Título original: The King’s Diamond
Traducción: Paula Vicens
1.ª edición: enero 2012
© Will Whitaker, 2011
© Ediciones B, S. A., 2012
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
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ISBN EPUB: 978-84-15389-29-3
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A Elizabeth y Alexander
Nota histórica
Corre el año 1527. El joven emperador Carlos V, el monarca más poderoso de los últimos siglos, gobierna la mayor parte de Europa desde su capital, Madrid, y expande su imperio mediante una serie de guerras sin cuartel. En Roma, un Médici, el astuto papa Clemente VII, ha formado una alianza para combatir y expulsar definitivamente de Italia a los ejércitos de Carlos.
Inglaterra, a diferencia de los estados europeos que toman partido en la gran refriega, se mantiene al margen. El rey Enrique VIII, a sus treinta y seis años, es el monarca más encantador y brillante de la Cristiandad: bailarín, experto en justas, deportista, músico y erudito. Su corte es un lugar de opulencia inenarrable. No tiene intención de implicarse en las disputas del Papa. Sólo piensa en una hermosa mujer que no está a su alcance.
Prólogo
El saqueo de Roma, 6 de mayo de 1527
Sentado, observa la piedra. Su superficie es tersa y ondulada, sin tallar, tal como salió de la mina. La cubre una engañosa capa suave y lechosa que impide ver lo que hay debajo. A un profano no le parecería un diamante en absoluto. La hace girar entre los dedos hasta que la luz penetra en ella y, momentáneamente, capta a la perfección sus entrañas. Ve la diminuta impureza que se agazapa casi en su mismo centro, como una mano sumergida en agua fría, blanca en contraste con la pálida transparencia azul. El rayo de luz incide en la impureza y penetra más profundamente, adquiriendo intensos tintes azul marino y flor de melocotón, se reparte luego por la superficie posterior de la piedra, débil pero exquisita como el aroma de un vino añejo. Mueve apenas la gema, la luz se interrumpe, y el tímido y hermoso azul estalla en un surtidor naranja, bermellón, carmín, añil y turquesa de llama de azufre. La piedra entera cobra vida, llena de colores que se intensifican bruscamente y se desvanecen, lo deslumbran y le dejan sin aliento. Al cabo de un instante el velo lechoso cubre de nuevo la superficie y queda en su mano, silenciosa y serena: una promesa refulgente exasperantemente oculta y encerrada en sí misma todavía. Ningún otro diamante le ha sumido nunca en un torrente tal de emociones, sólo una mujer: burlona seducción, pasión, satisfacción, frialdad, aparente rechazo y desesperación. Hace girar de nuevo el diamante, buscando ese destello fugaz de luz, capturándolo y perdiéndolo una y otra vez.
Aquella impureza lo fascina. Es como la cicatriz en el cuerpo de una mujer perfecta, una parte de su desnudez que ama más incluso que todo lo demás. Pero debe regalarse la vista con ella mientras pueda, porque será eliminada pronto. Es arriesgado hacerlo. Sin duda ha sido esa delgada y pálida fisura lo que hizo desistir de tallarlo a los anteriores poseedores del diamante. Nadie puede estar seguro de una piedra en bruto como ésa. Puedes tallarla hasta dejarla reducida a casi nada, y el defecto que serpentea en su carne puede persistir burlón.
Hace girar el diamante una vez más y la impureza brilla a la luz. Es una piedra entre un millón: será su fortuna o lo hundirá en la más completa ruina.
Tiene intención de remontarse a su origen, hace incontables siglos. Dicen que las gemas nacen de semillas sembradas por demonios o entes subterráneos, por los mismos seres a cuyas artes se deben esas extrañas figuras de piedra en forma de concha, hueso y árbol. Las gemas crecen lentamente durante años, cada una en su secreto vientre de roca. Los rubíes en el reluciente rojo del Balás; las esmeraldas en jaspe; los diamantes, los más preciosos, en arcilla roja o cristal o incluso en oro. Las piedras-madre las acogen, las nutren con su sangre, se sacrifican para que las gemas puedan vivir y, cuando éstas alcanzan la perfección, la avaricia del hombre las arranca del útero.
Hay tres lugares en el mundo donde se pueden encontrar auténticos diamantes. Algunos provienen de Borneo y otros del reino de la India, pero las piedras más grandes son de las minas de Ramanakota, un lugar situado más allá de las Ghats Occidentales, en las tierras del sultán Kalim Alá Sha, en el corazón de la India, a cinco días de viaje desde la ciudad fortificada de Golconda.
Ha escuchado muchas historias de esa llanura extensa y árida salpicada de rocas y árboles retorcidos, atravesada por secos desfiladeros. Un lugar donde no crece ningún cultivo. En las cimas de las lomas hay ruinas de antiguos santuarios, y también nuevos, porque cada vez que empiezan a abrir un nuevo túnel sacrifican una cabra para que el éxito acompañe la empresa. Abundan las cabañas de mineros con techo de paja. Sesenta mil hombres, mujeres y niños trabajan entre la suciedad y la pobreza, casi completamente desnudos. Pasan la vida endeudados por la comida y el alquiler y el permiso para estar allí simplemente. Pero, una vez llegado a ese lugar, ningún hombre intenta siquiera marcharse. Trabajará hasta la muerte antes que abandonar.
