1.ª edición: enero, 2014
© 2014 by Isabella Santo Domingo
© Ediciones B, S. A., 2014
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B. 29.285-2013
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-714-1
Maquetación ebook: Caurina.com
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
Para los que quiero, para todos aquellos que he querido,
para todos los que se han atrevido a quererme y a dejar
que los quiera, a mi manera. Para los que me quisieron
a la suya y no aprecié... (o, más bien, ¡de la que me
salvé!). Para los que quise pero nunca me quisieron
como yo imaginé. Para los que ahora me quieren
querer... pero ya ¿para qué?
Para todos aquellos que han atravesado o están
atravesando por una gran desilusión amorosa. Y para
todas esas personas maravillosas comprometidas en
ayudarnos a sanar...
Para Dani y Alejandro, por todo el amor incondicional
que a diario me brindan y por enseñarme que el amor,
cuando es verdadero, no duele.
«Si fue lo suficientemente tonto para irse, sé tú lo suficientemente inteligente y déjalo que se vaya.»
Anónimo
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Cita
Agradecimientos
Introducción
PRIMERA PARTE
1. Un tranvía llamado despecho
Entendiendo tu despecho. ¿En qué fase estás tú?
2. La clave está en saber leer las señales
¿Por qué se acaba una relación?
¡Pitonisa en un dos por tres!
Las peores frases para iniciar una ruptura
3. ¿Crónica de una ruptura anunciada?
Test
¿Hay esperanzas?
4. Las tres fases de una ruptura
Pre-Ruptura
Pos-Ruptura
El Canalla vs. el Caballero
5. La Divina Tragedia
¡Podría ser peor!
6. El temible Día «D» (El día después...)
Algunas señales de que no volverá
7. Crisis ex-istencial
El Teléfono: ¿aliado o enemigo?
En vez de humillarte, ¡ocúpate!
8. Suicidio emocional asistido
Esas amigas que deberás evitar durante tu despecho
9. Rebelde sin pausa
Las frases de aliento que nadie querrá escuchar
10. El Festival Internacional del Llanto
Aprende a llorar con estilo
11. Atracción fatal
Cómo se vengaría una demente de verdad
Texto Sentido
12. La recaída
Test
Y por si todo lo anterior falla
Las mejores canciones para chillar
13. Para estar colgando es mejor caer
Resumen
14. Para, acepta y sigue
Cosas que él ya no tendrá que hacer
Lo que tú podrás disfrutar ahora que el muy condenado se ha marchado
¿Cómo constatar que te está siendo infiel?
¿Cómo enfrentar a un infiel?
¿Y si para rematar con quien te puso los cuernos es tu mejor amiga?
¿Perdonar o no a un hombre infiel? ¡He ahí el dilema!
Test
Resumen de «La Ruptura»
SEGUNDA PARTE
15. ¡Manos a la sobra!
Señales inequívocas de que aún no has superado la ruptura
16. E.P.R. (Equipo Personal de Rescate)
Las mejores aliadas para ayudarte durante este proceso
Las características «especiales» que deberán tener tus nuevas cómplices
17. Despeche Mode (Modo Despecho)
¿Cómo evitar esos pensamientos negativos que retrasan tu progreso?
18. ¡Operación Limpieza!
¡Devuélvele su basura!
¿Cómo recuperar tus cosas y sacarlas de su piso? Sin que él se entere, por supuesto
19. Un nuevo ex-scenario
El único manual que necesitarás para salir nuevamente ¡al ruedo!
20. ¡De vuelta al ruedo en 80 citas!
Cómo saber si tu nuevo ligue es...
