1
Lo había reconocido esa tarde, en la conferencia, sentado entre otras cuatrocientas personas que atiborraban la Sala BBK de la Gran Vía bilbaína. La verdad es que fue una sorpresa extraña. Ni en un millón de años me hubiera esperado verle en la presentación de una de mis novelas. Sencillamente, Jokin no era el tipo de persona que te imaginas leyendo un best seller, o asistiendo a presentaciones de libros…; ni siquiera le pegaba aquel teatro con sus bonitas butacas color burdeos.
Pero de pronto recordé que hacía tan solo un mes, en el funeral de mi padre, se había acercado a darme un abrazo que resultó quizá demasiado largo. Y que parecía terriblemente afectado esa tarde, tal vez más de la cuenta. ¿Por eso había venido a verme? ¿Quizá el accidente de mi padre había despertado en él antiguos vínculos? No lo sé. Era raro, pero hay un montón de cosas raras en el mundo.
Entonces el presentador volvió a la carga con su siguiente pregunta.
—Con solo tres novelas te has convertido en el fenómeno editorial del país. ¿Cómo digieres tantísimo éxito?
—Oh… Bueno…
Solté una de mis respuestas enlatadas. Algo sobre los sueños que se hacen realidad y del valor de creer en una misma. Un poco de emoción que rompí con un chiste sobre «lo mucho que me gustaría que mis sueños de adelgazar se cumplieran también». El público aplaudió entre risas y yo me hice la sorprendida.
—Ahora en serio… —dije mirando aquellos rostros ilusionados, expectantes, sin poder evitar oír una voz interna que clamaba: «Mentirosa, estafadora…, deberían lincharte aquí y ahora»—. Es un verdadero halago. Os lo agradezco a todos, de corazón.
Era la cuarta ciudad de una gira de doce para presentar El baile de las sombras, mi tercera novela, y el evento estaba resultando un éxito total. Aunque yo no había podido verlo, mi asistente y community manager, Marta Donada, había subido ya unos cuantos vídeos a mi cuenta de Instagram en los que se apreciaba una larga cola de (principalmente) lectoras esperando para entrar. Mucha gente se había quedado fuera y los libros se estaban agotando en el estand de venta que se había habilitado en el vestíbulo junto a un roll-up que anunciaba:
QUINTANA TORRES
La nueva dama del thriller
(«Reina absoluta del timo», debería decir).
Después de unos veinte minutos de toma y daca con aquel presentador de habla engolada, que parecía enamorado de su propia voz, llegó por fin el turno del público. Aquí, las cosas se pusieron más divertidas. El baile de las sombras era la tercera —¿y última?— entrega de la serie de la inspectora Susana Barrios. Y claro, la pregunta se volvía obligada.
—¿De verdad será la última? ¿De verdad nos harás esto?
Risas y murmullos.
—Nunca se sabe —respondí con diplomacia—, pero por ahora creo que la inspectora Barrios se merece unas vacaciones, ¿no?
Risas, aplausos…, siguiente pregunta.
—Me ha encantado que Barrios por fin confiese su amor por el comisario Bañuelos —dijo una mujer de la primera fila—. ¡Ya era hora de que algo le saliera bien en el amor!
—Sí, querida, eso mismo pienso yo.
—¿Hay algo de ti en ella? Quiero decir, tenéis la misma edad… Yo os imagino casi iguales. ¿Cuánto de Quintana hay en la inspectora Barrios?
Me quedé callada pensando en una buena respuesta. «¿Que es una tía del montón con una vida sentimental de mierda?».
—Bueno, tenemos muchas cosas en común, aunque yo no soy tan valiente. ¡Eso sí te lo puedo asegurar!
(Ja, ja, ja).
Hubo otras preguntas, todas de mujeres. «¿De dónde sacas las ideas para esos misterios tan complicados?», «¿cómo te documentas?…, «¿hay que tener alma de detective para escribir así?». (Desde luego, y ser alguien con una capacidad rayana en la neurosis para prever fatalidades). Entonces un chico levantó la mano.
Tendría unos treinta años, gafitas de pasta, aspecto de cultureta.
Ojo cuidado.
—Señorita Torres, empiezo diciéndole que me ha encantado la adaptación de Netflix de su primera novela, La chica del lago; prácticamente la devoré de una sentada.
—Muchas gracias —respondí, ¿qué más podía decir?
—Me ha fascinado enterarme de que la historia narra hechos reales… Algo que pasó en su juventud. ¿Es cierto?
«Vaya, un recién llegado a la secta…», pensé.
Bebí agua. Me reacomodé en la silla. No me gustaba demasiado hablar de ello, pero el estreno de Netflix había reavivado el interés por La chica del lago. Sobre todo el documental que habían lanzado ese mismo año: La verdad detrás de «La chica del lago».
—Sería más correcto decir que está «basada» en hechos reales —repliqué—. Cuando yo tenía diecisiete años, una chica de mi pueblo se ahogó en un pantano. —Hice un breve silencio—. Durante unos días se creyó que podría tratarse de un crimen. La chica del lago está basada en las investigaciones y teorías que surgieron en aquellos días.
—Alba —dijo entonces aquel joven—. La chica «real» se llamaba así, ¿verdad?
Sentí que se me erizaba la piel del cuello, como si alguien hubiera abierto una ventana y una corriente de aire frío se hubiera colado en aquel escenario. Ese nombre todavía me provocaba muchas cosas y, casi de manera inconsciente, busqué a Jokin entre el público.
—Alba… —repetí—. Sí. Así se llamaba…
Pensé que el cultureta se daría por satisfecho. Ya había tenido su minuto de gloria. Y parecía el clásico enteradillo al que le gustaba precisamente eso: deslumbrar. Pero ahí seguía, de pie y con el micro en la mano.
—En La chica del lago, lo que parece un accidente termina siendo un asesinato —continuó en medio del tenso silencio que se había hecho en la sala—. En el caso real, el de Alba, parece que también hubo dudas, ¿verdad?
Bueno, pues esto es lo que pasa cuando usas a los muertos para vender novela, ¿eh?
Lancé una mirada de auxilio al presentador, que parecía estar en la luna de Valencia.
—Como le he dicho antes —respondí intentando controlar un ligero temblor en la voz—, hasta que no se encontró el cuerpo, se trató como un caso de desaparición. Fueron cuarenta y ocho horas. Aunque después la autopsia estableció que había sido…
—Sí, lo sé: un accidente —me cortó él—, pero ¿no es cierto que la familia de Alba intentó reabrir el caso? ¿Que hubo flecos sin explicación en toda la historia?
—¡Vaya! —intervino el presentador—. Aquí la gente viene con los deberes hechos, ¿eh?
Se oyeron algunas risas, pero en general el público permanecía callado. Quizá intuían la tensión que comenzaba a provocarme aquel tipo. Pensé en esa palabra que había utilizado: «flecos». Es cierto que quedaron algunos asuntos sin explicación; incluso un diario desaparecido (el diario íntimo de Alba), que la familia esgrimió como uno de los argumentos para defender sus «dudas razonables» respecto a la muerte de la joven…
—Te repito que fue un accidente —dije, ya tuteándole—. Sin embargo, es cierto: la familia de Alba no quedó demasiado conforme con el desenlace de la investigación. Pero al final, como digo, la autopsia determinó que no había ningún indicio criminal en su muerte. —Y lancé una mirada de fuego al presentador, que (por fin) pareció despertar.
—Desde luego, está claro que aquella primera novela sigue suscitando muchísima curiosidad… —terció—. Pero mejor que nos centremos en la novedad, ¿os parece? ¿Hay alguna otra pregunta?
Superado el momento de tensión, respondí a otras cuatro lectoras mucho más amables, que parecían querer recalcar adrede su distancia con el cultureta, y dimos el acto por clausurado.
