Índice
DEDICATORIA
CITA
CAPÍTULO UNO
CAPÍTULO DOS
CAPÍTULO TRES
CAPÍTULO CUATRO
CAPÍTULO CINCO
CAPÍTULO SEIS
CAPÍTULO SIETE
CAPÍTULO OCHO
CAPÍTULO NUEVE
CAPÍTULO DIEZ
CAPÍTULO ONCE
CAPÍTULO DOCE
CAPÍTULO TRECE
CAPÍTULO CATORCE
CAPÍTULO QUINCE
CAPÍTULO DIECISÉIS
CAPÍTULO DIECISIETE
CAPÍTULO DIECIOCHO
CAPÍTULO DIECINUEVE
CAPÍTULO VEINTE
CAPÍTULO VEINTIUNO
CAPÍTULO VEINTIDÓS
CAPÍTULO VEINTITRÉS
CAPÍTULO VEINTICUATRO
CAPÍTULO VEINTICINCO
CAPÍTULO VEINTISÉIS
CAPÍTULO VEINTISIETE
CAPÍTULO VEINTIOCHO
CAPÍTULO VEINTINUEVE
CAPÍTULO TREINTA
CAPÍTULO TREINTA Y UNO
CAPÍTULO TREINTA Y DOS
CAPÍTULO TREINTA Y TRES
CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE
CAPÍTULO CUARENTA
CAPÍTULO CUARENTA Y UNO
CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO
CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS
CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO
CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE
CAPÍTULO CINCUENTA
CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO
CAPÍTULO CINCUENTA Y DOS
CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES
CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO
CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO
CAPÍTULO CINCUENTA Y SEIS
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
AGRADECIMIENTOS ESPECIALES
Para Jo,
mi guía y mi apoyo.
Toda pregunta que pueda responderse debe responderse
o, al menos, analizarse.
Es necesario enfrentarse a los procesos mentales
ilógicos cuando se presenten.
Las respuestas incorrectas deben corregirse.
Las respuestas correctas deben afirmarse.
—Del manifiesto de Erudición.
CAPÍTULO UNO
TRIS
No paro de dar vueltas por nuestra celda de la sede de Erudición mientras sus palabras me resuenan en la cabeza: «Mi nombre será Edith Prior, y hay muchas cosas que estoy deseando olvidar».
—Entonces ¿no la habías visto nunca? ¿Ni siquiera en foto? —me pregunta Christina, que tiene la pierna herida apoyada en una almohada.
Recibió el disparo durante nuestro desesperado intento de revelar el vídeo de Edith Prior a la ciudad. En aquel momento no teníamos ni idea de lo que habría en él, ni de que haría temblar los cimientos de nuestra sociedad, de las facciones, de nuestras identidades.
—¿Es tu abuela, tu tía o qué? —sigue preguntando.
—Ya te he dicho que no —respondo, volviéndome al llegar a la pared—. Prior es... era el apellido de mi padre, así que tendría que ser alguien de su familia. Pero Edith es un nombre de Abnegación, y los parientes de mi padre tenían que ser de Erudición, así que...
—Así que debe de ser mayor —concluyó Cara por mí, recostando la cabeza en la pared. Desde este ángulo se parece mucho a su hermano Will, mi amigo, el que maté de un tiro. Después se endereza, y el fantasma de Will desaparece—. De hace unas cuantas generaciones. Una antepasada.
—Antepasada.
La palabra me suena a viejo, como un ladrillo que se desmorona. Toco una pared de la celda al darme la vuelta: el panel es blanco y frío.
Mi antepasada, y esta es la herencia que me ha dejado: libertad de las facciones y el conocimiento de que mi identidad como divergente es más importante de lo que imaginaba. Mi existencia es una señal que nos indica que tenemos que abandonar esta ciudad y ofrecer nuestra ayuda a quien haya ahí fuera.
—Quiero saberlo —dice Cara, pasándose la mano por el rostro—. Necesito saber cuánto tiempo llevamos aquí. ¿Podrías dejar de moverte un minuto?
Me detengo en el centro de la celda y la miro con las cejas arqueadas.
—Lo siento —masculla.
—No pasa nada —dice Christina—. Llevamos demasiado tiempo aquí dentro.
Hace días que Evelyn controló el caos del vestíbulo de la sede de Erudición dando un par de órdenes y encerró a todos los prisioneros en las celdas de la tercera planta. Una mujer sin facción apareció para curarnos las heridas y distribuir analgésicos, y hemos comido y nos hemos duchado varias veces, pero nadie nos ha dicho qué está pasando fuera. A pesar de que lo hemos preguntado con insistencia.
