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“No se trata del pasado sino de los episodios de mi vida soñada, intemporal, que le arranco, página a página, a la desabrida vida cotidiana para proporcionarle algunas sombras y algunas luces.”
PATRICK MODIANO, La hierba de las noches
Era tan pálido que daba la sensación de estar enfermo. Ella le pidió el libro y vio crecer una mancha roja en su mejilla.
—¿Conoce el autor? —preguntó el joven mirándola por sobre los anteojos de marco negro, demasiado grandes para un rostro pequeño.
María José Ganz se encogió de hombros y sonrió sin sospechar la avalancha de acontecimientos que traería aparejada esa compra:
—Pensé que con el título era suficiente. Si ayuda, mi abuela es una persona romántica, de esas que se enamoran de los personajes y los evocan como si fueran personas de verdad. Si hasta le puso Rebeca a su hija por la novela.
—Nunca la escuché nombrar —hizo una mueca con la boca, los ojos clavados en la pantalla, incómodo por las miradas del supervisor y la posible compradora.
Cuando descubrió el título, exhaló aire y dijo:
—Lo tengo, es de Daphne du Maurier.
—Sí, claro; ahora que la nombraste, me acordé…
Recién al comunicar el hallazgo el vendedor vio el exceso de botones desabrochados en la camisa de seda negra. Pechos de dudosa perfección y un perfume excitante. Calculó: ¿treinta o más? Desde sus veintiún años, se le complicaba adivinar la edad de las mujeres hermosas. Tacones altos, pantalón ajustado, aros de argolla y una cadena con un pendiente de piedra roja. El cinturón, del mismo color que el colgante, obligaba a detenerse en la cintura breve.
El empleado se dirigió hacia el fondo del inmenso local. Quizá se agachaba para revisar los anaqueles de abajo o iba al depósito porque, a pesar de su metro ochenta y tantos, desapareció de la visión de María José.
Ella comenzó a pasearse, impaciente, por entre las mesas que exhibían novedades y best sellers. Miraba títulos, contratapas, hojeaba algunos y se decía con cierta nostalgia que tiempo atrás compraba, por lo general, libros de sociología y novelas que tuvieran una trama y un tema que le interesaran. Pero últimamente había comenzado a acumular y leer salteado —sin terminar ninguno— ensayos de difusión popular relacionados con el funcionamiento del cerebro, las conductas de las personas y la incentivación de la creatividad. Sospechó que el cambio había coincidido con la entrada de Delfina a la adolescencia. Su única hija era tan complicada como ella a su misma edad. Pero María José Ganz de Antunes era incapaz de reconocerlo. En general sus amigos médicos se burlaban de los tratamientos simples sobre temas complejos que la gente consumía en formato libro o por Internet como si tratara de descubrir la fórmula de la felicidad, la fuente de juventud, la piedra filosofal… Los misterios de la mente eran la nueva Biblia. ¿Búsqueda de respuestas? ¿Deseo de desentrañar las conductas propias y las de los demás a través de síntesis que convirtieran en fácil lo difícil?
Los cambios sociales últimamente la inquietaban menos que los de ella misma, y se despreciaba por ese vuelco de su personalidad. Antes, faldas largas, sandalias o zapatillas. De repente, placer al exhibirse bella, distinguida, especie de calco rejuvenecido de su frívola madre.
Llamó su atención una tapa en la que una mujer, sentada en el piso sobre sus talones, la cabeza reclinada, parecía imaginar el amor por el dibujo de corazones que salían de su cabeza. Era una silueta desoladora con los brazos laxos y las manos juntas sobre la falda de un vestido verde cerrado hasta el cuello.
Abrió Charlotte de David Foenkinos. El acápite pertenecía a Kafka: “Quien está vivo y no puede con la vida necesita una mano que aparte un tanto la desesperación que le infunde su destino”. Estaba por llevarlo pero se arrepintió. ¿Otro más para acrecentar la pila en la mesa de luz?