Mientras el público me despedía con un aplauso, mis ojos se movieron nerviosamente buscando la cara de Jokin, que había desaparecido como por arte de magia, casi como si solo hubiera sido una aparición fantasmal.
Salvo que no lo era. Apareció un poco más tarde.
2
Las firmas tenían lugar en el vestíbulo del teatro, que estaba abarrotado de gente cuando llegué.
«Un ejemplar por persona», rezaba un cartel a mi lado. «No se firmarán trilogías completas».
Solo llevaba cuatro años en la profesión de «autora de éxito», pero ya tenía ojo para calcular que aquello podría alargarse durante varias horas si no me daba algo de prisa. Al principio, nada más publicar mi primera novela, me encantaba charlar con todo el mundo, saber su opinión o escuchar sus historias. Pero en los últimos tres años, la gente que asistía a las firmas se había multiplicado por diez y yo tenía, forzosamente, que aprender a sobrevivir. Así que me limité a escribir NOMBRE y firma. Nada de «con cariño» o «deseando que lo disfrutes»…, y, por supuesto, nada de aceptar frases personalizadas como «de tus tías Maribel y Conchi».
O sea, me había convertido en un robot que sonreía y dibujaba.
Qué bien.
Entre los primeros de la cola estaba el tipo de las gafitas y las preguntas impertinentes.
—Perdone si antes le he molestado con tantas cuestiones. —Hablaba con una sonrisa—. No todos los días puede uno conversar con una de sus autoras favoritas. Y el caso de Alba me ha parecido muy oscuro y misterioso.
—Lo fue —dije mientras firmaba su ejemplar de La chica del lago.
—Solo una pregunta más… En la novela, la policía interroga a los amigos de la víctima… ¿Te interrogaron a ti también?
«Oh, por Dios, y el tipo sigue y sigue».
Mi asistente dio un paso adelante.
—Hay bastante gente esperando —le dijo Marta—, si le disculpa…
—Está bien —intervine; el chico era intenso pero no tenía mala intención—. En efecto, yo fui una de las últimas personas que vieron a Alba con vida aquella noche, y por lo tanto, tuve que prestar declaración. Fueron unos momentos muy difíciles para todos, la verdad.
—Gracias. —Recogió el libro que yo le tendía—. Esta primera novela me parece insuperable.
«Y a mí», pensé yo.
Al cabo de una hora había conseguido despachar un tercio de la fila. Tenía los dedos sucios de tinta, los labios resentidos de tanto sonreír y las rodillas gastadas de levantarme para hacerme una foto con cada lectora que pasaba por allí. Pero todavía quedaba un montón de gente.
Entonces, justo después de atender a un grupo de lectoras que había venido en bloque desde Santander a por su firma y su foto, volví a sentarme y miré al siguiente en la fila.
Era él, Jokin.
Estaba quieto allí, sin moverse, y tuve que hacerle un gesto con la mano para que se acercara. Lo primero que me llamó la atención fue el bastón que utilizaba para caminar. ¿Desde cuándo? ¿Qué le habría ocurrido? Bueno, sabiendo la mala vida que llevaba en su día, casi cualquier cosa era posible.
Vino cojeando con cierta reserva, probablemente a causa de su timidez.
Un chico espigado, con el pelo largo, enmarañado, barba de tres días. Vestía una trenca de color caqui y botas de monte, como si acabara de salir de esa cabaña donde —según había oído— vivía desde hacía siglos, como un ermitaño.
—Qué ilusión, Jokin —le dije intentando no mirar la empuñadura de su bastón—. Te he visto antes sentado en las butacas. ¿Qué tal estás?
Él asintió nervioso, como si todo aquello lo sobrepasara.
—Bien…, bueno…, me ha gustado mucho la presentación, Quintana. Eres…, guau, eres grande.
—Gracias… En el fondo sigo siendo la misma, ¿eh?
Le temblaban las manos cuando colocó el libro sobre la mesa, y detecté el inconfundible aroma del alcohol en su aliento.
—¿A quién se lo dedico? —le pregunté, pensando en que lo más probable era que quisiese regalárselo a otra persona; a su hermana Edurne, por ejemplo.
—Pon lo que quieras —respondió—. Lo que suelas poner.
Decidí esforzarme un poco con esta dedicatoria. Escribí un «con cariño para mi viejo amigo de Urkizu». Después, mientras cerraba el libro para entregárselo, vi que había algo más sobre la mesa. Un sobre negro que Jokin había dejado allí.
—¿Y esto?
—Es… para ti —balbuceó Jokin—, para que lo abras después… o cuando puedas.
Lo miré a los ojos. A esos dos ojos verdes y tristes que parecían vibrar por alguna razón. ¿Miedo? ¿Timidez? Volví a recordar ese instante en el funeral de mi aita, ese abrazo quizá demasiado largo, demasiado sentido. Y me temí cualquier cosa.
—De acuerdo, Jokin, lo abriré después. —Coloqué el sobre en la pila de regalos que solían ir cayendo en las firmas de libros—. Me ha encantado verte.
Jokin recogió su ejemplar y se quedó quieto observándome en silencio.
—¿Algo más? —volví a decir como para dar por terminado aquel intercambio.
—El sobre —insistió—. Es importante, míralo, ¿vale?
—Okey, lo haré —prometí.
Después salió de allí sin decir adiós siquiera. Yo lo seguí con la mirada mientras se perdía entre la multitud que aún llenaba aquel vestíbulo del teatro, envuelto en un aura extraña, intrigante… ¿Qué había en ese sobre negro?
Antes de que pudiese pensar en nada más, apareció otro lector con su flamante ejemplar de mi nueva novela.
—¿Puedes dedicárselo con mucho cariño a mi tía María Isabel?
3
Las firmas se alargaron tanto que la sala tuvo que cerrar y condujimos a parte de la fila a la calle, donde terminé firmando ejemplares sentada en un banco. Algo que, según mi community manager, «molaba» mucho en las redes, aunque era un palizón de aúpa.
Después de eso, yo no estaba demasiado católica, pero hice el esfuerzo de ir a cenar al restaurante que habíamos reservado y luego hice otro esfuerzo y me tomé una copa en la terraza del hotel Radisson. Estábamos allí sentadas en unos cómodos sofás, bajo un cielo de estrellas, en una noche extrañamente calurosa para el mes de mayo en Bilbao.
—Hoy hemos batido el récord de gente rara —decía Marta, sin despegar la vista de su iPhone—. Primero ese friki de las mil preguntas, y luego el rarito de la cazadora caqui… Olía a ginebra barata que echaba de espaldas.
—Jokin Elizegi —murmuré despacio—, ese era un amigo mío de la infancia…
—Vaya… Perdón.
—No, si es cierto: apestaba a alcohol. Y me ha sorprendido verlo en la presentación. Nunca me hubiera imaginado que le podían interesar mis libros…
Entonces recordé ese sobre negro que me había entregado «para que lo mirase más tarde».
—Oye, Marta, ¿dónde has puesto los regalos de los lectores?
Ella alzó la mirada, pensativa.
—Te los he dejado en la habitación, ¿por?
Allí estaba yo, sentada en aquel sofá con un maravilloso gin-tonic en la mano y un cigarrillo en la otra, después de un día agotador de prensa y firmas, recordando la mirada penetrante de Jokin y sus palabras: «El sobre. Es importante, míralo, ¿vale?».
—Ahora vengo —dije levantándome.
Marta asintió distraída, sin dejar de consultar el móvil, y respondiendo, uno a uno, a los cientos de comentarios del último reel que había subido a Instagram.
Entré en el bar y cogí el ascensor hasta la quinta planta, donde estaba mi suite. El servicio de noche había dispuesto la habitación para dormir: un albornoz, un par de zapatillas y una bomba de sales de baño. Toda una invitación para sumergirme durante el resto de la noche en esa bañera. «En cuanto vuelva», pensé.
