty y no estaba de humor para otro minucioso escrutinio por parte de mis vecinas así que, en vez de pasar frente al parque de nuevo, preferí dar la vuelta a la cuadra en la que estaba nuestra casa y regresar por la esquina opuesta. No conocía ese segmento del vecindario: aun estando tan cerca, jamás se me había ocurrido pasar por allí. La vida de nuestra pequeña comunidad se centraba en el parque y sus alrededores, no había razón para recorrer calles diferentes. Eso a menos que el transeúnte tratara de pasar desapercibido.

En cuanto mis pasos resonaron sobre el empedrado suelo de esa vía inexplorada, sentí un escalofrío. Tal vez porque solo había un farol encendido, o porque la temperatura había descendido, me sentí acobardada. Aun si aquella calle debía tener exactamente la misma longitud que la nuestra, daba la impresión de extenderse mucho más y, a causa de la penumbra, no divisaba el final de la misma. Pensé en regresar y arriesgarme a pasar otra vergüenza frente a mis vecinos pero me dije que, si en verdad había anhelado emanciparme un poco, debía ser consecuente con mis deseos y sobreponerme a mi ridículo miedo a los lugares solitarios. Se me ocurrió que, de haber estado en mi lugar, Manuelita y Carlitos Canteur no habrían sentido ninguna aprensión y habrían caminado frente a las oscuras fachadas de las casas con el aire dignificado que los acompañaba a donde fueran.

Si bien las espesas ramas de los árboles se entrecruzaban en la mitad del camino, noté que el cielo se había oscurecido más de lo habitual para tratarse de un ocaso de verano, tiñéndose de un ominoso tono purpúreo. Advertí también que una fina capa de niebla había descendido hasta mis pies, confundiéndose con mis faldas blancas. Por más que me esforzaba en convencerme de que mi hogar se hallaba a pocos metros de distancia, no dejaba de imaginar que estaba deambulando por las calles embrujadas de un país ignoto. Creí ver que algo se movía entre las ramas de uno de los árboles que había frente a mí y temblé.

Ha de ser algún murciélago, me dije, pero esto solo sirvió para magnificar mi ansiedad, pues si a algo le temía más que a los callejones desolados era a un murciélago. ¡Por supuesto que no pasaría bajo las ramas que había visto sacudirse, no iba a invitar al murciélago a que hiciera su morada en mi cabeza!

Pasé a la acera opuesta con el corazón en vilo: ahora no podía apartar los ojos del árbol, debía estar atenta a cualquier movimiento del animal. Varias oleadas de horripilación me recorrieron. ¿Podía haber algo más espantoso que la imagen de un murciélago enredando sus alas y garritas en mis cabellos? Me abracé a mí misma, frotándome los brazos y los costados. Cuando el murciélago salió de su escondite proferí un grito de espanto y me acuclillé, tocando la frente contra las rodillas e intentando cubrirme la cabeza, pero mis alaridos atraían a la criatura en vez de repelerla y pronto me vi circundada por sus aleteos. No podía parar de gritar y el murciélago parecía regodearse en ello pues chillaba, a su vez, en mis oídos, celebrando su victoria sobre mi debilidad con revoloteos aún más estrepitosos.

De repente, un silbido lejano hizo que el murciélago se detuviera. Sentí que tomaba algo de distancia aún volando sobre mí y luego lo escuché perderse entre las ramas de los árboles. Tardé varios segundos en reunir el valor para levantar la cabeza y abrir los ojos. Cuando al fin lo hice, descubrí que la calle estaba desierta. Engarrotada a causa del susto que había pasado y la incómoda posición que había asumido para no encarar el ataque del murciélago, me puse de pie con dificultad, mirando a lado y lado e intentando recuperar la compostura. Me costaba creer que el animal me hubiera olvidado tan pronto, aún me parecía estar sintiendo el tozudo golpeteo de sus alas contra mis hombros. ¿Dónde se había metido? No lo veía ni lo escuchaba y no estaba dispuesta a aguardar una reaparición triunfal de su parte.

Emprendí un ligero trote calle abajo cuidándome de no tropezar en medio de la neblina que se había condensado durante los últimos minutos, tanto así que no podía ver qué había debajo de mi cintura. Al crispar los dedos en un gesto destinado a darme ánimos para seguir adelante caí en la cuenta de que, en mi afán por resguardarme del murciélago, había soltado la estatuilla de la Virgen. No podía darme el lujo de perderla, menos estando tan asustada. Me di la vuelta esperando que la niebla se hubiese dispersado a mis espaldas pero descubrí con horror que esta había colmado el espacio que había entre el suelo y las ramas más altas de los árboles. Al mirar hacia delante de nuevo me encontré con el mismo panorama y los latidos de mi corazón se detuvieron: estaba completamente perdida.

Mi primer impulso fue romper a llorar y, como no hallé ningún motivo para contenerme, me entregué por completo al desasosiego, sollozando con tal aflicción que, de haber estado en público, habría opacado las rabietas de Simón Baramof. Carlitos Canteur se habría decepcionado de mí y eso me habría roto el corazón. Era un niño realmente encantador.

Saber cuán ridícula era toda la situación no atenuaba mi angustia en lo absoluto. Ahí estaba yo, en medio de la bruma, sin atreverme a dar un paso y gimoteando como una párvula, tal vez a menos de media cuadra de distancia de casa. Angustiada, agité los brazos. Si hubiera podido aferrarme a un árbol me habría sentido mucho más tranquila, pero mis dedos se hundieron en el vacío.

Entonces escuché los pasos. No pude saber de dónde provenían, el eco que los acompañaba parecía viajar hacia mí desde los cuatro puntos cardinales. Alentada por la posibilidad de salir de aquel lugar, me incorporé. Cuando abrí la boca para pedir ayuda, los pasos se detuvieron.

—¿Hola? —balbucí, vacilante.

¿Lo habría imaginado? Antes de que pudiera repetir mi llamado, sentí como si una ráfaga de viento se estuviera abriendo paso entre la niebla. No divisé ninguna señal de movimiento, pero la certeza de que algo se acercaba a gran velocidad fue suficiente para paralizarme. El impacto fue repentino y no tuve tiempo de reaccionar. Aquello que me había golpeado me arrastró varios metros para arrojarme de espaldas contra una superficie dura y húmeda. Por unos instantes estuve aturdida pero una voz interior me dijo que me hallaba en peligro mortal. Desesperada, me apoyé sobre las manos para ponerme de pie y las fuerzas me fallaron. Cuando los efectos de la conmoción apenas comenzaban a hacerse palpables en mi cuerpo, una silueta negra se abalanzó sobre mí.

Creí gritar pero ningún sonido surgió de mis labios: algo me aprisionaba contra el suelo y no sabía qué era, solo sabía que estaba sofocándome con su peso y respirando en mi oído. Busqué liberarme de ese abrazo salvaje y me encontré con que no podía moverme; aquel ser era capaz de contenerme con imperiosa precisión. Sentí una punzada en la garganta como si un puñal atravesara mi piel y supe que estaba siendo mordida. Los dientes de mi atacante permanecían clavados en la herida mientras él succionaba haciéndome delirar de dolor. Mi corazón batía, escuchaba cada pulsación furiosa en mi cabeza al tanto que mi respiración se atenuaba.

En vano quise obligarlo a despegar sus labios de mí tirándolo de los cabellos hacia atrás y golpeándolo repetidamente con los puños: ese demonio de formas humanas estaba decidido a beber mi sangre hasta dejarme sin vida y no había nada que yo pudiera hacer al respecto. Aun si experimentaba sensaciones terribles, lo peor era tener la certeza de que mi atacante era consciente de la brutalidad del tormento que me infligía: la relevancia que este hecho tenía para él se descubría en que, entre más se intensificaba mi sufrimiento, más fuerte era la presión que ejercía sobre mí y más explícitos los jadeos de placer que dejaba escapar. Tan cruel era el ardor y tan lacerante la dentellada en mi garganta que prefería morir a seguir padeciéndolos. Extendí los brazos hacia los lados y arqueé el torso para entregarle mi alma a la noche. En ese instante la sentí: las yemas de mis dedos estaban tocando la estatuilla que había perdido. Me aferré a ella y le pedí a la Virgen que me guiara hasta el cielo cuando mi espíritu abandonase mi cuerpo.

