¿Y si no es contigo?

Calle y Poché

Fragmento

¿Y si no es conmigo?

M

El portazo sonó definitivo, como lo fue su silencio. Nunca había detestado algo con tanta fuerza como detesté el sonido violento que quedó al tirar la puerta.

Me traté de engañar, pensando que si lo calificaba como el sonido más irritante del mundo era únicamente debido a mi reciente necesidad (casi obsesiva) de neutralizar cosas irracionales que me molestaban porque sí, y que esta era una nueva para mi colección. Hacían parte de ella la ropa cuando se mancha porque se le regó un poco de jugo encima, el sonido de las gotas de agua cayendo de una ducha mal cerrada, los envases del shampoo y del acondicionador cuando quedan torpe y aleatoriamente distribuidos en el espacio de la ducha después de ser usados, el libro que por algún motivo desconocido no está alineado con el resto y, ahora, uno nuevo: el sonido resonante de esa puerta al cerrarse. Me hacía eso porque estaba tan enojada que no quería escuchar ni mis sentimientos.

Parada afuera de su apartamento, separadas por la puerta y por su decisión de acabar con lo nuestro, vi pasar en unos segundos varios recuerdos a su lado: D amenazándome con besarme aquella vez en su cumpleaños, D tomándome de la mano por primera vez en público y mis nervios casi infantiles despertándose, D cuando por primera vez pasó sus dedos por mi piel desnuda y enloqueció mi mundo, D riéndose a carcajadas por algún gesto tonto que hice, D dividiendo en dos el que, según ella, era el mejor plato de ramen que había probado en su vida para que yo pudiera experimentarlo como ella lo hacía…

Ahí fue cuando todo dejó de tener sentido. Las imágenes casi que se derretían en mi mente justo cuando las terminaba de armar.

No era posible que esa fuera la misma persona que, con una expresión indiferente y con los ojos esquivos y fríos, había dejado que me fuera de su vida.

Ni siquiera se trataba de que ella hubiera “dejado” algo; no había un culpable, no había un suceso enorme al cual responsabilizar, no era el universo arrebatándome de ella, no era un daño colateral, era su voluntad.

Ella lo había decidido.

Eso no duele, arde.

Y tampoco se trataba de mí “saliendo de su vida”. Era nuestra vida entera escapándose, como si se tratara de un líquido vivo y sin piedad, de nuestros dedos. Como si mirando nuestros dedos (y nuestra vida juntas atravesándolos), inmóvil, estuviera ella, y en cambio yo, moviéndolos de todas las formas, uniendo mis dedos con los suyos, gritando las palabras que fueran, rezándole a todos los dioses, desesperada, intentándolo todo, lo que fuera, para detener lo indetenible.

Y entonces caí de golpe en aquella realidad.

Agarré el hoodie que colgaba de mi morral, me tapé los ojos, los oídos y la cara con él y, con las manos sobre la boca, grité. No podía creer lo que nos estaba pasando.

Nosotras nos amábamos de verdad, confiábamos en la otra como si se tratara de aire para respirar, soñábamos despiertas al unísono y disfrutábamos como niñas chiquitas de las cosas más simples. Y no por las cosas, sino porque las vivíamos juntas. Nosotras éramos capaces de todo. ¿Nosotras seguíamos siendo las mismas “nosotras” que yo estaba viendo en mi mente? No sé. Porque las “nosotras” que yo conocía se agarraban de la mano cuando una de las dos tenía miedo y no se soltaban hasta invocar efectivamente la supuesta e imposible calma.

¿Quién era esa persona que se quedó dentro del apartamento? No la reconocía.

¿Quién era esa persona que estaba fuera y que se suponía que era yo? No tengo ni la menor idea.

Me pregunté entonces cuándo empezó. Yo sabía que las parejas no terminaban el día que se decían adiós. Debía haber montones de señales sembradas en los últimos meses. Es algo en lo que he pensado antes miles de veces. El problema es que los personajes principales de esos pensamientos nunca fuimos nosotras. Y yo me preguntaba ahora cuál había sido el principio de nuestro fin.