Los mineros excavan en la grava, la arcilla roja y la arena negra, el vientre en el que se forman esos diamantes. Cuando encuentran las vetas en que crecen, a medio dedo de profundidad y hundiéndose en la tierra, usan largos ganchos de hierro para soltar las piedras y se abren camino profundizando más con los picos. La tierra se hunde a veces sin previo aviso. Es habitual ver el polvo y los escombros de un túnel derrumbado. Sacan los cadáveres y encienden las piras a medio camino entre la entrada del túnel y el santuario. Se oye el llanto de mujeres, de cientos al unísono. Han perdido a sus maridos y se acercan para arrojarse a las llamas o la turba las arrastra hacia la pira por la fuerza. Los diamantes las han matado, a ellas y a sus maridos. Los supervivientes sortean las piras para volver a meterse en los túneles.
Adentrándose más en las colinas se encuentran las antiguas minas. Algunas fueron excavadas hace dos mil años; en su mayor parte ya están agotadas, vacías y embrujadas. Allí los diamantes crecen en la roca rojiza que el pico quiebra con facilidad. Es una roca fértil, legendaria para los amantes de las joyas. La Vieja Roca de Golconda. Quedan en ella pocas piedras. Pero todavía hay mineros que la trabajan, que desafían tanto los demonios que, según se dice, la habitan como los frecuentes derrumbes de los antiguos túneles que horadan las colinas. Son los diamantes más puros del mundo.
A principios de 1484, durante el reinado del sultán Mahmud Sha, dos hombres bajaron de las colinas y caminaron por la plaza de Raolconda. Sucios y vestidos apenas con taparrabos, tenían en los ojos el fulgor de la locura de quienes han convivido demasiado tiempo con la muerte y la desesperación. Se dirigieron hacia el lugar donde se instalaban los mercaderes de diamantes, sentados a la sombra con sus pesas, balanzas y bolsas de oro. Sólo allí, a la sombra verdosa de los banianos, era posible juzgar adecuadamente la calidad de las piedras.
Los hombres se sentaron frente a los comerciantes. Uno de los dos abrió un paquete y, reverentemente, sacó un diamante. Era una piedra perlada casi tan grande como una avellana, con una impureza blanca que se hundía en ella al igual que una mano se sumerge en el agua. Tres mineros habían perdido la vida prolongando un túnel abandonado en la ladera para extraerla, y los dos supervivientes habían seguido trabajando. Sabían interpretar las señales de la roca, el modo en que se intensificaba su color y el jugo que rezumaba como sangre de sus fisuras. Sabían que su recompensa estaba cerca.
Los mercaderes se inclinaron hacia la piedra. Una piedra de la Vieja Roca de semejante tamaño era una rareza. Según sus balanzas pesaba veintidós mañjariyañ y medio, el equivalente a treinta y siete quilates y tres granos en el sistema occidental. Murmuraron a la vez, pujando y contraofertando entre sí. Luego volvieron a mirar la piedra. Un comerciante gujarati, de la casa comercial Harshadbhai, se la quedó. Pagó por ella doscientas pagodas de oro, aproximadamente cuatrocientos ducados venecianos en moneda europea.
Los mineros cogieron su oro y volvieron a las colinas. La codicia brillaba en sus ojos más que nunca. El temor a los demonios y los precarios túneles ya no los detendría. Profundizarían en la Vieja Roca más y más. Al cabo de tres meses, los dos habrían muerto.
Con una piedra como aquélla en las manos, el gujarati se encaminó hacia los mercados de Surat, donde los árabes, los turcos e incluso los portugueses se afanaban, ávidos de los tesoros de la India. Se dirigió hacia Occidente en una caravana de veinte mercaderes que ascendía desde la llanura hacia los bosques húmedos de la montaña, en los que crecían en abundancia el laurel, la canela y el sándalo.
Tras un asedio de seis días en el desierto, rodeados de bandoleros, sus compañeros de viaje acordaron rendirse a los asaltantes; perderían sus bienes, pero ya habría otros negocios en el futuro. Al menos seguirían con vida. Antes Harshadbhai hubiera opinado igual. Pero no le arrebatarían aquel diamante. En cuanto el mercader de más edad se apartó de la reata de mulas con los brazos en alto en señal de rendición, Harshadbhai colocó una flecha en su arco y le disparó al jefe de los bandoleros. En la lucha subsiguiente murieron tres mercaderes antes de que los bandidos se dieran a la fuga. Los supervivientes no quisieron continuar viajando en compañía de alguien tan peligroso como Harshadbhai. Así que prosiguió por su cuenta.
