El mar

John Banville

Fragmento

libro-4

 

Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea. Las aguas de la bahía, toda la mañana bajo un cielo lechoso, habían crecido y crecido, alcanzando cotas inusitadas, las pequeñas olas inundaban una arena reseca que durante años no había conocido otra humedad que la lluvia y lamían las mismísimas bases de las dunas. El casco herrumbroso del carguero que permanecía encallado en la otra punta de la bahía desde tiempo inmemorial debió de pensar que iban a volver a botarlo. Después de ese día yo no volvería a nadar. Las aves marinas gimoteaban y se lanzaban en picado, nerviosas, al parecer, ante el espectáculo de ese enorme cuenco de agua inflándose como una ampolla, de un azul plomizo y un brillo maligno. Tenían una blancura antinatural, aquel día, los pájaros. Las olas depositaban una orla de sucia espuma amarilla en el límite de las aguas. Ningún barco estropeaba la línea del alto horizonte. No nadaría, no. Nunca más.

Alguien acaba de caminar sobre mi tumba.[1] Alguien.

El nombre de la casa es Los Cedros, desde hace mucho. Un bosquecillo de esos rígidos árboles, de color marrón simio y hedor alquitranado, los troncos formando una maraña de pesadilla, crece aún en la margen izquierda, delante de un césped descuidado, y llega hasta la gran ventana en curva de lo que solía ser la sala de estar, pero que la señorita Vavasour prefiere denominar, en su argot de patrona, el salón. La puerta principal queda al otro lado, y se abre a un cuadrado de gravilla manchado de gasoil que queda detrás de la verja de hierro, aún pintada de verde, aunque el óxido ha reducido sus puntales a una trémula filigrana. Me asombra lo poco que ha cambiado en los más de cincuenta años transcurridos desde la última vez que estuve aquí. Me asombra, y me decepciona, e incluso diría que me aterra, por razones que se me hacen oscuras, pues ¿por qué iba a desear algún cambio, yo, que he vuelto para vivir entre los escombros del pasado? Me pregunto por qué construyeron así la casa, de lado, encarando a la carretera un muro sin ventanas de enlucido granuloso; quizá antiguamente, antes del ferrocarril, la carretera tenía una orientación por completo distinta, y pasaba directamente justo ante la puerta delantera, todo es posible. La señorita V. se muestra imprecisa con las fechas, pero cree que, el siglo pasado —quiero decir, el siglo antes del anterior, todo esto de los milenios me está confundiendo—, aquí se construyó una casita de madera, a la que luego se le fueron haciendo añadidos de manera caprichosa a lo largo de los años. Eso explicaría el aspecto heterogéneo del lugar, con pequeñas habitaciones que dan a otras más grandes, y ventanas que dan a muros lisos, y techos bajos por todos los lados. Los suelos de pino tea le aportan una nota náutica, al igual que mi silla giratoria con respaldo de listones. Me imagino a un viejo navegante dormitando junto al fuego, viviendo por fin en tierra, y la tormenta invernal haciendo vibrar los marcos de las ventanas. Quién pudiera ser él. Haber sido él.

Cuando estuve aquí todos esos años, en la época de los dioses, Los Cedros era una casa de verano que se alquilaba por quincenas o por meses. Cada año, durante todo el mes de junio, un médico rico y su familia numerosa y estridente la infestaban —no nos gustaban las sonoras voces de los hijos del médico, se reían de nosotros y nos tiraban piedras protegidos por la infranqueable barrera de la verja—, y después de ellos llegaba una misteriosa pareja de mediana edad que no hablaba con nadie, y que, con aspecto triste, en silencio, paseaba a su perro salchicha cada mañana a la misma hora por la calle de la Estación hasta la playa. Para nosotros, agosto era el mes más interesante en Los Cedros. Era el mes en que los inquilinos variaban cada año, gente que venía de Inglaterra o del Continente, alguna pareja de luna de miel a la que intentábamos espiar, y de vez en cuando una compañía de teatro itinerante que viajaba con todo el equipo, y que representaba alguna función vespertina en el cine del pueblo, de chapa. Y luego, aquel año, llegó la familia Grace.

