1.ª edición: octubre, 2017
© 2017, Bel Diciembre
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Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
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del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-875-4
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Contenido
Portadilla
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Promoción
CAPÍTULO 1
Charles llevaba toda la tarde practicando los movimientos mágicos de la esgrima. Era uno de los deportes que más disfrutaba porque requería tanto de destreza, como de fuerza, sin olvidar el componente estratégico. Y eso lo hacía sentirse en forma, lo cual, para alguien de la más alta aristocracia como era su caso, suponía un menor riesgo de sufrir gota demasiado joven.
Sin embargo, debía reconocer que era la única actividad sana que ejercía. El resto del día, todos los días, lo dedicaba a otras ocupaciones mucho más indolentes. Solía levantarse a altas horas de la mañana para recuperarse de una noche larga y dedicada casi en su integridad a jugar a las cartas, beber con sus amigos cantidades ingentes de alcohol y retozar en la cama con alguna muchacha, o no tan muchacha, siempre y cuando tuviera pechos firmes y actitud abierta ante los placeres del sexo.
Aquellos hábitos se sucedían casi con toda seguridad entre cinco y seis días a la semana y, si los interrumpía, era para asistir a alguno de los bailes que la más alta clase aristocrática celebraba casi a diario. No en vano era conde y era imprescindible dejarse ver de vez en cuando. Ser aristócrata en el París postrevolucionario de final de siglo no era la mejor tarjeta de presentación y no podía permitirse una actitud que pudiera confundirse con rechazo a su misma clase social. Además, su origen inglés tampoco jugaba a su favor puesto que las relaciones entre los dos países no acababan de mejorar, obstaculizadas no solo por las pretensiones imperialistas y colonialistas de ambos, sino también por una lucha mucho más encarnizada que estaba teniendo lugar en otros campos de batalla: las entidades bancarias, la industria automovilística, las compañías ferroviarias o las eléctricas. En definitiva, una competencia dura en la que también alemanes y americanos estaban interviniendo con fuerza.
Lo cierto era que llevaba allí un mes, desde que su primo Robert lo había invitado a pasar la Navidad y, de momento, se encontraba a gusto como para no plantearse un cambio. La férrea moral inglesa lo había cansado sobremanera. Los franceses, sin embargo, y los parisinos en particular, eran un tanto más abiertos y tolerantes y, sobre todo, lo eran sus mujeres, fuera nobles o plebeyas, y eso era lo que lo complacía por encima de todo.
Tenía ya veintisiete años. La edad en la que muchos jóvenes ya habían sentado cabeza. Pero él no tenía ninguna prisa. Un absurdo accidente se había llevado a su padre a la tumba demasiado joven. Heredó así el título de conde de Charmington, que tuvo que aprender a gestionar sin ayuda de nadie y que comportaba hacerse cargo de diversas propiedades palaciegas. Sin embargo, más allá de esa gestión, él estaba dotado de una manera innata para las inversiones financieras y la apuesta por negocios en auge. Sin perjuicio de que había dirigido sus estudios hacia ese campo, tenía una intuición tan aguda que, sin apenas darse cuenta, multiplicó por cuatro la fortuna que había heredado invirtiendo inteligentemente en diversas de las industrias emergentes del momento y diversificando sus riesgos tanto a nivel geográfico como respecto del campo en el que invertir. Todos esos negocios, los procuraba hacer de manera discreta, a través de testaferros, amigos de juventud o compañeros de otras tropelías. En Inglaterra no estaba bien visto que un aristócrata dedicase un tiempo de su vida a actividades laborales y había cierto rechazo hacia todo lo que estaba simbolizando un cambio en la productividad, de tales proporciones que algunos vaticinaban la disolución del mundo. Así que Charles se había convertido en un verdadero experto en llevar una doble o triple manera de vivir. Pero toda esa dedicación y la enorme responsabilidad de gestión le habían impedido disfrutar de los años más tiernos de su juventud y, cuando pudo estar seguro de cómo afianzar su capital y hubo seleccionado los mejores hombres y en los que más podía confiar, había querido desquitarse de tanta seriedad, sensatez y deber, y por Dios que lo estaba consiguiendo.
Miró a su primo Robert, que jadeaba con fuerza para intentar mantener el ritmo que él imponía con sus estocadas y giros, y se reconfortó por estar con él en aquella ciudad. Robert de Cien era más joven que él, contando con tan solo veinticinco años, pero era un buen compañero de juegos y un amigo leal. Hacían una buena pareja y se complementaban bien.
