Título original: Machine of Death
Traducción: Carlos Abreu
1.ª edición: febrero 2012
© 2010 by Machines of Death, LLC.
El cuento «Nube de caramelo en llamas» apareció originariamente, bajo el título «Flaming Marshmallow and Other Deaths»,
en Push of the Sky, 2009.
© Para «Nube de caramelo en llamas»: A. Camille Renwick, y con audio en Escape Pod, 2008.
© Ediciones B, S. A., 2012
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B.8227-2012
ISBN EPUB: 978-84-15389-62-0
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
Contenido
Portadilla
Créditos
Introducción
Nube de caramelo en llamas
Chocolate
Despedazado y devorado por leones
Desesperación
Suicidio
Almendra
Inanición
Cáncer
Pelotón de fusilamiento
Verduras
Piano
Infección por el VIH causada por la aguja de la máquina de la muerte
Volado en pedazos
No saludando, sino ahogándose
Pez globo mal preparado
Amor ad nauseam
Asesinato y suicidio, respectivamente
Cáncer
Aneurisma
Extenuación por mantener relaciones sexuales con un menor
Después de muchos años, deja de respirar mientras duerme, con una sonrisa en los labios
Asesinado por Daniel
Fuego amigo
Nada
Cocaína y calmantes
Pérdida de sangre
Pelea a navajazos en la cárcel
Intentando salvar a alguien
Aborto
Disparo de un francotirador
Muerte térmica del universo
Ahogamiento
?
Cassandra
Colaboradores
Introducción
La máquina había sido inventada hacía unos años: era capaz de predecir, solo con analizar la muestra de sangre de una persona, cómo iba a morir esta. No proporcionaba fechas ni pormenores. Simplemente escupía una tirita de papel en la que aparecían impresas en mayúsculas las palabras «ahogamiento», «cáncer», «vejez» o «atragantamiento con un puñado de palomitas». En definitiva, permitía a la gente saber de qué manera iba a pasar a mejor vida.
El problema de la máquina es que nadie sabía en realidad cómo funcionaba, lo que no habría supuesto tanto problema si hubiese funcionado todo lo bien que deseábamos. Pero sus predicciones eran vagas y crípticas, y daba la impresión de que se recreaba con las ambigüedades del lenguaje. La palabra «vejez», como se tuvo ocasión de comprobar, podía significar tanto una muerte por causas naturales como una bala disparada por un anciano postrado en la cama durante un allanamiento de morada fallido. La máquina demostraba tener ese sentido de la ironía respecto a la muerte que viene de antiguo: aunque uno sepa que va a ocurrir, cuando llega el momento se lleva una sorpresa.
La conciencia de que era posible saber cómo moriríamos cambió el mundo: la gente se volvió menos temerosa y más miedosa a la vez. Si sabes que tu tirita de papel dice «sepultado vivo», no hay razón para no saltar en paracaídas. Por otro lado, el que al parecer estas predicciones se deleitaran con los giros inesperados y las sorpresas les aguaba la fiesta a muchos. Confería a las predicciones un carácter más siniestro; sí, en teoría saltar en paracaídas no entrañaba riesgo alguno para quien estaba destinado a morir sepultado vivo, pero ¿y si caía en una gravera? ¿Y si acababa sepultado vivo, no en la tierra, sino en otra cosa? ¿Y si quedar atrapado bajo los escombros de un edificio podía considerarse una forma de ser sepultado vivo? Por cada posibilidad que la máquina cerraba, parecía abrir varias con distintos grados de factibilidad.
Para entonces, por supuesto, habíamos aplicado ingeniería inversa a la máquina: dado que su mecanismo interno era bastante sencillo de reproducir, hicimos un duplicado. Y, en efecto, descubrimos, más o menos al mismo tiempo que el resto del mundo, que sus predicciones no eran tan simples y fiables como parecían de entrada. Antes de anunciarlo al mundo realizamos varias pruebas, pero eso llevó tiempo; demasiado, puesto que teníamos que esperar a que muriese gente. Cuando habían transcurrido cuatro años y tres personas habían fallecido tal y como había predicho la máquina, la sacamos a la venta. Al cabo de poco tiempo había máquinas en todas las consultas de los médicos, y hasta en los centros comerciales. Uno podía pagar por ello o incluso conseguirlo gratis, pero el resultado era siempre el mismo, independientemente de qué máquina consultase. Al menos eran sistemáticas.

Nube de caramelo en llamas

Tengo unos nervios que te cagas.
Mañana. Mañana es mi cumpleaños, el cumpleaños más importante de mi vida. Mañana llega el momento que todo el mundo espera y espera a que llegue, y mientras no llega te da rabia porque todas tus amigas saben ya lo suyo y tú eres la única que no, y a veces piensas «me cago en la puta, nunca voy a cumplir los dieciséis», aunque al final los cumples.
En un principio tengo miedo de no poder dormir. Apago la luz, pero después de quedarme acostada en la oscuridad durante media hora vuelvo a encenderla. Echo un vistazo al calendario que tengo colgado encima de mi cama. Estiro el brazo, lo desengancho con una mano del clavo que lo sujeta a la pared y me acurruco otra vez bajo las mantas, con él. Deslizo el dedo por encima de todas las equis rojas con que he ido marcando los días que faltan para el gran acontecimiento. Hace un poco de frío fuera, y lo último que quiero en el mundo es pillar un puto catarro en la semana de mi cumpleaños, así que me arropo más todavía con mis sábanas de franela para estar calentita. Sé que se van a organizar fiestas este fin de semana, y quiero asistir a ellas.