Lo primero que vi de esa familia fue su coche, aparcado en la grava, traspasada la verja. Era un coche de techo bajo, un modelo negro abollado y lleno de arañazos con asientos de cuero beige y un enorme volante de madera con radios. Sobre el estante que había bajo la ventanilla trasera, inclinada al estilo de los coches deportivos, había libros de cubiertas descoloridas y con las esquinas dobladas, tirados de cualquier manera, y se veía un mapa turístico de Francia, muy usado. La puerta principal de la casa estaba abierta de par en par, y dentro, en el piso de abajo, oí voces, y desde el piso de arriba me llegó el ruido de unos pies descalzos correteando sobre las tablas del suelo y de una chica que reía. Me había parado junto a la verja, escuchando sin disimulo, y de repente un hombre con una copa en la mano salió de la casa. Era de baja estatura y con un cuerpo desproporcionado, todo hombros y pecho y una gran cabeza redonda, y el pelo, muy corto, lo tenía ondulado, negro y brillante, con prematuras mechas grises y una barba negra y puntiaguda también agrisada. Llevaba una camisa verde y holgada sin abotonar, pantalones caquis e iba descalzo. Estaba tan bronceado por el sol que la piel tenía un matiz morado. Me di cuenta de que incluso tenía los pies morados en el empeine; según mi experiencia, la mayoría de padres eran de un blanco de leche por debajo de la línea del cuello de la camisa. Dejó el vaso —ginebra de un azul suavísimo y cubitos y una rodaja de limón— formando un peligroso ángulo sobre el techo del coche y abrió la puerta del copiloto y se inclinó para meter la cabeza y buscar algo bajo el salpicadero. En el piso de arriba de la casa, que no podía ver, la chica volvió a reír y soltó un grito medio desaforado medio gorjeo de falso pánico, y se oyó de nuevo el sonido de los pies que correteaban. Jugaban a perseguirse, ella y el otro sin voz. El hombre se enderezó y cogió el vaso de ginebra que tenía encima del techo y cerró de un golpe la portezuela. Fuera lo que fuera lo que había estado buscando, no lo había encontrado. Mientras regresaba a la casa me vio y me guiñó el ojo. No lo hizo al estilo habitual de los adultos, con esa mezcla de condescendencia y superioridad. No, fue un guiño de complicidad, masónico casi, como si ese momento que nosotros, dos desconocidos, habíamos compartido, aunque por fuera careciese de importancia, de contenido incluso, poseyera no obstante un significado. Sus ojos eran de un azul extraordinariamente claro y transparente. Volvió a entrar en la casa, hablando incluso antes de haber cruzado el umbral.

—Maldita sea —dijo—, parece que se ha… —y desapareció.

Me quedé un momento escrutando las ventanas del piso de arriba. No apareció ninguna cara.

Ese fue mi primer encuentro con los Grace: la voz de la chica bajando desde lo alto, el ruido de su correteo, y el hombre abajo guiñándome uno de sus ojos azules con ese aire desenfadado, íntimo y levemente satánico.

