V
Córdoba es la provincia de los mitos vivos. Es cierto que Capilla del Monte es la capital de los ovnis, algo así como un Martelandia criollo. Pero el avistaje de ovnis es solo una de las tantas facetas de ese pueblo serrano. Allí fui en mayo de 2003 a realizar una de las típicas notas de cazamarcianos para la revista TXT que dirigía Adolfo Castelo. Allí, también, tuve la segunda noticia de que el Santo Grial estaba en la Argentina.
Capilla del Monte es, obviamente, un lugar misterioso. El pueblo que, según aseguran los nativos, en el próximo censo seguro alcanzará el estatus de ciudad está ubicado a poco más de 120 kilómetros de la ciudad de Córdoba. Ocho de cada diez habitantes aseguran haber visto luces misteriosas surcando el cielo y la mitad de ellos aseguran que se trata, sin lugar a dudas, de naves alienígenas. Los que creen que en la base del cerro se encuentra la puerta secreta de entrada a ERKS, una ciudad mitológica intraterrena construida por seres de otro planeta, se cuentan de a cientos y hay por lo menos una decena de guías que ofrecen sus servicios para distintos tipos de contactos con los “grises”, los “blancos” o “los seres pequeños”, como llaman a los extraterrestres. Y, si uno indaga, puede no sólo encontrar gente que haya visto la ciudad en las entrañas de la tierra sino también algún abducido, es decir un secuestrado por los ET.
Pero hay más. Tarotistas, astrólogos, místicos, brujos y parapsicólogos —la mayoría, importados desde Buenos Aires— eligieron esta villa para construir su paraíso paranormal. Y, como no puede ser de otra manera, tampoco faltan los seguidores del Santo Grial, los neotemplarios que sueñan con dominar el mundo con el bastón de mando de los indios comechingones, los que creen que la energía del lugar favorece el crecimiento espiritual y los que por dos pesos con cincuenta le limpian el aura del solicitante con sólo rociar con un spray armonizador milagroso.
Capilla tiene la única calle techada de la Argentina. Y, aunque no se sabe muy bien cuál es el mérito, para los habitantes del lugar es un orgullo. Allí se pueden conseguir los libros más extraños de espiritualidad y ciencias ocultas en la librería Nagual, de Eli Kundler, comprar discos compactos de música Reiki, Feng Shui o celta en la disquería Uritorco o adquirir distribuidores de energía, duendes de la suerte, imágenes católicas, velas para magia negra y hasta biromes con forma de marcianitos.
Todo indicaría que Capilla es un lugar bucólico donde la naturaleza, los paisajes imponentes como los terrones, los paredones o las cuevas de Ongamira y el alto grado de desarrollo espiritual de sus habitantes se conjugan para construir una sociedad de otro planeta. Algo así como una “martelandia de armonía”, como la denominó con cierta ironía el periodista Fernando Diz. Pero no. Debajo de las aguas quietas hay una sórdida batalla entre dos grupos bien diferenciados: el CIO y el GIU. Las siglas pertenecen al Centro de Investigaciones de Ovnis, liderado por Jorge Suárez, y el Grupo de Investigaciones Uritorco, manejado por el astrólogo peruano Félix Novella. El combate de fondo, irónicamente, es similar a la de los grupos de izquierda que se pelean para tutelar a los grandes de la filosofía marxista: ¿Quién interpreta mejor el fenómeno de los ovnis? ¿Quién tiene la prueba más contundente de que los ET existen? Y se corren unos a otros con chicanas en debates y conferencias públicas.
Jorge Suárez tiene su centro al pie del cerro Uritorco. Llegó a Capilla en los setenta escapando de la violencia política de su Adrogué natal. En 1986 estaba a cargo de la estratégica Secretaría de Gobierno y Turismo de la municipalidad. Ese año, exactamente el 9 de enero, apareció en la loma del cerro de los Pajarillos una misteriosa huella redonda de 120 metros de ancho. El pasto estaba quemado y las explicaciones esotéricas no se hicieron esperar. “Yo vi la huella y me impresionó. No tuve dudas de que se trataba de un fenómeno extraterrestre”, recordó Suárez en el centro que pretenciosamente llama Museo de los Ovnis, la tarde en que lo entrevisté.
Apenas diecisiete días después del hecho, el por entonces intendente radical de Capilla Diego Sez decretó que se trataba de la huella de un ovni. La publicidad del hecho no se hizo esperar y a aquellos años pertenecen los recuerdos del célebre “Seguime, Chango, seguime”, con que José De Zer animaba a su camarógrafo y al mismo tiempo se adelantaba en casi 15 años a la estética del Proyecto Blair Witch.
Anochecía en Capilla y Suárez me aconsejó no andar muy de noche a campo abierto “por las dudas”. Y, antes de saludarme, intentó una última explicación científica de las cosas: “En la base del cerro está probado que hay material radioactivo, que hay enormes cantidades de cuarzo, granate y otros minerales que despiden grandes cantidades de energía. Esto es como un imán. Pero hay algo más interesante ¿Conocen la historia del Bastón de Mando de los Comechingones?”.
