Mar Blanco

Claudio Giunta

Fragmento

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Prólogo

Al principio se ve una mancha negruzca y alargada en movimiento.

Hay que esperar unos segundos: un fogonazo, un temblor brusco de la cámara y la película se vuelve más nítida. La mancha es una larguísima hilera de personas, hombres y mujeres con las bolsas de la compra —uno piensa en bolsitas de nailon, después se acuerda de que en esas fechas no es posible—, vigilados por otros hombres y mujeres vestidos de civiles, fusil en mano. Todo el mundo sonríe, vigilantes y vigilados. Luego se ve a otra gente que baja de una barca, solo hombres en esta ocasión, encorvados bajo el peso de cestas y fardos que cuelgan de sus hombros. Alguien mira a la cámara, pero ahora nadie sonríe. Y todos, los hombres, las mujeres, los guardias, pasan a través de una verja coronada por una inscripción en cirílico. Dentro, en una explanada enfrente de un edificio oscuro y alargado que podría ser un dormitorio, están todos en fila y se numeran. Uno por uno, se giran hacia el vecino de su izquierda, dicen algo —la película es muda, pero está claro que cada uno de ellos dice un número o un nombre— y luego le toca al siguiente.

Otro fogonazo. La cámara se pone en marcha, y estamos en invierno.

Los presos avanzan por la nieve con palas al hombro, hablan unos con otros y sonríen, luego miran al tipo que está filmando y saludan con la mano: se ve el aliento blanco que sale de sus bocas, las cabezas envueltas en capuchas negras que apenas dejan ver el rostro. En la secuencia siguiente aparecen dentro de un barracón y se desnudan. La cámara filma una panorámica, después se detiene en el tórax de un hombrecito oscuro de rasgos orientales. El tórax está cubierto de tatuajes. Los demás señalan uno, riéndose: un torso femenino desnudo con tres pechos, rodeado por una especie de aureola, como si fuera un icono.

En un plazo de dos años, la mitad de las personas que aparecen en esta filmación estarán muertas.

Ahora se ve a un hombre que espera a los presos delante de un portón, que sonríe a todo el mundo y que mira a la cámara mientras pone su mano sobre el hombro de un tipo alto y delgado que asiente y sonríe con timidez, o intimidado, y que entra luego por el portón. Hay un primer plano del hombre. Gordo, fornido, lleva la cabeza rapada. No es calvo, se ha rasurado el pelo, como se hacía antaño para evitar los piojos. Aunque también se hace hoy en día: para disimular la calvicie, y de hecho el hombre tiene una cara curiosamente contemporánea, no es una cara de otra época, es como si se hubiera cogido de otra película o de la vida de muchos años más tarde y hubiera sido añadido, de alguna extraña manera, en este documental fechado en 1928. Se ve que es una persona importante, puesto que la cámara, en un momento dado, hace zoom sobre su brazo izquierdo y encuadra las tres filas de galones como para decir que quien manda es él. Todos los que pasan por delante de él lo saludan con un movimiento de cabeza que, a veces, se convierte en media reverencia. A continuación, la cámara salta de nuevo y se ve una imagen aérea tomada a saber cómo, porque es extraño pensar que, en 1928, en la Unión Soviética, fuera posible obtener tomas desde un avión. Aunque el operador podía encontrarse en un globo aerostático. Se divisa el mar, luego pequeños escollos planos donde no hay árboles ni casas, después una isla más grande cubierta de abetos y, entre el bosque de abetos y el mar, un monasterio rodeado por una altísima muralla. Más adelante aparece una inscripción donde se lee, en ruso, ISLAS SOLOVKÍ.

La película es esta. La película que muchos años después Enrico Saraceno vio en la pantalla de su ordenador, en su estudio de soltero de la periferia de Florencia. La vio y decidió partir hacia las Solovkí, llevando consigo a dos de sus amigos. Y es aquí, en algún lugar entre el bosque de abetos y el mar, donde los tres desaparecieron.

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Primera parte

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I.

Todo empezó con una convocatoria en Milán, en la redacción de Fatti.

