El príncipe y el mendigo

Mark Twain

Fragmento

titulo

Índice

Portadilla

Índice

Prefacio

Nacen un príncipe y un mendigo

Los primeros años de Tom

Tom se encuentra con el príncipe

Empiezan los apuros del príncipe

Tom hace de gran señor

Tom recibe instrucciones

La primera comida regia de Tom

La cuestión del sello

La procesión cívica del río

El príncipe, aperreado

En el Ayuntamiento

El príncipe y su libertador

La desaparición del príncipe

Le roi est mort! Vive le roi!

Tom hace de rey

La comida de gala

Fu-Fu Primero

El príncipe, en compañía de los vagabundos

El príncipe y las campesinas

El príncipe y el ermitaño

Hendon viene a liberarlo

Una víctima de la traición

El príncipe, preso

La fuga

Hendon Hall

Repudiado

En la cárcel

El sacrificio

A Londres

Los progresos de Tom

El Cortejo del Reconocimiento

El día de la coronación

Eduardo reina

Justicia y retribución

Nota general

Notas

Créditos

Grupo Santillana

Prefacio

Prefacio

Doblemente bendita es la clemencia;

es bendición para quien la ejercita,

y es bendición para quien la recibe.

Grande entre lo más grande, y al monarca

siéntale aún mejor que su corona.

El mercader de Venecia

Voy a escribir un relato tal y como me lo contó una persona que se lo oyó contar a su padre, quien, a su vez, se lo oyó al padre suyo, y éste lo supo de la misma manera de boca del suyo, y así sucesivamente, caminando siempre atrás por espacio de más de trescientos años, durante los cuales fueron los padres transmitiéndolo a sus hijos, y así ha llegado hasta nosotros. Quizá sea verdad histórica, quizá no pase de ser una leyenda, una tradición. Puede que haya ocurrido, puede que no haya ocurrido; pero pudo ocurrir. Es posible que, en tiempos antiguos, los hombres sabios y doctos diesen por bueno el hecho, y es posible que únicamente les gustase a los hombres iletrados y sencillos, y que éstos le prestasen fe.

En uno de los manuscritos nacionales conservados por el gobierno inglés, HUGH LATIMER, obispo de Worcester, escribía a lord Cromwell, con motivo del nacimiento del príncipe de Gales:

Ilustre señor: Salutem in Christo Jesu. Creo que no hubo intervicinos, en el nacimiento de san Juan Bautista, alegría y regocijo mayores que los que ha habido en esta región con motivo del nacimiento de nuestro príncipe, que durante tanto tiempo esperábamos con ansiedad. El portador de la presente, maestro France, puede contároslo. Que Dios nos conceda su Gracia para rendir el testimonio de nuestra gratitud a Dios Nuestro Señor, Dios de Inglaterra, porque se ha mostrado verdaderamente como Dios de Inglaterra, o más bien un Dios inglés, si nos ponemos a pensar y a meditar en su manera de proceder con nosotros de tiempo en tiempo. Él ha curado todos nuestros males con su excesiva Bondad, dejándonos más que obligados a servirle, a buscar su Gloria, a promover su Palabra, aunque el demonio y todos los demonios se pongan enfrente de nosotros. He aquí cumplidas nuestras más locas esperanzas y deseos; recemos ahora por su conservación. Yo, por mi parte, hago votos porque Su Alteza tenga, desde el comienzo de su vida, gobernantes, instructores y funcionarios de recto criterio, neoptimum ingenium, non optima educatione depravetur.

Pero ¡qué torpísimo soy! ¡Cuántas veces la devoción da pruebas de poca discreción! ¡Que el Dios de Inglaterra os guíe en todos vuestros actos!

El 19 de octubre.

Vuestro, H. L. B. de Worcester, hoy en Hartlebury.

Si excitaseis al portador a ser más entusiástico sobre el abuso de imágenes, o más emprendedor para promover la verdad, quizá lo conseguiríais. No como cosa mía, sino como que sale de vos mismo, etcétera.

