La sonrisa de un perro

Fragmento

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Contenido

Portadilla

Créditos

Cita

1. Un día de perros

2. Malas pulgas

3. Mar revuelto

4. Anarquía

5. Sin movimiento

6. Gabinete de crisis

7. Palos en las ruedas

8. Muros

9. Aires de libertad

10. Paso a paso

11. El último día del mundo

12. Fin de semana, ¡por fin!

13. Querida resaca

14. Pequeñas memorias

15. Zarpazo

16. Sin rendición

17. Las sinrazones del amor

18. Buenas migas

19. Días dorados

20. Mensajes

21. Vacío

22. Medidas de emergencia

Epílogo

Agradecimientos

Foto autora

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Una de las glorias de la civilización habría sido mejorar el destino de los animales.

THÉOPHILE GAUTIER (1811-1872),
poeta, crítico y novelista francés

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1

Un día de perros

—Hoy es el gran día —dijo Julia, mientras apuraba su taza de café.

Notó que la voz le temblaba un poco. Por un momento, sintió que retrocedía en el tiempo más de treinta y cinco años. Ya no estaba en la cocina de su casa, sino en la de sus padres. Tenía seis años y era su primer día de escuela.

¿Cómo era posible que volviera a sentirse así?, se preguntó. Ya había cumplido los cuarenta, había ido a la universidad y había vivido en el extranjero, dirigía equipos profesionales... ¡incluso tenía un hijo de ocho años! Y sin embargo, sentía la misma mezcla de nervios e ilusión que aquel primer día.

Miró por la ventana. Los rayos de sol acariciaban los árboles del jardín de su casa, en los alrededores de Barcelona. Aunque solo eran las nueve de la mañana, prometía ser un caluroso lunes de junio.

—Ya no hay más prácticas ni repeticiones. Ni peros que valgan. Hoy todo será real —dijo—. Hemos de estar a la altura, chicos. ¿Soy yo la única que tiene un nudo en el estómago? Decidme que no, por favor...

Por respuesta obtuvo el repiqueteo de las gotas que caían de un grifo mal cerrado.

—¿Estamos juntos en esto? ¿Somos o no somos un equipo? —preguntó con ímpetu.

—¡Guau! ¡Guau! —respondió uno de los «chicos», la pequeña fox terrier.

Julia rio ante la convicción de la perra, que la miraba sin pestañear. Sentada en posición vigilante, parecía aguardar una instrucción de su dueña para ponerse en acción.

—Lo tomaré como un sí, Milú. Muchas gracias. Menos mal que alguien me escucha. Mira a tus dos socios, comiéndose el pienso a toda velocidad como si se lo fuéramos a robar... ¡Volka! ¡Thor! Podríais atenderme. A fin de cuentas, lo que estoy diciendo va por todos, no solo por Milú.

Al oír su nombre, un gran labrador de hermoso porte y de color canela dejó de comer y se acercó tranquilamente hasta su dueña, mirándola con cariño. La veteranía era un grado y Thor, que era el miembro más antiguo de esa desigual manada, parecía saberlo. Apoyó el hocico en la pierna de Julia, como diciéndole: «Tranquila, todo va a salir bien.»

Julia se inclinó y apoyó su frente en la del animal. Sus ojos quedaron mirando a los de Thor, y le pareció ver una vez más un brillo casi humano en ellos. Por un segundo tuvo la certeza de que el animal sabía leer las emociones que escondía su corazón. La suya con el animal no era una relación cualquiera: se conocieron cuando era un cachorro de ocho semanas y ella, una productora museográfica, que empezaba a dar sus primeros pasos como entrenadora. Era su primer compañero perruno. Y eso, como el primer amor, marca. Podrían pasar años, podrían venir otros compañeros... pero ninguno borraría la huella que ese labrador inteligente y generoso había dejado en ella desde el primer momento. Estaba marcada y no le importaba lo más mínimo reconocerlo.

—Thor, Thor... ¡menos mal que tú me acompañarás! Llevo las espaldas bien cubiertas. Si no estuvieras conmigo no sé si sería capaz de hacerlo. ¿Quién me mandará a mí cambiar de profesión a los cuarenta? ¿Yo, una técnica en terapias asistidas con animales? ¡A saber qué significa eso! ¿Por qué nadie me paró los pies a tiempo? —gruñó, sabiendo que eso hubiera sido tan difícil como detener un tsunami.

