1
Escúchame

El sonido de las palomitas de maíz en el microondas me distrae, el olor se expande por toda la cocina e invade mi olfato. «Mmm, delicioso», pienso mientras sonrío, vertiendo la Coca-Cola en el vaso.
Este es mi momento favorito del día, lo único que me emociona de todas las horas que paso en esta casa. Saco las palomitas del microondas, tomo el vaso con la otra mano y me voy a mi habitación. A esto lo llamo la caminata de la felicidad. Un momento simple que, sin embargo, valoro con todo mi corazón; es interesante cómo apreciamos más las pequeñas cosas después de haber estado al borde de perderlo todo.
Me siento en la cama, poniendo las palomitas sobre la mesilla de noche, y me coloco los auriculares. Me aprietan la cabeza un poco, pero no quiero unos nuevos; estos tienen mucho significado para mí. Abro la aplicación de la radio en el móvil y sintonizo la emisora de siempre. Me llevo una palomita a la boca, contando el tiempo: falta muy poco para que empiece mi programa favorito. El locutor del programa de las seis de la tarde se despide con tono animado y ponen algunos anuncios antes de que empiece el programa de las siete.
Cuando llega el momento, mi corazón se acelera de alegría al escucharle.
«Buenas noches a todos —dice esa voz que me gusta tanto y que ha sido mi compañera todo este tiempo—, gracias por sintonizarnos y por estar aquí esta noche conmigo. Sin más que decir, les doy la bienvenida a su programa nocturno de preferencia: Sigue mi voz. Les habla Kang, su acompañante y su amigo durante esta hora».
Kang.
La primera vez que lo escuché fue por casualidad: mi hermana había dejado la radio encendida y yo estaba en la sala, aburrida, jugando al Candy Crush en el teléfono. El programa de Kang comenzó y, cuando escuché su voz, tan suave y reconfortante, la forma en la que hablaba, cómo comentaba los diferentes temas y las canciones que escogía, me atrapó en cuestión de segundos.
Al principio pensé que se trataba de alguien mucho mayor que yo, a pesar de lo joven que sonaba, porque tener tu propio programa de radio no suele ser algo que pueda conseguirse en poco tiempo. Pero a medida que lo escuchaba, fui conociéndolo y descubriendo más sobre él. Está en último año de bachillerato, como yo, y ha hecho diversos cursos de locución. Es muy inteligente; lo sé por cómo habla, con esa seguridad que tienen las personas que saben muchas cosas y que están completamente seguras de sus conocimientos.
No tengo ni idea de cómo es y tampoco tengo intención de averiguarlo. Me gusta esta sensación platónica, alejada de cualquier sentimiento romántico. No quiero más, no quiero complicar las cosas; por ahora no puedo permitírmelo.
«Esta noche tenemos una hermosa luna llena, ¿la han visto? Si están en casa, quiero que miren por su ventana en este momento; si están conduciendo, por favor, mantengan sus ojos en el camino, tendrán tiempo para verla más tarde».
Me levanto y me quedo frente a mi ventana; tiene razón, como siempre. La luna se ve clara y espléndida esta noche.
En noches como esta, me pongo a pensar en la infinidad y la perfección del universo. No despego mis ojos de la luna. Somos tan pequeños comparados con el tamaño de nuestra galaxia, y aun así hay días en los que sentimos que todo gira a nuestro alrededor. Los seres humanos podemos llegar a ser muy engreídos cuando nos lo proponemos. Pero también somos capaces de hacer cosas maravillosas; supongo que, como todo, tenemos nuestro lado bueno y nuestro lado malo.
Presiono la mano contra el vidrio de la ventana y delineo con el dedo la figura de la luna, tan perfecta. Quisiera ser como ella. No quiero ser este cascarón defectuoso que sobrevive cada día.
«Quiero comenzar con una canción que me gusta mucho; una de una banda local. Espero que la disfruten».
Empieza con una melodía lenta, melancólica:
Solo quiero un momento para procesar y asumir todos estos sentimientos.
