La mirada de la loba blanca

Claire Bouvier

Fragmento

Creditos

Título original: Das Lied der Weissen Wölfin

Traducción: Basilio Losada e Isi Feuerhake

1.ª edición: octubre 2012

© 2012 by Bastei Lübbe GmbH & Co. KG, Köln

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B.22791-2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-263-4

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1

Canadá 1882

Desde el borde de carga del carro entoldado, Marie Blumfeld miraba ensimismada al cielo donde el círculo perfecto de la luna llena flotaba sobre los oscuros abetos. Unas aves nocturnas pasaban lentas, como deslizándose, mientras un misterioso crujido acompañaba el batir uniforme de los cascos de los caballos. Es casi como antes, cuando Peter y yo nos sentábamos en la pérgola cubierta de lilas y nos contábamos cuentos, pensaba Marie con tristeza, mientras se ciñó más estrechamente la manta en torno de sus hombros.

Pese a que ya tenía veinticuatro años, las antiguas historias seguían todavía vivas en ella. En el barco de vapor Marie se las había contado frecuentemente a los niños cuando se sentían atemorizados por el oleaje y el temporal. También ahora que la caravana de emigrantes se adentraba cada vez más en el interior canadiense, sus pensamientos regresaban a menudo a los héroes de su infancia. Solo así conseguía paliar la añoranza que ardía en su alma. Pese a que en su tierra natal del norte de Alemania no había nada por lo que hubiese valido la pena quedarse, Marie echaba de menos los amplios paisajes, las colinas suavemente redondeadas y los bosques que había atravesado a pie, siempre que le había sobrado tiempo para hacerlo...

Marie apartó decididamente este pensamiento y se volvió hacia sus compañeras de viaje. Las cuatro mujeres con que compartía este carro entoldado no podrían haber sido más diferentes. La temperamental Ela y la campechana Marthe habían venido también en el barco de emigrantes; la aún algo infantil Klara se les había unido en Boston. Mientras todas las demás roncaban placenteramente como si estuvieran tendidas entre acogedores edredones y no sobre rasposas mantas del ejército, Marie, como tantas veces, no encontraba la calma. El balanceo del carro la arrancaba una y otra vez de su duermevela, de modo que solo se acostaba cuando se sentía verdaderamente cansada.

Habían transcurrido ya tres semanas, unas semanas que habían convertido a unas mujeres decentemente vestidas en una banda de vagabundas en ropas provisionalmente remendadas y con el cabello desgreñado. Pese a que hacían regularmente paradas para lavarse, frecuentemente el tiempo no bastaba para que pudieran arreglarse debidamente.

Marie echó mano a su larga trenza rubia cuyas puntas rotas sobresalían como la paja en un fardo. «Tendré que cortármela cuando esté en Selkirk», pensó con algo de tristeza. Al mismo tiempo la ilusionaba el final del viaje, pues cuando llegase a la meta allí la esperaba una nueva vida.

Cuidadosamente acercó su bolsa de tela, en la que había metido todas sus escasas pertenencias. No les habían permitido mucho equipaje. Algunas de las mujeres traían consigo además utensilios de cocina que producían un tintineo metálico durante el viaje. Como necesitaban las ollas y sartenes, el jefe de la caravana no puso objeciones, aunque se prescindía de cualquier carga innecesaria para poder avanzar lo más rápidamente posible.

Marie solo había llevado vestidos, enaguas y un abrigo, pues le habían dicho que los inviernos canadienses podían resultar muy duros. Además había en su bolsa algunos artículos de tocador y recado de escribir. No poseía joyas ni otros objetos de valor, pues en la guerra de 1870 su padre había donado las joyas de su madre para fines benéficos y no pensaba que ella tuviese que poseer joyas de ninguna clase.

Certeramente, su mano encontró entre sus papeles de inmigración la hoja que, de tanto sacarla y contemplarla, ya estaba completamente arrugada y desgastada. Con ella en la mano se sentó en el borde de carga del carro.

«Se buscan esposas para hombres de holgada situación económica en Canadá» anunciaban las gruesas letras del título. El texto que figuraba a continuación ofrecía a solteras o a viudas la posibilidad de empezar en el lejano Canadá una nueva vida al lado de un buscador de oro, un peletero o de un granjero.

Cuando vio por primera vez el cartel en la puerta de la alcaldía, se le ocurrió al principio la pregunta irónica de por qué unos hombres canadienses debían casarse precisamente con mujeres alemanas. ¿Acaso en aquel gran país no había mujeres que los quisieran? Pero cuando su vida cambió de la noche a la mañana, el anuncio ya no se le antojó tan ridículo. Al contrario, se había convertido para Marie en una cuerda de salvamento, la última de la que esperaba que la pudiese arrancar de las tinieblas del sufrimiento.

