Prólogo
P arecía una noche normal.
Si le hubieses preguntado a cualquier persona, te habría dicho que era un martes, que hacía un poco de frío y convenía abrigarse o ponerle una manta más a la cama, pero nada fuera de lo habitual en el valle. Los vecinos dormían tranquilos en el pueblo, las últimas luces comenzaban a apagarse y los grillos cantaban. Un día más que se acababa y ya está; eso te habrían dicho.
Y tú te lo habrías creído. Porque no había nada que te hubiese hecho sospechar que el mundo entero estaba en peligro, en manos de una chica que corría sin aliento por el bosque.
Pero a veces las cosas no son como pensamos. En la vida real, rara vez el peligro se presenta cara a cara, avisándote de que está allí, así que puede que ni siquiera te des cuenta de que todo a tu alrededor está a punto de cambiar. Por eso, aquella noche, mientras el valle del Baztán dormía, esa chica corría, en medio de la niebla, rodeada por árboles que se retorcían en formas sinuosas. Corría y sus desgastadas zapatillas trataban de seguirle el ritmo a duras penas, mientras se deslizaba ladera abajo esquivando las rocas.
Cada poco tiempo, miraba hacia atrás comprobando si la seguían, con las mejillas surcadas en dos lágrimas largas y calientes.
—Shh... —murmuraba de vez en cuando—. Ssshhh, por favor, calla.
Entre sus brazos, envuelto en una manta, algo lloraba sin consuelo. Tal vez tuviera frío. En ese valle siempre había hecho demasiado frío. Se detuvo de repente y miró hacia sus lados como si buscase algo, o a alguien, mientras mecía a ese bulto contra su pecho en un gesto impaciente.
A la derecha, lo encontró. Ese era el árbol del que le habían hablado, no había duda: ese con la marca de dos cruces en su tronco. Después, debía caminar tres más a la izquierda y allí debía encontrarlo. Al menos, eso contaban las leyendas. Y tenían que ser verdad, no podía ser de otra manera. Era su última esperanza.
Trató de respirar profundamente, aunque estaba agotada de correr por el bosque, y su corazón latía tan deprisa que le costó recuperar el aliento. Carraspeó con suavidad, mirando a la nada, en algún lugar entre los árboles, esperando que la escucharan.
—¿Estás aquí? —invocó, con voz temblorosa—. Me dijeron que te encontraría aquí.
Pero no pasó nada. El bulto seguía llorando y lo acunó, sin dejar de mirar a su alrededor. Los árboles estaban quietos; la noche entera estaba quieta, paciente. Solo le respondió el viento zarandeando las hojas.
No era así como le habían dicho que debía suceder.
—Por favor —suplicó al aire.
De pronto, escuchó el crepitar de un árbol que empezaba a moverse. La chica ahogó un grito y sujetó las mantas con más fuerza, protegiéndolas con su cuerpo sin apartar la vista de ese árbol, que se giraba despacio sobre sí mismo como si se desperezara después de un largo sueño.
Cuando quedó frente a ella, pudo darse cuenta de que donde había visto un tronco había en realidad unas largas piernas de gigante, que subían hasta un torso cubierto de un extenso pelaje. Era tan grande que tuvo que girar su cuello con torpeza para mirarle a los ojos.
Se le cortó la respiración. Era él. No le habían mentido.
—Basajaun... —susurró, tratando de mantener la calma.
La criatura se agachó y el bosque entero tembló con sus movimientos. Sus enormes ojos examinaron a la chica de arriba abajo.
—¿Qué haces aquí? —Su voz era grave, y resonaba en la noche como si hablase dentro de una enorme cueva.
Ella no respondió. En su lugar, con las manos temblorosas descubrió el bulto que guardaba entre los brazos. Desprovisto de sus mantas, el bebé comenzó a llorar con más fuerza, con las mejillas sonrojadas por el esfuerzo, agitando sus puños cerrados.
El Basajaun arrugó su expresión.
—¿Es ella?