Llevo meses esperándolo. Años, supongo, aunque cuando mis amigas empezaron a recibir las suyas, no parecía nada del otro mundo. Por entonces todas éramos No Saben.
Mañana sentiré por fin que encajo con los demás.
Mañana sabré cómo voy a morir.
—¡Carolyn! ¡Eh, tía, despierta!
Me vuelvo al oír mi nombre. Es Patrice. La veo cruzar el jardín a saltos, hacia mí. Hoy lleva su cabellera superlarga recogida en unas trenzas, y al correr se le balancean a los lados de la cabeza como dos serpientes rojas furiosas porque les han atado un lazo en la cola.
—Hola, Patrice —digo, y sujeto los libros contra el pecho con más fuerza. Intento andar un poco más deprisa, pensando que así pillará la indirecta. Pero no la pilla.
—Hoy es el gran día, ¿no? —comenta.
Asiento con la cabeza.
Ella desvía la mirada y se muerde el labio inferior.
—Qué suerte.
Me encojo de hombros y aprieto aún más el paso. No es mi problema que ella sea una de las chicas más listas de la clase ni que hace como cuatro años la adelantaran un curso. No es culpa mía que vaya a ser una No Sabe durante todo un año más.
Con el rabillo del ojo veo a Brad Binder. Es el puñetero amo. Dicen que es un quemador. «Está que arde», pienso, y me río sola.
—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunta Patrice. Como estamos frente a mi taquilla, mantengo los libros en equilibrio sobre la rodilla con una mano mientras con la otra batallo con la combinación de mi candado. Finjo que no la he oído, pero ella me sorprende mirando con disimulo a Brad Binder.
—Oh, no; él no —dice, poniendo los ojos en blanco—. Estás bromeando, ¿verdad?
—¡Chist! —Intento hacerla callar. Desearía tener algún condenado superpoder o algo por el estilo. Me gustaría poder concentrarme mucho y hacerla desaparecer.
Brad Binder saca su chaqueta de béisbol de su taquilla, que está tan cerca de la mía que tres chicas me han pedido que se la cambie. Se cubre sus perfectos hombros —¡puñeteramente perfectos!— con la cazadora y saca solamente una libreta con un lápiz insertado en sus anillas. Ni ordenador, ni libros, ni nada. Madre mía, es el puto amo. Como corresponde a un quemador.
Mientras Brad se aleja, Patrice me echa una de sus miradas.
—No hay para tanto, ¿sabes? Me han dicho que besa como un lagarto muerto.
Estoy a punto de soltarle «seguro que de eso sabes mucho», pero me contengo. No quiero rebajarme a su nivel, ser tan infantil. Hoy cumplo dieciséis años, y cuando salga de clase, mi padre me llevará al centro comercial para que consiga ese papel, y entonces sabré cuál es mi sitio de verdad. De modo que, en vez de eso, me encojo de hombros de nuevo y dejo que su comentario me resbale, como huevo sobre teflón.
—Es un quemador —digo—. Los quemadores molan.
Patrice suelta un resoplido.
—¿Sabes qué decía su papel? «Nube de caramelo en llamas.» Eso no parece una auténtica muerte causada por el fuego, diga lo que diga él. Seguramente debería juntarse con los atragantadores, más bien. Entonces no te parecería un tipo tan duro.
Patrice me tiene hasta la coronilla.
—No eres capaz de entenderlo —le digo y me marcho a mi clase de geometría. Tal vez Cindy Marshall se porte bien conmigo ahora que estoy a punto de obtener mi papel con la c-de-f. Tal vez resulte ser una estrelladora, como ella.
¡Ojalá!
Casi llego tarde a clase. La señora Tharple me lanza una mirada más avinagrada de lo normal, pero me la sopla. Me siento en mi sitio en cuanto suena la campana y me vuelvo hacia Cindy Marshall, que tiene la vista fija en mí. Le sonrío.
—Ni se te ocurra mirarme, No Sabe —me dice por lo bajo mientras la señora Tharple empieza a repartir el examen sorpresa.
Las dos chicas que se sientan detrás de ella sueltan una risita. Noto sus ojos clavados en mi piel, afilados como dientes de comadreja.
—Es mi cumpleaños —digo.
Ella se tuerce en su asiento y me mira de arriba abajo. Intento entender la expresión de sus ojos, pero no lo consigo. Tengo la sensación de que es algo muy obvio, de que intenta decirme algo muy, muy evidente, algo que ya debería saber.
Me siento muy tonta.
La señora Tharple camina entre nosotros, coloca los exámenes en blanco boca arriba sobre los pupitres de fila en fila antes de dirigirse de nuevo al frente del aula.
Bajo la vista hacia mi examen de geometría e intento concentrarme, pese al ardor que siento en las mejillas, la punta de las orejas y la parte de atrás del cuello.
—Eh, tú —susurra Cindy Marshall.
Alzo la mirada.
—¿O sea que ya tienes tu papel?
Niego con la cabeza.
—Después de clase —respondo.
Ella entorna los ojos. Noto que las otras chicas, estrelladoras también, me observan, pero yo ni me inmuto. O eso intento.
Ella asiente.
—Si cuando tengas tu c-de-f, ves que es un accidente, en un avión, un coche, un maldito globo aerostático o lo que sea, ven a hablar conmigo. Mañana.
Tengo que morderme las mejillas por dentro para reprimir una sonrisa. Trato de aparentar que no es la mejor oferta que he recibido esta mañana. Trato de parecer una chica dura. Me gustaría ser del grupo de las estrelladoras. Me gustaría mucho.
—Mañana —digo, y ella asiente de nuevo, una vez.
Ninguna de esas chicas me hace el menor caso durante el resto de la clase, pero no me importa. Mañana todo será distinto.
