Título original: The Feast of all Saints
Traducción: Sonia Tapia
1.ª edición: diciembre, 2013
© 2013 by Anne O’Brien Rice
© Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B. 18.628-2013
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-499-7
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Este libro está dedicado con amor
a Stan Rice, Carolyn Doty y a mis padres,
Howard y Katherine O'Brien.
Mortifica mi corazón, Divina Trinidad,
pues hasta ahora me has llamado, inspirado
e iluminado con objeto de enmendarme;
pero a fin de que pueda alzarme y mantenerme erguido
emplea tu poder para derribarme,
troncharme, quemarme y hacer de mí un hombre nuevo.
JOHN DONNE
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Cita
Antes de la Guerra de Secesión...
VOLUMEN UNO
PRIMERA PARTE
1
2
3
4
5
SEGUNDA PARTE
1
2
3
4
5
6
7
TERCERA PARTE
1
2
3
4
5
CUARTA PARTE
1
2
3
4
5
6
7
QUINTA PARTE
1
2
3
4
5
6
VOLUMEN DOS
PRIMERA PARTE
1
2
3
4
5
6
SEGUNDA PARTE
1
2
3
4
5
6
7
TERCERA PARTE
1
2
3
4
5
VOLUMEN TRES
PRIMERA PARTE
1
2
3
4
5
SEGUNDA PARTE
1
2
3
4
5
6
7
8
EPÍLOGO
Antes de la Guerra de Secesión vivía en Luisiana un pueblo sin igual en la historia del Sur, porque aunque descendía de los esclavos africanos llevaba también la sangre de los franceses y españoles que los habían esclavizado. Los europeos tenían la costumbre de liberar a los hijos de sus esclavas concubinas, y estas personas eran los descendientes de tales uniones.
A medida que pasaba el tiempo aumentaba el número de mulatos refugiados que huían de las guerras tri-bales del Caribe, y así nació una casta que llegó a ser conocida como los Negros Libres, o gens de couleur libre. Pero era una denominación irónica. Apartados de la sociedad blanca, no tuvieron nunca libertad política, ni siquiera el pleno derecho a la libertad de expresión, y siempre estuvieron subordinados.
Aun así, en ese mundo indefinido entre el blanco y el negro se alzó una aristocracia. Surgieron artistas, poetas, escultores y músicos, hombres y mujeres ricos, educados y distinguidos. Hubo entre ellos dueños de plantaciones, científicos, comerciantes y artesanos. Y la fascinación que sus hermosas mujeres ejercían sobre los blancos acomodados de Luisiana llegó a convertirse en leyenda.
Estas gentes han quedado enterradas en la historia. Muchos, después de la Guerra de Secesión, se destacaron como líderes en la lucha por los derechos de los esclavos libres y los suyos propios, pero esa batalla acabó en tragedia. El final de la era de la Reconstrucción fue el presagio de muerte para esta clase. Y en la creciente ola de racismo que invadía la nación, el espíritu y el genio de las gens de couleur libres cayeron en el olvido.
Pero esta historia transcurre antes de esa época, en la Belle Epoque anterior a la Guerra de Secesión, cuando unas dieciocho mil gens de couleur prosperaban en las atestadas calles de la ciudad francesa de Nueva Orleans y compartían con el resto de la humanidad la bendición de ignorar lo que les deparaba el futuro.
VOLUMEN UNO
PRIMERA PARTE
1
Un muchacho corría a toda velocidad por la Rue Ste. Anne de Nueva Orleans, una mañana calurosa. Justo antes de llegar a la esquina con Condé, donde la calle se convertía en el lindero sur de la Place d’Armes, se detuvo bruscamente con la respiración entrecortada y se puso a seguir sin ningún disimulo a una mujer alta.
Aunque el chico estaba a varias manzanas de su casa vivía en esa misma calle, igual que la mujer, de modo que muchos de los transeúntes que iban al mercado o que mataban el tiempo en la puerta de sus tiendas, respirando un poco de aire, los conocían y pensaron: «Ése es Marcel Ste. Marie, el hijo de Cecile. ¿Qué estará haciendo?»
Eran las calles de la ribera en la década de 1840, atestadas de inmigrantes. Cada patio, cada verja, era un encuentro de mundos diferentes. Pese al gentío y al bosque de mástiles que se alzaba por encima de las tiendas del muelle, el Barrio Francés era ya entonces una pequeña ciudad, una ciudad donde la mujer alta era muy conocida.
Todos estaban acostumbrados a los ocasionales paseos sin rumbo de aquella desaliñada figura cuya riqueza y hermosura hacían de ella una ofensa pública. Lo que les preocupaba era Marcel. Aunque no lo conocían, muchos se lo quedaban mirando porque era un personaje que llamaba la atención.
Se notaba que tenía sangre africana, que probablemente era cuarterón, y su herencia blanca y negra se fundía en él en una insólita mezcla en extremo hermosa pero indeseable, pues aunque su piel era más clara que la miel, más clara incluso que la de muchos blancos que no dejaban de observarlo, tenía unos grandes ojos azules que parecían oscurecerla. Su pelo rubio y crespo, que le rodeaba la cabeza como una gorra, era inconfundiblemente africano. Tenía cejas altas y bien dibujadas, que conferían a su expresión una sorprendente franqueza, nariz pequeña y delicada, con los agujeros muy abiertos, y labios gruesos de niño, de un color rosa pálido. Más adelante serían sensuales, pero ahora, a sus catorce años, tenían forma de corazón, sin una sola línea dura. El vello del labio superior era oscuro, como los rizos que formaban sus patillas.
Era la suya, en fin, una apariencia de contrastes, y aunque todos sabían que hombres más atezados pasaban por blancos, Marcel nunca podría. Y aquellos que no veían en él nada especial, se sorprendían a veces mirándolo con insistencia sin saber por qué, incapaces de examinarlo de un solo vistazo. Las mujeres lo encontraban exquisito.
La piel dorada del dorso de sus manos parecía sedosa y traslúcida. El muchacho tenía la costumbre de coger de pronto las cosas que le interesaban con un gesto reverente de sus largos dedos. Y a veces, cuando estaba junto a un escaparate o bajo alguna farola, la luz convertía su pelo crespo en un halo en torno a su cabeza, y sus ojos reflejaban el serio deleite de esos santos bizantinos de rostro redondo extasiados con la visión beatífica.
De hecho, aquella expresión se estaba convirtiendo en un hábito. Era la que mostraba ahora mientras corría por la Rue Condé detrás de la mujer, con los puños inconscientemente apretados y los labios entreabiertos. Sólo veía lo que tenía delante, o sus propios pensamientos, pero jamás se veía con los ojos de los demás, jamás parecía advertir la fuerte impresión que causaba en los demás.
Era sin duda una impresión muy fuerte, pues aunque aquel aire soñador habría sido del todo inadmisible en un hombre pobre, en Marcel era perfectamente tolerable porque estaba muy lejos de ser pobre y jamás iba mal vestido.
Durante años había sido un caballero en miniatura. Cuando iba a algún recado o se dirigía a la iglesia con el misal en la mano llevaba la levita inmaculada, tan a la medida que daba la impresión de que se le quedaría pequeña en medio año, y el chaleco terso y ajustado a su angosto pecho, sin un solo pliegue, sin una arruga. Los domingos lucía un pequeño alfiler de oro en la corbata de seda, y desde hacía poco llevaba un reloj de oro, de bolsillo. A veces se paraba bruscamente en la calle para observarlo, se mordía el labio y fruncía las cejas con expresión angustiada. Siempre calzaba botas nuevas.
En definitiva, los esclavos de su mismo color sabían al instante que era libre, y al primer vistazo los hombres blancos le consideraban un «muchacho refinado». Su mayor preocupación parecía ser la dignidad. Marcel no era un esnob, pero hacía gala de una elegancia genuina y precoz.
Era imposible imaginárselo trepando a un árbol, jugando a la pelota o mojándose las manos a no ser que fuera para lavárselas. Sus sempiternos libros estaban viejos y ajados, encuadernados en piel y atados con una cinta, pero hasta eso resultaba elegante. A menudo emanaba de él el sutil aroma de una colonia demasiado cara para un niño.
Marcel era el hijo de un hacendado blanco, Philippe Ferronaire, caballero criollo de la cabeza a los pies que, aunque debía toda la cosecha venidera, reunía a sus hijos blancos en el palco familiar de la Ópera todas las temporadas. Pese a que a nadie se le hubiera ocurrido llamarle «el padre de Marcel», eso es lo que en realidad era, y su carruaje se veía asiduamente apostado en la Rue Ste. Anne ante la mansión de Ste. Marie.
Puesto que todos consideraban a Marcel rico y afortunado, le perdonaban su ligera peculiaridad y se limitaban a sonreír cuando el chico tropezaba con ellos en un banquete, o bien se inclinaban chasqueando los dedos y le llamaban con suavidad: «¡Eh, Marcel!» Entonces él despabilaba para volver a hacer gala de su indefectible cortesía.
Otorgaba generosas propinas por los mínimos servicios, pagaba con presteza las facturas de su madre y le compraba flores, gesto que a todos parecía en extremo romántico. Muy a menudo en el pasado, aunque rara vez en el presente, acompañaba a su hermana Marie con un afecto y un orgullo fraternales insólitos en un muchacho tan joven. Marie, a sus trece años, era una belleza de marfil que maduraba bajo encajes de niña y botones de nácar.
Pero todos los que conocían a Marcel comenzaban a preocuparse por él. El último medio año parecía decidido a destruirse, porque desde que cumpliera catorce años en otoño había pasado de la inocencia al misterio sin explicación alguna.
A pesar de todo era un proceso gradual, y los catorce años son una edad muy difícil.
Por otra parte tampoco se trataba de travesuras corrientes. Su actitud era algo especial.