VI
En lo alto de la loma, dominando el valle, se alza la capilla que da el nombre al pueblo. Ese atardecer, mientras salía de lo de Suárez la vi iluminada con los focos desde abajo, lo que realzaba su misterio. Allí, sola, donde termina el pueblo. Con sus paredes terracota, le disputaba los tonos rojos al crepúsculo. Me prometí visitarla. Había algo que me llamaba la atención de ella. Su arquitectura. ¿Qué hacía una capilla de estilo románico en el centro de las sierras cordobesas?
VII
Le digo que es algo así como un Rasputín peruano y Félix Novella se ríe y muestra todos los dientes que tiene. Y son muchos. Simpático y conversador, este hombre de cuarenta y pico de años, nacido en Lima, economista y ex funcionario de Alan García, se reivindica como un astrólogo de izquierda y es enemigo acérrimo del grupo de Suárez, al que acusa de tener ideología neonazi.
Tomábamos mate la mañana siguiente de hablar con Suárez, cuando Novella introdujo en la discusión un elemento nuevo que apenas había sido tomado por Suárez: el bastón de mando:
—Ellos tenían como maestro a Guillermo Terrera, quien abrevaba en los mitos germánicos de Parsifal y el Santo Grial del año 1100 y sostenía que los comechingones eran rubios, altos y barbados, del tipo ario, y que poseían un Bastón de Mando sagrado. Aseguraban que Parsifal había traído a estas tierras la copa de la última cena con la que José de Arimatea recogió la sangre y el agua del sudor de Jesús en la cruz, y que el día que ambos elementos se unieran nacería un nuevo milenio de Gloria. Estaba buscando al hombre que tuviera esos dos elementos. Terrera se había hecho hacer por un picapedrero un bastón y decía que irradiaba un poder oculto, solo le faltaba el Grial.
—¿Y lo buscaba?
—Por supuesto.
—¿Y qué iba a hacer cuando reuniera los dos elementos?
—Algunos dicen que instaurar el Nuevo Orden en la Tierra, otros aseguran que esos dos elementos unidos permiten abrir las puertas de ERKS, la ciudad subterránea, que está en la base del Cerro Uritorco.
—Nuevo Orden suena a organización nazi…
—Absolutamente; es más, se paseaba por Capilla subido a un jeep y con el brazo en alto, haciendo el saludo nazi.
Cuando me despedía de Novella, sonrió y me dijo:
—Veo que te interesa el tema del Santo Grial.
—Sí, me divierte —le contesté.
—Andá a la San Antonio de Padua, entonces, vas a ver cosas interesantes…
VIII
La nota, en aquella oportunidad, disparó para otro lado. Yo debía buscar información sobre los ovnis. Pero había un elemento nuevo: otro testimonio sobre la posibilidad de que el Santo Grial estuviera en la Argentina. ¿Es eso posible? Lo primero que debía hacer es saber quién era exactamente este Guillermo Terrera. ¿Es el mito del Grial un mito particularmente nazi?
IX
Por la tarde de ese sábado templado de mayo me acerqué a la capilla San Antonio de Padua y entré a mirar sin saber lo que realmente estaba viendo. La actual capilla está construida sobre las ruinas de la que construyó, en 1695, el capitán Antonio de Cevallos. Aquella primera iglesia pequeña era blanca y de adobe, con el techo a dos aguas, la típica parroquia de pueblo del interior. A principios del siglo XX, fue emplazada la nueva capilla: Una construcción de estilo neorrománica, de forma octogonal y con unas baldosas muy muy extrañas: el suelo estaba regado de cruces esvásticas redondeadas.
¿Qué hacía, entonces, una parroquia románica allí?
El estilo románico es heredero de la mezcla de arquitectura latina, oriental (bizantinos, sirios, persas y árabes) y septentrional (celtas, germánicos, normandos) que se formó en la Europa cristiana durante los primeros siglos de la baja Edad Media. Hurgando en manuales de arte, supe después que se lo llama “románico” porque su momento cúlmine coincide con la aparición de las lenguas románicas o romances. El mayor grado de desarrollo se produjo entre los siglos XI y XII.
¿Es una casualidad que esa parroquia buscara recuperar el estilo que se usó en el momento en que florecieron los mitos del Santo Grial en toda la Europa de la Cristiandad?
Pero existía algo más, un dato más inquietante aún, que yo no iba a saber leer hasta unos meses después: la capilla estaba construida con ocho paredes laterales, lo que formaba un octógono perfecto.
Entré en la capilla y pedí por el sacerdote. Un hombre de unos cuarenta y pico de años, con un par de canas que asomaban entre su cabello castaño. Me presenté, le di la mano y le comenté mis dudas y elucubraciones. Con un tono poco vaticano, el sacerdote, que no me dio su nombre, me dijo: “Muchacho, ¿usted también con esas boludeces? Esta capilla se construyó con lo que había en aquel momento. Estaban de moda las capillas de este tipo. No sea chambón”. Intenté repreguntarle un par de cosas, pero el hombre de camisa con cuello clerical me miró con mezcla de piedad y de molestia y me espetó: “Vaya nomás, diviértase con los ovnis, no se meta con la Iglesia, hágame el favor”.
