1
Se lo pregunté a mi hermano la primera noche que lo vi emerger de la tierra. Mi voz lo sobresaltó, no esperaba encontrarme ahí. Aún no me dejaban acercarme solo a esa parte del terreno, decían que era peligroso para un niño tan pequeño.
—¿De dónde vienes? —pregunté.
La mitad del cuerpo de mi hermano asomaba de un agujero en el suelo. No uno pequeño como los que excavaba yo en la tierra, con las manos, jugando a los tesoros, sino uno que parecía grande y profundo.
—¿Qué haces aquí? —El haz de su linterna me buscó en la oscuridad. Mantuvo la luz dirigida a mi pecho, sabía que en la cara me molestaría—. Te hemos dicho que no puedes venir. Y mucho menos a estas horas, está muy oscuro.
El terreno trasero de nuestra casa carecía de iluminación, pero esa noche bastaba con la luz de la luna para ver el mar, el borde del acantilado, la parte más abandonada de la parcela donde crecían las hierbas salvajes.
—¿De dónde vienes? —insistí—. ¿Qué hay ahí abajo?
Mi hermano se quedó en silencio, pensando.
Otra voz emergió del mismo agujero, desde algún lugar más profundo.
—No te pares —dijo la voz.
El eco subterráneo la hacía sonar inhumana.
Di un paso atrás temiendo la aparición de alguna horrible criatura.
—Un monstruo… —susurré.
Escapé de la luz de la linterna para no ser visto.
—No es ningún monstruo. Es solo el abuelo —dijo mi hermano. Después, habló al agujero—: Está aquí el niño.
—No puede estar aquí.
La voz monstruosa metió prisa a mi hermano para que saliera de allí. Mientras regañaba, seguía sonando tenebrosa y más grave de lo normal, pero pude reconocer que era el abuelo quien hablaba. Solo él me llamaba «pequeñajo», y en ese momento lo dijo dos veces. Mi hermano trepó por el agujero como si hubiera una escalera dentro, como si fuera un túnel. De la misma forma salió el abuelo, aunque a él le costó más esfuerzo. Acabó pidiendo ayuda para poder sacar las piernas. En cuanto se recompuso, recuperó la linterna que había dejado en el suelo y me regañó por estar ahí.
—¿Sabes lo peligroso que puede ser este acantilado?
Dirigió la luz al mar, aunque el haz no alcanzó las rocas.
Bajé la cabeza a modo de disculpa.
—No os encontraba en casa —expliqué—. Ni delante. Ni en el camino. Solo me faltaba mirar por aquí atrás. Pero me he puesto zapatillas.
Vestido con un pijama, se las enseñé para que no me regañara también por caminar descalzo allí fuera.
—¿Y qué haces despierto?
Al abuelo le molestaba que no durmiera toda la noche seguida. Solía decirle a mi hermano que habría que estar atentos a eso, consultarlo con alguien en el futuro. Lo decía como si fuera algo malo o algo que no fuera normal. Pero a mí me encantaban las noches. Era cuando se podía escuchar a los grillos. El día solo hacía que me ardiera la piel.
—¿De dónde venís? —pregunté una vez más.
Ellos intercambiaron una mirada.
—De abajo —dijo el abuelo.
—Sí, de abajo —repitió mi hermano.
—¿Abajo dónde? ¿Qué hay abajo?
El abuelo se quitó las gafas, las limpió en su chaqueta de punto.
—¿Cómo que qué hay abajo? —respondió tras unos segundos. Su tono había cambiado—. De todo. Abajo hay de todo: tuberías, bombas, llaves de agua, cables. ¿O te crees que esta casa funciona por sí sola? Un hogar es algo muy difícil de mantener.
—Yo no sé cómo funciona una casa.
—Ni falta que te hace —dijo mi hermano—, que tienes cinco años y para eso estamos tu abuelo y yo.
Los huesos de las rodillas del abuelo chasquearon cuando se acuclilló para hablarme frente a frente. Olí la leña en su ropa. El abuelo siempre olía a fuego y madera.
—Mira, puedes imaginar que tu hogar, ese que ves ahí, es como un árbol. —Señaló la fachada de la casa que el brillo lunar coloreaba de azul clarito. La propia luna se reflejaba en lo alto de la torre que imitaba la de un faro. El ventanal grande del salón se veía naranja por el fuego en la chimenea—. Y aquí, debajo de nosotros, están las raíces que lo mantienen aferrado a esta tierra.
—Entonces… —Traté de comprender lo que me decía—. ¿Las raíces son las bombas y las llaves y las tuberías que hay en el agujero?