2
Cifrado Mata Hari: el distrito del arte

Lucía puso la bandeja con el desayuno en la mesita que había junto a mi cama y salió de la habitación. Todavía adormilada, pensé que no se había dado cuenta de que me había despertado al entrar. Me puse de pie de un salto y miré alrededor: ¿cómo había llegado hasta allí? Me toqué el cuello con la punta de los dedos y lancé un chillido de dolor. ¡Allí estaba la prueba, realmente había sido atacada! Despavorida, me tambaleé hasta el tocador para examinarme en el espejo. La luz entraba a raudales a través del fino cortinaje de mi ventana, proporcionándome una clara apreciación de mi propia imagen. Llevaba una bata de seda color rosa pálido que no recordaba haberme puesto. Me acerqué al espejo tanto como pude e hice la negra masa de cabellos revueltos a un lado. Meneé la cabeza con incredulidad mientras evaluaba el daño que el hijo de Lucifer me había hecho: dos puntitos de sangre más pequeños que granos de arena se asomaban a la superficie de mi piel. ¿Cómo era posible? El ataque había sido feroz. Estaba segura de haber emitido mis últimos suspiros. Volví a palpar mi cuello y, de nuevo, gemí. El dolor era ostensible, no correspondía a lo que estaba viendo. De no haber tenido la tez translúcida, ni siquiera habría podido atisbar las gotas de sangre. Nada en mi apariencia revelaba lo que me había ocurrido excepto el manifiesto cansancio de mi rostro: dos ojeras profundas hacían juego con el color de mis ojos grisáceos. Por lo demás, mis mejillas solo estaban un poco descoloridas, lo cual habría sido normal si hubiera dormido de más, pues el sueño prolongado tendía a debilitarme.

Me pregunté qué hora era y miré el pequeño reloj de plata que estaba sobre el tocador. Eran más de las tres de la tarde. Perturbada, me dejé caer de nuevo sobre la cama. La cabeza me daba vueltas, quería creer que todo había sido un sueño pero sabía que no era así. ¿Cómo había regresado a casa?

Me dije que lo último que había palpado antes de despertar había sido la estatuilla de la Virgen, así que me senté sobre el mullido colchón de plumas y la busqué por la habitación con la mirada. Al no verla, comencé a temblar otra vez. Entonces algo me picó el brazo y grité, incorporándome: allí estaba, escondida entre los almohadones. La sujeté ante mí deduciendo, con cierto alivio, que era su mano despicada la que me había pinchado. Tomé un hondo respiro y volví a recostarme en el lecho. Revisé la estatuilla con cuidado, acercándola a mis ojos: los dedos índice, corazón y anular de su mano derecha se habían partido, así como un pedazo de la base de marfil sobre la que se erguía. Pensé en el momento en que creía haberla soltado, cuando el murciélago había comenzado a volar hacia mí. ¿Había ocurrido de verdad? Me esforcé en recrear el trayecto que había recorrido desde la iglesia hasta esa calle sombría, quería esclarecer el orden de los sucesos que vagaban por mi mente. De pronto me sentí débil, pero estaba demasiado preocupada para pensar en comer.

Un vampiro me había acometido. Ignoraba cómo había sobrevivido y no me explicaba de qué forma había amanecido en mi propia cama pero nadie me habría convencido de lo contrario. Observé los pliegues de la bata rosa y pensé en el vestido blanco que llevaba puesto el día anterior. Aquél tenía que proveerme alguna evidencia del ataque, era imposible que no se hubiese manchado de sangre.

Me levanté con tanta rapidez como mis escasas fuerzas me lo permitieron y escudriñé la habitación: mi vestido no estaba por ahí. Abrí el enorme armario con la esperanza de encontrarlo, tal vez lo había guardado antes de desnudarme. Saqué todas las prendas blancas con que me topé. Tenía muchos vestidos y estaba ofuscada.

—¡Lucía! —llamé—. ¡Lucía! ¿Podrías venir un momento?

Esperaba que no se hubiera llevado el vestido para lavarlo. Unos segundos después, Lucía asomó su cara rectangular por la rendija de la puerta.

—¡Por fin se levantó! —dijo, sonriendo—. Los niños del parque han de estar extrañando su presencia. Ay, veo que sacó toda su ropa blanca del armario. ¿Se hartó tan pronto de todos esos vestidos?

—No, no —dije, sacudiendo la cabeza—. ¿Has visto el vestido que llevaba puesto ayer, Lucía?

—¿El de muselina?

Asentí con agitación, los ojos abiertos de par en par. Contaba con que Lucía me proporcionara por voluntad propia información que me ayudara a comprender cómo había llegado a casa.

—¿No recuerda dónde lo puso?

Negué con la cabeza.

—Imagino que ha de estar debajo de esa pila de ropa.

—¿No te lo di anoche, por casualidad? —pregunté.

—¡Amaneció muy confundida, Emilia! Usted ya estaba durmiendo cuando subí a verla, así que no podría habérmelo entregado. Por cierto, no la escuché entrar a la casa. Debería haberme avisado que estaba de vuelta, me asusté cuando me percaté de que ya eran las nueve de la noche y creí que aún no regresaba. ¡El disgusto que se habría llevado su padre! Gracias a Dios se me ocurrió buscarla en su habitación en vez de molestar a los vecinos.

—¡Ah! ¿De modo que me hallaste dormida en mi cama?

—¡Por supuesto! ¿En qué otro lugar podría haberla encontrado? —preguntó, sorprendida.

—Supongo que en ninguno —balbucí.

—No quise despertarla antes porque anoche me dijo, entre sueños, que estaba tan cansada que creía que iba a morir. ¿Se tardó mucho en la iglesia?

¿Tan cansada que creía que iba a morir? No podía imaginarme a mí misma pronunciando aquellas palabras.

—Emilia —repitió—: ¿se tardó mucho?

—Bastante más de lo que había esperado. El padre Felipe aceptó confesarme aun siendo tarde. Oye, Lucía, ¿tú crees en los vampiros?

—¿Vampiros? No me diga que ha estado leyendo esos libros de espantos de nuevo.

—Ah, no. Bueno, sí, pero no se trata de eso. No trates de evadir mi pregunta: ¿crees que los vampiros existen?

—Los vampiros no son más que una superstición campesina. ¿Cómo podría creer en semejante absurdo? Usted sabe que yo soy sensata. ¿A qué viene esa pregunta? No querrá decirme que una señorita de ciudad como usted se entretiene con ese tipo de fantasías. ¡A su edad!

Lucía no creería que un vampiro me había atacado así me hubiera encontrado muerta. No lo habría creído aunque hubiera atestiguado el ataque. Cielos, no lo creería aunque lo sufriera en carne propia.

—¡Necesito encontrar mi vestido! —dije por toda respuesta.

—No pensará que un vampiro se lo llevó —sugirió, mirándome con suspicacia.

No se me había ocurrido tal eventualidad pero, ya que Lucía la mencionaba, me parecía la única explicación lógica.

—Ayúdame, Lucía —rogué—. ¡No comprendo cómo no está por ningún lado!

—Disculpe que se lo recuerde, Emilia, pero usted no es precisamente la jovencita más ordenada del mundo —dijo, lanzando una mirada furtiva a los vestidos que había sacado del armario—. ¿Por qué no se da un baño ahora que hace calor? Así no tendré que calentar agua. Yo me encargaré de buscar su vestido mientras usted se pone guapa. Ya verá cómo surge de la nada en cuanto limpie su habitación.

Acepté gustosa, pensando que estar en la bañera me ayudaría a calmar mis nervios. Cuando salía de la habitación para dirigirme al cuarto de baño, las palabras de Lucía me detuvieron:

—¡Ahora sé cómo se hizo esas pequeñas punzadas en la garganta! ¡Mire nada más cómo estropeó la bonita Virgen que le regaló su prima! Traté de zafársela de entre los dedos cuando entré aquí anoche, pero usted estaba empeñada en dormir con ella como si fuera una muñeca. ¡Con razón habla de vampiros! ¡Dios sabe qué se habrá imaginado!

