1.ª edición: julio, 2015
© 2015 by Orson Scott Card
© Ediciones B, S. A., 2015
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
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ISBN DIGITAL: 978-84-9069-176-2
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Contenido
Portadilla
Créditos
Presentación
Dedicatoria
Prólogo
Primera Parte. PILLUELO
1. Poke
2. Comedor
3. Desquite
4. Recuerdos
Segunda Parte. NOVATO
5. Preparado o no
6. La sombra de Ender
7. Exploración
8. Buen estudiante
Tercera Parte. ERUDITO
9. El jardín de Sofía
10. Fisgón
11. Papaíto
12. Lista
Cuarta Parte. SOLDADO
13. Escuadra Dragón
14. Hermanos
15. Valor
16. Compañero
Quinta parte. LÍDER
17. Estacha
18. Amigo
19. Rebelde
20. Prueba y error
Sexta parte. VENCEDOR
21. Deducciones
22. Reunión
23. El juego de Ender
24. Vuelta a casa
Agradecimentos
Biografía
Presentación
Poco voy a decir en esta presentación sobre La sombra de Ender. El mismo Orson Scott Card comenta, pocas páginas más adelante, las razones y los porqués de esta novela que retorna al mito inicial de la formación de un líder militar en la Escuela de Batalla, donde los futuros estrategas de la humanidad reciben el entrenamiento preciso para su lucha contra los insectores.
El juego de Ender es ya un éxito indiscutible en la historia de la ciencia ficción de todos los tiempos. Tras el (para algunos) inesperado éxito de esa novela, la serie que unas veces se llama la saga de Ender y otras el cuarteto de Ender ha alcanzado otras cotas de éxito y maestría narrativa, aunque tal vez no haya logrado el extraordinario éxito popular con que fue saludada la primera entrega de la serie. La voz de los muertos era una obra muy seria que ya no iba dirigida al público adolescente que tanto había gozado con El juego de Ender y contribuido a su éxito. Más tarde, Ender, el xenocida e Hijos de la mente («de la mente de Ender», deberíamos decir) utilizaban a este personaje para narrar otra historia tal vez distinta y de un alcance mucho más filosófico.
En esta ocasión Card se atreve con algo nuevo e inesperado: una novela paralela a El juego de Ender. Una novela que puede leerse con el referente de esa obra ya mítica en la historia de la ciencia ficción, o completamente al margen de ella. Un aficionado y especialista en ciencia ficción como Steven H. Silver comenta con gran acierto:
Otra decisión inteligente de Card al escribir La sombra de Ender reside en el hecho de que la novela se mantiene por sí sola. Aunque el lector gana una mayor profundidad si ha leído El juego de Ender, conocer ese libro anterior no es necesario (y puede resultar, en algún aspecto, incluso perjudicial) para disfrutar La sombra de Ender.
Con La sombra de Ender, Card retorna, con el mismo estilo, temática y fuerza narrativa, al Ender de la Escuela de Batalla, donde el mayor líder de la humanidad se entrena para derrotar a los insectores. Novela paralela y complementaria, Card amplía aquí la extraordinaria fuerza de la emotiva saga de Ender; ilumina los acontecimientos narrados en El juego de Ender con el punto de vista de Bean, un niñito llamado a ser el lugarteniente de Ender y, en definitiva, un ser tan excepcional como su líder; y refuerza el incuestionable atractivo del mito que constituye la poderosa conclusión de El juego de Ender.
Ender no era el único niño en la Escuela de Batalla, sólo el mejor entre los mejores. Bean, un ser prácticamente tan superdotado como Ender, verá en éste a un rival pero también a un líder irrepetible. Con su prodigiosa inteligencia obtenida por manipulación genética, Bean ve y deduce incluso lo que Ender no llega a conocer. Lugarteniente, amigo, tal vez posible suplente, Bean nos muestra el trasfondo de lo que ocurría en la Escuela de Batalla y que, tal vez, el mismo Ender nunca llegó a saber.
La opción de Card es arriesgada y sólo un gran maestro de la narrativa como él podía superar con éxito las dificultades que su propio intento le plantea. Posiblemente la mayor de esas dificultades es que el personaje Bean no se «coma» al personaje Ender. Debo decir que, en mi opinión, Bean resulta un personaje de una fuerza manifiesta, por lo que el peligro era evidente. Por fortuna, aun mostrándonos el grandísimo interés de un personaje como Bean, Card es capaz de mantener a Ender en el lugar de excepción que le corresponde en la historia de la saga. Tal vez el tratamiento será distinto cuando Ender no esté presente en la novela, como muy posiblemente ocurrirá en la próxima entrega de esta nueva serie que, prevista su aparición en inglés en enero de 2001, va a titularse La sombra del Hegemón. Espero poder ofrecerla pronto en NOVA.
Y nada más, lean a Card, conozcan sus intenciones y, sobre todo rememoren tiempos pasados y la gozada que fue la lectura de El juego de Ender. Hoy en día, por desgracia, ya no quedan muchas posibilidades de leer novelas como ésta. Disfrútenla.
No obstante, antes de terminar, permítanme una herejía: La sombra de Ender me parece mejor que El juego de Ender. Las razones son varias y, aunque, personalmente, suelen gustarme más los segundones como Bean que los líderes como Ender, la razón definitiva es que Card es hoy un narrador mucho más experto que hace quince años. Entonces podía decirse que tenía intuición, hoy domina el arte narrativo como pocos en la ciencia ficción mundial. Y aunque yo también soy un lector bastante más cuidadoso y exigente que hace años (esto de hacer de «editor» acaba dejando huella y, tal vez, imprime carácter...), no dejo de maravillarme por la forma como Scott ha construido esta trama y la ha ligado a la de El juego de Ender, al tiempo que creaba un personaje como Bean llamado a un futuro brillante. Posiblemente soy capaz de reconocer muchos de sus «trucos» (o, si lo prefieren, habilidades) de narrador, pero no me importa: son esenciales en la novela y me «meten» en ella de forma inevitable. Todos sabemos que Alfred Hitchcock era un genio en el uso del lenguaje cinematográfico y, aunque sus películas estuvieran plagadas de «trucos» narrativos cinematográficos, reconocemos su maestría. A ese nivel llega Card en La sombra de Ender. Más sencilla que La voz de los muertos, esta última novela me parece incluso mucho más poderosa que El juego de Ender, y está llamada a repetir su éxito. El tiempo me dará la razón, estoy seguro.
En cualquier caso, estoy impaciente para saber más cosas de Bean. Un genio del calibre de Ender pero, afortunadamente, libre de tener que ejercer como líder. La espera, hasta enero de 2001, de La sombra del Hegemón se me va a hacer dura. Lo sé.
