Vichy, junio de 1848
Revisar las lecciones del día antes de bajar a la sala del piano; sobre todo meditar detenidamente cómo explicar en mis clases de música la ejecución del martelé, ese movimiento que a los estudiantes les resulta tan difícil en cuanto perciben la proximidad del teclado. También podría examinar a fondo la máquina de escribir de Thurber, por si ha logrado superar la que construyó Foucault hace unos años, cosa que dudo. Después, idear la manera de ayudar al nuevo alumno que ha llegado al Instituto Nacional de Jóvenes Ciegos, que se pasa el día haciendo preguntas y que tanto me recuerda a...
No, nada de esto me será posible. No estoy en París, donde ha transcurrido gran parte de mi vida. Es otro quien se ocupa de impartir las clases y, en el fondo, de poco me sirve confiar en él. La máquina que ha patentado Charles Thurber, siguiendo mi método, se quedó en la estancia donde acumulo recuerdos que solo yo entiendo. El nuevo alumno, ¡ay!, quizá tendrá que proseguir su aprendizaje sin mi intervención, al igual que sus compañeros.
En realidad, cuando llevaba a cabo este repaso previo de las tareas matinales, solo soñaba. Sueño mucho desde que la enfermedad casi me ha confinado a un retiro forzoso en la ciudad de Vichy. Sueño a todas horas, incluso cuando me quedo inmóvil de cara al techo, con mis pensamientos como único juguete. Según dicen, en el aposento que me han asignado hay pinturas que representan ninfas y faunos, motivos de otros tiempos, en un mundo que está cambiando.
A pesar de que mis ojos tienen una expresión vacía, de lejos podría parecer que presto una atención que no es tal. En realidad no se detienen en sitio alguno ni siguen los gestos de mis interlocutores; son incapaces de descubrir formas o colores. ¡Hace ya tanto tiempo que las señales de vida solo golpean mis otros sentidos! Y, por otro lado, ¿acaso no es en el alma donde cobran forma los pensamientos? Mi camino ha estado repleto de evidencias interiores y, postrado en esta cama con dosel que otros pagarán por mí, tan solo existirían los recuerdos, de no ser porque ella me acompaña.
No pasa ni un día sin que me avergüence de lo que queda de mí, es todo lo que puedo ofrecerle, aunque, por otra parte, ya atenuadas las urgencias de la juventud, espero que su amor se conforme con mis carencias. En su presencia he encontrado la armonía que proporciona un espíritu capaz de equilibrar la balanza. Y ella constituye una parte importante del peso que impide que por fin se incline de forma definitiva.
No ha sido fácil. Antes de que volviera a mi lado, todo parecía desmoronarse. En febrero los estudiantes se sublevaron en París y, al igual que ha venido ocurriendo en los últimos años, los obreros se sumaron a las protestas. Las multitudes se lanzaron a la calle; unos en defensa del rey Luis Felipe, otros para repudiarlo, pero yo estaba demasiado cansado para seguir los hechos con detalle. En medio de aquel caos, el único motivo de alegría fue enterarme de que, finalmente, mi estimado Alphonse de Lamartine había pasado a formar parte del nuevo gobierno de la República. No he olvidado la visita que en 1838 hizo al Instituto Nacional de Jóvenes Ciegos, ni cómo denunció ante la Asamblea Nacional las insalubres condiciones de nuestro día a día.
Siempre he perseguido una brizna de ingenio que nos permitiera, a mí, a los míos, a los que son como yo, acceder al saber. A veces lo he conseguido, otras no tanto, pero me queda la certeza de que he hecho cuanto estaba en mi mano. Ahora quizás ha llegado el momento de aprender a permanecer en un segundo plano, pero ¡tengo todavía tanto que hacer!
A pesar del descanso forzoso, en cuanto cierro los ojos me veo de nuevo en la institución. Como si rechazara este cuerpo mío tan limitado y me sintiera todavía lleno de fuerza, repaso mentalmente cuentas y proyectos, mantengo conversaciones imaginarias con los profesores más jóvenes y les explico mi método para que puedan transmitir la esperanza que yo sentí un día. La esperanza de que nosotros, los ciegos, también podremos abarcar el mundo; que hay caminos de luz que nos aguardan en la oscuridad.
Es curioso. A pesar de que hoy no vendrá, no puedo evitar fijarme en la puerta de entrada. Sé a ciencia cierta que se ha marchado para ocuparse de los negocios de su familia, que contribuyen a sufragar los gastos de mi estancia en Vichy.
Así pues, no me quejaré de este ardor que me devora las entrañas y aprovecharé todas las oportunidades que se me presenten.
Todavía querría profundizar en algunos aspectos de mi método, corregir dudas, ampliar sus posibilidades, pero, a pesar de que las horas se hacen largas en esta cama tan diferente a mi jergón de la institución, a veces me encuentro demasiado cómodo y me resulta imposible mantenerme despierto; luego, por la noche, me visita el insomnio y me invade la inquietante sensación de que la vida se me escapa sin remedio, la poca que todavía me queda.
Quizá por este motivo, y por la necesidad que siempre he sentido de ordenar el mundo, he decidido escribir sobre algunos momentos que conservo en la memoria. También porque, después de leer las pocas páginas que ya he redactado, albergo la sensación de que la vida es demasiado compleja para soltarse sin acotar el discurso. Tengo muy presentes las palabras de Joubert, cuando dice que «hay quien tiene madera para el arte y quien la tiene para un oficio. Pero para dominar el arte hay que conocer el oficio».