Lo bueno de pasar de los cuarenta es que una se conoce bien, pensó. En el fondo, Julia era muy consciente de que era imposible que hubieran podido convencerla de que permaneciera ni un minuto más montando exposiciones como la del Museo Olímpico de Barcelona. Ni siquiera lo habían conseguido su pepito grillo particular, su compañero Ferran, o su hermana mayor Laura, y eso que lo habían intentado con insistencia.

El trabajo en el mundo de los museos era estable, interesante, bien pagado y muy reconocido. Un trabajo que durante mucho tiempo fue su pasión, al que se había entregado en cuerpo y alma, pero que en los últimos tiempos ya no le llenaba. Sentía que había completado un ciclo. En esta vida, todo tiene un principio y un fin y, aunque los suyos no pudieran entenderlo, su etapa dedicada a la museografía tenía los días contados. Le quedaban veinticinco años de vida laboral. Quería volver a vibrar como al principio. Ocho horas diarias, cinco días a la semana... ¡son muchas horas desperdiciadas si se invierten en algo que no te apasiona! Estaba segura de que su nueva vida profesional sería todo menos aburrida. Trabajar con personas con dificultades le depararía muchas sorpresas y sabía que no todas serían agradables. Sin embargo, ansiaba intentar mejorar la calidad de vida de esas personas. Y por si fuera poco, ¡lo iba a hacer acompañada por sus perros! Desde niña había adorado a los animales y ahora iba a compartir profesión con ellos. ¿Qué más podría pedir?

Sintió un pequeño golpe en la punta de sus pies: Volka, otra labrador también color canela como Thor, había arrastrado el cuenco vacío hasta ella. Con apenas un año y medio, era la más joven de la familia. Coqueta, movía la cola invitándola a llenarle de nuevo el cuenco de comida. Sin duda, sabía cómo utilizar sus armas y era una digna representante de su raza: los labradores son conocidos por ser unos glotones.

—¡Serás truhana! Cuando te digo que aún tienes que madurar para venir conmigo a trabajar no significa que tengas que comer todo el tiempo. Por hoy ya tienes suficiente desayuno. Te prometo que mañana te ponemos más. ¡No queremos que pierdas tu silueta, señorita! —exclamó Julia mirándola con fingida severidad.

Thor alzó las orejas y miró hacia la puerta de la cocina. Unos segundos después, se oyeron unos pasos atolondrados bajando por la escalera, y una pequeña cabecita castaña hizo su aparición a través del marco de la puerta.

—¡Mami, mami! —gritó Daniel, mientras entraba en tromba en la cocina.

El pequeño se abalanzó sobre su madre. Era alto y fuerte para sus ocho años. Llevaba puesto el chándal pero iba descalzo y sin peinar. Otro día que llegamos tarde, se dijo Julia. Entonces recordó que ese día no sería ella quien tuviera que pelearse con su hijo; a ella la esperaba una batalla bastante diferente. ¡Hoy volvía a trabajar! Sonrió y pensó que Ferran iba por fin a descubrir lo caóticas que podían ser las mañanas en casa de una familia con un cachorro humano y otro canino.

—¿Qué hay para desayunar? Tengo haaaaaaaaaaaaaambre —aulló Daniel mientras daba vueltas alrededor de Milú, como si fuera una peonza.

La perra, contagiada de tanta energía, saltaba tratando de lamer a su amigo. Volka tardó poco en unirse a la fiesta. Solo Thor parecía mantener la serenidad, mirándoles desde una esquina. Era un perro equilibrado y poco dado a excesos, al revés que sus dos alocadas compañeras.

—Campeón, ¿no te acuerdas de lo que te explicó mamá anoche? ¡Empiezo en un nuevo trabajo! Será papá quien hoy te prepare el desayuno y te acompañe a clase. Por cierto, ¿dónde está? Vais a llegar tarde y Thor y yo tenemos que salir disparados.

—Estoy aquí —dijo una voz masculina y grave desde el pasillo.

Ferran hizo una entrada en escena mucho más tranquila que la de su hijo, cosa rara en él. Era un hombre no muy alto pero atlético a causa de su trabajo como agente forestal. Tantas horas recorriendo los bosques del Pirineo le mantenían en forma y le proporcionaban un color tostado que despertaba la envidia de Julia.

Sonrió y se dirigió hacia su mujer, dándole un beso de buenos días. La miró sorprendido.

—¡Vaya! No conocía este modelo... ¿estrenas ropa? —dijo mientras le guiñaba un ojo.