Mientras tanto, siempre nos quedarán tanto París como el juego y la sombra de Ender. Lo cual no es poco.
Miquel Barceló
A Dick y Hazie Brown
en cuyo hogar nadie pasa hambre
y en cuyos corazones
nadie es extraño
Prólogo
Estrictamente hablando, este libro no es una secuela, porque empieza y termina más o menos en el mismo punto cronológico que El juego de Ender. De hecho, es la narración de la misma historia, desde el punto de vista de otro personaje, por lo que ambas comparten personajes y escenarios. Resulta difícil hallar un término que la defina. ¿Se trata de una novela compañera? ¿Una novela paralela? Quizás un «paralaje», si se me permite aplicar un término científico a la literatura.
En principio, esta novela va destinada tanto a quienes nunca hayan leído El juego de Ender como a aquellos que hayan visitado esa obra varias veces. Como no es una segunda parte, no hay ninguna información de El juego de Ender necesaria para comprender este libro que no aparezca aquí. Sin embargo, si he conseguido mi objetivo literario, los dos libros se complementarán y se ayudarán mutuamente. No importa cuál lea usted primero, la otra novela debe seguir funcionando por mérito propio.
Durante muchos años, he observado con agradecimiento que El juego de Ender crecía en popularidad, sobre todo entre los lectores en edad escolar.
Aunque nunca pretendí que fuera una novela juvenil, ha sido recibida con entusiasmo por muchos jóvenes y otros tantos profesores que han encontrado la manera de usar el libro en sus clases.
Nunca me ha sorprendido que sus continuaciones (La voz de los muertos, Ender el Xenocida, e Hijos de la mente) no atrajeran tanto a los jóvenes lectores. El motivo obvio es que El juego de Ender se centra en torno a un niño, mientras que las secuelas lo hacen en torno a adultos: quizás más importante, El juego de Ender es, al menos en apariencia, una novela heroica y aventurera, mientras que las continuaciones plantean un tipo de historia completamente distinta, de ritmo más lento y contemplativo, centrada en las ideas, además de abordar temas de importancia menos inmediata para los intereses juveniles.
Sin embargo, recientemente me he dado cuenta de que los tres mil años que median entre El juego de Ender y sus continuaciones dejan espacio de sobra para otras secuelas que guarden una relación más estrecha con el original. De hecho, en cierto sentido El juego de Ender carece de secuelas, pues los otros tres libros forman una historia continua en sí mismos.
Durante algún tiempo consideré la idea de abrir el universo de El juego de Ender a otros escritores, y llegué a invitar a un autor cuya obra admiro, Neal Shusterman, para que colaborara conmigo en la creación de novelas sobre los compañeros de Ender Wiggin en la Escuela de Batalla.
Al comentar el tema, llegamos a la conclusión de que el personaje más evidente para empezar era Bean, el niño-soldado a quien Ender trataba como a él lo habían tratado sus maestros adultos.
Y en ese momento sucedió algo. Cuanto más hablábamos, más envidia me producía el hecho de que Neal fuera a escribir ese libro, y no yo, hasta que por fin comprendí que, lejos de acabar escribiendo sobre «chicos en el espacio», como cínicamente describía el proyecto, cada vez tenía más que decir, pues había aprendido unas cuantas cosas en los años que habían transcurrido desde la primera aparición de El juego de Ender en 1985. Y así, aunque aún espero que Neal y yo trabajemos juntos en algún proyecto, retiré rápidamente la propuesta.
Pronto descubrí que contar la misma historia de forma distinta es más difícil de lo que parece, sobre todo porque, a pesar de variar el punto de vista, el autor era el mismo, con las mismas creencias de base sobre el mundo. Me ayudó el hecho de que a lo largo de mi carrera había aprendido algunas estrategias, y podía incluir en el proyecto distintas preocupaciones y una mayor capacidad de comprensión. Ambos libros provienen de la misma mente, pero no igual: se basan en los mismos recuerdos de la infancia, pero desde una perspectiva distinta. Para el lector, el paralaje se crea por Ender y Bean, separados a medida que viven los mismos acontecimientos. Para el escritor, el paralaje fue creado por una docena de años en los que mis hijos crecieron, y nacieron los más pequeños, y el mundo cambió a mi alrededor, y yo aprendí unas cuantas cosas sobre la naturaleza humana y sobre el arte que antes ignoraba.
Ahora tienen ustedes este libro en las manos. Ustedes juzgarán si el experimento literario ha tenido éxito o no. Para mí mereció la pena zambullirme de nuevo en el mismo pozo, pues el agua había cambiado enormemente, y si no se había convertido exactamente en vino, al menos tiene un sabor diferente por el recipiente distinto en el que fue transportado, y espero que lo disfruten tanto, o incluso más.
Greensboro, Carolina del Norte, enero de 1999
Primera Parte
PILLUELO
1
Poke
—¿Creen haber hallado algo, y por eso le darán carpetazo a mi programa?
—No se trata de ese chico que encontró Graff, sino de la baja calidad de lo que han estado haciendo.
—Sabíamos que era difícil. Pero para los chicos con los que estoy trabajando el simple hecho de continuar con vida implica librar una auténtica guerra.
—Sus chicos están tan mal nutridos que sufren un grave deterioro mental antes de que empiece siquiera a ponerlos a prueba. La mayoría de ellos ni siquiera ha establecido ningún vínculo humano normal; están tan aturdidos que no pueden pasar un solo día sin buscar algo que puedan robar, romper o estropear.
—También representan posibilidades, como todos los niños.
—Ése es el tipo de sentimentalismo que desacredita todo su proyecto ante la F.I.
Poke siempre estaba alerta. Se suponía que los niños más pequeños también tenían que estar en guardia, y a veces eran bastante observadores, pero no advertían todos los detalles, y eso significaba que Poke sólo podía depender de sí misma para detectar el peligro.
Había peligros para dar y regalar. Los polis, por ejemplo. No aparecían con mucha frecuencia, pero cuando lo hacían, parecían especialmente decididos a limpiar las calles de niños. Hacían sacudir sus látigos magnéticos, lanzando crueles y agresivos golpes incluso a los niños más pequeños, y los trataban como si fueran alimañas, ladrones, ratas, una plaga en la hermosa ciudad de Rotterdam. La misión de Poke consistía en observar los cambios que se producían a lo lejos, que podían sugerir que los polis habían iniciado una redada. Entonces hacía sonar el silbato de alarma, y los pequeños corrían a sus escondites y no salían de ellos hasta que el peligro había pasado.
