Las culpas de Midas

Pieter Aspe

Fragmento

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Contenido

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1

Adriaan Frenkel probó el tibio y amargo cóctel, puso una mueca de asco y dio un golpecito con el sello del anillo en el vaso.

—¡Camarero! —gritó malhumorado.

El barman dejó el trapo y calibró al holandés con una ojeada insolente.

—Lo siento mucho, buen hombre, pero no consigo tragarme esta birria.

—Monsieur n’est pas content?

Mario, un tipo rechoncho con rasgos mediterráneos y un mentón con barba de dos días, miró expectante al pesado cliente.

—No —trató de decir en francés el holandés seguro de sí mismo—. Je veux...

Y no consiguió añadir ni una palabra más. El barman cogió el vaso y tiró el contenido a la pila con gesto despectivo. Frenkel alzó los hombros resignado. «Estoy en Bélgica», pensó desmoralizado.

Frenkel le señaló las botellas que estaban detrás de la barra. Se sentía como un explorador del siglo XIX obligado a hablar con las manos para hacerse entender por los nativos.

La cara de Mario se iluminó. Con una sonrisa triunfal cogió un vaso limpio y en un periquete mezcló una ginebra con naranjada.

—¡Joder! —masculló Frenkel—. ¡No quiero otra porquería de ésas!

Mario le alcanzó la ginebra con naranjada con la cabeza gacha.

—¡Vale, me rindo! —dijo Frenkel suspirando.

Cogió el vaso sacudiendo significativamente la cabeza.

—Me das bono y yo pago. Después me voy —añadió en holandés tarzanesco.

—Ah, ce n’est pas bon! —dijo Mario con una mueca infantil.

Frenkel estaba temblando en el taburete. Un amigo le había recomendado el Villa Italiana como el mejor club de Brujas. Bebidas fuertes y chicas con buena disposición, se había jactado.

—Me refería a un ticket para mi jefe —dijo desesperado.

Mario levantó el vaso y lo examinó contra la luz de un foco halógeno.

—Monsieur va prendre un bon whisky —dijo paternalmente.

—Sí, un whisky —dijo casi a punto de llorar Frenkel.

Había tenido un día horroroso. A falta de mujeres, el alcohol era la única alternativa. Mario se dio la vuelta y le señaló también él las botellas que se alineaban detrás de la barra.

—Sí —dijo Frenkel—. Un J&B, perfecto.

El barman deslizó negligentemente el índice por encima de las botellas. Lo pasó ostensiblemente rápido por el J&B y se demoró en el Chivas.

—Tanto da. Ponme ése —refunfuñó Frenkel.

—Un bon choix, monsieur —dijo Mario con un guiño cómplice.

Secó un vaso y lo sostuvo con garbo profesional bajo el dosificador. Su sonrisa simiesca empezaba a poner a Frenkel de los nervios. El barman cogió un cubito de hielo del congelador y lo sostuvo inmóvil encima del vaso.

Frenkel asintió con la cabeza y Mario dejó que el cubito se zambullera en el whisky. Repitió el ritual consultando con la mirada al holandés.

—Oui, oui, encore.

Tras cuatro cubitos, Frenkel hizo el gesto de que ya era suficiente.

—Basta —dijo deliberadamente entre dientes.

Mario se rio como un cura siciliano que justo acabara de atrapar a la más deliciosa de las ovejas descarriadas y se inclinó para sacar una botella de Coca-Cola del refrigerador.

 

 

Entró un grupito de ruidosos clientes. Unas emperifolladas chicas se precipitaron a la pista de baile, mientras sus elegantes acompañantes tomaban asiento en los taburetes libres.

—Dommage pour le bon whisky —dijo Mario mientras echaba la Coca-Cola encima del hielo y el Chivas.

Frenkel respiró profundamente y trató de contenerse. No había pedido en absoluto una Coca-Cola.

Cansadas de bailar, las pelanduscas se acercaron contoneándose a la barra. Mario, que conocía bien su trabajo, giró el botón del amplificador hacia la derecha.

