Créditos
Título original: Counterfeit Lady
Traducción: Anibal Leal
1.ª edición: septiembre, 2014
© Jude Deveraux, 1984
Publicado originalmente por Pocket Books,
una división de Simon and Schuster, Inc.
© Ediciones B, S. A., 2014
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
DL B 16214-2014
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-838-4
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Contenido
Portadilla
Créditos
Estimados lectores
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Estimados lectores
Estimados lectores:
Hace años, mucho antes de que este tema estuviese de moda, investigué el árbol genealógico de mis padres y me remonté hasta el momento en que nuestros antepasados llegaron a este país, algunos durante la Revolución Norteamericana, y otros varios años antes. Obedeciendo al romanticismo de mi propio carácter, abrigaba la esperanza de descubrir a un temerario salteador de caminos o a un duque desheredado. En cambio, encontré generaciones, a lo largo de varios siglos, de agricultores norteamericanos. No hallé criminales fascinantes, pero sí un cierto número de hijos ilegítimos.
Cuando fui mayor, comprendí que la pasión que desembocaba en los hijos concebidos fuera del matrimonio era mucho más romántica que los asaltantes, temerarios o no. Y cuando comencé a escribir, pensé en todos mis antepasados campesinos y en sus pasiones incontrolables, y me pregunté si sería posible escribir una serie de novelas acerca de estos hombres que no comandaban ejércitos ni combatían a los reyes; obras cuyo tema estaría determinado, en cambio, por hombres y mujeres sencillos con una vida que se centraba en las cosechas de primavera.
Abrigo la esperanza de que al lector le complazcan mis relatos acerca de personas sencillas, con los problemas y las necesidades usuales que el amor origina en todos.
JUDE DEVERAUX
Santa Fe, Nuevo México
Septiembre de 1983
Capítulo 1
1
En junio de 1794, los rosales habían florecido completamente y los prados tenían ese denso verdor que solo existe en Inglaterra. En el condado de Sussex se levantaba una casita pequeña y cuadrada, de dos plantas; una casa sencilla rodeada por una simple verja de hierro. Anteriormente, la casa había formado parte de una propiedad más extensa, era un anexo destinado a la familia de un jardinero o un guardabosques, pero el resto de la propiedad había sido subdividido mucho tiempo atrás y vendido para pagar las deudas de la familia Maleson. Todo lo que quedaba de esa familia, antes numerosa, era esta casa pequeña y descuidada y Jacob Maleson y su hija Bianca.
Jacob Maleson estaba sentado frente al hogar vacío en la sala de la planta baja. Era un hombre bajo y grueso, con su chaleco desabotonado sobre el vientre redondo; la chaqueta había sido arrojada descuidadamente a otra silla. Tenía las gruesas piernas enfundadas en pantalones de sarga y los pies calzados con zapatos de delgado cuero. Un setter irlandés, grande y somnoliento, se apoyaba en un brazo del viejo sillón, y Jacob acariciaba distraídamente las orejas del perro.
Jacob se había acostumbrado a su sencilla vida rural. En realidad, prefería tener una casa pequeña, menos criados y menor responsabilidad. Recordaba la amplia casa de su niñez como un lugar donde se desperdiciaba el espacio, un lugar que exigía gran parte del tiempo y la energía de sus padres. Ahora tenía sus perros, un buen pedazo de carne para la cena e ingresos suficientes para mantener en orden sus establos; de manera que estaba satisfecho.
A su hija no le sucedía lo mismo.
Bianca estaba de pie frente al alto espejo de su dormitorio de la planta alta, y alisaba el largo vestido de muselina sobre el cuerpo alto y un tanto regordete. Siempre que se veía ataviada con las nuevas modas francesas, experimentaba un sentimiento de disgusto. Los campesinos franceses se habían rebelado contra los aristócratas, y ahora, porque esos blandos franceses no podían controlar a sus inferiores, todo el mundo tenía que pagar las consecuencias. Todos los países tenían la mirada puesta en Francia y se inquietaban ante la posibilidad de que les sucediese lo mismo. En Francia, todos deseaban aparentar que pertenecían a la clase baja del pueblo; por eso mismo, los rasos y las sedas prácticamente habían sido desterrados. Las nuevas modas estaban diseñadas en muselinas, zarazas y percales.
Bianca examinó la imagen de su cuerpo, reflejada en el espejo. Por supuesto, los nuevos vestidos le sentaban perfectamente. Pero no estaba segura de que sucediese lo mismo a otras mujeres de físico menos agraciado que el suyo. El vestido tenía un profundo escote sobre los pechos grandes, de modo que ocultaban muy poco la forma y la blancura de los mismos. La gasa celeste estaba sujeta con una cinta de raso azul exactamente bajo el busto y el vestido caía desde allí hasta el suelo. El bajo estaba formado por una cinta de distinto color. Los cabellos castaños de la joven estaban recogidos y sostenidos con una cinta y los gruesos rizos colgaban sobre los hombros desnudos. Bianca tenía cara redonda; ojos celestes, como el vestido; pestañas y cejas claras; boca pequeña y sonrosada, todo lo cual formaba un capullo perfecto. Cuando sonreía, se le formaba un minúsculo hoyuelo en la mejilla izquierda.
Bianca se apartó del alto espejo y se acercó a la mesa de tocador. Esta, como casi todo el resto de lo que había en la habitación, estaba adornada con un tul rosa pálido. A la joven le agradaban los tonos pastel. La complacía todo lo que era tierno, delicado y romántico.
Había una caja grande de bombones en el tocador y la capa superior casi había desaparecido. Al asomarse a la caja, la joven esbozó un bonito gesto. Esa horrible guerra francesa había interrumpido la elaboración del mejor chocolate y ahora ella tenía que arreglarse con el inglés, de menor calidad. Eligió uno, y después otro. Cuando estaba saboreando el cuarto, y lamiéndose los sucios dedos, vio entrar a la habitación a Nicole Courtalain.