Tú eres el silencio,
la calma a esta tormenta,
la cura al dolor y a lo que siento.
Por favor, no te vayas;
por favor, no te vayas.
Me faltan las palabras, me duelen los silencios, me arden las miradas
y me quema lo que siento.
Lo que siento...
Lo que siento por... ti.
No sonrías si no es de verdad, no me ames si no es real.
No me mientas por lástima,
solo ámame en nuestra realidad.
Nunca busqué perfección,
ni sueños exquisitos ni adoración, solo me fijé en la chica linda,
de ojos oscuros e implacable corazón.
Por favor, no te vayas;
por favor, no te vayas.
Me faltan las palabras, me duelen los silencios, me arden las miradas
y me quema lo que siento.
Lo que siento...
Lo que siento por... ti.
Hay un silencio cuando termina el tema y escucho a Kang suspirar antes de volver a hablar:
«Bastante sentimental la canción, ¿no? Acaban de escuchar “Lo que siento”, de la banda P4. No olviden apoyar el talento local siguiéndolos en sus redes sociales y escuchando sus canciones».
He vuelto a la cama para tomar un sorbo de Coca-Cola.
«Escogí esa canción para empezar el tema de hoy: ¿alguna vez les han abandonado o les han roto el corazón? Recibimos mensajes a diario de personas pidiendo canciones de despecho. Creo que el amor es un sentimiento increíble, pero puede acarrear muchas otras cosas no tan increíbles si no es correspondido o si es despreciado».
El amor no es algo por lo que me haya preocupado este pasado año, porque el amor no es para personas como yo, defectuosas y sin valor, pero sí para gente como Kang: exitosa y con un gran futuro por delante. La curiosidad me carcome, y espero a que él nos cuente algo sobre ese aspecto de su vida. Eso es lo que más me gusta de su programa, él habla primero de manera general y luego nos da su opinión y nos cuenta vivencias personales.
«Tengo que admitir que nunca me he enamorado, así que tal vez piensen que mi opinión sobre el amor no puede ser muy útil... No obstante, he observado a muchas personas enamoradas y he visto el efecto que tiene este sentimiento: en algunos casos, cambia a la gente para mejor, y en otros no tanto. Pero no se preocupen, si les han roto el corazón, porque con el tiempo sanará y encontrarán a una persona que les hará el doble de felices. Como siempre les digo...».
—Tenemos que aprender de lo malo y comenzar a pasar página para seguir adelante —recito con él al unísono.
«Nos iremos con otra canción, y cuando volvamos, leeré algunos de sus mensajes de texto acerca del tema de esta noche. No olviden que el número de contacto es...».
Da el número y deja que empiece el siguiente tema. Me lo sé de memoria, a pesar de que nunca he enviado un mensaje a su programa. ¿Para qué? Como dije antes, me basta con escucharlo, no necesito más, no quiero más, ahora no puedo lidiar con complicaciones.
Kang, me conformaré con disfrutar de tu programa y escucharte susurrar: «Sigue mi voz».
2
Sígueme

Los días transcurren uno detrás otro, el sol se cuela por mi ventana hasta que desaparece y es reemplazado por la luna, y vuelta a empezar; son todos tan iguales, tan monótonos...
Me preparo para mi rutina nocturna, ya casi es hora del programa de radio de Kang, así que, con palomitas y Coca-Cola en mano, me dirijo a mi habitación. Mi pequeña burbuja se revienta cuando me encuentro a mi hermana de frente en el pasillo.
—¡Ah! ¡Qué susto!
Kamila se cruza de brazos. Sí, Kamila con K; a mi madre le encantaba la letra K.
—Te he dicho que no comas esas cosas, no son saludables —me regaña. Veo que lleva la bata blanca doblada por la mitad en su brazo.
Le dedico una sonrisa inmensa para ablandar su corazón.
—Solo esta vez.
Ella entrecierra los ojos y se le forman pequeñas arrugas en la frente.
—Eso dijiste ayer.