Me tapé los ojos y me abrumó una lluvia dolorosa de dualidad.

Quería correr, pero al mismo tiempo quería quedarme. Y quería espacio, pero también quería contención.

Quedarme, pero con ella y con su contención, ninguna otra.

Sin embargo, había sido ella, D, quien había decidido mi soledad. Y sin ella a mi lado yo no podría haber sido capaz de recibir, o de tolerar siquiera, la presencia de nadie más. Y bajo esos términos ganaba el lado de mí que sí quería carencia de compañía absoluta.

—Ábreme, te lo ruego. —Golpeé su puerta una, dos, tres veces.

La puerta vibró. Adentro del apartamento empezó a sonar música y entendí que era la forma en la que D me decía que no quería escucharme. Era D diciéndome que prefería que yo me fuera. Negué varias veces con la cabeza.

Me agobié exponencialmente al percatarme de que el eco que la puerta había producido al cerrarse aún retumbaba en mi interior y que cada vez lo hacía con mayor intensidad. Me terminé de desesperar al imaginar que el aumento progresivo de la intensidad de ese sonido en mi interior era exactamente proporcional al sonido de mi corazón deshaciéndose.

Minutos después se abrió el ascensor. Era uno de los porteros.

—Niña, ¿se encuentra bien?

—…

—¿En qué puedo ayudarle?

Yo no decía nada.

—Mire que todos los vecinos están asustados. Creen que le pasó algo muy malo.

Intenté sonreír solo para tranquilizarlo, pero fue inútil. Me sorprendió la imposibilidad de producir palabras.

  1. Volví a sentarme en el piso.
  2. Intenté silenciar el llanto.
  3. Recé para que me dejaran sola.

Pedí regresar el tiempo y hacer mejor las cosas para ganarme otra vez el amor de D.

El portero llamó al ascensor, pero no sin antes decirme que me quedara tranquila, que seguro ya mi mamá venía a buscarme, que no me preocupara. Respiré profundo.

Sal en la herida.

No podía haber un peor momento para escuchar esa frase.

Mi mamá…, pensé.

Mi mamá también me había dejado años antes.

En su caso, no por decisión propia.

Miré a los ojos al portero y le agradecí el esfuerzo. Recosté la cabeza sobre la puerta y cerré los ojos.

Hice una cuenta regresiva, pues quería entender lo que acababa de pasar: la confusión del portero al decir que mi mamá vendría por mí, la música a todo volumen, la puerta que se cerraba a mi espalda, mis pasos hasta la puerta, los ojos de D que huían de mi mirada, mi pregunta sin respuesta, las letras (una por una) que usé al decirle «dime, ¿es que ya no me amas?», la nada como consecuencia…

¿Este es el final, D? Su silencio. ¿Quieres que me vaya, D? Su frialdad. Maldita sea, di algo. Su quietud. ¿Quieres terminar? Las lágrimas de ambas.

Una pregunta que quizá no debí hacer. Dime, D, ¿por qué siento que no eres feliz cuando estamos juntas?

Las despedidas.

Es mejor morir primero,

es más fácil irse antes,

ser quien deja de amar.

Aunque creas que te duele más,

es solo la culpa lo que te pesa,

no el desamor.

Escuché a lo lejos el sonido del ascensor y unos pasos corriendo hacia mí. Me llevé una mano hasta el pecho para tratar de contener mi corazón, que se aceleraba, y sentí un olor familiar:

—¡Mi amor! —Era su voz la que me hablaba—. Ven acá, no me gusta verte llorar...

Abrí los ojos y un brillo absoluto me nubló la vista. Me tomó varios segundos entender qué pasaba. Estaba en mi cama, congelada de frío porque había dejado la ventana abierta, incómoda porque me había dormido en una posición extraña después de leer hasta tarde, había olvidado quitarme la ropa, y nerviosa porque soñar con que D me dejaba y con la voz de mi madre era una carga bastante difícil de sobrellevar.