—Suponía que Tobias vendría a vernos —comento, dejándome caer en el borde de mi catre—. ¿Dónde está?
—A lo mejor todavía está enfadado porque le mentiste y trabajaste con su padre a sus espaldas —responde Cara.
Le lanzo una mirada asesina.
—Cuatro no sería tan mezquino —asegura Christina, no sé si para regañar a Cara o para consolarme—. Seguro que algo le impide venir. Te pidió que confiaras en él.
En medio del caos, mientras todos gritaban y los abandonados intentaban empujarnos hacia las escaleras, me enganché al dobladillo de su camisa para no perderlo. Él me agarró por las muñecas, me apartó y me dijo: «Confía en mí. Ve adonde te digan».
—Eso intento —respondo.
Y es cierto, intento confiar en él, pero todo mi cuerpo, cada fibra de mi ser, me pide liberarme, no solo de esta celda, sino de la prisión de la ciudad que espera al otro lado.
Necesito ver qué hay detrás de la valla.
CAPÍTULO DOS
TOBIAS
No soy capaz de recorrer estos pasillos sin recordar los días que pasé aquí prisionero, descalzo, sintiendo un dolor punzante cada vez que me movía. Y con ese recuerdo llega otro, el de esperar a que mataran a Beatrice Prior, el de mis puños contra la puerta, el de sus piernas sobre los brazos de Peter cuando me dijo que solo estaba drogada.
Odio este lugar.
No está tan limpio como cuando era el complejo de Erudición; ahora se notan los estragos de la guerra, los orificios de bala en las paredes y los vidrios rotos de las bombillas destrozadas por todas partes. Camino sobre huellas sucias y bajo luces parpadeantes hasta llegar a su celda, y me permiten entrar sin hacer preguntas porque llevo el símbolo de los abandonados (un círculo vacío) en una banda negra que me rodea el brazo, además de parecerme mucho a Evelyn. Tobias Eaton era un nombre del que avergonzarse, pero ahora es poderoso.
Tris está acuclillada en el suelo, hombro con hombro con Christina y en diagonal a Cara. Mi Tris debería parecer pálida y pequeña (al fin y al cabo, es pálida y pequeña), pero nada más lejos de la realidad: ella sola llena toda la habitación.
Sus ojos redondos encuentran los míos, y se pone de pie de un salto para rodearme con fuerza la cintura y apretar la cara contra mi pecho.
Le aprieto el hombro con una mano y, con la otra, le acaricio el pelo, todavía sorprendido al ver que se le acaba a la altura del cuello, en vez de extenderse por debajo. Me alegré cuando se lo cortó porque era el pelo de una guerrera y no de una chica y, además, sabía que era lo que necesitaba.
—¿Cómo has entrado? —me pregunta con su voz grave y clara.
—Soy Tobias Eaton —respondo, y ella se ríe.
—Claro, siempre se me olvida.
Se aparta lo justo para mirarme. Noto su mirada vacilante, como si Tris fuera un montón de hojas a punto de acabar esparcidas por el viento.
—¿Qué sucede? ¿Por qué has tardado tanto?
Su voz suena desesperada, suplicante. Por muchos recuerdos horribles que me traiga este lugar, para ella es aún peor: su recorrido a pie hacia la ejecución, la traición de su hermano, el suero del miedo... Tengo que sacarla de aquí.
Cara levanta la vista, interesada. Me siento incómodo, como si hubiese cambiado de piel y ya no me quedase bien. Odio tener público.
—Evelyn ha cerrado la ciudad a cal y canto —respondo—. Nadie da un paso sin su consentimiento. Hace unos días pronunció un discurso sobre unirnos contra los opresores: la gente de fuera.
—¿Opresores? —repite Christina.
Se saca una ampolla del bolsillo y se bebe el contenido: analgésicos para la herida de bala de la pierna, supongo.
Me meto las manos en los bolsillos.
—Evelyn (y muchos otros, en realidad) cree que no deberíamos abandonar la ciudad solo por ayudar a un puñado de gente que nos metió aquí para poder utilizarnos. Quieren arreglar la ciudad y resolver nuestros problemas en vez de marcharnos para resolver los de otros. No lo dijo con estas palabras, claro. Sospecho que esa opinión le conviene mucho a mi madre, ya que, mientras estemos todos aquí encerrados, ella está al mando. En cuanto nos vayamos, dejará de estarlo.