—¿Tienes guardia hoy? —Cambio de tema; es lo mejor.
—Sí, uno de mis pacientes... —se detiene un momento; siempre tan cuidadosa con sus palabras cuando habla conmigo— tuvo una recaída.
Recaída...
Eso es un eufemismo para evitar decir el nombre de alguna de las enfermedades o de las circunstancias con las que se encuentra ejerciendo su profesión. Kamila se graduó en Psiquiatría hace cuatro años, y quisiera decir que ha sido fácil para ella, pero no: ha sido agotador y desgarrador. Es la persona más fuerte que conozco, y gracias a eso ha podido manejarlo todo tan bien. Creo que cada persona tiene un papel en este mundo, algunos lo encuentran y viven felices con su decisión; otros simplemente se dejan llevar por la corriente de la vida, se marchitan y mueren sin haber tenido un sueño, una meta o tan siquiera un propósito para su existencia. Antes de que todo cambiara, yo tenía muchos sueños y estaba llena de energía, quería comerme el mundo, alcanzar lo inalcanzable. Luego mi madre enfermó. Y una cosa tras la otra destruyeron a esa jovencita soñadora, convirtiéndome en lo que soy ahora. Diecisiete años de nada.
—¿Cómo estás? —pregunta Kamila, mirándome con cuidado, analizándome, siempre está analizándome. No la culpo, es su trabajo.
—Estoy bien.
—¿Mareos? ¿Sueños vívidos?
Meneo la cabeza.
—Ningún efecto secundario esta vez.
Kamila suspira con alivio.
—Si tienes algún síntoma, debes decírmelo, Klara; los antidepresivos no son algo que debas tomar a la ligera. La confianza...
—Es lo más importante de todo —termino por ella—. Nunca te he mentido.
Y es la verdad; siempre he sido honesta con ella, solo que no me gusta cuando se pone en modo doctora. Pero, bueno, aparte de mi hermana, también es mi psiquiatra de alguna forma, así que he de aguantarme... No obstante, cada paso de mi tratamiento es informado y monitoreado por un psiquiatra que lleva mi caso en lo relativo al papeleo y que me ve una vez al mes. Mi hermana solo se asegura de que siga el tratamiento bien y de cuidarme.
—¿Has tenido pensamientos desagradables?
Eso me hace sonreír, no entiendo por qué cuida tanto sus palabras.
—No he tenido pensamientos suicidas, Kamila.
Tuvimos esta conversación cuando comencé con los antidepresivos. Las primeras semanas, mientras el cuerpo se acostumbra al medicamento, puedes sentir un bajón que te deprime más y te lleva incluso a tener pensamientos suicidas antes de comenzar a notar alguna mejoría. Yo lo llamo montaña rusa: bajas de repente para subir de nuevo.
—Llámame para cualquier cosa. Andy volverá del trabajo pronto, así que estarás sola muy poco rato.
Andy es su marido. Vivo con ellos. Es un buen tipo. Trago saliva, porque estar sola me da mucho más miedo del que quiero admitir.
—Que estoy bien, vete ya.
Me tira hacia ella y me da un abrazo fuerte.
—Te quiero mucho, K.
Respondo con unas palmadas en la espalda.
—Yo también te quiero, K2.
Nos llamamos así desde pequeñas. Aunque ella es mucho mayor que yo y era prácticamente una adolescente cuando nací, nuestra diferencia de edad nunca fue un problema para llevarnos bien.
La veo marcharse y me meto en mi habitación. Al escuchar la voz de Kang dando la bienvenida al programa me relajo mientras como palomitas. El tema de esta noche es la familia.
«Creo que lo que somos, nuestra personalidad, tiene mucho que ver con cómo nos han educado desde pequeños y con las cosas que vemos en el día a día mientras crecemos».
Su voz suena un poco afligida. ¿Acaso es un tema que lo entristece? Si es así, ya somos dos.
«¿Ustedes qué opinan? Déjenmelo saber en sus mensajes de texto de hoy mientras escuchamos la siguiente canción».
