Fin

Fernanda Torres

Fragmento

libro-4

Muerte lenta al luso infame que inventó la acera portuguesa. Maldito don Manuel y su hatajo de tenientes Eusébios. Cuadrados de pedruscos irregulares encajados a mano. ¡A mano! ¿Cómo no iban a soltarse? ¿Nadie se dio cuenta de que iban a soltarse? Blanco, negro, blanco, negro, las olas del mar de Copacabana. ¿Para qué quiero las olas del mar de Copacabana? Lo que yo quiero es un suelo liso, sin protuberancias calcáreas. Mosaico estúpido. La obsesión por el mosaico. Que le echen cemento encima y lo aplanen. Agujeros, cráteres, piedras sueltas, bocas de alcantarilla… A partir de los setenta la vida se convierte en una interminable carrera de obstáculos.

Una caída es la peor amenaza para un anciano. «Anciano», palabra odiosa. Aunque es peor «tercera edad». Una caída separa la vejez de la senilidad severa. Un tropiezo rompe la cadena que une la cabeza a los pies. Adiós al cuerpo. En casa me desplazo de un pasamanos a otro, palpando muebles y paredes, y me ducho sentado. Del sillón a la ventana, de la ventana a la cama, de la cama al sillón, del sillón a la ventana.

Mira, otro pedrusco traicionero que me persigue. Un día me caeré. Pero hoy no.

Un día. Un día puede ser mucho tiempo… Me crucé con Ribeiro en la calle Francisco Sá. Hacía tiempo que no nos veíamos, me dijo que quedáramos «un día de estos». Se murió al día siguiente. En el cementerio del Cajú, ese horno de Auschwitz, hacía un calor de muerte. Las tumbas parecían derretirse. Lo pasé mal en el crematorio. Pensaron que era de la emoción. Y en parte sí. Porque Ribeiro se encontraba perfectamente. Jugó al voleibol hasta el último atardecer. Volvió de la playa y la espichó en el baño. Tuvo un infarto fulminante. No me quedan amigos vivos, Ribeiro era el último. Estaba convencido de que él iba a enterrarme, porque corría, nadaba, dejó de fumar a los cuarenta y se negó a perder el buen ánimo. Su hermana cree que fue por la Viagra. Ribeiro se trajinó a muchas. Él le daba mucha importancia a eso.

Sílvio se murió justo antes que él. ¿O fue Ciro? Sí, Ciro fue el primero, de cáncer, antes que Neto y la mujer de Neto. Neto no aguantaba a Célia, pero falleció al año de morir ella. Es comprensible. Célia era insoportable y, cuando se hizo vieja, se volvió una mujer amarga, malhumorada y fea. Neto no soportó la paz.

Y pensar que cuando eran novios Célia estaba como un tren. Tendría que haberse muerto entonces, en pleno auge. Si Neto lo hubiera sabido, no habría llorado lo que lloró en el altar. El hombre es un animal muy tonto.

Sílvio nos dejó un febrero de Carnaval. Empezó la fiesta un viernes y empalmó diez días seguidos. El domingo de la semana siguiente, se dejó en el apartamento a tres fulanas dispuestas a todo y salió a comprar cocaína, lo mezcló todo y su corazón no lo resistió. Encontraron a Sílvio tumbado en el suelo, boca abajo, en el barrio de Lapa, cerca de la calle Mem de Sá, con un lanzaperfume[1] en la mano y cinco gramos de coca en el bolsillo. Sílvio bebía, normal, pero cuando le llegó la menopausia…, ya sé que es andropausia, pero no me gusta el término, como tampoco me gusta decir «pajearse», porque me parece repugnante, prefiero decir «hacerse una paja», independientemente del género… En fin, que a Sílvio le vino la menopausia y se desmadró. Conoció a unas chicas de Rio Grande do Sul, dos pendones que llevaban muy mala vida y lo esclavizaron. Dejamos de vernos por culpa de esas tías; lo acabaron sacando del círculo de amigos. Dios le mandó a dos víboras frígidas para acabar con su estirpe. Fue un castigo. ¿Qué año pasó esto? No sé…, ya han sido tantos años y amigos.