Robert, pese a su juventud, tenía mayores dimensiones que Charles de Charmington, tanto en altura como en corpulencia. Su madre era nieta de una familia aristocrática del norte, al parecer con antecedentes vikingos, y esa herencia había llegado a Robert sin ninguna duda, tanto en sus rasgos rubios como en esas medidas espectaculares. Aunque toda aquella envergadura no podía causar ningún temor, ya que la presidía un rostro aniñado y tierno que llevaba a muchas féminas a desarrollar su espíritu maternal y a Robert a aprovecharse sin ningún tipo de remordimientos.
Charles, sin embargo, tenía un cuerpo delgado y fibroso, que lo hacía moverse con una elegancia natural allí por donde iba. Su pelo castaño con ligeros reflejos cobrizos denotaba algún contacto con los hombres de las tierras altas de Escocia, de la misma manera que lo hacían sus ojos Todo eso le daba a su rostro un cierto toque peligroso, pero sus facciones eran tan perfectas que ninguna mujer podía resistirse si lo miraba más de unos minutos.
—¿Qué os ocurre hoy, primito? —preguntó Charles con sorna—. ¿La dulce doncella de anoche acabó siendo una chupasangre?
—¡Oh! ¡Dios! ¡No me lo recuerdes! Todavía me inflamo al recordar esa boca. Y, sobre todo, al recordarla en ciertas zonas de mi cuerpo.
Charles soltó una risotada, mientras decidía guardar la espada por aquel día. Estaba hambriento y quería descansar un rato después de comer para estar fresco para la partida de naipes que había concertado para aquella noche. Llevaba una temporada en racha y quería aprovecharla, no tanto por la necesidad de ganar dinero, que no existía, sino por el placer de vencer al resto de jugadores.
—¡Vamos, campeón! Repongamos fuerzas. Nos espera un venado guisado delicioso.
—Mmmm. No sé si me gusta más la comida o las mujeres.
—Yo sí lo sé —respondió Charles—. Con la comida siempre llega un momento en el que veo mi límite y estoy saciado. Con las mujeres, sin embargo...
—No hace falta que lo juréis. ¿O no es cierto que ayer volvisteis a repetir la proeza de haber estado con dos mujeres?
—Pero no fueron simultáneas —respondió fingiendo una mirada inocente.
—Eso todavía lo hace más proeza. Espero que eso os lleve a comportaros como un verdadero caballero esta tarde.
—¿Esta tarde? ¿A que os referís?
—¿Cómo que a qué me refiero? Tenemos que acompañar a mi madre a la reunión que ha convocado la vizcondesa de Geneve.
—¡Dios! —respondió Charles con verdadero hastío—. Lo había olvidado. ¿No podría evitarlo? Pierre de Lerroux me retó ayer a una partida de naipes y tengo unas ganas terribles de borrarle esa sonrisa de suficiencia.
—A mi madre le puede dar algo si no la acompañamos. Al parecer tiene un compromiso con esa mujer, que no puede romper. Se trata tan solo de una tarde dedicada a la lectura de poemas y a la representación de alguna pieza musical por parte de las debutantes del año; no creo que nos lleve demasiado tiempo
—¡Por favor! Aunque solo sean cinco minutos los que tengamos que estar allí, será como la peor de las torturas. ¿Poemas? ¿Música? Puedo morir de aburrimiento.
—Pero, ¿no habéis pensado en las debutantes? En los corrillos se comenta que hay dos preciosidades este año.
—Dos remilgadas señoritas a las que les habrán aconsejado que el primer año se limiten a pavonearse y que saben del arte del amor lo que su mente infantil les ha permitido pensar. Prefiero a las que ya están en el último año. Sus deseos por encontrar marido son tan fuertes que están mucho más ¿cómo diría? Mucho más receptivas a aprender técnicas variadas.
—No seáis tan cruel, Charles. Algún día tendréis que casaros y lo haréis con una de esas jovencitas. Yo mismo estoy empezando a pensar que deseo sentar la cabeza.
—¿Lo decís en serio? ¿Pretendéis abandonarme? Decídmelo rápido y vuelvo a Londres
—Bueno, bueno… lo cierto es que, a veces, esto me cansa. Debo ser sincero. Y mi madre sería tan feliz. Pero no pienso desaprovechar esta temporada con el hombre más seductor que haya conocido. Aunque tenga que contentarme con las mujeres que rechazáis, es siempre un lujo y seré vuestro. Eso no debe preocuparos.
—Vamos, vamos, primito. No exageréis. Las mujeres no pueden evitar suspirar cuando os ven con esa cara angelical.
—No exagero, Charles, vos lo sabéis. Hacemos un buen tándem, pero, cuando os lo proponéis, la mujer es vuestra siempre.