Mañana, puede que mi vida empiece de verdad.
El almuerzo no resulta como esperaba.
He pasado mucho tiempo contando los días que faltaban para mi cumpleaños, pensando «ese día todo cambiará», pero no es así. Ya no me siento como una No Sabe, aunque en sentido estricto sigo siéndolo. Soy menor de dieciocho años, así que tengo que ir a recoger mi papel acompañada por uno de mis padres o un tutor legal. Si me dejaran, me saltaría el almuerzo de hoy, me iría al centro comercial y acabaría de una vez con esto. En cambio, tengo que esperar a que mi padre salga del trabajo. Es tan injusto...
Así que, aunque consiga mi papel esta tarde, nadie más que yo sabrá la causa de mi fallecimiento hasta mañana. Bueno, lo sabrán mis padres, y supongo que también mi hermano pequeño. Y seguro que podría llamar a Patrice y decírselo, pero ¿para qué? A partir de mañana, tendré nuevas amigas con las que juntarme.
Pero durante el día de hoy seguiré atrapada en el mundo de los No Saben.
Cojo mi bandeja y me siento en el banco, en un extremo de la mesa. Patrice me hace señas para que me acerque al extremo en que está ella, pero finjo que no la veo. Coloco en fila las ocho bolsitas de mostaza de más que he cogido, las rasgo por la esquina una por una y las aprieto despacio para hacer salir la sustancia de color amarillo chillón y esparcirla sobre mis proteínas sintetizadas y mis figuras de verdura prensada.
Paseo la mirada por el comedor, con disimulo, fantaseando sobre dónde me dejarán sentarme a partir de mañana. ¿Quién me recibirá con los brazos abiertos? Todo dependerá de mi c-de-f.
Alguien está armando jaleo en el rincón. Como no podía ser de otro modo, se trata de los quemadores, que se parten de risa mientras entablan una batalla de comida. Los quemadores, los ahogadores, los estrelladores, los electrocutadores y los caedores —todos los que sufrirán accidentes violentos— están sentados en grupos mezclados a lo largo de las dos mesas del rincón. Es el rincón más molón, y estoy segura de que mañana podré sentarme allí, o al menos cerca. Las dos mesas de al lado tampoco estarían mal: allí se reúnen los cabezafármacos, los armas blancas y los balas —casi todos futuras víctimas de errores médicos y asesinatos, ¿no?—, aunque también se cuelan chicos que seguramente deberían estar con los suicidas. Alcanzo a verlos desde aquí, todos vestidos de negro y con la cara pálida. Parecen una bandada de cuervos que picotean su comida.
Lo que no me gustaría por nada del mundo es acabar en una de las dos mesas del fondo: enfermedad y vejez. Puaj. Se nota que son unos muermos hasta cuando almuerzan. Esa sería mi causa de fallecimiento si me obligaran a sentarme a esa mesa: Muerte por Aburrimiento.
—Feliz cumpleaños, Carolyn.
Me pego tal susto que aprieto una bolsita de mostaza con demasiada fuerza y me salpico toda la parte delantera del vestido. Le doy unas pasadas con una servilleta, pero lo único que consigo es convertir las gotas amarillas en manchas amarillas.
—Lo... lo siento mucho, Carolyn... Jo. Me... me...
Cuando alzo la vista veo la cara de Jamie. Éramos amigos, hace mucho, mucho tiempo. Vive en la misma calle que yo, y todos los días dábamos paseos en bici juntos. Con solo mirarlo, noto el sabor del sol y el polvo del verano en la lengua. Dejé de andar con él cuando sus padres se afiliaron a la Liga Anti C-de-F. A veces, por el camino de vuelta del colegio a casa, veo a su madre frente al centro comercial con su pancarta y sus cartelones en plan mujer anuncio. «La vida es para vivirla», dicen sus carteles algunos días. «Personas contra las máquinas de la muerte», dicen otros. «No preguntes, no lo sepas: ¡puedes decidir!»
Aunque Jamie casi ha cumplido los dieciocho años, sigue siendo un No Sabe. Yo me moriría si estuviese en su lugar. De verdad que me moriría.
—Tranquilo, Jamie —le digo—. No te preocupes.
Coge un par de servilletas, las moja en su agua y me las tiende. Ha empezado a frotarme el pecho con una, pero ha comprendido a tiempo que seguramente no era una buena idea.
Intento apartar de mi mente el recuerdo repentino de cuando nos besamos detrás del contenedor de la tienda de autoservicio. Yo tenía unos doce o trece años, y él catorce, más o menos: fue justo antes de que sus padres se hiciesen miembros de la Liga. Recuerdo que sabía a fresas.
Espero que Jamie no se fije en que las orejas y el cuello se me han puesto colorados. Es una de las pocas personas que me conocen demasiado bien como para intentar ocultárselo.
—¿Vendrá tu madre a buscarte después de clase? —pregunta.
Sin dejar de limpiarme, sacudo la cabeza.
—Mi padre.
Él asiente. Está observando los movimientos de mis manos mientras restriego la servilleta húmeda en mi regazo, en la tela que me cubre las costillas, pero en realidad no está prestando atención a lo que ve.
—Lo siento —dice otra vez, y dudo que esté hablando de la mostaza.
Para cuando mi padre viene a buscarme, estoy mentalmente agotada.
Me da un beso en la coronilla cuando subo al coche.
—¡Hola, nena! Feliz día especial.
—Gracias.
Tiro mis cosas en el asiento de atrás y me pongo el cinturón de seguridad.
Papá se queda ahí sentado, con una sonrisa torcida en los labios.
—¿Te apetece ir antes a tomar un helado o algo? —pregunta—. ¿Quieres una pizza? ¿Ir al cine?