No hace mucho, tardaba diez minutos a pie de mi casa a la consulta de Mattos (Mattos es mi médico de cabecera). Hoy me cuesta cuarenta. Andar ha dejado de ser un acto inconsciente. Estoy atento a cada paso que doy, a las rodillas, miro dónde piso. Todo me duele, y por motivos muy diversos, todos relacionados con la vejez. Mattos me ha enviado a más de diez especialistas. Uno me quiere operar de cataratas, otro de la vesícula, todos me atiborran a pastillas. El doctor Rudolf cree que mis venas ya no soportan la presión de la sangre, tiene la idea de meterme tubitos por la femoral y la aorta. Yo no me inmuto, finjo que no habla conmigo. Todos estos médicos son unos neuróticos vanidosos y desconsiderados. Ya me gustaría verlos delante de un bisturí.

¡Qué asco! Heces caninas. Por si fuera poco. En mi edificio hay una señora que cría unos miniperros histéricos y de ladrido agudo. Todos los fines de semana se va de viaje y deja a esos animales encerrados en el lavadero. Gañen porque están solos. Un día de estos denunciaré a esa bruja del 704 por malos tratos. Considero humillante recoger las cacas con una bolsita. Entiendo a la gente que no las recoge, pero no acepto que un tipo se pudra en su piso con el perro dentro.

Me arrepiento de todos los animales de compañía que he tenido. Seres infelices, necesitados, sucios. Cuatro perros y un gato. El primero murió de viejo, ciego, cojo y apestoso. Al gato, el padre lo despedazó: tenía un evidente complejo de Edipo, una fijación por la madre. Los demás perros la diñaron por motivos diversos, todos espantosos: de moquillo, de un tumor, y el otro, envenenado. Mi madre esparció matarratas por el jardín y se olvidó de atar a Boris. Jamás volví a confiar en ella. La pobre limpiaba el periódico donde hacía sus necesidades, le cambiaba el agua, lo llevaba al veterinario; lloró como si hubiera perdido a un hijo, y aun así no se lo perdoné.

No hay nada más egoísta que los niños. No soporto a mis nietos. Viven lejos, mejor para ellos. Son escandalosos e interesados. Quise a mi hija hasta que cumplió los cinco años, después ya no soporté más su histeria, la histeria de mi mujer con ella y su histeria con las asistentas. Hacía lo que fuera para no tener que volver a casa. Creo que me lie con Marília para tener un lugar al que ir después del trabajo. Me encantaba el apartamento de Marília, me quedaba allí matando el tiempo hasta las diez, bebiendo, mientras hacía como que escuchaba su cháchara indolente.

El sexo no me interesaba tanto, me obligaba más por ella. Me gustaba su casa, pequeña pero muy acogedora, en el Jardim Botânico, con un patio interior en la planta baja donde criaba tortugas.

Nunca he sido dado a las perversiones. En el momento, me gustaba, pero me daba pereza ponerme a ello. Además, las mujeres trasladan al hombre la obligación de estar dispuestos siempre. Como yo nunca lo estaba, mis romances duraban lo que dura la seducción.

El matrimonio es el estado civil más indicado para hombres a los que, como yo, no les gusta convivir con los demás. No hay nada más agotador que gestionar encuentros y expectativas. Un mal matrimonio puede ser óptimo para ambas partes, y el mío fue así. Irene se apartó de las tentaciones, y yo también; vivíamos cómodamente en habitaciones separadas, todo muy triste y civilizado. Un día se dio cuenta de que envejecía, de que aquella era su última oportunidad para follar y disfrutar y amar locamente, esas cosas que las mujeres creen que existen. Yo diría que la adolescencia de Rita descentró a Irene. Entró en una terapia de grupo y se tiró a Jairo, el gerente del club. Fue algo vulgar. Ningún hombre convive bien con los cuernos. Tuve que dejar de ir a la piscina. Me gustaba mucho aquella piscina, pero ella era la titular.

Irene se arrepintió, pero ya era tarde. De pronto me vi solo, sin sentimiento de culpa, porque ella fue quien me dejó, aunque todavía llegué a interesarme por un par de mujeres, al contrario que Irene, que sufrió un chasco y nunca volvió a estar con nadie después del remador del club. Él estaba casado, y al mes de liarse con ella dejó de atender sus llamadas. Las mujeres son ingenuas. Hace treinta años que no nos vemos, y pasamos quince juntos. Empecé a tener problemas de erección con Aurora, la segunda mujer que tuve después de Irene. Miento, la cosa ya no iba bien con Irene, pero con Aurora fue definitivo. Sufrí lo mío durante unos años, hasta que me relajé. Adiós hormonas, adiós muchachas, adiós silencio incómodo en la habitación, adiós miradas compasivas. Seré franciscano. Sátiro y franciscano.

