Gomorra

Roberto Saviano

Fragmento

Prólogo a la última edición

Prólogo a la última edición

Diez años, diez años, diez años, diez años, diez años, diez años, diez años, diez años...

He oído mi voz pronunciar estas dos palabras después de haberlas repetido mentalmente infinidad de veces. Y he empezado a escribir estas líneas casi como un juego, para imitar a Jack Torrance en El resplandor, con su «No por mucho madrugar amanece más temprano». Repito mis dos palabras para convencerme, para hacer balance de estos diez años transcurridos desde que el primer lector de Gomorra tuvo el libro entre las manos y comenzó a leerlo. Aquellos primeros meses fueron indescriptibles. Me llamaba cualquiera que me hubiese visto aunque solo fuera una vez en la vida, por la calle y por casualidad. Eran muchos los que sentían que debían decirme lo que les parecía el libro, los que sentían la necesidad de comunicarme la impresión que les había producido en la cabeza y en la carne. Me llamaban para decirme que lo habían leído y lo habían regalado. Me llamaban para decirme que apenas habían tenido tiempo de acabar de leer la última palabra cuando había ya un amigo dispuesto a recibir el testigo, a coger un ejemplar leído ya por otros para alargarle la vida. Así nació Gomorra. En Nápoles, en Caserta, en la Campania y luego en otros lugares. Antonio Iovine, jefe del clan de los Casalesi, dijo: «Con Gomorra, Saviano nos ha llevado a América», y yo todavía sigo preguntándome si de verdad un libro puede existir prescindiendo de quien lo ha escrito. Y si quien lo ha escrito puede prescindir de palabras que, antes de convertirse en negro sobre blanco, han sido pensamiento, estados de ánimo, vida. A veces me da por pensar (y por esperar) que es preciso conseguir separar la historia de un libro de la de su autor. Me gusta creer que son dos historias completamente distintas. Que el objeto adquiere vida propia y el hombre se convierte en su apéndice. Antes de que el libro exista —me refiero a que exista materialmente—, es el autor quien empuña el cetro. Antes de que el libro sea escrito, es el autor quien domina la materia, porque todavía está todo en su mente, en esa fase dificilísima y frenética que sirve para modelar palabras y contenido. Pero, una vez escrito, da la impresión de que es él, el libro, el que domina. Una vez publicado, puede ocurrir de todo: en la mejor de las hipótesis, libro y autor se despiden y continúan vidas separadas, cada uno por su propio camino. O puede ser que permanezcan indisolublemente unidos, padre e hijo, hermanos, amigos, amantes, enemigos declarados, verdugos el uno del otro. Gomorra y yo no nos hemos separado nunca. Y me doy cuenta de que lo detesto como un padre odia a un hijo que se le parece demasiado. Odio de él todas las características que identifico como mías. Es tortuoso, es real, es narrativo, es teatral, convulso, lírico. No tiene miedo y es poco perspicaz. Es inconsciente. Es un flujo de conciencia y una crónica. Es bravucón aun teniendo un miedo atroz de todo. Gomorra, como yo, es hijo. Un hijo odiado porque es odioso, pero que espera en silencio ser amado. Gomorra, como yo, se siente infeliz. Infeliz porque sigue siendo un chiquillo en el cuerpo de un adulto. Porque se ha convertido en un hombre demasiado deprisa, equivocándose de época y de generación.

