Prólogo
El amor desde otro lado
Por Beto Casella
Ah, el amor, el amor. Cuánto se escribió en su nombre: poemas, libros, tratados, pasacalles, ensayos y declaraciones varias, desde las pinturas rupestres hasta los actuales perfiles de Facebook. A nada se le cantó tanto como al amor, desde Frank Sinatra hasta un grupo de cumbia del conurbano bonaerense. Cientos de canciones se aprovecharon del viejo truco de hacer rimar la palabra amor con la palabra corazón, que más o menos pega. Nada que no haya ocurrido con las canciones de amor en inglés, solo que en ese caso usan love y heart, que también suenan más o menos parecido.
Y ni hablemos de lo que ha filmado Hollywood. Historias con finales a veces felices, a veces trágicos, unos cuantos finales bien tristes y más de uno inesperado. Algunas nos dejaron clavada la duda para siempre: ¿qué hubiese pasado con Jack y Rose si el Titanic no se hundía? ¿Debió haber abierto la puerta de esa camioneta Meryl Streep, para escaparse para siempre con Clint Eastwood y abandonar su vida gris? Y, en Casablanca, si no hubieran ingresado las tropas alemanas, Rick e Ilsa (Humphrey Bogart e Ingrid Berman) hubieran sido felices para siempre? Aquel áspero Bogart, en un momento del film, se acoda en la barra de su bar y dice: De todos los bares del mundo, ¿justo tenía que venir a elegir el mío? Miren cómo hasta en las películas, el amor afloja hasta al más duro.
Es que de amor se ha escrito mucho y se sabe poco y nada. Al menos, no está claro del todo qué misteriosa química se desarrolla entre dos personas para alcanzar el estado de atracción mutua que quieren continuar hasta que la muerte los separe (al menos al principio). Mucho menos claro parece estar cómo mantener esa química a lo largo de los años, y evitar que el paso del tiempo y la rutina se conviertan en la mortaja de ese amor que parecía tan vivo. Según el especialista que uno lea, el amor con pasión incluida dura de seis meses a tres años. Otros aseguran que puede estirarse hasta la vejez, aclarando que el fuerte enamoramiento inicial va a ir mutando hacia otras formas más parecidas a la ternura y el compañerismo.
Tenemos otros autores, más jugados, que nos sugieren que el único amor verdadero, incondicional y persistente en el tiempo es el de la madre hacia sus hijos. Y que el amor de pareja es más una neurosis que otra cosa. Hemos hojeado libros de autoayuda que nos invitan a trabajar el amor que se va desgastando, justamente para recuperarlo. Y a ensayistas que nos aseguran que no hay forma de trabajar un amor que ya no existe. ¡No se ponen de acuerdo!! Y de paso, nos alimentan este gran misterio.
Como persona de radio que soy, suelo estar atento a cuáles son los temas que más participación de los oyentes convocan. En general, la economía (sobre todo la de bolsillo, la propia), las condiciones de trabajo, el fútbol, la televisión, la inseguridad y, de un tiempo a esta parte, las redes sociales, son los asuntos que generan más llamados, whatsapps y mails a la radio. Sin embargo, la mayor participación ocurre cuando el tema son las relaciones de pareja en cualquiera de sus formas: la relación nueva, la que está gastada, la infidelidad, la búsqueda infructuosa de una pareja acorde; la frustración después de la segunda salida, al comprobar que esa persona no era lo que parecía en la primera; el duelo por la separación; la sombra del/la ex que no nos termina de abandonar. ¡El amor, a fin de cuentas!
En este libro, Marcelo R. Ceberio nos cuenta el amor desde un lugar poco transitado. Digamos que plantea las cosas al revés (el título lo dice todo, ¿no?). Es decir, primero poniéndonos bien claro cuáles deben ser las etapas que debe atravesar una pareja que pretende ser saludable en el tiempo. Qué tipos de parejas alteran algunas de esas etapas y parecen estar destinadas al fracaso.
Nos describe, por un lado, cuál sería la forma ideal de evolución personal de cada integrante de la pareja para que el crecimiento sea equilibrado pero, más interesante todavía, en qué consiste la evolución de la pareja en sí misma y algo fantástico que el autor llama la coreografía relacional. Cuando digo que Ceberio plantea las cosas al revés es que no nos propone un ensayo sobre la pareja feliz. Por el contrario, nos cuenta con detalle, nada menos que 17 dinámicas relacionales que —parece estar comprobado— muchísima gente repite fatalmente hasta que la crisis de pareja se convierte en terminal e incurable.
El último capítulo del libro es una clase magistral de comunicación en pareja, asunto clave. En ese epílogo queda establecido que hay muchas personas que, aun amándose mucho, tienen que separarse, simplemente porque no encontraron la forma de transmitir las ideas el uno al otro.