No escribiré, pues, mi biografía, que sería insulsa y aburrida, sino que hablaré de los instantes en que me he sentido más vivo, de los tiempos en que todo era posible. Y, para ello, he de remontarme a mi niñez, aunque me resulte difícil y ello me lleve a recordar a personas a las que quise con locura y que, sin duda, me esperan en un lugar mejor.
Se lo comenté hace poco a Gauthier, antes de salir hacia Vichy, y se mostró reticente. Dijo que volver atrás sería otra prueba de mi talante melancólico, que lo haría más evidente todavía. Pero ya lo he decidido. Pienso combatir sus reservas, y las mías, escribiendo como si se tratara de una vida ajena, como si fueran capítulos sobrantes de alguna novela de Balzac, Dumas o Sue.
Durante las horas que pasamos juntos, después de hablar de todos los que nos han acompañado, ella me va leyendo una página tras otra de esos folletines que compra cada día y que, si se olvidara de uno, supondría una tragedia. Su voz no ha cambiado, todavía me sorprendo cuando la escucho. Usa el mismo tono de confidencia, casi un murmullo, que me transporta a los años dorados, y también terribles, de nuestra juventud. Así combatimos el tedio que a veces amenaza con apoderarse de nosotros.
La cantinela de estas lecturas se me adhiere a la piel. Como neófito en el oficio de escritor, estoy convencido de que formará parte de mi historia. Y si vuelvo atrás, si me propongo hablar de los momentos más importantes que me ha tocado vivir, hay uno que destaca por encima de todos, el que marcó a fuego el resto de mi existencia...
EL ACCIDENTE
Coupvray, otoño de 1812
Monique Braille soltó la sábana en cuanto oyó el chillido, y la prenda resbaló por la cuerda hasta acabar en el suelo. Los árboles que rodeaban la pequeña Coupvray todavía no habían recuperado su rumor y el silencio nocturno parecía querer prolongarse de forma indefinida. Esa quietud, que acallaba incluso el murmullo de los pájaros que buscaban las aguas del Marne, se vio alterada un instante; tiempo suficiente para helar el corazón de la mujer.
Monique no se agachó para evitar que se ensuciara la blancura inmaculada de la tela. Con el rostro demudado y las manos temblorosas, obedeció a su instinto y se volvió hacia la casa.
Debido a su gesto desesperado, tropezó con el cesto de mimbre, y los huevos, que acababa de recoger, rodaron sin hacer ruido.
Las aves corrieron alborotadas para refugiarse en el cercado, y las plumas, suspendidas en el aire, se mecieron entre el olor húmedo de la colada. La mujer, con los ojos fijos en la puerta entreabierta del taller, captó el intenso aroma del jazmín que bajaba en oleadas desde la ventana, pero concentró toda su atención en los batientes de madera para intentar ver más allá.
Entonces, apenas acertó a balbucear un nombre...
—¡Louis!
Con dos zancadas salvó la distancia que la separaba del espanto. Pero el chillido enmudeció en cuanto ella llegó al umbral. Aquel aullido, más parecido al reclamo de un lobezno que al sonido que puede emitir la garganta de un niño, dio paso a un llanto desconsolado. Monique sintió que se le desbocaba el corazón, como si en cualquier momento fuera a salírsele por la boca.
En ese instante, Beignet, el perro de Nicolas, el pastor, azuzó a las ovejas hasta el cercado, no muy lejos de la casa de los Braille. Después husmeó el aire, como si pudiera percibir el aroma del pesar y se sintiera obligado a comunicarlo. Sin embargo, el dueño, demasiado ocupado en comprobar que no le faltara ningún animal, no se fijó en el gesto de su compañero.
Aparte de la actitud de Beignet, en el exterior nada se hacía eco de la tragedia. A poca distancia de Coupvray el sol se alzaba sobre las aguas del río e iba deshaciendo los azules nocturnos. Una brisa suave mecía los pámpanos de las viñas, que mudaban del verde al rojo a medida que las cepas se desnudaban lentamente. Los colores del otoño también se dejaban ver en las copas de los árboles y un manto de hojas empezaba a acumularse al lado de los caminos.
Los niños de Coupvray no tardarían en perseguirse por las estrechas y empinadas calles y recorrerían mil veces el trayecto que subía hasta la iglesia para bajar de inmediato, lo cual aumentaría el griterío. Mientras permanecieran en la plaza, al pie del campanario, el alboroto se mezclaría con los rezos del rosario, entre los muros.
Todo parecía transcurrir ajeno al dolor que laceraba el pecho de Monique. El rostro de su pequeñín, de apenas tres años, era una máscara ensangrentada. Le tomó la cabeza entre las manos e intentó averiguar de dónde procedía la sangre.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó la mujer, incapaz de entender qué le había pasado.
Después, sin apartar la vista del niño, que la reclamaba extendiendo las manos, llamó a su esposo. No tuvo que esperar mucho para que la silueta de Simon apareciera recortada contra el sol, en continuo ascenso.
El hombre abandonó en el suelo la silla de montar que en ese momento llevaba en los brazos para entregarla a uno de sus mejores clientes. Entrecerró los ojos para guiarse en la penumbra mientras avanzaba hacia el interior del taller. Al ver a Monique y a su hijo se quedó perturbado ante el rastro escandaloso de la sangre.
—Pero... Pero ¿qué ha pasado? —preguntó, encogiendo los hombros. Las palabras le salían a trompicones de la garganta y sus dedos, diestros y experimentados en el trabajo del cuero, se quedaron agarrotados durante unos instantes—. Hijo, ¿qué has hecho? ¡Te he dicho que no tocaras nada! —exclamó, con un tono cercano a la súplica, mientras miraba en derredor en busca de respuestas.
