Noticias del poder

Jorge Halperin

Fragmento

Índice
  • Cubierta
  • Portada
  • Índice
  • Dedicatoria
  • Nota del editor
  • Agradecimientos
  • Prólogo
  • I La construcción de la verdad periodística
    • 1 La “cocina” de la información
      • El exabrupto de un presidente
      • ¿Nada más que la verdad?
    • 2 El periodismo político
      • Los hechos… ¿son los hechos?
      • Política y poder
      • En busca de una definición
      • Amistades peligrosas
      • PABLO DA SILVEYRA: “LOS NUEVOS FENÓMENOS SON MÁS VIEJOS QUE LAS INSTITUCIONES POLÍTICAS”
    • 3 Las fuentes, una adicción de alto riesgo
      • El origen de la noticia
      • OSCAR RAÚL CARDOSO: LA“SOSPECHA INFORMADA”
      • MARCOS CITRYNBLUM: “LA VIEJA HISTORIA DE LA PRIMICIA”
      • DARDO FERNÁNDEZ: ¿POR QUÉ LOS PERIODISTAS NIEGAN LA FIRMA?
      • Columnistas políticos: las fuentes y los cantos de sirenas
      • JOSÉ MARÍA PASQUINI DURÁN: “NO HAGO CRÓNICA DE PALACIO”
      • RODOLFO TERRAGNO: “YO EVITABA LA LECTURA DE LOS DIARIOS”
      • El valor de las columnas políticas
      • JOSÉ MARÍA PASQUINI DURÁN: EL EJERCICIO DE OPINAR EN UN DIARIO OFICIALISTA
      • MAURICIO CARINI: “ANTES, LOS COLUMNISTAS TENÍAN JUICIOS MÁS INDEPENDIENTES”
    • 4 La construcción de agenda
      • Intimidad entre la prensa y el poder
      • Los políticos y los medios
      • ADRIANA SUÁREZ AMADO: MIEDO Y CANALIZACIÓN
      • ¿Lo tumbó la pantalla chica?
      • ANDRÉS DELICH: “EL DE LA RÚA DE LOS MEDIOS NO ES EL VERDADERO”
      • EDUARDO ALIVERTI: “ALGO NO ANDABA BIEN EN ÉL”
    • 5 Periodistas y poder
      • La prensa culta y golpista
      • TOMÁS ELOY MARTÍNEZ: “YO MISMO SUBESTIMABA A ILLIA”
      • La prensa política ante la peor dictadura: dos visiones
      • MARCOS CYTRYNBLUM: LOS DIARIOS EN LOS TIEMPOS DE VIDELA
      • RODOLFO TERRAGNO: “NO PERMITÍ QUE LOS MILITARES ME CONDICIONARAN”
      • El periodismo político al servicio del poder. Cubanos vs. americanos
      • FERNANDO RUIZ: “HAY UN CHOQUE DE CULTURAS PERIODÍSTICAS”
    • 6 La formación del periodista político
      • Crónicas de iniciados
      • DAMIÁN NABOT: “SOY PARTE DE UNA GENERACIÓN HUÉRFANA”
      • JOSÉ M. PASQUINI DURÁN: UNA ELECCIÓN POR DESCARTE
      • MARIO WAINFELD: DE MILITANTE FRENTISTA A PERIODISTA
      • RODOLFO TERRAGNO: “COMO PERIODISTA, ME SENTÍ UN ESPECTADOR”
    • 7 “Te quiero, compruébalo”: el periodismo de investigación
      • Los gajes de un oficio
      • ¿Cómo revelar lo oculto y silenciado?
      • EDY ZUNINO Y EL CASO CABEZAS
      • OSCAR CARDOSO: LA GUERRA DE MALVINAS
      • EL TRÁFICO ILEGAL DE ARMAS SEGÚN DANIEL SANTORO
      • TOMÁS ELOY MARTÍNEZ: PERÓN, MENTIRAS Y LITERATURA
      • NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
  • II El periodismo en la era globalizada: diarios, televisión, blogs
    • 1 El corresponsal
      • ANA BARÓN: “PARA NOSOTROS, ES MÁS NOTA CUANDO HAY CONFLICTO”
    • 2 La televisión I
      • JORGE LANATA: “EL NOVENTA POR CIENTO DE LOS MEDIOS ESTÁ ALINEADO CON EL GOBIERNO”
    • 3 La televisión II
      • CARLOS DE ELÍA: “HAY PROGRAMAS DE PERIODISMO POLÍTICO QUE DESPRESTIGIAN A LOS CANALES”
    • 4 Periodismo en las provincias
      • FERNANDO RUIZ: LA ARDUA HISTORIA DE UN NUEVO DIARIO EN TUCUMÁN
    • 5 Los políticos I
      • CARLOS CORACH: “NUNCA HABLABA EN OFF CON LOS PERIODISTAS”
    • 6 Los políticos II
      • ENRIQUE “COTI” NOSIGLIA: “SIEMPRE ATENDÍ A LOS PERIODISTAS EN OFF”
    • 7 El terrorismo
      • WALTER GOOBAR: DESVENTURAS DE UN PERIODISTA EN EL CASO AMIA
    • 8 Las nuevas tecnologías I
      • ROSENTAL CALMON ALVES: “HAY UNA REVOLUCIÓN INFORMATIVA COMPARABLE A LA DE GUTENBERG”
    • 9 Las nuevas tecnologías II
      • RICARDO NOBLAT: “LOS BLOGS JAMÁS ALCANZARÁN A LA PRENSA ESCRITA”
    • 10 La mirada internacional I
      • JUAN LUIS CEBRIÁN: “EL PERIODISMO MUNDIAL HA PERDIDO RIGOR Y CAPACIDAD DE ANÁLISIS”
    • 11 La mirada internacional II
      • FURIO COLOMBO: “EN EL MUNDO, LA CLASE MEDIA PIDE SHOW Y NOTICIAS LIVIANAS”
    • Epílogo
  • Sobre el autor
  • Créditos
  • Grupo Santillana