De nuevo me he sorprendido haciendo ese silbido fino y frío con los dientes que he comenzado a emitir en los últimos tiempos. Diiid diiid diiid, hace, como el taladro de un dentista. Mi padre solía emitir ese mismo silbido, ¿me estoy convirtiendo en él? En la habitación que hay al otro lado del pasillo, el coronel Blunden está oyendo la radio. Sus programas preferidos son las tertulias de la tarde, en las que airados oyentes llaman para quejarse de los políticos malvados y del precio de la bebida y los fastidios de siempre. «Me hace compañía», dice lacónico, y carraspea, con un aire un tanto avergonzado, mientras sus ojos protuberantes como huevos duros evitan los míos, aun cuando yo no le he reprochado nada. ¿Está tendido en la cama mientras escucha? Se me hace difícil imaginármelo allí, con sus gruesos calcetines de lana grises puestos, haciendo girar los dedos de los pies, sin la corbata y con el cuello de la camisa abierto y las manos entrelazadas detrás de ese cuello viejo y nervudo que tiene. Fuera de su habitación es un hombre vertical, desde las suelas de sus zapatos marrones y relucientes y muy remendados hasta la punta de su cráneo cónico. Todos los sábados por la mañana va al barbero del pueblo a que le corte el pelo, corto atrás y en los lados, sin piedad, solo se deja en lo alto una rígida cresta gris como de halcón. Le asoman las orejas, coriáceas y de lóbulos alargados; es como si las hubieran secado y ahumado. El blanco de los ojos también tiene un tono amarillento. Oigo el murmullo de las voces en la radio, pero no distingo lo que dicen. Podría volverme loco, aquí. Diiid diiid.

Más tarde, ese mismo día, el día que llegaron los Grace, o al siguiente, o al siguiente, volví a ver el coche negro, lo reconocí enseguida conforme pasaba brincando sobre el pequeño puente peraltado que cruzaba las vías del tren. Sigue ahí, ese puente, justo detrás de la estación. Sí, las cosas perduran, mientras la vida pasa. El coche estaba saliendo del pueblo en dirección a la ciudad, la llamaré Ballymore, a una veintena de kilómetros. La ciudad es Ballymore, este pueblo es Ballyless,[2] ridículo, quizá, pero me da igual. El hombre de la barba que me había guiñado el ojo iba al volante, diciendo algo y riendo, la cabeza echada para atrás. Junto a él iba sentada una mujer con el codo fuera de la ventanilla, la cabeza también hacia atrás, el pelo claro sacudido por las ráfagas del viento, pero ella no reía, solo sonreía, ponía esa sonrisa que reservaba para él, escéptica, tolerante, lánguidamente divertida. Llevaba una blusa blanca y gafas de sol con montura de plástico blanca y fumaba un cigarrillo. ¿Dónde estoy, acechando desde qué posición estratégica? No me veo. Al cabo de un momento habían desaparecido, la ostentosa parte posterior del coche doblando una curva de la carretera a toda velocidad entre un chorro de humo del tubo de escape. Las hierbas altas en el arcén, rubias como el pelo de la mujer, temblaron un instante y regresaron a su anterior quietud onírica.

Bajé por la calle de la Estación en la vacuidad soleada de la tarde. La playa que quedaba al pie de la colina era un resplandor beige bajo el añil. En la orilla del mar todo son estrechas franjas horizontales, el mundo reducido a unas cuantas líneas largas y rectas que se aprietan entre el cielo y la tierra. Me acerqué a Los Cedros con cautela. ¿Cómo es que de niño todo lo nuevo que llamaba mi atención poseía el aura de lo misterioso, teniendo en cuenta que, según todas las autoridades, lo misterioso no es algo nuevo, sino algo ya conocido que regresa en una forma diferente, convertido en fantasma? De tantas cosas sin respuesta, esta es la menos importante. Mientras me acercaba oí un chirrido reiterado, áspero. Un muchacho de mi edad estaba apoyado en la verja verde, los brazos colgando inertes del travesaño superior, impulsándose lentamente con un pie adelante y atrás en un cuarto de círculo sobre la gravilla. Tenía el mismo pelo pajizo de la mujer del coche y los inconfundibles ojos azules del hombre. Mientras yo pasaba lentamente a su lado, y de hecho quizá incluso me detenía, o más bien titubeaba, clavó la punta de su playera en la gravilla para que la verja dejara de oscilar y me miró con una expresión de hostil interrogación. Era el modo en que los niños siempre nos mirábamos por primera vez. Detrás de él pude ver toda la extensión del estrecho jardín que había a la espalda de la casa, y que llegaba hasta la hilera de árboles en diagonal que circundaban la vía del tren —ahora ya han desaparecido, esos árboles, talados para dejar paso a bungalós de color pastel que parecen casas de muñeca—, e incluso más allá, tierra adentro, la zona donde surgían los campos de labor y había vacas, y diminutos y brillantes estallidos de amarillo que eran matas de aulaga, y una solitaria y lejana aguja de iglesia, y luego el cielo, con las nubes blancas como volutas. De pronto, y de manera sorprendente, el chaval me puso una mueca grotesca: bizqueó los ojos y dejó la lengua colgando sobre el labio inferior. Seguí andando, consciente de que sus ojos burlones me seguían.