La mujer asintió, haciendo esfuerzos por tragar el nudo en su garganta mientras le tendía el bebé a la criatura. Entregar a ese bebé parecía un gesto sobrehumano, lo más doloroso y difícil de tolerar que hubiera hecho en su vida, pero cerró sus ojos unos instantes y se lo tendió, despacio.
Para su sorpresa, el gigante la detuvo con una de sus enormes manos.
—No deberías haberla traído. No puedo ayudarte.
Los ojos de ella, brillantes, lo miraron con estupefacción.
—Pe-pero me dijeron... Me dijeron que podías sacarla de aquí y llevarla al otro lado del portal. ¡Me dijeron que nos protegerías!
—El Basajaun protege el bosque —gruñó la criatura, y su largo pelaje se agitó cuando negó con la cabeza—. Tu hija es un peligro para la paz del valle. No puede estar aquí.
Se dispuso a levantarse de nuevo, pero ella puso una mano sobre sus garras.
—¡No! ¡Por favor! Ya es tarde para eso, nos han descubierto. Si no nos ayudas, la encontrarán, y se la llevarán a Él y entonces... —La voz se le cortó antes de acabar la frase. Volvió a mirarle—: Por favor.
La criatura pareció dudar unos instantes. El bebé no dejaba de llorar. Desde lejos, escucharon el largo aullido de un lobo y la chica clavó los ojos en el gigante. Era un sonido inconfundible que conocía demasiado bien, y signo inequívoco de que no había tiempo que perder. Esta vez no lo dudó. Un poderoso instinto de protección se adueñó de ella y la fiereza de su mirada le hizo saber al Basajaun que no estaba dispuesta a aceptar un «No» por respuesta. Que haría cualquier cosa que fuera necesaria, por muy temeraria y estúpida que fuera. Todavía sin parpadear, colocó con cuidado al bebé entre los enormes brazos del gigante. Envuelta en su pelaje, la niña parecía todavía más pequeña, apenas una bolita rosada en medio de una gran manta de pelo marrón.
—Tienes que llevártela de aquí —repitió, asintiendo con la cabeza, tratando de convencerse a sí misma tanto o más que al propio gigante. La decisión ya estaba tomada. Una decisión que arañaba en lo más profundo de su estómago y la rompía a pedazos, pero la única decisión que una madre podía tomar: proteger a su hija por encima de todo, aunque ello supusiera no volverla a ver jamás. Miró a la niña una última vez y besó su frente, disfrutando del olor de su cabecita y deseando conservarlo para siempre, para llevarla consigo allá donde fuera. La voz le tembló cuando volvió a hablar, comenzando a dar pasos hacia detrás—. Dásela a alguien que se la lleve lejos, donde no la encuentren nunca.
El Basajaun miró a la niña. Descubrió con sorpresa que su llanto había menguado, y parecía que el calor de su pelaje estaba haciendo que se adormeciera entre sus brazos. Esa visión desplomó algo en su interior, como si hubieran dado un simple golpecito a una fortaleza de piezas de dominó y de repente todo se viniera abajo. Había oído hablar tanto de esa niña que había olvidado lo que de repente se presentaba frente a él en un golpe de realidad: no era más que un bebé. Un bebé que cerraba los ojos y respiraba tranquilo, con su pecho subiendo y bajando acompasadamente y las manos sonrosadas.
Gruñó. Estaba convencido de que era una idea terrible. Si descubrían a la niña, el bosque jamás volvería a ser el mismo. Nadie podría imaginar lo que esa niña sería capaz de hacer, ni lo que pasaría si alguien intentaba utilizarla en su beneficio. Esa niña lo cambiaría todo, a un lado y al otro del portal. Sería el fin.
El Basajaun maldijo a los dioses. A todos y cada uno de ellos.
Pero asintió.
1
Teo
T odo lo que crees que sabes acerca de las brujas? Olvídalo.
En serio, probablemente todo lo que te hayan contado sea mentira. O bueno, casi todo. Algunas cosas son sorprendentemente ciertas, pero ya llegaremos a eso. Déjame adivinar. Probablemente crees que las brujas no existen, ¿verdad? Pues vas a llevarte una sorpresa: vaya que si existen. Lo que pasa es que dudo mucho que si has visto alguna haya decidido confiar en ti lo suficiente como para decírtelo. Es demasiado peligroso como para andar contándolo por ahí, no te ofendas.
