Título original: The Wolf Gift
Traducción: Rosa Borrás
1.ª edición: septiembre 2012
© 2012 by Anne O’Brien Rice
© Ediciones B, S. A., 2012
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
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Depósito Legal: B.22768-2012
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-211-5
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Dedico esta novela a Christopher Rice,
Becket Ghioto, Jeff Eastin, Peter
y Matthias Scheer,
y a la «gente de la página»
Pedid lo que queráis a la fuerza que gobierna el universo. Puede que lo hagamos realidad y llegue a amarnos como nosotros lo amamos.
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Reuben era un hombre alto, de más de metro ochenta, con el pelo castaño y rizado y unos profundos ojos azules. Le llamaban Cielito, apodo que odiaba, por lo que tendía a reprimir lo que el mundo conoce como una sonrisa irresistible. Sin embargo, en ese momento estaba demasiado contento para mantener su estudiada expresión seria y tratar de aparentar más de los veintitrés años que tenía.
Subía por una empinada cuesta contra el fuerte viento oceánico con Marchent Nideck, una mujer exótica y elegante, mayor que él, y estaba disfrutando de todo lo que ella le contaba sobre la casa grande de lo alto del acantilado. Marchent era delgada, con un rostro esculpido en preciosas facciones y un cabello de aquel tono rubio que jamás se desvanece. Lo llevaba hacia atrás, en una suave media melena ondulada que se le rizaba justo por encima de los hombros. A Reuben le encantaba su aspecto, con su largo vestido de punto marrón y sus botas marrones perfectamente enlustradas.
El muchacho estaba escribiendo un artículo para el San Francisco Observer sobre la gigantesca casa y las esperanzas de venta que albergaba Marchent, ahora que se había ejecutado la herencia y su tío abuelo Felix Nideck había sido declarado oficialmente muerto. El hombre llevaba veinte años desaparecido, pero se acababa de leer el testamento y había dejado la casa a su sobrina Marchent.
Desde que Reuben había llegado, habían estado paseando por las laderas forestales de la propiedad y habían visitado una destartalada casa de huéspedes y un establo en ruinas. Habían caminado por carreteras viejas y por antiguos senderos perdidos entre la maleza que desembocaban de vez en cuando en algún saliente rocoso que se precipitaba sobre el Pacífico, del frío color del hierro, para volver a internarse rápidamente en un mundo húmedo y resguardado entre robles y helechos.
Reuben no llevaba ropa adecuada para eso ni por asomo. Había conducido hacia el norte con su habitual «uniforme», compuesto por un blazer azul de lana de estambre sobre un suéter fino de cachemir y unos pantalones grises. Pero, al menos, llevaba una bufanda que había sacado de la guantera. Y, a decir verdad, el frío penetrante le daba completamente igual.
La enorme mansión se protegía del frío con gruesos tejados de pizarra y vidrieras de rombos en las ventanas. La construcción de piedra rugosa contaba con innumerables chimeneas erigidas sobre los gabletes escarpados y un extenso invernadero en el ala oeste, todo él construido en hierro blanco y cristal. A Reuben, le encantaba. Ya le había gustado en las fotografías on-line, pero no esperaba tanta grandeza y solemnidad.
Se había criado en una vieja casa del barrio de Russian Hill, en San Francisco, y había pasado mucho tiempo en las impresionantes casas antiguas de Presidio Heights y de los alrededores de San Francisco, incluyendo Berkeley, donde había estudiado, y Hillsborough, donde la mansión medio de madera de su abuelo había servido de punto de encuentro vacacional durante tantos años. Pero nada de lo que había visto hasta entonces era comparable a la casa familiar de los Nideck.
La magnitud de aquel edificio, varado en su propio parque, parecía de otro mundo.
—El lugar real —había dicho para el cuello de su camisa nada más verlo—. Fíjate en esos techos de pizarra y esos canalones que deben de ser de cobre.
Frondosas enredaderas cubrían más de la mitad de aquella inmensa estructura, llegando hasta las ventanas superiores, y Reuben se había quedado sentado un buen rato en el coche, entre agradablemente sorprendido y algo alucinado, soñando que algún día, cuando fuera un escritor famoso y tuviera el mundo a sus pies, poseería un lugar como aquel.
La tarde estaba resultando sencillamente fantástica.
Le había afectado ver la casa de huéspedes dilapidada e inhabitable, pero Marchent le había asegurado que la casa grande estaba en buen estado.
Podría pasarse la vida escuchando hablar a aquella mujer. Su acento no era exactamente británico, ni de Boston o Nueva York. Era único: el acento de una criatura del mundo, que confería una linda precisión y un timbre argento a sus palabras.
—Sí, sé que es bonito. Sé que no hay nada igual en toda la costa californiana. Lo sé. Lo sé. Pero no tengo más remedio que deshacerme de todo —explicó Marchent—. Llega un momento en que la casa te posee y sabes que tienes que deshacerte de ella y seguir viviendo tu vida.
Marchent quería volver a viajar. Confesó que, desde la desaparición del tío Felix, había pasado poco tiempo allí y que, en cuanto vendiera la propiedad, pensaba irse a Sudamérica.
—Me rompe el corazón —dijo Reuben. Una opinión demasiado personal para un reportero, ¿no? Pero no pudo evitarlo. Además, ¿quién decía que tuviera que actuar como un testigo neutral?—. Este lugar es irreemplazable, Marchent. Escribiré el mejor artículo que pueda sobre la propiedad. Haré todo lo posible por traerle un comprador, y no creo que tarde demasiado.
Lo que no dijo fue: «Ojalá pudiera comprarla yo mismo.» Y había estado barajando esa posibilidad desde que había divisado los gabletes entre los árboles.
—Estoy encantada de que el periódico te haya enviado precisamente a ti —dijo ella—. Eres apasionado y eso me gusta muchísimo.
Por un instante, Reuben pensó: «Sí, soy apasionado y quiero esta casa, y ¿por qué no? ¿Cuándo se me puede presentar de nuevo una oportunidad como esta?» Pero después pensó en su madre y en Celeste, su novia menuda de ojos castaños, estrella emergente de la fiscalía del distrito, y en cómo iban a mofarse de tal ocurrencia, y se le enfriaron los ánimos.
—¿Qué pasa, Reuben? ¿Qué te ocurre? —le preguntó Marchent—. Tenías una mirada extraña.
—Pensamientos —replicó él, golpeándose ligeramente la sien—. Estoy escribiendo el artículo en mi mente. «Una joya arquitectónica de la costa de Mendocino sale por primera vez al mercado desde su construcción.»
—Suena bien —admitió ella, de nuevo con ese acento vago de ciudadana del mundo.
—Si yo comprara la casa, le pondría un nombre —dijo Reuben—. Algo que capturara la esencia del lugar, ¿sabes? Nideck Point.
—Eres todo un poeta —dijo ella—. Lo he sabido en cuanto te he visto. Y me gustan los artículos que has escrito para tu periódico. Tienen carácter propio. Pero estás escribiendo una novela, ¿no es cierto? Todo joven reportero de tu edad debería estar escribiendo una. Me avergonzaría de ti si no lo estuvieras haciendo.
—Eso es música para mis oídos —confesó Reuben. Estaba preciosa cuando sonreía, y las finas arrugas de su rostro ganaban en elocuencia y belleza—. Mi padre me dijo la semana pasada que un hombre de mi edad no tiene absolutamente nada que decir. Él es profesor, y está quemado, tengo que añadir. Lleva diez años revisando su «Poemario», desde que se retiró.
Estaba hablando demasiado, y demasiado de sí mismo, lo que no está nada bien.
Pensó que, seguramente, a su padre le encantaría aquel lugar. Sí, Phil Golding era un poeta de verdad y estaba seguro de que le encantaría aquel sitio, y tal vez se lo dijera a la madre de Reuben, que se burlaría de la idea. La doctora Grace Golding era el elemento práctico y la arquitecta de sus vidas. Había sido ella quien había conseguido a Reuben su trabajo en el San Francisco Observer, cuando sus únicas credenciales eran un máster en literatura inglesa y sus viajes anuales por el mundo desde que nació.
Grace se había sentido orgullosa de los recientes trabajos de investigación de su hijo, pero le había advertido que aquel artículo sobre la «propiedad inmobiliaria» era una pérdida de tiempo.