Escribí Gomorra hace diez años. Lo escribí en los Barrios Españoles de Nápoles, en una casa de la piazza Sant’Anna di Palazzo. Lo escribí sobre todo con una intención literaria: narrar la vida en un estilo que aunase el rigor de la realidad y la sugerencia de la literatura, la fascinación de la novela; la concreción del dato y el arrebato de la poesía. Deseaba que plasmara una verdad bastante más compleja que la que podemos encontrar en un ensayo, un reportaje o artículos periodísticos. Me dominó una especie de demonio, el mismo que se adueña siempre del escritor y del que el escritor no puede sustraerse sino secundándolo: quería influir en la carne de la realidad, lo quería más que nada en el mundo. Y en verdad eso es un delirio de omnipotencia, porque no está al alcance del tiempo humano —menos aún en un puñado de años— observar, presenciar y comprender si un libro puede realmente influir en el mundo que lo ha producido, y en qué medida. Mirando a los maestros se puede calibrar la inconsciencia de los escritores hacia su propia obra. Tolstói no tuvo ninguna percepción de la auténtica grandeza de Guerra y paz, como evidentemente tampoco la tuvo Kafka de La metamorfosis, ni Balzac de hasta qué punto La comedia humana transformaría el mundo. Todo narrador vive con la ilusión de remodelar el mundo manipulando con sus propias palabras la arcilla del creador, pero al mismo tiempo vive siempre la desilusión del impacto con lo real: una chispa en comparación con el big bang soñado. Existen, desde luego, instrumentos para medir el éxito de un libro —el número de ejemplares vendidos, su influencia en el estilo de otros escritores, quizá incluso en las costumbres—, pero nada indica de manera efectiva, inmediatamente después de su publicación, el impacto que tendrá en las décadas venideras. Yo, en cambio, estaba dispuesto a hacer un pacto con cualquier diablo que se presentase ante mí para que mi época respondiera de inmediato a lo que estaba escribiendo. No me interesaban ni el éxito, ni el dinero, ni los reconocimientos; mi ambición era bastante mayor. Deseaba con todo mi ser cambiar la realidad que me rodeaba, una realidad que me daba asco. Derrocar el poder acerca del cual escribía y llamar a las armas, en sentido figurado, a quienes se oponían a él. Quería que mis palabras fuesen un puñetazo en el estómago, que quitasen el sueño. Quería que diesen miedo simplemente iluminando un rincón del mundo que había permanecido en la sombra demasiado tiempo. Y por eso siempre he considerado mías las palabras que escribí, por eso nunca he logrado separarme de ellas. Y también por eso siempre he considerado un deber defenderlas con mi cara y con mi cuerpo. Con mi compromiso diario, incluso después de que esas palabras se hubieran separado físicamente de mí. Me propusieron firmar el libro con un seudónimo y me negué a hacerlo porque quería que mi nombre significara responsabilidad y elección. Desafío, incluso. Nada sucede por casualidad. Y responsabilidad y elección son ellas mismas parte de mi proyecto de escritura. No tenía la menor idea de lo que iba a ocurrir; sin embargo, pensando ahora en ello, de haberlo sabido por anticipado, habría hecho exactamente lo mismo, sin cambiar ni una coma, y volvería a hacerlo. La obstinación es lo que me asusta, esa obstinación que te hace decir: «Puede que me equivoque, pero estoy actuando conscientemente».

Y luego caí en un abismo inesperado.

Después de diez años viviendo con escolta, todo el mundo está tan acostumbrado a asociar mi nombre con palabras como «muerte» y «amenaza» que ya no escandaliza pensar que un escritor deba vivir bajo protección por haber escrito un libro. Solo por haber escrito un libro. Este libro. Absolutamente normal en el rincón del mundo donde estamos.

Después de diez años viviendo con escolta ya no narras tu cotidianidad, porque, en el fondo, la verdadera pregunta es: ¿cómo es que todavía no estás muerto? Como si se diera por sentado que, si las mafias te amenazan, debes morir. Como si la protección del Estado en realidad solo sirviese para guardar las apariencias, porque, cuando una organización criminal decide que debes callar, tienes las horas contadas. Raramente se tiene la lucidez necesaria para comprender la necedad de este razonamiento, puesto que equivale a rendirse, a admitir que las mafias son más poderosas que el Estado, que pueden hacer lo que quieran, que tienen derecho sobre la vida y la muerte de cualquiera, incluso de un escritor, de un hombre que jamás ha empuñado un arma, al que jamás se le ha pasado por la cabeza desafiarlas en su propio terreno.

Después de diez años viviendo con escolta, me entran ganas de coger uno de esos cuadernos de tapas negras y hojas blancas, trazar una raya vertical y escribir a la izquierda lo que Gomorra me ha dado, y a la derecha, lo que me ha quitado.