—Genial —comenta Tris, poniendo los ojos en blanco—. Era de esperar que eligiera la opción más egoísta.
—Tiene parte de razón —dice Christina, con la ampolla en la mano—. No digo que no quiera salir de la ciudad y ver lo que hay fuera, pero aquí dentro ya tenemos bastante. ¿Cómo vamos a ayudar a unas personas que no conocemos de nada?
Tris se lo piensa mientras se muerde el interior de la mejilla.
—No lo sé —reconoce.
Veo en mi reloj que son las tres en punto. Llevo demasiado tiempo aquí dentro, lo bastante para que Evelyn sospeche. Le dije que vendría para romper con Tris y que no tardaría mucho. No estoy seguro de que me creyera.
—Escuchad, en realidad he venido a advertiros: van a empezar los juicios de los prisioneros. Os inyectarán suero de la verdad y, si funciona, os condenarán por traidores. Creo que a todos nos gustaría evitar eso.
—¿Por traidores? —pregunta Tris con el ceño fruncido—. ¿Cómo puede ser un acto de traición revelar la verdad a todos nuestros conciudadanos?
—Fue un acto de desafío a vuestros líderes —respondo—. Evelyn y sus seguidores no quieren abandonar la ciudad. No os darán las gracias por mostrar el vídeo.
—¡Son como Jeanine! —exclama Tris, y hace un gesto enérgico, como si quisiera golpear algo y no tuviera nada a mano—. Están dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de ocultar la verdad y ¿para qué? ¿Para ser los reyes de su diminuto mundo? Es ridículo.
No quiero decirlo, pero parte de mí está de acuerdo con mi madre: no les debo nada a las personas que están fuera de la ciudad, sea divergente o no. No estoy seguro de querer ofrecerme a ellos para solucionar los problemas de la humanidad, con independencia de lo que eso signifique.
Pero sí quiero irme, estoy tan desesperado por marcharme como un animal que desea escapar de una trampa: salvaje y rabioso, dispuesto a morder hasta el hueso.
—Sea como sea —digo con cautela—, si el suero de la verdad funciona con vosotros, os encarcelarán.
—¿Si funciona? —pregunta Cara con los ojos entornados.
—Divergente —dice Tris, señalándose la cabeza—, ¿recuerdas?
—Fascinante —responde Cara mientras se recoge un mechón suelto en el moño que le cubre la nuca—, pero atípico. Por mi experiencia, sé que la mayoría de los divergentes son incapaces de resistirse al suero de la verdad. Me pregunto por qué tú sí.
—Te lo preguntas tú y se lo preguntan todos los eruditos que me han clavado una aguja —le espeta Tris.
—¿Podemos centrarnos en el tema que nos preocupa, por favor? Me gustaría evitar tener que organizaros una fuga de la cárcel —digo.
De repente estoy desesperado por que alguien me consuele, así que alargo la mano para coger la de Tris, y ella enreda sus dedos en los míos. No somos de los que se tocan sin más; cada punto de contacto entre nosotros nos resulta importante, un subidón de energía y alivio.
—De acuerdo, de acuerdo —dice ella, ahora con más amabilidad—. ¿Qué tienes en mente?
—Cuando os toque a vosotras tres, conseguiré que Evelyn te deje testificar a ti primero, Tris. Solo tienes que inventarte una mentira que exonere a Christina y a Cara, y después contarla cuando te inyecten el suero de la verdad.
—¿Qué clase de mentira serviría?
—Eso te lo dejo a ti, dado que mientes mejor que yo —respondo.
En cuanto lo digo, sé que acabo de tocar un tema peliagudo entre los dos. Me ha mentido muchas veces. Me prometió que no se entregaría para morir en el complejo de Erudición cuando Jeanine exigió el sacrificio de un divergente, pero lo hizo de todos modos. Me dijo que se quedaría en casa durante el ataque erudito, y después me la encontré en la sede de Erudición, trabajando con mi padre. Entiendo por qué hizo todas esas cosas, pero eso no significa que esté todo arreglado.
—Sí —dice, mirándose los zapatos—. Vale, algo se me ocurrirá.
Le pongo una mano en el brazo.
—Hablaré con Evelyn sobre el juicio e intentaré que lo celebren pronto.
—Gracias.