El chocolate de inferior calidad, la delgada tela del vestido y la presencia de Nicole era todo resultado de la Revolución Francesa. Bianca eligió otro bombón y observó a la joven francesa que se movía discretamente de un extremo a otro de la habitación y recogía los vestidos que Bianca había arrojado al suelo. La presencia de Nicole recordó a Bianca cuán generosos eran ella y todos los ingleses. Cuando los franceses se vieron expulsados de su propio país, los ingleses los acogieron. Por supuesto, la mayoría de los franceses había solventado sus propios gastos; más aún, habían introducido en Inglaterra una novedad, denominada restaurante. Pero había personas como Nicole: sin dinero, sin parientes ni profesión. En esos casos, los ingleses habían demostrado su verdadera generosidad. Habían aceptado en sus hogares a todos estos desamparados.
Bianca se había trasladado a un puerto de la costa oriental de Inglaterra, precisamente a la llegada de una nave con refugiados. Ese día su humor no era bueno. Su padre acababa de informarle que ya no podría pagar a su doncella personal. Se había suscitado una terrible disputa entre ambos (padre e hija) y entonces Bianca recordó la existencia de los emigrados. En cumplimiento de un alto deber moral, acudió en ayuda de los pobres franceses sin hogar y trató de extender su beneficencia a uno de ellos.
Cuando vio a Nicole, comprendió que había hallado lo que buscaba. Tenía el cuerpo menudo, los cabellos negros recogidos bajo un sombrero de paja, la cara redonda con enormes ojos castaños sombreados por pestañas cortas, gruesas y oscuras. Y en esos ojos había mucha tristeza. Parecía que no le importara mucho vivir o morir. Bianca comprendió que una mujer que adoptaba esa expresión se sentiría muy agradecida por la generosidad de su protectora.
Y ahora, tres meses más tarde, Bianca casi lamentaba todo lo que había dado a Nicole. No era que la joven fuese incompetente; en realidad, era demasiado competente. Pero, a veces, sus movimientos elegantes y desenvueltos conseguían que Bianca se sintiese casi torpe.
Bianca volvió los ojos hacia el espejo. Qué pensamiento tan absurdo. Tenía una figura majestuosa, impresionante... Todos lo decían. Dirigió a Nicole una mirada hostil a través del espejo y se quitó la cinta que le sujetaba los cabellos.
—No me gusta cómo me has peinado esta mañana —dijo Bianca, recostándose sobre el respaldo de la silla y sirviéndose dos bombones más.
En silencio, Nicole se acercó al tocador y cogió un peine para reordenar los cabellos bastante finos de Bianca.
—Todavía no ha abierto la carta del señor Armstrong.
Su voz era tranquila, sin acento, excepto el hecho de que pronunciaba cuidadosamente cada palabra.
Bianca esbozó un breve gesto con la mano.
—Sé lo que tiene que decirme. Quiere saber cuándo iré a América y cuándo me casaré con él.
Nicole enroscó en sus dedos uno de los rizos.
—Creí que usted deseaba fijar una fecha. Sé que le encantará ese matrimonio.
Bianca la miró a través del espejo.
—¡Qué poco sabes! Pero, por supuesto, es imposible que una francesa comprenda el orgullo y la sensibilidad de los ingleses. Clayton Armstrong es norteamericano. ¿Cómo es posible que yo, descendiente de los padres de Inglaterra, me case con un norteamericano?
Con movimientos cuidadosos, Nicole ató la cinta alrededor de los cabellos de Bianca.
—Pero no lo comprendo. Creí que se había anunciado el compromiso.
Bianca arrojó al suelo la hoja de papel que era la base de la primera capa de bombones y retiró uno grande de la segunda capa. El caramelo le gustaba mucho. Con la boca llena, comenzó a explicar.
—¡Los hombres! ¿Quién puede entenderlos? Necesito casarme para huir de esto. —Con un gesto de la mano indicó la reducida habitación—. Pero el hombre con quien me casaré será muy distinto de Clayton. He oído decir que algunos americanos se parecen bastante a la idea que tenemos de lo que es un caballero; por ejemplo, ese señor Jefferson. Pero Clayton está muy lejos de ser un caballero. ¿Sabes que lleva botas incluso en la sala? —Bianca se estremeció—. ¡Algodón! Es un campesino, un patán, ¡un vulgar campesino norteamericano!
Nicole alisó el último rizo.
—Y, sin embargo, ¿aceptó su propuesta?
—¡Por supuesto! Una mujer necesita muchas propuestas; de ese modo es más interesante. Cuando estoy en una fiesta y veo a un hombre que no me gusta, le digo que estoy comprometida. Cuando veo a un hombre que sé que es apropiado para una mujer de mi clase, le informo de que estoy contemplando la posibilidad de romper mi compromiso.
Nicole se apartó de Bianca y recogió las envolturas vacías de las golosinas. Sabía que no debía hacer comentarios, pero no pudo contenerse.
—Pero, ¿y el señor Armstrong? ¿Eso es justo para él?
Bianca atravesó la habitación hasta una cómoda y arrojó tres chales al suelo antes de elegir uno escocés.
—¿Qué sabe un norteamericano de justicia? Son unos ingratos, se declararon independientes después de todo lo que hemos hecho por ellos. Además, adoptó una actitud insultante conmigo cuando creyó que yo podía casarme con un hombre como él. Y me pareció un tanto temible con sus altas botas y su actitud arrogante. Creí que estaba más cómodo montando un caballo que en un salón. ¿Cómo podría casarme con un hombre así? ¡Y pidió mi mano dos días después de conocerme! Recibió una carta con la noticia de que su hermano y su cuñada habían muerto y de pronto quiso comprometerse. ¡Qué hombre más insensible! Quería que volviese inmediatamente a América con él. Por supuesto, me negué.