El abuelo sonrió de la manera triste en que lo hacía a veces.
—Sí, a eso me…
La voz le falló y desvió la luz de la linterna para que no le viera la cara. Oí que se sorbía la nariz. Se incorporó con ayuda de mi hermano. Hablaron entonces como hablaban a veces, bajando la voz y actuando como si no me vieran, como si al no mirarme dejara de existir de repente. Aunque seguía ahí y oía de sobra los susurros del abuelo.
—Vernos a los tres aquí, otra vez…
Mi hermano colocó un brazo sobre sus hombros. Yo no recordaba haber estado los tres juntos en ese agujero. Ni siquiera conocía ese agujero hasta hacía un rato.
—Se van los años y seguimos igual. No sé hasta cuándo podremos alargar esto —le dijo el abuelo a mi hermano—. Si tú eras solo un niño…
—Un niño con un tarro.
El abuelo suspiró.
—¿Puedo bajar? —Hablé para que se acordaran de que seguía ahí—. ¡Quiero ver las raíces! Y los cables y las tuberías.
Me acerqué al agujero y me asomé a un túnel de pura oscuridad.
Olía a tierra mojada.
Mi hermano reaccionó a toda prisa cerrando una trampilla que lo tapaba.
El abuelo tiró de mí para separarme del agujero.
—Es peligroso —dijo.
—Para vosotros todo es peligroso.
Mi hermano sacó un llavero de su bolsillo. Llegó a seleccionar una llave, pero se quedó pensando. Largo rato. Era algo que le pasaba a veces: permanecía inmóvil y ni parpadeaba, frotando el índice y el pulgar de una mano como si acariciara el pellizco de algún tejido invisible. Los dedos dejaron de moverse, como ocurría siempre que regresaba de aquel extraño lugar en su mente.
—Baja si quieres —dijo entonces. Quitó algo que no vi de la trampilla y se lo metió al bolsillo junto con la llave, al tiempo que volvía a abrirla con un chirrido de bisagras y el posterior impacto metálico contra el suelo—. Esta trampilla siempre está abierta. Puedes bajar. Pero no hay nada interesante que ver. Solo cables y tuberías. Y muchas lombrices.
El abuelo movió sus dedos por mi cara imitando un montón de gusanos.
Me separé de él y me aproximé al agujero.
—No puede bajar —dijo el abuelo.
Parecía enfadado otra vez. Mi hermano hizo un gesto con el que pedía calma. Igual que me pidió calma a mí el día que arregló el tostador, convencido de que las tostadas acabarían saltando a pesar de mi impaciencia. Y sí, acabaron saltando. Estaban muy ricas.
Me asomé al túnel. Los escalones que habían usado ellos para subir eran como una hilera de asas metálicas ancladas a la tierra. Solo veía tres, el resto desaparecían en la oscuridad. Una babosa naranja reptaba por el borde de la trampilla.
—¿Vas a bajar? —preguntó mi hermano.
Asentí.
—¿Con lo oscuro que está?
—La oscuridad no me da miedo —dije—. Solo necesito la linterna.
Extendí una mano hacia mi hermano. Se lo pensó, pero acabó dándomela. Con ella iluminé el túnel hasta donde acababan los escalones, allí abajo. Solo era otro suelo de tierra oscura.
Colé una primera pierna en el agujero.
El abuelo dio un paso hacia mí.
Mi hermano le indicó que se detuviera.
Metí la otra pierna y apoyé ambos pies en el primer escalón.
—¿Vas a bajar de verdad?
La voz de mi hermano sonaba más aguda. Cuando bajé otro escalón para demostrar que sí, fue él mismo quien vino a por mí. Iba a decir algo, pero el abuelo se le adelantó:
—¿Tampoco te da miedo el que vive ahí abajo?
Clavé las manos al suelo.
—¿Vive alguien ahí abajo?
El abuelo asintió.
—Claro.
—Abuelo, no le… —empezó a decir mi hermano.
Él lo interrumpió usando una voz tan grave como la que había salido antes del túnel. Se iluminó la cara con la linterna, desde la barbilla, llenando su rostro de sombras.
—Vive el hombre grillo —dijo.
Oí que mi hermano chasqueaba la lengua. Sus hombros cayeron.
—¿Es un hombre bueno? —pregunté—. ¿Como los grillos?
El abuelo negó con la cabeza.
—Muy malo —respondió—. Vive bajo tierra, esperando a que baje cualquier niño. Y, cuando percibe con sus enormes antenas que ha bajado alguno…, lo atrapa.
