1
Duke Russell no es culpable de los crímenes atroces por los que se lo condenó; sin embargo, está previsto que sea ejecutado por ellos dentro de una hora y cuarenta y cuatro minutos. Como siempre durante estas terribles noches, el reloj parece ir más deprisa a medida que se aproxima la hora final. He sufrido dos de estas cuentas atrás en otros estados. Una de ellas se completó y mi defendido pronunció sus últimas palabras. La otra se anuló con un desenlace milagroso.
El tiempo sigue corriendo..., pero no va a suceder, al menos esta noche. Quizá los tipos que gobiernan Alabama un día consigan servirle a Duke su última comida antes de clavarle la aguja en el brazo, pero esta noche no. Solo lleva nueve años en el corredor de la muerte. La media en este estado es de quince. Veinte tampoco es algo inusual. Hay una apelación pululando por el circuito número once de Atlanta, y cuando acabe en el escritorio del secretario judicial adecuado, la ejecución se suspenderá. Duke volverá a los horrores de la reclusión en solitario y vivirá para morir otro día.
Ha sido mi cliente durante los últimos cuatro años. Su equipo incluye un gigantesco bufete de Chicago, que ha invertido miles de horas pro bono, y una organización de Birmingham sin demasiados recursos en contra de la pena de muerte. Hace cuatro años, cuando me convencí de que era inocente, firmé como hombre clave. En la actualidad me ocupo de cinco casos, todos de condenas injustas, al menos en mi opinión.
He visto morir a uno de mis clientes. Sigo creyendo que era inocente. Pero no pude demostrarlo a tiempo. Uno es suficiente.
Por tercera vez hoy, entro en el corredor de la muerte de Alabama y me paro en el detector de metales que bloquea la puerta principal, donde dos guardias ceñudos protegen su territorio. Uno de ellos sostiene un portapapeles y me mira como si hubiera olvidado mi nombre desde mi última visita hace dos horas.
—Post, Cullen Post —le digo al zopenco—. Para ver a Duke Russell.
Examina su portapapeles como si contuviera información vital, encuentra lo que busca y señala con la cabeza una corta cinta transportadora. Coloco en ella mi maletín y mi teléfono móvil, tal como había hecho antes.
—¿Reloj y cinturón? —pregunto en plan listillo.
—No —gruñe con cierto esfuerzo.
Cruzo el detector, me autorizan la entrada y una vez más un abogado defensor consigue acceder como es debido, sin armas, al corredor de la muerte. Agarro el maletín y el móvil y sigo al otro guardia por un aséptico pasillo hacia una pared de barrotes. Él asiente, se oye clic y clang, la puerta de barrotes se abre y enfilamos otro pasillo, seguimos internándonos en este deprimente edificio. Al doblar una esquina, algunos hombres están esperando ante una puerta de acero sin ventana. Cuatro visten uniforme; dos, traje. Uno de estos últimos es el alcaide.
Me mira con expresión seria y se acerca.
—¿Tiene un minuto?
—No demasiados —respondo.
Nos apartamos del grupo para charlar en privado. No es mal tipo, solo hace su trabajo; es nuevo, o sea que nunca ha llevado a cabo una ejecución. También es el enemigo, da igual lo que quiera porque no va a conseguirlo de mí.
Nos arrimamos como si fuéramos colegas y me susurra:
—¿Cómo pinta?
Miro a mi alrededor, como si evaluara la situación.
—Uf, no lo sé —respondo—. Para mí que pinta a ejecución.
—Vamos, Post. Nuestros abogados dicen que está todo listo.
—Sus abogados son imbéciles. Ya hemos tenido esta conversación.
—Vamos, Post. ¿Qué probabilidades hay ahora mismo?
—Cincuenta, cincuenta —miento.
Esto lo desconcierta y no sabe muy bien cómo responderme.
—Me gustaría ver a mi cliente —digo.
—Claro —eleva la voz, parece decepcionado.
No pueden verlo cooperando conmigo, así que se aleja con paso airado. Los guardias retroceden cuando uno de ellos abre la puerta.
Duke está tumbado, con los ojos cerrados, en un catre dentro de la celda de la muerte. En esta ocasión especial, las reglas le permiten tener un pequeño televisor a color para que vea lo que se le antoje. Lo tiene sin sonido, con las noticias por cable sobre los incendios forestales en la zona oeste. Su cuenta atrás no es una gran historia a nivel nacional.
Cada uno de los estados en los que existe la pena de muerte tiene sus estúpidos rituales en el momento de la ejecución, todos ideados para crear el mayor dramatismo posible. Aquí se permiten visitas con contacto con familiares cercanos en una amplia sala. A las diez de la noche trasladan al reo a la celda de la muerte, que está junto a la cámara de la muerte, donde será ejecutado. Se permite que un capellán y un abogado se sienten con él, pero nadie más. La última comida se le sirve en torno a las diez y media, y puede pedir lo que desee salvo bebidas alcohólicas.
—¿Cómo estás? —pregunto cuando se incorpora y sonríe.