Es un ejercicio infantil: en un lado los buenos y en el otro los malos, como hacía en la pizarra el compañero encargado de mantener a raya a la clase cuando la maestra no estaba. Pero luego me pregunto si de verdad es posible trazar una raya y separar lo que es inseparable. La confianza que pierdes en el ser humano va de la mano de la fuerza que posee el compartir una historia, va de la mano de la confianza que adquieres en quien comparte tus palabras, en quien confía a su vez en ti, en tu trabajo y en tu trayectoria. Esa comunidad de lectores que me rodea pase lo que pase. Por una parte están las críticas de los que ejercen tu mismo oficio, críticas cuyos motivos muchas veces son distintas del desacuerdo real, pero que forman parte del precio de la exposición mediática. Críticas ásperas, duras, que hacen daño.

Es innegable que, en mi vida, la publicación de Gomorra constituye una línea divisoria. Existe un antes y un después de Gomorra, como escribí en The Guardian cuando me pidieron que contase cómo era posible que en Europa un escritor viviera así. Y, por lo tanto, un antes y un después para todo. Los amigos del antes y los del después. Los que se han alejado porque era demasiado difícil estar a mi lado y los que he hecho en los últimos años. Los lugares del antes y los lugares del después. Nápoles, para mí ya irrecuperable como solo el pasado puede serlo. Y el mundo entero en el que me muevo frenéticamente igual que encima de un tablero de ajedrez, en busca de material para mis proyectos y de briznas de libertad. Las costumbres del antes y las del después. Paseos interminables por las periferias. Vertiginosas carreras en Vespa, después de un soplo, para llegar al escenario del delito, para conseguir más información, para ver el cadáver todavía en el suelo antes de que lo retirasen. Para llegar antes que los familiares y sus gritos desgarradores. Para conseguir trasladar al papel ese mundo que quería contar, que me pertenecía, que quemaba. Mis lugares de hoy son asépticos, están controlados; justo lo contrario del caos. Nada o casi nada se deja al azar, a la improvisación. Desde hace diez años no me monto en un tren, no conduzco la Vespa, no salgo solo a dar un paseo, o a hacer la compra, o a tomar una cerveza. Todo es demasiado complicado. Vivir así te rompe por dentro. Todo se hace añicos. Y además de los nuevos amigos, los nuevos lugares y las nuevas costumbres, hay también un nuevo Roberto Saviano. Una persona probablemente peor. Más desconfiada porque recibe continuos ataques. Más concentrada en sí misma porque se ha convertido en un símbolo. He hecho realidad el sueño de todo escritor, ese en el que, por superstición, muchos evitan incluso pensar. He llegado a millones de personas de todo el mundo, pero he perdido todo lo demás.

Muchas de las páginas que he escrito en los últimos años, incluidas estas, ni siquiera las he escrito en una casa, sino en la habitación de un hotel, en un cuartel, en un coche. Lugares iguales unos a otros, que con el paso del tiempo he dejado de odiar. Y sin embargo, lo que quería, mi sueño de ver y vivir las consecuencias de mis palabras, se ha hecho realidad.

Hay una frase de Truman Capote, certera y terrible, en la que he pensado a menudo durante estos años: «Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas». Quería demostrar, con mi trabajo y mi compromiso, que la palabra literaria aún puede tener peso y la capacidad de cambiar la realidad. Pese a todo lo que me ha sucedido, mi «plegaria», gracias a mis lectores, ha sido atendida. Pero también me he convertido en alguien distinto del que siempre había imaginado. No parecerse ni siquiera remotamente a lo que uno quería ser, y ser consciente de ello, es como mirarse en un espejo y no reconocerse en la imagen reflejada. Es terrible, hasta que entiendes que nadie elige su destino, pero sí puede elegir la manera de estar en él.