Conocí a Marcelo en el bar donde desayuno todos los días, frente a la radio. Al principio, me llamaba la atención la presencia de ese muchacho que casi todos los días cambiaba de compañía, que permanecía casi siempre callado ante su interlocutor y con una postura física invariable: cruzado de brazos, escuchando atentamente. Después iba a enterarme de que se trataba de un fabuloso terapeuta que le había cambiado la vida a muchos pacientes, además de ser un respetado académico, con mucha bibliografía escrita sobre temas vinculados a la salud, sobre todo mental.
Lo que hacía aquel hombre de brazos cruzados en ese bar, lo supe después, era (lo hace todavía) atender pacientes que prefieren evitar el ámbito del consultorio. Gente que se siente más cómoda haciendo terapia con un cortado, dos medialunas y una ventana que da a la calle.
En su consultorio o un bar cualquiera, a este profesional, a esta altura de su vida y de su profesión, a veces le alcanza (y también lo cuenta en el libro) con solo semblantear a una pareja que llega por primera vez a terapia y, sin que pronuncien una sola palabra, saber si tiene enfrente a uno que manda sobre el otro, a uno con más ganas que el otro de salvar la pareja; o a dos que hace rato perdieron la autoestima, o a dos hiperexigentes. Muchas veces, su postura física, sus caras y hasta la forma que eligen para sentarse lo dice todo antes de que empiece la charla.
Hoy, pasado el tiempo, disfruto los almuerzos con Marcelo, ya como amigos, que también son de intercambio enriquecedor: si bien lo de él es la psicoterapia y lo mío es la comunicación, cualquiera de las dos profesiones serían un fracaso si no se nutrieran un poco de la otra. Por supuesto que también son un tema de almuerzo nuestras historias de vida, nuestro origen de barrio y nuestra cotidianeidad. Eso sí: yo sé que en nuestras charlas, cuando Marcelo se cruza de brazos, es que el muy truhan no puede con su genio y me está analizando…
Buenos Aires, marzo de 2017
Beto Casella
Periodista
Introducción
Aquella mujer poseía el poder de inocular
el veneno de amor con solo mirar.
En el fuego de su mirada, se descubría
un veneno violento para el corazón.
Los ojos de la joven habían despertado en él
un antiguo dolor, lacerante, como una picadura
de abeja. Un dolor de amor
cuyo aguijón no se puede extraer.
Maxence Fermine, de El apicultor
Horas y horas puede quedarse el turista observando atónito la célebre catedral Nuestra Señora de París, donde todavía puede escucharse el martirio de Quasimodo, el horroroso y tierno protagonista de la obra de Víctor Hugo cuyo nombre emula al de la fantástica catedral. Las gárgolas, esas bestias grotescas que parecen vivas, colgadas en los ángulos y en los techos, parecen mirar a su propio observador intimidándolo. Pero la mirada intimidatoria y enojosa de estas galas arquitectónicas no hace más que caricaturizar, entre otras cosas, los rostros de cónyuges en conflicto a punto de estallar.
Ni más ni menos. Ese juego de miradas violentas y cuestionadoras es parte de la coreografía de las escaladas simétricas, uno de los máximos juegos comunicacionales de disputa y poderío en las relaciones de pareja. Uno de los tantos juegos disfuncionales y problemáticos de la conyugalidad.
Es que sostener una relación de pareja durante años puede, y de hecho es, todo un desafío: las elecciones varían de acuerdo a los ciclos evolutivos y a nuestro crecimiento. Tanto la escala de valores como el sistema de creencias, gustos, apetencias, se ven modificados por la experiencia de vida y esto también involucra a las relaciones de pareja.
No cabe duda de que el amor de pareja ha sido uno de los grandes temas de todos los tiempos. Ese amor incluye placer y trabajo, posesividad y desposesión, encuentro y desencuentro. Supone la aceptación de dos seres humanos en un encuentro arbitrario y selectivo, casual y causal. Un amor que implica una atracción física, sexual, intelectual y romántica. El enamorado es idealista y realista en la valoración de su objeto amoroso.
El sentimiento amoroso constituye un vínculo, un tipo complejo de relación conectado con estados de ánimo positivos, intensos y plenos, pero además, es un sentimiento efímero, conflictivo, egoísta y se relaciona con lo traumático y lo doloroso, como puede observarse en las parejas que pasan por separaciones o experiencias de celos (Velasco Alva, 2007). La pareja humana se constituye por una atracción que excede la racionalidad. No hacemos evaluaciones técnicas para enamorarnos, sino que el fluido emocional y la activación bioquímica en nuestro cerebro produce eso que sentimos y que llamamos amor.
La pareja es la interacción de dos personas que se interinfluencian de manera complementaria, que comparten una parte de sus actividades de vida y que poseen proyectos en común, pero también proyectos personales de cada integrante. Una pareja intenta ser pareja, es decir, equilibrada y estable.
La pareja posee, como todo humano, un ciclo vital. Algunos autores (Haley, 1976; Campo y Linares, 2002; Carena y Sutich, 2007) observan que la primera etapa se inicia cuando los integrantes de la pareja empiezan a pensar en construir un vínculo estable. Este período llamado noviazgo es de vital importancia, puesto que es el comienzo de la elaboración de proyectos comunes. Resultan complicados tanto los noviazgos demasiados extensos como los extremadamente cortos donde la pareja quema etapas rápidamente. El noviazgo es un tiempo de consolidación de la pareja que requiere de un compromiso y elaboración de contratos que pueden ser explícitos o no.
En general, esta etapa culmina con algún ritual significativo: una boda o la inscripción como pareja de hecho o solamente la convivencia, lo cual generalmente se celebra con el entorno cercano. Esto trae aparejado el hecho de que al ser un nuevo sistema, en construcción, necesariamente se deben desvincular de las familias de origen pero a su vez, cada miembro de la pareja trae consigo las costumbres, tradiciones, y códigos de esas familias. Luego, con la llegada de los hijos, la pareja tiende a inclinarse por las nuevas funciones parentales y se produce un retiro de otras funciones conyugales. Se trata de un momento necesario, pero no es conveniente que para ejercer el rol de padres, se deje de ser pareja conyugal.
Este nuevo período lleva a replantear toda una serie de nuevos acuerdos, empezando por el hecho de tener hijos y la cantidad que se desea tener. Eso requiere organizarse en las cuestiones referentes a la crianza de los niños y la distribución y reacomodación de las nuevas funciones de la pareja. Con el crecimiento de los hijos, estos se vuelven más activos y más participes en la relación familiar, además de ser incluidos, muchas veces, en los juegos disfuncionales de la pareja.
Cuando los hijos se van de la casa, el momento llamado síndrome del nido vacío demarca que los miembros de la pareja atraviesen una etapa más madura, elaborando la ida de los hijos y reingresando en la conyugalidad plena. Es nuevamente un momento de crisis, de reacomodación y renegociación, tanto del vínculo como de los proyectos. Para algunas parejas es complicado volver a encontrarse como tal, luego de haber estado tanto tiempo ocupados en otras cuestiones parentales. A veces esta etapa resulta ser la más extensa, y no es raro que se profundicen algunos conflictos que podrían llevar la separación.
La vejez cierra el ciclo vital de la pareja con una etapa de progresiva longevidad. Puede estar acompañada de pérdidas valiosas, tales como la jubilación, la partida de los hijos, la muerte de figuras significativas, o la muerte de alguno de los cónyuges, lo cual resulta difícil de superar. Además está acompañada de cambios internos, que tienen que ver con cómo cada uno de los miembros lleva adelante las enfermedades y el proceso de envejecimiento.
Con este recorrido intentamos mostrar cómo dos personas pasan una vida juntos: ¡cuán importante es la elección de otra persona que nos acompañará en la vida!. Es interesante ver cómo una pareja establece una coreografía relacional que va de la estabilidad al cambio y del cambio a la estabilidad. Cada etapa que atraviesa una pareja va acompañada de reacomodación y reelaboración de algunos acuerdos o pactos que necesitan ser reafirmados o modificados.
Durante la vida un ser humano va adquiriendo costumbres, edificando valores y creencias y de esta manera forma su identidad, su personalidad. En el momento de constituir una pareja se va a ver obligado a revisar ciertas actitudes que hasta ese momento consideraba adecuadas. Cuando una persona decide formar una pareja, deberá replantearse, reacomodarse y adaptarse al otro, y el otro a uno, en pos de un vínculo armónico.
En la actualidad, en correlato con los tiempos ultrarrápidos que se viven, sucede que muchas parejas alteran etapas o más bien las queman. Todo se acelera: al poco tiempo de conocerse deciden vivir juntos, más aún si se produce un embarazo repentino. Si todo esto sucede en los primeros tiempos de la pareja, en pleno enamoramiento idealizatorio, se corre un alto riesgo de realificar la relación de manera estrepitosa, donde se ven las diferencias que se hacen cada vez más notables, y con ello surgen las discusiones, los desacuerdos, las ganas de separarse. Perder etapas es perder un tiempo sustancial en el que la pareja debe conocerse, aceptarse, dialogar y llegar a acuerdos que resulten favorables para ambos, para avanzar poco a poco e ir paulatinamente adquiriendo mayores compromisos.
Tal como señalan Campo y Linares (2002), puede suceder que surjan eventos que aceleren un compromiso para afrontar las demandas de la sociedad (embarazos no planeados, necesidad de abandonar el hogar de los padres e independizarse, o la necesidad de conformar una nueva pareja, rápidamente, para dejar atrás a la anterior. Esto puede llevar a equivocaciones, por apresurarse en planes que no son acordes al tiempo que se necesita para conocerse mutuamente y evitar futuros conflictos.
La pareja es un sistema que se construye, donde cada uno de los miembros debe lograr cierta estabilidad para, de esa manera, comprometerse el uno con el otro en una relación madura, consiguiendo de esa forma un vínculo duradero. Este sistema va sufriendo modificaciones a lo largo del tiempo, y los miembros de la pareja necesitan redefinir proyectos comunes que les permitan continuar eligiéndose mutuamente, a pesar de las crisis por las que