El abuelo cerró un puño en el aire, de pronto, como si cazara una mosca nocturna. La brusquedad del movimiento me asustó.
—Abuelo. —Mi hermano sonaba molesto.
—Por eso, cuando los niños bajan… —continuó—, no vuelven a subir.
—Pero mi hermano baja y sube.
—Porque tu hermano ya no es un niño pequeño —explicó el abuelo—. Los pequeños de verdad, como tú, se quedan viviendo bajo tierra con el hombre grillo. Para siempre.
La sola idea me impulsó a escapar del agujero.
Rocé la babosa con los dedos al agarrarme al borde de la trampilla.
—Yo no quiero vivir bajo tierra —dije, separándome del túnel.
—Claro que no —susurró el abuelo, que guardó silencio antes de añadir—: Nadie quiere.
Desplazó su linterna para ocultar su rostro en las sombras. Oí a mi hermano tomar aire de manera entrecortada. Se acercó al abuelo, le masajeó un hombro. Les pregunté qué les pasaba, pero no me contestaron. No dijeron nada durante varios segundos. Aproveché para ajustarme las zapatillas de andar por casa, que se me habían salido en la escapada.
—Por eso no debes entrar en ese túnel. Porque, si bajas, no vuelves a subir. ¿Entendido? —El abuelo me apuntó con su linterna hasta que asentí—. Solo tu tío y yo podemos bajar.
—Tu hermano —dijo mi hermano.
Le dio un codazo al abuelo para corregirlo. Él sacudió la cara.
—Solo tu hermano y yo podemos bajar —repitió enseguida.
Mi hermano se puso una mano en un lado de la boca y susurró:
—Al abuelo se le va la cabeza a veces.
Sonreí porque era verdad, cada vez se despistaba más. Unos días antes había intentado sumar los precios de una compra usando como calculadora los botones del mando a distancia de la televisión sin entender por qué no le ofrecía el resultado.
—Te he oído, pequeñajo.
A mi hermano también lo llamaba así, a veces, aunque me sacara diez años.
—Pues qué raro que lo hayas oído con lo sordo que estás —respondió mi hermano.
El abuelo abrió la boca, simulando una gran ofensa, pero enseguida confirmó que se estaba quedando sordo y dejó escapar una risotada. Mi hermano se unió a la risa. Mientras ellos reían, me acerqué a la trampilla y la cerré. La babosa acabó atrapada dentro.
—No quiero bajar para nada —dije sacudiéndome las manos—. Si además solo hay cables y tuberías sucias. ¡Y lombrices!
Moví el cuerpo exagerando un escalofrío. El volumen de sus risas aumentó. Mi hermano me acogió entre sus piernas cuando me acerqué a ellos. Sentí en la nuca la lana de su jersey. Mi cabeza le llegaba a la tripa y sus manos colgaban sobre mi pecho.
—Con lo bien que estás aquí —dijo él—. En este lugar tan bonito. Con las dos personas que más te quieren en el mundo, tu hermano y tu abuelo.
—Sois las únicas —dije—. Porque no tengo ni mamá ni papá.
Podía decir eso sin ponerme triste, igual que diría que las estrellas salen de noche. Era la única realidad que conocía.
—No, no los tienes. —Mi hermano me acarició las manos con el pulgar—. No todo el mundo tiene una familia como las demás.
El abuelo nos adoptó cuando éramos muy pequeños. Desde que recordaba, habíamos vivido los tres solos en el viejo faro. Así era como el abuelo llamaba a nuestra casa, aunque no había ninguna luz en nuestra torre que guiara a ningún barco.
—¿Apagamos las linternas? —propuso mi hermano.
Sabía lo que pretendía, así que asentí con emoción.
Él la apagó primero, el abuelo justo después.
Una oscuridad repentina nos envolvió.
Se oían las olas romper en el acantilado.
Tardamos unos segundos en acostumbrar la vista.
Mi hermano me cogió la barbilla para dirigir mi mirada.
Destellos verdosos empezaron a resultar visibles entre las hierbas salvajes, frente a nosotros.
Oí cómo él suspiraba.
—Tus insectos favoritos —dije, porque sabía que lo eran.
—Fueron muy importantes en un momento de mi vida.
—¿En qué momento? —pregunté.
—Shhh —susurró él sin responder—, tú solo míralas.
Así, juntos, con mi espalda contra sus piernas, mi hermano y yo observamos el brillo de las luciérnagas durante un rato, hasta que el abuelo consideró oportuno.
—¿Se va a dormir este niño en algún momento? —dijo de pronto.
Las linternas se encendieron.
Volvimos a casa atravesando el terreno.