Pero los polis no venían tan a menudo. El verdadero peligro era mucho más inmediato: los chicos grandes. Poke, a los nueve años, era la líder de su pequeño grupo (aunque ninguno de ellos sabía con seguridad que era una chica), pero eso no impresionaba nada a los chavales y chavalas de once, doce y trece años que mandaban en las calles. Los mendigos, ladrones y prostitutas adultos no prestaban atención alguna a los niños pequeños, excepto para apartarlos a patadas de su camino. Pero los niños mayores, maltratados por otros, se volvían y acechaban a los más pequeños. Cada vez que la banda de Poke encontraba algo que comer (sobre todo si descubrían una fuente de basura segura o un blanco fácil para hallar una moneda o un poco de comida) tenían que vigilar celosamente y ocultar sus ganancias, pues a los matones nada les gustaba más que robarles las mondas de comida que pudieran obrar en poder de los pequeños. Robar a los niños más chicos era mucho más seguro que asaltar las tiendas o a los transeúntes. Y Poke se daba cuenta de que disfrutaban con estas travesuras. Les gustaba ver cómo los críos pequeños se acobardaban y les obedecían, gemían y les daban todo lo que exigían.
Así que cuando el niño delgaducho se encaramó en lo alto de un cubo de basura al otro lado de la calle, Poke, que estaba al quite, lo vio de inmediato. El niño, de unos dos años, estaba al borde de la inanición. No, estaba medio muerto ya. Tenía los brazos y piernas tan delgados que las articulaciones le sobresalían, hasta el punto de darle un aspecto ridículo, y lucía un vientre hinchado. Si el hambre no acababa pronto con él, lo haría la llegada del otoño, porque no es que fuera muy abrigado, ciertamente.
En condiciones normales, ella no le habría prestado más que un poco de atención. Todavía miraba a su alrededor, con actitud inteligente. No tenía el estupor de los muertos ambulantes, ni buscaba comida ni se preocupaba por encontrar un lugar cómodo donde tenderse mientras aspiraba las últimas bocanadas del pestilente aire de Rotterdam. Después de todo, para ellos la muerte no supondría un cambio rotundo. Todo el mundo sabía que Rotterdam era, si no la capital, el principal puerto marítimo del infierno. La única diferencia entre Rotterdam y la muerte era que, con Rotterdam, la condena no era eterna.
El niño pequeño... ¿qué estaba haciendo? No buscaba comida. No observaba a los peatones. Lo cual tampoco importaba... No había ninguna posibilidad de que nadie dejara nada para un niño tan pequeño. Si tenía la suerte de encontrar algo, se lo quitarían los otros niños, entonces, ¿por qué molestarse? Si quería sobrevivir, debería seguir a los carroñeros mayores para lamer los envoltorios de comida que éstos dejaran, para chupar los últimos restos de azúcar o harina en polvo de los paquetes, siempre y cuando no hubieran acabado con todo. La calle no tenía nada que ofrecer a este muchachito, no a menos que fuera recogido por una banda, y Poke no podía quedárselo. No sería más que una carga, y sus chicos ya las estaban pasando bastante canutas sin el añadido de otra boca inútil.
Va a pedir, pensó. Va a gemir y suplicar. Pero eso sólo funciona con los ricos. Yo tengo que pensar en mi banda. Él no es uno de los míos, así que no me importa. Aunque sea pequeño. Para mí no es nadie.
Un par de putas de doce años, que normalmente no trabajaban en esa esquina, se dirigían hacia la base de Poke. Ella silbó. Los niños se dispersaron de inmediato; se quedaron en la calle, pero como si no formaran parte de una banda.
No sirvió de nada. Las putas ya sabían que Poke era la cabecilla, y naturalmente la agarraron por los brazos y la apretujaron contra la pared, exigiéndole que pagara su tarifa, su «permiso». Poke no podía decir que no tenía nada que compartir, y era plenamente consciente de ello: siempre trataba de guardar algo para aplacar a los matones hambrientos. Se dio cuenta de que estas putas estaban hambrientas. No tenían el aspecto que gustaba a los pedófilos cuando venían de caza. Eran demasiado delgadas, y mayores. Así pues, hasta que se les desarrollara el cuerpo y empezaran a atraer el comercio un poco menos pervertido, tenían que recurrir al carroñeo. A Poke le hervía la sangre, sólo de pensar que tuvieran que robarles a ella y a su banda, pero era más inteligente pagarles. Si le daban una paliza, no podría cuidar de ellos, ¿no? De modo que las llevó a uno de los escondrijos y les ofreció una bolsita que todavía tenía medio pastelito dentro.
Estaba rancio, ya que lo había guardado hacía un par de días para ocasiones como ésta. Aun así, las dos putas lo tomaron, rompieron la bolsa y una de ellas se comió la mitad antes de ofrecer a su amiga el resto. O más bien la que fuera su amiga, pues tales acciones son siempre inicio de pelea. Las dos se enzarzaron en una riña, gritando como locas, abofetéandose y arañándose sin piedad. Poke las observó con atención, esperando que se les cayera al suelo el resto del pastelito, pero no hubo suerte. El apetitoso dulce cayó en la boca de la misma niña que se había comido ya el primer bocado... y fue esa misma niña quien ganó la pelea, por supuesto. La otra no tuvo más remedio que darse a la fuga, en busca de un lugar donde refugiarse.
Poke se dio la vuelta, y se encontró cara a cara con el niño pequeño. Casi tropezó con él. Furiosa como estaba por haber tenido que regalar la comida a las dos furcias callejeras, le propinó un rodillazo y lo tiró al suelo.
—No te pongas detrás de la gente si no quieres aterrizar de culo —amenazó.
El niño se levantó sin más y la miró, expectante, exigente.
—No, pequeño hijo de puta, no vas a conseguir nada de mí —dijo Poke—. No voy a quitarle ni una sola habichuela a mi banda. Tú no mereces eso.
La banda empezaba a agruparse de nuevo, ahora que los matones habían pasado.
—¿Por qué les diste tu comida? —inquirió el niño—. La necesitas.
—¡Oh, discúlpame! —dijo Poke. Alzó la voz, de modo que su banda pudiera oírla—. Supongo que tú deberías ser el jefe aquí, ¿verdad? Como eres tan grande, no tienes problemas para encontrar comida.
—Yo no —repuso el niño—. No merezco ni una habichuela, ¿recuerdas?
—Sí, lo recuerdo. Tal vez eres tú quien debería recordarlo y cerrar el pico.
La banda se echó a reír.
Pero el niño pequeño permaneció impertérrito.
—Os hace falta un matón —aseveró.
—Yo no mantengo matones, me deshago de ellos —respondió Poke. No le gustaba la forma en que el niño le hablaba, llevándole la contraria. Si seguía así, al final tendría que hacerle daño.
