Después de diciembre

Joana Marcús

Fragmento

despues_de_diciembre-3

1

Sanar heridas

Dicen que el tiempo transcurre muy despacio cuando lo pasas mal… y no podría estar más de acuerdo.

Había tenido mi propia dosis de sufrimiento, y la peor parte era que la culpable de ello era yo misma. Había tomado una decisión que, aunque me parecía acertada, se hacía difícil de afrontar; la de abandonar al chico que amaba.

Quizá «abandonar» fuera un término un poco exagerado. El chico en cuestión tenía aún a todos los amigos a su lado. Will, Naya, Sue, e incluso su hermano Mike… Todos seguían acompañándolo. Yo era quien se había apartado del camino, había vuelto con sus padres y había dejado todo aquello atrás.

Un año antes había decidido mudarme para estudiar en la universidad una carrera que no me entusiasmaba, quizá movida por el deseo de alejarme lo máximo posible de cuanto había sido mi vida hasta ese momento. Ahí los había conocido a todos ellos… y a Jack Ross, a quien me resultaba más complicado considerar un simple amigo.

Él hizo que me diera cuenta de que mi relación con Monty no era amor, de que debía aprender a pensar por mí misma, de que había dedicado toda mi vida a complacer a los demás independientemente de si ellos querían hacerme feliz.

Supongo que él no había calculado que la primera decisión sobre mí misma fuera, precisamente, dejarlo. Jack necesitaba perseguir sus sueños y yo no estaba preparada para acompañarlo en ello. Tenía que encontrar los míos propios.

Tomaría todo el crédito de esas frases de autoayuda, pero lo cierto es que las había pronunciado la que había sido mi terapeuta en ese último año. Acudí a sus citas gracias a mis dos hermanos mayores, Spencer y Shanon, quienes me habían ayudado a pagarme la terapia hasta que tuve mis propios ingresos.

En un único año trabajé como cajera, dependienta de una gasolinera, ayudante en un almacén y monitora de atletismo con Spencer. Alguna vez esos trabajos se solapaban y me consumían tantas horas que me impedían pensar en nada más que en lo cansada que estaba. Y, curiosamente, fue eso lo que más me ayudó.

Tener la oportunidad de moverme sola, ganar mi propio dinero, empezar a decidir por mí misma… fue todo un cambio. Uno que nunca pensé que experimentaría. Este hecho, junto a la terapia, me ayudó a ver las cosas desde una nueva perspectiva.

Y una de las que empecé a ver con otros ojos… fue mi familia.

Las palabras de Jack sobre cómo conseguían que siempre hiciera lo que ellos querían me retumbaban constantemente en la cabeza. Había intentado ignorarlas, pasar de aquellas señales que le daban la razón, fingir que todo iba bien… hasta que una noche todo explotó.

Estaba sentada en la mesa de la cocina con mis hermanos gemelos —Sonny y Steve—, mis padres y Spencer. El único sonido que interrumpía la cena era el del partido que emitía el pequeño televisor junto a la nevera. Mis hermanos y mi padre tenían los ojos clavados en la pantalla, mientras que mi madre y yo comíamos con poco in­terés.

Que ella y yo fuéramos las únicas desocupadas y no nos quedara más remedio que interactuar fue, seguramente, lo que desencadenó la dis­cusión.

—¿No tienes hambre? —me preguntó al ver que empujaba una col de Bruselas con el tenedor.

Estaba demasiado cansada como para tenerla. Tras cinco horas en la gasolinera y otras cuatro en el campo de atletismo, apenas me sostenía en pie.

—No mucha. Creo que me lo guardaré para mañana.

Mamá permaneció en silencio por unos instantes. Sus ojos castaños, casi idénticos a los míos, observaban con cierto rencor mi plato prácticamente intacto.

—Da igual —sentenció al fin, y dejó el tenedor—. Yo tampoco tengo mucha hambre. Quizá hoy no me haya salido bien la cena.

—No he dicho eso, mamá.

—No hace falta que lo digas. Últimamente todo te viene mal.

—Estoy cansada.

—Siempre hay una excusa.

La notaba un poco áspera conmigo desde mi vuelta a casa, pero nunca me había atacado de forma tan directa y, sobre todo, tan injustificada. Estaba claro que algo sucedía, pero no se atrevía a decírmelo.

Así que, por algún motivo, esa noche decidí ser yo quien encarara el asunto.

—¿Se puede saber qué pasa?

Mi tono era distinto. Sereno pero directo. Uno que nunca había usado con mis padres. Quizá nunca lo había usado con nadie. Mi terapeuta lo llamaba «asertividad». Hizo que toda la mesa dejara de prestar atención a la pantalla para volverse hacia mí con sorpresa.

Mamá, por supuesto, ya tenía una mano sobre el corazón.

—¿De qué estás hablando?

—De que está claro que te pasa algo y no entiendo por qué no quieres decírmelo —expliqué con calma.

Papá y ella intercambiaron una mirada. Por aquel entonces lo hacían a menudo. Entendí que habían hablado del asunto y ambos sabían perfectamente lo que les decía. Me dio mucha rabia que, aun así, ninguno lo admitiera.

—¿Y bien? —insistí con la misma calma.

—No le hables así a tu madre —me advirtió papá.

—No le he hablado de ninguna forma, solo he preguntado qué pasa y por qué siento que no dejáis de buscar excusas para encontrarme defectos.

Sonny y Steve soltaron risitas burlonas. Apreté el puño entorno al tenedor.

—Estás majareta —me dijo Steve sin apartar la vista de la pantalla.

—Sí —añadió Sonny—. Desde que volvió, se cree que el mundo está en su contra.

—No me creo nada, pero me molesta sentir que todos habéis hablado de mí y no me lo habéis dicho.

—Nadie ha hablado de ti —me aseguró papá.

Fue tan evidente que mentía, que incluso se puso colorado. Cruzó otra mirada rápida con mamá.

—¿No? —insistí—. ¿Y por qué os miráis así?

—¡No nos miramos de ninguna forma! —exclamó mamá, airada.

—¡Sí que lo hacéis!

—Paranoica —fingió que tosía Steve, y Sonny se rio a carcajadas.

A esas alturas, mis nudillos ya estaban blancos. Me sentía frustrada. Y cansada. Esa mala combinación hizo que, por primera vez en mucho tiempo, gritara a mis hermanos.

—¡Callaos de una vez!

—¡Jennifer! —Mamá replicó mi grito—. ¡Ya basta! Nadie está en tu contra. ¡No seas tan paranoica!

—¡No soy paranoica, veo lo que hacéis!

—¿Y qué ves?, ¿que tus hermanos se ríen? ¿Qué tiene eso de malo?

—¡No se ríen! —Mi tono iba en aumento y mi voz empezaba a tintarse de desesperación—. ¡Se burlan! ¡Llevan años burlándose de mí, y tú nunca dices nada! ¡Y papá tampoco!

El último aludido frunció el ceño, pero fue mamá quien respondió:

—¿Se puede saber a qué viene esto ahora? ¡Estamos intentando cenar en paz!

—¡Tú eres la que ha empezado! ¡Y la que me mira mal desde que volví a casa! No lo entiendo, ¿no querías que volviera? ¿Ahora te sobro?

El grito ahogado de mamá hizo que mi padre se irguiera un poco más, casi como si la hubiera abofeteado y él tuviera que prepararse para intervenir.

—¡Te estás pasando! —me gritó, algo muy impropio en él.

—¿Y qué? ¿Negarás que se están burlando?

—Deja de hacer sentir mal a los demás

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