De camino, me inventé un juego en el que se me habían pegado los pies entre sí, por los tobillos, así que solo podía avanzar dando saltos. Entre salto y salto, detrás de mí, el abuelo y mi hermano se olvidaron de mi presencia. Hablaron en ese tono que usaban como si para mí fuera inaudible.
—Quería que perdiera el interés —decía mi hermano—, no meterle miedo.
—Pues no estaba funcionando. Iba a bajar.
Cuando di otro salto hacia delante, dejé de oírlos.
2
El abuelo murió algunos otoños después, cuando yo ya tenía nueve años. Una noche, mi hermano entró a la habitación y se sentó en el borde de mi cama. Me encontró despierto, leyendo a la luz de la lámpara de mi mesilla. Solo con la manera en la que me miró supe lo que iba a decir. No le di tiempo ni de que abriera la boca.
—El abuelo… —susurré.
Llevaba semanas sin salir de su cama. El médico, que lo visitaba a diario por las mañanas, había dejado de venir hacía unos días. Una de las últimas veces que entré a su cuarto, el abuelo se quedó mirándome más de lo normal.
—¿Por qué me miras?
—Para no olvidarte —contestó.
Siguió observándome como si de verdad quisiera memorizar mi cara o como si viera en ella cosas que yo no sabía que estaban ahí.
—Eres un niño precioso —dijo—. Saliste muy bonito. Espero que seas muy feliz. Nosotros… hicimos lo que pudimos.
—¿De quién salí? ¿A quién me parezco?
El abuelo desvió la mirada. No le gustaba hablar de mis padres. A mi hermano tampoco. Les ponía tristes. Pedí perdón por preguntar.
—Es mejor preguntar al futuro que al pasado —dijo. Debí de poner cara de no entender, porque trató de explicármelo de otra manera—: Preguntarte adónde vas es más importante que preguntarte de dónde vienes.
Después me pidió que descolgara la única foto que había en su pared. Era un retrato en blanco y negro de la abuela. Cuando se lo acerqué, puso el marco junto a mi cara.
—Te pareces a ella —dijo.
Miré la imagen de esa mujer mayor a la que nunca conocí y le respondí que no me parecía en nada.
—En lo importante —aclaró él tocándome la frente y el pecho—, eres igualito.
Antes de salir de la habitación, vi cómo se guardaba la foto bajo las sábanas, sobre su cuerpo.
Nunca acepté del todo que llegaría un día en el que no podría hablar más con el abuelo, pero ese día llegó y aquella fue una de nuestras últimas conversaciones. Ojalá le hubiera hecho más preguntas. Ojalá lo hubiera abrazado más. Ninguna madera me ha vuelto a oler como olía el abuelo.
Del pueblo, mi hermano regresó con una urna de cenizas.
El polvo que llenaba el recipiente hasta la mitad era de un gris parecido al de las cejas del abuelo. Mi hermano sonrió cuando hice esa observación. Después dejó la urna sobre la repisa en la chimenea, junto a varias macetas con diferentes cactus.
—¿Vamos a esparcirlas en el acantilado? —pregunté.
Era lo que el abuelo quería. Nos lo había dicho. Que sus cenizas se quedaran para siempre en el mar y en las rocas que tantas noches iluminó con su faro.
—Sí, pero todavía no —respondió mi hermano.
Por decisión suya, acabamos esperando hasta principios del verano siguiente para esparcirlas. Unos días antes, lo vi empujando un gran bidón metálico, haciéndolo rodar por la parcela hasta un rincón lejano. Llevaba también una garrafa de gasolina. Cuando le pregunté qué hacía, me dijo que necesitaba quemar todas las malas hierbas del terreno.
Me pidió que no saliera de casa en ningún momento.
En el rincón elegido, encendió una hoguera que mantuvo viva durante dos días. La alimentó con las malas hierbas, pero también con leña que el abuelo y él guardaban en el túnel de las babosas y las lombrices. Ellos dos, y luego solo mi hermano, empezaron a llamar a ese lugar «el almacén» o «el taller», porque no solo almacenaban montones de leña ahí abajo, sino también herramientas. Además de bajar para controlar las bombas, cables y llaves que hacían funcionar la casa, mi hermano usaba el espacio para arreglar cualquier cosa. Había arreglos en los que se pasaba noches enteras trabajando. Por suerte, nunca me pedía que lo ayudara. A mí no me interesaba arreglar cosas y además prefería no acercarme al túnel. A esa edad, todavía me daba miedo el hombre grillo. No quería que me llevara a vivir bajo tierra para siempre.