Frenkel acababa de tomar un sorbo de su inmejorable Cola con whisky cuando los obstinados bajos de esa jodida música house hicieron que las tripas se le estrellaran contra el diafragma. Hubiera podido beberse de un trago el Chivas, pagar la cuenta y desfilar, pero en lugar de eso se dirigió caprichosamente hacia el salón contiguo. Por lo menos ahí se estaba un poco más tranquilo. En realidad, no tenía muchas opciones. O empinar el codo o contar ovejas en una posmoderna habitación de hotel.

«Villa Mafia» ganó a las ovejas. Adriaan Frenkel se dejó caer extenuado en uno de los sillones de cuero.

 

 

—¡Me he pitorreado de un jodido holandés! —le dijo Mario con un fuerte acento de Brujas a uno de los camareros, que se parecía como dos gotas de agua al conde Drácula—. Y además quiere un ticket para que se lo descuenten en el trabajo. Siempre es igual con estos clientes.

El lívido camarero se rio maliciosamente.

—¡Procura que el patrón no te oiga! ¡Los holandeses son nuestros mejores clientes!

Mario se encogió de hombros y sirvió cuatro cervezas de barril.

—¡No seas aguafiestas, hay que reír un poco en esta vida!

Tomó un trago de la ginebra con naranjada que el holandés había rechazado y escribió 600 fr. en la cuenta de Frenkel: 280 por el cóctel y 320 por el whisky con Cola.

 

 

El señor Georges era un cliente habitual del Villa Italiana. Apenas entrar, salieron rápidamente dos camareros de la nada para ayudarle a quitarse el abrigo.

—¿Está libre el salón, Jacques? —preguntó el señor Georges en un tono amistosamente autoritario.

Si Mario no le hubiera tomado el pelo al holandés, podría haber respondido afirmativamente.

—Si no me equivoco, sólo hay una persona, señor Georges, un turista con una cogorza.

El señor Georges se rio como un sapo con síndrome de Cushing. Pasaron algunos segundos hasta que todos los michelines volvieron a sus respectivos pliegues.

Jacques no movió ni un músculo. Las carcajadas del señor Georges eran legendarias y nadie sabía si ese estallido era un buen o mal augurio.

—O.K.!, Jacques. No problem.

Metió su rolliza mano en el bolsillo y sacó un billete de dos mil.

—Ocúpate de que nadie nos moleste y tráenos una botella de Ruinart, 1983 si c’est possible.

—Entendido, señor Georges —respondió Jacques sinceramente agradecido.

El pálido camarero tenía tres hijos de su primer matrimonio que le costaban un dineral.

 

 

Adriaan Frenkel vio entrar a los hombres. Una pareja de ancianos caballeros no era exactamente la compañía que estaba esperando. Incluso consideró la posibilidad de marcharse, pero la generosa cantidad de Chivas que corría por sus venas le hizo desistir. Cada vez que miraba hacia arriba, el techo giraba como un carrusel por encima de su cabeza.

Cuando Jacques sirvió el champán, Frenkel pidió otro whisky con Cola. Si aparecían chicas siempre podía hacerles creer que estaba casado.

—¡Ach, wunderbar, Georg! —oyó que decía uno de los hombres, mientras Jacques descorchaba la botella de champán.

El hombre que había hablado era el vivo retrato de Dirk Bogarde en una película mala de Visconti. Depositó una pesada cartera de documentos en la mesa de mármol del salón.

—Warum nicht, mein Freund? Tenemos algo que celebrar, ¿no? —dijo el otro en un derrengado alemán—. Alles geht sehr gut. Dame algunos meses más y controlaremos todo el mercado.

El alemán esbozó una falsa sonrisa y levantó la copa.

—Zum Wohl!

Bebían el champán como antílopes sedientos. Media hora después, el gordo pidió una segunda botella.

Frenkel, por el contrario, no había vuelto a tocar su whisky. Se había arrellanado confortablemente en el sillón. El techo ya no giraba como una peonza y estaba disfrutando de su dulce borrachera.

