1
La reunión
MÓNICA
11.00
«“Las empresas grandes no dejan huella porque sepan hacer las cosas bien, sino porque saben cómo reponerse cuando algo no va como debería”. He escuchado esta frase muchas veces en mi vida; se ha convertido en una especie de mantra. Papá se ha asegurado de que cale en mi interior, eso y otros conceptos básicos como el deber, la exigencia, la excelencia…
»Recuerdo perfectamente sus palabras, que me repetía una y otra vez: “Sacrificio y lealtad, hija. Perseverancia también. Sabrás de lo que te hablo y me entenderás a su debido tiempo”. Todo, según él, gira en torno al deber. Acarreo sobre mi espalda los principios de mi padre, es un lastre invisible, pero del tamaño y el peso de los palés que se apilan unas cuantas plantas más abajo de donde nos encontramos. Allí los que los cargan están fuertes, tienen unos cuerpos poderosos y robustos. Yo debo estar fuerte de cabeza para aguantar la carga. No bajar la guardia ni un momento. Constantemente pendiente. La reunión ha terminado, pero el machaque continuo de mi padre no».
—Mónica…
Su asistente la saca de sus pensamientos.
—Ya vamos tarde. Lo sé, Bea.
La llamada a su padre ha durado más de lo que pensaba, y ya debería haber salido hacia el aeropuerto, pero a sus cuarenta y dos años Mónica no va a tolerar ninguna insolencia, y menos de su asistente. Bastante ha aguantado ya en la reunión.
—Ya he avisado, tranquila —contesta Beatriz, que sabe que una conversación como la que acaba de mantener Mónica no es cualquier cosa—. Ahora de camino hacemos un repaso si te parece y así puedes descansar un rato. Se va a solucionar, ya verás. —Y diciendo esto abandonan la sala de juntas.
—Qué ganas de salir. Se empeñan en poner el aire… Tendré que hablar con mi padre —se queja Mónica en cuanto alcanza el pasillo.
—Pedí lo del aire, pero me dijeron que a tu padre le gusta así. —Como si Beatriz le hubiera leído la mente—. Le mandaré un e-mail para explicarle las ventajas del suelo radiante para la sala de juntas. Seguro que lo entiende. O puedo sugerirle un dispositivo para que la temperatura se pueda controlar desde la propia sala, ¿no? Si te parece bien, claro.
«Bea siempre tiene respuesta para todo. Se nota que aún no conoce a mi padre. Hice bien en contratarla. No para, con la cabeza siempre alta y buena disposición…, igual que yo cuando empecé. Ahora tengo todo lo que necesito, me encanta que al final del día soy dueña de mi tiempo. Que ella se esfuerce no está de más. Encima cobra un pastón. En esta empresa todos cobran un pastón. El día que escuche lo contrario es que alguien se ha equivocado de lugar. Otra vez los tacones nuevos. No son los mejores aliados para un esprint por un pasillo de suelo con brillo y satinado. Voy medio patinando. ¿Quién decidió poner microcemento? Cosas de diseño, me dijeron. Me hace gracia. Y estos zapatos ni siquiera es que sean… En fin. Hace meses que no cambian nada estos del Departamento Heading Design Above All, y ya lo avisé. ¿Para qué sirve el diseño sin funcionalidad? Ahora hay que ponerle nombre cool a todo».
—¿Qué?
De nuevo Beatriz interrumpe sus pensamientos. Le estaba diciendo algo, pero no se ha enterado de nada.
—Te preguntaba si llevas todo —insiste la asistente.
Mónica vuelve otra vez en sí.
—¿Has hablado con Jairo? Mi padre no me soltaba…
—Sí, ya le he explicado que estabas a full. Me ha dicho que tranquila y que tengas un buen vuelo. Tiene dos reuniones y luego cenará en casa, por si lo quieres llamar al llegar.
—¿Cena en casa?