—¿Qué dices, Lucía? —pregunté, estupefacta. Lucía sostenía la estatuilla en la mano derecha.

—¡No crea que no sé cómo funciona su mente fantasiosa, Emilia! ¡Se pinchó el cuello con algún borde cuarteado de la estatuilla mientras dormía y supuso que un vampiro había venido a chuparle la sangre en la noche!

—¡No era eso lo que estaba pensando! —me defendí.

El vampiro me había atacado en la calle, me dije. Lucía me miró con expresión interrogante.

—Usted no me engaña, Emilia, la conozco desde que nació. Cuénteme qué idea extraña se le ha metido entre ceja y ceja ahora.

No pude evitarlo: le conté a Lucía lo que me había ocurrido con lujo de detalles mientras ella se limitaba a sonreír con escepticismo. Cuando terminé, Lucía declaró:

—¡Es evidente que el encuentro con el murciélago ha trastornado su mente al punto que olvidó cómo regresó a casa! La prueba está, querida señorita, en que está viva.

—Pero…

—Pero nada: usted volvió a casa, se metió en la cama y soñó que un vampiro la había atacado en la misma calle en que vio el murciélago. ¡Es perfectamente razonable!

—¡Entonces explícame por qué no encuentro mi vestido!

Lucía puso los ojos en blanco y sonrió, diciendo:

—Vaya a tomar su baño, Emilia. Ya puse agua fresca en la bañera. Verá cómo el vampiro nos devuelve su vestido mientras usted se perfuma para esperarlo de nuevo.

A regañadientes, me di la vuelta y caminé a lo largo del pasillo.

Siempre me había gustado nuestro cuarto de baño. La totalidad de uno de sus lados estaba conformado por cuatro grandes vitrales cuya creación mi madre había comisionado a un renombrado artista de la ciudad. Los diseños ondulantes evocaban formas naturales que dejaban pasar la luz, llenando la estancia de colores. Las otras paredes estaban recubiertas de mosaicos blancos con incrustaciones de teselas azules y amarillas. Nuestra bañera era de porcelana vidriada con tonos verdes azulados tanto por fuera como por dentro, era un placer sumergirse en ella en las tardes de verano. Al pie de la bañera, una delgada alfombra persa enseñaba en su tejido la silueta de una esbelta ave exótica.

Me paré sobre la alfombra con los pies descalzos y colgué mi bata del perchero de madera de sándalo que estaba a mi lado. Puesto que mi aroma favorito era el de la flor de loto, mi padre se complacía en obsequiarme cajas repletas de jabones perfumados: tomé una pastilla de jabón de mi colección personal, como me gustaba llamarla, y me metí en el agua fresca con que Lucía había llenado la bañera anticipándose a mis deseos. Pronto sentí la relajación que se deriva de una atmósfera tan plácida. Me deslicé sobre la superficie de la porcelana para que el agua subiera hasta mis hombros y procedí a frotarme los brazos y las piernas con la pasta espumosa. Me pareció que mis pesadillas se disolvían en el baño y comencé a dudar de mis impresiones de la noche anterior. ¿Estaba Lucía en lo cierto? ¿Lo habría imaginado todo a partir del percance que había tenido con el murciélago? Me enjaboné el torso y los hombros con cuidado pues presentía que el contacto con el agua jabonosa reviviría el ardor de las punzadas de mi cuello. ¿Estaría dejándome influir por los libros que había leído recientemente, como El banquete sangriento? Aunque el tema de los espectros me fascinaba, lo cierto es que la poca literatura referente a los vampiros que había caído en mis manos jamás me había asustado.

Me estremecí cuando me salpiqué, sin querer, las heridas del cuello: yo había sentido a ese ser respirando sobre mí, había vivido en carne propia el flagelo de su mordedura sedienta, había experimentado la desvanecedora sensación de ser despojada de mi sangre para saciar el frenesí de aquella bestia despiadada. Nunca había tenido un sueño que se entrecruzara de forma tan confusa con la realidad. Había tenido, en ocasiones, sueños tan vívidos que sus imágenes me perseguían largo tiempo, pero mi percepción de la realidad era nítida y precisa. Además, tenía una memoria excelente. ¡Jamás había olvidado unas horas de vigilia! No tendría más remedio que recorrer la misma calle durante el día: tal vez fuera el único modo de que mis recuerdos perdidos regresaran a mí.

Salí de la tina y me sequé frente al gran espejo del cuarto de baño. Quería ver si tenía señales de la caída en la parte posterior de las extremidades o en la espalda, así que me di la vuelta y contemplé mi cuerpo blanquecino en su totalidad: algunos hematomas azulosos podían distinguirse claramente en varios lugares. Tenía uno bastante grande en la región lumbar justo al comienzo de los glúteos, otro más pequeño (cubierto, además, por un desagradable raspón) sobre la escápula derecha, uno largo y achatado en la curva de la cintura, un par de cardenales casi negros al lado de una de las costillas y uno más, el más grande de todos, en la porción superior del muslo izquierdo. Era obvio que había sido lanzada de espaldas contra el pavimento y que el impacto había sido brutal. Siendo tan ligera, me parecía imposible que un simple tropezón me hubiera producido semejantes cardenales. Además, ¿quién se tropezaba para caerse hacia atrás? ¡Tendría que haber estado sedada para que algo así me hubiera pasado! Extrañamente, no sentía dolor muscular, ni siquiera al tacto.

Pensé que ya había visto suficiente. Me sentía agotada y me dispuse a cubrirme, pero antes de hacerlo divisé unas marcas rojizas en la parte trasera de mis hombros que me habían pasado desapercibidas: eran cuatro líneas horizontales paralelas, idénticas en ambos brazos. Al mirarlas de cerca, reviví los momentos en que el vampiro me tenía inmovilizada contra el suelo. Además de ser increíblemente pesado, estaba sujetándome por los hombros con manos de hierro. ¡Aquellos surcos eran las huellas que los dedos del vampiro habían dejado sobre mis brazos! No podía dudar de mí misma: la evidencia del ataque había quedado grabada en todo mi cuerpo.

Me puse la bata y me arrodillé, temblando. Nadie me creería. Estaba rodeada de escépticos. Mi madre se reiría de lo que consideraba mi absurdo miedo a los murciélagos, mi padre pensaría que estaba inventando una historia de espectros para ocultarle que había rodado gradas abajo a causa de algún descuido y nunca volvería a permitir que me apartara de su vista… y, si mi prima Perline ni siquiera admitía la posibilidad de la existencia de los fantasmas aun residiendo nueve meses del año en un lugar tan lúgubre como el internado de Sainte-Marie-des-Bois, podía estar segura de que descartaría cualquier explicación sobrenatural a lo que me había ocurrido. El único ser que sabía cuán real había sido mi experiencia era el agresor… y yo estaba segura de que mi atacante había sido un vampiro.

¿Por qué me había dejado ir? Lo único que se me venía a la mente era la supuesta aversión que los no-muertos le tienen a los objetos religiosos. ¿Lo habría espantado mi estatuilla de la Virgen? ¿Pensaba acaso regresar por mí para sorprenderme en algún momento en que estuviera desprotegida? Con ojos lacrimosos, me incorporé para regresar a mi habitación.

Lucía había vuelto a meter mis vestidos blancos al armario y había limpiado la estancia pero no estaba allí, y agradecí no tener que hablar con ella en ese instante. Esa tarde no iba a ver a Perline. Ella tenía un compromiso que atender en compañía de mi tía Inés, así que decidí que iría a comprarme un crucifijo. Busqué con la mirada la estatuilla de la Virgen y suspiré con alivio cuando vi que Lucía la había dejado sobre mi mesa de noche en vez de la bandeja del desayuno.

Abrí el armario y elegí un vestido de raso color ciruela con corpiño ajustado y faldas amplias que caían hasta el suelo. Me puse unas zapatillas de satín grises que hacían juego con mis guantes y las plumas de mi sombrero y tomé un chal de seda plateada por si caía la temperatura: en él escondería mi estatuilla hasta que hubiera adquirido un crucifijo de mi gusto. Sentí un aguijonazo en el estómago y recordé que no había comido nada desde el día anterior. No quería salir cuando ya se hubiera hecho demasiado tarde así que decidí, una vez más, posponer mi cena: me parecía más importante estar protegida que saciar mi hambre.