Mi padre era igual que Ribeiro, no aceptaba que un día se le dejaría de empinar. Recuerdo una Pascua en que él y mi madre estaban radiantes, y yo le pregunté cuál era su secreto. Dio una palmada a mi madre en el muslo y dijo que su vitamina era «esta mujer de aquí». Me sentí orgulloso de ellos. El día en que mi madre celebró su setenta y cinco cumpleaños, me llamó a un rincón para decirme que ya no soportaba el esfuerzo que tenía que hacer para que a mi padre se le empalmara. Le daba mucho trabajo y estaba cansada, pero se sentía obligada, y ya no quería hacerlo más. Llegó a sugerirle que se buscara a otra, que a ella no le importaría, pero él le armó un escándalo. Aquella conversación me afectó mucho, Irene se encontraba en el apogeo de su crisis, aparte de que siempre he sido reacio a que los padres hablen de sexo con sus hijos. Mi madre pretendía que yo, su hijo, lo convenciera para que la dejara tranquila.

Abrí la puerta de su dormitorio, todo estaba cerrado, y él, tumbado en la cama, de malhumor. Le pregunté cómo iban las cosas, me respondió que mal, muy mal: mi madre tenía un lío con el corredor de seguros. Enfermó. La esclerosis hizo de mi padre un hombre paranoico, celoso y delirante, que acusaba a su mujer de haberle puesto los cuernos con una extensa lista de hombres que habían convivido con ellos desde el primer año de casados. Precisamente ella, que había llegado virgen al matrimonio, sin osar jamás amar a nadie. Mi padre tenía un arma en casa, y se marchó amenazando con pegarle un tiro a mi madre y suicidarse después. Yo cogí la pistola y la arrojé al mar.

Traje a mi madre a vivir conmigo, lo cual agravó aún más la insatisfacción de Irene. Me convertí en el pararrayos de los problemas familiares, Rita repitió curso, la cocinera se largó, el último perro la espichó, tuvimos un escape de agua en el baño…, todo iba en contra. Internamos a mi padre en un asilo en Maricá, donde murió convencido de haber pasado cincuenta y nueve años con una adúltera compulsiva. Irene tendría que haberse casado con él. Hoy todavía estarían follando.

¡Ojo con la bicicleta! Los ciclistas son unos asesinos, unos suicidas y unos asesinos.

Me miro en el espejo y veo a la tía Suzel. Mattos me explicó que la culpa es de los estrógenos, que hacen que a los viejos se les ponga cara de vieja, y a las viejas cara de viejo. La tía Suzel murió soltera y virgen con ochenta y seis años, veintiséis de los cuales los pasó aventando el calor de Andaraí con un paipái, repitiendo una y otra vez que quería morirse. Te entraban ganas de darle el gusto. Una tarde, la tía Suzel se cayó por la escalera (las dichosas caídas) y jamás se recuperó. Vivía con su sobrina en un edificio de tres plantas sin ascensor. Hoy, me visita en el espejo.

El semáforo está en rojo, no viene ningún coche, pero no me arriesgo a cruzar, no sea que tropiece. Espero a que se ponga verde como un alemán bien educado. Hace un calor sudanés. De pequeño freí muchos huevos en los adoquines del barrio de la Penha. Río siempre ha sido cálido, no es nada nuevo, no tiene nada que ver con esa tontería de Greenpeace. Desde que tengo memoria, dicen que el mundo se está acabando.

Conservo un recuerdo de los efectos de la testosterona. Ya no sé cómo es ser joven, es como hablar de otra persona. Nunca he sido demasiado activo. Ribeiro y yo salíamos mucho, bebíamos demasiado, demasiado… Cambié el día por la noche, engordé, me salió una barriga dura, sostenida por dos piernas y un pescuezo corto que equilibraba la carne lustrosa.

Ribeiro no. Él salía de la discoteca y se iba derecho a la playa, y no se acostaba hasta que no había corrido del Puesto 1 al 6, ida y vuelta, non-stop. Tardó mucho en perder el pelo, lo cual le dio unos cuantos años extra de vida activa como don Juan del paseo marítimo. Ribeiro no se casó, daba clases de educación física y estaba tan obsesionado con sus alumnas de diecisiete años que un padre hasta llegó a pegarle. Hoy en día estaría en la cárcel. Siempre pensé que Ribeiro era inmortal. Pero nadie lo es.

¿Quién irá a mi entierro?

Me casé después de Ciro, y fui uno de los últimos en separarme. En diez años, todos hicieron lo mismo. Salvo Neto. Neto apechugó con Célia hasta el final. El pobre nunca conoció el placer de ir al baño con la puerta abierta, dormirse con la tele encendida, fumar en la habitación, comer en la cama, o no tener la obligación de hablar con nadie o ver telenovelas.

Yo creo que Neto no se separó porque era mulato. Me inquieta opinar sobre el color de la piel de las personas. Se ha llegado a tachar de racista a Monteiro Lobato, y eso que es Monteiro Lobato[2]. Pero Neto, como era mulato (así me quemen en la hoguera con el vizconde de Sabugosa), siempre intentó parecer distinto. Él creía que el matrimonio te confería estatus. No lo condeno, incluso lo entiendo. ¿Es racismo? Pues que lo sea, así arda Zumbi[3] en el infierno. A Sílvio, que era de ascendencia polaca, calvo y rubio, le daba igual lo que los demás pensaran de él. Yo creo que el color de la piel algo tiene que ver.

Me acostumbré pronto a la vida de soltero, me mudé a un apartamentucho interior de la calle Hilário de Gouveia. Irene se quedó con la casa y yo con el coche. Me tiraba a Aurora y a la otra en el Chevette azul metálico, en la Barra da Tijuca, cuando aquello todavía era un arenal. A la vuelta, parábamos en uno de aquellos moteles y veíamos una película porno. Si se me ponía dura, le echaba otro polvo. En aquella época aún me gustaba la mala vida, hasta cuando no se me empinaba.

Las mujeres me hicieron perder el interés. Son aburridas y lloronas, están faltas de cariño, les encanta echar la culpa de su infelicidad a quienquiera que tengan al lado. Yo nunca daba pie a eso. Porque esperan a que digas medio «ay» para soltarte tres páginas de un culebrón. Cómo hablan, Dios mío, no paran de darle a la lengua. Luego se echan a llorar para que el tonto de turno sienta lástima de ellas. Las mujeres no me gustan. De hecho, no me gusta nadie.

Me gustaban Neto, Ciro, Sílvio y Ribeiro. Los hombres no hablan, cada cual dice una imbecilidad cualquiera, nos reímos y ya está, pasamos una noche extraordinaria.

Ya se ha puesto verde. Este semáforo tarda una eternidad en ponerse verde, y dos segundos en ponerse rojo. Allá voy, ágil como las tortugas de Marília. No me lo puedo creer: ¿ya parpadea?… ¡Se ha puesto rojo! Ya te digo… Aún me falta por cruzar un tercio del paso de cebra. ¿Con quién calcularon el tiempo para cruzar esta calle? ¿Con Speedy González? ¿Qué pasa? ¿Me vas a arrollar? Pues pasa, desgraciado, párteme las piernas con tus faros antiniebla. ¡Ya, ya he entendido que quieres pasar, hijo mío! Un día llegarás a viejo, si tienes suerte llegarás a viejo, y un niñato con prisas te partirá las piernas y pasarás tus últimos días en pañales, y sentirás pánico cada vez que cruces la calle. Bocas de alcantarilla, aceras altas, el hedor, los argentinos…

No leo periódicos, no leo revistas, no leo nada. Tampoco veo nada. Solo la televisión. Me paso el día viendo fútbol. Me encantan las tertulias.

Yo me quedé en el vídeo. Miento: tengo un reproductor de DVD que me regalaron con el televisor de cuarenta pulgadas, pero nunca me he aclarado con el mando a distancia. Antes solía alquilar alguna que otra película de camino a la consulta de Mattos, pero cerraron el videoclub. Tampoco lo eché de menos.

He tenido la suerte de envejecer pese a fumar.

No separo la basura, no reciclo, tiro las colillas en un jarrón, uso aerosoles, tomo largos baños calientes y me lavo los dientes con el grifo abierto. Que la humanidad arda en el infierno. Tampoco estaré aquí para presenciarlo.

No voto desde hace trece años, yo no tengo la culpa de la tragedia que me rodea.

«Desvío por obras.» Cómo les gustan las obras. Los conos sucios en medio de la calzada, los coches pasan pegados a mí, ¿no ven que estoy aquí? Y la taladradora. Taladra. Taladra. ¿Cómo lo soporta ese pobre hombre? Morirá pronto. Aunque no pierde nada… Mentira: algo perderá; no sé qué, pero algo. Yo nunca he pensado en la muerte como una posibilidad. No es que le tenga apego a nada en especial en la vida, sino que la muerte no existe. La muerte es una enfermedad crónica.

Me acuerdo, siendo aún joven, de ver la mano de Sílvio temblando y creer que era resaca. Pero Ribeiro oyó decir a su hijo en el entierro que ya entonces sabían que era Parkinson. Inácio contó que su padre continuaba haciendo estragos por ahí, que seguía llevando una mala vida con esas tipas de Rio Grande, pero la enfermedad era lo bastante grave como para trastocar la hora de la medicación, confundir nombres o el número de apartamento. Sílvio era delgado, elegante y malo. Muy malo. Un bellaco. Aquel Carnaval se suicidó. Hay muchas maneras de hacerlo.

Las mujeres no lo llamaban. Pero en cuanto intercambiaban dos frases con él se enamoraban con locura. Y él jugaba con ellas, las llamaba con insistencia, luego dejaba de llamarlas, fingía tener a otras, las trataba mal el día de su cumpleaños… A las mujeres les encanta que las maltraten.

Pero eso le pasaba al principio. A los treinta y dos, Sílvio se casó con Norma y se refrenó un poco. Entonces llegaron los hijos, Norma tuvo una depresión posparto y se puso insoportable. Para colmo, la suegra de Sílvio se fue a vivir con ellos. La casa se convirtió en un Muro de las Lamentaciones. Lloriqueos y dramas por las noches, y los críos dando por saco el día entero: que si el baño, que si el puré, que si ahora una rabieta, que si la escuela, que si la caca… Al final se le acabó la paciencia, metió al mayor en un internado de Petrópolis, de donde solo salía para airearse en Navidad, puso a la suegra a cuidar del pequeño, dejó a Norma y se largó a vivir al picadero que tenía en el barrio de la Glória. Sílvio no era rico, pero tampoco pobre. Aún no había deshecho las maletas y ya había quedado con tres chicas. Esto el día de la mudanza. A Sílvio le iban las orgías.

Le chiflaban las mujeres de Rio Grande do Sul, así que se marchó a vivir allí. Nos emborrachamos los cinco juntos en su despedida. Fue en una fiesta en el barrio del Leme. Bebimos mucho y también nos fumamos unos canutos de maría que él llevó. Quería enseñarnos a vivir. Al amanecer nos echaron, a mí, a Ribeiro, a Neto, a Ciro y a Sílvio. Cinco zombis y un grupo de chicas fáciles. Sílvio propuso una última copa en su batcueva. Celebramos la sugerencia. En cuanto entró se quitó la ropa, diciendo que tenía calor. Ciro se encerró en la habitación con la argentina; Ciro sí que sabía hacer las cosas bien. Creo que Neto se marchó, y Ribeiro desapareció. Quedamos Sílvio y yo en calzoncillos en el salón, la chica a la que yo me tiré, la que tendría que haberse tirado Neto y la mulata de Sílvio. Cuando me di cuenta, ella y Sílvio estaban abrazados en aquel sillón de patas finas. Las otras dos se me echaron encima sin preguntarme si quería hacerlo o no, y Ciro se puso a gemir al otro lado de la pared, mientras la argentina gritaba: «¡Más rápido! ¡Más rápido!». Tuve un gatillazo memorable. Una de las chicas, la rubita palurda, intentó revertir la situación, pero le ofrecí un dinerillo con la orden de largarse. Sílvio se quedó dormido en el sillón con la morena y no volvió a levantarse. Ciro también debió de dormirse, porque no daba señales de vida en el cuarto. Salí de allí a las once de la mañana con una resaca palpitante. Me tomé un café solo en la panadería y caí redondo sobre la alfombra del pasillo. Estuve veintiuna horas seguidas fuera de órbita.