Ahora, sin embargo, se preguntaba si lo que hacía era lo correcto. «¿Qué dirías tú, Peter?», pensó, y como respuesta sintió una dolorosa tirantez en su pecho. Ni siquiera un año después de la gran desgracia era capaz de pensar en él sin dolor en el cuerpo y en el alma.

Cuando volvió a guardar el recorte del periódico, sus dedos rozaron el cuadernillo que había comprado en Boston. Una mujer en el barco de emigrantes le había aconsejado que anotara sus vivencias en un diario. Contagiada por el entusiasmo de sus compañeros de viaje, había ido a una pequeña tienda junto al puerto y había adquirido, con su primer dinero cambiado en moneda del país, un pequeño diario envuelto en papel jaspeado, aunque solo fuera para dejar constancia de observaciones sobre la naturaleza o para dibujar plantas en él. «Para el caso de que pueda volver a dar clases como maestra», se le pasó por la cabeza, cuando guardó el cuadernillo en su bolsa.

Pero ahora se le ocurrió otra idea. Hasta la fecha no había sido aficionada a escribir un diario. Los diarios eran para muchachas muy sensibles, desbordadas por las emociones. Como le había sucedido con muchas otras cosas, también en este sentido Marie había cambiado de opinión.

«Debería librarme de las sombras del pasado», pensó. Si las conjuro sobre el papel, tal vez ya no puedan hacerme daño. Con cuidado abrió el cuaderno y pasó el dedo sobre las páginas vacías de color crema.

Al hacerlo, Marie casi creía oír nuevamente la voz de su hermano. Ánimo, Mariechen, no te va a pasar nada. Cuando se dio cuenta de que solo era el viento nocturno el que susurraba a través de los árboles del bosque, sacó un lápiz de su bolsa y empezó a escribir.

Peter decía siempre que en el momento en que me vio por primera vez, se enamoró perdidamente de mí. En realidad, él, que tenía entonces tres años, había deseado tener un hermano con quien poder jugar. En consecuencia se sintió decepcionado cuando nuestro padre le comunicó que la madre le había dado una hermana. A punto estuvo Peter de negarse a mirarme, tumbada allí en mi cuna. Pero se vio incapaz de rehuir la suave llamada de mi madre. Asomó su rostro sobre aquel fardo rojo, envuelto en pañales y telas, y a partir de aquel momento supo que, finalmente, no llevaría a cabo su plan secreto. Pues, oscuramente, se le había ocurrido la idea de intercambiarme por el hijo recién nacido de la vecina.

Nos criamos en el corazón de Mecklemburgo, en una región campesina, marcada por la agricultura, los pastos y las fincas agrícolas. Tan pronto supe caminar por mí misma, él me llevaba consigo al jardín o a los prados. Debíamos de formar una extraña parejita: un chiquillo desgarbado, con la cabeza demasiado grande, al lado de una niña algo regordeta con los brazos y las piernas demasiado cortos.

Pese a que seguramente de niña yo no era ninguna belleza, solo raramente constituía el blanco de las bromas de los demás niños, pues mi hermano ponía todo su empeño en defenderme fervorosamente, incluso cuando era yo quien había iniciado la pelea, como sería a menudo el caso más adelante.

Como hijos de Martín Blumfeld, el párroco del pueblo, llevábamos una vida privilegiada en la que teníamos acceso al arte y a la literatura. Decir que nuestro padre era cariñoso sería una exageración, pero se cuidaba de nosotros y nos abría horizontes que permanecían cerrados para los hijos de los trabajadores agrícolas y de los campesinos.

Cuando nuestra madre estaba embarazada de su tercer hijo, un embarazo que le causaba grandes problemas físicos, toleraba incluso nuestra presencia en su biblioteca. Todavía recuerdo perfectamente las altas estanterías repletas de infolios encuadernados en piel y tomos de distintos colores. Muchos de estos escritos trataban de la Biblia y de su interpretación, otros estaban dedicados a las ciencias naturales. Mi padre nunca apreció la prosa narrativa.

En aquella época, sin embargo, cuando permanecía sentada sobre los dibujos de la alfombra, el contenido de los libros me era aún indiferente. Después de haberlos contemplado con admiración, me volvía hacia mi hermano que traía siempre una peonza a la biblioteca. Cuando se hartaba de mis exclamaciones de alegría y mi batir de palmas, mi padre nos entregaba al cuidado de su ama de llaves. Luise, una mujer fuerte que se había marchitado demasiado joven, nos contaba gran variedad de cuentos y a veces lograba convencernos de que los seres nombrados existían realmente, lo que nos inducía a salir de noche a escondidas de la casa para comprobar si era cierto que en nuestro jardín moraban duendes que danzaban con las hadas sobre los charcos.