Últimamente todo el mundo se empeña en recordarle las cosas, ya le gustaría verlos a ellos con el ritmo de vida que ella lleva…
—Eso me ha dicho. ¿Marco e intentas hablar con él? —Beatriz hace un ademán de coger el teléfono.
—Ya te ha dicho que le llame al llegar, ¿no? Pues ya está.
—Sí, pero como…
—Pero nada. —Piensa molesta que ya lo que le faltaba, que su asistente se preocupe más por su matrimonio que ella misma…
—Mónica, espera. —Se para en mitad del corredor, a duras penas sujeta la tablet con el mismo brazo que sostiene el café de su jefa y el teléfono móvil—. No quiero ser pesada y sé que no me pagas para meterme en tus asuntos personales, pero, después de lo que ha pasado hoy, he pensado que sería importante que hablases con él cuanto antes.
—Tienes razón. —Mira al final del pasillo como buscando algo y suelta lo que parece una respuesta cordial—: No te pago para que lidies con mis asuntos personales.
—Lo entiendo perfectamente. Yo solo…
—Ya déjalo, Bea, por Dios. No es un buen momento, ¿vale? Llama a Ramiro, a ver si han cuadrado ya con ventas. —Sabe que no ha dado tiempo ni por asomo, pero así se entretendrá con otra cosa y la dejará un poco en paz.
—Marcando…
Y Mónica ya no escucha nada más para hundirse de nuevo en sus pensamientos.
«Podría recorrer este pasillo con los ojos cerrados. Aunque pongan plantas en los rincones, reconocería los bordes de cada sala. Siempre hay gente que quiere decirme algo, alguien que se cruza o entra en las salas de reuniones o está hablando por teléfono. En el fondo que a Bea esté a punto de caérsele algo de todo lo que lleva encima me viene hasta bien para que nadie trate de cortarme el paso. Hoy no es el día para eso».
—Ramiro dice que está en ello. Que aún es pronto. Y me ha colgado. ¿Le vuelvo al llamar?
Mónica se da cuenta de que Beatriz espera su respuesta, pero por su mirada adivina que está implorándole que responda que no. Su asistente sabe que cuando Ramiro cuelga es porque no es el momento de consultar nada, y llamarle de nuevo sería peor.
—Le jode tanto que seamos nosotras las que viajamos para decidir estas cosas y no ellos… que nos va a tener esperando hasta el momento justo de despegar. Ya llamará…
—Ahora no, por favor —advierte Beatriz a una mujer—. Mándame un mensaje, que vamos justas de tiempo, ¿vale, Silvia?
La asistente emplea un tono cordial. Durante las cinco semanas que lleva en el puesto se ha ganado el respeto de muchos. No solo allí, sino en todas las sedes que han visitado.
Dos chicos trajeados, con un café en la mano, se acercan hacia ellas despacio, casi como si desfilaran por una pasarela para ser vistos a cámara lenta. Sí, llevan traje, pero con cierto toque informal, como es habitual en las instalaciones de la empresa. Al ver a Beatriz han salido a su encuentro sin percatarse de que la jefa la acompaña. Cuando reparan en su presencia, se dan la vuelta y hacen como que hablan entre ellos. La escena resulta torpe, incluso incómoda. Pese a intercambiar alguna mirada con la asistente, el tímido cortejo corporativo queda abocado al fracaso. Ellos, como otros, quieren saber cómo llegó Beatriz a esa posición. Son de Recursos Humanos y no han averiguado nada más porque todo fue una maniobra de la hija del jefe, que es como llaman a Mónica. La contrató desde fuera de la empresa, algo inusual que no fue muy bien recibido por la cantidad de candidatos que aspiraban a semejante puesto y que esperaban que se adjudicara de manera interna. Mónica no es ajena a nada de lo que está sucediendo.