Bajé las escaleras y pedí a Lucía que le dijese al cochero que se preparara para salir, pero Rosendo estaba acostumbrado a mis paseos intempestivos y ya estaba esperándome con el coche frente a la casa.

—¿A qué hora vendrá a cenar, Emilia? —preguntó Lucía cuando yo ya había cruzado el umbral de la puerta.

—¡A las ocho! —respondí, pero giré sobre mis talones para preguntarle—: ¿has encontrado mi vestido?

Esperé un par de segundos a que me contestara.

—No —dijo al fin, meneando la cabeza.

Le pedí a Rosendo que me llevara a ver al joyero predilecto de mamá pero para cuando llegamos ya había cerrado su tienda, así que nos internamos en el famoso distrito del arte de la ciudad, donde numerosos artistas y artesanos exhibían sus más recientes creaciones.

Aunque a mis padres no les habría gustado saber que lo frecuentaba, yo no podía dejar de pedirle a Rosendo cada vez que nos encontrábamos cerca que se desviara un poco de nuestra ruta habitual para al menos echarle un vistazo al vecindario. Yo sabía que a Rosendo le entusiasmaba casi tanto como a mí recorrer sus calles, por lo que nunca me había preocupado que pudiese decirles algo a mis padres: teníamos un acuerdo tácito de reserva acerca de las actividades del otro. Yo solo le decía cuánto pensaba tardarme y él quedaba libre para hacer lo que quisiera durante ese espacio de tiempo.

En cuanto bajé del coche divisé una pequeña pastelería a la que siempre había querido entrar y caminé hacia ella, atraída por el aroma de chocolate caliente. Compré pasteles para Lucía y Rosendo y me instalé en una de las mesitas del patio exterior para engullir un descomunal pedazo de tarta de fresas con una taza de chocolate. El refrigerio me sentó de maravilla, tanto que bebí otra taza de chocolate y pedí una porción de tarta de crema. Le había dicho a Rosendo que lo vería a las siete y media y eran las cinco y veinte, así que me tomé el tiempo de saborear cada bocado del segundo acto de mi banquete público.

Daba gusto estar allí, viendo desfilar esa procesión de magos, pintores, músicos callejeros, prostitutas y bailarinas (las cuales solo se distinguían de las anteriores por llevar un poco menos de rouge). Cuando estaba bebiendo el último trago de chocolate fijé la mirada en el pronunciado escote de una de las bailarinas. Esta debía tener alrededor de treinta años, era voluptuosa y tenía una melena rubia y crespa que rozaba sus hombros sin ningún peinado. Habría sido guapa de no haber estado tan empolvada, pensé mientras observaba el hermoso crucifijo que reposaba sobre su esternón. Era una cruz más grande de lo común que parecía estar hecha de plata y alguna aleación de hierro. De lejos, las pequeñas piedras que estaban colocadas en cada punta despedían destellos sutiles.

Me llamó tanto la atención que tuve que ponerme de pie y acercarme a la bailarina para observarlo más de cerca. Era en verdad bello, más fino por la sencillez de su diseño que las joyas que se vendían en los almacenes más renombrados de la ciudad. La joven mujer se percató de que la miraba y me sonrió comprensivamente. Tenía que ser obvio por mi atuendo que aquel no era mi territorio y los artistas estaban acostumbrados a las miradas curiosas.

—¿Hay algo que pueda hacer por usted, mademoiselle? —me preguntó con suma amabilidad.

En ocasiones, las bailarinas del distrito del arte eran contratadas para amenizar uno que otro espectáculo privado en casa de algún miembro de la nobleza o magnate local y me dio pena que se hubiera hecho ilusiones de trabajo.

Bajé la mirada y dije con sinceridad:

—Lo siento, no pude dejar de admirar el hermoso broche que lleva alrededor del cuello.

—¡Ah! —contestó, con aire de desencanto.

—¿Lo vende? —pregunté.

—¿Venderlo? ¡No es más que una baratija! —repuso, extrañada.

—Le daré lo que pida por él.

—¿Por qué querría una señorita como usted adquirir esta fruslería pudiendo tener los más finos adornos?

Su amargura era evidente.

—¿Cómo se llama? —le pregunté, sin saber bien por qué.

—Céline —respondió con aire desafiante.

Di dos pasos hacia ella y dije:

—Céline, estaría dispuesta a pagar cualquier suma de dinero por ese crucifijo.

Ella me miró con sospecha.

—La verdad es que fue un regalo —dijo, poniendo la mano izquierda sobre el broche—. No quiero desprenderme de él.

—¿Sabe dónde lo adquirió la persona que se lo obsequió?

—Lo hizo él mismo. Su nombre es Abélard —respondió, mirando hacia el fondo del callejón.

—¿Y Abélard tiene una tienda? —pregunté, pensando que tal vez podría hacerme un crucifijo similar.

—¿Tienda? —preguntó ella, soltando una risita desdeñosa. Sabía que quería decir: aquí no hay tiendas, chiquilla, pero dijo, en cambio—: su taller está a la vuelta de la esquina, pero yo no me presentaría allí a esta hora si fuera usted.

Le dirigí una mirada interrogante pero Céline no añadió nada más.

—¿Interrumpiría su siesta? —pregunté, a la espera de una explicación.

—¡Su siesta! —resopló ella, poniendo los ojos en blanco—. Bueno, tal vez. Sí, creo que podría llamársele su siesta.

En ese instante, otra chica nos interrumpió:

—¡Céline! Un hombre está buscando entretenimiento. ¡Necesitan seis bailarinas, ven pronto!

El rostro de Céline se iluminó haciéndola ver casi inocente.

—¡Dame un segundo! —gritó afanada y agregó, mirándome de nuevo—: dígale a Abélard que yo la envié. Tal vez esto evite que la estafen o… Dios sabe qué más.

Salió corriendo detrás de la otra bailarina antes de que yo pudiera preguntarle qué significaban sus últimas palabras y pronto ambas mujeres subieron a un coche. Las cortinas estaban corridas por lo que no pude ver quién ocupaba el compartimiento, pero deseé para mis adentros que Céline recibiera una buena paga por su representación. La perspectiva de ir sola al encuentro de Abélard me ponía nerviosa y aun así el crucifijo de Céline era tan especial que no pude resistir la curiosidad de ver qué más era capaz de hacer su amigo.

Caminé por el oscuro callejón adoquinado que conducía al taller del hábil bisutero aferrando la estatuilla de la Virgen que llevaba escondida en el chal. Olía muy mal allí y me pregunté si estaría cometiendo otro error aventurándome fuera de la vista de los pasantes. Cuando llegué al final de la calle me detuve frente a la edificación de la esquina: todas las puertas estaban cerradas. Dudé antes de tocar a una de ellas y elevé la mirada hacia las ventanas superiores.

—¿Qué quiere? —me preguntó una anciana despeinada que había perdido todos los dientes desde una diminuta ventana en arco.

—Busco el taller de Abélard —respondí, tratando de mostrarme flemática. La anciana me lanzó una mirada de reprobación.

—¡Abélard! —graznó—. ¡Tienes compañía!

Unos segundos pasaron y alguien masculló una frase incomprensible. La anciana respondió:

—¿Cómo demonios voy a saberlo? ¡No es de por aquí, eso es seguro!

Miré a la anciana a la espera de algún indicio del progreso de la situación pero ella se limitó a escupir, clavando la vista en el pavimento. El sol no llegaba hasta allí, el ambiente era lóbrego e insalubre. Pensé en darme la vuelta y echarme a correr pero el orgullo me detuvo: la anciana me estaba mirando de reojo, midiendo mis reacciones. Me enderecé en mi lugar y esperé obtener alguna respuesta. Al cabo de unos pocos minutos ya me dolían las extremidades y la espalda y pensé una vez más en marcharme, esta vez rindiéndome ante la ausencia de alguna manifestación del artista.

Cuando ya me disponía a partir escuché el sonido de una pesada tranca levantándose. Aguardé con los ojos clavados en la puerta a que alguien se asomara pero esta solo se abrió unos centímetros.