—Ya vuelves a estar soñando —dijo Marchent, que le rodeó con el brazo y le besó la mejilla entre risas. Reuben se sobresaltó, sorprendido por la suave presión de sus pechos y la fragancia sutil de un rico perfume.
—En realidad, todavía no he conseguido nada en la vida —dijo el muchacho con una soltura sorprendente—. Mi madre es una cirujana brillante. Mi hermano mayor es sacerdote. A mi edad, mi abuelo materno ya era agente internacional de la propiedad inmobiliaria. Pero yo no soy nada ni nadie. Solo llevo seis meses en el periódico. Tendría que haber venido con una etiqueta de aviso. Pero, créeme, escribiré un artículo que te encantará.
—Tonterías —dijo ella—. Tu editor me contó que tu artículo sobre el asesinato de Greenleaf condujo a la detención del asesino. Eres un muchacho de lo más encantador y modesto.
Intentó no sonrojarse. ¿Por qué estaba admitiendo todo aquello ante esa mujer? Raramente, por no decir nunca, solía hacer comentarios despectivos sobre sí mismo. Sin embargo, había sentido una conexión inmediata e inexplicable con ella.
—El artículo de Greenleaf me llevó menos de un día —murmuró Reuben—. A mitad del cual di con el sospechoso, al que no había visto nunca.
A Marchent le brillaron los ojos.
—Dime, ¿cuántos años tienes, Reuben? Yo tengo treinta y ocho. ¿Qué te parece mi sinceridad? ¿Conoces a muchas mujeres que confiesen que tienen treinta y ocho?
—No los aparentas —respondió él. Y lo decía de corazón. Lo que habría querido añadir era: «A decir verdad, estás perfecta»—. Tengo veintitrés —confesó.
—¿Veintitrés? Aún eres un niño.
Claro. El Cielito, como le llamaba su novia Celeste. El «hermanito», según su hermano mayor, el padre Jim. Y el «niñito», según su madre, que aún le llamaba así en público. Solo su padre le llamaba siempre Reuben y solo le veía a él cuando se cruzaban sus miradas. «¡Papá, tendrías que ver esta casa! Me sugiere un lugar para escribir, un lugar para escapar, todo un paisaje para una mente creativa.»
Se metió las manos congeladas en los bolsillos y trató de ignorar el aire que le aguijoneaba los ojos. Estaban regresando a la promesa de un café caliente y un fuego.
—Y muy alto para tu edad —añadió Marchent—. Creo que tienes una sensibilidad extraordinaria, Reuben, para apreciar este rincón de mundo más bien frío y lóbrego. Yo, cuando tenía veintitrés, quería estar en Nueva York y en París. Y estuve en Nueva York y en París. Quería ver las capitales del mundo. No te habré ofendido, ¿verdad?
—No, por supuesto que no —respondió él, volviendo a sonrojarse—. Estoy hablando demasiado de mí, Marchent. Tengo la cabeza en el artículo, no sufras. Encinillos, maleza, tierra húmeda, helechos, lo estoy memorizando todo.
—Ay, sí, no hay nada como la memoria y la frescura de una mente joven —dijo ella—. Cariño, vamos a pasar dos días juntos, ¿no es así? Voy a ser muy directa. Te avergüenzas de tu juventud, ¿verdad? Bueno, pues no es necesario. Y eres perturbadoramente guapo, ¿sabes? Eres el muchacho más adorable que he visto en mi vida. No, lo digo en serio. Con una imagen como la tuya, no hace falta que seas demasiado de nada, ¿sabes?
Reuben sacudió la cabeza. Si ella supiera... Odiaba que la gente le dijera que era guapo, adorable, mono o fantástico. «¿Y cómo te sentirías si la gente dejara de decirlo? —le había preguntado Celeste en una ocasión—. ¿Lo has pensado alguna vez? Mira, Cielito, para mí, es exactamente lo que pareces.» Celeste siempre se burlaba de él con ese punto impertinente. Tal vez porque todas las burlas tenían un punto impertinente.
—Ahora sí te he ofendido, ¿verdad? —insistió Marchent—. Perdona. Creo que todos los mortales ordinarios tendemos a mitificar a los que son tan guapos como tú. Pero, por supuesto, lo que te hace interesante es tu alma de poeta.
Habían llegado al borde de la terraza embaldosada.
Algo había cambiado en el aire. El viento era más cortante. El sol se apagaba tras las nubes plateadas mientras caía sobre el mar cada vez más oscuro.
Marchent se detuvo un instante, como para recuperar el aliento, pero Reuben desconocía el motivo. El viento le arremolinaba el pelo sobre la cara y levantó la mano para protegerse los ojos. Miró hacia las ventanas superiores de la casa como si buscara algo y, de repente, una intensa sensación de tristeza invadió a Reuben. La soledad del lugar se hacía presente.
Estaban a kilómetros de distancia del pueblecito de Nideck y Nideck tenía... ¿Cuántos? ¿Doscientos habitantes? Reuben se había parado allí de camino a la casa y se había encontrado la mayoría de tiendas de la menuda calle principal cerradas. La pensión llevaba «siglos» en venta, según le había contado el dependiente de la gasolinera, pero sí, había cobertura de móvil e internet en cualquier parte del condado, así que por eso no debía preocuparse.
En aquel preciso momento, el mundo más allá de aquella terraza barrida por el viento parecía irreal.
—¿Hay fantasmas en la casa, Marchent? —preguntó, siguiendo la mirada de la mujer.
—No los necesita —declaró ella—. Su historia reciente ya es bastante sombría.
—Bien, me encanta —replicó él—. Los Nideck han gozado de una notable proyección. Algo me dice que encontrará un comprador muy romántico que pueda transformar la casa en un hotel único e inolvidable.
—Es una posibilidad —dijo—, pero ¿por qué iba alguien a venir precisamente aquí, Reuben? La playa es estrecha y de difícil acceso. Las secuoyas son magníficas, pero no es necesario conducir cuatro horas desde San Francisco para encontrar secuoyas magníficas en California. Y ya has visto el pueblo. No hay nada, excepto Nideck Point, como tú lo has bautizado. A veces, tengo la sofocante sensación que esta casa no va a durar mucho más en pie.
—¡Ah, no! ¡Eso ni pensarlo! Nadie se atrevería...
Ella le tomó de nuevo del brazo y avanzaron sobre las baldosas llenas de arena, dejaron atrás el coche de Reuben y siguieron hacia la lejana puerta principal.
—Me enamoraría de ti, si tuvieras mi edad —admitió Marchent—. Si hubiera conocido a alguien tan encantador como tú, ahora no estaría sola, ¿verdad?
—¿Por qué iba a estar sola una mujer como tú? —preguntó él. Rara vez había conocido a nadie tan seguro de sí mismo y elegante. Incluso después del paseo por el bosque, parecía tan serena y compuesta como si estuviera de compras en Rodeo Drive. Llevaba un delgado brazalete en la muñeca izquierda, un cordón perlado, según creía Reuben que se llamaba, que confería a sus agradables gestos aún más glamour, aunque no sabía decir muy bien por qué.
Al oeste, no había árboles. La vista estaba abierta por razones obvias. Pero ahora el viento huracanado se levantaba desde el mar y la niebla gris se estaba posando sobre el último destello del agua. «Voy a captar la esencia de todo esto —pensó—. Captaré este extraño momento de oscurecimiento.» Y una tenue sombra cayó deliciosamente sobre su alma.
Quería aquel sitio. Tal vez habría sido mejor que hubieran enviado a otro a cubrir esta historia, pero le habían enviado a él. ¡Qué enorme suerte!
—Dios mío, el frío es más intenso a cada segundo que pasa —dijo Marchent, mientras ambos se apresuraban—. Había olvidado cómo bajan las temperaturas en esta costa. Crecí con ello, pero siempre me ha pillado por sorpresa.
Sin embargo, volvió a detenerse y miró de nuevo a lo alto de la fachada como si buscara a alguien y, acto seguido, hizo visera ante los ojos y dirigió la vista a la niebla que avanzaba.
«Sí, tal vez se arrepienta terriblemente de vender este lugar», pensó Reuben, pero entonces concluyó que tal vez tuviera que hacerlo. Y, además, ¿quién era él para hacer que Marchent se sintiera culpable, si ella no quería experimentar esa sensación?
