

DOBLE DE RIESGO
(Textos y documentos de Mi vida después/ El año en que nací / Melancolía y manifestaciones)
“Si la vida de mi padre fuera una película, yo quisiera ser su doble de riesgo”
Carla Crespo en Mi vida después.
Mi vida después, El año en que nací y Melancolía y manifestaciones conforman una trilogía que parte del mismo concepto: hijos que reconstruyen la vida de sus padres a partir de fotos, films, textos, recuerdos. Siguiendo la genealogía familiar, podría decirse que son tres obras hermanas, tres obras nacidas de la misma matriz a lo largo de varios años. También podría decirse que una obra estaba dentro de la otra, como las pequeñas muñecas se esconden en el interior de las grandes en ese juego de madres infinitas llamado mamushka.
MI VIDA DESPUÉS
Hay una foto mía en la que debo tener nueve o diez años. Estoy vestida con la ropa de mi madre, tengo sus anteojos de leer y un diario en la mano. En esa foto estoy actuando de mi madre y representando mi futuro al mismo tiempo. Soy una lectora, una intelectual: tengo el ceño fruncido, en un gesto de concentración extrema completamente posado. Siempre que miro esa foto me parece que mi madre y yo estamos superpuestas en la imagen, como si dos generaciones se encontraran, como si ella y yo fuéramos la misma persona en algún extraño pliegue del tiempo.
Supongo que todo el mundo tiene una foto con la ropa de su padre o su madre en su álbum de infancia. Supongo también que la obra parte de esa voluntad infantil de representar a los progenitores. En Mi vida después, los hijos –ya adultos– se ponen la ropa de los padres para reconstruir su juventud, como si fueran dobles de riesgo dispuestos a hacer las escenas más difíciles de sus vidas.

Mi vida después es un retrato de mi generación. Una generación nacida bajo la nube de la dictadura militar, cuyos padres lucharon, se exiliaron, desaparecieron, fueron torturados o fueron indiferentes a la política. Una generación marcada por los relatos –a veces épicos, a veces poblados de secretos– de lo que hicieron nuestros padres en ese tiempo del que casi no tenemos recuerdos.
Para escribir la primera obra de la trilogía entrevisté a mucha gente sobre su historia familiar. Cada uno venía a verme con fotos, cartas, casetes y todo tipo de objetos de sus padres. Los hijos eran los detectives de sus propios padres; hurgaban en los álbumes familiares en busca de pistas, signos, rastros que explicaran secretos o fueran indicios de episodios futuros. A medida que iba preguntándoles sobre la historia del padre o la madre, yo empezaba a percibir que los hijos poseían un “relato”, una forma particular de contar la vida de sus padres.
A medida que las entrevistas avanzaban, empezaba a formarse en mí una idea: el hijo cree saber todo acerca de sus padres, hasta que en algún momento se da cuenta de que son unos perfectos desconocidos. Es en ese instante de perplejidad cuando el hijo empieza a escribir la historia de los padres. Yo quería poner en escena esa historia: la historia de los hijos que escriben la historia de sus padres.
Encontrar a los protagonistas de la obra fue difícil. Yo buscaba un grupo de actores cuyas historias contrastaran entre sí y armaran el álbum de una época. No quería hacer una obra sólo con hijos de militantes de izquierda, ni usar a los intérpretes para decirle al público lo que el público ya sabía.
Finalmente elegí un grupo de seis actores cuyos padres y madres representaban figuras arquetípicas de la época: el exiliado, el militante muerto en combate, el apolítico, el cura, el desaparecido, el policía encubierto. Pero sus historias estaban llenas de detalles que las hacían singulares, muy distintas entre sí. Los protagonistas eran Liza Casullo, hija de una pareja de intelectuales que militaban en Montoneros y se exiliaron en México; Blas Arrese Igor, hijo de un cura formado bajo la dictadura que luego dejó los hábitos y tuvo seis hijos; Carla Crespo, hija de un militante del ERP muerto en el intento de copamiento de Monte Chingolo; Vanina Falco, hija de un policía torturador que se apropió de un niño nacido en cautiverio; Pablo Lugones, hijo de un empleado de banco al que no le interesaba la política; y Mariano Speratti, hijo de un periodista que militaba en la JP y desapareció.
Conocí muchas otras historias de mi generación que podrían haber formado parte de la obra. Recuerdo la de Carolina, la hija de una militante de Vanguardia Comunista que pasó su infancia yendo de visita a la cárcel donde su madre estuvo presa diez años sin juicio alguno. La de Inés, hija de un piloto en la época en que los militantes eran arrojados al mar desde los aviones militares. La de Juan, hijo de un militar y una montonera que vivían en el norte del país, cerca de la frontera con Brasil, y cruzaban del otro lado cada vez que se enteraban de que estaban buscando a la madre.