—Le das comida a los matones todos los días. Dásela a un solo matón y que él os acobarde a los demás.
—¿Crees que nunca he pensado en eso, estúpido? Pero una vez que lo haya comprado, ¿cómo lo conservo? No luchará por nosotros.
—Pues en ese caso mátalo —dijo el niño.
Esa idea tan absurda hizo enloquecer a Poke. Todo aquello no tenía ni pies ni cabeza, al fin y al cabo. Asestó otro rodillazo al niño, y en esta ocasión le dio una patada cuando caía al suelo.
—Tal vez deba empezar matándote a ti.
—No merezco ni una habichuela, ¿recuerdas? —insistió el niño—. Matas a un matón y luego haces que otro luche por ti: quiere tu comida, y te tiene miedo también.
Ella no supo qué decir ante un comentario tan ridículo.
—Os están comiendo —dijo el niño—. Os devoran. Así que tienes que matar a uno. Adelante, todos son tan pequeños como yo. Las piedras rompen las cabezas de cualquier tamaño.
—Me das asco —espetó ella.
—Porque no se te ha ocurrido antes.
El niño estaba arriesgando su propio pellejo al hablarle de esa forma. Si ella le hacía el más mínimo daño, se moriría; él debía de ser consciente de eso.
Pero no había duda de que la muerte vivía en el interior de su frágil camisa. En este caso, ¿qué importancia tenía si la muerte se le acercaba un poco más?
Poke se volvió y echó un vistazo a su grupo. No leyó nada en sus rostros.
—No necesito que ningún mequetrefe como tú me diga que mate lo que no podemos matar.
—Un niño pequeño se pone tras él, lo empujas y se cae —dijo el niño—. Tienes piedras grandes, ladrillos. Golpéalo en la cabeza. Cuando veas los sesos, se acabó.
—No me sirve de nada muerto —respondió ella—. Quiero a mi propio matón, para que nos mantenga a salvo. No quiero a nadie muerto.
El niño sonrió.
—Así que ahora te gusta mi idea.
—No puedo fiarme de ningún matón.
—Os vigila en el comedor de caridad —prosiguió el niño—. Os mete en el comedor —seguía mirándola a los ojos, pero ahora había subido el tono de voz para que los demás lo oyeran—. Os mete a todos en el comedor.
—Si un niño pequeño entra en el comedor, los niños mayores le dan una paliza —intervino Sargento. Tenía ocho años, y actuaba como si pensara que era el segundo de Poke, aunque la verdad era que ella no tenía ningún segundo.
—Si tenéis un matón, los ahuyentará.
—¿Cómo espantará a dos matones? ¿A tres matones? —preguntó Sargento.
—Como yo decía —respondió el niño—. Lo empujáis, no es tan grande. Agarráis vuestras piedras. Estáis preparados. ¿No eres un soldado? ¿No te llaman Sargento?
—Deja de hablar con él, Sarge —sugirió Poke—. No sé por qué ninguno de nosotros está hablando con un niño de dos años.
—Tengo cuatro.
—¿Cómo te llamas?
—Nadie me ha dado nunca un nombre.
—¿Quieres decir que eres tan estúpido que no puedes acordarte de tu propio nombre?
—Nadie me ha dado nunca ningún nombre —repitió él. Seguía mirándola a los ojos, tumbado en el suelo, rodeado por el grupo.
—No vales ni una habichuela —dijo ella.
—Exacto.
—Sí —asintió Sargento—. ¡Una maldita habichuela1!
—Así que ahora tienes un nombre —repuso Poke—. Vuelve y siéntate en ese cubo de basura, pensaré en lo que has dicho.
—Necesito comer algo —dijo Bean.
—Si consigo un matón, si lo que dices funciona, entonces tal vez te dé algo.
—Necesito comer ahora.
Ella sabía que era verdad.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó seis cacahuetes que había reservado. El niño se sentó en el suelo y tomó uno, se lo metió en la boca y masticó lentamente.
—Quédatelos todos —dijo ella, impaciente.
Él extendió su manita. Era débil. Fue incapaz de cerrar el puño.
—No puedo sostenerlos todos —manifestó—. No cierro bien la mano.
Maldición. Poke se dio cuenta de que estaba desperdiciando unos sabrosos cacahuetes, al dárselos a un niño que iba a morirse de un momento a otro.
De todas formas iba a probar su idea. Era audaz, pero ese plan abría una pequeña puerta a la esperanza, algo totalmente insólito: igual su situación mejoraría, igual no tendrían que ponerse ropa de niña nunca más, ni dedicarse al negocio de la prostitución.
Y como esta idea se le había ocurrido al niño, la banda tenía que ver que lo trataba con justicia. De este modo te ganas el respeto de la banda, y seguirás siendo la cabecilla, porque saben que siempre serás justa.
Así que mantuvo la mano extendida mientras el niño se comía los seis cacahuetes, uno a uno.
Cuando engulló el último, la miró a los ojos durante otro largo instante, y entonces dijo:
—Será mejor que estés dispuesta a matarlo.
—Lo quiero vivo.
—Tienes que matarlo si no es el que más te conviene.
Con esas palabras, Bean volvió gateando hasta su cubo de basura y con esfuerzo se subió en lo alto para seguir vigilando.
—¡No tienes cuatro años! —le gritó Sargento.
—Tengo cuatro, pero soy pequeño —respondió el niño, también a gritos.
Poke mandó callar a Sargento y se pusieron a buscar piedras, ladrillos y trozos de carbón. Si iban a librar una guerra, sería mejor que estuvieran armados.
A Bean no le gustaba su nuevo nombre, pero era un nombre, y tener un nombre significaba que alguien más sabía quién era y necesitaba algo para llamarlo. Sí, eso le gustaba, y también le gustaban los seis cacahuetes. Su boca apenas sabía qué hacer con ellos. Casi le dolían las mandíbulas, de tanto masticar.
Y también le dolía ver cómo Poke se cargaba el plan que le había sugerido. Bean no la había elegido porque fuera la jefa de banda más lista de Rotterdam. Todo lo contrario. Su grupo apenas sobrevivía porque no sabía desenvolverse con entereza. Además, era demasiado compasiva. No era capaz de procurarse suficiente comida para parecer bien alimentada; así pues, aunque su propia banda sabía que era amable y la apreciaba, a los desconocidos no les parecía demasiado competente. No la juzgaban buena en su trabajo.
Pero si realmente lo fuera, nunca lo habría escuchado. Él nunca se habría acercado tanto. O si lo hubiera escuchado y le hubiera dado la razón, se habría deshecho de él. Así era como funcionaba la calle. Los niños amables morían. Poke era demasiado amable para permanecer con vida. Con eso contaba Bean. Pero ahora se sentía atemorizado.