—Entonces nuestro segundo negocio también está encaminado —oyó que decía el alemán.

Los dos hombres hablaban cada vez más alto. Frenkel podía seguir su conversación sin ningún esfuerzo.

—Dietrich. Tú me conoces... Todo está arreglado.

—Gut, pero en Múnich la gente empieza a hacerse preguntas. No todo el mundo está de acuerdo con el proyecto.

—Ach, Scheisse, Dietrich! Entiendo que tengáis dudas, pero ¿no has visto suficiente esta noche para convencerte?

—El consejo aprecia tus esfuerzos, Georg. Voy a emitir un informe en ese sentido, pero...

—No te preocupes, Dietrich. El mes que viene se tratará el tema en el consejo municipal. El nuevo alcalde se muestra un poco reticente. Puede que retrase un poco el proceso, eso es todo.

Este argumento le causó poca impresión a Dietrich Fiedle. El alemán ya llevaba cuatro copas de champán entre pecho y espalda, pero seguía hablando en un tono glacial.

—No olvides que la fusión peligra si hay demasiados obstáculos.

—Le puedes asegurar a la gente de Múnich que yo mantengo lo acordado —replicó el señor Georges en un tono decidido.

—Antes de Semana Santa el asunto estará arreglado. No entiendo por qué les entra el pánico en Alemania. Los flamencos siempre mantenemos nuestra palabra. Y tú deberías saberlo.

El alemán miró a su alrededor como un halcón sobresaltado. Lanzó una mirada en dirección a Frenkel, que escuchaba irreflexivamente.

—Admite, Dietrich, que esta noche no era en absoluto necesario un...

Fiedle le cerró la boca.

—Eso fue únicamente un servicio, Georg. Considéralo una muestra de lo que está por venir. Dentro de poco Kindermann se convertirá en la agencia de viajes más grande de Europa y después de la fusión tú serás uno de los directores generales. No preguntes, Georg, y disfruta de tus privilegios.

El señor Georges se bebió golosamente el champán. Frenkel vio cómo el precioso líquido pasaba a través de un par de rollizas papadas y acababa chapoteando en su esófago.

—Sigo sin entender por qué tenía que ser por fuerza esta noche —insistió obstinado—. Podríamos haberlo hablado todo en Zeebrugge el lunes.

Dietrich se pasó la huesuda mano por su lacio pelo peinado hacia atrás. El belga no entendía que él era un peón en un juego cuyas reglas sólo muy pocos conocían.

—Herr Leitner quiere tener copias de todas las actas notariales mañana en su despacho —dijo imperiosamente—. El lunes será demasiado tarde.

El gordo belga se rio. No tenía la intención de entablar una discusión sobre Leitner.

—En todo caso, Brujas es una ciudad preciosa.

Fiedle sostuvo la copa contra la luz, como si estuviera buscando impurezas.

—Sehr schön —admitió—. Lástima que casi todos los edificios sean falsos.

El señor Georges se atragantó y Frenkel parpadeó.

—¡No exageres, Dietrich! Cada año vienen aquí millones de turistas de todos los rincones del planeta para respirar su particular ambiente.

—Sí, en efecto, vienen aquí por el ambiente —dijo Fiedle con desdén—. Precisamente por eso Kindermann está a punto de invertir trescientos millones de marcos alemanes en el proyecto. Después de todo, el cliente siempre tiene razón y nosotros ganamos dinero si le damos al consumidor lo que desea.

El alcance de estas palabras se le escapó a Frenkel. El señor Georges llenó de nuevo las copas.

—¿Qué quieres decir con falsos? —preguntó de pasada—. Brujas es una ciudad medieval.

El alemán se puso la copa en los labios y bebió con la indiferencia de un cisne aburrido. Su puntiaguda nuez se movió varias veces arriba y abajo.

La manera en que dijo «Nein, Georg» hizo que Adriaan Frenkel se quedara de una pieza.