Por un instante, le invadió una vergüenza profunda porque él mismo disponía del dinero para comprar la propiedad y sentía la necesidad de poner una excusa, pero verbalizarlo habría sido una tremenda grosería. Sin embargo, siguió calculando y soñando.
Las nubes eran cada vez más oscuras y más bajas. Y el aire, muy húmedo. Volvió a seguir la mirada de Marchent, de nuevo centrada en la enorme fachada sombreada de la casa, donde las vidrieras de rombos de las ventanas centelleaban débilmente y una masa de secuoyas se erigía tras del edificio hacia el este, cual monstruoso bosque flotante de desmedidas proporciones con el resto del conjunto.
—Dime —dijo Marchent—. ¿En qué estás pensando ahora mismo?
—Ah, no, en nada. Pensaba en las secuoyas y en cómo me hacen sentir. Están descomunalmente desproporcionadas respecto a todo lo que las rodea... Es como si dijeran: «Estamos aquí desde antes que los de vuestra especie llegaran a estas costas, y seguiremos aquí cuando vosotros y vuestras casas ya no existáis.»
Algo indiscutiblemente trágico brilló en los ojos de Marchent cuando le sonrió.
—Una gran verdad. No sabes cuánto las amaba mi tío Felix —dijo—. Estos árboles están protegidos, ¿lo sabías? No se pueden talar. Tío Felix se encargó de que así fuera.
—Gracias a Dios —susurró Reuben—. Tiemblo con solo pensar en todas esas viejas fotografías de leñadores de otras épocas que se dedicaban a talar secuoyas de más de mil años. ¿Te das cuenta? Un milenio.
—Eso es precisamente lo que tío Felix dijo una vez, caramba, y casi palabra por palabra.
—No le gustaría ver su casa derribada, ¿verdad? —E inmediatamente se arrepintió—. Perdona. No debí decir eso.
—No, pero si tienes toda la razón. No le habría gustado, no, jamás. Le encantaba la casa. Cuando desapareció, la estaba restaurando.
Marchent volvió a perder la mirada, melancólica, nostálgica.
—Y nunca lo sabremos... Supongo que no —añadió con un suspiro.
—¿El qué, Marchent?
—Ah, pues ya sabes, cómo desapareció realmente mi tío abuelo —respondió, antes de soltar un ruidito burlón—. Somos demasiado supersticiosos. ¡Desapareció! En realidad, supongo que en la vida real debe de estar tan muerto como legalmente, pero parece que, ahora que estoy vendiendo este lugar, estoy dando por perdidas todas las esperanzas, hasta el punto de decir: «Bueno, nunca lo sabremos y nunca volverá a atravesar esa puerta.»
—Comprendo —susurró Reuben. La verdad era que él no sabía nada en absoluto de la muerte. De algún modo, su madre, su padre, su hermano y su novia se la mencionaban casi cada día. Su madre vivía prácticamente en el Servicio de Urgencias del San Francisco General. Su novia conocía la peor parte de la naturaleza humana gracias a los casos que llevaba a diario en la fiscalía del distrito. En cuanto a su padre, veía la muerte en las hojas que caían de los árboles.
En el tiempo que llevaba en el San Francisco Observer, Reuben había escrito seis artículos y cubierto dos asesinatos. Y las dos mujeres de su vida los habían puesto por las nubes, no sin llamarle detenidamente la atención sobre los detalles que se le habían escapado.
Le vino a la cabeza algo que le había dicho su padre: «Eres inocente, Reuben, sí, pero la vida no tardará mucho en enseñarte lo que necesitas saber.» Phil siempre hacía comentarios inusuales.
—No pasa un solo día sin que me plantee una pregunta cósmica. ¿Tiene sentido la vida? ¿O todo es simplemente humo y espejismos? ¿Estamos todos abocados al fracaso? —había dicho la otra noche, durante la cena.
—Ya sé porque nada te cala, ¿sabes, Cielito? —había dicho Celeste después—. Tu madre cuenta todos los detalles de sus operaciones con el cóctel de gambas delante y tu padre solo habla de cosas que no tienen ninguna importancia. Algún día te quitaré esa dosis tuya de optimismo. El hecho es que me haces sentir bien.
Pero, a él, ¿le hacía sentir bien? No. En absoluto. Lo raro de Celeste era que, más allá de lo que pudiera inferirse de sus palabras, era mucho más cariñosa y amable. Era una fiscal implacable, un tizón de metro sesenta en el trabajo, pero, con él, era dulce y adorable. Le mimaba y siempre le respondía al teléfono. Tenía en su agenda de marcación rápida a varios amigos abogados que respondían las dudas que a él le surgían en sus reportajes. Pero su lengua... Su lengua era un poco viperina.
«El hecho es que hay algo oscuro y trágico en esta casa que quiero descubrir», pensó Reuben de repente. La casa le recordaba la música de un chelo, grave, rica, algo tosca e inflexible. La casa le hablaba, o tal vez le hablaría si dejara de escuchar las voces que traía consigo.
Notó que el móvil vibraba en su bolsillo. Lo apagó sin apartar la vista de la casa.
—Por todos los santos, mírate —exclamó Marchent—. Te estás congelando, muchacho. ¡Qué inconsciente he sido! Ven, tenemos que entrar.
—Soy hijo de San Francisco —murmuró Reuben—. He dormido toda la vida en Russian Hill con la ventana abierta. Tendría que haber venido preparado.
Reuben subió tras ella los escalones de piedra y ambos atravesaron el arco de la gigantesca puerta principal.
Sintió inmediatamente el delicioso calor de la estancia, a pesar de sus vastas dimensiones, entre el altísimo techo iluminado y los suelos de oscuro roble que se extendían al infinito con cierta melancolía etérea.
Al otro extremo de un oscuro tramo cubierto de viejos sillones y sillas bastante deformes, la chimenea profunda y tenebrosa les observaba encendida desde la distancia.
Mientras paseaban por la colina, había olido los troncos de roble encendidos, cierto tufillo aquí y allá, un olor que le encantaba.
Marchent le condujo hasta el sofá de terciopelo junto al hogar. Sobre una gran mesa auxiliar de mármol, descansaba un juego de café de plata.
—Caliéntate —dijo Marchent, que se plantó también ante las llamas para calentarse las manos.
Había unos morillos de metal y un guardafuegos enormes, y los ladrillos del fondo del hogar estaban negros.
Se volvió y empezó a pasearse casi inaudiblemente por las viejas alfombras orientales de lana, a medida que iba encendiendo varias lámparas diseminadas por la sala.
La sala empezó a iluminarse lentamente con un alegre resplandor.
El mobiliario era inmenso, pero acogedor, con fundas raídas aunque útiles y alguna que otra silla de piel color caramelo. Había unas cuantas esculturas de bronce descomunales, todas ellas de supuestas figuras mitológicas, muy pasadas de moda. También había unos cuantos paisajes oscuros con marcos dorados colgados en las paredes.
Ahora el calor era extremadamente intenso. En cuestión de minutos, Reuben tendría que quitarse el abrigo y la bufanda.
Alzó la vista hacia los viejos paneles de madera oscura que cubrían la parte superior de la chimenea, rectángulos de corte elegante con moldura de ova y dardo, y a los paneles similares que cubrían las paredes. Flanqueaban la chimenea dos librerías cargadas de antiguos volúmenes de piel, ropa y hasta ediciones rústicas. A lo lejos, divisó por encima de su hombro derecho una sala orientada hacia el este que parecía una biblioteca antigua recubierta de madera, de las que él siempre había soñado. Allí también había un fuego.
—Me deja sin aliento —dijo. Podía ver a su padre ahí sentado, barajando sus poemas mientras tomaba innumerables notas. Sí, le encantaría la casa, no cabía duda. Era un lugar para reflexiones y decisiones cósmicas. Y cuán parados se quedarían todos si...
¿Y por qué no le iba a parecer bien a su madre? Ellos dos, su madre y su padre, se querían pero no se llevaban bien. Phil toleraba a los amigos médicos de Grace y, a ella, los pocos viejos amigos de Phil le parecían un aburrimiento. La lectura de poemas la sacaba de sus casillas. Las películas que a él le gustaban, ella las aborrecía. Si él daba su opinión en una cena, ella cambiaba de tema con la persona que tuviera al lado, o salía de la sala para ir a por otra botella de vino, o empezaba a toser.