Le llamó la atención un punzón que empleaba para coser las correas y los contrafuertes de los collares y que yacía abandonado en el suelo. Después de propinarle un puntapié, desató su ira contra el cliente que había ido a buscar el encargo a toda prisa, mucho antes de lo que habían acordado. ¡Por su culpa había dejado las herramientas al alcance del niño!
Se maldijo por no haber cuidado de Louis, por no haber sido capaz de protegerlo como era su obligación. Con una mezcla de rabia y dolor, escupió una sarta de maldiciones mientras tomaba a su hijo de los brazos de la madre. Sin embargo, algo hizo que el hombre detuviera sus apresurados pasos.
—Pero ¿qué haces? Tenemos que pedir ayuda —le rogó Monique, empujándolo hacia la puerta.
—Espera —replicó el hombre y, mudando el rostro, se dirigió al pequeño—. ¿Dónde está tu hermano?
El pequeño Louis, con la cara escondida entre las manos y una expresión lastimera en los labios, no tenía respuestas.
El guarnicionero aumentó la llama del candil que colgaba de la pared. Y entonces lo vio. Louis Simon, su primogénito, a quien todos llamaban Silou, permanecía arrimado a la piedra, como si de una efigie de mármol empotrada en el muro se tratara, tan pálido como el material con el que parecía estar esculpido.
—¡Desgraciado! ¿Cómo puedes ser tan inútil? ¡Explícame cómo ha podido pasar algo así! ¡Explícamelo! —gritó, después de devolver a Louis a los brazos de Monique.
Silou apenas acertó a protegerse de los puntapiés que su padre le propinaba a diestro y siniestro.
—¡Déjalo, lo matarás! —suplicó la mujer. Intentó interponerse entre los dos y a punto estuvo de caer al tropezar con unas escuadras de madera.
Louis quiso gritar de nuevo para combatir el dolor, pero el miedo se lo impidió, y una desazón incontrolable se apoderó de él al notar en la boca la amargura ferruginosa de la sangre.
Nadie entendió de dónde había salido el cartero, pero el hombre enseguida se hizo cargo de la situación. Quizás había oído el griterío y, al ver aquella escena dantesca, había querido ayudar. Fuera como fuere, se llevó a Simon al exterior y le hizo una señal a Monique para que los acompañara. Varios vecinos del pueblo se arremolinaban ante la puerta, tan curiosos como asustados.
Entonces Simon, tras dejar a Silou apaleado en el suelo, peguntó por su hijo menor, lo tomó en brazos y, abriéndose paso entre los curiosos, fue calle abajo en dirección a la casa del médico.
Se oyeron todo tipo de comentarios, no siempre bienintencionados, sobre las manchas de sangre en la ropa del guarnicionero. Tampoco faltó quien, en tono profético, recordó los vaticinios que algunos habían hecho de la tragedia, inevitable, con todas aquellas herramientas peligrosas al alcance de un niño.
No obstante, algunas mujeres evitaron las habladurías y abrazaron a Monique. La madre de Louis arrastraba los pies, meditabunda, como si de repente le hubieran echado sobre los hombros toda la tristeza del mundo.
Padre e hijo se alejaron hasta desaparecer en la primera esquina.
El gimoteo del niño ya solo podía ser un recuerdo teniendo en cuenta la distancia que los separaba del grupo, pero la realidad era que las fuerzas habían abandonado aquel cuerpo frágil, que se balanceaba desmadejado, como un títere sin hilos, en brazos de su padre.
REMEDIOS DE TODO TIPO
El anochecer caía a plomo sobre los cerros, resbalaba por las crestas y lo engullía todo a su paso. Tras los portones de la casa esquinera de los Braille, las llamas de la chimenea eran la única luz que hendía la oscuridad.
Las idas y venidas de los vecinos, que se interesaban por la suerte del pequeño o acumulaban chismorreos, dieron paso finalmente a la calma. Había sido un día doloroso, duro, agotador. Cuando se reunieron en la estancia principal de la casa, ninguno de los seis miembros de la familia podía imaginar que la pesadilla no había hecho más que empezar.
El médico había curado la herida del pequeño y les había dado un medicamento para reducir la inflamación.
—Está en muy mal sitio... Habrá que procurar que no se infecte. Haré cuanto esté en mi mano, pero no puedo prometerles nada...
—¿Cómo? ¿Me está diciendo que no sabe si salvará el ojo de mi hijo? —preguntó Simon mientras se levantaba con gesto amenazador—. ¡No lo permitiré! ¡Le juro que removeré cielo y tierra! ¡Iré a Meaux, a París si es necesario!
Monique había necesitado mucha mano izquierda para tranquilizar a su marido, pero, por fin, Simon había aceptado las indicaciones del médico, y esperaría la evolución de la herida.
Las campanas de Saint-Pierre tocaron siete veces, auspiciando una noche de desvelo. Un gato cruzó por el Chemin des Buttes. Era un gato negro; un mal presagio, dijeron enseguida los más supersticiosos. Ajeno a los malos augurios, el guarnicionero dejó caer el cerrojo detrás de la puerta.
La temperatura era agradable en la estancia. Al llegar los primeros fríos, y dado que los días se acortaban indefectiblemente, aquel espacio rectangular se convertía en el centro neurálgico de la casa.
A pesar de que todos se esforzaban por fingir normalidad para aligerar el trance, la pena suspendida en el aire lo enrarecía y lo hacía más pesado. Silou se levantó del rincón oscuro que apenas había abandonado en todo el día y subió lentamente las escaleras que llevaban a la mansarda.