Siento el impulso, ya familiar, de salir de mi cuerpo y hablar directamente con su mente. Me doy cuenta de que es el mismo impulso que me hace desear besarla cada vez que la veo, porque un solo centímetro de distancia entre nosotros me resulta insoportable. Nuestros dedos, apenas entrelazados hace un instante, ahora se aferran con fuerza; la palma de su mano está pegajosa de sudor; la mía, rugosa de agarrarme a demasiados asideros en demasiados trenes en movimiento. Ahora sí que parece pálida y pequeña, pero sus ojos me traen a la memoria imágenes de cielos abiertos que, en realidad, nunca he visto, salvo en sueños.
—Si vais a besaros, hacedme un favor y decídmelo para que mire a otro lado —dice Christina.
—Vamos a besarnos —responde Tris, y lo hacemos.
Le toco la mejilla para ralentizar el beso, sosteniendo sus labios en los míos para sentir cada uno de los puntos en los que se tocan y cada uno de los puntos en los que se alejan. Saboreo el aire que compartimos en el segundo posterior al beso, y el roce de su nariz contra la mía. Intento pensar en algo que decir, pero es demasiado íntimo, así que me lo trago. Un instante después decido que me da igual.
—Ojalá estuviéramos solos —le digo al salir de la celda.
—Yo deseo eso mismo casi siempre —responde, sonriendo.
Al cerrar la puerta, veo a Christina que finge vomitar, a Cara riéndose y a Tris con las manos inertes junto a los costados.
CAPÍTULO TRES
TRIS
—Creo que sois todos unos idiotas.
Tengo las manos cerradas sobre el regazo, como un niño que duerme, el cuerpo lleno de suero de la verdad y los párpados cargados de sudor.
—Deberíais darme las gracias, no interrogarme.
—¿Deberíamos darte las gracias por desafiar las órdenes de los líderes de tu facción? ¿Por intentar evitar que los líderes de tu facción mataran a Jeanine Matthews? Te comportaste como una traidora.
Evelyn Johnson escupe las palabras como si fuera una serpiente. Estamos en la sala de reuniones de la sede de Erudición, donde tienen lugar los juicios. Llevo prisionera al menos una semana.
Veo a Tobias medio oculto en las sombras, detrás de su madre. Ha procurado no mirarme a los ojos desde que me senté en la silla y cortaron la brida de plástico que me sujetaba las muñecas. Por un momento, sus ojos encuentran los míos y sé que ha llegado el momento de empezar a mentir.
Es más fácil ahora que sé cómo hacerlo. Tan fácil como apartar el peso del suero de mi mente.
—No soy una traidora —aseguro—. En aquel momento creía que Marcus seguía órdenes de los osados y los abandonados. Como no podía unirme a la lucha como soldado, decidí ayudar de otro modo.
—¿Por qué no podías ser soldado?
La luz fluorescente brilla detrás del pelo de Evelyn. No le veo la cara y no puedo concentrarme en nada durante más de un segundo antes de que el suero de la verdad amenace con volver a vencerme.
—Porque... —Me muerdo el labio, como si intentara detener las palabras. No sé dónde aprendí a actuar tan bien, pero supongo que no difiere mucho de mentir, cosa para la que siempre he demostrado talento—. Porque no era capaz de empuñar una pistola, ¿vale? No después de disparar... de dispararle. A mi amigo Will. No era capaz de empuñar un arma sin sufrir un ataque de pánico.
Evelyn entorna aún más los ojos. Sospecho que no me tiene ningún aprecio, ni el más mínimo.
—Así que Marcus te dijo que trabajaba siguiendo mis órdenes —dice— y, a pesar de conocer su más que tensa relación con los osados y los abandonados, ¿te lo creíste?
—Sí.
—Ahora entiendo por qué no elegiste Erudición —comenta entre risas.
Me cosquillean las mejillas. Me gustaría darle una bofetada, como estoy segura de que le gustaría hacer a muchas de las personas de la sala, por mucho que no se atrevan a reconocerlo. Evelyn nos tiene a todos atrapados en la ciudad, controlados por abandonados armados que patrullan las calles. Sabe que el que tiene las armas ostenta el poder, y con Jeanine Matthews muerta, no queda nadie para intentar arrebatárselo.
De un tirano a otro: así es el mundo que conocemos ahora.
—¿Por qué no se lo contaste a nadie? —me pregunta.