En realidad, no lo hacía a propósito. Su madre no era una mezquina. La entusiasmaban las cosas que amaba, y adoraba a Reuben, cosa que había hecho que él gozara de una confianza que muchos no tenían. Lo único era que no soportaba a su marido, cosa que, durante casi toda su vida, Reuben había entendido.
Sin embargo, últimamente, le estaba siendo más difícil, porque su madre parecía una mujer potente y atemporal, una trabajadora compulsiva con una vocación divina; y su padre parecía agotado y obscenamente viejo. Celeste se había convertido en la amiga de proximidad y, en ocasiones, compañera de comidas de su madre («¡Ambas somos mujeres con iniciativa!»), pero ignoraba al «viejo», como ella le llamaba. Incluso de vez en cuando comentaba siniestramente a Reuben: «Mírale, ¿quieres acabar como él?»
«Bueno, te gustaría tanto vivir aquí, papá... —pensó Reuben—. E iríamos a pasear juntos entre las secuoyas y tal vez restauraríamos esa vieja casa de huéspedes dilapidada para los amigos poetas, aunque, por supuesto, hay espacio suficiente para todos en la casa. Tanto que podrías celebrar regularmente seminarios cada vez que quisieras y mamá podría venir siempre que lo deseara.»
Que, muy probablemente, sería nunca.
Demonios, no podía permitirse fantasear ahora. Marchent estaba mirando el fuego con aire triste y él debería estar haciéndole preguntas. «Vamos a ver —diría Celeste—, yo trabajo siete días a la semana y ahora que se supone que ya eres reportero, ¿qué? ¿Te tienes que tirar cuatro horas conduciendo para ir a trabajar?»
Eso sería para Celeste la gota que colma el vaso de la decepción, que se empezó a llenar cuando Reuben se reveló incapaz de definirse a sí mismo. Ella había pasado por la Facultad de Derecho como un cohete y se había colegiado a los veintidós años. Él había abandonado su doctorado en lengua inglesa porque le pedían lenguas extranjeras y no tenía ningún plan de vida. ¿Acaso no tenía derecho a escuchar ópera, leer poesía y novelas de aventuras, y conducir su Porsche al límite hasta que descubriera su identidad? Reuben se lo había preguntado una vez, con estas mismas palabras, y ella se había echado a reír. Habían acabado riéndose los dos. «Fantástico, si lo consigues, Cielito —le había dicho ella—. Me tengo que ir al juzgado.»
Marchent estaba probando el café.
—Está bastante caliente —dijo.
Le sirvió el café en una taza de porcelana y le señaló la lechera de plata y el montoncito de terrones de azúcar que descansaban en un plato de plata. Todo ello tan bonito, tan fino... Celeste pensaría: «¡Qué aburrido!», y su madre tal vez ni siquiera se fijaría. Grace mostraba cierta aversión por las tareas domésticas, excepto cuando se trataba de cocinar para una fiesta. Celeste decía que las cocinas existían para almacenar Coca-Cola Light. A su padre le gustaría... Su padre tenía conocimientos generales sobre toda clase de cosas, incluyendo la plata y la porcelana, la historia del tenedor, tradiciones festivas del mundo entero, la evolución de la moda, los relojes de cuco, las ballenas, el vino y los diversos estilos arquitectónicos. Phil se autoapodaba «Miniver Cheevy».[*]
Pero el caso era que a Reuben le gustaba todo aquello. Le encantaba. Reuben era Reuben, y también le gustaba muchísimo la gran repisa de piedra de la chimenea con sus soportes en forma de pergamino enrollado.
—Y, bien, ¿qué estás escribiendo ahora mismo en tu poética cabeza? —le preguntó Marchent.
—Mmmm... Las vigas del techo... Son enormes y, probablemente también, las más largas que he visto. Las alfombras son persas, con motivos florares, a excepción de la pequeña alfombra de rezos de allí. Y no hay malos espíritus bajo este techo.
—Que no hay malas vibraciones, quieres decir —puntualizó Marchent—. Y estoy de acuerdo contigo, pero estoy segura que comprenderás que, si me quedara aquí, no dejaría de lamentarme por tío Felix. Era un auténtico titán. Y te diré una cosa: me ha vuelto todo. A la desaparición de Felix, me refiero. Y llevaba tiempo sin pensar en ello. Tenía dieciocho años cuando mi tío salió por esa puerta hacia Oriente Medio.
—¿Por qué hacia Oriente Medio? —preguntó Reuben—. ¿Adónde iba?
—A una excavación arqueológica, el motivo más frecuente de sus desplazamientos. Esa vez era Irak, algo relacionado con una ciudad nueva tan antigua como Mari o Uruk. Nunca tuve corroboración. Sea como fuere, recuerdo que estaba excepcionalmente emocionado con su destino. Había estado hablando por teléfono con amigos suyos de todo el mundo. No le di demasiada importancia. Siempre se estaba marchando, y siempre regresaba. Si no era para una excavación, era para ir a buscar algún fragmento de algún manuscrito que alguno de sus alumnos acababa de desenterrar de alguna colección inédita en alguna biblioteca extranjera. Tenía decenas de estudiantes a sueldo. Siempre le estaban mandando información. Vivía en su rico mundo aparte.
—Un hombre tan metido en todo eso debió de dejar documentos —tanteó Reuben.
—¡Documentos! No te haces una idea, Reuben. Arriba está lleno de habitaciones enteras repletas de ensayos, manuscritos, carpetas y libros que se deshacen. Hay tanto por revisar, tantas decisiones que tomar... Pero si vendiera la casa mañana estaría dispuesta a enviarlo todo a un almacén de temperatura controlada para poder trabajar desde allí.
—¿Estaba buscando algo, algo en particular?
—Pues si así era, jamás lo mencionó. Una vez dijo: «Este mundo necesita testigos. Se ha perdido demasiado.» Pero creo que era una queja genérica. Sé que financiaba excavaciones y que, a menudo, se encontraba con estudiantes de arqueología e historia que no trabajaban para él. Recuerdo que no paraban de entrar y salir. Les concedía pequeñas becas privadas.
—Qué gozada poder vivir así —opinó Reuben.
—Bueno, como bien sé ahora, tenía el dinero. Nadie dudaba de que fuera rico, pero no lo sabía bien hasta que lo heredé todo. Ven, ¿vamos a echar un vistazo?
A Reuben le encantó la biblioteca.
Pero era una de esas habitaciones de exposición donde nadie escribía una sola carta ni leía un solo libro. Así se lo confesó Marchent. El antiguo escritorio francés estaba perfectamente lustrado y su similar brillaba tanto como el oro. Había un secante verde totalmente limpio y las librerías se extendían del suelo al techo, repletas de las inevitables encuadernaciones en piel de los clásicos, que habrían resultado muy difíciles de llevar en una mochila o leer en un avión.
Estaba el Oxford English Dictionary en veinte volúmenes, una Encyclopaedia Britannica antigua, tomos enormes de arte, atlas y gruesos volúmenes antiguos cuyos títulos dorados se habían borrado.
Una sala sorprendente e inspiradora. Reuben vio a su padre en el escritorio, observando cómo se difuminaba la luz a través de los vitrales, o sentado en la butaca de terciopelo de la ventana con un libro. Las ventanas de la pared oriental de la habitación debían de medir unos nueve metros de ancho.
Ahora era demasiado tarde para ver los árboles. Ya había entrado en aquella sala a primera hora de la mañana. Y si compraba la casa, aquella habitación se la regalaría a Phil. De hecho, podría sobornar a su padre con una simple descripción de la biblioteca. Reparó en el parqué de roble con su monumental e intricado tejido de cuadros entrelazados y en el antiquísimo reloj de estación de ferrocarril de la pared.
Cortinas de terciopelo rojo pendían de barras de latón y una magnífica fotografía de gran tamaño colgaba sobre la repisa de la chimenea, donde aparecía un grupo de seis hombres, todos con ropa de safari, reunidos ante un fondo de bananos y árboles tropicales.
Tenían que haberla tomado con película en placas. El detalle era espléndido. Solo ahora, en la era digital, se podía ampliar una foto a ese tamaño sin degradarla irremediablemente. Pero esta no la habían retocado. Hasta las hojas de los bananos parecían grabadas. Se apreciaban hasta las arrugas más finas en las chaquetas de los hombres y el polvo en sus botas.