Suelo soñar mucho y para mí no es tan solo algo emocional, también es físico, porque sueños como este me dejan tanto el alma cansada y confusa, como el cuerpo energizado, pero casi que adolorido. Cuando sueño que mi mamá me visita me lleno de esperanza en el alma, pero también de adrenalina en el cuerpo. Me arde con energía lo que creo que es el espíritu y los músculos se activan para la carrera de mi vida. Me despierto emocionada y con afán de que mi cuerpo responda para correr y lanzarme a su lado, para esconderme en su pelo revuelto y respirar su olor hasta que mi mente, con crueldad, me saca de la fantasía:

Ella ya no está.

Una especie de castigo (no el hecho de haberla soñado, claro, eso jamás, eso lo considero un regalo divino), que me obliga a asimilar que solo nos podremos volver a ver en otra vida.

También tengo otro tipo de sueños, como el de anoche. De estos me despierto con angustia y con afán de reparar lo más pronto posible aquello que creo que hice mal. Me siento como un huracán, culpable de todo el daño que dejo a mi paso. Otra fantasía. Hasta que la calma empieza a inundarme y a recordarme que no es así, que todo está bien, que yo no he hecho nada malo. No durante esa noche.

No me sorprende haber tenido este sueño justo ahora. Pronto será nuestro tercer aniversario y, según lo que he podido ir observando a mi alrededor, es algo que para algunas relaciones (sobre todo modernas o extremadamente antiguas) puede pasar sin generar una gran (o ninguna) alteración, pero que para otras aún tiene una gran importancia. Es fácil encontrarse con cualquiera de los dos extremos. En mi caso, que se acerque nuestro tercer aniversario tiene un significado más específico. Siempre he detestado la dramatización de las fechas. Pero esta vez no se trata de la tradición, ni del consumismo que tanto me molesta, ni de un deber. Esta es mi primera y única relación.

Esto me importa de verdad.

Ella me importa de verdad.

Nuestro primer aniversario fue sorpresivamente uno de los días más felices de mi vida. D se rio con ternura durante todo el día porque yo no tenía cómo procesar tanta alegría, porque no paraba de sentir que era la mujer más afortunada.

Un

Año

Juntas.

Eso era lo único en lo que podía pensar entonces.

Ahora se trata de lo mismo, pero triplicado.

Multiplicando lo que hemos visto, probado,

sentido y experimentado,

por el número 3.

365 días más a su lado.

Sumario de otros 12 meses llamándola “mi novia”. Entendiendo que ella es solo suya, pero que decide compartir la vida conmigo.

Para terminar de reponerme del mal sueño escribí en mi diario cada detalle de él, luego me levanté de la cama y me metí a la ducha. Me invadieron preguntas autónomas: ¿y si un día D me deja? ¿Y si un día nos separamos? Era la primera vez en tres años que pensaba en eso. Me asustó haberlo hecho. Sacudí la cabeza para espantar esas ideas intrusas. Dejé que el agua cayera en mi rostro para lavar la angustia que aún había en mi piel. Me hallé absurda a mí misma al darme cuenta de que tenía un poco de enojo con D por haber peleado conmigo en un sueño y quise reconciliarme con ella enseguida. Cuando salí le mandé un mensaje a la D real, a la D que me ama, no a aquella otra que se fue de mi lado mientras dormía:

Si nos vemos hoy, me debes un beso que dure más de un minuto. Solo así te perdono.

Pasaron unos segundos hasta que D respondió.

No tengo ningún inconveniente con lo del beso de un minuto. Puede ser de cinco, si quieres. Pero, explícame, ¿por qué perdonarme?

¿Qué pasó?

Tenía que hacerlo, no podía ser de otra manera.

Peleamos anoche. Fuerte. En mi sueño.

Si hubiéramos estado una al lado de la otra, la carcajada de D habría hecho vibrar el piso.

Me hiciste reír. Yo pago la deuda sin quejarme, pero, por curiosidad, ¿por qué peleábamos?

Sentí un poco de vergüenza.

Eso es lo único de lo que no he podido acordarme. En fin. Te perdono.