—No quería reconocer mi debilidad. Y no quería que Cuatro supiera que estaba trabajando con su padre. Sabía que no le gustaría. —Noto que las palabras me salen de dentro, impulsadas por el suero de la verdad—. Te traje la verdad sobre nuestra ciudad y la razón por la que estamos en ella. Si no vas a darme las gracias, al menos deberías hacer algo al respecto, ¡en vez de sentarte sobre este caos que has creado y fingir que es un trono!
La sonrisa burlona de Evelyn se retuerce como si hubiese comido algo desagradable. Se inclina para acercárseme a la cara y, por primera vez, veo lo vieja que es: distingo las arrugas que le enmarcan los ojos y la boca, y la palidez enfermiza adquirida tras años de comer menos de la cuenta. Aun así, es guapa, como su hijo. Estar a punto de morir de hambre no ha podido con ella.
—Estoy haciendo algo al respecto: estoy construyendo un nuevo mundo —responde, y baja la voz aún más, tanto que apenas la oigo—. Yo era abnegada, conozco la verdad desde hace mucho más tiempo que tú, Beatrice Prior. No sé qué intentas hacer, pero te prometo que no tendrás un lugar en mi nuevo mundo, y menos con mi hijo.
Sonrío un poco. No debería, pero, con este peso en las venas, me cuesta más reprimir los gestos y las expresiones que las palabras. Ella cree que Tobias le pertenece. No sabe la verdad: que Tobias no pertenece a nadie, más que a sí mismo.
Evelyn se endereza y cruza los brazos.
—El suero de la verdad ha revelado que, aunque seas idiota, no eres una traidora. Este interrogatorio ha terminado. Puedes irte.
—¿Qué pasa con mis amigas? —preguntó, arrastrando las sílabas—. Christina, Cara. Ellas tampoco hicieron nada malo.
—Pronto nos encargaremos de ellas.
Me levanto, aunque estoy débil y mareada por culpa del suero. La sala está abarrotada de gente, hacinada, y tardo unos segundos en encontrar la salida, hasta que alguien me coge del brazo, un chico con cálida piel morena y de amplia sonrisa: Uriah. Me guía hasta la puerta y todos se ponen a hablar.
Uriah me conduce por el pasillo hasta la fila de ascensores. Las puertas del ascensor se abren al pulsar el botón, y yo lo sigo al interior, todavía tambaleante. Cuando se cierran las puertas, le pregunto:
—¿Crees que me he pasado con lo que he dicho sobre el caos y el trono?
—No, ella espera que seas impulsiva. De no haberlo sido, habría sospechado.
Noto como si todo mi cuerpo vibrara, lleno de energía, ansiosa por dar el siguiente paso. Soy libre. Vamos a encontrar el modo de salir de la ciudad. Se acabó esperar dando vueltas por la celda, exigiendo de los guardias respuestas que no obtendré.
Aunque, esta mañana, los guardias sí que me contaron algunas cosas sobre el nuevo orden de los abandonados. Han obligado a los antiguos miembros de las facciones a mudarse cerca de la sede de Erudición y mezclarse, no más de cuatro miembros de una misma facción en cada vivienda. También tenemos que combinar la ropa: tras el edicto, me han dado hace un rato una camisa amarilla de Cordialidad y unos pantalones negros de Verdad.
—Vale, es por aquí...
Uriah me saca del ascensor. Esta planta de la sede de Erudición es toda de cristal, incluso las paredes. La luz del sol se refracta en ellas y proyecta fragmentos de arcoíris por el suelo. Me protejo los ojos con una mano y sigo a Uriah hasta una habitación larga y estrecha con camas a ambos lados. Junto a cada cama hay un armario de cristal para la ropa y los libros, y una mesita.
—Antes era el dormitorio de los iniciados de Erudición —me explica Uriah—. He reservado camas para Christina y Cara.
Sentadas en una cama al lado de la puerta hay tres chicas con camisa roja (de Cordialidad, supongo) y, en el otro extremo del cuarto, veo a una mujer mayor tumbada en otra cama, con las gafas colgándole de una oreja. Seguramente erudita. Sé que debería intentar dejar de clasificar a la gente por facciones, pero es una vieja costumbre difícil de superar.
Uriah se deja caer en una de las camas, en el rincón del fondo. Me siento en la de al lado, contenta de estar libre y en paz, por fin.
—Zeke dice que a veces los abandonados se toman su tiempo para procesar las exoneraciones, así que tardarán un poco en salir —comenta Uriah.