Se le veía vagar por el Barrio Francés a horas intempestivas, y varias veces había aparecido en el último banco de la catedral, observando con atención los detalles de las estatuas y las pinturas como si fuera un inmigrante palurdo recién llegado y no un muchacho que había sido bautizado allí y que allí había hecho la primera comunión el año anterior.
Compraba tabaco que no hubiera debido fumar, leía el periódico mientras caminaba, se quedaba mirando fascinado a los carniceros que troceaban piezas de carne ensangrentada bajo los aleros del Mercado Francés. El día que atracó el Catherine con su carga de irlandeses hambrientos que fueron el escándalo del verano, se paseó atónito por el malecón. Los irlandeses, auténticos espectros tan débiles que no podían ni andar, fueron llevados al Hospital Benéfico, y algunos de ellos directamente al cementerio Bayou, donde Marcel se quedó a ver los entierros aunque posiblemente ya había visto muchísimos, puesto que todos los veranos llegaba la fiebre amarilla y el hedor de los cementerios era tan denso en las calles que se convertía en el aliento de la vida. ¿Qué objeto tenía contemplar la muerte, tan omnipresente en Nueva Orleans?
En un cabaret le sirvieron absenta antes de que el propietario lo reconociera y lo enviara a su casa. Entonces el muchacho se dedicó a frecuentar lugares aún peores, antros del muelle donde entre el humo y las sombras se ponía a escribir en un cuaderno de tapas de cuero. A veces, con ese mismo cuaderno, merodeaba por la Place d’Armes, se dejaba caer en la hierba bajo un árbol como si fuera un vagabundo y allí comenzaba de nuevo a escribir o tal vez a dibujar bocetos mientras miraba con los ojos entornados los pájaros, los árboles, el cielo. Era ridículo.
Pero él no parecía darse cuenta.
Lo peor era ver a su hermana, Marie, de puntillas en la puerta de los bares, mezclada con aquella gentuza, con el pelo hasta la cintura y sus vestidos de niña que apenas ocultaban las curvas de su figura, llamando por señas a su hermano.
Madre e hija acudían solas a la misa del domingo, cuando antes siempre habían ido acompañadas.
Nadie sabía gran cosa de Cecile Ste. Marie, la madre de Marcel, excepto que era una dama imponente que llevaba tan prietos los cordones del corsé que su corazón parecía librar una eterna batalla para latir bajo los volantes del cuello. Con el cabello peinado en dos mitades que recogía por encima de las orejas, se la veía erguida y orgullosa en la puerta trasera de su casa, los brazos cruzados, discutiendo con el carnicero y el pescadero antes de indicarles que dejaran la mercancía en la cocina. Era el suyo un rostro francés, pequeño, de rasgos afilados, sin ninguna marca africana excepto, claro está, su piel negra de hermosa textura. Apenas salía. Sólo en ocasiones recogía rosas en su jardín, y no se mostraba confiada con nadie.
La casa de Ste. Marie, con su cascada de magnolias sobre el tejado, se veía muy respetable detrás de la cerca y los plátanos. La gente no podía por menos de preguntarse si no estaría ella preocupada por su hijo Marcel, y qué le habría dicho al hombre blanco, monsieur Philippe, el padre de Marcel, suponiendo que le hubiera dicho algo. Desde luego, entre los vecinos se rumoreaba que tras las cortinas de encaje a veces se oían gritos e incluso portazos.
¿Qué pensaría ahora si viera a su hijo siguiendo a esta mujer, la infame Juliet Mercier? Si se acercaba demasiado, Juliet podría darle un golpe con la cesta del mercado o arañarle la cara. Estaba loca.
Cualquier especulación sobre ella convertía de inmediato a Marcel en un dechado de virtudes. Al fin y al cabo no era más que un muchacho, un buen chico. Ya se encarrilaría. Era de los primeros en la pequeña academia privada de monsieur De Latte, que costaba una fortuna, y sin duda recobraría el sentido común.
Juliet, en cambio era una vergüenza, no tenía excusa, la gente la evitaba, y él no debería seguirla, desde luego. Juliet era objeto de un desprecio absoluto. ¿Cómo había osado retirarse en su mansión de la esquina de Ste. Anne y Dauphine y clavar tablones en las ventanas que daban a la calle, desapareciendo de la vida pública de tal manera que los vecinos la dieron por muerta y echaron abajo la puerta? ¿Y cómo se atrevió luego a salirles al paso con un hacha, con el pelo al viento como una Ofelia y a sus pies una estela de gallinas que cacareaban en un torbellino de plumas? Que se quedara encerrada con sus gallinas y sus moscas, que los gatos merodearan por las tapias de su descuidado jardín. Todos le cerraron las puertas de común acuerdo, como si ella no hubiera cerrado ya la suya.
En modo alguno se la podía considerar vieja. A sus cuarenta años tenía la esbelta figura de una niña, el pelo de un color negro reluciente y la piel tan clara que habría pasado por blanca ante un ojo poco avisado. Y llevaba anillos. Era un ultraje aquel despilfarro de plenitud y riqueza. Pero lo peor..., lo peor era lo de su hijo, Christophe.
Su nombre estaba en boca de todos, era una estrella en aquella constelación de la que había desaparecido hacía diez años para irse a París. Ahora era un hombre famoso. Durante tres años la prensa parisina había publicado sus ensayos e historias, junto con coloridos relatos de sus viajes por Oriente, críticas de teatro, de arte, de música. Su novela, Nuits de Charlotte, había conmovido a toda la ciudad. Vestía como un dandi y vivía en los cafés de la Rue Saint Jacques, siempre rodeado de escritorzuelos y exóticos amigos. Desde el extranjero llegaban sus artículos, sus relatos publicados en la Revue des Deux Mondes, sus novelas y las críticas que cantaban sus alabanzas calificándolo de «maestro del lenguaje» y elogiando su «nueva y desbordante imaginación de fuerza shakespeariana y tono byroniano». Incluso los que no comprendían ni un ápice de los desvaríos de este extraño personaje asentían con respeto al oír su nombre. Para muchos ya no era Christophe Mercier, sino simplemente Christophe, como si se hubiera convertido en amigo de todos los que lo admiraban.
Hasta los hijos de los hacendados blancos llevaban su novela en el bolsillo cuando bajaban del barco, y contaban que le habían visto salir de un cabriolé ante el teatro Porte-Saint-Martin del brazo de una actriz blanca. Los esclavos que oían estas historias en casa de sus amos las contaban luego en la ciudad.
Pero la comunidad negra sentía algo más que un especial orgullo. Muchos recordaban a Christophe de niño, cuando la siniestra casa de la Rue Dauphine resplandecía de luces y siempre había algún hombre atractivo en la puerta dispuesto a tomar a su madre de la mano. Casi todos coincidían en que de haber querido hubiera podido enterrar su pasado merced al tono claro de su piel, al dinero y al cálido abrazo de la fama. Pero no lo hizo. Siempre se señalaba en alguna noticia o en algún artículo que había nacido en aquella ciudad, que era un hombre de color y de que su madre todavía residía allí.
Naturalmente, él estaba en París. En París..., en el paraíso.
Bebía champán con Victor Hugo, cenaba con Louis Philippe en el Salón de los Espejos y bailaba en las Tullerías. A veces, en las ventanas de su casa de la Île St. Louis, aparecían mujeres blancas apartando las cortinas para ver Notre Dame. Él enviaba baúles que venían en cabriolé desde la aduana y desaparecían por la puerta de la mansión de su madre, pero ella, la réproba, la desgreñada, la loca, iba al mercado con su gato negro y su rico y desastrado disfraz de mendiga en la Ópera.
Marcel conocía estas historias. Estaba en la puerta de su casa el día en que ella blandió el hacha en la esquina donde se cruzaban las dos calles, y sabía también que las cartas para «Christophe», que sus amigos metían por debajo de la verja, se quedaban en el suelo del jardín hasta que la lluvia les borraba las letras.
Lo que no sabía era cómo habían sido las cosas antes, aunque una noche en su casa monsieur Philippe, vestido con su batín azul, repantigado tras la mesa en una postura que Marcel no habría adoptado jamás en su propia casa ni estando a solas, y envuelto en el aura del humo de un puro, declaró:
—Tal vez ese muchacho, Christophe, estaba destinado a hacer grandes cosas.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Cecile cortésmente. Era el momento en que se sentaba frente a él, el rostro dulce y sereno a la luz de las velas, subyugada por la cháchara brillante de Philippe. Marcel fingía leer ante el secreter abierto.
¿Cómo había sido Christophe de niño?
Era una imagen deslumbrante.
La del pequeño que se quedaba siempre dormido en el palco de su madre en la Ópera, cuando las piernas todavía no le llegaban al suelo, o en las cenas, cuando le dejaban dormir en un canapé, sobre el abrigo doblado de algún caballero o de algún capitán de barco que traía consigo un loro en una jaula. A las largas veladas, surtidas con las humeantes bandejas de los mejores restaurantes, acudían hombres con variados tonos de tez.
Muy a menudo eran los mismos camareros los que, tras recoger los manteles de lino y los dólares de plata, llevaban al niño a la cama y le quitaban los zapatos.
Contaban que el chico pintaba en las paredes, coleccionaba plumas de pájaro y representaba a Enrique IV disfrazado con los vestidos de su madre.
¡Qué imagen! Marcel había cerrado el libro. Con los ojos también cerrados pensó en los tiempos en que aquella heroica presencia había reinado en todos los rincones. ¡Podían haber sido grandes amigos! Ahora en su mundo no quedaban más que muchachos bien educados. ¡La de preguntas que le habría hecho a monsieur Philippe de haber podido hablar con él directamente!
Pero el tema de conversación ponía nerviosa a Cecile, era evidente. Ella no recordaba aquella época, desde luego. Movió la cabeza como si el mundo terminara en la puerta de su casa.
Sin embargo, la historia prosiguió. A monsieur Philippe le encantaba el sonido de su propia voz.
Cuando Christophe tenía trece años apareció un invitado que no se marchó, aunque siempre estuvo envuelto en el misterio. Un negro veterano de las guerras haitianas.
—Te acordarás de él. —Monsieur Philippe mordió la punta del puro y la escupió en la chimenea. Marcel conocía de memoria aquellos sutiles sonidos, como el tintineo de la botella contra el borde de la copa y el leve suspiro de satisfacción después de cada trago—. Naturalmente, todos sospechábamos de él. ¡Quién quiere a un esclavo rebelde de Haití! ¡Haiti! Mi tío abuelo poseía en Santo Domingo la mayor plantación de la Plaine du Nord. En fin, el caso es que el hombre estuvo mucho tiempo en el extranjero. Tenía dinero en París, Nueva York, Charleston... y en los bancos de la ciudad. Era impensable que fuera capaz de prender fuego a todas las plantaciones de azúcar de la costa y que encabezara una banda de negros andrajosos dispuestos a cortarnos el cuello.
Marcel vio en el espejo que su madre se estremecía; Cecile se frotó los brazos con la cabeza ladeada y la vista fija en el mantel de encaje. «Una banda de negros andrajosos dispuestos a cortarnos el cuello.» Las palabras produjeron en Marcel una súbita emoción. ¿De qué estaba hablando monsieur Philippe? Pero el que le interesaba era Christophe, no esa misteriosa historia de Haití de la que Marcel iba recibiendo retazos y detalles en los momentos más inesperados, aunque nunca los suficientes para imaginarse otra cosa más que esclavos rebeldes y sangre.
Además ese haitiano negro era viejo y tullido. Pronto se cansó de ver a Christophe atiborrarse de chocolate y vino blanco, dormir en la cama de su madre cuando le venía en gana y tumbarse por la noche en el tejado de la casa, tres pisos por encima de la calle, para estudiar las estrellas, así que envió al muchacho al extranjero.
Christophe tenía catorce años cuando se marchó. El resto de la historia estaba poco claro. Algunos decían que pasó un tiempo en Inglaterra; otros sostenía que no, que se fue a París con la familia blanca de un hotelero que lo tuvo metido en un auténtico cubil debajo de las escaleras, sin una vela siquiera y mucho menos calefacción en las noches de invierno. Unos afirmaban que allí le habían tratado a palos, otros mantenían que le habían mimado como siempre, que había campado a sus anchas, arremetiendo contra aquellos pobres burgueses cada vez que intentaban refrenarle.
Pero una cosa era cierta: que a los dieciséis años huyó a Egipto, vagabundeó por Grecia y volvió a París en compañía de un inglés adinerado, y blanco, por supuesto, para convertirse en artista. Había escrito sobre aquellas tierras exóticas. Monsieur Philippe tenía un artículo suyo, enviado por su joven cuñado, Vincent. (¡Qué no habría dado Marcel por echarle mano!) Pero volviendo a los tiempos de los esclavos andrajosos, cuando Christophe viajaba, los esclavos murmuraban que el viejo haitiano, ya decrépito, le había desheredado. ¿Quién podía imaginar qué ascendente tenía sobre la hermosa Juliet? Juliet, con su delicado rostro y su pálida piel dorada... Pero monsieur Philippe apenas rozó el tema. Juliet se había convertido en un vegetal. Cecile asintió.
Contaban que se dedicaba sólo a beber jerez y a ver caer la lluvia, y que fue mala con el viejo haitiano durante el último año de su vida. Sí, Cecile también lo había oído. Cuando él yacía en cama paralítico y había que darle la comida con una cuchara. Las contraventanas se cerraron para siempre. Los chiquillos creían que la casa estaba encantada y pasaban por delante corriendo y chillando. ¡Y cómo está ahora! Hecha una selva tras los resquebrajados muros de ladrillo, como una mole en ruinas en la esquina de la calle.
Pero justo en esa época, al otro lado del mar, comenzó a brillar la estrella de Christophe.
Marcel conocía el resto.
Mucho después de que monsieur Philippe dejara desvanecerse los ecos de la historia, Marcel siguió el hilo en su propia memoria: la gente, atraída por la fama del hijo, se había congregado junto a la puerta de la casa para ver salir el ataúd del viejo. Sólo cuando hubo terminado todo y Juliet, destrozada, demacrada, volvía del cementerio bajo el sol ardiente, empezó a divulgarse la verdad. Estaba en la lápida. ¡El viejo haitiano era su padre!
¿No iba a tener derechos sobre el chico, siendo su abuelo?
¿Y qué iría a hacer ella ahora? ¿Tener amantes? ¿Contratar a nuevos criados para reemplazar a los que habían sido vendidos o habían muerto? ¿Arreglar los muros y llamar a pañeros y pintores? Nadie dudaba de que podía hacerlo. Era todavía muy adorable. Marcel, a sus doce años, estaba loco por verla. Entonces no comprendía realmente qué pasaba con Christophe. Estaba «enamorado» de otra cosa, de otra persona. Para él aún no significaba nada que un hombre famoso hubiera vivido allí, que allí hubiera caminado y respirado.
Pero ella no hizo nada. El polvo se acumuló en las ventanas, y el muro del jardín se convirtió en una amenaza. Las mismas parras que lo empujaban, lo sostenían también milagrosamente. Juliet no respondía a notas ni llamadas, y pronto surgió el odio. ¡Era injusto! La novela de Christophe, Nuits de Charlotte, seguía expuesta en los escaparates de las librerías. Era estúpido, absurdo..., pero sobre todo injusto.
Qué maravilloso habría sido conversar con Juliet, trabar amistad con ella y oír de primera mano noticias del muchacho. Pero ella se convirtió en una bruja; su soledad no sólo era absurda sino insondable. ¿Cómo podía soportarlo? El último de sus esclavos fue a descansar en paz al viejo St. Louis y la casa quedó vacía, salvo de gatos.
Sin embargo pronto desapareció la compasión, porque Juliet era grosera cuando se dirigían a ella. Daba la espalda inmediatamente, con la cabeza gacha, con su gato metido en la cesta que llevaba al brazo. Y junto con la fama de su hijo creció el odio.
Los chicos de la edad de Marcel sentían auténtica pasión por Christophe, lo adoraban, y a pesar de la firme prohibición de acercarse a su madre, acudían hasta su puerta con la vana esperanza de poder formular una sola pregunta. Si Juliet salía, se dispersaban. Su aspecto era terrible, con sus anillos de diamantes al sol del mediodía y las enaguas asomando bajo las faldas. El cartero le traía cartas de Francia, según le sonsacaron, ¿pero las recogía Juliet del suelo? Ellos trataban de atisbar a través de una grieta en la madera, muertos de miedo.
Al fin y al cabo era la madre de Christophe. La lealtad les impedía despreciarla y además tenían otras cosas en la cabeza, como escribir relatos con su estilo o hacer álbumes con los recortes de prensa enviados por hermanos mayores, tíos, primos. Se pasaban las tardes en los salones de unos y otros, cuando habían salido los padres, para escamotear unas copas de coñac y soñar en voz alta con el día en que pudieran realizar el mítico peregrinaje a París, llamar a la puerta lacada de su casa en Île St. Louis y con reverencia, con cortesía, con suavidad y sin molestar, tenderle sus páginas manuscritas.
De vez en cuando llegaba a casa un tío o un hermano que había tomado una copa con él en algún café atestado de gente. Entonces los rumores volaban.
Fumaba hachís, hablaba enigmáticamente, se metía en peleas callejeras y se le había visto paseando veinticuatro horas borracho; hablaba solo y a veces entraba en trance en la mesa de un café. Entonces aparecía el inglés —blanco, por supuesto—, que lo recogía, le echaba suavemente un poco de agua en la cara y le llevaba a casa apoyado en su hombro.
Siempre había sido bueno con sus compatriotas. Aunque nunca leía los manuscritos que le ofrecían en los cafés, daba consejos, y hacía las presentaciones con elegancia. No se avergonzaba de su raza, estrechaba manos negras, se interesaba por Nueva Orleans y escuchaba con atención, pero pronto se aburría, se quedaba en silencio y se marchaba. Y era inútil llamar a su puerta. Él no podía hacer más, y sabía que nadie tenía nada que ofrecerle.
«Podéis admirarlo si queréis, pero imitarlo, jamás», decían los padres a los muchachos encandilados. Marcel lo adoraba, y los que veían sus recientes vagabundeos se preguntaban si no se habría descarriado por querer emular al hombre famoso.
Para los otros chicos la figura de Christophe era un ejemplo a imitar, de modo que en las escuelas privadas de la ciudad, costosas academias de ambiente selecto, con profesores blancos o negros, se esforzaban con ahínco en estudiar. Debían estar formados al bajar del barco, debían ser hombres.
No había duda de que Marcel realizaría el viaje a París, de que tendría su oportunidad. Lo garantizaba la promesa que hizo monsieur Philippe el día de su nacimiento, una promesa que se reiteraba por lo menos una vez al año. Cecile se encargaba de ello. A Cecile no le preocupaba su hija Marie, a Marie «le irá bien», decía, y con los labios apretados ponía un brusco punto final al asunto. Pero cualquier momento era bueno para mencionar el tema de su hijo. Marcel, insomne en las sofocantes noches veraniegas, separado de ellos sólo por la mosquitera que relucía como el oro bajo el tenue chisporroteo de la luz, oía a monsieur Philippe musitar sobre la almohada: «El muchacho viajará como es debido...» Era una vieja promesa que formaba parte de su vida. Así pues, ¿por qué no esforzarse en hacerla realidad?
Pero Marcel se pasaba las clases sumido en sus ensoñaciones, provocaba a sus maestros con intrincadas preguntas y en el último mes había dejado su silla vacía una docena de veces. Sus compañeros estaban preocupados, porque Marcel les caía bien, y su mejor amigo, Richard Lermontant, parecía bastante triste. Pero lo más desconcertante, sobre todo para Richard, era que Marcel no estaba en absoluto desconcertado. No era que hubiera caído indefenso en las garras de la pasión adolescente. No cortejaba, por ejemplo, a las guapas amigas de su hermana para luego tirarles del pelo riendo, ni daba puñetazos a los árboles exclamando: «¡No sé lo que me pasa!» Y ni una sola vez, presa de la confusión, le pidió a Dios que le explicara por qué había creado razas de distinto color o por qué el mundo era cruel.
Más bien parecía albergar un terrible secreto que le apartaba de los demás, y se le veía dispuesto a seguir tranquilamente su rumbo.
Un rumbo que ese día parecía conducir al desastre.
Era una cálida mañana de verano, y Marcel se iba acercando cada vez más a la veleidosa Juliet. De pronto ella se detuvo en los puestos de frutas bajo la arcada. Él apoyó la mano izquierda en un fino poste de hierro, se tapó la boca y se la quedó mirando con sus grandes ojos azules. Aunque no se daba cuenta, parecía querer esconderse tras el poste, como si una cosa tan estrecha pudiera ocultarlo. Tenía la cara completamente tapada menos los ojos.
Había en ellos dolor, ese dolor que se muestra en un destello, en el movimiento de un párpado, en el ceño del que está ensimismado en sus pensamientos. Al mirar a Juliet sabía perfectamente qué debía ver y comprendía muy bien qué percibía en realidad. No suciedad y perversión sino un radiante y espléndido espectáculo de negligencia que le rompía el corazón, aunque ni siquiera había podido verla con claridad...
Después de salir del colegio corriendo y sin aliento había ido a llamar por primera vez a casa de ella, y un vecino le dijo a gritos que se había ido al mercado. Entonces la vislumbró a una manzana de distancia. Era alta, y se la podía seguir fácilmente.
Ahora, cuando se deshizo el grupo de mujeres tocadas con cofia que les separaba y ella volvió a salir a la calle, Marcel la vio claramente por primera vez.
Dio un respingo, como un hombre sorprendido por el tañido de una campana, e hizo ademán de aproximarse a ella, pero luego se quedó atrás, con la mano de nuevo en la boca, mientras Juliet se acercaba bajo el sol a la verja de hierro de la plaza. Marcel, que la contemplaba absorto, se estremeció en silencio.
Juliet caminaba despacio, lánguida, con la cesta colgada del brazo, tan espléndida como la había visto Marcel un millar de veces: su chal raído era un destello verde y plateado contra la seda roja del vestido cuyos volantes rasgados arrastraban por el suelo, y su fino pelo negro caía en desgreñados mechones mal sujetos por un broche de nácar. Al llegar a la acera se recogió la falda con la mano derecha, en la que brillaban los diamantes, y giró hacia la larga hilera de puestos. Marcel vislumbró por un instante su perfil y el destello del arete de oro en su oreja.
De pronto la ocultó un enorme simón que pasó traqueteando. Marcel se lanzó tras él, enloquecido, y se detuvo bruscamente al ver que Juliet se daba la vuelta.
Alguien lo llamó por su nombre pero no lo oyó. Ella lo miraba, y él había caído de nuevo en la total pasividad de un chiquillo con la boca abierta.
Sólo un metro los separaba. Nunca había estado tan cerca de ella, de su ambarino rostro, terso como el de una niña, de sus ojos negros y profundos tras las largas pestañas, de su ancha frente partida por el pico de los cabellos que caían hacia atrás en ondas resplandecientes. Ella lo miró con infinita curiosidad. Luego sus finos labios pintados con carmín se curvaron en una sonrisa, y unas pequeñas arrugas se marcaron en torno a sus ojos.
A Marcel le latía la sien. Le tocaron el hombro, pero él no se movió. Alguien lo llamó por su nombre.
De pronto, como distraída por algo, Juliet inclinó la cabeza, ladeándola con gesto extraño, y se tentó el cabello con los dedos. Se buscaba el broche como si le hiciera daño, y tras arrancárselo de un tirón se lo quedó mirando mientras una cascada de pelo negro le caía sobre los hombros.
A Marcel se le escapó un suave gemido. Alguien le había cogido del brazo pero él se apartó, se puso tenso y abrió los ojos admirado, ignorando al joven que tenía a su lado.
Sólo sentía el latido de su corazón, y el fragor de los caballos y las ruedas en la calle se le antojaba ensordecedor. Se oían gritos y desde el río llegaban los retumbantes sonidos de los barcos que descargaban. Pero él no veía nada; sólo a Juliet y no en ese momento sino hacía mucho, mucho tiempo, antes de convertirse en un canalla, en un paria. Era un recuerdo tan palpable que cada vez que le acometía le devoraba hasta dejar de ser evocación para convertirse en pura sensación. Apretó la lengua contra los dientes, aturdido y abochornado. Tal vez incluso estuviera enfermo. Por un momento no supo dónde se hallaba, pero en lugar de dejarse llevar por el pánico intentó agarrarse a algo y dio con el recuerdo que le había hechizado.
Hacía años, cuando volvía corriendo a casa, tropezó con un trozo de carbón y fue a caer justamente en sus brazos. De hecho él le había dado un empujón al ir a agarrarse al tafetán de su cintura, y al ver que era ella, Juliet, la había soltado con tal pánico que habría caído de no haberle agarrado ella por el hombro. Marcel la miró a sus ojos de azabache, vio los botones desabrochados del cuello, la curva de sus pechos desnudos en el escote y más abajo la oscuridad, allí donde los senos se unían suavemente al torso, y quedó sobrecogido por una desconocida oleada de emociones. Sintió en su mejilla el pulgar de ella, como si fuera de seda, y luego la palma abierta de su mano, que le acariciaba con dulzura el pelo rizado. Los ojos de Juliet parecían entonces cegadores. Tenía el talle sólo cubierto por la ropa, una insólita desnudez. A Marcel se le quedó en las manos el aroma de especias y flores y a punto estuvo de desmayarse.
Casi se estaba muriendo ahora. Y ahora, como entonces, la miraba deslumbrado, desfallecido, mientras ella se alejaba como un gran barco, corriente arriba.
—¡Pero esto no tiene nada que ver! —susurró, con las mejillas encendidas de vergüenza, sin poder evitar que se le movieran los labios (era muy dado a hablar solo en voz alta, aunque, para su gran alivio, muchos de los que le oían pensaban que estaba cantando)—. Es por Christophe —prosiguió—. ¡Tengo que hablarle de Christophe!
Pero la mera imagen de las ondulantes faldas de Juliet le estaba aturdiendo de nuevo.
—Soy un criminal —murmuró en francés con aire melodramático, y sintió un absurdo consuelo al convertirse en el abyecto objeto de su propia condena. Demasiadas noches se había permitido gozar del recuerdo de aquella colisión de su infancia (el pecho desnudo, la cintura sin corsé, el penetrante perfume), y ahora tenía que recuperar la compostura como un caballero que, habiendo visto a una dama desnuda en su baño, cierra la puerta y se aleja presuroso.
Estaba en la Place d’Armes. Alguien intentaba romperle el brazo.
Marcel se quedó mirando, atónito, los botones de la pechera de Richard Lermontant, su mejor amigo.
—No, vete, Richard —dijo al instante, como si hubieran estado discutiendo hacía rato—, vuelve a la escuela. —Y mientras estiraba el cuello para ver a Juliet desaparecer entre el gentío del mercado, intentó liberarse de su amigo.
—¿Me estás diciendo a mí que vuelva al colegio? —preguntó Richard sin soltarlo. Su voz era grave y profunda, casi un susurro—. Mírame, Marcel. —Richard tenía el hábito de bajar la voz precisamente cuando otros la levantarían, cosa que siempre le resultaba efectiva, tal vez por lo alto que era, mucho más que Marcel, aunque sólo tenía dieciséis años. En realidad sobresalía por encima de todo el gentío—. ¡Monsieur De Latte está furioso! —insistió, acercándose más—. Tienes que volver conmigo ahora mismo.
—¡No! —exclamó lacónico Marcel mientras se soltaba de un tirón y reprimía el impulso de frotarse el brazo. En toda su vida rara vez le habían tocado si no era con furia, y abrigaba una considerable desconfianza hacia el contacto físico. Aborrecía que lo agarraran, aunque le resultaba imposible enfadarse con Richard. Eran más que amigos, y no podía soportar ningún enfado entre ellos—. Vete, por favor —suplicó—. Dile lo que quieras a monsieur De Latte. Me da lo mismo. —Y con estas palabras echó a correr hacia la esquina.
Richard lo alcanzó rápidamente.
—¿Por qué haces esto? —le preguntó, inclinándose un poco para acercarse al oído de Marcel—. Te has escapado corriendo de clase, ¿no te das cuenta?
—Sí que me doy cuenta. Ya lo sé. Ya lo sé —replicó Marcel. Se lanzó con torpeza entre el tráfico, pero se vio obligado a volver a la acera—. Déjame, por favor. —Sólo alcanzaba a ver la cabeza de Juliet ante los puestos de pescado—. ¡Déjame en paz, por favor!
Richard le dejó marchar, se puso las manos a la espalda y recobró al instante su característica compostura tan impropia de un muchacho de dieciséis años. Lo cierto es que por su aspecto resultaba imposible adivinar su edad, y los que no lo conocían podían calcularle veinte años, tal vez más. Nunca había querido ser alto —de hecho había rezado para no serlo—, pero hacía tiempo que un animoso espíritu había invadido sus largos miembros. Cuando estaba en pie, con una pierna adelantada y los hombros ligeramente inclinados, su rostro enjuto de pómulos prominentes y ojos negros y rasgados le daba una apariencia majestuosa a la vez que exótica. Tenía el pelo negro y rizado y la tez más oscura que la de Marcel, casi verde oliva, pero recordaba más a los turcos o a los españoles, incluso a los italianos, que no a los franceses y senegaleses de los que descendía.
Hizo un gesto lánguido con la mano y susurró:
—Tienes que volver, Marcel. ¡Tienes que volver!
Pero Marcel miraba de nuevo hacia el mercado, de cuyo tejado se alzó de pronto una gran bandada de pájaros que descendió sobre los mástiles del puerto. Marcel entornó los ojos. Juliet había surgido de la multitud, y con sus propias manos iba dándole pescado a su gato.
—¡No estarás siguiéndola...! —exclamó Richard sobresaltado, y en su rostro apareció una involuntaria expresión de asco que se apresuró a ocultar—. ¿Por qué? —preguntó.
—¿Cómo que por qué? Ya sabes por qué —contestó Marcel—. Tengo que preguntarle si es verdad... Quiero saberlo.
—Yo tengo toda la culpa —murmuró Richard.
—Vete. —Marcel echó a andar de nuevo. Richard volvió a cogerle del brazo.
—Ella no lo sabrá, Marcel. Y aunque lo supiera, ¿por qué crees que te lo iba a decir? ¡No está en su sano juicio! —susurró. La miró por un instante y luego bajó los ojos discretamente, como si fuera una tullida.
Juliet llevaba el pelo suelto como una inmigrante y caminaba a ciegas entre la multitud, acariciando a su gato mientras iba tropezando con todos. Richard se movió, y su cuerpo largo y delgado se puso tenso. El niño que había en él quería llorar.
—¡No te va a pasar nada por mirarla! —susurró Marcel. Richard, atónito, vio en sus ojos un destello de rencor y captó la impaciencia de su voz.
—Esto es una locura. —Richard hizo ademán de marcharse, pero añadió—: Si no vuelves conmigo, te expulsarán del colegio.
—¿Me expulsarán? —Marcel vaciló, a punto de bajar de la acera—. ¡Pues me parece estupendo! —Y cruzó la calle en dirección a Juliet.
Richard se había quedado sin habla y lo miraba tras la hilera de carros que se abrían camino entre el gentío. Marcel se acercaba a la madre de Christophe. Richard fue tras él.
—¡Pues entonces devuélveme el artículo! —le dijo con voz grave—. Sabes perfectamente que es de Antoine.
Marcel se sacó al instante del bolsillo un arrugado recorte de periódico y se apresuró a alisarlo en la palma de su mano.
—No pretendía quedármelo —dijo—. Estaba muy nervioso. Tenía pensado dejarlo otra vez en tu pupitre.
Richard estaba furioso. Miró un segundo a Juliet y luego bajó la vista al suelo.
—Te lo iba a devolver antes de la cena —insistió Marcel—. Tienes que creerme.
—Ni siquiera es mío. Es de Antoine, y tú te lo metes en el bolsillo y sales corriendo.
—Si no me crees, me destrozarás el corazón.
—Sé perfectamente dónde está tu corazón —murmuró Richard mirando el puño que Marcel se había llevado al pecho—. Y desde luego acabarás con él destrozado, te lo aseguro. ¡Te van a expulsar!
Marcel no parecía comprender.
—Además, imaginemos que es verdad —prosiguió Richard—. Imaginemos que Christophe vuelve... ¿Con qué cara podrías mirarle después de haber sido expulsado de la escuela de monsieur De Latte?
Richard dobló el recorte, pero no sin antes volverlo a leer rápidamente. Era impensable que Marcel arruinara su vida por algo tan insignificante. Sin embargo le había parecido espléndido la mañana que Antoine, el primo de Richard, recibió el artículo en una carta de París. Christophe volvía por fin. Era lo que siempre habían soñado, lo que deseaban. Siempre habían imaginado que algún día Christophe sabría de la locura de su madre, y su amor por ella lograría lo que ninguna otra cosa había conseguido: traerle de vuelta a casa. Pero el artículo decía mucho más. No dejaba nada a la fantasía ni a la especulación. Allí ponía claramente que Christophe Mercier planeaba no una simple visita sino un auténtico retorno. Volvía a casa a «fundar una escuela para los miembros de su raza».
Richard había llevado la noticia a la clase de monsieur De Latte para compartirla con Marcel, y por la tarde toda la comunidad de gens de couleur estaba ya revolucionada. Después todo se había torcido. Marcel salió desbocado por la puerta mientras monsieur De Latte intentaba imponer el orden a gritos, golpeando el atril con su vara.
Ahora todo aquello parecía amargo, doloroso. Una nube que pesaba sobre Richard y oscurecía las calles como si fuera hollín.
De pronto alzó la vista, avergonzado. Juliet, a menos de un metro de distancia, los estaba mirando. A Richard le ardieron las mejillas. ¡Y Marcel se encaminaba hacia ella! Richard dio media vuelta y atravesó como una flecha la comitiva de carros detenida hasta llegar a la Place d’Armes, en dirección al colegio.
A cada paso le martilleaba la misma frase en la cabeza: es culpa mía, es culpa mía. «No debí enseñárselo hasta que fuera el momento adecuado. Es culpa mía.»
2
Las calles de la ribera eran un cenagal que Richard detestaba, y la perspectiva de atravesarlas para volver junto a un director de escuela furioso pesaba sobre él como el sol del mediodía. Se detuvo, aturdido, en uno de los sórdidos callejones lleno de ropa tendida y de roncas voces alemanas e irlandesas, y por primera vez en su vida consideró la perspectiva de emborracharse en un establecimiento público.
Estaba seguro de que podría conseguirlo. Hacía tiempo que era más alto que su padre y que su abuelo, un hombre ya marchito que había sido más alto en su juventud. Pero en su casa, en la pared del vestíbulo, había un retrato de su bisabuelo Jean Baptiste, un esclavo mulato liberado justo antes de que los españoles arrebataran a los franceses la colonia de Luisiana en 1769. Los documentos que acreditaban su libertad, guardados en un secreter de caoba junto a otros tesoros, describían a Jean Baptiste como «mulato, criado de Lermontant, conocido también como el Titán por su insólita estatura de dos metros quince».
El retrato mostraba unos anchos rasgos africanos y un ampuloso paisaje que se oscurecía y cuarteaba con el tiempo, de modo que pronto desaparecerían los trazos del río y las nubes y sólo quedaría el rostro marrón de Jean Baptiste, con los mismos ojos rasgados que distinguían a Richard, y una gorguera inmaculadamente blanca en el cuello.
Todos reverenciaban a Jean Baptiste. Su laboriosidad había sido la base de la familia, que había medrado bajo el auspicio de su leyenda. Pero ahora Richard no podía mirarlo sin temer que una mañana se plantaría ante el espejo biselado de su armario, incapaz por fin de ver reflejado en él su propio rostro por haber crecido los pocos centímetros que le separaban de la estatura de Jean Baptiste. La madre de Jean Baptiste, la africana Zanzi, había sido también muy alta. Al fin y al cabo, pensaba Richard, por lo menos no había heredado la ancha nariz de Jean Baptiste ni su boca africana. De su bisabuelo sólo tenía los ojos rasgados.
Pero aunque era una de esas enormes criaturas con voz aterciopelada que pueden acallar los gritos de un niño con una simple caricia y una canción, o montar en silencio las piezas de un reloj de bolsillo y devolverlo en perfectas condiciones con una ligera sonrisa en los labios, Richard tenía miedo de convertirse en el gigantón del pueblo.
Ahora bien, su estatura le permitiría entrar en el más miserable de los tugurios del muelle, donde los negros libres bebían con todo el mundo. Una furia desatada lo llevaba ahora hacia uno de esos antros: un vehemente temor por Marcel, el miedo a monsieur De Latte y algo... algo más, un enjambre de sentimientos y dolor que no podía analizar del todo.
Dio media vuelta y se dirigió al malecón. Las clases ya debían de estar muy avanzadas: monsieur De Latte no le iba a estar esperando. Pero de Richard nadie sospecharía nunca nada. Todos sabían que su padre, el formidable monsieur Rudolphe Lermontant, había cronometrado hacía tiempo el camino de su casa al colegio con su reloj de bolsillo, y que no permitía a su hijo más que un margen de cinco minutos para ir y venir cuando hacía mal tiempo. Sin embargo, la idea de la confianza depositada en él era un parco consuelo. En el fondo Richard era un niño y nunca cuestionaba la autoridad ni sentía la tentación de burlarla, aunque por lo general el que la esgrimía tenía que levantar la cabeza para mirarle.
El mero recuerdo de su padre, surgido de pronto entre tantos pensamientos vagos, le produjo dolor de cabeza. Richard sabía muy bien lo que diría Rudolphe cuando se descubriera la última desgracia de Marcel. Aquel desastroso embrollo se le hacía insoportable. Richard giró hacia el mercado —aunque mucho más abajo del punto donde había dejado a Marcel— y divisó un oscuro antro donde cometer el pecado mortal.
Pidió una botella y se sentó ante una mugrienta me-sa de madera que amenazaba con venirse abajo. La barra estaba llena de exaltados irlandeses. Los trabajadores negros se mantenían al margen. Richard no logró comprender contra qué bramaban los irlandeses, pero no le costó olvidarse de ellos. Intentó analizar lo que le había pasado a Marcel y, sobre todo, aquel confuso maremágnum de pensamientos que tanto daño le hacía.
Al principio Marcel se limitaba a quedarse ensimismado en clase y a ausentarse ocasionalmente. Luego empezó a elaborar cuidadosas explicaciones en las que daba a entender que su madre le retenía en casa. El muchacho se negaba a decir mentiras. Pronto se negó a casi todo, y simplemente balbuceaba vagos murmullos para aplacar las iras del maestro.
Después murió el viejo Jean Jacques, el carpintero. Marcel cogió una botella de vino del armario de su madre y pilló tal borrachera que al día siguiente lo encontraron enfermo en el aljibe. Richard le cogió de la mano mientras él vomitaba. Su madre no paraba de llorar. Cuando bajaba tropezando los escalones, Marcel murmuró:
—Soy un criminal. Dejadme.
A partir de entonces la frase se convertiría en un lema. Parecía evidente que todo aquello tenía que ver con Jean Jacques, pero incluso eso era un misterio. Jean Jacques había sido un buen carpintero, un viejo mulato de Santo Domingo que trabajaba en su taller desde tiempos inmemoriales, pero no era hombre que pudiera despertar la devoción de un muchacho con la educación de Marcel.
Ni siquiera Anna Bella Monroe, su más querida amiga de la infancia, podía explicar los cambios producidos en él. Marcel siempre había acudido a ella, pero ahora, cuando la muchacha oía hablar de sus vagabundeos, movía la cabeza y chasqueaba la lengua con gesto desesperado.
Lo cierto es que Marcel leía en casa las obras que en el colegio descuidaba, traducía versos que confundían a todos y siempre que intercambiaba poemas con Richard éste sabía, sin experimentar envidia, que los de Marcel eran incomparablemente mejores. Sus formales estrofas poseían tal vitalidad que las de Richard, en comparación, resultaban insulsas y ampulosas.
Era como si Marcel, tan perfecto antaño y tan empeñado ahora en destruirse, estuviera condenado a triunfar en cualquier empresa que acometiera.
Richard apoyó la cabeza contra la pared, sintiéndose deliciosamente anónimo en su dolor, con los ojos bajos entre el humo que flotaba en el ambiente mientras el whisky le quemaba el pecho.
Siempre había tenido una sola meta: luchar constantemente por superarse. No conocía otra cosa. Era una meta que no sólo le había imbuido su padre sino también su abuelo, el único hijo de Jean Baptiste, cuyo ejemplo era el espíritu de la familia, la cálida llama que iluminaba el viejo retrato del salón.
Durante toda su vida, Richard había visto las armas del abuelo cruzadas bajo el retrato, orgulloso símbolo de la guerra de 1812 en la que había participado luchando en el Light Colored Battalion bajo el mando de Andy Jackson para salvar Nueva Orleans de los británicos. Los hombres de color habían demostrado ser ciudadanos leales al nuevo estado americano. Volvió a casa condecorado, y con los ahorros de Jean Baptiste compró una funeraria a un blanco y cerró la vieja taberna de la calle Tchoupitoulas en la que Jean Baptiste había amasado su fortuna. El abuelo, al tiempo que cuidaba al anciano en su senectud, se había ido forjando un nombre en el negocio, del que se retiró hacía pocos años, cuando la artritis le deformó de tal manera las manos que ya no podía llevar los libros ni atender a los muertos. Pero incluso ahora leía los periódicos todos los días, en francés y en inglés, y se pasaba las tardes —tras calentarse las manos en el fogón, incluso en verano— escribiendo esmeradas cartas al Congreso sobre el tema de los veteranos de color, sus pensiones, sus concesiones de tierras, sus derechos. Se acordaba de los cumpleaños, visitaba a las viudas y de vez en cuando charlaba con otros ancianos en el salón.
En las largas veladas del invierno, cuando la familia se quedaba de sobremesa y los niños tomaban coñac en copas de cristal, se alejaba del calor del hogar en cuanto daban las nueve, se ponía la corbata y emprendía una larga caminata para rezar el rosario. Iba desgranando las cuentas en el bolsillo derecho mientras recorría lentamente las calles sin dejar nunca de saludar con un gesto al vecino, a la viuda, al transeúnte, aunque sus labios sólo se movían para pronunciar sus oraciones. Dirigía las inversiones familiares, contaba cuentos a los pequeños antes de que tuvieran edad de ir al colegio, y al amanecer se ocupaba de encender los fuegos y de despertar a los esclavos.
Su único hijo, Rudolphe, el padre de Richard, un hombre imponente que daba puñetazos en la mesa si la sopa estaba fría, había ampliado el negocio comprando un cementerio y adoptando a sus jóvenes escultores negros. Hacía tiempo que delegaba el arreglo de los muertos a sus sobrinos Antoine y Pierre. Él acudía a los velatorios y cuidaba de que la familia del difunto pudiera llevar un luto impecable y se despreocupara de los asuntos financieros hasta que el finado descansara en paz. Aunque era un ogro en su casa, se mostraba gentil con los parientes de los difuntos, a los que consideraba dignos de la poca paciencia que tenía. Sobre la puerta del próspero establecimiento de la Rue Royale colgaba el nombre del hombre blanco que había dado la libertad a Jean Baptiste: Lermontant.
Richard enarcó las cejas ante su vaso de whisky, y con la vista nublada y un ligero gesto de la boca advirtió que estaba sucio. Tenía huellas de otros dedos, y se podía captar en él el hedor de otras salivas. Tras la puerta abierta se volcaba el cielo azul sobre el mercado. Richard entornó los ojos y bajó la cabeza. Por primera vez en su vida se preguntó si el infierno no sería un sucio antro no purificado por el fuego. Se apresuró a apurar el whisky.
Tras el dulce aroma del pecado volvió la tensión, el temor por Marcel... y esa mórbida confusión de pensamientos que de pronto le atravesaba el cerebro como una aguja. Él no servía para aquellas viles actividades. Le pareció divertido que todos los irlandeses de la barra estuvieran borrachos antes del mediodía.
Imaginó que si su padre supiera dónde estaba lo sacaría de allí agarrado por el cuello, y esto también le pareció divertido. Era como si su altura le otorgara inmunidad. Era demasiado grandón para que le pegaran. Sonrió para sus adentros y se bebió otro whisky.
Sabía sin embargo que no podría soportar aquello mucho tiempo. No tenía la capacidad de Marcel. Aunque toda la herencia de Lermontant desapareciera de un plumazo, Richard siempre sería el mismo: un chico educado y obediente poseído por una constante e incurable ansiedad que le impedía permanecer en una sala que no fuera impecable, dejar ningún trabajo sin terminar o abandonar un libro sin comprenderlo a la perfección.
Pero una cosa le salvaba todos los días, desde que se levantaba de la cama antes del amanecer hasta que se acostaba una vez que su ropa quedaba colgada en el armario y sus deberes yacían impecables sobre la mesa del comedor. Sabía, muy en el fondo de su corazón, que nada puede ser perfecto y que la tensión que le acompañaba constantemente no cesaría nunca. ¿Era esto una tontería?
A veces pensaba que su padre no lo sabía, o que su madre, Suzette, que trajinaba de la cocina a la mesa con las mangas recogidas y la frente húmeda, creía que por fin llegaría el día en que podría descansar. Pero Richard comprendía que la vida era así, y esto le hacía mantener una calma exasperante en aquello que a otros les ponía furiosos, y le permitía realizar sus tareas con resignación y a veces de forma mecánica. Todavía no sabía que esto se agudizaría con el tiempo.
Le estallaba la cabeza. El whisky no proporcionaba el mismo placer que el jerez o el oporto, pero sólo la vaga conciencia de que un hombre blanco le observaba desde la barra le obligó a dejar el vaso.
¡Chistophe volvía! ¡Christophe iba a abrir una escuela! Los sueños de Richard nunca habían volado tan alto. En realidad siempre habían sido sueños bastante modestos que no incluían el peregrinaje a París.
En el telón de fondo de su mente estaba la nítida imagen del abuelo junto al fuego, arrebatándole el artículo parisino sobre las Nuits de Charlotte de Christophe. Antoine lo había cogido en silencio.
—Passe blanc! —El viejo escupió en la chimenea.
—¡No, abuelo! —exclamó Richard suavemente—. Él nunca... Siempre ha dicho que es un hombre de color... —Pero entonces vio que Antoine movía la cabeza.
—Diez años... —murmuró el anciano.
El padre de Richard, que caminaba de un lado a otro entre las sombras, se echó a reír. Se acercó a la silla de Richard y murmuró con sequedad:
—¿Tú qué te crees, que París es un paraíso donde uno se convierte en ángel? ¿Que allí se te vuelve la piel blanca?
Richard se quedó callado, aturdido. Todos hablaban de ir a París. Hasta sus hermanos habían ido...
Entonces recordó las palabras: «diez años...». Miró a su abuelo. Nadie había vuelto a hablar de sus hermanos. Richard ni siquiera recordaba cuándo había comenzado ese silencio.
—Passe blanc —susurró el abuelo con resquemor.
Richard se quedó mirando el fuego. Siempre había sabido que algo terrible pesaba en el aire, algo que se cernía sobre su madre cuando limpiaba los retratos de la escalera. Richard no había conocido a sus hermanos, jamás había visto una carta suya, nunca había pensado...
—Creo que ahora viven en Burdeos —le dijo Antoi-ne más tarde, ya en el piso de arriba—. Me lo contó un hombre que vino hace poco a la funeraria. Quería saber de nosotros. Dijo que se habían casado con mujeres blancas, naturalmente...
Esa noche se acostó pensando en ellos por primera vez. André y Michel, casados con mujeres blancas. Cuando por fin apagó la lámpara supo que nunca iría a París, que nunca se marcharía de casa como habían hecho ellos rompiéndole el corazón al abuelo. Aunque jamás se le había ocurrido pensar que su abuelo tuviera un corazón, lo cierto era que poseía algo igualmente fuerte que los unía a todos. Richard adoraba a su abuelo. Ese año había aprendido junto a él a llevar los libros de la funeraria, y de vez en cuando había ido a atender a los parientes de los difuntos, siempre sorprendido de que se alegraran de verle, le hicieran tomar asiento junto al féretro y le dieran palmaditas en la mano.
Siguió bebiendo whisky compulsivamente. Tuvo el irresistible impulso de volver a sonreír, aunque sus pensamientos tocaban una fibra sensible. Muy bien, nada de ir a París, pero ahora volvía el gran hombre. Las madres acudirían en tropel a su salón, ansiosas por colocar a sus pequeños bajo el amparo de sus alas. Cerró los ojos y luego miró el cielo resplandeciente. ¿Podría él, Richard, acudir a aquella escuela? ¿Se lo permitirían sus padres, después de oír el constante y florido repertorio de anécdotas que contaba Antoine: hachís, mujeres blancas, la vida de café en café, los días que a veces pasaba sin encontrar una cama? Los otros perdonarían al gran hombre, hablarían con él de Victor Hugo y le harían preguntas sobre sus famosos viajes, pero los Lermontant no lo tolerarían. No era lo que deseaban para Richard. Ésa era la verdad, y él ya lo sabía incluso esa misma mañana, cuando acudía corriendo a clase con la noticia.
Lo que sentía en ese momento, lo que había sentido cuando dejó a Marcel en la Place d’Armes era simplemente envidia. Ésa era la repulsiva maraña de dolor y confusión: envidia.
Miró el cielo de nuevo y se le humedecieron los ojos. En su obnubilación no acertaba a ver la oscura arcada del mercado aunque sabía que albergaba fardos de mercancías, hombres trabajando, carros que crujían bajo sus pesadas cargas. El aire transportaba el fuerte olor agrio de la col hervida.
¡Envidia de Marcel! Muy bien, Richard, bébete otro whisky.
Pero era cierto. Envidia de la elegancia con la que Marcel podía susurrar «Je suis un criminel!» y marcharse luego con los ojos vidriosos tras la loca Juliet.
Richard le envidiaba. Envidiaba amargamente la demencial aventura que estaba corriendo en ese momento, al mediodía. Y lo que era peor, envidiaba la fuerza con la que Marcel lograría romper el silencio de Juliet. Richard se odiaba. Marcel lo conseguiría, Marcel siempre lograba lo que se proponía.
Apartó de pronto la botella y se levantó para marcharse, pero en ese momento volvió a cobrar realidad el hombre blanco que le miraba desde la barra: un irlandés de rostro enrojecido y pelo desgreñado que se dejó caer en la silla delante de él. Richard sintió recelo por primera vez desde que entrara en el bar.
Había disfrutado voluptuosamente del peligro sin pensar que pudiera tocarle, pero ahora este hombre le había puesto la mano en el brazo, y el hecho de no poder verle con claridad empeoraba la situación.
El hombre, más borracho que Richard, mostró unas monedas en la otra mano. Richard vaciló, temeroso de que cualquier gesto pudiera provocar una pelea.
—No da ni para una asquerosa copa —resolló el irlandés—, y en una ciudad como ésta en la que ni trabajando todo el día gana uno para una cama. —Miró por encima del hombro como si en la barra le acechara un enemigo.
Richard empujó el vaso hacia él e intentó apartarse.
—Por favor... —dijo, señalando la botella.
—Es usted todo un caballero, señor. —El hombre se sirvió un whisky sin soltar a Richard. No era viejo pero lo parecía. Tenía los ojos inyectados en sangre y el cabello pelirrojo ralo y grasiento. Llevaba la tosca ropa de un trabajador y las uñas negras. Se puso a mascullar algo sobre el trabajo en las calles, las piedras y el mortero—. ¡Malditos negros! —gritó en un estallido de coherencia—. Malditos negros libres que trabajan de camareros en los hoteles por cinco dólares al día mientras que los hombres se desloman bajo el sol en la calle...
A Richard se le encendió el rostro. Su instinto le advertía que no mordiera el anzuelo, porque sería el perdedor. Estaba furioso y le temblaba el brazo bajo la mano del irlandés que se atrevía a decir tales cosas esperando que él, un negro, le escuchara. Se pegó a la pared, pero en ese momento el hombre dijo con inocencia:
—¿Cómo puede soportar vivir entre negros libres como el viento?
Richard se quedó con la boca abierta. Empezaba a comprender, aunque todavía no terminaba de creerlo.
—Y luego las putas cuarteronas, metidas en sus salones y envueltas en sedas y satenes, que no dejan entrar a nadie que no sea un caballero. Como si yo quisiera bailar con esas asquerosas putas negras... porque eso es lo que son, putas negras. ¿Pero cómo pueden ustedes soportarlo? ¿Cómo soportan no poder azotarlos y venderlos...?
—Perdone, monsieur. —Richard se había levantado de golpe, agarrando la botella tambaleante—. Sírvase el whisky que quiera.
Al salir precipitadamente al aire fresco del río quedó cegado por un instante pero fue incapaz de reprimir una sonrisa y luego una súbita carcajada. Mientras subía por la Rue de la Levee olvidó por un momento todos sus problemas. Nunca había tenido una experiencia parecida. Aquel bastardo le había tomado por blanco.
3
En la barbería de un negro de la Rue Bourbon se lavó la cara, se echó colonia y se tomó un refresco. Cuando el hombre no miraba, echó colonia en la copa y se enjuagó la boca. Ya estaba totalmente arrepentido y mareado.
Monsieur De Latte ni siquiera se dignó a prestarle atención cuando fue a sentarse al fondo de la clase. El profesor siguió dando la lección de bastante mal humor, y la tarde fue pasando.
—Quiero que le lleve esta factura de mi parte a la ma-dre de Marcel, ahora mismo —le dijo a Richard mientras los demás salían. Escribió algo a toda prisa, se quitó los anteojos y se frotó la dolorida marca roja—. ¡No tengo por qué tolerar esto! —masculló sin dirigirse a nadie en particular—. ¡No pienso tolerarlo ni un minuto más! ¡Dígale que tendrá que tomar una decisión con respecto a su hijo!
Richard ya caminaba hacia la casa antes de que surgiera en él cualquier conato de rebeldía, antes de que alguna voz protestara en vano: «No, no seré yo quien se lo diga.»
Que le diera la noticia el propio Marcel. Richard estaba convencido de que estaría en casa para cuando él llegara. Decidió entrar a hurtadillas por la parte de atrás y llegar, sin que Cecile Ste. Marie le viera, hasta la habitación de Marcel en el garçonnière, encima de la cocina. Hacía medio año que Marcel se había mudado a aquellas habitaciones privadas, un lujo fabuloso a los ojos de Richard. Aunque el garçonnière estaba en la parte de atrás, Richard nunca había evitado la puerta principal, pero le resultaba insoportable la idea de entregarle la factura a Cecile, de explicarle la expulsión.
Sin embargo sus planes quedaron desbaratados en cuanto llegó a la puerta del jardín de la Rue Ste. Anne. Cecile se encontraba en la puerta, con la cabeza ladeada y el dolor reflejado en sus ojos negros.
Estaba espléndida, vestida de muselina amarilla y con dos diminutas perlas en las orejas. El calor del día no había alterado su aspecto. Richard nunca había conocido una mujer más delicada, más frágil, y ahora sintió en su presencia aquella admiración que solía dejarle sin habla. Reconocía, no sin cierta vergüenza, que en parte se debía a que era la mujer de un hombre blanco, la «esposa» negra de un rico plantador. Pero eso no lo era todo. Cecile se llevó el pañuelo a los labios, emanando un sutil aroma a colonia.
—¿Dónde está Marcel? —susurró débilmente en francés.
Richard buscó con torpeza la factura, y casi se la había tendido cuando vio que ella se daba la vuelta con los ojos llenos de lágrimas. Se oyó un portazo. Iba a resultar muy duro. Cecile entró en el pequeño salón, fue hacia la vitrina que se tambaleaba y con una mano la estabilizó sobre sus diminutas patas. Luego miró a Richard a los ojos, con expresión de súplica.
—¿Qué es esto? —preguntó—. ¿Qué me das? —Se sentó en el canapé en medio de un círculo perfecto de muselina, con el pecho agitado como si se fuera a desmayar—. ¿Qué ha hecho ahora? Dímelo, Richard. ¿Qué ha hecho?
Richard se quedó mirando como un estúpido la mano de Cecile en el regazo, las tensas cintas doradas. Era inútil esperar a Marcel o ir a buscarle.
—Madame —comenzó—. Madame... —Richard mal-dijo a monsieur De Latte y se maldijo a sí mismo por haber aceptado aquel encargo, pero ya era demasiado tarde. Cecile le arrebató de súbito la factura y al ver la suma escrita en ella la dejó de golpe sobre la mesa.
—Yo siempre pago. ¿Qué significa esto?
Todo el cristal de la sala tintineó, y el sol relumbró en los estremecidos marcos de los retratos.
—Le han... bueno, ha sido... Me han encargado que le diga que... —balbuceó Richard. Y en ese momento vislumbró su salvación. En las sombras, tras el arco que separaba el pequeño salón del comedor, había aparecido silenciosamente Marie, la hermana de Marcel. Sostenía contra su pecho un libro abierto, como si hubiera estado leyendo. Llevaba el pelo suelto. Richard se la quedó mirando con gesto desvalido, pero Cecile se levantó y le cogió la muñeca.
—¿Qué ha pasado, Richard? ¿Qué me quieres decir? —preguntó enfadada—. Por el amor de Dios, ¿qué ha hecho?
—Le han expulsado, madame —susurró Richard—. Monsieur De Latte le ha pedido que se matricule en otra...
Cecile lanzó un chillido tan fuerte e inesperado que Richard retrocedió de un brinco y le dio un golpe a la mesita. Agarró torpemente una lámpara que estaba a punto de caerse y al darse la vuelta tropezó con la pata de una silla. Cecile sollozaba. Richard tenía el corazón destrozado, pero Marie estaba ya junto a su madre. Richard se quedó mirando ciegamente la puerta abierta.
—¡Fuera! —gritó Cecile de pronto con voz fría y ronca—. ¡Fuera de aquí!
Richard la miró, miró su cabeza inclinada, el puño que caía sin ruido sobre las rosas bordadas del canapé, el pie que golpeaba torpemente el suelo.
—¡Fuera! —gritó ella de nuevo, y Marie apartó de pronto la cara.
Richard perdió los estribos. «Ni por mi mejor amigo voy a soportar esto un momento más —pensó Richard—. ¡Desde luego que me marcho!», y con un apagado «bonjour, madame» salió de la casa.
No empezó a comprender hasta mucho más tarde, ya por la noche, cuando estaba en la cama. Mucho después de la larga y agónica cena que la familia dedicó a denostar a Marcel y en la que Rudolphe trajo a rastras a la cocinera, que admitió temblando que la madre de Richard, Suzette, podía haber «arruinado el pescado con sus toques especiales». Antoine miró entonces a Richard con el ceño fruncido, como diciéndole con la mirada que estaba seguro de que la expulsión de Marcel tenía que ver con Christophe, y que eran todos unos idiotas románticos. Richard, indispuesto, había pedido permiso para marcharse, justo en el momento en que su madre derramó el vino al levantar los brazos para gritar que llevaba diez años haciendo el pescado de aquel modo.
Lo cierto es que no era nada fuera de lo común. Por otra parte nadie sospechó de la incursión de Richard en los muelles, y él no había pensado que se sentiría tan culpable por ello. El abuelo dijo finalmente que Marcel era un buen chico, incluso mejor de lo que todos pensaban, y que lo que necesitaba era un padre.
Más tarde, ya metido en la cama, con la ventana abierta a pesar de los ruidos de la calle, Richard empezó a comprender. Recordó el gesto con que Marie se había apartado de su madre, cómo había inclinado la cabeza cuando Cecile pronunció las palabras que a él tanto le impresionaron: «¡Fuera de aquí!» El tono de voz de Cecile reflejaba una feroz intimidad.
«No me estaba hablando a mí —pensó Richard—. Se dirigía a Marie.»
Estaba seguro. Abrió los ojos y miró el techo. La luz de una farola de la calle arrojó sobre él la sombra de una cortina de encaje, una sombra que se deslizó por la pared y se desvaneció cuando la luz se alejó al paso de un cansino caballo. Desapareció también el escozor de las palabras, pero éste era otro misterio. ¿Por qué le había hablado así Cecile a su propia hija? Súbitamente incómodo, Richard deseó no haberlo oído. Se sentía un intruso y le asaltó de nuevo el escozor, aunque esta vez más intenso.
¿Qué había sentido Marie allí en su presencia? «No, debo de estar equivocado», pensó. Pero no lo estaba. Aquellas hirientes palabras, «¡fuera de aquí!», tenían una poderosa resonancia. Richard se sentía muy agitado y sintió deseos de que nunca se le hubiera ocurrido aquella idea.
Richard quería a toda la familia Ste. Marie, no sólo a Marcel, que era su mejor amigo, su único hermano de verdad, sino a la adorable Cecile, que era toda una dama, y a la hermosa y callada jovencita en la que se había convertido Marie. Durante años había sido su compañera de libros de cuentos, su compañera de poesías y canciones, una imagen de encajes, ceñidores y zapatillas que no suele verse salvo en pinturas. Ahora era alta como su madre, con un cuello de cisne, los brazos redondeados y unos ojos como los de los ángeles de mármol que a las puertas de la iglesia ofrecían el agua bendita en profundas conchas.
De pronto se quedó sin aliento al pensar en ella. Marie. La sencillez de su nombre parecía perfecta. A veces le había escrito poesías que luego rompía en un arrebato, como si la habitación estuviera llena de espías.
No podía soportar la idea de que su madre la hubiera herido de aquel modo. Era una familia muy unida. Él los conocía a todos demasiado bien para pensar... Pero entonces... No atinaba a comprender, siempre iba a dar al mismo sitio. Cerró los ojos pero no podía dormir. Se dio la vuelta, giró la almohada para sentir algo fresco en la cara y se dejó llevar por su fantasía. Estaba sentado con Marie en los escalones traseros del garçonnière, como estuvieron años atrás, un día que él le había abotonado la tira de su zapatilla, con la diferencia de que ahora no eran niños y hablaban con mucha intimidad. Él tendió la mano y... No. Volvió a ver los ángeles de las puertas de la iglesia. Marcel tenía problemas, ella tenía problemas. Cecile había llorado, estaba llorando cuando él se marchó. Richard suspiró, apesadumbrado ya tan sólo por uno de los miles de problemas a los que se había acostumbrado día a día, y se abandonó a un sueño agitado.
4
Marcel alcanzó a Juliet mucho después de que Richard lo dejara en el mercado. Había memorizado el recorte de prensa, y su mente febril no albergaba dudas de que contaba con el impulso necesario para atravesar la barrera que separaba a Juliet del resto del mundo. Sólo esperaba su momento. Iba dejando que ella le viera de vez en cuando, como había ocurrido justo antes de que Richard se marchara. La seguía con el inagotable dolor y la infinita paciencia de un amante.
Senía un asco enorme por la persona disoluta en la que se había convertido, pero al mismo tiempo comprendía lo que le estaba pasando y no tenía remordimientos. Su niñez había llegado a ser un desierto, o más bien él se había dado cuenta por fin de lo árida y desolada que había sido siempre. Mientras seguía a Juliet le parecía ir tras la vida misma, dejando atrás las fatigas de su desobediencia diaria.
Ella compró gallinas cluecas y tomates maduros, ostras y calamares vivos. Su gato entraba y salía veloz de los puestos y arqueaba el lomo junto a su falda. Juliet se sacó el dinero de la seda que le cubría los pechos, bajo la que se notaban los diminutos pezones. Marcel, mareado de calor, se apoyó contra los barriles como un estibador, sin apartar los ojos de la espalda de ella ni de los hombres que la miraban de soslayo o con descaro.
Claro que a él también le miraban. Los carreteros y los negros con sus cestos al hombro se quedaban mirando al pequeño caballero que tenía el abrigo cubierto de heno y los grandes ojos azules y febriles clavados en la figura de Juliet.
Pero Marcel no se daba cuenta. Él sólo veía que Juliet tenía por fin la cesta llena, coronada de ñames, zanahorias y verduras, y con dos gallinas atadas por las patas a las asas. Los animales aletearon y cacarearon cuando ella se puso toda la carga en la cabeza. Juliet bajó después los brazos y echó a andar con presteza entre el gentío, con la cesta en perfecto equilibrio, la espalda erguida y el paso rítmico, como una auténtica vendeuse africana.
—Mon Dieu —susurró Marcel—. ¡Qué bien lo hace! —Ciertamente lo hacía mejor que los esclavos que acudían todos los días al mercado desde sus granjas.
Era algo sorprendente por demás.
Marcel estaba maravillado. La siguió hasta salir de los apretones y olores del mercado, hipnotizado por su elegancia, con actitud protectora y amenazante. Los tenderos, apoyados en sus escobas, holgazaneaban en la puerta de sus comercios. Si alguno se atrevía a pronunciar una sola palabra, lo mataría...
Pronto se dio cuenta, espantado, de que habían llegado a la Rue Dauphine, y que la casa de Juliet estaba a pocos pasos de distancia. Marcel se acercó hasta casi tocarle el chal.
Ella se detuvo. Subió el brazo con elegancia, se sujetó la carga sobre la cabeza y se giró en redondo.
—¡Me estás siguiendo! —dijo.
Marcel se quedó helado.
Interrumpían el paso de la gente, pero Juliet no se movió. Le miraba fijamente y parecía alzarse sobre él a pesar de que eran casi de la misma estatura. Volvió a estabilizar la cesta y Marcel vio que su expresión no era de enfado sino de curiosidad.
—¿Por qué? —preguntó ella y frunció los labios en una astuta sonrisa, sin dejar de mirarle. Marcel sintió que poco a poco el corazón recuperaba su ritmo normal. Juliet hablaba con voz melodiosa y risa contenida—. ¿Me lo vas a decir? —insistió enarcando las cejas. Algo en su modo de hablar le recordaba a sus tías, incluso a su madre, algo que tenía que ver con las selvas de Santo Domingo donde habían nacido.
De pronto sintió la resolución que había estado esperando todo el día.
—Madame Mercier, es por lo que he leído en los periódicos de París. Tengo que hablar con usted. Por favor, por favor, perdone que me haya acercado de esta manera, pero tengo que...
Ella le miraba atónita. De pronto pareció como si no comprendiera lo que le decía. Señaló algo que Marcel tenía a los pies.
Era el gato negro, que les había seguido todo el camino y que ahora se frotaba el costado contra la bota de Marcel. Él lo cogió enseguida y se lo tendió a Juliet, que lo estrechó contra su pecho. Entonces se dio media vuelta y echó a andar.
—¡Es sobre Christophe! —dijo Marcel desesperado.
—Christophe —susurró ella. Giró la cabeza con gesto majestuoso y le miró por encima del hombro. Algo perverso asomó en sus ojos. El cambio de expresión fue tan brusco que Marcel se asustó.
—Los periódicos... —prosiguió no obstante— dicen que vuelve a casa.
—¡No! —exclamó Juliet con voz sofocada, volviéndose hacia él—. ¿Eso dicen los periódicos de París?
Un carro se había detenido tras ella y el conductor le gritaba con expresión colérica.
—Pero dime, cher... —El caballo relinchó sobresaltado—. ¿Dónde está ese periódico? ¿Qué dice? —Miró a Marcel de arriba abajo, exaltada, como si estuviera a punto de atacarle para arrebatárselo. Marcel se arrepintió al instante de haber entregado el recorte a Richard.
—Lo he visto esta mañana con mis propios ojos, madame. No lo llevo encima, pero lo he leído tantas veces que me lo sé de memoria y se lo puedo repetir palabra por palabra.
—¡Dime, dime! —estalló ella. En ese momento el carretero se puso a bramar y restalló el látigo sobre la cabeza de Juliet, sesgando los tallos y las hojas de la cesta. Marcel apretó los puños y se adelantó furioso pero Juliet, mucho más rápida que él, se dio media vuelta y arrojó el gato negro a la cara del hombre.
La multitud lanzó un grito y alguien se echó a reír en la puerta de una tienda. El carretero estaba furioso. El gato le arañaba salvajemente, tratando de agarrarse a él, y cuando el hombre pudo quitárselo de encima le sangraba copiosamente la mejilla. El caballo retrocedió con tal violencia que la rueda del carro se montó en la acera. El hombre maldijo a Juliet en una extraña lengua gutural.
Un negro le advirtió ent
