Si no dejáramos de avanzar, ¿hasta dónde llegaríamos?
Vivimos con la sensación de que algo se ha roto, pero seguimos avanzando. Candela Antón, actriz y divulgadora histórica y cultural, y Daniel Tolleson, dramaturgo, han escrito un libro que es tanto una brújula como una llamada de socorro: «¿Y ahora qué? Manual de primeros auxilios antropológicos para homo sapiens modernos» (Ediciones B, 2025). A medio camino entre el ensayo y la crónica, el texto propone detenernos a mirar con lucidez —y un punto de ironía— las grietas culturales, tecnológicas y emocionales que definen nuestro tiempo. Con mirada antropológica y tono cercano, los autores desmenuzan los ritos cotidianos del siglo XXI: el culto a la productividad, la hiperconexión, la ansiedad del progreso. Bajo estas líneas publicamos un fragmento del libro, «Si no dejáramos de avanzar, ¿hasta dónde llegaríamos?», una reflexión sobre la inercia que impulsa a nuestra especie hacia adelante incluso cuando no sabemos a dónde vamos. Antón y Tolleson nos invitan a detener el paso, observar el paisaje del presente y preguntarnos si la evolución no ha comenzado a parecerse demasiado a una huida.

Niños, niños, futuro, futuro. Crédito: Getty Images.
El Diccionario de la Real Academia Española recoge en su definición de «avanzar» diversas acepciones. Me gustaría remarcar dos en particular:
1. intr. Ir hacia adelante.
4. intr. Progresar o ir a más en algo.
En la primera acepción vemos el concepto de avanzar como ir adelante, lo cual significa que esté la cosa como esté, se va a seguir avanzando en la misma dirección y de la misma forma. Respondiendo a tu pregunta desde este prisma, probablemente si siguiéramos hacia delante de la misma manera llegaríamos al colapso. Esto lo hemos perfilado en la pregunta A y ha quedado clarísimo en la pregunta B. Pero la verdad es que eso no ofrece consuelo alguno, al contrario: es bastante deprimente. Y, además, como casi siempre, la cosa tiene más enjundia.
Es por ello por lo que me gustaría matizar un poco la cuestión. En antropología se habla de desarrollo para referirnos a lo que tú llamas «avanzar». Se trata de una elección particular de palabra y tiene historia y matices. Suele decirse que una sociedad se desarrolla cuando va hacia delante, cuando avanza. Esta palabra tiene su origen en la cosmovisión europea, en una forma determinada de ver la realidad. Porque, como pasa con muchas otras ciencias, la antropología nace con el proceso colonial de las potencias europea (sobre esto tienes más información en las charlas con Jana).
¿Cuál es el origen de este término? Las discusiones sobre cómo conseguir el tan ansiado desarrollo nacen en las décadas de 1960 y 1970 y se producen a través de dos enfoques opuestos: «Por un lado, el capitalismo orientado al mercado y, por otro, el socialismo orientado a la acción desde el Estado» (Colmegna y Matarazzo, 2009). Está claro que el capitalismo y el comunismo difieren en nociones básicas sobre la concepción de la sociedad, pero, según estos autores, en lo tocante al término que nos atañe, comparten ciertos supuestos: «El desarrollo debía producirse en el ámbito nacional, una vez alcanzado era irreversible, se aceptaban las condiciones de vida de EE.UU. y de Europa como los parámetros deseables, y, por último, se postulaba la existencia de una relación directa entre el crecimiento económico y la redistribución social».