Los días que quemó las malas hierbas, mi hermano no se separó del fuego ni durante la noche. Dijo que debía vigilar que no se extendiera y me insistió en que, por favor, por seguridad, no saliera de casa.
En varios momentos, la brisa metió en casa un peculiar olor a quemado. A horno.
Fue después de aquel trabajo cuando mi hermano decidió que ya había llegado el momento de esparcir las cenizas del abuelo.
—Por fin —dije.
Me daba pena dejar de tenerlo con nosotros, pero sabía que el abuelo no quería quedarse encima de la chimenea para siempre.
—Vamos —dijo mi hermano.
Señalé por la ventana el final del terreno, aún soleado.
—Esperamos entonces —añadió al darse cuenta.
En cuanto se completó el atardecer, nos situamos al borde del acantilado. Mi hermano abrió la urna y me pareció que estaba mucho más llena de lo que la recordaba. Además, la ceniza parecía diferente. Era menos fina y de un color más oscuro que las cejas del abuelo. No me dio tiempo a verla con mayor detenimiento porque mi hermano la volteó enseguida y los dos colores de ceniza se mezclaron perfectamente en el aire. Formaron una única polvareda que acabó bailando como un remolino entre la brisa.
—Cómo vuelan —dije.
Mi hermano se secó los ojos con el puño de su jersey.
—Como polvos de talco… —susurró.
Entrelazó sus dedos con los míos mientras las cenizas se dispersaban sobre las rocas y el mar por el resto de la eternidad.
La casa, el terreno, todo pasó a ser nuestro. De mi hermano, que era el mayor de edad. También el dinero. El abuelo lo dejó en una cuenta bancaria y en un montón de billetes guardados en una maleta en su armario.
Durante unos años, vivimos los dos solos.
Hasta que, cuando cumplí los trece, mi hermano conectó especialmente con una de las chicas con las que se carteaba. Se mandaba cartas con varias, pero de ninguna me había hablado con tanta emoción como me habló de ella. Le gustaba la naturaleza y respondía a todo lo que él le contaba de manera tan imprevista como comprensiva. Además, tenía veintitrés años, igual que él. Una mañana, sentados los dos a la mesa de la cocina, mi hermano abrió una carta que contenía una foto. Era la primera que ella le mandaba. Se quedó mirándola con la respiración detenida.
—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Por qué te pones así?
Permaneció en silencio, sin responderme, atónito con la imagen frente a él.
—¿Me dejas verla?
Aún tardó unos segundos en prestarme atención.
—Mejor no —respondió mientras guardaba la foto en el sobre—. Ya la conocerás en persona.
Fue la primera señal que tuve de que la cosa iba en serio, porque hasta ese momento mi hermano no me había presentado a ninguna de esas chicas con las que se carteaba.
Como ella no era de la isla, mi hermano debía hacer un viaje de cincuenta minutos en ferry para ir a visitarla a la costa. El horario de los ferris lo obligaba a irse muy temprano y volver bastante avanzada la tarde, así que cuando se iba me pasaba el día solo en casa. Entonces podía beber todo el refresco y comer todos los cereales que me diera la gana sin que él me dijera nada. O quedarme durmiendo toda la mañana si me apetecía.
Durante el día, casi no podía salir al terreno, porque apenas había sombras.
Pero, cuando caía la tarde, la casa comenzaba a proyectar una grande que crecía hacia el acantilado a medida que bajaba el sol. Yo me protegía en ella, avanzando solo hasta donde me iban permitiendo los límites de la silueta oscura que se dibujaba en el suelo. Cada tarde, sentía que iba conquistando de nuevo el terreno, recuperando la capacidad de caminar por la parcela. La torre de la casa, que imitaba la del antiguo faro en el que trabajó el abuelo, arrojaba una delgada pasarela de sombra que sobresalía del resto de la fachada. Era como una senda en construcción que me permitía ir caminando cada vez más lejos. En el momento en que la punta de la torre alcanzaba el borde del acantilado, podía por fin completar mi camino de sombras hasta el precipicio.
Entonces me asomaba al mar con los brazos en alto dando por finalizada mi conquista del día.
A esas horas, el sol desaparecía, el graznido de las gaviotas cesaba y mi hermano estaría a punto de regresar. Con el paso del tiempo, fui ampliando el campo de exploración hasta el propio acantilado y fui encontrando escaleras naturales por las que bajar y descubrir grutas secretas en las que me encantaba guarecerme. Tenía una favorita que usaba para pintar o leer. De las grutas volvía siempre antes de que regresara mi hermano. Sabía que la pared del acantilado le daba tanto miedo como la escalera de la torre y no quería preocuparlo ni que me regañara. A él solía esperarlo a la vista, tumbado bocarriba entre los dientes de león del terreno, esperando ver aparecer las estrellas.