Además, me apuesto lo que quieras a que sé cómo te las imaginas. Señoras muy viejas, decrépitas, haciendo pociones. ¿Los sombreros de pico? ¿Las escobas voladoras? ¿Las verrugas en la nariz? ¡Cuentos para niños! Pero no te culpo, yo también lo creía antes de... bueno, antes de descubrirlo todo. Para empezar, tienes que saber que los hay de todas las edades y que tienen una pinta bastante normal, así que dudo mucho que fueses capaz de identificarlos si coincidieran contigo en clase o en el recreo, por ejemplo. Y sí, también hay chicos entre ellos. Unos cuantos, en realidad. De hecho, resulta que yo soy un brujo. No quiero adelantarme, pero es importante que lo sepas.
Escucha, yo tampoco lo creía al principio, ¿vale? Cuando te sueltan una noticia como esa, tu vida entera da un vuelco y no hay marcha atrás. ¿Crees que no me gustaría retroceder en el tiempo y no haberme enterado nunca? Un día piensas que eres alguien normal, con las preocupaciones propias de un niño de diez años, y de repente resulta que sabes hacer magia y el mundo está en peligro y la ira de los dioses podría caer sobre nosotros y... vaya. Ahora sí creo que estoy yendo demasiado deprisa.
Discúlpame, me llamo Teo.
¿Qué puedo contarte sobre mí? Aparte de ser un brujo, soy un chico bastante normal: voy al colegio en Bayona, una ciudad del sur de Francia. Nos mudamos aquí por el trabajo de mi padre, cuando yo tenía tres años. Bayona no está mal, aunque tampoco es que recuerde mucho de cuando vivíamos en España, claro. Era demasiado pequeño como para enterarme de nada, y ahora solo volvemos de vez en cuando, en verano y en Navidad.
¿Qué más...? Me gusta mucho la música y los videojuegos y soy malísimo con los números (va en serio, no es falsa modestia). Lo dicho, un chico normal. De esos que no llamarían tu atención en el colegio, solo alguien que se sienta en la penúltima fila para escuchar música con los auriculares escondidos en las mangas del jersey, fingiendo prestar atención en clase de matemáticas. De hecho, mi vida era de lo más aburrida hasta que... bueno, hasta que cambió todo.
Supongo que debería comenzar la historia por el principio. Todo empezó en casa de mi abuela Casilda. Para empezar, yo no debería haber estado en su casa ese verano. Si empezamos por ahí, comprenderás que todo es fruto de una increíble casualidad. Si no hubiera estado en Irurita, el pueblo de mi abuela, si no hubiera tenido que convivir allí con mis dos primas... nada de esto habría pasado. Nada. No habría tenido que aprender a hacer magia, ni mucho menos me habría tenido que enfrentar a monstruos ni criaturas cuya existencia desconocía hace apenas unos meses.
No, el plan inicial era mucho más tranquilo y consistía en pasar el verano en el mismo campamento de todos los años. Juegos en plena naturaleza con mis amigos de todos los veranos, cenar bocadillos en la hoguera al anochecer, yincanas, historias de miedo en las tiendas de campaña... No podía pedir más.
Esos campamentos me gustaban tanto que seguro que puedes imaginar mi decepción cuando mis padres me anunciaron que este año lo cancelaban por las inundaciones que habían provocado unas lluvias demasiado intensas. Todo mi plan se iba al traste, aunque no podía imaginar hasta qué punto. Al principio, creí que eso supondría pasar las vacaciones en Francia, pero mi familia tenía un plan mejor para mí: los tres primos pasaríamos el mes de julio entero en casa de nuestra abuela Casilda.
¡Mira tú qué bien! Los cuatro, juntos y revueltos. Sobre todo, teniendo en cuenta que nunca antes habíamos pasado más de dos horas juntos; no si podíamos evitarlo. Solo algún día contado en Navidad, y os aseguro que para mí había sido más que suficiente.
