Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Cita
Introducción. Excusatio non petita
Capítulo I. Por una cabeza
Capítulo II. ¡A galopar!
Capítulo III. El león y la gacela
Capítulo IV. Rapsodia húngara
Capítulo V. El momento de la rosa
Capítulo VI. Guineas con Guinness
Capítulo VII. Alma de Epsom
Capítulo VIII. Naná en las carreras
Capítulo IX. Los caballos de julio
Capítulo X. Nostalgia del tiovivo
Capítulo XI. El hipódromo que surge del mar
Capítulo XII. Placeres de balneario
Capítulo XIII. El Arco de Triunfo
Capítulo XIV. Los herederos del alegre monarca
Capítulo XV. ‘Il miglior fabbro’
Capítulo XVI. Crepúsculo oriental
Epílogo. ‘Fast and flat’
Despedida
Apéndice I. El Derby y las chicas
Apéndice II. El Derby del buen ladrón
Apéndice III. El Derby del rey y la reina
Apéndice IV. El Derby fin de siglo
Sobre el autor
Créditos
A los amigos del hipódromo: en la infancia, Juan; en la adolescencia, Enrique; luego, hasta hoy mismo: Ángel y Willie, Antonio y Emilio, Francis y Ezequiel, etcétera.
A Guillermo y Miriam, que nunca han estado en Epsom pero que, por mi culpa, desde hace décadas no se pierden un Derby.
Y también a Sara, porque siempre nos quedará Maison-Laffite.
«Life is full of handicaps».
Robin Goodfellow,
Come racing with me
«El yo es un caballo de carreras en un ascensor».
Roberto Matta
INTRODUCCIÓN
‘Excusatio non petita’
«Ahora es menester gran corazón y hermoso canto…».
Monteverdi, Orfeo
«Intellectuals, like politicians, do not greatly favour animals. The former because they are above consideration for lesser creatures. The latter because animals do not vote».
Peter O’Sullevan, Calling the Horses
Quienes no me conozcan demasiado dirán al echar un vistazo a este libro: «Pero ¿cómo usted, habitualmente dedicado —aunque sin excesiva seriedad, la verdad sea dicha— a cosa tan respetable como la filosofía nos quiere propinar ahora centenares de páginas sobre un asunto culturalmente deleznable como las carreras de caballos? ¿No le basta haber sido frívolo en filosofía para dedicarse luego a serlo contra ella?». Los que me conocen hasta el hartazgo rezongarán: «¡Por favor, otro libro de caballitos no!». Y mi editor, que defiende legítimamente su negocio, insinúa cauteloso: «¿Estás seguro de que las carreras de caballos interesan al menos a trescientas personas, incluyéndote a ti, en este país?». Les escucho a todos, digo que sí y que no con la cabeza, me encojo de hombros, suspiro perplejo… pero sigo escribiendo. Sin remedio, sin enmienda. A lo más que condesciendo es a ofrecer estas embrolladas explicaciones preliminares. ¿Por qué las carreras de caballos? ¿Por qué escribir sobre ellas, sin olvidar del todo la tarea filosófica? ¿A quién le puede interesar —seamos optimistas, alguien habrá— este libro? Intentaré una defensa no expresamente solicitada y que podría volverse por tanto acta de acusación contra mi empeño.