Así que aquí estoy, diez años después de mi opera prima, con treinta y seis años. Las ganas de mandarlo todo a paseo y volver a empezar donde nadie pueda reconocerme, con barba, sombrero y gafas de sol, son tantas como las que tengo de trabajar, escribir y contar. Y he comprendido que esa es mi condena, que esa es la apuesta que pensaba que el diablo nunca se cobraría. Una condena eterna cuando tu palabra llega lejos, cuando se convierte en una semilla. Cuando deja de pertenecerte. Da vértigo descubrir el mosaico —ya no obra tuya— nacido de una intuición que tuviste. Y así, la voluntad de encontrar el olvido —y con el olvido, la normalidad— se hace añicos ante el deseo, más fuerte que cualquier otra cosa, de escribir y contar por siempre. Un deseo que es respiración, capacidad de mirar y escuchar, de percibir los olores, de sentir calor y frío, de amar y odiar.

Escribir y contar. Porque en lo único que conservo la confianza es en las personas. Todas esas personas que se prestan a escuchar y a reflexionar. Todas esas personas que no buscan atajos, que saben lo tortuosa que es la vida y lo complicado que es entender, informarse, mostrarse abiertos, y aun así no renuncian a su disposición a acoger.

En cambio, no tengo ninguna confianza en las instituciones, de ningún tipo. Me ha molestado mucho convertirme en estos años en una especie de símbolo, porque no me reconozco en nada que no sea el relato de la realidad, y siento mucho más cerca de mí a los soñadores de la República Partenopea que a cualquier alcalde, ministro o magistrado de mi época. No acabo de creer en una solución política, y no por desinterés, sino por un exceso de interés: la democracia ha construido en su seno una equivalencia peligrosísima entre partes que deberían estar en conflicto, y continuar mirando el abismo del mundo criminal me permite comprender que economía legal y economía ilegal tienen el mismo ADN, la misma vida, el mismo objetivo, y solo una imperceptible diferencia en los métodos prácticos. Imperceptible.

En estos años de terribles pesadillas solo han acudido en mi ayuda las palabras poderosas y silenciosas de quienes han vivido vidas mucho peores que la mía. Varlam Shalámov, Reinaldo Arenas, Primo Levi y Liu Xiaobo me han tendido la mano cuando tenía la impresión de estar ahogándome, me han mostrado una vía de salida cuando me parecía indudable que estaba emparedado vivo. Así pues, no puedo sino hacer mías las palabras de Ikónnikov, uno de los personajes de Vida y destino, de Vasili Grossman, que ha estado siempre a mi lado. Ikónnikov me indica el camino, el camino para vivir: «La bondad sin tantos discursos, sin doctrinas, sin sistema, el simple gesto de un ser a favor de otro ser, al margen de generalizaciones y abstracciones: la bondad libre de la ideología del bien social». Proyectos ideológicos, bien social, reformismo extremo y asociacionismo me son ya indiferentes, a pesar de que estos años he creído en ellos. Paso constantemente de la confianza a la desconfianza hacia todas esas cosas. No creo en la ideología del bien social, sino, como he dicho, en las palabras de Ikónnikov. Creo en el gesto bueno. No es posible ser siempre buenos, claro, pero no tiene sentido juzgar al otro con categorías que han perdido vitalidad, verdad, empuje. Ya no creo en el concepto abstracto de justicia, una justicia en cuyo nombre la humanidad ha cometido los peores crímenes. No, ya no creo en ella. En lo que sí creo, y con todo mi ser, es en el bien realizado por el individuo, mirando a la cara, tendiendo la mano. Después de Gomorra y a lo largo de estos diez años, he perdido la ingenuidad y la fe en el cambio social, aunque continúo alimentando una esperanza casi dogmática, la de que el relato de una historia todavía puede salvar lo que de humano haya en el hombre.