¿Cómo es posible que no se entere de nada? Me dan ganas de decirle que se está portando como un tarado, pero cuando lo miro siento como si se me hiciera un nudo en el estómago. Por primera vez, al mirar a ese cuarentón mal afeitado con gafas y un jersey horrible, no veo a mi padre.
Es decir, claro que veo a mi padre; el cabezafármaco (su c-de-f será una sobredosis accidental) con una casa carísima, un trabajo aburrido, dos hijos y un coche del año pasado, que compró barato con un kilometraje muy alto a una compañía de alquiler...
Pero también veo a un tipo, un tipo que me quiere tanto que ni siquiera es capaz de expresarlo con palabras. No me había pasado por la cabeza que esto, el día en que obtendré mi papel, pudiera ser importante para él. Me da la impresión de que está cansado. Más de lo normal.
Extiendo el brazo y pongo la mano encima de la suya, sobre el volante.
—Claro que sí, papá —respondo—. Lo que tú quieras.
Me cubre la mano con la otra, de modo que aquello semeja un sándwich de manos, con mis dedos y nudillos apretados entre dos capas de los suyos. Por un momento me parece que sus ojos brillan más de la cuenta, pero llego a la conclusión de que todo es producto de mi imaginación cuando él coge mi mano, la coloca de nuevo encima de mi rodilla, enciende el motor y arranca.
Contemplo a las chicas, cada vez más pequeñas en el espejo lateral a medida que nos alejamos.
Me termino mi cucurucho de helado, y papá el suyo. Nos limpiamos los dedos pegajosos con toallitas húmedas, las tiramos a la basura, y entonces me levanto de nuestra mesa en la zona de restaurantes, recogiendo todas mis bolsas mientras me pongo de pie. Papá me ha comprado unos zapatos nuevos, dos libros y un sombrero que dice que me sienta de maravilla, pero que sé que jamás volveré a ponerme. Me siento como si fuera Navidad.
—Bueno... ¿Y ahora qué, chica del cumpleaños? ¿Necesitas guantes nuevos? ¿Música? Te encantaba la tienda de música.
Se dirige al plano del centro comercial y estudia la lista de tiendas. Me acerco a él, dejo en el suelo mis bolsas con libros y zapatos, y le toco el brazo.
—Papá —digo—, es la hora.
No me mira de inmediato. Se quita las gafas y se pone a frotarlas con el bajo de su jersey. Como veo que lo único que consigue es llenarlas de pelusas y sudor, se las quito y se las limpio con la parte interior del dobladillo del vestido. Cuando se las devuelvo, están bastante más limpias. Recojo mis bolsas y echo a andar hacia la cabina de las predicciones. No me hace falta buscarla en el plano del centro comercial; sé exactamente dónde está. No hay un solo adolescente de quince años que no conozca la ubicación de la máquina más cercana. Conozco su horario de funcionamiento (coincide con el horario de apertura del centro comercial: de diez de la mañana a nueve de la noche), sé cuánto cuesta (diecinueve con noventa y cinco más impuestos), e incluso sé los nombres del modelo y de la marca (Mort-o-Matic, de DigCo: «Los mismos resultados ¡por menos dinero!»).
Lo único que no sé es lo que llevará escrito esa tira de papel cuando salga de la ranura.
Ya es un poco tarde, y el centro comercial no tardará en cerrar. Prácticamente todas las tiendas están vacías. Como es una noche de entre semana, casi no hay nadie de mi edad a la vista. Las personas que quedan son en su mayoría dependientes de aspecto cansado y pies doloridos, y madres desgreñadas que empujan pesados cochecitos de bebé.
La cabina está en un rincón más bien oscuro, cerca de los aseos. El conserje ha dejado abierta la puerta del lavabo de señoras, y aunque tengo un poco de ganas de ir, no quiero toparme con el conserje ni con su fregona mugrosa. Además, no quiero seguir aplazando esto. Necesito saber.
Papá se detiene cuando llegamos frente a la máquina. Hurga en su cartera y saca su carné de identidad y su tarjeta de crédito. Se aclara la garganta, pero no dice nada ni me mira.
Me parece que le tiembla un poco la mano cuando inserta su carné y su tarjeta en las ranuras correspondientes e introduce con el teclado mi número de la seguridad social y el suyo, pero seguro que me lo he imaginado. Probablemente el culpable es el zumbido de mi cerebro. Así me siento ahora mismo, como si todas las vueltas y curvas de mi cerebro estuvieran plagadas de abejas diminutas, o tal vez de corrientes eléctricas. Supongo que, de hecho, lo están. Llenas de corrientes eléctricas, quiero decir, no de abejas diminutas.
Se enciende la luz verde de la máquina, y una flecha apunta al agujero pequeño y con sistema autolimpiador, que es lo único que brilla en el armatoste de metal. Deposito las bolsas a mis pies, acerco despacio el dedo a la abertura...
—¡Carolyn!
Pego un brinco y miro a papá a la cara.
Se sube las gafas por la nariz y se la toquetea por unos instantes, parpadeando.
—Em... por cinco dólares más, te dirá tu grupo sanguíneo, tus niveles de glucosa y si estás embarazada o no. —Señala la lista estampada en la parte delantera de la máquina. Luego frunce el ceño, distraído—. Oye, es imposible que estés embarazada, ¿verdad?
Cubro la pequeña distancia que nos separa y le rodeo la cintura con los brazos. Él me devuelve el abrazo, y mientras aspiro ese cálido olor a cerrado, tan suyo, me siento como el ser más preciado e importante del universo.