Como me ha sucedido con todas las principales aficiones de mi vida (los relatos de aventuras, los chistes verbales, la lengua francesa, Chesterton, la controversia teórica, las vistas al mar, las rotundidades de la figura femenina y la esencial prominencia de la masculina, las películas de monstruos, lo salado frente a lo dulce, la poesía rimada, la canción mexicana, leer en la cama, no hacer sacrificios), me enamoré para siempre de las carreras de caballos en una época muy temprana: creo que no le he cogido verdadero gusto a nada a partir de los quince años, exceptuando el sabor del whisky. Mi padre empezó a llevarme al hipódromo (al de Lasarte, junto a mi San Sebastián natal) cuando yo no debía de tener más de cinco años. Entonces, como es lógico, no apostaba ni conocía los pedigrís de los corceles pero chillaba como un poseso en las llegadas para animar al «nuestro» (es decir, al que mi padre jugaba y me había indicado). El olor a hierba mojada, a bosta equina, a cuero… el tamborileo afelpado por el césped de los galopes, los rumores o vociferaciones excitadas del gentío… la sólida galanura de los cuadrúpedos y el colorido de las chaquetillas de los jinetes, el revoleo combativo de las fustas en la recta final… la emoción de la incertidumbre, de que aquello está pasando entonces, precisamente entonces y nunca más… me embrujaron definitivamente. También la compañía exclusiva de mi padre, el que tales delicias fuesen algo que compartíamos solos él y yo, sin la presencia de mi madre, con la que compartía todo, todo lo demás. Ella buscaba y me ofrecía los libros, mi padre me llevaba al hipódromo: adoraba por igual sus regalos, pero también me gustaba que viniesen separados.
Al principio siempre veía las carreras lo más pegado a la pista que fuese posible. ¡Al diablo la perspectiva, la visión de conjunto, el seguimiento inquisitivo de todas las incidencias del recorrido, que ahora me apasionan! Metía la cabeza a través del seto, casi arrodillado sobre la pista fresca y salvaje, para emborracharme del estruendo delicioso de la cabalgada que se acercaba con un fragor de tormenta, me aturdía al pasar y se alejaba hacia la meta, mientras las patadas de los grandes cascos levantaban pellas de barro. No me enteraba de los detalles, pero comprendía todo lo esencial. ¡Ahí va el mío, ojalá tenga suerte! De esta época guardo recuerdos indelebles aunque probablemente adornados por la complicidad de la imaginación con la memoria: aquel Gran Premio de San Sebastián ganado por Chipirón, de la duquesa de Valencia y conducido por Álvaro Díez —que era por entonces nuestro jinete favorito— en medio de un aguacero imponente (todo el mundo había huido a buscar refugio y sólo yo, empapado, seguía junto al seto de la pista como un mártir de lo irrenunciable); la caída de Lady Chacolí, montada (¡y desmontada!) por aquel aún joven duque de Alburquerque que luego fue uno de mis héroes hípicos, ni más ni menos que en la valla junto a la que yo veía la carrera… anhelando sin reconocerlo un accidente precisamente como ése; y sobre todo la recta final de la primera Competición Francia-España, cuando todos esperábamos con humilde fatalismo ver destacados a los contendientes franceses y llegaron en cabeza, magnífica lucha, Capelán de don Ramón Beamonte y el gran Sultán el Yago (¡es dulce haber vivido para ver correr a un caballo de nombre tan hermoso!) de don Antonio Blasco. Todo eso sucedió en aquel viejo Lasarte de tribunas de madera, el más guapo del mundo, rodeado de suaves colinas azuladas junto al río Oria, y yo llevaba pantalón corto y mi padre compartía conmigo asombros y entusiasmos. Si la nostalgia fuese una enfermedad físicamente letal, como sin duda lo es espiritualmente, yo nunca habría llegado a cumplir cuarenta años…
Éste es el origen biográfico de mi afición turfística. No quedo en mala compañía, porque es un espectáculo deportivo que ha encaprichado a muchos de mis artistas favoritos, desde Degas hasta Bing Crosby, desde Albert Finney hasta María Félix o Carlos Gardel, junto a Walter Matthau, Gregory Peck, Robert Morley… Fred Astaire se casó por última vez con una jockette a la que había conocido en el hipódromo. Y han sido propietarios de caballos tanto Winston Churchill como Sean Connery o Peter O’Toole. A este irlandés tuve ocasión de entrevistarle una vez en el Festival de San Sebastián y acabé preguntándole: «¿Qué hubiera preferido usted, ganar cinco oscars o el Irish Derby?». Me miró como si me hubiese vuelto loco y respondió ferozmente: «The Derby, man!». En cuanto a los escritores que se han interesado por el turf, la nómina no puede ser más gozosa, empezando por el propio Homero en la Ilíada, siguiendo por Tolstoi (a la pobre Anna Karenina su amante la deja ocasionalmente a causa de una yegua, pero la carrera mereció la pena) y por las espléndidas páginas sobre Longchamp de Émile Zola en Naná, hasta culminar en nuestro siglo con Kipling, W. B. Yeats (algunos consideran su poema At Galway Races lo mejor que nunca se haya escrito sobre el tema), Proust, James Joyce, Faulkner, Edgar Wallace (¡diablos, por qué no!), Paul Morand, Hemingway… incluso nuestro Javier Marías, éste quizá un poco por culpa mía (y que ha llevado su bondad hasta traducir el poema citado de Yeats, para cerrar este libro con un regalo al paciente lector). Si todos estos autores no perdieron tronío escribiendo sobre ilustres o infames galopes, ¿qué puedo perder yo… que tengo mucho menos que perder?