Para Noé, con mi amor

Nota del editor: Las opiniones vertidas en este libro corresponden a los dichos de las personas entrevistadas por el autor.

Agradecimientos

Desde luego que este libro no hubiera sido posible sin la generosa disposición de los cuarenta colegas y dirigentes políticos que con sus testimonios y reflexiones me han permitido transitar por todos los vericuetos del periodismo político. En particular, los periodistas no son muy dados a explicar públicamente los gajes del oficio, lo que hace doblemente generosa su disposición. La gestión, siendo crucial, es la parte menos visible en la confección de un libro. Y, en mi caso, me vi notablemente favorecido por los contactos y esfuerzos de la académica Adriana Suárez Amado, de Marcos Citrynblum, de Carlos Polimeni, de mis amigos Roberto Guareschi y Carlos Ulanovsky. También tengo una deuda de gratitud con Carlos Campolongo, por sus orientaciones, con las certeras observaciones de la editora Ana Silvia Galán, con las correcciones precisas de Fernando Halperín y con los esfuerzos y el entusiasmo de mi asistente Geraldine Mendilaharzu.

Para todos ellos, mi abrazo,

J. H.

Prólogo

En un rincón de mi casa duermen todavía entre cincuenta y cien números de los semanarios de política y actualidad de los años 60: Primera Plana, Confirmado, Panorama y Análisis. Confieso que hace mucho que ni siquiera los hojeo, pero he resistido tenazmente los intentos de desalojarlos. Pienso en aquellos momentos en que los compré, cuando traían la fresca lectura política de la semana, y me sorprendo. No sólo por la curiosidad inusual del adolescente de dieciséis o diecisiete años que fui entonces, aún sin militancia política —actividad que no habría de apasionarme—. También porque vivía en una familia en la cual no se hablaba de política. Y me resulta igualmente llamativa la increíble proliferación de semanarios y revistas de actualidad política de los 60, pero no porque ignore que fueron años de notable efervescencia, de gobiernos represivos y estallidos populares, del enorme impacto de la Revolución Cubana, de las primeras acciones guerrilleras y de una cultura notablemente politizada y plagada de ideología. El asombro surge, en realidad, porque tendrían que pasar algunos años —a la vuelta de los 70— antes de que surgiera una prensa ideológica y comprometida que reflejara cabalmente el clima rebelde. Lo que había hasta entonces era una prensa incapaz de indignarse ante los golpes de Estado y demasiado atenta a las internas militares, conviviendo con una sociedad que mostraba una gran indiferencia por las instituciones democráticas y que asistió al derrocamiento de Arturo Illia como si se tratara de un relevo rutinario en el ejercicio del poder.

En aquellos años en que la política estaba prohibida y era la actividad más peligrosa, abundaban los semanarios políticos y constantemente surgían nuevas publicaciones. Hoy, cuando todo está permitido y en América Latina parece cumplirse el sueño imposible de la izquierda de ejercer el poder político (es cierto, con sus condicionamientos), paradójicamente las cosas lucen diferentes; aun cuando un joven nacido en una democracia prácticamente libre de sobresaltos militares contara con la ventaja de un padre de billetera generosa, ¿cómo imaginarlo comprando simultáneamente tres o cuatro revistas semanales de actualidad política?; más, todavía: ¿cómo encontrar hoy en los nutridos kioscos de revistas una oferta de publicaciones semanales de política?

Tiempo después de aquellos comienzos, y mientras cursaba, antes de mis veinte años, estudios de periodismo, decidí que para desentrañar las claves del poder y la política lo mejor era producir en mi cabeza un promedio entre lecturas de izquierda y de derecha. Entonces, me convertí en lector simultáneo de la revista comunista Propósitos y del semanario de ultraderecha Azul y Blanco, dirigido por el “nazionalista” Marcelo Sánchez Sorondo. Parece un chiste, pero, en mi candorosa imaginación de entonces, así creía encontrar el supuesto justo medio.

En los años 70, mi tibia militancia en agrupaciones de la Facultad de Filosofía y Letras no me despertó una gran curiosidad por la llamada prensa política. Leía con cierto interés desde la revista de Vanguardia Comunista No Transar hasta El Descamisado, Militancia y la versión del diario El Mundo del ERP; pero ninguna me prometía alguna iluminación en medio de tanta turbulencia como Cuestionario, el brillante mensuario de Rodolfo Terragno, que era verdadero periodismo.

No he sido periodista político. Pero, cuando escribía en los suplementos de Ciencia y Técnica, y Cultura, en el diario El Cronista, del desaparecido Rafael Perrotta, me centraba en los temas políticos, lo mismo que cuando elaboraba los informes semanales para el suplemento económico de Clarín. Para el diario de Noble, fui más tarde redactor de Política Internacional. Ejercí la prosecretaría de Política del breve mensuario Creación, y en los últimos años vengo ocupándome de temas políticos en Radio Mitre; primero, en el programa Aunque parezca mentira, y en el presente, en La siesta inolvidable.

Nada de esto me convierte en un periodista político, lo que me pone a resguardo de las rutinas de la especialidad, al mismo tiempo que alimenta mi curiosidad permanente por los mecanismos del poder y por las complejas operaciones que realizan mis colegas para informar sobre las estructuras que gobiernan la sociedad y explicar sus códigos, los meandros de las instituciones políticas y los frecuentes estallidos de la ciudadanía, que, cada tanto, se alza contra los gobiernos y los partidos políticos para imponer su propia agenda. Más aún, me fascina el espíritu conspirativo de mis colegas entregados a la investigación de crímenes del Estado, de escándalos de fraudes y corrupción. Me sorprende la seguridad con la cual muchos de ellos caminan por los oscuros pliegues del poder.

Esa relación de curioso tan prolongada en el tiempo alimentó el propósito de este libro, que consiste en examinar el complejo engranaje de la vida política y de las instituciones de una sociedad tal como los aborda un observador privilegiado: el periodista político, con sus inevitables acercamientos y colisiones con el poder, su trato con aquellos hombres y mujeres cuyas acciones tienen un alto impacto sobre el conjunto de los ciudadanos.

Se trata de poner bajo la lupa la ardua empresa de este singular género de periodistas, su tarea plagada a veces de riesgos y corajeadas, y, otras veces, de renunciamientos y promiscuidades: informar sobre el poder y desentrañar sus claves.

No es una profesión de ángeles ni existen sacerdocios periodísticos. No hay observadores absolutamente imparciales ni testigos independientes del sistema político que produzcan una materia informativa sin toxinas. Razón de más para querer caracterizar con precisión esta labor del periodista político, en ocasiones arropada por los medios, pero, con mayor frecuencia, interferida por sus patrones.

Éstos son los objetivos completamente desmesurados de este libro.

Sí, soy consciente de que se trata de un cometido imposible.

¿Qué valor tiene, entonces, haber dedicado dos años a este intento? El mismo valor, creo, que el que sostiene la rutina diaria de los periodistas, que trafican con los hechos sabiendo de antemano que, en el mejor de los casos, sólo conseguirán alguna aproximación a la verdad, si es que ella existe. El valor de contar, a partir de decenas de testimonios de los propios actores, cuál es la naturaleza de esta tarea y sus peligros, identificar las herramientas más adecuadas para ejecutarla, ofrecer una radiografía ajustada de quien es, al mismo tiempo, fuente y objeto de la información: el político, el hombre del poder, el más avisado, astuto y complicado de los personajes con los que debe tratar un hombre de prensa. Ahondar en ese vínculo. También tiene, soy optimista, la utilidad de describir cómo el poder construye su relato, cómo opera sobre los informadores, cooptando, induciendo, amañando los hechos hasta tornarlos, en muchos casos, irreconocibles.

Como dije, tengo a mi favor el hecho de no ser periodista político. Y de conocer la tarea. Aunque, lo confieso, mi mejor aporte consiste en hacer preguntas.

Y por eso éste es un libro construido con preguntas, como una suerte de debate con mis colegas dedicados al periodismo político, con hombres que ejercieron el poder y también con estudiosos de los medios. Esa pluralidad de voces y esa suerte de registro de debate hacen que el libro tome una forma que no puede ceñirse a la ortodoxia.

A cuatro décadas de mis primeras lecturas de periodismo político, las tecnologías han cambiado el paisaje; aquella prensa presenta hoy una oferta mucho más reducida y un mercado universal de gente descreída; no obstante, sigue marcando las tapas de los diarios y las ediciones de los informativos de la radio y la televisión.

La propuesta es iniciar aquí un recorrido por la más ambigua de las especialidades periodísticas con la esperanza de arrancarle, al menos, algunos de sus secretos, y comprender por qué, sólo muy de vez en cuando, cumple con su función: nada menos que la de servir como herramienta de control ciudadano al ejercicio del poder. En otras palabras, construir ciudadanía.

Jorge Halperín

Buenos Aires, marzo de 2007

I
La construcción de la verdad periodística

1
La “cocina” de la información

El exabrupto de un presidente

Era el mediodía del jueves 11 de marzo de 2004; faltaban apenas tres jornadas para los comicios presidenciales y España llevaba horas sangrando a causa del mayor atentado de su historia. Juan Luis Cebrián levantó el teléfono e interrogó a Jesús Ceberio, el director del diario El País: “¿Cómo va a salir la edición especial?”. El escritorio de Cebrián, que fundó el periódico hace dieciocho años, está en el sexto piso del edificio que el grupo Prisa posee en Gran Vía 32, a no más de quince cuadras de la estación central Atocha. Muy poca distancia del lugar que, desde los estallidos de cuatro trenes poco antes de las ocho de la mañana, se había convertido en una gigantesca morgue: cerca de 200 muertos y más de 1400 heridos, cuerpos mutilados o despedazados, caravanas de coches fúnebres llevando féretros para llenar; humo, vagones partidos en dos, cuerpos fundidos con hierros; el caos como trágico paisaje de la matanza terrorista.

“Atentado terrorista en Madrid: 192 muertos”, le leyó el director a Cebrián desde el tercer piso del edificio del periódico, que queda lejos de Gran Vía 32. El diálogo sobre esa edición especial —todos los periódicos lanzaron después del mediodía del 11-M ediciones especiales— era telefónico y formaba parte de una comunicación que, habitualmente, Cebrián, en su condición de publisher, mantiene con el director del periódico acerca de los contenidos principales (primera página, sección Opinión y otros espacios). Era la única actividad normal de ese día de excepción. En casi todas las redacciones, la responsabilidad editorial del periódico le corresponde absolutamente al director, que goza de gran autonomía; pero la circunstancia singular y las diecinueve páginas que se dedicaron al atentado movieron a Cebrián a hacer un pedido: “Salgo para un almuerzo; por favor, envíame el periódico al restaurant”.

Cebrián llevaba media hora sentado a la mesa cuando llegó el envío y se topó con la primera página de la edición especial: “Matanza de ETA en Madrid”.

Desde la mañana, todas las fuentes del gobierno de José María Aznar —su canciller, su ministro de Interior y su vocero— y aun los líderes de la oposición, incluido el candidato opositor, José Luis Rodríguez Zapatero, y hasta el mismísimo presidente del País Vasco, bendecían la versión oficial sobre la autoría de la ETA. Pero Cebrián no pudo evitar el sobresalto. Marcó alterado el teclado de su celular y dijo: “¡Hombre, cómo has hecho este titular si me leíste otro diferente!”. La respuesta de Ceberio fue concluyente: “Es que me acaba de llamar en persona el presidente Aznar, con quien no hablaba por lo menos desde hace dos años, para decirme que fue ETA”.

Cebrián consideró razonable la explicación. ¿Cómo dudar de las palabras directas del jefe de Estado?

“Ceberio actuó muy profesionalmente y muy bien como director: cuando me dijo que el propio Aznar le había asegurado la autoría de ETA, yo me quedé tranquilo, porque el presidente del gobierno me pareció una fuente fiable en un caso tan grave como éste, y no podía imaginar que fuera a mentir tan descaradamente y se portara como un rufián”, me confiesa hoy Cebrián, cuando Ceberio ha dejado la dirección de El País desde mayo de 2006, y el Partido Popular del ex presidente Aznar sigue insistiendo desde la oposición y sin base alguna en que la ETA fue parte del atentado.

No fue la primera ni la última ocasión en que un gobierno mintiera a los medios. Pero llama la atención constatar un hecho recurrente: los gobiernos que han afrontado en sus países algunas de las acciones terroristas más trágicas y espectaculares de los últimos tiempos han tenido una reacción calcada. Optaron por desviar la atención de los medios y el público construyendo falsos culpables. Así lo hizo en 1996 la SIDE de Carlos Menem mediante la entrega de 400.000 dólares al juez Galeano para que sobornara al detenido Carlos Telleldín y que éste acusara falsamente a los comisarios de la Policía bonaerense por el atentado contra la AMIA de 1994 (la SIDE depende directamente del presidente, aunque su ex titular Hugo Anzorregui aseguró que Menem ignoraba el destino de los fondos).

Así también actuó el gobierno de George W. Bush al instalar, con la ayuda de los medios, la falsa certeza de que el dictador de Irak, Saddam Hussein, mantenía estrechas relaciones con Al Qaeda, responsabilizada —pero ni siquiera confirmada como autora— por los atentados que destruyeron las Torres Gemelas en septiembre de 2001, con la intención de justificar la invasión militar al país asiático.

Sin embargo, y aun comparándola con los enormes ejemplos citados, la operación de prensa sufrida por el diario El País es un auténtico leading case para abordar la compleja realidad del periodismo político en los tiempos que corren. Y esa condición especial no se debe sólo a la forma absolutamente primaria y, por lo mismo, inesperada, que tomó la operación montada por Aznar —el presidente afirmaba en persona una autoría del atentado que era falsa—; tampoco se debe únicamente al hecho de que esta maniobra fue realizada sobre El País, uno de los periódicos más prestigiosos y confiables del mundo (en realidad, el gobierno de Aznar operó sobre todos los principales diarios de la península).

Para quien sigue atentamente la evolución de los medios, las enseñanzas del caso “Fue ETA” tienen que ver también con el ingreso a escena de otros actores en las horas que siguieron a aquel fatídico titular que Jesús Ceberio sigue calificando como “el error más grave” de su carrera.

Valdría recordar aquella imagen con la cual Rodolfo Terragno describió la reacción de los periódicos argentinos ante el golpe de Videla: “El 24 de marzo [de 1976] los diarios argentinos entraron en cadena”.

En España, recién a la media tarde del 11 de marzo se alzaba la única voz disonante, y no se trataba de un medio: Arnaldo Otegui, vocero de Batasuna, la coalición ya ilegalizada vinculada con ETA, rechazó que el terrorismo vasco fuera responsable de la matanza y sostuvo que el modus operandi le sugería que había sido una acción de la resistencia árabe como respuesta al apoyo que el gobierno de Aznar dio a Bush para su intervención en Irak.

El vocero del gobierno repudió los dichos de Otegui, pero, no mucho más tarde, informaba que se había encontrado una camioneta en Alcalá de Henares, la estación de donde partieron los trenes de la tragedia. El vehículo, que era robado, y cuyo hallazgo se mantuvo en secreto desde la mañana, tenía en su interior detonadores y versículos del Corán.

Apenas cayó la noche, el ministro de Interior admitió que existían “varias líneas de investigación abiertas”. Poco más tarde, en la misma noche del jueves, llegaba desde Londres un cable informando que un mensaje dejado por Al Qaeda en la redacción de un periódico británico se atribuía los atentados de Madrid. A esa altura de los acontecimientos, la oposición y una sociedad que lleva décadas familiarizada con el terrorismo de la ETA propagaba una pregunta hasta cada rincón del país: “¿Quién ha sido?”.

Mientras tanto, a la página online de El País llegaban e-mails de España y del exterior, incluso de un periodista de la Argentina, dirigidos a la defensora de los lectores para cuestionar la forma de titular la edición especial.

La atmósfera colectiva se fue crispando ante la sospecha de que el gobierno de Aznar ocultaba información y que los medios eran cómplices del silencio. Por fin, el sábado 13 hubo un verdadero estallido de correos electrónicos y mensajes de texto en los celulares con frases como: “¿Aznar de rositas?”; “Hoy, 13M, a las 18hs., Sede PP C/Génova 13. Sin partidos. ¡Pásalo!”. Así, a menos de 24 horas de los comicios del domingo, miles de personas se autoconvocaron en la sede del Partido Popular en la calle Génova, en Madrid, hasta sumar cinco mil que se dirigieron luego a la estación Atocha en la madrugada del domingo y se citaron para una nueva concentración en la Puerta del Sol. Mientras tanto, en los barrios se organizaban caceroladas de protesta “contra el apagón informativo del PP”. Y en todas las grandes ciudades de España hubo calles colapsadas por multitudes que habían apelado a Internet y a los móviles para organizar la resistencia.

Los medios tradicionales, en conjunto, vacilaron antes de darle al nuevo fenómeno la entidad que merecía.

“El 13 de marzo fuimos testigos de un auténtico fenómeno de comunicación horizontal, [términos como] flash mob, Internet, teléfono móvil, nuevas tecnologías, resistencia [se conjugaron] para construir un espacio público contrainformativo”, se entusiasmaba el catedrático del País Vasco Koldobika Meso Ayerdi. Y no exageraba. No es difícil coincidir con su idea de que “desde un punto de vista comunicativo, el atentado del 11 de marzo supuso la pérdida de credibilidad de muchos medios de comunicación convencionales y la falta de solidez de la sociedad de la información”.

Los españoles del 11-M no inventaron esas fórmulas de comunicación alternativa en medio de la tragedia. La táctica de las convocatorias virtuales ya había sido empleada por ellos mismos un año antes para llenar las calles de multitudes que protestaban ante la inminencia de la guerra de Irak; y un recurso idéntico para movilizar a la gente fue usado para derrocar al régimen de Joseph Estrada, envuelto en un escándalo de corrupción en Filipinas. Además, ¿qué otra herramienta que Internet fue lo que distinguió a los animadores de las mal l

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