ROBERTO SAVIANO,

abril de 2016

PRIMERA PARTE

PRIMERA PARTE

El puerto

El puerto

El contenedor se balanceaba mientras la grúa lo transportaba hacia el barco. Como si estuviera flotando en el aire, el spreader, el mecanismo que engancha el contenedor a la grúa, no lograba controlar el movimiento. Las puertas mal cerradas se abrieron de golpe y empezaron a llover decenas de cuerpos. Parecían maniquíes. Pero en el suelo las cabezas se partían como si fueran cráneos de verdad. Y eran cráneos. Del contenedor salían hombres y mujeres. También algunos niños. Muertos. Congelados, muy juntos, uno sobre otro. En fila, apretujados como sardinas en lata. Eran los chinos que no mueren nunca. Los eternos que se pasan los documentos de uno a otro. Ahí es donde habían acabado. Los cuerpos que las imaginaciones más calenturientas suponían cocinados en los restaurantes, enterrados en los huertos de los alrededores de las fábricas, arrojados por la boca del Vesubio. Estaban allí. Caían del contenedor a decenas, con el nombre escrito en una tarjeta atada a un cordón colgado del cuello. Todos habían ahorrado para que los enterraran en su ciudad natal, en China. Dejaban que les retuviesen un porcentaje del sueldo y, a cambio, tenían garantizado un viaje de regreso una vez muertos. Un espacio en un contenedor y un agujero en un pedazo de tierra china. Cuando el hombre que manejaba la grúa del puerto me lo contó, se tapó la cara con las manos y siguió mirándome a través del espacio que había dejado entre los dedos. Como si aquella máscara de manos le infundiera valor para hablar. Había visto caer cuerpos y ni siquiera había tenido que dar la voz de alarma, que avisar a nadie. Simplemente había depositado el contenedor en el suelo, y decenas de personas surgidas de la nada los habían metido todos dentro y habían retirado los restos con un aspirador. Así era como funcionaban las cosas. Todavía no acababa de creérselo, esperaba que fuese una alucinación debido al exceso de horas extraordinarias. Juntó los dedos para taparse la cara por completo y prosiguió su relato gimoteando, pero yo ya no entendí lo que decía.

Todo lo que existe pasa por aquí. Por el puerto de Nápoles. No hay producto manufacturado, tela, artículo de plástico, juguete, martillo, zapato, destornillador, perno, videojuego, chaqueta, pantalón, taladro o reloj que no pase por el puerto. El puerto de Nápoles es una herida. Ancha. Punto final de los interminables viajes de las mercancías. Los barcos llegan, entran en el golfo y se acercan a la dársena como cachorros a las ubres, con la diferencia de que no tienen que succionar sino, por el contrario, ser ordeñados. El puerto de Nápoles es el agujero del mapamundi por donde sale lo que se produce en China, o Extremo Oriente, como todavía se divierten en llamarlo los cronistas. Extremo. Lejanísimo. Casi inimaginable. Si uno cierra los ojos ve kimonos, la barba de Marco Polo y una pierna levantada de Bruce Lee dando una patada. En realidad, ese Oriente está más unido al puerto de Nápoles que ningún otro lugar. Aquí, el Oriente no tiene nada de extremo. El cercanísimo Oriente, el vecino Oriente deberían llamarlo. Todo lo que se produce en China es vertido aquí. Como volcar un cubo lleno de agua en un hoyo hecho en la arena: el agua, al caer, erosiona todavía más el hoyo, lo ensancha, lo ahonda. El puerto de Nápoles mueve el 20 por ciento del valor de las importaciones textiles de China, pero más del 70 por ciento de su volumen pasa por aquí. Es una peculiaridad difícil de entender, pero las mercancías tienen una extraña magia, consiguen estar sin que estén, llegar aunque no lleguen nunca, ser caras para el cliente aun siendo de mala calidad, resultar de poco valor para el fisco aun siendo valiosas. Lo cierto es que en el textil hay mercancías de muchas categorías, y basta hacer una marca con el bolígrafo en el impreso correspondiente para bajar radicalmente los costes y el IVA. En el silencio del agujero negro del puerto, la estructura molecular de las cosas parece descomponerse para reagruparse después, una vez fuera del perímetro de la costa. La mercancía debe salir rápidamente del puerto. Todo sucede tan deprisa que mientras está aconteciendo desaparece. Como si nada hubiera pasado, como si todo hubiera sido un simple gesto. Un viaje inexistente, un atraque falso, un buque fantasma, una carga evanescente. Como si nunca hubiera existido. Una volatilización. La mercancía debe llegar a manos del comprador sin dejar rastro del recorrido, debe llegar a su almacén deprisa, inmediatamente, antes de que el tiempo pueda empezar a pasar, el tiempo que podría permitir un control. Toneladas de mercancía se mueven como si fueran un paquete contra reembolso entregado a domicilio por el cartero. En el puerto de Nápoles, en sus 1.336.000 metros cuadrados por 11,5 kilómetros, el tiempo presenta dilataciones únicas. Lo que fuera de allí se tardaría una hora en hacer, en el puerto de Nápoles parece suceder en poco más de un minuto. La lentitud proverbial que en el imaginario hace lentísimos todos y cada uno de los gestos de un napolitano queda aquí invalidada, desmentida, negada. La aduana activa su control en una dimensión temporal que las mercancías chinas rebasan. Despiadadamente veloces. Aquí cada minuto parece asesinado. Una escabechina de minutos, una matanza de segundos hurtados al papeleo, perseguidos por los aceleradores de los camiones, empujados por las grúas, acompañados por las carretillas elevadoras que arrancan las entrañas de los contenedores.