Se me dirá que tales creadores utilizaron las carreras y los hipódromos como asunto meramente literario para sus obras, que buscaron el color local, el ambiente, la tensión del juego hípico o su sociología pero que no hicieron de ello profesión de fe: vamos, que no escribían como puros y duros aficionados. No puedo encogerme de hombros ante esta objeción porque, efectivamente, yo quiero escribir este libro desde el punto de vista del verdadero aficionado y no desde ningún otro, por excelso que sea. Para nada quiero convertir el turf en mero pretexto, como quizá hayan hecho otros. Ni siquiera pretendo haber escrito una exaltación de las carreras de caballos, para lo que me falta experiencia como criador o jinete, sino sólo un elogio de la afición a ellas. Me alivia saber que tengo insobornablemente de mi lado al bueno de Edgar Wallace, el cual dictaba cada mañana a sus cuatro secretarias cuatro capítulos de otras tantas novelas diferentes, encargándoles que los acabaran como pudieran mientras él partía raudo hacia la primera de la tarde para la que creía tener un buen soplo. Aunque me pesa en el lado adverso nada menos que el incomparable Conan Doyle, autor de un cuento hípico soberbio —Silver Blaze, protagonizado por Sherlock Holmes— donde demuestra tanto su maestría como narrador cuanto su rotunda ignorancia turfística. Nadie es perfecto, sir Arthur. Yo tampoco lo soy, pero no me refugiaré para mejorar mi hoja de servicios entre quienes se han acercado a los hipódromos con un guiño, usted ya me entiende, buscando temas nuevos, con curiosidad forense pero sin pasión.
Para agravar mi causa, declararse aficionado a las carreras de caballos tiene hoy un suplemento de desprestigio, añadido al tradicional prejuicio de la gente de la cultura contra los asuntos deportivos. Algunos representantes de la izquierda más respetable —Camus, Vázquez Montalbán, Eduardo Galeano…— han reconciliado a la progresía con el democrático fútbol. Como ellos, el filósofo A. J. Ayer —muchos años encarnación intelectual de la más radical left-wing del laborismo inglés— tampoco se perdía un partido y presumía de su amistad con el futbolista Danny Blanchflower. Por su parte un científico tan irreprochable como Stephen Jay Gould admite sin sonrojo que el mayor placer de su vida lo obtuvo cuando Don Larson firmó para los New York Yankees una actuación histórica en las series mundiales de béisbol de 1956. Hasta el brutal boxeo ha recibido su bendición ilustrada gracias al precioso libro que le dedicó Joyce Carol Oates. Pero las carreras de caballos… ¡por favor, las carreras de caballos son un espectáculo elitista, sólo apto para próceres con sombrero de copa, damas con pamela y la reina de Inglaterra! De nada servirá insistir en que a tan distinguidas minorías sólo se las ve pisando césped media docena de veces al año y en muy concretos hipódromos, mientras que la mayoría del público hípico lo forman cotidianamente en todas partes empleadillos como usted y como yo, amas de casa a las que sus maridos aún no han logrado asquear de los excesos de velocidad, jubilados, inmigrantes, parados de mayor o menor duración a la espera de un golpe de suerte, carteristas y demás gente del mayor respeto para cualquier progresista bien nacido. Sin embargo sólo saben de sobra esto quienes frecuentan las carreras, mientras que los demás se contentan con las fotos que en el periódico muestran de tanto en cuando a las principesas de tocado extravagante y a la reina, bendita sea, Isabel II.