—¡Entre! —ordenó una voz masculina.

Vacilé al acercarme. Si algo me ocurría allí dentro nadie lo sabría. La puerta se abrió algo más y divisé la silueta de un hombre alto y escuálido.

—¿Va a entrar o no? —preguntó, dando un paso hacia fuera.

Tenía unos treinta años de edad, cabellos castaños revueltos y piel macilenta. Dos profundos surcos en las mejillas acentuaban la impresión de enfermedad que transmitía su rostro; la nariz larga y huesuda sombreaba los labios consumidos.

—Vengo de parte de Céline —balbucí intimidada, al tiempo que me aproximaba al umbral de la puerta.

Se produjo un cambio en la expresión del hombre. Las pronunciadas arrugas de su frente se suavizaron y los párpados abultados se entrecerraron ocultando el cristalino amarillento de sus ojos. Sus pupilas negras me recorrieron y sus labios se curvaron en una sonrisa marchita.

—Así que Céline la envió. ¿Qué hizo para que ella la quiera tan poco?

Me tomó un segundo comprender que el hombre intentaba bromear, por lo que solo contesté:

—Me prendé de una de sus creaciones, el crucifijo que Céline lleva alrededor del cuello. Nunca he visto algo semejante. Ella se rehúsa a venderlo y me fue imposible no buscar al artista.

Me pareció ver un brillo de satisfacción en los ojos de aquel hombre fatigado.

—Bueno, ya me vio. Imagino que ahora que ha podido comprobar que la belleza de la obra no se deriva de la de su creador querrá marcharse de inmediato.

—¡Oh, no! Se equivoca, vine hasta aquí con el propósito de adquirir un crucifijo similar al de su…

—Mi hermana —dijo él—. Me halaga. Si una de mis piezas le gustó tanto que puede sobreponerse a mi fealdad, presumo que no huirá antes de haber visto las otras.

—¿Huir? No tendría por qué huir, su aspecto no me asusta. Solo se lo ve un poco…

—¿Enfermo? —preguntó él.

Yo asentí quedamente. Habría sido estúpido de mi parte tratar de negar lo evidente.

—Estoy muriendo poco a poco, señorita.

—Llámeme Emilia. Lo siento muchísimo.

Abélard se hizo a un lado, invitándome a pasar. El lugar estaba oscuro, muy poca luz se colaba a través de la pequeña ventana y un aroma que no pude identificar flotaba en el aire.

—Opio —dijo él, como si hubiera percibido el movimiento de las aletas de mi nariz.

Yo arqueé las cejas pero no dije nada. No deseaba importunarlo con algún comentario que estuviera fuera de lugar.

—Los dolores de la enfermedad son difíciles de sobrellevar para un alma débil como la mía —agregó, proporcionándome la explicación que no había pedido.

La habitación estaba repleta de objetos de múltiples formas y tamaños. Solté una exclamación involuntaria cuando distinguí una mesa repleta de crucifijos: cada pieza era insuperable, única e irrepetible. Podría haberse dicho que tenían vida propia.

—¡Qué talento extraordinario! —balbucí al fin—. No sabía que tanta belleza fuese posible.

—Tiene especial interés en los crucifijos —dijo él a mis espaldas.

—Sí. Usted sí que debe estar protegido, Abélard —dije sin pensar.

Un crucifijo de aquellos no necesitaba bendición, era fundamentalmente sagrado por estar embebido del espíritu del artista.

—¿Protegido? ¿De qué? —preguntó él, poniéndose al otro lado de la mesa y asiendo con las manos el borde. Me entristecí en cuanto elevé la vista hacia su rostro: era obvio que la oscura nube de la muerte se cernía sobre él.

—Usted mismo no sabe cuán hermosa es su alma, Abélard —murmuré por toda respuesta.

Él se puso tenso, la línea del cuello lo delataba. Desvió la mirada hacia el rincón y suspiró. Cuando volvió la mirada hacia mí de nuevo, parecía haberse adentrado en otro mundo.

—Son los vampiros, ¿no es así? —las palabras del hombre me estremecieron—. Solo me queda salvar a mi Céline y transmitirle a mis creaciones lo que me queda de vida antes de que esta me sea arrebatada. Todos me creen loco… pero usted no, ¿verdad, Emilia?

Negué con la cabeza, atemorizada.

—Soy tan violento que pierdo la noción de mis propios actos —prosiguió, dándose la vuelta para ir a tumbarse sobre un colchón que había al otro lado de la habitación.

Aun si no entendía lo que Abélard quería decirme, intuí que hablaba con la verdad y que intentaba advertirme algo.

—¿Quién quiere arrebatarle la vida, Abélard? —Lloré.

Él sonrió, sosteniendo la pipa de opio entre los dedos y cerrando los ojos. Daba la impresión de estar casi en paz.

—Yo mismo, niña —dijo, sumiéndose en los efectos del narcótico.

—¿Qué hay de los vampiros? —pregunté, deseando traerlo de vuelta a la realidad.

—Elija un crucifijo y márchese antes de que vengan por mí, antes de que yo mismo haga algo de lo que pueda arrepentirme —dijo, y pareció dormirse sobre el sucio almohadón.

—¿Abélard? —llamé, sin obtener una respuesta.

La situación era confusa y angustiante. Deseaba ayudarlo pero no podía quedarme allí mucho tiempo, en especial cuando él mismo me había puesto sobre aviso acerca de la violencia de la que era capaz. Apurada, volví la vista hacia los crucifijos que resplandecían sobre la mesa. El sol se ocultaría pronto y Rosendo me esperaba para llevarme de vuelta a casa. Había tantas cruces que me sentí abrumada, debía escoger una y salir de ese lugar cuanto antes. Al fin divisé un crucifijo que en vez de gemas tenía aplicaciones de pasta esmaltada color granate en las cuatro puntas y en el medio. La aleación de los metales de la base había dado como resultado una lámina plomiza que había sido exquisitamente moldeada y repujada. La toqué con los dedos y sentí que una vibración me recorría.

—Buena elección —murmuró Abélard, con los ojos aún cerrados.

¿Cómo sabía qué crucifijo había favorecido? Abrí mi monedero y saqué bastante dinero, pero el tintineo de las monedas sobre la mesa hizo que Abélard se incorporara, iracundo:

—¿Qué utilidad puede tener su dinero para un hombre que va a morir? ¡Márchese! ¿Qué me ve? ¡Le digo que se vaya, hágalo antes de que nos maten a los dos!

Sus ojos estaban inyectados de sangre. Tuve tanto miedo que no me atreví a mover un solo dedo y, en vez de obedecerle, mascullé:

—Puede utilizar el dinero para comprar opio.

El hombre se quedó viéndome como quien contempla una aparición. Cuando creí que iba a lanzarse sobre mí para matarme en medio de su delirio, rompió a reír.

—¡Opio! —dijo entre carcajadas, acercándose a mí.

Tomó el crucifijo que aún reposaba sobre la mesa y me lo extendió plácidamente:

—Perdóneme, usted no es como los demás. Heme aquí, convertido en su juez y casi en su verdugo, y usted ni siquiera condena mi adicción. Ah, Emilia, la vida podría ser tan hermosa como los objetos que nos rodean en esta sucia estancia. Déjeme su dinero, lo aceptaré gustoso sabiendo que la mujer que lo otorga no lo ha envilecido con insidiosos barnices moralistas. Después de todo se lleva un pedazo de mi alma, ¿no es así? Dios quiera que la salve a usted.

Mi mano temblaba debajo de la de Abélard al recibir el crucifijo.

—Gracias. Que Dios lo acompañe, Abélard —murmuré.

Él me siguió hasta la puerta.

—Vuelva alguna vez, Emilia. Mejor si es de mañana. Quizá no la asuste tanto —dijo.

Le sonreí al despedirme. No sabía si me atrevería a regresar a aquel lugar en lo que me quedaba de vida. Atravesé el callejón en un santiamén y pronto me vi rodeada de luces y coloridos personajes. Era difícil creer que tras las alegres bambalinas del distrito del arte se escondía una realidad tan sórdida como aquella.

