Fuego a discreción

Fragmento

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Dos

Tarde de sábado, mediados de febrero. Estaba parado en Coronel Díaz y Santa Fe, esperaba el 92 para volver al departamento que Anahí y Raúl, una pareja de amigos también recientemente reencontrados, me habían prestado un mes antes, en el barrio de Flores. Debía hacer un llamado, importante para mí, porque de él dependía la posibilidad de un ingreso de plata. Preparé el cambio para el boleto y comprobé que eran los últimos billetes. Algo me llamó la atención en una mujer que cruzaba la avenida. No supe qué era hasta que ella, al acercarse, me miró. Nos reconocimos al mismo tiempo. Nos abrazamos, nos separamos para mirarnos y volvimos a abrazarnos. Durante un rato no hubo más que risas y exclamaciones. Atontado por el sol, el calor y la sorpresa, trataba de pensar en todos los años que habían pasado. No encontraba por dónde empezar. Fue ella la que preguntó:

—¿Tenés tiempo?

—Por supuesto.

—Vamos a tomar algo.

La contuve levantando la mano:

—Únicamente si podés invitarme.

—Seguro, vamos.

Me tomó del brazo y volvimos a cruzar hacia el bar.

Pedimos cerveza. Mientras esperábamos al mozo no hicimos otra cosa que mirarnos, sonreír y ensayar algunas muecas. Pero aun después, con los vasos delante, seguimos así, bromeando, sin arriesgar preguntas ni recuerdos. Entre los dos, en el zumbido de los ventiladores, oscilaba la posibilidad de un diálogo que no se decidía a comenzar. Me parecía que aquella situación era algo así como el primer round de una pelea de box. Se lo comenté. Ella rió, echando la cabeza hacia atrás, y depositó un instante su mano sobre la mía. Aquella risa y aquel contacto atenuaron la tensión. De todos modos, lo cierto era que, en mí, el encuentro con Vera no conseguía volverse creíble. Era igual que si, al tirar de una soga, hubiese vuelto a toparme con mi propia cara, una cara olvidada, enterrada en los años, descartada, y que ahora regresara con su carga de confusiones. Me miraba en los ojos de Vera y su brillo bastaba para volver irreales las palabras, el lugar, la calle vibrante de calor, el verano.

Después, ante su insistencia, le conté a grandes rasgos lo que había andado haciendo. Preferí mencionar algunos viajes, algunas experiencias más o menos curiosas, superficialidades. Le describí mi situación de ese momento con cierta minuciosidad. Supe inmediatamente que estas confesiones no eran gratuitas. Ella volvía a encontrarme en un estado similar a aquel en el que me había conocido. Inestabilidad económica, vagabundeos, todo eso. Claro que ya no era el mismo tipo, tampoco tenía la misma edad. De cualquier manera, traté de volver a afirmar ante sus ojos aquella imagen de hombre sin destino y sin ambiciones. Al fin y al cabo, eso era justamente lo que la había deslumbrado de mí, lo que le había permitido soportarme durante los cuatro años que estuvimos juntos.

Le expliqué que vivía milagrosamente en un departamento prestado, que la mayoría de los días comía gracias a la generosidad de un matrimonio amigo, Helen y Horacio, quienes me llamaban todas las noches para averiguar si había conseguido meterme algo en el estómago. Antes de irme a Flores había vivido en un conventillo de la calle Estados Unidos, en la pieza de un pintor amigo, quien me había cedido un catre de lona. Cuando llovía caía más agua adentro que afuera, así que era necesario arrinconarse sobre un costado y disimular la incomodidad charlando y tomando. Aunque en realidad lo mejor era tapar todo con unos pedazos de plástico e irse por ahí hasta que cambiara el tiempo. Sin embargo, pese a la pobreza, en esas semanas habíamos comido un par de buenos pucheros de gallina, algún buen asado, unas buenas fuentes de fideos. Y siempre la damajuana junto a la pata de la mesa. Charlábamos durante noches enteras, después salíamos a ver cómo clareaba antes de tirarnos a dormir. Eso hasta que Jaime había ido a parar a la cárcel por un asunto muy confuso que todavía no había sido aclarado. La policía había invadido su reducto y no había tratado demasiado bien ni sus pinturas ni sus esculturas.