Sin permitir que Bianca le viese la cara, Nicole comenzó a doblar los chales desechados. Sabía que lo que sentía a menudo se reflejaba en su rostro y que sus ojos expresaban sus pensamientos y sus sentimientos. Durante los primeros tiempos de su permanencia en el hogar de los Maleson, se sentía demasiado aturdida para prestar atención a los discursos de Bianca acerca de los franceses ignorantes y débiles o de los norteamericanos toscos y desagradecidos. En ese momento, su pensamiento estaba concentrado en el horror sangriento de la Revolución, sus padres arrastrados fuera de la casa, el abuelo... ¡No! Todavía no estaba en condiciones de recordar esa tormentosa noche. Quizá Bianca le había hablado antes de su prometido y Nicole no la había escuchado. Era muy probable. Solo en las últimas semanas parecía que comenzaba a despertarse de ese estado de sonambulismo.
Tres semanas antes se había encontrado con una de sus primas en una tienda, mientras esperaba que Bianca se probase un vestido. La prima de Nicole proyectaba abrir una pequeña tienda dos meses después y había ofrecido una participación a Nicole. Por primera vez, Nicole tenía un modo de independizarse, de ser algo más que un objeto de calidad.
Al huir de Francia, lo había hecho con un relicario de oro y tres esmeraldas cosidas en el dobladillo de su vestido. Después de ver a su prima, vendió las esmeraldas. Obtuvo muy poco dinero, pues el mercado inglés estaba inundado de joyas francesas, y los hambrientos refugiados con frecuencia estaban tan desesperados que no podían regatear. Por la noche, Nicole permanecía levantada hasta tarde en su cuartito del desván de la casa de Bianca y cosía prendas para su prima, con el fin de ganar un poco de dinero. Ahora tenía casi el total de la suma necesaria, oculta cuidadosamente en una cómoda de su habitación.
—¿No puedes darte prisa? —dijo impaciente Bianca—. Siempre estás soñando. ¡No me extraña que tu país esté desgarrado por tantas disputas internas si lo pueblan personas tan haraganas como tú!
Nicole se irguió y elevó su mentón. Se dijo que faltaban pocas semanas. Después, recobraría su libertad.
Incluso en su estado de atontamiento, Nicole había aprendido algo acerca de Bianca: el desagrado que experimentaba ante la presencia física de los hombres. Si podía evitarlo, no permitía que un hombre la tocase. Decía que eran seres groseros, ruidosos e insensibles. Solo una vez Nicole la había visto sonreír con sincera calidez ante un hombre, y en ese caso se trataba de un joven de cuerpo delicado y abundante encaje en las mangas, además de una enjoyada cajita de rapé en la mano. Esa vez Bianca no se había mostrado temerosa ante un hombre e incluso le había permitido besarle la mano. Nicole estaba impresionada por la actitud de Bianca, que se mostraba dispuesta a dominar su aversión al contacto con los hombres y a casarse con el fin de mejorar su condición social. O quizá se trataba de que Bianca no tenía idea de lo que sucedía entre el marido y la mujer.
Ambas mujeres salieron de la casita, después de bajar la estrecha escalera central cubierta por una vieja alfombra. Detrás de la casa había un pequeño establo y un sitio para carruajes, y Jacob Maleson los mantenía en condiciones mucho mejores que la casa. Todos los días, a la una y media, Nicole y Bianca atravesaban el parque en un elegante carruaje de dos asientos, tirado por un caballo. El parque había pertenecido en otro tiempo a la familia Maleson, pero ahora era propiedad de personas a quienes Bianca consideraba advenedizos y plebeyos. La joven nunca había preguntado si podía atravesar el parque boscoso, pero nadie se lo había impedido. A esa hora del día, ella podía imaginar que era la señora de la residencia, como antes lo había sido su abuela.
El padre se había negado a emplear un cochero y Bianca no aceptaba viajar en el mismo vehículo que los malolientes peones del establo. Tampoco quería conducir su propio carruaje. El único recurso que le quedaba era permitir que lo hiciese Nicole. La joven francesa ciertamente no temía al caballo y además le gustaba manejar el pequeño vehículo.
A veces, por la mañana temprano, después de coser unas horas y antes de que Bianca despertase, se dirigía a los establos y acariciaba al hermoso corcel de pelo castaño. En Francia, antes de que la Revolución hubiese destruido su hogar y arrasado el estilo de vida de su familia, ella solía cabalgar horas enteras antes del desayuno. Esas tranquilas horas iniciales de la mañana casi le hacían olvidar la muerte y el fuego que había presenciado. El parque era especialmente hermoso en junio, cuando los árboles se inclinaban sobre los senderos cubiertos de grava y proyectaban su sombra, formando hermosos y pequeños retazos de luz solar sobre los vestidos de las mujeres. Bianca sostenía una sombrilla formando ángulo con su cabeza, y trataba así de conservar pálida su piel. Al mirar a Nicole, la joven inglesa emitió un gruñido. La tonta muchacha había dejado el sombrero de paja en el asiento, entre ambas, y el aire le acariciaba los relucientes cabellos negros. La luz del sol arrancaba chispas a los ojos de la francesa; los brazos que sostenían las riendas eran esbeltos, con leves curvas en algunos lugares. Bianca desvió la mirada con disgusto. Sus propios brazos eran excepcionalmente blancos y suavemente redondeados, como correspondía a una mujer.
—¡Nicole! —exclamó Bianca—. ¿Al menos una vez podrías comportarte como una dama? ¿O por lo menos recordar que yo lo soy? Ya es bastante desagradable que me vean con una mujer medio desnuda, pero además nos llevas volando en este coche.