Rosendo conversaba con un pequeño grupo de prostitutas que se habían congregado en torno a él. En cuanto me vio hizo un gesto con la mano para saludarme, con lo que las mujeres, suponiendo que acababan de perder un cliente, se dispersaron rápidamente en busca de otros compradores de desesperanza.

—¿Qué hay, Rosendo? —dije, tratando de encubrir con una sonrisa el torbellino de emociones que giraba dentro de mí.

—Nada nuevo, señorita. ¿Qué tal estuvieron sus compras? —preguntó a su vez, ayudándome a subir al coche.

—Te traje un pastel. El otro es para Lucía —respondí, extendiéndole la pequeña bolsa de la pastelería. No quería entrar en detalles.

—¡Qué alegría! Me encantan los pasteles de Colette. Muchísimas gracias —Rosendo se sonrojaba cada vez que lo mimaba de alguna forma—. ¿Desea que la lleve directamente a casa? —preguntó, aún sosteniendo la puerta.

—Sí, pero me gustaría que le dieras una vuelta completa a nuestra cuadra antes de dar por terminado nuestro paseo. Creo haber perdido algo por allí, y tengo la esperanza de encontrarlo.

—¿Y qué es ese algo, señorita? Tal vez yo pueda ayudarla a avistarlo.

¡Un vestido!, pensé, pero contesté:

—Mi tranquilidad.

Rosendo rio, estaba acostumbrado a mis disparates y jamás habría creído que hablaba en serio.

Me despedí mentalmente de Abélard conforme nos alejábamos del barrio aunque pensé que, mientras tuviera el crucifijo, no estaría separándome por completo de su creador. Até la joya alrededor de mi cuello con un cordón de seda que había utilizado para sujetarme los cabellos y traté de recordar las palabras de Abélard al respecto de los vampiros. ¿Serían la causa de que el artesano estuviera muriendo? Él había hablado de muerte y de matar, pero también de proteger y de Dios. De cualquier modo, Abélard tenía acceso a conocimientos que yo no, así fuera solo a través de sus delirios.

3
Tonalidad vecina: el señor de Halkett

Mi corazón comenzó a latir con fuerza cuando nos acercábamos a casa por la gran vía. Llegaríamos por la esquina derecha de nuestra calle y Rosendo recorrería la cuadra en el sentido de las manecillas del reloj, al revés de lo que yo había hecho la noche anterior. No sabía qué tan efectivo sería para recuperar mis recuerdos pues iniciaríamos el trayecto por el tramo que no recordaba haber caminado.

El sol se había puesto para cuando alcanzábamos la esquina, debía ser la misma hora en que me había perdido antes del ataque. Esta vez el aire estaba cálido y el cielo había adquirido una tonalidad azul índigo. Pude distinguir con facilidad las fachadas de las casas y la enramada de los árboles con la poca luz natural que había.

Para mi sorpresa, la calle distaba mucho de ser fantasmagórica. Resultaba muy distinto pasar por allí en coche y en compañía de Rosendo. Él aminoró la marcha y me concentré en los detalles. Las casas eran más lujosas que las del lado opuesto de la cuadra: para comenzar, todas tenían amplios jardines frontales sobre los que se levantaban inmensos árboles, a diferencia de las de nuestra calle, cuyos balcones estaban tan cerca de la acera. Las puertas y ventanas se veían más sólidas y sus fachadas eran sobrias e imponentes; ninguna estaba pintada de color y se apreciaban diversos trabajos de piedra esculpida en los muros. Por último, algunas estaban cercadas con rejas de hierro.

Una en especial, la más grande de todas las casas de aquella manzana, llamó mi atención. Su reja era tan alta que sobrepasaba las ramas de los árboles. Un camino de tierra aplanada atravesaba el antejardín hasta las anchas escaleras de granito que conducían a la puerta principal. El arco del pórtico, de alabastro, ostentaba el diseño intrincado de un magnífico dragón. Una corazonada me dijo que había sido atacada justo frente a esa casa. A pesar de que no había bruma y podía distinguir cada revés del pavimento y aun si aquella calle lucía tan encantadora en el esplendor de un nuevo crepúsculo, mi cuerpo recordaba lo que le había ocurrido.

Estaba por pedirle a Rosendo que se detuviera frente a la casa del dragón cuando la reja se abrió y un coche se aproximó a la salida por medio de un camino lateral de piedras sueltas que adiviné debía conducir a la parte trasera de la propiedad. El coche viró sobre el empedrado de la vía principal y avanzó hacia nosotros. De repente, las pequeñas heridas en mi cuello comenzaron a arder y mi respiración se tornó pesada. Me llevé la mano a la garganta sin moverme de mi lugar al lado de la ventana. Algo extraño me ocurría de nuevo, la cabeza me daba vueltas y sentí que mis párpados se ponían pesados conforme los dos coches se aproximaban. Cuando estuvieron uno al lado del otro, Rosendo detuvo la marcha de forma subrepticia.

—¡Félix! —gritó con voz de júbilo—. ¡Qué gusto! ¿Tú por aquí de nuevo?

—¡Rosendo! —exclamó el otro cochero, deteniéndose a su vez—. ¡Las cosas de la vida! ¿Quién iba a pensarlo?

Clavé la mirada en el compartimiento del otro coche, ansiosa por descubrir quién estaba allí. Mis rodillas temblaban y estaba aún más aterrorizada porque las negras cortinas del asiento del pasajero estaban corridas.

—¿Trabajando todavía para los Malraux? —preguntó el otro cochero.

—¡Sí! ¿Y tú?

Antes de que Rosendo pudiera terminar su frase, las cortinas se recogieron, dejando a la vista un sombrero de copa.

—¡Félix! —gritó una voz masculina desde el interior del coche—. ¿Qué demonios crees que haces?

—Perdóneme, señor, hace años que no veía a mi primo Rosendo y pensé que…

—¿Qué brillante ocurrencia tuviste esta vez, si se puede saber? —preguntó la voz—. ¿Tal vez pensaste que a tu señor se le antojaría sentarse a escuchar tus cotorreos durante un par de horas?

—No, señor, yo…

—¡Déjame adivinar! —interrumpió el otro, sacando una mano enguantada por la ventana y golpeando la portezuela por fuera con un fino bastón de metal—. ¡Creíste que sería importante enseñarme la divina virtud de la paciencia!

—Solo quería saber si… si Rosendo tiene noticias acerca del paradero de mi madre —masculló el pobre hombre, quebrándosele la voz.

—¡Tu madre está muerta, Félix! —exclamó su amo—. ¡Te lo he dicho mil veces! Ahora, haz el favor de reanudar la marcha, a menos que quieras ir a hacerle compañía a tu difunta progenitora a partir de esta noche.

—Sí, señor, como usted mande —dijo Félix con cara de profunda tristeza. Al pasar por nuestro lado, se despidió de Rosendo con una inclinación de cabeza y grandes ojos llorosos.

No podía dar crédito a lo que mis oídos acababan de escuchar. Todo mi miedo se había disipado, dándole paso a la más enardecida indignación. Estaba lista para proferir una retahíla de palabras hirientes en cara del desalmado que le había hablado de esa forma a su conductor acerca de su madre. Me preparé para ello tomando una honda inhalación pero en cuanto nuestras ventanas estuvieron alineadas tuve que detenerme en seco. El hombre que iba dentro del coche giró la cabeza hacia el exterior y su mirada encontró la mía. Nunca había visto ojos tan descaradamente cínicos y hermosos a la vez. Al verme, el hombre frunció el entrecejo por unos instantes y, un segundo después, una sonrisa burlona empezó a dibujarse en sus labios. Digo empezó porque, en ese momento, Rosendo aceleró la marcha y la imagen fugaz del hombre desapareció, dejando en su lugar el inmenso dragón grabado que custodiaba la entrada de su casa. Podría haber jurado que el suave arrullo de la brisa había sido reemplazado por el eco de una sonora carcajada cuyas notas altas revelaban sorpresa, al tanto que las bajas sugerían cruel satisfacción.

—¡Rosendo! —exclamé—. ¡Interrumpe la marcha, por favor!

Rosendo detuvo los caballos y, antes de que yo se lo pidiera, descendió del puesto del conductor y abrió la puerta del compartimiento.