—Mejor que nunca. ¿Alguna noticia?
—Aún no, pero sigo siendo optimista. Deberíamos saber algo en breve.
Duke tiene treinta y ocho años y es blanco, y antes de que lo arrestaran por violación y asesinato sus antecedentes penales consistían en dos detenciones por conducir bajo los efectos del alcohol y un puñado de multas por exceso de velocidad. Nada violento. En su juventud fue un chico fiestero y camorrista, pero después de nueve años de soledad se ha tranquilizado considerablemente. Mi trabajo es conseguirle la libertad, algo que en este momento parece un sueño descabellado.
Cojo el mando a distancia y cambio a un canal de Birmingham, pero lo dejo en silencio.
—Pareces muy seguro —dice.
—Me lo puedo permitir. A mí no me van a clavar la aguja.
—Eres un tío gracioso, Post.
—Relájate, Duke.
—¿Que me relaje? —Baja los pies al suelo y sonríe de nuevo. Sí que parece relajado, teniendo en cuenta las circunstancias. Se ríe y dice—: ¿Te acuerdas de Lucky Skelton?
—No.
—Al final lo ejecutaron, hace unos cinco años, pero no antes de servirle tres últimas comidas. Recorrió tres veces la pasarela antes de que le dieran el empujón. Pizza de salchichas y Coca-Cola Cherry.
—¿Y qué has pedido tú?
—Filete con patatas fritas y un pack de cervezas.
—Yo no contaría con la cerveza.
—¿Vas a sacarme de aquí, Post?
—Esta noche no, pero estoy en ello.
—Si salgo, me iré derecho a un bar a beber cerveza fría hasta caerme al suelo.
—Te acompañaré. Ahí está el gobernador. —Aparece en la pantalla y subo el volumen.
Está delante de una batería de micrófonos con los flashes de las cámaras deslumbrándolo. Traje oscuro, corbata con estampado de cachemira, camisa blanca y su pelo teñido engominado con precisión. Un anuncio de campaña andante.
—He revisado concienzudamente el caso del señor Russell y lo he discutido largo y tendido con mis investigadores —dice con la aflicción suficiente—. También me he visto con la familia de Emily Broone, la víctima de los delitos del señor Russell, y se opone con firmeza a la idea de que reciba clemencia. Tras considerar todos los aspectos del caso, he decidido permitir que su condena prosiga. La orden judicial se mantendrá y la ejecución seguirá adelante. El pueblo ha hablado. La clemencia para el señor Russell queda por tanto denegada —anuncia de forma tan melodramática como le es posible, y acto seguido baja la cabeza y se aparta despacio de las cámaras, una vez terminada su magnífica actuación.
Elvis ha salido del edificio. Hace tres días encontró tiempo para concederme una audiencia de quince minutos, después de la cual comentó nuestra reunión «privada» con sus periodistas favoritos.
Si su revisión hubiera sido tan concienzuda, sabría que Duke Russell no tuvo nada que ver con la violación y el asesinato de Emily Broone hace once años. Vuelvo a quitar el volumen de la tele.
—Ninguna sorpresa por ese lado —digo.
—¿Alguna vez ha concedido clemencia? —pregunta Duke.
—Por supuesto que no.
Llaman con fuerza a la puerta y se abre. Entran dos guardias y uno empuja un carrito con la última comida. Lo dejan y desaparecen. Duke contempla el filete y las patatas fritas y una ración bastante delgada de tarta de chocolate.
—No hay cerveza —dice.
—Disfruta de tu té helado.
Se sienta en el catre y empieza a comer. Huele de maravilla y me recuerda que no he comido en, como mínimo, veinticuatro horas.
—¿Quieres patatas? —pregunta.
—No, gracias.
—No puedo con todo esto. Por alguna razón no tengo demasiado apetito.
—¿Cómo estaba tu madre?
Se lleva un buen trozo de filete a la boca y lo mastica despacio.
—No demasiado bien, imagínate. Muchas lágrimas. Fue bastante horrible.
El móvil vibra en mi bolsillo y lo cojo. Miró el identificador de llamada.
—Aquí está —digo.
Sonrío a Duke y respondo. Es el secretario judicial del circuito once, un tipo al que conozco muy bien, y me informa de que su jefe acaba de firmar una orden de suspensión de la ejecución alegando que se necesita más tiempo para determinar si Duke Russell tuvo un juicio justo. Le pregunto cuándo se anunciará el aplazamiento y me dice que de inmediato.
Miro a mi cliente.
—Tienes un aplazamiento —digo—. Esta noche no habrá aguja. ¿Cuánto tardarás en terminarte ese filete?
—Cinco minutos —dice con una amplia sonrisa mientras corta más carne.
—¿Puedes darme diez minutos? —le pregunto al secretario—. A mi cliente le gustaría terminarse su última comida. —Tras un poco de tira y afloja quedamos en siete minutos. Le doy las gracias, cuelgo y llamo a otro número—. Traga deprisa —digo. De repente le ha venido el apetito y está tan contento como un cerdo en el comedero.