Una palmada en el hombro me hace abrir los ojos. Andy está delante de mí, con su traje impecable. Me quito los auriculares, dejándolos alrededor de mi cuello.
—Bienvenido —lo saludo con una sonrisa.
—Solo quería que supieras que ya estoy aquí. Sigue escuchando tu programa —dice, devolviéndome la sonrisa antes de mirar su reloj—. Por la hora que es, debe de ser tu favorito, ¿no?
Asiento y él me soba la cabeza.
—Te queda bien el rosado.
Pongo los ojos en blanco.
—Según tú y Kamila, todo me queda de maravilla.
—Es porque te vemos con los ojos del amor.
Andy es un hombre muy dulce y, a pesar de que solo es unos años mayor que mi hermana, es como un padre para mí.
—El amor es ciego.
—Me has herido —dice, agarrándose el pecho.
—Sobrevivirás.
Se da media vuelta y se dirige a la puerta.
—Disfruta de tu programa.
Cuando vuelvo a escuchar, Kang está leyendo un mensaje de los muchos que ha recibido.
«El siguiente es de una seguidora muy apasionada de nuestro programa, yo diría que es nuestra seguidora número uno: Liliana. Muchas gracias por estar siempre en sintonía. Hoy nos dice: “Me encanta lo bien que te expresas y cómo nos ayudas a comprender temas complejos. Sigue así”. Muchas gracias por ese mensaje de apoyo, hago lo que hago por ustedes y para ustedes».
Liliana siempre presente en los mensajes, ¿no se cansa de escribirle? No sé por qué me molesta que lo haga. Tal vez el hecho de que él le dé el título de «seguidora número uno» cuando hay tantas personas como yo que hemos escuchado el programa desde sus inicios. Bueno, no me importa.
El programa llega a su fin y escucho a Kang despedirse:
«No olviden seguirnos en las redes sociales. Somos Sigue mi voz en YouTube, Instagram y Twitter. Se despide su humilde acompañante, Kang. Que pasen una feliz noche. Los dejo con esta canción titulada “Más de ti”, de la banda Sueños Rotos.
Más...
It’s not enough.
¿Qué pasaría si no es suficiente esto?
Si todo lo que quiero cambia,
sin importar la atención que presto... a ti...
Para ti...
van estas dulces palabras sin razón de ser,
sin importar la vida
o lo alto que debas caer.
No...
No es suficiente, ni hoy ni mañana, tenerte solo en mi mente.
Quiero más, mucho más de ti.
Al escuchar el coro, me tiembla el dedo sobre la aplicación de Instagram, donde tengo una vieja cuenta que no he usado desde hace más de un año. No sé si es por lo que Kang ha dicho de Liliana o por la canción que suena, que me hace sentir curiosidad. La segunda parte de la canción me afecta aún más.
¿Qué pasaría si explotaran mis emociones?
Si todo lo que siento me sobrepasa,
y ya no quiero controlarme.
¿Qué pasaría si pierdo el control?
Por ti...
van estas dulces palabras sin razón de ser,
sin importar la vida
o lo alto que debas caer.
No...
No es suficiente, ni hoy ni mañana, tenerte solo en mi mente.
Quiero más, mucho más de ti.
Decidida, abro mi Instagram y busco la cuenta de Sigue mi voz antes de que pueda arrepentirme.
3
Mírame

El sonido de los cubiertos invade el comedor mientras comparto la cena con Kamila y Andy. Me esfuerzo por comer. Aunque no tengo hambre, necesito alimentarme y, por la forma en la que me observa mi hermana, sé que no me dejará saltarme la comida. Miro el reloj y me apresuro, ya casi es hora del programa de radio. Andy lo nota.
—Aún faltan veinte minutos para que comience, tranquila.
Mi hermana toma un sorbo de su zumo.
—Me alegro de que ese programa de radio te guste tanto, pero ¿no has considerado encontrar otras cosas que también te guste hacer?
Andy le dedica una mirada de reproche y ella se la devuelve.