El único caso más desesperado que el mío propio que conozco es el de Roger Scruton, un colega filósofo inglés y nada malo por cierto. El señor Scruton, decidido conservador al que dejan tan fresco los prejuicios culturalistas de los intelectuales como las condenas virtuosas que soplan desde la izquierda, se declara nada menos ni nada más que apasionado… ¡por la caza del zorro! Y ha llevado su desfachatez hasta el punto de escribir un precioso librito apologético sobre ese pasatiempo británico, titulado On Hunting (Yellow Jersey Press, Londres). Si difícil resulta hacer digerible para ciertos estómagos ilustrados que un filósofo declare y razone su afición por las carreras de caballos, imagínense la provocación de que otro haga lo mismo con la caza del zorro a caballo y llevando librea roja… en nuestra era ecologista. Sin embargo Scruton consigue que su obrita autobiográfica resulte si no plenamente convincente para los más reacios al menos sugestiva (harán bien en leerla quienes dan por sentado con Tony Blair que esa forma de cacería no es más que un residuo aristocrático, antipopular, que debe ser suprimida cuanto antes sin miramientos) y en cualquier caso entretenida para cualquier lector, aunque no haya visto a jaurías y jinetes persiguiendo zorros más que en el cine. ¿Sabéis por qué ese libro resulta interesante? Porque lo escribe alguien que, además de ser inteligente (lo que nunca sobra), está genuinamente interesado en algo. El propio Scruton lo explica de modo inmejorable: «Lo mismo que no hay nada más aburrido que el aburrimiento, nada más excitante que la excitación, nada más amable que el amor ni más odioso que odiar, tampoco nada despierta interés en tan gran medida como el interés. La gente interesante es la gente interesada y un entusiasmo —sea tan poco recompensado como observar pájaros o tan extravagante como la filatelia— convierte al entusiasta en fuente de enseñanzas curiosas y en una persona cuya mente resplandece». Ese resplandor es el ahínco en amar la vida, lo que fomenta cualquier afición auténtica. Desde esa convicción, considero que no es tiempo perdido escuchar o leer a quien ama la caza del zorro; ni a quien ama las carreras de caballos.
Porque a fin de cuentas cualquier actividad lúdica humana experimentada a fondo es cifra y resumen de todo nuestro destino sobre la tierra. Aquello que en principio no sirve para nada se nos parece. El adusto Hegel trazó este difícil programa: «Pensar la vida, he ahí la tarea». Para pensar la complejidad de nuestra trama existencial —aquello de lo que estamos hechos— debemos recurrir a maquetas, a modelos simbólicos a escala, a algún tipo de metáforas. Pese a las protestas que formuló Aristóteles, las metafísicas no son otra cosa que sistemas más o menos inspirados de metáforas vitales. ¿Por qué suponer que es más lícito obtenerlas de la guerra, de la edificación, de la procreación o de la judicatura que de los campeonatos de tenis o del Tour de Francia? Prácticamente todos los juegos o deportes están amasados con deseo de excelencia, rivalidad, compañerismo, admiración por la victoria sin excluir simpatía por el vencido que ha luchado lealmente, frustración y recompensa, memoria de gestas pasadas a menudo legendarias, rituales inocuos o crueles, intereses mezquinos, episodios humorísticos, derroche necesario de lo no estrictamente necesario, envejecimiento de los campeones y fulgor de los jóvenes, azares justicieros, injusto azar, muerte o final definitivo de partida. ¿Qué les falta entonces para metaforizar inmejorablemente esa vida que no podemos dispensarnos nunca del todo de pensar mientras la vivimos? En el caso de las carreras de caballos —lo sé, mister Scruton: también en la caza del zorro— se representa además el ancestral lazo complementario y polémico de los humanos con los animales, el más viejo de los antagonismos y la más antigua de las alianzas. El propio caballo de carreras es en sí mismo una metáfora de la civilización pues reúne en su biología afortunada lo espontáneo y lo cultivado, la selección de la naturaleza y la elección del arte: jinete y corcel son emblema característico de nuestro empeño como especie dominante.