Marie Céline, de catorce años, llevaba un rato mirando el horno sin parpadear y, con gesto mecánico, de vez en cuando introducía la pala de madera para mover los panes que se cocían en su interior. Hacer eso en casa era un privilegio que poquísimas familias de Coupvray podían permitirse. La gran mayoría llevaban la masa al horno comunitario, donde, aparte de las hogazas y panecillos, se cocían todo tipo de intrigas.
La otra figura, que, sentada en una sillita baja, atizaba las brasas de la chimenea, era su hermana mayor, Catherine. Allí, con los hombros encorvados y la cabeza gacha, parecía muy poca cosa. La chica se encargaba de una caldera pequeña que reposaba sobre un trébede y contendía un líquido que llevaba mucho rato hirviendo.
Acababa de cumplir diecinueve años y la habían prometido con el panadero del pueblo. La joven esperaba con ansia que llegara la misa de domingo; sería entonces cuando el abad Palluy haría públicas desde su púlpito las amonestaciones matrimoniales.
Aquella tarde, ninguna de las tres mujeres hiló. Tampoco sacaron las labores de costura, como tenían por costumbre al caer el sol. No obstante, cada una de ellas rogaba en silencio. Rezaban por él, por Louis, el más consentido de la casa. Y lo hacían también por los deseos ocultos, esos que no se atreverían a confesar. Si el accidente tenía consecuencias graves, probablemente desbarataría sus planes.
—Madre, el agua de aciano está lista —informó la hermana mayor, intentando sacarse de la cabeza otros pensamientos y avergonzándose de temer que ese desafortunado accidente desluciera su boda.
—Déjala enfriar un rato. Ahora no quiero despertarlo con más enjuagues, parece que se ha dormido. Aprovechemos para comer un poco. Ve a buscar a Silou.
—¡Ni se te ocurra! —dijo su marido—. Hoy dormirá en la buhardilla, a ver si con el estómago vacío le llega más sangre al cerebro.
—¡No seas tan duro con el chico, Simon! Ya le has dado una buena tunda, deja que se siente a la mesa. No tiene ninguna culpa de lo que ha sucedido.
—Estoy más que harto de que lo disculpes. Para ti nunca tiene la culpa de nada. ¡Tu primogénito ha cumplido veinte años! A su edad yo traía dos jornales a casa y...
—Eso ya lo sabemos, lo sabemos de sobra —interrumpió Monique—. Pero no todos somos iguales. Silou es un buen chico. Es cierto que no es diestro con las manos, pero...
—¿Que no es diestro con las manos, dices? ¿Había que ser diestro con las manos para vigilar a su hermano pequeño? ¡Solo me he ausentado unos minutos, unos minutos! ¿Y sabes por qué? ¿Lo sabes?
La mujer negó con la cabeza y bajó los ojos hasta clavarlos en el suelo.
—Pues porque tu hijo no era capaz de hacer solo el trabajo. No tenía más que sustituir la cincha nueva por la vieja y tomarle las medidas al animal. ¡Me ha visto hacerlo cientos de veces!
—Vale ya, Simon, despertarás al niño.
Sin añadir palabra, los cuatro se sentaron en los bancos que rodeaban la mesa. El caldo quemaba. El ruido de los sorbos, debido al contacto del líquido con los labios, solo se veía intercalado por el suave soplido de Catherine. De vez en cuando un gemido lastimero hacía que los rostros se volvieran en dirección a la cama que ocupaba el hueco de la escalera.
Los rizos rubios de Louis, extendidos sobre la blanca almohada, y la palidez de su rostro recordaban a un ángel que hubiera caído del cielo. El benjamín de los Braille era un chiquillo de aspecto frágil. Al nacer parecía tan enclenque que nadie habría dado ni un céntimo por él y, de hecho, lo bautizaron a toda prisa por temor a que no sobreviviera. Pero su aspecto delicado nunca se correspondió con el talante despierto e inquieto que tenía cautivado a todo el pueblo. En esos momentos, su expresión entre bondadosa y traviesa se había rendido al dolor, que demudaba su semblante en una caricatura grotesca.
—Se curará, ¿verdad, madre? —intervino la hermana pequeña, sin apartar la vista del rostro de Louis.
—¿A qué viene esa pregunta? ¡Pues claro que se curará!
A Marie Céline le habría gustado tener la seguridad de que su madre hablaba con conocimiento de causa, pero algo le decía que, bajo el párpado hinchado y violáceo, el mal era irreparable. Nadie añadió nada más a la aseveración de Monique. El silencio era tal que el zumbido de un insecto habría reverberado en los muros de piedra y madera. Quizá por este motivo fue ella quien volvió a tomar la palabra.
—Tenemos que hacer lo que nos ha indicado el doctor y pedir a Dios Nuestro Señor que se apiade de él... y de nosotros —añadió tras una breve pausa.
—¡Madre, quema! ¡Fuera, fuera! ¡No lo quiero! —se oyó de repente.
—¡Cálmate, Louis! El doctor ha dicho que, si escuece, cura —explicó dulcemente Monique, abandonando su lugar en la mesa para sentarse junto a su hijo.
—¡Desatadme, desatadme! —exclamó el niño con voz quebrada mientras arqueaba el cuerpo como un junco combado por el viento.
—Louis, te harás daño. ¡Cálmate! Catherine, ¡ven a ayudarme!
Pero antes de que la chica recorriera el breve espacio que las separaba, Marie Céline ya había respondido al requerimiento de la madre. Entre las dos intentaron convencer al pequeño para que dejara de hacer fuerza con los talones. No resultó fácil explicarle que era inútil tratar de liberarse de los trapos que le sujetaban las manos al cuerpo. Simon se levantó de la mesa, apretando los dientes, y abandonó el aposento con los ojos húmedos.