(Dirigido.) Al muy ilustre lord del Sello Privado, su muy bondadoso señor.

Nacen un príncipe y un mendigo

Nacen un príncipe y un mendigo

En la vieja ciudad de Londres, y en cierto día del segundo cuarto del siglo XVI, le nació un hijo a una familia pobre, apellidada Canty, que no deseaba tenerlo. El mismo día le nació otro niño inglés a un familia rica, apellidada Tudor, que lo deseaba. Lo deseaba también Inglaterra toda. Inglaterra lo había deseado ardientemente mucho tiempo, había hecho votos por tenerlo, y se lo había pedido a Dios con oraciones; y ahora que le llegaba por fin, su pueblo estaba casi loco de regocijo. Personas que eran simples conocidos se abrazaban, se besaban mutuamente y lloraban. No hubo nadie que no hiciese fiesta: altos y bajos, ricos y pobres banqueteaban, danzaban, cantaban y se ponían alegrillos; eso duró días y noches enteras. Londres era de día digno de verse, con alegres banderas ondeando en todos los balcones y tejados, mientras recorrían las calles magníficos cortejos. Y durante la noche volvía a ser digno de verse, con sus grandes hogueras en todas las esquinas, y en torno de ellas, la multitud entregándose a la más bulliciosa algazara. No se hablaba en toda Inglaterra de otra cosa que del recién nacido, Eduardo Tudor, príncipe de Gales, que descansaba envuelto en sedas y rasos, ajeno a tanta jarana, sin saber que unos grandes señores y damas le cuidaban y tenían puestos los ojos en él. Sin saberlo y sin dársele un comino por ello.

Nadie hablaba del otro recién nacido, Tom Canty, fajado en pobres harapos, como no fuese la familia de pobres de solemnidad a la que había venido a fastidiar con su presencia.

Los primeros años de Tom

Los primeros años de Tom

Saltemos por encima de algunos años.

Londres tenía mil quinientos años de existencia, y era, para aquel entonces, una gran ciudad de cien mil habitantes, aunque hay quien le calculaba el doble. Sus calles eran estrechas, retorcidas y sucias, especialmente en el barrio en que vivía Tom Canty, que caía cerca del Puente de Londres. Las casas estaban construidas de madera, de forma tal, que el piso segundo sobresalía por delante del primero, y el tercero sacaba los codos por delante del segundo. Cuanto más subía la casa, más se iba ensanchando. Venían a ser esqueletos de fuertes vigas cruzadas, rellenos de material sólido recubierto de una capa de mortero. Las vigas estaban pintadas de rojo, azul o negro, de acuerdo con los gustos del propietario, y esto daba a las casas un aspecto muy pintoresco. Las ventanas eran angostas, encristaladas con pequeños paneles en forma de diamantes, y se abrían hacia afuera, sobre goznes, lo mismo que las puertas.

La casa en que vivía el padre de Tom se hallaba al fondo de un pequeño callejón sin salida, llamado de las Piltrafas, que arrancaba de Pudding Lane. Era la casa pequeña, deteriorada, destartalada; pero estaba llena hasta los topes de familias, que vivían en la más desastrada pobreza. La tribu de los Canty ocupaba una habitación en un tercer piso. El padre y la madre disponían de una especie de camastro en un rincón; pero Tom, su abuela y sus dos hermanas, Bet y Nan, no tenían sitio fijo; todo el suelo era suyo, y podían dormir donde bien les pareciese. Disponían de los restos de un par de mantas y de algunas brazadas de paja vieja y sucia; no se podía llamar a eso propiamente camas, porque no estaban sus partes ensambladas: por las mañanas se apilaba todo a puntapiés en un solo montón, y al llegar la noche se hacía una selección de los diversos elementos para servirse de ellos.