—¿Cree haber encontrado lo que se le extravió ayer, señorita?

—¿Quién es ese hombre, Rosendo? —pregunté, agitada, sin responder a su pregunta.

—Es mi primo Félix, señorita —respondió con expresión resignada.

—¡Sí, esa parte la entendí! ¡Me refería a su patrón! ¿Cuál es su nombre?

—Ha de ser el hijo del barón, señorita.

—¿El hijo del barón? ¿Qué barón?

—El barón de Halkett, señorita.

—¿Un barón vive en este vecindario? ¿Desde cuándo?

—Hace unos diez años adquirió varias propiedades de esta cuadra, pero solo se quedó aquí una breve temporada. Todo parece indicar que está de regreso.

—¿Y ese inicuo mentecato es su hijo?

—Eso creo, señorita. Se le parece mucho al señor, el antiguo patrón de Félix, solo que el barón ya estaba entrado en años la última vez que estuvo por aquí.

—¡Pues si de su padre heredó la vileza, aquel se merece la baronía de los infiernos! Qué digo, la baronía… ¡el ducado!

Estaba furiosa con él. ¿Cómo se atrevía? Si no hubiese visto con mis propios ojos su nívea piel, el brillante cobalto de sus ojos y su cabellera azabache, habría jurado que era el espectro que me había atacado la noche anterior. Estaba segura de que el alma que se escondía detrás de esa insolente mirada solo podía equipararse en maldad a la de un vampiro. Y, de no saber que los vampiros eran cadáveres en descomposición que salían de sus tumbas en la noche, habría jurado que el hijo del barón se reía de la rapiña de sangre a la que me había sentenciado frente a su propiedad.

Era hora de ir a casa. El encuentro con el inquilino de la casa del dragón había arruinado por completo mi propósito de recobrar los recuerdos desaparecidos de la velada previa.

—Vámonos, Rosendo —dije.

—¿No halló lo que buscaba, señorita?

—No, Rosendo —dije, antes de que mi buen cochero cerrara la portezuela.

Para entonces supe que había perdido, irremediablemente, la tranquilidad.

Lucía me esperaba con la cena lista y, como no quería preocuparla, hice un esfuerzo por comer un tercio de lo que me había servido. No pude resistirme a acabar, empero, con las crêpes sucrées que había preparado para que llevara a casa de Perline a la mañana siguiente.

Salí al balcón un rato y me senté con los brazos apoyados sobre las rodillas, repasando los sucesos de la tarde. Los personajes con que me había cruzado se salían de los (hasta entonces) infranqueables límites de mi amurallada existencia. Tal vez esos dos encuentros no le habrían causado impresiones tan fuertes a otra persona y los habría olvidado pronto, relegándolos a la categoría de coincidencias, pero yo no era otra persona y, además, había sido asaltada por un vampiro. No iba a permitir que el escepticismo de quienes me rodeaban mandara al traste lo único que, en mi concepto, podía mantenerme viva: la confianza que, hasta ese momento, había depositado en mi intuición.

Le eché un vistazo al segmento del parque que podía apreciarse desde mi balcón. Los hombres habían regresado a sus casas, por lo que solo el viento recorría el sendero exterior del parque. Aun así, algo no encajaba con lo habitual en nuestro vecindario: no escuchaba el piano de Vivianne Muse.

Aunque siempre estaba fatigada, Vivianne no solía irse a la cama temprano y era la última en retirarse del balcón en las noches de verano. ¿Dónde estaba? Me reprendí por mi insólito arranque de curiosidad antes de dejar que mi mente hilara terroríficas conjeturas al respecto del paradero de mi vecina y me dije que quizá solo se hallaba indispuesta.

Estuve sentada en el mismo lugar hasta que el cansancio se adueñó de mí y solo entonces me incorporé. Mi vestido blanco aún no aparecía y Lucía empezaba a creer que yo misma lo había escondido con el propósito de jugarle alguna broma.

Me puse una bata de seda verde limón con brocados de hilo plateado y me cepillé el cabello cien veces para confortarme a mí misma con algún ritual conocido aunque innecesario: mi cabellera, tan negra como la del detestable hijo del barón de Halkett, jamás se despeinaba a pesar de su longitud. Me miré en el espejo y admití, a mi pesar, que lucía muy desmejorada: estaba pálida, ojerosa y flacuchenta. Además, así hubiera querido creer que estaba a salvo, el matiz mercurial de mis ojos delataba mi estado anímico: estaba verdaderamente perturbada.

Me metí en la cama y rogué a Dios que no se olvidara de mí. Si la posibilidad de morir sin confesión me aterraba, la idea de morir experimentando dolores como los que había padecido la víspera me empujaba al límite de la desesperación. A pesar de la angustia que me embargaba, me quedé dormida muy pronto.

Soñé que seguía a Abélard a través de un camposanto a la madrugada. Él corría hacia una de las tumbas y al fin se detenía frente a ella para decirme:

—La vida podría ser bella como la muerte que nos rodea. ¿No le gustaría pasar?

La lápida se descorría sola y la tapa del ataúd que estaba dentro se levantaba, descubriendo el cuerpo sin vida del hijo del barón. En ese instante, una enorme cruz de filosa punta inferior aparecía en las manos de Abélard. Este, en pose de fría dignidad, atravesaba con la cruz el pecho del difunto. Yo gritaba ante la crueldad del espectáculo y Abélard rompía a reír desaforadamente, clamando:

—Solo yo soy bueno, solo yo soy santo, solo yo vivo y reino por los siglos de los siglos.

El hijo del barón abría los ojos un breve instante y, dejando escapar un suspiro, lloraba:

—Madre, ¿por qué me abandonaste?

Un fino hilo de sangre brotó de sus labios y recorrió su rostro blanco para perderse debajo del contorno de la barbilla al tiempo que él me miraba, suplicando con su última exhalación:

—Ore por mí.

Desperté gritando y bañada en sudor. Mi ventana estaba abierta de par en par y más allá de las quietas hojas de los árboles entreví la luna creciente. Hacía un calor infernal en mi habitación. Quería ver a mis padres, me sentía sola y desprotegida sin ellos. Siguiendo un impulso, encendí mi lámpara y me senté a escribirles una carta. Nunca antes les había escrito, pero nunca antes nos habíamos separado.

Queridos mamá y papá:

¿Cómo están?

Las cosas por aquí no son lo mismo sin ustedes, en estos momentos siento el vacío de su ausencia con profunda desesperanza.

Esta tarde estuve en el distrito del arte con Rosendo y visité el taller de un hombre moribundo que tiene una terrible adicción al opio. No me juzguen mal, tuve que ir. Necesitaba un crucifijo. Se preguntarán a que se debe la urgencia de la situación. Bien, la respuesta es muy sencilla: anoche fui atacada por un vampiro.

Los quiere,

Emilia.

Rompí el papel en pedacitos y miré por la ventana. ¿Estaría el vampiro rondando mi habitación? Llevé mi mano al crucifijo que aún tenía atado alrededor del cuello. ¿Estaba acaso escuchando el piano de Vivianne Muse? Me acerqué al alféizar de la ventana y agucé el oído: efectivamente, Vivianne tocaba. Su música me hizo sentir acompañada y alivianó mis temores. Regresé a la cama y no desperté de nuevo hasta la mañana siguiente.

Ese día las heridas de mi cuello lucían aún más pequeñas y había recuperado el aspecto habitual de mi rostro. El sol brillaba y, con él, mis ánimos. Iba a visitar a Perline y Lucía había preparado otra tanda de crêpes sucrées. Era viernes, mi día predilecto de la semana, por lo que pensé en vestir algún color fuerte y alegre. Me puse un vestido que mi madre me había mandado hacer imitando el estilo oriental que estaba en boga: era color rojo bermellón y tenía sutiles diseños de arabescos en hilo dorado. El vestido iba ajustado sobre el busto y después caía en línea recta hasta el suelo. Las mangas eran delgadas y se cernían al brazo por debajo del hombro cubriendo los moretones. Pensé que sería propicio echarle un vistazo a los dientes y a los dedos de mi odioso vecino en caso de que mi pesadilla tuviera alguna relevancia aunque, a la luz del día, la idea me parecía verdaderamente ridícula: Abélard era un hombre que tenía un talento descomunal y una enfermedad que solo el opio hacía soportable, y el hijo del barón era un hombre caprichoso que estaba acostumbrado a que todos besaran el suelo por donde caminaba. Mi atacante debía estar descansando en algún lugar del cementerio y acaso se mantendría alejado de mí ahora que llevaba el crucifijo alrededor del cuello. Cambié el cordón de seda plateada del día anterior por uno de seda amarilla que hacía juego con mis zapatillas y salí de casa llevando una pequeña canasta que contenía el postre.