Todo el tiempo que había invertido en observar a la gente mientras su cuerpo se consumía habría sido inútil si ella no podía conseguirlo. No es que Bean no hubiera desperdiciado un montón de tiempo él mismo. Al principio, cuando observaba cómo se las arreglaban los niños de la calle, cómo se robaban unos a otros, abalanzándose a sus gargantas, a sus bolsillos, vendiendo todas las partes de sí mismos que estaban en venta, era consciente de que la situación podría mejorar con dos dedos de frente, pero no se fiaba de su propia reflexión. Sin duda tenía que haber algo más que no entendía. Se esforzó por aprender más... más de todo. Aprender a leer para saber qué decían los carteles de los camiones, de las tiendas, de los carros y las papeleras. Familiarizarse lo suficiente con el holandés y la F.I. Común para comprender todo lo que se decía a su alrededor. El hecho de que el hambre lo distrajera en todo momento no le era de una gran ayuda, precisamente. No le habría costado tanto hallar comida si no se hubiera pasado todo el tiempo estudiando a la gente. Pero por fin se dio cuenta: ya lo comprendía. Lo había comprendido desde el principio. No había ningún secreto que Bean no hubiera desvelado todavía porque era pequeño. Si todos aquellos niños lo manejaban todo con unas artimañas tan estúpidas se debía a que eran estúpidos. Así de sencillo.
Ellos eran estúpidos y él era listo. Entonces, ¿por qué él se moría de hambre y esos mocosos seguían vivos? Fue entonces cuando decidió pasar a la acción. Fue entonces cuando eligió a Poke como cabecilla de su banda. Y ahora estaba sentado en un cubo de basura, viendo cómo la cagaba.
Eligió al matón equivocado, eso fue lo primero que hizo. Necesitaba a un tipo grande, imponente, que intimidara a la gente. Necesitaba a alguien corpulento y torpe a la vez, agresivo pero fácil de controlar. En cambio, ella piensa que necesita a alguien pequeño. ¡No, cabeza hueca! ¡Cabeza hueca! Quiso gritarle cuando vio que se acercaba a su objetivo un matón que se llamaba a sí mismo Aquiles, como el héroe de los cómics. Era pequeño y avispado y listo y rápido, pero tenía una pierna lastimada. Por eso pensaba que no le supondría ningún problema acabar con él. ¡Menuda cabeza hueca! La idea no era tumbarlo... Se puede tumbar a cualquiera la primera vez, porque no se lo esperan. Necesitas a alguien que lo acepte.
Pero no dijo nada. No debía hacerla enfadar. A ver qué ocurría. A ver cómo era Aquiles cuando lo zurraban. Seguro que tendría que matarlo y esconder el cadáver. Luego debería intentarlo de nuevo con otro matón antes de que corriera la voz de que una banda de niños pequeños merodeaba por allí cargándose matones.
Ahí estaba Aquiles, muy chulo él (o tal vez ése era el paso forzado al que le obligaba su pierna coja), y Poke se acobardó con grandes aspavientos y trató de escapar. Mal trabajo, pensó Bean. Aquiles se coscaría enseguida. Algo iba mal. ¡Tendrías que actuar como de costumbre! ¡Cabeza hueca! Y Aquiles miró a su alrededor una vez más. Cauto. Ella le dijo que tenía algo guardado, lo cual era normal, y lo condujo al callejón de la trampa. Pero él titubeó. Se mostró receloso. No iba a funcionar.
Pero sí funcionó, por la pierna coja. Aquiles vio cómo se cerraba la trampa pero no pudo escapar, luego un par de niños pequeños se situaron tras sus piernas mientras Poke y Sargento lo empujaban. Entonces un par de ladrillos golpearon su cuerpo y su pierna mala, con fuerza, y los mocosos se pusieron manos a la obra, hicieron su trabajo, aunque Poke fuera estúpida. Y sí, perfecto, Aquiles se asustó, pensó que iba a morir.
Bean se había bajado de su atalaya. Recorrió el callejón, con actitud vigilante. Era difícil ver más allá de la multitud. Se abrió paso, y los niños pequeños (que eran todos más grandes que él), lo reconocían, sabían que se había ganado el derecho a ver esto, y le dejaron pasar. Se situó junto a la cabeza de Aquiles. Poke se alzó sobre él, sujetando una piedra enorme, y le habló.
—Cuélanos en la fila de comida del refugio.
—Claro, desde luego, lo haré, te lo prometo.
No debía fiarse de él. Debía mirarlo a los ojos, buscando una debilidad.
—De este modo conseguirás más comida, Aquiles. Tienes a mi banda. Si comemos suficiente, tenemos más fuerza, te traemos más comida a ti. Necesitas una banda. Los otros matones te apartan de su camino... ¡Lo hemos comprobado! Pero con nosotros, se acabó. ¿Ves cómo lo hacemos? Un ejército, eso es lo que somos.
Muy bien, ahora lo estaba pillando. Era una buena idea, y él no era estúpido, así que le gustó la propuesta.
—Si este plan te parece tan inteligente, Poke, ¿cómo es que no lo has hecho antes?
Ella no tenía nada que decir al respecto. En cambio, miró a Bean.
Sólo fueron unos segundos, pero Aquiles se percató de esa mirada. Y Bean supo qué estaba pensando. No había duda alguna...
—Mátalo —dijo Bean.
—No seas estúpido —replicó Poke—. Está con nosotros.
—Eso es —dijo Aquiles—. Estoy con vosotros. Es una buena idea.
—Mátalo —dijo Bean—. Si no lo matas ahora, él te matará a ti.
—¿Dejas que un mojón ambulante como éste te dé órdenes? —dijo Aquiles.
—Es tu vida o la suya —dijo Bean—. Mátalo y ve a por otro tipo.
—Apuesto a que el otro tipo no tendrá una pierna mala —dijo Aquiles—. Otro tipo pasará de vosotros. Yo no. Soy el que queréis. Todo encaja.
Ante la advertencia de Bean, ella se mostró más cautelosa. No lo había pillado todavía.
—¿Y si más tarde resulta que te da vergüenza tener a un puñado de niños chicos en tu banda?
—Es tu banda, no la mía —corrigió Aquiles.
Mentiroso, pensó Bean. ¿No ves que te está mintiendo?
—Tal como yo lo veo, esto es mi familia —manifestó Aquiles—. Son mis hermanos y hermanas. Tengo que cuidar de mi familia, ¿verdad?