Sin soltarlo y sin avisar, extiendo el brazo por detrás de él y meto el dedo en el agujero de borde brillante. Papá da un respingo, y aprieta con más fuerza mi cara contra su pecho.
Noto en el dedo el ligero dolor de un corte, seguido de una sensación de adormecimiento causada por el analgésico y el desinfectante que rocía la máquina.
Me aparto de papá, que carraspea y me suelta. La máquina escupe la tarjeta y el carné de papá por sus respectivas ranuras, y mi tira de papel sale de la rendija que está más abajo. Papá y yo nos agachamos para cogerla, pero al ver que me quedo inmóvil, él retrocede. Esto es algo que tengo que hacer yo, y él lo sabe. Retira el carné y la tarjeta de la máquina y se los guarda en la cartera mientras yo desenrollo mi tira de papel y la leo.
La leo tres veces. Cuatro. Voy por la quinta cuando papá, incapaz de contenerse más, tira del papel con suavidad para quitármelo de entre los dedos rígidos, y lo lee en voz alta.
—«Muerte por entropía espacial del milenario» —dice.
—Pero...
Papá me estrecha con ambos brazos y me levanta en volandas como no había hecho desde que yo era muy, muy pequeña. Aunque mantengo los brazos tiesos, relajo las piernas y el cuerpo, mientras papá me hace girar en el aire, riéndose de júbilo.
Cuando al final me deja en el suelo, tengo que extender una mano para sujetarme del borde de la máquina y recuperar el equilibrio. Estoy un poco mareada. Mareada y confundida.
—Entropía espacial del milenario —dice papá, sacudiendo la cabeza, y desenrolla el papel para leerlo de nuevo—. Es increíble, Carolyn. ¡Es fantástico! Tendrás casi mil años cuando llegue el próximo milenio. ¡Tal vez llegues a los mil! Imagínatelo: los constantes avances médicos, los espectaculares aumentos de la esperanza de vida... Podría ocurrir, cariño. Podría ocurrir de verdad. —Sonriendo de oreja a oreja, me estruja de nuevo contra su pecho, y oigo el rumor sordo de la alegría que le nace de muy adentro—. Solo quiero que tengas una vida larga y feliz, Carolyn. Una vida larga, larga, larga y feliz.
—Pero, papá —digo, con la boca pegada a la lana nudosa de su jersey—, ¿dónde me sentaré mañana a la hora del almuerzo?
Escrito por CAMILLE ALEXA
Ilustrado por SHANNON WHEELER
Chocolate

El beso no le habría parecido gran cosa a ninguno de los innumerables clientes del centro comercial que pasaban por allí. Fue más prolongado que un piquito, por supuesto, pero no demasiado largo ni excesivo. Nada del otro jueves. Sin embargo, para Rick fue algo de lo más especial. Cada vez que tocaba a Shannon, se dejaba embriagar por el momento, se sentía arrastrado como el desventurado protagonista de uno de esos telefilmes navideños cursis.
—Adiós, guapo —dijo ella, despidiéndose con un leve gesto de la mano—. ¡No gastes mucho!
—Ni demasiado poco —contraatacó él, y Shannon ensanchó la sonrisa antes de dar media vuelta, haciendo ondear el cabello, y marcharse. Mientras Rick la miraba alejarse se daba cuenta de que había más de un par de ojos fijos en ella, pero ya estaba acostumbrado. Cuando uno está comprometido con una mujer hermosa, es algo que forma parte del paquete. Más valía tomárselo como un cumplido, pues, a fin de cuentas, ella se iría a casa con él, no con los demás.
La agenda apretada de ambos los había obligado a acudir al centro comercial cuando faltaba muy poco para la Navidad. Durante la hora siguiente, él consiguió encontrar algunas cosas para colocar debajo del árbol: un frasco del perfume favorito de Shannon, cuya fragancia estimulaba las partes adecuadas del cuerpo de Rick; unos pendientes de zafiros que harían juego con sus ojos; un pijama verde lanudo de una sola pieza, con el que ella estaría más sexy que con el negligé más vaporoso; un cuchillo de cocina de buena calidad, muy afilado, que en cierto modo era más bien un regalo para él: le encantaba cocinar también. Un vistazo a su reloj le indicó que el tiempo que se habían fijado para estar separados estaba a punto de finalizar, así que se encaminó hacia la fuente junto a la que habían quedado en verse.
Un letrero en el escaparate de una tienda de golosinas le llamó la atención. Unas letras blancas en relieve sobre fondo negro proclamaban: «¡TENEMOS LA MÁQUINA AQUÍ!»
Rick se paró en seco antes de acercarse al cristal y echar una ojeada al interior. ¿Tenían una máquina? ¿Una máquina de la muerte?
No tenía muy claros los detalles —había leído por encima un artículo en el dominical del Times antes de perder otro asalto con el crucigrama—, pero se acordaba de lo esencial: había que meter el dedo en la máquina, que tomaba una muestra de sangre. ¡Cualquiera se habría ofrecido como primer voluntario para eso! Luego la máquina escupía un papel que llevaba impreso un par de palabras, o a veces solo una. Si los testimonios al respecto eran ciertos, ese papelito le decía a uno cómo iba a morirse. No cuándo ni dónde, sino el modo en que uno encontraría la muerte, aunque el autor del artículo había añadido crípticamente que por lo visto siempre había una pequeña zona gris.