Nicole se arregló el delgado chal de algodón sobre los hombros desnudos, pero no se puso el sombrero. Obediente, habló al caballo y lo obligó a reducir la velocidad. Pensó: «Un poco más, y ya no tendré que obedecer las órdenes de Bianca.»
De pronto, la tranquilidad de la tarde se vio quebrada por la presencia de cuatro hombres a caballo. Montaban animales grandes, de patas gruesas, más apropiados para tirar de un carro que para ser montados. Era anormal que hubiese forasteros en el sendero, y sobre todo hombres que sin duda no eran caballeros. Tenían las ropas raídas y sus pantalones de pana manchados. Uno de los hombres vestía una camisa de algodón de manga larga, con grandes rayas rojas y blancas.
Durante un año entero, Nicole había vivido en Francia dominada por el terror. Cuando la turba enfurecida asaltó el castillo de sus padres, ella y el abuelo se escondieron tras una cómoda y después huyeron protegidos por el humo negro que brotaba de la casa en llamas. Ahora reaccionó con presteza. Advirtió la amenaza que representaban aquellos hombres y usó el largo látigo para azuzar la grupa del caballo y obligarlo a trotar.
Bianca cayó pesadamente sobre el cojín de pelo de caballo del carruaje y emitió una breve exclamación antes de gritar a Nicole:
—¿Qué estás haciendo? ¡No me tratarás así!
Nicole no le hizo caso y miró por encima del hombro a los cuatro hombres que habían llegado al sendero donde el carruaje estaba un momento antes. Sabía que se encontraban muy lejos de las casas, en el centro mismo del parque, y dudaba que alguien las oyese si gritaban.
Bianca, que aferraba con fuerza el mango de su sombrilla, consiguió volverse para averiguar cuál era el objeto de atención de Nicole, pero los cuatro hombres no la atemorizaron. Su primer pensamiento fue preguntarse cómo era posible que esa chusma entrara en el parque de un caballero. Uno de los hombres agitó el brazo, para indicar a sus compañeros que lo siguieran, y se lanzó tras el carruaje que huía. Los hombres montaban a caballo torpemente y se aferraban a las sillas tanto como a las riendas; el movimiento del cuerpo no acompañaba armónicamente al de las cabalgaduras, pero, en cambio, golpeaban una y otra vez la silla con movimientos duros y pesados.
Bianca volvió los ojos hacia Nicole y también ella se atemorizó, pues al fin comprendió que aquellos hombres las perseguían.
—¿No puedes conseguir que ese jamelgo vaya más de prisa? —gritó, aferrándose a los costados del carruaje, que no había sido construido para avanzar a gran velocidad.
Los hombres, que exigían la mayor velocidad posible a sus caballos lentos y macizos, comprendieron que las mujeres se les escapaban. El hombre de la camisa rayada sacó un arma de su ancho cinto y disparó un tiro que pasó sobre el carruaje y atravesó la oreja izquierda del caballo.
El animal comenzó a detenerse y el carruaje cayó sobre las patas del animal cuando este se detuvo bruscamente, a la vez que Nicole tiraba con fuerza de las riendas. Bianca gritó otra vez y se acurrucó en un rincón del carruaje, con el brazo cubriéndole la cara, mientras Nicole permanecía de pie, con las piernas muy abiertas para afirmarse y una mano en cada rienda.
—¡Quieto, muchacho! —ordenó, y el caballo fue tranquilizándose gradualmente, pero tenía una expresión salvaje en los ojos. Nicole ató las riendas delante del carruaje, se apeó y se acercó al animal; le acarició el pescuezo con las manos, hablándole tiernamente en francés mientras apoyaba la mejilla contra el hocico.
—Mira eso, compañero. No siente el más mínimo miedo del animal que sangra.
Nicole miró a los cuatro hombres que rodeaban el carruaje.
—Jovencita, usted sabe manejar un caballo —dijo uno de los hombres—. Nunca he visto nada semejante.
—Y mira qué pequeña es. Será un verdadero placer llevarla con nosotros.
—Un momento —ordenó el hombre de la camisa de rayas, que sin duda era el jefe—. ¿Cómo sabemos que es ella? ¿Y esta?
Señaló a Bianca, que continuaba acurrucada en un rincón del carruaje, tratando sin éxito de desaparecer en su interior. La joven tenía la cara blanca de terror.
Nicole permaneció en silencio, sosteniendo con las manos la cabeza del caballo. A sus ojos, esto era la repetición del horror que había vivido en Francia, de modo que tenía bastante experiencia para guardar silencio mientras buscaba el modo de huir.
—Es ella —dijo uno de los hombres, señalando a Nicole—. Sé distinguir a una dama.
—¿Quién es Bianca Maleson? —preguntó el hombre de la camisa a rayas. Tenía el ancho mentón cubierto por la barba de varios días.
Nicole pensó que se trataba de un secuestro. Lo único que tenían que hacer las mujeres era demostrar que el padre de Bianca no poseía dinero suficiente para pagar un rescate.
—Es ella —dijo Bianca, y se irguió en el asiento. Con su brazo regordete señaló a Nicole—. Ella es la condenada dama. Yo trabajo a su servicio.
—¿Qué os había dicho? —observó uno de los hombres—. Esta no habla como una dama. Ya os dije que es la otra.
Nicole permaneció inmóvil, con la espalda recta, el mentón alto, observando a Bianca, cuya mirada reflejaba el sentimiento de triunfo. Sabía que nada podía hacer ni decir; de todos modos, los hombres se la llevarían consigo. Por supuesto, cuando supieran que era una refugiada francesa que no tenía un chelín, la liberarían, pues perderían las esperanzas de obtener rescate.