Bet y Nan tenían quince años, y eran mellizas. Eran muchachas de buen corazón, sucias, vestidas de harapos y profundamente ignorantes. La madre se les parecía en todo. Pero el padre y la abuela eran un par de demonios. Se emborrachaban siempre que podían, y luego se peleaban entre ellos y con cuantos se les ponían por delante; borrachos o despejados, siempre estaban lanzando blasfemias y palabrotas; John Canty era ladrón, y su madre, pordiosera. Pusieron a los hijos a mendigar, pero no consiguieron convertirlos en ladrones. Entre la repugnante chusma que vivía en la casa, aunque ajeno a ella, se contaba un pobre sacerdote anciano, al que el rey había echado de su casa y hogar, retirándolo con una pensión de algunos peniques. Este cura solía llevarse con él a los hijos de la familia Canty, y les enseñaba en secreto buenas normas de conducta. Ese padre Andrew enseñó también a Tom latín, además de leer y escribir. Eso mismo habría hecho con las muchachas, pero éstas temieron las burlas de sus amigas, que no les habrían tolerado tales conocimientos.

Todo el callejón de las Piltrafas era otro enjambre por el estilo del de la casa de los Canty. Las borracheras, las riñas y las palabrotas estaban allí a la orden del día todas las noches, y durante casi toda la noche. Las cabezas descalabradas eran allí cosa tan corriente como las hambres. Y, sin embargo, Tom no se sentía desdichado. Llevaba una vida durísima, pero lo ignoraba. Era la que llevaban todos los demás muchachos del callejón de las Piltrafas; de modo, pues, que él la tomaba como cosa corriente y agradable. Sabía que si regresaba por la noche a casa con las manos vacías, empezaría su padre por soltarle una andanada de tacos y por vapulearlo, y que, cuando el padre hubiese acabado, la temible abuela repetiría de cabo a rabo la lección, con algunas añadiduras; y sabía también que, ya muy entrada la noche, su hambrienta madre se acercaría para deslizarle furtivamente en la mano alguna sobra o un mendrugo que había logrado guardarle, pasando ella necesidad, a pesar de que no pocas veces su marido la sorprendía en esa especie de traición y le daba una buena tanda de golpes.

Sí, la vida de Tom se deslizaba bastante bien, sobre todo en el verano. Mendigaba nada más que lo justo para salir del paso, porque las leyes contra la mendicidad eran rigurosas, y los castigos, severos; así es que se pasaba una buena parte de su tiempo escuchando los encantadores cuentos viejos y leyendas que le contaba el padre Andrew sobre gigantes y hadas, enanos y genios, castillos encantados y reyes y príncipes fastuosos. Llegó a tener la cabeza llena de aquellas maravillas, y más de una noche, hallándose tendido en la oscuridad sobre su montón de paja, escaso y maloliente, cansado, hambriento y dolorido de los azotes, daba rienda suelta a su imaginación y no tardaba en olvidar sus dolores y sufrimientos entre los cuadros deliciosos con que se representaba la vida encantadora de un príncipe mimado en su palacio real. Llegó un momento en que le persiguió de noche y de día un solo deseo: el de ver con sus propios ojos a un príncipe auténtico. Habló de ese deseo suyo a algunos camaradas del callejón de las Piltrafas; pero ellos se echaron a reír y se mofaron de él de tal manera, que se tuvo por feliz de guardarse para sí mismo de allí en adelante aquel ensueño suyo.

Con frecuencia se ponía a leer los viejos libros del sacerdote, haciendo que él se los explicase y los completase con comentarios. Poco a poco, sus ensueños y sus lecturas produjeron en Tom ciertos cambios. Los personajes de sus ensueños eran tan elegantes, que empezó a lamentar lo desaseado de sus ropas y la suciedad de su persona, deseando verse limpio y mejor vestido. A pesar de lo cual, siguió jugando entre el fango y disfrutando con esos juegos; pero, en lugar de chapotear por el Támesis únicamente por lo divertido que era, empezó a encontrar al río un nuevo valor en el hecho de que le proporcionaba la ocasión de lavarse y de limpiarse.