Así me encontraba la tarde en la que conocí a la chica.
Mi hermano me había avisado por la mañana, antes de irse, de que volvería acompañado, porque quería enseñarle a su novia dónde vivíamos. Fue la primera vez que usó la palabra «novia». Me incorporé en cuanto oí la camioneta de mi hermano acceder a la parte delantera del terreno, en el lado contrario de la casa. Allí se encontraba la entrada principal a la parcela, a la que se llegaba por la calle asfaltada que subía desde el pueblo. Los oí hablar entre ellos. Más pasos de los habituales caminaron sobre el camino de grava que llevaba a la puerta de casa. Una vez ahí, podían rodear la construcción por el exterior para acceder a la parte trasera del lugar, donde yo estaba, o podían atravesarla por dentro y acabar saliendo al porche trasero usando la gran puerta corredera del salón.
Hicieron lo segundo.
Un primer vistazo desde lejos me resultó confuso.
No entendí muy bien lo que veía.
Sacudí hierbas y tierra de mi ropa mientras me dirigía al porche.
Cuando mi hermano me presentó a su novia, traté de disimular el impacto que me produjo verla. Entendí por qué no había querido enseñarme la foto que le envió. Ella se adelantó para romper la tensión enseguida.
—Quieres preguntarme qué me pasa en la cara —dijo—. ¿A que sí?
Miré a mi hermano como pidiendo permiso y explicaciones por no haberme avisado de nada. Él me animó a preguntar con gesto despreocupado.
—¿Qué te ha pasado en la cara? —Usé las mismas palabras que había propuesto ella.
—No me ha pasado nada, nací así. —Una peculiar sonrisa arrugó su labio superior mostrando dientes irregulares y mucha encía—. Desde pequeña, la cara me crece rara. Una malformación congénita. Por eso tengo esta nariz deforme, la barbilla retorcida y los ojos tan diferentes que parecen de personas distintas.
La mirada se me escapó a un lado de su cabeza.
—Esa oreja nunca la tuve —dijo ella al darse cuenta—. Me podrían quitar un trozo de costilla y construirme una, pero no quiero. No voy a hacerme más operaciones para luego quedarme con la cara igual de rara.
Mi hermano la besó cerca de la oreja ausente.
—Porque no te hace falta —dijo—. Yo solo veo una cara normal.
Un barniz brillante cubrió los ojos de ella.
—Mira qué tonta me pongo con tu hermano —me dijo. El brillo se transformó en humedad a punto de derramarse—. No creí que nunca nadie pudiera…
Un fugaz temblor en la barbilla interrumpió sus palabras. Mi hermano secó con un dedo la lágrima que acabó por desbordarse. Nunca lo había visto ser cariñoso con una chica y me dio un poco de vergüenza verlo. Pero no era vergüenza mala, era una vergüenza alegre, porque lo veía contento.
Ella me miró y cerró un ojo presionando la piel irregular de su párpado más de la cuenta.
Dudé si preguntar o no, pero acabé haciéndolo:
—¿Me has guiñado el ojo?
Ella fue la primera en reírse.
—¿Tan mal lo hago?
Asentí y guiñé el mío para que viera cómo se hacía.
—¿Y a ti qué te ha pasado en la cara para ser tan mono? —preguntó ella.
—Lo mismo que a ti, nada —respondí—. Nací así.
Los dos nos reímos y nos hicimos muecas con la cara como si nos conociéramos desde hacía tiempo.
3
Mi hermano propuso enseñarle primero la parte trasera del terreno. Los acompañé hasta el acantilado. Cuando arreció una sacudida de brisa marina, ella, en lugar de protegerse, levantó los brazos de manera parecida a como había hecho yo al finalizar mi conquista diaria.
—Qué lugar tan bonito —dijo inspirando el aire salado.
El cielo era morado a esa hora, y el mar era de un azul tan profundo que resaltaba el blanco espumoso de las olas al romper. Mi hermano la abrazó por detrás, con la barbilla sobre su hombro.
Le susurró al oído algo que no alcancé a escuchar.
—Despacio… —respondió ella.
Mi hermano le explicó que los límites del terreno los marcaba el propio acantilado y el cercado que rodeaba la parcela. El antiguo faro no tenía valla, pero más tarde el abuelo necesitó ponerla. Se la señaló, a lo lejos. Le contó que ese faro antiguo se había quemado y le mostró en el suelo la zona que ocupó. Una sutil diferencia en el crecimiento de la vegetación permitía aún adivinar la existencia de alguna construcción pasada.