Playera. Una palabra que ya no se oye, o rara, muy rara vez. Originalmente era calzado de marinero, y recibía su nombre de alguien,[3] si no recuerdo mal, y tenía algo que ver con los barcos. El coronel ha vuelto a ir al lavabo. Apuesto a que tiene problemas de próstata. Cuando pasa junto a mi puerta amortigua el paso, va de puntillas haciendo crujir el suelo, por respeto a los allegados. Nuestro gallardo coronel es de los que observan las normas.

Bajo por la calle de la Estación.

Entonces, cuando éramos jóvenes, gran parte de la vida era quietud, o eso parece ahora; una permanente quietud; una vigilancia. Esperábamos en nuestro mundo, aún no formado, escrutando el futuro igual que el muchacho y yo nos habíamos escrutado el uno al otro, como soldados en el frente, a la espera de lo que va a ocurrir. Al pie de la colina me detuve y me quedé allí y miré en tres direcciones, calle de la Estación abajo, calle de la Estación arriba, y en la otra dirección, hacia el cine de chapa y las pistas de tenis públicas. Nadie. La carretera que había más allá de las pistas de tenis se llamaba el camino del Acantilado, aunque cualquier acantilado que pudiera haber habido allí hacía tiempo que se lo había llevado la erosión. Se decía que allí mismo había una iglesia sumergida en el lecho arenoso del mar, intacta, con la campana y el campanario, que antaño estuvo en lo alto de un cabo que también había desaparecido, derribados por las furiosas olas una noche inmemorial de tempestad y terrible inundación. Esas eran las historias que contaban los del pueblo, gente como Duignan el lechero y el sordo Colfer, que se ganaba la vida vendiendo pelotas de golf que había recogido, para que los que estábamos de paso pensáramos que ese insulso pueblecito costero había sido otrora un lugar terrorífico. El pequeño cartel que había sobre el Café Playa anunciando cigarrillos, Navy Cut, con una foto de un marinero barbudo dentro de un flotador, o un lazo de cuerda —¿lo era?—, chirriaba en la brisa marina sobre sus goznes oxidados por el salitre, un eco de la verja de Los Cedros, sobre la cual, que yo supiera, aquel muchacho seguía balanceándose. Chirrían, esta verja presente, ese signo pretérito, hasta el día de hoy, hasta esta noche, en mis sueños. Sigo por la calle de la Playa. Casas, tiendas, dos hoteles —el Golf, el Beach—, una iglesia de granito, la tienda de comestibles-pub-oficina de correos de Myler, y luego el prado —el Prado— de chalets de madera, uno de los cuales fue nuestra residencia de vacaciones, la de mi padre, la de mi madre y mía.

Si los que iban en el coche eran sus padres, ¿habían dejado al muchacho solo en casa? ¿Y dónde estaba la chica, la chica que se había reído?

El pasado late en mi interior como un segundo corazón.