Basta ya de explicaciones, pues. Hablaremos de carreras de caballos, vaya que sí, y si se tercia mencionaremos también de vez en cuando todo lo demás. No debemos justificar nuestros caprichos, sino hacerlos fecundos. Este libro será algo así como el cuaderno de bitácora de un crucero mundo a través en busca de la carrera perfecta y del caballo ideal. Comienza a finales de 1999 y acabará en diciembre del año 2000, si hay suerte y salud para rematar la faena. No entremos en la ridícula disputa respecto a la verdadera fecha límite que separa el pasado siglo y milenio de los venideros. No sé qué resulta más pueril, si la fascinación sobrecogida por una mera convención vista como acontecimiento («¿qué nos traerá el siglo XXI?, ¿cómo será la vida el próximo milenio?») o la meticulosa pedantería de los doctos abogados del 2001, empeñados en convertir en ciencia lo que pertenece al mundo de la sugestión y al anhelo de regeneración por vía cronológica. ¡Naturalmente que ha de impresionarnos más el paso de 1999 al 2000 que el del 2000 al 2001, digan Dionisio el Exiguo y el resto de sus prolijos comentaristas lo que quieran! Porque cambian de golpe las cuatro cifras del año, lo que nunca nos había sucedido ni nos va a volver a suceder, porque se acaban los diecinueves a los que ya estábamos acostumbrados y llegan los inéditos veintes, porque en nuestra biografía es el paso del nueve al cero el que marca simbólicamente el tránsito a una nueva etapa de madurez o envejecimiento, porque ahora ya sabemos con certeza que la fecha imposible de nuestra muerte que a otros corresponderá recordar empezará con un dos y un cero.
Por lo demás, lo único que podemos conocer del tiempo es que ni empieza ni acaba, a diferencia de nosotros. Las medidas que le aplicamos no son más que los débiles intentos de domesticar a ese tigre que nos desgarra y que a la vez somos, según acuñó memorablemente Borges. Las fechas no tienen validez más que para situar a nuestra escala los sucesos que nos importan, de igual modo que la numeración de las páginas de un libro sólo sirve para recordar dónde podemos hallar el pasaje que nos interesa. Lo que cuenta es la partida de la Hispaniola del puerto de Bristol o el suicidio de Anna Karenina, no el número de la página en que se narran y que incluso pueden variar de acuerdo con las diversas ediciones, lo mismo que cambian también los años según apliquemos nuestro calendario, el judío o el chino. Pero como por algún periodo hay que decidirse para acotar nuestra búsqueda de la excelencia hípica, bienvenido sea el 2000 y ojalá que en él se manifiesten carreras que lo hagan digno de ser recordado por algo más que la rotundidad de su cifra. El lector debe considerar estos apuntes como una especie de diario hípico. Cada capítulo lleva al final la fecha en que fue escrito y en la revisión definitiva no he corregido —a la vista de los acontecimientos posteriores— mis previsiones fallidas ni mis esperanzas defraudadas. No me he permitido ser más sabio de lo que el tiempo me dejaba en cada momento ser.
Fruto del amor, las páginas que siguen desafían un dictamen de mi querido Stendhal, según el cual «siempre se fracasa cuando se trata de escribir sobre lo que se ama». Claro que el propio Stendhal se desmintió a sí mismo (o al menos nos enseñó que el artista puede vivir como fracaso lo que los demás consideran acierto), cuando escribió magníficamente sobre temas tan amados por él como Italia, Rossini, Napoleón… o el amor. No he de esperar tanto estado de gracia ni talento como el suyo, pero por intentarlo nada se pierde. Este libro que aquí empezamos —vosotros y yo— puede caer en manos de tres tipos de lectores: primero, aquellos a los que va directamente encaminado, los auténticos aficionados a las carreras de caballos (por decirlo provocativamente con Juan Ramón Jiménez: ¡a la minoría, siempre!); segundo, quienes simpaticen con lo que vengo exponiendo en esta introducción o conmigo mismo, a causa de algunos de mis libros anteriores, pero no hayan estado jamás en un hipódromo y desconozcan hasta los rudimentos del turf: a ellos me atrevo cordialmente a sugerirles que echen una ojeada preliminar a un libro mío anterior y más informativo sobre estos mismos asuntos, El juego de los caballos (Siruela), o, si no, al menos que empiecen la lectura de este pasatiempo por los apéndices, que recogen las crónicas periodísticas para El País de los cuatro últimos Derbys corridos en Epsom antes del año 2000, las cuales pueden ambientarles antes de degustar el resto. Aunque también pueden lanzarse al primer capítulo sin más miramientos, aplicando la divisa napoleónica (¡y stendhaliana!): On s’engage et puis on voie.