Es decir, que en esencia este término denota el sentimiento de superioridad de las naciones desarrolladas sobre las subdesarrolladas. Pero lo curioso es que el término también hace patente el hecho de que el «engaño» del desarrollo afecta a las mismas sociedades que se consideran desarrolladas. Esto nos sigue pasando hoy en día. Seguro que te suena eso de que el crecimiento y el desarrollo de la economía de un país se vean como lo deseable —«La economía española crecerá un x% este año»—, pero lo que no nos dicen es que ese desarrollo no tiene por qué redistribuirse, es decir, que no nos llegará a todos los que habitamos dicho país. Todo esto es un poco como el mito ese de que el turismo nos enriquece a todos. Veamos: ni el dinero es la única forma de enriquecerse ni carecer de él es la única forma de empobrecerse (pero esto mejor lo dejamos para el capítulo «En caso de no llegar a fin de mes»).
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Ha quedado claro que el término «desarrollo» nace con un corte colonialista y que sigue perpetuando la narrativa de que las formas de Occidente van a salvar al resto del mundo de su incompetencia. Pero las certezas de la Guerra Fría se desmoronaron junto con el Muro de Berlín, y tanto el triunfalismo capitalista como las crisis del ajuste estructural en América Latina pusieron en evidencia que la receta única del desarrollo no funcionaba. La Cumbre de Río del 92 marcó un punto de inflexión: por primera vez se hablaba masivamente de desarrollo sostenible, de límites planetarios, de saberes locales.
Pero ahora viene el doble mortal tirabuzón, porque el término sumó una nueva acepción en la década de 1990: la de innovación, creatividad, movimiento, trabajo, actividad. Es decir: pasó de ser una palabra que denota el crecimiento salvaje sin medida a ser una palabra polisémica que valora la posibilidad de la alternativa, la divergencia, el «cambio de rumbo» a la hora de «avanzar». Es decir, que contiene en sí misma el problema y la solución. ¿No te parece absolutamente poético lo bien que la polisemia del término «desarrollo» explica las propias tensiones internas del mundo occidental? (Un adorno acerca de la lucha interna de nuestras sociedades actuales: por un lado el cambio cultural, subvertir un orden caduco, destituir modelos polvorientos; por el otro, crecer, sin frenos ni miramientos, devorándolo todo y a todos en pos de más y más).
En efecto, la segunda acepción del término nos permite englobar nuevos movimientos. Como, por ejemplo, cualquier adaptación que sea producida por una sociedad humana, cualquier acto de creatividad. Ya no hablamos de desarrollo solo para referirnos a ese compendio de formas occidentales que el resto de los países deben emular para medrar. Esto, que puede ser aparentemente nimio, nos permite inspirarnos tanto en el pasado como en el presente de otras culturas. Y con ello quiero decir que podemos inspirarnos en otros para resolver los problemas que afrontamos.
Ahora que nos hallamos frente a un colapso climático podemos volver la vista hacia tiempos pasados y fijarnos en cómo otros cambios parecidos hicieron peligrar o colapsar a otras civilizaciones. ¿Qué hicieron los que se salvaron? ¿Cómo se adaptaron? El caso de las sociedades natufienses es especialmente inspirador.
Te cuento: hablamos de culturas natufienses para referirnos a una multitud de comunidades mesolíticas que habitaron en Oriente Próximo entre el 12500 y el 9500 a. n. e. y que basaban su economía en la caza y la recolección. Al parecer, hace unos 12.900 años comenzó una evolución de las condiciones climáticas en la que «se produjo un cambio a condiciones más frías y áridas que provocaron una reducción de la distribución geográfica de los cereales típicos de la región» (García y Molina, 2018). Es decir, que probablemente estas sociedades toparon de frente con que sus recursos cambiaron y escasearon.
¿Qué hicieron entonces? Pues hubo diversas reacciones. Por un lado, en algunas comunidades se observó «un incremento en la eficiencia del instrumental de caza y un aumento en la movilidad que permitía una mayor flexibilidad en la obtención de recursos» (ibidem). Aunque, al parecer, eso no fue suficiente, porque terminaron por desaparecer. Por el otro lado, sin embargo, otras de estas comunidades pasaron «a depender del cultivo de cebada y trigo, así como de la domesticación de animales, lo que les permitió independizarse hasta cierto punto de los recursos naturales en declive» (ibidem).

