Edith (1997)
Llevamos dos días en Nueva York. Estamos con Dennis Lomack. Mamá se ha quedado en el St. Vincent, descansando. Acaba de hacer una verdadera estupidez, y yo fui la que la encontró. Dennis nos ha llevado a dar una vuelta por la ciudad, a ver si así nos lo quita de la cabeza y nos reconciliamos con los últimos diez años.
Esta noche, Dennis había quedado con una pelirroja para ir a una actuación, y nos ha llevado a Mae y a mí a la cita. A veces vamos con mamá a Nueva Orleans a ver El cascanueces, pero esto no tiene nada que ver. Estamos en el sótano de una iglesia; no cabe un alma y hay mucha humedad. Una mujer que lleva un vestido veraniego baila sola en el escenario. Parece un gato salvaje. Se le ve la caja torácica por ambos costados, y por delante también. La espesa melena negra le llega hasta la cintura y acompaña cada uno de sus movimientos con un balanceo. El escenario está lleno de sillas plegables, y ella baila con los ojos cerrados. No parece consciente de nada, sacude los brazos y las piernas sin siquiera percatarse. Caen las sillas a su alrededor, y ella sigue bailando. Baja el ritmo, ladea la cabeza como si aguzara el oído, luego mueve las manos con pequeños espasmos. Tiene el pelo sucio; el olor llega hasta donde estoy sentada: con cada giro que da, la melena ondea en el aire.
La veo borrosa y me doy cuenta de que estoy llorando. No sé por qué.
Aunque no es cierto. Sí lo sé. Es porque me recuerda mucho a mamá. Por la forma de bailar que tiene: tan desesperada, pero también como en su propio mundo. No baila para nosotros. Está sumida en lo más hondo de sí misma, y, si los asientos estuvieran vacíos, seguiría bailando igual.
Mae pone cara de terror. Le aprieto la mano, pero ni se da cuenta. No conozco lo suficiente a Dennis para saber lo que siente. Puede que nada. Con las luces del teatro apagadas, es como si tuviera la cara esculpida en piedra. Se le ha dormido encima la chica con la que ha quedado, que apoya la cabeza en su hombro.
Cuando salimos, se despega del cuello la cabeza de la pelirroja, hace una pirueta para desembarazarse de ella y la mete en un taxi. Cada uno de sus movimientos responde a un cálculo perfecto. Salta a la vista que tiene mucha práctica en eso de quitarse a la gente de encima. El taxi se aleja, y la mujer nos mira a través del cristal con cara de perro triste. Mae le dice adiós con la mano. Ya ni me acuerdo de cómo se llamaba. ¿Rachel? ¿Rebecca? No importa. No creo que la vayamos a ver más.
Volvemos andando al apartamento de Dennis, en silencio. Él va en medio, agarrándonos del codo. Queda lejos, a unas treinta o cuarenta manzanas. El aire viene frío. Casi todas las tiendas están cerradas, tienen echado el cierre metálico en los escaparates. Hay hombres tumbados en los bancos que vamos dejando atrás. Algunos están embutidos en sacos de dormir, pero otros se arropan con periódicos. Los que no han llegado a tiempo de encontrar banco duermen tumbados en los vanos de las puertas, o en el suelo. Vamos sorteándolos, guiadas por Dennis, en completo silencio. Nunca había visto a tanta gente sin hogar. Nos adelanta un grupo de mujeres, van riendo y dando lametones a sus cucuruchos de helado. Ni siquiera miran a las personas que hay en el suelo cuando pasan por encima de ellas.
—Os pido perdón —dice Dennis; y quedan en el aire esas palabras. Mae y yo nos miramos: ojalá diera más detalles de qué hay que perdonarle.
En el apartamento, sentados a la mesa de la cocina, tomamos una infusión. Cuando me viene a la mente la mujer y su bamboleo en el escenario, rompo a llorar otra vez. Noto en el pelo la caricia de Mae, me frota las sienes con los dedos fríos. Dennis revolotea detrás de ella. La ayuda a quitarse el abrigo, intenta hacer lo propio conmigo, pero yo lo aparto sin contemplaciones.
—¿Qué hemos hecho? —digo—. ¿Cómo hemos podido dejarla sola?
—Cálmate, por favor —dice él, y me alcanza una servilleta de papel.
Me sueno la nariz. No mueve un músculo de la cara, indescifrable, pero le tiembla el pulso al echar el agua en las tazas, y tiene que emplearse a fondo para no derramarla. Aparto la vista y la fijo en la caja de infusiones que Mae tiene en las manos. No me gusta ver cómo le tiembla el pulso a Dennis. No tiene ningún derecho a perder así el control. Respiro hondo y centro toda la atención en la caja. Es de madera labrada, con elefantes, y está llena de bolsas de té y tisanas: las hay de jengibre y limón, de rooibos, de bayas de açaí, mejunjes que no había oído en mi vida. Mamá solo toma café. Elijo la que menos huele a hierba. Seguro que la caja la dejó aquí una mujer, como el calcetín pequeño hecho una bola que hemos visto en un rincón de nuestro cuarto.