El artífice de la condena injusta de Duke es un fiscal de una pequeña localidad llamado Chad Falwright. Ahora mismo está esperando en el edificio administrativo de la prisión a ochocientos metros de distancia, preparado para el momento de mayor orgullo de su carrera. Cree que a las once y media lo escoltarán a un coche celular, junto con la familia Broone y el sheriff local, y los traerán aquí, al corredor de la muerte, donde los llevarán a una pequeña habitación con una gran ventana de cristal cubierta con una cortina. Una vez situados allí, cree Chad, esperarán a que Duke esté atado a la camilla con agujas en los brazos, y entonces la cortina se abrirá en plan dramático.
Para un fiscal no hay mayor satisfacción que presenciar una ejecución de la que es responsable.
Pero a Chad se le negará esa emoción. Tecleo su número y él responde rápido.
—Soy Post —digo—. Estoy aquí, en el corredor de la muerte, y tengo malas noticias. El circuito número once acaba de dictar un aplazamiento. Parece que volverás arrastrándote a Verona con el rabo entre las piernas.
—¿Qué coño dices? —suelta balbuceando.
—Ya me has oído, Chad. Tu fraudulenta condena se está desmoronando y esto es lo más cerca que estarás del pellejo de Duke, que, he de decir, es demasiado cerca. El circuito número once tiene dudas sobre ese trivial concepto conocido como un juicio justo, así que van a aplazarlo. Se acabó, Chad. Lamento haberte estropeado tu gran momento.
—¿Es una broma, Post?
—Oh, claro. Aquí, en el corredor de la muerte, todo es puro cachondeo. Te has divertido hablando con los periodistas durante todo el día, ahora diviértete un poco con esto. —Decir que detesto a este tipo es quedarme muy corto.
Pongo fin a la llamada y miro a Duke, que se está dando un festín.
—¿Puedo llamar a mi madre? —me pregunta con la boca llena.
—No. Aquí solo los abogados pueden usar los teléfonos móviles, pero no tardará en enterarse. Date prisa.
Duke se ayuda a tragar con un poco de té y ataca la tarta de chocolate. Yo cojo el mando a distancia y subo el volumen. Mientras rebaña el plato, un reportero sin aliento aparece de la nada en los terrenos de la penitenciaría y, entre resuellos, nos dice que se ha concedido un aplazamiento. Parece perplejo y confuso, y a su alrededor reina el desconcierto.
En cuestión de segundos llaman a la puerta y entra el alcaide.
—Imagino que ya te has enterado —comenta al ver la tele.
—Claro, alcaide, lamento aguar la fiesta. Dígales a sus chicos que se retiren y haga el favor de pedirme un coche celular.
Duke se limpia la boca con la manga y se echa a reír.
—No ponga esa cara de decepción, alcaide.
—No, en realidad me siento aliviado —dice, aunque la verdad es evidente. Él también se ha pasado el día hablando con periodistas y disfrutando de los focos. Pero su emocionante carrera por el campo ha terminado de repente con un traspié en la línea de gol.
—Me voy —anuncio, y estrecho la mano a Duke.
—Gracias, Post —dice.
—Estaremos en contacto. —Me dirijo a la puerta y le comento al alcaide—: Por favor, salude de mi parte al gobernador.
Me escoltan fuera del edificio, donde el aire fresco sopla con fuerza y resulta estimulante. Un guardia me conduce hasta un coche celular sin distintivos que está a escasos metros. Me monto en él y cierro la puerta.
—A la entrada principal —le digo al conductor.
La fatiga y el hambre me asaltan mientras atravieso la extensión del centro penitenciario Holman. Cierro los ojos, inspiro hondo y asimilo el milagro que entraña que Duke viva para ver otro día. Le he salvado la vida por ahora. Obtener su libertad requerirá de otro milagro.
Por razones que solo conocen las personas que dirigen este lugar, ha estado en cierre de emergencia durante las últimas cinco horas, como si los presos furiosos pudieran organizar una revuelta semejante a la de la Bastilla y asaltar el corredor de la muerte para rescatar a Duke. Ahora el cierre se está relajando; se acabó la emoción. El personal extra para mantener el orden se retira, y yo lo único que quiero es largarme de aquí. Tengo el coche en un pequeño aparcamiento cerca de la puerta principal, donde la gente de la televisión está recogiendo y yéndose a casa. Le doy las gracias al conductor, me monto en mi pequeño SUV de Ford y me marcho deprisa. Tras recorrer algo más de tres kilómetros por la autopista, paro en un supermercado cerrado para hacer una llamada
Mark Carter. Varón blanco, treinta y tres años, vive en una pequeña casa de alquiler en la localidad de Bayliss, a dieciséis kilómetros de Verona. En mis archivos tengo fotografías de su casa, de su camioneta y de su novia actual, con la que vive. Hace once años, Carter violó y asesinó a Emily Broone, y ahora lo único que tengo que hacer es demostrarlo.