Por otro lado, existían páginas web que se dedicaban a seguir las predicciones con una obsesión que rayaba en lo macabro, y Rick no era tan orgulloso como para negar haber visitado alguna que otra. Si uno estaba dispuesto a aceptar que un objeto inanimado era capaz de algo así, no podía negar que las máquinas de la muerte estaban dotadas de un saludable sentido de la ironía. El papel de una chica decía «BARCO», por lo que ella renunció de inmediato a los viajes por mar, lo que no le sirvió de nada, pues dos años después, un camión que remolcaba un yate perdió el control delante de ella en la autopista. A un tipo le salió la palabra «BATE», por lo que empezó a evitar los partidos de béisbol, pero supo lo que quería decir cuando el marido de una mujer con la que estaba liado le arreó con uno en un lado de la cabeza. Por supuesto, la historia más recurrente era la del yonqui cuya predicción decía «CABALLO». El tipo consiguió desengancharse de la heroína, encontrar un empleo y empezar una nueva vida. Un día, cuando se dirigía a su trabajo, se topó con un desfile, y una de las cabalgaduras, asustada por un petardo, se encabritó y le propinó sin querer una coz que le reventó la cabeza. Al menos, eso contaban.
Rick se entretenía con estos relatos que leía en Internet a la hora del almuerzo, pero no les daba demasiado crédito. Aun así, siempre le había intrigado el concepto de las máquinas de la muerte, pero le daba demasiada pereza y vergüenza pedir hora en la consulta de su médico. Al acercarse a la puerta de la tienda, Rick avistó una cola no muy larga en el rincón del fondo. Un letrero rezaba: «¡LA MÁQUINA! 20 DÓLARES.»
Vio que las dos chicas adolescentes que estaban delante de los demás se apartaban de la cola. A la más bajita se le escapaba una risita aguda, mientras que su delgada amiga estaba pálida como un fantasma. Cuando pasaron junto a Rick, la risueña respiró hondo y dijo:
—¡Venga, Robin! No te lo tomes tan a pecho. ¡Seguro que no es verdad!
Rick advirtió que la otra se frotaba los ojos.
—Pero ¿y si lo fuera? —preguntó—. No puedo creer que él... —Su voz se apagó mientras se alejaban.
Cuando Rick dirigió la mirada de nuevo al rincón, otra persona caminaba hacia él, un tipo alto más o menos de su misma edad. Al ver que Rick lo observaba esbozó una sonrisa tímida y se encogió de hombros, agitando un papel como si tal cosa.
—Es la quinta vez que me hago la prueba, y la quinta vez que obtengo esta respuesta. —Su sonrisa desapareció, y su rostro se ensombreció—. Pero aún no estoy seguro de qué significa, ¿sabes?
Antes de que Rick pudiera responder —o echar un vistazo a la predicción, que, para ser sinceros, era lo que le interesaba—, don Cinco Veces había pasado de largo y se había confundido entre la multitud del centro comercial. La tienda se había quedado vacía salvo por dos niños que llenaban una bolsa de gominolas y dos figuras que estaban bajo el letrero de la máquina. Una de ellas, presumiblemente un empleado del establecimiento, sujetaba un fajo de billetes en la mano; la otra era una mujer de mediana edad que tenía el dedo índice en la boca. Unos momentos después, agachó la cabeza de golpe y se desplazó ligeramente a su derecha, lo que permitió a Rick ver la máquina de la muerte por primera vez.
Era... cuca. No había otra palabra para describirla. Achaparrada y sólida, con unas patitas rechonchas. El agujero para el dedo era más grande de lo que Rick esperaba, y el lugar en que se encontraba contribuía a darle a la unidad el aspecto de un cerdito color gris plomo.
No resistió la tentación de alzar la mirada hacia la cara de la mujer mientras leía su papel. Abrió mucho los ojos por unos instantes antes de guardarse el papel en el bolsillo y echar a andar hacia la zona de bombones. Rick supuso que la predicción no decía «CHOCOLATE». Mientras la observaba, ella se detuvo para contemplar su papel de nuevo, fijamente, como si pudiera haber cambiado en los últimos segundos. Frunció el ceño, dándose golpecitos con el dedo en el mentón, con la mirada ausente.
—Veinte pavos.
El tono del empleado, aburrido e impaciente, arrancó a Rick de su observación.
—¿Eh?
Un suspiro de exasperación.
—Usar la máquina cuesta veinte dólares. ¿O piensas quedarte ahí, haciendo tapón en la cola?
Avergonzado, Rick dejó su bolsa en el suelo y extrajo la cartera, volviéndose para pedir disculpas a las personas que tenía detrás. No había nadie. La cola era él.
Tras sacar tres billetes de cinco y varios de uno —tenía uno de veinte, pero el chico le había caído gordo—, se los tendió con un gesto brusco.
—Qué gracioso. ¿En qué club de comedia trabajas?
El tipo le arrebató el dinero y arrugó el entrecejo mientras el rubor se extendía por debajo de su grasienta piel.
—Lo que tú digas, tío. Estoy harto de que la gente se quede parada todo el santo día delante de la máquina sin decidirse a usarla o no.
—Sí, debe de ser agotador. Seguro que tú te lanzaste sin dudar ni por un momento, ¿no?
—¿Yo? No pienso hacerme esa prueba en la vida. —Sacudió la cabeza y le lanzó a la máquina una mirada de desprecio total y absoluto—. O sea, mola que la gente me pague por acojonarse, pero es algo que yo no quiero saber, ¿vale? —Después de una pausa, añadió—: No se admiten devoluciones.
—Ni falta que hacen —replicó Rick con un gruñido, profundamente irritado por la actitud del chico—. No tengo miedo.
—Adelante, pues —respondió el empleado mientras incorporaba los billetes a un fajo de grosor considerable. Por lo visto la máquina de la muerte no admitía el pago con tarjeta. Una vez que había guardado el dinero, el tipo miró a Rick con expresión inquisitiva—. ¿Piensas hacerlo hoy, o te doy un vale para que vuelvas otro día?