En Surat llevó la piedra a los mercados habituales. Le ofrecieron trescientas pagodas y luego trescientas cincuenta, pero no la vendió. Finalmente conoció a un árabe llamado Abu al Husn, que comerciaba entre Surat y Adén. Transportaba jengibre, aloe y piedras preciosas a Occidente, y caballos, agua de rosas, salitre y alumbre a Oriente. Al Husn miró atentamente el diamante. Lo sopesó e intentó calcular su valor. La forma de su talla, su peso final y su color, todo era un reto para él. El hombre que comprara aquella piedra pondría su oro y su paz mental en manos del destino. Sonrió y empezó a regatear. Consiguió el diamante por quinientas pagodas.
En los siguientes días, durante la travesía por el mar de Arabia, Al Husn sacó varias veces su tesoro y se jactó ante los otros marineros del oro que ganaría cuando lo vendiera en Adén. Decía que no aceptaría menos de mil dinares por él, un sesenta por ciento más de lo que había pagado.
Todas las noches, mientras el barco se mecía en el oleaje, jugaba a los dados. Poco a poco fue perdiendo todo lo que podía apostar, hasta que sólo le quedó el diamante. Le dio vueltas en la mano de modo que el curioso destello hiciera destacar la impureza como una señal de advertencia. Luego lo dejó con cuidado en la mesa. «Esto contra todo lo demás.» Los otros asintieron sonrientes. El diamante, opaco de nuevo, permaneció en la mesa, entre rubíes y zafiros, montones de pepitas de oro y pagarés por una u otra carga de la bodega. Jugaban a los dados. Un turco llamado Ibrahim se bajó las largas mangas bordadas e hizo su tirada en primer lugar: un siete. Era la tirada más alta permitida. Al Husn tiró y sacó un cuatro. Tenía que volver a tirar. Si sacaba otro cuatro, la jugada conocida como «la oportunidad», ganaría. Pero si sacaba un siete como su contrincante, la conocida como «el principal», perdería. Las perspectivas eran malas. Sudaba. Dos de los jugadores quedaron eliminados porque sacaron un desafortunado doce; otro sacó un seis y siguió en la partida, con más posibilidades que Al Husn. El diamante lo observaba como un ojo frío y perezoso. Sacudió los dados y volvió a lanzar: un cuatro y un tres, lo que sumaba siete, «el principal», y acababa con todas sus esperanzas.
Se levantó de un salto y agarró al turco por el cuello. Había hecho trampa, había cambiado los dados de alguna manera cuando se había sacudido las mangas. Piedras preciosas y monedas volaron por los aires. Pero el turco ya había zanjado la disputa a su modo: la hoja curva de su daga se había deslizado entre las costillas de Al Husn, que cayó desplomado. Los ojos se le empañaron. Lo último que vio fue el diamante, que se reveló brevemente rodando con el balanceo del barco y regalándole un último destello rosado de sus profundidades.
Semanas más tarde la piedra desembarcó en Adén, el puerto más rico de Arabia, donde las mercancías de Oriente se unían a las de Occidente. Ibrahim bajó a tierra con el diamante oculto en una bolsa. No entendía de gemas. Sólo comerciaba con opio y con el colorante conocido como «sangre de dragón». Pero tenía una cifra en mente, mil dinares, y no la vendería por menos. Recorrió la ciudad durante tres días antes de dar con un yemení llamado Bin Hisham. Era un joven aventurero que solía comerciar con perlas de Ormuz. Los diamantes estaban bastante alejados de su campo. Pero cuando Ibrahim abrió su paquete para un grupo de comerciantes, el sol de primera hora de la mañana incidió por casualidad en el punto donde la impureza se hundía en la piedra, que estalló en una sinfonía cromática. Bin Hisham pagó gustoso los mil dinares que le pedían por ella, unos mil seiscientos ducados. Sabía que tenía entre las manos una maravilla que lo llevaría por derroteros muy distintos. Era en Occidente donde se vendían las piedras preciosas: en El Cairo, lugar al que iban los cristianos, apiñándose con avidez en las fronteras de su mundo en busca de los lujos de climas más civilizados. Allí también sus perlas tendrían mejor salida que en Adén.
Era la temporada en que los vientos cálidos de las montañas soplan repentinamente cruzando los estrechos. Pero, a pesar de todo, partió. Cruzó sin contratiempos el mar Rojo y recorrió la costa de Abisinia hasta el lejano puerto de Locari. Desde allí emprendió la travesía por el desierto: seis días de viaje sin agua, en los que la única señal de vida era el distante trote de los avestruces, cuyas patas levantaban estelas de polvo. Tras llegar por fin al Nilo, doce días más en barco corriente abajo, viajando de día y vigilando de noche a los árabes del desierto, que efectuaban incursiones a su antojo por las orillas. Cuando llegó a El Cairo anhelaba los tranquilos amaneceres de Ormuz y ver la llegada de los pescadores de perlas a la orilla. Tenía prisa por deshacerse del diamante.