En el puerto de Nápoles opera el mayor armador estatal chino, Cosco, que posee la tercera flota más grande del mundo y ha tomado el control de la mayor terminal de contenedores asociándose con MSC, propietaria de la segunda flota del mundo, con sede en Ginebra. Suizos y chinos se han asociado y han decidido realizar en Nápoles sus inversiones más importantes. Aquí disponen de más de 950 metros de muelles, 130.000 metros cuadrados de terminal de contenedores y 30.000 metros cuadrados exteriores, que absorben prácticamente todo el tráfico en tránsito por Nápoles. Es preciso llevar al límite la imaginación para comprender cómo la inmensidad de la producción china puede descansar sobre la débil plataforma del puerto napolitano. La imagen evangélica parece apropiada: el ojo de la aguja es el puerto y el camello que lo atraviesa son los barcos. Proas que chocan, enormes naves que esperan en fila india fuera del golfo poder entrar entre una confusión de popas que cabecean, emitiendo gruñidos de anclas, chapas y pernos que se introducen lentamente en el pequeño agujero napolitano. Como un ano de mar que se ensancha con gran dolor de los esfínteres.

Pero no. No es así. Ninguna confusión aparente. Todos los barcos entran y salen ordenada y regularmente, o al menos eso parece mirando desde tierra firme. Y sin embargo, ciento cincuenta mil contenedores transitan por aquí. En el puerto se levantan ciudades enteras de mercancías para ser transportadas a otros lugares. La virtud del puerto es la velocidad; la lentitud burocrática, el control meticuloso transforman el guepardo del transporte en un perezoso lento y pesado.

En el muelle siempre me pierdo. El muelle Bausan es exactamente igual que las construcciones de Lego. Una estructura inmensa, pero que parece no tener espacio sino más bien inventárselo. Hay un rincón del muelle que parece un retículo de avisperos. Panales bastardos que llenan una pared. Son miles de tomas de corriente para la alimentación de los contenedores reefer, los contenedores con los alimentos congelados y las colas unidas a este avispero. Todos los bocaditos de patata y las varitas de pescado del mundo están almacenados en esos contenedores helados. Cuando voy al muelle Bausan, tengo la sensación de ver por dónde pasan todas las mercancías producidas por la especie humana. Dónde pasan la última noche antes de ser vendidas. Como contemplar el origen del mundo. Por espacio de unas horas transitan por el puerto las prendas que vestirán los niños parisinos durante un mes, las varitas de pescado que comerán en Brescia durante un año, los relojes que ceñirán las muñecas de los catalanes, la seda de todos los vestidos ingleses de una temporada. Sería interesante poder leer en algún sitio no solo dónde se produce la mercancía, sino incluso qué trayecto ha seguido para llegar hasta las manos del comprador. Los productos tienen nacionalidades múltiples, híbridas y bastardas. Nacen a medias en el centro de China, se completan en alguna periferia eslava, se perfeccionan en el nordeste de Italia, se elaboran en Apulia o en el norte de Tirana para acabar en quién sabe qué almacén de Europa. La mercancía tiene en sí misma los derechos de circulación que ningún ser humano podrá tener jamás. Todos los tramos de carretera, los recorridos accidentales y oficiales desembocan en Nápoles. Cuando los barcos se aproximan al puerto, los enormes fullcontainers parecen animales ligeros, pero en cuanto entran en el golfo lentamente, acercándose al muelle, se convierten en pesados mamuts de planchas y cadenas con suturas herrumbrosas en los costados que rezuman agua. Barcos en los que imaginas que viven tripulaciones numerosísimas, y en cambio descargan puñados de hombrecillos que te parecen incapaces de controlar esas bestias mar adentro.