—Nuestro abuelo construyó más tarde la casa de ahora. —Apuntó a la fachada con la mano abierta—. Ya no es un faro, pero él quiso que lo pareciera. Por eso tiene esa torre, aunque no hay linterna arriba ni nada. Es solo un estudio.
—Qué pena —dijo ella—. Pocas luces hay más mágicas que las de un faro.
Mi hermano me miró.
—Le hubiera caído muy bien al abuelo.
Asentí con una sonrisa.
Continuamos el recorrido por los laterales de la casa. En uno, mi hermano le enseñó el gallinero y le prometió que al día siguiente desayunaría los huevos más ricos de su vida. Entendí, como sospechaba, que iba a quedarse a dormir. Tampoco había otro ferry en el que pudiera volver. Cuando ella contó que había seis gallinas, le preguntó a mi hermano si no eran muchas para nosotros dos.
—A veces regalo a la gente que vive por aquí —dijo él.
No recordaba haberle visto regalar ningún huevo a nadie, pero el gallinero era cosa suya y yo no tenía ni idea de cuántos huevos ponían a la semana seis gallinas.
En el otro lateral de la casa había dos postes clavados en el suelo que conformaban el tendedero. Y más allá, en las profundidades del terreno, hacia la valla de ese lado, se encontraba la trampilla para acceder al túnel. Pensé que mi hermano querría enseñarle el taller a su novia, pero, para mi sorpresa, propuso regresar todos al porche. Me alegré porque seguía prefiriendo no acercarme a esa zona. La sola idea de escuchar las antenas del hombre grillo rascando bajo la tierra me seguía aterrorizando. No tenía muy claro si trece años eran suficientes para que el monstruo dejara de considerarme un niño apetecible que llevarse a vivir bajo tierra.
—Cuánto espacio —dijo ella extendiendo los brazos a mitad de terreno—. Qué libertad.
En el porche, antes de entrar en casa, mi hermano se fijó en los libros de texto abiertos sobre la mesa exterior. Los días que él se iba, me dejaba marcadas páginas de ejercicios para completar.
—¿A que no has hecho ni uno? —preguntó.
Me mordí los labios sin responder. En cuanto me lo había permitido la sombra, había sacado los libros al porche con la mejor de mis intenciones, pero al final no les había prestado ninguna atención.
—Tu hermano me ha contado que no vas al colegio —dijo ella.
Cerré los libros y recogí los bolígrafos.
—Sí voy —corregí—. Los exámenes los hago allí.
Yo seguía el mismo programa de la escuela en la isla, pero a clase solo iba para los exámenes, en horario especial. Hacía años mi hermano había hecho una petición por escrito para que me dejaran estudiar en casa, explicando lo que me pasaba. Durante el tiempo que esperamos la respuesta, mi hermano repetía, enfadado, por el salón, que no nos iban a conceder el permiso, que me obligarían a ir. Sin embargo, cuando llegó la carta que sí nos lo concedió, en lugar de alegrarse se enfadó también. Le pregunté si no habíamos conseguido lo que queríamos y él tan solo me revolvió el pelo. Entre dientes dijo que se notaba que el pueblo no quería ni vernos.
Ella me pasó el último bolígrafo que quedaba.
—¿Y te puedo preguntar por qué no vas a clase normalmente?
Con una mirada, acusé sin palabras a mi hermano de haberle contado eso también.
—No se lo he dicho —dijo—. Eso se lo cuentas tú si quieres.
—Solo si quieres —repitió ella.
Su sonrisa contrahecha me hizo sentir cómodo.
—Me da miedo el sol —dije.
El contorno extraño de sus ojos se amplió.
—Tiene una fobia irracional al sol —añadió mi hermano cogiéndome por los hombros.
—No es irracional. Es racional, porque es real. —Me sacudí sus manos—. Si me da el sol, me arde el cuerpo. Noto hasta burbujitas por dentro cuando empiezo a hervir. Y sé que, si me quedara más tiempo, se me evaporaría la piel y se me secarían los ojos. La lengua se me derretiría. No quiero tragarme mi propia lengua como si fuera puré.
Ella se llevó una mano a la boca con la nariz arrugada.
Mi hermano sacudió la cabeza.
—Tiene un poco de alergia y nuestro abuelo se pasó tanto con las precauciones que acabó cogiéndole miedo. Pero todo eso que dice son inventos y exageraciones suyas. —Me pellizcó la barbilla—. Si yo te ponía al sol cuando eras un bebé. Y no te quejabas.