Más tarde, a medida que todos fueron recuperando la calma, le hicieron nuevos enjuagues con agua de aciano. Marie Céline se mordía el labio cada vez que le acercaba la compresa a aquel ojo oculto bajo el párpado; había adquirido una forma extraña, hinchada y enrojecida.
SANGUIJUELAS
La pretendida y deseada serenidad fue como un espejismo, el aliento de un breve respiro. Ni siquiera se dilató el tiempo necesario para recuperar las fuerzas que la noche, como una espiral negra, les arrebataba. Cansadas pero huérfanas de un sueño que les estaba vedado, las mujeres de la casa hacían turnos para velar al chiquillo.
Encerrado en el desván, Silou alternaba la inmovilidad con recorridos semicirculares y frenéticos. Si dudaba, los objetos que el tiempo había ido convirtiendo en trastos viejos le parecían obstáculos insalvables, como si también el pasado de aquella familia se le hubiera puesto en contra. Cada alarido de su hermano le llegaba con el rigor de un dedo que lo señalaba como culpable. Mientras duraba el grito, se llevaba las manos a la cabeza y se tapaba las orejas. Después regresaba al jergón que tenía junto a la pared, que no solo era un lugar de castigo, sino también su refugio cuando en casa se desataba la tormenta. Las otras voces del piso de abajo le llegaban atenuadas; solo adivinaba el contenido de las palabras por el tono o la urgencia con que se emitían.
La de su padre se elevaba a menudo por encima de las demás, nítida y rotunda mientras clamaba para que cesara el dolor. Primero lo hacía invocando la misericordia de la Virgen María; pero después sustituía las súplicas por juramentos.
Silou recordaba un episodio similar ocurrido tres años antes, justo cuando su madre se había puesto de parto, un hecho inesperado para todos. Ella ya era mayor y el embarazo había sido pesado, con contrariedades más o menos graves que lo habían puesto en peligro desde el comienzo. Entonces no había pasado el trance a solas. Abrazado a sus hermanas, habían rogado todos juntos por un final dichoso. En ese momento, en cambio, se sentía repudiado.
Un portazo devolvió a Silou al presente. De inmediato, corrió al otro lado de la estancia y consiguió atisbar por un pequeño respiradero a ras de suelo.
Simon Braille abandonaba la casa mucho antes de que el sol anunciara un nuevo día. Lo hacía como si, de repente, le hubieran cargado sobre los hombros un puñado de años y el peso lo hubiera vencido.
—Vuelvo enseguida. Tengo que encontrar las sanguijuelas.
Fueron sus únicas palabras mientras se calzaba las botas, con la urgencia de quien huye de un incendio. Monique le acercó el candil y le envolvió el cuello con una bufanda de lana. No osó decirle que era demasiado temprano, ni que cogiera un tarro más grande... Conocía muy bien a ese hombre. Lo conocía y lo amaba lo suficiente como para dejar que se marchara sin poner objeciones.
Simon reprimió el llanto hasta que la sombra del bosque lo engulló por completo. Lo que estaba sucediendo superaba con creces sus fuerzas. Habría preferido ser él quien recibiera el mercurio dulce recetado por el médico, cualquier cosa con tal de no ver a Louis enseñando los dientes. Mientras le administraban aquel producto que denominaban calomel, sus gestos eran los de un perro rabioso. ¡Contemplar tanto sufrimiento lo destrozaba!
Huía. Pero lo hacía con un buen pretexto. Necesitaba respirar, sentía que se ahogaba, y a los hombres no les estaba permitido mostrarse frágiles. Seguro que andar le iría bien. Con esta convicción, las piernas se pusieron al servicio de su voluntad, en dirección al Marne. Media hora más tarde, Simon se internaba en las zonas más húmedas y oscuras del río.
A diferencia de otras veces, no disponía de ninguna lata agujereada, y tampoco de vísceras de pescado que sirvieran para atraer a los bichos. En esta ocasión, él mismo sería cebo. Después de descalzarse, se quitó los pantalones y cogió el bote para adentrarse en las aguas frías. Se puso como objetivo una roca mediana que quedaba a contraluz en medio del río y se acomodó.
Con la navaja que siempre llevaba en el bolsillo de la zamarra, se practicó un par de cortes superficiales en las piernas. Unos minutos más tarde no sentía los pies y temblaba como una hoja: una sanguijuela se le había adherido a la piel. Simon observó al animal mientras este se hinchaba y colocó el tarro justo debajo de ese cuerpo viscoso y resbaladizo. Enseguida, y por voluntad propia, el gusano se soltaría, satisfecho, hasta reposar en el fondo del recipiente.
Repitió la operación tres veces mientras andaba por el lecho del río. A pesar de que resbaló en más de una ocasión y de que a punto estuvo de acabar de cabeza en el agua, aquella era la mejor manera de combatir el frío intenso que le entumecía el cuerpo. A medida que avanzaba lentamente, los sapos abandonaban la orilla, y los pasos del guarnicionero arrastrándose por el fondo añadían un contrapunto al rumor de las aguas mansas.
Cuando Simon Braille empezó a dejar atrás el bosque para atravesar las viñas, se enderezó, recuperando el ademán altivo que lo distinguía. Apretó el paso mientras contemplaba las siete sanguijuelas, gordas a más no poder y, sin palabras, les confió una de las misiones más importantes de su vida: ayudar a restablecer la salud de su hijo. Les encomendaba la tarea de combatir la hinchazón del párpado y de chupar la sangre del hematoma que se le extendía por la cara.