La primera vez que vi arribar un barco chino me pareció que estaba ante toda la producción del mundo. Mis ojos no conseguían contar, cuantificar los contenedores presentes. No conseguía llevar la cuenta. Puede parecer imposible no conseguir manejar los números, pero perdía la cuenta, las cifras se elevaban demasiado, se mezclaban.

En la actualidad, en Nápoles se descarga casi exclusivamente mercancías procedentes de China: 1.600.000 toneladas. Las declaradas. Al menos otro millón pasa sin dejar rastro. Según la Agencia de Aduanas, en el puerto de Nápoles el 60 por ciento de la mercancía escapa a la inspección de la aduana, el 20 por ciento de los recibos de aranceles no se comprueban y hay cincuenta mil falsificaciones: el 99 por ciento es de procedencia china, y se calculan doscientos millones de euros de impuestos evadidos al semestre. Los contenedores que deben desaparecer antes de ser inspeccionados se encuentran en las primeras filas. Todos los contenedores están numerados, pero hay muchos con la misma numeración. De este modo, un contenedor inspeccionado da vía libre a todos sus homónimos ilegales. Lo que se descarga el lunes, el jueves puede venderse en Módena o Génova, o acabar en los escaparates de Bonn y Mónaco. Gran parte de la mercancía que es introducida en el mercado italiano solo debería haber estado de paso en el país, pero la magia de las aduanas permite que el punto de paso se convierta en punto de llegada. La gramática de las mercancías tiene una sintaxis para los documentos y otra para el comercio. En abril de 2005, en cuatro operaciones puestas en marcha casi por casualidad, a poca distancia unas de otras, el Servicio de Vigilancia Antifraude de la Aduana se incautó de veinticuatro mil pantalones vaqueros destinados al mercado francés; de cincuenta y un mil objetos procedentes de Bangladesh con el sello «made in Italy»; y de alrededor de cuatrocientos cincuenta mil muñecos —Barbie, Spiderman—, más otros cuarenta y seis mil juguetes de plástico, por un valor total de aproximadamente treinta y seis millones de euros. En unas pocas horas estaba pasando una fina loncha de economía por el puerto de Nápoles. Y del puerto al mundo. No hay hora o minuto en que eso no suceda. Y las lonchas de economía se convierten en chuletones, y después en cuartos de buey y en bueyes enteros de comercio.

El puerto está separado de la ciudad. Un apéndice infestado que nunca ha degenerado en peritonitis, que siempre ha permanecido en el abdomen de la costa. Hay partes desérticas encerradas entre el agua y la tierra, pero que parecen no pertenecer ni al mar ni a la tierra. Un anfibio terrestre, una metamorfosis marina. Humus y basura, años de restos llevados a la orilla por las mareas han creado una nueva formación. Los barcos vacían sus letrinas, limpian las bodegas dejando que la espuma amarilla caiga al agua, las lanchas y los yates purgan motores y ponen orden echándolo todo al cubo de la basura marino. Y todo se concentra en la costa, primero como masa blanda y luego como corteza dura. El sol crea el espejismo de mostrar un mar hecho de agua. En realidad, la superficie del golfo se asemeja al brillo de las bolsas de basura. Las negras. Y más que de agua, el mar del golfo parece una enorme balsa de lixiviados. Los muelles con miles de contenedores multicolores parecen un límite infranqueable. Nápoles está rodeada de murallas de mercancías. Murallas que no defienden la ciudad; al contrario, la ciudad defiende las murallas. No hay ejércitos de descargadores ni románticas poblaciones populares portuarias. Uno se imagina el puerto como un lugar ruidoso, de incesante ir y venir de hombres, de cicatrices y de lenguas imposibles, un frenesí de gente. En cambio, impera un silencio de fábrica mecanizada. Se diría que en el puerto ya no hay nadie; los contenedores, los barcos y los camiones parecen desplazarse animados por un movimiento perpetuo. Velocidad sin estruendo.