Tom encontraba siempre algún entretenimiento alrededor de Maypole, en Cheapside, y en las ferias; él, como todo el resto de Londres, tenía de cuando en cuando oportunidad de contemplar un desfile militar siempre que era conducido a la Torre, por tierra o por lancha, algún personaje famoso, pero infortunado. Cierto día de verano vio cómo quemaban en la hoguera, en Smithfield, a la pobre Anne Askew y a tres hombres más, y oyó, aunque sin que lograse interesarle, el sermón que les predicaba un ex obispo. Sí, en conjunto, la vida de Tom era bastante variada y agradable.

Paso a paso, las lecturas y los ensueños de Tom acerca de la vida principesca produjeron en él tan fuertes efectos, que empezó inconscientemente a actuar de príncipe. Adoptó palabras y maneras curiosamente ceremoniosas y cortesanas, que provocaron en sus íntimos inmensa admiración y diversión. Pero la influencia de Tom entre aquellos muchachos fue creciendo de día en día, y llegaron a mirarle con una especie de asombro acobardado, como si fuese un ser superior. ¡Cuánto sabía Tom! ¡Qué cosas más maravillosas decía y hacía! Además, ¡qué inteligente y profundo era! Los muchachos contaban a sus mayores las palabras y las hazañas de Tom, y éstos, a su vez, empezaron a discutir las cosas de Tom Canty, mirándole como a un ser extraordinario y de grandes dotes. Las personas mayores sometían a Tom sus problemas para que éste les diese la solución, y a veces quedábanse asombrados del ingenio y sabiduría de las mismas. En una palabra: Tom había llegado a ser un héroe para todos, menos para su propia familia, que nada veía en él.

Poco después, y de una manera reservada, organizó Tom una corte de rey. Él era el príncipe, y sus mejores camaradas eran los guardias, chambelanes, caballerizos, lores, damas de compañía y miembros de la familia real.

El príncipe de mentirijillas era recibido todos los días con un ceremonial complicado que Tom había sacado de sus románticas lecturas; también se discutían diariamente en el Consejo de la Corona los grandes negocios del supuesto reino, y diariamente su supuesta alteza daba decretos a sus imaginarios ejércitos, escuadras y virreyes.

Y después de todo eso se echaba a las calles con sus harapos a mendigar algunos peniques, a comer su mendrugo de pan, recibir sus acostumbradas bofetadas e insultos y tenderse en su brazada de paja podrida, para reanudar en sueños sus hueras grandezas.

Pero, con todo eso, iba haciéndose en él, día a día, semana a semana, más insistente su deseo de ver a un príncipe en carne y hueso, hasta que acabó absorbiendo a todos los demás deseos, convirtiéndose en la única pasión de su vida.

Cierto día de enero, en su ronda usual de pedir limosna, recorrió muy abatido la región de los alrededores de Mincing Lane y Little East Cheap, horas y horas, descalzo y friolento, asomándose a mirar a los escaparates de las casas de comidas, con vivísimo anhelo de comer los horrendos pasteles de cerdo y demás mortíferas invenciones allí expuestas, y que a él se le antojaban golosinas propias de ángeles; es decir, a juzgar por el olor, calculaba que lo serían, porque él no había tenido jamás la buena fortuna de probarlas.

Caía una llovizna fría; el ambiente era lóbrego; el día estaba melancólico. Llegó Tom a casa por la noche tan empapado, cansado y hambriento, que su padre y su abuela no pudieron ver el lamentable estado en que se encontraba, sin dejar de conmoverse a su manera; y su manera consistió en sopapearlo en el acto animadamente y mandarlo a la cama.

El dolor y el hambre que sentía, y las maldiciones y peleas que resonaban por todo el edificio, lo mantuvieron despierto largo rato; pero sus pensamientos acabaron por navegar hacia países lejanos y románticos, y cayó dormido en compañía de algunos príncipes jóvenes, llenos de joyas y de oro, que vivían en palacios inmensos y que disponían de servidores que les hacían profundas zalemas, cuando no volaban a ejecutar sus órdenes. Y, como de costumbre, soñó que él mismo era un príncipe.