Digamos que mi prima Emma es... bastante diferente a mí. Sé que somos primos, pero te aseguro que nadie lo diría al conocernos por primera vez. Ya físicamente, somos como el agua y el aceite: Emma es alta, fuerte, corpulenta y tiene el pelo de color castaño muy oscuro, tanto que a veces parece negro, mientras que yo... bueno, vamos a dejarlo en que soy rubio, ¿de acuerdo? Y sí, podría admitir que ella es más fuerte, aunque es cierto que tiene doce años —dos más que yo—, lo que supongo que también tendrá algo que ver. Pero la cuestión es que no compartimos ningún tipo de parecido que dé a entender que pertenecemos a la misma familia, y de su carácter mejor ni hablamos. Es imposible, te lo prometo. Solo pensar en ella me provoca escalofríos.
Claro que hasta ahora nunca me había importado demasiado. A fin de cuentas, apenas nos veíamos, porque, al igual que mis padres, los suyos se mudaron por trabajo cuando era muy pequeña y vive en una ciudad de nombre impronunciable en algún lugar de Alemania.
Bueno, ¿he dicho los tres primos? Ah, sí, se me olvidaba mencionar a Ada. Es nuestra prima de ocho años. ¿Qué te puedo decir de ella, aparte de que es una enana? Enana y... un poco bicho raro. No sabría explicarte por qué, ¿vale? Tendrías que verla por ti mismo para entenderlo. De todas formas, también vivía lejos de nosotros dos. Mis tíos la adoptaron justo antes de irse a vivir a Madrid. Yo evidentemente no me acuerdo de eso, porque tendría... ¿tres años?, así que no había tenido más contacto con ella del que había tenido con Emma. Os podéis imaginar que con ella en Madrid, Emma en Alemania y yo en Francia no nos veíamos mucho. Vamos, que hasta ahora ni el carácter de Emma ni mi prima pequeña me habían supuesto ningún problema.
Insisto: hasta ahora.
—Cuidad bien de Ada, ¿eh? —nos había repetido mi madre hasta la saciedad a Emma y a mí, despidiéndose de nosotros en la entrada de Irurita. Los dos pusimos los ojos en blanco, y probablemente fuera la primera vez que nos poníamos de acuerdo en algo: no teníamos ningunas ganas de pasar el verano haciendo de niñera.
Además, no parecía ser necesario en absoluto. Si conocieras a la Amona, no te atreverías a llevarle la contraria ni a desobedecer ninguna de sus normas. Perdona, ¿la he llamado Amona? Es la costumbre. En el valle utilizan esta palabra, en euskera, para llamar a las abuelas, así que de este modo es como habíamos llamado siempre a la abuela Casilda.
Pero por favor, no te la imagines como una abuelita entrañable que hornea galletas y te lee cuentos para dormir. No es para nada así, en absoluto. Nuestra Amona es seria, muy rara y silenciosa. En realidad, la única manera de saber dónde está es prestando atención al sonido de sus pantuflas arrastrarse por el suelo por los pasillos.
Mi padre solía decirme que no se lo tuviéramos en cuenta, que era por el carácter del valle. Solía decirme que la personalidad de sus gentes era como una buena hogaza de pan: una corteza dura y un interior blandito. «¿Tú sabes lo que es sobrevivir aquí los inviernos, hijo? —me decía—, ¡esta gente es dura a la fuerza! Por eso a lo mejor ves a la Amona algo más reservada, pero eso es solo la corteza. Las migas son lo bueno, Teo, ya lo verás, pero hay que darles tiempo.»
¿Pero sabes lo que pienso? Pienso que su personalidad no tenía nada que ver con el carácter del Baztán, ni con el frío, ni con haberse tenido que sacar las castañas del fuego desde pequeña, ni con nada por el estilo. Simplemente, creo que nunca le han gustado los nietos. ¿Sabes ese tipo de abuela que te manda postales para que vayas a visitarla por Navidad y te soborna con dulces y un montón de regalos? ¿Esa que te llama por teléfono para preguntarte si prefieres que cuando llegues te haga tortilla de patatas o te fría unas croquetas? ¡Has fallado! No es mi abuela.