Una noche estábamos acurrucados bajo un saúco cerca de la casa. En mi afán por ver a un hada, yo no me había puesto la chaqueta, y Peter se encontraba en tal estado de excitación que solo se había puesto sus pantalones sobre el camisón. Tiritando de frío, me arrimaba a él mientras permanecimos hora tras hora en nuestro escondite. El frío de la noche primaveral me traspasó completamente y no tardé en tener la sensación de estarme convirtiendo en un carámbano. Pero la esperanza de que, pese a todo, al fin iba a aparecer el hada, me hizo aguantar. Además no quise dar una imagen de debilidad ante mi hermano, a quien, de todas formas, sus compañeros de juegos tomaban el pelo porque llevaba siempre a su hermana pegada a sus calzones.

Cuanto más se aproximaba la madrugada, más decepcionados nos sentíamos, pues el hada no se había presentado y tampoco habían aparecido duendes o enanos. Cuando por la mañana nos metimos en nuestras camas, me sentía enferma. Y lo cierto es que ya al día siguiente se confirmó que había atrapado un terrible resfriado. Bajo el efecto de la fiebre soñaba realmente con elfos danzantes, y solo mucho más tarde supe que durante aquellas noches había estado muy próxima a la muerte. Peter se sentía tan compungido por mi enfermedad que no solo se negaba a apartarse de mi lecho de enferma, sino que, cuando estaba ya curada, me regaló su más hermoso soldado de plomo, uno de chaqueta azuldorada y con casco azul. Aunque más tarde cayó en el olvido, yo conservé para siempre en mi corazón el cariñoso gesto que revelaba este regalo.

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2

Marie se sobresaltó cuando el carro entoldado se detuvo. Para su sorpresa vio que ya no se hallaban en el bosque sino en una vasta llanura que, solo en los bordes, aparecía ribeteada por una franja boscosa de color verde oscuro. Una mañana radiante había ahuyentado la noche.

«¡Mi diario!» Asustada tanteó a su alrededor y respiró con alivio cuando sus dedos palparon la libreta. Debió de haberse quedado dormida poco después de terminar sus anotaciones. El lápiz había rodado un trozo por el carro hasta que el equipaje de Ela frenó su trayectoria.

Marie lo metió en su bolsa y guardó la libreta bajo su desgastado corsé que, durante las semanas pasadas, le había quedado algo más holgado. Aunque el cuadernillo oprimía con dureza sus costillas, de ninguna manera se le pasó por la cabeza dejarlo abandonado en el carro. De sobra conocía la curiosidad femenina. Pese a que Ela le caía bien, la veía muy capaz de mostrar interés por cosas que no le importaban.

Tras ajustarse el corsé, descendió del carro y se dirigió hacia la alberca que tenía casi el tamaño de un lago. Era pintoresco contemplar cómo el cielo matutino, ligeramente nublado y de color rosa, se reflejaba en las oscuras olas, cuando las primeras mujeres, con las faldas recogidas, se introdujeron en el agua con gran alborozo.

Marie se desperezó aspirando profundamente el aire matinal. Aparte del olor cenagoso del agua, percibió también un rastro de resina de abeto, de hierba y de flores. Un batir de alas atrajo su mirada y la dirigió al pequeño prado situado junto a la alberca. Las palomas, que habían alzado el vuelo desde allí, dieron unas breves vueltas sobre el lago y, después, desaparecieron en el bosque. Las flores que en la proximidad del agua se extendían por la mayor parte del suelo, se parecían a las albas lupinas que en su país abundaban a orillas de cualquier camino. De un color rojo resplandeciente, se mecían como pequeñas llamas agitadas por la brisa matutina.

Vacilante, Marie se recogió la falda y se introdujo también en el agua. Cuando sus piernas se hubieron acostumbrado al frío, notó la presencia de unos hombres tras el carro. Eran acompañantes de la caravana que se encargaban de su seguridad. El reverendo Willoghby, el clérigo que acompañaba la caravana, a duras penas logró evitar que el grupo variopinto dirigiera sus curiosas miradas a las mujeres.

—¡Señores! —‌tronó, mientras caminaba arriba y abajo delante de ellos, como un general—. ¡Si les atormentan pensamientos impuros, deberían pensar en la palabra del Señor!

—Perdóneselo, reverendo —‌intentó apaciguar Angus Johnston, que se unió ahora al grupo. El jefe de la caravana, un fornido escocés de anchos hombros, gozaba de gran estima entre su equipo y era admirado por casi todas las mujeres. Su palabra iba a misa; sin embargo, no era ningún monstruo, y respetaba las necesidades de su gente.

—Hace mucho tiempo que los hombres no han visto a tantas mujeres juntas. Es casi un milagro que se mantengan tan valientemente en pie y que su asombro no les haga desmayarse.