Dennis encaja la silla entre la mesa y la nevera; hunde los dedos en la barba y se nos queda mirando. Yo aparto la vista, pero veo que Mae le devuelve la mirada. A mí me zarandea el hombro hasta que no tengo más remedio que mirarlo también. Es raro, porque tiene los mismos ojos que veo delante del espejo cuando me miro. Me noto hipnotizada por un instante, como si estuviera fuera de mi cuerpo.
—Escuchadme —dice con la voz llorosa—. Comprendo que al principio os pueda parecer un extraño. Pero no soy un extraño. Soy vuestro padre —y entonces cede el rictus de la cara, que parece un poema, nos acerca a su pecho y nos abraza, hasta que el agua se queda fría en las tazas.
Mae
Es el tipo de cosas que le gustaba hacer a mi madre: escogía a una persona y la seguía durante horas; por todo el centro comercial, hasta el garaje, hasta su casa. Una vez fuimos toda la noche detrás de alguien por el bosque, con las luces del coche apagadas, y hasta que no llegó a la cabaña no nos dimos cuenta de que era un coto de caza. A veces, si era por el día, dejaba venir a Edie también; aunque si estaba Edie perdía el aliciente, no era más que un juego. Y solo jugaban ellas, al amor de que compartían una bolsa de regaliz de fresa en los asientos delanteros, mientras conjeturaban sobre la gente que estábamos siguiendo.
Pero cuando íbamos solas mamá y yo, de noche, y veíamos pasar por la ventanilla a toda velocidad los árboles y la laguna en plena oscuridad, no tenía nada de juego. Entonces yo me sumergía en la realidad de mamá. A veces se bajaba del coche y tenía que ir con ella. Un día caminamos mucho rato por un sendero lleno de maleza que llevaba a un puesto para cazar ciervos. El aire era denso y frío; el canto de los grillos y las ranas arbóreas, ensordecedor. Yo tenía diez años, puede que once, y recuerdo que cada pocos pasos tenía la desagradable sensación de que despertaba, una y otra vez, despertaba y despertaba.
El puesto de caza era un cobertizo de contrachapado, alzado sobre cuatro pilares. No sé si dimos con él por casualidad o si mamá fue hasta allí aposta. Me dio miedo quedarme sola y la seguí escalera arriba. Era como una casita en un árbol, solo que olía a moho y a sangre. Mamá gastó toda la caja de cerillas para leer los titulares de los periódicos que cubrían el suelo. Nos perdimos en el camino de vuelta al coche. Yo tenía pánico a que nos dispararan, o a los perros, que podían salir corriendo detrás de nosotras. Se habían dado ambos casos. Estaba amaneciendo cuando llegamos a casa, y entonces tuve que irme al colegio y hacer como que no había pasado nada; ingeniármelas para no quedarme dormida ni llamar la atención lo más mínimo.
No sé si Edie estaba al tanto de todo. Según ella, la favorita de mamá era yo, pero eso no es cierto. Lo que pasaba era que mamá me veía a mí como pura extensión de su persona, mientras que Edie era libre de ser ella misma. Edie salía con sus amigas, montaba en bici, tomaba el sol, se colaba en el cine, y yo seguía atrapada en el cuarto de mamá, con un montón de mantas encima aunque fuera verano e hiciera calor, tapadas las dos con el abrigo de piel de la abuela. Era un abrigo de nutria —rata de laguna—, y mamá me tenía allí con ella horas enteras, sudando, entre picores, hasta que dejaba las mangas sin pelo de tanto chuparlas.
Sí, mamá me llevaba con ella a rastras a los peores sitios que había. Tuve que alejarme de ella cuanto pude, porque me estaba consumiendo en vida. El día que intentó ahorcarse de una viga en la cocina, yo estaba en mi cuarto, tumbada en el suelo. Mi mente era una radio que sintonizaba su cadena, y tanto sufrimiento acababa por paralizarme. Yo tenía por fuerza que saber lo que estaba haciendo ese día, pero no moví un dedo para detenerla. Fue Edie la que le salvó la vida a mamá.
Cuando papá salió de la nada para rescatarnos, fue como si hubiera aparecido por arte de magia. Nos sacó del colegio —yo acababa de empezar el instituto y a Edie le quedaba un año para terminar— y nos llevó con él a Nueva York. Era la primera vez que salíamos de Luisiana. No sabíamos cuánto tiempo nos íbamos a quedar porque todo estaba en el aire, pero yo me lo tomé como que me daban una oportunidad para empezar de cero, y no pensaba desaprovecharla.