Dos de ellos llevaban rifles y algunos estaban ahí plantados, con aire desenfadado, sin nada en las manos.
—La hice hacer yo —informó Marchent—. Fue bastante cara. No quería un cuadro, solo una ampliación fiel. Es de metro veinte por metro ochenta. ¿Ves al de en medio? Es tío Felix. En realidad, es la única foto actual que tenía de él antes de que desapareciera.
Reuben se acercó para mirarla.
Los nombres de los hombres figuraban inscritos en tinta negra sobre el borde de estera que bordeaba la parte interior del marco. Apenas podía leerlos.
Marchent encendió la lámpara de araña y el muchacho pudo ver perfectamente la imagen de Felix, el hombre de tez morena y pelo oscuro que aparecía casi en el centro del grupo, una persona de aspecto realmente agradable, una figura alta y digna, con las mismas manos delgadas y elegantes que tanto admiraba en Marchent e, incluso, cierta reminiscencia de su amable sonrisa. Sin duda, un hombre simpático y cercano con una expresión casi infantil de curiosidad, tal vez de entusiasmo. Aparentaba una edad que bien podía situarse en cualquier punto entre los veinte y los treinta y cinco.
Los demás hombres despertaban un innegable interés, todos ellos con expresiones entre distraídas y serias, y, entre todos, destacaba uno en particular: el del extremo izquierdo. Era alto como los demás y una melena oscura le caía sobre los hombros. Si no hubiera sido por la chaqueta de safari y los pantalones caqui, con esos pelos tan largos, podría haber pasado perfectamente por un cazador de búfalos del viejo Oeste. En su rostro resplandecía una energía positiva, un poco como una de esas figuras ensoñadas de los cuadros de Rembrandt, que parecen bañadas en un momento particularmente místico por una luz divina.
—Ah, sí, él —dijo Marchent en un tono bastante teatral—. ¿No te parece todo un personaje? Pues era el mejor amigo y mentor de Felix. Margon Sperver. Pero tío Felix siempre le llamaba Margon a secas y, en alguna ocasión, Margon el Impío, aunque no sé por qué demonios le llamaba así. A Margon, le hacía gracia. Felix decía que Margon era profesor. Cuando no sabía responder alguna pregunta, siempre decía: «Bueno, tal vez el profesor lo sepa», y cogía el teléfono para buscar a Margon el Impío dondequiera del mundo que estuviera. Hay miles de fotografías de estos caballeros en las habitaciones de arriba: Sergei, Margon, Frank Vandover... De todos ellos. Eran sus colaboradores más cercanos.
—¿Y no pudiste localizar a ninguno cuando él desapareció?
—A ninguno. Aunque es comprensible. No empezamos a buscar hasta al cabo de un año. Esperábamos tener noticias suyas cualquier día. Es verdad que sus viajes podían ser muy cortos, pero también desaparecía, ¿sabes? Simplemente se borraba del mapa. Podía ir a Etiopía o la India donde nadie le podía localizar. Una vez, llamó desde una isla del sur del Pacífico después de un año y medio. Mi padre mandó un avión a recogerle. Y no, jamás encontré a ninguno de ellos, ni siquiera a Margon el Profesor, y eso fue lo más triste de todo.
Suspiró. Parecía muy cansada.
—Al principio —añadió con un hilillo de voz—, mi padre no se esforzó demasiado. Recibió mucho dinero justo después de la desaparición de Felix. Por primera vez, estaba feliz. Creo que no le apetecía demasiado que le recordaran a Felix. «Felix, siempre Felix», decía cuando yo le preguntaba por él. Papá y mamá querían disfrutar de su nueva herencia... Algo de una tía, creo.
Aquella dolorosa confesión le estaba costando.
Reuben alargó la mano lentamente, dándole a entender su pleno soporte, antes de rodearla con el brazo y besarle la mejilla con la misma corrección de la que ella había hecho gala cuando le había besado anteriormente aquella tarde.
Ella se volvió y se fundió en sus brazos por un instante y, luego, le dio un beso fugaz en los labios y volvió a decirle que era el muchacho más encantador que conocía.
—Es una historia desgarradora —dijo Reuben.
—Eres un muchacho extraño, tan joven y a la vez tan mayor.
—Eso espero —dijo él.
—Y, además, esa sonrisa. ¿Por qué escondes esa sonrisa?
—¿La escondo? —preguntó él—. Lo siento.
—Ay, tienes razón. Vaya si la tienes. Es una historia desgarradora. —Marchent volvió a mirar la fotografía—. Ese es Sergei —añadió, señalando a un hombre alto, rubio y de ojos claros que parecía ensoñado o perdido en sus pensamientos—. Supongo que es a quien yo conocía mejor. En realidad, a los demás no les conocía demasiado bien. Al principio, creí que no tendría problemas para encontrar a Margon. Pero los números que encontré eran de hoteles de Asia y Oriente Medio. Y, le conocían, por supuesto, pero no tenían ni idea de dónde se encontraba. Llamé a todos los hoteles de El Cairo y Alejandría en busca de Margon. Recuerdo que también probamos hasta en el último rincón de Damasco. Pasaban mucho tiempo en Damasco, Margon y tío Felix. Algo relacionado con un monasterio antiguo y unos manuscritos recientemente desenterrados. De hecho, todos aquellos hallazgos están todavía arriba. Sé dónde están.
—¿Manuscritos antiguos? ¿Aquí? Podrían ser de un valor incalculable —dijo Reuben.
—Ah, seguramente sí, pero no para mí. Para mí, son una enorme responsabilidad. ¿Qué hago con ellos para conservarlos? ¿Qué habría hecho él? Era muy crítico con los museos y las bibliotecas. ¿Dónde querría que fuera todo esto? Seguro que sus antiguos alumnos estarían encantados de ver estas cosas, nunca dejaron de llamar y preguntar, pero estos temas se tienen que llevar con cautela. Los tesoros deberían estar archivados y bajo custodia.
—Sí, claro, me he pasado un montón de tiempo en las bibliotecas de Berkeley y Stanford —dijo él—. ¿Publicó algo? Quiero decir... ¿Publicó sus hallazgos?
—Que yo sepa no —respondió ella.
—¿Crees que Margon y Felix estaban juntos en ese último viaje?
Marchent asintió.
—Pasara lo que pasase —dijo—, les ocurrió juntos. Mi mayor temor es que les sucediera a todos juntos.
—¿A los seis?
—Sí, porque ninguno de ellos ha llamado preguntando por Felix. Al menos, no que yo sepa. Tampoco llegaron más cartas de ellos. Antes de la desaparición, solían llegar cartas. Dediqué una salvajada de tiempo a encontrar esas cartas y, cuando las encontré, ya sabes, no fui capaz de descifrar las direcciones y todo desembocó en un callejón sin salida. La cosa está en que ninguno de ellos ha contactado jamás con nadie de aquí para preguntar por tío Felix. Por eso me preocupa que, fuera lo que fuese, les ocurriera a todos juntos.
—¿Así que no pudiste encontrarles y ellos jamás volvieron a escribir a tu tío?
—Exacto —contestó Marchent.
—¿Felix no dejó ningún itinerario, ningún plan escrito?
—Ah, sí, seguramente sí. Lo que pasa es que nadie podía leer sus notas personales. Utilizaba un lenguaje propio. Bueno, de hecho, todos ellos utilizaban ese lenguaje, o eso parece, a juzgar por algunas de las notas y cartas que encontré después. No lo utilizaban siempre, pero, al parecer, todos lo conocían. No era ni alfabeto latino. Te enseñaré algunos escritos luego. Hasta llegué a contratar a un genio informático para que lo craqueara hace unos años. No llegó ni a la primera base.
—Extraordinario. Todo esto fascinará a mis lectores. Marchent, esto podría convertirse en una atracción turística.
—Pero ya has visto los artículos anteriores sobre tío Felix. Ya se ha escrito antes sobre él.
—Pero esos viejos artículos solo hablan de Felix, no de sus amigos. No cuentan con todos estos detalles. Ya lo estoy viendo como una trilogía.
—Suena magnífico —reconoció ella—. Haz lo que te apetezca. ¿Y quién sabe? Tal vez alguien sepa algo sobre lo que les aconteció. Nunca se sabe.