Bean vio de inmediato que Aquiles había ganado. Era un matón poderoso, y había dicho que eran sus hermanos. Bean podía adivinar el hambre en sus rostros. No era hambre de comida a la que ya estaban acostumbrados, sino el hambre real, el ansia profunda de una familia, de amor, de un sitio en el que encajar. Todos los miembros de la banda de Poke tenían un poco de todo eso. Pero Aquiles les prometía más. Acababa de superar la mejor oferta de Poke. Ahora era demasiado tarde para matarlo.
Demasiado tarde, pero por un momento pareció que Poke era tan estúpida que iba a dar el paso y matarlo después de todo. Alzó la piedra, para golpearlo.
—No —protestó Bean—. No puedes. Ahora es de la familia.
Ella bajó la piedra hasta su cintura. Lentamente, se volvió para mirar a Bean.
—Largo —ordenó—. Tú no eres de los nuestros. No pintas nada aquí.
—No —dijo Aquiles—. Será mejor que continúes y me mates, si piensas tratarlo así.
Oh, que valiente de su parte. Pero Bean sabía que Aquiles no era valiente. Sólo listo. Ya había ganado. No significaba nada que estuviera allí tirado en el suelo y Poke todavía tuviera la piedra. Ahora era su banda. Poke estaba acabada. Pasaría algún tiempo antes de que alguien más, aparte de Bean y Aquiles, lo comprendieran, pero la prueba en que la autoridad estaba en juego era aquí y ahora, y Aquiles iba a derrotarla.
—Este niño —dijo Aquiles—, puede que no sea parte de tu banda, pero es parte de mi familia. A mi hermano no se le dice que se pierda.
Poke vaciló. Tan sólo un momento.
Lo suficiente.
Aquiles se sentó en el suelo. Se frotó las magulladuras, comprobó sus contusiones. Miró admirado a los niños pequeños que lo habían derribado.
—¡Maldita sea! ¡Qué malos sois!
Ellos soltaron una risilla nerviosa. ¿Les haría daño porque ellos le habían hecho daño a él?
—No os preocupéis. Ya me habéis demostrado lo que podéis hacer. Tendremos que hacérselo a más de un par de matones, ya veréis. Pero antes yo debía saber que podíais hacerlo bien. Buen trabajo. ¿Cómo os llamáis?
Uno a uno, se aprendió sus nombres. Se los aprendió y los memorizó, y cuando se equivocaba le sabía tan mal que pedía disculpas y procuraba que no volviera a suceder.
Quince minutos más tarde, lo amaban.
Si podía hacer esto, pensó Bean. Si es tan bueno haciendo que la gente lo quiera, ¿por qué no lo hizo antes?
Porque estos idiotas siempre buscan poder. La gente que está por encima de ti nunca quiere compartir el poder contigo. ¿Por qué te vuelves hacia ellos? No te dan nada. A la gente que está por debajo les das esperanza, les infundes respeto, y ellos te dan poder, porque piensan que no tienen ninguno, así que no les importa entregarlo.
Aquiles se puso en pie, un poco tembloroso, la pierna mala más magullada que de costumbre. Todos retrocedieron, dejándole espacio. Podía marcharse ahora, si quería. Marcharse para nunca más regresar. O ir a buscar a otros matones, volver y dar a la banda su merecido. Pero se quedó allí, y sonrió, se metió las manos en los bosillos y sacó algo increíble. Un puñado de pasas. Un puñado grande. Todos miraron su mano como si tuviera en la palma la marca de un clavo.
—Los hermanos pequeños primero —dijo—. Los más pequeños primero —añadió, mirando a Bean—. Tú.
—¡Él no! —exclamó el siguiente—. Ni siquiera lo conocemos.
—Bean fue quien quiso que te matáramos —dijo otro.
—Bean —dijo Aquiles—. Bean, sólo cuidabas de mi familia, ¿verdad?
—Sí —asintió Bean.
—¿Quieres una pasa?
Bean asintió.
—Tú primero. Eres el que nos ha unido, ¿de acuerdo?
Aquiles tenía la opción de matarlo o no. En ese momento, lo único que importaba era la pasa. Bean la tomó. Se la metió en la boca. Ni siquiera la mordió. Dejó que su saliva la empapara, arrancándole el sabor.
—¿Sabes? —dijo Aquiles—. No importa cuánto tiempo la tengas en la lengua, nunca se convierte en una uva.
—¿Qué es una uva?
Aquiles se rió de él, que seguía sin masticar. Entonces repartió las pasas entre los otros niños. Poke nunca había compartido tantas pasas, porque nunca había tenido tantas para repartir. Pero los niños pequeños no lo comprendían. Pensaban: Poke nos daba basura, y Aquiles nos da pasas. Y todo porque eran estúpidos.
1 En inglés, Bean, a partir de ahora el nombre del niño. Se ha respetado la traducción de El juego de Ender en vez de traducir el término o adaptarlo. (N. del T.)
2
Comedor
—Sé que ya han examinado la zona, y probablemente han acabado con Rotterdam, pero ha sucedido algo en estos días. Fue a partir de su visita... Oh, no estoy segura, quizá son sólo suposiciones. No tendría que haber llamado.
—Cuénteme, la escucho.
—Siempre hay luchas en la cola. Intentamos detenerlos, pero sólo tenemos unos cuantos voluntarios, y no podemos prescindir de ellos porque mantienen el comedor en orden y sirven la comida. Así que sabemos que un montón de niños a los que debería tocarles el turno ni siquiera se ponen en la cola, porque los expulsan. Y si conseguimos detener a los matones y dejar que entre uno de los pequeños, entonces le dan una paliza después. Nunca volvemos a verlos. Esta situación no puede continuar.
—Es la supervivencia del más fuerte.
—O del más cruel. Se supone que la civilización es todo lo contrario.
—Usted es civilizada. Ellos no.
—Aun así, todo ha cambiado. En los últimos días. No sé por qué. Pero es que... usted dijo que todo lo que fuera diferente, y quien esté detrás... quiero decir, ¿es posible que de pronto la civilización evolucione de nuevo, en medio de una jungla de niños?
—Es el único sitio donde no evoluciona jamás. He acabado mi trabajo en Delft. Ya no pintamos nada aquí. Ya me he hartado de platos azules.
Bean se mantuvo en segundo plano durante las semanas que siguieron. Ahora no tenía nada que ofrecer: ya se habían quedado con su mejor idea. Y sabía que la gratitud no duraría demasiado tiempo. No era grande y no comía mucho, pero si estaba pululando constantemente, molestando a la gente y charlando, pronto negarle comida con la esperanza de que se muriera o se marchara no se convertiría tan sólo en algo divertido, sino en una especie de costumbre.