Pero disfrutaba de lo que estaba pasando.

¿Perdóooon? Debería perdonarte yo a ti, no tú a mí. Pero, fuera de chiste, no quiero que eso pase. Ni viniendo de mí ni de ti.

Sonreí.

La amo.

Fui hasta el comedor mientras me secaba el pelo con una toalla. Me acerqué a Alana y la despeiné mientras nos saludábamos.

—Al parecer hoy son buenos días —dije.

Papá y ella cocinaban un desayuno de reyes.

—Buenos días, mi amor —respondió papá.

Había frutas, jugo de mandarina, tostadas para untarles mermelada y solo faltaban los omelettes, que Alana preparaba justo cuando llegué a la cocina.

—Si seguías durmiendo ya iban a ser «buenas tardes» —bromeó Alana. Todos nos reímos y enseguida me puse a organizar la mesa.

A eso se había reducido mi papel en la familia desde que en Alana se había despertado la pasión por la cocina y aprovechaba cada oportunidad para intentar una nueva receta.

Ayudé a llevar los platos y otras cosas a la mesa mientras mi papá y mi hermana seguían en la complicidad del momento. Eran un equipo perfecto, se reían, se retaban y se celebraban. Por un segundo recordé cómo habían sido las cosas unos años antes, con la muerte de mi mamá y con el duelo de Alana que parecía que no iba a acabar.

Su duelo casi que parecía renacer a diario, justo ahí, en los alimentos, en la cocina, en la receta, en cada plato que se servía sobre la mesa y en su déficit de apetito. Como si se castigara por ser (humana) y por necesitar (alimento).

Pensé en que mi hermana ha venido entendiendo que mamá lo único que puede pedirle desde el cielo es lo opuesto: que duplique el disfrute de la vida, que lo haga por ambas.

—¿Estás bien, amor? —me preguntó papá.

—Sí, sí... me elevé. ¡Comamos! Tengo muchísima hambre. ¿Ustedes no?

Compartimos lo que nos pasó en la semana a cada uno y, por mi parte, desahogué con ellos el estrés que me genera mi trabajo final de la universidad. Me abruma la sola idea de que sea eso: mi final, pero el verdadero centro de atención era papá, que se llevaba todos los méritos porque hacía poco había renunciado a su trabajo de toda la vida, un trabajo cómodo y estable, pero del que él llevaba tiempo cansado. Así que había empezado su propio emprendimiento de diseño industrial. A mí me conmovía porque por primera vez le estaba haciendo honor a su pasión por la creatividad y a sus sueños. Todo, por fin, marchaba bien en nuestra familia: Alana estaba llena de alegría, a gusto con la comida, la familia y con estar viva, y yo estudiaba, trabajaba, amaba a D y aprovechaba todo el tiempo posible para leer y escribir. Ese mismo día, por cierto, tenía turno, así que me apuré para salir a tiempo.

Un rato después estaba llegando a Mocca y, como siempre, entre las manos llevaba el libro que leía en ese momento. No olvido el libro de ese día porque resultó ser un día muy especial. Y cuando se aman los libros como los amo yo, se convierten en detalles muy precisos que se adhieren a recuerdos. Aprendizaje o el libro de los placeres, de Clarice Lispector. Al doblar la última esquina que me llevaba directo a Mocca, sonreí y, como me sucedía últimamente sin que yo lo planeara, empecé a imaginar que yo era una escritora, publicada y reconocida, y que en vez de ir a Mocca a preparar cafés, estaba yendo a la presentación de mi primer libro. Al llegar al café mi ritmo cardíaco se elevaba al límite porque me imaginaba a los lectores ahí esperándome, con expectativa, con contextos misteriosos y con mi libro en sus manos… pero al cruzar la puerta era yo, otra vez, riéndome de mí misma y con pudor por mi fantasía. Guardé el libro que aún traía en las manos dentro de mi mochila y con él también mi sobrepensamiento.