Como confirmando las palabras de Angus, algunos de los hombres alargaban ya el cuello. Sus miradas se posaron también en Marie que, sin embargo, no tenía ninguna intención de seguir desnudándose. Se lavó rápidamente la cara, las manos y los pies e intentó acallar el cotorreo de las mujeres que se encontraban junto a ella.

A sus compañeras no parecía importarles que los hombres echaran un vistazo a sus piernas desnudas y su ropa interior. Sin pizca de vergüenza, se salpicaban con el agua, de modo que a Marie no le quedó más remedio que alejarse un poco de ellas.

—He oído decir que aquí los hombres andan medio muertos de hambre, pero que, en cambio, son tremendamente tímidos —‌le llegó del otro lado la voz de la robusta Elisabeth Meyerfeld, a la que todos llamaban simplemente Betty, y cuyo corpiño apenas lograba sujetar el considerable volumen de sus pechos—. Qué bien que haya ya hombres esperándonos. Pero si hemos de esperar a que estos tipos nos digan algo, seremos ya viejas.

—Sí, pero ¿quién sabe lo que nos habrán endilgado? —‌objetó Lisa para quien el matrimonio con un granjero canadiense sería el segundo—. Al final resultará que son unos viejos incapaces de calentar la cama matrimonial.

Marie resopló escandalizada e intentó mitigar un poco su bochorno echándose agua a la cara. Nuevamente se sintió desplazada entre aquellas mujeres que no tenían pelos en la lengua. Pronto se había dado cuenta de que, de ellas, solo una minoría sabía leer y escribir. La mayoría procedía de un ambiente modesto y de este viaje esperaban que les proporcionase un futuro mejor.

«Y ¿qué espero yo de mi vida futura? —se preguntó a sí misma mientras se secaba la cara con el ribete de sus enaguas—. ¿Solo un hombre que cuide de mí? ¿O espero algo más?»

Con motivo de los preparativos de su salida del país había oído decir que aquí las mujeres podrían también ejercer una profesión. Sintió una gran alegría cuando se enteró de que para ella habían elegido a un hombre culto, a uno a quien los libros le decían algo y que seguramente sería lo suficientemente refinado como para no lanzarse sobre ella como un lobo hambriento. Y que, tal vez, le permitiría que ejerciera su antigua profesión.

Alguien le dio una palmada en el hombro. Asustada, Marie se volvió. En el rostro de Ela Wagner, con quien había entablado amistad durante la travesía, percibió una sonrisa maliciosa.

—¿Te he asustado?

—Un poco —‌admitió Marie, mientras se arreglaba las faldas.

—¿Cómo pasaste la noche? —‌preguntó Ela que, ahora, con las faldas arremangadas, se introdujo a su vez en el agua—‌. Te oí trasteando en el carro.

—Me quedé dormida hacia medianoche y luego ya no pude dormir más.

Marie no dijo que había aprovechado el tiempo para escribir en su diario.

Con gestos hábiles se soltó la trenza y pasó sus dedos por el cabello antes de volver a trenzarlo.

—Pues para no haber dormido apenas, tienes muy buen aspecto —‌replicó Ela con admiración. Después su mirada se desvió hacia el carro, donde los hombres seguían de pie, pero teniendo que escuchar ahora un sermón del reverendo Willoghby—. Dicen que algunos de los hombres hablan de ti.

Marie enarcó las cejas. Incluso sin querer, dirigió la mirada a los mozos a quienes el clérigo estaba sermoneando nuevamente.

—¿De mí? ¿Quién dice algo de mí?

—Sí, de ti —‌confirmó Ela, mientras soltaba sus oscuros bucles echándoselos sobre los hombros.

Con estos gestos es más probable que sea ella quien se convierta en tema de conversación de los hombres de la caravana, pensó Marie mientras la observaba. El propietario de unos almacenes, con quien estaba prometida, podía sentirse feliz de que una mujer como ella se convirtiera en su esposa.

—Lo ha contado Elisabeth.

—¡Seguro que lo habrá entendido mal! —‌intentó negar Marie, cohibida—. Sabes muy bien que su inglés no es muy bueno.

—Pero creo que para eso es más que suficiente.

Ela soltó una risita maliciosa al ver que Marie se ruborizaba.

Entre los hombres había algunos que podrían haberle gustado, pero el hecho de estar prometida le había impedido entregarse a fantasías románticas.

—No, hablaban de la «rubita alemana». Y como puedes ver, tú eres la única rubia aquí.

—¡No es cierto! —‌protestó Marie—. Katty y Elvira también son rubias.

—Katty es pelirroja, aquí dicen ginger. Al menos, si no me han engañado.

—Ginger significa pelirrojo, es cierto —‌replicó Marie.

—Y el rubio oscuro de Elvira yo diría que es casi moreno. Cuando los chicos hablan de una rubia, seguro que se refieren a ti.

Con una sonrisa, Ela extendió la mano en dirección a la trenza de Marie, que caía un poco en desorden por sus hombros.

Desconcertada, Marie se volvió.

—Como muy bien sabes, estoy prometida.

—¡Con un clérigo! —‌replicó Ela bromeando—. Tal vez se parezca al reverendo Willoghby. En este caso no habrá fuego en la noche de bodas.

—¡Es joven todavía! —‌protestó Marie, que había estudiado detenidamente el currículum de su prometido—. ¡Y en mi tierra todos los curas tienen muchos hijos! Supongo que en la tuya, en Hamburgo, no será distinto, ¿verdad?

—No, no es distinto —‌respondió Ela—. En mi tierra los curas no se quedan cortos; algunos tienen diez hijos o más.

—¿Lo ves?

—Pero, aun así, no sé nada de sus habilidades amatorias. Seguramente cerrarán todas las cortinas y apagarán la luz antes de acercarse a una.

Marie notó cómo la sangre le subía a las mejillas. No era la primera vez que oía hablar de lo que un hombre y una mujer hacen en la noche de bodas y después, y a veces antes. Muchas de las chicas parecían en esto muy enteradas, por no hablar de las mujeres que habían estado ya antes casadas. Seguro que en su casa no habría podido hablar tan abiertamente de estas cosas como en el barco y ahora en la caravana.

—En definitiva, ¿qué más da el cómo? ¿No?

—¡Y tanto que importa! —‌Los ojos de Ela centelleaban, divertidos. La timidez de Marie le hacía muchísima gracia—. ¡Una ha de pasarlo bien! Al menos, eso es lo que opina Lisa. Pero si tu reverendo es aún joven, irá a tu cama todas las noches hasta que tengas el vientre abultado. Y, apenas el niño haya salido, ya volverá contigo.

Marie no sabía qué pensar de lo que le contaban. Alegría no le causaban semejantes perspectivas. El que las mujeres tuviesen hijos, era la cosa más natural del mundo. Aun así, se sentía desazonada.

«Quizá desaparezcan todas mis inquietudes cuando haya conocido a mi marido, y tal vez haya aprendido a amarle», pensó para sí.

—Mejor sería que tú te preocuparas de tu propietario de almacén —‌dijo en voz alta—. Esperemos que no tenga tanto trabajo que no le apetezca ir a tu cama.

Ela esbozó una sonrisa socarrona e hizo un gesto negativo con la mano.

—¡Y aunque así fuera! En el peor de los casos es un viejo. Y en el mejor tendrá en su tienda un empleado simpático y joven que pueda ocupar su lugar.

—¡Ela! —‌exclamó Marie indignada. Pero esta le pellizcó la mejilla, riendo, de modo que no pudo evitar reír ella también.

Una vez que las mujeres acabaron de lavarse, volvieron a dirigirse al carro. Sobre un fuego estaban preparando el desayuno. Antes de que también ella desapareciera en el carro para ir a buscar los cubiertos, Marie dejó vagar la mirada por el lugar de acampada. Le hubiese encantado poder dar un pequeño paseo por la exuberante vegetación para contemplar de cerca las plantas. Pero en la caravana no se permitían caprichos particulares.

«Ya tendré más adelante ocasión de verlo todo», se consolaba mientras sacaba de su bolsa la escudilla de hojalata y una cuchara.

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3

Tras un desayuno compuesto por café, pan tostado y porridge, que había preparado una de las mujeres, la caravana volvió a ponerse en marcha. Durante el calor del mediodía los carros se mantenían a la sombra de los altos abetos. Marie aprovechaba el frescor para tomar unas notas en su diario sobre la vegetación. Para proseguir con sus recuerdos necesitaba calma, por lo que en estos momentos prescindía de hacerlo.

Cuando hubo terminado, dirigió su mirada a los demás. Mientras Ela estaba medio adormilada, Marthe estaba haciendo punto. Klara estaba absorta leyendo un libro muy manoseado.

Un grito agudo impulsó a Marie a mirar al exterior del carro. Sobre ellos, un águila describía círculos con las alas completamente extendidas. La nube de pájaros que volaba delante del águila pasó al lado del carro en vuelo rasante. Por lo visto, los caballos inspiraban menos miedo a las aves que el depredador con plumas.

La brisa fresca era una delicia. Marie cerró los ojos y prestó atención a los sonidos a su alrededor. Los chillidos del águila quedaron acallados por el suave tintineo de las ollas atadas al carro entoldado. Cuando el suelo se volvió más accidentado, alguien, que iba más adelante, lanzó un grito.

Poco después su carro pasó por la misma ondulación del terreno que, por lo visto, había hecho oscilar también al carro precedente. Marie gritó asustada cuando fue lanzada contra Ela, pero esta se limitó a reír.

—Deberías soñar menos y agarrarte mejor.

—No estaba soñando sino reflexionando —‌se defendió Marie, mientras volvía a sentarse correctamente. Pero, para no caer otra vez hacia delante, ahora sí se agarró a la cuerda colocada debajo del toldo.

Poco después sus pensamientos volvían a alejarse. Se acordaba de historias que había leído poco antes de su partida. Las descripciones de viajes y las novelas estaban plagadas de milagros de la naturaleza, de excursiones por torrentes y de aventuras con indios y traficantes de pieles. Pero de todo esto, hasta el momento ella no había visto nada. Lo único que coincidía con los relatos de los escritores eran los altos y profundos bosques que no parecían tener fin.

«¿Cuándo volveremos a ver una ciudad? —se preguntaba—. ¿Y existirán allí realmente tramperos como Escarpín de Piel?»

Al atardecer, la comitiva se detuvo finalmente en un claro de bosque. Por lo que Marie captó de la conversación de los hombres, estaban muy contentos con la evolución del viaje.

—Dentro de unos días llegaremos a Dryden. Allí podremos abastecernos de agua fresca y de alimentos —‌explicó Mr. Johnston, indicando el lugar en su mapa bastante desgastado—. Después comienza la etapa más larga en dirección a Selkirk.

—¡Menos mal! —‌exclamó uno de los conductores—. Una de las chicas de mi carro se siente muy débil y convendría que la viera un médico, pues queremos que todas lleguen vivas a su destino.

Los resoplidos del jefe de la caravana no sonaban precisamente a entusiasmo, pero asintió con la cabeza.

—Las mujeres son muy valiosas. No podemos permitir que uno de esos muchachos del interior del país se quede sin esposa.

Estas palabras indujeron a Marie a fijarse por primera vez más detenidamente en el jefe de la caravana. Era alto y fuerte. Las largas horas pasadas al aire libre habían bronceado su piel en la que el tiempo había dejado su huella. Aun así, resultaba muy atractivo, sobre todo por sus ojos claros, que parecían todavía los de un joven, llenos aún de esperanza y de sueños. ¿Envidiaría a los hombres de Selkirk porque iban a tener esposa? Pero seguramente él también la tendría.

«No, seguro que no», se dijo Marie a sí misma, pues había oído decir que el trabajo de guía de una caravana podía resultar bastante peligroso. Aparte de indios y soldados que merodeaban por el país y que se dedicaban a robar y a asaltar, había también traficantes de muchachas para los que un carro lleno de mujeres sería un botín perfecto.

Marie se estremecía cada vez que veía los rifles y los revólveres y, en los rostros de los hombres, la determinación de hacer uso de ellos. En Alemania había sido diferente. Ni siquiera todos los soldados habían mostrado la determinación necesaria para disparar a otro ser humano.

—Vaya, ahora resulta que sí, que tú también te fijas en los chicos —‌susurró divertida una voz tras ella. Marie se sobresaltó. Sin que se hubiese dado cuenta, Ela se había acercado desde atrás.

—¿Pretendes que se me pare el corazón del susto? —‌balbuceó, oprimiéndose el pecho con la mano.

—No te preocupes, Marie Blumfeld. A ti no se te parará el corazón. Yo afirmaría incluso que tienes uno de los corazones más fuertes de los que viajan en esta caravana.

Ela era aquí una de las pocas personas que conocían su historia. Pero Marie no estaba dispuesta a pensar ahora en ella.

—He escuchado lo que los hombres cuentan sobre la caravana. Por lo visto, una de las muchachas no se encuentra bien.

—Sí, yo también lo he oído. Hay una en el segundo carro que se encuentra constantemente mal. Te lo digo yo: seguro que está embarazada.

—¿Cómo? —‌Marie reflexionó. La travesía había durado unos seis meses—. Le habrá sentado mal la carne seca. O...

Que pudiese, tal vez, tener el cólera o la disentería, era algo en lo que Marie no quiso ni pensar. En el barco se habían dado algunos casos sospechosos, pero que luego resultaron infundados. De lo contrario, se hallarían todavía en cuarentena en el puerto de Boston.

—Te lo digo yo, en Boston estuvo coqueteando con uno de los hombres.

—Pero; ¿qué dices? ¡No olvides que está prometida!

—¿Y qué? Aún no sabe cómo va a ser el hombre que será el suyo. Tal vez sea un viejo enfermo. ¡Así al menos se habrá divertido antes un poco!

Como si fuese aconsejable que una mujer buscase su placer. De repente, a Marie le pareció estar oyendo de nuevo la severa voz de su padre, pero la alejó rápidamente de su pensamiento.

—No creo que haya sido tan imprudente...

—¡Chis! —‌susurró Ela, pues se había dado cuenta de que los hombres habían dejado de hablar.

Pero ya era tarde. Con largas zancadas, el jefe de la caravana se acercó a ellas mientras doblaba un mapa.

—¿Hay algún problema, señoras? —‌preguntó amablemente.

A Marie no se le pasó por alto que sus ojos se posaron mucho más tiempo en ella que en Ela.

«No seas tonta», se dijo, pero no pudo evitar sonrojarse como un niño cogido en una falta.

—Le oí hablar y quise escuchar lo que decía —‌confesó, pues de las dos era ella quien mejor hablaba el inglés. Durante la travesía había enseñado a Ela algunas palabras y frases para entenderse con los habitantes del país. Ella misma, en cambio, consideraba sus conocimientos más que insuficientes y aprovechaba cualquier oportunidad para escuchar, pues, si había que dar crédito a los marineros del vapor, este era el mejor método para ampliar su vocabulario.

—Usted quiere saber cómo va el viaje. —‌El jefe de la caravana sonreía, comprensivo—. Puedo asegurarle que no hay motivo de preocupación.

—Ni yo entendí que lo hubiera, pero seguramente usted entenderá mi curiosidad. Al fin y al cabo, pasamos gran parte del tiempo con nuestras compañeras, y la mayoría de ellas aún no habla inglés.

—Ya lo aprenderán. Aún nos quedan por recorrer unas cuantas millas. Piensen con ilusión en la visita a la ciudad. Para alguien de una gran metrópoli, tal vez Dryden le parezca una ciudad de provincias, pero para los que vienen de viaje, es un paraíso.

Marie esbozó una amplia sonrisa.

—‌Pues menos mal que yo vengo de viaje y que no procedo de una gran ciudad. Estoy segura de que me gustará. Y, en caso contrario, tampoco permaneceremos allí mucho tiempo.

Johnston soltó una carcajada.

—‌Usted ve las cosas como hay que verlas, señorita. Estoy seguro de que allí encontrará algo que le guste. La presentaré a la propietaria del comercio. Es una señora muy sensata, igual que usted.

Antes de que Marie pudiese replicarle, uno de sus hombres ya estaba llamando a Johnston.

—Perdonen, señoras. —‌Johnston tocó el ala de su sombrero y se dio la vuelta. Cuando se marchó, con largas zancadas, para dirigirse a sus hombres, Ela le dio un empujoncito en el costado.

—¿Qué pasa? —‌susurró Marie al ver la amplia sonrisa de su amiga.

—Le gustas.

—Son figuraciones tuyas. —‌Le dio rabia a Marie notar el calor en sus mejillas. El que se sonrojara no era más que una muestra de que, en el fondo, se alegraba por la afirmación de Ela—. Será mejor que volvamos con las demás. Si no, acabarán diciendo que intentamos ligar con los hombres.

Ela se encogió de hombros.

—¡Y qué más da! Las otras se pasan todo el día chismorreando. ¿Qué importa, pues, que nosotras seamos o no el tema de sus chismorreos? Lo más probable es que no volvamos a vernos nunca más. Pero, por mí, si quieres, vamos con las otras. Esta noche encenderán una hoguera y será la primera vez que no dormiremos estando de viaje. Así que hoy también tú vas a dormir como Dios manda.

—Eso espero.

—¡Claro que sí! —‌replicó Ela y la cogió del brazo. Durante unos instantes caminaron en silencio, una al lado de la otra.

De repente, su acompañante preguntó a Marie:

—‌¿Qué nos ocurriría si ante el altar cambiásemos de opinión?

—¿Cómo dices?

—Me has entendido perfectamente. Y seguro que tú también ya habrás pensado en esta posibilidad.

Marie negó con la cabeza. Hasta ahora había considerado el compromiso adquirido como una especie de relación comercial que no se debía romper. Era algo que tenía poco que ver con los sentimientos. Desde el principio había descartado la idea romántica de que aquel extraño, que pagaba su viaje, llegase a ser su gran amor.

—¡No lo dirás en serio! —‌susurró Ela, indignada—. No me digas que no has pensado jamás en cómo será el hombre con el que te cases algún día. Y no me refiero a tu prometido del anuncio.

—No, realmente no lo he hecho nunca —‌replicó Marie—. Hasta ahora solo he vivido para mi trabajo. No está bien visto que una maestra se case. En la mayoría de los casos significa que tiene que dejar su trabajo.

—Entonces, en realidad ¿no querías casarte? ¿Por qué, pues, has contestado al anuncio?

—Quería casarme —‌contestó Marie, que no le había hablado a Ela de su hermano ni de lo que había sucedido en su casa paterna—. Y quería empezar una nueva vida.

—¿Y tu trabajo? ¿No quieres volver a dar clases?

—¡Claro que sí! Si mi marido me lo permite.

—¿Y realmente crees que te lo va a permitir? Tendrás que ocuparte de su hogar y criar a sus hijos. Y no podrás hacerlo si te ocupas de los hijos de otros.

De repente, Marie sintió como una piedra en el estómago. «Padre tampoco era partidario de que yo trabajara», pensó.

Pero este reverendo era más joven. Y no era su padre.

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4

Poco antes de la caída de la noche, los hombres empezaron a preparar la hoguera. Como todas las mujeres, también Marie se puso a buscar leña en el bosque cercano. A veces observaba lagartos o ardillas que se distinguían claramente de sus congéneres europeos por el color gris de su pelo. No lejos de ella, algunas mujeres murmuraban algo sobre osos y lobos ante los que había que estar en guardia. Pero, por lo visto, los hombres y mujeres de la caravana hacían bastante ruido como para mantener alejadas a las peligrosas pieles pardas.

Tras recoger bastante leña, la apilaron y prendieron fuego. No tardó en percibirse el olor a café sobre el campamento, y cuando dos jóvenes aparecieron con una cierva, casi todos los de la caravana estallaron en júbilo. Al cabo de poco tiempo el animal, despellejado y condimentado con hierbas salvajes, se estaba asando al fuego.

Por primera vez desde hacía mucho tiempo, Marie se sentía a gusto en todos los sentidos. El café y la carne le infundían ánimos y el cotorreo de las mujeres y los jirones de las conversaciones de los hombres alejaron sus pensamientos durante un rato. Disfrutaba del crepitar de la madera, de las figuras que las llamas formaban y de las chispas que saltaban de vez en cuando y que flotaban durante un breve instante sobre el fuego.

Cuando se hizo de noche y la mayoría de las mujeres se fueron a la cama, Marie permaneció aún un rato sentada junto a lo que quedaba del fuego del campamento, observando cómo la brisa de la noche levantaba unos copos de ceniza de la madera chamuscada. Entonces pensó en lo que Ela había dicho.

—Usted habla muy bien el inglés —‌sonó una voz a su lado.

Cuando Marie se dio la vuelta, reconoció a Mr. Johnston. Ahora que no llevaba sombrero, vio que su cabello castaño rojizo estaba ligeramente ondulado. Ya no estaba de moda que los hombres llevaran el pelo largo por encima de las orejas, pero seguro que Johnston resultaría irresistible con el pelo largo, como un caballero de antiguas leyendas, pensó Marie, y se alegraba de que la oscuridad atenuara un poco su rubor.

—Gracias, es usted muy amable —‌contestó en un tono algo envarado, sin que ella lo hubiese pretendido—. Tuve la suerte de aprenderlo durante mis estudios.

—Su profesor hizo un buen trabajo. En mi país solo los muy ricos aprenden idiomas extranjeros.

Marie dudó. ¿Debería contarle algo sobre su vida? Al fin y al cabo, la acompañaría solo durante unas semanas.

—Mi padre me envió al instituto. Es cierto que no era habitual, pero... —se interrumpió. No era necesario que él supiera el motivo por el que la había enviado a un país extraño.

—Quería que su hija llegase a ser alguien en la vida —‌contestó Johnston como respondiendo él mismo a su pregunta. La bondad que se percibía en su mirada hizo que los ojos de Marie se humedecieran súbitamente. Si los móviles de su padre hubiesen tenido solo la mitad de la nobleza que Johnston sospechaba, seguramente ella ahora no estaría aquí.

—Siéntese un poco a mi lado —‌dijo, señalando con la mano un lugar a su lado en el tronco del árbol que le servía de asiento. Después se puso a remover la ceniza con una rama.

El hombre solo parecía haber esperado esta invitación, pues inmediatamente se sentó ante ella. Pese a la respetuosa distancia, el corazón de Marie empezó a latir más fuerte. Johnston debió de haberse bañado en el cercano lago del bosque, pues su cuerpo y sus ropas desprendían un suave olor a jabón de lavanda. Rápidamente desechó la idea de que lo hubiese utilizado expresamente para ella, ya que sentía que la inquietaba de una manera extraña.

Durante un rato permanecieron sentados uno frente al otro en silencio escuchando los sonidos de la noche. A lo lejos se oía un crujido, un pájaro emitió un chillido asustado.

—No me tenga por impertinente —‌empezó el hombre, algo perturbado.

—¿Qué es lo que desea? —‌preguntó Marie amablemente.

—Usted... usted no es co

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