Al contrario, nunca había mostrado la más mínima intención de que pasásemos tiempo juntos, y me daba la sensación de que eso de convivir el verano los cuatro le hacía la misma ilusión que a cualquiera de nosotros.
¿Y sabes qué? Se le notaba un montón.
Pero a ver. Que yo te estaba hablando de brujas, ¿no? Lo sé, no me olvido. Es que es importante que entiendas bien la situación en la que estábamos. Solo así comprenderás la sorpresa que me llevé el día que comenzó todo. El día en que la Amona bajó la guardia por primera vez y nos contó un cuento muy extraño.
Aquel día había empezado como todos los demás de ese verano. Exactamente igual. Irurita es un pueblo pequeño, en medio del valle del Baztán, en el norte de Navarra. Es un sitio muy verde, rodeado de bosques, con casitas blancas con flores en los balcones y una iglesia con un reloj en la cúpula. No sé, un sitio muy tranquilo, con bastante niebla y frío, un pueblo típico del valle con su plaza, y su frontón, y parece que nunca pasa nada, aunque la abuela siempre encontraba un millón de cosas que hacer. Cada día se levantaba al punto de la mañana, se vestía y se marchaba al huerto y nosotros remoloneábamos un poco más, pero no mucho, hasta que nos llamaba golpeando los cacharros para avisarnos de que el desayuno ya estaba listo. Era molesto, como te podrás imaginar, pero normalmente para entonces a mí ya me habían despertado los gallos, o los mil millones de cencerros de ovejas que había por el pueblo.
No sé; no es lo que yo entendía por vacaciones.
Es cierto que después de eso normalmente hacíamos lo que queríamos. Emma y Ada solían coger la bicicleta y se iban a dar un baño al río, y yo me iba al frontón a jugar con los chicos del pueblo, así que era un momento en el que podía disfrutar de la tranquilidad y hacer deporte sin tener que aguantar a mis primas.
Pero es que ese día, además, el día que os digo que empezó todo, la Amona nos avisó de que nos tocaba trabajar. Sí, como lo oyes. Un vecino se había marchado a Pamplona a comprar Dios-sabe-qué y mi abuela se había ofrecido a cuidarle las ovejas. ¿Se había ofrecido? No me he explicado bien: nos había incluido a nosotros tres como voluntarios. Emma estuvo gruñendo durante todo el desayuno. Y yo, si no hubiera tenido tanto sueño y tan pocas ganas de darle la razón en algo, me habría unido a ella.
Pero, por los miles de arrugas que se formaron en la frente de la abuela, no parecía que tuviésemos otra opción. Íbamos a ir a ayudar con las ovejas y no había más que hablar. Para cuando me di cuenta, nos estábamos preparando un bocadillo y poniéndonos en camino.
Pasamos toda la tarde fuera. Al principio, la Amona intentó enseñarnos a ordeñar a las ovejas (deberías haber visto a Emma intentarlo, enfurruñada y exasperada porque no conseguía ningún resultado) y se empeñó en explicarnos cómo se hace el queso y contarnos cómo era el pueblo hace unos años, cuando ella era pequeña y tenía obligaciones y «responsabilidades de verdad». Eso no podía faltar, claro. Le encantaba recordarnos que los niños de nuestra época no sabíamos lo que era el esfuerzo.
Si te digo la verdad, ninguno de nosotros le hacíamos demasiado caso, y a veces me daba la sensación de que se daba cuenta.
Después, llevamos a las ovejas a los prados para que pudieran pastar, y caminamos hasta que la Amona decidió que podíamos descansar un rato para comernos el bocadillo. Yo no lo dudé un segundo: me tumbé en la hierba, me puse los cascos y me dediqué a escuchar música. Eso era todo lo que necesitaba. Observé el cielo, mientras me dejaba llevar por la música. Estaba comenzando a nublarse y las nubes se movían rápidamente, formando figuras grises. Giré la cabeza, tratando de decidir si una de ellas era un ciervo, un oso, o la cara de Emma nada más despertarse.
