La mujer del camarote 10

Ruth Ware

Fragmento

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Contenido

Portada

Contenido

Dedicatoria

PRIMERA PARTE

1

2

3

4

5

SEGUNDA PARTE

6

7

8

9

TERCERA PARTE

10

11

12

13

CUARTA PARTE

14

15

16

QUINTA PARTE

17

18

19

20

21

SEXTA PARTE

22

23

24

25

26

27

28

SÉPTIMA PARTE

29

30

OCTAVA PARTE

31

32

33

34

35

36

37

Agradecimientos

Créditos

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A Eleanor, con amor

En mi sueño, la chica iba a la deriva por las frías profundidades del mar del Norte, donde no llegaban los rayos del sol, lejos, muy lejos del batir de las olas y los graznidos de las gaviotas. Sus risueños ojos estaban blancos y henchidos de agua salada; la piel clara, llena de arrugas; la ropa, desgarrada por el roce con las rocas, se desintegraba, hecha jirones.

Sólo quedaba su largo pelo negro, que flotaba como frondas de algas oscuras, y se liaba en las conchas y en las redes de pesca, y aparecía en la orilla como madejas de cuerda deshilachada, lacio y sin vida, mientras el estruendo de las olas al romper en los guijarros me llenaba los oídos.

Al despertar sentí pavor. Tardé un rato en recordar dónde estaba, y aún más en darme cuenta de que el rugido que oía no formaba parte del sueño, sino que era real.

La habitación estaba a oscuras, con el mismo ambiente húmedo que en mi sueño, y cuando me incorporé y me quedé sentada noté un aire frío en la mejilla. Me pareció que el ruido provenía del cuarto de baño.

Un poco temblorosa, bajé de la cama. La puerta estaba cerrada, pero al dirigirme hacia allí el ruido se intensificó, y lo mismo hicieron los latidos de mi corazón. Me armé de valor y abrí la puerta de golpe. El ruido de la ducha invadía el reducido espacio, y busqué a tientas el interruptor. El cuarto de baño se iluminó, y entonces lo vi.

Escritas con letras de unos quince centímetros de alto, en el espejo empañado estaban las palabras: «NO TE METAS.»

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PRIMERA PARTE

Viernes, 18 de septiembre

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1

Lo primero que me hizo sospechar que pasaba algo raro fue despertar en la oscuridad y encontrarme a la gata tocándome la cara con la pata. Probablemente la noche anterior había olvidado cerrar la puerta de la cocina. El castigo por llegar a casa borracha.

—Vete —refunfuñé.

Delilah maulló y me empujó con la cabeza. Intenté hundir la cara en la almohada, pero ella seguía frotándose contra mi oreja, y al final me di la vuelta y la aparté sin contemplaciones.

Cayó al suelo y soltó un pequeño maullido de indignación, y yo me tapé la cabeza con el edredón. Pero, aun con la cabeza tapada, la oí arañar la base de la puerta haciéndola vibrar contra el marco.

La puerta estaba cerrada.

Me incorporé; de pronto, el corazón me latía muy deprisa. Delilah se subió a la cama e hizo un ruidito de alegría. La abracé contra el pecho para que se estuviera quieta y agucé el oído.

Tal vez había olvidado cerrar la puerta de la cocina, o apenas la había ajustado de un empujón, sin cerrarla del todo. Pero la puerta de mi dormitorio se abría hacia fuera, una peculiaridad del extraño diseño de mi apartamento. Era imposible que la gata se hubiera quedado encerrada por sus propios medios. Alguien tenía que haber cerrado la puerta.

Me quedé paralizada, sujetando el cuerpo cálido y jadeante de Delilah contra el pecho, e intenté oír algo.

Nada.

Y entonces, con gran alivio, se me ocurrió pensar que quizá estaba escondida debajo de mi cama y la había encerrado en el dormitorio yo misma al volver a casa. No recordaba haber cerrado la puerta de la habitación, pero cabía la posibilidad de que lo hubiera hecho, sin darme cuenta, después de entrar. Sinceramente, todo lo ocurrido desde que había salido de la estación de metro estaba borroso en mi memoria. En el trayecto de regreso a casa había empezado a dolerme la cabeza, y ahora que se me estaba pasando el pánico volvía a notar aquel dolor en la base del cráneo. Tenía que dejar de beber entre semana. A los veintitantos años lo llevaba bien, pero ahora ya no me resultaba tan fácil como antes librarme de las resacas.

Delilah empezó a retorcerse en mis brazos, nerviosa, y a clavarme las uñas, así que la solté mientras alcanzaba la bata, me la ponía y me ataba el cinturón. Luego volví a coger a la gata con la intención de enviarla a la cocina.

Abrí la puerta del dormitorio y vi a un hombre allí plantado.

No vale la pena que trate de describirlo, porque, creedme, lo intenté unas veinticinco veces ante la policía. «¿Ni siquiera un poquito de piel de las muñecas?», me preguntaban. No, no y no. Llevaba puesta una capucha y una bandana que le tapaba la nariz y la boca, y yo no me había fijado en nada más. Excepto en las manos.

Llevaba unos guantes de látex. Ese detalle fue lo que me aterrorizó. Aquellos guantes decían: «Sé muy bien lo que hago.» Decían: «He venido preparado.» Decían: «Es posible que busque algo más que tu dinero.»

Ambos nos quedamos inmóviles durante un segundo que se me hizo eterno, cara a cara. Él clavaba sus ojos, brillantes, en los míos.

Me pasaron miles de pensamientos por la cabeza, a toda velocidad: ¿dónde demonios estaba mi teléfono? ¿Por qué había bebido tanto la noche anterior? Si hubiera estado sobria, lo habría oído entrar. Dios mío, ojalá Judah estuviera conmigo.

Y aquellos guantes, sobre todo. Madre mía, aquellos guantes. Eran tan profesionales. Tan asépticos.

No dije nada. No me moví. Me quedé quieta, con la raída bata abierta, temblando. Delilah se escurrió de mis manos quietas y echó a correr por el pasillo hacia la cocina.

«Por favor —pensé—. No me hagas daño, por favor.»

Por Dios, ¿dónde estaba mi teléfono?

Entonces vi que el hombre tenía algo en las manos. Mi bolso, mi bolso Burberry nuevo, aunque e

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