Incluso así, a menudo sentía los ojos de Aquiles clavados en él. Los advertía sin temor. Qué más daba, que Aquiles decidiera matarlo. Había estado a sólo unos pocos días de la muerte, de todas formas. Eso significaba que, después de todo, su plan no funcionó tan bien como esperaba, pero como era el único que tenía, no importaba si al final resultó no ser bueno. Si Aquiles recordaba cómo instó Bean a Poke para que lo matara (y claro que lo recordaba), y si Aquiles ahora tramaba cómo y cuándo moriría, no había nada que Bean pudiera hacer por impedirlo.
Hacer la pelota no serviría de nada. Eso sólo sería un signo de debilidad, y Bean había visto muchas veces cómo los matones (y Aquiles, en el fondo, seguía siendo un matón) se nutrían del terror de los otros niños, cómo trataban a la gente incluso peor cuando mostraban su debilidad. Tampoco serviría de nada ofrecer otras ideas brillantes, primero porque Bean no tenía ninguna, y segundo porque Aquiles pensaría que era una afrenta a su autoridad. Y a los otros niños no les gustaría que Bean siguiera actuando como si fuera el único que tenía cerebro. Ya lamentaban que hubiera sido él quien pensó este plan que había cambiado sus vidas.
Porque, de hecho, el cambio fue inmediato. La primera mañana, Aquiles hizo que Sargento se pusiera en la cola en el comedor de Helga en Aert Van Nes Straat, porque, decía, ya que nos van a dar la paliza de todas formas, bien podríamos intentarlo con la mejor comida gratis de Rotterdam, por si conseguimos comer antes de morir. Sí, eso era lo que decía, pero les había hecho practicar sus movimientos hasta la última luz del día la noche anterior, de modo que trabajaban mejor juntos y no se rendían a las primeras de cambio, como hacían cuando iban tras él. A medida que iban practicando, se mostraban más seguros. Aquiles no paraba de decir «se esperarán esto», e «intentarán aquello», y como él mismo era un matón, ellos confiaban como nunca habían confiado en Poke.
Como era estúpida, Poke seguía tratando de actuar como si estuviera al mando, como si tan sólo hubiera delegado su entrenamiento a Aquiles. Bean admiraba la manera en que Aquiles no discutía con ella, y bajo ningún concepto cambiaba sus planes o instrucciones por lo que ella dijera. Si le instaba a hacer lo que ya estaba haciendo, seguía haciéndolo. No había ninguna sensación de desafío. Ninguna pugna por el poder. Aquiles actuaba como si ya hubiera vencido, y puesto que los otros niños lo seguían, ya era el ganador.
La cola se formó temprano delante del comedor de Helga, y Aquiles observó con atención mientras los matones que llegaban más tarde se colocaban en fila siguiendo una especie de jerarquía: los matones sabían cuáles se enorgullecían de su sitio. Bean trató de comprender en qué principio se basaba Aquiles para elegir con qué matón tendría que librar Sargento una pelea. No era el más débil, pero eso era un movimiento inteligente, porque si pegaban al matón más débil, tendrían que enzarzarse en muchas más peleas. Y tampoco era el más fuerte. Mientras Sargento cruzaba la calle, Bean trató de ver qué tenía el matón para que Aquiles lo eligiera. Y entonces se dio cuenta: era el matón más fuerte que no tenía amigos consigo.
El matón elegido era grande y parecía duro, así que derrotarlo supondría una victoria importante. Pero no hablaba con nadie, ni saludaba a nadie. Estaba fuera de su territorio, y varios de los otros matones lo miraban con mala cara, midiéndolo. Aunque Aquiles no hubiera elegido esa cola de comida, ni ese desconocido, no sería de extrañar que hubiera una pelea allí.
Sargento se comportó con toda la frialdad del mundo, al colocarse justo delante del blanco. Por un momento, el matón se quedó allí mirándolo, como si no pudiera creerse lo que estaba viendo. Sin duda, este chiquitín se daría cuenta de su letal error y echaría a correr. Pero Sargento actuó como si ni siquiera advirtiera que el matón estaba allí.
—¡Eh! —dijo el matón. Empujó con fuerza a Sargento, y dado el ángulo del empujón, Sargento tendría que haber sido expulsado de la cola. Pero, como le había dicho Aquiles, plantó un pie en el suelo, se abalanzó hacia delante y golpeó al matón que estaba en la cola delante del elegido por Aquiles, aunque ésa no era la dirección en la que el otro lo había empujado.
El matón de delante se volvió y le dedicó una mueca a Sargento, quien gimió:
—Me ha empujado él.
—Ha sido él quien te ha golpeado —dijo el elegido de Aquiles.
—¿Parezco tan estúpido? —preguntó Sargento.
El matón de delante calibró al otro. Era un desconocido. Duro, pero no imbatible.
—Ten cuidado, canijo.
Entre los matones, ese insulto implicaba incompetencia y debilidad, por lo que era considerado muy grueso.
—Ten cuidado tú.
Durante este intercambio, Aquiles dirigió a un grupo escogido de niños más pequeños hacia Sargento, quien arriesgaba su vida al quedarse allí entre los dos matones. Justo antes de alcanzarlos, dos de los niños más pequeños atravesaron la cola hasta el otro lado y tomaron posiciones contra la pared, justo más allá del campo de visión del matón. Entonces Aquiles empezó a gritar.
—¿Qué demonios te crees que estás haciendo, pedazo de papel higiénico manchado de mierda? ¿Envío a mi chico a que me guarde sitio en la cola y tú lo empujas? ¿Empujas a mi amigo?
Naturalmente, no eran amigos ni nada: Aquiles era el matón peor considerado de toda esta parte de Rotterdam y siempre ocupaba el último lugar en la cola de los matones. Pero ese matón no lo sabía, y no tendría tiempo de averiguarlo. Para cuando se dio la vuelta para enfrentarse a Aquiles, los niños que tenía detrás ya se habían abalanzado contra sus pantorrillas. No esperaron al habitual intercambio de empujones e insultos antes de que comenzara la pelea. Aquiles la empezó y la terminó con brutal rapidez. Empujó con fuerza mientras los niños pequeños golpeaban, y el matón golpeó el suelo pavimentado. Se quedó allí tumbado, parpadeando. Pero otros dos niños pequeños le tendieron grandes piedras a Aquiles, quien las lanzó, una, dos, contra el pecho del matón. Bean advirtió que las costillas se quebraban como ramitas.
Aquiles lo agarró por la camisa y lo lanzó contra el suelo. El matón gruñó, luchó por moverse, volvió a gruñir, y al final se quedó quieto.