—De modo que es así, joven —dijo uno de los hombres—. Vendrá con nosotros. Y ojalá se muestre sensata y no nos acarree dificultades.
Nicole solo pudo menear la cabeza, sin decir palabra.
El hombre le ofreció la mano y ella la aceptó; deslizó un pie en el estribo, junto al del jinete. Un instante después estaba sobre la silla, frente a él, y sus dos pies pendían a ambos lados del caballo.
—Es una belleza, ¿verdad? —preguntó el hombre—. No me extraña que él quiera que se la llevemos. Fijaos, supe que era una dama en cuanto la vi. Siempre se las conoce por el modo de comportarse.
Sonrió satisfecho ante su propia sabiduría. Rodeó la cintura de Nicole con un brazo velludo y con movimientos torpes apartó el caballo del carruaje inmóvil.
Bianca permaneció quieta varios minutos, contemplando al grupo. Por supuesto, la alegraba que su rápido ingenio le hubiese permitido escapar de los hombres, pero estaba enojada porque esos estúpidos no habían visto en ella a la dama. Cuando el silencio volvió a reinar en el parque, comenzó a mirar de nuevo a su alrededor. Estaba sola. No sabía conducir el carruaje, de modo que no veía cómo podría regresar a su casa. La única forma era caminando. Cuando su talón tocó la grava y las piedras presionaron su piel a través de la delgada lámina de cuero, maldijo a Nicole porque le provocaba tales sufrimientos. Y cuando al fin llegó, estaba tan enfadada que había olvidado por completo el secuestro. Solo después, cuando ella y su padre concluyeron una cena de siete platos, le mencionó el asunto. Jacob Maleson estaba casi dormido y dijo que esos hombres sin duda liberarían a la muchacha, pero que, de todos modos, por la mañana hablaría con las autoridades.
Bianca se dirigió a su dormitorio y pensó en el modo de encontrar otra doncella. ¡Dios mío, todas eran tan desagradecidas!
La planta baja de la posada era una habitación larga con paredes de piedra que convertían el lugar en un ambiente frío y oscuro. En la habitación había varias mesas largas de caballete. Los cuatro secuestradores estaban sentados en los bancos frente a una de las mesas. Ante ellos había cuencos de loza gruesa, colmados con un tosco guisado de carne, y cada uno tenía una alta jarra de cerveza. Los hombres se sentaban apenas sobre los duros bancos. Un día a caballo era una experiencia nueva para ellos y lo estaban pagando, porque sentían dolorido todo el cuerpo.
—No confío en ella, y eso es todo —dijo uno de los hombres—. La veo muy silenciosa. Parece muy inocente con esos ojos grandes, pero digo que está planeando algo que nos traerá dificultades.
Los tres hombres restantes lo escucharon y en sus rostros se dibujó la preocupación.
El primer hombre continuó:
—Ya sabéis cómo es él. No quiero correr el riesgo de perderla. Lo único que deseo es llevarla a América, entregársela como nos ordenó y que no haya inconvenientes.
El hombre de la camisa a rayas bebió un largo sorbo de cerveza.
—Joe tiene razón. Una dama que puede manejar un caballo como lo hizo ella no temerá huir. ¿Alguien se ofrece para vigilarla toda la noche?
Los hombres gimieron al sentir el dolor de sus músculos. Habían contemplado la posibilidad de maniatar a la prisionera, pero en ese sentido las órdenes eran muy rigurosas. No debían hacerle el más mínimo daño.
—Joe, ¿recuerdas cuando aquel médico te dio unas puntadas en el pecho?
Joe asintió desconcertado.
—¿Recuerdas ese polvo blanco que te dio y que te provocó el sueño? ¿Te parece que podrías conseguir un poco?
Joe paseó la mirada por los restantes clientes de la posada. Formaban una variada colección, desde una pareja de ratas de alcantarilla a un elegante caballero que estaba solo en un rincón. Joe sabía que con un grupo así podría comprar lo que se le antojase.
—Creo que puedo conseguirlo —dijo.
Sentada en el borde de la cama, en el sucio cuartito de la planta alta, Nicole miró a su alrededor. Ya se había acercado a la ventana y descubierto que había un caño de desagüe que corría a lo largo de la pared y el techo de un depósito inmediatamente debajo de la ventana. Después, cuando estuviese más oscuro y el patio se vaciara, quizás arriesgaría la fuga. Por supuesto, podía decir su verdadera identidad a los hombres, pero todavía era un poco temprano, porque aún estaban a pocas horas de distancia del hogar de Bianca. Se preguntó cómo habría regresado Bianca a la casa y cuántas horas le habría llevado recorrer el trayecto si había tenido que caminar. Después, el señor Maleson necesitaría un tiempo para encontrar a la autoridad del condado, difundir la alarma y organizar la búsqueda. No, todavía era muy temprano para revelar su identidad a los hombres. Esa noche intentaría fugarse, y, si fracasaba, por la mañana los sacaría de su error. Entonces, la dejarían en libertad. Rogaba a Dios que esos individuos no se encolerizaran.
Cuando se abrió la puerta, volvió los ojos hacia los cuatro hombres que entraron al cuartito.
—Le hemos traído algo de beber. Chocolate auténtico de América del Sur. Vea, uno de nosotros ha viajado y ha traído esto.
¡De modo que eran marinos! Fue lo que pensó Nicole mientras aceptaba el jarro. ¿Cómo no lo había advertido antes? Por eso se mostraban tan torpes a caballo y las ropas que vestían olían de un modo tan extraño.
Mientras bebía el delicioso chocolate, comenzó a relajarse y la calidez y la dulzura de la bebida se difundieron por todo su cuerpo; le permitieron comprender lo cansada que estaba. Trató de concentrar su atención en el plan de fuga, pero sus pensamientos pasaron de un tema a otro y comenzaron a perder claridad. Elevó los ojos hacia los hombres inclinados sobre ella, observándola ansiosamente como niñeras gigantescas y barbudas, y, sin saber muy bien por qué, sintió el deseo de tranquilizarlos. Sonriendo, cerró los ojos y se adormeció.