La elección de los protagonistas llevó mucho tiempo porque implicaba pasar de la página en blanco al principio de la escritura: definir “los personajes”. Pero como no eran personajes sino personas, participar del proyecto implicaba para ellos un salto al vacío. Tenían que querer contar su historia, hacerles preguntas incómodas a sus padres, confrontarse con la historia de los otros, mostrar sus secretos familiares ante un público distinto cada noche. Al principio, los ensayos eran como un grupo de terapia experimental en el que el terapeuta-director daba consignas como: “Vístase con una prenda de su padre y reconstruya su muerte usando a sus compañeros”, “Haga su árbol genealógico en forma de coreografía”, “Filme el exilio de sus padres como una película de género, un melodrama, un policial, un film de ciencia ficción”. En el proceso mismo de trabajo, las historias –a veces dolorosas o traumáticas– se fueron convirtiendo en un material literario, y a lo largo de los ensayos los actores fueron tomando distancia, hasta que pudieron ver sus propias vidas como si fueran ajenas.
Mi vida después se estrenó en marzo de 2009 y se fue modificando a lo largo de los años. Es una suerte de criatura viva que se va reescribiendo a medida que se reescribe la vida misma de sus protagonistas. En muchos casos la realidad modificó la ficción; en otros, fue la ficción la que modificó la vida de los actores de la obra.
En el estreno, Vanina Falco leía los legajos del juicio contra su padre policía por la apropiación de su hermano y decía que quería declarar pero no la dejaban: según la ley, una hija no puede declarar contra su padre, a menos que ella misma sea la querellante. Dos años después, Vanina contaba en escena que el abogado había logrado que declarara, alegando que ella ya estaba dando su testimonio en una obra de teatro. Con ese argumento, Vanina pudo declarar, y en 2012 su padre fue condenado a dieciocho años de prisión. La obra había producido un efecto más allá de sí misma, sobre la ley.

Muchos otros cambios en la vida de los protagonistas se fueron incorporando al texto. Carla Crespo comprobó que los restos de su padre muerto en el combate de Monte Chingolo estaban en una fosa común en el cementerio de Avellaneda. Carla y Pablo Lugones –que en una escena representaban juntos el árbol genealógico de los Lugones– se enamoraron, tuvieron un hijo y agregaron al árbol un nuevo descendiente. A la lista de los libros de su padre, Liza Casullo agregó Orificio, un libro publicado póstumamente. El hijo de Mariano Speratti, Moreno, que empezó a actuar en la obra a los tres años –la misma edad que tenía Mariano cuando su padre desapareció–, fue cumpliendo años, y hubo que darle nuevos textos y acciones. La tortuga de Blas, que en la obra actuaba adivinando el futuro, fue atacada por un perro y tuvo que ser reemplazada por otra...
La versión que se publica en este libro es la versión del texto del 2014. Mientras Mi vida después se siga mostrando, la vida seguirá reescribiendo la obra.
EL AÑO EN QUE NACÍ
En enero de 2011, cuando presentamos Mi vida después en Santiago, di un taller con jóvenes chilenos basado en la reconstrucción de sus historias familiares durante la dictadura. Mi intención original no era hacer una obra, pero cuando mostramos el resultado del taller se hizo evidente que el material merecía ser llevado a escena. Un año después estrenamos
El año en que nací. Un texto gemelo de Mi vida después, puesto que parte del mismo concepto, pero con historias chilenas.
En el teatro de ficción es posible hacer una misma obra con diferentes actores. En los proyectos documentales, en cambio, los actores son irremplazables. Pero cuando empecé a escribir el texto me di cuenta de que la experiencia que había hecho con los actores argentinos había producido una especie de formato –el retrato de una generación nacida bajo la dictadura– que también podía funcionar del otro lado de la cordillera.
Muchos de los procedimientos escénicos de El año en que nací surgieron del trabajo de Mi vida después: la cruza de la historia personal y la historia del país, el análisis de documentos privados e históricos, la reconstrucción de episodios de la vida de los padres en la que los hijos ocupan su lugar. Muchas otras ideas aparecieron por primera vez en el trabajo con el grupo chileno: la reconstrucción colectiva de sucesos históricos que marcaron la época (el día del golpe, la visita del Papa a Chile, los apagones de protesta contra Pinochet), la inclusión de las consecuencias que la dictadura seguía teniendo en la vida de los padres hoy en día, los conflictos de la creación misma de la obra. De hecho, las discusiones internas que hubo a lo largo de los ensayos se hacen visibles en los momentos de la obra en que los actores deben agruparse en escena según la orientación política de sus padres –de derecha a izquierda–, según su clase o su color de piel.