Es un alivio que todas las personas que me importan salgan de prisión esta noche. Pero entonces recuerdo que Caleb sigue dentro, ya que era un conocido lacayo de Jeanine Matthews, y los abandonados jamás lo exonerarán. Lo que no sé es hasta dónde llegarán para destruir la marca que dejó Jeanine en esta ciudad.
«Me da igual», pienso, pero, incluso mientras lo hago, sé que es mentira. Sigue siendo mi hermano.
—Bien —le digo—. Gracias, Uriah.
Él asiente y apoya la cabeza en la pared para levantarla.
—¿Cómo estás? —le pregunto—. Quiero decir... Lynn...
Uriah era amigo de Lynn y de Marlene, y ahora las dos están muertas. Me da la sensación de que yo debería comprenderlo; al fin y al cabo, también he perdido a dos amigos: a Al por culpa de las presiones de la iniciación y a Will por culpa de la simulación del ataque y de mis acciones, demasiado apresuradas. Sin embargo, no quiero fingir que los dos sufrimos por igual. En primer lugar, Uriah conocía a sus amigas mucho mejor que yo a los míos.
—No quiero hablar de ese tema —responde, sacudiendo la cabeza—. Ni tampoco pensar en él. Solo quiero mantenerme en movimiento.
—Vale, lo entiendo. Pero..., si necesitas algo...
—Sí —responde, y sonríe, levantándose—. Estás bien aquí, ¿no? Le dije a mi madre que iría a visitarla esta noche, así que tengo que irme pronto. Ah, casi se me olvida: Cuatro dijo que quiere reunirse contigo más tarde.
—¿En serio? —pregunto, enderezándome de golpe—. ¿Cuándo? ¿Dónde?
—Después de las diez, en el Millennium Park. En el césped. —Sonríe—. No te emociones tanto, que te va a estallar la cabeza.
CAPÍTULO CUATRO
TOBIAS
Mi madre siempre se sienta en los filos de las cosas: de las sillas, de las cornisas, de las mesas... Como si sospechara que tendrá que salir huyendo en cualquier momento. Esta vez es en el filo del antiguo escritorio de Jeanine en la sede de Erudición, con las puntas de los pies apoyadas en el suelo y la luz brumosa de la ciudad iluminándola por detrás. Es una mujer de hueso envuelto en músculo.
—Creo que tenemos que hablar sobre tu lealtad —dice, pero no suena como si me acusara de nada, solo parece cansada.
Por un momento parece tan raída que me da la impresión de poder ver a través de ella, pero entonces se endereza y la sensación desaparece.
—A fin de cuentas, fuiste tú el que ayudó a Tris y sacó el vídeo a la luz —afirma—. Nadie más lo sabe, pero yo sí.
—Mira —respondo, echándome hacia delante para apoyar los codos en las rodillas—, no sabía lo que había en aquel archivo. Confiaba más en el buen criterio de Tris que en el mío propio. Eso es lo que pasó.
Creía que decirle a Evelyn que había roto con Tris haría que mi madre confiara más en mí, y estaba en lo cierto: se había comportado con más amabilidad y franqueza desde que le conté aquella mentira.
—¿Y ahora que has visto la grabación —pregunta Evelyn— qué opinas? ¿Crees que deberíamos abandonar la ciudad?
Sé lo que quiere que responda: que no veo razón alguna para unirme al mundo exterior. Sin embargo, no se me da bien mentir, así que digo una verdad a medias.
—Es algo que me asusta. No estoy seguro de que sea inteligente salir de la ciudad conociendo los peligros que pueden acecharnos ahí fuera.
Ella se lo piensa un momento mientras se muerde el interior de la mejilla. Es una costumbre que aprendí de ella: antes me dejaba la piel en carne viva mientras esperaba el regreso de mi padre, sin saber qué versión de él me encontraría, si el Marcus admirado por Abnegación o el que me propinaba palizas.
Me paso la lengua por las cicatrices de los mordiscos y me trago el recuerdo como si fuera bilis.
Evelyn se baja del escritorio y se acerca a la ventana.
—Me han llegado informes muy inquietantes sobre una organización rebelde que ha surgido entre nosotros —me cuenta, arqueando una ceja—. La gente siempre se organiza en grupos, es un hecho de la vida, pero no esperaba que ocurriera tan deprisa.
—¿Qué clase de organización?