Aquel otoño, en los bazares de El Cairo, un veneciano llamado Marin Pompeo vio una piedra. Nunca había visto nada parecido. Su propietario, un nervioso joven yemení, cerró el trato con él por dos mil ducados. Mientras volvía a casa en galera por el lluvioso Adriático, el veneciano le daba vueltas al diamante. No tardó en dar con el truco para atrapar la luz y arrancarle su destello. Pompeo entendía de diamantes. Llevaba treinta años comprándolos y vendiéndolos; los había visto de todos los colores, tamaños y formas. Había tenido en las manos los escasos verdes, los más comunes y menos apreciados amarillos, los nobles blancos y azules; los había visto de talla esmeralda y talla piramidal; piedras en bruto con un defecto negro en el centro; fuertes y débiles. En una ocasión había poseído un diamante, una hermosa piedra de brillo indomable que se había desmenuzado con la simple presión de sus dedos. Aquél, se dijo, podía ser un diamante de ésos. Una y otra vez lo exponía con cautela, por la mañana y a mediodía, a la luz de una linterna y de una vela. En cada ocasión era distinto. Anhelaba verlo tallado y se juró que lo tallaría, por arriesgado que fuera. Pero cuando estuvo de nuevo en casa aquel invierno, caminando por el Rialto, con sus docenas de joyerías, le faltó valor. Cuando un joven noble florentino llamado Lorenzo de Bardi le ofreció dos mil quinientos ducados por él se lo vendió, afligido, desconsolado, pero sin embargo aliviado. Se acabó la tentación. Al menos no sería él quien malograra aquella piedra.
De Bardi se llevó el diamante a Florencia. Acababa de heredar. Viajaba con cincuenta criados, sus propios muebles, un bufón, doce juglares, su esposa, una concubina y un enano. Había ido a Venecia por placer, y lo había obtenido. Pero de todas las cosas hermosas que había comprado en los mercados venecianos, ninguna lo complacía tanto como aquel diamante. Pompeo le había enseñado cómo girar la piedra para que destellara, y le había susurrado cuánto mejor sería el resultado si se aventuraba a tallarla. Pero no iba a arriesgarse. ¿Por qué compartir con los demás la hermosura de aquel diamante? Le gustaba la idea de ser el único capaz de ver en el fondo de su corazón; si nadie más podía hacerlo, lo más probable era que todos lo vieran como un simple guijarro gris. Tallar la piedra hubiese significado responder a la confianza que le brindaba con una traición.
Con el transcurso de los años, De Bardi perdió buena parte de cuanto poseía. Su mujer lo abandonó y su amante hizo otro tanto. Cuando su familia se vio atrapada en las guerras de los Borgia, lo perdió casi todo; pero la piedra continuó en su poder. Durante cuarenta y tres años la estuvo sacando de su cofre para contemplarla todas las noches. Aquellos breves vistazos que se permitía echarle constituían para él un vínculo secreto, una pasión más grande que cualquier otra que hubiera sentido.
Cuando agonizaba, por fin soltó la gema. A su lado estaba arrodillado un joven inglés, un mercader de piedras preciosas.
—¿Quién llevará el diamante cuando yo haya muerto? —murmuró el anciano.
—La mujer de un rey —respondió el inglés—. La mujer más hermosa del mundo.
El inglés se marchó hacia el sur, hacia Roma, henchido de alegría. Había estado a punto de pagar con su vida por la obtención de la piedra. Pero un diamante como aquél podía más que cualquier temor.
Hizo girar una vez más la piedra entre los dedos. Desde su regreso a Roma, otro hombre había dado ya la vida por el diamante de la Vieja Roca. Su cuerpo yacía allí en un rincón, en un charco de sangre, con el pecho abierto, el brazo izquierdo separado del cuerpo y agarrando firmemente con la mano derecha la empuñadura de la espada. Una mancha sangrienta en la parte posterior del jubón de terciopelo verde demostraba la fuerza de la estocada que le había atravesado limpiamente el pecho. Captó el destello fugaz por un instante y volvió a perderlo. Era exasperante lo estrecha y difícil de encontrar que resultaba aquella ventana al corazón del diamante. Estaba débil y mareado de hambre. Las sienes le latían y se sentía curiosamente ajeno a todo. Nada en el mundo aparte de aquella piedra parecía importarle. Al final tenía tiempo, tiempo para darle vueltas a la gema, despacio, amorosamente, para ver el inicio de cada cambio, la apertura de aquel resquicio de entrada a sus profundidades, a la luz, a la sonrisa irisada, y ser luego testigo de la repentina caída del velo sobre su superficie. Se imaginaba a sí mismo muriendo de aquel modo.
Percibía levemente que debía luchar contra la piedra, que le susurraba «quédate, mira, bebe de mis aguas sólo una hora más». Fuera se oían disparos y carreras. Supo que, si quería vivir, debía marcharse de aquel lugar, alejarse del cadáver tendido en el charco de la sangre que manaba de su pecho. Pronto sería demasiado tarde. El hambre y la sed lo debilitarían demasiado para caminar y para escoger. Pero... un instante, sólo uno, para atrapar el destello de la piedra una vez más, y otra, y otra.
PRIMERA PARTE
EL TOPACIO: LA PIEDRA SOLAR PERFECTA
Génova, 23 de enero de 1527
Ya mi mente estremecida ansía vagar,
ya alegres en su afán los pies cobran fuerzas.