Utilizo un móvil desechable para marcar su número de teléfono, un número que se supone que no debo tener.
—Hola —responde después de cinco tonos.
—¿Mark Carter?
—¿Quién lo pregunta?
—Usted no me conoce, Carter, pero le llamo desde la cárcel. A Duke Russell acaban de concederle un aplazamiento, por lo que lamento informarle de que el caso continúa abierto. ¿Está viendo la tele?
—¿Quién es?
—Seguro que está viendo la tele, Carter, ahí sentado con su culo gordo y con la gorda de su novia rezando para que el estado liquide por fin a Duke por el crimen que usted cometió. Es escoria, Carter, dispuesto a verlo morir por algo que hizo usted. Menudo cobarde.
—Dígamelo a la cara.
—Oh, algún día lo haré ante un tribunal. Encontraré las pruebas y Duke no tardará en salir. Usted ocupará su lugar. Voy a por usted, Carter.
Cuelgo antes de que pueda decir nada.
2
Dado que la gasolina es todavía algo más barata que los moteles baratos, paso mucho tiempo conduciendo de noche por carreteras desiertas. Como de costumbre, me digo que ya dormiré más tarde, como si al doblar la esquina estuviera esperándome una larga hibernación. Lo cierto es que suelo echar bastantes cabezadas pero raras veces duermo, y es poco probable que eso cambie. Me he cargado con la culpa de que haya gente inocente pudriéndose en prisión mientras violadores y asesinos deambulan en libertad.
A Duke Russell lo condenaron en un pueblucho de palurdos en el que la mitad de los miembros del jurado tienen dificultades para leer y todos ellos fueron engañados fácilmente por dos pomposos y falsos peritos que Chad Falwright subió al estrado. El primero era un dentista rural jubilado de Wyoming, y cómo consiguió abrirse paso hasta Verona, Alabama, daría para otra historia. Con circunspecta autoridad, un bonito traje y un vocabulario impresionante, testificó que tres de las marcas de los brazos de Emily Broone fueron infligidas por los dientes de Duke. Ese payaso se gana la vida testificando por todo el país, siempre para la fiscalía y siempre por cuantiosos honorarios, y en su mente retorcida una violación no es lo bastante violenta a menos que el violador consiga morder a la víctima con la fuerza suficiente para dejar marcas.
Tan infundada y ridícula teoría debería haber salido a la luz en un interrogatorio, pero el abogado de Duke estaba o borracho o durmiendo la siesta.
El segundo perito era del laboratorio criminalista del estado. Su especialidad era, y sigue siendo, el análisis capilar. Se hallaron siete vellos púbicos en el cadáver de Emily, y este tipo convenció al jurado de que eran de Duke. No lo eran. Seguramente fueran de Mark Carter, pero no lo sabemos. Todavía. Los paletos locales a cargo de la investigación mostraron solo un interés pasajero en Carter como sospechoso, aunque fue la última persona a la que vieron con Emily la noche en que desapareció.
La mayoría de las jurisdicciones más avanzadas han desacreditado las marcas de mordiscos y el análisis capilar. Ambas pertenecen a ese patético campo de conocimiento en constante cambio que, con sorna, se conoce entre los abogados defensores como «pseudociencia». Sabe Dios cuántas personas inocentes están cumpliendo una condena larga por culpa de peritos no cualificados y sus teorías sin fundamento.
Cualquier abogado defensor que se precie se lo habría pasado en grande en un interrogatorio con esos dos peritos, pero el abogado de Duke no valía los tres mil dólares que el estado le pagó. De hecho, no valía nada. Tenía poca experiencia criminal, apestaba a alcohol durante el juicio, estaba lamentablemente preparado, creía que su cliente era culpable, lo detuvieron tres veces por conducir bajo los efectos del alcohol después del juicio, fue expulsado y acabó muriendo de cirrosis.
Y se supone que yo debo recoger los pedazos y hacer justicia.
Pero nadie me reclutó para este caso. Como siempre, soy un voluntario.
Estoy en la interestatal rumbo a Montgomery, a dos horas y media, y dispongo de tiempo para planear y tramar. Si parara en un motel no podría dormir. Estoy pletórico por el milagro que he conseguido de la nada en el último minuto. Envío un mensaje de texto al secretario judicial en Atlanta y le doy las gracias. Envío otro mensaje a mi jefa, que, con algo de suerte, ya estará dormida.
Se llama Vicki Gourley y trabaja en el despacho de nuestra pequeña fundación en la zona antigua de Savannah. Fundó el Ministerio de los Guardianes hace doce años, con su propio dinero. Vicki es una cristiana devota que considera que su trabajo deriva directamente de los Evangelios. Jesús dijo que había que recordar a los prisioneros. No pasa demasiado tiempo pululando por las cárceles, pero trabaja quince horas al día para intentar liberar a los inocentes. Hace años formó parte de un jurado que condenó a un hombre joven por asesinato y lo sentenció a muerte. Dos años después salió a la luz que se había tratado de una condena injusta. El fiscal había ocultado pruebas exculpatorias y solicitado el testimonio falso de un soplón de la cárcel. La policía había colocado pruebas y mentido al jurado. Cuando identificaron al verdadero asesino por el ADN, Vicki vendió su negocio de pavimentación a sus sobrinos, cogió el dinero y montó el Ministerio de los Guardianes.