Los demás niños que hacían cola se mantuvieron apartados de la pelea. Se había violado el protocolo. Cuando los matones luchaban entre sí, se metían en uno de los callejones, pero no pretendían hacerse heridas graves: peleaban hasta que la supremacía estaba clara, y eso era todo. Nunca hasta entonces se habían usado piedras ni roto huesos. Les daba miedo, no porque Aquiles fuera espantoso, sino porque había roto las reglas, y lo había hecho al descubierto.
De inmediato Aquiles indicó a Poke que trajera al resto de la banda y ocuparan los huecos en la fila. Mientras tanto, recorrió la fila de un extremo a otro, gritando a pleno pulmón:
—¡Podéis tratarme con todo el desprecio del mundo, no me importa, sólo soy un lisiado, sólo soy un tipo con la pierna coja! ¡Pero no podéis ir empujando a mi familia! ¡No podéis echar a uno de mis niños de la cola! ¿Me oís? Porque si hacéis eso un camión entrará en esta calle y os derribará y os romperá los huesos, como acaba de pasar con este capullo, y la próxima vez quizás sea vuestra cabeza la que se rompa y vuestros sesos los que se desparramen por la calle. ¡Tened cuidado con los camiones! Si no, mirad cómo ha acabado este tonto del culo delante de mi comedor!
Allí estaba, el desafío. Mi comedor. Y Aquiles no se contuvo, no mostró ni una chispa de timidez al respecto. Continuó la arenga, cojeando arriba y abajo de la cola, mirando a cada matón a la cara, desafiándolos a discutir. Al otro lado de la fila, los dos niños pequeños que le habían ayudado a derribar al desconocido seguían sus movimientos, y Sargento trotaba al lado de Aquiles, con aspecto feliz y concentrado. Apestaban a confianza, mientras que los demás matones no paraban de mirar por encima del hombro para ver qué hacían aquellos que atacaban por detrás, a las piernas.
Y no era sólo alardear por alardear. Cuando uno de los matones empezó a parecer beligerante, Aquiles se dirigió derecho hacia él, a la cara. Sin embargo, como había planeado de antemano, no se encaró directamente con el beligerante: estaba preparado para enfrentarse a los problemas, los pedía. En cambio, los niños se abalanzaron hacia el matón que tenía justo detrás en la cola. Cuando saltaban, Aquiles se dio la vuelta y empujó al nuevo objetivo, y gritó:
—¿Qué es lo que te hace tanta gracia?
Otra piedra apareció de inmediato en su mano, y la alzó sobre el matón que había caído, pero no se la arrojó.
—¡Vete al final de la cola, idiota! ¡Tienes suerte de que te deje comer en mi comedor!
Eso desarmó por completo al beligerante, pues el matón al que Aquiles había derribado y obviamente podría haber aplastado era el siguiente en inferioridad de estatus. Así pues, el beligerante no había sufrido amenaza o daño alguno, y sin embargo Aquiles había conseguido una victoria delante de sus narices, y él no había intervenido en ello.
Entonces se abrió la puerta del comedor. De inmediato Aquiles se dirigió a la mujer que apareció tras ella, y la saludó como si fuera una vieja amiga.
—Gracias por darnos de comer hoy —dijo—. Yo comeré el último. Gracias por dejar pasar a mis amigos. Gracias por dar de comer a mi familia.
La mujer de la puerta sabía cómo funcionaba la calle. Conocía también a Aquiles, y supo que sucedía algo muy extraño. Aquiles siempre comía el último entre los niños mayores, y con vergüenza. Pero esa actitud condescendiente que había adoptado no tuvo tiempo de incomodarla, ya que los primeros miembros de la banda de Poke se presentaron rápidamente delante de la puerta.
—Mi familia —anunció Aquiles con orgullo, conduciendo a cada uno de los niños al salón—. Cuide usted bien de mis hijitos.
Incluso a Poke le llamó hijito. Si ella advirtió la humillación, lo disimuló. Lo único que le importaba era el milagro de conseguir entrar en el comedor de caridad. El plan había funcionado.
Y a Bean no le importaba que ella pensara que el plan era suyo o de Bean, al menos hasta que no saboreara la sopa. La tomó lo más despacio que pudo, pero se acabó tan rápido que apenas pudo creerlo. ¿Eso era todo? ¿Y cómo había conseguido derramar tanto de aquella valiosa sustancia sobre su camisa?
Se guardó rápidamente el pan dentro de las ropas y se encaminó a la puerta. Aquiles había tenido la idea de guardar el pan y marcharse, y lo cierto es que era una gran idea. Algunos de los matones del comedor estarían planeando vengarse. Ver aquellos niños pequeños allí no les gustaría nada. Se acostumbrarían pronto, prometió Aquiles, pero en este primer día era importante que todos los niños pequeños se quedaran fuera mientras los matones comían.
Cuando Bean llegó a la puerta, seguía entrando gente, y Aquiles se encontraba allí de pie, charlando con la mujer sobre el trágico accidente ocurrido en la cola. Alguien tenía que haber llamado a una ambulancia para que se llevara al niño herido; ya no se oían gemidos en la calle.
—Podría haber sido uno de los niños pequeños —decía Aquiles—. Necesitamos a un policía aquí para que vigile el tráfico. Ese conductor nunca habría sido tan descuidado si hubiera habido un poli.
La mujer asintió.
—Podría haber sido horrible. Decían que tenía la mitad de las costillas rotas y un pulmón perforado —comentó apesadumbrada, mientras retorcía las manos.
—La gente empieza a hacer cola cuando todavía está oscuro. Es peligroso. ¿No pueden poner una luz aquí fuera? Tengo que pensar en mis niños —arguyó Aquiles—. ¿No quiere usted que mis niños pequeños estén a salvo? ¿O tal vez sea yo el único que se preocupa por ellos?
La mujer murmuró algo sobre dinero y que el comedor no tenía un gran presupuesto.
Poke contaba los niños en la puerta, y Sargento los conducía a la calle.
Bean, al ver que Aquiles intentaba conseguir que los adultos los protegieran en la cola, decidió que era el momento de hacer algo provechoso. Como esta mujer era compasiva y Bean era, con diferencia, el niño más pequeño, sabía que tenía más poder sobre ella. Se le acercó, y se abrazó a su falda de lana.
—Gracias por cuidarnos —dijo—. Es la primera vez que entro en un comedor de verdad. Papá Aquiles nos dijo que usted nos mantendría a salvo, para que los pequeños podamos comer aquí todos los días.
—¡Oh, pobrecito! Oh, mírate —exclamó la mujer, mientras las lágrimas resbalaban por su rostro—. Oh, oh, pobrecillo.
Lo abrazó. Aquiles los observó, sonriendo.
—Tengo que cuidar de ellos —resolvió en voz baja—. Tengo que mantenerlos a salvo.