Marta había dejado aquella pila de cosas metida en dos bolsas encima del escritorio. Fui sacando todos aquellos obsequios —bombones, flores, ejemplares de autores autopublicados y demás—, hasta que encontré lo que buscaba. Aquel sobre negro de Jokin Elizegi que yacía en el fondo de una de las bolsas.
Por un segundo, mi imaginación se activó con unas cuantas posibilidades. ¿Quizá era una declaración de amor tardía? En ese caso sería realmente tardía. Jokin y yo nos conocíamos desde niños. Él era el hijo de Ramiro, el encargado de mantenimiento del pueblo, que trabajaba en la misma oficina municipal que mi padre, y habíamos jugado mucho de pequeños. Después, en la adolescencia, nos separamos. Yo fui arrastrada a la esfera de familias y de gente del Club, que no tenía nada que ver con el hijo de un peón. Y Jokin, por lo que había oído, fue cayendo en un terrible agujero de drogas y alcohol. Un destino trágico para un chico que siempre consideré muy inteligente.
En cualquier caso, habíamos sido amigos de infancia, habíamos compartido mundos imaginarios y eso es algo que nunca se olvida. Ni aunque pasen veinte años.
Cogí el sobre y me senté a los pies de aquella cama king-size.
—Vale, veamos a qué viene tanto misterio, Jokin —murmuré mientras lo rasgaba.
Dentro había una sola cosa, según pude comprobar. Un fino papel brillante. Rasgué el resto del sobre para extraerlo.
Se trataba de una fotografía. La fotografía de un objeto.
Tuve que acercarme al cabecero de la cama y encender una de las lamparitas de noche, a cuya luz, pude por fin apreciar aquello con todo detalle.
En la fotografía se veía un libro de tapas amarillas, de piel, con un pequeño candado incrustado en su lomo, apoyado en una mesa de madera oscura. El libro era el objeto principal del retrato.
No, no era un libro.
Era un diario.
Lo reconocí en el acto, aunque me resistía a creerlo. Por mucho que mi mente intentó poner todas las trabas posibles, no podía negar lo que mis ojos estaban viendo.
«Es imposible», pensé mientras advertía que mis manos habían comenzado a temblar. El pequeño candado, el lomo anaranjado…
Yo había visto ese diario de policuero unas pocas veces, de eso hacía veinticinco años, siempre en manos de Alba.
Casi al instante vino a mi mente la conferencia de esa noche. El chico preguntón que quería saber más cosas sobre aquel caso. «¿No es cierto que la familia de Alba intentó reabrir el caso? ¿Que hubo flecos sin explicación en toda la historia?».
¿Podía ser algún tipo de broma friki orquestada por ese mamoncete? Eso fue lo primero que pensé. Quizá alguien pretendía cazarme con una cámara oculta durante las firmas. Un tiktoker en busca de fama. Un programa de televisión que quería echarse unas risas a mi costa… ¿Con un asunto tan truculento como este?
Y además, ¿cómo habrían convencido a Jokin para que participara en algo así?
Volví a mirar la foto. No parecía antigua. El papel fotográfico era nuevo, como si la acabaran de revelar en una tienda, y el tamaño de la foto correspondía al ratio de las realizadas con un teléfono móvil.
Y no había smartphones en 1999, que fue cuando el diario desapareció.
Aquello era un hecho poco conocido y yo ni siquiera lo había mencionado en mi novela; tampoco se aludía a ello en el documental de Netflix. Alba tenía un diario (de tapas de policuero de color amarillo, un candado, igual que el de la foto) en el que escribía a todas horas. También lo llevaba consigo aquella última noche de su vida, en las hogueras de San Juan, y hubo quien dio por hecho que lo había lanzado al fuego. Pero más tarde su familia insistió en que eso no tenía sentido.
Y muchos pensábamos lo mismo.
Acerqué un poco más aquella foto a la lamparita de noche. Detuve la mirada en cada detalle. Impreso con un punzón sobre el cuero de las tapas, había dos iniciales: A. F. Alba Fernández. La foto se había sacado desde arriba; el diario estaba apoyado sobre una mesa de madera oscura y la madera tenía una veta muy específica, nudos y ondulaciones de un color rojizo. ¿Nogal?
Había acercado tanto la foto que la lamparita me quemó el pulgar. La solté sin querer, y la foto descendió haciendo espirales hasta el suelo y quedando del revés.
Entonces vi que había algo anotado en el reverso: un número de teléfono y una palabra.
«Llámame».
4
Cogí el teléfono con una mano mientras sostenía la foto con la otra. Estaba nerviosa, alterada… Tenía un enfado de la hostia. ¿Era una broma? ¿A cuento de qué venía aquello?
Empecé a marcar el número, pero me frené antes de teclear la última cifra.
«Espera un segundo, Quintana, baja esos humos».
No era la primera vez que recibía un mensaje extraño o incluso amenazante a propósito de La chica del lago. La novela había sido un éxito tan grande, tan sonado, que despertó también a una turba de «ofendidos» y mucha gente criticó que la campaña de promoción «usará la tragedia de una muerte real» para vender más libros. (Bueno, y en el fondo, ¿no era verdad?). Las redes se llenaron de críticas y yo recibí unos cuantos mensajes en mis cuentas públicas. Algunos con insultos. Otros directamente con amenazas.
«Solo eres una niña pija del Club Náutico».
«¿Quién te crees que eres para echar mierda sobre todo un pueblo? Espero que no se te ocurra acercarte por aquí nunca».
«Quédate en Madrid. Como vuelvas por aquí, terminarás en el fondo del pantano».
Desde entonces, la editorial había tomado el control de mis redes y mis cuentas de correo, y ahora Marta se encargaba de todo eso. El «ruido» había ido decayendo con la segunda y tercera entrega de la trilogía Barrios (principalmente porque las nuevas novelas estaban ambientadas muy lejos de allí: en Llanes, Asturias, y Portbou, Girona), pero la premisa era que nunca debía contactar con nadie por otro medio.
Por eso me detuve. ¿Podía tratarse de algún tipo de emboscada extraña?
Pensé que quizá sería inteligente hablar primero con mi editora, Ana Pons; contarle que ese viejo amigo de mi infancia había aparecido de la nada con una invitación tan insólita, tan extraña. Casi podía anticiparme a su respuesta: «Ni se te ocurra llamarle, cariño. No hay loco bueno».
Pero después recordé los ojos de Jokin, sus palabras: «Es importante».
Había algo en esa mirada que era sincero. Que estaba exento de amenaza. Todo lo contrario. Había miedo, urgencia. Y estaba segura de que Ana Pons me impediría saber por qué.
Así que lo hice. Apreté el botón de llamada.
El teléfono dio varios tonos, tantos que ya estaba a punto de colgar cuando sonó un chasquido al otro lado de la línea.
—¿Jokin? Soy Quintana.
Escuché un sonido semejante a un bostezo.
—¿Estabas dormido? Ni he mirado la hora…
—N-nooo… —dijo él con voz cavernosa—. Está bien… está bien. Estaba esperando. Has visto la foto, ¿no?
—Sí… y, como te puedes imaginar, tengo un montón de preguntas. ¿Es lo que estoy pensando? ¿El diario de Alba?
—Lo es.
—Pero ¿estás seguro?… Quiero decir, ¿es el auténtico?
—Totalmente auténtico —respondió él.
—¿De dónde lo has sacado?
—Prefiero no hablar mucho por teléfono —dijo—. ¿Podemos vernos?