Llamar por Teams cuando no había Teams... (pie de foto original: Keum Ja Kim, solista de 15 años del Coro de Huérfanos de World Vision, hace una audición ante el Picturephone en la estación Grand Central de Nueva York en diciembre de 1965 para la estrella de la Ópera Metropolitana Robert Merril). Crédito: Getty Images.
Lo curioso es que puede decirse que la cultura natufiense terminó a causa de este cambio en el clima, porque la adaptación económica que desarrollaron algunos grupos conllevó una variación tan grande en las estructuras sociales y tecnológicas que las hizo emerger como entidades culturales bien diferenciadas. Estoy segura de que conocerás el desenlace de esta historia, porque, al terminar ese periodo climático y crearse unas condiciones más favorables, estos pueblos acabaron extendiéndose por todo Oriente Próximo dando lugar a los archiconocidos imperios mesopotámicos. Sí, ¡esos que inventaron la escritura!
Lo que quiero decir con este ejemplo es que desarrollarse puede implicar adoptar nuevas formas y finalmente convertirse en algo distinto.
Pero no solo podemos mirar al pasado para encontrar soluciones o muestras de creatividad o adaptabilidad. También podemos hallarlas en el presente. En la reunión anual del Foro Económico Mundial celebrada en Davos (Suiza) los líderes indígenas de toda la región amazónica compartieron sus puntos de vista sobre cómo construir una economía basada en el diálogo y la simbiosis con la naturaleza, porque esas comunidades cuentan con conocimientos ancestrales y experiencia en adaptarse, mitigar y reducir los riesgos climáticos y los desastres naturales. Y ahora voy a darte un dato impresionante: los pueblos indígenas representan poco más del 6% de la población mundial, pero son custodios de la conservación del 80% de la biodiversidad que queda en el mundo (Beltrán, 2024) ¿Qué quiero decir con esto? Pues que desarrollarse también puede significar abandonar viejos hábitos y escuchar aquello que una vez se consideró como subdesarrollado.
Este replanteamiento del desarrollo nos invita a imaginar alternativas que combinan sabiduría ancestral con innovación responsable. Existen ya modelos emergentes que están redefiniendo qué significa «avanzar» para la humanidad, incorporando nociones de equilibrio ecológico, bienestar colectivo y sostenibilidad a largo plazo. Pero no quiero adelantarme demasiado, porque estas fascinantes alternativas y cómo podríamos implementarlas en nuestra sociedad actual las exploraremos en profundidad en el capítulo final de este libro. Por ahora, lo importante es comprender que el camino que seguimos no es el único posible.
Para ir terminando y para responder a tu pregunta: si nos desarrollásemos en la dirección adecuada, no solo podríamos llegar a perdurar muchos milenios más, sino que podríamos florecer de maneras que aún no somos capaces de imaginar. El verdadero avance quizá no esté en seguir corriendo hacia delante sin mirar, sino en detenernos a contemplar el paisaje, reconocer los múltiples caminos que se abren ante nosotros y tener el coraje de elegir rutas inexploradas. La paradoja es hermosa: para avanzar genuinamente, tal vez necesitemos dejar de avanzar como lo hemos hecho hasta ahora.
Tenemos las herramientas conceptuales, los ejemplos históricos y la sabiduría colectiva para dar este giro. Lo que nos falta no es conocimiento, sino voluntad. Seguimos actuando como si estuviéramos atrapados en una única trayectoria posible, como si la narrativa del desarrollo occidental fuera la única historia que pudiera contarse. Pero la antropología nos muestra, una y otra vez, que la creatividad humana para adaptarse y reinventarse es prácticamente infinita. Tal vez la pregunta no sea hasta dónde llegaríamos si no dejáramos de avanzar, sino hasta dónde podríamos llegar si nos atreviéramos a avanzar de forma diferente.
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