Al llegar a casa de Perline, tía Inés me miró de hito en hito y luego me abrazó con una sonrisa de plena aprobación.

—¡Qué buen trabajo ha hecho tu madre contigo! —dijo, dándome unas palmaditas en la espalda—. Espera a que veas las maravillas que compré, te van a encantar.

Adoraba a mi tía Inés. Era como una mariposa que siempre irradiaba un aire de volátil alegría.

—¡Emilia, querida, al fin llegaste! —exclamó mi prima Perline descendiendo los escalones.

Llevaba flores de seda en los cabellos castaños y un vestido blanco de faldas amplias. Tenía las mejillas sonrosadas y los labios rojos, parecía una pintura de lo guapa que estaba.

Nos sentamos en el jardín debajo del árbol, donde habían colocado una mesita con un mantel azul pálido y un par de bancas.

—¿Qué tal la pasaste ayer? —le pregunté, bebiendo un sorbo del café que nos habían llevado.

—¡Ay, Emilia! ¡Ojalá hubieras estado allí para verlo con tus propios ojos! Fue, sin exagerar, la velada más espléndida a la que he asistido en toda mi vida. Había bailarinas, músicos y… ¡a que no sabes quién se presentó! Pero qué tonta soy, ¿cómo podrías saberlo? Es el hombre más guapo del mundo. Creo, incluso, que me enamoré. No, permite que me corrija: ¡me enamoré! —anunció, poniéndose la mano en el corazón.

Mi prima se enamoraba cada día de por medio, así que la noticia ya no me conmocionaba como dos años atrás.

—¿Y quién es el dichoso ladrón de tu amor en esta ocasión, Perline, querida? —pregunté.

—Es tan apuesto, Emilia… Es alto, delgado, de espalda amplia y cintura fina. Viste de maravilla. Lleva los cabellos medio largos por debajo del mentón, pero de despeinado no tiene un pelo. Qué redundante me he puesto, ha de ser el amor. No puedo parar de hablar de él. De nuevo, a su cabello: ¡parece hecho de seda! Te juro que me moría por tocar aunque fuera un mechón para comprobar que es de verdad, es más brillante que… qué sé yo, ¡es muy brillante! Lo trae algo más corto atrás y más largo adelante, es un corte osado pero te prometo que se ve tan elegante enmarcando ese delicioso rostro…

Las galletas de chocolate están deliciosas, pensé, metiéndome dos a la boca al mismo tiempo y procurando que tía Inés no me viera desde la ventana. Perline, por supuesto, no me veía a mí sino a su nuevo amor.

—¡Su nariz! Es preciosa, Emilia, y tú sabes que me tienen sin cuidado las narices, pero la suya es diferente: no es ni larga ni corta, es recta en la base y no es tan delgada que lo haga asemejarse a un judío ni tan ancha que parezca la de un italiano. ¡Y qué decir de sus fosas nasales!

—Son absolutamente perfectas, ¿no es así? —pregunté, ya un poco mareada con la descripción de Perline.

—¿Cómo lo supiste? ¡No me digas que lo conoces!

Negué con la cabeza y puse los ojos en blanco.

—¡En ese caso, no te pierdas de un solo detalle! —exclamó ella, dichosa.

Como si pudiera, pensé, y dejé que mi pensamiento volviera al distrito del arte. ¿Qué estarían haciendo Céline y Abélard en aquellos momentos?

—Su barbilla, Emilia, ¡su barbilla! Pareciera haber sido pintada por el mismo Raffaello. Su rostro es más bien delgado pero sus labios le otorgan tanta dulzura que haría suspirar a un ángel de piedra, y lo mejor de todo…

—No me digas: son sus ojos, ¿verdad? —pregunté, resignándome a mi destino.

—¡Ya describí sus ojos, Emilia! ¡Tienes que prestar atención! —protestó Perline.

—Claro, claro que sí. ¿Qué es lo mejor de todo?

—Que me escuchó hablar de Sainte-Marie-des-Bois durante dos horas sin siquiera pestañear y sin mirar a nadie más.

El hombre es un santo, conjeturé, pero dije, pensándolo mejor:

—Eso es amor.

—¡Lo sé! Me hizo mil preguntas al respecto del internado. Quería saber dónde estaba todo, quería conocer los nombres de todas mis compañeras, los de las institutrices… ¡Todo!

—¿De veras? —pregunté, extrañada.

—¡Sí! ¡Es la primera vez que un hombre mayor me escucha con interés! Queridísima prima, prepárate: algún día voy a ser la esposa del futuro barón de Halkett.

El café que estaba a punto de tragar salió despedido en todas las direcciones ante la mención de aquel nombre.

—Emilia, ¿estás bien? —preguntó mi prima, tratando de ayudarme a calmar mi acceso de tos con una gran servilleta de lienzo blanco.

—¡Me asfixias, Perline! —exclamé, aún tosiendo.

—¿Quieres agua? —preguntó, asustada.

—¡No! —grité, temiendo que me arrojara al estanque—. Estoy bien, de veras, tranquilízate.

¿Qué ristra de mentiras acababa de aseverar Perline acerca de mi malvado vecino? ¿Podía acaso tratarse del mismo hombre?

—¿Y bien? —preguntó Perline, pestañeando con los ojillos marrones abiertos de par en par.

—No sé qué decirte, Perline —balbucí.

—No estaría de más felicitarme.

—Te felicito, supongo —dije, aún aturdida—. ¿En verdad dijiste que el hijo del barón es dulce?

—¡Como la miel! Espera, ¿lo conoces?

—A duras penas si lo vi unos segundos anoche.

Le conté a Perline el encuentro de nuestros cocheros omitiendo todos los pensamientos metafísicos que me había inspirado el hijo del barón.

—¡Así que no puedes negar que su apostura es inigualable! —fue todo lo que comentó ella cuando le puse fin a mi corta anécdota.

—Perline, ¿no me escuchaste? ¡El hombre es detestable!

—¡Bah! Tú también lo serías si fueras de la nobleza… y tan guapa como él.

Levanté una ceja, indignada:

—No, Perline, no lo sería, y deja que te saque de tu error: yo soy mucho más guapa que el hijo del barón.

—Ya veremos qué piensas cuando lo veas bien —dijo ella, y elevó los ojos al cielo, adentrándose en un mundo de ensoñación. Habría perdido mi tiempo insistiendo en sacarla de su error.

—¿Cuál es su nombre? —le pregunté, frustrada.

—¿Cómo?

—Pregunté cómo se llama tu futuro marido, chiquilla —dije, con doble intención.

Perline guardó silencio y me miró con los labios entreabiertos.

—No tienes ni la más remota idea, ¿verdad? —insistí, saboreando mi triunfo.

Perline negó con la cabeza sin que se alterara su expresión de estupor.

—¡Tía Inés! —llamé.

Mi tía estaba ahora paseándose cerca de nosotras y volvió la cabeza hacia donde estábamos.

—¿Sí, querida?

—¿Cómo se llama el hijo del barón de Halkett? —inquirí.

Perline me miró con ojos de súplica: no quería que su madre supiera cuán enamorada estaba.

—¡No lo sé! —respondió tía Inés—. Creo que Kriwel o Nigel… ¿por qué?

—Estoy prendada de él, tía. —Bromeé para picar un poco a Perline.

—¿De veras, querida? —Rio ella, al tanto que Perline enrojecía hasta las orejas—. ¡Magnífica elección! Supongo que ahora tendremos que buscar una excusa para invitarlo. ¡Ay, qué dulce!

Le dirigí a mi tía una sonrisa inocente y me volví hacia Perline, diciéndole en voz baja:

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