—Es para el cierre —vuelve a insistir Silvia, que no se ha despegado de Beatriz mientras Mónica avanza decidida hacia los ascensores—. Que me están pidiendo autorización por lo de los camiones parados. —Se detiene frente a ella y, con el tono aún más bajo, le explica—: Ya no sé qué decirles y Ramiro me ha llamado cabreado.
Palabra mágica. Ha funcionado. Mencionar a Ramiro no falla. Mónica presta atención a la respuesta de Beatriz.
—Ya. Gracias, Silvia, salimos de aquí y te llamo desde el coche. Lo miro ahora mismo.
No es el momento de hablar con Silvia; por eso, acelera el paso para evitarla. Aprovecha para buscar unos pañuelos en el bolso. Bea está haciendo su trabajo, piensa.
«Realmente hice bien en contratar a Bea. Cada vez que aparece Silvia es para pedir o para señalar a los culpables de lo que según ella no se está haciendo bien en Logística, ella no quiere asumir ninguna responsabilidad. Es una gran trabajadora y leal a la empresa, pero no mide ni filtra su insistencia. Bea la sabe llevar. También sabe torear a los babosos de Recursos Humanos, hambrientos de respuestas que no me da la gana proporcionar y que ella tampoco puede dar. Malditos tacones. Menos mal que llevo en la bolsa las bambas. La bolsa. La habré repasado cincuenta veces. Ya estoy frente al ascensor. Por fin».
Beatriz se ha quedado rezagada, está tratando de sacar el otro teléfono sin que se le caiga la tablet ni se le derrame el café que lleva para su jefa; parece una malabarista experimentada. Mónica se mete en el ascensor y sigue hurgando en el bolso. Beatriz se cuela justo cuando se cierran las puertas. Va a decirle algo a Mónica, pero prefiere callarse. Se mantienen en silencio, que solo rompe la música anodina que llena el habitáculo. Mónica está deseando llegar al hall y poder salir, por fin, de la empresa.
Se abren las puertas del ascensor gris, moderno, al igual que el resto de las instalaciones. En la calle, en la zona del aparcamiento reservada para los ejecutivos, las espera Antonio, el chófer fiel de la familia Rodríguez, junto a una berlina de color negro con las puertas abiertas.
—Siempre preparado, Antonio —dice Mónica a modo de saludo rápido al tiempo que se dirige a su asiento en la parte trasera del coche.
—Ya sabe, señora, si en treinta años trabajando aquí con ustedes aún no sé cuándo he de llegar, mal asunto. —Esboza una sonrisa y se asegura de que Mónica se acomode en el interior del automóvil.
A Mónica le gustan las respuestas certeras y escuetas del chófer, siempre siente tranquilidad cuando le escucha. Es como si se mantuviese ajeno a este mundo caótico que los rodea.
—Al aeropuerto, Antonio, si eres tan amable. —Beatriz, siempre eficiente, le indica el destino al chófer.
Antonio asiente con un movimiento rápido de cabeza. El trayecto no es muy largo. Es un camino que conoce bien. De fondo suena una canción en la radio. Antonio siempre lleva el volumen muy bajo, como para él mismo. Y Mónica la reconoce. Recuerda ese viaje que hizo a Colombia, allá en el año 2000. Las vueltas que da la vida. Iba en un taxi que tenía un montón de rosarios colgando en el retrovisor y sonó esa canción por la radio, que se mezclaba con el ruido de la calle y de las motos que rugían cerca de la ventanilla. Su corazón latió fuerte, no sabría decir por qué. No le gustaba ese género, pero conectó con la letra… Sí, presta atención… La canción habla sobre lo que una piensa que va a ser y lo que acaba siendo.
—Me he leído el informe.
Beatriz la saca de ese viaje de un plumazo. Ahora está en otro trayecto, en otro coche, en otro país. Y ese documento definitivamente la aleja de la brisa callejera que entraba a través de una ventanilla de un taxi colombiano.
—¿Ya han metido lo de esta mañana?