Hay un tercer tipo de lectores potenciales: quienes no son aficionados al turf ni a mí y sienten el más olímpico desdén por ambos pero se dicen —mientras afilan sus zarpas— «vamos a ver si ahora nos convence». A éstos les exhorto amistosamente a que abandonen este volumen y les pido mil perdones por el dinero que puedan haber invertido en su adquisición. Este libro no es apto para antagonistas a priori. De hecho, creo que ninguno lo es en tales condiciones. Comparto plenamente el resumen que de su experiencia hizo Joseph Conrad en el genial apunte autobiográfico Crónica personal: «A medida que transcurren los años y el número de páginas escritas crece a buen ritmo, también crece en intensidad la convicción de que solamente es posible escribir para los amigos». Amén.
1 de enero del año 2000
CAPÍTULO I
Por una cabeza
«Si los gobiernos quieren resolver de inmediato los arduos conflictos que envenenan la existencia humana, no tienen más que multiplicar los hipódromos, difundir el amor a las luchas hípicas y abrir escuelas de buenos ventanilleros: lo demás vendrá de por sí».
Last Reason, A rienda suelta
«¿Es usted rico?», le preguntaron a Carlos Gardel durante su última visita a España, en tiempos de Primo de Rivera, no mucho antes del accidente aéreo que le costó la vida. Y aquel a quien llamaban —reconozcamos que con cierta cursilería— el Zorzal Criollo repuso: «Nada de eso. He ganado y gano mucho; pero todo se me va. Me gusta vivir bien. Me gusta la bohemia dorada, el ser generoso, el cabaret, las mujeres bonitas… Y las carreras de caballos. ¡Oh, las carreras de caballos son mi gran pasión! ¡El dinero que me han hecho perder! Yo tengo un caballo corredor de carreras, un gran caballo…». En ese preciso momento, cuando yo me relamía esperando saberlo todo sobre el campeón propiedad de Gardel, la transcripción actual de la entrevista que manejo pega un brusco salto y el periodista inquiere, previsible como una indigestión navideña: «¿Y las chicas de España?»; tras lo cual también el mago del tango se resigna al tópico: «Una maravilla, mi viejo…». De la otra y más sincera maravilla, el caballo, me quedo sin saber nada.
Nada… provisionalmente, porque sigo investigando por mi cuenta. En Yo, Gardel (Aguilar Argentina), el libro en que Óscar del Priore compila opiniones vertidas por el cantante sobre todos los temas imaginables en numerosas entrevistas, aprendo que fue propietario de diversos caballos a lo largo de su vida y que corrieron con sus colores distintivos: chaquetilla blanca, mangas turquesas y gorra oro. El mejor de todos se llamó Lunático y actuó entre 1925 y 1929. Parece que ganó bastantes pruebas y Gardel se enorgullecía de que los aficionados le hubiesen rebautizado nada menos que «el caballo del pueblo». Sobre sus gastos como propietario hípico, comete esta comparanza propia de un tango y por tanto de flameante incorrección política: «Les aseguro que un caballo cuesta menos que una mujer. Así como otros mantienen a una mujer, yo atiendo los gastos de un animalito, que a lo mejor me da también una coz, pero no me pilla de sorpresa ni el pobre me ha jurado amor eterno».