Con papá tenía siempre la sensación de que ya lo había vivido todo antes. Veía un objeto y sentía que tiraba de mí, sin poder explicármelo. Como ese par de zapatos marrones al fondo del armario, por ejemplo, con la piel suave al tacto de lo gastados que estaban, que pedían a gritos unas suelas nuevas. No es que me acordara de ese par concretamente, pero mi cuerpo sí. Cerraba la puerta del armario y los acunaba entre los brazos, a oscuras. No quería que Edie se enterara de que hacía esas cosas, y me costaba ocultárselas en un apartamento tan pequeño.
A mí me encantaba ese pisito: era como un útero apretado y polvoriento. Edie no paraba de estornudar, porque no había manera de quitarles el polvo a todos los libros. Desbordaban las estanterías del salón y llegaban hasta el suelo, montones de libros por todas partes, contra las paredes, encima del piano, debajo de la mesa de la cocina. Papá era escritor, así que se multiplicaban los libros en su apartamento. Le llegaban nuevos por correo todos los días, la mayor parte de autores jóvenes que querían un elogio suyo para ponerlo en la contraportada. Un elogio de papá estampado en las tapas de un libro valía su peso en oro. Era un icono cultural. Una vez hasta salió como respuesta en el concurso de televisión Jeopardy!
Mamá también había sido escritora, poeta, aunque ni mucho menos tan conocida como papá. Ella nos leía mucho. Uno de los primeros recuerdos que tengo es estar sentada en el suelo de la cocina con Edie y ver la figura de mamá irguiéndose por encima de nosotras: tenía los ojos cerrados, se balanceaba sin moverse del sitio, zapateaba en el suelo, recitaba poemas, con la encimera llena de cuadernos. Algunas veces mandaba sus escritos a revistas, y Edie y yo teníamos que lamer la goma de los sobres para que le diera suerte. Casi nunca le publicaban nada. Hubo un momento en que dejó de escribir, y luego, al final, dejó de leer. Los libros se convirtieron en objetos decorativos. Se podía pasar días enteros sentada en la mesa de la cocina, con la mirada vidriosa, perdida en algún libro de poemas que tenía abierto en el regazo, mientras la grasa del pelo le manchaba el camisón a la altura de los hombros. Se quedaba así, mirando, sin pasar las páginas. Repiqueteaba los dedos uno contra otro, desconectados del resto del cuerpo, marcando algún ritmo secreto.
Edith
(1997)
Cierro los ojos y el tráfico sube de volumen. Seguro que el océano suena así también. Nuestro cuarto es como un camarote en un crucero. Dennis tenía antes el despacho aquí, y casi no cabemos: hay que tener cuidado, porque si «hablas como una italiana», como decía la profesora de francés, estamparás las manos contra la litera, el tocador o la lámpara de papel.
Tengo a Mae tumbada al lado; estamos en la litera de abajo. Nos da miedo separarnos: de noche, mientras una duerme, la otra está despierta.
—Es como ir en barco —le digo bajito al oído, pero no abre los ojos. Dice que no con la cabeza, y el pelo oscuro y espeso le tapa la cara. Parece una caldera en miniatura cuando duerme. Le suda mucho el cuello, y el pelo se le pega ahí. Lo tiene igual que mamá. Cuando me da la espalda y se pone de cara a la pared, la peino con los dedos y hago como que es mamá la que está tumbada a mi lado. «Perdóname, mamá. Perdóname.» Llevamos casi una semana aquí y los médicos no sueltan prenda. A Dennis le cuentan que todavía es pronto para saber nada a ciencia cierta. Cuando llamo yo, me dicen que no están autorizados a hablar de su estado conmigo. Me tratan como a una niña pequeña, como si no fuera yo la que la ha estado cuidando todos estos años.
Dennis sigue sin decirnos cuándo vamos a volver. No me importa tomarme un descanso, pero estoy en el consejo escolar y los comités de puertas abiertas y fiesta de fin de curso, y cuanto más tiempo siga aquí, más opciones habrá de que me levanten el sitio. Aparte de que echo de menos a Markus, y también es cuestión de tiempo que me lo quite una de las Lauren, o alguna todavía peor.
