Una victoria sobre la soledad
Rezar es ya, desde ahora, la victoria sobre la soledad y la desesperación. Es como ver cada fragmento de la creación que bulle en el torpor de una historia de la que a veces no captamos el porqué. Pero está en movimiento, está en camino, y ¿qué hay al final de nuestro camino? Al final de la oración, al final de un tiempo en el que estamos rezando, al final de la vida, ¿qué hay allí? Hay un Padre que espera todo y espera a todos con los brazos abiertos. Miremos a este Padre.
Discurso, 9 de enero de 2019
Un arma poderosa
La oración no es una buena práctica para poner un poco de paz en el corazón ni tampoco un medio devoto para obtener de Dios lo que nos hace falta. Si fuese así, sería movida por un egoísmo sutil: yo rezo para estar bien, como tomarse una aspirina. No es así: “Yo rezo para obtener esto”. Esto es un negocio, no es así, la oración es otra cosa. Es otra cosa.
La oración, por el contrario, es una obra de misericordia espiritual que quiere llevar todo al corazón de Dios. “Tómalo Tú, que eres Padre”, sería así, por decirlo de forma simple. La oración es decir: “Tómalo Tú, que eres Padre”, es simple. Esta es la relación con el Padre.
La oración es así. Es un don de fe y de amor, una intercesión que se necesita como el pan. En una palabra, significa encomendar: encomendar la Iglesia, las personas, las situaciones, al Padre —“yo te encomiendo esto”— para que las cuide. Para esto la oración, como le gustaba decir al padre Pío, es “la mejor arma que tenemos, una llave que abre el corazón de Dios. Una llave que abre el corazón de Dios es una llave fácil. El corazón de Dios no está ‘blindado’ como muchos medios de seguridad. Tú puedes abrirlo con una llave común, con la oración. Porque tiene un corazón de amor, un corazón de padre. Es la fuerza más grande de la Iglesia, que no debemos dejar nunca, porque la Iglesia da fruto si hace como la Virgen y los Apóstoles”, que “perseveraban unánimes en la oración” (Hch 1:14) cuando esperaban el Espíritu Santo. Perseverantes y unánimes en la oración.
De lo contrario, se corre el riesgo de apoyarse en otras cosas: en los medios, el dinero, el poder; después la evangelización desaparece y la alegría se apaga y el corazón se vuelve aburrido.
Los animo a que los grupos de oración sean “centrales de misericordia”: centrales siempre abiertas y activas, que con el poder humilde de la oración provean de la luz de Dios al mundo y la energía del amor a la Iglesia.
El padre Pío, que se definía solo “un pobre fraile que reza”, escribió que la oración es “el apostolado más alto que un alma pueda ejercer en la Iglesia de Dios” (Epistolario II, 70).
Discurso, 6 de febrero de 2016
Un diálogo con Dios
La oración necesita y requiere tiempo. En efecto, rezar es también “negociar” con Dios para obtener lo que le pido al Señor, pero sobre todo para conocerlo mejor. De ello brota una oración como de un amigo a otro amigo.
Por lo demás, la Biblia dice que Moisés hablaba con el Señor cara a cara, como un amigo. Y así tiene que ser la oración: libre, insistente, con argumentos. Incluso “reprendiendo” un poco al Señor: “Pero Tú me has prometido esto y no lo has hecho”. Es como cuando se habla con un amigo: abre el corazón a esta oración.
Homilía en Santa Marta, 3 de abril de 2014
No es una fórmula mágica
Para rezar no hay necesidad de hacer ruido ni creer que es mejor derrochar muchas palabras. No podemos confiarnos al alboroto de la mundanidad que Jesús identifica con “tocar la trompeta” o “hacerse ver el día del ayuno”. Para rezar no es necesario el ruido de la vanidad: Jesús dijo que este es un comportamiento propio de los paganos.
La oración no ha de considerarse como una fórmula mágica: no se hace magia con la oración. En los encuentros con los brujos se gastan muchas palabras para obtener una curación o cualquier otra cosa con ayuda de la magia. Pero esto es pagano.
Entonces, ¿cómo se debe orar? Jesús nos enseñó: dice que el Padre que está en el cielo sabe lo que necesitas, antes incluso de que se lo pidas. Por lo tanto, la primera palabra debe ser “Padre”. Esta es la clave de la oración. Sin decir, sin sentir esta palabra, no se puede rezar.
¿A quién le rezo? ¿Al Dios Omnipotente? Está demasiado lejos. Esto yo no lo siento, Jesús tampoco lo sentía. ¿A quién le rezo? ¿Al Dios cósmico? Un poco común en estos días, ¿no? Esta modalidad politeísta llega con una cultura superficial.
Es necesario, en cambio, orar al Padre, a Aquel que nos ha generado. Pero no solo eso: es necesario rezar al Padre “nuestro”, es decir, no al Padre de un “todos” genérico o demasiado anónimo, sino a Aquel que te ha generado, que nos ha dado la vida, a ti, a mí, como personas individuales.
Es el Padre que te acompaña en tu camino, quien conoce toda tu vida, toda; quien sabe lo que es bueno y lo que no es tan bueno. Él lo sabe todo. Pero aún así no es suficiente: si no empezamos la oración con esta palabra, que no se pronuncia solo con los labios, sino desde el corazón, no podemos rezar como cristianos.
Homilía en Santa Marta, 20 de junio de 2013
Oración y memoria
La oración, precisamente porque se alimenta del don de Dios que se derrama en nuestra vida, debería ser siempre memoriosa. La memoria de las acciones de Dios está en la base de la experiencia de la alianza entre Dios y su pueblo. Si Dios ha querido entrar en la historia, la oración está tejida de recuerdos. No solo del recuerdo de la Palabra revelada, sino también de la propia vida, de la vida de los demás, de lo que el Señor ha hecho en su Iglesia.
Gaudete et exsultate, 19 de marzo de 2018
Entrar en el misterio
¡Aunque hayamos rezado durante tantos años, siempre debemos aprender! La oración del hombre, este anhelo que nace de forma tan natural en su alma, es quizá uno de los misterios más densos del universo.
Y ni siquiera sabemos si las oraciones que dirigimos a Dios son en realidad aquellas que Él quiere escuchar. La Biblia también nos da testimonio de oraciones inoportunas que al final son rechazadas por Dios: basta con recordar la parábola del fariseo y el publicano. Solo este último, el publicano