Mónica se da cuenta de que el Departamento de Cuentas iba en serio. Se notan las prisas. Apenas llevan unos minutos en el coche y su asistente le puede hacer un resumen.
—De la página siete a la once. Con todo tipo de detalle. —Cita textualmente una parte del texto y se nota que entiende lo grave del asunto—: «… Adecuándonos al estudio realizado, señalamos lo que a nuestro criterio ha de ser modificado y clarificado de forma inminente…». —Se salta todo aquello que no es de interés hasta localizar lo que sabe que quiere escuchar su jefa—. «Y por eso se reclaman cuentas del ejercicio pasado correspondientes a las siguientes operaciones: ventas en Europa, importación en Europa, solicitudes de apertura no llevadas a cabo en Europa, concesiones a terceros en Europa…».
—¿No dicen nada de México? —pregunta Mónica, entre cautelosa y sutilmente suspicaz.
No lo entiende. Su cabeza no puede evitar hacerse un montón de preguntas. Le extraña tanto.
«¿Se están haciendo los tontos? ¿O lo están dejando para más adelante? En cualquier caso, Europa es más evidente. Ramiro y sus ganas. Maldito Ramiro, joder. El día que mi padre le empezó a dar alas… Tiene un ansia y un machismo que no soporto. Le cuesta entender que sigo siendo la heredera de todo este imperio. Y que soy capaz de manejarlo. Le dan igual mi preparación y los años que he pasado al lado del mejor mentor, que es mi padre. No entiendo cómo mi padre, con tanto sentido del deber, le ha elegido como hombre de confianza. Está claro que también se equivoca. Ya lo creo que se equivoca. No me sirve de nada darle más vueltas. Puto Ramiro».
—De México, en principio no —continúa Beatriz—. Voy a volver a leer, pero no me suena haber visto nada. ¿Algo en concreto?
—No.
Mónica mira fijamente a su asistente. Se pregunta qué piensa de todo lo que está ocurriendo y si tendrá ya alguna teoría a pesar del poco tiempo que lleva con ellos. Maite, su antecesora, ocupó años el puesto y nunca pareció sorprenderse con nada.
—Te preguntaba por buscar de manera más detallada —le señala, apurada por la contestación tajante—. Tengo un asistente virtual que me ayuda en caso de que se me pase algo. No te lo he dicho hasta ahora, porque no lo uso casi nunca, pero, si me das permiso y dada la situación, solo menciona las palabras y me…
—Bea, corta ya, por favor. —A veces la eficacia de esta mujer la supera. Supone que es un tema generacional. O se pasan de ultraprocesar datos o están en la parra. Beatriz es de las primeras y por ahora le conviene. Se centra en la carretera y tiene la sensación de que nada le suena—. Antonio, vas por la del aeropuerto de siempre, ¿no?
—Sí, señora. No hay tráfico y vamos sin problema por aquí. ¿Está bien así? —La observa por el retrovisor, atento a su respuesta.
—Quiero llegar cuanto antes y solucionar todo esto.
Mira por la ventana, pero no ve la torre de control, la señal de que están cerca. Siempre ha aborrecido viajar tanto por trabajo, y ahora se ha convertido en una rutina. No es con lo que había soñado que ocuparía la mayor parte de su tiempo. Se repite una y otra vez que lo hace por el bien de la familia, por la empresa. Lo sabe: primero el trabajo y después su matrimonio. Tiene que llamar a Jairo, pero no es el momento. No tiene ganas. Se le ha quedado la canción de la radio, aunque prefiere no pensar mucho en ella. Es como si quisiese avisarla de algo, pero de una manera bonita y suave. De pronto le viene otra canción que le encantaba en otros tiempos, una que decía algo así como «why you wait so long». Se pregunta qué demonios le pasa que es incapaz de concentrarse, y necesita hacerlo.