Nicole no despertó en las veinticuatro horas siguientes. Tuvo la imprecisa idea de que la elevaban, de que la manipulaban como si fuera una niña. Intuyó que a veces alguien manifestaba preocupación por ella y trató de sonreír y afirmar que estaba bien, pero no atinaba a pronunciar las palabras. Soñó constantemente y recordó el castillo de sus padres y el columpio bajo el sauce en el jardín; sonrió al recordar los momentos felices pasados en la casa del molinero, con el abuelo. Ella solía balancearse en una hamaca, moviéndose suavemente cuando el tiempo era muy cálido.
Cuando abrió lentamente los ojos, el balanceo del sueño no cesó. Pero en lugar de árboles vio sobre ella una hilera de tablas. Qué extraño, pensó, seguramente alguien había armado una plataforma sobre la hamaca, y se preguntó tranquilamente para qué servía eso.
—¡De modo que se ha despertado! Les dije a esos marineros que le dieron demasiado opio. Y es realmente extraño que haya conseguido despertar. Los hombres siempre hacen mal las cosas. Venga, le preparé un poco de café. Es bueno y está muy caliente.
Al volverse, Nicole elevó la mirada mientras una mujer deslizaba una mano grande bajo la espalda de la joven francesa y prácticamente la levantaba de la cama. Ciertamente, no estaba en un jardín, sino en un pequeño cuarto desnudo. Quizá la droga había provocado que sintiese ese balanceo. No le extrañaba que hubiese soñado con una hamaca.
—¿Dónde estamos? ¿Quién es usted? —consiguió preguntar mientras bebía el café fuerte y caliente.
—Todavía está mareada, ¿verdad? Soy Janie, y el señor Armstrong me contrató para cuidarla.
Nicole la miró a los ojos. El nombre de Armstrong le dijo algo, pero no podía recordar qué. Cuando el café negro comenzó a aclararle la conciencia, miró a Janie. Era una mujer alta y huesuda, de rostro ancho, con mejillas que parecían siempre sonrosadas, y le recordó a una niñera que ella había tenido muchos años antes. Janie exudaba un aire de confianza y sentido común, un sentimiento de seguridad y serenidad.
—¿Quién es el señor Armstrong?
Janie tomó la taza vacía y volvió a llenarla.
—En efecto, le han dado demasiado de esa droga. El señor Armstrong. Clayton Armstrong. ¿Ahora lo recuerda? El hombre con quien usted debe casarse.
Nicole parpadeó deprisa, bebió más café de la cafetera que se encontraba sobre un pequeño brasero de carbón y comenzó a recordarlo todo.
—Me temo que ha habido un error. No soy Bianca Maleson y no estoy comprometida con el señor Armstrong.
—De modo que... —comenzó a decir Janie, y se sentó en el camastro inferior—. Querida, creo que será mejor que me narre la historia completa.
Cuando Nicole concluyó, se echó a reír.
—Como ve, estoy segura de que los hombres me dejarán libre apenas conozcan la verdad.
Janie guardó silencio.
—¿No lo harán?
—Creo que el asunto es más complicado de lo que usted cree —opinó Janie—. En primer lugar, hace doce horas que navegamos rumbo a América.
Capítulo 2
2
Atónita, Nicole contempló la habitación. ¡Un barco! El recinto en que se encontraba era un lugar desnudo, con las paredes, el suelo y el techo de roble, y contra una pared, dos camastros. Había muy poco espacio desde el camastro hasta la otra desnuda pared, salvo un ojo de buey redondo. Vio una puerta al fondo de la habitación, y sobre el otro extremo, cajas y baúles formando una pila, todo bien sujeto con cuerdas atadas al muro. Había un armario bajo en un rincón y sobre él un brasero. De pronto, Nicole comprendió que el balanceo era el movimiento de un barco sobre el mar en calma.
—No comprendo —dijo—. ¿Por qué alguien quiere secuestrarme... o secuestrar a Bianca... y llevarla a América?
Janie se acercó a uno de los baúles y levantó la tapa. Retiró un pequeño portafolio de cuero asegurado con una cinta.
—Creo que será mejor que lea esto.
Desconcertada, Nicole abrió el paquete. Dentro había dos hojas de papel, cubiertas con una escritura amplia y enérgica. Comenzó a leer.
Mi querida Bianca:
Confío en que al leer esto Janie te lo habrá explicado todo. También tengo la esperanza de que no te enojarás mucho en vista de mis métodos poco ortodoxos para reunirme contigo. Sé que eres una hija bondadosa y obediente, y también que te has preocupado mucho por la salud de tu padre. Yo estaba dispuesto a esperarte mientras él se encontraba muy enfermo, pero ahora no puedo esperar más.
Elegí un buque correo para traerte a América porque son más veloces que otros. Janie y Amos han recibido instrucciones de comprar todos los alimentos que necesites para el viaje y de confeccionar un nuevo guardarropa, pues con la prisa de tu embarque no tendrás tus propios vestidos. Ella es una excelente costurera.
Aunque ya estás viajando para reunirte conmigo, no confío en que todo salga bien. Por consiguiente, he ordenado al capitán que nos case por poderes. Después, aunque tu padre te encontrase antes de que llegases aquí, ya serías mía. Sé que en todo esto demuestro cierta arbitrariedad, pero debes perdonarme y recordar que lo hago porque te amo y me siento muy solo sin ti.
La próxima vez que nos veamos ya serás mi esposa. Cuento las horas hasta que llegue ese momento.