Las magnificencias de su situación de rey le envolvieron durante toda la noche en su esplendor; fue y vino, en una atmósfera resplandeciente, por entre grandes señores y damas, aspirando perfumes, embriagándose de música deliciosa y contestando a las inclinaciones reverentes de la multitud centelleante cuando ésta abría paso para dejarle pasar, repartiendo aquí una sonrisa y allí una inclinación de su cabeza principesca.

Cuando despertó por la mañana y contempló la miseria que le rodeaba, sus sueños le produjeron el efecto habitual: multiplicaron por mil el efecto de la sordidez en que vivía. Y entonces vinieron la amargura, el desconsuelo y las lágrimas.

Tom se encuentra con el príncipe

Tom se encuentra con el príncipe

Tom se levantó hambriento, y hambriento salió de casa a recorrer las calles; pero su cerebro daba vueltas activamente a los visionarios esplendores de los ensueños de la noche anterior. Vagó por la ciudad, sin casi reparar por dónde caminaba o lo que ocurría a su alrededor. Los transeúntes le daban empujones, y hubo algunos que le dirigieron palabras duras; pero el ensimismado muchacho ni siquiera se enteraba. Algo después se encontró en Temple Bar, punto el más alejado de su casa al que había llegado por esa dirección. Se detuvo y meditó un momento, pero luego cayó otra vez en sus fantasías, y salió fuera de las murallas de Londres.

Ya para entonces había dejado el Strand de ser una carretera, y se consideraba a sí misma como calle, aunque las edificaciones que en ella había estaban desparramadas; en uno de sus lados se alzaba una hilera de casas bastante compacta, pero en el otro sólo se alzaban algunos grandes edificios aislados, que eran palacios de nobles señores ricos y que tenían hermosas extensiones de terreno que se alargaban hasta el río, terrenos que en la actualidad se encuentran apretadamente atiborrados de antipáticos acres de ladrillo y de piedra.

Tom se encontró luego delante de Charing Village, y descansó en la magnífica cruz levantada allí por un rey afligido, de tiempos más antiguos; a continuación fue caminando sin prisas por una carretera tranquila y encantadora, más allá del soberbio palacio del Gran Cardenal, y que se dirigía hacia otro palacio mucho más grandioso y mayestático que hay más allá: Westminster. Tom miró con ojos de asombro alegre aquella mole inmensa de mampostería, las amplísimas alas, los bastidores y torrecillas ceñudas, la enorme puerta de entrada de piedra, con sus barras doradas y su magnífico adorno de colosales leones de granito y los demás signos y símbolos de la realeza inglesa. ¿Se vería, por fin, satisfecho el deseo de su alma? Allí tenía, en efecto, el palacio de un rey. ¿No querría el cielo que pudiese ver ahora a un príncipe, a un príncipe de carne y hueso?

A cada lado de la puerta dorada se erguía una estatua viviente, es decir, un hombre de guerra, enhiesto, majestuoso e inmóvil, resplandeciente de la cabeza a los talones en su armadura de acero. Veíanse a respetuosa distancia muchos provincianos y gentes de la ciudad, que guardaban allí por si la suerte les ofrecía la ocasión de dar un atisbo a las personas de la familia real. Por varias de las otras magníficas puertas de entrada que se abrían en el recinto de la residencia real iban llegando y saliendo carruajes magníficos, que llevaban en su interior a gentes magníficas, y en el exterior, a servidores magníficos.

El pobre Tom, harapiento, se acercó, y cuando pasaba lenta y tímidamente por delante de los centinelas, con el corazón palpitante y el pecho animado de esperanza, descubrió de pronto por entre la verja dorada un espectáculo que casi le hizo gritar de alegría. En el interior veíase a un muchacho muy bien parecido, de cutis curtido y atezado por los deportes y ejercicios viriles al aire libre; iba vestido con ropas de seda y de raso y centelleantes de joyas; llevaba al costado un espadín y una daga cuajados de pedrería; calzaba lindos borceguíes de tacones encarnados; sobre la cabeza llevaba un airoso gorrito color carmesí con plumas ondulantes sujetas al mismo por una gran piedra preciosa y centelleante. Cerca de él veíanse a varios caballeros fastuosamente ataviados, y que eran, sin duda, sus servidores. ¡Oh, aquél era un príncipe, un príncipe, un príncipe en carne viva, un príncipe auténtico, sin sombra alguna de duda! Por fin se cumplía el deseo por el que había suspirado el corazón del niño mendigo.