—¿Ahora? Pero, Jokin… Estoy en el hotel, molida, y…
Pensé en proponerle el día siguiente, pero tenía el vuelo a las diez de la mañana. El resto de la semana iba a estar dando vueltas, de gira, prensa…
—¿Qué tal te iría la semana que viene? Podría ir al pueblo.
—He venido desde allí solo para verte… —me cortó Jokin—. Esto es importante, ¿entiendes? Es algo importante… de vida o muerte.
—¿Qué?
—Lo entenderás todo. Alba dejó escritas cosas terribles… Cosas que destruirían vidas, si llegan a saberse.
—¿Las vidas de quién? —Noté que me temblaba un poco la voz—. ¿A quién te refieres?
—No, por teléfono no —insistió Jokin—. Voy donde tú me digas. ¿Sigues en Bilbao?
Estuve a punto de darle la dirección del hotel, pero entonces se activó una alarma. «Espera un poco, a este tío no le has visto en mil años. ¿Y si trama algo?».
—¿Quedamos en El Corte Inglés, junto a Gran Vía? —propuse.
—De acuerdo. ¿En unos diez minutos?
Dije que sí, colgué y empecé a arrepentirme. Había dejado un gin-tonic arriba, en la terraza. Había pensado en terminármelo y bajar a la habitación a darme un largo baño y quizá sacar a «Richard», mi compi de viaje, de su caja… ¿Iba a cambiar una buena noche de relax por un posible lío? Solo una idiota sin cabeza se metería en un fregado como ese…
Miré el reloj.
«Será un visto y no visto», pensé.
Y me dirigí a la puerta.
5
Salí por la puerta del Radisson a la Gran Vía. A esas horas (las once y diez de un miércoles) no había demasiada acción. Siendo una zona eminentemente comercial, estaba todo cerrado a excepción de un pequeño bar donde ya tenían la persiana a medio bajar. Las aceras estaban casi desiertas, salvo por la presencia de algunos vagabundos que se disponían a pasar una noche más a la intemperie.
Daba algo de respeto caminar por allí.
Crucé la calle y me dirigí hacia Alameda Urquijo. Los sintecho no me asustaban, pero vi algunas siluetas al fondo que me inquietaron un poco. Apreté el paso y llegué enseguida al semáforo situado en la confluencia de ambas calles. Allí no había nadie.
«Vale, me lo imaginaba», pensé.
Saqué un cigarrillo del paquete de Marlboro que llevaba en el bolso. Al encendérmelo, miré hacia atrás y me pareció ver a un hombre de pie, parado a unos veinte metros. Como si mi gesto le hubiese pillado por sorpresa, comenzó a alejarse en dirección contraria.
Bueno…, pero eso podrían ser paranoias mías. Si algo me sobra es imaginación y capacidad de ver posibilidades fatales en cada esquina. Por eso me dedico a lo que me dedico.
Seguí fumando y esperando, cada vez más nerviosa. Consulté el reloj, los diez minutos ya habían pasado hacía tiempo. ¿Quizá Jokin había calculado mal? Volví a mirar hacia atrás, hacia los lados… Después metí la mano en mi pantalón y saqué aquella foto de nuevo.
«Lo entenderás todo», había dicho Jokin, «Alba dejó escritas cosas terribles… Cosas que destruirían vidas, si llegan a saberse».
Así que el diario no estaba ni quemado, ni triturado ni en el fondo del pantano. ¿Era posible que Jokin fuese a aparecer con él después de veinticinco años?
Pues mejor que lo hiciera ya, porque estaba a punto de darme la vuelta y largarme de allí.
Entonces levanté la vista y le vi. Un silueta que avanzaba penosamente desde el otro lado de la Gran Vía, ayudándose con un bastón. Le saludé agitando la foto en el aire. Él también me vio y alzó la mano. Venía con prisa. Y yo me relajé por fin. Un minuto más y me hubiese vuelto al hotel.
El semáforo estaba en rojo y los dos nos quedamos detenidos a un lado y otro de la ancha Alameda Urquijo. Hasta que se puso en verde y Jokin fue el primero en echar a andar, así que decidí esperarle en mi lado.
Y puede que esa decisión me salvase la vida aquella noche.
Después tuve que contarle todo esto a la policía, por eso guardo ese recuerdo perfectamente ordenado en la cabeza. La cosa ocurrió así:
Jokin había comenzado a cruzar muy despacio, el bastón no le ayudaba mucho que se diga, y cuando estaba a mitad de camino oímos algo: un potente rechinar de neumáticos y el rugido de un motor procedente del fondo de la calle.
Él miró hacia allí, sorprendido. Y recuerdo con total claridad que se detuvo y buscó mi mirada. Todavía puedo ver esos dos ojos verdes clavados en mí. Esa expresión de terror. Él lo sabía. En ese instante ya sabía lo que iba a pasarle.
A partir de ahí, todo sucedió en cuestión de segundos. El coche apareció como un toro embravecido derrapando en un estruendo de cilindros y neumáticos chirriantes. Era un mastodonte. Uno de esos SUV que parecen tanques (después me preguntarían por el color, la marca…, pero no pude recordar nada demasiado bien, solo que era «grande y negro»).
Jokin estaba en medio del paso de cebra y se había quedado quieto, petrificado, mirando ese coche que venía directo hacia él. Pero ¿qué hacía? ¿Por qué no se movía?
—¡Corre! —le grité.
Mi voz actuó como un resorte. De pronto, Jokin despertó. Apretó el paso, pero con su bastón no era demasiado rápido. Y el coche seguía avanzando.
Así que tiró el bastón y empezó a saltar a la pata coja, desesperado.
Yo me había quedado quieta, o más bien clavada en la acera, y casi sin darme cuenta envolví aquella fotografía en mi mano. La arrugué dentro de mi puño, presa del horror. Desde ese instante ya no recuerdo lo que hice con ella, porque, en ese momento, el coche se estampó contra él.
El golpe fue brutal. Le dio de lado, como a un muñeco. ¡PUFFFFF! Y salió volando por los aires en medio de un ruido de cristales rotos (un faro del coche). Después cayó otra vez sobre el asfalto y pude ver cómo su cabeza rebotaba contra el suelo antes de que su cuerpo diese un par de vueltas y se parara.
El coche se había detenido como a veinte metros de allí. Sus grandes luces rojas de freno iluminaban el asfalto y me imaginé que el conductor acabaría de darse cuenta de lo que había hecho.
Yo, por mi parte, tenía las dos manos en la cabeza y la boca abierta. Estaba como en shock, repitiendo «Dios mío» sin moverme.
No era solo yo: nada ni nadie se movía. El coche que había arrollado a Jokin seguía quieto. Pude distinguir una sombra en el asiento del conductor, pero la ventana continuaba cerrada. ¿Qué hacía? ¿Por qué no se bajaba inmediatamente? ¿A qué estaba esperando?
Miré hacia atrás. Un mendigo se había puesto en pie entre sus cajas.
También, desde el fondo de Alameda Urquijo, vi a un hombre salir de un taxi estacionado en su parada.
Entonces corrí hacia donde se encontraba Jokin. El aire olía a neumático, a plástico… A sangre. Jokin estaba tendido en el asfalto, inmóvil, aunque respiraba a sacudidas.
Oí gritos a mi alrededor. El sintecho gritaba: «¡Lo ha matado! ¡Lo ha matado!», una y otra vez.
Me arrodillé junto a mi viejo amigo, tendido en una posición imposible. Sin duda, las dos piernas rotas. Y una gigantesca deformidad en el costado donde había recibido el impacto.
Un hombre de camisa blanca venía apresurado hacia mí.
—¡Se escapa! —gritaba señalando hacia delante.
En efecto, aquel monstruo había arrancado de nuevo. Se impuso el rugido de su motor acelerando antes de salir a toda velocidad calle abajo. Ese hombre de camisa blanca, que resultó ser un taxista, corrió detrás de él como si pudiera darle alcance. Pero el SUV se perdió en la noche y el taxista se rindió con un grito: «¡¡¡Malnacido!!!».
Ahora el caos y el desconcierto eran totales. ¡Lo había atropellado y se daba a la fuga!
Pero no tenía tiempo de pensar en eso.
Yo estaba conmocionada.
—¡Jokin! —grité—. ¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor!
No sabía qué hacer con él. ¿Sujetarle la cabeza? Estaba sangrando por la boca, por los oídos. ¿O mejor dejarle donde estaba?
Alguien gritaba desde la acera.
—¡Estoy llamando al 112! ¿Qué calle es esta?
Yo arrodillada en el asfalto, junto a mi viejo amigo, ni siquiera pensaba que ese coche podría girar en redondo y atropellarme a mí también.
Entonces él, Jokin, abrió los ojos por última vez. Esos ojos verdes que siempre me habían parecido su mejor baza.
Movió los labios. Estaba a punto de decir algo.
Empezó a sacudirse violentamente. Escupió sangre, que le manchó la barbilla.
Me cogió de la solapa del blazer y tiró de mí hacia abajo. Quería decirme algo, pero no tenía ya apenas fuerzas…
Yo pegué la oreja a esos labios y oí:
—Vuelve a casa.
—¿Qué?
—Tu… padre…
—¿Mi padre? ¿Qué?
Pero Jokin había tomado aire por última vez en su vida. Y cuando soltó ese aliento, tan solo noté el calor en mis mejillas.
6
Habían pasado cincuenta siglos. O media hora, quién sabe… El tiempo es voluble cuando estás en shock. En mi cabeza se repetía el ruido de ese golpe seco. El rechinar de las ruedas. El cuerpo de Jokin dando vueltas sobre el asfalto hasta pararse…
Estaba sentada en el portón abierto de una ambulancia, mirando cómo dos hombres con chalecos reflectantes y pantalones verdes trataban de reanimar a Jokin Elizegi. Nunca había visto una RCP en vivo, una RCP de verdad (no un cursillo), y jamás, ni en mil años, sería capaz de imaginar el aplomo, la insistencia y la energía con los que se emplea esa gente. Rodeados del silencio de una decena de curiosos, se empeñaban en hacer su trabajo: intentarlo mientras quede un gramo de esperanza.
Pero claro, no había nada que hacer.
Y mientras tanto (suena horrible, pero…), mi mente tiraba de mí hacia la suite del Radisson, al albornoz, las zapatillas y la bomba de sales aromáticas. Supongo que un psiquiatra diría que se trataba de algún tipo de mecanismo mental para huir del horror. No lo sé. Pero lo cierto es que, en aquel momento, solo era capaz de pensar en volver a mi habitación y meterme en aquella bañera con función jacuzzi.
Era mucho mejor que pensar en Jokin, tendido en el suelo como un muñeco, escupiendo sangre.
Vuelve a casa.
Tu padre.
«¿Mi padre? ¿Qué?».
—No hay nada que hacer.
Abrí los ojos y allí había un hombre de pelo blanco y cejas muy gruesas y oscuras.
—Lo hemos intentado, pero creo que ha fallecido apenas unos segundos después del golpe. Lo siento muchísimo. ¿Era su pareja? ¿Un familiar?
—Un amigo de la infancia —dije.
—Lo siento mucho —repitió el médico—. Ha fallecido casi en el acto. No creo que haya sufrido demasiado, por si le vale de algo…
«Como mi padre», pensé, en otra de esas asociaciones locas que mi cabeza estaba haciendo esa noche. «Mi padre tampoco debió de sufrir demasiado. Se cayó por las escaleras de su casa y se rompió el cuello. Cuando lo encontraron, estaba frío. Llevaba dos días muerto. ¿Sabe?».
Vuelve a casa.
Tu padre.
«¿Mi padre? ¿Qué?».
El médico seguía allí, mirándome.
—La policía ha terminado de tomar declaración a uno de los testigos. Ahora quieren hablar con usted —informó muy despacio, señalándome a una pareja uniformada—. Dicen que es importante hacerlo cuanto antes, pero no sé si está usted preparada…
—Estoy perfectamente —aseguré.
—Le puedo dar unos calmantes si quiere.
—No hace falta, de verdad. Estoy perfectamente.
Me puse en pie y me dirigí hacia la pareja de policías, hombre y mujer, que esperaban a unos cinco metros de la ambulancia. Según empecé a andar, noté que la cabeza se me iba un poco.
Después no fue solo un poco… Joder, me estaba escorando del todo.
—Estoy perfectamente. Se lo juro —repetí mientras me iba cayendo.
Creo que tuve la buena idea de poner las manos delante.
Después sonó croc y todo se fundió en negro.
7
«Ha sufrido usted un pequeño mareo…».
Mi padre también tenía mareos. Había empezado a padecerlos casi un año antes de su accidente. Al principio no le dimos mayor importancia. Fue a un neurólogo, que le dijo que su cabeza estaba estupenda, aunque, claro, la edad ya se iba notando. ¿Había tenido algún despiste últimamente?… No obstante, las caminatas alrededor del pantano y las montañas, sus horas de pesca y su afición por los sudokus mantenían a Bernardo Torres, viudo de setenta y tres años, en perfecta forma física y mental. Sin embargo, tuvimos un pequeño susto a principios de abril. Mi padre estaba en la oficina de correos del pueblo y se mareó, al punto que terminó sentado en el suelo, ayudado por algunos vecinos y conocidos que andaban por allí. Es lo bueno de los pueblos. El caso es que solo una semana más tarde…
—¿Dónde estoy? —pregunté en voz alta.
—En una ambulancia. —Era el médico de pelo blanco y cejas oscuras—. Ha sufrido usted un mareo y se ha caído.
En efecto, cuando mis ojos lograron enfocar lo que me rodeaba, vi el techo de una ambulancia.
—Parece que se ha abierto una pequeña herida de la frente. ¿Puede seguir mi dedo con la mirada? —dijo aquel hombre de aspecto bonachón.
Lo hice. Era fácil. Derecha. Izquierda.
—Escuche, vamos a llevarla al hospital. ¿Quiere avisar a alguien?
La primera persona que me vino a la cabeza fue mi hermana Leire, pero ella estaba en Vitoria. Seguramente acababa de dormir a sus mellizas, y quizá se había dormido también, reventada después de uno de sus largos días de mamá, directora de academia de baile y mujer-para-todo. Además, llevaba un mes sin hablarme con ella.
«No, definitivamente no es el mejor momento para intentar retomar nuestra relación», pensé.
—Marta Donada, de la editorial —dije—. Está en el hotel Radisson.
—De acuerdo. Ahora no se preocupe por nada más. Nosotros nos hacemos cargo.
Noté un pinchazo en el brazo. Levanté un poco la mirada y vi que el enfermero me había clavado una jeringa.
—¿Qué es eso?
—Un calmante —dijo—. Tranquilícese: cierre los ojos y descanse, ¿okey?
Lo hice. Cerré los ojos, pero Jokin volvió a aparecer. Su mirada verde, su barbilla manchada de sangre. Sus palabras… Vuelve a casa… Tu padre…
«¿Volver a casa? ¿Mi padre? ¿Qué?».
¿Qué significaba aquello?
Y de pronto todo esto ya no me parecía tan duro ni tan estresante. Mi corazón empezó a latir más despacio. La ambulancia ni siquiera había puesto las sirenas, aunque íbamos bastante rápido. Yo comencé a flotar en una niebla púrpura acolchada y calentita.
Entonces me pareció escuchar una conversación en la parte delantera del vehículo.
—Es una escritora famosa. ¿La conoces? Quintana Torres.
—¡No jodas!, la he leído.