El nombre del especialista era señor Todd. Esto solo se puede considerar un chiste de mal gusto achacable a un destino políglota.[4] Podría haber sido peor. Existe un nombre, De’Ath, con esa caprichosa mayúscula en medio y el apóstrofe apotropaico que no engaña a nadie. Este tal Todd se dirigía a Anna como señora Morden, pero a mí me llamaba Max. No tenía claro si me gustaba esa distinción, ni la grosera familiaridad de su tono. Su consulta, no, sus habitaciones —uno dice habitaciones, al igual que uno le llama señor y no doctor— a primera vista parecían un nido de águilas, aunque solo estaban en la tercera planta. El edificio era nuevo, todo cristal y acero —incluso el hueco del ascensor era tubular, de cristal y acero, lo que sugería acertadamente el cilindro de una jeringa, a través del cual el ascensor subía y bajaba en medio de un zumbido, como un émbolo gigante que alternativamente se empuja y estira—, y las dos paredes de su consultorio principal eran láminas de cristal cilindrado desde el suelo hasta el techo. Cuando nos hicieron entrar a Anna y a mí, me cegó el resplandor del sol de principio de otoño que atravesaba esos inmensos cristales. La recepcionista, una mancha rubia con bata de enfermera y unos zapatos cómodos que chirriaban —en una ocasión así, ¿quién se fijaría en la recepcionista?—, dejó el historial de Anna sobre el escritorio del señor Todd y se retiró con sus chirridos. El señor Todd nos invitó a sentarnos. No podía tolerar la idea de acomodarme en una silla, por lo que me acerqué hasta la pared de cristal y me quedé allí de pie, asomándome. Justo debajo de mí había un roble, o quizá era un haya, nunca he distinguido muy bien esos árboles caducifolios tan grandes, desde luego no era un olmo, pues están todos muertos, pero algo noble, en cualquier caso. El aliento del invierno apenas había plateado el verde estival de su amplia copa. Relucían los techos de los coches. Una joven con un vestido oscuro cruzaba con andar rápido el aparcamiento, e incluso a esa distancia podía oír el sonido metálico de sus tacones sobre el asfalto. Anna se reflejaba pálidamente en el cristal que tenía delante de mí, sentada muy recta sobre la silla metálica, en un perfil de tres cuartos, comportándose como la paciente modelo, una rodilla cruzada sobre la otra y las manos juntas sobre el muslo. El señor Todd se sentaba de lado ante su escritorio, hojeando los papeles del historial médico de Anna; la cartulina rosa pálido de la carpeta me recordó esas gélidas mañanas en la escuela después de las vacaciones de verano, el tacto de los flamantes libros de texto y el olor de la tinta y de los lápices afilados, lleno de presagios. Cómo divaga la mente, incluso en las ocasiones más concentradas.

Aparté la mirada del cristal, el exterior se me hizo intolerable.

El señor Todd era un hombre corpulento, no alto ni pesado, sino muy ancho: daba la impresión de estar cuadrado. Adoptaba una actitud tranquilizadora y chapada a la antigua. Llevaba un traje de tweed con chaleco y leontina, y unos zapatos color castaño que tendrían el beneplácito del coronel Blunden. El pelo lo tenía engominado con un estilo de otras épocas, muy repeinado hacia atrás, y lucía un bigote hirsuto que le daba un aspecto malhumorado. Comprendí, con cierta inquietud, que a pesar de esos efectos calculadamente venerables no podía tener mucho más de cincuenta años. ¿Desde cuándo los médicos habían empezado a ser más jóvenes que yo? Siguió escribiendo, ganando tiempo; no le culpaba, en su lugar, yo habría hecho lo mismo. Al final dejó la pluma sobre la mesa, pero no parecía muy dispuesto a hablar, y daba toda la impresión de no saber por dónde comenzar ni cómo. En su vacilación había algo estudiado, algo teatral. También lo comprendo. Un médico ha de saber actuar tanto como curar. Anna se agitó impaciente en la silla.