Sentí terror al imaginarme expuesto de esa manera. Me podría haber desintegrado allí mismo.
—Pero no pongas esa cara —dijo mi hermano.
Su rostro se ensombreció, la mirada perdida en algún recuerdo que sentí haber estropeado. Le pedí perdón como se lo pedía al abuelo cuando le preguntaba sobre el pasado. Él sacudió la cabeza y tiró de mí para abrazarme.
—En tu primer amanecer conmigo, te cogí así, entre mis brazos, y nos pusimos juntos al sol. —Su pecho se infló contra mi cara cuando suspiró—. Fue un momento precioso.
Mi hermano cogió un pellizco de la tela de mi sudadera y frotó el tejido entre los dedos.
El carrillón de conchas que colgaba sobre nosotros en el porche puso melodía a la brisa.
—¿Entramos? —preguntó ella apuntando a la cristalera corredera que daba paso al salón.
Mi hermano señaló los sofás, la televisión, la mesa grande, un reloj de cuco y los cactus en las macetas.
—Ahora la encendemos —dijo refiriéndose a la chimenea.
En otoño, incluso en los días soleados, la llegada de la noche traía consigo un frío húmedo que se colaba por cada rendija de puertas y ventanas. La mayor parte de las paredes del salón las decoraban cuadros del abuelo, pinturas de batallas navales, sirenas y otros faros. La pared más grande, sin embargo, la ocupaba la colección de insectos de mi hermano. Se la presentó a su novia como si mostrara un trofeo.
—Esta es… —dijo ella, que ya habría oído hablar de esa pared.
La colección incluía mariposas, escarabajos, cigarras, polillas, libélulas y varios insectos más, todos expuestos en marcos de diferentes formas. Él los llamaba lepidópteros, coleópteros, ortópteros, himenópteros y de otras maneras, pero significaban lo mismo. Un día que le pregunté, mientras desayunábamos huevos del gallinero, por qué no tenía arañas o ciempiés en la colección, me miró con la misma cara de decepción que me ponía cuando no hacía los ejercicios de la escuela. Me dijo que eso no eran insectos. Tampoco los bichos bola, las lombrices o las garrapatas. Le pregunté por qué y me dijo que los insectos adultos tenían seis patas. Cualquier bicho que tuviera un número diferente no era un insecto. Los que yo había dicho, las arañas y los ciempiés, tenían ocho y hasta treinta. Entonces le pregunté si los grillos eran insectos. Me invitó a averiguarlo por mí mismo señalando el terreno a través de la ventana sobre el fregadero de la cocina. Tardé varios anocheceres en lograr cazar un grillo. Le conté seis patas, las mismas con las que luchaba por escapar de mi puño, así que era un insecto. Después esperé a ver si tenía la suerte de que me cantara en la mano, pero en cuanto le di un poco de espacio escapó de vuelta a la tierra.
La novia de mi hermano se fijó en un marco con una cigarra que parecía un juguete de plástico, toda negra salvo por un punto rojo y unas bandas verdes y azules que parecían fluorescentes.
—Es impresionante.
—Es única en su género —explicó mi hermano—. Tacua speciosa.
Ella me miró a mí.
—No me habías dicho que tu hermano hablaba latín.
—Sí, como un hechicero —dije yo.
Nos reímos a la vez y a ella se le torció la barbilla.
—Pues casi —dijo él sin molestarse—. Me sé todos estos nombres.
Miró a su colección, a los insectos que había etiquetado con sus denominaciones científicas en latín, como si fuera la primera vez que los veía. Parecía que nunca dejara de asombrarle que esas criaturas existieran de verdad y pudiera tenerlas frente a él. Tan diferentes, tan coloridas. Ella también las observaba y me fijé en cómo mi hermano la miraba de reojo, con media sonrisa, como si tampoco terminara de creerse que esa otra criatura estuviera a su lado.
De camino a la cocina sorteamos dos mesas auxiliares en las que había lámparas, velas, libros dispersos, cúpulas de cristal con especímenes quiméricos y un teléfono que no sonaba casi nunca.
—Hoy cenamos crema de zanahorias —dijo mi hermano.
—Le sale muy rica —añadí yo.
Sacó las zanahorias de la nevera, además de reunir patatas y otros ingredientes que dejó preparados junto al fuego. Puso una olla de agua a calentar y me entregó una tabla y un cuchillo.
—Ve cortando tú, yo le enseño el resto de la casa.
Acaté la orden, pero me dejé caer con desgana en la silla, a modo de protesta.
Corté las zanahorias sentado a la mesa de la cocina, atent