—¿Qué tal?
—La primera novela estaba bien, pero las otras dos… pst. Es como si no las hubiera escrito la misma persona.
En eso estaba de acuerdo.
Muy de acuerdo.
8
Cuando abrí los ojos, había una cara mirándome. Esta vez era una cara familiar. Unas cejas finas, una nariz terminada en una bonita esfera…, labios largos y una barbilla hendida.
—¿Javi? ¿Qué haces aquí?
Era la segunda persona de mi pasado que aparecía aquella noche, como salida del cuento de Dickens, solo que este segundo fantasma tenía un rostro atractivo. Se trataba de Javi Porta, ni más ni menos. El chico de los recados que se convirtió en el poli del pueblo.
—La Ertzaintza de Gasteiz me ha llamado para darme la noticia.
De pronto volvió a mí todo el asunto, como una cascada de agua gélida. Jokin, el atropello. Cerré los ojos, solo quería despertarme en otro sitio.
—Han matado a Jokin.
—Lo sé —dijo Javi—. ¿Cómo estás? Me han dicho que te has caído.
—Sí, me mareé, pero estoy bien. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí?
—Bueno, en la Ertzaintza me han pedido que fuera a darle la noticia a Edurne.
—Joder, vaya trago. Lo siento.
—No me suelen tocar muchas de estas, la verdad. —Forzó una sonrisa.
Javi era el poli local de Urkizu (el trabajo que había tenido mi padre toda la vida) y estaba segura de que nunca había sufrido un percance similar. Como mucho, retirar un gato muerto de la carretera.
—Edurne me ha pedido que la traiga a Bilbao, quería ver a Jokin… Le he dicho que probablemente no iba a poder verlo aún, pero ella ha insistido. Así que he ido a la comisaría a gestionarlo y allí me han explicado lo tuyo. Dicen que ha sido un ataque de estrés agudo.
—Algo agudo ha sido, eso está claro…
—Parece que lo has visto todo —dijo—, que estabas con él cuando…
—Sí, así es. Se ha muerto en mis brazos… Joder… —Noté que el llanto vencía la barrera del miedo.
Javi se sentó a un lado de la cama y me cogió la mano.
—No te aguantes las lágrimas, Quintana. Tienes que llorar.
Y lo hice. Lloré. Por mucha vergüenza que me diera hacerlo delante de él. Javi no era un completo desconocido, pero igual que Jokin, habían pasado muchísimos años desde la última vez que bebimos una cerveza juntos.
—¿Te encuentras mejor? —Me ofreció un pañuelo de papel.
—Sí, gracias… Supongo que necesitaba soltar un poco.
—Oye, ¿por qué estás aquí sola? —me preguntó—. ¿No has llamado a nadie?
Negué con la cabeza.
—Pedí que avisaran a mi asistente, pero no sé qué ha pasado.
—¿Y tu hermana? —dijo Javi—. ¿Quieres que la llame yo?
—No creo que sea buena idea, y en realidad no pasa nada.
—¿Que no pasa nada? Joder, yo diría que pasa mucho, Quintana.
Le expliqué que era muy tarde, que mi hermana terminaba molida casi todos los días y que por eso no quería despertarla.
—Además, es que… tuvimos un bronca muy fuerte hace como un mes. No he vuelto a hablar con ella.
—¿Una bronca?
—Mi padre, la casa, la herencia… Ya sabes.
Supongo que nos habíamos dejado llevar por el estrés y la inmensa tristeza que nos embargaba a las dos, pero lo cierto es que había sido algo muy amargo y violento. Con las cenizas de mi aita aún calientes, Leire había empezado a hablar de vender la casa de Urkizu, algo que me había dolido profundamente, pero sobre todo me dolió el hecho de que Gari, mi cuñado, metiese las narices en el asunto.
«Cuanto antes os la quitéis mejor. Esa casa son todo gastos».
Era fácil decirlo para ellos dos, que tenían su precioso chalet con terreno a las afueras de Vitoria. Para mí, en cambio, aquella casa era lo más parecido a un hogar que me quedaba en el mundo. Y me cerré en banda, le expliqué a Javi.
—¿A vender? —preguntó él.
—Le dije que no iba a vender todavía y que tenía que pensarlo.
—¿Pensarlo?
—Quizá yo misma estuviera interesada en quedarme con la casa.
Era algo bastante irracional y lo sabía. ¡Yo, que nunca había querido volver al pueblo y ahora estaba planteándome comprar la casa de mi padre! Leire me dijo que me estaba dejando llevar por el sentimentalismo. Me intentó poner una fecha límite.
«Tenemos algunos problemas de pasta y no voy a esperar eternamente».
Yo le contesté que no aceptaba fechas ni límites.
Ella me colgó el teléfono.
Y ahí había quedado la cosa.
—¿Y no hay nadie más a quien quieras llamar? ¿Tu novio o marido? Me refiero al tipo que te acompañaba en el funeral de tu aita.
—Eduardo —dije—. No, mejor que no. Es otra larga historia…
Javi arqueó las cejas, pero creo que pilló el subtexto al vuelo. Mejor no hacer más preguntas.
—Entonces ¿cómo se llama tu asistente? ¿Y dónde la encuentro?
—Marta Donada. Debería estar en el Radisson, posiblemente, dormida en su habitación… No creo que haga falta despertarla.
—En esto eres igual que tu padre: lo de «no molestar a nadie».
—Puede ser, pero te prometo que mañana, en cuanto amanezca, empezaré a llamar a todo el mundo.
—Oye, explícame algo —cambió de asunto—. ¿Cómo has terminado quedando con Jokin? ¿Seguíais viéndoos?
—Qué va… Ha sido toda una sorpresa. La última vez que nos cruzamos fue en el funeral de mi aita, en abril… Hoy ha asistido a la presentación de mi libro, se ha acercado en las firmas y, bueno…, me ha traído una cosa.
—¿Una cosa?
Me quedé callada. De pronto me vino a la mente todo el asunto del sobre y la foto, pero ¿qué había hecho yo con la foto? Recordé que la llevaba en la mano en el momento del atropello. Y fue como si una fría hoja de metal me atravesara la espalda.
—¿Dónde está mi bolso? —pregunté—. ¿Lo has visto?
—No, pero lo puedo buscar.
Se puso a ello y tardó un minuto en localizarlo en un armario junto con mi ropa. Mi conjunto de conferencia: blazer de lana virgen de Alexander McQueen, blusa de seda negra Yves Saint Laurent y unos pantalones negros, que alguien —con bastante tacto— había colgado con mimo en unas perchas.
Me lo trajo a la cama y rebusqué dentro hasta dar con el sobre negro. Pero estaba vacío.
—Había una foto —dije.
—¿Una foto?
—Sí. Creo que… tiene que estar en alguna parte. Quizá en la ambulancia… La llevaba en la mano cuando vi el atropello.
—¿Una foto de qué, si puede saberse?
—¿Recuerdas el diario de Alba? El que desapareció.
Noté que algo cambiaba en la expresión de Javi. ¿Se tornó en preocupación?
—¿Lo dices en serio?
—Al menos tenía la misma forma y color —afirmé—, aunque después de veinticinco años es difícil estar segura… Joder, espero que la foto no se haya perdido. ¿Puedes hablar con la gente de las ambulancias? Llevaba escrito el teléfono de Jokin en la parte de atrás… O quizá se me cayera en plena calle, no estoy segura. No recuerdo nada, la verdad.
—Lo haré, tranquila… Pero ¿qué hacía Jokin con esa foto? ¿Para qué te la había llevado?
—Buena pregunta —dije yo—, la misma que yo le habría hecho si hubiese tenido tiempo…
Javi se quedó callado. Supongo que esperaba que le contase algo más.