Aquello fue la gota que colmó el vaso.
—Muy bien, quiero hablar con el encargado.
—¡Ja! No hay.
Rick volvió la vista hacia la chica que estaba detrás del mostrador, al cargo de la caja registradora, con la que cobraba los caramelos que se vendían.
—¿Qué me dices de ella? ¿Es tu jefa?
Esto suscitó otra carcajada, además de una sonrisita sardónica.
—El jefe soy yo. Esta máquina es mía, yo solo alquilo el local en el centro comercial. Bueno, ¿así que quieres presentar una queja? Te prometo que les encargaré a mis mejores empleados que la solucionen de inmediato.
—¿Eres el dueño de esto? ¿Y funciona de verdad?
—Sí, funciona de verdad, y sí, es mía. Se la compré a la empresa que las fabrica, ¿sabes? Cualquiera puede comprar una. Me había cansado de cortar el césped de la gente y de preparar hamburguesas. —Se reclinó contra la pared y sonrió—. Es la decisión más inteligente que jamás he tomado. —Al cabo de unos segundos, suavizó un poco su expresión de altivez—. Oye, tienes que hacerlo o dejar paso. Ahora sí que hay gente esperando detrás de ti.
Por el murmullo que oyó a su espalda, Rick supo que era verdad, así que, sin decir una palabra más, metió el dedo en la boca del cerdito, hasta las entrañas de la máquina.
Al instante empezó a sonar un zumbido. La sensación que Rick notó no era tan fría como se había imaginado, sino más bien inquietantemente cálida y suave, casi como si un animal le estuviera chupando el dedo. Esto se vio interrumpido de pronto por un pinchazo agudo, para sacarle sangre. La intensidad de las vibraciones aumentó, y Rick, considerablemente alarmado, se percató de que no podía soltarse. Sin embargo, antes de que el pánico se apoderase por completo de él, la máquina se detuvo de golpe y expulsó su dedo.
Un papel salió despedido de una ranura situada en el costado y, con un gesto casi inconsciente, Rick lo cogió y se apartó a un lado, empujando su bolsa con el pie. Notó que el propietario de la máquina lo fulminaba con la mirada por su repentina torpeza, pero Rick no quiso darle la satisfacción de establecer contacto visual con él. Recogió sus compras anteriores y salió del local, sujetando en la otra mano el papel, que aún no había leído.
Una vez fuera de la tienda, se abrió paso entre un torrente inesperadamente denso de personas hacia un grupo de mesas instaladas en medio del pasillo. Una de ellas estaba ocupada por una joven que batallaba por darle el biberón a un infante que no paraba de soltar berridos. Rick se dirigió a la mesa más alejada y se dejó caer en una silla desde la que alcanzaba a ver el camino por donde había venido, como si temiera que la máquina de la muerte lo atacase por sorpresa, corriendo hacia él con sus ridículas patitas con la intención de sacarle otra muestra de sangre, una mucho más copiosa.
Un chillido desgarrador del niño que tenía cerca despertó a Rick de su fantasía. Sobresaltado, cayó en la cuenta de que había arrugado el papel al cerrar la mano con fuerza. Dejó la bolsa en el suelo y contempló su puño. Le resultaría fácil —incluso sencillo— desprenderse de él en ese instante. Bastaría con arrojar el papel arrugado a la papelera más cercana. Qué diablos, incluso tirarlo al suelo solucionaría el asunto. Había gastado veinte dólares en cosas más absurdas, por tanto, ¿qué importancia tendría?
Hizo entrechocar sus nudillos, se frotó con la mano vacía el puño en que tenía el papel. Si lo que decía la gente era cierto, aunque se deshiciera de esta predicción, obtendría otra igual más adelante. O sea que no había motivo para obsesionarse con ello ahora. Debía ir en busca de Shannon, besar esos labios carnosos y tentadores, proponerle un plan lascivo para cuando llegaran a casa, a fin de que ella, en vez de ofenderse, superase su oferta con una sugerencia aún mejor. A Rick se le escapó una sonrisa. Teniéndola a ella en su vida, ¿por qué habría de querer saber siquiera cómo iba a morir? No había que darle más vueltas. La decisión era fácil.
Pero, en cambio, abrió la mano y desplegó el papel.
No contenía un tipo de letra especial, ni bordes, ni colores; solo una palabra, escrita con letras sencillas y negras: «AMOR.»
Rick le dio la vuelta al papel para cerciorarse de no haber pasado algo por alto. No había nada más que AMOR. Frunció el ceño y sacudió la cabeza, desconcertado.
—¿Qué diantres se supone que significa esto?
Miró en torno a sí, pero no vio respuestas, solo a la madre, que arrullaba a su hijo, ya más tranquilo. ¿Cómo podía morirse de amor? ¿Cuál sería la causa: demasiado amor? ¿Demasiado poco? ¿El amor de un tercero, como ese ex novio psicópata de Shannon? La única vez que se habían visto, había amenazado con partirle la cara a Rick. ¿Y si ese chalado solo estaba esperando la mínima excusa para empuñar un cuchillo? ¿Y esa tía pirada con la que Shannon vivía antes de que empezara a salir con Rick? ¿Cómo se llamaba? ¿Kerry? ¿Kara? Había llorado como una Magdalena cuando Shannon le había devuelto las llaves. ¿A santo de qué? No paraba de lanzarle miradas asesinas a Rick. Él rehusó con cortesía pero con firmeza su ofrecimiento de un café. ¿Y si ella estaba por ahí, acechándolo?
