El mapa secreto

Luis Racionero

Fragmento

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Contenido

Portadilla

Créditos

1. La flota del coloso

2. Las puertas de jade

3. Mandarines contra eunucos

4. El mandarín Liu Daxia

5. La sociedad secreta de mujeres

6. El regreso de Enzo

7. Enzo en Florencia

8. Con Lorenzo de Medici

9. El veredicto de Toscanelli

10. El amor de Simonetta

11. Los monjes de La Rábida

12. La derrota de un sueño

13. El descubrimiento

14. El retorno

15. Mundus Novus

16. Colón y Américo en Sevilla

17. La impostura de Américo

Epílogo. LAS TRES HERMANAS

18. Ai-Ling en San Francisco

19. Las Tríadas y las tres hermanas

20. La musa comunista Ching-Ling

21. La generala May-Ling

22. La maquiavélica Ai-Ling

23. Cambio de rumbo

Fuentes

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1

La flota del coloso

El Gran Señor de la mar océana, el almirante Zheng He contempla la brújula de Feng-shui flotando en la mesa de agua frente a su trono en el castillo de popa. Es de noche y el mar calmo emana silencios como jirones de niebla. El trono es de dimensiones colosales para acomodar su cuerpo de gigante. Como se deja ver poco las leyendas crecen en torno a él como lianas en los templos de la jungla. Le llaman San Bao en Nanking, Simbad el Marino en Bagdad, Cheng-Ho en la Ciudad Prohibida, donde es el favorito del emperador, su hombre de confianza, factótum y mejor guerrero.

Pese a que, como hijo de guerreros mongoles de religión musulmana, prefería el caballo al barco, su emperador le había confiado el control de los mares del Sur y más allá la exploración de los océanos del mundo. Aquella flota podía navegar muchos meses, incluso varios años, si el globo de la tierra fuese lo bastante grande para albergar varios continentes entre los mares. El partido de los eunucos, que había postergado, en aquella época, a los mandarines, había convencido al emperador de que era conveniente explorar todas las tierras del mundo por ver que se podía comerciar con los extranjeros, darles a conocer el poder del emperador y obligarles a rendir pleitesía dentro de la Gran Harmonía Confuciana.

Zheng He tenía órdenes de no atacar a los habitantes ni conquistar los territorios que descubriera, su misión era comerciar con ellos, reseñar sus riquezas, dejarles animales y plantas chinos que no existieran allí. Las órdenes imperiales eran navegar hasta los confines del mundo para recibir tributos de los bárbaros de ultramar y atraer a todos bajo el cielo a civilizarse en la Gran Harmonía Confuciana.

Su flota incluía 28.000 hombres en 320 naves. Navegando en formación cubrían el mar de horizonte a horizonte. Tenía a sus órdenes 93 capitanes, 100 contramaestres, cinco astrólogos y 180 médicos. Los barcos más pequeños medían 20 metros de eslora y servían como transporte de personas y comunicación entre la flota, los buques de guerra medían 60 metros de largo por 22 de ancho, las naves capitanas —llamadas barcos del tesoro— medían 100 metros por 50 de ancho, el buque insignia tenía 150 metros de eslora con nueve mástiles y 62 metros de ancho. La tripulación contaba 500 marineros. Todos los juncos eran blancos como la nieve. Tenían ojos pintados en la proa, para hallar el camino, los de guerra cabezas de tigre para amedrentar al enemigo; por su parte, los soldados llevaban máscaras de tigre. Algunos barcos tenían establos para la caballería, otros eran huertos de verduras y otros, cisternas de agua potable en cuyo fondo se depositaban barros traídos de pozos domésticos para no perder las raíces. Las velas de las naves eran de seda roja, ligera y resistente.

La flota de Zheng He se desplazaba por el mar, ocupando una superficie enorme, adoptando la forma de una golondrina, las aves migratorias, viajeras por excelencia. Las naves de guerra formaban las alas, las del tesoro el cuerpo, las auxiliares la cola.

El espacio inmenso del mar, la altura de su nave y la distancia entre las otras, daban a Zheng He, acodado en su castillo de popa, una perspectiva grandiosa que superaba la escala humana para entrar en las dimensiones de los titanes. En la espaciosa calma halciónica, el tiempo se arremansaba. La visión lejana de las puntas de la flota era de una grandiosidad sobrehumana, la potencia de los dioses, la perspectiva de un coloso. El espacio era claro y luminoso, solo la omnipotencia de un tsunami podía inquietar a los navegantes.

La pujanza del mar, la voluble y tornadiza voluntad del viento y la inquietante e imprevisible amenaza de los temporales son la mejor forma de mostrar a los humanos el carácter provisional de su fortuna, y la irrelevancia cósmica que tienen sus más terribles aflicciones o sus alegrías más luminosas. Asimismo la constante inquietud que en los océanos acecha a los navegantes y la infatigable vigilancia que les impone muestran el esfuerzo constante que la vida exige a quienes quieren convertir en aliados el voluble carácter del azar o el inescrutable destino que esta escribió en la bóveda celeste.

La soñolienta armada, flotando en su irrealidad, mecida en el sueño de su invencibilidad, se aproximaba al puerto de Palembang en Malaca. El reyezuelo local les salió al paso con toda su flota. Los barcos de guerra de Zheng He estaban protegidos con placas de hierro, armados de ballestas gigantes, arcabuces y cañones, flechas incendiarias, cohetes, lanzallamas (el llamado fuego griego) y bombas. Rehuían el abordaje y el cuerpo a cuerpo por medio de barras y horcas gigantes que mantenían el enemigo a distancia mientras sus buques eran incendiados.

Zheng He ni se molestó en levantarse de su trono. Sabía lo que, inexorablemente, pasaría allá fuera, tal era el poder de su flota. En su ensoñación veía la batalla que se avecinaba como algo irreal, unos fuegos artificiales que alumbrarían el Velo de Maya, como los budistas llamaban a la realidad. Recordaba el Baghavad-Ghita, cuando Krishna le explica a Arjuna que los guerreros alineados para la batalla estarán todos muertos, tarde o temprano, gane quien gane, aniquilados por el tiempo y por su karma.

En su soledad forzada, sin mujer y sin hijos, Zheng He prefería evocar estas metafísicas imágenes budistas a practicar los hechizos chamánicos de sus ancestros mongoles. Porque él no era Han aunque se había asimilado a la cultura china. No necesitaba la magia, pero sí la ensoñación para sobrellevar su soledad.

Se hizo tirar el I Ching mientras afuera sonaba el estruendo del combate, lejos de la nave almirante. Duró tan poco que apenas le dio tiempo a completar la tirada: «Cruzar las grandes aguas trae fortuna», y en una línea: «El hermano pequeño será tu aliado.»

Ligeramente desconcertado por tales frases, como suele suceder a todos aquellos que aceptan someter su destino al escrutinio de la profecía que siempre se expresa de forma ambigua como si al hacerlo así nos diera la oportunidad de escoger nuestro destino, ordenó que le trajeran cualquier prisionero joven que no fuera malayo.

Cuando se apagaban los resplandores de la desigual batalla naval el almirante escuchó pasos en las escaleras de su castillo de popa. El capitán entró con varios extranjeros: tártaros, mongoles, indios, negros y un mozalbete rubio de piel

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