21. Las últimas puntadas
La carta que hubieras querido enviar pero que nunca escribiste
Glosario
Bibliografía
Agradecimientos
Antes que nada, quiero dar las gracias a todas esas mujeres maravillosas que me han apoyado todos estos años y se han convertido en mis fieles lectoras. Desde que inicié mi carrera he hecho muchas cosas, pero nada se compara con la felicidad que me ha brindado escribir. Nada es igual a lo que siento cuando me abordáis en algún lugar y vosotras compartís conmigo lo mucho que os ha servido alguno de mis ya seis libros o lo que os hice reír. También quiero dar las gracias a mis amigos y a todos aquellos que compartieron conmigo sus historias de amor y desamor. Con tanto material que alcancé a recolectar gracias a vosotros, confieso que dudé si publicar un libro o escribir un novelón. Gracias desde el fondo de mi corazón y espero que podamos seguir riéndonos juntas hasta el final de los tiempos, hasta que ya ni los tintes logren taparnos las canas, hasta que no nos quepa en la cara una arruga más... pero ojalá sea de tanto reírnos. Quiero agradecerle a mi adorada, creativa, divertida e ingeniosa hija, Dani, su paciencia y haberme permitido robarle tanto de su tiempo para poder escribir este libro. Dar las gracias a Alejandro, mi alma gemela, sin el que jamás habría podido conocer la verdadera estabilidad emocional y junto al cual he vuelto a creer en el amor. Angi Vásquez, mi agente literaria, confidente, cómplice y amiga: gracias por creer en mí y por el aliento cuando más lo necesité; por abrirme los ojos y también las puertas a un nuevo mundo.
Isabella
Introducción
Si una ruptura sentimental fuera tan rápida, fácil e indolora como todas quisiéramos que fuera, la vida sería muy distinta. Para empezar, cambiaríamos de pareja cada vez que alguien estornudara en Islandia. Y, aunque a muchas pueda sonarle atractiva la idea, piensa en las veces que te tocaría embarcarte otra vez en el típico rito «Triple E»: Enamorar-Entrenar-Escapar. Si a duras penas logré quitarme de encima a Fernando, el psicópata ese con complejo de mago que aparecía borracho en la puerta de mi casa cada vez que se le despertaba el amor dormido que decía que aún sentía por mí y desaparecía justo en el instante en el que se le pasaba la resaca. Entonces, ahora pienso, ¿para qué querría animarme a vivir una y otra vez la misma historia? Posiblemente con otros sinvergüenzas peores que él. El día en que le dije adiós —o, más bien, ese en el que me tocó llamar a la policía para que se lo llevara con todo y con el tapete de «Bienvenidos» sobre el que llevaba ya dos días acampado—, me juré a mí misma que, a diferencia de otras rupturas que había vivido previamente, en esta no volvería a mirar lo que había dejado atrás. A un hombre maltrecho, aparentemente arrepentido y supuestamente muerto de amor por mí. Pero también un hombre que una y otra vez hizo que me arrepintiera de abrirle nuevamente la puerta de mi corazón y darle otra oportunidad.
«Mis días de compasión y lástima han terminado para siempre», proclamé en voz alta. Estaba francamente cansada de rehabilitar sapos que no tenían el potencial de convertirse algún día, ni nunca, en ningún príncipe azul, ni en bufón o lacayo siquiera. Me lo dije en voz alta, como si buscara comprometerme conmigo misma a no volver a estar en una situación dañina de tira y afloja como en la que lamentablemente estaba. En la que, por desgracia, ninguna de las dos partes se mueve ni hacia delante ni hacia atrás. Fernando y yo llevábamos meses negociando una posible reconciliación. Discutíamos a gritos para luego arreglarnos casi por deporte. Un deporte de alto riesgo, sobra decir, en el que lo que exponía y permanentemente estaba en juego no era otra cosa que mi propia salud mental. Cuando lo buscaba, él ya estaba ocupado en alguna otra «cosa». Generalmente una de ojos claros y medidas perfectas. Y cuando era él quien me buscaba a mí, indignada como estaba, ya me había convencido a la fuerza que podía pasar sin él. Nada que un par de ramos de flores frescas y un par de serenatas no pudieran cambiar.
Y eventualmente volvíamos, pero lo cierto es que la relación no evolucionaba. Siempre era lo mismo. Las dudas, los reclamos, las promesas sin cumplir y los necesarios cambios que, por supuesto, nunca llegaron. La constante era esa sensación de impotencia. Sentir que no tenía nada en concreto y que aun así permanecía paralizada. Estática, como esperando que un milagro salvara lo que nosotros evidentemente ya no podíamos. Estábamos estancados en un estado malsano solo porque erróneamente yo confundía acoso con devoción. Era como si se empecinara en tenerme tan solo para darse el gusto de dejarme otra vez. Fue entonces cuando por fin entendí y adopté esa frase que me encanta y que no sé dónde fue que la escuché: «Para estar colgando es mejor caer.» En ella se resume mi nueva filosofía de vida. Una que indica que es mejor lanzarse con el paracaídas de la dignidad puesto antes de que algún zángano despiadado, sin avisar, nos empuje por un precipicio. Y si esto es lo mismo que has estado padeciendo tú, créeme, te entiendo tanto que por eso escribí este libro. Para ayudarte a manejar y a sanar cuanto antes un desastre emocional llamado «despecho».
Fernando y yo nunca pudimos volver a ser amigos. Por lo menos no como lo habíamos sido antes de que se me ocurriera la mala idea de acceder a formalizar una relación con él. Aún no me perdona que jamás le volviera a atender ninguna de las veintitantas llamadas diarias que me hacía, que lo borrara del chat de mi móvil, que le matara sus ilusiones y muchísimo menos aquel episodio con la policía. De allí surgió otra premisa que hoy día rige mi vida: si desde un principio tenemos claro que lo único que queremos es tenerlo como amigo, ¿qué demonio loco posiblemente llamado «desesperación», o también «miedo a estar sola», es el que nos posee y nos alienta a cambiar el curso natural de las cosas? Es decir, si como amigo nunca nos atrajo, si a duras penas soportábamos sus frecuentes avances, si ni rociándolo con un insecticida lográbamos alejarlo, si lo más dulce que le dijimos fue «Si salgo contigo algún día sería solo para darle celos a mi ex», y aun así lo asumió como una señal de esperanza, ¿qué rayos estábamos pensando cuando nos imaginamos que podríamos tener un futuro con un inadaptado de estos?
Tras aquella aparatosa ruptura comprendí que no todos los amigos son material de «novio» y que casi ningún novio, después de que las cosas terminan, quiere seguir siendo tan solo un «amigo». Que lo peor es engañarnos con que podemos sanarnos realmente mientras los tenemos cerca y nos creemos el cuento de que sí somos capaces de seguir manteniendo tan solo una amistad. Aprendí que las cosas duran lo que tienen que durar y que ojalá algunas no duren para siempre. Que una vez convencidas de que la relación no da para más, nada ni nadie tiene derecho a prolongar el sufrimiento del otro accediendo a volver solo por algo que se llama «lástima». Que si decidimos alargar el tiempo de agonía que normalmente se vive tras una ruptura, el daño que hacemos, que nos hacemos, y que también permitimos que nos hagan, suele ser irreparable. Porque de intentarlo mil veces y tener que admitir que no podemos arreglar lo que está roto es precisamente donde nace el resentimiento.
Entendí que aunque parezca cruel, por el bien de ambos es mejor decir adiós sin ningún tipo de contemplaciones. Que una pareja se construye con la voluntad de dos y que no es cierto que haya que luchar, por demás sola, por permanecer juntos. Eso debería darse naturalmente y solo porque nos nace. A los dos. Que si no es algo orgánico que nos sale del alma no hay que forzarlo, porque un experimento así siempre termina mal. Que por muy desesperadas que estemos, sí, es mejor permanecer solas que mal acompañadas. Que porque alguien haya alimentado sentimientos románticos hacia nosotras, ello no le da derecho a exigir que le sean correspondidos. O, al menos, no en la misma medida. Ese derecho solo podemos otorgarlo nosotras mismas, así como el de permitir que alguien nos lastime las veces que le apetezca. Y si sufrimos o permitimos que nos hagan padecer más de la cuenta es porque nos da miedo soltar a un «malo conocido» habiendo allá fuera tantos otros «buenos por conocer». En otras palabras: por cobardes y tontas.
Desde aquella vez aprendí también que las rupturas duelen como nada pero que es más triste aún cuando por medio de punzadas en el corazón, pequeñas pero frecuentes, nos vamos desangrando lentamente. Cuando sería preferible que alguien nos hiciera el favor de sacarnos de nuestra miseria con una certera estocada final. Por ello insisto: para estar colgando, es mejor caer. Porque ahora sé que es preferible sufrir horriblemente una sola vez que morirnos de dolor un poquito cada día. Entonces, retira el cuentagotas del dolor y piensa si no sería preferible que ese mismo día en el que ese pelmazo de pacotilla anunció que jamás volvería, nos hubiera dicho que ya estaba ligando con otra. ¡O que por pura consideración hubiera añadido de una vez que esa «otra» era nada más y nada menos que nuestra mejor amiga! Y ni que fuera por una compasión que casi todos pierden en el momento de una ruptura, ¿qué tal si de una vez también nos enteramos de que la cuenta de ahorros que abrimos para los viajes que, supuestamente, haríamos juntos, la encontraremos vacía semanas después? ¿Que el anillo de compromiso que nos había dado no era un diamante sino una piedra falsa, que su intención nunca fue desposarnos, que jamás puso un pie en la compañía donde decía que trabajaba y que su nombre ni siquiera es Fernando? Las cosas que aguantamos por un amor que ahora ni siquiera sabemos si fue real o inventado por nuestra fértil imaginación.
Pero, piénsalo, ¿no sería mucho mejor que nos soltaran todas las bombas de una vez, en lugar de prolongar nuestra agonía a base de cartuchos de salva y alguna que otra bala perdida? Por caridad, tal vez, y también por el beneficio de todos, ¿no sería preferible que nuestra recuperación fuera más rápida? Imagina lo que nos ahorraríamos en psiquiatras, en perder el tiempo llorándolos, persiguiéndolos y pagándole a alguien para que le dañe la pintura de su coche con acetona. ¿No sería ideal que existiera una especie de paquete de promoción, algo así como: «Pague uno y llévese tres... desilusiones al tiempo», para que nuestros desengaños no duraran tanto ni fueran tan espantosos?
Porque lo peor de una ruptura ni siquiera es el acto de discutir hasta que alguno se desespere primero y diga adiós. Es el «antes», que es cuando nos asaltan toda suerte de dudas, cuando nos sentimos rechazadas y, ni qué decir, ya ni siquiera tan atractivas. Cuando nos carcomen los celos y discutimos hasta por quién se comió una cucharada de más de esa mermelada vieja que está en la nevera. También lo es el «después», que es cuando creemos que lo seguimos amando porque ya no está, lo odiamos porque nos dejó, lo añoramos porque no regresa y le deseamos que haya contraído la peste bubónica por si no piensa volver. ¿Quién nos entiende? Por lo menos te aseguro que ellos no. Y es así como pasamos los días esperando una señal de que se ha arrepentido, y nos conformamos con cualquier sobra, con la miserable migaja o lo que sea que nos indique que aún nos quiere. Y eso nos da licencia para albergar algo terrible y que definitivamente no sirve para recuperarnos: esperanzas.
Por mi parte, fue así como a base de cócteles y martinis dobles, yo intentaba en vano superar esa ruptura y olvidar al miserable que me traicionó. Tal vez con el secreto anhelo de que Fernando, o como sea que se llame realmente, me viniera a rescatar. Lo imaginaba con una armadura brillante y una espada en la mano, bajándose de un corcel blanco, entrando por esa puerta, acercándose a mí para rescatarme de la desdicha y cubrirme con sus vigorosos brazos, mientras de sus labios, los mismos que antes hubiera querido reventar de un puñetazo, brotaba la tan anhelada palabra: «perdóname». ¡Pero pasadas dos semanas no aparecía ni la disculpa, ni la espada, ni el corcel... ni él! Y pensar que ese príncipe azul que tanto idealizaba, posiblemente en la vida real no era más que un idiota envuelto en papel aluminio, tal y como lo veían todos. Bueno, todos menos yo.
«¡Voy a volver a fumar!», anuncié decidida ante la mirada de sorpresa de una de mis hermanas. Y, mientras tanto, pensaba, animada, que aunque ya había logrado dejar el vicio meses atrás, básicamente porque él odiaba que lo hiciera, cuando la noticia de mi reincidencia llegara a sus oídos, ese seguro que sería el detonante que necesitaba para que me llamara ni que fuera para regañarme y poder así escuchar nuevamente su voz. Entonces ahí es cuando lo invitaría a casa, y mirándolo fijamente a los ojos, le prometería que dejaría de fumar si él volvía a mi lado. Y allí mismo él, apreciando la magnitud de mi sacrificio, regresaría corriendo a mis brazos.
Pero, en la realidad, las cosas entre nosotros estaban tan mal que si en ese momento le hubiera dicho algo así como: «¿Te molesta si enciendo un cigarrillo?», él probablemente me habría respondido: «No me importaría si te incendiaras.» Fue allí cuando entendí otra cosa importante que me ayudó en mi recuperación: en la vida TODO es cuestión de elegir el momento oportuno. Porque si le hubiera dicho lo mismo unas semanas atrás, sin esa tonelada de resentimiento contra mí que ahora cargaba, seguramente me habría dicho que no lo hiciera, que dejara ese vicio o, a regañadientes y todo, tal vez hasta habría tenido la gallardía de encenderlo. Y pensar que ahora el único vicio que quería dejar era el que me llevaba una y otra vez a perdonarle para estar nuevamente con él.
Existe un tiempo adecuado para todo. Hay un tiempo para disfrutar de lo que hemos construido, otro para revisar los planos porque notamos que algo en la estructura está torcido, otro para demoler eso que no sirve y otro, que ojalá pueda ayudarte a descubrir pronto, para volver a construir en cuanto te dé tristeza ver de nuevo ese lote vacío. Qué abatida me sentía al pensar que había perdido toda la influencia y el poder que algún día tuve sobre él. Incluyendo, por supuesto, el poder de la atracción. Lo peor de todo era sentirme como una tonta y que, a pesar de que estaba claro que fue él quien me había traicionado, por aquellas ironías de la vida, ahora era yo quien por cuenta propia insistía en autodestruirme y me arrastraba por el frío suelo de la desilusión esperando a que me perdonara por haberle pedido que se fuera y no me hiciera sufrir más. ¿Así o más masoquista? ¿Así o más irónico? ¿Así o más cruel?
No supe de él durante aquellos quince días que me parecieron veinte semanas y, a punto de convertirme en una alcohólica, ni siquiera anónima sino más bien reconocida (especialmente por todos los que trabajaban en el antro al que iba religiosamente todas las tardes), sentía que cuanto más se alejaba, más me empecinaba en recuperarlo. Peor aún, cuanto más bebía, más ganas me daban de llegar a casa a humillarme y llamarle. Las veces que fueran, aunque no me dijera una sola palabra, mi situación era tan patética que me conformaba con escuchar su respiración. Durante algunos días logré contenerme; los demás, lo hacía alentada por mis leales amigas que no se despegaban de mí ni un momento.
Una tarde, a pesar de mis súplicas, fueron capaces de, literalmente, ahogar mi móvil dentro del vaso de whisky que tenía en la mesa tan solo para que no cometiera la sandez de volver a llamarle. Desesperada, algunas veces me escondía de ellas, o me escapaba, y otras iba a sus sitios favoritos. O dondequiera que supiera que me lo podría topar. Tan solo para ver si, de alguna manera, al verme se animaba a acercarse a mí otra vez. Pero al parecer le llamaba más la atención la pelirroja sin gracia esa con la que estaba aquella noche. Esa que tenía caderas de matrona y las piernas tan secas como las patas de una mesa de noche. «Pero qué rápido me reemplazó —pensé—. ¿O será que esa desvergonzada es la verdadera razón por la que me dejó?»
De un solo golpe me bebí otro trago y, con algo de coraje, me limpié las lágrimas que comenzaban a caer y caminé hacia él. O más bien, me arrastré como pude hasta llegar a su mesa. Sintiendo que aún tenía derechos, le demandé una explicación por no haberme saludado. También le exigí que me dijera quién demonios era esa mujer con la que estaba y por qué, encima de todo, tan rápido ahora se paseaba con ella en un sitio público y frente a todos. Y no solo en cualquier sitio público, sino en «nuestro» lugar favorito. Nublados todos mis sentidos, presa de la rabia y sin la habilidad de razonar, de mi boca salían palabras disparadas como de una metralleta. No podía parar mientras en el fondo esperaba que cada una de ellas acertara a darle en el corazón o en donde más le doliera. Acto seguido, mientras mi quebrantada voz iba subiendo de volumen, proseguí a recitarle una larga lista de reclamaciones que pare-cía más bien un memorial de agravios. Solo logré tomar aire hasta que la pelirroja esa que, en medio de mi ofuscación, juré que además era bizca y tenía cara de bisonte, me pidió que me alejara de ellos. «¿Y quién se cree esta grosera que es?», pensé.
Entonces, furiosa y con cara de muy pocos amigos, muchos menos de los que yo creía que tenía en ese momento tras haberlo perdido, me aclaró que era su esposa. Mi quijada se descolgó cayendo con fuerza hasta el suelo y, como si estuviera siendo víctima en ese momento de un atraco, enloquecí y empecé a gritarle: «¿Además estabas casado? ¿Por qué no me miras a la cara y lo admites? ¡La madre que te parió, Fernando!»
De ahí en adelante, de lo único que me acuerdo es de los dos fornidos guardias de seguridad que me escoltaban hacia la salida, la mirada de reproche de algunos curiosos y la cara de sorpresa de ese hombre al que minutos antes y con tanta autoridad le exigía una explicación y que, viéndolo bien ahora que levantó la cara, me di cuenta ¡que tampoco era Fernando! Maldición. Las cosas que hacemos cuando estamos desesperadas. ¡Y ni que decir, pasadas de tragos!
Y después de darle vueltas al teléfono, borracha hasta los tuétanos, al llegar a casa hice una de esas llamadas vergonzosas que uno ni siquiera hace a una hora decente ni durante el día. Y que mucho menos nos atreveríamos a hacer sobrias y en nuestro sano juicio. Y compruebo por mí misma qué tanto más bajo puedo caer aún. Y, en vez de escuchar esa vocecita interior que me imploraba: «No hagas esa llamada», con la lengua enredada, cual chino hablando francés, intentaba expulsar de mi garganta palabras que sonaran coherentes o, al menos, remotamente parecidas a lo que tenía en la cabeza y realmente quería decirle: «Regresa a mí.» Fernando no dijo nada. Me escuchó, o imagino que al menos intentó entender lo que decía, y colgó. ¿Habrase visto una torpeza igual?
Y así lo hice sistemáticamente hasta que un día quien me contestó del otro lado dijo: «Número equivocado.» Y ahora no le culpo por haber cambiado de teléfono. ¿Quién querría permanecer en contacto con una demente como le había demostrado yo que era en ese momento? Ni tampoco que aún hoy ya no quiera ser mi amigo, como antes, ni que me evite si me ve en alguna parte, ni que haya anunciado que se casaba con mi mejor amiga. Existe una línea que nadie debe cruzar y esa es el respeto. Pero no hacia él, quien afortunadamente ya me importa un bledo, sino hacia nosotras mismas. Cuando la cruzamos es cuando la vergüenza nos invade y el arrepentimiento nos carcome. Y si, de por sí, ya nos sentimos fatal, ¿para qué arriesgarnos a terminar aún peor? Es decir, ¿sin él, sin dignidad, posiblemente sin hígado y, para rematar, con un enfisema pulmonar?
La realidad es que si construir una relación fuera fácil, y acabarla sin importar lo que le hayamos invertido más fácil aún, no le daríamos a nuestros esfuerzos el valor que merecen. No tendríamos la más remota intención de salvarla de las crueles fauces del desamor, ni dolería tanto marcharnos cuando inevitablemente se acaba. Las emisoras radiales románticas estarían en bancarrota, así como también las tiendas de discos ante la falta de oyentes y consumidores de tantas baladas cursis del corazón. Las compañías de dulces venderían muchas menos toneladas de bombones y los bares de mala muerte, donde generalmente vamos a ahogar las penas (o a ligarnos al camarero de turno), estarían permanentemente vacíos. Pero, aparte de la quiebra inminente de tantas compañías que, de algún modo, se lucran mientras los demás padecemos una ruptura sentimental, la cruel realidad es que ninguno de esos positivos adjetivos, que mencioné anteriormente, es sinónimo de lo que realmente sentimos cuando una relación se acaba. O cuando alguien, sin el menor asomo de piedad o compasión, nos parte el corazón.
Este libro pretende ser esa «vocecita interior» que yo jamás quise escuchar y que me habría prevenido de cometer tantos errores. Los mismos que quiero ayudarte a que no cometas tú. También espero que te proporcione las suficientes armas para sobrevivir al duelo y reponerte cuanto antes de esa desilusión amorosa. En él encontrarás todo lo que necesitas para sortear y lidiar con la pesadilla que significa terminar una relación sentimental. Y, sin importar cuál haya sido tu caso: si te pusieron los cuernos o te pillaron a ti poniéndolos con alguien más, si dejaste o te dejaron de amar, si realmente te aburriste o te «aburrieron» hasta obligarte a tomar la decisión de terminar, lo único que espero a través de las páginas que siguen es ayudarte a entender la verdadera mecánica de una ruptura. Es decir, lo que sentirás, lo que pensarás y seguramente lo que harás, a pesar de los ruegos de tus amigas.
En pocas palabras, y con el fin de sacarte cuanto antes de tu miseria, deja de culparte y a toda costa evita sentir que estás sola. Si te sirve de consuelo, piensa más bien que, en este preciso instante, hay millones de mujeres como tú lamiéndose las heridas y llorando como unas viles magdalenas la pérdida de algún mamarracho que las abandonó. Pero lo más importante que debes tener en mente es que todas y cada una de ellas debe de estar trazando algún plan de acción, como te invito a que lo empieces a esbozar tú, para sacarte cuanto antes ese sentimiento negativo que te corroe el corazón. Si tienes en tus manos este libro, acabas de dar un paso firme hacia tu recuperación. De alguna manera, tú te reconoces (o te prometo que lo harás de ahora en adelante) como una mujer de mundo, moderna y demasiado fabulosa para permitir que una desilusión acabe contigo.
Este no es un manual convencional para salir de un despecho. A diferencia de otros, en los que reina la teoría y más bien hay poco de práctica, con este, sin falsos idealismos, recriminaciones tontas, cargos de conciencia, ni resentimientos autoinfundados, prepárate para sanar de la mano de la verdad. De la más descarnada, irónica y cruel realidad. La que tal vez nadie te haya contado o que tú no hayas querido escuchar pero que, te prometo, te ayudaré a descubrir. Así que deja de llorar y ármate, por lo menos, de valor. ¡Lo vas a necesitar! Para sanar o, incluso, para planear tu próximo desquite. Algunos psicólogos insistirán en que lo mejor es llorar a mares, terapia y más terapia, soltar y dejar ir cualquier sentimiento negativo. Pero vamos, ¿a quién pretendemos engañar? La sensación de poder que adquiere una mujer soñando al menos con una revancha y conspirando hasta lograrla, es enorme y, ni que decir tiene, liberadora. La realidad es que una ruptura bien podría convertirse en la oportunidad para conocernos mejor, para aprender a prevenir y también a lamentar, pero, eso sí, con mucho talante. Es la ocasión perfecta, y que a veces necesitamos, para descubrir de qué estamos hechas, cuánto podemos aguantar y qué es lo que tenemos que hacer para salir airosas aun de las peores situaciones.
Advierto de antemano que la finalidad de este libro no es vengarse de nadie (¿o tal vez sí?), sino aprender a sufrir con estilo y a asumir el despecho de una forma más práctica y decidida. Tu misión: recuperarte, pasar página y, si es posible, olvidarte de él cuanto antes. Y sé que en estos momentos, cuando seguramente estás dolida, cuando no sabes qué pasó o si queda alguna esperanza, es difícil considerarlo siquiera. Pero créeme, es mejor superar y posiblemente empezar de nuevo entendiendo realmente qué fue lo que ocurrió, antes que seguir confundida, arrastrándote hasta el final. Tras leerlo, te aseguro que sentirás no solo que has sanado y arreglado tu corazón roto. Aquí también encontrarás una completa guía para retomar el control y con la que podrás averiguar exactamente qué hacer allá fuera cuando te encuentres otra vez felizmente recuperada y lista para ¡empezar a vivir tu nueva, maravillosa, recargada y fabulosa vida! De alguna forma también le habrás enseñado una lección o dos a ese canalla, a ese «asesino de ilusiones» que tan irresponsablemente te partió el alma. ¡Promesa de mujer ex despechada! Ahora sí, hilo en mano, ¡vámonos camino a la sutura de esa ruptura y a remendar de una vez por todas ese corazón roto!
Advertencia
Y aunque la mejor venganza sigue siendo ignorarlos y concentrarnos en vivir nuestras propias y fabulosas existencias, sin importarnos lo que nuestro ex piense o lo que opine de nosotras, dejarlo que se vaya a amargarle la vida a otra, o por lo menos que se quede sin la posibilidad de fastidiárnosla a nosotras, lo cierto es que ni siquiera tenemos que hacer o aplicar muchas de las cosas que encontrarás aquí. (Me refiero más que nada a la parte de los explícitos ejemplos de suculentas y provocativas ideas de venganzas que encontrarás más adelante. De hecho, muchas de las cosas que aquí leerás, mal aplicadas, podrían meterte en serios problemas... o, en cuanto te descuides, hasta en un calabozo. ¡OJO!) Pero, a modo de terapia, efectiva y certera, te aseguro que con tan solo imaginarlo y reírte mientras lo haces, ya habrás logrado milagros para proseguir con tu vida como la maravillosa y poderosa fémina, como te demostraré, que realmente eres. Y, para finalizar, nunca olvides: la mejor venganza es la indiferencia, pero la mejor terapia sigue siendo la risa.
«No dejes para mañana
lo que puedes dejar de hacer hoy.
Por ejemplo: ¡sufrir!»
PRIMERA PARTE
La Ruptura

«Una mujer debe amar al menos a uno o dos hombres realmente malos en su vida, para estar agradecida cuando por fin aparezca uno bueno.»
Marjorie Kinnan Rawlings
(1896-1953)
1
Un tranvía llamado despecho
Romper una relación sentimental es posiblemente una de las experiencias más miserables que podemos vivir y que, seguramente, todas experimentaremos alguna vez en nuestras vidas. Bueno, solo si lo comparamos con otras experiencias miserables e igualmente dolorosas, como rodar cuesta abajo sobre una bicicleta sin frenos hasta chocar y quedar debajo de un camión de cemento, ser atacada por un enjambre de abejas africanas o sacarte tú misma las cuatro muelas del juicio con un alicate y sin anestesia. Aunque sepamos de antemano que la relación no pasa por su mejor momento y que ese cretino, desatento, al que antes llamabas «amor», tiene sus días contados, nada ni nadie puede prepararnos para asumir una ruptura ni para las consecuencias fatídicas que aflorarán instantes después.
Cuando ocurre, es decir, cuando tú finalmente te decides a romper esos lazos afectivos que te han mantenido encadenada a un estado permanente de inconformismo e infelicidad o, por el contrario, cuando es alguien más quien te comunica (a veces en persona, a veces por escrito y últimamente también por teléfono o vía mensaje de texto... ¡desconsiderados!) que tú eres la fuente de su desdicha, es como si alguien sacudiera tu mundo dejándolo al revés. Una sensación de impotencia de repente nos asalta. Desubicadas, desvalidas y sintiéndonos abandonadas, deambulamos por el mundo como almas en pena. Por momentos, es como si nada quedara de esa mujer alegre y divertida que muy seguramente alguna vez fuimos. La confusión nos carcome y nuestra terca imaginación nos tortura, empecinándose en recorrer espacios, situaciones y posibles motivos que podrían brindarnos una explicación o tal vez una esperanza, por remota que esta sea. Nos repetimos mil veces las cosas que dijo y, como si pescáramos en río revuelto buscando una pista o algún indicio, en vano tratamos de recordar qué expresión tenía en el rostro cuando lo hizo. Revisamos una y otra vez las cosas que hicimos, las que él hizo o que alguno de los dos dejó de hacer. Pensando que es un error, que debe tener una explicación y que todo se puede revertir o que tiene solución, buscamos justificaciones absurdas que nos alientan momentáneamente pero que a la larga no logran disminuir el dolor.
Y no sé quién fue el desalmado que dijo alguna vez que la esperanza es lo último que se pierde, pero tenía razón. Nos aferramos a ella como si fuera la tabla de salvación que un náufrago esperaría tras ver hundido su barco. Porque así es precisamente como nos sentimos: sumergidas en un mar de desolación. Así como lo escribí antes, ten en cuenta que, aunque nos sintamos como tal, no somos las «únicas» en el mundo que tenemo