O a lo mejor no tenía que ver con otra persona. ¿Se refería la máquina al amor en un sentido emocional, o a que iba a pasarle algo durante el acto sexual? ¿Acabaría su relación con Shannon en una ruptura tan devastadora que él solo encontraría consuelo en el nudo corredizo de una soga? ¿O tal vez el que quedara despechado de los dos intentaría poner fin a la historia con un acto dramático, insensato, violento?
AMOR. Rick contempló una vez más su futuro, su fallecimiento, antes de estrujar el papel en la mano y tirarlo al suelo. Era un hombre, no un niño, y no dejaría que dominase su vida la ridícula predicción de una máquina de la que no sabía nada y que pertenecía a un criajo que se creía muy listo y al que seguramente le ponía cachondo jugar con la cabeza de la gente. Lo que había entre Rick y Shannon era algo bueno, algo increíble, lo mejor que él había tenido en su vida. Ningún oráculo de tres al cuarto iba a cambiar eso. Ella no tenía por qué enterarse, y él nunca se lo contaría, de modo que, por lo que a él se refería, el asunto quedaba despachado. Podrían seguir viviendo como antes, compartiendo ese paraíso en la tierra, dos seres hechos el uno para el otro.
Justo en ese momento, un par de brazos lo rodeó desde atrás, envolviéndolo en un aroma que le resultaba familiar mientras la cabellera de ella se le derramaba sobre el hombro.
—Hola, guapo —le ronroneó Shannon al oído—. ¿Esperas a alguien? —Subrayó su pregunta con un beso en un lado de su cuello.
Rick sintió un escalofrío.
Escrito por KIT YONA
Ilustrado por VERA BROSGOL

Despedazado y devorado por leones

—Señora Murphy, pongo en su conocimiento que moriré despedazado y devorado por leones.
Simon Pfennig era plenamente consciente de lo extrañas que debían de sonar estas palabras.
No tenía elección. Era demasiado emocionante para no compartirlo.
Al otro lado de la línea se produjo un silencio de sorpresa. Era de esperar, pensó Simon. Se la imaginó allí, sentada en su salón (¿la gente seguía teniendo salones?), escuchando al vendedor soltarle un rollo por teléfono sobre las excelencias del nuevo seguro de vida de la Compañía X para mayores de cincuenta años, sobre la seguridad que daría a su familia si ella de pronto estirase la pata y sobre lo satisfecha que estaría, mientras se sumía en la oscuridad eterna, por haber conseguido evitar al menos convertirse en una pesada carga económica, y pam, dejarle caer este bombazo de buenas a primeras y sin venir a cuento. Como para que no se quedara sorprendida.
Al cabo de un rato, el silencio al otro lado de la línea se rompió.
—¿Disculpe?
—Voy a morir —repitió Simon— despedazado y devorado por leones.
—Perdone —dijo la señora Murphy—, ¿no me estaba hablando usted de seguros hace un momento?
—Así es —respondió Simon—. Ahora le estoy hablando de leones.
—Ah —dijo la señora Murphy, al parecer sin saber cómo tomárselo.
—¿Sabía usted que un león macho adulto puede consumir hasta treinta y cinco kilos de carne de una sola sentada, y que a menudo tiene que pasarse una semana entera sin comer nada más?
—Pues, eh... No lo sabía.
—¡O sea que yo solito le serviría para dos comidas! —exclamó Simon—. Esto es un poco la cuenta de la vieja, claro, porque no estoy hecho totalmente de carne.
—Bueno, ¿y quién lo está? —replicó la señora Murphy, con buena disposición.
—Exacto. Por un lado, están los huesos. No sé exactamente cuánto pesan. Los leones no se comen los huesos; se los dejan a las hienas. Pero, como comprenderá, eso no me preocupa demasiado, señora Murphy, puesto que voy a morir despedazado y devorado por leones, no por hienas.
—Eso ha dicho.
—Estaré muerto y bien muerto —continuó Simon— antes de que las hienas lleguen hasta mí.
—Ajá...
—Naturalmente, sin embargo, no espero durar las dos semanas enteras, ni mucho menos. Después de todo, como usted ya sabe, voy a ser despedazado y devorado por leones, en plural, no por un león. Y no es común que los leones machos vayan juntos, a menos que estén vagando por la sabana en grupos de solteros. —Simon se reclinó en su silla y estudió la solitaria lámpara fluorescente que tenía instalada en el techo de su diminuto cubículo, imaginándose por un momento que era el sol rojizo y abrasador del Serengeti—. No —prosiguió—, es mucho más probable que me despedacen y me devoren leonas, una manada de cazadoras ansiosas por llevarle comida a su patriarca leonino.
—Eh... entiendo.
—Como bien supondrá usted —añadió Simon—, he reflexionado bastante sobre esto, y al final he llegado a la conclusión de que la palabra «leones» no designa necesariamente a los machos de la especie de forma exclusiva. Es una buena noticia para mí, como comprenderá, pues he de confesarle que me he formado una idea romántica de cómo se desarrollarán los acontecimientos.
La señora Murphy le sonrió al teléfono; se le notaba en la voz.
—Ha leído su predicción hoy mismo, ¿verdad?
—De hecho —contestó Simon—, ya hace siete semanas.
—Ah —dijo la señora Murphy.
—Pero le pido disculpas, tiene usted razón. Seguramente deberíamos volver al tema de los seguros. —Simon se aclaró la garganta, se enderezó la corbata y adoptó de nuevo su voz de vendedor. Era una buena voz de vendedor, animada y entusiasta, escandalosamente distinta de la que había empleado en su vida laboral antes de aquel día de hacía dos meses, que a Simon le había dado por llamar «el Día de Morir Despedazado y Devorado por Leones»—. Señora