Yo fui su primer empleado. Ahora tenemos uno más.
También contamos con un autónomo llamado François Tatum. Es un tipo negro de cuarenta y cinco años que, cuando era adolescente, comprendió que la vida en la Georgia rural sería más fácil si se llamaba Frankie en vez de François. Parece ser que su madre tenía algo de sangre haitiana y puso a sus hijos nombres en francés, ninguno de los cuales era habitual en aquel remoto rincón del mundo anglosajón.
Frankie fue mi primer exonerado. Cuando lo conocí estaba cumpliendo cadena perpetua en Georgia por un asesinato que había cometido otra persona. Por entonces yo trabajaba como sacerdote episcopaliano en una pequeña parroquia de Savannah. Dirigíamos un ministerio carcelario y fue así como conocí a Frankie. Estaba obsesionado con su inocencia y no hablaba de otra cosa. Era inteligente y muy culto y se había formado en leyes dentro y fuera. Después de dos visitas me convenció.
Durante la primera fase de mi carrera legal defendí a gente que no podía permitirse un abogado. Tuve cientos de clientes y no pasó mucho tiempo hasta que asumí que todos eran culpables. Nunca me había parado un momento a considerar la difícil situación de los condenados injustamente. Frankie cambió todo eso. Me sumergí en su caso y no tardé en darme cuenta de que podría conseguir demostrar su inocencia. Luego conocí a Vicki, y ella me ofreció un empleo peor pagado incluso que mi trabajo pastoral. Aún lo está.
Así que François Tatum se convirtió en el primer cliente representado por el Ministerio de los Guardianes. Tras catorce años en la cárcel, su familia lo había abandonado por completo. Todos sus amigos habían desaparecido. La ya mencionada madre había dejado a sus hermanos y a él en la puerta de la casa de una tía y nunca más se supo de ella. No conoció a su padre. Cuando lo vi en prisión, era su primera visita en doce años. Todo este abandono parece terrible, pero tenía un lado positivo. Una vez liberado y totalmente exonerado, Frankie recibió un montón de dinero del estado de Georgia y de los lugareños que lo habían encerrado. Y sin familia ni amigos acosándolo en busca de pasta, pudo abrirse paso en libertad como un fantasma sin rastro. Tiene un pequeño apartamento en Atlanta, un apartado de correos en Chattanooga y se pasa casi todo el tiempo en la carretera, disfrutando de los espacios abiertos. Guarda todo su dinero en varios bancos del sur, para que nadie pueda encontrarlo. Evita las relaciones porque de todas ellas ha salido escaldado. Eso, y que siempre teme que alguien intente sacarle dinero.
Frankie confía en mí y en nadie más. Cuando sus litigios quedaron zanjados, me ofreció una generosa comisión. Le dije que no. Se había ganado hasta el último céntimo al sobrevivir en prisión. Cuando firmé con los Guardianes hice un juramento de pobreza. Si mis clientes pueden sobrevivir con dos pavos al día para comida, lo menos que puedo hacer es recortar el presupuesto todo lo posible.
Al este de Montgomery entro en un área de servicio cerca de Tuskegee. Todavía está oscuro, aún no son ni las seis de la mañana, y el amplio aparcamiento de gravilla está repleto de grandes tráileres que ronronean mientras sus conductores echan una cabezada o desayunan. La cafetería es un hervidero de actividad, y el denso aroma a beicon y a salchichas me asalta al entrar. Alguien me hace señas desde el fondo. Frankie ha conseguido un reservado.
Dado que estamos en la zona rural de Alabama, nos saludamos con un correcto apretón de manos, a diferencia del masculino abrazo que podríamos considerar en otras circunstancias. Dos hombres, uno negro y el otro blanco, abrazándose en un área de servicio abarrotada de camioneros atraerían una o dos miradas, aunque tampoco nos importa mucho. Frankie tiene más dinero que todos estos tipos juntos y se conserva delgado y ágil de sus días en prisión. No provoca peleas. Simplemente tiene una presencia y una confianza que las desaconsejan.
—Enhorabuena —dice—. Ha estado muy cerca.
—Duke acababa de empezar la última comida cuando llamaron. Ha tenido que comer a todo correr.
—Pero tú parecías confiado.
—Fingía; gajes del oficio de un abogado curtido. Tenía el estómago encogido.
—Y hablando de eso. Seguro que estás muerto de hambre.
—Pues sí. He llamado a Carter al salir de la cárcel. No he podido evitarlo.
Frankie frunce un poco el ceño.
—Vale. No me cabe duda de que había una razón —dice.