—Y bien, doctor —dijo un poco demasiado fuerte, asumiendo el tono duro y vivo de las estrellas de cine de los años cuarenta—, ¿es la sentencia de muerte, o me toca vivir?

La consulta estaba en silencio. Su ingeniosa salida, seguramente ensayada, cayó en saco roto. Sentí el impulso de precipitarme hacia ella y cogerla entre mis brazos, a la manera de los bomberos, y sacarla en volandas de allí. No me moví. El señor Todd la miró con un leve pánico de ojos muy abiertos, las cejas en mitad de la frente.

—Oh, todavía no vamos a dejarla marchar, señora Morden —dijo el médico, mostrando una terrible sonrisa de dientes grandes y grises—. No, desde luego que no.

Siguió otro intervalo de silencio. Anna tenía las manos en el regazo. Las miró, frunció el ceño, como si no las hubiera visto nunca. Mi rodilla derecha se asustó y se puso a temblar.

El señor Todd emprendió una convincente disquisición, perfeccionada de tanto repetirla, acerca de algunos tratamientos prometedores, nuevos fármacos, el poderoso arsenal de armas químicas que tenía a su disposición; lo mismo hubiera dado que hablara de pociones mágicas, el médico alquimista. Anna seguía mirándose las manos ceñuda; no estaba escuchando. Al final el médico calló y se la quedó mirando con la misma expresión desesperada y leporina de antes, respirando de manera audible, los labios recogidos en una especie de expresión lasciva y mostrando de nuevo los dientes.

—Gracias —dijo ella educadamente con una voz que parecía proceder de muy lejos. Asintió para sí—. Sí —dijo desde un lugar aún más remoto—, gracias.

Tras esas palabras, como liberado, el señor Todd se dio una rápida palmada a las rodillas con las dos palmas, se puso en pie de un salto y casi nos llevó a empujones hasta la puerta. Una vez Anna hubo salido, se volvió hacia mí y me lanzó una animosa sonrisa de hombre a hombre, y un apretón de manos seco, enérgico y decidido, que estoy seguro que reserva para los cónyuges en momentos como ese.

El pasillo alfombrado amortiguó nuestras pisadas.

El ascensor, tras apretar el botón, bajó.

Salimos a la luz del día como si pisáramos un nuevo planeta en el que solo viviéramos nosotros.

Al llegar a casa, nos quedamos un buen rato sentados fuera, en el coche, resistiéndonos a aventurarnos en lo conocido, sin decir nada, de repente extraños para nosotros mismos y para el otro. Anna miraba en dirección a la bahía, en cuyas aguas unos yates con las velas recogidas estaban clavados en el mar bajo un sol resplandeciente. Tenía la barriga hinchada, un bulto redondo y duro le apretaba la pretina de la falda. Había dicho que la gente pensaría que estaba embarazada —«¡A mi edad!»— y nos habíamos reído sin mirarnos. Las gaviotas que anidaban en nuestras chimeneas se habían ido todas al mar, o habían emigrado, o lo que hagan normalmente. Se habían pasado noche y día de aquel deprimente verano sobrevolando en círculos los tejados, mofándose de nuestros intentos de fingir que todo iba bien, que no pasaba nada, el mundo sigue. Pero ahí estaba, acuclillado en su regazo, el bulto que era el gran bebé De’Ath, floreciendo en su interior, esperando que llegara su hora.

Al final entramos, pues no había otro lugar al que ir. La brillante luz de mediodía se adentraba por la ventana de la cocina y todo tenía un resplandor vítreo, contrastado, como si yo examinara la habitación con la lente de una cámara. Había una sensación de incomodidad general, hermética, de que todos esos objetos cotidianos —los tarros de las estanterías, las cacerolas sobre los fogones, la tabla de cortar el pan con el cuchillo mellado— desviaban la mirada de nuestra presencia de repente intrusa y afligida allí en medio. Comprendí tristemente que así serían las cosas a partir de entonces, que allí donde Anna fuera, la precedería el mudo repicar de la campana del leproso. ¡Qué buen aspecto tienes!, exclamarían, ¡vaya, nunca te habíamos visto tan bien! Y ella poniendo su brillante sonrisa, su cara de valor, pobre señorita Enloshuesos.