De pronto me asombré de mi propia locuacidad. Ponía un entusiasmo insólito en el relato. Contaba esas cosas para Vera, pero también las contaba para mí mismo. Era como si las viese por primera vez. Hablaba y me esforzaba por convencerme de que ese verano era un comienzo, de que nada de lo que pasaría sería ya superficial, de que ninguna etapa de aquello que yo llamaba mi vida había tenido tanto peso y tanta fuerza. Me exaltaba, recuperaba, sentía que cada minuto había sido y era como un estallido. Es cierto que aquello que me los volvía importantes y prometedores no conseguía disimular lo que había en ellos de trágico. Pero por ahora yo prefería pasar por alto ese detalle. Estaba frente a Vera, reinventaba mi historia, la moldeaba, la exponía, tal vez no como había sido sino como me hubiese gustado que fuese.

—Me contaste un montón de anécdotas —dijo ella cuando callé—, pero ni una palabra de vos.

Ahí me di cuenta de que estaba ante otra Vera.

—Sigo siendo el mismo. Hago lo mismo, pienso lo mismo. No pasó nada especial.

Sonrió, mientras se llevaba el vaso a los labios.

—Imposible —murmuró.

Después mencionó un par de nombres, viejos amigos míos que luego lo fueron también de ella. Le expliqué que desde hacía mucho había dejado de ver a la gente de entonces. Había perdido el rastro de todo el mundo, aunque ese verano, al regresar a los bares, había terminado en alguna reunión y, así como me había encontrado con ella, no pasaba día en que no me topase con algún conocido. En realidad, comenté, tenía la impresión de que todo estaba comenzando de nuevo: las mismas personas, las mismas circunstancias, situaciones y perspectivas similares, el ciclo volvía a repetirse.

—La cuestión —agregué— será evitar cometer los mismos errores.

—La única cuestión —dijo Vera, siempre sonriendo— es tratar de no envejecer.

Pedimos otra cerveza.

—¿Qué pasó con Alberto? —preguntó.

—En cierto modo se suicidó. Aparentemente no fue así, pero no soportó la muerte de su hermano Jorge.

—¿Estabas con él?

—No, me había ido a Brasil. Me enteré a la vuelta.

Durante un rato recordamos aquel departamento de la calle Liniers, el otro de la calle San José, las cenas en la cantina de la esquina, las discusiones que siempre terminaban en nada, la lectura de poemas a la madrugada, los tangos de Gardel que a esa hora, después de tanto vino, nos parecían tan profundos como un tratado de filosofía.

—Fue una buena época —comenté.

—Por lo menos se podía caminar por la calle —dijo Vera.

Recordé un matrimonio joven, dos estudiantes, Juan y Luisa, que acostumbraban aparecer por La Giralda. Le pregunté por ellos.

—Desaparecidos —dijo.

—¿Hace mucho?

—Cinco años.

—¿Nunca se supo nada?

—No.

—¿Y José, aquel de la moto?

—Se fue del país.

—¿El colorado Baldi?

—También se fue. ¿Te acordás de aquel tipo que te publicó unos cuentos?

—González.

—¿Supiste cómo terminó?

—No.

—Lo encontraron acribillado en un basural.

La segunda cerveza había durado menos que la primera, así que pedimos otra.

—¿Vos te casaste? —pregunté.

—No. Viví bastante tiempo con un tipo, pero no me casé.

—¿Tuviste hijos?

—Tampoco.

—¿Y ahora?

—Ahora vivo en pareja con una mujer.

Pese a todo lo que nos separaba, aquella confidencia se registró en mí como una molestia. Fue igual que si acabase de perder algo.

—¿Cómo te va con eso? —pregunté.

—Bien. Ella tiene diecisiete años, me cela, me hace escenas. Pero me gusta. De todos modos ahora soy yo quien manda.

Nuevamente advertí en Vera una gravedad que la diferenciaba de aquella con la que había vivido. Pensé que también ella tenía esa misma edad, diecisiete, cuando la había encontrado. Y que no sólo para mí había pasado el tiempo.

Cuando salimos el sol estaba bajando. Anduvimos en el atardecer. Me parecía increíble caminar nuevamente a su lado. Sentía el peso del verano, pero más me pesaba ese vacío que me lanzaba hacia atrás, que me acercaba y me separaba de aquellos otros años. Me vino a la memoria la época en que vivíamos en aquel barrio del sur. Durante las inundaciones nos refugiábamos, con los otros inquilinos, en la parte alta de la casa. Por las calles cubiertas de agua pasaban algunos botes, llevaban mensajes, provisiones, medicamentos. En esos días, con un par de mantas y un poco de comida nos sentíamos ricos.