—No de las buenas. Estaba demasiado cabreado para no hacerlo. Ese hombre estaba ahí sentado contando los minutos que faltaban para que a Duke le pusieran la inyección. ¿Te imaginas ser el verdadero asesino y alegrarte en silencio desde la barrera mientras ejecutan a otro? Tenemos que pillarlo, Frankie.
—Lo pillaremos.
Llega una camarera y pido huevos y café. Frankie quiere tortitas y salchichas.
Sabe tanto como yo de mis casos. Lee hasta el último expediente, nota, informe y acta judicial. Para Frankie, la diversión consiste en ir a un lugar como Verona, Alabama, donde nadie lo ha visto nunca, y recabar información. No tiene miedo, pero nunca corre riesgos, no quiere que lo cojan. Su nueva vida es demasiado agradable, su libertad es especialmente valiosa porque ha sufrido mucho tiempo sin ella.
—Tenemos que conseguir el ADN de Carter —digo—. Como sea.
—Lo sé, lo sé. Estoy en ello. Necesitas descansar un poco, jefe.
—¿Cuándo no? Y, como bien sabemos, al ser abogado no puedo obtener el ADN por medios ilegales.
—Pero yo sí, ¿verdad? —Sonríe y bebe un trago de café.
La camarera coloca mi taza y la llena.
—Quizá. Hablaremos de ello más tarde. Las próximas semanas estará acojonado por mi llamada. Bien por él. En algún momento cometerá un error y ahí estaremos nosotros.
—¿Adónde vas ahora?
—A Savannah. Estaré allí un par de días y luego me iré a Florida.
—Florida. ¿Seabrook?
—Sí, Seabrook. He decidido aceptar el caso.
El rostro de Frankie nunca revela demasiado. Sus ojos raras veces parpadean, su voz es estable, sin inflexiones, como si sopesara cada palabra. Sobrevivir en prisión requería una cara inescrutable. Los largos períodos de soledad eran algo corriente.
—¿Estás seguro? —pregunta. Es evidente que alberga dudas respecto a Seabrook.
—Ese tipo es inocente, Frankie. Y no tiene abogado.
Llegan nuestros platos y nos ponemos manos a la obra con la mantequilla, el sirope y la salsa picante. El caso Seabrook se ha pasado casi tres años en nuestra oficina mientras nosotros, el personal, debatíamos si involucrarnos o no. Eso no es poco habitual en nuestro negocio. No es como para sorprenderse, los Guardianes estamos inundados de correspondencia de presos de los cincuenta estados que afirman ser inocentes. La gran mayoría no lo son, así que hacemos una criba tras otra, seleccionamos, elegimos con cuidado y aceptamos solo aquellos con alegatos de inocencia firmes. Y aun así cometemos errores.
—La situación allí podría ser muy peligrosa —dice Frankie.
—Lo sé. Llevamos mucho tiempo ignorando esto. Entretanto, él cuenta los días, cumple la condena de otra persona.
Frankie mastica las tortitas y apenas asiente, no está convencido.
—¿Cuándo hemos rehuido una pelea, Frankie?
—Puede que sea el momento. Rechazas casos todos los días, ¿no? Este podría ser más peligroso que todos los demás. Bien sabe Dios que tienes clientes potenciales de sobra.
—¿Te estás ablandando?
—No. Es que no quiero que te hagan daño. A mí nadie me ve, Cullen. Vivo y trabajo en la sombra. Pero tu nombre figura en los alegatos. Si empiezas a indagar en un lugar tan horrible como Seabrook, podrías disgustar a algunos personajes nada agradables.
Sonrío.
—Razón de más para hacerlo —digo.
El sol ha salido cuando nos marchamos de la cafetería. En el aparcamiento nos damos un abrazo masculino como es debido y nos despedimos. No tengo ni idea de hacia dónde se dirige, y eso es lo bueno de Frankie. Se despierta cada mañana en libertad, da las gracias a Dios por su buena fortuna, se monta en su ranchera último modelo, con asientos delanteros y traseros, y sigue al sol.
Su libertad me da ánimos y me mantiene en la lucha. De no ser por el Ministerio de los Guardianes, seguiría pudriéndose en la cárcel.
3
No hay una ruta directa entre Opelika, Alabama, y Savannah. Salgo de la interestatal y comienzo a atravesar el centro de Georgia por carreteras de dos carriles que por la mañana se llenan de tráfico. He estado aquí con anterioridad. En los últimos diez años he recorrido prácticamente todas las autopistas del Cinturón de la Muerte, desde Carolina del Norte hasta Texas. En una ocasión estuve a punto de aceptar un caso en California, pero Vicki lo rechazó. No me gustan los aeropuertos, y los Guardianes no pueden permitirse llevarme de aquí para allá en avión. Así que paso mucho rato conduciendo, con litros de café y audiolibros. Y alterno períodos de profunda y sosegada contemplación con frenéticos momentos al teléfono.
En una localidad pequeña paso por el juzgado del condado y veo a tres jóvenes abogados con sus mejores trajes entrando en el edificio, sin duda para ocuparse de algún asunto importante. Yo podría haber sido uno de esos no hace tanto.