—Lo llamé desde el hotel. Fue una llamada corta, pero dispuso de tiempo para decir unas cuantas cosas. Quería hablarme del diario. Me dio a entender que lo tenía y lo había leído.
De nuevo, el rostro de Javi se nubló, como si aquello le estuviera provocando alguna intensa emoción.
—¿Te dijo algo más?
Negué con la cabeza.
—Insistió en que quedásemos. Lo hicimos, en la calle, cerca del hotel…, y llegué justo para ver ese accidente… El coche… apareció de pronto y lo lanzó por los aires… —Me detuve, tragué saliva; la imagen de un Jokin moribundo y escupiendo sangre no era algo por lo que pudiera pasar alegremente—. Aunque le dio tiempo a decir una última cosa… Dijo que «volviera a casa» y mencionó a mi padre justo antes de morir. No sé por qué, pero esas fueron sus últimas palabras. «Tu padre».
—¿«Tu padre»?
—Quiso decir algo más…, pero no pudo.
Javi se quedó callado.
—¿Qué se sabe del coche? —pregunté—. ¿Lo han encontrado?
Me respondió que aún no.
—Pero lo encontrarán pronto. El atropello ha sucedido en el centro de Bilbao. Hay un millón de cámaras. Fijo que ha sido algún borracho… ¿Tú viste algo? ¿La matrícula?
—No, nada… Solo que era un coche oscuro. Un SUV.
—Okey, tranquila. Como te digo, ahora está todo en manos de la poli. Hablando de eso, creo que piensan tomarte declaración en cuanto estés lista.
—Claro. Cuando quieran…
Se levantó.
—Bueno, ahora que veo que sigues siendo dura como una roca, creo que iré a ver cómo está Edurne. La he dejado en el Anatómico Forense.
—De acuerdo. Javi…
—¿Qué?
—Solo una cosa. Supongo que en algún momento os entregarán los efectos de Jokin… Quizá llevaba el diario consigo. ¿Puedes estar un poco atento?
—Claro, hablaré con Edurne.
—Gracias, Javi. Gracias por venir a verme. —Me esforcé en sonreír.
Él me cogió de la mano.
—No estés sola, ¿vale? Llama a alguien en cuanto puedas.
—Lo juro.
«Javi Porta el Santo», pensé mientras lo veía salir por la puerta. Siempre encargándose de todo el mundo.
Un buen tipo de manual.
9
Al cabo de media hora, se pasó por allí un médico joven con unas gafas de pasta muy gruesas. Me revisó la herida, mandó hacer la cura y me informó de que los mareos y los desmayos entraban dentro de lo normal después de un shock como el que había sufrido.
—De todas formas, esta noche la pasas aquí, y mañana por la mañana vamos a realizarte un escáner para quedarnos tranquilos. Si todo va bien, te daremos el alta.
—Mañana por la tarde tendría que estar en Valladolid. Tengo una presentación.
—No creo que ocurra —respondió sonriendo.
Se marchó y volví a quedarme sola. Eran las dos y cuarto de la madrugada y estuve tentada de llamar a Marta para decirle que necesitábamos cancelar Valladolid y avisar en las redes cuanto antes, pero no quería despertarla para eso, de modo que le puse un wasap y esperé a que lo viera al despertar.
Tenía el móvil en la mano y se me ocurrió mirar las noticias. ¿Habría salido la noticia del atropello en prensa?
Pues sí, allí estaba:
ATROPELLO MORTAL EN BILBAO
Bilbao, 22 de mayo de 2025
Un trágico atropello ha tenido lugar la pasada noche del miércoles en el centro de Bilbao. Un vehículo a gran velocidad ha arrollado mortalmente a un peatón en la confluencia de la Gran Vía con Alameda Urquijo. El conductor se ha dado a la fuga.
El suceso ocurrió alrededor de las 23.20, cuando la víctima cruzaba correctamente por el paso de peatones. Los agentes analizan las cámaras de seguridad de la zona y recopilan los testimonios de varios testigos.
Ampliaremos detalles en las próximas horas.
La prensa ya estaba detrás de la noticia. ¿Cuánto tardaría en enterarse de que yo (Quintana Torres) estaba en el lugar de los hechos? Me puse un poco tensa y terminé llamando a Marta, solo para descubrir que tenía el móvil desconectado.
Así que fui directamente al «cerebro». Ana Pons. Le puse un wasap, esperando que lo leyera al día siguiente temprano («Llámame cuando puedas»), pero nada más enviarlo empezó a sonarme el teléfono. Era ella.
—¡Quintana! Ya me ha dicho Marta que ha sido todo un éxito… ¿Qué tal estás?
—Pues… tumbada en la cama de un hospital.
—¡¡¡Qué!!!
Le conté a mi editora toda la historia, punto por punto, incluyendo el motivo que me había llevado a quedar con ese viejo amigo de la infancia en plena noche. Ana Pons conocía la historia del diario. Era una de las subtramas que habíamos discutido durante las correcciones de La chica del lago. De hecho, era una subtrama que habíamos eliminado por su complejidad.
—Madre mía… ¿Estás segura de que es el mismo diario? ¿Y de que la foto es reciente? Eso sería un terremoto.
—Hace casi veintiséis años de todo esto, pero creo que la foto era real.
—¿Era?
—Bueno, resulta que la he perdido en el momento del atropello. Aunque puede que la recupere. Ha venido por aquí un amigo del pueblo, Javi Porta. Es el policía local. Me está ayudando.
—Perfecto —dijo Ana—. En cuanto la tengas, ponla a buen recaudo. Habrá que analizarla con lupa antes de decir nada. O encontrar el diario… Quizá ese pobre hombre lo tenía en alguna parte.
Pude notar esa energía de Ana Pons al otro del teléfono. Podía apostar a que ya estaba pensando en cómo manejar todo esto para conseguir más prensa. Casi me arrepentí de habérselo contado…
—En cualquier caso —continuó—, hay que asegurarse bien. De momento, voy a hablar con Irene Pérez, de Comunicación, para que prepare una nota, un pésame educado. Algo que te desvincule, pero que se note tu afecto por ese lector y viejo amigo. Entretanto, evita hablar con ningún periodista.
—De acuerdo… —Tanta autoridad y determinación resultaba balsámica.
Ana Pons era una mujer de casi sesenta años, con una extensísima carrera a su espalda. Había vivido los tiempos dorados de la industria y se las había visto con casi todas las vicisitudes que uno podría imaginar en lo que autores y prensa se trataba.
—Y permíteme que te dé un consejo, querida —añadió—. Los policías no son curas ni psiquiatras. Y todo lo que digas mañana en la declaración podría terminar en las rotativas.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, conoces de sobra las presiones que ha ejercido la familia Guirao contra el documental, la serie y todo lo relacionado con el caso. Ese asunto del diario de Alba…, hasta que no tengamos certezas, quizá sea mejor que no lo comentes demasiado. ¿Me sigues?
—Sí.
—Limítate a los hechos. Era un viejo amigo, quedasteis para tomar una copa y ocurrió esa desgracia. Si hay algo turbio en todo esto, la poli terminará enterándose, ¿no?
—Supongo que sí.
—Okey. Te dejo. Voy a llamar al Radisson para que despierten a Marta. La necesitamos ya en el hospital.
Marta apareció cuarenta minutos después, con el pelo revuelto y órdenes de guardar la puerta e impedir, llegado el caso, el acceso a nadie de la prensa. Se sentía un poco culpable por haberse ido a la cama sin enterarse de nada.
—Oí las ambulancias desde el hotel, pero no podía imaginarme que tendría algo que ver contigo. Sinceramente. Pensaba que te habías ido a dormir.
—Fue culpa mía por no avisarte, Marta. Nadie se lo hubiera imaginado, así que tranquila. Hay una cama libre, si quieres puedes tumbarte. Le diré a Ana Pons que vigilaste la puerta con una escopeta en la mano.