Julia lucía una nueva camiseta de algodón blanco. Era bastante corriente si no fuera por un detalle: una huella de perro de color verde, a la altura del pecho izquierdo. Debajo se podía leer «Houston Dog», el nombre de su nueva aventura.

—Ya sabes lo importante que es cuidar todos los detalles. Nuestra imagen es clave para que la empresa tenga éxito. Debemos tener unos perros preparados pero también dar una imagen profesional. Por eso hemos diseñado un rótulo para el coche, las tarjetas de visita y también este uniforme con nuestra marca.

—¿Y de quién es esta huella? —preguntó Ferran, sonriente.

—El artista es Thor. Ha puesto su firma. Algo más personal es imposible... Manu llevará una camiseta igual. Está encantado con la idea.

Manu era su socio. Se habían conocido en un curso de adiestramiento hacía ya cuatro años. El azar, y por qué no reconocerlo, cierta pasión de su profesor por el orden alfabético, los había sentado juntos. De entrada, parecían tener poco en común pero pronto congeniaron. Ambos parecían rigurosos y muy exigentes cuando trabajaban. Compartían su pasión por los animales y eso le había parecido a Julia más que suficiente.

Tras ese primer curso vinieron otros, además de infinitas conferencias y talleres siempre relacionados con perros. Julia y Manu coincidieron casi siempre. Aquel chico alto y algo regordete, de maneras directas pero educadas, enseguida le gustó. Tras tantas horas de formación compartidas lo más lógico era ponerse a trabajar juntos. Sin duda, para abrirse camino en un campo tan innovador como la terapia con animales, ser un equipo les podía ayudar. Ambos poseían experiencia en otros campos laborales, y pensaban que ese toque multidisciplinar sería un punto a su favor.

Aunque era más joven que Julia, Manu ya poseía su propia empresa. Era informático y, aunque le gustaba su profesión, al igual que Julia, estaba buscando cambiar su rumbo. No tenía ataduras familiares, y se lanzó a la aventura casi con los ojos cerrados. A Julia, a veces, le parecía que quizá no había sopesado todos los pros y contras... ¡pero quién era ella para juzgar a nadie! Manu parecía moverse por instinto y eso no era necesariamente malo. Aunque a ella le gustara valorar a fondo sus acciones, su socio aportaba un punto de locura que también podía ser interesante. A pesar de ser principiantes en el campo de las terapias podrían formar un gran equipo, o eso es lo que pensaba Julia por aquel entonces.

Encontrar un nombre adecuado para su empresa había supuesto un pequeño reto. Habían invertido horas y horas hablando, recogiendo sugerencias de amigos y familia. Buscaban el trébol de cuatro hojas: que aquel que lo oyera, identificara fácilmente a qué se dedicaban, pero también esperaban que el nombre casara con ellos, con su manera de entender el trabajo con los animales, y por qué no decirlo, de entender la vida. Un día, en pleno debate familiar, Daniel sugirió «Houston Dog». Había oído por la tele aquella famosa frase de los astronautas del Apo­lo 13, «Houston, tenemos un problema», y se le había quedado grabada.

—Mamá, seguro que cuando alguien tenga un problema con su perro os llamará —se entusiasmó Daniel, feliz por participar en una toma de decisión tan importante.

A Julia le pareció divertido el nombre. Y cuando lo comentó con Manu, descubrieron muchos puntos a favor como, por ejemplo, el toque internacional que tanto les gustaba a ambos.

Su hijo siempre le hacía regalos espectaculares. Aunque también le planteaba constantes retos y peticiones.

—Mamá, mamá... ¡Yo quiero una camiseta como la tuya!

La exigencia de Daniel le llevó de vuelta a la cocina. Miró el reloj de la pared y, horrorizada, descubrió que el tiempo se había evaporado.

—Vale, hijo. Lo hablaremos en otro momento o ¡llegaré tarde en mi primer día! —dijo Julia, mientras lanzaba un beso al vuelo a Ferran y al pequeño.

Corrió hacia el recibidor, y sus perros la siguieron agitando sus rabos. En el perchero estaban la mochila y los transportines plegables que había dejado preparados la noche anterior. Sabía lo difíciles que podían ser las mañanas en su casa y no había querido arriesgarse a perder unos minutos preciosos preparando el material a última hora. Mientras se la ponía observó a sus socios peludos, que aguardaban felices ante la posibilidad de salir de paseo. Solo cogió la cadena de Thor y los otros comprendieron rápidamente el mensaje. Aun así, ni Volka ni Milú estaban dispuestas a ceder a la primera: una era una jovencita que todavía no había aprendido bien todas las lecciones y la otra, a pesar de que se la podía clasificar como una madurita de mediana edad, se negaba a creer que las normas estaban hechas para ella. Sobre todo si no le convenían demasiado.

—Chicas, ¡no me miréis con esa cara! No me lo pongáis más difícil. De momento solo Thor está preparado para venir a trabajar. Con el tiempo, si sois aplicadas, estoy segura de que vosotras también tendréis oportunidad de compartir con el mundo vuestras cualidades —les dijo acariciándolas.

Abrió la puerta de casa, y se encaminó con Thor hacia el coche. A pesar de que ni Volka ni Milú hicieron el ademán de seguirles, sintió sus ojos clavados en la espalda, incluso cuando la puerta ya estuvo cerrada. ¿Tendrían los perros rayos X en la mirada? Le pareció que seguía sintiendo la fuerza de su súplica y casi volvió a por ellas una vez sentada en el coche. Tengo que trabajar este sentimiento de culpa, pensó. Eso, si sobrevivo a la bronca de Manu por llegar tarde en un momento tan importante...

Sabía que su socio odiaba la impuntualidad y lo consideraba una falta grave de respeto.

Por suerte, su destino era una escuela de educación especial no muy lejos de su domicilio. Agradeció el que hubieran decidido que más valía jugar en un terreno conocido para su primera intervención. La madre de un compañero de clase de Daniel era educadora en ese centro. Siempre que coincidían en alguna reunión o excursión escolar, le comentaba la sorprendente influencia que los animales parecían ejercer en sus alumnos. Ambas llegaron a la conclusión de que se podría probar una sesión en el centro si la responsable accedía. La directora se mostró entusiasmada en cuanto le expusieron la idea. Pretendía montar una actividad a lo grande, para los cien chicos y chicas de la escuela. Julia no esperaba una respuesta tan entusiasta y tuvo que poner límites a sus deseos. Tanto para los perros como para su socio y ella, era su primera actividad. Necesitaban que aquello estuviera controlado o no respondían de lo que pasara. Pactaron un grupo de diez alumnos. Si la experiencia era buena, estaban dispuestos a repetirla con todas las clases.

Julia se imaginó a los diez alumnos esperando en el patio con aquel calor. Apretó el acelerador. A pesar de que se saltó un par de semáforos en ámbar, cuando llegó a su destino, Manu y Bagdad, su perro mestizo, ya le aguardaban en la entrada de la escuela, un bonito edificio de una sola planta situado sobre una pequeña colina. El perro olisqueaba el nuevo entorno y su dueño parecía tranquilo, mientras charlaba amigablemente con un hombre entrado en años. ¿Quién sería? Por sus gestos, parecía hablar con mucha seguridad y sentirse cómodo en el recinto.

Mientras Thor y Bagdad se saludaban entusiasmados, saltando y corriendo como si hiciera diez años que no se veían, su socio le sacó de dudas.

—Julia, este es Pedro, uno de los tutores. ¡Fíjate qué curioso! Hoy es nuestro primer día y para él, el último. Después de dedicarse más de cuarenta años a la educación especial, se jubila.

—Encantado —dijo el hombre, sonriendo con afabilidad—. Así es: mi título a día de hoy es el de tutor. Pero a día de mañana, será el de jubilado. ¡Si es que uno se jubila alguna vez de un trabajo así! Personalmente creo que no, que es algo inscrito en el ADN. Me temo que iré por la calle y a la que vea un grupo de chavales, mi mujer me tendrá que atar corto o me iré tras ellos a explicarles por qué se caen las hojas de algunos árboles en otoño...

Julia respondió con una sonrisa franca a las palabras de aquel hombre. Sin saber muy bien por qué sentía que no podían estar en mejores manos para esa primera sesión. No solo lo pensó por la experiencia y conocimientos que estaba claro que acumulaba. Pedro irradiaba una energía especial. Parecía poseer una bondad natural y, lo que aún era mejor, estaba dispuesto a compartirla con todos.

—Encantada de conocerte. Soy Julia —dijo mientras dejaba el transportín de su perro junto al de Bagdad.

—Justo ahora le estaba diciendo a tu socio que los chicos están encantados. ¡Hace semanas que os esperamos! Nunca han tenido una experiencia como esta, aunque algunos tienen mascotas en sus hogares. Gracias a vuestra visita, hemos descubierto que algunas familias de la escuela tienen peces de colores, gatos, periquitos... ¡y hasta uno de mis alumnos tiene un hurón! He comentado con mis compañeros que si nos siguen recortando las subvenciones, ¡siempre podemos montar un pequeño zoo para sacar alguna ayuda!

—Nos alegra saber que tenemos al público entregado. ¡Sin duda nos pondrá las cosas más fáciles en nuestra primera sesión! —comentó Julia divertida, imaginándose a Pedro montando un zoo y los que hicieran falta.

—¿Nos podrías explicar cómo es el perfil de los diez alumnos con los que vamos a trabajar? —interrumpió Manu, que como siempre iba directo al meollo del asunto—. Ya sabes que conocer la patología de los usuarios y dispensarles un trato personalizado son claves para el éxito de lo que nos proponemos. Nos han dado algunos detalles pero seguro que puedes ampliarlos... y de paso, ¡tranquilizarnos un poco!

El educador sonrió, comprensivo. Era muy consciente de que sus alumnos eran unos grandes desconocidos para la mayoría y la pregunta de Manu le pareció más que justificada. Estaba acostumbrado, cuando iban por la calle en grupo, a ver las caras de sorpresa y desconcierto que despertaban sus chicos y chicas.

Miró a aquellos dos profesionales. Pedro tenía buen olfato y pensó que serían capaces de conseguir lo que se propusieran. Más allá de los nervios típicos de un primer día, se veía que tenían madera. Aunque eran algo inconscientes, ya que no se esperaban lo que estaba a punto de ocurrir...

Iban a tener un bautismo de fuego.

—Esta escuela acoge a más de un centenar de chicos y chicas con discapacidad intelectual, entre tres y veinte años. Estos chavales no pueden desarrollar sus capacidades al mismo ritmo que los demás. Tienen limitaciones significativas en la inteligencia y en la capacidad de adaptación y eso se nota en sus destrezas conceptuales, sociales y prácticas. Por eso, cada uno de ellos necesita un itinerario educativo personalizado. Aquí tratamos de apoyarlos para que adquieran el máximo de conocimientos y habilidades.

—¿Con qué objetivo? —preguntó Manu.

—Prepararlos para la vida. Queremos que sean personas autónomas social y laboralmente. Aunque está claro que no todos lo lograrán... intentamos darles las mejores herramientas para conseguirlo, según el grado de dependencia que sufran —respondió Pedro—. Además, y lo que es casi más importante, acompañamos y damos apoyo a sus familias.

En ese momento sonó el móvil de Julia. Lo sacó del bolso para ver quién llamaba. Se disculpó con una sonrisa y se alejó unos metros. Era su hermana y podía ser urgente. Laura estaba pasando un mal momento: desde hacía meses, no paraba de pelearse con su marido Ramón por culpa de su hijo. A Alex, con diecisiete años, parecía que nada le importaba. No quería ir a la escuela ni buscar trabajo. Su meta era simplemente salir de fiesta y exigir, exigir, exigir... Habían intentado numerosas estrategias como un cambio de estudios o terapia conductual y emocional. Aun así, las cosas no parecían mejorar y en cambio estaba creando una brecha en la pareja, que afrontaba los problemas de Alex con diferentes puntos de vista... Y eso empezaba a hacer mella en Laura, ya que tanto conflicto le tenía al borde de una depresión. Tenía que atenderla aunque fuera unos segundos para decirle que ya la llamaría más tarde. Cuando descolgó, al otro lado se oían lloros...

—Laura ¿eres tú? —preguntó Julia preocupada.

—Sí, sí... —respondió una voz de mujer, entrecortada, como si hiciera un gran esfuerzo.

—¿Qué pasa?

—Tienes que ayudarme, tienes que ayudarme... por favor...

La voz de su hermana sonaba realmente angustiada.

—Claro, Laura, pero es que ahora estoy en mi primera sesión de trabajo, ¿recuerdas? Estamos con los perros esperando a unos chicos y no puedo atenderte ahora.

—No me digas que no puedes. ¡Por favor! No sé qué haré si no...

—Laura, claro que te ayudaré, ¡ya lo sabes! Lo que quieras, pero no puedo en este momento. ¿Y si llamas a Ramón?

—Él es parte de mi problema. Julia, no te lo pediría si no fuera imprescindible. Tienes que acoger a Alex en tu casa por una temporada. Tengo miedo de lo que pueda pasar: él y su padre no paran de discutir y esa situación arrastra a toda la familia. Ramón le ha dicho que se vaya de casa pero ¿cómo se va a ir si no tiene ningún recurso? ¡Ni siquiera es mayor de edad!

Julia se dio cuenta de que su hermana estaba al borde de un ataque de ansiedad.

—No te preocupes —y sin pensarlo demasiado añadió—, ya sabes que puede venir cuando quiera. Mi casa es vuestra casa. ¡Somos familia! Si él quiere venir que venga. Pero ahora te tengo que colgar.

—¡Me acabas de salvar la vida! —respondió Laura aliviada, aunque fuera momentáneamente—. Él sabe que no tiene muchas alternativas así que seguro que está dispuesto a venir. ¡Gracias! Ahora mismo le compro un billete de avión. Te vuelvo a llamar con el día de llegada, el vuelo... ¿Estás segura de que Ferran no dirá nada? Y perdona que te haya interrumpido, espero que vaya bien esta primera sesión...

De golpe, Julia fue consciente de la decisión unilateral que acababa de tomar. De hecho, muchas veces hacía lo mismo llevando a casa animales. Pero un adolescente problemático era otra cosa y podía también afectar a su familia. ¿Pero cómo podía fallarle a Laura en un momento así?

Desde lejos, Manu le hizo un gesto de impaciencia con la cabeza y Julia supo que debía colgar cuanto antes.

—Gracias, Laura. Hablamos con más calma un poco más tarde, ¿vale? Ahora tranquila. Tenemos la solución en marcha. Un beso.

Con esas palabras de despedida, Julia esperaba haberle transmitido a su hermana algo de confianza, confianza que ni ella misma tenía. Le preocupaba su hermana, le preocupaba su sobrino... ¡le preocupaba lo que diría Ferran cuando se enterara! Sintió una punzada en el estómago. Esa llamada angustiosa justo antes de su primera actividad... ¿no sería un aviso?

Cuando regresó junto con sus compañeros, oyó que Manu preguntaba a Pedro:

—Entiendo que hay muchos grados de discapacidad. En el grupo con el que trabajaremos, ¿es muy alto?

La media sonrisa de Pedro debería haberles dado alguna pista, pero estaban preocupados por tantas cosas que no se dieron cuenta.

—En este grupo el grado de discapacidad es muy variado. Hay niños con problemas muy leves, con dificultades para comunicar lo que quieren o necesitan, pero que poseen cierta autonomía. Pero también los hay que no pueden valerse por ellos mismos y necesitan una atención integral.

Se entreabrió una ventana del edificio. Como si hubieran oído que hablaban de ellos, varias cabezas se asomaron. Se escucharon un montón de risas y gritos. Tanto Julia como Manu no podían entender qué decían y, con un gesto elocuente, trataron de consultar al educador.

Este se encogió de hombros y solo dijo:

—Pronto vais a tener oportunidad de saber a qué me refiero.

Sonó el timbre que anunciaba el fin de la clase. En eso sí que esta escuela es como otra cualquiera, pensó Julia.

Entonces sucedió algo que nadie había previsto. Sin que ellos se dieran cuenta, varias decenas de ojos los habían estado observando a través de las ventanas. Los juegos de Thor y Bagdad, que corrían de lado a lado por el césped, actuaron como un reclamo más poderoso que una tarta de chocolate en el escaparate de una pastelería.

Se abrió la puerta y una marea humana avanzó hacia ellos, bajando por la pequeña colina. Muchos iban en sillas de ruedas, empujados por educadores. Otros chavales se apoyaban en sus compañeros para avanzar más seguros. Julia quedó sorprendida al comprobar que pese a los serios problemas de muchos de ellos, todos avanzaban a toda velocidad, ignorando el riesgo de caerse y el dolor que algunos debían de sentir en sus pequeñas y débiles piernas.

Todos tenían prisa por llegar hasta donde aguardaban los estupefactos Julia y Manu, y estaba claro que el objetivo era abalanzarse sobre sus dos perros, que continuaban jugando entre ellos.

Un coro de niños que gritaban y reían estaba a punto de derribarlos, cuando Manu empezó a gritar:

—¡Para esto! ¡Ahora mismo! —repetía, rígido como una estatua.

Julia no daba crédito a lo que oía: ¿Parar esto? ¿Cómo? Vio que Thor la miraba, esperando una instrucción, un gesto. Pensó que no podían fallar a sus animales, que confiaban ciegamente en ellos. Sabía que su lealtad era

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