Tenía treinta años cuando dejé la abogacía por primera vez, y por una buena razón.
Esa mañana comenzó con la repulsiva noticia de que habían hallado a una pareja de jóvenes blancos de dieciséis años muertos con un tajo en el cuello. A ambos los habían mutilado sexualmente. Era evidente que habían aparcado en una zona remota del municipio cuando un grupo de adolescentes negros los asaltó y les quitó el coche. El vehículo se encontró horas más tarde. Alguien de la banda había hablado. Se realizaron detenciones. Se informó de los detalles.
Esa era la temática habitual de las noticias de primera hora de la mañana en Memphis. Se informaba de la violencia de la noche pasada a una audiencia hastiada que vivía con la gran pregunta: «¿Cuánto más podemos soportar?». Sin embargo, esa noticia resultó impactante incluso en Memphis.
Brooke y yo lo vimos en la cama, con la primera taza de café, como de costumbre.
—Esto podría ser espantoso —farfullé después del primer informe.
—Es espantoso —me corrigió.
—Ya sabes a qué me refiero.
—¿Te asignarán a uno de ellos?
—Empieza a rezar ya —dije.
Cuando me metí en la ducha me sentía asqueado y empecé a idear formas de evitar la oficina. No tenía apetito y me salté el desayuno. Cuando me disponía a salir, sonó el teléfono. Mi supervisor me pidió que me diera prisa. Me despedí de Brooke con un beso.
—Deséame suerte —le dije—. Va a ser un día largo.
La oficina del defensor público está en el centro, en el edificio de Justicia Penal. Cuando llegué a las ocho en punto, el lugar era como un depósito de cadáveres. Todo el mundo parecía estar escondido en su despacho, intentando evitar todo contacto visual. Minutos más tarde, nuestro supervisor nos convocó a una sala de reuniones. Éramos seis en Grandes Crímenes y, dado que trabajábamos en Memphis, teníamos clientes en abundancia. Con treinta años, yo era el más joven, y al echar un vistazo a la sala supe que estaba a punto de tocarme la papeleta.
—Parece ser que son cinco, y ya están todos encerrados —dijo el jefe—. Edades comprendidas entre los quince y los diecisiete. Dos han accedido a hablar. Por lo visto encontraron a la pareja en el asiento trasero del coche del chico, enrollándose. Cuatro de los cinco acusados son aspirantes a miembros de una banda, los Raven, y para ser admitidos tienen que violar a una chica blanca. Una chica rubia. Crissy Spangler era rubia. El líder, un tal Lamar Robinson, daba las órdenes. Al chico, Will Foster, lo ataron a un árbol y lo obligaron a mirar mientras se turnaban con Crissy. Como no se callaba, lo mutilaron y le rebanaron la garganta. Las fotos de la policía de Memphis están en camino.
Los seis nos quedamos mudos de espanto cuando la realidad caló. Miré hacia la ventana con pestillo. Tirarme de cabeza al aparcamiento parecía una opción razonable.
—Se llevaron el coche de Will, y los muy espabilados se saltaron un semáforo en rojo en South Third —prosiguió el jefe—. La policía los paró, vio sangre y los detuvo. Dos empezaron a hablar y dieron detalles. Afirmaron que lo habían hecho los otros, pero sus confesiones implican a los cinco. Esta mañana se están realizando las autopsias. Ni que decir tiene que estamos metidos hasta el cuello. Las comparecencias iniciales están previstas para las dos de esta tarde, y va a ser un circo. Hay periodistas por todas partes y se están filtrando detalles.
Me acerco poco a poco a la ventana.
—Post, te toca uno de quince llamado Terrence Lattimore —le oí decir—. Por lo que sabemos, este no ha hablado.
Cuando hubo asignado al resto, el supervisor dijo:
—Id a la cárcel ahora mismo a conocer a vuestros nuevos clientes. Informad a la policía de que no se los puede interrogar si no es en vuestra presencia. Son miembros de una banda y lo más seguro es que no colaboren, al menos no tan pronto. —Cuando terminó, miró uno por uno a cada uno de nosotros, los desdichados, y añadió—: Lo siento.
Una hora más tarde, cruzaba la entrada de la cárcel de la ciudad cuando alguien, seguramente una reportera, gritó:
—¿Representa a uno de esos asesinos?
Fingí ignorarla y continué caminando.
Cuando entré en la pequeña sala de interrogatorio, Terrence Lattimore tenía las muñecas y los tobillos esposados y estaba encadenado a una silla metálica. En cuanto nos quedamos solos le expliqué que me habían asignado su caso y que tenía que hacerle unas preguntas, solo las cosas básicas para empezar. No obtuve nada más que una sonrisita de satisfacción y una mirada asesina. Aunque solo tuviera quince años, era un chico duro que ya había visto de todo. Endurecido por el mundo de las bandas, las drogas y la violencia. Me odiaba a mí y a todos los blancos. Dijo que no tenía una dirección y que no me acercara a su familia. Sus antecedentes penales incluían dos expulsiones escolares y cuatro acusaciones en el tribunal de menores, todas con violencia de por medio.