Caminé en silencio, perdido en esos recuerdos. Advertí que Vera me miraba de reojo, sonriendo.

—¿Por dónde estás viajando? —preguntó.

Reí a mi vez, sacudiendo la cabeza.

—Vivo acá cerca —agregó.

Subimos al departamento, en un décimo piso. El ventanal del living daba a un gran terreno donde un grupo de muchachos jugaba a la pelota. Apareció una jovencita de pelo corto, ojos negros y cara aindiada: muy hermosa.

—Ella es Sonia —dijo Vera.

Aquella mano, pequeña y firme, me dejó al mismo tiempo una sensación de agrado y de rechazo. Inmediatamente la muchacha anunció que se iba.

—¿Se fue por mí? —pregunté después que se hubo marchado.

—No —me gritó Vera desde la cocina—. No siente celos de los hombres, sólo de las mujeres.

Apareció con una botella de vino y dos copas:

—Tiene ensayo dentro de un rato. Toca el violín.

Tomamos el vino despacio, en la última claridad.

Ahora todo estaba en calma. No había prisa. Me sentía cómodo.

—Voy a darme un baño —dijo Vera—. Podés poner música si querés. En la cocina hay más botellas.

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Tres

Quedé solo y fui a sentarme frente al ventanal. Entonces, poco a poco, empujado por ese encuentro y todo lo que acababa de suscitar, consideré una vez más mi historia. Me parecía que había venido de tan lejos, a través de tantas cosas, sólo para durar. Que había recorrido caminos, amigos, mujeres, sólo para fomentar la memoria y después el olvido, para afirmar la continuidad de ese rito que se hallaba en la base de mi vida y que, esencialmente, estaba amasado con aislamientos y horas nocturnas. De todos modos, pese a esas sombras, pese a las dudas, como ya había ocurrido muchas veces, también ahí, ese atardecer de verano, me sentí en el centro del mundo. En realidad, me bastaba con escarbar un poco para descubrir, por debajo de las durezas y la indiferencia, que todavía me alimentaba de sospechas, curiosidad, entusiasmos infantiles.

Alrededor, la ciudad era un mar en calma. Desde esa isla de altura me era posible, con sólo quererlo, disfrutar de ese abandono. Cruzando la calle, más allá de la copa de los árboles, en la luz que huía, los muchachos seguían persiguiendo una pelota. Un par de mujeres paseaban sus perros. Alguien cruzó el terreno, se detuvo unos minutos a mirar el juego y se fue. Del otro lado, encima de los edificios, un avión surgió lento y elegante como un pez. Hubo una tardía explosión de sol en una de sus alas. Me dije que esa posibilidad de mirar desde arriba, de participar a la distancia, era la única forma en que podía relacionarme con las cosas. Y había como un vago orgullo en comprobarlo. Ese paisaje tan complejo y ajeno, esos colores, esas figuras que corrían diez pisos más abajo, me pertenecían de algún modo. Me bastaba con mirar y sentir que era así. De vez en cuando, una voz más potente que las otras llegaba nítida hasta mí. Y era como un llamado, una señal que me nombraba. Me serví lo que quedaba de vino y me abandoné. Moviendo nada más que los ojos traté de apresar todo lo que vivía allá afuera: el incesante desfilar de coches, al fondo, en la avenida, el desaforado entusiasmo de los muchachos que insistirían en sus carreras hasta bien entrada la noche, la paloma solitaria que cruzó y desapareció en la copa de una palmera, el silencio que fijaba formas y movimientos, se adueñaba de cada cosa, giraba en el gran círculo de edificios que rodeaban el terreno, se elevaba con la grúa amarilla enarbolada sobre una torre en construcción, amansaba el delirio del día.

Miré todo eso. De algún modo, pensé, estoy en libertad. De este lado estaban mi vino, mi cigarrillo, mi cuerpo, el placer de la soledad, la omnipotencia de la soledad. Del otro lado, esa filmación sin nombre donde las figuras se desteñían, se aplacaban, se sumergían en un agua mansa y amiga, aumentaban la extrañeza, pero también contribuían a crear cierta complicidad.