Con todo mi amor,
CLAY
Nicole sostuvo la carta en la mano durante varios instantes y tuvo la sensación de que estaba curioseando un documento muy personal e íntimo, que no había sido destinado a ella. Sonrió apenas. Siempre había oído decir que los norteamericanos eran muy poco románticos, pero este hombre había concebido un complicado plan de secuestro para reunirse con la mujer a quien amaba.
Miró a Janie.
—Parece un hombre muy simpático y evidentemente está muy enamorado. Envidio a Bianca. ¿Quién es Amos?
—Clay lo envió conmigo para protegerla, pero durante el viaje hacia Inglaterra hubo una enfermedad a bordo. —Desvió los ojos, pues no le agradaba recordar el episodio en el que cinco personas habían muerto—. Amos no sobrevivió.
—Lo siento —dijo Nicole, y se puso de pie—. Debo hablar con el capitán y aclarar esto. —Al ver su propia imagen reflejada en el espejo que se encontraba sobre el armario, hizo una pausa. Tenía los cabellos en desorden y le caían sobre la cara en rizos cortos y gruesos—. ¿Sabe dónde puedo encontrar un peine?
—Siéntese, yo la peinaré.
Nicole obedeció de buena gana.
—¿Siempre es tan... tan impetuoso?
—¿Quién? Ah, se refiere a Clay. —Janie sonrió con simpatía—. No sé si es impetuoso o arrogante. Está acostumbrado a conseguir lo que desea. Cuando ideó este plan, le dije que saldría mal, pero se rio de mí. Ahora estamos juntas en medio del océano. Y a mí me tocará el turno de reír cuando él la vea.
Volvió la cabeza de Nicole e inclinó la cara de modo que le diese la luz.
—Aunque, pensándolo bien, no creo que un hombre se ría de usted —dijo, al echar por primera vez una buena ojeada a Nicole. Los ojos grandes eran sorprendentes, pero Janie pensó que lo que interesaría más a un hombre era la boca. No era muy grande, pero tenía los labios carnosos y de un color intenso. Y parecía insólito que el labio superior fuese más grande que el inferior. Era una combinación extraordinaria, y Janie supuso que fascinaría a los hombres.
Con un leve sonrojo, Nicole apartó la cara.
—Por supuesto, no conoceré al señor Armstrong. Necesito regresar a Inglaterra. Una prima me invitó a participar con ella para montar una tienda. He ahorrado casi todo el dinero que necesito.
—Ojalá pueda regresar. Pero esos hombres de la cubierta no me gustan. —Janie indicó el techo del camarote con un gesto de la cabeza—. Se lo dije a Clay, pero no quiso escucharme. Es el hombre más obstinado que pisa la Tierra.
Nicole volvió los ojos hacia la carta depositada sobre la cama.
—Seguramente a un hombre enamorado pueden perdonársele ciertas cosas.
—¡Hum! —rezongó Janie—. Usted puede hablar así, pero lo cierto es que nunca ha tenido que tratar con él.
Al abandonar el camarote y subir la estrecha escalera que llevaba a la cubierta principal, Nicole sintió la suave brisa marina que le acariciaba los cabellos y esbozó una sonrisa. Al detenerse, advirtió que varios hombres la miraban. Los marineros la observaban ávidamente y ella se ajustó mejor el chal. Sabía que el delgado vestido de hilo seguramente se le adhería al cuerpo, y de pronto tuvo la sensación de que estaba de pie, desnuda ante los hombres.
—¿Qué desea, jovencita? —preguntó uno de ellos, cuyos ojos recorrieron el cuerpo de Nicole.
Esforzándose por no dar un paso atrás, ella contestó:
—Deseo ver al capitán.
—Y estoy seguro de que a él también le agradará verla.
Nicole no hizo caso de las risas de los hombres que estaban a su alrededor, mientras seguía al marinero hasta una puerta que estaba en la parte delantera del barco; allí, el marinero llamó brevemente. Cuando el capitán rugió que entrasen, el marinero abrió la puerta y medio empujó a Nicole hacia el interior. Después, cerró nuevamente.
Una vez que sus ojos dispusieron de un momento para adaptarse al ambiente, la joven advirtió que el camarote era el doble de grande que el que ella y Janie compartían. Había una gran ventana a un lado, pero el cristal estaba tan sucio que entraba poca luz. Bajo la ventana había una cama sucia y desordenada, y, en medio de la habitación, una mesa grande y pesada, atornillada al suelo y cubierta de cartas de navegación y mapas enrollados y abiertos.
Cuando una rata cruzó corriendo el suelo, la joven contuvo una exclamación. Una risa sonora como un trueno la indujo a mirar hacia un rincón oscuro y al hombre que estaba sentado allí. Aparecía con el rostro ensombrecido a causa de la barba, llevaba las ropas en desorden y en una mano sostenía una botella de ron.
—Me han dicho que usted es una maldita dama. Será mejor que se acostumbre a las ratas de este barco, tanto a las de dos patas como a las de cuatro.
—¿Usted es el capitán? —preguntó ella, y avanzó un paso.
—Lo soy. Si usted puede afirmar que un buque correo es una nave, yo soy el capitán.
—¿Puedo sentarme? Desearía conversar con usted.
Con la botella de ron señaló una silla.
Nicole relató su historia con palabras breves y claras. Cuando concluyó, el capitán continuó guardando silencio.
—¿Cuándo cree que podremos regresar a Inglaterra?
—No regreso a Inglaterra.
—Pero, ¿cuándo podré volver? Usted no lo entiende. Esto es una terrible confusión. El señor Armstrong...
Él la interrumpió.
—Muchacha, todo lo que sé es que Clayton Armstrong me contrató para secuestrar a una dama y llevársela a América. —La miró con los ojos entrecerrados—. Ahora que la veo, no se parece mucho a la descripción.