Al mediodía estaba dispuesto a dimitir y a buscar otro empleo. Cuando hacía tres años me uní a la oficina del defensor público, lo hice solo porque no lograba entrar en ningún bufete. Y después de tres años trabajando en las cloacas del sistema de justicia penal, me cuestionaba muy seriamente por qué había elegido estudiar derecho. En realidad, no conseguía recordarlo. Mi carrera me ponía en contacto a diario con gente a la que no me acercaría fuera de un tribunal.
Comer era del todo impensable, habría sido imposible tragar nada. Los cinco elegidos nos reunimos con el supervisor y estudiamos con detenimiento las fotos de la escena del crimen y los informes de las autopsias. Cualquier alimento que hubiera tenido en el estómago habría acabado en el suelo.
¿Qué coño estaba haciendo con mi vida? Como abogado penalista, ya estaba harto de la pregunta: «¿Cómo puedes representar a una persona que sabes que es culpable?». Siempre contestaba con la respuesta estándar que nos daban en la facultad: «Bueno, todo el mundo tiene derecho a una defensa digna. Lo dice la Constitución».
Pero yo ya no creía en eso. Lo cierto es que algunos delitos son tan atroces y crueles que el asesino debería: a) ser ejecutado, si crees en la pena de muerte, o b) ser encerrado de por vida, si no crees en la pena de muerte. Cuando salí de esa horrible reunión, ya no estaba seguro de en qué creía.
Fui al cuchitril que tenía por despacho, que al menos contaba con una puerta que podía cerrar con pestillo. Desde la ventana miré el pavimento y me imaginé saltando y alejándome flotando hasta una playa exótica, donde la vida sería magnífica y donde solo me tendría que preocupar por qué bebida fría tomaría a continuación. Era extraño, pero Brooke no estaba conmigo en el sueño. El teléfono de mi escritorio me hizo volver a la realidad.
Había estado alucinando, no soñando. De repente todo iba a cámara lenta y me costó decir: «Hola». La voz se identificó como periodista y dijo que solo tenía algunas preguntas acerca de los asesinatos. Como si yo fuera a comentar el caso con ella. Colgué. Pasó una hora en la que no recuerdo que hiciera nada. Estaba atontado, asqueado y solo deseaba salir corriendo. Me acordé de llamar a Brooke y darle la terrible noticia de que representaba a uno de los cinco.
La primera comparecencia a las dos de la tarde se trasladó de una sala pequeña a una más grande, y aun así no fue suficiente. Debido a su tasa de delincuencia, Memphis tenía un montón de policías, y la mayoría de ellos estaban en el edificio esa tarde. Bloquearon las puertas y registraron a todos y cada uno de los periodistas y espectadores. En la sala había dos policías plantados al fondo del pasillo central y a lo largo de las tres paredes.
El primo de Will Foster era bombero de la ciudad de Memphis. Llegó con un grupo de colegas y parecían listos para atacar en cualquier momento. Algunos hombres negros se encaminaron a un rincón del fondo del otro extremo, lo más lejos posible de la familia de las víctimas. Había periodistas por todas partes, pero sin cámaras. Abogados que nada tenían que hacer allí pululaban por doquier, curiosos.
Accedí a la sala del jurado por una entrada de servicio y me colé por una puerta para echar un breve vistazo al gentío. El lugar estaba abarrotado. La tensión se palpaba en el ambiente.
El juez ocupó el estrado y pidió orden. Hicieron entrar a los cinco acusados, todos con monos color naranja iguales y encadenados entre sí. La audiencia se quedó boquiabierta al verlos por primera vez. Los dibujantes de la sala empezaron a garabatear. Más policías formaron una hilera detrás de los cinco a modo de escudo. Los acusados se colocaron frente al estrado, los cinco mirándose los pies.
—¡Soltadlos, joder! ¡Soltadlos! —gritó una voz profunda desde el fondo.
Los policías se apresuraron a acallar al hombre.
Una mujer chilló entre lágrimas.
Fui a situarme detrás de Terrence Lattimore, junto con mis cuatro colegas. Mientras avanzaba, eché un vistazo a la gente sentada en las dos filas delanteras. No cabía duda de que eran allegados de las víctimas, y me miraron con absoluto odio.
Odiado por mi cliente. Odiado por sus víctimas. ¿Qué coño estaba haciendo yo en ese tribunal?
El juez dio un golpe con el mazo y dijo:
—Voy a mantener el orden en esta sala. Esta es una primera comparecencia, cuyo propósito es determinar la identidad de los acusados y garantizar que los representa un abogado. Nada más. Bien, ¿quién es el señor Lamar Robinson?
Robinson levantó la vista y farfulló algo.
—¿Cuántos años tiene, señor Robinson?
—Diecisiete.
—Se le ha asignado a la señora Julie Showalter, de la oficina del defensor público, para que lo represente. ¿Se ha reunido
