El criterio de las moscas

Luis Manuel Ruiz

Fragmento

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Una noche, antes de que todo terminase por atascarse y estallar, comprendió desde la cama, con la respiración de su mujer a la altura del hombro, que habitaban un universo de moscas. Esas sutiles divergencias entre la teoría y la praxis, entre el ser y el deber ser, entre la vida y lo que aparecía, en el mejor de los casos, como sus depauperados apéndices, sólo podían remontarse a un fatal error de perspectiva, a un desconocimiento flagrante de la anatomía de la realidad, de su latitud y arquitectura, de la ingenuidad parvularia con que solíamos aceptarla. Sin poder cerrar los párpados, rebulló bajo el edredón, percibió la cercanía de los rizos de Paula en la espalda. Recordó aquella aporía china que Borges cita, en que tres ciegos son llamados a definir un caballo; el primero, que sólo ha palpado la cola, lo describe delgado y sedoso; el segundo, que sólo ha conocido el vientre, lo imagina avacado y oval; el tercero, que ha explorado el cráneo, se figura una hermosa criatura de ollares calientes. Así, razonó, se cumple nuestro conocimiento del mundo, mediante el tacto indirecto de sus lindes, mediante la visión tangencial y defectuosa de las fronteras y los arrabales, sin que podamos vislumbrar el producto total de su geometría, la extensión de su cuerpo. También Borges enunció que ver es comprender, y que si nos fuese dado ver el universo lo entenderíamos sin remedio. Pero a él, acabando de sentarse contra la almohada, sintiendo la necesidad punzante de un cigarrillo mientras su mujer barbotaba zarandeada por algún sueño pantanoso, a él mirando las hebras de luz azul que lascaban horizontalmente la luna del balcón, tras el que comenzaban a bostezar los ruidos de la ciudad, el rumbo de esas especulaciones le condujo a acatar un supremo acto de humildad, a tratar de corregir tajantemente las dioptrías de las lentes con las que hasta entonces había estado reconociendo su medio, el corro dócil y sospechoso de libros, amigos, estrellas y saliva. Todo se tornaba más exacto, más nítido, recuperaba cierta carta de entidad y de pureza si se le entregaba el mundo a las moscas; si, por darle una expresión formular, declinábamos de una jodida vez nuestro manido antropocentrismo y nos resignábamos a reconocer que la realidad ha sido encardinada a otros seres, que son otras criaturas, más pequeñas y más sabias, las que coronan su cúspide.

 

 

Sabía perfectamente que los humanos resultan demasiado jactanciosos, que jamás descenderían a conversar con las moscas, a aceptar un terreno neutro en que dialogar de igual a igual, donde pudiera producirse una deseable transacción de memoria y secretos. Para el común de los hombres, las moscas se reducían a una nación de átomos desorientados y absurdos, cuyo exclusivo cometido consistía en atormentar los almuerzos y convocar concilios sobre los cadáveres. Y así habían decidido que no restaban motivos plausibles para seguir aceptando su existencia, y se habían preocupado de diseñar una compleja y costosa maniobra de exterminio, de la cual los insecticidas, los pegamentos y los matamoscas no constituían sino extrarradios, meros epígonos ejecutores. Las razones estaban más atrás, agazapadas, latentes, conservadas en la sombra para no ensuciar la repetición mecánica de la felicidad de las ciudades, la tranquilidad espaciosa que se genera de las mismas iteraciones domésticas. La verdad era que se temía a las moscas; se las temía porque bastaba con mirarlas para reconocer que sus mentes contenían proyectos y secretos, porque sólo ellas podían entrar y salir a voluntad del lugar que prefiriesen, porque, a pesar de todos los acosos, sobrevivían a las trampas y los venenos, poblando el aire de silbidos rugosos. Él sabía que en lo sucesivo podía ser acusado de traidor a su raza, de desgajarse del propósito común de elevar a la especie a las más altas cotas de perfección moral y tecnológica permitidas por la naturaleza; pero nada de eso le preocupaba. Ya desde pequeño comprendió nebulosamente que los ángeles y las moscas eran la misma cosa. Las oía roncar en las tardes de vera

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