—Claro, porque no soy su prometida.
El capitán hizo un gesto de desprecio y bebió un gran sorbo de ron.
—¿Qué me importa quién es usted? Él dijo que usted pondría algunos obstáculos al matrimonio, pero que yo debía proceder de todos modos.
Nicole se puso de pie.
—¡Matrimonio! No pensará que... —comenzó a decir, pero se serenó—. El señor Armstrong está enamorado de Bianca Maleson y desea casarse con ella. Yo soy Nicole Courtalain. Jamás he visto al señor Armstrong.
—Eso es lo que usted dice. ¿Por qué no dijo inmediatamente a mis hombres quién era? ¿Por qué ha esperado tanto tiempo?
—Pensé que ellos me liberarían tan pronto supieran quién era, pero deseaba estar bastante lejos de Bianca, para tener la certeza de que ella se encontraba a salvo.
—¿Esta Bianca es la mujer gorda que dijo a los hombres quién era usted?
—En efecto, Bianca dijo eso. Pero sabía que yo estaría a salvo.
—¡Al demonio si sabía! ¿Pretende que crea que usted guardó silencio para proteger a una perra que de buena gana la entregó a los secuestradores? No puedo creer eso. Usted debe de pensar que soy estúpido.
No había nada que Nicole pudiese decir.
—Adelante. Salga de aquí mientras pienso en el asunto. Y, al salir, diga al hombre con quien vino que deseo verlo.
Cuando Nicole se marchó y el capitán y el primer oficial estuvieron solos, el capitán dijo:
—Creo que ya está enterado, porque pasa la mayor parte del tiempo escuchando detrás de las puertas.
Sonriendo, el primer oficial se sentó. Él y el capitán habían navegado juntos mucho tiempo y el primer oficial sabía que era útil conocer los planes del más viejo.
—Bien, ¿qué se propone hacer? Armstrong dijo que se ocuparía de que nos detuvieran a causa de esa carga de tabaco que desapareció el año pasado... si no le llevábamos a su esposa.
El capitán bebió un sorbo de ron.
—Su esposa... es lo que ese hombre desea y es lo que recibirá.
El primer oficial reflexionó un momento.
—¿Y si ella dice la verdad y no es la persona con quien él desea casarse?
—Imagino que hay dos modos de considerar el problema. Si ella no es la mujer Maleson, sino la otra, Armstrong pretende casarse con una perra que es una mentirosa y que parece dispuesta a traicionar a su mejor amiga. Por otra parte, esa bonita dama de cabellos negros quizá sea Bianca y esté mintiendo para evitar el casamiento con Armstrong. En cualquier caso, creo que por la mañana deberíamos celebrar una boda.
—¿Y qué me dice de Armstrong? —preguntó el primer oficial—. Si descubre que está casado con la mujer equivocada, no me agradaría hallarme cerca.
—También yo lo he pensado. Me propongo cobrar el dinero antes de que él la vea y después marcharme inmediatamente de Virginia. No creo que él se detenga para comprobar si ella es o no es la que quiere.
—Creo que coincido con usted. Ahora bien, ¿cómo convencemos a la damita? ¡No parece interesarle mucho la idea del matrimonio!
El capitán alcanzó al primer oficial la botella de ron.
—Puedo idear varios modos de convencer a esa muñequita.
—Entiendo que no pudo inducir al capitán a devolverla a Inglaterra —dijo Janie cuando Nicole retornó al reducido camarote.
—No —respondió Nicole, sentada sobre la cama—. Es más, pareció que no me creía cuando le dije quién era. No sé por qué, pero me pareció que creía que yo estaba mintiendo.
Janie emitió un gruñido.
—Un hombre como ese probablemente jamás ha dicho la verdad en su vida y por eso no cree que nadie la diga. Bien, por lo menos podemos gozar juntas del viaje. Confío en que usted no se sentirá demasiado nerviosa.
Nicole trató de ocultar sus sentimientos y sonrió a la corpulenta mujer. Sí, se sentía muy decepcionada. Después de viajar a América y una vez que regresara, su prima habría encontrado otra socia. Y, además, pensaba en el dinero ahorrado, que estaba oculto en un desván de la casa de Bianca. Al frotarse las yemas de los dedos y sentir los muchos puntos dolorosos, allí donde la aguja había perforado la piel (porque Nicole solía trabajar a la luz de una vela muy pequeña y muy barata), pensó cuánto le había costado ganar ese dinero.
Pero no demostraría su decepción a Janie.
—Siempre he querido conocer América —dijo—. Quizá pueda permanecer allí unos días antes de regresar a Inglaterra. ¡Oh, Dios mío!
—¿Qué sucede?
—¿Cómo pagaré mi pasaje de regreso? —preguntó, con los ojos muy grandes al pensar en el nuevo problema.
—¡Pagar! —estalló Janie—. Le aseguro que Clayton Armstrong pagará su regreso. Le repetí muchas veces que no hiciera esto, pero fue como hablarle a una pared de ladrillos. Y, quizá, después de ver América no querrá retornar a Inglaterra. Como sabe, allí hay muchísimas tiendas.
Nicole le habló del dinero que había ahorrado y que tenía escondido.
Durante unos minutos Janie no dijo palabra. De acuerdo con la versión del secuestro ofrecida por Nicole, Bianca era inocente y había hecho lo necesario; pero Janie había escuchado algo más que las palabras y se preguntaba si el dinero de Nicole estaría allí cuando volviera.
—¿Tiene apetito? —preguntó Janie, y abrió un baúl que había a su lado.
—Vaya, sí, tengo apetito. En realidad, mucho —dijo Nicole, y miró en el interior del baúl. En aquellos tiempos, antes de que los barcos se ocupasen de alimentar a los pasa