La idea era emocionante, pero Reuben sabía que no debía presionar. Ella había vivido veinte años con el peso de aquella tragedia.
Marchent le sacó lentamente de la sala.
Reuben volvió la vista al agradable grupo de caballeros que le observaban plácidamente desde la foto enmarcada. «Y si compro este lugar —pensó—, no pienso quitar esa foto. Si deja que me la quede o saque una copia, claro. ¿No tendría Felix Nideck que permanecer de algún modo en la casa?»
—No compartirías esa foto con el comprador de la casa, ¿verdad?
—Ah, con gusto —respondió ella—. Al fin y al cabo, tengo copias más pequeñas. Todo el mobiliario va incluido, ¿sabes? —Lo señaló todo a medida que avanzaban por la enorme sala—. ¿Ya te lo había dicho? Ven, quiero mostrarte el invernadero. Es casi la hora de cenar. Felice está sorda y casi ciega, pero lo hace todo regida por el reloj que tiene en su cabeza.
—Ya lo huelo —dijo él, mientras atravesaban la gran sala—. Delicioso.
—Sube una chica del pueblo a ayudarla. Parece que los jóvenes están dispuestos a trabajar por casi nada, solo por vivir una experiencia en esta casa. Estoy muerta de hambre.
El invernadero del ala oeste estaba repleto de plantas muertas en viejos tiestos orientales de colores vivos. La estructura de metal blanco que sostenía la elevada cúpula de cristal recordó a Reuben una carcasa de huesos blanqueados. Había una vieja fuente seca en medio del suelo pavimentado con granito negro. Aquello tendría que verlo de nuevo por la mañana, con la luz filtrándose entre los árboles. Ahora era demasiado frío y húmedo.
—Cuando hace buen tiempo se ve por ahí —dijo Marchent, apuntando a las puertas acristaladas—, y recuerdo que una vez hubo una fiesta en la que la gente bailaba aquí dentro y salía a tomar el aire a la terraza. Hay una balaustrada justo al borde del acantilado. Asistieron todos los amigos de Felix. Sergei Gorlagon cantó en ruso, y a todo el mundo le encantó. Y, por supuesto, Felix se lo pasó en grande. Adoraba a su amigo Sergei. Sergei era enorme. Y no había nadie como tío Felix en una gran fiesta. Con aquel humor tan vivaz... ¡Y cómo le gustaba bailar! Y mi padre iba merodeando por ahí y murmurando lo caro que salía todo aquello. —Se encogió de hombros—. Intentaré dejar el invernadero arreglado. Tendría que haberlo hecho antes de que tú llegaras.
—Lo veo claramente —dijo Reuben—, lleno de tiestos con naranjos y bananos, un altísimo ficus benjamin y, tal vez, algún árbol orquídea y alguna enredadera en flor. Yo vendría a leer el periódico aquí.
Por supuesto, a Marchent le encantó la idea, y se rio.
—No, cielo, tú leerías el periódico de la mañana en la biblioteca, que es donde da el sol de la mañana. Vendrías hacia aquí por la tarde, cuando el sol inunda este lugar desde el oeste. ¿Qué te ha hecho pensar en árboles orquídea? Ah, los árboles orquídea... Y, en verano, alargarías tu estancia aquí hasta última hora de la tarde, cuando el sol se sumerge en el mar.
—Me encantan los árboles orquídea —confesó Reuben—. Los he visto en el Caribe. Supongo que todos los del norte nos morimos por los climas tropicales. Una vez estábamos en un hotelito de Nueva Orleáns, uno de esos bed-and-breakfast del Quarter, y, a ambos lados de la piscina, había árboles orquídea que iban dejando caer pétalos morados al agua. Me pareció la cosa más maravillosa del mundo.
—Tú tendrías que tener una casa como esta, ¿sabes? —le dijo ella, y una sombra le oscureció el rostro, aunque tan solo por un segundo. Después, volvió a sonreír y le apretó la mano.
Al salón de música revestido de paneles blancos solo le echaron un vistazo rápido. El suelo era de madera pintada de blanco y, según Marchent, el magnífico piano, que la humedad había echado a perder hacía mucho tiempo, había sido retirado.
—Estas paredes pintadas de aquí se trajeron directamente de una casa de Francia.
—Me lo creo —dijo Reuben, admirando los bordes grabados y los motivos florales desgastados. Eso sí lo aprobaría Celeste, porque le encantaba la música y, a menudo, tocaba el piano a solas. Celeste no daba demasiada importancia a su música, pero de vez en cuando Reuben se había despertado al son de las teclas de la pequeña espineta que ella tenía en su apartamento. Sí, a Celeste, le gustaría.
El gran comedor sombrío fue toda una sorpresa.
—Esto no es un comedor —afirmó Reuben—. Es una sala de banquetes, un salón del aguamiel, y me quedo corto.
—Desde luego. En otra época se utilizó como salón de baile —informó Marchent—. Todos los de los alrededores venían a los bailes que se celebraban aquí. Cuando yo era pequeña, hubo uno.
Aquí, como en la sala principal, prevalecía el panelado oscuro, hermoso y lustrado bajo el artesonado compuesto por una miríada de cuadraditos de yeso alrededor de un techo con brillantes estrellas sobre un fondo azul marino. Era una decoración atrevida. E hizo su efecto.
El corazón de Reuben latía fuerte.
Se acercaron a la mesa. Debía de medir cerca de seis metros y, sin embargo, parecía pequeña en aquel enorme espacio, flotando sobre el lustrado suelo oscuro.
Se sentaron uno frente al otro en sillas de terciopelo rojo y respaldo alto.
Dos gigantescos retablos de madera negra se erguían contra la pared, a espaldas de Marchent, ambos idénticamente grabados con hermosas figuras renacentistas, cazadores con sus comitivas, así como una pila de pesados platos y copas de plata, y montones de lo que parecía tela amarilla, quizá servilletas.
Otras imponentes piezas se alzaban amenazadoras entre las sombras. Parecía dibujarse un armario inmenso y varios arcones antiguos.
La chimenea era enorme y gótica, de mármol negro y repleta de solemnes caballeros medievales con sus cascos. El hogar era alto y, en su base, un grabado representaba una batalla medieval. Reuben no estaba seguro de si podría conseguir una foto bien iluminada de esa zona.
Dos candelabros barrocos, aparte del fuego chisporroteante, eran la única fuente de luz de la sala.
—Pareces un príncipe en esta mesa —bromeó Marchent entre risillas—. Se te ve como pez en el agua.
—Me tomas el pelo —replicó él—. Y tú pareces una gran duquesa a la luz de las velas. Es como si estuviéramos en un refugio de caza vienés, en lugar de en California.
—¿Has estado en Viena?
—Varias veces —respondió. Recordó cuando Phil le llevó a visitar el palacio de María Teresa y le comentó todos y cada uno de los detalles, desde las pinturas de las paredes a los espléndidos hornillos esmaltados con diversos motivos. Sí, a Phil le encantaría el lugar. Phil le comprendería.
Cenaron en un estupendo servicio de porcelana, cuyas piezas, algunas de ellas descantilladas, seguían siendo incomparables. Y la cubertería de plata era la más pesada que había utilizado jamás.
Felice, una mujercilla pequeña y arrugada de pelo blanco y tez oscura, entraba y salía sin pronunciar palabra. «La chica» del pueblo, Nina, era una personilla robusta de pelo castaño que parecía algo alucinada con Marchent, el comedor y los platos que traía a la mesa en su bandeja de plata. Antes de salir corriendo del comedor, había dedicado a Reuben una sonrisa entre risillas nerviosas y suspiros.
—Tienes una fan —le susurró Marchent.
El redondo de ternera estaba perfecto, las verduras extraordinariamente frescas y crujientes, y la ensalada perfectamente equilibrada con aceite ligero y hierbas.
Reuben bebió algo más de vino tinto del que habría querido tomar, pero era sumamente suave y tenía aquel sabor opaco y ahumado que él siempre asociaba a las mejores cosechas... En realidad, no sabía nada de vinos.
Estaba comiendo como un cerdo. Lo hacía siempre que se sentía feliz, y se sentía feliz, extraordinariamente feliz.
Marchent le contó la historia de la casa, la parte que él ya había descubierto durante su investigación.