—La clase de organización que quiere abandonar la ciudad —responde—. Esta mañana han hecho público una especie de manifiesto: se hacen llamar los leales. —Al ver mi expresión de confusión, añade—: Porque «son leales» al propósito original de nuestra ciudad, ¿lo pillas?
—El propósito original... ¿Te refieres a lo que se decía en el vídeo de Edith Prior? ¿Que deberíamos enviar a la gente fuera cuando tuviéramos un número importante de divergentes?
—Eso, sí. Pero también se refieren a lo de vivir en facciones. Los leales afirman que debemos estar en facciones porque así ha sido desde el principio. —Sacude la cabeza—. Algunas personas siempre temerán los cambios, pero no podemos consentirlo.
Con las facciones desmanteladas, una parte de mí se siente como si me hubieran liberado de un largo encierro. No tengo que evaluar si todo lo que pienso o elijo encaja en una ideología estrecha de miras. No quiero que vuelvan las facciones.
No obstante, Evelyn no nos ha liberado, como ella cree: solo nos ha convertido a todos en abandonados. Le da miedo lo que decidamos si nos concediera una verdadera libertad. Y eso significa que, piense yo lo que piense sobre las facciones, me alivia saber que alguien, en alguna parte, la está desafiando.
Procuro no expresar nada, pero el corazón me late cada vez más deprisa. He tenido que ir con cuidado para ganarme el favor de Evelyn. No me cuesta mentir a los demás, pero es más complicado con ella, la única persona que conoce todos los secretos de nuestro hogar abnegado, la violencia que se oculta entre sus muros.
—¿Qué vas a hacer con ellos? —le pregunto.
—Pues mantenerlos bajo control, ¿qué si no?
La palabra «control» hace que me yerga de golpe, tan rígido como la silla que tengo debajo. En esta ciudad, «control» significa agujas, sueros y ver sin mirar; significa simulaciones, como la que estuvo a punto de obligarme a matar a Tris o la que convirtió en ejército a los osados.
—¿Con simulaciones? —pregunto muy despacio.
Ella frunce el ceño.
—¡Claro que no! ¡No soy Jeanine Matthews!
Su arranque de rabia me pone furioso.
—No olvides que apenas te conozco, Evelyn.
Ella hace una mueca.
—Entonces, permite que te diga que nunca recurriré a simulaciones para salirme con la mía. Antes preferiría la muerte.
Es posible que sea la muerte lo que use: está claro que asesinar a los opositores los mantendría con la boca cerrada, que acallaría su revolución antes incluso de que empezara. Sean quienes sean los leales, tengo que encontrarlos lo antes posible.
—Puedo averiguar quiénes son —le digo.
—Estoy segura de eso, ¿por qué crees que te he hablado de ellos?
Hay razones de sobra para que me lo haya contado: para probarme, para pillarme, para transmitirme información falsa... Sé lo que es mi madre: es una persona para la que el fin justifica los medios, como mi padre; como yo, a veces.
—Pues lo haré, los encontraré.
Me levanto, y sus dedos, frágiles como ramitas, se cierran en torno a mi brazo.
—Gracias.
Me obligo a mirarla. Tiene los ojos cerca de la nariz, que es de punta aguileña, como la mía. La piel es de un color intermedio, más oscura que la mía. Por un instante la veo vestida de gris Abnegación, con la espesa melena recogida por detrás con una docena de horquillas, sentada al otro lado de la mesa del comedor. La veo agachada frente a mí, arreglando los botones que me he abrochado mal antes de ir al colegio, y de pie junto a la ventana, observando la calle uniforme por si llega el coche de mi padre, con las manos entrelazadas (no, apretadas) y los nudillos blancos por la tensión. Entonces nos unía el miedo, y ahora que ya no tiene miedo, parte de mí desea saber cómo sería que nos uniera la fuerza.
Noto una punzada de dolor, como si la hubiera traicionado, traicionado a la mujer que antes era mi única aliada, así que me vuelvo antes de retirarlo todo y disculparme.
Salgo de la sede de Erudición entre un grupo de gente, confundido, buscando automáticamente con los ojos los colores de las facciones, cuando lo cierto es que ya no hay ninguno. Yo llevo una camiseta gris, vaqueros azules y zapatos negros. Ropa nueva, aunque debajo de ella mantengo mis tatuajes osados. Es imposible borrar mis elecciones. Y menos estas.