Convocar es el verbo apropiado. Yo escribía como freelance para varios periódicos locales, y en el semanario Fatti publicaba, cuando tenía suerte, breves entrevistas a personajes de segunda o tercera fila del espectáculo o del deporte, o esa especie de obsceno mejunje que se conoce con el nombre de «crónicas de sociedad». En cualquier caso, nunca artículos de portada. Y nunca artículos de más de dos páginas. Eso de trabajar como freelance suena guay, pero suena, y nada más. En realidad, significa pasar la mayor parte del día lloriqueando al teléfono mientras, al otro lado de la línea, un redactor ya en los sesenta, atontado por sus privilegios —catorce pagas, fondo de pensiones, mutualidad, dietas hasta para ir al servicio—, te explica que no, que las cuatro páginas previstas se han quedado en dos, incluidas las fotos (y no son necesarias las tuyas, basta con descargarse un par de internet), por lo que, una vez descontados los gastos, aún tienes suerte si no les debes dinero. «Pero, mientras tanto, ves que tu nombre va sonando, ¿no?» Qué hijos de puta.

Mi trabajo de verdad, después de todo, no estaba en Fatti. Vivía en Florencia, esta ciudad de provincias que van liquidando a tanto el kilo a turistas de todo el mundo, este mercado de morralla al aire libre, esta Venecia sin agua, este parque de atracciones hecho a la medida de adolescentes estadounidenses que pasean en chancletas, este Cancún renacentista donde uno siempre tiene la impresión de que, aparte de los camareros, nadie trabaja realmente…

Yo, por decirlo de algún modo, trabajaba. Escribía para periodicuchos locales que la gente leía con un solo ojo en el bar mientras tomaba el desayuno, o a la mañana siguiente en el baño, y he de confesar que esta dolorosa consciencia —la de ser leído principalmente en el baño— me acompañaba a lo largo de la preparación y la redacción de los artículos, e incluso cuando simplemente pensaba en los artículos, o en el trabajo de mierda que estaba haciendo. Eran animadas crónicas sobre el derbi Fiorentina-Siena, sobre los multimillonarios rusos a la conquista de la Versilia, sobre las docenas de absurdas ferias que el territorio toscano segrega como si fuera pus durante el año: la Feria del Boletus, la Fiesta del Jabalí, la Fiesta de la Vendimia…, y luego todos los eventos paraculturales para los que mi sólida preparación humanística —como me recordaban con recochineo los jefes de redacción— me confería un título especialísimo: los diálogos a la Versiliana, el Premio Viareggio, los conciertos del «Maggio Fiorentino», las conferencias «Leer para no olvidar», el seminario sobre arte contemporáneo de Peccioli y demás.

Y luego estaban las entrevistas. Si el entrevistado tenía un título de estudios superior a quinto de primaria y se ocupaba de cosas inútiles como la pintura, la poesía, la historia, entonces entraba yo en acción, con mi receta «Tacto & Competencia». Receta que no era mía, a decir verdad, sino del director de uno de los periódicos-basura locales en los que colaboraba, Agostino Vezzali, que solía aplicar fórmulas definitorias como esta, «Sustantivo + & + Sustantivo», a todos sus periodistas. Y así había nacido en los pasillos una gama infinita de variaciones irónico-burlescas: «Adiposidad & Ignorancia», para el editorialista obeso; «Suspensorios & Sudor», para el cronista gay de deportes…, cosas de esta índole. Pertrechado con mi tacto y mi competencia, me iba a casa de los «representantes del mundo del arte y de la cultura» y formulaba las preguntas apropiadas sobre la poética del artista, sobre los Grandes Maestros del pasado, sobre los jóvenes que ya no leen poesía, etcétera. Siempre y cuando el pintor, o el escritor, o el profesor fueran de los mediocres. Porque en el caso bastante raro de que a Florencia llegara, como decía Vezzali, un «Invitado Internacional» entonces yo tenía que hacerme a un lado y ceder el terreno a Salsano, mi colega más veterano.

Salsano venía de Nocera Inferiore, por lo que, al menos una vez al día, en la redacción, existía esta costumbre: uno de los decanos se levantaba de su escritorio y, con el brazo extendido hacia él, entonaba la réplica de Stefano Satta Flores en Nos habíamos amado tanto: «¡Nocera es inferior porque ha visto nacer a individuos ignorantes y reaccionarios como tú!». Salsano lo encajaba, seráfico, levantando el brazo en una lenta parábola de derecha a izquierda, rematándolo con el signo de los cuernos, tras lo cual todo el mundo regresaba riéndose al trabajo.