Le he preguntado a Dennis si vamos a volver antes del 3 o el 4, pero lo único que hace es sonreír como un idiota y decirme lo feliz que está de tenerme aquí con él. No sé si voy a aguantar mucho más eso de tenerlo todo el rato pegado a nosotras, sin parar de hacer comentarios sobre gilipolleces. ¡Que si cómo agarramos la cuchara! ¡Que si cómo bebemos agua! ¡Que cuánto nos parecemos a él! ¡Oh, maravillas de la genética! No me extrañaría que ahora mismo estuviera detrás de la puerta, con el oído pegado, tomando nota de lo mucho que se parecen los ruidos que hacemos al dormir a los que hace él. A lo mejor lo puede incluir en su próximo libro. ¡Menudo material literario estamos hechas las dos! Espejitos para que se mire más todavía en ellos.
—¿No te parece raro —le digo a Mae al oído, más alto esta vez— que Dennis no mostrara el más mínimo interés en doce años, y ahora, de repente, no se canse de nosotras? —si está detrás de la puerta, espero que me oiga.
Mae no abre los ojos, pero se nota que está despierta. Además, ya sé lo que piensa. No le parece raro en absoluto. Cuando saqué el tema antes, se puso a defender a Dennis. Solo tenía dos años cuando él se fue, qué va a saber ella. Yo tenía cuatro. Y de hecho me acuerdo. Recuerdo que lo echaba de menos, que lo esperaba, mirando por la ventana que daba a la calle, todos los días, como un perro. No nos llamó nunca, ni por los cumpleaños ni en Navidad. No mandó cartas ni postales. He aquí un escritor famoso, o lo que sea, y ni siquiera sé qué letra tiene. Y también está lo que nos contó mamá. Aunque éramos pequeñas, nos hablaba con franqueza, porque no tenía a nadie más. Nos contó que se aprovechaba de ella, de lo joven que era, y que se ponía celoso, hecho una furia, y se acostaba con todas las amigas de mamá; no porque le apeteciera o le gustara alguna, ¡sino porque no quería que ella tuviera amigas! Y amigas, lo que se dice amigas, no tenía. Tenía a Doreen y nos tenía a nosotras, y no fuimos bastante.
—Esto no va a durar —le digo al oído. No quiero que Mae se haga ilusiones y luego se las tiren por tierra—. En cuanto volvamos a casa no sabremos de él nunca más.
Qué mal se le da hacerse la dormida. Contiene la respiración, y eso la delata. No digo nada más, y enseguida el sonido del tráfico colma la habitación, hasta que llega un momento en que me parece flotar en ese estruendo. Me dejo llevar. Vuelvo a casa, a mi propio cuarto. Mamá está bien. La oigo en la ducha, cantando. ¿No ves?, está bien. Yo sabía que iba a estar bien. El canto se convierte en chillido; y me despiertan las sirenas.
Mae está mirando por la ventana. El resplandor de la ambulancia, siete pisos más abajo, le da a su cara la apariencia de una máscara, primero azul y luego roja.
—Mae —le digo al oído, pero no reacciona.
Hay veces que le dan como trances, por eso en el colegio la llaman Yuyu.
—Mae —digo otra vez, y le pongo las manos en los hombros. Las dos vemos cómo abajo, en la calle, atan a alguien a una camilla.
Había tormenta y llovía torrencialmente el día que encontré a mamá en la cocina. Los de la ambulancia y los bomberos iban dejando la moqueta encharcada mientras la sacaban. Fue como si Dios hubiera orquestado la pelea que tuve con Markus en su casa del lago, para que volviera pronto y me la encontrara. Mae dice que no cree en Dios, pero ¿cómo explicar si no que yo llegara justo a tiempo? Cinco minutos más tarde y habría muerto. No me la imagino muerta. Es como un eclipse, que si lo miras de frente te quedas ciego.
La verdad es que no quería morirse. Eso lo sé a ciencia cierta. ¿Sabéis por qué lo sé? Pues porque había puesto el agua a hervir y había encendido la cafetera eléctrica para hacerse un café. La pared estaba llena de condensación y el hervidor seguía soplando cuando me la encontré. No me explico cómo Mae no oyó nada. Debía de estar en uno de esos trances suyos.
Llevo a Mae de vuelta a la litera de abajo y la arropo. Saca una mano y me acaricia la cara.
—No llores —dice, y cierra los ojos.
No me había dado cuenta de que estaba llorando. Se me saltan las lágrimas todo el tiempo desde que llegamos, como si tuviera incontinencia en la cara.
—No lloro —digo, y me las seco con el pelo—. Ojalá volviera a ser todo como antes, ¿a que sí? —le pregunto. Como antes de que pasara esto, antes de la depresión de mamá. No siempre estaba triste. A veces era la persona más feliz del mundo. Se reía, doblada en dos, sin poder parar, y nosotras también nos reíamos, aunque no supiéramos dónde estaba la gracia. Y había otros momentos en que no estaba ni feliz ni enfadada ni triste: era mamá, simple y llanamente; nos llevaba al parque, o a ver los desfiles, y se quedaba despierta hasta tarde, cosiéndonos disfraces de Mardi Gras muy elaborados.
Mae no responde, se da la vuelta, de cara a la pared. Al final, cuando ya casi estoy dormida, oigo que dice:
—Hay veces que es como si tú y yo nos hubiéramos criado en casas distintas.
Mae
Las dos primeras semanas, papá no nos perdía de vista. Dábamos paseos larguísimos con él, en los que trataba de comprimir, como a presión, los años perdidos. Cubríamos a pie distancias de cientos de manzanas. Dijo que cuando se volvió a vivir a Nueva York nos echaba tanto de menos que era como tener hormigas coloradas en los órganos vitales, y que caminando recuperaba un poco la cordura.
A nosotras no se nos habría pasado por la cabeza caminar en Metairie. No había adónde ir, y al poco de echar a andar volvías al punto de partida o te dabas de bruces con la autopista. Sí que estaban los paseos nocturnos con mamá, el pánico de atravesar bosques y lagunas, pero eso era aparte. En Nueva York caminábamos igual que peregrinos, y cuando gastamos los zapatos, papá nos compró unas zapatillas muy chulas, diseñadas para imitar el contoneo de un guerrero masái. Calzadas con ellas, íbamos de los Claustros a la punta sur de Battery Park; sorteábamos a los yonquis que cabeceaban en las aceras del Lower East Side, probábamos dumplings en Chinatown y pizza en Little Italy, pasábamos el dedo por los rollos de tela en el Fashion District y comprábamos ramos de flores en el Flower District, marchitas ya para cuando queríamos llegar a casa.
Atravesábamos los vecindarios justo a la salida de los colegios. Las chicas inundaban la calle, vestidas con uniformes parecidos al que teníamos en el Santa Úrsula —faldas plisadas a cuadros verdes y grises y camisas blancas—, aunque, como es lógico, ellas les daban un toque más distinguido. Antes las habíamos visto hacer fila a la puerta de las panaderías en Greenwich Village, rebuscando en monederos que se nos antojaban grandes y elegantes.
Papá procuraba apartarnos rápido de allí, porque era ver a esas chicas y Edie ya se ponía de mal humor.
—¡Es prácticamente como si nos hubieras raptado! —le decía a grito pelado, y algunas chicas se daban la vuelta y nos miraban, sin saber muy bien si tomarse aquella acusación en serio.
Una vez hasta se quitó las zapatillas nuevas y las tiró contra él. Papá, aturdido, puso tal cara de asombro que Edie se cabreó más todavía.
—¿Cuándo nos vamos a casa? —gritó, y solo hubo manera de calmarla invocando a los médicos y la salud de mamá. Entonces, a regañadientes, se tranquilizó un poco, y unas calles más adelante volvió a calzarse.
Mis preferidos eran los paseos fantasma con papá por los sitios de su niñez que habían sido borrados del mapa, sitios en los que vivió y fue al cine y tomó cerveza y jugó a las máquinas. Me gustaba ver esa otra capa de la ciudad debajo de la más visible. Metairie era una ciénaga estática. No tenías la sensación de que nada pudiera cambiar allí.
Un día nos llevó a Morningside Park y nos enseñó las cuevas donde había acampado para protestar contra la discriminación racial. La Universidad de Columbia quería construir un gimnasio allí, con entradas separadas para los blancos y la gente de color. Siempre que hablaba del movimiento por los derechos civiles, a Edie se le olvidaba que en teoría estaba enfadada y lo escuchaba con la boca abierta.
Carta de Dennis Lomack a Marianne Louise McLean
24 de abril de 1968
Querida M.:
Me senté con la intención de escribir una novela, pero no hay cosa que escriba que no se convierta en una carta para ti. Me tienes hechizado, chica. ¿Para qué oponerse?
Estoy con Fred en Morningside Park. La poli patrulla el perímetro del parque pero no interviene. Hasta el alcalde sabe que tenemos razón. Estamos borrachos y no paramos de cantar, celebrando la capitulación de Columbia. Adiós, gimnasio racista.
A Fred se le cayó el cubo de agua en la leña, y ahora no prende (pobre Fred, perdió la percepción de profundidad). He tenido que descender por el talud e ir a buscar más troncos. Hay una vista magnífica desde abajo: las cuevas horadan un lado del barranco, y en cada una de ellas arde una fogata, con lo que el talud queda transformado en un rascacielos primigenio. UN RASCACIELOS DE LAS CAVERNAS (me vino a la cabeza esta combinación de palabras, pronunciada por tu padre). ¡Ay, ojalá pudierais verlo! ¡Esto es mejor que una sentada, es una acampada! ¡Es una CAVERNADA! ¡Esto no es Misisipi! ¡No pasarán!, etcétera.
¿Qué tal está tu padre? Tengo en mente escribirle. Me dijo Ann que las acusaciones contra él no se sostenían, que era todo una farsa, aunque no me dio muchos detalles. Me alegra hablar con mi hermana y pedirle consejo. Ya sabes que mi hermana es abogada. De hecho, acabo de verla esta tarde. Nos ha traído un guiso de cerdo y repollo, y a ese pelma que va siempre con ella, Stewart. Se nos sumaron unas amigas de la cueva contigua, dos hermanas de Puerto Rico. Stewart quiso hablar con ellas de Gandhi, pero no les causó demasiada impresión. Se fueron. Stewart dice que si pudiera matarme y ponerse mi piel encima, lo haría. Tiene una cara que parece un racimo de granos. Por eso no liga, según él. Lo que no alcanzo a comprender es cómo lo aguanta mi hermana. Los mosquitos están acudiendo en masa a la luz de la vela, así que voy a apagarla.
Buenas noches, buenas noches, mi pequeña m.
Edith (1997)
—Yo ya no tengo edad —dice Dennis, y con un gesto de la mano nos anima a avanzar. Él se queda en la hierba, con los de la barbacoa, a ras de suelo.
Mae y yo subimos, nos colamos por debajo de la barandilla y vamos a gatas por un saliente que lleva a las cuevas, talud adelante. No miro hacia abajo. Las cuevas tienen pequeñas aberturas. Entramos a cuatro patas y palpamos tierra y basura con las manos. ¿Los envoltorios son de condones o de caramelos? Dennis nos da instrucciones desde abajo, a grito limpio.
—A la izquierda, a la izquierda —dice. Saco la cabeza fuera y veo que señala la cueva que tenemos al lado. Ahí acampó en los viejos tiempos.
Seguimos gateando hasta esa abertura. Aúpo a Mae, y luego ella tira de mí para subirme. Es una cueva más honda que las otras, y más oscura. Lleva su tiempo acostumbrar la vista, y entonces veo el contorno de una figura. Noto que Mae se pone tensa, pero antes de que pueda hacer nada le tapo la boca con la mano. Hay un hombre ahí, muy cerca. Durmiendo. Desnudo, echado en un saco de dormir. Le veo la polla aunque está oscuro, acomodada encima de la tripa, mirándonos directamente con su ojo. Mae y yo salimos a gatas, de espaldas, y casi nos caemos. Seguro que es la primera que ve en su vida.
—¿Qué ha pasado? —dice Dennis. Estamos sin aliento. Mae tiene restos de tierra en la cara, de cuando le he tapado la boca. El envoltorio de una chocolatina se le ha quedado adherido a la rodilla, y Dennis lo despega con dos dedos.
—Que hemos visto una serpiente —respondo. No sé por qué lo digo, me sale sola esa mentira.
—Ah —dice él—. ¿Era verde y amarilla?
Digo que sí con la cabeza.
—Una culebra rayada. No os preocupéis, son inofensivas —dice.
Hay una mujer a su lado. No es la del teatro, es otra diferente. Cuando nos sonríe se le pone cara de caballo. Le dice a Mae que tiene un pelo muy bonito, y Mae le suelta un gruñido.
Mae
Papá tenía muchas mujeres, mejor no darles alas. Lo peor era cuando se ponían maternales, parecía que una compañía de teatro de mala muerte estuviera haciendo un casting para un papel que en realidad no existía. Edie y yo éramos bordes con ellas aposta, aunque ella lo hacía por razones diferentes a las mías. A mí, por fin me habían regalado un padre y no quería compartirlo con nadie; Edie, por su parte, pensaba que aquellas mujeres eran un insulto para mamá.
No creo que papá supiera cómo mantener a raya a tantas mujeres. Toda su vida fue el centro de atención de las féminas. En su familia era el pequeño, y a su madre y su hermana se les caía la baba con él. Y luego, de adulto, tenía carisma, era guapo y tan alto que se tenía que agachar para pasar por las puertas, un hombre con talento y famoso. ¡Cómo no iban a estar locas por él! Pero, al parecer, con ninguna iba muy en serio. Solo tenía ojos para Edie y para mí. Y ser el centro de atención de alguien de aquella manera tenía un efecto embriagador. Cómo nos miraba... Nunca he sentido nada igual.
Una noche, cuando Edie ya dormía, salí a hurtadillas de nuestro cuarto y fui al de papá. Me quedé un rato frente a la puerta, haciendo acopio de valor para llamar. Tenía que decirle que no podía volver a casa, que no podía abandonarlo, pero me daba miedo decir nada delante de mi hermana. Me entraban los nervios, porque no sabía si la estaba traicionando, haciendo algo a sus espaldas.
Recuerdo que, al llamar, la puerta se abrió sola y lo hallé sentado al escritorio, mirando una foto. Lo había asustado, y metió rápidamente la foto en un cajón.
—¿Qué haces levantada? —preguntó.
Me vine abajo. No sabía qué decir. Además, ¿y si Edie tenía razón? ¿Y si el amor que nos tenía no era más que un espejismo y con lo que yo iba a decirle se rompía la magia y lo acababa espantando? Así que no abrí la boca.
Pero no hizo falta.
—Ven —me dijo, y me sentó en su regazo—. ¿Tienes miedo?
Asentí con la cabeza, y me dio un beso en la frente.
—Como para no tenerlo —dijo.
Edith (1997)
—Mis dos preciosas hijas, mis niñas guapas, guapísimas —dice Dennis en el desayuno. Noto el calor de su mano en el hombro. Nos mira alelado, como si fuésemos sus pollitos.
Veo la mirada que le dirige Mae, e intuyo cosas, cosas importantes que cambian de sitio en su interior, despacio, como placas tectónicas.
No voy a mentir. Yo también me sentí colmada por un instante cuando me tocó, como si me hubieran cortado los cables de la alarma contra las memeces. Menos mal que veo la mentira que hay detrás de todo. Mamá lleva dos semanas desaparecida en el hospital y ya la estamos traicionando.
—He pensado que hoy podría llevaros al Met —dice.
Suena el teléfono, pero él sigue sonriéndonos. Me escabullo para ir a cogerlo y así quitarme esa mano de encima. Puede que sea Markus, que me devuelve la llamada, porque ya le he dejado tres mensajes. O es él, o alguna de las damiselas de Dennis. Tantas mujeres. No paran de llamar y venir a verlo. Una se presentó el otro día en gabardina, sin nada debajo. Llevaba un tiempo fuera del país y vino derecha del aeropuerto para darle una sorpresa. ¡Menuda sorpresa! Ni siquiera podía sentarse: con una mano se sujetaba la gabardina, subida hasta el cuello, y nos daba la otra en las presentaciones. Casi me dio pena.
—¿Diga? —contesto al teléfono.
Es una voz de hombre.
—¿El señor Lomack, por favor?
Es el médico, pienso.
Le paso el auricular a Dennis. Me lo quedo mirando mientras él atiende la llamada.
—Sí —dice—. ¿Qué tal está? —se mira las manos—. Sí —dice—, sí —nos da la espalda, con el cable del teléfono enrollado en los riñones—. ¿Y la medicación? —dice—. Ya veo —dice—. Sí —la voz que pone no delata nada.
Tengo el corazón en un puño.
—Cuánto lo lamento —dice, pero no parece que lo lamente mucho, por cómo suena. No le veo la cara. ¿Qué lamenta?
Mae se remueve en el asiento, y la silla cruje. Debo de estar mirándola con mala cara, porque le tiemblan los labios. Es muy sensible. Eso dice mamá siempre: «Ten cuidado con tu hermana, que es muy sensible». Le sonrío, lo intento más bien, y respiro hondo.
—Sí —vuelve a decir Dennis como unas tres mil veces.
A mamá la tienen allí en contra de su voluntad. Seguro que está atada a la cama, gritando. Se ha quedado sin voz; por eso no me dejan hablar con ella. No tiene voz. Imagino la cara que pone cuando grita y no le sale la voz. Me da tanto miedo la imagen que agarro la mano de Mae.
—Ay —dice, y se frota donde la he tocado. A veces es una cría insoportable.
Dennis cuelga. Le brillan los ojos, y no dice nada hasta que se sienta otra vez a la mesa con nosotras.
—Los médicos creen que sería mejor —dice, y entierra los dedos en la barba— que os quedarais a vivir conmigo. Vuestra madre no está bien. Necesita más tiempo.
—No —digo yo.
Dennis asiente con la cabeza.
—Ya sé que no es lo que esperabais —dice.
—¿Qué pasa con el colegio? No podemos dejarlo a mitad de trimestre y ya está. Podemos volver y vivir solas. Tengo dieciséis años. ¿Quién crees que se ha ocupado de todo hasta ahora?
—Desde el punto de vista legal, eso no es posible —dice.
—Podemos quedarnos con Doreen —Doreen es como la hermana de mamá. No son familia, pero se criaron juntas. Nos lo debe.
—No ha salido de ella ofrecerse.
Hago lo posible por calmarme porque sé que es la única manera de convencer a alguien de tus argumentos, pero oigo una voz dentro de mí que chilla.
—Yo no estoy de acuerdo.
Tercia Mae, que me mira con cara de pocos amigos y dice:
—Pues yo creo que eres una egoísta —y es como si se hubiera levantado de la mesa para darme un bofetón.
Diario de Dennis Lomack
[1970]
Anoche empecé... algo. Algo grande, vivo. No quiero hablar antes de tiempo, pero puede que al final sea un libro (!). Yo escribía a máquina y Marianne me miraba desde el suelo, tumbada en el colchón. Siento que somos uña y carne los dos. Es su energía la que opera dentro de mí, no me cabe ninguna duda. Estuve toda la noche escribiendo. Fuera llovía. Marianne estaba tumbada de espaldas, levantó el brazo en alto, entrecerró los ojos para ver el anillo, se quedó dormida. Ayer, mi hermana vino a la ciudad a hacernos una visita, y cuando pasamos por el ayuntamiento sentí una fuerza interior que me empujaba a casarme. Compramos claveles, teñidos de azul chillón, en la tienda de enfrente. «Mira», dijo Marianne, y pasó el pulgar por los tallos, llenos de venas como si fueran brazos. Paramos a un turista que pasaba por la calle, le pedimos que nos hiciera una foto con su cámara. Prometió mandarla por correo. Y desde que nos casamos, me devora la necesidad de escribir. Debajo de todo lo que escribo, como el traqueteo subterráneo del metro, «mi mujer, mi vida, mi mujer». Ya estaba amaneciendo cuando lo dejé y fui gateando hasta el colchón. Me hacía falta otra dosis de ella para seguir.
—No han dejado de picarme en toda la noche —me dijo medio dormida, enseñándome el brazo. Tenía una hilera de ronchitas rojas. Las chinches anidan entre las tablas del suelo y en el hueco de los enchufes.
—Yo sí que te voy a picar —dije. Y eso hice.
Más tarde, en el espejo del baño, mientras me lavaba la cara, vi que tenía dos marcas desiguales en el lóbulo de la oreja, de sus dientes delanteros, un poco montados. Y sentí otra vez el azote del deseo.
Volví corriendo al colchón: había empezado a abrocharse la blusa por los botones de arriba, y yo se la iba desabrochando por los de abajo. Le dan un pudor absurdo algunas cosas. Le quité las manos de los pechos y le besé las muñecas. Luego la sujeté a la cama.
En un susurro me llegó entonces la cantinela: ¿Me puedes salvar?
Y ante eso, solo cabe una respuesta: Sí, claro que sí.
Edith (1997)
Suena el cacharreo de Dennis y Mae en la cocina: él le está enseñando a hacer dumplings partiendo de cero. Es la receta de su abuela, que era polaca; supongo que por tanto era bisabuela nuestra. En casa, la que cocinaba era casi siempre yo. Le acabé quitando las pilas a la alarma antiincendios de la cocina por culpa de mamá y Mae. Todas las ollas tenían marcas de arroz quemado de cuando se ponían a hacer judías pintas con arroz. Ayer pensaba en eso durante la visita guiada al Museo Metropolitano de Arte a cargo de una mujer a la que Dennis se habrá tirado, se estará tirando o se irá a tirar. Nos estaba explicando un cielo nocturno, lleno de remolinos, de Vincent van Gogh. Era igualito que el fondo de las ollas que teníamos en Metairie. Eso me entristece: pensar en esas ollas que nadie utiliza, apiladas en los armarios de la casa vacía. No sé si voy a aguantar mucho más tiempo lejos de allí.
Una vez oí a alguien decir que si visualizas lo que quieres, recreándolo hasta el más mínimo detalle, se hace realidad. Así que lo intento. Cierro los ojos y me concentro. Ya no estoy en este piso de mierda en el que no cabe un alma. Qué va: estoy en casa, de pie en el salón. A mi izquierda está el estante con las vasijas de calabaza labradas que guardan las cenizas del abuelo. Enfrente tengo la ventana, con sus visillos de encaje. Es mediodía y la luz entra a raudales, crea formas caprichosas en el sofá de terciopelo verde y la mesita de café.
Hago por imaginarme el olor de los árboles del vecino. Me llega, aunque las ventanas están cerradas y zumba el aire acondicionado. Esos árboles estaban empezando a echar brotes cuando nos fuimos, o sea que ahora ya habrán florecido: flores blancas, pequeñitas, que huelen a palitos de pescado. El año pasado la gente se quejó, y pasaron firmas para que los talaran, pero a mí me gustaban. Siempre me han gustado esos olores: a pescado, a mofeta, a gasolina, a sobacos, a mugre.
Mamá y Mae están en la habitación de al lado. Extiendo los brazos y voy con ellas. Pero entonces, a medida que me acerco, cuando estoy casi en el vano de