Mientras iban hablando habían llegado al comedor donde, en efecto, la mesa ya estaba puesta y dos lacayos esperaban que se sentasen para servirles la comida. Comieron con ansia y sin dejarse ni una sola miga, como correspondía a dos hombres jóvenes y vigorosos. Después, se dirigieron a sus respectivas habitaciones donde, antes de dormir la siesta, los esperaba un baño relajante.
Cuando Charles abrió los ojos después de aquel sueño reparador, todavía dedicó unos minutos a dejarse llevar por esa sensación de no hacer nada y no tener apenas una sola obligación que atender. Recordaba en ese momento lo que le había dicho su primo sobre el matrimonio. No entendía por qué alguien no podía tener deseos de ser libre y aprovecharlo. Casarse siempre era un engorro. Suponía dejar de pensar solo en uno mismo para pensar en alguien más también.
Cierto que uno de los problemas que él tenía respecto al matrimonio era su incapacidad de enamorarse. A diferencia de Michael o Martin, sus mejores amigos, él nunca había sentido la llama del amor y, si alguna vez había dudado un mínimo sobre sus sentimientos, había sido por Margaret, una mujer prohibida puesto que era el amor de toda la vida de Martin. Felizmente, se había dado cuenta de que lo único que le había atraído de aquella mujer era su impresionante inteligencia y el poco interés que él le había generado. Ahora todos ellos estaban casados y esperaba que fueran matrimonios felices.
Martin se lo merecía y ella también. Se habían amado desde niños, pese a que las circunstancias los habían alejado. También estaban Michael y Florence. Era difícil ver la cara de aquellos dos mirándose y no morir de risa al ver el nivel de atontamiento al que eran capaces de llegar mientras se adoraban con los ojos.
Sin embargo, él nunca había sentido aquello por ninguna mujer. Había conocido centenares y le encantaba estar al lado del cuerpo femenino. Creía que no había nada en la naturaleza tan perfecto y bello como el contorno de una mujer. También le gustaba mucho ese tono musical de sus voces o la manera en que entornaban los ojos cuando algo les interesaba. Y, por encima de todo, no podía resistirse a sus rostros cuando estaban a punto de alcanzar un orgasmo. Todas ellas, en ese momento, estaban preciosas y alcanzaban el sumo de su belleza cuando su ansia había sido satisfecha.
Pero todo eso era puro placer físico. Su corazón no galopaba alocado ante eso. Su mente buscaba otro rostro al que contemplar. Y así iba día tras día, de flor en flor. Y así se había ganado la fama de mujeriego que lo perseguía allá donde iba.
Al menos, no estaba asociado con la de «canalla» puesto que, si algo no hacía nunca Charles, era engañar a una mujer. Su sinceridad y franqueza se expresaban desde el primer minuto. No buscaba compromiso y no lo aceptaría. Tanto si podían ser discretos como si eran descubiertos, él nunca accedería a un matrimonio y no se casaría por mucha presión que recibiese. Si pese a ello la mujer quería abrirse a él, lo hacía libre y voluntariamente. Él podía enseñarles muchas maneras de obtener placer y les podía ser útil para sus matrimonios.
Todo y con ello, acababa buscando el placer en mujeres ya más aventajadas en esas incursiones eróticas. Viudas, casadas o incluso profesionales del amor. No tenía reparos.
Dejó de divagar y se vistió puesto que, si debían ir a aquella tediosa convocatoria de debutantes, no podía hacer llegar tarde a su tía o se encontraría con su enfado y decepción y, eso era algo que no querría hacer con aquella dulce mujer por nada del mundo.
Minutos más tarde Robert y él flanqueaban a la viuda del marqués de Cien mientras accedían a la mansión de los Geneve en el 25 de la Rue de Rivoli. Se trataba de una estructura de grandes proporciones y construida con una especial atención a la armonía, que se alzaba majestuosa intentando así engrandecer a sus propietarios. Del vestíbulo de entrada surgían dos escaleras paralelas y simétricas decoradas con hierro forjado. Al fondo, se abría un enorme salón de donde surgían las voces que indicaban que hacía un rato habían llegado los primeros invitados. Se había construido como un perfecto rectángulo de dimensiones imposibles si no fuera por los arcos que sostenían la estructura y que permitían que no hubiese una sola columna rompiendo la pureza del espacio libre. Además, una de las paredes del salón era completamente acristalada lo que permitía ver y acceder al precioso jardín que formaba parte de las posesiones.
Al entrar, vieron que se habían congregado ya unas setenta u ochenta personas, lo que, para el París de la época y para el nivel de la anfitriona, no era más que una reunión de los más íntimos. En el centro de la estancia había un piano y un chelo, así como tres o cuatro sillas. Todo estaba dispuesto para que una a una, las seis o siete debutantes del año pudieran demostrar a los asistentes sus habilidades artísticas.