De todas formas, el Zorzal aclara a uno de sus interlocutores que no busca hacer fortuna en las carreras: «Lo importante no es ganar, sino palpitar, jugar, emocionarse cuando el tuyo viene peleando la punta. El resto es pura cháchara. El que juega solamente para ganar es un comerciante, no un jugador. Claro que es mejor ganar, porque disfrutás el doble. Pero ése no es el propósito». Más adelante, parece haber renunciado ya del todo al juego aunque nunca a su pasión por los «pingos», como llaman a los jacos por los lares porteños: «¡Las carreras me gustan con locura! Sin embargo, ya apenas juego. Me gusta el hipódromo como espectador y como profesional. Me encanta tener caballos… para dar fijas a los amigos. Pero yo, ya no juego. Me he convencido de que es una tontería y le lleva a uno a la ruina… ¡No hay quien gane en las carreras, se lo aseguro!». Lector, experto crede.
Hay cosas de las que nunca se enorgullece uno en falso. Tomemos el caso de otro Carlos también argentino, el ya felizmente ex presidente Menem. Un entrevistador le preguntó cuál era su gran afición y repuso que leer; indagó el periodista sus preferencias literarias y fue contestado con vaguedad apabullante: «los clásicos»; sin descorazonarse, insistió un poco más para averiguar de qué clásicos se trataba y el mandatario se declaró adicto a los clásicos griegos; el inquisidor reclamó al menos un nombre como emblema de tal devoción helénica y Menem, triunfal, profirió el más memorable de todos: Sócrates. Pues bien, me atrevo a afirmar que el hoy ex presidente no era del todo verídico en estas declaraciones y ello no sólo —ni siquiera principalmente— porque Sócrates no incurriera nunca en la debilidad de escribir nada, que sepamos. Cuando nos interrogan sobre ciertos temas elevados, todos solemos mentir para quedar bien. No decimos la verdad sino más bien —como requería el Fausto de Valéry de su secretaria, la señorita Lust— la mentira que consideramos más digna de ser verdad. Pero en cambio si alguien dice «me emborracho enseguida, soporto mal la bebida» o «pierdo enormemente apostando en las carreras de caballos», la sinceridad no suele estar lejos.
Sin duda Carlos Gardel fue un auténtico burrero, como dicen por su tierra, o sea un ínclito aficionado a las carreras de caballos. Y podemos estar seguros de que perdió mucho dinero en ellas, quizá incluso con ese formidable caballo suyo cuyo nombre no me fue dado conocer con total certeza, aunque seguramente se trataba de Lunático. Uno de los profesionales hípicos que menos debió de contribuir a sus pérdidas fue el estupendo jinete Irineo Leguisamo, un uruguayo afincado en Argentina cuya maestría dominó sin rivales durante décadas (¡montó hasta los sesenta años pasados!) en el turf porteño. Por algo Gardel cantó en su honor un tango, Leguisamo solo, que es un auténtico ditirambo y cuyo tono victorioso contrasta saludablemente con el humor habitualmente resentido y nostálgico de ese admirable género musical. «¡Leguisamo solo!» era precisamente el grito glorioso con el que el público entusiasta animaba al campeón cuando avanzaba imparable hacia uno de esos triunfos que tanto prodigó… a veces montando para su amigo Gardel. Pero no es ni mucho menos Leguisamo solo el único tango de asunto burrero: son numerosos (entre los más de treinta CD que atesoran el registro completo de Carlos Gardel, uno les está dedicado íntegramente), lo que demuestra la popularidad del juego de los caballos en Argentina durante la primera mitad del siglo XX. Después también han seguido siendo populares, naturalmente, aunque hoy… Pero de la decadencia del entusiasmo hípico en general tendremos ocasión de hablar más adelante.