«Me he encontrado más veces en situaciones de riesgo que en calma. Sé lo que tengo que hacer. Nadie, absolutamente nadie que conozca, ha tenido que decidir y reaccionar rápido ante un conflicto de la manera que lo hago yo en infinidad de ocasiones. Joder, nadie. Ni de la cúpula, ni siquiera Ramiro ni nadie de mi familia o alguna de las que se hacen llamar mis amigas. He de estar tranquila. Llevo todo lo que tengo que llevar conmigo. Soy una Rodríguez. Para lo bueno y para lo malo. Laura tendría que ver cómo estoy actuando ahora. ¿Es buena esta tranquilidad? Se lo diré en la próxima consulta. Mierda, creo que no le he devuelto la llamada y ya he faltado a una de las sesiones que teníamos programadas».
—Bea, ¿volviste a hablar con mi coach? Necesito saber cuándo tenemos la próxima sesión.
—¿Te refieres a Laura Cuesta? —Le fastidia mucho que la llame así—. Cancelé y reprogramé como me dijiste. Tienes cita la semana que viene, después de los encuentros TED. Sabe que acabas con la energía por los suelos tras aguantar a la cantidad de «imitadores potenciales con los que te toca compartir no solo charlas, sino también almuerzo» —repite Beatriz para que su jefa vea que su terapeuta conoce bien en qué consisten esas reuniones—. Te ha hecho hueco sin dudarlo, y eso que me dijo que esta semana estaba con un tema personal…
Mónica sonríe. No aguanta los encuentros TED ni a los que acuden a ellos, y así se lo ha hecho saber a su entorno de confianza, que, por cierto, no solo le ha costado forjar, sino también mantener.
—Bien —zanja, aunque lo de su coach es el menor de sus problemas ese día, a tenor de la que hay liada.
—Estoy llamando a Silvia, pero no me coge el teléfono.
—Ya llamará, por la cuenta que le trae.
2
La nueva asistente
BEATRIZ
Le encanta esta parte de la carretera. Aquí es donde realmente siente que está más cerca del aeropuerto que de la ciudad. Más próxima a las salidas, en busca de soluciones, que a las llegadas, con ellas bajo el brazo o no. Como diría su madre, las llegadas son salas repletas de gente con doble equipaje: las maletas y la frustración por regresar.
A su madre, Marga, no le gusta Galicia y tiene pavor a los aviones. No hay quien la convenza de que en Sevilla no está lo mejor. Viaja siempre en tren, que además «bien rápido va», como si por promocionar su empresa le fueran a pagar más. Trabaja en la fundación de esta y siempre lo lleva por bandera.
A su progenitora se le atragantó la tierra de las meigas y no suele visitarla mucho. Para Beatriz, sin embargo, es el único sitio donde se respira de verdad, se come como en ningún otro lugar y hasta las olas suenan diferente al chocar entre ellas o con los acantilados. Galicia es su paraíso personal. Incluso alguna vez ha participado en campeonatos locales de surf, aunque lleva tiempo sin salir al mar. Siente pasión y devoción por las olas… Para ola la que tenía a su lado, la más difícil de surfear…, su jefa.
En esta parte del tramo, próximo al aeropuerto de Rosalía de Castro, los árboles forman un batallón de líneas que se suceden entre sí tiñendo con verde y más verde el paisaje, como si fuesen bombas repletas de naturaleza, colores y buenos recuerdos de la infancia. La carretera, que va dejando atrás la ciudad del apóstol Santiago, intimidada por ellos, se estrecha ante los verdaderos dueños de ese marco privilegiado. Las curvas se enderezan para hacer más visible, si cabe, el valle que se forma a los lados.
Están a punto de llegar y Beatriz percibe una sensación extraña. El breve trayecto no ha calmado ni un poquito una energía que no acierta a definir. Lo poco que lleva trabajando para Mónica, aunque a veces le parece que lleva toda una vida, le basta para saberlo. Además, ya ha escuchado de todo sobre su jefa durante estas semanas.