Alentado por estos pensamientos, Simon relajó la mirada y, concentrado en la silueta del campanario, recorrió la distancia en la mitad del tiempo que había tardado en la ida.
A medida que el pueblo se agrandaba ante sus ojos, el guarnicionero veía que, una tras otra, las chimeneas empezaban a humear. Los habitantes de Coupvray se despertaban a primera hora del día; pensó en los suyos y sintió la apremiante necesidad de reunirse con ellos cuanto antes. El corazón le latía con fuerza en el pecho cuando oyó los martilleos en el taller.
Seguro que Silou tampoco había podido conciliar el sueño y, en ausencia de su padre, había decidido adelantar el trabajo aplazado por culpa de los últimos acontecimientos. De todos modos, Simon no se enterneció. Ni siquiera echó un vistazo para confirmar sus cábalas. Entró en su casa por la puerta que daba directamente a la habitación principal y, como si no existiera nadie más en el mundo, su mirada no descansó hasta que se topó con el lecho de su Louis.
EL PRINCIPIO DE HAÜY
San Petersburgo, 18 de noviembre de 1812
Las noticias que llegaban de la ciudad de Krásnoi resultaban tan inquietantes que Valentin Haüy salió varias veces al balcón de la casa que ocupaba en la calle Bolshaya Morskaya. Desde aquel observatorio privilegiado, esperaba ver los rostros desencajados por la dureza de la guerra o los vítores por las graves pérdidas que el general Mihaíl Kutúzov estaba infligiendo a la Grande Armée de Napoleón. En vez de mostrar semejante reacción, los hombres y mujeres de San Petersburgo seguían con sus vidas y las calles eran un hervidero de actividad.
Pese a su natural optimismo, las promesas del emperador de Rusia ya tardaban demasiado en concretarse, pensaba Haüy. Nadie había llegado tan lejos como él en el difícil propósito de ayudar a los ciegos. Había fundado la Escuela Nacional en París y profundizado en el estudio de las mejores condiciones para su aprendizaje. Quería mostrar al mundo que los invidentes no eran unos inútiles para la sociedad, que no merecían el abandono, el olvido y el desprecio que sufrían, incluso por parte de las personas más cultas.
El erudito no temía por su vida. Era un invitado especial del emperador Alejandro y nadie osaría contravenir las órdenes de un miembro de la dinastía Románov. Sin embargo, después de seis años, Haüy albergaba dudas sobre su papel en Rusia, y las causas no se debían al conflicto entre los dos países. La guerra le inquietaba, sobre todo la imagen de sus compatriotas en el campo de batalla, una pesadilla que se había vuelto recurrente en los últimos tiempos. No obstante, esta desazón tenía que enfrentarse a la enorme confianza que depositaba en su tarea, al convencimiento de que el emperador nunca se plantearía prescindir de sus servicios, tal y como le había asegurado en repetidas ocasiones.
El episodio que fue el detonante de su vocación y que lo había impresionado profundamente, marcando a fuego un antes y un después, era lejano en el tiempo, pero perduraba intacto en su memoria.
Aquella escena lo acompañaba durante el día, revistiendo de coraje cada gesto, y por las noches, en sueños, se manifestaba como una obsesión que lo impulsaba a seguir.
Había que remontarse a cuarenta años atrás. Por entonces él tenía veinticinco y trabajaba de intérprete en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Era un joven burgués de fisonomía agradable y aire distraído que, más por aburrimiento que por interés, se había encaminado hacia la feria de San Ovidio instalada en la place Louis XV, la más grande de París.
Un hombre vestido con ropa llamativa anunciaba la orquestina de músicos ciegos, refiriéndose a ella como si se tratara de un espectáculo humanitario, científico y alegre. El joven Haüy no opuso resistencia a aquel reclamo y se apresuró a ocupar uno de los últimos asientos libres. Las sillas estaban dispuestas alrededor de pequeñas mesas que circundaban el escenario, situado sobre un entarimado. Una araña de cobre colgaba por encima de los asistentes con todas las velas encendidas. Las camareras servían bebidas y los miembros del público, con morbosidad manifiesta, hacían apuestas sobre la nueva atracción, preguntándose si superaría el éxito que había tenido la de los enanos el año anterior.
Tres golpes de bastón en el suelo bastaron para que los reunidos prestaran atención y la sala enmudeciera. Después de unas palabras preparando al público para presenciar lo nunca visto, se alzó la cortina verde que cubría la tribuna. Todos los músicos quedaron a la vista. Media docena vestían una toga azul, larga hasta los pies, con ribetes de raso naranja. Los cinco violines y el violonchelo se distribuían en dos niveles. La nota más llamativa del conjunto destacaba en un plano muy superior: un enorme pavo real de madera, pintado con la cola desplegada, que servía de apoyo para el trono donde se sentaba el cantor. Se trataba de un muchacho todavía imberbe disfrazado con una barba rosa que le caía sobre el pecho.
Las gafas que llevaban los músicos ciegos conferían a sus rostros la apariencia de pajarracos nocturnos. Sin embargo, disponían de un atril con una partitura colocada al revés e iluminada por una vela para enfatizar su inutilidad. Un sombrero con orejas de burro coronaba las cinco testas. A la orden convenida, empezaron a cantar y tocar. Lo hicieron de manera mecánica, siguiendo el compás que marcaba el rey con su cetro. Un cetro que no veían, pero que fingían seguir. Ante una puesta en escena tan grotesca, el público se echó a reír y algunos de los ciegos hicieron muecas para seguir incitando a la risa. La letra cómica de la canción, que imitaba el balar de las ovejas y el cortejo de dos pastores, favorecía la burla y el escarnio. No obstante, los componentes de la orquestina seguían rozando con entusiasmo los hilos de tripa de los violines y pellizcando las cuerdas del contrabajo.
Haüy vaciló unos instantes antes de soltar un puñetazo sobre la mesa. Un rastro húmedo recorría las mejillas de uno de los ciegos, el único que se mantenía extrañamente inmóvil como un muñeco de feria.
—Son como animalillos —exclamó la damisela que se sentaba delante de él mientras soltaba una risa descontrolada.
Lo que desgarró a Haüy fue ese timbre agudo y penetrante, o quizá las lágrimas que se deslizaban desde las cuencas huérfanas de los ojos. Tal vez la suma de todos aquellos despropósitos lo empujaron a golpear la superficie de madera y proferir su indignación en voz alta. Estaba lívido cuando se puso en pie y fue silenciado por el público asistente.
La mayoría eran burgueses de barrigas prominentes y miradas enturbiadas por el coñac que consumían sin parar. Los músicos se tambalearon durante la ejecución de la pieza mientras el comisario de policía desalojaba a Haüy. Antes de abandonar la sala, el erudito se dirigió a los ciegos y les dijo:
—Si pudierais verlo... El espectáculo es el público, su ignorancia y mala fe.
Haüy salió del reciento convertido en otro hombre. Se juró que estudiaría las condiciones de vida de los ciegos a lo largo de la historia para llegar a conocer mejor sus necesidades. Las conclusiones de esta investigación habían de marcar para siempre su trayectoria vital.
Para la sociedad eran escoria, animales enfermos, payasos ridículos, apestados sin conciencia. Para él, personas con los mismos derechos y deberes que cualquier otra; con un solo pecado, tan original como el que legaron a la humanidad nuestros primeros padres. Se trataba de una lacra que nada habían hecho para merecer pero que los condenaba a un sempiterno desprecio.
Haüy sabía que, sin acceso al conocimiento, siempre quedarían relegados al margen. Necesitaban herramientas que les permitieran entender el mundo para, así, tener la posibilidad de formar parte de él.
A pesar de los esfuerzos de Haüy, los avatares políticos y sociales de la Revolución lo habían obligado a abandonar la escuela que él mismo había fundado, el Instituto Nacional de Jóvenes Ciegos. Un largo periplo lo llevó por toda Europa, con hitos como la fundación del Colegio de Ciegos de Steglitz en Berlín o el que Johan August Zeune había inaugurado en Dresde en 1809.
Esos primeros éxitos no habían proseguido en San Petersburgo. Promesas incumplidas, sensación de fracaso, voces que llegaban desde París y que proponían una reconciliación con sus compatriotas. Valentin Haüy vacilaba, a pesar de que ese día de noviembre el secretario del emperador le había enviado una misiva urgente para anunciarle la visita de sus primeros alumnos.
Se asomó nuevamente al balcón. Ya había arrinconado los pensamientos sobre la guerra y miró a ambos lados, primero en dirección al Arco del Estado Mayor y luego hacia el cruce que formaba la calle Bolshaya Morskaya con la Perspectiva Nevski, la gran avenida que atravesaba el centro de la ciudad. Si se ponía de puntillas, alcanzaba a vislumbrar la enorme cúpula de la catedral de Nuestra Señora de Kazán, que se acababa de edificar gracias al genio de Andréi Voronijin.
Aunque agradecía el privilegio de vivir en aquella zona de San Petersburgo al emperador Alejandro, no tenía mucho más que celebrar de su larga estancia en Rusia. Incluso había llegado a temer que los alumnos prometidos no llegarían nunca y que, si se quedaba, esta repetición de acontecimientos no consumados se prolongaría en el tiempo.
Pero ¿adónde podía ir? La asignación que le habían concedido y su intensa vida social, siempre con la idea de captar adeptos para su causa, no le permitían ahorrar. Si quería volver a su país, necesitaba el apoyo de las autoridades francesas. Y, a pesar de los buenos deseos que le transmitían desde París, no parecía que eso fuera posible en un futuro próximo.
Mientras se retiraba al interior, se planteó si cuanto le ocurría era un castigo por sus pecados. ¿Era culpable por haber auspiciado una escuela para ciegos más selectiva? Sí, el Museo de los Ciegos, la institución privada que había abierto en París después de perder su escuela primigenia, solo aceptaba alumnos de buena familia. Seis personas habían pasado por ella, obviando el sufrimiento de cientos de otras, que habían quedado desprotegidas. La paradoja era que, precisamente gracias a esta limitación, había recibido la visita del papa Pío VII, quien le había otorgado el título de Gran Benefactor de la Humanidad.
—¡Una humanidad de seis personas! —exclamó Haüy antes de soltar una risa preñada de ironía.
De repente dudó sobre si el secretario del emperador le había dicho que esperara en su casa o si lo había convocado en palacio. Incapaz de llegar a una conclusión, se vistió con sus mejores galas antes de salir a la calle y buscar un coche que lo llevara en presencia de Alejandro I.
Sorprendido por la muchedumbre que se dirigía hacia la Perspectiva Nevski, Haüy se dejó arrastrar por la multitud mientras intentaba que alguien le explicara los motivos.
—Kutúzov ha expulsado de Krásnoi a la Grande Armée —le dijo un anciano que se había detenido ante su pregunta.
El erudito podría haber profundizado en el alcance real de la noticia, podría haberlo averiguado, pero una imagen lo distrajo del tumulto que lo rodeaba. Los ruidos del mundo quedaron en suspenso cuando vio al joven atemorizado que intentaba protegerse en el umbral de una tienda de ultramarinos.
No le cupo la menor duda de que era ciego. No necesitó mirarlo a los ojos ni observar sus movimientos vacilantes. Era el miedo de quien se queda al margen, de quien es incapaz de integrarse en la alegría colectiva.
Tras una breve divagación, se acercó a él y le apoyó la mano en el hombro. El joven reaccionó como si esperara que el contacto físico fuera el preludio de un golpe que, al fin y al cabo, no podría evitar.
—No te asustes. Soy Valentin Haüy y soy médico. Me gustaría ayudarte.
—¡He perdido a mi hermana!
—Comprendo. Si me dices dónde vives, podremos ir a buscarla.
—¿Cómo voy a explicarle dónde vivo si no sé adónde he ido a parar? —respondió con una decisión que el erudito siempre admiraba en sus alumnos.
—Debes de saber un nombre, una dirección...
—Luka... Boytsova...
—¿Te llamas Luka y vives en la calle Boytsova?
—¡Boytsova!
El joven ciego no dijo nada más. Haüy le aseguró que lo llevaría a su casa al cabo de un rato, cuando la gente se tranquilizara. Tampoco en esta ocasión recibió respuesta alguna, pero el estudioso se quedó pensando en aquel nombre. Luka significaba «luz» en ruso, sin duda la providencia lo había puesto en su camino.
Después notó que Luka le sujetaba del brazo con fuerza y, desde atrás, le apoyaba el rostro bajo la nuca. El médico no se equivocaba. Aquel joven incapaz de defenderse, todos los jóvenes en una situación similar, lo necesitaban. Hallaría la manera de exigir al emperador que cumpliera sus promesas o, en caso contrario, conseguiría los fondos necesarios para volver a Francia.
Sintió que el corazón se le ensanchaba y se volvió hasta situarse ante Luka, antes de abrazarlo con delicadeza. Cada vez que hacía aquel gesto, cada vez que se comprometía a ayudar a un joven ciego, la imagen de aquel músico llorando en silencio en la Feria de San Ovidio volvía a ocupar sus recuerdos. A él no había podido ayudarlo, a pesar de haberlo buscado durante meses.
En ese momento, el músico volvía a encarnarse en la persona de Luka. Y este, a pesar de las reticencias iniciales, se fundió en un abrazo con Valentin Haüy mientras el miedo lo abandonaba poco a poco.
TODA ESPERANZA SE DESVANECE
Coupvray, primavera de 1813
—No quiero ir, madre. Esa mujer me da miedo. No quiero que me ponga más emplastos en los ojos, ¡me dan asco! Seguro que los hace con caca de paloma. La vi cogerlas. ¡Y apestan! ¡Madre, por favor, dígale a padre que ya me encuentro mejor!
Esta vehemente afirmación del chiquillo estaba muy alejada de la realidad. Era cierto que el dolor había remitido y que la herida cicatrizaba a buen ritmo, pero su ojo derecho se mostraba velado por una fina capa blanquecina que casi le cubría toda la superficie.
Los Braille habían luchado a brazo partido contra un destino despiadado que parecía haber ganado la partida desde el primer momento. En pocos meses habían gastado todos sus ahorros, y el rosario de visitas a médicos y curanderos había ido consumiendo su tiempo y buena parte de sus energías.
La opinión de un famoso oftalmólogo de la ciudad de Meaux fue la gota que colmó el vaso.
—Señores, ni yo ni nadie puede devolver la vista al ojo de su hijo. No se esfuercen más. Nada de lo que hubieran podido hacer o dejar de hacer habría cambiado la situación. Fue una lesión muy profunda y los daños son irreparables.
—Si usted conociera a algún...
—Cuanto antes lo acepten, mejor para todos —interrumpió el doctor Gérard, tomando la palabra con tono grave y casi sentencioso.
—Pero todavía ve sombras y puede distinguir los colores más vivos. Según usted, es imposible que se recupere, y estamos de acuerdo, nosotros no somos gente instruida. Pero por lo menos se podría intentar que el mal no fuera a más. Al menos para que pueda defenderse... —rogó Simon, con las manos extendidas en un gesto de súplica.
—Si creen en Dios, vayan rezando.
Monique, que hasta el momento se había mostrado reservada y sumisa, se incorporó acortando la distancia que la separaba de aquel hombre calvo, con sus pequeñas gafas escurridas hasta la punta de una nariz aguileña que parecía postiza por lo exagerado de su tamaño. Después de apoyar los brazos sobre la mesa de madera, lo miró de hito en hito, de manera muy poco habitual en ella. Transcurridos unos segundos, con la actitud de quien invoca un milagro, respondió...
—Sí, señor, pero...
—Recen, por favor.
—No paramos de rezar —respondió la mujer sin vacilar.
—Recen para que el daño no se propague.
Monique dejó de respirar durante unos segundos. De hecho se quedó con la boca abierta y los ojos desorbitados, expectantes, esperando que un hechizo hiciera añicos aquellas últimas palabras. Esforzándose para lograr su propósito. La espera fue estéril y, poco a poco, las lágrimas acudieron a dulcificar la imagen de la desesperación.
Simon y Monique Braille abandonaron la consulta más abatidos que cuando habían entrado una hora antes. Recogieron al pequeño Louis, que los esperaba en un patio de la casa, pero no reunieron el coraje suficiente para dirigirle ni una sola palabra.
Una semana después de este episodio, la mujer no se veía con ánimos de rebat