—¿Qué? No quiero que se enfoque en una sola cosa cuando hay tantas con las que sé que disfrutaría... ¿Has pensado en volver a pintar?
Aprieto la cuchara en la mano. Acabo de perder el apetito por completo.
—No.
Kamila me dirige una mirada triste.
—No es mi intención incomodarte, K, solo quiero lo mejor para ti. Pintar de nuevo puede ser muy positivo para tu progreso.
La pintura solía ser mi pasión. Uno de mis grandes sueños era abrir mi galería y exponer todos mis cuadros, el resultado de todo lo que se me ocurría cuando solo éramos el pincel y yo. El olor a pintura llegó a ser el aroma de mi hogar, mi zona segura. Pero, después de lo que pasó, se transformó en un recordatorio de todo lo que jamás seré.
—No volveré a pintar, ya te lo he dicho. —Me pongo de pie y finjo una sonrisa—. Es hora del programa. Estaré en mi cuarto.
Una vez fuera del comedor, cuando sé que ya no me ven, me quedo de pie en el pasillo, con la espalda apoyada en la pared. Puedo escucharlos susurrar sobre lo que acaba de pasar. Andy comienza:
—Bastante sutil, Kamila. Te he dicho que no me gusta que hables de esas cosas con ella mientras comemos, le quitas el apetito.
—Lo hago por su bien, amor, y lo sabes. Necesita encontrar otras cosas que le gusten y que pueda hacer. Si enfoca la poca energía que tiene en una sola cosa, y por lo que sea eso le falla, ¿qué crees que pasará? Tendrá una recaída espantosa.
—¿Y cómo se supone que puede fallarle un programa de radio?
—Por Dios, Andy, pueden pasar tantas cosas... Ese locutor es un chico joven, en último año de bachillerato. Me imagino que pronto se irá a la universidad y tendrá que dejar el programa. ¿Cómo crees que lo llevará K?
Siento una opresión en el pecho. Tiene razón. Kang no va a estar siempre en la radio; por lo menos, no en la radio local.
—¿Cómo sabes tanto sobre ese locutor?
—Mi hermana pequeña, que no está en sus mejores momentos, encuentra una sola cosa que le gusta, ¿y crees que yo no voy a informarme sobre ello lo máximo posible?
—Eres increíble.
—Gracias.
—No era un cumplido —dice Andy—. Déjala tranquila, déjala disfrutar de su programa. Cuando se acabe, ya lidiaremos con eso.
Me voy a mi habitación con las palabras de mi hermana en la cabeza: «Me imagino que pronto se irá a la universidad y tendrá que dejar el programa».
Torciendo los labios, agarro el teléfono. La noche anterior no me había atrevido a revisar el Instagram del programa, sin embargo, después de escuchar a mi hermana, me lleno de valor y lo abro.
No sé por qué me late el corazón con tanta desesperación en el pecho. Veo que tiene muchas fotos de la estación de radio: en algunas se ve el micrófono, en otras el aviso rojo. En el aire, los auriculares... También veo regalos de los seguidores del programa: dibujos y objetos de decoración para todo el equipo del programa, hasta comida les han enviado. Pero no hay fotos de él.
Estoy a punto de rendirme, pero sigo mirando las publicaciones, deslizando el dedo por la pantalla, hasta que veo una foto de grupo de todo el equipo. Están disfrazados para celebrar Halloween. En el pie de foto están escritos los nombres de todos según aparecen de izquierda a derecha, así que sigo las instrucciones para encontrar a Kang. Es un poco más alto que los demás, y lleva puesta una máscara de payaso siniestro que le cubre toda la cara.
Mi corazón late más rápido de lo normal, y me asusto un poco. Me sorprende lo aliviada que me siento de no poder ponerle rostro al chico que escucho todos los días, así puedo mantener mi interés bajo control, porque sé que, una vez que lo vea, voy a querer hablar con él. Y solo conseguiré que mi curiosidad vaya aumentando. Con los auriculares puestos, me siento en el suelo al lado de la cama y miro la fotografía sobre la mesilla de noche: estamos mi madre y yo, sonriendo abiertamente en una feria de hace unos años, con las atracciones mecánicas detrás de nosotras. Ninguna de las dos era perfecta, pero el momento sí lo era.
Recuerdo lo difícil que fue convencerla para comprar la foto después de que el fotógrafo nos dijera el precio. Ella nunca había sido una mujer de gastar mucho, siempre estaba ahorrando; era precavida y cautelosa. Sus esfuerzos dieron frutos cuando llegó la hora de pagar la universidad de Kamila; mamá tenía más que suficiente, e incluso comenzó su propio negocio de postres. Hacía los mejores pasteles del mundo.
Como si Kang me leyera la mente, el tema de esta noche es la pérdida de un ser querido.
«Es muy difícil lidiar con la pérdida de alguien a quien amamos. Cada uno lo vive de una manera, para unos es más difícil que para otros. Por desgracia, así es la vida. Tarde o temprano nos enfrentaremos a una pérdida de ese tipo, y solo podemos respirar y seguir adelante en honor a esa persona». Mis días sin llorar llegan a su final cuando las lágrimas se me acumulan en los ojos. Tomo la foto de mi madre y yo y paso el pulgar por su brillante sonrisa.
«No quiero que piensen que estoy invalidando lo que sienten cuando digo que sigan adelante. Somos seres humanos, está bien sentir el dolor, la tristeza... Está bien llorar. Permítanse experimentar todas sus emociones para poder superarlo y continuar, cada uno a su paso; nunca hay un tiempo perfecto para superar la muerte de alguien que hemos amado. Así que quiero que se tomen el tiempo necesario y lleven a esa persona en su corazón el resto de sus vidas; después de todo, esa es la mejor forma de honrar a quienes hemos querido aun después de la muerte».
Kang parece entenderlo todo tan bien, ¿acaso ha pasado por algo así? Las lágrimas ruedan con libertad por mis mejillas mientras él continúa hablando:
«La siguiente canción es muy especial para mí, así que escúchenla conmigo en honor a aquellos que ya no están con nosotros».
¿Por qué?
Quisiera preguntarte, traerte de vuelta, mirarte a los ojos y preguntar: ¿por qué?
No entiendo, tal vez por eso no puedo dejarte ir.
Dime, respóndeme, ¿por qué? ¿Por qué así?
A todo pulmón, lo diré una y otra vez. Una y otra vez.
¿Por qué? ¿Por qué si te amo tanto?
¿Por qué, si yo te di tanto?
Es que con mi amor no es suficiente para respirar.
Respiraré por ti, si es necesario.
Soñaré por ti en las noches de desvelo, enfrentando a cualquier adversario.
Me quito los auriculares de golpe porque no puedo soportarlo, no puedo escuchar más, duele demasiado. Me lanzo sobre la cama y me tapo de pies a cabeza para llorar desconsoladamente sobre mi almohada. Es la primera noche que no escucho el programa completo de Kang; por primera vez no quiero oírlo.
4
Escríbeme

—Vamos, estaremos contigo en todo momento —dice Kamila, acariciándome la espalda—. Trataremos de llegar al parque esta vez. A esta hora no hay mucha gente.
Quiero intentarlo, de verdad, quiero intentarlo. Controlo mi respiración, que ya se ha acelerado.
—¿Y si tengo un ataque de pánico? Tengo miedo.
Kamila me dedica una mirada reconfortante.
—Estaré contigo en todo momento, soy médica, ¿recuerdas? Nadie está más capacitado que yo, no dejaré que te pase nada.
«Pero puedo morir... Me pueden atropellar o alguien puede hacerme daño. ¿Y si dejo de respirar y mi hermana no puede hacer nada? ¿Y si se detiene mi corazón en medio de la calle? ¿A cuántos minutos queda el hospital más cercano?». Mi trastorno de ansiedad me bombardea la mente con mensajes fatalistas. El miedo me domina y siento que mi agorafobia se intensifica y me incita a volver a casa, donde estoy segura y a salvo.
Mi hermana me toma de la mano.
—Eres una chica joven, tu corazón y tus pulmones están perfectamente. No vas a morir. No escuches a tus pensamientos, solo camina conmigo.
Trago saliva y siento el corazón martilleando en mis costillas. Puedo hacer esto, de verdad que puedo hacerlo. Andy me sonríe con calidez y me toma de la mano.
—Estaremos contigo en todo momento.
Salimos de casa y caminamos por la acera. La luz de sol me ciega por un instante; demasiados días sin exponerme a la luz solar.
Kamila habla para distraerme:
—¿Recuerdas a Drew, la perrita del vecino? Ha tenido unos cachorros preciosos.
Me esfuerzo por sonreír ligeramente.
—¿De verdad?
Ella asiente mientras caminamos. Puedo ver el parque a la distancia.
—Sí, me ha dicho que puedes ir a verlos cuando quieras.
Trago saliva y siento una opresión en el pecho.
—Iré pronto.
Empiezo a pensar en toda la gente que no entiende lo que me pasa, que dicen que los trastornos psicológicos son pura mentira y formas de llamar la atención. He escuchado de todo:
«¡Uy, sí! ¡Qué difícil es salir de casa!».
«Estás loca».
«Todos tenemos una vida difícil, no seas dramática».
«Pero ¡sal y ya está! ¡Solo tienes que cruzar la puerta! No pasa nada».
«Lo que ocurre es que quieres llamar la atención».
«La depresión es una excusa».
«¿Trastorno de ansiedad? Por Dios, ya no saben qué inventar».
«¿Ahora... qué?».
«Supéralo y sigue adelante».
Siempre me he preguntado por qué a algunas personas les cuesta tanto entender que nuestra mente también puede enfermar como nuestro cuerpo. Cuando alguien tiene un dolor fuerte de estómago, nadie le dice: «Distráete, piensa en otra cosa y se te pasará». Y si alguien se corta gravemente, de inmediato le indican: «Tienes que ir al hospital a que te curen». Pero cuando estás deprimido, lo que puede ser una herida mucho más profunda y compleja que cualquier daño físico, escuchas un millón de dudas sobre lo que explicas que te pasa. Y son esas mismas personas que dudan de tu honestidad las que luego se muestran tan sorprendidas cuando alguien se suicida, alegando que nunca lo vieron venir, que no saben cómo algo así ha podido pasar, que habrían ayudado si lo hubieran sabido. Doble moral.
Si quieren ayudar a crear conciencia sobre la salud mental, solo tienen que escuchar cuando alguien necesita ser escuchado y dejar de ignorar el dolor de los demás como si fuera a desaparecer solo porque fingen no verlo. Sé que hay mucha gente que no quiere ser ayudada y que no da señales de que algo va mal; no obstante, hay personas que sí lo hacen, que sí piden ayuda, y que son ignoradas y forzadas a luchar para validar lo que les pasa.
«Hay gente que está peor que tú en el mundo y andan por ahí tranquilos».
¿Se supone que eso debe hacerme sentir mejor? ¿El hecho de que haya personas que están en situaciones peores debe hacer que lo que siento, lo que soy y lo que he vivido desaparezca?
«Si lloras, eres débil».
«Si pides ayuda, eres un necesitado».
«Si te haces daño a ti mismo, estás loco».
La depresión no es una decisión, nadie decide estar triste, ¿quién en su sano juicio desearía vivir cada día de una forma tan dolorosa y asfixiante?
Me gustaría poder corregir esas afirmaciones cuando alguien me las dice: «Si lloras, estás expresando tus sentimientos». Nadie se queja cuando alguien sonríe, ¿por qué sí cuando alguien llora? La felicidad no es la única emoción en el mundo, nadie tiene que validarla; entonces, ¿por qué hay que validar la tristeza?
«Si pides ayuda, eres valiente». Se necesita valor para poner tus miedos a un lado y pedir lo que necesitas con tanta urgencia.
«Si te haces daño a ti mismo, estás desesperado». No es la solución, sin embargo, si alguien ha llegado a ese punto, espero que encuentre la ayuda que necesita para salir adelante y no repetirlo, por favor. Me duele pensar en la cantidad de dolor que tiene que haber en el corazón de alguien para hacer eso.
Tengo la suerte de que mi hermana es psiquiatra y entiende lo que estoy pasando; no me quiero imaginar lo que otras personas llegan a pasar cuando nadie las escucha o no las creen.
En el parque, Andy tiende una manta de pícnic sobre el césped y nos sentamos sobre ella.
—Estoy muy orgulloso de ti.
Dejo de sostener mi pecho para bajar la mano y tocar la hierba, tan fresca y suave. Me gusta la sensación del sol sobre mi piel, el aire es fresco.
Kamila me frota la espalda.
—Lo has hecho muy bien hoy.
Hemos ido poco a poco, cada día tratando de llegar algo más lejos; al principio, apenas cruzaba la puerta, ahora ya he llegado al parque. Tal vez la medicación esté haciendo efecto o quizá mis avances se deban al arduo trabajo de mi hermana, ayudándome con paciencia. El caso es que me sienta bien estar aquí, sentada sobre la hierba, sintiendo el sol en la piel...
A lo lejos, veo el lago. A mi madre le encantaba. En sus últimos días veníamos mucho aquí, a pesar de que no podía caminar; la traíamos en su silla de ruedas para que viera el atardecer.
Recuerdo su sonrisa triste al decirme: «La vista es hermosa. Es extraño cómo valoramos las pequeñas cosas cuando nuestro tiempo es limitado». Yo le devolví la sonrisa, mientras ella me acariciaba el rostro. «Tenemos que vivir como si fuéramos a morir mañana; tendríamos una vida mucho más plena si no creyéramos que tenemos todo el tiempo del mundo».
Siento que le fallo cada día que vivo encerrada en casa.
«Lo siento, mamá, no soy tan fuerte como tú para sonreír a pesar de todo».
Cuando volvemos a casa, me quito los zapatos y corro a mi habitación. El programa de Kang debe de estar a punto de terminar, así que me pongo los auriculares tan rápido como puedo. Su voz me hace sonreír; está leyendo los mensajes. Liliana de nuevo.
No sé si es porque hoy he salido después de tanto tiempo y me siento bien conmigo misma, pero no dudo en abrir la aplicación del teléfono para escribir un mensaje para el programa. Cuando lo envío, tengo el corazón en la boca. Tal vez él no lo leerá, debe de recibir muchos. Sin embargo, como si la vida quisiera sonreírme hoy, Kang lo lee:
«Bueno, voy a leer el último mensaje de hoy. Dice: “Querido Kang, tu voz es el consuelo para muchas personas que lo están pasando mal como yo; alegras mi día y calmas mis noches, puedo asegurarte que siempre seguiré tu voz. Con amor, K”».
Silencio. Kang no dice nada durante unos segundos y trago saliva. «¿Lo he asustado?», pienso.
Se aclara la garganta y por fin habla:
«Eres muy amable, K. Muchas gracias por tu mensaje. Siempre trataré de estar aquí para ti».
Eso me hace sonreír. Es la primera vez que interactuamos y, aunque no es ni remotamente como hacerlo cara a cara, me gusta y me hace sentir bien. Muy bien.
5
Háblame

—I’m losing you. I’m losing you —canto mientras me preparo un bocadillo de jamón y queso.
Estoy de buen humor últimamente. Quizá la medicación por fin me está funcionando o tal vez se deba a que he podido ir al parque con mi hermana y que no he tenido ataques de pánico. Bueno, supongo que es una combinación de todo. Dejo el bocadillo sobre la mesa y estoy tan distraída que cojo la bolsa de basura para sacarla. Me dirijo a la puerta, la abro y me detengo en seco. ¿Qué estoy haciendo? No pu