Tom jadeaba de emoción, y se le iban agrandando los ojos por efecto del asombro y del deleite que aquello le producía. En su alma cedió todo instantáneamente a un solo deseo: el de aproximarse al príncipe y poder contemplarlo a placer, devorándolo con los ojos. Antes de que se diese cuenta de lo que hacía, encontrábase con la cara pegada a los barrotes de la verja de la puerta de entrada. Un instante después, uno de los soldados le arrancó de allí con rudeza y le tiró rodando de un empujón hasta el grupo de bobalicones provincianos y de ociosos londinenses que miraban con la boca abierta. El soldado le dijo:

—¡Cuidado con lo que haces, joven mendigo!

La multitud se echó a reír regocijada; pero el joven príncipe se acercó de un salto a la verja, con el rostro encendido y los ojos centelleantes de indignación, y gritó:

—¡Cómo te atreves a tratar de esa manera a un pobre muchacho! ¡Cómo te atreves a tratar de ese modo ni al más humilde de los súbditos del rey mi padre! Abre las puertas y déjale entrar.

¡Hubierais visto cómo entonces se descubrieron, quitándose los sombreros, los individuos de aquella voluble multitud! Hubierais oído cómo vitorearon y gritaron:

—¡Viva el príncipe de Gales!

Los soldados presentaron armas con sus alabardas, abrieron las puertas y volvieron a presentar armas cuando el pequeño «príncipe de la pobreza» entró, con un ondear de harapos, y el «príncipe de la riqueza sin límites» le estrechó la mano.

Eduardo Tudor dijo:

—Parece que estás cansado y hambriento: te han maltratado. Acompáñame.

Media docena de los acompañantes del príncipe se abalanzaron a…, a yo no sé qué; me imagino que a entremeterse. Pero un vaivén regio de la mano del príncipe los apartó a un lado, y se quedaron como clavados en su sitio, parecidos a otras tantas estatuas. Eduardo llevó a Tom hasta un suntuoso departamento del palacio, que llamó su despacho. Por orden suya se trajo una comida como Tom no había visto hasta entonces sino en los libros. El príncipe, con delicadeza y educación principescas, despidió a los criados, a fin de que su humilde huésped no se sintiese cohibido con la presencia criticona de éstos; a continuación, tomó asiento cerca, y mientras Tom comía le fue haciendo preguntas.

—¿Cómo te llamas, muchacho?

—Tom Canty, para serviros, señor.

—Nombre curioso. ¿Y dónde vives?

—En la City, para serviros, señor; en el callejón de las Piltrafas, que sale de Pudding Lane.

—¡El callejón de las Piltrafas! De verdad que también ése es otro nombre curioso. ¿Tienes padres?

—Los tengo, señor, y tengo también una abuela de la que (Dios me perdone si es pecado decirlo) se me da muy poco…, y tengo, además, dos hermanas gemelas: Bet y Nan.

—Veo que tu abuela no es demasiado cariñosa contigo.

—No lo es ni conmigo ni con nadie, para servir a vuestra reverencia. Tiene un mal corazón, y en todos los días de su vida no ha hecho otra cosa que maldades.

—¿Te maltratan, acaso?

—Hay veces en que no me sienta la mano, y eso ocurre cuando está dormida o demasiado borracha; pero cuando recobra su sano juicio, compensa esos olvidos con unas endiabladas palizas.

Los ojos del príncipe relampaguearon de ira, y exclamó:

—¡Cómo! ¿Que te apalea?

—¡Vaya que si me apalea; para serviros, señor!

—¡Apalearte!… A ti, que eres tan pequeño y tan débil. Óyeme: antes de que llegue la noche, ella irá camino de la Torre. El rey, mi padre…

—Pero, señor, vos olvidáis que ella es una mujer de clase baja. La Torre sólo se ha hecho para los grandes.

—Tienes razón. No había pensado en eso. Tendré que meditar en el castigo que ha de imponérsele. Y tu padre, ¿te trata con cariño?

—Más o menos, con el mismo que la abuela Canty, señor.

—Es posible que todos los padres estén cortados por el mismo patrón. Tampoco el mío es una malva. Tiene mano dura para pegar, aunque a mí no me pega; si bien, y para decir la verdad, no siempre me perdona su lengua. ¿Y qué tal te trata tu madre?

—Mi madre, señor, es buena, y no me causa dolores ni pesares de ninguna clase. Y en esto se le parecen Bet y Nan.

—¿Qué años tienen?

—Quince, para serviros, señor.

—Mi hermana, lady Elizabeth, tiene catorce, y mi prima, lady Jane Grey, es de mi misma edad, muy bien parecida y simpática en todo; pero mi hermana lady Mary siempre está ceñuda; y… dime una cosa: ¿prohíben acaso tus hermanas a sus criados el que se sonrían, temerosas de que el pecado destruya sus almas?

—¿Ellas? ¿Es que os imagináis, señor, que ellas tienen criados?

El pequeño príncipe miró por un instante al mendigo con expresión seria, y luego le dijo:

—Dime: ¿y por qué no han de tenerlos? ¿Quién las ayuda por la noche a desvestirse? ¿Quién las viste cuando se levantan?

—Nadie, señor; ¿es que os imagináis que ellas se quitan por la noche su vestido y duermen sin él, como si fuesen animales?

—¡Su vestido! ¿Es que sólo tienen uno?

—¡Ah, mi bueno y magnífico señor! ¿Y qué iban a hacer con los demás, si los tuviesen? Pensad en que ninguna de ellas tiene dos cuerpos.

—Ahí tienes un pensamiento curioso y admirable. Perdóname, pero no quise burlarme. Pues bien: esas cariñosas hermanas tuyas, Bet y Nan, tendrán una buena cantidad de vestidos y de lacayos sin que pase mucho tiempo; eso quedará al cuidado de mi tesorero. No me des las gracias, que no merece la pena. Dijiste bien y contestaste con fácil gracejo. ¿Eres muy docto?

—De verdad, señor, que ignoro si lo soy o no lo soy. Fue un buen sacerdote, que se llama el padre Andrew, quien, de pura bondad, me instruyó en sus libros.

—¿Sabes el latín?

—Me imagino que no debe de ser gran cosa lo que sé.

—Apréndelo, muchacho; resulta difícil, aunque sólo al principio. El griego ya cuesta más, aunque tengo entendido que ni esos dos idiomas ni ningún otro les resultan difíciles a lady Elizabeth y a mi prima. ¡Tendrías que oírlas hablar a estas damiselas! Pero cuéntame algo de ese callejón de las Piltrafas. ¿Llevas allí buena vida?

—La verdad, señor, para serviros, que vivo bien, salvo cuando paso hambre. Vienen allí los teatritos de títeres, los monos… (¡qué animales más ridículos y qué bonitamente que los visten!), y dan representaciones, en las que hacen sus papeles, chillan y se pelean hasta que se matan. Da gusto verlo, y sólo cuesta un cuarto de penique, aunque lo difícil de veras es conseguir el cuarto de penique, para servir a vuestra reverencia.

—Cuéntame más cosas.

—Los muchachos del callejón de las Piltrafas peleamos a veces unos con otros con los garrotes, al estilo de lo que hacen los aprendices.

Los ojos del príncipe relampaguearon, y dijo:

—¡Vaya, eso no me disgustaría! ¿Y qué más?

—Otras veces competimos en carreras, para ver quién de nosotros es más rápido.

—También eso me gustaría. Sigue.

—En el verano, señor, chapoteamos y nadamos en los canales y en el río, procurando meter la cabeza en el agua al que tenemos más cerca, o salpic

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos