Título original: Castile for Isabella
Traducción: Isabel Ugarte
1.ª edición: junio, 2014
© 2013 by Jean Plaidy
© Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
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Depósito Legal: B 11616-2014
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-807-0
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Contenido
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La huída a Arévalo
El Alcázar se alzaba en lo alto de un risco desde donde se podían ver a lo lejos los picos de la Sierra de Guadarrama y la llanura, regada por el río Manzanares. Era una imponente masa de piedra que había ido elevándose en torno a lo que una vez fuera una poderosa fortaleza erigida por los moros cuando conquistaron España. Ahora, era uno de los palacios de los reyes de Castilla.
Ante una de las ventanas del palacio, una niña de cuatro años permanecía inmóvil, mirando los picos coronados de nieve de las montañas, a lo lejos, sin que la impresionara sin embargo la magnificencia del paisaje, pues estaba pensando en lo que sucedía del lado de adentro de las murallas de granito.
La pequeña tenía miedo, pero no lo traslucía. Sus ojos azules eran serenos; aun siendo tan pequeña, había aprendido ya a ocultar sus emociones, y sabía que el miedo era lo que más había que esconder.
En el palacio sucedía algo extraordinario, y, además, muy alarmante. Isabel se estremeció.
En los aposentos reales se habían producido muchas idas y venidas, y la niña había oído cómo los mensajeros que atravesaban presurosos los patios se detenían para hablar en susurros con otras personas que estaban en los salones y sacudían la cabeza como si presintieran un horrible desastre, o presentaban ese aire de inquietud que —ella ya lo sabía— significaba que tal vez fuesen portadores de malas noticias.
No se atrevía a preguntar qué era lo que sucedía, porque una pregunta así podría provocar un reproche que sería una afrenta a su dignidad. Y ella debía recordar constantemente su dignidad, decía su madre.
—Recuerda siempre —había dicho más de una vez la reina Isabel a su hija—, que si tu hermanastro Enrique muriera sin dejar herederos, tu hermanito Alfonso sería Rey de Castilla; y si Alfonso muriera sin dejar descendencia, tú, Isabel, serías reina de Castilla. El trono sería tuyo de derecho, y que la desgracia caiga sobre quien intentara arrebatártelo.
La pequeña Isabel recordaba que su madre había sacudido los puños firmemente cerrados, que todo el cuerpo se le había estremecido y que ella había sentido deseos de gritar: “Por favor, Alteza, no habléis de esas cosas”, pero no se había atrevido. Tenía miedo de todo lo que pudiera alterar a su madre, porque cuando la reina se alteraba aparecía en ella algo terrorífico.
—Piensa en eso, hija mía —seguía diciéndole—. Es algo que nunca debes olvidar. Y cuando te sientas tentada de obrar de un modo que no sea el mejor, pregúntate a ti misma si eso es digno de quien puede ser un día reina de Castilla.
—Sí, Alteza, lo recordaré —contestaba siempre Isabel en esas ocasiones—. Lo recordaré.
Habría prometido cualquier cosa con tal de que su madre dejara de sacudir los puños, con tal de no ver en sus ojos esa mirada enloquecida.
Y por eso lo tenía siempre presente, porque cada vez que sentía la tentación de perder los estribos, o incluso de expresarse con demasiada libertad, se le aparecía la imagen de su madre cuando era presa de esas aterradoras actitudes histéricas, y no necesitaba nada más para dominarse.
Jamás permitía que su abundante pelo castaño estuviera en desorden, sus ojos azules se mantenían siempre serenos, y ya estaba aprendiendo a caminar como si llevara una corona sobre la cabeza.
—La infanta Isabel es muy buena —decían los sirvientes en el cuarto de los niños—, pero sería más natural si aprendiera a ser un poco humana.
—Yo no tengo que aprender a ser humana. Lo que debo aprender es a ser reina, porque a eso puedo llegar un día —habría podido explicarles Isabel, si hacerlo no hubiera menoscabado su dignidad.
En ese momento, a pesar de lo ansiosa que estaba por saber el motivo de la tensión que se percibía en el palacio, y de tantas idas y venidas, de tantas miradas expectantes en los ojos de cortesanos y mensajeros, no preguntó nada: se limitó a escuchar.
Escuchando se conseguía mucho. Isabel no había visto el fin del gran Álvaro de Luna, el amigo de su padre, pero había oído que lo pasearon por las calles, vestido como un delincuente común, y que el pueblo, que antes lo odiaba tanto que había pedido su muerte, había vertido lágrimas al ver caído a un hombre semejante. Había oído hablar de la forma en que subió al cadalso, con su porte sereno y la misma dignidad que exhibía cuando llegaba al palacio a entrevistarse con el padre de Isabel, el Rey de Castilla. Sabía que el verdugo había hundido el cuchillo en la orgullosa garganta para seccionar esa noble cabeza, sabía que habían cortado el cadáver en pedazos, para que al verlo el pueblo se estremeciera, para que recordaran cuál era el destino de quien, poco tiempo atrás, fuera el más querido amigo del rey.
Si uno escuchaba, todas esas cosas se podían saber.
—Todo fue cosa de la reina —comentaban los sirvientes—. El rey... vaya, sí, el rey habría revocado la sentencia en el último momento, sí, pero..., no se atrevió a ofender a la reina.
En ese momento, Isabel había sabido que no era ella la única que se sentía atemorizada por los extraños estados de ánimo de su madre.
La niña amaba a su padre, el más bondadoso de los hombres. Juan II quería que su hija estudiara sus lecciones para poder, como él decía, apreciar las únicas cosas que valían la pena en la vida.
—Los libros son los mejores amigos, hija mía —le decía—. Yo lo he aprendido demasiado tarde; ojalá lo hubiera sabido antes. Pienso, hija, que tú serás una mujer prudente, por eso, cuando te confío este conocimiento mío, sé que lo recordarás.
Como era su costumbre, Isabel escuchaba con gravedad. Quería ayudar a su padre, que parecía tan fatigado. Sentía que ambos compartían un miedo del cual ninguno de los dos hablaría jamás.
Isabel se prometía ser buena, se prometía hacer todo lo que se esperaba de ella, por temor a disgustar a su madre.
Le parecía que su padre, el Rey, hacía lo mismo; hasta podía enviar al cadalso a su amigo más querido, Álvaro de Luna, porque su mujer se lo exigía.
Con frecuencia, la niña pensaba que si su madre hubiera sido siempre tan dulce y serena como podía mostrarse a veces, todos habrían sido muy felices. Isabel amaba tiernamente a su familia. Era tan grato, pensaba, tener un hermanito como Alfonso, que indudablemente era el niño más bueno del mundo, y un hermanastro que era siempre tan encantador con su pequeña hermanastra...
Deberían haber sido felices, y podrían haberlo sido muy fácilmente, de no haber sido por ese miedo siempre presente.
—¡Isabel!
Era la voz de su madre, en la que vibraba levemente la aspereza de esa nota estridente que despertaba siempre las señales de alarma en el ánimo de Isabel.
La niña se volvió sin prisa, y vio que su gobernanta y las sirvientas se retiraban con discreción. La reina de Castilla les había indicado que deseaba estar a solas con su hija.
Lentamente, y con toda la dignidad que podía desplegar una criatura de cuatro años, Isabel se acercó a la reina y se inclinó hasta el suelo en una graciosa reverencia. En la corte la etiqueta era rígida, incluso dentro del círculo familiar.
—Mi querida hija —murmuró la reina y, mientras la niña se levantaba, la abrazó fervientemente. La pequeña, aplastada contra el corpiño recamado de pedrería, soportó su incomodidad, pero sintió que el miedo se hacía más intenso. Esto, pensó, es algo realmente terrible.
Finalmente, la reina aflojó el violento abrazo con que retenía a la pequeña y la separó de sí, sin soltarla. La observó con atención, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Aquellas lágrimas eran un signo alarmante, casi tan alarmante como los ataques de risa.
—Tan pequeña, sólo cuatro años, mi querida Isabel, y Alfonso no es más que un niño aún en la cuna.
—Alteza, es muy inteligente. Debe de ser el niño más inteligente de toda Castilla.
—Pues lo necesitará. ¡Pobres..., pobres hijos míos! ¿Qué será de nosotros? Enrique ya buscará la manera de librarse de nosotros.
¿Enrique?, se preguntó Isabel. ¡El bondadoso, el jovial Enrique, que siempre tenía dulces para ofrecer a su hermanita, y que la levantaba en brazos y la hacía cabalgar sobre sus hombros, diciéndole que algún día sería una mujer muy bonita! ¿Por qué habría de querer Enrique librarse de ellos?
—Voy a decirte una cosa —prosiguió la reina—. Estaremos preparados... No debes sorprenderte si te digo que hemos de partir sin demora. Y será pronto. No podemos demorarnos más.
Isabel esperó, temiendo hacer otra de esas preguntas que podían valerle una reprimenda. La experiencia le enseñaba que si esperaba y atendía, muchas veces podía descubrir tanto como haciendo preguntas, y en ocasiones más.
—Es posible que tengamos que partir de un momento a otro... ¡De un momento a otro!
La reina empezó a reírse, pero seguía teniendo los ojos llenos de lágrimas. Silenciosamente, Isabel rogó a los santos que no se riera tanto que no pudiera detenerse.
Pero no, no iba a haber otra de esas escenas terroríficas. La reina dejó de reírse y se llevó un dedo a los labios.
—Manténte alerta —le dijo—. Seremos más astutas que él —y acercó el rostro al de la pequeña—. Él jamás tendrá un hijo —continuó—. Nunca..., ¡jamás! —de nuevo estaba próxima a esa risa aterradora—. Es por la vida que ha llevado. Ésa es su recompensa, y bien que se la merecía. Pero no importa, ya nos llegará el turno. Mi Alfonso subirá al trono de Castilla..., y si por algún azar él no llegara a la edad viril, siempre está mi Isabel. ¿No es verdad, eh? ¿No es verdad?
—Sí, Alteza —murmuró la pequeña.
Su madre le tomó entre el pulgar y el índice la mejilla regordeta, y se la pellizcó con tanta fuerza que a la niña se le hizo difícil impedir que las lágrimas acudieran a sus ojos azules. Pero ella sabía que la intención era la de un gesto de afecto.
—Manténte alerta —insistió la reina.
—Sí, Alteza.
—Ahora debo volver con él —anunció su madre—. ¿Cómo puede una saber qué es lo que se trama a sus espaldas, eh? ¿Cómo se puede?
—Verdaderamente, Alteza —respondió Isabel, obediente.
—Pero tú estarás preparada, Isabel mía.
—Sí, Alteza, lo estaré.
Otro abrazo, tan vehemente que era difícil no dejar escapar un grito de protesta.
—No tardará mucho —dijo la Reina—. Ya no puede tardar mucho. Manténte preparada y no te olvides.
Isabel hizo un gesto de asentimiento, pero su madre volvió a la tan repetida frase:
—Un día, tú puedes ser reina de Castilla.
—Lo recordaré, Alteza.
De pronto, la reina pareció calmarse. Se dispuso a partir, y una vez más su hijita la saludó con una reverencia.
Isabel tenía la esperanza de que su madre no entrara en la habitación donde el pequeño Alfonso dormía en su cuna. La última vez que su madre le había abrazado con tanta vehemencia, su hermanito había gritado. Pobre Alfonso, cómo se podía esperar que supiera que jamás debía protestar, que nunca debía hacer preguntas, sino limitarse a escuchar; pronto tendría edad suficiente para que le dijeran que algún día podría ser rey de Castilla pero, por ahora, no era más que un bebé. Cuando se quedó sola, la pequeña Isabel aprovechó la oportunidad para colarse en el cuarto en el que se encontraba su hermanito. Era obvio que el niño no percibía la tensión imperante en el palacio. Pataleaba alegremente en su cuna, y gorjeó de placer al ver aparecer a su hermana.
—Alfonso, hermanito —murmuró Isabel.
El niño se rió, mirando a su hermana, y pataleó con más fuerza.
—¿Tú no sabes, verdad, que algún día podrías ser rey de Castilla?
Furtivamente, Isabel se inclinó sobre la cuna para besar a su hermano. Con cautela, miró a su alrededor. Nadie había advertido su pequeña debilidad, y la niña se excusó ante sí misma por haber traicionado su emoción. Alfonso era un bebé muy bonito, y ella le quería muchísimo.
La reina de Castilla estaba arrodillada junto al lecho de su marido.
—¿Qué hora es? —preguntó él, y mientras su mujer se apartaba las manos de la cara, prosiguió—: Pero, ¿qué importa la hora? La mía ha llegado ya, y es ahora el momento de las despedidas.
—¡No! —clamó la reina, y el enfermo advirtió la creciente nota de histeria en su voz—. La hora todavía no ha llegado.
El Rey volvió a hablar suavemente, compasivo.
—Isabel, Reina mía, no debemos engañarnos. ¿De qué nos serviría? En breve habrá nuevo Rey en Castilla, y vuestro marido, Juan II, empezará a convertirse en un recuerdo..., y no muy feliz para Castilla, me temo.
Ella había empezado a dar golpecitos sobre la cama con el puño cerrado.
—No debéis morir aún, todavía no. ¿Qué será de los niños?
—Los niños, sí —asintió el Rey—. No os excitéis, Isabel. Yo me ocuparé de que se cuide de ellos.
—Alfonso... —murmuró la Reina— todavía está en la cuna. Isabel... ¡acaba de cumplir cuatro años!
—Tengo puestas grandes esperanzas en nuestra enérgica Isabel —declaró el Rey—. Y también está Enrique, que será un buen hermano para ellos.
—¿Así como ha sido buen hijo para su padre? —preguntó ásperamente la reina.
—No es éste un momento para recriminaciones, esposa mía. Bien puede ser que hubiera fallos por ambas partes.
—Sois..., sois blando con él..., muy blando.
—Soy un hombre débil, y estoy en mi lecho de muerte, lo sabéis tan bien como yo.
—Siempre fuisteis blando con él..., como con todos. Aun cuando os encontrábais bien, os dejásteis gobernar.
El Rey levantó débilmente la mano, pidiendo silencio, y prosiguió:
—Creo que el pueblo está satisfecho. Creo que está deseando feliz despedida a Juan II y dando la bienvenida a Enrique IV, en la esperanza de que sea mejor Rey de lo que fue su padre. Pues bien, esposa mía, en eso es posible que tengan razón, porque mucho y muy lejos tendrían que buscar para hallar uno peor.
Empezó a toser, y los ojos de la Reina se dilataron de espanto, aunque hizo un esfuerzo por dominarse.
—Descansad —clamó—. Por todos los santos, descansad.
Su temor era que el Rey se muriera antes de que ella hubiera hecho sus planes. Isabel desconfiaba de su hijastro Enrique. Parecía de buena disposición, una especie de réplica menos intelectual y más voluptuosa de su padre, pero se dejaría manejar por los favoritos, que no tolerarían fácilmente que hubiera rivales al trono, e insistirían en que, si Enrique no satisfacía a sus súbditos, ellos se congregarían en torno a los pequeños Alfonso e Isabel. Es decir, que había que estar alerta.
La Reina no confiaba en nadie, y estaba cada vez más decidida a lograr que su hijo heredara el trono. ¿Qué haré?, se preguntó, mientras de nuevo empezaba a golpear con el puño sobre la cama. ¡Yo, una débil mujer, rodeada por mis enemigos! Sus ojos desesperados se posaron sobre el moribundo que yacía en la cama.
Juan no debía morirse mientras ella no estuviera preparada para lo que significaba su muerte. Debía seguir siendo Rey de Castilla hasta que Isabel estuviera en condiciones de llevarse a sus hijos de Madrid.
Se irían a un lugar donde pudieran vivir en paz, donde no existiera el peligro de que les deslizaran en el plato o en la bebida un bocado envenenado, donde fuera imposible que un asesino se introdujera a hurtadillas en el dormitorio de los niños para sofocarlos con una almohada mientras dormían. Debían irse a un lugar donde pudieran esperar el momento oportuno —y la Reina estaba segura de que llegaría— en que se pudiera despojar a Enrique del trono para que, triunfantes, el pequeño Alfonso o Isabel se convirtieran en Rey o Reina de Castilla.
El rey Juan volvió a recostarse sobre las almohadas mientras observaba a su mujer.
Pobre Isabel, pensó, ¿qué será de ella, contaminada ya por el terrible flagelo que azota a su familia? Había una vena de locura en la casa real de Portugal; por el momento, la enfermedad no se había apoderado completamente de Isabel, su Reina, pero de vez en cuando se advertían indicios de que tampoco la había pasado por alto.
Aunque hubiera sido un mal Rey, Juan no era en modo alguno estúpido, y en ese momento se preguntaba si sus hijos habrían heredado la tendencia a la locura. Todavía no se advertía signo alguno. En Isabel no asomaba nada de la histeria de su madre, rara vez se encontraba una criatura más serena que su inconmovible hijita. ¿Y el pequeño Alfonso? Todavía era muy pequeño para decir nada, pero parecía un niño normal y feliz.
El rey rogaba que la terrible enfermedad mental los hubiera perdonado, y que Isabel no hubiera aportado su tara a la casa real de Castilla, en detrimento de las futuras generaciones.
Jamás debería haberse casado con Isabel. ¿Por qué lo había hecho? Porque era débil, porque se había dejado llevar por otros.
A la muerte de María de Aragón, la madre de Enrique, naturalmente había sido necesario que Juan buscara nueva esposa, y el Rey había creído que sería un gesto admirable aliarse con los franceses. Además, había pensado en casarse con una hija del Rey de Francia, pero su querido amigo y consejero, Álvaro de Luna, había pensado de otra manera. Le dijo que él consideraba ventajoso para Castilla —y para sí mismo, pero eso no lo mencionó— establecer una alianza con Portugal.
¡Pobre y extraviado De Luna! Poco se imaginaba lo que habría de significar para él ese matrimonio.
Una sonrisa asomó a los labios del rey moribundo al recordar a De Luna en los primeros días de su amistad con él. Álvaro había llegado a la corte como paje, apuesto y atractivo, de personalidad deslumbrante. Era tan hábil como diplomático, tan airoso como cortesano, y Juan había caído inmediatamente bajo su hechizo. Lo único que pedía era permanecer en la corte y, a cambio del placer que le daba la compañía de ese hombre, Juan le había concedido todos los honores que ambicionaba. De Luna no sólo había sido Gran Maestre de Santiago, sino también Condestable de Castilla.
Oh, sí, pensaba Juan, he sido un mal Rey, pues me entregué por completo a los placeres. No tuve aptitudes de estadista, y tanto más criminal fue mi comportamiento cuanto que no era un estúpido y tenía ciertas inclinaciones intelectuales. No tengo la excusa de la incapacidad para gobernar; si fracasé, fue por indolencia.
Pero mi padre, Enrique III, murió demasiado joven, y yo quedé, siendo aun menor, como Rey de Castilla. Hubo un regente que gobernó en mi lugar, ¡y qué bien lo hizo! Tan bien que hasta eso me sirvió de excusa para entregarme al placer y despreocuparme del gobierno de mi país.
Pero lamentablemente había llegado el día en que Juan tuvo la edad necesaria para ser, y no sólo de nombre, Rey de Castilla. Joven, apuesto, versado en las artes, se había encontrado con que había muchas cosas que le interesaban más que gobernar un reino.
Había sido frívolo y amante del esplendor, había llenado su corte de poetas y soñadores. Y él también era un soñador, tocado tal vez por la influencia morisca de su ambiente. Había vivido como un califa de leyenda árabe. Rodeado de sus amigos, se había sentado a leer poesía, había organizado coloridos espectáculos, y en compañía de su león nubio domesticado había paseado por los magníficos jardines del Alcázar de Madrid.
El esplendor del palacio era tan notorio como la extravagancia y la frivolidad del Rey. Y las penurias y la pobreza del pueblo iban de la mano con esta frivolidad. Se habían establecido impuestos para aumentar las rentas de los favoritos, y en el país cundían la privación y la miseria. Eran los resultados inevitables de su mal gobierno, y si el país se había visto desgarrado por la guerra civil, y su propio hijo Enrique se había vuelto en contra dé él, Juan se culpaba sólo a sí mismo, porque ahora, en su lecho de muerte, veía con más claridad en qué había fracasado.
Y junto a él había estado siempre su amigo Álvaro De Luna, que tras haber empezado su vida humildemente, no pudo resistirse a la tentación de alardear de sus posesiones, de hacer ostentación de poder. Se había enriquecido aceptando sobornos, y donde fuera iba rodeado de lacayos y ornamentos de una magnificencia tal que hacían sombra al séquito del Rey.
Hubo quien comentara que De Luna andaba en brujerías, y que a ellas se debía el poder que había alcanzado sobre el Rey. Una falsedad, se decía ahora Juan. Si había admirado al brillante y ostentoso cortesano, hijo ilegítimo de una noble familia aragonesa, era porque en Álvaro encontraba la fuerza de carácter de que él mismo carecía.
Juan era uno de esos hombres que parecen aceptar de buen grado la dominación de otros, y cuando accedió a la boda con Isabel de Portugal se había mostrado tan dócil como de costumbre.
Si ese matrimonio no le había aportado mucha paz, para De Luna había sido el vehículo del desastre, ya que la novia era una mujer de carácter fuerte, pese a su mal latente. ¿O fue simplemente la debilidad de él, y su miedo a los estallidos histéricos de Isabel?
—¿Quién es el Rey de Castilla? —le había preguntado ella—. ¿Vos o De Luna?
Juan procuró razonar con ella, le explicó qué buenos amigos habían sido siempre él y el condestable.
—Por supuesto, él os halaga —había sido la desdeñosa respuesta—. Os engatusa, como lo haría con el caballo que monta. Pero quien lleva las riendas es él, es él quien decide hacia qué lado iréis.
Fue durante el embarazo que culminó con el nacimiento de Isabel cuando empezó a acusarse la enfermedad de la Reina, y fue entonces cuando Juan empezó a sospechar que ella llevaba en su sangre la terrible amenaza. En su angustia, se dispuso a hacer cualquier cosa para calmarla, con tal de no tener que enfrentarse al miedo torturante de haber, tal vez, introducido la locura en la herencia de la regia sangre de Castilla.
Isabel había insistido con empeño hasta conseguir la caída de De Luna; ahora su marido se sentía amargamente avergonzado del papel que a él le había tocado y, aunque lo intentó, no pudo borrar esos pensamientos de su mente. Alguna perversidad de su ser próximo a la muerte lo obligaba a enfrentarse a la verdad de una manera como nunca se había enfrentado antes.
Recordó la última vez que había visto a De Luna, recordó la amistad que le había demostrado, hasta el punto de que el pobre Álvaro se había tranquilizado, diciéndose para sus adentros que nada le importaba la enemistad de la Reina mientras el Rey siguiera siendo su amigo.
Pero Juan no había salvado a su amigo. Aunque siguiera amándolo, lo había dejado ir hacia la muerte.
He ahí la clase de hombre que soy, pensó. Esa acción fue característica de Juan de Castilla. Los sentimientos que experimentaba hacia sus amigos eran cálidos, pero era demasiado indolente, demasiado cobarde para salvar al hombre a quien había amado más que a ningún otro. Había tenido miedo de las escenas de furia que lo habrían forzado a afrontar lo que no quería afrontar. De ese modo la reina, desde ese delicadísimo equilibrio entre cordura e insanía, había conseguido en pocos meses lo que los ministros del Rey venían planeando desde hacía treinta años: la caída de De Luna.
Juan sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas al pensar en la valiente marcha de Álvaro hacia el cadalso. Le habían hablado de la gallardía con que su amigo había ido hacia la muerte.
Y hasta el momento mismo de la ejecución, él —el Rey, que debería haber sido el hombre más poderoso de Castilla— había estado prometiéndose que salvaría a su amigo, había anhelado derogar la sentencia de muerte y devolver a De Luna a su antiguo favor. Pero no lo había hecho, porque tras haber sucumbido en una época al encanto de De Luna, se encontraba ahora bajo el dominio de la locura latente de su mujer.
Lo único que yo quería era paz, pensó el Rey moribundo. ¿Lo único? Nada había más difícil de encontrar en la turbulenta Castilla.
En su aposento cubierto de tapices, Enrique, el heredero del trono, esperaba que llegara la nueva de la muerte de su padre.
Sabía que el pueblo estaba ansioso por aclamarlo. Cuando recorría a caballo las calles, los oía gritar su nombre: estaban cansados del gobierno desastroso de Juan II y ansiaban dar la bienvenida a un nuevo Rey que pudiera introducir en Castilla una forma de vida nueva.
Enrique estaba impaciente por sentir el peso de la corona en su cabeza, y decidido a conservar la popularidad de que gozaba. Estaba seguro de que podría conseguirlo, ya que tenía plena conciencia de su encanto. Tranquilo y de buen carácter, tenía el arte de halagar a la gente, de encantarla de un modo infalible. Sin mostrarse condescendiente, condescendía a ser uno del pueblo, y en esa capacidad residía el secreto del amor que le profesaban.
Estaba resuelto a deslumbrar a sus súbditos, a reunir ejércitos y alcanzar victorias, a librar batalla contra los moros, que desde hacía siglos estaban en posesión de gran parte de España. Los moros eran los enemigos sempiternos, y hablándoles de llevar una campaña en contra de ellos siempre se podía encender el entusiasmo fervoroso de los orgullosos castellanos. Enrique organizaría desfiles y espectáculos que les hicieran olvidar sus penurias, procesiones que les cautivaran la vista. Su reinado sería el reinado continuo de la emoción y el colorido.
¿Y qué era lo que quería Enrique? Quería cada vez más placer, es decir, placeres nuevos. Pero no serían fáciles de encontrar, para un hombre de tanta experiencia erótica.
Mientras Enrique esperaba se le acercó Blanca, su mujer, que también estaba ansiosa. ¿Acaso, cuando llegara la noticia, no sería Reina de Castilla? Estaba deseosa de recibir el homenaje, de estar junto a Enrique y de jurar con él que servirían al pueblo de Castilla con todos los medios a su alcance.
Su marido le tomó la mano para besársela. No sólo era afectuoso en público: ni siquiera cuando estaban solos le demostraba su indiferencia.
Jamás se mostraba activamente agresivo, ya que hacerlo hubiera ido en contra de su naturaleza. En ese momento, la mirada de afecto que le dirigió enmascaraba el disgusto que ella empezaba a provocarle.
Hacía doce años que Blanca de Aragón era su esposa. Al principio Enrique había estado encantado de tomar mujer, pero ella no se parecía a él, era incapaz de compartir sus placeres, como lo hacían muchas de sus amantes. Además, como la unión había resultado estéril, Blanca ya no le servía.
Enrique necesitaba un hijo, y en ese momento más que nunca, de modo que últimamente había estado pensando qué curso de acción seguir para poner remedio a ese estado de cosas.
Era voluptuoso ya de muchacho, cuando no le habían faltado pajes, sirvientes y maestros que estimularan a un alumno muy bien dispuesto, pero siempre la exploración de los sentidos había sido para él más atractiva que el aprendizaje libresco.
Su padre era un intelectual que había llenado la corte de figuras literarias, pero él no tenía nada en común con hombres como Iñigo López de Mendoza, el marqués de Santillana —la gran figura literaria— o el poeta Juan de Mena.
Enrique se preguntaba qué habían hecho esos hombres por su padre. En el reino había imperado la anarquía y el Rey se había hecho impopular; en la guerra civil, una gran propor