El pesado madero de la puerta se cerró ante mis narices. Y allí quedé yo, en medio de la tarde, cuando el cielo y el Uritorco todavía no empezaban a discutirse los colores, de pie frente a la capilla templaria enclavada en el corazón del Valle de Punilla.
X
Cuando regresé a Buenos Aires, retomé mi estudio sobre Megafón o La guerra, de Leopoldo Marechal. De Córdoba me había traído un libro más que interesante: una nueva edición de El ideal caballeresco de Leopoldo Lugones. Leer los dos libros juntos alumbró ciertas cuestiones que estaba pensando por aquellos días. Había entre esos dos textos un diálogo misterioso y secreto que había que comenzar a desentrañar.
En su atardecer vital, Lugones escribe un par de ensayos que influirán toda la obra marechaliana, en especial en el —vaya coincidencia— póstumo Megafón o La guerra. Se trata de “El ideal caballeresco”, “La doctrina del perfecto amor en la Vita Nuova”, “Las Beatrices y el helenismo en la caballería andante”.
En esos cuatro trabajos, publicados en La Nación entre los años 1935 y 1937, Lugones elabora una elegía a la caballería como modelo de construcción de la sociedad cristiana: “Cristianismo y civilización son sinónimos”, sentencia, y pondera las tres instituciones que fundan ese modelo de sociedad, es decir la doctrina de la cortesía o del Perfecto Amor, la Caballería y la Iglesia. El primero es herencia del dantismo y consiste en una suerte “de mística profana que espiritualiza el amor, estableciéndolo en un estadio intermedio entre el amor carnal y el amor de Dios: el amor espiritual o Perfecto Amor, el amor sin contaminación ni mácula de deseo siquiera […] los ojos son el principio y la boca el fin del amor […] Lo que produce una angelización de la mujer, la donna angelicata del stilnuovismo”. Según esta corriente, la poesía espiritualiza a la mujer y la mujer civiliza espiritualizando la sociedad, es decir, es la mujer la que civiliza.
La Caballería, en cambio, es el renacimiento de la épica griega en plena Edad Media, “la imitación de Homero […] ya que el paladín cristiano se conformó ajustadamente al molde homérico”. Dice Lugones: “La Caballería fue una realización poética y un prodigio cristiano, desde que el objeto del cristianismo es la realización del ideal o plan divino sobre la tierra”.
Pero Lugones no era un católico clásico, a pesar de que en sus últimos años haya reivindicado en más de una oportunidad al papa, al Vaticano y a la Iglesia Católica. Lugones, podría decirse, era fundamentalmente un místico, es decir, aquel que cree tener una ligazón con la divinidad por fuera de las estructuras religiosas. El místico, entonces, alcanza un grado de individuación y al mismo tiempo de soberanía que le permite prescindir de las normas establecidas. Y la gran arma del místico es el esoterismo. Lugones fue un cultor literario de la hermética cristiana. Y el libro leído para desnudar poéticamente a las Beatrices es un libro que también consultaba Marechal asiduamente: El esoterismo en Dante, de René Guénon. Es más, según Pedro Luis Barcia, estudioso de Lugones y Marechal, “la obra de Guénon fue clave en Marechal para lo restante de su producción literaria, a partir de 1929”, lo que incluye el Adán Buenosayres, de clarísima reescritura de la Divina comedia —Solveig Amundsen es la encarnación literaria de Beatriz y el infierno de Cacodelphia es un homenaje al infierno dantesco— y sobre todo Megafón o La guerra —con espíritu de cruzada ¿griálica?, con su batalla celeste que incluye el rescate de la Novia Olvidada, la Inteligencia, pero que remite constantemente a la simbología que encarna Beatriz de la Teología—.
Cerré el libro. Es de madrugada. Antes de dormirme apenas tengo tiempo de hacerme un par de preguntas: ¿Es este un punto de encuentro entre los dos Leopoldos? ¿Es este misticismo cristiano lo que une y al mismo tiempo asemeja a los dos escritores? ¿Tienen sus nacionalismos en última instancia un trasfondo místico que los convierte en un devenir?
A la mañana siguiente comencé a escribir estos textos y, por aquellos tiempos, mi idea era la siguiente: hay un tipo de nacionalismo que, más allá de las incursiones políticas y económicas e incluso de clase, une a Lugones y a Marechal. Hay una concepción vital que une a ambos escritores más allá de las consideraciones ideológicas y que la clave para descubrirlo son los trabajos de El ideal caballeresco. ¿Puedo denominar a este tipo de concepción vital como “nacionalismo místico”?
Por misticismo entiendo: “Doctrina religiosa y filosófica que enseña la comunicación inmediata y directa entre el hombre y la divinidad, en la visión intuitiva o en el éxtasis”. A simple lectura, nacionalismo y misticismo podrían parecer términos inconjugables. Aquí sólo me animaría a afir