Adentro no me esperaban mis lectores, sino que me esperaba Guillo, que se rio, a su vez, de mi sonrisa y de que hubiera llegado murmurando. Me disculpé, apenada. Guillo me pidió que nos sentáramos un momento a hablar y al instante la sonrisa se me borró del rostro. Por mi cabeza se pasaron, en un segundo, todas las cosas que pensé que había hecho mal en las últimas semanas y no pude evitar imaginar que Guillo me diría que, por alguna de esas cosas, ya no podría seguir trabajando en Mocca.

Fatalista.

Eso es lo que ocurre conmigo. Siempre es más fácil imaginarme el escenario negativo, el error, la falencia, lo que olvidé, lo que me falta, lo que rompí, el regaño…

Pero, para mi sorpresa, lo que Guillo tenía para decirme era que tenía una oferta laboral para hacerme: dirigir un club de lectura dentro de Mocca.

Acepté sin dudarlo. (Y diría que también sin procesarlo). El hecho de que fuera una buena noticia, cuando estaba presintiendo lo opuesto, pudo tener que ver. Sentí que se trataba de un ascenso soñado y no era ser escritora, pero casi. Dije gracias muchas veces. Demasiadas, tal vez.

—Sabes que me estás haciendo un regalo, ¿cierto?

—Lo sospechaba.

—¿Y quién decide los libros que se leen en el club?

—Tú.

—¿Mi qué?

—Tú, tú.

—¿Te refieres a mí?

—Me refiero a ti, sí. Piensa bien qué libros vas a poner a leer a esta gente que pide a gritos un club de lectura.

Seguro que lo haría, pero antes de hacerlo todo lo que quería era correr a donde D y contarle lo que había pasado. Y así lo hice cuando acabé mi turno aquel día.

D me vio entrar por la puerta tan acelerada que no pudo hacer más que asustarse. La besé con fuerza y corrí al sofá.

—Te tengo que contar la cosa más emocionante que me pasó hoy. Siéntate ya mismo.

—Yo pensé que había sido verme —dijo.

—Corrijo, la segunda cosa más emocionante que me ha pasado hoy.

—Pensé que había sido besarme.

—Está bien, la ter...

—¡Cuéntame ya!

Entonces le conté de la propuesta para dirigir el club de lectura. Le expliqué también lo que haría, que tendría que preparar un cronograma de lecturas para un trimestre con un encuentro semanal; le dije que elegiría solo novelas cortas para leer la mayor cantidad de autores posibles; le dije que, claro, cómo no, incluiría Así es como la pierdes, El amante de la China del Norte, Sostiene Pereira, Aprendizaje o el libro de los placeres, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, Desayuno en Tiffanyʼs. Le dije que los volvería a leer antes de definir la lista porque no podía hacerlo mal, porque era la oportunidad de mi vida, porque seguro iría gente muy leída al club, porque todos estarían ahí sentados y esperando que yo guiara las sesiones y porque, claro, en las primeras sesiones la gente sería un poco tímida para hablar, por eso era necesario que yo, como moderadora, no lo fuera...

Tragué saliva al escuchar mis propias palabras.

A mi pánico escénico le sumé el darme cuenta de que con el trabajo final (y más importante) de la universidad, mi familia, mi trabajo en Mocca y mi novia no tenía idea de en qué momento iba a dormir.

D se dio cuenta de que yo empezaba a aterrarme y, con su característica forma de ver las cosas, me recordó que los libros son mi lugar seguro. Me dijo que no dudaba, ni por un instante, que lo haría muy bien y que todos saldrían eufóricos de cada sesión. Entonces me sonrió en completa paz y, como parte de su magia, terminé por sonreír yo también.

A veces nos imagino como un par de caricaturas en donde D tiene un “Manual de M” que lee cuando ni yo misma sé qué hacer con mis miedos, con la vida. En ese manual existe un capítulo, el tercero, llamado así:

Para cuando M entre en pánico fulminante.

En él, D encuentra cómo hacerme ver mis pensamientos ansiosos desde otro lugar, uno más tranquilo, y solo así, con su ayuda, puedo regresar al presente sin perderme en futuros tenebrosos. Es una obra que se

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