CAPÍTULO CINCO
TRIS
Pongo la alarma del reloj a las diez y me quedo dormida enseguida, sin tan siquiera cambiar de postura para ponerme más cómoda. Unas cuantas horas después, no son los pitidos de la alarma lo que me despierta, sino el grito de frustración de otra persona del dormitorio. Apago la alarma, me paso los dedos por el pelo y, medio andando, medio corriendo, voy hasta una de las escaleras de emergencia. La salida de abajo da al callejón, donde seguramente no me detendrá nadie.
Una vez fuera, el aire fresco me despierta. Tiro de las mangas hasta que me cubren los dedos para mantenerlos calientes. Por fin acaba el verano. Hay unas cuantas personas junto a la entrada de la sede de Erudición, pero ninguna me ve cruzar a hurtadillas Michigan Avenue. Ser pequeña tiene sus ventajas.
Veo a Tobias de pie en el centro del césped, vestido con una mezcla de colores: camiseta gris, vaqueros azules y una sudadera negra con capucha, de modo que cubre todas las facciones para las que mi prueba de aptitud me juzgó cualificada. Tiene una mochila a los pies.
—¿Cómo lo he hecho? —le pregunto cuando llego lo bastante cerca para que me oiga.
—Muy bien —responde—. Evelyn te sigue odiando, pero han liberado a Christina y a Cara sin interrogarlas.
—Bien —digo, sonriendo.
Tobias tira de la parte delantera de mi camiseta, justo por encima del estómago, y me arrastra hacia él para darme un dulce beso.
—Vamos —dice al apartarse—, tengo un plan para esta noche.
—¿Ah, sí?
—Sí. Bueno, me he dado cuenta de que nunca hemos tenido una cita de verdad.
—El caos y la destrucción tienden a fastidiar las citas de la gente.
—Me gustaría experimentar el fenómeno «cita».
Camina de espaldas hacia la descomunal estructura metálica del otro extremo del césped, así que lo sigo.
—Antes de conocerte, solo salía en citas en grupo, y normalmente eran un desastre. Siempre acababan con Zeke enrollándose con la chica con la que quería enrollarse, mientras que yo me quedaba allí, sin hablar, incómodo, al lado de alguna chica a la que había conseguido ofender poco antes.
—No eres muy simpático —le digo, sonriendo.
—Mira quién habla.
—¡Oye! Podría ser simpática si quisiera.
—Hmmm —medita él, dándose golpecitos en la barbilla—. Pues dime algo agradable.
—Eres muy atractivo.
Él sonríe y veo el reflejo de sus dientes en la oscuridad.
—Me gusta que seas simpática.
Llegamos al final del césped. La estructura metálica es grande y más extraña de cerca de lo que parecía de lejos. En realidad es un escenario, y sobre él se arquean unas enormes placas metálicas que se enroscan en distintas direcciones, como si fuera una lata de aluminio tras una explosión. Rodeamos una de las láminas de la derecha hasta la parte de atrás del escenario, que se yergue en ángulo desde el suelo. Allí, unas vigas de metal soportan las placas por detrás. Tobias se sujeta bien la mochila en los hombros y se agarra a una de las vigas para empezar a trepar.
—Esto me suena —comento.
Una de las primeras cosas que hicimos juntos fue escalar la noria, pero aquella vez fui yo la que lo obligó a trepar más arriba, y no al revés.
Me remango y lo sigo. Todavía me duele el hombro por la herida de bala, pero está curada casi del todo. De todos modos, soporto la mayor parte del peso con el brazo izquierdo e intento empujar con los pies siempre que puedo. Bajo la mirada para contemplar el enredo de barras que tengo debajo y, más allá de ellas, el suelo, y me río.
Tobias trepa hasta un punto en el que dos chapas metálicas se unen formando una uve y dejan espacio de sobra para que se sienten dos personas. Retrocede para meterse entre las dos chapas y me agarra por la cintura para ayudarme cuando me acerco. En realidad no necesito la ayuda, pero no se lo digo: estoy demasiado ocupada disfrutando del contacto de sus manos.
Tobias saca de la mochila una manta para taparnos y dos vasos de plástico.
—¿Prefieres tener la cabeza despejada o atontada? —me pregunta mientras mira en la mochila.
—Hmmm... Despejada —respondo, ladeando la cabeza—. Creo que tenemos que hablar de un par de cosas, ¿no?
—Sí.
Saca una botellita que contiene un líquido burbujeante y, mientras abre la tapa, dice:
—Lo he robado de la cocina de Erudición. Al parecer, es delicioso.