Pero quizá la diferencia más notoria entre ambas obras sea que El año en que nací radicaliza la confrontación entre los relatos sobre la época. Los seis protagonistas de Mi vida después están de acuerdo en cómo contar la historia. En El año en que nací hay once actores que no consiguen dar una versión común, consensuada, de la dictadura chilena.
Los protagonistas son Viviana Hernández, hija de un carabinero que asesinó a un militante de izquierda; Alexandra Benado, hija de una militante del MIR asesinada por la policía; Ítalo Gallardo, hijo de un marino formado durante la dictadura; Soledad Gaspar, hija de militantes del MAPU exiliados en México; Leopoldo Courbis, hijo de un policía de inteligencia que formó parte del gobierno de Allende y luego ayudó a “limpiar la institución de marxistas”; Ana Laura Racz, hija de una militante del MIR que se exilió en Estados Unidos y trabajó recopilando testimonios de torturados; Pablo Díaz, hijo de un militante del movimiento de extrema derecha Patria y Libertad; Jorge Rivero, hijo de un pinochetista que pasó diez años de la dictadura sin trabajo; Fernanda González, hija de un militante del grupo armado Frente Patriótico Manuel Rodriguez; Alejandro Gómez, hijo de un periodista que apoyó a Allende y pasó años en la cárcel; Nicole Senerman, hija de una pareja joven de clase media-alta que atravesó la dictadura de fiesta en fiesta, desafiando el toque de queda.

Todos colaboran en la reconstrucción de la historia de sus compañeros, y al mismo tiempo discuten una y otra vez sobre lo que pasó. Es la confrontación entre los relatos de la izquierda y la derecha lo que hace de la obra un objeto polémico. ¿Quién es más de izquierda: la madre militante del MIR, que muere asesinada, o la madre allendista de clase baja que arriesgaba la vida en las protestas de los barrios más pobres? ¿Quién tuvo más responsabilidad en la represión: la policía de inteligencia o la policía militar? ¿Quiénes fueron más víctimas: los chilenos que se exiliaron o los que permanecieron en el país? Los hijos no se ponen de acuerdo.
El año en que nací pone en escena el desacuerdo, el conflicto, la imposibilidad de un relato único y, al mismo tiempo, la posibilidad de convivir en ese desacuerdo. En ese sentido, la obra es una suerte de experimento social (¿qué pasa si junto en un escenario al hijo de la víctima y al hijo del victimario?), pero también un reflejo de la sociedad chilena, donde –como se suele decir– “en cada familia hay un cura, un militar, un facho y un guerrillero”.
También El año en que nací se fue reescribiendo a lo largo de los años. Quizás el ejemplo más extremo sea el de Viviana, que en enero de 2011, cuando hicimos la muestra del taller, decía en una escena que lo único que tenía de su padre era una foto con parte de su nombre escrito al dorso:

“S. Hernández”. Y pedía al público que la contactaran si alguien sabía algo de él. En enero de 2012, en el estreno de la obra, Viviana contaba cómo había descubierto que su padre era carabinero y estaba preso en el sur de Chile por el asesinato de dos militantes del MAPU. La