Un golpe me sacó de mi ensoñación. Mi abuela estaba a mi lado, mirándome desde arriba intentando decirme algo. Me quité el auricular.
—¿Has visto a Ada? —repitió.
Me incorporé un poco y miré a mi alrededor. No la veía. Estábamos en medio de la nada, rodeados de pastos y ovejas, y no había ni rastro de mi prima pequeña. Me encogí de hombros.
—¡Esta niña...! —exclamó, poniendo los brazos en jarra.
—No ha podido ir muy lejos —dije, pero sin mucho convencimiento. Era muy típico en ella, lo de desaparecer de repente porque se había dejado llevar por la curiosidad, porque había encontrado un búho o una rana con una pinta muy extraña o porque había decidido descubrir cuánto tiempo podía aguantar colgada de la rama de un árbol. Todo era posible. Con Ada, a mi abuela se le salía el corazón por la boca cada diez minutos.
—¡¡Ada!! ¡Adaaaa!
Un poco alejada de nosotros, Emma daba patadas a las piedras que encontraba a su paso, y al escuchar a la abuela, alzó la cabeza.
—¿Ya se ha perdido otra vez? —dijo.
Antes de que pudiera contestarle, el cielo rugió en un imponente trueno que nos pilló a todos por sorpresa. La Amona miró hacia arriba y la expresión de su cara se petrificó. Cuando lo hice yo, lo entendí de inmediato. ¿Cómo era posible? Tan solo hacía unos minutos que había mirado al cielo y había un par de nubarrones, y en cambio ahora estaba totalmente cubierto por un manto de nubes negras. No recordaba haber visto el cielo tan negro en mi vida, ni mucho menos verlo cambiar tan deprisa. Hasta el aire olía diferente, era como si de repente hubiera cambiado algo y el cielo se fuera a partir en dos.
—No puede ser... —La Amona seguía mirando las nubes, inquieta, con un gesto de preocupación en su rostro que no le había visto nunca hasta ahora. De acuerdo, que te pillara una tormenta en medio de la nada era peligroso, pero... ¿no estaba exagerando un poco?
Emma llegó hasta nosotros.
—¿Está lloviendo? —dijo.
Creo que el chaparrón que nos cayó justo después le sirvió de respuesta.
—Ada —dijo la Amona, cogiéndome el brazo con fuerza—. Voy a buscar a Ada. ¡Vigilad a las ovejas!
Vale, imagínate estar en medio de un prado, sin ningún sitio donde cubrirte, debajo de lo que podría ser la mayor tormenta del siglo. Ahora imagínate intentar que un montón de ovejas revolucionadas te obedezcan y no se escapen correteando por el monte.
La Amona se anudó la chaqueta en la cabeza para cubrirse el pelo y empezó a caminar deprisa hacia el bosque, gritando el nombre de mi prima cada vez más alto.
—¡¡Adaaaa!!
—La va a matar cuando la encuentre —dije, persiguiendo a un cordero que había decidido que las tormentas no le gustaban nada.
—¡¡¡Adaaaaa!!! —Cada vez sonaba más lejos, conforme se alejaba hacia el bosque.
En cambio, la voz de Ada me sorprendió a mi lado.
—¡Perdón! Ya estoy aquí —dijo, alegremente—. ¿Me he perdido algo?
La miré incrédulo. Estaba empapada de agua y de barro, con la sonrisa satisfecha de un gato con un cuenco de leche entre las zarpas. ¡Estaba tan contenta! ¿Dónde narices se había metido?
—¡Amona! ¡Está aquí! —grité. Cuando me escuchó, se giró hacia nosotros y el alivio al vernos a los tres juntos le hizo doblarse sobre sí misma, sujetándose el costado. Os juro que pensé que vendría hacia ella como una furia y le arrearía un buen manotazo, pero todo lo que hizo fue apre tarla contra su cuerpo, mirando al cielo con los ojos cerrados y murmurando algo parecido a un aydiosmíomenosmal .
—¿Qué demonios estabas haciendo?
—Creía que había visto un perro.
Algo de lo que dijo hizo qu