Pero Marta dijo que, como mucho, ocuparía el butacón. Se había traído el portátil y se puso a trabajar en sus temas de redes sociales mientras yo intentaba dormirme, cosa harto complicada. La ansiedad me recorría de los pies a la cabeza, y también las preguntas, muchas preguntas. Aunque Javi había sido tajante en lo del accidente —«Seguro que ha sido algún borracho»—, yo empecé a verlo todo como en su conjunto. Jokin nervioso, entregándome la foto en la firma de libros. Jokin incidiendo en que el diario era un «asunto de vida o muerte». La escena del atropello, que se repetía en bucle en mi cabeza…, y después, Jokin, moribundo en el asfalto diciéndome aquello…
Tu padre.
«¿Y si todo esto tiene alguna relación? ¿Y si no fue cosa de un borracho? ¿Y si alguien quiso acallar a Jokin?».
Terminé llamando a una enfermera y le pedí algo para conciliar el sueño. (Si no podía conseguir las mejores drogas en un hospital, ¿dónde?) Me trajeron un par de pastillas y por fin caí en un profundo sueño. Y bueno, por supuesto, QUINTANA PRODUCTIONS tenía unas cuantas películas para estrenar aquella noche.
En mi sueño, Jokin estaba muerto en mis brazos, pero hablaba como si la muerte no le inhabilitara para ello.
—Escúchame, Quintana. Tienes que volver a Urkizu. Allí está todo.
—¿El diario?
—El diario y el asesino. Nos han matado a todos. A mí, a tu padre…
Después me despertaba y me encontraba en el hospital. Era de noche, noche cerrada, y yo quería avisar a alguien («¡Hay un asesino!»). Bajaba de la cama y entonces notaba que el suelo se hallaba encharcado. No solo eso. Estaba sucio. Lleno de ramitas y restos de vegetación.
Era el agua del pantano.
Un psicólogo me dijo que lo que importa en un sueño es «lo que sientes» cuando estás en él. Y yo sentía terror. La horrible sensación de que había alguien oculto entre las sombras. Por supuesto era ella. Escondida detrás de las cortinas. Completamente empapada. Vestía la misma ropa con la que se había ahogado. El pelo sobre la cara, una cara pálida, hinchada, terrible.
—Alba…
Ella abría la boca como si fuera a decir algo, pero en vez de eso, comenzaba a vomitar lodo. Un limo negro y brillante como el que se acumulaba en el fondo del pantano y que olía a muerte, a podredumbre.
Supongo que grité y me tiré de los pelos enloquecida por aquella visión. Pero solo era un sueño, ¿o no?
10
Los policías se presentaron a primera hora de la mañana. Eran los mismos que había visto por la noche en la escena del accidente. Ella era un chica que podría aparecer en cualquiera de mis novelas: de unos treinta, vaqueros, chaqueta y pelo negro en coleta. El hombre, en cambio, tenía el aspecto más rutinario y malcarado que puedas imaginarte. Me recordó al tipo del quiosco donde compraba tabaco y alguna revista ocasional en mi calle de Alonso Martínez.
—Agentes Beitia y Salazar —se presentaron—. ¿Cómo se encuentra?
Marta, que se había despertado con una bonita tortícolis, pidió permiso para bajar a desayunar mientras los agentes me tomaban declaración.
—Claro —le dije—. Date una buena vuelta.
Nos quedamos a solas. Los polis comenzaron dándome el pésame por la muerte de «mi amigo». Después me preguntaron qué tal estaba de mi golpe. Les dije que tenía un TAC programado esa mañana, pero que podía anticipar que no sería nada.
—¿Lo han cogido? —pregunté—. Al del coche.
Noté que la pregunta los sorprendía un poco. Se miraron con frialdad.
—Todavía no —respondió la agente Beitia—, aunque tenemos algunas imágenes captadas por varias cámaras de seguridad. Parece que, nada más salir de Bilbao, el coche se desvió hacia las Encartaciones, por el corredor del Cadagua, pero a partir de allí se pierde el rastro. Posiblemente se movió por carreteras secundarias en cuanto pudo. En cualquier caso, se ha emitido una orden de busca y captura…
El poli con cara de quiosquero interrumpió con un carraspeo.
—No vamos a robarle mucho tiempo —dijo—. Tenemos ya las declaraciones de dos testigos: un taxista y un turista que llamó al 112. Pero parece que usted estuvo más cerca del accidente. Nos interesan todos los detalles que pueda darnos.
Sacó una grabadora y la colocó en la mesilla de noche.
—Javi Porta, el policía municipal, nos ha contado que Jokin Elizegi era un viejo amigo de la infancia, de su pueblo.
Yo asentí en silencio, preguntándome si también les habría mencionado el asunto de la fotografía o el diario.
—¿Puede decirlo en voz alta? —El agente Salazar señaló la grabadora.
—Sí, éramos amigos de la infancia —respondí.
—¿Y habían quedado esa noche?
—Sí… Bueno, apareció por las firmas y me dejó su teléfono… —maticé—. Después lo llamé desde el hotel y quedamos para vernos en la esquina de El Corte Inglés. —No era ninguna mentira, solo una verdad a medias, que los polis parecieron encajar perfectamente.
—Usted se alojaba en el Radisson, ¿verdad?
—Eso es. Salí del hotel, crucé la calle…
—¿A qué hora fue eso? —volvió a interrumpirme, con bastante prisa y poca educación.
—Pues no lo sé… Unos cinco o diez minutos antes del accidente.
—Pongamos las once y cuarto. Okey. Siga.
—Fui caminando por la Gran Vía y me paré en la esquina con Alameda Urquijo. Allí no había nadie, así que esperé un rato. Me encendí un cigarrillo…
—¿Por qué no quedaron en el hotel directamente? —intervino entonces el poli.
Qué buena pregunta, pensé.
—Verá, no sé cómo decirlo con suavidad… Jokin y yo fuimos amigos en la infancia. Llevaba sin verle mucho tiempo y preferí quedar en un sitio neutral.
—De acuerdo, continúe.
—Estuve un rato esperando. Entonces vi a Jokin aparecer en la otra acera… Se detuvo junto a la tienda de Stradivarius. El semáforo se puso en verde para los peatones y él comenzó a cruzar. Justo en ese momento vimos aparecer el coche como un bólido por la calle que corta.
—Alameda Urquijo.
—Eso es. —Asentí con un gesto—. Todo fue cuestión de segundos. Jokin intentó llegar a la acera, pero el coche venía como un misil. Le dio de costado. Él saltó por los aires y rebotó en el capó.
Se hizo un silencio, la voz había comenzado a temblarme.
—Yo… tardé un poco en reaccionar, la verdad. El coche se había detenido como a veinte metros del cuerpo y pensé que el conductor se bajaría…, pero nadie hacía nada. Entonces salí corriendo hacia mi amigo. Estaba en el suelo, todavía vivo… Alguien gritó preguntando por el nombre de la calle… ¡Ah!, y oí al taxista advirtiendo de que el coche se iba. Era cierto: arrancó a toda velocidad y huyó calle abajo.
—¿Puede describir el vehículo?
—¿No lo han visto en las cámaras?
—Bueno, aún seguimos recolectando grabaciones. Todo lo que nos diga puede ser de ayuda. Empecemos por la matrícula: ¿se quedó con alguna letra o número?
Yo negué con la cabeza, pero Beitia me insistió:
—Inténtelo unos segundos, no hay prisa.
Cerré los ojos. Nada.
—Vale, de acuerdo. ¿Modelo?
—Creo que era un Mercedes, pero no sé, no estoy segura. Negro. Con lunas tintadas —añadí—. Aparte de eso, no rec