Iba al puerto para comer pescado. La proximidad del mar no garantiza la calidad de un restaurante; en el plato encontraba piedras pómez, arena y hasta alguna que otra alga hervida. Las almejas las echaban a la cazuela tal como las pescaban. Una garantía de frescura, una ruleta rusa de infección. Pero hoy día todo el mundo se ha resignado al sabor del criadero, que hace iguales una sepia y un pollo. Para encontrar el indefinible sabor de mar, en cierto modo había que arriesgarse. Y yo corría gustoso ese riesgo. Mientras estaba en el restaurante del puerto, pregunté dónde podía encontrar un alojamiento.

—No tengo ni idea. Aquí cada vez hay menos casas. Las están comprando los chinos…

En cambio, un tipo que destacaba en medio de la sala, corpulento, aunque menos de lo que se hubiera dicho por la voz que tenía, dijo mirándome:

—¡A lo mejor todavía queda algo!

No añadió nada más. Después de que los dos hubiéramos terminado de comer, echamos a andar por la calle que bordea el puerto. Ni siquiera hizo falta que me dijese que lo acompañara. Llegamos al vestíbulo de un edificio casi fantasma, un bloque de pisos dormitorio. Subimos a la tercera planta, donde estaba el único piso de estudiantes que había sobrevivido. Estaban echando a todo el mundo para dejar espacio al vacío. En las casas no debía quedar nada. Ni armarios, ni camas, ni cuadros, ni mesillas de noche… ni siquiera paredes. Solo debía haber espacio, espacio para los fardos, espacio para los enormes armarios de cartón, espacio para las mercancías.

En el piso me asignaron una especie de habitación; más bien habría que decir un cuartito en el que apenas cabían una cama y un armario. No se habló de mensualidad, de facturas que hubiera que compartir, de conexiones telefónicas. Me presentaron a cuatro chicos, mis coinquilinos, y ahí acabó la cosa. Me explicaron que era el único piso realmente habitado del edificio y que servía para alojar a Xian, el chino que vigilaba «los edificios». No tenía que pagar ningún alquiler, pero me pidieron que trabajara todos los fines de semana en los pisos-almacén. Había ido en busca de una habitación y encontré un trabajo. Por la mañana se derribaban las paredes; por la tarde se recogían los restos de cemento, papel pintado y ladrillos. Se metían los escombros en bolsas de basura normales. Echar abajo una pared produce ruidos insospechados. No de piedra golpeada, sino como de cristales que se rompen al caer. Cada piso se convertía en un almacén sin paredes. No me explico cómo puede seguir en pie el edificio en el que trabajé. Más de una vez derribamos varias paredes maestras, conscientes de estar haciéndolo. Pero hacía falta espacio para la mercancía, y la conservación de los productos importaba más que la de cualquier equilibrio de cemento.

El proyecto de almacenar los fardos en los pisos había sido ideado por algunos comerciantes chinos a raíz de que la autoridad portuaria de Nápoles presentara a una delegación del Congreso estadounidense el plan sobre la seguridad. Este último prevé dividir el puerto en cuatro zonas —para cruceros, para cabotaje, para mercancías y para contenedores— y determinar los riesgos en cada una de ellas. Tras la publicación de este plan de seguridad, para evitar que se pudiese obligar a la policía a intervenir, que los periódicos escribieran demasiado tiempo sobre la cuestión e incluso que algunas cámaras de televisión se colaran en busca de alguna escena jugosa, muchos empresarios chinos decidieron que había que cubrirlo todo de un mayor silencio. Debido, asimismo, a un incremento de los costes, había que hacer todavía más imperceptible la presencia de las mercancías. Hacerlas desaparecer en las naves alquiladas en rincones perdidos de la provincia, entre vertederos y campos de tabaco, presentaba el inconveniente de no eliminar el transporte por carretera. Por consiguien

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos