329 a. de C.
El conquistador de Asia entró indignado en la tienda y arrojó su casco dorado contra el perchero de la armadura, junto a su catre de campaña. El bronce golpeó el poste de madera con un ruido metálico. Los criados se paralizaron.
—¿Dónde carajo están mis reclutas? —gritó—. Antípatro me prometió ocho mil soldados más de infantería. ¡Ha enviado tres mil tracios y un puñado de griegos amotinados! ¡Quiero a mis macedonios!
Miembros de su Estado Mayor lo siguieron hasta la tienda, encabezados por Hefestión. Hefestión no temía a su real amo, menos aún sus berrinches, y mantenía bien alta la cabeza de cabello broncíneo. Sonreía.
Detrás de él, Eumenes y Calístenes se mostraban más inseguros.
Alejandro se rascó la cabeza con ambas manos, intentando quitarse el sudor y la suciedad del pelo.
—No os quedéis en el umbral como ovejas. Entrad o iros a la mierda.
Hefestión le alcanzó una copa de vino y se sirvió otra para él.
—Bebe, amigo —dijo.
Alejandro bebió, y luego repuso:
—No es justo. Si la gente se limitara a hacer lo que le dicen...
Hefestión arqueó una ceja y ambos se echaron a reír. Así, sin más.
Alejandro dio vueltas al vino en su copa y miró a Eumenes.
—¿Ha dicho por qué? —le preguntó.
Eumenes, de menor estatura y nada endiosado, aceptó la copa que le ofrecía Hefestión, quien rara vez servía a nadie que no fuese el Gran Rey en persona, y miró a su señor a los ojos. Eran desiguales, azul y marrón, el iris azul rodeado por un círculo negro y un poco más abierto de lo normal. Unas veces Eumenes pensaba que su amo era un dios, y otras, que estaba loco. Sea como fuere, a Eumenes, hombre valiente y curtido en una docena de reñidas batallas, no le gustaba mirar a los ojos a Alejandro.
Eumenes de Cardia era griego, no macedonio, con lo que ser portador de malas nuevas le resultaba doblemente duro. Los soldados competían por dar buenas noticias a Alejandro. Cuando lo que tenían que comunicarle era malo, conspiraban para evitar ser el chivo expiatorio.
—Señor —dijo Eumenes con prudencia—, ¿queréis leer la carta o preferís que os diga lo que yo pienso?
Si estaba de humor, Alejandro prefería que le hablaran claro. Eumenes carecía de la habilidad de Hefestión para relacionarse con su señor, pero se trataba de una emergencia y necesitaba que Alejandro actuara como rey.
—Cuéntame —replicó Alejandro.
Eumenes miró a Hefestión y no recibió indicación alguna. Así que obedeció a su señor.
—Leyendo entre líneas, diría que Antípatro envió un ejército a conquistar las ciudades del Ponto Euxino; y tal vez las tribus sakje.
—¿Sakje? —preguntó Alejandro.
—Los escitas occidentales —contestó Calístenes.
—¿Las amazonas? —volvió a preguntar Alejandro.
Calístenes resopló con desdén. Alejandro se giró rápidamente hacia él.
—¿Por qué estás aquí, señor?
Calístenes arqueó una ceja.
—Porque no sabes distinguir entre un escita y una amazona.
Alejandro pareció complacido con esta observación y se dejó caer en un diván. Hefestión se tumbó a su lado. Los criados trajeron comida y más vino.
—De modo que Antípatro emprendió una campaña contra los escitas —observó Alejandro.
—No en persona —aclaró Eumenes—. Envió a Zoprionte.
—Tiene la cabeza llena de serrín —protestó Alejandro—. Seguro que la fastidió.
Eumenes asintió.
—Creo que allí perdimos a los reclutas que nos faltan.
—¿Se fueron a cazar amazonas, eh? —gruñó Alejandro.
Eumenes negó con la cabeza.
—No, señor. Si no me equivoco, y mis fuentes insisten en este punto, todos nuestros reclutas han muerto.
Alejandro rodó por el diván y se levantó.
—¡Zeus Amón, padre mío! ¿Zoprionte ha perdido un taxeis entero?
—Zoprionte ha perdido un ejército entero, señor. —Eumenes aguardó el estallido de ira—. Y él también ha muerto.
Alejandro se quedó paralizado junto al diván. Hefestión alargó el brazo y le puso una mano en la cadera, pero Alejandro la apartó con brusquedad. Hefestión frunció el ceño.
—Casi derrotaron a mi padre. A Filipo, mi padre. Lo hirieron; lo hirieron de gravedad. —Alejandro hablaba en voz muy queda.
Eumenes, que lo recordaba, asintió.
—Sí, señor.
—Y a Darío; esos sakje vencieron a Darío. —El rostro de Alejandro permanecía impasible. Parecía un colegial recitando la lección ante su tutor.
Calístenes se encogió de hombros.
—Más que vencerlo, lo evitaron, si hay que dar crédito a Heródoto. Aunque, de todos modos, consiguieron que Darío quedara como un idiota.
Alejandro lo fulminó con la mirada.
Calístenes arqueó una ceja hirsuta y dijo:
—En efecto, fue precisa la intervención de Atenas para vencer a Darío.
A Alejandro le ardían las mejillas de tanto que se le subió la sangre a la cabeza.
—Atenas frenó a Darío —repuso—. Esparta frenó a Jerjes. Yo conquisté Asia. Macedonia. Ni Atenas ni Esparta.
El filósofo lanzó una mirada desafiante a Alejandro y éste se la sostuvo. Transcurrieron prolongados segundos. Luego el filósofo volvió a encogerse de hombros.
—Lo que tú digas —cedió Calístenes, asintiendo.
Un tenso silencio llenaba la tienda. Fuera se oía a los nuevos reclutas, conducidos a sus cuarteles en el extenso campamento; un campamento tan grande y tan bien construido que los hombres ya lo llamaban ciudad.
Alejandro volvió a sentarse en el diván.
—Y Ciro —dijo, como prosiguiendo una conversación anterior.
Todos se quedaron mirándolo hasta que Calístenes por fin lo entendió.
—Sí —afirmó—. Sí, dices bien, Alejandro. Ciro perdió la vida luchando contra los masagetas. Mucho más al este de aquí.
—¿Masagetas? —Alejandro se reanimó—. ¿Amazonas?
—Los masagetas son los escitas orientales —explicó Calístenes—. Cierto es que sus mujeres combaten, y a veces tienen reinas guerreras. Pagan tributo al Rey de Reyes. Hay masagetas que sirven a Beso y a Espitamenes. La reina de los masagetas es Zarina.
Alejandro alzó su copa en reconocimiento a Calístenes.
—Sabes cosas muy útiles. —Bebió, y se quedó mirando por la puerta de la tienda.
Eumenes comenzó a removerse cuando el silencio se prolongó más de la cuenta. Calístenes, en cambio, no movía una pestaña. Él observaba a Alejandro.
Alejandro acarició el pelo de Hefestión. Luego miró al chico persa que recogió su casco y le sacó brillo con un paño antes de colgarlo en el perchero de la armadura. Alejandro sonrió al chico.
Calístenes seguía sin quitarle el ojo de encima.
—Antípatro nos ha costado más que unos pocos miles de reclutas —dijo Alejandro al cabo de unos minutos. Se echó hacia atrás de manera que sus rizos dorados se mezclaron con la melena de Hefestión—. La leyenda de que somos invencibles bien vale un par de taxeis y quinientos hetairoi.[1]
—Eres invencible —soltó Hefestión. En boca de otro hombre, habría resultado adulador. Dicho por Hefestión, era la mera constatación de un hecho.
Alejandro se permitió esbozar una sonrisa.
—No puedo estar en todas partes a la vez —repuso. Volvió a rodar por el diván e hizo una seña al silencioso esclavo que aguardaba a los pies de la cama—. ¡Quítame la armadura! —le ordenó.
El hombre le abrió el peto y lo puso en el perchero. Alejandro se despojó de la túnica y quedó desnudo, las marcas de la armadura bien claras en su carne mortal.
Desnudo, ni alto ni especialmente hermoso, Alejandro cogió su copa de vino, y al encontrarla vacía alargó el brazo para que se la llenaran. Los esclavos tropezaron entre sí cuando se apresuraron a enmendar el fallo.
Calístenes rio ante su ansiedad y su temor. Alejandro se sonrió con suficiencia.
—Los persas son muy buenos esclavos —observó.
Apuró la copa y volvió a alargar el brazo, y se repitió la misma pantomima. Incluso el cardio tuvo que reír. Los esclavos sabían que se estaban riendo a su costa y eso aún los volvía más temerosos. Se derramó vino, y aparecieron más esclavos para limpiarlo.
—No puedo estar en todas partes —repitió Alejandro—. Y Macedonia no puede permitirse parecer débil. Esos escitas deben ser castigados. Su victoria sobre Zoprionte tiene que parecer el golpe de mala fortuna que ha sido. En cuanto Besos entre en vereda, deberíamos dedicar una temporada a aplastar a los masagetas.
Calístenes percibió la consternación de los demás hombres.
—Alejandro —comenzó el filósofo con mano izquierda—, los masagetas viven lejos, hacia el noreste, más allá de los kushán. Y habitan el mar de hierba que, según Heródoto, ocupa una extensión de cincuenta mil estadios. No los aplastaremos en una sola temporada.
Alejandro levantó la mirada y sonrió. Fue una sonrisa alegre que restó años de tensión, guerra y bebida a su rostro.
—Sólo puedo dedicarles una temporada —dijo Alejandro—. No son más que bárbaros. Además, quiero una amazona.
Hefestión golpeó al rey en broma y terminaron forcejeando los dos en el suelo.
Parte I
Honras fúnebres
1
El sol brillaba sobre el río Borístenes, la crecida de la lluvia avanzaba como una manada de caballos y resplandecía como hierba mojada bajo el sol. El campamento sakje se veía despejado y limpio tras varios días de lluvia, buena parte del estiércol de los caballos había desaparecido en el barrizal que anegaba todas las calles, las yurtas de fieltro y los carromatos relucían como si estuvieran recién hechos. Kineas había interpretado la salida del sol como una señal favorable y se levantó de la cama pese al dolor de sus heridas y su reciente temor a la muerte.
—Deberías buscar la piedra —dijo la niña. Tendría once o doce años, iba vestida con pieles de caribú y una capa roja que ondeaba al viento. Kineas ya la había visto por el campamento, una delgada figura de cabellos caoba y con un caballo plateado de la manada real.
Kineas se agachó, haciendo una mueca por la tremenda punzada de dolor que sintió en la cadera y que se irradió hacia la ingle y la pierna. Le dolía el cuerpo entero y la mayoría de movimientos lo mareaban.
—¿Qué piedra? —preguntó. La niña tenía los ojos grandes, intensos ojos azules con un borde negro que la hacían parecer loca o poseída—. Es cosa de baqca, ¿verdad? —insistió Kineas—. Lo de buscar la piedra.
La niña se encogió de hombros, se entrelazó las manos en la espalda y comenzó a menear la cadera adelante y atrás, adelante y atrás, de modo que el pelo le cubría y descubría la cara. Iba sucia y olía a caballo.
El sakje de Kineas no alcanzaba para hablar con mimo a un niño.
—Lo siento —dijo—. No entiendo.
Ella le dedicó la mirada que los niños reservan para los adultos que tardan demasiado en comprenderlos.
—La piedra —repitió la niña poniendo más énfasis—. Para el túmulo del rey. —En vista de su incomprensión, señaló un viejo túmulo, el kurgan de algún antiguo señor de los caballos que se alzaba junto al gran meandro—: En la cima de todos los túmulos, el baqca pone una piedra. Tendrías que ir a buscarla. Lo dice mi padre.
Kineas hizo una mueca, tanto por el dolor como por el esfuerzo de comprensión.
—¿Y quién es tu padre, pequeña? —preguntó, aunque al hacerlo se dio cuenta de dónde había visto antes aquel perfil de nariz larga y los delicados huesos de sus manos.
—Mi padre era Kam Baqca —respondió la niña, y salió corriendo entre risas.
En cuanto la niña habló, Kineas supo que había visto la piedra en sueños; la había visto y desdeñado. Ahora le daban miedo sus sueños y, si podía, los olvidaba.
Pero aun así reunió a una docena de criados suyos sindones y a unos pocos griegos: a Diodoro y Niceas porque eran amigos, y a Anarjes, un caballero de Olbia, porque Eumenes estaba herido y él lo sustituía. Juntos cabalgaron una docena de estadios río abajo.
—¿Qué andamos buscando? —preguntó Diodoro. Él también se estaba recuperando de una herida, y el cabello pelirrojo que salía del vendaje en que llevaba envuelta toda la cabeza brillaba bajo un gorro sakje de piel de zorro y lana roja. Temerix, el herrero sindón, se aproximó.
—Buscamos una piedra —contestó Kineas.
—Para kurgan —añadió Temerix, como si fuese la cosa más normal del mundo—. Kineas la ve en sueños. Venimos a buscarla.
Los ojos del joven Anarjes se abrieron como monedas fúnebres al oír hablar con tanta naturalidad sobre los poderes divinos del hiparco.
Diodoro arqueó una ceja y asintió lentamente. Rebuscó bajo su clámide y sacó un frasco de arcilla del que bebió un buen trago. Luego lo ofreció a los demás.
—¿Nunca habéis pensado que nuestras vidas eran mucho más sencillas como simples mercenarios? —preguntó.
Kineas y Niceas intercambiaron una mirada.
Diodoro señaló con el puño que sostenía el frasco.
—¡Fijaos! Kineas lleva una clámide tracia. Aquí Anarjes, uno de los mejores luchadores que hemos visto jamás, un olímpico, por Apolo, lleva pantalones sakje como si fuese lo más normal del mundo. Todos nuestros hombres usan sus gorros. —Diodoro se tocó los vendajes y el gorro sakje que los coronaba—. ¿Acaso ya ni siquiera somos griegos? —preguntó. Bebió otro sorbo de vino del frasco y se lo pasó a Kineas.
Kineas, por su parte, se encogió de hombros.
—Pues claro que seguimos siendo griegos. ¿Viajar a Persia te convirtió en persa?
Diodoro se puso serio.
—Me volvió mucho más persa de cuanto lo era antes de ir allí. ¿Te acuerdas de Ecbatana? Jamás volveré a pensar en Grecia de la misma manera.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Kineas.
—Corren rumores de que tú y Srayanka tenéis intención de llevarnos a Oriente para luchar contra Alejandro —dijo Diodoro—. Os he oído hablar de ello. Lo decíais en serio, ¿verdad?
Kineas meneó la cabeza.
—Lot insiste y Srayanka quiere darle su apoyo. La reina de los masagetas ha enviado mensajeros a los asagatje. Ayer llegó otro. —Echó un trago.
Diodoro gruñó y le arrebató el frasco.
—¡Oye! ¡Que ese vino es mío! Tenemos otros asuntos pendientes antes de emprender una campaña contra el niño rey. El tirano, por ejemplo. —Diodoro oteó el horizonte. A su derecha, el Borístenes fluía hacia el mar Euxino. A la izquierda, el viento ondulaba el mar de hierba hasta donde alcanzaba la vista, y otros cuarenta mil estadios más allá; al menos, eso sostenía Heródoto—. No quiero luchar contra Alejandro. No quiero ver más bárbaros fascinantes. Me gustaría retirarme a Olbia y ser rico.
Kineas seguía cabalgando, acompasando el movimiento de las caderas al de su montura. Padecía, pues aun habiendo pasado semanas en un catre en el carromato de Srayanka, o quizá debido a ello, le dolían todo los músculos.
—Las cosas cambian —repuso Kineas.
Diodoro asintió.
—Desde luego. Los partidarios de la paz tomaron el poder en Atenas mientras nosotros ganábamos esta campaña.
Kineas se rio, cosa que también le hacía daño.
—Atenas parece muy lejana —dijo.
Diodoro volvió a asentir y pasó el frasco al silencioso Temerix.
—A eso me refiero. Al partir de Atenas contigo, creí que se me iba a partir el corazón. Cuando estábamos fracturando el imperio de Darío, a menudo soñaba con el Partenón. Luego emprendimos esta campaña. Ahora Atenas está demasiado lejos para recordarla y soy un caballero de Olbia. Ahora sueño con encontrar esposa y comprar una granja a orillas del Euxino. —Diodoro hizo una pausa—. Me da miedo acabar en una yurta en el mar de hierba.
Kineas había parado su caballo sin darse cuenta. Miraba fijamente la piedra que había visto en sueños, y el día le pareció más frío.
—¡Hera! —exclamó. Y pronunció en voz alta una plegaria pidiendo protección divina.
Diodoro lo observaba.
—Es tal como la soñé —susurró Kineas en voz muy baja—. La piedra es más ancha por la parte de arriba. Cuando la desenterremos, el fondo tendrá forma de cabeza de caballo. Le daremos la vuelta y la cabeza de caballo señalará la tumba de Satrax.
Diodoro negó con la cabeza, pero a medida que los sindones fueron cavando la tierra en torno a la piedra, se puso meditabundo, y cuando apareció la forma oculta de la base de la piedra, se mesó la barba con fastidio.
—¿Recuerdas cuando éramos simples mercenarios? —preguntó Diodoro otra vez.
Enterraron al rey a la antigua usanza. Fue el último acto del ejército que había ganado la batalla en el Vado del Río Dios, y mientras los hombres cortaban terrones bajo la lluvia, Kineas percibía que el espíritu que los había animado se alejaba como el río crecido a sus espaldas arrastraba el agua de la lluvia hacia el mar.
Los griegos pusieron de su parte. Diodoro, Niceas, Filocles y Kineas cortaron terrones codo con codo, las clámides empapadas y la tierra fértil de debajo de la hierba volviéndoseles limo pegajoso en manos y pies. En varios estadios a la redonda, los sakje y los griegos trabajaban juntos; cada guerrero cortaba suficientes terrones para cubrir a un hombre y su caballo. Luego los cortadores llevaban los terrones a los constructores, en su mayoría granjeros de tribus sindonas que vivían río arriba; los sakje los llamaban «el pueblo de la tierra». Ellos desenterraron las cámaras del túmulo y las reforzaron con pesados troncos que el río traía flotando desde los bosques del norte.
Tiempo atrás, en aquel mismo vado, Satrax había preguntado a Kineas si le gustaría ir al norte a ver los bosques.
Y ahora el rey estaba muerto. Kineas negó con la cabeza ante los designios de los dioses, ante Moira y Tiqué,[2] el destino y el azar. Se irguió y se frotó la cadera, que lo hacía padecer en cada trayecto hacia su propia pila de terrones. Sólo podía llevar un bloque de tierra y hierba a la vez; tenía mejor el hombro derecho, pero los tajos del brazo de la brida y de la pierna izquierda aún le causaban problemas.
Diodoro, Niceas y Filocles, también con heridas, trabajaban junto a él. Kineas estaba empeñado en hacer la parte que le correspondía sin quejarse, pero en el trayecto siguiente el brazo izquierdo le dolió tanto que tuvo que dejar el terrón en el suelo y sentarse bajo la lluvia.
—Necesito un guantelete —dijo—. Parmenio tenía uno.
Filocles asintió.
—Supongo que Temerix podría hacerte uno —repuso el espartano.
—¡Mirad! —exclamó Niceas, señalando el nuevo kurgan.
En el montículo, Marthax y Srayanka, caudillo y sobrina del difunto rey, discutían acaloradamente, levantando los puños; sus voces se oían a medio estadio.
Ambos habían compartido el peso del diseño y la construcción, pero ahora no se ponían de acuerdo en nada. Discrepaban en el tamaño del kurgan, en la ubicación de las cámaras, en la orientación de la puerta y en el papel que ellos mismos desempeñarían en los ritos finales. Cuando Kineas veía a Srayanka, ya fuera en encuentros fortuitos o en breves citas cuidadosamente acordadas, ella olía a tierra y sólo hablaba de la perfidia de Marthax. Intentaba ocultar su ira pero, en la llanura, los guerreros estaban más que enterados de las discusiones de sus líderes. Cortaban el tepe, lloraban la pérdida y les preocupaba el futuro.
Aparte de los terrones, se esperaba que cada guerrero llevara un presente al túmulo del rey. En torno a la base del cuadrado de tierra, otros sindones abrieron una zanja. Una larga reata de caballos, en su mayoría bestias de carga, todos con sus mejores galas, aguardaba a ser sacrificada para las exequias.
La batalla había costado a los aliados miles de hombres, pero la campaña en sí había estrechado los vínculos entre sakje, sármatas y griegos del Euxino. Ahora todos trabajaban juntos, casi sin necesidad de órdenes, para construir una imponente tumba en honor al rey de los sakje. Los ladrillos de adobe levantaron un muro, luego un bloque y finalmente una pirámide chata de hierba mientras diez mil hombres y mujeres hacían sus ofrendas de tierra y oro. Y cuando la tarde tocaba a su fin, las nubes comenzaron a rasgarse y las semanas de llovizna dieron paso a una noche templada. Los últimos cargamentos de terrones subieron hasta la cima truncada y se encendieron antorchas; entonces Kineas y una docena de baqcas menores de los distintos clanes izaron la piedra elegida y la arrastraron hasta lo más alto del kurgan, donde fue cuidadosamente colocada. Ninguno de los baqcas puso en entredicho la elección de Kineas ni su derecho a estar allí, y celebraron un silencioso y venerable aquelarre mientras hacían su trabajo.
Para cuando la piedra estuvo en su sitio y le hubieron dedicado un cántico, ya era noche cerrada y se trajeron más antorchas. Cuando Kineas cruzaba dos árboles dispuestos a modo de puente, los caballos de la zanja que tenía debajo comenzaron a respingar y relinchar. Tenían miedo, y era lógico.
Marthax y Srayanka se turnaron para hacer bajar a los caballos; primero los agarraban del cabestro y luego asestaban el golpe mortal con una espada corta, acuchillando a las bestias en el cuello, donde el músculo era blando y la arteria estaba cerca de la piel. Compartieron la tarea como primos y sacerdotes, pero Kineas veía el hierro de la columna vertebral de Srayanka y la estudiada posición de sus hombros, y una temporada en la silla de montar compartida con Marthax permitió que reconociera la misma tensión en el corpulento caudillo sakje.
Ambos anhelaban ser considerados dignos... del trono. La competición había comenzado. Kineas deseó que la resolvieran con presteza. Los griegos del Euxino tenían otras preocupaciones, y necesitaban una mano firme en aquellas llanuras.
Kineas deseó estar seguro de que Srayanka era la reina que los sakje necesitaban. O incluso de que Marthax fuera apropiado para ejercer de rey.
Deseó que muchos hombres no hubiesen muerto; Nicomedes y Ajax, el devoto Agis, Cleito y su hijo Leuconte, Varô de los Gatos Esteparios y tantos otros, muchos de ellos amigos y compañeros. Laertes, a quien conocía desde la infancia, que lo había seguido hasta los confines del mundo. Sin embargo, de entre todos ellos, el rey Satrax era el único cuya muerte afectaba a todos los hombres del ejército. Satrax era el hombre que mantenía unida a la tropa, y su muerte marcaba un final.
Las antorchas llameaban y chisporroteaban bajo las últimas gotas de lluvia. Al oeste, las estrellas aparecían en el cielo. El suelo hedía a sangre de caballo, y la luz de las antorchas relumbraba parpadeante sobre el oro, el hierro y la lana.
Marthax vestía de rojo, pues estaba en su derecho como comandante de la escolta del rey fallecido. Llevaba la espada del rey en brazos, y con ella subió a la pirámide de tierra y hierba hasta plantarse en lo alto.
Srayanka, vestida de la cabeza a los pies con pieles blancas salpicadas de crines azules y conos de oro, subió tras él llevando en sus manos el casco del rey, que dejó en la misma cúspide de la pirámide. Entonces tomó la espada que Marthax sostenía. La alzó hacia las tinieblas.
Un trueno retumbó en la distancia y la multitud de guerreros emitió un sonido como el susurro del viento sobre la llanura de hierba.
—Vencedor en dos grandes batallas, azote de los getas, amo de diez mil caballos —entonó Srayanka. Kineas entendía bastante bien el sakje cuando lo pronunciaban despacio. Además, la había oído practicar aquel cántico durante diez noches.
Una vez más, pareció que los guerreros suspiraran.
—Joven como un dios, rápido en la batalla, terrible para sus enemigos, arrebatador de vidas, amo de diez mil caballos —prosiguió Srayanka, y de nuevo suspiraron.
Marthax estaba de pie tras ella con los brazos cruzados.
—Sabio como un dios, dador de oro, grande en la paz y el consejo, amo de diez mil caballos —añadió Srayanka, la espada inmóvil en su mano. Sus brazos eran como barras de hierro, bien lo sabía ahora Kineas.
Satrax había contribuido a unirlos, pero también había sido un adolescente insensato empeñado en quedarse a Srayanka para sí. En el fondo, Kineas no lamentaba tanto que hubiese fallecido.
—¡Fue el rey de los sakje! —gritó Srayanka, con voz súbitamente grave y desaforada. Y con la última palabra dio la vuelta a la espada y la clavó en la hierba.
Los guerreros lanzaron un grito atronador, un bramido de pesar y cólera, de victoria y pérdida, y luego se dirigieron al banquete que les aguardaba, un festín a los pies del nuevo túmulo, un último festín con el antiguo rey. Comieron, bebieron y lloraron, y los bardos entonaron canciones de las batallas. Y todos los griegos, los sakje y los sármatas fueron como hermanos y hermanas.
Por última vez.
Ataelo, el guerrero masageta que estaba al frente de los exploradores de Kineas, presentó al último mensajero de Oriente levantando el brazo:
—Cabalga cincuenta días en un buen caballo rumbo al este, más allá del Caspio, pasado el lago del Mar de Hierba y pasados los sármatas; con otros cinco caballos de refresco, para cabalgar cincuenta días y no para descansar, porque allí está la reina de los masagetas. —Los ojos de Ataelo miraron en derredor. La tienda abierta estaba atestada y había más guerreros sakje en torno a ella. Se mantenía bien erguido, consciente de la importancia de la ocasión—. Este hombre es como mi primo. Qares habla por la reina. —Ataelo dio un paso atrás.
El mensajero de los masagetas era más bajo que Ataelo, aunque guardaba cierto parecido con él: tirabuzones negros como un espartano, el rostro curtido y la nariz respingona como un sátiro. Llevaba un manto de seda encarnado sobre la armadura de escamas de bronce que resplandecía como una llama a la luz del sol. En la mano sostenía una espada corta sakje con la empuñadura de esmeralda. La blandió ante el consejo de jefes y oficiales griegos sentados en torno a la hoguera que ardía ante el carromato vacío de Satrax.
Las reglas del consejo sakje permitían que cualquier persona interesada asistiera, de modo que cientos de hombres y mujeres, muchos de ellos armados, y docenas de niños se habían congregado en la colina del consejo. Nunca estaban del todo callados, y tanto el murmullo de sus comentarios como el suspiro del viento obligaban a los oradores a gritar para hacerse oír. El mensajero de los masagetas tenía la voz grave y se le oía bien.
—¡Guardianes de la puerta occidental! —gritó Qares, y Eumenes, todavía envarado por las heridas, tradujo en voz baja—. ¡La reina Zarina, señora de todos los jinetes de Oriente, os llama para que acudáis a la reunión de todos los sakje! ¡Iskander, a quien los griegos llaman Alejandro, Rey de Macedonia, amenaza con declarar la guerra en el mar de hierba! ¡Zarina solicita la ayuda de los masagetas! —Mostró la espada—. Envía esto, la espada de Ciro, como recuerdo de su necesidad. Dejemos que Iskander oiga el trueno de vuestras monturas y pruebe el bronce de vuestras flechas.
Srayanka dio un paso al frente y aceptó la espada. Hubo vítores entre la muchedumbre expectante, pero también silbidos de desaprobación.
—¡Dejemos que Zarina haga su propia guerra! —gritó un joven jefe guerrero del clan de los Caballos Rampantes. Se tiró de las trenzas con fastidio—. ¿Y quiénes sois vosotros, Manos Crueles, para tomar la espada de Ciro? ¿Eh? ¿Eh? ¡Dádsela a Marthax!
Parshtaevalt, uno de los jefes de Srayanka, dio un manotazo en la espalda al Caballo Rampante.
—¡Silencio! —rugió—. Srayanka es la heredera del rey.
Kineas escuchaba opiniones encontradas y se retorcía en su banco.
A su lado, Filocles afilaba una rama con su navaja.
—Acaban de terminar una guerra —dijo Filocles en voz baja—. Ahora no quieren otra.
Srayanka levantó la espada y aguardó a que se hiciera el silencio.
—¡Acepto la espada de Ciro para los asagatje! —gritó—. No vamos a enviar diez mil jinetes a Oriente. Dile a Zarina que ya hemos combatido a Iskander en Occidente. —Y se volvió hacia la multitud—: Pero ¿dejaremos que nuestros primos se enfrenten solos al monstruo? ¿Acaso Oriente no nos envió a Lot?
Lot se abrió paso a empellones. El príncipe sármata era alto, rubio y de ojos claros, había dejado atrás la primera juventud pero aún estaba en excelente forma. Tenía una nueva cicatriz que le cruzaba la cara desde el ojo derecho hasta la comisura izquierda de los labios. Cuando se aproximó a Srayanka, alargó el brazo y ella le entregó la espada. La alzó por encima de su cabeza y la muchedumbre comenzó a callar. Cuando habló, su excitación y su marcado acento del este hicieron que resultara difícil entenderle.
—De la misma manera que vosotros necesitasteis nuestros caballos —gritó—, ahora la reina Zarina os pide apoyo cuando más lo necesita. Incluso un diezmo de vuestras fuerzas le sería de gran ayuda. Cuando partí hacia Occidente prometí a Zarina que llevaría a los asagatje de regreso conmigo. ¿Vais a convertirme en un mentiroso? —Se volvió hacia Kineas—: ¿Y van a abandonarnos nuestros aliados euxinos? Olbia y Pantecapaeum y todas las ciudades del Euxino se han beneficiado de nuestra alianza. ¿Apoyarán ellas a las tribus?
Eumenes tuvo que hablar deprisa para seguir el ritmo de Lot, y el esfuerzo de traducir el difícil dialecto estaba agotando al joven. Kineas le puso una mano en el hombro y notó la calentura de la fiebre en su piel desnuda. Se volvió hacia Filocles.
—Lleva a este muchacho a su catre —le ordenó Kineas—. ¡Chitón! ¡Mi sakje es lo bastante bueno para entender esto!
Pese a su afirmación, Kineas miró en derredor buscando a Ataelo. El griego de Ataelo no era excelente, pero traducía bastante bien. Ataelo se acercó con su esposa, Samahe.
—¿Señor? —preguntó Ataelo.
—Ayúdame a hablar —contestó Kineas.
Ataelo se plantó junto al hombro derecho de Kineas.
Kineas se levantó.
—Yo no soy el señor de los griegos euxinos —gritó. Ataelo tradujo. Luego Kineas prosiguió, hablando despacio, medio escuchando la versión de Ataelo—: No puedo hablar en nombre de Olbia o Pantecapaeum. Cuando la falange de Olbia haya resuelto los asuntos de nuestra ciudad, estaremos dispuestos a escuchar planes de alianza y guerra en Oriente. Nosotros somos aliados leales. Pero todavía no estamos preparados para hablar.
El príncipe Lot meneó la cabeza y esta vez habló con más cuidado, imprimiendo a su acento sakje una rítmica cadencia como si declamara un poema épico. Ataelo se esforzaba para no rezagarse.
—Por ser nobles aliados. Por defender el territorio, ¡valientes! ¡Manteneos firmes! Pero ahora, dice, ¡no hay rey de los sakje! ¡No hay ejército sakje! No hay aliados para ir al este a luchar contra el monstruo con los masagetas. Dice que se va a poner a llorar.
Marthax se levantó. Se dirigió al centro del círculo, pero no pidió la espada de Ciro. Era un hombre alto y fornido con una barba rojiza y una enorme barriga. El jefe militar más conocido de los sakje, primo del rey, su brazo armado. Y uno de los dos aspirantes al trono.
—¡Claro que están por irse a casa! —dijo Ataelo, traduciendo sus palabras.
Kineas estaba bastante acostumbrado a escuchar a Marthax y siguió directamente el discurso sakje, con un oído puesto en Ataelo para comprobar que lo estaba entendiendo bien.
—Mi pueblo vuelve a casa para recoger la cosecha y enviarla por río —dijo Marthax—. Satrax soñaba con llevar un ejército al este para unirse a los masagetas. Era un gran rey, pero en el fondo también era un niño. Deseaba vivir una gran aventura. Ahora ha muerto. —Marthax se cruzó de brazos y miró al príncipe Lot—: Las cosas cambian. Las estaciones cambian. Antes de que Zoprionte llegara, quizás habríamos podido enviar guerreros hacia el sol naciente para socorrer a nuestros primos de las puertas orientales. Pero eso no llegó a ocurrir. Distintos soles salieron y se pusieron, y ahora tenemos que llenar nuestros carromatos de grano y prepararnos para sobrevivir a otro invierno en las llanuras. Tal vez la próxima primavera podamos enviar un diezmo de nuestros jóvenes guerreros al este para que se reúnan con la reina Zarina y los guardianes de las puertas orientales.
Un joven jefe de los Caballos Rampantes se levantó para hablar; el mismo hombre que había gritado a Srayanka. Marthax le dedicó una reverencia y fue a sentarse a su sitio, y entonces el joven guerrero, con el brazo en cabestrillo, se puso en medio del círculo.
—Soy Graethe de los Caballos Rampantes —dijo. Tenía el acento de su clan, que Kineas había llegado a identificar como propio de los sakje del norte. Pero hablaba despacio, según era costumbre en el consejo, y Kineas podía entenderlo todo bastante bien—. Mi señor se ha llevado a nuestros guerreros al mar de hierba a pasar el verano al viento y a vigilar a nuestros sindones. Si estuviera aquí, diría que Zoprionte no era el único lobo que amenazaba nuestros rebaños, sino tan sólo el más fuerte. Los Caballos Rampantes no cruzarán el mar de hierba para ir a la puerta oriental. Dejemos que los masagetas resuelvan sus propios asuntos.
Una jovencita, o tal vez una niña, que estaba sentada detrás de Marthax jugando con un arco, atrajo la atención de Kineas. Los niños de los sakje siempre andaban por todas partes; gozaban de una libertad sin límites. Pero aquélla era la niña que se había presentado como hija de Kam Baqca.
En lugar de lanzar flechas de juguete, había enrollado la cuerda del arco en una flecha y se servía de ella para hacer girar la flecha cada vez más deprisa. Kineas había visto a un joyero de Atenas usar un taladro, y se preguntó si la niña habría inventado la herramienta por su cuenta. Ella la usaba para hacer agujeros en el gran escudo de cuero sin curtir y en listones de madera; la punta de flecha de bronce fue cortando la cubierta de bronce y las cuerdas de cuero hasta que toda la estructura estuvo a punto de ceder.
Kineas alargó el brazo para detenerla y la chiquilla lo miró a los ojos. Eran ojos ancianos para un rostro tan joven, intensos y azules como el agua fría, y Kineas detuvo el movimiento de su mano como si lo hubiera picado un insecto.
Ella sonrió. Era una niña a punto de ser mujer, y su sonrisa era entre traviesa y perversa.
El Caballo Rampante seguía con la misma perorata. Marthax lo observaba con los párpados entrecerrados. Srayanka, por su parte, miraba al muchacho como si fuera a echársele encima. Cuando éste tomó aire para una nueva proclama, Srayanka se levantó y alzó la mano con la espada para impedirle continuar.
—¡Grande es la sabiduría del Caballo Rampante! —exclamó Srayanka—. Sabemos que ocuparon su lugar en la batalla y que no irán al este a apoyar a los guardianes de la puerta oriental. ¿Tienes algo más que añadir?
El joven inclinó la cabeza y no dijo nada, pero la fulminó con la mirada.
—Agradecemos tus palabras, Graethe. —Srayanka apretó con mano firme el hombro del joven y éste se sentó. Uno de los jóvenes jefes de Srayanka, Bain, se rio y aulló, y Graethe se puso rojo.
Srayanka se volvió y lanzó a Bain una desafiante mirada.
—¡Silencio! —gritó.
El rostro de Bain era la encarnación de la malicia adolescente, pero se apaciguó cuando Urvara se puso en pie. Hija de Varô, el señor de los Gatos Esteparios que había muerto en la gran batalla, Urvara tenía sus propias cicatrices; acababa de estrenarse con el arco, y Kineas la recordaba reagrupando a su gente para apoyarlo en la carga final. Sólo tenía dieciséis o diecisiete años, las cejas muy pobladas, labios carnosos y brazos fibrosos como las cuerdas de un arma de asedio. Bain la amaba.
—Los Gatos Esteparios miran al sol naciente —dijo Urvara, señalando hacia el este con su fusta.
Tenía una voz profunda y serena para ser una chica tan joven, y Kineas tuvo que admitir que Srayanka no era un caso único; entre los sakje se daban mujeres excepcionales. Amazonas, pensó.
—Iremos al este hacia el sol naciente y prestaremos nuestra ayuda a los guardianes de la puerta oriental —concluyó Urvara sucintamente.
—Las tierras de vuestro clan están en el este —repuso Marthax sin levantarse—. Vuestros hogares están de camino —agregó con desdén.
—Vinimos aquí —replicó Urvara sin más—. Mi padre murió por el rey de los asagatje. Sé lo que piensas, Marthax, pero me da igual. —Y se sentó.
Los ojos de Srayanka buscaron a Kineas, que enseguida se levantó. La mayoría de los hombres que estaban en torno a Marthax gruñeron como para sus adentros.
Antes de que dijera palabra, Marthax también se levantó. Era un palmo más alto que Kineas.
—Aquí no tienes voz —dijo.
Kineas lo miró de hito en hito.
—Aquí mi «clan» es el más grande —protestó Kineas. Miró a los presentes en la tienda. Algunos ojos se mostraban abiertamente hostiles; los de Graethe, por ejemplo. Otros, amistosos; Parshtaevalt de los Manos Crueles asintió, como indicándole que hablara.
Kineas dio un paso hacia Marthax.
—Hemos muerto por vosotros —prosiguió—. Resistimos en el vado y repelimos a Zoprionte hasta que vosotros llegasteis. Mi pueblo murió. Mis amigos murieron. —Kineas levantó un brazo cubierto de cicatrices fruto de su participación en la lucha y miró de nuevo a los allí presentes—. Mi ciudad sigue en manos de un tirano y su guarnición de macedonios, y debo hacer algo al respecto o mi «clan» se quedará a vivir con vosotros para siempre. —Se encogió de hombros y dio la espalda a Marthax, lo cual hizo que la piel de entre los omóplatos le picara al volverse hacia la muchedumbre, y pensó: «¿Cuándo he dejado de confiar en el caudillo?»—. Debe permitírsenos ir a reclamar nuestra ciudad antes de que los ciudadanos desesperen y actúen con imprudencia. —Giró en redondo hacia Marthax—: Y tú no puedes pretender darme órdenes y luego hacerme callar en el consejo. Eras el caudillo de Satrax. ¿Quién eres ahora?
Marthax no esperaba que Kineas lo atacara. Como tampoco Srayanka, que puso la cara de preocupación de una mujer que duda de la prudencia de su hombre. Marthax dio un paso atrás como si lo hubieran herido y se puso tan encarnado como su atuendo.
—¿Que quién soy? —preguntó—. ¡Soy el rey de los sakje! —bramó.
Pandemónium. Los jefes de todos los clanes se pusieron en pie: unos protestaban, otros vitoreaban o gritaban para ser escuchados.
Marthax aprovechó la ocasión para hablar:
—Soy el primo de Satrax y era su caudillo. He comandado todas las tribus en la batalla y he salido victorioso de cada contienda. Yo encabecé la expedición contra los getas cuando los masacramos. —Alargó el brazo a sus espaldas y blandió su escudo—. ¡Soy el poderoso escudo de los sakje! —rugió.
El escudo se hizo pedazos en su mano y el silencio se apoderó de la tienda; el silencio del terror y los augurios.
Una voz aguda llegó de detrás de Marthax, como el falsete de un hombre o la voz de un niño pequeño.
—¡Podrás ser rey hasta que el monstruo haya muerto y las águilas vuelen! —chilló la voz.
Marthax tiró los trozos de su escudo al suelo y fue a por la niña, pero ésta se escurrió bajo la lona de la tienda y se esfumó.
2
—Eres hermoso —dijo Srayanka. Estaba tumbada a su lado sobre un montón de pieles. La lluvia producía en el techo del carromato un sonido semejante al de la orilla del mar, y su mano callosa lo acariciaba con perezosa familiaridad.
La barrera idiomática impedía que Kineas respondiera de la misma manera. Podía decirle que era hermosa; podía decir que sus senos eran hermosos, sus piernas bonitas, todo un catálogo de atributos corporales; pero ninguno transmitiría lo que él quería decir. En griego, le diría que su belleza lo asombraba cada vez que la veía descubierta, que nunca se cansaría de contemplar las complejas curvas que dibujaba su vientre firme al unirse a las caderas, que el suntuoso terciopelo de su piel y su contraste con las manos endurecidas por la lucha lo excitaban como ninguna otra mujer lo haría jamás; pero el griego de Srayanka seguía limitándose a cincuenta verbos y unos pocos cientos de nombres, y la clase de sutileza que hacía exactos y personales sus cumplidos estaban por el momento tan lejos de su alcance como una comedia de Aristófanes.
Hacían el amor esporádicamente, a menudo con prisa y siempre en secreto. Que eran pareja se sospechaba y contrariaba a todo el campamento, cada día más reducido. Especialmente aquella noche.
Los sakje se estaban marchando. El consejo había terminado en desacuerdo y arrebatos de ira antes de que se le reconociera formalmente a Srayanka su derecho a exponer su candidatura al trono; pero los bandos ya se habían definido.
Todos ellos juntos, los sakje y los olbianos, habían combatido en una gran batalla, la mayor batalla que cualquiera de ellos pudiera recordar. Diez estadios al norte del carromato-yurta donde Kineas yacía entrelazado con Srayanka, el campo de batalla del Vado del Río Dios seguía siendo una tumba turbulenta tres semanas enteras después de que el ejército de Zoprionte hubiera muerto allí. Más de veinte mil macedonios con sus tropas auxiliares y sus aliados habían perecido; y casi un tercio de esa cifra de guerreros sakje, y un millar de griegos euxinos. Los muertos superaban en número a los vivos, y la lluvia que caía como lágrimas de dioses arrepentidos pudrían los cadáveres tan deprisa que los hombres temían tocarlos o levantarlos. Los animales carroñeros todavía atestaban el campo, dándose un festín de macedonios muertos que yacían indefensos, despojados de armaduras.
Los hombres decían que aquel campo estaba maldito.
Kineas lo sentía como una herida abierta porque los muertos sin enterrar se le aparecían en sueños, exigiendo exequias. Pese a su dilatada experiencia, no concebía que un ejército pudiera ser exterminado y no pudiera enterrar a sus muertos. Eso lo aterraba. Como lo aterraban las voces del sinfín de muertos.
—¿En qué piensas, airyanám? —preguntó Srayanka. Se apoyó en un codo. Iba desnuda para combatir el húmedo calor, y no tanto por descaro como por no ser consciente de que alguien pudiera llevar ropa en una noche tan calurosa. En el interior de su carromato, desdeñaba la ropa mientras reinaran la humedad y el calor.
Kineas se obligó a apartar sus pensamientos del campo de batalla y regresar al carromato junto a su amada, junto al maravilloso cuerpo que los dioses le habían dado, junto a sus ambiciones y sus caprichos. Pero fue sincero.
—Pensaba en los muertos sin enterrar —contestó.
—Alimento para los cuervos —repuso Srayanka, encogiéndose de hombros. Hizo un gesto para desviar la indeseada atención de las criaturas del averno—. Nombrar es llamar, Kineas. —Le puso un dedo en los labios—. No hables de los muertos tan a la ligera. Eran enemigos. Ahora han pasado al más allá. El campo está maldito y los sindones lo evitarán durante una generación. Luego la hierba crecerá más verde gracias a la sangre, y después crecerá el grano. Así son las cosas. Y la Madre acogerá en su seno a los agitados espíritus, y el tiempo todo lo curará.
Kineas la observaba, sentada como una estatua de Afrodita, marcando con la mano sus argumentos a propósito de los muertos como un erudito en el ágora.
—Deberías ser reina —dijo Kineas—. Tienes cabeza para ello. —Se mesó la barba desaliñada y se rascó la cabeza—. Hoy no tendría que haber hablado. Hablé cuando no me tocaba y me temo...
—¡Calla! —exclamó Srayanka. Meneó la cabeza, haciendo oscilar la melena suelta—. Marthax es más fuerte que yo, Kineas. —Lo observó un momento a la luz de la única lámpara de aceite—. No conduciré a mi pueblo a una guerra entre hermanos. Marthax no será un mal rey; lo conoces. Hace lo que cree que debe hacer. —Suspiró—. He trabajado duro para que el pueblo te acepte como mi consorte. —Se encogió de hombros, sus rotundos senos subieron y bajaron, la cobertura de músculo cimbreó desde las caderas hasta el cuello, y Kineas la deseó. Pero era un hombre disciplinado y se guardó de tocarla.
Srayanka se volvió para mirarlo.
—En cambio, a ti te temen.
—¿Porque soy extranjero? —preguntó Kineas, resiguiéndole el flanco con un dedo.
—Y porque eres baqca, y porque me amas. Eres como una criatura de un canto épico, y auguras cambios. —Lo besó—. Porque podrías gobernarlos con mano de hierro, y eso les da miedo.
Kineas meneó la cabeza.
—Yo no quiero gobernar —replicó.
—Pero lo harías si pensaras que es por el bien común. —Srayanka pronunció la expresión «por el bien común» con la entonación de Kineas.
Y éste se encogió de hombros:
—Escucha, amor mío. Juntos podríamos doblegar la voluntad del ejército. Convertirlo en tu ejército. —¡Ea!, ya lo había dicho. Sus propios oficiales querían marcharse, pero él tenía que ofrecer... apoyo a la reivindicación de Srayanka al trono.
Srayanka le agarró la cabeza con las manos y le dio un beso.
—No, airyanám. Te lo agradezco, pero no. Era el ejército de Satrax; y él ha muerto. —Con un ademán, indicó los inescrutables designios de los dioses—. Si hubiese vivido un año más, yo habría sido su heredera; lo habríamos sido los dos. —Volvió a encogerse de hombros—. No voy a enfrentar a los soldados griegos contra los hombres de los clanes.
Kineas se incorporó a su lado.
—¿Y qué vas a hacer? —le preguntó—. ¿Qué vamos a hacer?
Srayanka guardó silencio un buen rato; oyeron a miles de caballos pastando: el siempre presente rumor del campamento sakje. En algún lugar, unos hombres gritaban junto a una fogata.
—Iré al este —respondió al fin Srayanka—. Muchos de los guerreros más jóvenes siguen estando dispuestos, e incluso animados, a combatir al monstruo en el este. Le diré a Marthax que estarán bajo mi mando y él aceptará, porque así se evita la guerra.
Kineas había visto venir que aquélla sería la decisión de Srayanka. Siempre supo que ella estaba a favor de enviar una expedición al este para apoyar a los masagetas. Lo que no se había figurado era que fuera a ir en persona.
—Pero... —repuso Kineas. Y se interrumpió. «Pero ¿y nosotros qué?» Era demasiado egoísta por su parte. La elección de Srayanka estaba bien clara, y la había tomado como la heroína que era. ¿Acaso él iba a ser menos?
»Tengo que arrebatarle Olbia al tirano —dijo al fin Kineas—. Luego podré reunirme contigo.
Así de simple; y el futuro quedó fijado. Aquel «reunirme contigo» retumbó en su cabeza, halló eco en su mundo de sueños, como una profecía; y, de repente, sintió frío.
Srayanka negó con la cabeza.
—No. Quiero decir, ¿qué es el mudo griego? ¿Locura? ¿Demencia? Vosotros, los griegos, tenéis muchas palabras para pensamientos estúpidos. Tú puedes ser el tirano de Olbia; puedes ser rey. «Te adoran como a un dios.» Has convertido su ciudad en algo, y ahora tu ejército es fuerte. El grano te hará rico, tus hoplitas te darán seguridad y tu alianza con los sakje te hará grande.
Kineas se arrodilló y tomó las manos de Srayanka entre las suyas.
—No quiero ser rico —protestó, y mientras lo decía ya sabía que sus palabras eran tan ciertas como trilladas. La idea de una larga marcha hacia el este para luchar contra Alejandro al lado de Srayanka se extendía como un sueño y, en comparación, la vida cotidiana del patronato y la política se le antojaba una pesadilla—. No quiero ser tirano ni rey. Te quiero a ti. —Sonrió como un muchacho—. He soñado que vencía a Alejandro.
Entonces ella sonrió, y Kineas tuvo un poco de miedo porque no era una sonrisa de amor, sino de triunfo.
—Entonces seré tuya, airyanám. Juntos llegaremos lejos —profetizó Srayanka, y posó sus labios en los suyos—. Incluso a las montañas del este, hasta Alejandro.
Tras haber hecho otra vez el amor, ella lo envolvió con su cuerpo a pesar del calor húmedo y el sudor que desprendía, y juntos cayeron dormidos. Y Kineas apenas había agradecido el placer de aquel sueño, con la pierna tersa y firme de Srayanka encajada entre las suyas, cuando se encontró... sentado a horcajadas en el árbol, con una rama colocada entre las piernas. En la otra punta de la rama, dos águilas exigían comida desde un nido entre los muslos de Srayanka. Sus graznidos ahogaban las palabras de Srayanka. Cuando Kineas tendió un brazo hacia ella, el polluelo más grande lo picó y se cayó...
Miró alrededor, y todos los soldados que tenía detrás eran desconocidos con espléndidas armaduras, y él llevaba un guantelete chapado en oro en el brazo que veía a través de las rendijas del casco. Estaba seco, sentado a lomos de un caballo de color metal oscuro, y la batalla estaba ganada, el enemigo roto; al otro lado del río, los supervivientes trataban de reponerse entre los maderos del ribazo, junto a un aislado árbol muerto que ofrecía la única protección posible contra la broncínea lluvia de flechas sakje. Entonces él alzó la fusta de Srayanka, le dio tres vueltas en el aire y todos comenzaron a vadear el río. Estaba preparado para la flecha cuando ésta llegó, y casi la recibió con gusto, pues la conocía muy bien; además, para entonces ya se encontraba en el agua, unas manos lo agarraban...
Estaba muerto y caminaba por el campo de batalla, pero era otro campo de batalla, el de Issos, y los muertos se levantaban a su alrededor como hombres despertados de su descanso antes de hora. Y entonces también ellos se pusieron a caminar, frotándose las heridas, algunos metiéndose los intestinos en el vientre. Intentaban en vano hablar, muchos se encogían de hombros, y luego todos, griegos y persas, comenzaron a alejarse del campo de batalla... y se les sumaron los muertos de Gaugamela, más persas y menos griegos y macedonios, todos arrastraban los pies avanzando en una columna de muertos desdichados.
Una única figura se destacaba en la columna. Tenía dos heridas profundas, una en el cuello y otra debajo de la axila, y no llevaba peto, su rostro fláccido y desprovisto de sentimiento estaba negro y podrido; pero Kineas reconoció en él a Clístenes, un amigo de la infancia que había caído en una infame batalla en las riberas del Éufrates. Kineas percibía en Clístenes un halo de tristeza. De hecho, la tristeza irradiaba de él como el calor de una hoguera. Su mandíbula, casi descarnada tres años después de morir, se movía sin emitir ningún sonido. Alargó una mano y apoyó los huesos de los dedos en el antebrazo de Kineas, surcado de cicatrices.
—¿Qué? —inquirió éste—. ¡Habla!
La mandíbula de Clístenes volvió a moverse, más como si masticara carne que como si intentara hablar. De la boca abierta salió arena. La figura putrefacta recogía la arena que iba vomitando, cogiéndola con las manos. Y se la ofreció a Kineas como si fuese un pago o una ofrenda.
Kineas se aterrorizó incluso en sueños. Retrocedió tambaleándose.
—¡Despierta ahora o muere durmiendo! —dijo la voz de Kam Baqca...
Ruidos en la oscuridad, y demasiado movimiento, y el carromato oscilando como si un hombre se subiera a él. Kineas saltó del lecho de pieles y su mano ya había empuñado la espada cuando el grueso fieltro que cubría el carromato se desgarró y una flecha le dio de refilón en la espalda causándole una punzada de dolor. Había antorchas en la oscuridad, y destellos de armas.
Srayanka se estaba poniendo de rodillas y Kineas la empujó hacia abajo justo cuando otra flecha se clavó profundamente en la madera de la plataforma del carromato.
—¡Los muertos! —gritó Kineas en griego.
Una silueta negra se subió a la plataforma con una espada en cada mano. Kineas aún estaba adormilado, tenía la mente en otro mundo.
El rostro de la criatura era negro. Titubeó, una reacción demasiado humana, y luego blandió ambas espadas a la vez. La niebla del sueño se disipó un poco más y Kineas se dio cuenta de que su adversario era un hombre con la cara tiznada. Mientras reparaba en ello, comprendió que el torpe ataque de aquel hombre era una distracción, y al agacharse para esquivar un golpe volvió la cabeza y vio a otra figura negra en el extremo opuesto del carromato, iluminada por la lámpara de aceite. Levantaba un arco, también titubeando, como si no supiera hacia dónde disparar.
Kineas no vaciló. Hizo un tajo a su primer adversario, un mandoble largo por encima de la cabeza con una rotación de muñeca al final, de modo que la torpe parada del hombre no logró impedir que la curva invertida de la hoja egipcia le cortara el cuello. Se desplomó sin un grito, con la cabeza medio cercenada y chorros de tinta negra manando a la luz de la luna.
Kineas brincó hacia atrás y golpeó al arquero, y su golpe rebanó el arco a la altura de la empuñadura. Un extremo del arco partido salió despedido hacia atrás y le atizó en la mano, haciéndole soltar la espada a causa del dolor, mientras que el otro extremo acuchilló el rostro del arquero. Kineas le propinó una patada y el arquero cayó del carromato. Otra flecha silbó en la oscuridad y pasó entre las piernas de Kineas.
—¡Alerta! ¡Nos atacan! —gritó Kineas en sakje. Oyó movimiento en las fogatas de los alrededores y gritos a lo lejos, pero los agresores eran silenciosos y de otro mundo, y a Kineas se le empezó a erizar el pelo del cogote.
Pese a la reinante oscuridad, vio que la empuñadura de su espada relucía sobre las alfombras del suelo del carromato, se agachó y la cogió. La notaba escurridiza por la sangre de su herida, así que se agachó otra vez para secarse la mano. Srayanka se levantó desnuda de espaldas a él, tensando un arco, y disparó antes de volver a esconderse detrás de los bancos.
Fuera, un hombre instaba a un ataque general. Kineas le oyó ordenar que todos «fueran juntos». Y una discusión; en sakje. Humano. Kineas inspiró profundamente y se calmó, desterrando así los últimos jirones de sueño.
El cerebro le funcionaba. Eran hombres; meros hombres, no espíritus vengativos que no habrían necesitado armas ni órdenes. Y él les traía sin cuidado; estaban allí para matar a Srayanka. Sólo eso explicaba el titubeo de los primeros agresores.
Al parecer, Marthax había hallado una solución al problema sucesorio.
El plan y su ejecución se sucedían sin solución de continuidad, y Kineas saltó de la plataforma del carromato y cargó directamente contra las voces que oía en la oscuridad. La espada egipcia derribó a un hombre que se volvía para enfrentarse a su arremetida, y empujó el cuerpo que se desplomaba para abalanzarse sobre otro hombre equipado con armadura completa. Éste le dio un mandoble y los aceros resonaron cuando Kineas paró el golpe.
Kineas retrocedió, situándose de manera que el hombre con armadura quedara entre él y la fogata para poder ver. El hombre al que había derribado gritaba (así que no era ningún monstruo de las tinieblas), y con sus gritos ahogaba cualquier otro sonido. El que llevaba armadura fue a por él, y Kineas se batió en retirada esquivando los pesados golpes, pero sus estocadas daban contra la gruesa loriga. No había suficiente luz para actuar con precisión, y se sentía apremiado por la falta de tiempo; de un momento a otro podía alcanzarlo un mandoble o una flecha por la espalda, y su cuerpo desnudo ofrecía mejor blanco que el de aquellos agresores pintados de negro.
Paró el siguiente golpe con la espada, empujó el otro acero hacia arriba y entró en el radio de acción de su oponente. Entonces forcejeó con él, agarrándolo por la cintura, y lo tiró al suelo, donde cada escama de la armadura le raspó el pecho desnudo. Ésa era la clase de lucha para la que estaban entrenados los griegos, y Kineas sabía que no había ningún sakje que pudiera con él. Su contrincante yacía derribado en el suelo, con los dedos de Kineas en la nariz, el pulgar en el ojo y la rodilla en la ingle; una salpicadura de sangre, olor a excrementos, y su hombre estaba muerto. Kineas aguzó el oído mientras se limpiaba la sangre del ojo del hombre y sintió náuseas; porque una cosa era ejercitarse en matar a un hombre de cerca, y otra muy distinta, hacerlo.
El hombre herido seguía chillando, y más a la izquierda, cerca del carromato, había pelea. Perdió unos segundos preciosos buscando su espada y echó a correr, aterrado al pensar que se había demorado demasiado y que ella ya estaría muerta.
Pero Srayanka no estaba muerta. Estaba en el carromato, luchando, y justo debajo de ella, el espartano Filocles blandía su pesada lanza negra. Tenía una flecha clavada en el hombro y otra en la pantorrilla, y dos hombres muertos a sus pies. La lanza negra mantenía a raya a un corro de adversarios, pero había más al otro lado del carromato, adonde Srayanka estaba disparando.
Kineas se aproximó en silencio y golpeó, y el acero egipcio atravesó limpiamente el cuello del hombre; luego dio un mandoble bajo, con el que cortó los tendones de las piernas de otro hombre. Entonces bramó:
—¡Atenea!
Y Filocles dio dos estocadas con la lanza. Un hombre se precipitó contra el costado de Kineas y de repente se vio en medio de una melé, rodeado de espadas por todas partes.
—¡Apolo! —se oyó gritar desde el otro lado del carromato. Era la voz de Diodoro.
Kineas se cayó, los pies le resbalaron al pisar sangre en la hierba mojada, y un acero silbó al rozarle el pelo. Rodó por el suelo hacia Filocles, se puso en pie y atacó a un nuevo adversario que paró el golpe y se le acercó para luchar cuerpo a cuerpo. Kineas le agarró la espada y se quedó paralizado: era Parshtaevalt.
—¡Kineas! —exclamó Parshtaevalt, y retrocedió. Entonces ambos lucharon espalda contra espalda durante una eternidad, quizás un minuto; el calor y el contacto de sus espaldas juntas significaban vida y seguridad.
—¡Apolo! —se oyó vocear de nuevo en la noche, una y otra vez, y la presión sobre Kineas iba cediendo. Golpeó bajo, algo que siempre resultaba peligroso a oscuras, y su rival se desplomó con un gruñido. Kineas retrocedió hasta notar la espalda de Parshtaevalt contra la suya e inspiró profundamente.
—¡Atenea! —gritó.
—¡Apolo! —respondieron otros hombres, y de pronto los tuvo a todos alrededor. Se abrió paso entre ellos, una horda de guerreros sakje y griegos mezclados. Allí estaba Urvara, desnuda como Srayanka, empuñando un arco rodeada de Gatos Esteparios. Detrás de ella, se erguía Bain, el joven jefe guerrero de los Manos Crueles, que cubría a Urvara arco en mano. Echó la cabeza hacia atrás y aulló como un lobo.
Kineas no tenía tiempo para ellos; corrió hacia el carromato.
Srayanka seguía allí, hermosa y fatal a la luz de la lámpara de aceite. Tenía un corte superficial en el cuello que le había sangrado por el costado derecho, haciendo que pareciera una estatua en blanco y negro.
—Ha sido Marthax —reveló.
—¡Estás viva! —exclamó Kineas.
—Ha sido Marthax —repitió Srayanka—. Quiere guerra. ¡Idiota! ¡Idiota! ¿Por qué no ha hablado conmigo?
—Nos tiene demasiado miedo —respondió Kineas. Entonces se dio cuenta de que ambos iban desnudos; de hecho, todos salvo los agresores muertos y heridos iban desnudos.
Srayanka asintió.
—Trae a los jefes que me sean leales —le dijo a Parshtaevalt, que se había acercado hasta allí.
Kineas se volvió y encontró a Niceas detrás de él, meneando consternado la cabeza.
—¿Qué te propones? —preguntó Kineas a la mujer que amaba.
—Coger a la gente que quiera marcharse y huir —contestó Srayanka—. De lo contrario habrá guerra cuando salga el sol, y los sakje ya nunca más volverán a unirse.
—Nos ha traicionado y ha incumplido el juramento de hospitalidad —dijo Urvara.
Srayanka meneó la cabeza.
—Tal vez.
Habló deprisa en sakje; demasiado para que Kineas la siguiera, y la mujer más joven asintió. A Kineas le dijo:
—O este ataque es cosa de uno de sus hombres, y se verá obligado a aceptarlo cuando se haga de día, o lo ha planeado él mismo y tiene otros mil jinetes aguardando para abalanzarse sobre nosotros al amanecer. Me llevo de aquí a mi pueblo y a los Gatos Esteparios, y a todo el que quiera venir.
—¿Ahora?
—Ahora. Me marcho al norte y al este. Cabalgaré hacia el norte hasta la Ciudad de las Murallas. Si me admiten, conseguiré dinero y grano. A partir de ahí, seguiré hacia el mar de hierba.
Kineas permaneció callado en la oscuridad, aún confundido por el sueño, con la agridulce excitación del combate en las venas, e intentó pensar.
—¡Nunca más volveré a verte! —protestó Kineas.
Srayanka le sonrió y bajó del carromato para abrazarlo.
—Es la voluntad de los dioses —repuso Srayanka—. Pero creo que no somos dos miembros de un clan perdidos en las llanuras. Tú eres baqca y yo sacerdotisa. Volveremos a vernos —dijo—. Ve y recupera tu ciudad. Luego, si así lo deseas, sígueme. Puedes ir por mar hasta la Bahía del Salmón; cualquier griego euxino sabrá mostrarte el camino. Nosotros iremos despacio; llevaremos muchos caballos y carromatos, y niños. Si no nos encuentras en el mar de hierba, sigue la ruta comercial hasta Maracanda. Es la ciudad más grande de la estepa.
—¿Maracanda? —preguntó Kineas. Una ciudad mítica. Meneó la cabeza—. Si yo puedo alcanzarte, ¡Marthax también! —observó Kineas. Las heridas le dolían; las nuevas, y las antiguas aún más. Pero lo que Srayanka decía tenía sentido. Y las llanuras no estaban tan vacías como solía creer. Había rutas y caminos.
—Marthax no querrá alcanzarme —dijo Srayanka. Le agarró la cabeza y tiró de ella para darle un beso hasta que, a pesar de sus heridas y de la sangre que la cubría, Kineas fue consciente de que estaban desnudos y a oscuras.
»¡Tengo que ser doña Srayanka! —exclamó ella, poniendo fin al abrazo y empujándolo—. ¡Vete!
—¡Escúchame! —suplicó Kineas—. Escucha, amor mío; puedo reagrupar a mis hombres en una hora. Marthax jamás se enfrentará a nosotros; los Gatos Esteparios, los Manos Crueles y mi falange lo aplastarán al amanecer. Serás reina.
Srayanka sonrió; una sonrisa que le dio a entender que ya lo había considerado y que, por más que lo amara, no necesitaba sus consejos políticos.
—Sería reina de nada —replicó—. En cambio, así, mi hijo será rey. Ahora vete.
—¿Hijo? —repitió Kineas estupefacto mientras ella lo apartaba y llamaba a Irene, su trompetera.
Y entonces ya no era amante o guerrero sino general, y tenía trabajo que hacer. La columna de Srayanka, con manadas de caballos, rebaños de ovejas y cabras y cien carromatos pesados partió hacia el este al amanecer. La caballería griega de Kineas escoltó su partida y los exploradores de Ataelo vigilaron a Marthax.
Marthax montaba su corcel, el sol naciente brillaba en su casco dorado y en su manto rojo, y sus guerreros llevaban el escudo en ristre, pero no se movieron.
El sol ya estaba en lo alto del cielo cuando los hoplitas de Kineas emprendieron la marcha hacia el sur. Como se dirigían a casa, iban contentos. Cantaron el peán mientras desfilaban ante los hombres de Marthax. Habían combatido juntos contra Macedonia y ninguno de los bandos parecía interesado en buscar problemas.
Kineas hizo caso omiso de la mano de Diodoro en su brida y de sus admoniciones, y se separó de la columna. Subió al trote a una pequeña loma donde Marthax, imponente con su manto rojo, contemplaba la escena, montado en su caballo de batalla, un animal magnífico que sacaba no menos de dos palmos a cualquier otro caballo del ejército. En torno a él, sus caballeros y sus jefes. Kineas los conocía bien. Habían sido compañeros de armas hasta la víspera.
—¿Somos enemigos? —preguntó Kineas sin más preámbulo.
Marthax parecía triste. Se encogió de hombros.
—¿Te casarás con ella? —preguntó él a su vez.
—¿Con doña Srayanka? Sí, tengo intención de casarme con ella.
Kineas llevaba un saco de tela en la mano y jugueteaba con el cordón que lo mantenía cerrado.
—Entonces somos enemigos —respondió Ma