¿Comprar Rebeca, novela anacrónica, confirmaba su deseo de diferenciarse de quien ella había sido? La ficción, salvo en el cine, no solía entusiasmarla, pero ansiaba entrar en ella y olvidar el presente, tal como le sucedía a su abuela.
Haber puesto pie en la pegajosa multitud de avenida Corrientes para ir a la escribanía Fuentes era culpa de su padre, el ingeniero Kurt Ganz: “Es para tu bien, hija, lo mío será tuyo algún día”. Trámites, sólo trámites, y ni siquiera propios.
Resolver problemas con esquemas ajenos o viejos es desaconsejado por la mayoría de los autores que enseñan el modo correcto de utilizar la mente, pensó. ¿Pero cómo tirar abajo lo construido con bases que creímos sólidas?
María José odiaba pedir plata al ingeniero Ganz. De chica había trabajado en lo que le saliera al paso y prefirió la universidad estatal a la privada, tal vez para irritar a quienes pensaban que todo lo hacía por esnobismo. Al comienzo, pasantías con sueldo de miseria, pero de improviso la llamaron de una empresa y le otorgaron un cargo excesivo para su escasa experiencia. Aceptó con escondido beneplácito, por más que no lo demostrara. Si la característica del ser humano es la ambigüedad, María José sería un buen ejemplo. Renegaba por el abandono de su padre, pero terminaba haciéndole mandados del que saldría beneficiada la tipa que lo había trastornado, dejándola sola para soportar a su impredecible madre, que ahogaba furia y resentimiento en la única hija del que había aparentado ser un matrimonio ideal durante casi cuarenta años.
—Aquí lo tiene —dijo el vendedor, el libro en alto, gesto festivo.
La acompañó a la caja y le sugirió llenar un formulario para obtener descuentos en las próximas compras. Ella lo miró como quien escucha una promoción de viajes a la Luna. Y él se preguntó si alguna vez le tocaría una mujer así en la cama.
“El Gato Negro”, decía la inscripción en la vidriera.
Solía frecuentarlo, pero sus gustos viraron y ya no soportaba la corte de los milagros de una avenida que, en otras épocas, le resultaba fascinante por sus teatros, cines y librerías de puertas abiertas durante toda la noche.
Entró en el café porque le trajo gratas reminiscencias y porque iba a preparar pollo y no recordaba si aún le quedaba suficiente curry en el especiero. Su marido sólo comía aves deshuesadas, cortadas en trozos y con especias.
Contempló los rótulos en los envases de diseño antiguo, los cajoncitos con estímulos para los sentidos, el cálido mostrador de despacho, las maderas de bar de otrora y la escasa presencia de parroquianos.
A pesar del olor a canela, pimienta, comino, azafrán, mezcla irritante para su dolor de cabeza, consideró un hallazgo haberse detenido allí y no en uno de los modernizados cafés que habían perdido hospitalidad por imitar a los nuevos.
Eligió una mesa. Había leído la causa por la que la mayoría de las personas eligen ubicarse en rincones o cerca de las ventanas y pocos en el centro, pero se le había borrado de la cabeza. ¿Resultado de vivir en estado de crispación? A su abuela le sucedía a menudo olvidarse de esto o lo otro, pero ella era demasiado joven como para que se le produjeran blancos en la memoria. Se prometió, como le pedía Delfina, “bajar un cambio”.
Agradeció la buena luz.
Abrió Rebeca como quien frota la lámpara de Aladino. Pero no aguardaba al genio que le concediese un deseo, ya que no podía ser tan tonta como para desear algo tan simple como enterarse de por qué la abuela le había puesto Rebeca a su madre que, en cuanto creció, se hizo llamar Queca.
“Anoche soñé que regresaba a Manderley, era de noche, la luna brillaba entre los árboles. El camino no me llevaba hasta la mansión, las flores lucían plateadas, todas iguales, en una infinita línea de aromas.”
—Café cortado en jarrito —vaciló antes de agregar—: y una medialuna de manteca.
Echó un sobrecito de edulcorante, revolvió, probó y agregó otro más. Demasiado fuerte, después le dolería la boca del estómago. No había comido nada desde el magro desayuno —batido de frutas con una cucharada de cereales—, y ya era hora de merendar.
Envolvió un extremo de medialuna con la servilleta, cosa de no engrasar el libro que iba a regalar, junto a la consabida chalina, una más para la colección de foulards, pañuelos, echarpes con los que Rebeca, ex de Ganz, disimulaba la piel del cuello que comenzaba a aflojarse.
Pensó: en una semana mamá cumple sesenta. Para entonces la terminaré de leer. Si en Manderley existieran personajes como los de Los locos Adams, a su hija la entusiasmaría. Delfi era fan de la serie, y se habían habituado a mirarla juntas. Pero, desde que ingresó en la secundaria, el cuarto de “la niña de sus ojos” se había convertido en una guarida a la que apenas si tenía acceso, una vez por semana, la mucama. Durante sus horas de insomnio, si encontraba a los simpáticos locos en la tele, bajaba el sonido para no despertar a Richard… qué locura llamarlo así sólo porque nació durante una estadía de sus padres en Washington. “¿Administración de empresas estudia tu novio?”, había preguntado su padre con cierto desprecio. “Eso, en mi época, se aprendía solo.”
Devoró la factura almibarada, bebió unos pocos sorbos y apartó el pocillo con la intención de dejar enfriar el resto. Le gustaba tibio.
“Al ir acercándome pude ver los techos, se veían negros, fantasmales, un temor se apoderó de mí y entonces finalmente lo vi. Allí estaban las ruinas carbonizadas de la gran casa.”
Se echó hacia atrás en el asiento. Lo que presumía: atmósfera romántica desde el inicio. Era probable que más adelante se fuera convirtiendo en una especie de novela gótica con sonidos fantasmales y alguna loca encerrada en un ala lejana del castillo… Si al finalizar la lectura seguía preguntándose por qué su madre odiaba llamarse Rebeca, leerla sería tiempo perdido.
Entraron dos muchachas. Creyó verse a sí misma, a los dieciocho, en la de cabellera enmarañada, piercing en la ceja. ¿Cuándo había cambiado tanto? ¿Cuándo pasó de jovencita desarreglada a mujer de blusa de seda y tacos altos?
El arranque de su metamorfosis se debió, tal vez, al zapping televisivo que la dejó clavada en un muestrario de mujeres mal vestidas, mal peinadas y de peor figura, que salían y entraban de probadores con diferente vestuario para que unas asesoras chillonas asintieran o reprobaran a la postulante que llegaría a finalista en el programa De Cenicienta a princesa. Había apagado el televisor farfullando un insulto, y obtuvo el premio de que su marido despertara y la buscara para tener sexo, como si ella estuviera con ganas después de la discusión generada por el comportamiento de Delfi, a la que él, igual que otras veces, defendió.
Con la lectura detenida en “las ruinas carbonizadas de la gran casa”, Majo se miró las uñas desparejas y llevó el dedo anular de la mano izquierda a la boca para morder la cutícula hasta lastimarse, gesto que evidenciaba su estado de ánimo.
Cayó una silla contra el mosaico y una voz masculina, enérgica, ordenó:
—Retírense ya mismo.
Majo, ensimismada, del sobresalto empujó el pocillo y volcó lo que restaba de café. Se apartó de la mesa para no mancharse y enseguida sacudió las páginas: faltaba que se mojaran aun más.
Pidió disculpas al camarero que levantaba el servicio y, paño en mano, le ofrecía, a cuenta de la casa, otro cortado.
Rechazó el ofrecimiento.
—La cuenta, por favor, y un vaso de agua.
Necesitaba tomar un analgésico. La ciudad, los zombis con celulares, el calvo escribano de modos pomposos y los malos recuerdos, obvios responsables de que le explotaran las sienes.
Las chicas que la habían retrotraído a su adolescencia ya no estaban.
Una señora gordita con el pelo duro de laca le siguió la mirada y, desde la mesa próxima, con un mohín chismoso, comentó:
—No es lugar para venir a besuquearse. Y no lo digo porque eran dos mujeres. El mozo tiene razón. ¿Usted qué opina?
Majo hizo un imperceptible movimiento con la mano y dio la bienvenida al vaso de agua que justificó su no respuesta.
La tarde, empastada en el vaho de sol porteño, la llevó a pensar en un sitio fresco y alejado de las grandes ciudades. Cualquiera le vendría bien: mar, montaña, campo…
El reloj de un cartel publicitario le recordó la hora: 17.30. Imposible regalar el que estaba sucio.
Camino a la librería recordó que había olvidado comprar curry. Quizá quedara algo en lo alto de la alacena.
El sonido del celular le indicó que había recibido mensajes. Se detuvo en el umbral de una tienda de ropa para leerlos porque temía los arrebatos callejeros.
Delfi se quedaba a dormir en lo de una amiga, a repasar matemáticas, y Richard iba a retrasarse: “Las cosas están poniéndose difíciles, querida, menos venta de autos, de inmuebles…”.
Ya sé, Ricardo Antunes, que es una pequeña sociedad familiar incapaz de competir con las grandes empresas aseguradoras. Ya sé. Guardó el teléfono en la cartera. Y abandonó su endeble refugio.
A Majo le habría gustado que su marido tuviera un trabajo independiente. Caviló que ella también estaba atada a un puesto que, en sus tiempos de facultad, le habría resultado una especie de tumba burocrática.
La bolsa de papel comenzaba a humedecerse. Después de secarlo y leerlo se lo pasaría a Delfi, devota de un culebrón turco en el que los hombres dominaban a las mujeres, los mayores a los jóvenes y los ricos a los pobres. ¿Qué encontraría su hija en esas historias con diálogos inverosímiles entre servidores, padres, hijos, abuelos…? Si alguien de la familia intentara comportarse de una manera similar, Delfi huiría con dirección desconocida.
Desafiante en su macilenta estampa, una anciana vendía sus poemas en la entrada del teatro San Martín. Dos pordioseros dormían abrazados a un perro, como protegiéndolo o protegiéndose. Cartoneros revisaban un contenedor, aumentando el desparramo de basura.
De estudiante iba del centro a la periferia para aprender, comprender, ayudar. Príncipe y mendigo había sido uno de sus libros predilectos de infancia. Y Dickens. Las grandes expectativas suelen malograrse, pensó.
Frenadas. Bocinazos. Colectivos que superan los demás ruidos con su estampida salvaje. Gente, demasiada. Olores a fritanga, a sudor. Y polvo que surge del asfalto caliente. Presagio de lluvia. En el cielo pocas nubes, todavía. Marquesinas y afiches en los que se destacan mujeres de ropa escasa, provocativa. ¿Me estaré pareciendo a ellas? La pregunta se la hizo a una María José Ganz de diecinueve años que, con sus compañeros de estudio, visitaba casillas que crecían cerca de aguas estancadas, quemas de basura, vías férreas por las que ya no circulaban trenes… Tomaban mate con los vecinos, llenaban formularios para reclamar medicamentos y visitadoras sociales que les allanasen el acceso a magros beneficios. Creía que aquellos actos eran los de una revolucionaria, sin sospechar que su historia, en el futuro, repetiría la de sus padres. Complacer para complacerse. Ayudar para ayudarse. Igual que la Sociedad de Beneficencia del XIX, siglo predilecto de su abuela.
Temió haberse pasado de cuadra. Miró la numeración. No. Era la siguiente, del mismo lado que el edificio de la escribanía. Pensó que su padre debería haber enviado a su noviecita a hacer esos trámites, ya que convivían en un departamento, y él la tenía en la palma de la mano. De afuera, por su antigüedad, la nueva casa paterna no anunciaba la amplitud y el lujo del piso cuarto. “Hijita, no pongas esa cara, lo tenía de antes, alquilado. Tuve que reciclar…”, había dicho el ingeniero Kurt Ganz, vestido con pantalón blanco y una remera estilo marinero. “Te faltan la gorra y el barco, papá.”
“Lo vendí, cobran un disparate el amarre.”
Había sido una experiencia demoledora para Majo, instalada en la creencia de que el mundo estaba en su contra, entrar en territorio enemigo. La tarada de Guillermina metía incienso en cada rincón y fuentecitas y piedras, y hasta había convencido al viejo tonto de poner una inmensa pecera. “Armonía, el Feng Shui trae armonía, Majito”, le había explicado su sabelotodo padre. “Al Feng Shui le pasó la hora, igual que a vos”, le había respondido, agradecida de que Guillermina hubiese salido. “Te conozco, hijita, estás enojada porque tiene siete años menos…” “Nueve, papá, nueve menos que yo, y treinta y ocho menos que vos. ¿No podías buscarte una de cincuenta? Igual sería joven al lado tuyo. Da vergüenza verlos juntos. ¿No pensaste en tu nieta? Delfi se ríe porque le resulta gracioso el contraste. Eso me dijo: ‘El abuelo es muy gracioso’.”
No vio el semáforo ni al ciclista. Cuando lo tuvo al lado, dio un salto para esquivarlo y tropezó. Si no hubiese sido por la persona que la sostuvo, se habría estrellado contra la calzada. Se acordó del café derramado y de la suma de torpezas acumuladas en un par de horas.
“Día de mierda”, murmuró mientras entraba en la librería para comprar el mismo libro de Daphne du Maurier.
Su pálpito se confirmó. Había llevado el último. Por cansancio aceptó anotar sus datos. Buscarían en el depósito, en sucursales y, a más tardar el martes, lo tendría en su domicilio.
Mamá cumple el viernes que viene, pensó. Ni loca voy a seguirle la pista a una novela que trae mala suerte y aguantar a otro empleado parecido al que le cambiaba la bolsa manchada como si él fuese el causante del estropicio.
El asiento del taxi tenía migas de galletas. Iba a protestar, pero las empujó con la cartera. Se sentó con la idea de que la suciedad estaba relacionada con su pésimo humor.
Muchedumbre en los semáforos, veredas atestadas y la manija rota que impedía bajar la ventanilla la hicieron rememorar el ámbito de ensueño de la novela de Daphne du Maurier: “La luna brilla entre los árboles y las flores del jardín lucen plateadas, todas iguales”.
El campo se había vendido y, con él, el estanque, el sulky y el pan y la manteca caseros. ¿Por qué no soñar con un Manderley íntimo?
Sonó el teléfono.
—¿Lo conseguiste?
—Sí, abuela, lo conseguí. También voy a comprar la película.
Cortó después de prometerle una visita.
Suspiró y marcó el número del celular de Delfina.
No atendía. La maleducada no atendía.
Le envió un “whatsapp” con recomendaciones y advertencias.
El día libre por trámite resultó peor que la rutina en su oficina.
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“Rosine se puso a escoger tarjetas de visita lanzadas en desorden a una copa de malaquita adornada con dragones chinos en bronce dorado.”
IRÈNE NÉMIROVSKY, El baile
Rebeca Segunda Ávila, ex de Ganz, de sobrenombre Queca, bebió agua mineral de la botella.
—Puaj, está tibia —le comentó a la que, a su lado, al igual que ella, simulaba trotar.
—Ya te dije, la bebida hay que traerla en envase térmico.
—Refrescó dos días después de la tormenta, y me ilusioné. Pasado mañana es mi cumpl