—Brujas cuenta sólo con un puñado de monumentos auténticos —dijo Fiedle con condescendencia—. El resto es puro decorado.

El señor Georges se incorporó irritado. Sus mofletes marcados por el acné se iluminaron como filamentos incandescentes que se fueran consumiendo lentamente.

—¡Eso es una majadería! —dijo exaltado.

Fiedle echó la cabeza atrás.

—Das Rathaus y la iglesia son de verdad. El campanario es único, pero el resto es neogótico, o en el mejor de los casos está tan restaurado que no es bonito.

—¡Dietrich! —se irritó el señor Georges, y derramó cincuenta francos de champán.

—¿No me crees? —respondió Fiedle altanero.

El alemán tomó nuevamente un sorbo de champán. Frenkel siguió su ejemplo y se refrescó la garganta seca con un sorbo de whisky con Cola tibio. Habría podido golpearle en la jeta al ario.

—Entonces te voy a descubrir un gran secreto —fanfarroneó Fiedle.

—No es necesario, Dietrich. Te creo —trató de calmarle el belga gordo—. ¿Pido unos cafés?

—Sind Sie verrückt? —gritó Fiedle enfurecido.

—Alles gut, Dietrich —le tranquilizó el señor Georges—. Cuéntame, escucho.

—Primero otra botella de champán —espetó el alemán.

Adriaan Frenkel estaba subyugado. No era la primera vez que veía cómo un distinguido miembro del Herrenvolk sufría una brusca metamorfosis. En un momento dado eran la pura imagen de la sensatez y la buena educación y unos minutos después ya no los reconocías.

 

 

Jacques reaccionó de inmediato al dedo levantado del señor Georges. Se apresuró hacia la bodega como un viejo lebrel.

Dietrich Fiedle esperó obstinado hasta que el camarero hubo regresado con la tercera botella de Ruinart. Cuando las copas volvieron a estar llenas, el alemán se lanzó otra vez a hablar con voz apagada.

Adriaan se movió un poquito hacia delante con cuidado.

—Mi padre conocía todos los tesoros artísticos de Brujas. Había recibido la misión de...

A medida que la conversación continuaba, Frenkel notaba que le latía la sangre en los muslos. ¡¿Cómo era posible que se hubiera topado con el hijo de ese crápula precisamente en Brujas?!

 

 

Permaneció sentado hasta que los dos hombres se prepararon para marcharse. Dejaron la última botella de caro champán casi intacta. Adriaan se bebió medio vaso de whisky con Cola. Se sentía absolutamente sobrio y anduvo como un robot hacia la barra.

—¿Puedo pagar con Visa? —preguntó.

—Pas de problème —dijo Mario con cara impasible.

El barman seguía con su comedia. Cuando pagaban con tarjeta de crédito, ya podía olvidarse de la propina.

Adriaan firmó rápidamente el ticket de la Visa y se fue tambaleándose hacia el lavabo. Respecto a la nota para su jefe, se le había olvidado por completo.

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2

Alrededor de las seis cayeron los primeros tímidos copos de nieve. Cuando Gino Hilderson inició su trabajo a las siete y media, Brujas resplandecía bajo el más romántico de los decorados. Con su Vespa trazó una solitaria huella a través de las calles vacías. En el Vismarkt volcó el contenido del primer cubo de basura en el contenedor elevado.

A medio camino de la Blinde-Ezelstraat Gino disminuyó automáticamente la marcha. Al principio de esa calle un mojón de granito belga impedía el paso del tráfico. Pero como diestro conductor que era, guió la Vespa sin dificultad entre el obstáculo y el lateral del ayuntamiento. De ese modo ganó cinco preciosos minutos.

A pesar de ir muy lento, la Vespa derrapó peligrosamente cuando Gino pisó el freno. Dos metros delante de él yacía un hombre con la cara contra los adoquines de la calle. Cuando Gino, con una maldición entre dientes, bajó de la moto y cerró la portezuela de un golpe, el otro permaneció inmóvil.