Esta mañana ha empezado como cualquier otra, con un buen zumo natural de naranja y la rutina de estiramientos, aunque pronto ha sonado el teléfono. Sabe que es importante estar descansada y activarse con ejercicio por las mañanas, pero últimamente no lo tiene muy fácil. Aun así, se mantiene en forma, ha practicado tanto deporte siempre que reconoce que tiene un buen físico. Un metro setenta de altura, cabello largo y rubio, recogido normalmente en un moño, cosa que le resulta bastante práctica. Esta mañana se ha peinado así y se ha puesto un pantalón de pinzas con una blusa informal y una chaqueta. Los zapatos van a juego, pero no ha querido destacar demasiado. Sabe cuál es su papel, quién es su jefa y quién de las dos es la que ha de brillar.
Antes de empezar a trabajar para ella, ya intuía que iba a ser un empleo que exigiría un esfuerzo máximo y poner todas sus capacidades en funcionamiento, pero para eso se había preparado. Contra todo pronóstico había accedido a la entrevista, y eso que ella no pertenecía a la empresa. «A veces pasa», le habían llegado a decir; «pero es raro», había escuchado también. No perdía nada y quiso aprovechar la oportunidad. Contaba con las buenas referencias de Fernando, su anterior jefe. Cuando le dijo que era candidata a un puesto en una de las mejores empresas del mundo y que una oportunidad así no surgía todos los días, Fernando se molestó en un primer momento, pues eso suponía que los abandonaba. Luego, sin embargo, mostró una empatía que pocas veces había visto en un hombre de semejante posición cuando le prometió que, si aquello era lo que realmente quería, él la apoyaría. Así que dejó al CEO de una importante marca suiza de alimentación. El proceso no fue tan largo como pensaba; las buenas palabras de su anterior jefe lo aceleraron todo. Y a sus treinta y un años se convirtió en la asistente de la cabeza visible y la directora de comunicación de un grupo como aquel.
Si algo había aprendido Beatriz durante los tres años que dedicó a la empresa suiza era la importancia de entender que en cada sede se manejaban estilos diferentes a la hora de trabajar y cómo se iban estableciendo vínculos y lazos directos entre el resto de las sedes del continente. También, que era importante valorar las fusiones con las empresas locales de menor tamaño, pero no por ello menos rentables. Los trabajadores las querían y los habitantes de las distintas localidades permanecían fieles a las marcas que habían dado de comer a unas cuantas generaciones. Beatriz se sentía orgullosa de haber formado parte de la empresa con un equipo que la respetaba. Tuvo que luchar y demostrar su valía, porque no se lo pusieron muy fácil. Se encontró con personas a su cargo que no solo eran mayores que ella, sino que llevaban ya muchos años dentro del grupo. En un principio la vieron como una amenaza, como la nueva, ajena a la esencia de la marca asentada ya de tantos años.
Con Mónica, sin embargo, se ha entendido desde el primer día, o eso pensaba… hasta la reunión de la que acaban de salir. De las más surrealistas de su carrera. Durante la afrenta silenciosa y al mismo tiempo violenta vivida en esa sala le vino a la mente una reunión cinco años atrás, cuando trabajaba para unos chicos que habían lanzado una marca de zapatillas. Después de posicionarse en ventas como una de las startups más revolucionarias del País Vasco, se vio en medio de una cruzada sin lanzas entre los fundadores. Allí lo que se lanzaban eran miradas que cortaban. Y todo por dinero. Eso entre socios es de lo menos sorprendente y más común, pero absolutamente destructivo. Lograron unos ingresos que superaban con creces lo estimado para aquel año, pero vinieron las dudas (que no las deudas, como habría sido lo esperable) y las discrepancias entre ellos. En esa junta explotaron de manera impulsiva e infantil…, y ella estaba ahí en medio de la contienda. Cada uno de los tres socios la miraba buscando su aprobación como si ella fuera su madre y les fuera a dar la razón a modo de premio, pero para ser madre lo sería de sus propios hijos, si es que se daba el caso. Más que el caso, «el hecho poco probable de conocer a alguien que realmente te entienda como tú quieres y te deje seguir creciendo laboralmente al tiempo que las cosas avanzan entre los dos», como le decían sus amigas… ¿Pide demasiado? Ella, al contrario que sus fieles consejeras, piensa que no.