Se quedó allí en medio con el abrigo y la bufanda puestos, las manos en las caderas, mirando a su alrededor con una expresión irritada. Seguía siendo guapa, los pómulos marcados, la piel translúcida, fina como el papel. Yo siempre admiré en particular su perfil ático, con la nariz formando una línea de marfil tallado que caía en vertical desde la frente.

—¿Sabes lo que es? —dijo con amarga vehemencia—. Es inapropiado, eso es lo que es.

Aparté rápidamente la mirada por temor a que mis ojos me delataran; los ojos de uno son siempre los de otro, el enano loco y desesperado agazapado en el interior. Sabía a qué se refería. Era algo que no debía haberle ocurrido, que no debería habernos ocurrido. Nosotros no éramos de esos. La desdicha, la enfermedad, la muerte prematura, esas cosas les pasan a la buena gente, a los humildes, a la sal de la tierra, no a Anna, ni a mí. En mitad del avance imperial que era nuestra vida juntos, un sonriente bribón había salido de la multitud que nos vitoreaba, y, esbozando una parodia de una reverencia, le había entregado a mi trágica reina la orden de destitución.

Puso el hervidor al fuego y hurgó en un bolsillo de su abrigo hasta encontrar las gafas y se las puso, colocándose la cadena en la nuca. Comenzó a sollozar, puede que sin darse cuenta, sin hacer ruido. Avancé torpemente hacia ella para abrazarla, pero ella reculó de forma brusca.

—¡Por amor de Dios, no montes el número! —me soltó—. Después de todo, solo me estoy muriendo.

El hervidor comenzó a bullir y se apagó, y el agua que se agitaba en su interior se tranquilizó con un ruido gruñón. Me quedé maravillado, y no por primera vez, ante la cruel complacencia de los objetos cotidianos. Pero no, ni cruel, ni complacencia, solo indiferencia, ¿cómo iba a ser de otro modo? En lo sucesivo tendría que tratar a las cosas como son, no como me las imaginaba, pues esta era una nueva versión de la realidad. Cogí la tetera y el té, e hicieron ruido, pues me temblaban las manos, pero ella dijo que no, había cambiado de opinión, era coñac lo que quería, coñac y un cigarrillo; ella, que no fumaba, y casi nunca bebía. Me lanzó la apagada mirada iracunda de un niño desafiante, allí de pie junto a la mesa, con el abrigo puesto. Ya no lloraba. Se quitó las gafas y las dejó caer. Quedaron colgándole de la cadena, bajo la garganta, y se frotó los ojos con la base de las manos. Encontré una botella de coñac, y temblando le serví una medida en un vaso, y el cuello de la botella y el borde del vaso castañetearon uno contra el otro como dientes. En la casa no había cigarrillos, ¿adónde iba a ir yo para conseguirlos? Dijo que no importaba, que tampoco quería fumar de verdad. El hervidor de acero resplandecía, y una lenta columna de vapor brotaba del pitorro, sugiriendo vagamente un genio y su lámpara. Oh, concédeme un deseo, solo el más importante.

—Quítate al abrigo, al menos —le dije.

Pero ¿por qué al menos? Hay que ver cómo es el discurso humano.

Le di el vaso de coñac, pero se lo quedó en la mano, sin beberlo. La luz que llegaba de la ventana, a mi espalda, se reflejaba en las lentes de sus gafas, colgándole ante la clavícula, provocando el misterioso efecto de que tenía delante, bajo la barbilla, una miniatura de ella con la mirada gacha. De repente se le aflojó el cuerpo y se dejó caer aplomo en una silla, ext

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