Como también lograba repetir un día sí y otro no, aprovechando cualquier excusa, por débil que fuera, surgida en la conversación, Salsano «había estudiado con Eugenio Garin», aunque no había hecho carrera académica «por culpa de las mafias florentinas, que son peores que las del sur». Durante unos años había sido director de una escuela superior; luego había conseguido convertirse en «cronista cultural» de un par de periódicos de la Toscana. Pintaba, escribía poemas. Había entrado en la historia local porque realizó una larga entrevista al lingüista Chomsky cuando este acudió a Florencia a recoger un doctorado honoris causa, solo que, por alguna razón, lo confundió con Andy Warhol y el malentendido —por uno de esos milagros que acuden al rescate de las almas de cántaro (Salsano era el hombre más bueno del mundo)— no se había evidenciado durante la conversación. Así, al día siguiente, apareció la entrevista con el «gran Chomsky», sin más especificaciones, afortunadamente, pero junto a una fotografía de la lata de sopa Campbell.

Estos eran mis colegas. Mejor dicho, estos eran mis superiores.

Y luego tenía un tercer frente un poco más interesante y un poco mejor pagado. De vez en cuando, revistas en papel cuché como Galgos y Mastines, o Software y Hardware, o Viajar, me solicitaban lo que se llama «textos de relleno», es decir, cinco o seis páginas con fotografías que tenían que servir como una especie de colchón en medio de la publicidad de la comida para perros, de los ordenadores o de las compañías aéreas. Naturalmente, esto se da en todas las publicaciones, incluidas las más serias: la verdad es que los artículos ahora casi siempre son «textos de relleno» que se extienden entre dos capas de publicidad. Pero las revistas como Software y Hardware y similares son particularmente implacables. «¡Cosas chulas, cosas chulas!», me respondían los directores cuando les preguntaba sobre qué les gustaría que escribiera. «Colores, hermosos lugares, cuerpos, muchos cuerpos… ¡Pero sin gastar mucho, eh!» Y así, en un par de años, me especialicé en artículos con glamour sin moverme de casa, descargando datos y fotografías de internet e inventándome de cabo a rabo detalles inexistentes, entrevistas nunca realizadas, cenas a la luz de las velas con vuestro Él o vuestra Ella en una terraza con vistas al Atlántico: las casas blancas de Miconos, las cabañas de guano de Borneo, los nidos de la cigüeñuela común en el Parque Nacional del Gargano, los glaciares de Islandia («El Vatnajökull es una gigantesca lengua de hielo que ocupa el horizonte en lontananza. Pero, a un paso de nosotros, el agua hierve con azufre…»). Así era como pagaba las facturas.

Fatti fue mi tabla de salvación. «Escribo para Fatti», respondía cuando alguien me preguntaba a qué me dedicaba, aunque escribiera ahí, con suerte, unas cinco o seis veces al año. Y Fatti era lo único que me impedía llegar a la conclusión de que, con treinta y seis años bien cumplidos, en vez de un periodista freelance era un periodista fracasado. Galliano, el director, lo sabía. Por eso no me pedía que fuera a verlo: me convocaba.

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II.

—Supongo que estás al tanto, ¿no? —me saludó Galliano.

Enarqué una ceja interrogante.

—Lo de las islas esas. Las islas… So-lov-kí» —silabeó repiqueteando con el índice en la primera plana del Corriere, que reproducía la noticia en la parte inferior.

Sí, lo sabía, estaba al tanto, casualmente, sobre todo por los periódicos locales. Desde hacía una semana más o menos se había perdido el rastro de tres chicos italianos en una misión «en nombre de la Unesco» en las islas Solovkí, en mitad del mar Blanco. La embajada italiana en Rusia había enviado a un encargado de negocios al lugar. La Interpol, decían las agencias, se había puesto en marcha. Pero nada. Y nada tampoco en la prensa. Estaba claro que el asunto iba a ser archivado, ya había sido archivado, al igual que las otras muchas muertes de turistas que cada año llenan las noticias por unos días: una imprudencia, una fatalidad. Es cierto: los cadáveres no habían sido hallados y esto era extraño, porque en realidad las islas no eran tan grandes. Pero alrededor de las islas estaba el mar y el día de la desaparición —según la reconstrucción de la policía rusa— los tres chicos habían dicho que deseaban ir a la zona norte de la isla, la que queda frente al Polo, donde las olas rompían con más virulencia: olas que, en el pasado, habían traicionado a más de un pescador experto, hasta arrastrarlo desde la orilla a mar abierto, y después hasta el fondo. Y era allí, según la policía, donde se encontraban los cadáveres de los tres italianos: bajo doscientos metros de agua, en el fondo del mar Blanco.

—Esa gente es de Florencia, ¿verdad? Tú sigues en Florencia, ¿verdad? Así que he pensado en ti…

Le di las gracias por su elección. Sonreí. Él también sonrió. Sí, los tres chicos desaparecidos eran florentinos. Y sí, yo también estaba en Florencia, aunque por ninguna razón en particular, después de haberme separado de Gaia, mi esposa, que era florentina-florentina: a saber, en la jerga de la ciudad, florentina del centro, o más bien de la colina, de una antigua familia florentina auténtica, gente con casas y con dinero, no una inmigrante del campo. Básicamente permanecía en Florencia solo porque en la Toscana tenía todos mis contactos con los periódicos locales, y en Roma o en Milán había demasiada competencia y nadie me quería. Permanecía allí por gente como Vezzali y Salsano. Era terrible.

—Pues sí, sigo en Florencia. Hasta que no me reclames en Milán…

Naturalmente, Galliano sabía que habría dado lo que fuera por que me contrataran en Fatti. El anterior director casi me lo había prometido. Luego se marchó de allí y todas sus promesas —contrato, reasignación de funciones, ascenso en el escalafón— pasaron a depender de Galliano. Algunas las había roto, otras las estaba cumpliendo. Yo me mantenía en vilo y a Galliano le venía bien que me quedara así.

—Querido Capace…, imagínate tú si no me iba a venir bien que estuvieras aquí, a dos pasos, en el despacho de al lado, en vez de hacerte venir adrede desde Florencia… ¡Pero sigues siendo Capace!» —y se rio.

Mi apellido es Capace, Alessandro Capace, y ni siquiera después de la décima repetición Galliano consideraba que el juego de palabras ya estaba demasiado visto como para repetirlo. ¿Un gilipollas? Claro que era un gilipollas. Pero también era el director, y tenía en sus manos mis próximos treinta años de carrera. Me reí yo también.

—Estamos en plena apoteosis de internet. Este puto internet. ¿Qué quieres que te diga? No contratamos a periodistas: ahora contratamos a informáticos… Tal vez el año que viene, si la estrategia del grupo… —hizo una breve pausa y concluyó—: De todos modos, tú haces este reportaje y ya verás como…

Era así. Nunca le había oído terminar una frase. Era un virtuoso de los puntos suspensivos, un campeón olímpico de los sobrentendidos. Todas sus conversaciones terminaban con un confuso murmullo, acompañado por un gesto de disgusto y asombro simultáneos: como si el mundo, por alguna extraña razón, se obstinara en no querer seguir los consejos de Vincenzo Galliano de Agropoli. O tal vez fuera una extraña forma de dislexia, que nadie, sin embargo, iba a ser capaz de descubrir a esas alturas, teniendo en cuenta que hacía años que no escribía ni una línea, ni siquiera los editoriales. Y la historia esa del grupo era una trola. El Grupo Editorial Mierda —como cariñosamente lo llamaban mis no colegas de Fatti— no tenía nada que ver. El grupo eran él y el dueño del periódico. Eran ellos dos los que lo hacían todo: estrategias, organigramas, nóminas.

—Aquí estoy, para lo que se tercie —concluí, mientras seguía en vilo.

La idea consistía en ponerse en contacto con las familias, entrevistar a padres, a novias, a amigos, llegar a descubrir quiénes eran esos tres chicos y luego, eventualmente, salir hacia las Solovkí y tratar de sacarle a esa historia —utilizando la fórmula con la que Galliano se había despedido de mí— «toda la sangre y todo el misterio» posibles. Galliano subrayó tres veces eventualmente. La paga era buena, mejor dicho, inmejorable, teniendo en cuenta mis honorarios habituales, pero «tú lo sabes mejor que yo» indicaba ya reducir los costes. El viaje a las Solovkí solo si era necesario, y, en cualquier caso, ahorrando, y no sin antes realizar una «exploración del caso a distancia». En resumen, podía ser algo del tipo Galgos y Mastines, pero también algo mejor.

En esa época yo estaba trabajando, entre otras cosas, en una investigación sobre la sanidad italiana de la que me parecía podrían extraerse resultados interesantes: una historia de válvulas del corazón que nunca habían sido verificadas y que se habían comercializado con la complicidad de un determinado número de cirujanos y una ronda de mordidas. Un viejo amigo mío del colegio que trabajaba en la Fiscalía de Turín me había dicho que la investigación había empezado meses atrás y que dentro de poco se iban a practicar detenciones —gente importante, incluyendo peces gordos de la política local—. Yo ya tenía preparado un artículo, tal vez dos, y gracias a mi amigo albergaba la esperanza de entrevistar al menos a un par de médicos «buenos» que habían denunciado el fraude. Por lo que sabía, era el único que estaba al tanto del asunto en toda Italia. Se lo dije a Galliano, más que nada para hacerle saber que tenía ya la agenda completa, que siempre estaría a tiempo de rechazarlo y que, en resumen, debían tratarme bien. Sacó de la pila de periódicos el último número de L’Espresso. «Esto ha salido hoy mismo», me informó. En la portada se veía la cara de un cirujano, con el gorro de quirófano puesto y la mascarilla en la boca. El titular decía: Sin corazón. Y en minúsculas el subtítulo explicaba: «¿Válvulas defectuosas en el corazón de los pacientes de los hospitales turineses? La impactante investigación de L’Espresso». Esta vez fue él el primero en sonreír. Yo también sonreí. Nos pusimos de acuerdo para entregar un primer texto en el plazo de tres días: sangre y misterio en las islas Solovkí.

La experiencia en Galgos y Mastines me había proporcionado, por lo menos, un método. De manera que, ya de regreso a Florencia, me pasé un par de horas documentándome en internet. Las islas Solovkí son un pequeño archipiélago frente a la costa septentrional de Rusia, entre Carelia y la península de Kola, en medio del mar Blanco. El pueblo más cercano es Kem, a tres horas de viaje en transbordador. La ciudad más cercana, a media hora de vuelo, es Arcángel. San Petersburgo y Moscú están infinitamente más al sur, en otro mundo hecho de bonitas calles elegantes, llenas de monumentos y museos, casas confortables, bares, restaurantes y, sobre todo, otros seres humanos. En las Solovkí todo esto no existe. TripAdvisor indicaba únicamente un hotel con restaurante al que habían bautizado, sin mucha imaginación, «Hotel Solovkí». Tres estrellas y una sola opinión, con una única palabra: Average.

En verano, los habitantes de las Solovkí son solo unos centenares: los monjes del monasterio ortodoxo que domina la isla más grande, los pescadores y, en los últimos años, los empleados de los servicios para aquellos turistas que buscan algo exótico menos obvio que Bali o que el Sahara y que, tras la caída del comunismo, descubrieron este rincón del Gran Norte. Los turistas, sin embargo, no son muchos, ya sea porque las Solovkí están lejos de todas partes o porque los tipos de «aventuras por el mundo» (parka, mochila a la espalda, esquí de fondo, amplios espacios incontaminados y todo lo demás) prefieren Escandinavia o Islandia, que son más pintorescas y más hospitalarias. «Uno llega a determinados valles de Islandia o de Noruega», escribía alguien en Travellersonline, «y tiene la impresión de estar frente al mundo como debía de ser antes de los hombres. En las Solovkí es como si los hombres y la naturaleza estuvieran en guerra desde hace siglos y continuaran luchando incluso ahora, desfigurados por las heridas. Del Gran Norte encontramos la dureza, el frío, el peligro. Pero ninguna sensación de paz».

En la temporada de frío, de noviembre a marzo, en las islas casi solo están los monjes, que van a lo suyo, y los pescadores con sus familias. En la época de la Unión Soviética, en la isla más grande del archipiélago había una pequeña guarnición militar que ahora había sido trasladada a tierra firme. Siguen en pie un ala del viejo cuartel y, aproximadamente a medio kilómetro del puerto, la estructura de un depósito militar que se quemó hace treinta años y que nunca fue reconstruido ni derribado: un cuadrilátero de cemento del tamaño de medio campo de fútbol, que la vegetación y los animales salvajes han ido reconquistando poco a poco.

Hacia finales de noviembre, el agua del mar se convierte en hielo, y la navegación desde Arcángel o Kem es prácticamente imposible. La única manera de llegar a las islas, y de salir de ellas, es el pequeño avión militar que, una vez por semana, los lunes por la mañana, sale desde Arcángel, y, una vez por semana, los viernes, regresa a Arcángel. Pero es un medio que los habitantes de la isla prefieren no utilizar, porque el billete resulta demasiado caro para los civiles y porque el vuelo no es muy seguro. Desde que existe el servicio de invierno, es decir, desde finales de los años noventa, dos aviones han caído al mar y otros dos tuvieron que hacer aterrizajes de emergencia, el último por falta de gasolina. Y las operaciones de rescate, a causa del frío, de la oscuridad y también porque así es como funcionan las cosas en Rusia, ni siquiera se ponen en marcha. Como sintetizaba el bloguero de Travellersonline: «En octubre se cierran las puertas. Quien está dentro se queda dentro y quien está fuera se queda fuera». Cómo debe de ser «quedarse dentro» cualquier tarde de enero, con treinta grados bajo cero, resulta difícil de imaginar.

Para los rusos, el nombre de «Solovkí» tiene un sonido siniestro: casi el mismo que Kolimá o Auschwitz, excepto por el hecho de que las Solovkí también poseen una historia sagrada que complica las cosas y las hace, si eso es posible, aún más tristes. El monasterio fue construido a principios del siglo XV, y durante tres siglos los monjes vivieron en paz, rezando y pintando iconos. La paz terminó con los sueños de modernización de Pedro el Grande, a finales del siglo XVII. Poco a poco, los monjes fueron depuestos y obligados a vivir en una de las alas del edificio, dejando la otra ala y el edificio principal a los soldados rusos enviados a vigilar la frontera noroccidental. Así, durante décadas, este monasterio-fortaleza —cuatro torreones gigantescos unidos por una muralla de quince metros de altura— sirvió principalmente de guarnición, de depósito de armas y, finalmente, de campo de trabajo. En los primeros años veinte, Stalin hizo que deportaran a los monjes: desde el noroeste hacia el noreste, desde las Solovkí hasta Siberia, en una marcha de más de seis mil kilómetros por el hielo. De los aproximadamente doscientos que partieron, entre monjes y sirvientes, llegaron cuarenta: los demás murieron de frío o de hambre por el camino. Ninguno de los cuarenta regresó. Todo el monasterio se convirtió en un gulag. Un edificio construido para el culto fue utilizado durante treinta años como lugar de detención, primero para los delincuentes comunes y luego para los disidentes. Detención: es decir, tortura. He dicho que resulta difícil imaginar lo que significa pasar el invierno en las Solovkí. Pero vivir en las Solovkí cinco, diez, veinte inviernos sin comida ni ropa suficientes, trabajando como esclavos todos los días de la semana, todas las semanas del año, supera la comprensión humana, porque no es humano: sencillamente, uno renuncia a pensar en ello. Sin embargo, fue calculado: aquel fue el destino de alrededor de trescientos mil seres humanos entre 1925 y 1954.

La mayoría de los prisioneros no regresó de las Solovkí. Murieron de hambre, de frío, de los golpes propinados por los guardias, o asesinados por sus compañeros de prisión. Los cadáveres eran lanzados desde el acantilado, o en el pantano de turba que se extiende al norte del monasterio. No hay cementerio, ninguna cruz: las únicas cruces que todavía pueden verse son las pocas que quedaron en el interior del monasterio, sobre las escasas tumbas de monjes que murieron hace medio milenio.

Hoy el monasterio ha vuelto a ser un monasterio. Aunque se caiga a pedazos, y aunque conserve aún los rastros de décadas de atrocidades: las antiguas celdas de los monjes transformadas en dormitorios, los escritos en cirílico de las paredes, los sótanos sin ventanas y sin cloacas donde eran encerrados durante meses, durante años, los enemigos del pueblo —allí las «ratas», que era como los había bautizado la propaganda del régimen soviético, eran realmente tratadas como ratas, y se convertían en ratas.

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III.

Decidí que ya sabía bastante sobre el tema, sobre la geografía y la historia de las Solovkí, y que por fin podía pasar a la sangre y el misterio. Llamé a la oficina de la Unesco en Roma y tuve suerte. Era el primer periodista que estaba interesado realmente en el caso, es decir, que no se conformaba con los despachos de las agencias, y pude hablar casi de inmediato con el funcionario que estaba al día del proyecto en el que trabajaban los tres desaparecidos y que ahora mantenía los contactos con las familias. Estaba preocupado, asustado, lo que quería era un hombro en el que llorar. Le ofrecí el mío. Le prometí que le mandaría las pruebas de mi artículo para que me diera su parecer, antes de enviarlo a la imprenta.

Los tres —me dijo— habían llegado a las islas Solovkí a principios de agosto. Fabio, arquitecto. Francesco, también arquitecto. Enrico, profesor. Los tres eran de Florencia, los tres tenían entre treinta y treinta y cinco años.