—¿Qué pasa, tío, has empinado demasiado el codo?

El hombre llevaba un elegante abrigo color canela y brillantes zapatos embetunados.

Gino olvidó su primera irritación y con mirada preocupada evaluó el estado del hombre, seguro que había abusado de la botella. Se arrodilló y sacudió al hombre bruscamente por el hombro.

—Hey, amigo —susurró con voz ronca.

De repente el hombre empezó a gemir.

—Venga, tío —dijo Gino aliviado—. ¡Ponte en pie! Espera, que te ayudo.

El empleado municipal era un tipo musculoso. Cogió al hombre por debajo de las axilas y lo levantó hasta apoyarlo contra el muro del ayuntamiento, justo debajo de los armarios vitrina con las notificaciones de las bodas.

—¿Te encuentras un poco mejor? —preguntó ingenuamente.

El hombre no tenía en absoluto aspecto de joven y estaba pálido como un muerto. Ni siquiera tenía color en los labios. Gino se inclinó hacia él para olfatear en busca de vestigios de alcohol.

—¡Apestas a alcohol! —dijo impotente.

Dietrich Field oyó la desconocida voz a través de un velo opaco, exactamente como si nadara bajo el agua y el sonido se produjera en la superficie. Mascando una colilla, Gino permaneció observando indeciso. Cuando el hombre se desplomó de lado, advirtió la sangre coagulada en la sien izquierda.

—¡Mierda! —maldijo—. ¡Espérame, vuelvo enseguida!

Gino echó a correr, cruzó en diagonal el Burg y corrió por toda la Breydelstraat.

De las cuatro cabinas telefónicas del Markt, había por suerte una que consiguió que aceptara las monedas. El timbre sonó seis veces.

—¿Hola, el 100? —gritó cuando Jozef Demedts cogió el aparato al otro lado.

—Acabo de encontrar a un tío desangrándose. ¿Puede enviar a alguien?

Demedts colocó cuidadosamente el cigarrillo en un cenicero de cristal y cogió su bolígrafo.

—¿Me puede decir su nombre, por favor? —preguntó impertérrito.

—Gino Hilderson. El tío está tendido bajo la arcada dorada en la Blinde-Ezelstraat —gritó Gino furioso.

No sabía que Demedts había pasado el aviso a la policía y que dos enfermeros se dirigían ya hacia allí en una ambulancia. Demedts había apretado el botón de alarma cuando Gino había pronunciado la palabra «desangrándose».

—¿Está consciente la víctima?

El agente de la policía de Brujas que estaba de servicio escuchaba también ahora a través de una línea especial de emergencias. Había una patrulla en la zona. Los llamó a través de la radio.

—En mi opinión, no aguantará mucho más. Si no llegan enseguida, ya estará muerto —chilló Gino.

—De acuerdo, señor Hilderson. Vuelva junto a la víctima y quédese allí. La ambulancia está de camino.

Demedts cortó bruscamente la comunicación. El asunto le parecía lo bastante grave como para llamar al equipo médico de urgencias.

 

 

Antes de empezar su turno, el doctor Arents se había dado un revolcón con una ágil enfermera y estaba de un humor excelente.

La llamada de Demedts no podía alterar en nada su estado de ánimo. Corrió al garaje junto con Ivan Dewilde. Arents se sentía como un joven dios. Al contrario que esos pobres que se consumían en una esterilizada habitación de hospital, a él la vida le había tratado con benevolencia: era joven, sano y se ganaba bien la vida.

Aunque no había tráfico, Dewilde conectó la sirena. El Renault Espace reaccionó con brusquedad cuando aceleró y partió a todo gas por la avenida cubierta de nieve.

 

 

Para Gino Hilderson los minutos parecían horas. Estaba de pie, inexpresivo junto a la víctima, que ya no mostraba ningún signo de vida.

La furgoneta de la policía fue la primera en llegar como una bala al Burg. El agente Bruynooghe dirigió a su colega hacia el lugar donde estaba la víctima.

—Creo que está bien muerto —dijo Gino, con aspecto abatido, cuando los agentes estuvieron a su lado.

Bruynooghe, un pequeño y fornido policía, se inclinó hacia el hombre. Hacía veintidós años que era policía, así que de una ojeada constató que el basurero no exageraba. Sin perder ni un minuto, corrió hacia la furgoneta.

—Aquí el agente Bruynooghe —dijo por radio, con voz tranquila y sin casi denotar ninguna emoción—. La víctima está inconsciente, probablemente agonizando.

—Encima de la sien izquierda tiene una fea herida. Una caída me parece totalmente descartable —añadió con gravedad.

Jean-Marie Vervenne, el oficial de guardia, consultó su reloj de pulsera. Dentro de diez minutos se acababa su turno. Consideró la posibilidad de traspasar el caso al colega que le relevaba, pero, por otro lado, Bruynooghe no era un tipo de esos a los que todo les da igual. Si se trataba de un caso criminal, esos diez minutos le podrían costar caros.

—De acuerdo, Bruynooghe. Voy para allá.

El bajito agente sonrió cuando su superior cortó la comunicación.

La ambulancia pasó por encima de la nieve como un arado por encima de un pólder inundado por la lluvia. Jan Decoster sostenía el maletín de primeros auxilios apretado contra el pecho, preparado para intervenir. En esas condiciones de frío, cada segundo era vital, incluso en un trivial accidente de tráfico, la hipotermia puede ser fatal. Wim Defruydt aparcó la ambulancia a menos de dos metros de la víctima. Antes de saltar fuera del vehículo, Jan Decoster cogió una manta isotérmica extra. Su colega estaba ya en cuclillas junto al herido y cuando notó que no tenía pulso lo alejó del muro. Decoster sacó la manta isotérmica de la funda protectora y envolvió al viejo. El enfermero sabía que en espera del médico debía contentarse con seguir el procedimiento estándar, que en la jerga profesional se llama el ABC: dejar libres las vías respiratorias, hacer el boca a boca y tratar de mantener la circulación sanguínea con un masaje cardíaco.

Defruydt mientras tanto sacó un suero fisiológico de la ambulancia y preparó una goma elástica.

Gino Hilderson observaba la escena a distancia. De repente oyó una segunda sirena. El Renault Espace del servicio médico de urgencias se acercaba al Burg a través de la Breydelstraat. Diez segundos después llegaba Jean-Marie Vervenne. Las huellas de los neumáticos de ambos vehículos se cruzaron casi como en un cuadro de Mondrian.

Decoster cedió inmediatamente su sitio a Arents, que se arrodilló junto a la víctima. El médico controló las funciones vitales y continuó el masaje cardíaco. Unos dos minutos después llamó a Decoster otra vez.

—Sigue tú.

Decoster asintió con la cabeza. En su opinión el hombre estaba bien muerto.

El doctor Arents abrió de golpe su maletín, rebuscó entre jeringuillas estériles envueltas en plástico y tras veinte segundos encontró lo que estaba buscando.

A la vista de la aguja de quince centímetros, Gino se estremeció. Arents vació una ampolla de adrenalina, verificó la jeringuilla a la luz de un farol y se inclinó sobre la víctima. Marcó el lugar y clavó la aguja a través del esternón directo en el corazón del agonizante alemán.

 

 

—Yo en tu lugar no me quejaría —se rio para sus adentros Versavel—. Tú mismo habías pedido trabajar horas extra los domingos.

Van In carraspeó y encendió un cigarrillo. El traje le caía como un trapo viejo arrugado.

—Lo cual no quiere decir que tenga que recoger la mierda de Vervenne —dijo con voz ronca—. No he pegado ojo en toda la noche. Se supone que un domingo es un día tranquilo.

Versavel se alisó el bigote y observó compasivo a Van In. El comisario se acercó furioso al alféizar de la ventana y se sirvió una taza de café.

—¿Quién, maldita sea, tiene la idea de cometer un asesinato un domingo por la mañana? —ref

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