Puede que Ciro y Sílvio hicieran aquello habitualmente, pero yo no. Aquella fue la primera y última vez que estuve a punto de participar en una orgía entre amigos. Todas las amistades masculinas tienen algo de mariconeo. Follarse a las mismas mujeres no deja de ser una forma de follarse entre sí. Y hacerlo en el mismo sitio es el siguiente paso. Y yo no concibo, ni de broma, ni borracho, ni de ningún modo, la idea de besar en la boca a Neto, a Sílvio, a Ribeiro o a Ciro. Bueno, a Ciro igual sí… Sí, a Ciro sí. Pasados los cuarenta, ya no te empalmas como antes. Ciro ligaba mucho. A ellas solo les faltaba frotarle el chocho por la cara. Ciro conoció a Ruth en la fiesta de Juliano, y se le metió en la cabeza que iba a casarse por la iglesia, con pastel, madrina, velo y guirnalda de flores. Se quedó prendado de Ruth. Era realmente guapa, e inteligente, y sexy. Ciro pensó que el gran amor le abriría las puertas de la monogamia.

Hicieron falta diez años de matrimonio para acabar con el vigor de Ciro. Y Ciro sin vigor no era Ciro. Se vio ante un tremendo dilema, no hablaba de otra cosa: no quería traicionar a Ruth porque sabía que después no habría vuelta atrás, pero Ruth se había convertido en madre, esposa, compañera, hermana, en todo menos en amante.

Fue entonces cuando empezaron a reñir; eran discusiones feas, sin motivo. No sé si lo planeó, o si fue la desesperación, pero de un día para otro Ciro se enfadaba por cualquier cosa: una frase, un vaso, un desodorante… A la mínima hacía las maletas y se marchaba dando un portazo. Ruth se estaba volviendo loca, faltaba al trabajo, empezó a adelgazar, y él también. Pasaba una semana, Ciro volvía, y follaban como si se acabaran de conocer. Esto les funcionó durante unos años, mi amigo recuperó el buen color, hasta que las discusiones se convirtieron en una rutina más destructiva que la antigua rutina doméstica. Primero se encaprichó de Marta…, ¿o fue de Cinira? No me acuerdo. Se tiró a una de las dos, o a las dos juntas…, en fin, lo único que sé es que, una vez abierta la veda, Ciro se folló a medio Río de Janeiro en poco menos de un año. Ruth se marchitó. Las mujeres cultivan la fantasía de que el amor verdadero es capaz de transformar a los hombres. Cuando no sucede (porque nunca sucede), pierden el orgullo y se convierten en esos pingajos que se ven por ahí.

Ciro llegó a ser peor que Sílvio, porque Sílvio nunca quiso a nadie. Pero Ciro quería mucho a Ruth. Le afectó tanto el dislate de su marido, su falta de respeto hacia ella, su impaciencia con la familia, que desarrolló una extraña apatía. Todo empezó el día en que lo pilló en el picadero de Sílvio con la mujer de un cliente suyo. Ruth aporreó la puerta a gritos, la amante se escondió bajo las sábanas, y Ciro corrió a buscar los pantalones. Después de esto, la comunidad prohibió a Sílvio prestar su apartamento a terceros. Ciro mantuvo la calma, se vistió y salió sin dar explicaciones. Ruth se quedó gritando en el pasillo mientras el ascensor bajaba. Ciro cogió el primer taxi que encontró y se largó a casa. Vaya sangre fría la suya. Al llegar, se duchó, se puso el pijama, se sentó en el sofá y encendió el televisor. Ruth aún tardó veinte minutos en aparecer; estaba fuera de sí. Se quedó en el umbral con ganas de bronca. Pero Ciro, que es un genio (será un canalla, pero es un genio), era todo agasajos. Ruth empezó a hablar de lo que había visto en el apartamento, de la fulana que estaba con él, y el muy caradura le dijo que no sabía de qué hablaba, le juró que al llegar a casa le extrañó que ella no estuviera y se sentó a ver la tele. Luego mostró una indignación contenida, porque su mujer había montado una escena a una pareja que ni conocía, ¡y además en el piso de Sílvio! Entonces fingió estar preocupado por la salud mental de su esposa. En menos de una semana internaron a Ruth en un sanatorio. Ciro nunca se perdonó lo que le hizo, pero tampoco se esforzó por cambiar. Dejó las cosas de Ruth en casa de su hermana y se mudó a un piso más pequeño, un ático en Santa Clara donde solo cabía él. Y siguió tachando nombres femeninos en su libretita. Iba a un ritmo de tres por semana, o cuatro, según

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