El monasterio ortodoxo estaba en condiciones lamentables porque, después del cierre del gulag en los años sesenta, casi no había existido mantenimiento. No había dinero, ningún interés, ni por parte del gobierno de Moscú, ni por parte de la gente del lugar: estaba demasiado ocupada en sobrevivir como para interesarse por los edificios históricos. O, mejor dicho, para ellos, interesarse era lo mismo que robar. El saqueo es una buena, aunque un tanto radical, técnica de supervivencia, por eso no era extraño que los habitantes de la isla hubieran saqueado el monasterio innumerables veces, a pesar de la vigilancia de los soldados de la guarnición. O con la complicidad de algunos de ellos. Ladrillos, cerramientos, muebles, accesorios, herramientas habían sido robados a lo largo de los años y habían servido para construir, amueblar, decorar las casas del pueblo. Pero las casas, a pesar de este flujo constante de materiales recientes, seguían siendo unos miserables cuchitriles: una miseria que era aún más desgarradora y ridícula debido a los frisos, a las incongruentes decoraciones religiosas —una viga repleta de pequeñas cruces, una lápida absurdamente asentada junto a la entrada de un garaje— que permanecían encajadas entre los ladrillos, en memoria de aquellos pillajes.

La enorme ala oeste del monasterio había sido utilizada durante muchos años como almacén, pero en la actualidad era inservible. El techo se había venido abajo en varios lugares, y el agua había penetrado y estropeado las paredes y las instalaciones: los restos del gulag —una montaña de literas, sillas, armarios mohosos, uniformes viejos de reos y de carceleros— se habían convertido en una guarida para los animales salvajes. Hacía años que nadie había encontrado el valor para entrar ahí; y nadie sabía lo que realmente había dentro. En el edificio principal del monasterio y en el ala este vivían los monjes, quienes en pequeños grupos, a partir de finales de los años ochenta, habían regresado a las Solovkí. Pero también esas zonas del edificio se encontraban en malas condiciones. Aparte de los suelos y de los techos en estado ruinoso, aparte de las cocinas y de los dormitorios invadidos por la suciedad y los insectos, el problema era siempre el mismo. Agua, agua, agua por todos lados. Agua que iba cayendo por las goteras entre las tejas; agua que se filtraba por las paredes, dejando manchas de humedad que nunca se secaban, ni siquiera en los días más calurosos del mes de julio; agua sucia que ascendía por las alcantarillas medio ruinosas e inundaba los lavabos y los pasillos; agua helada que se colaba por los sumideros, que rompía las cañerías, que cubría los suelos igual que una capa de barniz. Agua por todas partes.

La Unesco había financiado un plan que contemplaba la restauración del monasterio así como la construcción de una sala-museo en la cripta, para la exposición de los iconos que habían sobrevivido a los años de comunismo, y que de momento estaban apilados en los sótanos, acumulando moho: iconos antiquísimos —como se explicaba en el informe con el que se había propuesto y obtenido la financiación— que formarían una de las más importantes colecciones de arte religioso a escala mundial.

Enrico, Francesco y Fabio eran voluntarios. La sede de la Unesco en Roma corría con los gastos del viaje y el alojamiento, pero no se contemplaba ninguna compensación. No se encontraban allí por dinero, ninguno de los chicos que trabajaban en la restauración del monasterio —la mayoría de ellos eran jóvenes, entre los veinte y los veinticinco años— lo hacía por dinero. Se trataba de algo distinto: el deseo de sentirse útil, de ver lugares que pocos habían visto, y también la idea de pasar unas vacaciones distintas de lo habitual. Y había algo más, algo que me iría quedando claro a medida que, leyendo cosas sobre ellos, hablando con sus amigos, aprendía a conocerlos. Algo más —una idea, una maraña de sentimientos, una forma de entender la vida— que, ahora que todo ha terminado, me parece que fue, no, sé que fue, el verdadero motivo del viaje.

El funcionario me confirmó que tenían que haberse quedado en las Solovkí poco menos de un mes: «El tiempo para hacer un apaño con todo aquello». Enrico, que hablaba un poco de ruso, era el que mantenía el contacto con el grupo que ya estaba trabajando en el monasterio: un coordinador de la Unesco, estudiantes de Arquitectura y de Bellas Artes de varias nacionalidades. Francesco y Fabio habían preparado el proyecto de la sala-museo de la cripta, que había sido aprobado por los técnicos de la Unesco, y tendrían que haber seguido las primeras etapas de su realización. En su tiempo libre podrían echar un vistazo a los trabajos de restauración del edificio principal y del ala este del monasterio. En la obra había albañiles y maestros de obras del lugar, o de Kem, pero los arquitectos eran todos voluntarios de la Unesco que se turnaban: eran pocos y estaban de paso. Un par de arquitectos más, capaces de examinar los proyectos, habrían resultado muy útiles también en las obras principales. El ala oeste permanecía cerrada, a la espera de decidir si y cómo se podía poner de nuevo en condiciones o si resultaba más barata su demolición.

El billete de avión de regreso desde San Petersburgo fue reservado para última hora de la mañana del 28 de agosto en un vuelo de Alitalia. Escala en Roma y llegada a Florencia por la noche. Pero la noche del 28 ninguno de los tres llegó.

Como me explicó ella misma en los siguientes días, la madre de Francesco Luciani había llamado a las familias de los otros dos amigos. La madre de Fabio estaba más sorprendida que preocupada. Evidentemente, los chicos habían perdido el avión, aunque era extraño que su hijo no la hubiera avisado, para que no fuera al aeropuerto de Peretola a esperarlo, que era lo que ella había hecho. Intentó llamarlo de inmediato, pero su teléfono móvil estaba desconectado. «Como casi siempre», me dijo más tarde. «Para Fabio el móvil era un engorro, a menudo lo mantenía apagado: llamaba él o, en todo caso, enviaba un mensaje. Así que ni siquiera entonces me preocupé demasiado.»

La madre de Enrico era la única que no sabía que su hijo tenía que regresar ese día. Unos diez días antes, Enrico le escribió un mensaje de texto desde el iPhone de Fabio (Enrico no había llevado el móvil consigo: «Cuando se marcha», me explicaría más adelante su madre, «se marcha para desconectar, y desconecta»): todo iba bien, pronto regresarían a Italia. Pero pronto, para Enrico, podía significar un día o un mes: hacía ya algún tiempo que su madre había renunciado a seguir sus desplazamientos. Enrico vivía solo desde que tenía dieciocho años, y ella nunca había tenido que preocuparse.

La señora Luciani, en cambio, se encontraba muy preocupada. La mañana del 29 llamó a la sede de la Unesco en Roma. Les dijo que los tres muchachos tenían que haber regresado a Italia el día anterior, pero que no habían aparecido ni se habían puesto en contacto, y de hecho no se tenían noticias de ellos desde hacía tres días. La mañana del 26 de agosto Fabio le había enviado un correo electrónico a su madre. Las obras del monasterio avanzaban con lentitud, había problemas inesperados también con los trabajadores. Regresarían el 28, y no sabía si, como estaba planeado en un principio, volverían a la isla la primavera siguiente. La experiencia, por lo que parecía, no había sido agradable del todo, el trabajo se había revelado más difícil o más inacabable de lo esperado, o había sucedido algo más. Fabio se lo explicaría cuando regresara a Italia. A partir de entonces, nada más.

El funcionario de la Unesco con quien estaba hablando había llamado personalmente a la compañía aérea que había emitido los billetes, y la compañía confirmó los datos: los tres tenían una reserva para el vuelo de San Petersburgo, a primerísima hora de la tarde del 28, pero no se habían presentado, ni tampoco habían cancelado su reserva. El funcionario tranquilizó a la señora Luciani diciéndole que inmediatamente se pondría en contacto con uno de los coordinadores que se hallaba todavía en las Solovkí. Lo más probable era que los chicos hubieran perdido el transbordador a Kem, o que el transbordador, por un motivo u otro, no hubiera partido, y que se hubieran quedado bloqueados en la isla.

«Pero ¿por qué no llaman o escriben?»

Sin embargo, tampoco esto era extraño: las comunicaciones con las Solovkí iban y venían, y encontrar un teléfono público o un acceso a internet no debía de ser una empresa fácil.

La señora Luciani objetó que Fabio y Francesco tenían, cada uno de ellos, un teléfono móvil. De acuerdo, respondió el funcionario, pero también los móviles podían quedarse sin cobertura en las inmediaciones del Círculo Polar Ártico. Solo tenían que esperar.

Los familiares de los tres chicos estuvieron esperando todo el día. Los móviles seguían apagados. La mañana del 30 de agosto la señora Luciani llamó a Roma para saber si había novedades. El funcionario respondió que aún no había logrado ponerse en contacto con los coordinadores del proyecto de las Solovkí, pero que tenía previsto hacerlo esa misma maña

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