Vuelvo a Gardel, a quien adoro aunque le llamasen algunos afectados Zorzal Criollo, en fin… Para mí, como para tantos otros, el más inolvidable de sus tangos de motivo turfístico es Por una cabeza. Dicha canción es un ejemplo de cómo el lenguaje y las anécdotas del turf nos sirven a los adictos a este noble vicio para metaforizar los demás gustos de la vida y los disgustos de la fortuna. La canción no trata de ningún célebre jinete ni de ninguna gesta hípica, sino que ofrece un paralelismo entre los fervores contrariados del hipódromo y los del amor. Es preciso recordar que «por una cabeza» significa, en nuestra jerga, la distancia casi mínima (aun se habla en ocasiones de «media cabeza», «corta cabeza» e incluso «un morro», lo que los ingleses llamarían «a whisker» y Thornton Wilder «la piel de nuestros dientes») que separa al caballo ganador del segundo clasificado en la línea de llegada. Y también desde luego un caballo que «tiene cabeza» o «mucha cabeza» resulta ser un animal tornadizo, caprichoso y poco fiable. En el tango comentado, se comienza narrando un episodio genérico que no puede resultar ajeno a ningún aficionado: un «noble potrillo» que, cuando parece vencedor, afloja justo al llegar a la meta y pierde «por una cabeza», referida a la medida de su derrota y quizá también a la causa de ella. Al volver trotando al paddock donde va a ser desensillado, parece recomendar al apostante que confió en él: «No olvidés, hermano, vos sabés, no hay que jugar». Del mismo modo resulta frustrado quien se encaprichó un día de una mujer burlona y coqueta que sonríe mientras jura mentirosamente su cariño. El cantor que ha sufrido ambos zarandeos se repite una y otra vez la conclusión más prudente: «Cuántos desengaños / por una cabeza / yo juré mil veces / no vuelvo a insistir». Pero pese a tan buenas intenciones, «si un mirar me hiere al pasar / sus labios de fuego / otra vez quiero besar». Y sobre todo, admirablemente: «Basta de carreras / se acabó la timba, / un final reñido / yo no vuelvo a ver, / pero si algún pingo / llega a ser fija el domingo, / yo me juego entero, / qué le voy a hacer». ¡Bravo! Tanto en el amor como en el juego, el amante del riesgo nunca ceja del todo de procurarse emociones… ni de recibir desaires emocionantes.
La carrera más importante que se disputa en Argentina y probablemente en toda América Latina es el premio internacional Carlos Pellegrini, que tiene lugar en el hipódromo de San Isidro de la capital bonaerense durante la primera quincena de diciembre. En él compiten los mejores ejemplares argentinos y también brasileños, peruanos, chilenos… Toda una fiesta. Se corre sobre milla y media (dos mil cuatrocientos metros), la distancia canónica de las pruebas reinas de este deporte en todo el mundo: el Derby de Epsom y el de Irlanda, el King George de Ascot, el Arco de Triunfo de Longchamp, la Japan Cup de Tokio, la Copa de Oro de San Sebastián… De todas ellas procuraremos hablar en su debido momento. Me estoy refiriendo a las carreras disputadas sobre hierba, que son las únicas que responden auténticamente a la denominación misma —turf, «césped»— de nuestro deporte. No quiero faltarle el respeto a otras corridas sobre arena y distancias menores, como el Derby de Kentucky o la Copa del Mundo de Dubai (de las que espero también poder dar noticias aquí), pero no es lo mismo. Entre una carrera de caballos sobre hierba y otra sobre conglomerado de arena hay aún más diferencia que entre el jamón de Jabugo cortado a mano y el serrano raspado a máquina, imagínense. Aprovecho para advertirles de paso que dejaremos fuera de esta excursión hípica mundial las pruebas de obstáculos, incluido el justamente celebérrimo Gran Nacional de Aintree, en Liverpool. Se trata de uno de mis (muchos) prejuicios, pero mi padre me enseñó que las verdaderas carreras importantes son fast and flat («rápidas y lisas») y a ello me atengo desde entonces. Por cierto, creo que esas tres palabras agotan todo el inglés que oí pronunciar nunca a mi padre…
De modo que vamos a empezar por el Carlos Pellegrini y para ello es imprescindible el delicioso trámite de viajar a Buenos Aires. En el avión (que en lugar de salir a la una y media de la madrugada, como estaba estipulado, despegó a las diez de la mañana del