La crisis de hoy, dejando a un lado «pequeñas» diferencias tales como el tamaño de la empresa y el volumen de ventas de los jóvenes vascos, ha sido también una guerra de egos y un ansia de mejora económica entre unos y otra, en singular… Lo que han pretendido ha sido apartar de su cargo de presidenta ejecutiva de Rodraprex a la hija del dueño y fundador. Sí, echarla como un ángel caído del imperio empresarial de su padre. Un imperio textil y de la moda que se está extendiendo y convirtiéndose en una marca global.
Beatriz, por un momento, deja de mirar por la ventana y de deleitarse con el paisaje. Se fija en su jefa. Realmente le ha sorprendido su reacción desde que salieron de esa sala. Debe ser sincera y reconocer que no sabe cómo manejar esa ola. Quiere surfear a su lado, pero la siente demasiado distante.
3
Empieza el juego
RAMIRO
Si sabes dónde mirar, acabas encontrando lo que quieres. ¿Cuántas veces tiene que caerse para que los demás se den cuenta de que se va a levantar más fuerte? En ocasiones se aburre de tener razón, si bien al mismo tiempo disfruta cuando se cumple lo que antes o después él sabe que sucederá. Lo de caerse realmente es un decir, porque caídas ha tenido pocas, quizá alguna vez esquiando o de pequeño montando a caballo. Le encantan los deportes de riesgo y le excita el peligro, lo ponen contra sus propios límites. Así es la vida para él: una ascensión costosa en todos los ámbitos para luego liberarse en la bajada, sin freno, sin nadie que lo acompañe, salvo que tenga el propósito de seguirle a la misma velocidad o de reafirmar sus ideas, especialmente en lo profesional. A sus cuarenta y tres años Ramiro ha trabajado en Estados Unidos, Asia y Europa, y en Europa ha recolectado los frutos de su periplo profesional.
Se graduó en Económicas en la Francisco de Vitoria y no tardó en hacer un máster en Londres para ampliar el currículum, aunque mucha falta no le hacía, pues pronto le llegaron un par de propuestas para vacantes en la City. Demasiada fiesta y demasiado español en la capital del Reino Unido. Sabía que si se acomodaba ganaría un buen sueldo y acabaría casado con una asiática con más ambición incluso que él, y no era plan competir con su propia mujer. Tenía sed en aquella época, puede que demasiada. Cuando le superaba la rutina, saciaba sus ansias de adrenalina con el deporte, no deseaba poner en jaque su estabilidad financiera. Londres fue un puro trámite, Ramiro quería ascender. Le gustaba el dinero.
Estados Unidos fue fácil, ya que, si destacabas en Gran Bretaña, iban a buscarte allí. Buscar también es un decir, porque los departamentos de scouting americanos existen para dar visibilidad a la parte más humilde de las Big Four. Te hacen creer que puedes tener una oportunidad si trabajas duro, pero ellos atienden a un solo lenguaje, el de los números.
Ramiro ya disponía de casa, coche con chófer y unos bonus sumamente suculentos antes siquiera de haber dicho que se lo pensaría, cosa que sería una pérdida de tiempo y, sobre todo, de dinero. Así se lo había transmitido Paulina Lecester, la senior manager talent acquisition de su empresa. Fue durante una cena que se convirtió en toda una aventura sexual de un viernes por la noche londinense. Habían coincidido esa mañana en una reunión en la sede de EY, en plena negociación para una fusión «bien jugoso», como repetía su colega y socio de departamento de aquel entonces. No recordaba más de él que aquellas p