En el aire hubo como un temblor y los colores volvieron a cambiar. El cielo pasó del violeta a un celeste grisáceo. Dos pájaros negros se persiguieron batiendo alas furiosamente. Otro avión surgió con su trueno y su parpadeo de luces. Oscurecía definitivamente. Los muchachos seguían. Me dije que ellos debían saber, como lo sabía yo en ese momento, que todo es posible. Su propósito era resistir a la noche. Se obstinaban con sus cuerpos y sus voces entrecortadas contra el río de luces que animaban la avenida. Frente a mí, el vidrio del ventanal había comenzado a devolverme mi propia imagen de jugador empedernido.

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Cuatro

Vera volvió con otra botella y se sentó frente a mí. Se había puesto una bata amarilla sobre el cuerpo desnudo y por primera vez reparé en el dorado de su piel. Se lo comenté, elogiando. Asintió, acariciándose una pierna. Le dije que la había encontrado muy bien, fuerte, segura de sí misma. Agradeció inclinando la cabeza, levantó la copa y brindó en silencio.

—No dependo de nadie. Consigo mi propio alimento —dijo.

—Eso está bien —comenté.

Se recostó en el sillón y fumó. Ladeó la cabeza como acompañando un pensamiento. Después me miró:

—Pagué mis derechos.

—Creo que se nota.

—No fue fácil.

—Nunca es fácil.

—Aprendí a manejarme. Ahora creo saber cuál es mi medida. Del mundo, de la gente, acepto únicamente aquello que pueda hacerme bien.

Miraba a esta Vera y pensaba en aquella otra. Me agradaban la lentitud y la firmeza de su voz. Sin embargo, había algo a lo que no podía acostumbrarme. Continuó:

—Descubrí que en la base de todo está el placer. Trato de vivir de acuerdo con ese principio.

Eché una ojeada hacia afuera, a la noche. Vera debió ver alguna sombra en mi cara. Sonrió:

—Es simple.

—Sí —dije.

—¿Parezco egoísta?

Negué con la cabeza. Volvió a llenar las copas. Agregó:

—Nadie puede dar lo que no tiene. Primero necesito ser feliz.

Miré alrededor, los muebles, los colores del departamento, los cuadros. Había en todo una simplicidad y un peso, una justeza de tonos, una calidez, que me hacían comprender a Vera mucho más que las palabras. Pensé fugazmente que, en su momento, con aquella mujer había estado a punto de tener hijos. Me pregunté cómo habrían sido y en qué hubiesen podido cambiar nuestras vidas.

Ahora Vera callaba. El silencio hablaba por ella. Había un tema que hasta ese momento habíamos evitado tocar, pero que permanecía latente desde el comienzo y no tardaría en aflorar: la forma en que yo había desaparecido después de aquella prolongada convivencia, repentinamente, sin motivo, sin dar razones. En efecto, después de un rato, como si respondiese a mis pensamientos, Vera dijo:

—Nunca entendí por qué te fuiste de aquella manera. Jamás pude encontrarle una explicación.

—Yo tampoco supe nunca por qué —murmuré mientras apagaba el pucho.

—Durante un tiempo anduve muy desconcertada, no sabía a qué argumento aferrarme. Ninguno de los amigos sabía nada.

—No hablé con nadie —dije—. Simplemente me fui.

—La imposibilidad de comprender fue lo que más me confundió.

Encendí otro cigarrillo. Hubiese querido cambiar de conversación.

—Necesitaba comentártelo —continuó—. Fue una de las preguntas que me quedaron pendientes.

No había reproche en su voz. Pero me sentía como un chico sorprendido robando. Nunca había dejado de pensar en Vera sin asociarla con un vago sentimiento de culpa. Para compensar el desequilibrio que acababan de producir sus palabras estuve a punto de decirle que también a mí me habían dañado. Me di cuenta a tiempo de que era demasiado estúpido y callé.

—De todos modos pasó hace mucho y ya no tiene importancia —dijo.

—Tal vez eso sea lo peor —comenté.

—Lo curioso es que en tantos años no nos hayamos encontrado siquiera una vez.

—Sí, es curioso.

Vera continuaba mirándome con su sonrisa generosa. Y era como si detrás, entre otras cosas, hubiese también diversión. La percibí relajada, entregada a esa vieja dulzura que le había conocido y que el tiempo parecía haber madura

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