Oh dulces camaradas, adiós:
juntos partimos de nuestro hogar lejano
al que regresaremos por caminos distintos.
CATULO, Poema 46
1
Los martillos resonaban contra los yunques y caía una lluvia de pavesas de las fraguas a la piedra. Hombres con el mandil ennegrecido por las llamas sostenían barras de hierro al rojo sobre el fuego, las sacaban para darles forma con sonoros golpes y luego las sumergían en barriles de agua de los que se alzaban nubes de vapor. Yo miraba las recién terminadas cabezas de alabarda, las hojas de espada de varias clases, las hachas de abordaje que se usaban en los combates navales. Bajo los arcos del Arsenal los hombres doblaban el blando metal con tenazas para fabricar las piezas pequeñas de los cañones, los serpentines para la mecha y los recipientes de pólvora, y vertían el plateado plomo fundido en los moldes para balas. Una vez terminadas, transportaban las armas al muelle para cargarlas en las galeras españolas ancladas en el puerto, dispuestas para la guerra.
Yo estaba en mi habitación de la hostería del Ángel, a última hora de una fría tarde de enero. Llevaba sentado allí desde la mañana, inmóvil, mirando las fraguas del Arsenal y manteniendo una enconada batalla con mis pensamientos. «Vete a casa —me decía—. Ningún hombre sensato dirá que no has hecho lo bastante. Mira que estás en pleno meollo. La destrucción puede llegar a Génova cualquier día de éstos. Márchate de Italia por la ruta segura mientras todavía estás a tiempo.»
Génova era una república escindida, siempre propensa a revueltas. A la sazón estaba en el bando del emperador, pero las galeras de Andrea Doria, el príncipe más poderoso de la ciudad, almirante a sueldo de los franceses y de la Liga Santa del Papa, navegaban por las azules lejanías del Mediterráneo, dispuestas a infligir un revés contundente a los barcos mercantes de la ciudad otrora suya.
Sin embargo, la vía norte seguía expedita. Un trayecto a caballo de apenas dos días me llevaría al otro lado de la frontera, al ducado de Savoya, una región aún a salvo de la carnicería de la guerra. Después podría cruzar las montañas hasta Francia, la tranquila y pacífica Francia, donde no había ejércitos errantes saqueando a su antojo, ni peste, ni hambruna. Tal vez hubiese bandidos y lobos, sí, pero ésos eran los peligros habituales de viajar por Europa. Al cabo de unas semanas estaría en el Calais inglés, el reconfortante puesto de avanzada del hogar a orillas del continente, y luego, cruzando el canal de la Mancha, de regreso en Londres.
Me imaginaba nuevamente en casa, yendo por el Broken Wharf, junto al Támesis, subiendo las viejas escaleras chirriantes y entrando en la contaduría. Mi madre, Miriam Dansey, conocida en todo Londres como la Viuda de Thames Street, dirigía desde allí sus numerosos e imaginativos negocios. Me veía extendiendo ante ella mi botín: las esmeraldas y los zafiros, el gran rubí, las amatistas y todo el resto. Los imaginaba a ella y a su socio, William Marshe, sin aliento, con los ojos como platos, asombrados.
Sí, me apuntaría un triunfo único. Pero, en lo más profundo de mi corazón, sabría que habría fracasado. Me vería obligado a llevar mis piedras a un orfebre londinense para su talla. Los conocía a todos y sabía que aquellas gemas, tan extraordinarias en potencia, saldrían de la calle de los Orfebres como todas las demás baratijas fabricadas allí.
Sacaría beneficio de mi empresa, sí, pero sería escaso, y no obtendría la gloria que perseguía y que sólo lograría alcanzar si era capaz de deslumbrar a un rey.
Tenía otra opción. Podía ir hacia el sur, a Roma. Roma, la opulenta capital de la Cristiandad, donde se congregaban los más refinados orfebres, artistas y quienes se dedicaban al comercio de objetos de lujo para lograr fama y fortuna y satisfacer los apetitos insaciables de Su Santidad el papa Clemente VII, de sus cardenales y nobles. A Roma, sede de un desmesurado poder secular desde donde el papa Clemente ejercía un absoluto dominio sobre la región central de Italia y numerosas ciudades del norte, y desde donde gobernaba Florencia gracias a sus relaciones con los Médici.
Roma. Sólo allí encontraría un artesano verdaderamente digno de tallar mis gemas. En sueños veía las volutas de oro y las formas que las rodearían. Imaginaba para ello a un artesano fuera de lo común, más noble, más atento y perspicaz, alguien desconocido en Londres.
Mientras permanecía sentado, mi criado, Martin Deller, iba de un lado para otro a mi espalda. Unos diez años mayor que yo, moreno y fuerte, era un hombre eficiente cuya daga me había sacado de apuros en más de una ocasión. También era, a mi pesar, la voz de mi conciencia y quien me recomendaba precaución.
—¡Por favor, señor! Hemos tenido suerte. Vayámonos a casa mientras todavía estamos a tiempo.
Tenía razón, toda la razón. Era increíble el modo en que habíamos llegado desde Venecia por tierra: pasando primero por el campamento del ejército de la Liga Santa en Cremona, plaza ganada hacía poco al emperador de los españoles, y cruzando luego el ducado de Milán, donde había empezado aquella guerra. Milán era territorio del Imperio. Habíamos visto las granjas derruidas, los campos quemados. Los soldados del ejército del emperador, privados de paga y de botín, erraban por la campiña en bandas, asaltando y robando a los viajeros. Y aun así lo habíamos conseguido, gracias a mi audacia como al sentido común de Martin.
La mancha de sol en el muro del Arsenal de enfrente había retrocedido hasta el pretil, achicándose. Oscurecía. A la caída del sol el Speranza zarparía. Pocos barcos partían hacia Roma en aquellos días de contienda. Si quería ir hacia el sur, aquélla era mi única oportunidad. Tal vez la nave ya hubiera zarpado incluso. Si así era, mejor, me dije; mejor con creces. Había llegado la hora de poner punto final a mi aventura y regresar a casa.
Miré a Martin. Estaba a punto de decirle que vaciara el baúl, alquilara caballos y contratara un guía para emprender viaje tierra adentro al día siguiente, cuando me preguntó:
—¿Y bien, señor?
Sentí una repentina oleada de rabia. ¿Iba a renunciar al triunfo que me había jurado conseguir tantos meses antes, cuando me guardé las letras de cambio y subí la escala del barco de la familia, el Rose? ¿Ahora que ya tenía un cofre de gemas nunca visto? «¿Vas a traicionarnos?», me gritaron mis diamantes azules de Bengala, suspiró el zafiro del color de la leche descremada, me espetaron coléricos mis fogosos granates y el oscuro rubí. Aquella empresa jamás había sido para pusilánimes. No, llega un momento en el que hay que doblar la apuesta: un momento en el que debes arriesgarte y continuar, o darte por vencido y admitir que nunca deberías haber empezado siquiera a jugar.
Me levanté brioso y me acerqué a la puerta, con la espada oscilando al costado y el sombrero calado.
—Carga el baúl —le ordené a Martin—. Nos vamos.
Salí de la hostería pasando por debajo del ángel con las alas extendidas y me adentré en la multitud. Oía jadear a Martin, que me seguía con el baúl al hombro, esforzándose por no quedarse rezagado.
—¡Esperad, por favor, señor! ¿No vais a meditarlo un poco?
No miré atrás. Bordeé el Arsenal, dirigiéndome hacia el este por la ancha bahía de un kilómetro y medio del puerto de Génova. Una vez tomada la decisión, no estaba dispuesto a perder ni un instante. Me abrí paso entre la gente hasta más allá de los embarcaderos de madera donde atracaban los barcos de menor calado, los más ligeros y las gabarras de fondo plano. Allí los barriles de vino daban tumbos y resonaban. Tres hombres hacían subir rodando un gran tonel por la rampa hacia la calzada, frente a mí. Los esquivé con una maldición. Se percibía el rico aroma del aceite que goteaba de las enormes tinajas que los hombres cargaban a hombros y el hedor de los rollos de duras fibras de cáñamo para los sogueros, que tejían largas sogas en los callejones que desembocaban en el puerto. Iba yo a paso rápido mientras en la bahía se oía un canto lúgubre procedente del vientre de una galera, una canción musulmana extraña y triste entonada por los turcos encadenados a sus remos. La ley del mar dicta que, cuando un navío cristiano se apodera de uno musulmán, todos sus tripulantes pasen a ser esclavos, y cuando ellos atrapan uno de nuestros barcos lo mismo suceda a los nuestros.
Me detuve en la lonja, impaciente, mientras Martin me alcanzaba, con el baúl bamboleándose por encima de las cabezas de la multitud. Un mújol me miraba fijamente, con ojos vidriosos, y una mujer con un gorrito de lino descabezaba anguilas y arrojaba las cabezas a las piedras. Las gaviotas se lanzaban por ellas y alzaban el vuelo chillando.
De una taberna salía música de violín y caramillo, y se oía el repiqueteo de los dados, la risa de una ramera, el sonido de los descartes. Cuando Martin salió del gentío di media vuelta y apreté el paso.
Al oeste, por encima de las colinas, el sol asomó brevemente entre nubes. Estaba a punto de ponerse. En el último muelle de madera descargaban sacos de cereal que los hombres se iban pasando de hombro en hombro y, al final, vaciaban en medidas de una fanega, levantando nubes de paja. Los estibadores reían y bromeaban mientras trabajaban. Nadie sabía cuánto duraría aquella abundancia, ni cuándo las galeras de la Liga bloquearían nuevamente las rutas marítimas para forzar a Génova a la obediencia condenándola a la inanición. Me abrí paso subiendo a saltos los seis escalones de piedra del malecón, cuyo brazo curvo se adentraba en las aguas profundas de la bahía. El viento soplaba allí con fuerza y tuve que sujetarme el sombrero con una mano. Era un aristocrático sombrero flexible de terciopelo negro, con la medalla de oro de la Virgen y el Niño, a la última moda. Había pagado ocho ducados genoveses por aquella medalla. Pero no era sólo un adorno caro: era la estrella que guiaba mi viaje.
A lo largo del malecón, al abrigo del puerto, estaban los grandes barcos para las empresas de importancia en tierras lejanas. Sus mástiles se erguían altos, tan arracimados como los árboles de un bosque, con las banderas de las naciones aliadas del Imperio ondeando al viento: la cruz roja de Génova, la negra y blanca de Siena, la tricolor —roja, blanca y amarilla— de España.
Empujados por el viento, los navíos tiraban de las maromas y las olas rompían contra la piedra. Corrí por el malecón, buscando ansiosamente los nombres dorados en sus popas.
La noche anterior, en la hostería, había compartido mesa con los propietarios del Speranza, un par de hermanos genoveses llamados Piero y Federico Fieschi. Les había pagado el vino y discutido con ellos los términos para el pago de aquel viaje: pedían diez ducados por las doscientas cincuenta millas de trayecto hasta Roma. Todos los riesgos corrían de mi cuenta. Piero me había mirado inquisitivo. El precio era elevado: casi treinta chelines por un viaje que, incluso en caso de haber necesitado espacio en la bodega de carga, tendría que haber costado menos de diez. Les dije que la suma era aceptable, pero que de momento mi respuesta era ni que sí ni que no. Se marcharon molestos.
—Recordad —me advirtió Federico—. Zarparemos mañana sin falta.
Más adelante los hombres gritaban desde la cubierta de un barco por cuyos costados sobresalían los penoles; una grúa de madera levantaba mercancías del malecón y las depositaba en la bodega. Era obvio que lo estaban cargando para hacerse a la mar.
En el muelle se encontraba Piero Fieschi con un grupo de cinco o seis hombres. Todos ellos, con la barba entrecana y toga ribeteada de piel de conejo y marta cibelina, tenían aspecto de mercaderes acomodados. No sacaban nada de estar allí de pie, con aquel viento helado, mirando con ojos serios cada bala y cada caja izada desde el malecón. Sus semblantes graves indicaban que conocían los riesgos de hacerse a la mar en unos tiempos como aquéllos. Sin duda se habían preparado a conciencia con antelación. Llevarían sirvientes a bordo, muchos y debidamente armados. Indudablemente tenían asegurada la mercancía, así que, incluso en caso de que perecieran, sus herederos cobrarían. Fui repentinamente consciente de mi vulnerabilidad. Yo no había tomado ninguna de aquellas precauciones. Me di cuenta asimismo de la precipitación y la falta de dignidad con que estaba haciendo mi entrada. Todavía sin aliento, me quité el sombrero con una reverencia.
—Richard Dansey, mercader londinense.
Ellos me devolvieron el saludo y se presentaron, indicándome sus respectivos lugares de origen: Milán, Lucca, el ducado de Ferrara.
No apartaban sus ojos de mí. Era obvio que resultaba un misterio para ellos. Debía de parecerles todavía un niño, con el pelo rubio color arena y una barba que era poco más que un mechón de pelusilla. Sólo tenía veintiún años y, aunque alto y bastante diestro con la espada, no era de complexión fuerte. Demasiado joven para ser mercader, a su entender, y no iba vestido como tal, además. Mi ropa era más propia de un joven noble empeñado en ir a la moda. Llevaba un jubón morado y camisa de batista blanca con las cintas del cuello sueltas, cada una adornada con encaje y rematada por un botón de oro. Mi capa era de lana negra ribeteada de plata, metal del que también estaba hecha la empuñadura de mi estoque.
Piero Fieschi se apartó de los mercaderes con su joven socio y hermano. Les tendí la bolsa que había preparado horas antes y que contenía diez ducados de oro. Piero me miró estupefacto.
—¡Maese Dansey! Zarpamos enseguida. Pero ¿no tenéis carga que embarcar?
Martin se colocó detrás de mí, jadeando. Fieschi le echó un vistazo al baúl que llevaba al hombro, ponderando sin duda si contenía algo de valor. Martin dejó su carga sin miramientos en el suelo y sorbió por la nariz. Aparentemente, Fieschi descartó la idea.
—Nuestros compañeros han cargado sedas de Lucca y Génova, y tenemos aquí un montón de barriles de sal de maese Pinotti, de Milán, en buena parte para lastre —dijo a los mercaderes, gesticulando—. Y vos, ¿nada? ¿Realmente no traéis nada? Decís que sois mercader... ¿De dónde sacáis las ganancias?
—Tengo mis propios medios. —Sonreí, disfrutando de su insatisfecha curiosidad, y me volví con un gentil saludo.
Fui del malecón hasta los peldaños de madera de la escalerilla de acceso a la cubierta del Speranza y subí a bordo. Martin descargó el baúl en cubierta y se aupó detrás. Mientras preguntaba en italiano con acento londinense dónde podía guardar mi equipaje, yo me paseé por cubierta, disfrutando una vez más de la sensación de las tablas bajo los pies y el aroma de la brea.
El Speranza era un barco grande, de más o menos ciento veinte toneladas, con un poco más de eslora que el de la familia Dansey, el Rose, que había yo dejado atrás el agosto anterior, en Brujas.
Miré por las escotillas abiertas y vi que tenía por lo menos dos espacios inferiores entre cubiertas en los que no cabía un hombre de pie. Allí maniobraban con las mercancías que metían por las escotillas para amarrarlas y estibarlas. Más hacia popa estaba la cabina principal, redondeada, desde la que accedía a varios camarotes abiertos más pequeños. En uno de ellos estaba Martin, sentado en el baúl, secándose la gruesa cara y maldiciendo gentilmente la carrera a la que lo había forzado yo por el puerto. Oí la sacudida de la escotilla cuando la cerraban y el sonido metálico del cabrestante cuando los marineros empezaron a levar el ancla del Speranza. Entonaban al unísono una canción subida de tono en el dialecto local, elogiando la zona de la ciudad conocida como barrio de la Magdalena, que contaba con las iglesias más hermosas, los mercados más surtidos y el mayor número de burdeles.
Entré en la cabina mayor. Era de un tamaño aceptable, con una hilera de magníficas ventanas a popa. Todos mis compañeros de viaje estaban allí, sentados a una mesa, haciendo gala del humor propio de los hombres metidos de lleno en el riesgo y los apuros de una nueva empresa. Los criados llenaban las copas de vino dulce y habían servido capones fritos, barquillos, almendras y confites. Martin salió de su pequeño camarote para atenderme. Aquella cena era lo primero que ingería desde primera hora de la mañana. Comí con glotonería y bebí mucho. Todos hablamos y reímos, cada vez con más franqueza.
—En Roma compraremos a Su Santidad una indulgencia para comerciar con los turcos —decía Piero Fieschi—. Sin eso, por supuesto, estaríamos en pecado mortal en caso de que hiciéramos cualquier trato con los musulmanes. Luego iremos hacia el sur, a Nápoles, y por mar hasta El Cairo.
—¡El Cairo! —exclamó su hermano—. ¿Qué maravillas no habrá en El Cairo? Traeremos plata y cinabrio, pasas, agua de rosas y madera de sándalo, clavos, porcelana y perlas, añil y opio.
Maese Giordano, de Lucca, se levantó repentinamente de la mesa para meterse en un camarote, del que regresó con una pieza de refulgente seda carmesí, de unos tres metros, con entramado plateado.
—¿Qué vais a contarme a mí de El Cairo? ¡Tocad esto! ¡Oledlo! ¡Decidme luego si las tierras de los turcos pueden presumir de algo tan delicado!
Nos puso la pieza por tocado y nos libramos de ella entre carcajadas. Tenía el tacto de la seda recién hilada, la «hediondez de los gusanos», como el sedero definió su olor, y era tan suave como el sonido del laúd. Los otros no quisieron ser menos y se fueron a sus respectivos camarotes. La mesa no tardó en estar repleta de telas y colores: satenes rojos como la sangre, lustrosos tafetanes verdes, espesos terciopelos negros con rayas doradas, tan suaves como el pelaje de un gato; brocados morados y marrones con estampado plateado que brillaba a la luz de los candiles. Nadábamos en sedas, disfrutando del puro lujo.
Venderían aquellas maravillas en la corte del papa Clemente, en Roma. Lo que les sobrara lo llevarían a Nápoles y se lo ofrecerían al virrey español. Hasta el milanés Pinotti cogió un puñado de sal gris y dijo:
—¡Probadla, probadla! ¿No es la mejor?
Un sienés llamado Basile sacó una bolsa de cascabeles para halcón, silbatos para perro y dedales de plata que tintinearon y rodaron por la mesa con el balanceo del barco. Un cascabel vino hacia mí y lo detuve con el dedo. Dejó de sonar. Yo era el único que no había enseñado nada a los demás. Lamenté no tener alguna mercancía con la que por lo menos salvar las apariencias, unos cuantos toneles de sal o pescado seco, o de lo que fuera. La curiosidad de los otros rayaba en la impertinencia. Sin querer, me llevé la mano al cuello y pasé los dedos por el borde del cofrecillo de acero que llevaba colgado de una cadena, oculto bajo la camisa y el jubón. De casi veintitrés centímetros, estaba cerrado con llave, y su cerradura se encontraba bajo la cabeza de latón de un cupido. Su superficie estaba muy pulida de tanto llevarlo contra la piel. Aquel cofre me pesaba; la suya era una preciosa carga, deliciosa pero peligrosa e inconfesable.
Martin, que permanecía de pie detrás de mi silla para servirme, contuvo el aliento, y yo volví a apoyar la mano en la mesa. Que los mercaderes me miraran fijamente me inquietaba, pero también me halagaba. Sus ricos ropajes me hacían sentir parte de un grupo selecto. Sí, podía considerar