El tatarabuelo de Marchent, el fundador Felix, había sido un barón de la madera de aquellos parajes y había construido dos aserraderos en la costa, así como un pequeño puerto, ahora desaparecido, para los barcos. Había hecho cortar y diseñar la madera para la casa in situ, y había traído en barca gran cantidad de mármol y granito de la costa norte. La piedra para los muros llegó tanto por tierra como por mar.
—Por lo visto, todos los Nideck tenían dinero europeo —añadió Marchent—, y aquí ganaron mucho más.
Aunque tío Felix era quien concentraba el grueso de la riqueza familiar, Abel, el padre de Marchent, todavía conservaba todas las tiendas del pueblo cuando ella era niña. Algunos terrenos cercanos de primera línea de mar, al sur de la propiedad, se habían vendido antes de que ella se marchara a la universidad, aunque muy pocos habían llegado a construir en esas tierras.
—Eso ocurrió mientras Felix se había ausentado en uno de sus viajes largos. Mi padre vendió las tiendas y los terrenos de la fachada marítima y, a su regreso, Felix se enfureció. Recuerdo que discutieron acaloradamente. Pero ya no había nada que hacer. —Marchent parecía cada vez más triste—. Ojalá mi padre no hubiera estado tan resentido con tío Felix. Tal vez si no lo hubiera estado, si le hubiéramos empezado a buscar de inmediato... Pero ya hace mucho de todo aquello.
La propiedad aún comprendía diecinueve hectáreas, incluyendo el bosque de secuoyas antiguas que crecía tras la casa, un gran número de robles vivos y las laderas boscosas que bajaban hasta la playa por el oeste. En el bosque, había una casa que Felix había construido a una extraordinaria altura, entre las ramas de un árbol.
—Nunca he estado ahí —dijo Marchent—. Pero mis hermanos pequeños dijeron que era bastante lujosa. Por supuesto, no la habían pisado hasta que Felix fue declarado oficialmente muerto.
En realidad, Marchent no sabía mucho más de la familia que el resto de la gente. Formaban parte de la historia del condado.
—Creo que tenían dinero invertido en petróleo y diamantes, y en una propiedad en Suiza —dijo, antes de encogerse de hombros.
Sus fondos fiduciarios, al igual que los de sus hermanos pequeños, eran simples inversiones convencionales gestionadas en Nueva York.
Con la lectura del testamento de tío Felix, salió a la luz una gran cantidad de dinero depositado en el Banco de América y el Wells Fargo Bank, mucho más de lo que Marchent podía haber imaginado jamás.
—Entonces, no necesitas vender este lugar —apuntó Reuben.
—Necesito venderlo para sentirme libre —replicó ella. Hizo una pausa, cerró los ojos un segundo y, a continuación, cerrando el puño derecho, se golpeó suavemente el pecho—. Necesito saber que todo ha terminado, ¿sabes? Y, además, están mis hermanos pequeños. —Le cambió la cara y también la voz—. Ha habido que comprarlos para que no recurrieran el testamento. —Volvió a encogerse de hombros, aunque, esta vez, parecía algo triste—. Quieren su parte.
Reuben asintió, aun sin acabar de entenderlo.
«Voy a intentar comprar este lugar.»
Sabía que lo haría, a pesar de los inconvenientes, de lo caro que resultara restaurarlo, adecuarlo y mantenerlo. Hay momentos en que uno sencillamente no puede decir que no.
Pero lo primero era lo primero.
Marchent empezó a hablar por fin del accidente que acabó con la vida de sus padres. Volvían en avión de Las Vegas. Su padre era un piloto excelente y habían realizado ese viaje centenares de veces.
—Seguramente no llegaron a saber ni lo que había ocurrido —dijo ella—. Fue una desgracia que arrollaran aquella torre eléctrica escondida entre la niebla.
Por entonces, Marchent tenía veintiséis años. Felix llevaba ocho años desaparecido y ella se convirtió en la tutora de sus dos hermanos menores.
—Creo que la fastidié —confesó Marchent—. Después del accidente, nunca fueron los mismos. Desde entonces, hubo drogas y alcohol, y amigos de la peor reputación posible. Yo solo quería volver a París. No pasé bastante tiempo con ellos, ni entonces ni nunca. Y fueron de mal en peor.
Con un año de diferencia, dieciséis y diecisiete en el momento del accidente, los hermanos eran casi como gemelos, muy reservados y con un lenguaje personal de sonrisitas, muecas sarcásticas y murmullos que muy pocos podían interpretar o soportar durante demasiado tiempo.
—En esta habitación hubo unos magníficos cuadros impresionistas hasta hace pocos años —informó Marchent—. Mis hermanos los robaron: vinieron un día que Felice estaba sola y los vendieron por una miseria. Me puse furiosa, pero no podía hacer nada para recuperarlos. Más tarde, también descubrí que se habían llevado algunos cubiertos de plata.
—Debió de ser una gran decepción —opinó Reuben.
Ella se rio.
—Desde luego. La tragedia es que estas cosas han desaparecido para siempre y ¿sabes qué sacaron los chicos de ello? Una pelea de borrachos en Sausalito en la que tuvo que intervenir la policía local.
Felice entró, silenciosa, con su apariencia frágil e insegura, pero retiró los platos eficientemente. Marchent se escapó a pagar a «la chica» y regresó enseguida.
—¿Felice ha estado siempre contigo? —preguntó Reuben.
—Pues sí, junto con su hijo, que murió el año pasado. Él era el hombre de la casa, sin duda. Se encargaba de todo. Y cómo detestaba a mis hermanos... Incendiaron dos veces la casa de huéspedes y destrozaron más de un coche. Después contraté a un par de hombres, pero no funcionó. Ahora mismo no hay ningún hombre por aquí. Solo el viejo señor Galton, carretera abajo, pero le llamamos para cualquier cosa que necesitamos. Podrías mencionarlo en tu artículo. El señor Galton conoce la casa por dentro y por fuera. También conoce el bosque. Me llevaré a Felice cuando me vaya. No puedo hacer otra cosa.
Hizo una pausa mientras Felice servía el postre de frambuesa al jerez en vasos de cristal.
—Felix trajo a Felice de Jamaica —añadió—, junto con una tonelada de curiosidades y arte jamaicanos. Siempre entraba por la puerta con algún tesoro: una estatua olmeca, un cuadro colonial al óleo de Brasil, un gato momificado. Ya verás cuando veas las galerías y los almacenes de arriba. Hay tablillas, cajas enteras de tablas antiguas de arcilla...
—Por tablillas, ¿te refieres a antiguas tablillas mesopotámicas de verdad? ¿Hablas de la escritura cuneiforme, de Babilonia y de todo eso?
Ella se rio.
—Desde luego.
—Eso tiene que ser de un valor incalculable —apreció Reuben—. Y merecería que se le dedicara un artículo entero. Tengo que ver esos fragmentos. Me los enseñarás, ¿verdad? Mira, no voy a incluirlo en el artículo. Distraería demasiado la atención. Queremos que la casa se venda, claro, pero...
—Te lo enseñaré todo —le cortó ella—. Es un placer. Un placer bastante inesperado, por cierto. Y, ahora que estamos hablando, ya no me parece algo tan imposible.
—Escucha, tal vez pueda ayudarte de algún modo, formal o informalmente. Hice algo de trabajo de campo durante mis veranos en Berkeley —añadió él—. Fue idea de mi madre. Decía que, si su hijo no iba a ser médico, por lo menos tenía que ser culto. Me inscribió en diversas exploraciones.
—Y a ti te gustaba.
—No tenía bastante paciencia para eso —confesó él—, pero lo disfrutaba. Pasé bastante tiempo en Çatal Höyük, en Turquía, que es uno de los yacimientos más antiguos del mundo.
—Ah, sí, yo también estuve ahí —observó ella—. Es sencillamente maravilloso —añadió, mientras se le iluminaba la cara—. ¿Viste Göbekli Tepe?
—Sí —respondió él—. Fui el verano antes de dejar Berkeley. Escribí un artículo sobre Göbekli Tepe para un periódico. Eso me ayudó a conseguir mi trabajo actual. En serio, me gustaría ver todos esos tesoros. Me encantaría tomar parte en los acontecimientos, si tú quieres, por supuesto. ¿Qué te parece otro artículo, uno que no se publicara hasta que todo estuviera a salvo fuera de aquí? Ya sabes, un artículo sobre el legado de Felix Nideck. ¿Te gustaría?
Marchent reflexionó un momento, con una mirada tranquila.
—Más de lo que podría expresar —respondió.
Era emocionante ver el interés que suscitaba en Marchent. Cuando hablaba de sus aventuras arqueológicas, Celeste siempre le cortaba. ¿Y dónde te llevó todo aquello, Reuben? ¿Qué sacaste de esas excavaciones?»
—¿Alguna vez te planteaste ser médico como tu madre? —le preguntó Marchent.
Reuben se rio.
—Soy incapaz de recordar la información científica —respondió él—. Te puedo recitar a Dickens, Shakespeare, Chaucer y Stendhal, pero no puedo retener una sola frase sobre la teoría de cuerdas, el ADN o los agujeros negros del espacio. Y no es que no lo haya intentado. No habría podido ser médico de ninguna manera. Además, una vez vi sangre y me desmayé.
Marchent se rio, pero con ternura.
—Mi madre es cirujana de urgencias. Opera cinco o seis veces al día.
—Y, por supuesto, está decepcionada porque no has optado por la medicina.
—Algo sí, pero más con mi hermano mayor, Jim, que conmigo. Que se hiciera sacerdote fue un duro golpe. Somos católicos, por supuesto, pero es algo que a mi madre ni siquiera le había pasado por la cabeza. Tengo mi propia teoría sobre por qué lo hizo, ¿sabes?, la perspectiva psicológica, pero la verdad es que es un buen sacerdote. Fue destinado a San Francisco. Trabaja en la iglesia de Saint Francis, en la comunidad del Gubbio de Tenderloin, y dirige un comedor para vagabundos. Trabaja más duro que mi madre. Son las dos personas que más trabajan en el mundo.
Celeste sería la tercera, ¿no es cierto?
Siguieron hablando de yacimientos. Reuben nunca había sido muy amigo de los detalles y no había llegado demasiado lejos examinando fragmentos de alfarería, pero estaba encantado con todo lo que había aprendido. Se moría de ganas de ver las tablillas de arcilla.
Hablaron también de otras cosas. Del «fracaso» de Marchent, tal como ella misma lo había definido, con sus hermanos, que nunca se interesaron por la casa, ni por Felix, ni por las cosas que Felix había dejado.
—No sabía qué hacer después del accidente —confesó Marchent. Se levantó y caminó lentamente hacia la chimenea. Removió el fuego y las llamas volvieron a avivarse—. Los chicos ya habían pasado por cinco internados. Expulsados por beber. Expulsados por consumo de drogas. Expulsados por vender drogas.
Volvió a la mesa. Felice entró inadvertidamente con otra botella del soberbio vino.
Marchent siguió sincerándose en voz baja, en un tono de increíble confianza.
—Creo que han pasado por todos los centros de rehabilitación del condado —admitió Marchent—, y hasta por algunos del extranjero. Saben perfectamente lo que deben decir al juez para que les mande a rehabilitación, y lo que deben decir a los terapeutas una vez dentro. Se ganan la confianza de los médicos con una facilidad increíble. Y, por supuesto, acumulan un cargamento de medicamentos psiquiátricos antes de que los suelten. —De pronto, levantó la cabeza—. Reuben, no vayas a escribir nada de esto, ¿eh? —añadió.
—Por supuesto que no —replicó él—. Pero no todos los periodistas son de fiar. Lo sabes, ¿verdad, Marchent?
—Supongo —dijo.
—Un buen amigo de Berkeley murió de sobredosis. Así fue como conocí a mi novia, Celeste. Era su hermano. Lo que te quiero decir es que mi amigo lo tenía todo, ¿sabes? Simplemente se dejó atrapar por las drogas y murió como un perro, en el váter de un bar. Nadie pudo hacer nada.
A veces, a Reuben le daba por pensar que la muerte de Willie les había unido, a él y a Celeste, al menos durante un tiempo. Celeste había pasado de Berkeley a la Facultad de Derecho de Stanford, y se había colegiado nada más acabar. La muerte de Willie infundió cierta fuerza a la relación. Fue como un acompañamiento musical en clave menor.
—Nunca se sabe por qué la gente se mete en eso —añadió Reuben—. Willie era un tipo brillante, pero era un adicto. Él se quedó ahí anclado mientras sus amigos simplemente lo probaban.
—Así es. Yo debo de haber probado exactamente las mismas drogas que mis hermanos. Pero, por el motivo que sea, estas cosas no me han atraído nunca.
—A mí me pasa lo mismo —dijo él.
—Es evidente que les molestó mucho que yo lo heredara todo, pero ellos eran solo unos niños cuando tío Felix desapareció. De haber regresado a casa, habría cambiado su testamento para incluirles también.
—¿Recibieron algo de tus padres?
—Por supuesto. Y de nuestros abuelos y tatarabuelos. Lo despilfarraron a la velocidad de la luz, dando fiestas aquí para centenares de personas y financiando bandas de rock de drogadictos como ellos que no tenían ninguna oportunidad de triunfar. Conducen borrachos, estrellan los coches y, de algún modo, se las arreglan para salir sin ningún rasguño. Cualquier día se matarán o matarán a alguien.
Marchent le contó que, cuando vendiera la casa, les pagaría una buena suma. No tenía por qué hacerlo, pero lo haría. Lo administraría el banco para que no pudieran dilapidarlo como hicieron con sus herencias. Pero los hermanos no estaban nada satisfechos con el arreglo. Respecto a la casa, no tenía ningún valor sentimental para ellos y, si pensaran que podían sacar algo de las colecciones de Felix, ya las habrían robado hacía mucho tiempo.
—La verdad es que no conocen el valor de la mayoría de tesoros escondidos en esta casa. De vez en cuando, rompen la cerradura y huyen con alguna nimiedad. Pero lo que usan principalmente es la extorsión, ¿sabes? Llamadas en plena borrachera a altas horas de la noche, amenazando con el suicidio, con lo que consiguen que, tarde o temprano, les firme un buen cheque. Aguantan el sermón, las lágrimas y los consejos sobre el dinero, y se vuelven a largar al Caribe, a Hawái, a Los Ángeles o a cualquier otro lugar de juergas. Creo que su último plan es meterse en el negocio de la pornografía. Han encontrado una estrella a la que están cultivando. Si es una menor, puede que acaben en la cárcel, algo que, tal vez, sea inevitable. Nuestros abogados creen que así será, pero todos actuamos como si aún hubiera esperanza.
Marchent paseó la mirada por la sala. Reuben no podía imaginar cómo la vería ella. Sabía cómo la veía él y sabía también que no podría olvidar la imagen de aquella mujer bajo la luz de las velas, aquel rostro ligeramente sonrojado por el vino con los labios tan rojos y unos ojos grises que centelleaban frente al fuego.
—Lo que me puede es que jamás tuvieron curiosidad por nada. Nunca se interesaron por Felix ni por nada... Ni por la música, ni por el arte ni por la historia.
—¿Cómo es posible? —se extrañó Reuben.
—Eso es lo que me reconforta de ti, Reuben. No tienes ese cinismo incipiente de los jóvenes.
Marchent seguía mirando a su alrededor, con algo más de inquietud en los ojos, que recorrieron el oscuro panel lateral y la oscura repisa de mármol hasta llegar, de nuevo, al candelabro redondo de metal que no habían encendido y cuyas velas rechonchas estaban completamente cubiertas de polvo.
—Pasamos muy buenos momentos en esta habitación —explicó Marchent—. Tío Felix prometió llevarme a muchos sitios. Teníamos muchos planes. Pero primero debía acabar mis estudios. En eso era inflexible. Después viajaríamos por el mundo.
—¿Sentirás un dolor terrible cuando vendas este lugar? —la tanteó Reuben—. De acuerdo, estoy algo borracho, pero tampoco mucho. En serio, ¿no te arrepentirás? ¿Cómo no vas a arrepentirte?
—Aquí ya no hay nada que hacer, querido muchacho —respondió ella—. Ojalá pudieras ver que Buenos Aires es mi casa. No. Este viaje es una peregrinación. Aquí solo quedan cabos sueltos.
De repente, a Reuben le entraron ganas de decir: «Oye, te compro este lugar. Y puedes venir cuando quieras y qued