Charles pensó que aquello era como un mercadeo de personas y se alegró de no haber nacido mujer. Lo cierto era que no dejaba de ser un tanto humillante aquella costumbre que, a veces, había llegado a representar el fracaso más estrepitoso de alguna de aquellas jóvenes si, fruto de los nervios o de sus escasas aptitudes, había desafinado. Y, cuando se producía ese fracaso, podía incluso llevar a la ruina toda la temporada o sus posibilidades de casarse.
En cualquier caso, el espectáculo todavía no había empezado, lo que indicaba que podía deambular con libertad y ver si podía encontrarse con alguna de sus más íntimas amigas, lo que le permitiría divertirse al margen de todo aquello.
La vizcondesa de Geneve se había acercado a ellos para tratar con deferencia a la marquesa de Cien, título que ostentaba su hijo y que provenía de la zona de Normandía con siglos de historia cruzada entre franceses e ingleses. Los de Cien, sin embargo, no acostumbraban a utilizar el título en Francia. Se trataba de momentos históricos en los que no siempre podían encontrar aliados cuando hacían valer un privilegio que en Francia no estaba bien visto. Además, no les hacía ninguna falta, ya que poseían una de las riquezas más importantes de París, gracias a que el padre de Robert no se había limitado a disfrutar y gestionar las rentas y numerosas propiedades del marquesado, sino que había llegado a ser el mayor inversor de la Société Générale, la entidad bancaria con más capacidad y prestigio de toda Francia. Esas acciones formaban parte de un fideicomiso hasta que Robert cumpliese veintiséis años, y estaban siendo gestionadas por un grupo de expertos, entre los cuales se encontraba el propio Charles.
—¡Cómo me alegro que haya podido venir, madame de Cien! Y ¡tan bien acompañada por estos apuestos caballeros!
—Gracias a vos por habernos invitado, vizcondesa.
—Pasen, pasen, quiero presentarles a las nuevas invitadas de esta velada tan apasionante.
Los dirigieron hacia una de las esquinas donde, sin duda, podían verse más vestidos blancos, azul cielo o rosa pálido de lo que era común en una velada nocturna. Y era que todas las debutantes intentaban mostrar su apariencia más angelical pues la castidad, la virtud y la virginidad no solo debían suponerse, sino también presumirse.
Alrededor de todos aquellos algodones de azúcar, había una gran cantidad de jóvenes y no tan jóvenes intentado mostrar su gallardía. Algunas damas de compañía también formaban parte de aquel marco, aunque en París eran más bien verdaderas celestinas que intentaban colocar a sus pupilas, a diferencia de en Inglaterra, donde hubieran estado atentas a que ninguno de aquellos jovenzuelos rozase de manera indecorosa a las casaderas.
Las presentaciones se sucedieron casi de manera mecánica, de la misma manera que los saludos a aquellos a quienes la comitiva ya conocía. Charles se estaba comportando con la debida cautela y elegancia pese a que no le había pasado inadvertido que su llegada había levantado algún rumor y azoramiento. Aunque llevaba allí solo un mes, la fama lo precedía y las tutoras de aquellos seres virginales se tensaron al verlo aparecer puesto que sabían que él no era un buen partido para el matrimonio. Afortunadamente, Robert todavía conservaba el halo decoroso de su familia y sus tropelías no habían llegado a los oídos de ninguna de aquellas señoras.
—Y aquí les presentó a madeimoselle Truffeau, Sophie Truffeau
—En.. en… encantado ma…ma…madeimos..sssss..elle
Quien había tartamudeado era Robert y Charles no pudo por menos que mirar hacia su lado, sorprendido por aquella muestra de nerviosismo no habitual en él. Su primo estaba saludando a una de esas debutantes y era, sin duda, esa señorita la que había generado tal estado de nerviosismo.
La miró y, en efecto, vio a una jovencita que no tendría más de dieciocho años y que parecía haber sido esculpida en porcelana con la perfección de un escultor griego. Todos sus rasgos eran de una armonía que parecía irreal y, para acabar de decorar el cuadro que aquel rostro suponía, tenía un pelo rubio y ensortijado, y un color de ojos que recordaba a la miel.
Robert seguía atrapado en aquel segundo y, consecuentemente y de la misma forma, tenía atrapada la mano de aquella angelical criatura empezando a rozar el más absoluto ridículo. Así que Charles se planteó sacarlo del atolladero, aunque no sabía cómo hacerlo. Por fort
