Obra completa

Yuval Noah Harari

Fragmento

cap-1

 

La línea temporal de la historia

Años antes del presente

13.800 millones Aparecen la materia y la energía. Inicio de la física.
  Aparecen los átomos y las moléculas. Inicio de la química.
4.500 millones Formación del planeta Tierra.
3.800 millones Aparición de los organismos. Inicio de la biología.
6 millones Última abuela común de humanos y chimpancés.
2,5 millones Los humanos evolucionan en África. Primeros utensilios líticos.
2 millones Los humanos se extienden desde África a Eurasia.
Evolución de las diferentes especies humanas.
500.000 Los neandertales aparecen por evolución en Europa y Oriente Próximo.
300.000 Uso cotidiano del fuego.
200.000 Aparición de Homo sapiens por evolución en África oriental.
70.000 La revolución cognitiva. Aparición de lenguaje ficticio.
Inicio de la historia. Los sapiens se extienden fuera de África.
45.000 Los sapiens colonizan Australia. Extinción de la megafauna australiana.
30.000 Extinción de los neandertales.
16.000 Los sapiens colonizan América. Extinción de la megafauna americana.
13.000 Extinción de Homo floresiensis. Homo sapiens es la única especie humana superviviente.
12.000 La revolución agrícola. Domesticación de plantas y animales. Asentamientos permanentes.
5.000 Primeros reinos, escritura y dinero. Religiones politeístas.
4.250 Primer imperio: el Imperio acadio de Sargón.
2.500 Invención de la acuñación: dinero universal.
El Imperio persa; un orden político universal «para beneficio de todos los humanos».
Budismo en la India: una verdad universal «para liberar del sufrimiento a todos los seres».
2.000 Imperio Han en la China. Imperio romano en el Mediterráneo. Cristianismo.
1.400 Islam.
500 La revolución científica. La humanidad admite su ignorancia y empieza a adquirir un poder sin precedentes.
Los europeos empiezan a conquistar América y los océanos. Todo el planeta se convierte en una única liza histórica. Auge del capitalismo.
200 La revolución industrial. Familia y comunidad son sustituidas por Estado y mercado. Extinción masiva de plantas y animales.
El presente Los humanos trascienden los límites del planeta Tierra.
Las armas nucleares amenazan la supervivencia de la humanidad.
Los organismos son cada vez más modelados por el diseño inteligente que por la selección natural.
El futuro ¿El diseño inteligente se convierte en el principio básico de la vida?
¿Primeros seres vivos no orgánicos?
¿Los humanos ascienden a dioses?
cap-2

 

Parte I

La revolución cognitiva

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FIGURA 1. Impresión de una mano efectuada hace unos 30.000 años, en la pared de la cueva de Chauvet-Pont-d’Arc, en el sur de Francia. Tal vez alguien intentó decir «¡Yo estuve aquí!».

cap-3

1

Un animal sin importancia

Hace unos 14.000 millones de años, materia, energía, tiempo y espacio tuvieron su origen en lo que se conoce como el big bang. El relato de estas características fundamentales de nuestro universo se llama física.

Unos 300.000 años después de su aparición, materia y energía empezaron a conglutinarse en estructuras complejas, llamadas átomos, que después se combinaron en moléculas. El relato de los átomos, las moléculas y sus interacciones se llama química.

Hace unos 4.000 millones de años, en un planeta llamado Tierra, determinadas moléculas se combinaron para formar estructuras particularmente grandes e intrincadas llamadas organismos. El relato de los organismos se llama biología.

Hace unos 70.000 años, organismos pertenecientes a la especie Homo sapiens empezaron a formar estructuras todavía más complejas llamadas culturas. El desarrollo subsiguiente de estas culturas humanas se llama historia.

Tres revoluciones importantes conformaron el curso de la historia: la revolución cognitiva marcó el inicio de la historia hace unos 70.000 años. La revolución agrícola la aceleró hace unos 12.000 años. La revolución científica, que se puso en marcha hace solo 500 años, bien pudiera poner fin a la historia e iniciar algo completamente diferente. Este libro cuenta el relato de cómo estas tres revoluciones afectaron a los humanos y a los organismos que los acompañan.

Hubo humanos mucho antes de que hubiera historia. Animales muy parecidos a los humanos modernos aparecieron por primera vez hace unos 2,5 millones de años. Pero durante innumerables generaciones no destacaron de entre la miríada de otros organismos con los que compartían sus hábitats.

En una excursión por África oriental hace dos millones de años, bien pudiéramos haber encontrado un reparto familiar de personajes humanos: madres ansiosas que acariciarían a sus bebés y grupos de niños despreocupados que jugarían en el fango; adolescentes temperamentales que se enfadarían ante los dictados de la sociedad, y ancianos cansados que solo querrían que se les dejara en paz; machos que se golpearían el pecho intentando impresionar a la belleza local, y matriarcas sabias y viejas que ya lo habrían visto todo. Estos humanos arcaicos amaban, jugaban, formaban amistades íntimas y competían por el rango social y el poder… pero también lo hacían los chimpancés, los papiones y los elefantes. No había nada de especial en ellos. Nadie, y mucho menos los propios humanos, tenían ningún atisbo de que sus descendientes caminarían un día sobre la Luna, dividirían el átomo, desentrañarían el código genético y escribirían libros de historia. Lo más importante que hay que saber acerca de los humanos prehistóricos es que eran animales insignificantes que no ejercían más impacto sobre su ambiente que los gorilas, las luciérnagas o las medusas.

Los biólogos clasifican a los organismos en especies. Se dice que unos animales pertenecen a la misma especie si tienden a aparearse entre sí, dando origen a descendientes fértiles. Caballos y asnos tienen un antepasado común reciente y comparten muchos rasgos físicos, pero muestran muy poco interés sexual mutuo. Se aparean si se les induce a hacerlo; sin embargo, sus descendientes, llamados mulas y burdéganos, son estériles. Por ello, las mutaciones en el ADN de asno nunca pasarán al caballo, o viceversa. En consecuencia, se considera que los dos tipos de animales son dos especies distintas, que se desplazan a lo largo de rutas evolutivas separadas. En cambio, un bulldog y un spaniel pueden tener un aspecto muy diferente, pero son miembros de la misma especie y comparten el mismo acervo de ADN. Se aparearán fácilmente, y sus cachorros crecerán y se aparearán con otros perros y engendrarán más cachorros.

Las especies que evolucionaron a partir de un ancestro común se agrupan bajo la denominación de «género». Leones, tigres, leopardos y jaguares son especies diferentes dentro del género Panthera. Los biólogos denominan a los organismos con un nombre latino en dos partes, el género seguido de la especie. Los leones, por ejemplo, se llaman Panthera leo, la especie leo del género Panthera. Presumiblemente, todo el que lea este libro es un Homo sapiens: la especie sapiens (sabio) del género Homo (hombre).

Los géneros, a su vez, se agrupan en familias, como las de los gatos (leones, guepardos, gatos domésticos), los perros (lobos, zorros, chacales) y los elefantes (elefantes, mamuts, mastodontes). Todos los miembros de una familia remontan su linaje hasta una matriarca o un patriarca fundadores. Todos los gatos, por ejemplo, desde el minino doméstico más pequeño hasta el león más feroz, comparten un antepasado felino común que vivió hace unos 25 millones de años.

También Homo sapiens pertenece a una familia. Este hecho banal ha sido uno de los secretos más bien guardados de la historia. Durante mucho tiempo, Homo sapiens prefirió considerarse separado de los animales, un huérfano carente de familia, sin hermanos ni primos y, más importante todavía, sin padres. Pero esto no es así. Nos guste o no, somos miembros de una familia grande y particularmente ruidosa: la de los grandes simios. Nuestros parientes vivos más próximos incluyen a los chimpancés, los gorilas y los orangutanes. Los chimpancés son los más próximos. Hace exactamente 6 millones de años, una única hembra de simio tuvo dos hijas. Una se convirtió en el ancestro de todos los chimpancés, la otra es nuestra propia abuela.

ESQUELETOS EN EL ARMARIO

Homo sapiens ha mantenido escondido un secreto todavía más inquietante. No solo poseemos una abundancia de primos incivilizados; hubo un tiempo en que tuvimos asimismo unos cuantos hermanos y hermanas. Estamos acostumbrados a pensar en nosotros como la única especie humana que hay, porque durante los últimos 10.000 años nuestra especie ha sido, efectivamente, la única especie humana de estos pagos. Pero el significado real de la palabra humano es «un animal que pertenece al género Homo», y hubo otras muchas especies de este género además de Homo sapiens. Por otra parte, como veremos en el último capítulo del libro, quizá en el futuro no muy distante tendremos que habérnoslas de nuevo con humanos no sapiens. A fin de aclarar este punto, usaré a menudo el término «sapiens» para denotar a los miembros de la especie Homo sapiens, mientras que reservaré el término «humano» para referirme a todos los miembros actuales del género Homo.

Los humanos evolucionaron por primera vez en África oriental hace unos 2,5 millones de años, a partir de un género anterior de simios llamado Australopithecus, que significa «simio austral». Hace unos dos millones de años, algunos de estos hombres y mujeres arcaicos dejaron su tierra natal para desplazarse a través de extensas áreas del norte de África, Europa y Asia e instalarse en ellas. Puesto que la supervivencia en los bosques nevados de Europa septentrional requería rasgos diferentes que los necesarios para permanecer vivo en las vaporosas junglas de Indonesia, las poblaciones humanas evolucionaron en direcciones diferentes. El resultado fueron varias especies distintas, a cada una de las cuales los científicos han asignado un pomposo nombre en latín.

Los humanos en Europa y Asia occidental evolucionaron en Homo neanderthalensis («hombre del valle del Neander»), a los que de manera popular se hace referencia simplemente como «neandertales». Los neandertales, más corpulentos y musculosos que nosotros, sapiens, estaban bien adaptados al clima frío de la Eurasia occidental de la época de las glaciaciones. Las regiones más orientales de Asia estaban pobladas por Homo erectus, «hombre erguido», que sobrevivió allí durante cerca de dos millones de años, lo que hace de ella la especie humana más duradera de todas. Es improbable que este récord sea batido incluso por nuestra propia especie. Es dudoso que Homo sapiens esté aquí todavía dentro de 1.000 años, de manera que dos millones de años quedan realmente fuera de nuestras posibilidades.

En la isla de Java, en Indonesia, vivió Homo soloensis, «el hombre del valle del Solo», que estaba adaptado a la vida en los trópicos. En otra isla indonesia, la pequeña isla de Flores, los humanos arcaicos experimentaron un proceso de nanismo. Los humanos llegaron por primera vez a Flores cuando el nivel del mar era excepcionalmente bajo y la isla era fácilmente accesible desde el continente. Cuando el nivel del mar subió de nuevo, algunas personas quedaron atrapadas en la isla, que era pobre en recursos. Las personas grandes, que necesitan mucha comida, fueron las primeras en morir. Los individuos más pequeños sobrevivieron mucho mejor. A lo largo de generaciones, las gentes de Flores se convirtieron en enanos. Los individuos de esta especie única, que los científicos conocen como Homo floresiensis, alcanzaban una altura máxima de solo un metro, y no pesaban más de 25 kilogramos. No obstante, eran capaces de producir utensilios de piedra, e incluso ocasionalmente consiguieron capturar a algunos de los elefantes de la isla (aunque, para ser justos, los elefantes eran asimismo una especie enana).

En 2010, otro hermano perdido fue rescatado del olvido cuando unos científicos que excavaban en la cueva Denisova, en Siberia, descubrieron un hueso del dedo fósil. El análisis genético demostró que el dedo pertenecía a una especie previamente desconocida, que fue bautizada como Homo denisova. Quién sabe cuántos otros parientes nuestros perdidos esperan a ser descubiertos en otras cuevas, en otras islas y en otros climas.

Mientras estos humanos evolucionaban en Europa y Asia, la evolución en África oriental no se detuvo. La cuna de la humanidad continuó formando numerosas especies nuevas, como Homo rudolfensis, «hombre del lago Rodolfo», Homo ergaster, «hombre trabajador», y finalmente nuestra propia especie, a la que de manera inmodesta bautizamos como Homo sapiens, «hombre sabio».

Los miembros de algunas de estas especies eran grandes y otros eran enanos. Algunos eran cazadores temibles y otros apacibles recolectores de plantas. Algunos vivieron solo en una única isla, mientras que muchos vagaban por continentes enteros. Pero todos pertenecían al género Homo. Todos eran seres humanos (véase la figura 2).

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FIGURA 2. Nuestros hermanos, según reconstrucciones especulativas. De izquierda a derecha: Homo rudolfensis (África oriental); Homo erectus (Asia oriental), y Homo neanderthalensis (Europa y Asia occidental). Todos son humanos.

Es una falacia común considerar que estas especies se disponen en una línea de descendencia directa: H. ergaster engendró a H. erectus, este a los neandertales, y los neandertales evolucionaron y dieron origen a nosotros. Este modelo lineal da la impresión equivocada de que en cualquier momento dado solo un tipo de humano habitaba en la Tierra, y que todas las especies anteriores eran simplemente modelos más antiguos de nosotros. Lo cierto es que desde hace unos 2 millones de años hasta hace aproximadamente 10.000 años, el mundo fue el hogar, a la vez, de varias especies humanas. ¿Y por qué no? En la actualidad hay muchas especies de osos: pardos, negros, grizzli, polares. La Tierra de hace cien milenios fue hollada por al menos seis especies diferentes de hombres. Es nuestra exclusividad actual, y no este pasado multiespecífico, lo que es peculiar… y quizá incriminador. Como veremos en breve, los sapiens tenemos buenas razones para reprimir el recuerdo de nuestros hermanos.

EL COSTE DE PENSAR

A pesar de sus muchas diferencias, todas las especies humanas comparten varias características distintivas. La más notable es que los humanos tienen un cerebro extraordinariamente grande en comparación con el de otros animales. Los mamíferos que pesan 60 kilogramos tienen en promedio un cerebro de 200 centímetros cúbicos. Los primeros hombres y mujeres, de hace 2,5 millones de años, tenían un cerebro de unos 600 centímetros cúbicos. Los sapiens modernos lucen un cerebro que tiene en promedio 1.200-1.400 centímetros cúbicos. El cerebro de los neandertales era aún mayor.

El hecho de que la evolución seleccionara a favor de cerebros mayores nos puede parecer, digamos, algo obvio. Estamos tan prendados de nuestra elevada inteligencia que asumimos que cuando se trata de potencia cerebral, más tiene que ser mejor. Pero si este fuera el caso, la familia de los felinos también habría engendrado gatos que podrían hacer cálculos. ¿Por qué es el género Homo el único de todo el reino animal que ha aparecido con estas enormes máquinas de pensar?

El hecho es que un cerebro colosal es un desgaste colosal en el cuerpo. No es fácil moverlo por ahí, en especial cuando está encerrado en un cráneo enorme. Es incluso más difícil de aprovisionar. En Homo sapiens, el cerebro supone el 2-3 por ciento del peso corporal total, pero consume el 25 por ciento de la energía corporal cuando el cuerpo está en reposo. En comparación, el cerebro de otros simios requiere solo el 8 por ciento de la energía en los momentos de reposo. Los humanos arcaicos pagaron por su gran cerebro de dos maneras. En primer lugar, pasaban más tiempo en busca de comida. En segundo lugar, sus músculos se atrofiaron. Al igual que un gobierno que reduce el presupuesto de defensa para aumentar el de educación, los humanos desviaron energía desde los bíceps a las neuronas. No es en absoluto una conclusión inevitable que esto sea una buena estrategia para sobrevivir en la sabana. Un chimpancé no puede ganar a Homo sapiens en una discusión, pero el simio puede despedazar al hombre como si fuera una muñeca de trapo.

Hoy en día nuestro gran cerebro nos compensa magníficamente, porque podemos producir automóviles y fusiles que nos permiten desplazarnos mucho más deprisa que los chimpancés y dispararles desde una distancia segura en lugar de pelear con ellos. Pero coches y armas son un fenómeno reciente. Durante más de dos millones de años, las redes neuronales humanas no cesaron de crecer, aunque dejando aparte algunos cuchillos de pedernal y palos aguzados, los humanos tenían muy poca cosa que mostrar. ¿Qué fue entonces lo que impulsó la evolución del enorme cerebro humano durante estos dos millones de años? Francamente, no lo sabemos.

Otro rasgo humano singular es que andamos erectos sobre dos piernas. Al ponerse de pie es más fácil examinar la sabana en busca de presas o de enemigos, y los brazos que son innecesarios para la locomoción quedan libres para otros propósitos, como lanzar piedras o hacer señales. Cuantas más cosas podían hacer con las manos, más éxito tenían sus dueños, de modo que la presión evolutiva produjo una concentración creciente de nervios y de músculos finamente ajustados en las palmas y los dedos. Como resultado, los humanos pueden realizar tareas muy intrincadas con las manos. En particular, puede producir y usar utensilios sofisticados. Los primeros indicios de producción de utensilios datan de hace unos 2,5 millones de años, y la fabricación y uso de útiles son los criterios por los que los arqueólogos reconocen a los humanos antiguos.

Pero andar erguido tiene su lado negativo. El esqueleto de nuestros antepasados primates se desarrolló durante millones de años para sostener a un animal que andaba a cuatro patas y tenía una cabeza relativamente pequeña. Adaptarse a una posición erguida era todo un reto, especialmente cuando el andamiaje tenía que soportar un cráneo muy grande. La humanidad pagó por su visión descollante y por sus manos industriosas con dolores de espalda y tortícolis.

Las mujeres pagaron más. Una andadura erecta requería caderas más estrechas, lo que redujo el canal del parto, y ello precisamente cuando la cabeza de los bebés se estaba haciendo cada vez mayor. La muerte en el parto se convirtió en un riesgo importante para las hembras humanas. A las mujeres que parían antes, cuando el cerebro y la cabeza del niño eran todavía relativamente pequeños y flexibles, les fue mejor y vivieron para tener más hijos. Por consiguiente, la selección natural favoreció los nacimientos más tempranos. Y, en efecto, en comparación con otros animales, los humanos nacen prematuramente, cuando muchos de sus sistemas vitales están todavía subdesarrollados. Un potro puede trotar poco después de nacer; un gatito se separa de la madre para ir a buscar comida por su cuenta cuando tiene apenas unas pocas semanas de vida. Los bebés humanos son desvalidos, y dependientes durante muchos años para su sustento, protección y educación.

Este hecho ha contribuido enormemente tanto a las extraordinarias capacidades sociales de la humanidad como a sus problemas sociales únicos. Las madres solitarias apenas podían conseguir suficiente comida para su prole y para ellas al llevar consigo niños necesitados. Criar a los niños requería la ayuda constante de otros miembros de la familia y los vecinos. Para criar a un humano hace falta una tribu. Así, la evolución favoreció a los que eran capaces de crear lazos sociales fuertes. Además, y puesto que los humanos nacen subdesarrollados, pueden ser educados y socializados en una medida mucho mayor que cualquier otro animal. La mayoría de los mamíferos surgen del seno materno como los cacharros de alfarería vidriada salen del horno de cochura: cualquier intento de moldearlos de nuevo los romperá. Los humanos salen del seno materno como el vidrio fundido sale del horno. Pueden ser retorcidos, estirados y modelados con un sorprendente grado de libertad. Esta es la razón por la que en la actualidad podemos educar a nuestros hijos para que se conviertan en cristianos o budistas, capitalistas o socialistas, belicosos o pacifistas.

Suponemos que un cerebro grande, el uso de utensilios, capacidades de aprendizaje superiores y estructuras sociales complejas son ventajas enormes. Resulta evidente que estas hicieron del ser humano el animal más poderoso de la Tierra. Pero los humanos gozaron de todas estas ventajas a lo largo de dos millones de años, durante los cuales siguieron siendo criaturas débiles y marginales. Así, los humanos que vivieron hace un millón de años, a pesar de su gran cerebro y de sus utensilios líticos aguzados, vivían con un temor constante a los depredadores, raramente cazaban caza mayor, y subsistían principalmente mediante la recolección de plantas, la captura de insectos, la caza al acecho de pequeños animales y comiendo la carroña que dejaban otros carnívoros más poderosos.

Uno de los usos más comunes de los primeros utensilios de piedra fue el de romper huesos con el fin de llegar a la médula. Algunos investigadores creen que este fue nuestro nicho original. De la misma manera que los picos carpinteros se especializan en extraer insectos de los troncos de los árboles, los primeros humanos se especializaron en extraer el tuétano de los huesos. ¿Por qué la médula? Bueno, supongamos que observamos a una manada de leones abatir y devorar una jirafa. Esperamos pacientemente hasta que han terminado. Pero todavía no es nuestro turno, porque primero las hienas y después los chacales (y no nos atrevemos a interferir con ellos) aprovechan lo que queda. Solo entonces nosotros y nuestra banda nos atrevemos a acercarnos al cadáver, miramos cautelosamente a derecha e izquierda, y después nos dedicamos al único tejido comestible que queda.

Esto es fundamental para comprender nuestra historia y nuestra psicología. La posición del género Homo en la cadena alimentaria estuvo, hasta fecha muy reciente, firmemente en el medio. Durante millones de años, los humanos cazaban animales más pequeños y recolectaban lo que podían, al tiempo que eran cazados por los depredadores mayores. Fue solo hace 400.000 años cuando las diversas especies de hombre empezaron a cazar presas grandes de manera regular, y solo en los últimos 100.000 años (con el auge de Homo sapiens) saltó el hombre a la cima de la cadena alimentaria.

Este salto espectacular desde la zona media a la cima tuvo consecuencias enormes. Otros animales de la cumbre de la pirámide, como leones y tiburones, evolucionaron hasta alcanzar tal posición de manera muy gradual, a lo largo de millones de años. Esto permitió que el ecosistema desarrollara frenos y equilibrios que impedían que los leones y los tiburones causaran excesivos destrozos. A medida que los leones se hacían más mortíferos, las gacelas evolucionaron para correr más deprisa, las hienas para cooperar mejor y los rinocerontes para tener más mal genio. En cambio, la humanidad alcanzó tan rápidamente la cima que el ecosistema no tuvo tiempo de adecuarse. Además, tampoco los humanos consiguieron adaptarse. La mayoría de los depredadores culminales del planeta son animales majestuosos. Millones de años de dominio los han henchido de confianza en sí mismos. Sapiens, en cambio, es más como el dictador de una república bananera. Al haber sido hasta hace muy poco uno de los desvalidos de la sabana, estamos llenos de miedos y ansiedades acerca de nuestra posición, lo que nos hace doblemente crueles y peligrosos. Muchas calamidades históricas, desde guerras mortíferas hasta catástrofes ecológicas, han sido consecuencia de este salto demasiado apresurado.

UNA RAZA DE COCINEROS

Un paso importante en el camino hasta la cumbre fue la domesticación del fuego. Algunas especies humanas pudieron haber hecho uso ocasional del fuego muy pronto, hace 800.000 años. Hace unos 300.000 años, Homo erectus, los neandertales y Homo sapiens usaban el fuego de manera cotidiana. Ahora los humanos tenían una fuente fiable de luz y calor, y un arma mortífera contra los leones que rondaban a la busca de presas. No mucho después, los humanos pudieron haber empezado deliberadamente a incendiar sus inmediaciones. Un fuego cuidadosamente controlado podía convertir espesuras intransitables e improductivas en praderas prístinas con abundante caza. Además, una vez que el fuego se extinguía, los emprendedores de la Edad de Piedra podían caminar entre los restos humeantes y recolectar animales, nueces y tubérculos quemados.

Pero lo mejor que hizo el fuego fue cocinar. Alimentos que los humanos no pueden digerir en su forma natural (como el trigo, el arroz y las patatas) se convirtieron en elementos esenciales de nuestra dieta gracias a la cocción. El fuego no solo cambió la química de los alimentos, cambió asimismo su biología. La cocción mataba gérmenes y parásitos que infestaban los alimentos. A los humanos también les resultaba más fácil masticar y digerir antiguos platos favoritos como frutas, nueces, insectos y carroña si estaban cocinados. Mientras que los chimpancés invierten cinco horas diarias en masticar alimentos crudos, una única hora basta para la gente que come alimentos cocinados.

El advenimiento de la cocción permitió que los humanos comieran más tipos de alimentos, que dedicaran menos tiempo a comer, y que se las ingeniaron con dientes más pequeños y un intestino más corto. Algunos expertos creen que hay una relación directa entre el advenimiento de la cocción, el acortamiento del tracto intestinal humano y el crecimiento del cerebro humano. Puesto que tanto un intestino largo como un cerebro grande son extraordinarios consumidores de energía, es difícil tener ambas cosas. Al acortar el intestino y reducir su consumo de energía, la cocción abrió accidentalmente el camino para el enorme cerebro de neandertales y sapiens.[1]

El fuego abrió también la primera brecha importante entre el hombre y los demás animales. El poder de casi todos los animales depende de su cuerpo: la fuerza de sus músculos, el tamaño de sus dientes, la envergadura de sus alas. Aunque pueden domeñar vientos y corrientes, son incapaces de controlar estas fuerzas naturales, y siempre están limitados por su diseño físico. Las águilas, por ejemplo, identifican las columnas de corrientes térmicas que se elevan del suelo, extienden sus alas gigantescas y permiten que el aire caliente las eleve hacia arriba. Pero las águilas no pueden controlar la localización de las columnas, y su capacidad de carga máxima es estrictamente proporcional a su envergadura alar.

Cuando los humanos domesticaron el fuego, consiguieron el control de una fuerza obediente y potencialmente ilimitada. A diferencia de las águilas, los humanos podían elegir cuándo y dónde prender una llama, y fueron capaces de explotar el fuego para gran número de tareas. Y más importante todavía, el poder del fuego no estaba limitado por la forma, la estructura o la fuerza del cuerpo humano. Una única mujer con un pedernal o con una tea podía quemar todo un bosque en cuestión de horas. La domesticación del fuego fue una señal de lo que habría de venir.

GUARDIANES DE NUESTROS HERMANOS

A pesar de los beneficios del fuego, hace 150.000 años los humanos eran todavía criaturas marginales. Ahora podían asustar a los leones, caldearse durante las noches frías e incendiar algún bosque. Pero considerando todas las especies juntas, aun así no había más que quizá un millón de humanos que vivían entre el archipiélago Indonesio y la península Ibérica, un mero eco en el radar ecológico.

Nuestra propia especie, Homo sapiens, ya estaba presente en el escenario mundial, pero hasta entonces se ocupaba únicamente de sus asuntos en un rincón de África. No sabemos con exactitud dónde ni cuándo animales que pueden clasificarse como Homo sapiens evolucionaron por primera vez a partir de algún tipo anterior de humanos, pero la mayoría de los científicos están de acuerdo en que, hace 150.000 años, África oriental estaba poblada por sapiens que tenían un aspecto igual al nuestro. Si uno de ellos apareciera en una morgue moderna, el patólogo local no advertiría nada peculiar. Gracias a la bendición del fuego tenían dientes y mandíbulas más pequeños que sus antepasados, a la vez que tenían un cerebro enorme, igual en tamaño al nuestro.

Los científicos también coinciden en que hace unos 70.000 años sapiens procedentes de África oriental se extendieron por la península Arábiga y, desde allí, invadieron rápidamente todo el continente euroasiático (véase el mapa 1).

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MAPA 1. Homo sapiens conquista el planeta.

Cuando Homo sapiens llegó a Arabia, la mayor parte de Eurasia ya estaba colonizada por otros humanos. ¿Qué les ocurrió? Existen dos teorías contradictorias. La «teoría del entrecruzamiento» cuenta una historia de atracción, sexo y mezcla. A medida que los inmigrantes africanos se extendían por todo el mundo, se reprodujeron con otras poblaciones humanas, y las personas actuales son el resultado de ese entrecruzamiento.

Por ejemplo, cuando los sapiens alcanzaron Oriente Próximo y Europa, encontraron a los neandertales. Estos humanos eran más musculosos que los sapiens, poseían un cerebro mayor y estaban mejor adaptados a los climas fríos. Empleaban utensilios y fuego, eran buenos cazadores y aparentemente cuidaban de sus enfermos y débiles. (Los arqueólogos han descubierto huesos de neandertales que vivieron durante muchos años con impedimentos físicos graves, que son prueba de que eran cuidados por sus parientes.) A menudo se ilustra en las caricaturas a los neandertales como la «gente de las cuevas», arquetípicamente bestiales y estúpidos, pero pruebas recientes han cambiado su imagen (véase la figura 3).

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FIGURA 3. Una reconstrucción especulativa de un niño neandertal. Las pruebas genéticas indican que al menos algunos neandertales pudieron haber tenido la piel y el pelo claros.

Según la teoría del entrecruzamiento, cuando los sapiens se extendieron por las tierras de los neandertales, los sapiens se reprodujeron con los neandertales hasta que las dos poblaciones se fusionaron. Si este fuera el caso, entonces los euroasiáticos de la actualidad no son sapiens puros. Son una mezcla de sapiens y neandertales. De manera parecida, cuando los sapiens alcanzaron Asia oriental, se entrecruzaron con los erectus locales, de manera que chinos y coreanos son una mezcla de sapiens y erectus.

La hipótesis opuesta, la llamada «teoría de la sustitución», cuenta una historia muy distinta: una historia de incompatibilidad, aversión y quizá incluso genocidio. Según esta teoría, los sapiens y los otros humanos tenían anatomías diferentes, y muy probablemente hábitos de apareamiento e incluso olores corporales diferentes. Habrían tenido escaso interés sexual los unos hacia los otros. E incluso si un Romeo neandertal y una Julieta sapiens se enamoraron, no pudieron procrear hijos fértiles, porque la brecha genética que separaba las dos poblaciones ya era insalvable. Las dos poblaciones permanecieron completamente distintas, y cuando los neandertales se extinguieron, o fueron exterminados, sus genes murieron con ellos. De acuerdo con esta teoría, los sapiens sustituyeron a todas las poblaciones humanas anteriores sin mezclarse con ellas. Si este fuera el caso, los linajes de todos los humanos contemporáneos pueden remontarse, exclusivamente, a África oriental, hace 70.000 años. Todos somos «sapiens puros».

Muchas cosas dependen de este debate. Desde una perspectiva evolutiva, 70.000 años es un intervalo relativamente corto. Si la teoría de la sustitución es correcta, todos los humanos actuales tienen aproximadamente el mismo equipaje genético, y las distinciones raciales entre ellos son insignificantes. Pero si la teoría del entrecruzamiento es cierta, bien pudiera haber diferencias genéticas entre africanos, europeos y asiáticos que se remonten a cientos de miles de años. Esto es dinamita política, que podría proporcionar material para teorías raciales explosivas.

En las últimas décadas, la teoría de la sustitución ha sido la que ha tenido más aceptación en la disciplina. Tenía el respaldo arqueológico más firme y era más políticamente correcta (los científicos no tenían ningún deseo de abrir la caja de Pandora del racismo al afirmar que entre las poblaciones humanas modernas había una diversidad genética significativa). Pero esto se acabó en 2010, cuando se publicaron los resultados de un estudio que duró cuatro años para cartografiar el genoma de los neandertales. Los genetistas habían podido reunir el suficiente ADN intacto de neandertales a partir de fósiles para efectuar una comparación general entre este y el ADN de humanos contemporáneos. Los resultados sorprendieron a la comunidad científica.

Resultó que entre el 1 y el 4 por ciento del ADN humano único de poblaciones modernas de Oriente Próximo y Europa es ADN de neandertal. No es un porcentaje muy grande, pero es importante. Una segunda sorpresa llegó varios meses después, cuando se mapeó el ADN extraído del dedo fosilizado de Denisova. Los resultados demostraron que hasta el 6 por ciento del ADN humano único de los melanesios y aborígenes australianos modernos es ADN denisovano.

Si estos resultados son válidos (y es importante tener en cuenta que se están realizando más investigaciones, que pueden reforzar o modificar estas conclusiones), los partidarios del entrecruzamiento acertaron al menos en algunas cosas. Pero esto no significa que la teoría de la sustitución sea totalmente errónea. Puesto que neandertales y denisovanos contribuyeron solo con una pequeña cantidad de ADN a nuestro genoma actual, es imposible hablar de una fusión entre los sapiens y otras especies humanas. Aunque las diferencias entre ellos no eran suficientemente grandes para impedir por completo la cópula fértil, lo eran lo bastante para hacer que tales contactos fueran muy raros.

Así pues, ¿cómo hemos de entender el parentesco biológico entre los sapiens, neandertales y denisovanos? Es obvio que no se trataba de especies completamente diferentes, como los caballos y los asnos. Por otra parte, no se trataba simplemente de poblaciones diferentes de la misma especie, como bulldogs y spaniels. La realidad biológica no es blanca y negra. Existen asimismo importantes áreas grises. Cada dos especies que evolucionaron a partir de un antepasado común, como caballos y asnos, fueron en algún momento dos poblaciones de la misma especie, como los bulldogs y los spaniels. Tuvo que haber existido un momento en el que las dos poblaciones ya eran muy distintas entre sí, pero que todavía eran capaces, en raras ocasiones, de tener sexo y procrear descendientes fértiles. Después, otra mutación cercenó este último hilo que las conectaba, y siguieron sus caminos evolutivos separados.

Parece que hace unos 50.000 años, sapiens, neandertales y denisovanos se hallaban en este punto limítrofe. Eran casi especies completamente separadas, pero no del todo. Como veremos en el capítulo siguiente, los sapiens ya eran muy diferentes de los neandertales y denisovanos no solo en su código genético y en sus rasgos físicos, sino también en sus capacidades cognitivas y sociales, pero parece que todavía era posible, en raras ocasiones, que un sapiens y un neandertal procrearan un hijo fértil. De manera que las poblaciones no se mezclaron, pero unos pocos genes neandertales afortunados sí que consiguieron un pasaje en el Expreso Sapiens. Es inquietante (y quizá emocionante) pensar que nosotros, sapiens, pudimos en una época haber tenido sexo con un animal de una especie diferente, y pudimos haber engendrado hijos juntos.

Pero si los neandertales, los denisovanos y otras especies humanas no se fusionaron con los sapiens, ¿por qué desaparecieron? Una posibilidad es que Homo sapiens los empujara hacia la extinción. Imagine el lector una banda de sapiens que llega a un valle de los Balcanes en el que han vivido neandertales durante cientos de miles de años. Los recién llegados empezaron a cazar los ciervos y a recolectar las nueces y bayas que eran los alimentos básicos de los neandertales. Tal como veremos en el capítulo siguiente, los sapiens eran cazadores y recolectores más diestros (gracias a una mejor tecnología y a habilidades sociales superiores), de manera que se multiplicaron y se expandieron. Los neandertales, menos ingeniosos, encontraron cada vez más dificultades para procurarse alimento. Su población se redujo y se extinguieron lentamente, excepto quizá por uno o dos miembros que se unieron a sus vecinos sapiens.

Otra posibilidad es que la competencia por los recursos derivara en violencia y genocidio. La tolerancia no es una marca de fábrica de los sapiens. En tiempos modernos, pequeñas diferencias en el color de la piel, el dialecto o la religión han sido suficientes para animar a un grupo de sapiens a que se dispusiera a exterminar a otro grupo. ¿Habrían sido los antiguos sapiens más tolerantes hacia una especie humana completamente diferente? Bien pudiera ser que cuando los sapiens se toparon con los neandertales el resultado fuera la primera y más importante campaña de limpieza étnica de la historia.

Ocurriera como ocurriese, los neandertales (y las demás especies humanas) plantean uno de los grandes interrogantes de la historia. Imagine el lector cómo podrían haber ido las cosas si los neandertales o los denisovanos hubieran sobrevivido junto con Homo sapiens. ¿Qué tipo de culturas, sociedades y estructuras políticas habrían surgido en un mundo en el que coexistían varias especies humanas diferentes? Por ejemplo, ¿cómo se habrían desplegado las distintas creencias religiosas? ¿Habría declarado el libro del Génesis que los neandertales descendían de Adán y Eva, habría muerto Jesús por los pecados de los denisovanos, y habría reservado el Corán moradas celestiales para todos los humanos virtuosos, fuere cual fuese su especie? ¿Habrían podido servir los neandertales en las legiones romanas, o en la extensa burocracia de la China imperial? ¿Acaso la Declaración de Independencia de Estados Unidos habría sostenido como una verdad evidente que todos los miembros del género Homo son creados iguales? ¿Habría animado Karl Marx a los trabajadores de todas las especies a que se unieran?

Durante los últimos 10.000 años, Homo sapiens se ha acostumbrado tanto a ser la única especie humana que es difícil para nosotros concebir ninguna otra posibilidad. Nuestra carencia de hermanos y hermanas hace que nos resulte más fácil imaginar que somos el epítome de la creación, y que una enorme brecha nos separa del resto del reino animal. Cuando Charles Darwin indicó que Homo sapiens era solo otra especie animal, sus coetáneos se sintieron ofendidos. Incluso en la actualidad muchas personas rehúsan creerlo. Si los neandertales hubieran sobrevivido, ¿nos imaginaríamos todavía que somos una criatura diferente? Quizá esta sea exactamente la razón por la que nuestros antepasados eliminaron a los neandertales. Eran demasiado familiares para ignorarlos, pero demasiado diferentes para tolerarlos.

Tengan de ello la culpa los sapiens o no, tan pronto como llegaban a una nueva localidad, la población nativa se extinguía. Los últimos restos de Homo soloensis datan de hace unos 50.000 años. Homo denisova desapareció poco después. Los neandertales hicieron lo propio hace unos 30.000 años. Los últimos humanos enanos desaparecieron de la isla de Flores hace aproximadamente 12.000 años. Dejaron algunos huesos, utensilios líticos, unos pocos genes en nuestro ADN y un montón de preguntas sin respuesta. También nos dejaron a nosotros, Homo sapiens, la última especie humana.

¿Cuál fue el secreto del éxito de los sapiens? ¿Cómo conseguimos establecernos tan rápidamente en tantos hábitats tan distantes y ecológicamente tan diferentes? ¿Qué hicimos para empujar a las demás especies humanas a caer en el olvido? ¿Por qué ni siquiera los neandertales, con un cerebro grande, fuertes y a prueba de frío, sobrevivieron a nuestra embestida? El debate continúa abierto. La respuesta más probable es lo mismo que hace posible el debate: Homo sapiens conquistó el mundo gracias, por encima de todo, a su lenguaje único.

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2

El árbol del saber

En el capítulo anterior hemos visto que aunque los sapiens ya habían poblado África oriental hace 150.000 años, no empezaron a invadir el resto del planeta Tierra y a llevar a la extinción a las otras especies humanas hasta hace solo unos 70.000 años. En los milenios intermedios, aunque estos sapiens arcaicos tenían nuestro mismo aspecto y su cerebro era tan grande como el nuestro, no gozaron de ninguna ventaja notable sobre las demás especies humanas, no produjeron utensilios particularmente elaborados y no lograron ninguna otra hazaña especial.

De hecho, en el primer encuentro registrado entre sapiens y neandertales, ganaron los neandertales. Hace unos 100.000 años, algún grupo de sapiens emigró al norte, al Levante, que era territorio neandertal, pero no consiguió establecer una posición firme. Pudo deberse a los nativos belicosos, a un clima inclemente o a parásitos locales extraños. Fuera cual fuese la razón, los sapiens acabaron por retirarse, dejando a los neandertales como dueños de Oriente Próximo.

Este número escaso de logros ha hecho que los expertos especulen que la estructura interna del cerebro de estos sapiens probablemente era diferente de la nuestra. Tenían nuestro mismo aspecto, pero sus capacidades cognitivas (aprendizaje, memoria, comunicación) eran mucho más limitadas. Enseñar a estos sapiens antiguos español, persuadirlos de la verdad del dogma cristiano o conseguir que comprendieran la teoría de la evolución habría sido probablemente una empresa imposible. Y al revés: nosotros habríamos tenido muchas dificultades en aprender su sistema de comunicación y su manera de pensar.

Pero entonces, a partir de hace aproximadamente 70.000 años, Homo sapiens empezó a hacer cosas muy especiales. Alrededor de esta fecha, bandas de sapiens abandonaron África en una segunda oleada. Esta vez expulsaron a los neandertales y a todas las demás especies humanas no solo de Oriente Próximo, sino de la faz de la Tierra. En un período notablemente reducido, los sapiens llegaron a Europa y a Asia oriental. Hace unos 45.000 años, de alguna manera cruzaron el mar abierto y desembarcaron en Australia, un continente que hasta entonces no había sido hollado por los humanos. El período comprendido entre hace unos 70.000 y unos 30.000 años fue testigo de la invención de barcas, lámparas de aceite, arcos y flechas y agujas (esenciales para coser vestidos cálidos). Los primeros objetos que pueden calificarse con seguridad de arte y joyería proceden de esta época, como ocurre con las primeras pruebas incontrovertibles de religión, comercio y estratificación social (véase la figura 4).

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FIGURA 4. Una figurita de marfil de mamut de un «hombre león» (o de una «mujer leona»), de la cueva de Stadel en Alemania (hace unos 32.000 años). El cuerpo es humano, pero la cabeza es leonina. Este es uno de los primeros ejemplos indiscutibles de arte, y probablemente de religión, así como de la capacidad de la mente humana de imaginar cosas que no existen realmente.

La mayoría de los investigadores creen que estos logros sin precedentes fueron el producto de una revolución en las capacidades cognitivas de los sapiens. Sostienen que las gentes que llevaron a los neandertales a la extinción, colonizaron Australia y cincelaron el hombre león de Stadel eran tan inteligentes, creativos y sensibles como nosotros. Si nos encontráramos con los artistas de la cueva de Stadel, podríamos aprender su lenguaje y ellos el nuestro. Podríamos explicarles todo lo que sabemos, desde las aventuras de Alicia en el país de las maravillas hasta las paradojas de la física cuántica, y ellos podrían enseñarnos de qué manera veían el mundo.

La aparición de nuevas maneras de pensar y comunicarse, hace entre 70.000 y 30.000 años, constituye la revolución cognitiva. ¿Qué la causó? No estamos seguros. La teoría más ampliamente compartida aduce que mutaciones genéticas accidentales cambiaron las conexiones internas del cerebro de los sapiens, lo que les permitió pensar de maneras sin precedentes y comunicarse utilizando un tipo de lenguaje totalmente nuevo. Podemos llamarla la mutación del árbol del saber. ¿Por qué tuvo lugar en el ADN de los sapiens y no en el de los neandertales? Fue algo totalmente aleatorio, hasta donde podemos decir. Pero es más importante comprender las consecuencias de la mutación del árbol del saber que sus causas. ¿Qué es lo que tenía de tan especial el nuevo lenguaje de los sapiens que nos permitió conquistar el mundo?*

No era el primer sistema de comunicación. Cada animal sabe comunicarse. Incluso los insectos, como las abejas y las hormigas, saben cómo informarse unos a otros de la localización del alimento. Tampoco era el primer sistema de comunicación vocal. Muchos animales, entre ellos todas las especies de monos y simios, emplean señales vocales. Por ejemplo, los monos verdes emplean llamadas de varios tipos para advertirse unos a otros del peligro. Los zoólogos han distinguido una llamada que significa: «¡Cuidado! ¡Un águila!». Otra algo diferente advierte: «¡Cuidado! ¡Un león!». Cuando los investigadores reprodujeron una grabación de la primera llamada a un grupo de monos, estos dejaron lo que estaban haciendo y miraron hacia arriba espantados. Cuando el mismo grupo escuchó una grabación de la segunda llamada, el aviso del león, rápidamente treparon a un árbol. Los sapiens pueden producir muchos más sonidos distintos que los monos verdes, pero ballenas y elefantes poseen capacidades igualmente impresionantes. Un loro puede decir todo lo que Albert Einstein pudiera decir, y además imitar los sonidos de teléfonos que suenan, puertas que se cierran de golpe y sirenas que aúllan. Cualquiera que fuera la ventaja que Einstein tenía sobre un loro, no era vocal. ¿Qué es, pues, lo que tiene de tan especial nuestro lenguaje?

La respuesta más común es que nuestro lenguaje es asombrosamente flexible. Podemos combinar un número limitado de sonidos y señales para producir un número infinito de frases, cada una con un significado distinto. Por ello podemos absorber, almacenar y comunicar una cantidad de información prodigiosa acerca del mundo que nos rodea. Un mono verde puede gritar a sus camaradas: «¡Cuidado! ¡Un león!». Pero una humana moderna puede decirles a sus compañeras que esta mañana, cerca del recodo del río, ha visto un león que seguía a un rebaño de bisontes. Después puede describir la localización exacta, incluidas las diferentes sendas que conducen al lugar. Con esta información, los miembros de su cuadrilla pueden deliberar y discutir si deben acercarse al río con el fin de ahuyentar al león y cazar a los bisontes.

Una segunda teoría plantea que nuestro lenguaje único evolucionó como un medio de compartir información sobre el mundo. Pero la información más importante que era necesaria transmitir era acerca de los humanos, no acerca de los leones y los bisontes. Nuestro lenguaje evolucionó como una variante de chismorreo. Según esta teoría, Homo sapiens es ante todo un animal social. La cooperación social es nuestra clave para la supervivencia y la reproducción. No basta con que algunos hombres y mujeres sepan el paradero de los leones y los bisontes. Para ellos es mucho más importante saber quién de su tropilla odia a quién, quién duerme con quién, quién es honesto y quién es un tramposo.

La cantidad de información que se debe obtener y almacenar con el fin de seguir las relaciones siempre cambiantes de unas pocas decenas de individuos es apabullante. (En una cuadrilla de 50 individuos, hay 1.225 relaciones de uno a uno, e incontables combinaciones sociales complejas más.) Todos los simios muestran un fuerte interés por esta información social, pero tienen dificultades en chismorrear de manera efectiva. Probablemente, los neandertales y los Homo sapiens arcaicos también tenían dificultades para hablar unos a espaldas de los otros, una capacidad muy perniciosa que en realidad es esencial para la cooperación en gran número. Las nuevas capacidades lingüísticas que los sapiens modernos adquirieron hace unos 70.000 años les permitieron chismorrear durante horas. La información fiable acerca de en quién se podía confiar significaba que las cuadrillas pequeñas podían expandirse en cuadrillas mayores, y los sapiens pudieron desarrollar tipos de cooperación más estrecha y refinada.[1]

La teoría del chismorreo puede parecer una broma, pero hay numerosos estudios que la respaldan. Incluso hoy en día la inmensa mayoría de la comunicación humana (ya sea en forma de mensajes de correo electrónico, de llamadas telefónicas o de columnas de periódicos) es chismorreo. Es algo que nos resulta tan natural que parece como si nuestro lenguaje hubiera evolucionado para este único propósito. ¿Acaso cree el lector que los profesores de historia charlan sobre las razones de la Primera Guerra Mundial cuando se reúnen para almorzar, o que los físicos nucleares pasan las pausas para el café de los congresos científicos hablando de los quarks? A veces. Pero, con más frecuencia, hablan de la profesora que pilló a su marido mientras la engañaba, o de la pugna entre el jefe del departamento y el decano, o de los rumores según los cuales un colega utilizó sus fondos de investigación para comprarse un Lexus. El chismorreo se suele centrar en fechorías. Los chismosos son el cuarto poder original, periodistas que informan a la sociedad y de esta manera la protegen de tramposos y gorrones.

Lo más probable es que tanto la teoría del chismorreo como la teoría de «hay un león junto al río» sean válidas. Pero la característica realmente única de nuestro lenguaje no es la capacidad de transmitir información sobre los hombres y los leones. Más bien es la capacidad de transmitir información acerca de cosas que no existen en absoluto. Hasta donde sabemos, solo los sapiens pueden hablar acerca de tipos enteros de entidades que nunca han visto, ni tocado ni olido.

Leyendas, mitos, dioses y religiones aparecieron por primera vez con la revolución cognitiva. Muchos animales y especies humanas podían decir previamente «¡Cuidado! ¡Un león!». Gracias a la revolución cognitiva, Homo sapiens adquirió la capacidad de decir: «El león es el espíritu guardián de nuestra tribu». Esta capacidad de hablar sobre ficciones es la característica más singular del lenguaje de los sapiens.

Es relativamente fácil ponerse de acuerdo en que solo Homo sapiens puede hablar sobre cosas que no existen realmente, y creerse seis cosas imposibles antes del desayuno. En cambio, nunca convenceremos a un mono para que nos dé un plátano con la promesa de que después de morir tendrá un número ilimitado de bananas a su disposición en el cielo de los monos. Pero ¿por qué es eso importante? Después de todo, la ficción puede ser peligrosamente engañosa o perturbadora. A simple vista, podría parecer que la gente que va al bosque en busca de hadas y unicornios tendría menos probabilidades de supervivencia que la que va en busca de setas y ciervos. Y si uno se pasa horas rezando a espíritus guardianes inexistentes, ¿no está perdiendo un tiempo precioso, un tiempo que invertiría mejor buscando comida, luchando o fornicando?

Pero la ficción nos ha permitido no solo imaginar cosas, sino hacerlo colectivamente. Podemos urdir mitos comunes tales como la historia bíblica de la creación, los mitos del tiempo del sueño de los aborígenes australianos, y los mitos nacionalistas de los estados modernos. Dichos mitos confirieron a los sapiens la capacidad sin precedentes de cooperar flexiblemente en gran número. Las hormigas y las abejas también pueden trabajar juntas en gran número, pero lo hacen de una manera muy rígida y solo con parientes muy cercanos. Los lobos y los chimpancés cooperan de manera mucho más flexible que las hormigas, pero solo pueden hacerlo con un pequeño número de individuos que conocen íntimamente. Los sapiens pueden cooperar de maneras extremadamente flexibles con un número incontable de extraños. Esta es la razón por la que los sapiens dominan el mundo, mientras que las hormigas se comen nuestras sobras y los chimpancés están encerrados en zoológicos y laboratorios de investigación.

LA LEYENDA DE PEUGEOT

Nuestros primos chimpancés suelen vivir en pequeñas tropillas de varias decenas de individuos. Forman amistades estrechas, cazan juntos y luchan codo con codo contra papiones, guepardos y chimpancés enemigos. Su estructura social tiende a ser jerárquica. El miembro dominante, que casi siempre es un macho, se llama «macho alfa». Otros machos y hembras muestran su sumisión al macho alfa inclinándose ante él al tiempo que emiten gruñidos, de manera no muy distinta a los súbditos humanos que se arrodillan y hacen reverencias ante un rey. El macho alfa se esfuerza para mantener la armonía social dentro de su tropilla. Cuando dos individuos luchan, interviene y detiene la violencia. De forma menos benevolente, puede monopolizar los manjares particularmente codiciados e impedir que los machos de categoría inferior se apareen con las hembras.

Cuando dos machos se disputan la posición alfa, suelen hacerlo formando extensas coaliciones de partidarios, tanto machos como hembras, en el seno del grupo. Los lazos entre los miembros de la coalición se basan en el contacto íntimo diario: se abrazan, se tocan, se besan, se acicalan y se hacen favores mutuos. De la misma manera que los políticos humanos en las campañas electorales van por ahí estrechando manos y besando a niños, también los aspirantes a la posición suprema en un grupo de chimpancés pasan mucho tiempo abrazando, dando golpecitos a la espalda y besando a los bebés chimpancés. Por lo general, el macho alfa gana su posición no porque sea más fuerte físicamente, sino porque lidera una coalición grande y estable. Estas coaliciones desempeñan un papel central no solo durante las luchas abiertas para la posición alfa, sino en casi todas las actividades cotidianas. Los miembros de una coalición pasan más tiempo juntos, comparten comida y se ayudan unos a otros en tiempos de dificultades.

Hay límites claros al tamaño de los grupos que pueden formarse y mantenerse de esta manera. Para que funcionen, todos los miembros de un grupo han de conocerse entre sí íntimamente. Dos chimpancés que nunca se han visto, que nunca han luchado y nunca se han dedicado a acicalarse mutuamente, no sabrán si pueden confiar el uno en el otro, si valdrá la pena que uno ayude al otro y cuál de ellos se halla en una posición jerárquica más elevada. En condiciones naturales, una tropilla de chimpancés consta de unos 20-50 individuos. Cuando el número de chimpancés en una tropilla aumenta, el orden social se desestabiliza, lo que finalmente lleva a una ruptura y a la formación de una nueva tropilla por parte de algunos de los animales. Solo en contadas ocasiones los zoólogos han observado grupos de más de 100 individuos. Los grupos separados rara vez cooperan, y tienden a competir por el territorio y el alimento. Los investigadores han documentado contiendas prolongadas entre grupos, e incluso un caso de «genocidio» en el que una tropilla masacró sistemáticamente a la mayoría de los miembros de una banda vecina.[2]

Probablemente, patrones similares dominaron la vida social de los primeros humanos, entre ellos los Homo sapiens arcaicos. Los humanos, como los chimpancés, tienen instintos sociales que permitieron a nuestros antepasados formar amistades y jerarquías, y cazar o luchar juntos. Sin embargo, como los instintos sociales de los chimpancés, los de los humanos estaban adaptados solo a grupos pequeños e íntimos. Cuando el grupo se hacía demasiado grande, su orden social se desestabilizaba y la banda se dividía. Aun en el caso de que un valle particularmente fértil pudiera alimentar a 500 sapiens arcaicos, no había manera de que tantos extraños pudieran vivir juntos. ¿Cómo podían ponerse de acuerdo en quién sería el líder, quién debería cazar aquí, o quién debería aparearse con quién?

Como consecuencia de la revolución cognitiva, el chismorreo ayudó a Homo sapiens a formar bandas mayores y más estables. Pero incluso el chismorreo tiene sus límites. La investigación sociológica ha demostrado que el máximo tamaño «natural» de un grupo unido por el chismorreo es de unos 150 individuos. La mayoría de las personas no pueden conocer íntimamente a más de 150 seres humanos, ni chismorrear efectivamente con ellos.

En la actualidad, un umbral crítico en las organizaciones humanas se encuentra en algún punto alrededor de este número mágico. Por debajo de dicho umbral, comunidades, negocios, redes sociales y unidades militares pueden mantenerse basándose principalmente en el conocimiento íntimo y en la actividad de los chismosos. No hay necesidad de rangos formales, títulos ni libros de leyes para mantener el orden.[3] Un pelotón de 30 soldados, e incluso una compañía de 100 soldados, pueden funcionar bien sobre la base de unas relaciones íntimas, con un mínimo de disciplina formal. Un sargento muy respetado puede convertirse en el «rey de la compañía» y ejercer su autoridad incluso sobre los oficiales de grado. Un pequeño negocio familiar puede subsistir y medrar sin una junta directiva, un director ejecutivo o un departamento de contabilidad.

Pero una vez que se cruza el umbral de los 150 individuos, las cosas ya no pueden funcionar de esta manera. No se puede hacer funcionar una división con miles de soldados de la misma manera que un pelotón. Los negocios familiares de éxito suelen entrar en crisis cuando crecen y emplean a más personal. Si no se pueden reinventar, van a la quiebra.

¿Cómo consiguió Homo sapiens cruzar este umbral crítico, y acabar fundando ciudades que contenían decenas de miles de habitantes e imperios que gobernaban a cientos de millones de personas? El secreto fue seguramente la aparición de la ficción. Un gran número de extraños pueden cooperar con éxito si creen en mitos comunes.

Cualquier cooperación humana a gran escala (ya sea un Estado moderno, una iglesia medieval, una ciudad antigua o una tribu arcaica) está establecida sobre mitos comunes que solo existen en la imaginación colectiva de la gente. Las iglesias se basan en mitos religiosos comunes. Dos católicos que no se conozcan de nada pueden, no obstante, participar juntos en una cruzada o aportar fondos para construir un hospital, porque ambos creen que Dios se hizo carne humana y accedió a ser crucificado para redimir nuestros pecados. Los estados se fundamentan en mitos nacionales comunes. Dos serbios que nunca se hayan visto antes pueden arriesgar su vida para salvar el uno al otro porque ambos creen en la existencia de la nación serbia, en la patria serbia y en la bandera serbia. Los sistemas judiciales se sostienen sobre mitos legales comunes. Sin embargo, dos abogados que no se conocen de nada pueden combinar sus esfuerzos para defender a un completo extraño porque todos creen en la existencia de leyes, justicia, derechos humanos… y en el dinero que se desembolsa en sus honorarios.

Y, no obstante, ninguna de estas cosas existe fuera de los relatos que la gente se inventa y se cuentan unos a otros. No hay dioses en el universo, no hay naciones, no hay dinero, ni derechos humanos, ni leyes, ni justicia fuera de la imaginación común de los seres humanos.

La gente reconoce fácilmente que a tribus primitivas cimenten su orden social mediante creencias en fantasmas y espíritus, y que se reúnan cada luna llena para bailar juntos alrededor de una hoguera. Lo que no conseguimos apreciar es que nuestras instituciones modernas funcionan exactamente sobre la misma base. Tomemos por ejemplo el mundo de las compañías de negocios. Los hombres y las mujeres de negocios y los abogados modernos son, en realidad, poderosos hechiceros. La principal diferencia entre ellos y los chamanes tribales es que los abogados modernos cuentan relatos mucho más extraños. La leyenda de Peugeot nos proporciona un buen ejemplo.

Un icono que se parece algo al hombre león de Stadel aparece hoy en día en automóviles, camiones y motocicletas desde París a Sidney. Es el ornamento del capó que adorna los vehículos fabricados por Peugeot, uno de los más antiguos y mayores fabricantes de automóviles de Europa. Peugeot empezó como un pequeño negocio familiar en el pueblo de Valentigney, a solo 300 kilómetros de la cueva de Stadel. En la actualidad, la compañía da trabajo a 200.000 personas en todo el mundo, la mayoría de las cuales son completamente extrañas para las demás. Dichos extraños cooperan de manera tan efectiva que en 2008 Peugeot produjo más de 1,5 millones de automóviles, que le reportaron unos beneficios de alrededor de 55.000 millones de euros (véase la figura 5).

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FIGURA 5. El león de Peugeot.

¿En qué sentido podemos decir que Peugeot S. A. (el nombre oficial de la compañía) existe? Hay muchos vehículos Peugeot, pero es evidente que estos no son la compañía. Incluso si todos los Peugeot del mundo se redujeran a chatarra y se vendieran como metal desguazado, Peugeot S. A. no desaparecería. Continuaría fabricando nuevos automóviles y produciendo su informe anual. La compañía es propietaria de fábricas, maquinaria y salas de exhibición y emplea a mecánicos, contables y secretarias, pero todos ellos juntos no abarcan Peugeot. Un desastre podría matar a todos y cada uno de los empleados de Peugeot, y seguir destruyendo todas sus cadenas de montaje y sus despachos ejecutivos. Incluso entonces, la compañía podría pedir dinero prestado, contratar a nuevos empleados, construir nuevas fábricas y comprar nueva maquinaria. Peugeot tiene gerentes y accionistas, pero tampoco ellos constituyen la compañía. Se podría despedir a todos los gerentes y vender todas sus acciones, pero la compañía permanecería intacta.

Esto no significa que Peugeot S. A. sea invulnerable o inmortal. Si un juez ordenara la disolución de la compañía, sus fábricas seguirían en pie y sus trabajadores, contables, gerentes y accionistas continuarían viviendo; pero Peugeot S. A. desaparecería inmediatamente. En resumen: Peugeot S. A. parece no tener ninguna conexión real con el mundo físico. ¿Existe realmente?

Peugeot es una invención de nuestra imaginación colectiva. Los abogados llaman a eso «ficción legal». No puede ser señalada; no es un objeto físico. Pero existe como entidad legal. Igual que el lector o yo, está obligada por las leyes de los países en los que opera. Puede abrir una cuenta bancaria y tener propiedades. Paga impuestos, y puede ser demandada e incluso procesada separadamente de cualquiera de las personas que son sus propietarias o que trabajan para ella.

Peugeot pertenece a un género particular de ficciones legales llamado «compañías de responsabilidad limitada». La idea que hay detrás de estas compañías es una de las invenciones más ingeniosas de la humanidad. Homo sapiens vivió durante incontables milenios sin ellas. Durante la mayor parte de la historia documentada solo podían tener propiedades los humanos de carne y hueso, del tipo que andaba sobre dos piernas y tenía un cerebro grande. Si en la Francia del siglo XIII Jean establecía un taller de construcción de carros, él mismo era el negocio. Si uno de los carros que construía se estropeaba una semana después de haber sido comprado, el comprador descontento habría demandado personalmente a Jean. Si Jean hubiera pedido prestadas 1.000 monedas de oro para establecer su taller y el negocio quebrara, habría tenido que devolver el préstamo vendiendo su propiedad privada: su casa, su vaca, su tierra. Incluso podría haberse visto obligado a vender a sus hijos en vasallaje. Si no podía cubrir la deuda, podría haber sido encarcelado por el Estado o esclavizado por sus acreedores. Era completamente responsable, sin límites, de todas las obligaciones en las que su taller hubiera incurrido.

Si el lector hubiera vivido en esa época, probablemente se lo habría pensado dos veces antes de abrir un negocio propio. Y, en efecto, esta situación legal desanimaba a los emprendedores. A la gente le asustaba iniciar nuevos negocios y asumir riesgos económicos. No parecía que valiera la pena correr el riesgo de que sus familias terminaran en la completa indigencia.

Esta es la razón por la que la gente empezó a imaginar colectivamente la existencia de compañías de responsabilidad limitada. Tales compañías eran legalmente independientes de las personas que las fundaban, o de las que invertían dinero en ellas, o de las que las dirigían. A lo largo de los últimos siglos, tales compañías se han convertido en los principales actores de la escena económica, y nos hemos acostumbrado tanto a ellas que olvidamos que solo existen en nuestra imaginación. En Estados Unidos, el término técnico para una compañía de responsabilidad limitada es «corporación», lo que resulta irónico, porque el término deriva del latín corpus («cuerpo»), lo único de lo que carecen dichas corporaciones. A pesar de no tener cuerpos legales, el sistema legal estadounidense trata las corporaciones como personas legales, como si fueran seres humanos de carne y hueso.

Y lo mismo hizo el sistema legal francés en 1896, cuando Armand Peugeot, que había heredado de sus padres un taller de metalistería que fabricaba muelles, sierras y bicicletas, decidió dedicarse al negocio del automóvil. A tal fin, estableció una compañía de responsabilidad limitada y le puso su nombre, aunque esta era independiente de él. Si uno de los coches se estropeaba, el comprador podía llevar a Peugeot a los tribunales, pero no a Armand Peugeot. Si la compañía pedía prestados millones de francos y después quebraba, Armand Peugeot no debería a los acreedores ni un solo franco. Después de todo, el préstamo se había hecho a Peugeot, la compañía, no a Armand Peugeot, el Homo sapiens. Armand Peugeot murió en 1915. Peugeot, la compañía, sigue todavía vivita y coleando.

¿Cómo consiguió Armand Peugeot, el hombre, crear Peugeot, la compañía? De manera muy parecida a como sacerdotes y hechiceros han creado dioses y demonios a lo largo de la historia, y a como los curés franceses creaban todavía el cuerpo de Cristo, cada domingo, en las iglesias parroquiales. Todo giraba alrededor de contar historias, y de convencer a la gente para que las creyera. En el caso de los curés franceses, la narración crucial era la de la vida y muerte de Jesucristo tal como la cuenta la Iglesia católica. Según dicha narración, si el sacerdote católico ataviado con sus vestiduras sagradas pronunciaba las palabras correctas en el momento adecuado, el pan y el vino mundanos se transformaban en la carne y la sangre de Dios. El sacerdote exclamaba «Hoc est corpus meum!» («¡Este es mi cuerpo!»), y, ¡abracadabra!, el pan se convertía en la carne de Cristo. Viendo que el sacerdote había observado de manera adecuada y asiduamente todos los procedimientos, millones de devotos católicos franceses se comportaban como si realmente Dios existiera en el pan y el vino consagrados.

En el caso de Peugeot S. A., la narración crucial era el código legal francés, escrito por el Parlamento francés. Según los legisladores franceses, si un abogado autorizado seguía la liturgia y los rituales adecuados, escribía todos los conjuros y juramentos en un pedazo de papel bellamente decorado, y añadía su adornada rúbrica al final del documento, entonces (¡abracadabra!) se constituía legalmente una nueva compañía. Cuando en 1896 Armand Peugeot quiso crear una compañía, pagó a un abogado para que efectuara todos estos procedimientos. Una vez que el abogado hubo realizado los rituales adecuados y pronunciado los conjuros y juramentos necesarios, millones de honestos ciudadanos franceses se comportaron como si la compañía Peugeot existiera realmente.

Contar relatos efectivos no es fácil. La dificultad no estriba en contarlos, sino en convencer a todos y cada uno para que se los crean. Gran parte de la historia gira alrededor de esta cuestión: ¿cómo convence uno a millones de personas para que crean determinadas historias sobre dioses, o naciones, o compañías de responsabilidad limitada? Pero cuando esto tiene éxito, confiere un poder inmenso a los sapiens, porque permite a millones de extraños cooperar y trabajar hacia objetivos comunes. Piense el lector lo difícil que habría sido crear estados, o iglesias, o sistemas legales si solo pudiéramos hablar de cosas que realmente existen, como los ríos, árboles y leones.

En el transcurso de los años, la gente ha urdido una compleja red de narraciones. Dentro de dicha red, ficciones como Peugeot no solo existen, sino que acumulan un poder inmenso. Los tipos de cosas que la gente crea a través de esta red de narraciones son conocidos en los círculos académicos como «ficciones», «constructos sociales» o «realidades imaginadas». Una realidad imaginada no es una mentira. Yo miento cuando digo que hay un león cerca del río y sé perfectamente bien que allí no hay ningún león. No hay nada especial acerca de las mentiras. Los monos verdes y los chimpancés mienten. Por ejemplo, se ha observado a un mono verde emitiendo la llamada «¡Cuidado! ¡Un león!» cuando no había ningún león por las inmediaciones. Esta alarma asustó convenientemente e hizo huir al otro mono que acababa de encontrar un plátano, lo que dejó solo al mentiroso, que pudo robar el premio para sí.

A diferencia de la mentira, una realidad imaginada es algo en lo que todos creen y, mientras esta creencia comunal persista, la realidad imaginada ejerce una gran fuerza en el mundo. El escultor de la cueva de Stadel pudo haber creído sinceramente en la existencia del espíritu guardián del hombre león. Algunos hechiceros son charlatanes, pero la mayoría de ellos creen sinceramente en la existencia de dioses y demonios. La mayoría de los millonarios creen sinceramente en la existencia del dinero y de las compañías de responsabilidad limitada. La mayoría de los activistas de los derechos humanos creen sinceramente en la existencia de los derechos humanos. Nadie mentía cuando, en 2011, la ONU exigió que el gobierno libio respetara los derechos humanos de sus ciudadanos, aunque la ONU, Libia y los derechos humanos son invenciones de nuestra fértil imaginación.

Así, desde la revolución cognitiva, los sapiens han vivido en una realidad dual. Por un lado, la realidad objetiva de los ríos, los árboles y los leones; y por el otro, la realidad imaginada de los dioses, las naciones y las corporaciones. A medida que pasaba el tiempo, la realidad imaginada se hizo cada vez más poderosa, de modo que en la actualidad la supervivencia de ríos, árboles y leones depende de la gracia de entidades imaginadas tales como dioses, naciones y corporaciones.

PASANDO POR ALTO EL GENOMA

La capacidad de crear una realidad imaginada a partir de palabras permitió que un gran número de extraños cooperaran de manera efectiva. Pero también hizo algo más. Puesto que la cooperación humana a gran escala se basa en mitos, la manera en que la gente puede cooperar puede ser alterada si se cambian los mitos contando narraciones diferentes. En las circunstancias apropiadas, los mitos pueden cambiar rápidamente. En 1789, la población francesa pasó, casi de la noche a la mañana, de creer en el mito del derecho divino de los reyes a creer en el mito de la soberanía del pueblo. En consecuencia, desde la revolución cognitiva Homo sapiens ha podido revisar rápidamente su comportamiento de acuerdo con las necesidades cambiantes. Esto abrió una vía rápida de evolución cultural, que evitaba los embotellamientos de tránsito de la evolución genética. Acelerando a lo largo de esta vía rápida, Homo sapiens pronto dejó atrás a todas las demás especies humanas y animales en su capacidad de cooperar.

El comportamiento de otros animales sociales está determinado en gran medida por sus genes. El ADN no es un autócrata. El comportamiento animal está asimismo influido por factores ambientales y peculiaridades individuales. No obstante, en un mismo ambiente los animales de la misma especie tienden a comportarse de manera similar. Los cambios importantes en el comportamiento social no pueden darse en general sin mutaciones genéticas. Por ejemplo, los chimpancés comunes tienen una tendencia genética a vivir en grupos jerárquicos encabezados por un macho alfa. Una especie de chimpancés estrechamente emparentada, los bonobos, viven por lo general en grupos más igualitarios dominados por alianzas entre hembras. Las hembras de chimpancé común no pueden tomar lecciones de sus parientas bonobos y organizar una revolución feminista. Los machos de chimpancé no pueden reunirse en una asamblea constituyente para abolir el cargo de macho alfa y declarar que a partir de ahora todos los chimpancés tendrán que ser tratados como iguales. Estos cambios espectaculares de comportamiento solo se darían si algo cambiara en el ADN de los chimpancés.

Por razones similares, los humanos arcaicos no iniciaron ninguna revolución. Hasta donde podemos decir, los cambios en los patrones sociales, la invención de nuevas tecnologías y la colonización de hábitats extraños resultaron de mutaciones genéticas y de presiones ambientales más que de iniciativas culturales. Esta es la razón por la que a los humanos les llevó cientos de miles de años dar estos pasos. Hace dos millones de años, unas mutaciones genéticas dieron como resultado la aparición de una nueva especie humana llamada Homo erectus. Su surgimiento estuvo acompañado del desarrollo de una nueva tecnología de los utensilios líticos, que ahora se reconoce como un rasgo que define a esta especie. Mientras Homo erectus no experimentó más alteraciones genéticas, sus útiles de piedra continuaron siendo aproximadamente los mismos… ¡durante cerca de dos millones de años!

En contraste, y ya desde la revolución cognitiva, los sapiens han sido capaces de cambiar rápidamente su comportamiento y de transmitir nuevos comportamientos a las generaciones futuras sin necesidad de cambio genético o ambiental. A título de ejemplo, basta considerar la repetida aparición de élites sin hijos, como el sacerdocio católico, las órdenes monásticas budistas y las burocracias de eunucos chinas. La existencia de dichas élites va contra los principios más fundamentales de la selección natural, ya que estos miembros dominantes de la sociedad aceptan de buen grado renunciar a la procreación. Mientras que los machos alfa de los chimpancés utilizan su poder para tener relaciones sexuales con tantas hembras como sea posible (y en consecuencia son los padres de una gran proporción de los jóvenes de la tropilla), el macho alfa que es el sacerdote católico se abstiene completamente del acto sexual y del cuidado de los hijos. Esta abstinencia no resulta de condiciones ambientales únicas como una carencia severa de alimentos o la falta de parejas potenciales, ni es el resultado de alguna mutación genética peculiar. La Iglesia católica ha sobrevivido durante siglos, no por transmitir un «gen del celibato» de un Papa al siguiente, sino por transmitir los relatos del Nuevo Testamento y de la Ley canónica católica.

En otras palabras, mientras que los patrones de comportamiento de los humanos arcaicos permanecieron inalterables durante decenas de miles de años, los sapiens pueden transformar sus estructuras sociales, la naturaleza de sus relaciones interpersonales, sus actividades económicas y toda una serie de comportamientos en el decurso de una década o dos. Consideremos el caso de una residente de Berlín que hubiera nacido en 1900 y que hubiera vivido cien años. Habría pasado la infancia en el imperio de Guillermo II, de los Hohenzollern; sus años adultos en la República de Weimar, el Tercer Reich nazi y la Alemania Oriental comunista; y habría muerto siendo ciudadana de una Alemania democrática y reunificada. Habría conseguido formar parte de cinco sistemas sociopolíticos muy diferentes, aunque su ADN habría seguido siendo exactamente el mismo.

Esta fue la clave del éxito de los sapiens. En una pelea cuerpo a cuerpo, un neandertal probablemente hubiera vencido a un sapiens. Pero en un conflicto de centenares de individuos, los neandertales no tuvieron ninguna oportunidad. Los neandertales podían compartir información acerca del paradero de los leones, pero probablemente no podían contar (ni revisar) relatos acerca de espíritus tribales. Sin una capacidad para componer ficción, los neandertales eran incapaces de cooperar de manera efectiva en gran número, ni pudieron adaptar su comportamiento social a retos rápidamente cambiantes.

Aunque no podemos penetrar en la mente de un neandertal para entender cómo pensaban, tenemos pruebas indirectas de los límites de su cognición en comparación con sus rivales sapiens. Los arqueólogos que excavan localidades sapiens de 30.000 años de antigüedad en el centro de Europa encuentran ocasionalmente conchas de las costas del Mediterráneo y del Atlántico. Con toda probabilidad, estas conchas llegaron al interior del continente a través del comercio a larga distancia entre diferentes bandas de sapiens. Las localidades de neandertales carecen de indicios de un comercio parecido. Cada grupo manufacturaba sus propios utensilios a partir de materiales locales.[4]

Otro ejemplo procede del Pacífico Sur. Bandas de sapiens que vivieron en la isla de Nueva Irlanda, al norte de Nueva Guinea, utilizaron un vidrio volcánico llamado obsidiana para producir utensilios particularmente fuertes y aguzados. Sin embargo, Nueva Irlanda no tiene depósitos naturales de obsidiana. Las pruebas de laboratorio revelaron que la obsidiana que usaron fue transportada desde yacimientos en Nueva Bretaña, una isla situada a 400 kilómetros de distancia. Algunos de los habitantes de dichas islas debieron de ser diestros navegantes que comerciaban de isla en isla a lo largo de grandes distancias.[5]

Quizá parezca que el comercio es una actividad muy pragmática, que no necesita una base ficticia. Pero lo cierto es que no hay otro animal aparte de los sapiens que se dedique al comercio, y todas las redes comerciales de los sapiens se basaban en ficciones. El comercio no puede existir sin la confianza, y es muy difícil confiar en los extraños. La red comercial global de hoy en día se basa en nuestra confianza en entidades ficticias como el dinero, los bancos y las corporaciones. Cuando dos extraños de una sociedad tribal quieren comerciar, establecen un lazo de confianza recurriendo a un dios común, a un ancestro mítico o a un animal totémico. En la sociedad moderna, los billetes de banco suelen mostrar imágenes religiosas, antepasados venerados y tótems corporativos.

Si los sapiens arcaicos que creían en tales ficciones comerciaban con conchas y obsidiana, es razonable pensar que también pudieron haber intercambiado información, creando así una red de conocimientos mucho más densa y amplia que la que servía a los neandertales y a otros humanos arcaicos.

Las técnicas de caza proporcionan otra ilustración de estas diferencias. Por lo general, los neandertales cazaban solos o en pequeños grupos. Los sapiens, en cambio, desarrollaron técnicas que se basaban en la cooperación entre muchas decenas de individuos, e incluso quizá entre bandas diferentes. Un método particularmente efectivo consistía en rodear a todo un rebaño de animales, como caballos salvajes, y después perseguirlos y acorralarlos en un barranco estrecho, donde era fácil sacrificarlos en masa. Si todo funcionaba de acuerdo con lo planeado, las bandas podían conseguir toneladas de carne, grasa y pieles de animales en una sola tarde de esfuerzo colectivo, y o bien consumir esta abundancia de carne en un banquete gigantesco, o bien secarla, ahumarla y congelarla para su consumo posterior. Los arqueólogos han descubierto localidades en las que manadas enteras eran sacrificadas anualmente de esta manera. Hay incluso lugares en los que se erigían vallas y obstáculos con el fin de crear trampas artificiales y terrenos de matanza.

Podemos suponer que a los neandertales no les gustó ver sus terrenos de caza tradicionales transformados en mataderos controlados por los sapiens. Pero si entre las dos especies estallaba la violencia, los neandertales no saldrían mucho mejor parados que los caballos salvajes. Cincuenta neandertales que cooperasen según los estáticos patrones tradicionales no eran rivales dignos para quinientos sapiens versátiles e innovadores. E incluso si los sapiens perdían el primer asalto, pronto podían inventar nuevas estratagemas que les permitieran ganar la próxima vez.

¿QUÉ OCURRIÓ EN LA REVOLUCIÓN COGNITIVA?

Nueva capacidad Consecuencias más generales
La capacidad de transmitir mayores cantidades de información acerca del mundo que rodea a Homo sapiens. Planificar y ejecutar acciones complejas, como evitar a los leones y cazar bisontes.
La capacidad de transmitir mayores cantidades de información acerca de las relaciones sociales de los sapiens. Grupos mayores y más cohesivos, que llegan a ser de hasta 150 individuos.
La capacidad de transmitir información sobre cosas que no existen realmente, como espíritus tribales, naciones, sociedades anónimas y derechos humanos. a) Cooperación entre un número muy grande de extraños.
b) Innovación rápida del comportamiento social.

HISTORIA Y BIOLOGÍA

La inmensa diversidad de las realidades imaginadas que los sapiens inventaron, y la diversidad resultante de patrones de comportamiento, son los principales componentes de lo que llamamos «culturas». Una vez que aparecieron las culturas, estas no han cesado nunca de cambiar y desarrollarse, y tales alteraciones imparables son lo que denominamos «historia».

La revolución cognitiva es, en consecuencia, el punto en el que la historia declaró su independencia de la biología. Hasta la revolución cognitiva, los actos de todas las especies humanas pertenecían al ámbito de la biología o, si el lector lo prefiere, de la prehistoria (tiendo a evitar el término «prehistoria» porque implica erróneamente que incluso antes de la revolución cognitiva los humanos pertenecían a una categoría propia). A partir de la revolución cognitiva, las narraciones históricas sustituyen a las teorías biológicas como nuestros medios primarios a la hora de explicar el desarrollo de Homo sapiens. Para entender la aparición del cristianismo o de la Revolución francesa, no es suficiente comprender la interacción de genes, hormonas y organismos. Es necesario tener en cuenta asimismo la interacción de ideas, imágenes y fantasías.

Esto no quiere decir que Homo sapiens y la cultura humana estuvieran exentos de leyes biológicas. Seguimos siendo animales, y nuestras capacidades físicas, emocionales y cognitivas están todavía conformadas por nuestro ADN. Nuestras sociedades están construidas a partir de las mismas piezas fundamentales que las sociedades de los neandertales o los chimpancés, y cuanto más examinamos estas piezas fundamentales (sensaciones, emociones, lazos familiares) menos diferencias encontramos entre nosotros y los demás simios.

Sin embargo, es un error buscar diferencias al nivel del individuo o de la familia. De uno en uno, incluso de diez en diez, somos embarazosamente parecidos a los chimpancés. Las diferencias significativas solo empiezan a aparecer cuando cruzamos el umbral de los 150 individuos, y cuando alcanzamos los 1.000-2.000 individuos, las diferencias son apabullantes. Si intentáramos agrupar miles de chimpancés en la plaza de Tiananmen, en Wall Street, el Vaticano o la sede central de las Naciones Unidas, el resultado sería un pandemonio. Por el contrario, los sapiens se reúnen regularmente a millares en estos lugares. Juntos, crean patrones ordenados (por ejemplo, redes comerciales, celebraciones masivas e instituciones políticas) que nunca hubieran podido crear aislados. La verdadera diferencia entre nosotros y los chimpancés es el pegamento mítico que une a un gran número de individuos, familias y grupos. Este pegamento nos ha convertido en los dueños de la creación.

Desde luego, también necesitamos otras habilidades, como la capacidad de fabricar y usar utensilios. Pero la producción de utensilios tiene pocas consecuencias a menos que esté emparejada con la capacidad de cooperar con muchos otros. ¿Cómo es que en la actualidad tenemos misiles intercontinentales con cabezas nucleares, mientras que hace 30.000 años solo teníamos palos con puntas de lanza de pedernal? Fisiológicamente, no ha habido una mejora importante en nuestra capacidad de producir utensilios a lo largo de los últimos 30.000 años. Albert Einstein era mucho menos diestro con sus manos que un antiguo cazador-recolector. Sin embargo, nuestra capacidad de cooperar con un gran número de extraños ha mejorado de manera espectacular. La antigua punta de lanza de pedernal era producida en cuestión de minutos por una única persona, que contaba con el consejo y la ayuda de unos pocos amigos íntimos. La producción de una moderna cabeza nuclear requiere la cooperación de millones de extraños en todo el mundo: desde los obreros que extraen el mineral de uranio en las profundidades de la tierra hasta los físicos teóricos que escriben largas fórmulas matemáticas para describir las interacciones de las partículas subatómicas.

Para resumir la relación entre biología e historia después de la revolución cognitiva:

a. La biología establece los parámetros básicos para el comportamiento y las capacidades de Homo sapiens. Toda la historia tiene lugar dentro de los límites de esta liza biológica.

b. Sin embargo, esta liza es extraordinariamente grande, lo que permite que los sapiens jueguen a una asombrosa variedad de juegos. Gracias a su capacidad para inventar la ficción, los sapiens crean juegos cada vez más complejos, que cada generación desarrolla y complica todavía más.

c. En consecuencia, para poder comprender de qué manera se comportan los sapiens, hemos de describir la evolución histórica de sus acciones. Referirse únicamente a nuestras limitaciones biológicas sería como si un comentarista de deportes radiofónico, al retransmitir los campeonatos de la Copa del Mundo de Fútbol, ofreciera a sus radioyentes una descripción detallada del campo de juego en lugar de la narración de lo que estuvieran haciendo los jugadores.

¿A qué juegos jugaban nuestros ancestros de la Edad de Piedra en la liza de la historia? Hasta donde sabemos, las gentes que esculpieron el hombre león de Stadel hace unos 30.000 años tenían las mismas capacidades físicas, emocionales e intelectuales que nosotros. ¿Qué hacían cuando se despertaban por la mañana? ¿Qué comían en el desayuno y en el almuerzo? ¿Qué aspecto tenían sus sociedades? ¿Tenían relaciones monógamas y familias nucleares? ¿Poseían ceremonias, códigos morales, torneos deportivos y rituales religiosos? ¿Se enzarzaban en guerras? El capítulo siguiente fisga a hurtadillas tras el telón de los tiempos, y analiza cómo era la vida en los milenios que separan la revolución cognitiva de la revolución agrícola.

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Un día en la vida de Adán y Eva

Para comprender nuestra naturaleza, historia y psicología, hemos de penetrar en la cabeza de nuestros antepasados cazadores-recolectores. Durante casi la totalidad de la historia de nuestra especie, los sapiens vivieron como recolectores de alimento. Los últimos 200 años, durante los cuales un número cada vez mayor de sapiens han obtenido su pan de cada día como trabajadores urbanos y oficinistas, y los 10.000 años precedentes, durante los cuales la mayoría de los sapiens vivieron como agricultores y ganaderos, son como un parpadeo comparados con las decenas de miles de años durante los cuales nuestros antepasados cazaron y recolectaron.

El campo floreciente de la psicología evolutiva argumenta que muchas de nuestras características sociales y psicológicas actuales se modelaron durante esta larga era preagrícola. Incluso en la actualidad, afirman los expertos de este campo, nuestro cerebro y nuestra mente están adaptados a una vida de caza y recolección. Nuestros hábitos alimentarios, nuestros conflictos y nuestra sexualidad son resultado de la manera en que nuestra mente cazadora-recolectora interactúa con nuestro ambiente postindustrial actual, con sus megaciudades, aviones, teléfonos y ordenadores. Este ambiente nos proporciona más recursos materiales y una vida más larga de los que gozó cualquier generación anterior, pero a veces hace que nos sintamos alienados, deprimidos y presionados. Para comprender el porqué, aducen los psicólogos evolutivos, necesitamos ahondar en el mundo de los cazadores-recolectores que nos modeló, el mundo que, en el subconsciente, todavía habitamos.

¿Por qué razón, si no, la gente se atiborra de comida con un elevado contenido calórico que no le hace ningún bien al cuerpo? Las sociedades ricas actuales están a punto de padecer una plaga de obesidad, que se está extendiendo rápidamente a los países en vías de desarrollo. La razón por la que nos regodeamos en los alimentos más dulces y grasientos que podemos encontrar es un enigma, hasta que consideramos los hábitos alimentarios de nuestros ancestros recolectores. En las sabanas y los bosques en los que habitaban, los dulces con un alto contenido calórico eran muy raros y la comida en general era escasa. Un recolector medio de comida de hace 30.000 años solo tenía acceso a un tipo de alimento dulce: la fruta madura y la miel. Si una mujer de la Edad de Piedra daba con un árbol cargado de higos, la cosa más sensata que podía hacer era comer allí mismo tantos como pudiera, antes de que la tropilla de papiones local dejara el árbol vacío. El instinto de hartarnos de comida de alto contenido calórico está profundamente arraigado en nuestros genes. En la actualidad, a pesar de que vivimos en apartamentos de edificios de muchos pisos y con frigoríficos atestados de comida, nuestro ADN piensa todavía que estamos en la sabana. Esto es lo que nos hace tragarnos una copa grande de helado Ben & Jerry cuando encontramos una en el congelador, y la acompañamos con una Coca-Cola gigante.

Esta teoría del «gen tragón» está ampliamente aceptada. Otras teorías son mucho más discutidas. Por ejemplo, algunos psicólogos evolutivos aducen que las antiguas bandas de humanos que buscaban comida no estaban compuestas de familias nucleares centradas en parejas monógamas. Por el contrario, los recolectores vivían en comunas carentes de propiedad privada, relaciones monógamas e incluso paternidad. En una banda de este tipo, una mujer podía tener relaciones sexuales y formar lazos íntimos con varios hombres (y mujeres) simultáneamente, y todos los adultos de la banda cooperaban en el cuidado de sus hijos. Puesto que ningún hombre sabía a ciencia cierta cuál de los niños era el suyo, los hombres demostraban igual preocupación por todos los jóvenes.

Esta estructura social no es una utopía propia de la era de Acuario. Está bien documentada entre los animales, en especial en nuestros parientes más próximos, los chimpancés y los bonobos. Existen incluso varias culturas humanas actuales en las que se practica la paternidad colectiva, como, por ejemplo, los indios barí. Según las creencias de dichas sociedades, un niño no nace del esperma de un único hombre, sino de la acumulación de esperma en el útero de una mujer. Una buena madre intentará tener relaciones sexuales con varios hombres diferentes, en especial cuando está embarazada, de manera que su hijo goce de las cualidades (y del cuidado paterno) no solo del mejor cazador, sino también del mejor narrador de cuentos, del guerrero más fuerte y del amante más considerado. Si esto parece ridículo, recuerde el lector que hasta el desarrollo de los estudios embriológicos modernos, la gente no disponía de pruebas sólidas de que los bebés son siempre hijos de un único padre y no de muchos.

Los defensores de esta teoría de la «comuna antigua» argumentan que las frecuentes infidelidades que caracterizan a los matrimonios modernos, y las elevadas tasas de divorcio, por no mencionar la cornucopia de complejos psicológicos que padecen tanto niños como adultos, es el resultado de obligar a los humanos a vivir en familias nucleares y relaciones monógamas, que son incompatibles con nuestro equipo lógico biológico.[1]

Muchos estudiosos rechazan de forma vehemente esta teoría, e insisten que tanto la monogamia como la formación de familias nucleares son comportamientos humanos fundamentales. Aunque las antiguas sociedades cazadoras-recolectoras tendían a ser más comunales e igualitarias que las sociedades modernas, aducen estos investigadores, estaban constituidas por células separadas, cada una de las cuales estaba formada por una pareja celosa y los hijos que tenían en común. Esta es la razón de que hoy en día las relaciones monógamas y las familias nucleares sean la norma en la inmensa mayoría de las culturas, de que hombres y mujeres tiendan a ser muy posesivos con su pareja y con sus hijos, y de que incluso en estados modernos como Corea del Norte y Siria la autoridad política pase de padre a hijo.

Con el fin de resolver esta controversia y de entender nuestra sexualidad, nuestra sociedad y nuestra política, necesitamos conocer algo acerca de las condiciones de vida de nuestros antepasados, para examinar de qué manera vivieron los sapiens entre la revolución cognitiva de hace 70.000 años y el inicio de la revolución agrícola hace unos 12.000 años.

Lamentablemente, existen muy pocas certezas en lo que a la vida de nuestros antepasados se refiere. El debate entre las escuelas de la «comuna antigua» y de la «monogamia eterna» se basa en pruebas endebles. Sin duda, carecemos de documentos escritos de la época de nuestros ancestros, y las pruebas arqueológicas consisten principalmente en huesos fosilizados y utensilios líticos. Los artefactos hechos con materiales más perecederos (como madera, bambú o cuero) sobreviven solo en condiciones únicas. La impresión común de que los humanos preagrícolas vivían en una Edad de Piedra es una idea falsa basada en este sesgo arqueológico. Sería más exacto llamar Edad de la Madera a la Edad de Piedra, porque la mayoría de los utensilios utilizados por los antiguos cazadores-recolectores estaban hechos de madera.

Cualquier reconstrucción de la vida de los antiguos cazadores-recolectores a partir de los artefactos que han sobrevivido es muy problemática. Una de las diferencias más notables entre los recolectores antiguos y sus descendientes agrícolas e industriales es que, para empezar, los cazadores-recolectores tenían muy pocos artefactos, y estos desempeñaban un papel comparativamente modesto en su vida. A lo largo de su vida, un individuo medio de una sociedad moderna rica poseerá varios millones de artefactos, desde automóviles y casas hasta pañales desechables y botellas de leche. Apenas hay una actividad, una creencia o incluso una emoción que no estén mediadas por objetos que hemos inventado nosotros mismos. Nuestros hábitos alimentarios están mediados por una colección apabullante de tales objetos, desde cucharas y vasos hasta laboratorios de ingeniería genética y enormes barcos que surcan los mares. En el juego, utilizamos una plétora de juguetes, desde tarjetas de plástico hasta estadios con 100.000 localidades. Nuestras relaciones románticas y sexuales están equipadas con anillos, camas, bonitos vestidos, ropa interior excitante, condones, restaurantes de moda, moteles baratos, vestíbulos de aeropuertos, salones de bodas y compañías de catering. Las religiones aportan lo sagrado a nuestra vida con iglesias góticas, mezquitas musulmanas, ashrams hindúes, rollos de pergaminos de la Torá, molinetes de oraciones tibetanos, casullas sacerdotales, cirios, incienso, árboles de Navidad, bolas de pan ácimo, lápidas e iconos.

No nos damos cuenta de lo ubicuo que es nuestro material hasta que tenemos que transportarlo a una nueva casa. Los cazadores-recolectores cambiaban de casa cada mes, cada semana y a veces incluso cada día, cargando a la espalda todo lo que tenían. No había compañías de mudanzas, carros, ni siquiera animales de carga para compartir la carga. Por consiguiente, tenían que ingeniárselas solo con las posesiones más esenciales. Entonces es razonable suponer que la mayor parte de su vida mental, religiosa y emocional se realizaba sin la ayuda de artefactos. Un arqueólogo que trabajara dentro de 100.000 años podría componer una imagen razonable de las creencias y las prácticas de los musulmanes a partir de la miríada de objetos que desenterraría en las ruinas de una mezquita. Sin embargo, nosotros apenas acertamos a comprender las creencias y los rituales de los antiguos cazadores-recolectores. Es un dilema muy parecido al que se enfrentaría un futuro historiador si tuviera que ilustrar el mundo social de los adolescentes del siglo XXI únicamente sobre la base de lo que sobreviviera de su correo postal, puesto que no quedarán registros de sus conversaciones telefónicas, correos electrónicos, blogs y mensajes de texto.

Así, fiarse de los artefactos sesgará cualquier relato de la vida de los antiguos cazadores-recolectores. Una manera de no incurrir en este error es observar las modernas sociedades de cazadores-recolectores. Estas se pueden estudiar directamente mediante la observación antropológica; pero hay buenas razones para ser muy precavido a la hora de extrapolar conclusiones de las sociedades de cazadores-recolectores modernas a las antiguas.

En primer lugar, todas las sociedades de cazadores-recolectores que han sobrevivido hasta la época moderna han sido influidas por las sociedades agrícolas e industriales modernas. En consecuencia, es arriesgado suponer que lo que es cierto para ellas también lo fue hace decenas de miles de años.

En segundo lugar, las sociedades de cazadores-recolectores modernas han sobrevivido principalmente en áreas con condiciones climáticas difíciles y terreno inhóspito, poco apto para la agricultura. Sociedades que se han adaptado a las condiciones extremas de lugares tales como el desierto de Kalahari, en el África austral, bien pudieran proporcionar un modelo engañoso para la comprensión de sociedades antiguas en áreas fértiles tales como el valle del río Yangtsé. En particular, la densidad de población en una región tal como el desierto de Kalahari es mucho menor de lo que era en las inmediaciones del antiguo Yangtsé, y esto tiene implicaciones importantes para cuestiones clave sobre el tamaño y la estructura de las bandas humanas y las relaciones entre ellas.

En tercer lugar, la característica más notable de las sociedades de cazadores-recolectores es lo diferentes que son unas de otras. No solo difieren de una parte del mundo a otra, sino incluso dentro de una misma región. Un buen ejemplo es la enorme variedad que los colonos europeos encontraron entre los pueblos aborígenes de Australia. Inmediatamente antes de la conquista inglesa, en el continente vivían entre 300.000 y 700.000 cazadores-recolectores en 200-600 tribus, cada una de las cuales se dividía asimismo en diversas cuadrillas.[2] Cada tribu tenía su propio lenguaje, religión, normas y costumbres. Alrededor de lo que ahora es Adelaida, en el sur de Australia, había varios clanes patrilineales que creían descender de la línea paterna. Estos clanes se unían en tribus sobre una base estrictamente territorial. En cambio, algunas tribus del norte de Australia daban más importancia al linaje materno, y la identidad tribal de una persona dependía de su tótem y no de su territorio.

Parece razonable que la variedad étnica y cultural entre los antiguos cazadores-recolectores fuera asimismo impresionante, y que los 5-8 millones de cazadores-recolectores que poblaban el mundo en los albores de la revolución agrícola estuvieran divididos en miles de tribus separadas, con miles de lenguajes y culturas diferentes.[3] Después de todo, esta fue una de las principales herencias de la revolución cognitiva. Gracias a la aparición de la ficción, incluso personas con la misma constitución genética que vivían en condiciones ambientales similares pudieron crear realidades imaginadas muy diferentes, que se manifestaban en normas y valores diferentes.

Por ejemplo, existen razones para creer que una banda de cazadores-recolectores que viviera hace 30.000 años en el lugar en el que ahora se encuentra Madrid habría hablado un lenguaje diferente de una cuadrilla que viviera donde ahora está situada Barcelona. Una banda podía haber sido belicosa y la otra pacífica. Quizá la banda castellana era comunal, mientras que la catalana se basaba en familias nucleares. Los antiguos castellanos pudieron haber pasado muchas horas esculpiendo estatuas de madera de sus espíritus guardianes, mientras que sus contemporáneos catalanes quizá los adoraran mediante la danza. Quizá los primeros creyeran en la reencarnación, mientras que los otros pensaran que eso eran tonterías. En una sociedad podrían haberse aceptado las relaciones homosexuales, mientras que en la otra podrían haber sido tabú.

En otras palabras, mientras que las observaciones antropológicas de los modernos cazadores-recolectores nos pueden ayudar a comprender algunas de las posibilidades de que disponían los antiguos recolectores, el horizonte de posibilidades de los antiguos era mucho más amplio, y la mayor parte del mismo nos está vedado.* Los acalorados debates sobre «el modo de vida natural» de Homo sapiens no aciertan el punto principal. Desde la revolución cognitiva, no ha habido un único modo de vida natural para los sapiens. Existen solo opciones culturales, con una asombrosa paleta de posibilidades.

LA SOCIEDAD OPULENTA ORIGINAL

¿Qué generalizaciones podemos hacer, no obstante, acerca de la vida en el mundo preagrícola? Parece seguro decir que la gran mayoría de la gente vivía en pequeñas cuadrillas que sumaban en total varias decenas, o como mucho varios cientos de individuos, y que todos estos individuos eran humanos. Es importante señalar este último punto, porque está lejos de ser una obviedad. La mayoría de los miembros de las sociedades agrícolas e industriales son animales domésticos. Desde luego que estos no son iguales que sus dueños, pero así y todo son miembros de dichas sociedades. En la actualidad, la sociedad llamada Nueva Zelanda está formada por 4,5 millones de sapiens y 50 millones de ovejas.

Solo había una excepción a esta regla general: el perro. El perro fue el primer animal en ser domesticado por Homo sapiens, y esto tuvo lugar antes de la revolución agrícola. Los expertos no se ponen de acuerdo sobre la fecha exacta, pero tenemos pruebas incontrovertibles de perros domesticados de hace unos 15.000 años, si bien pudieron haberse unido a la jauría humana miles de años antes.

Los perros eran empleados para cazar y luchar, y como un sistema de alarma contra las bestias salvajes y los intrusos. Con el paso de las generaciones, las dos especies coevolucionaron para comunicarse bien entre sí. Los perros que estaban más atentos a las necesidades y sentimientos de sus compañeros humanos recibían cuidados y comida adicional, y tenían más probabilidades de sobrevivir. Simultáneamente, los perros aprendieron a manipular a la gente para sus propias necesidades. Un vínculo de 15.000 años ha producido una comprensión y afecto mucho mayores entre humanos y perros que entre humanos y cualquier otro animal.[4] En algunos casos, los perros muertos se enterraban incluso ceremonialmente, de manera parecida a los humanos (véase la figura 6).

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FIGURA 6. ¿La primera mascota? Tumba de 12.000 años de antigüedad descubierta en el norte de Israel. Contiene el esqueleto de una mujer de cincuenta años de edad junto al de un cachorro (ángulo inferior izquierdo). El cachorro estaba enterrado cerca de la cabeza de la mujer. La mano izquierda de esta se halla sobre el perro de una manera que pudiera indicar un vínculo emocional. Existen, desde luego, otras explicaciones posibles. Por ejemplo, quizá el cachorro era un regalo al guardián del otro mundo.

Los miembros de una banda se conocían entre sí íntimamente, y estaban rodeados durante toda su vida de amigos y parientes. La soledad y la privacidad eran raras. Las bandas vecinas competían por los recursos e incluso luchaban entre sí, pero también tenían contactos amistosos. Intercambiaban miembros, cazaban juntas, intercambiaban productos de lujo y raros, celebraban festividades religiosas y unían fuerzas contra los extranjeros. Esta cooperación era una de las improntas más importantes de Homo sapiens, y le confirió una ventaja crucial sobre otras especies humanas. A veces las relaciones con las bandas vecinas eran lo bastante estrechas para que constituyeran una única tribu, que compartía un lenguaje común, mitos comunes y normas y valores comunes.

Pero no hemos de sobrestimar la intensidad de estas relaciones externas. Aunque en tiempos de crisis la tribu actuaba como una, e incluso si la tribu se reunía periódicamente para cazar, luchar o festejar todos juntos, la mayoría de gente todavía pasaba la mayor parte de su tiempo en una banda pequeña. El comercio se limitaba sobre todo a objetos de prestigio, tales como conchas, ámbar y pigmentos. No existen pruebas de que la gente comerciara con bienes básicos como frutos y carne, o que la existencia de una cuadrilla dependiera de importar bienes de otra. Las relaciones sociopolíticas, asimismo, tendían a ser esporádicas. La tribu no servía como una estructura política permanente, e incluso si tenía lugares de encuentro estacionales, no había pueblos ni instituciones permanentes. La persona media podía pasar muchos meses sin ver ni oír a ningún humano de fuera de su propia banda, y a lo largo de toda su vida no encontraba más que a unos pocos miles de humanos. La población de sapiens estaba tenuemente extendida sobre vastos territorios. Antes de la revolución agrícola, la población humana de todo el planeta era más pequeña que la de Andalucía en la actualidad.

La mayoría de las cuadrillas de sapiens vivían viajando, vagando de un lugar a otro en busca de comida. Sus movimientos estaban influidos por las estaciones cambiantes, las migraciones anuales de los animales y los ciclos de crecimiento de las plantas. Por lo general se desplazaban en un sentido y en otro por el mismo territorio conocido, un área que oscilaba desde varias decenas a muchos cientos de kilómetros cuadrados.

A veces, las bandas salían de su territorio y exploraban nuevas tierras, ya fuera debido a desastres naturales, a conflictos violentos, a presiones demográficas o a la iniciativa de un jefe carismático. Estos desplazamientos eran el motor de la expansión humana por todo el mundo. Si una banda de cazadores-recolectores se dividía cada 40 años y su grupo escindido emigraba a un territorio nuevo situado 100 kilómetros al este, la distancia desde África oriental a China se habría cubierto en unos 10.000 años.

En algunos casos excepcionales, cuando los recursos alimenticios eran particularmente abundantes, las bandas se establecían en campamentos estacionales e incluso permanentes. Técnicas para secar, ahumar y (en zonas árticas) congelar la comida hicieron también posible permanecer en el mismo lugar por períodos más prolongados. Y, aún más importante, a lo largo de mares y ríos ricos en peces, marisco y aves acuáticas, los humanos establecieron aldeas permanentes de pescadores: los primeros poblados permanentes de la historia, que precedieron con mucho a la revolución agrícola. Aldeas de pescadores pudieron aparecer en las costas de islas indonesias hace ya 45.000 años. Estas pudieron haber sido la base desde las que Homo sapiens emprendió su primera aventura transoceánica: la invasión de Australia.

En la mayoría de los hábitats, las bandas de sapiens se alimentaban de una manera flexible y oportunista. Extraían termitas, recogían bayas, excavaban para obtener raíces, acechaban a conejos y cazaban bisontes y mamuts. A pesar de la imagen popular del «hombre cazador», la recolección era la principal actividad de los sapiens, y les proporcionaba la mayor parte de sus calorías, así como materiales en bruto como pedernal, madera y bambú.

Los sapiens no andaban únicamente en busca de comida y materiales. También buscaban afanosamente conocimiento. Para sobrevivir, necesitaban un mapa mental detallado de su territorio. Para maximizar la eficiencia de su búsqueda diaria de comida, precisaban información sobre las pautas de crecimiento de cada planta y las costumbres de cada animal. Necesitaban saber qué alimentos eran nutritivos, cuáles los hacían enfermar y cómo usar otros como curas. Necesitaban saber el progreso de las estaciones y qué señales de aviso precedían una tronada o un período de sequía. Estudiaban cada río, cada nogal, cada osera y cada yacimiento de pedernal en sus inmediaciones. Cada individuo tenía que saber cómo hacer un cuchillo de piedra, cómo remendar una capa rota, cómo disponer una trampa para conejos y cómo actuar ante avalanchas, mordeduras de serpientes o leones hambrientos. La pericia en cada una de estas muchas habilidades requería años de aprendizaje y práctica. El cazador-recolector medio podía transformar un pedernal en una punta de lanza en cuestión de minutos. Cuando intentamos imitar esta hazaña, por lo general fracasamos estrepitosamente. La mayoría de nosotros carecemos del conocimiento experto de las propiedades del pedernal y del basalto para proporcionar lascas y de las habilidades motrices finas para trabajarlos de manera precisa.

En otras palabras, el cazador-recolector medio tenía un conocimiento más amplio, más profundo y más variado de su entorno inmediato que la mayoría de sus descendientes modernos. Hoy en día, la mayoría de las personas de las sociedades industriales no necesitan saber mucho acerca del mundo natural con el fin de sobrevivir. ¿Qué es lo que uno necesita saber realmente para arreglárselas como ingeniero informático, agente de seguros, profesor de historia u obrero de una fábrica? Necesitamos saber mucho acerca de nuestro minúsculo campo de experiencia, pero para la inmensa mayoría de las necesidades de la vida nos fiamos ciegamente de la ayuda de otros expertos, cuyos propios conocimientos están asimismo limitados a un diminuto campo de pericia. El colectivo humano sabe en la actualidad muchísimas más cosas de las que sabían las antiguas cuadrillas. Pero a nivel individual, los antiguos cazadores-recolectores eran las gentes más bien informadas y diestras de la historia.

Existen algunas pruebas de que el tamaño del cerebro del sapiens medio se ha reducido desde la época de los cazadores-recolectores.[5] En aquella época, la supervivencia requería capacidades mentales soberbias de todos. Cuando aparecieron la agricultura y la industria, la gente pudo basarse cada vez más en las habilidades de los demás para sobrevivir, y se abrieron nuevos «nichos para imbéciles». Uno podía sobrevivir y transmitir sus genes nada especiales a la siguiente generación trabajando como aguador o como obrero de una cadena de montaje.

Los cazadores-recolectores dominaban no solo el mundo circundante de animales, plantas y objetos, sino también el mundo interno de sus propios cuerpos y sentidos. Escuchaban el más leve movimiento en la hierba para descubrir si allí podía acechar una serpiente. Observaban detenidamente el follaje de los árboles con el fin de descubrir frutos, colmenas y nidos de aves. Se desplazaban con un mínimo de esfuerzo y ruido, y sabían cómo sentarse, andar y correr de la manera más ágil y eficiente. El uso variado y constante de su cuerpo hacía que se hallaran en tan buena forma como los corredores de maratón. Poseían una destreza física que la gente de hoy en día es incapaz de conseguir incluso después de años de practicar yoga o taichí.

El modo de vida de los cazadores-recolectores difería de manera significativa de una región a otra y de una estación a la siguiente, pero en su conjunto parece que los cazadores-recolectores gozaban de un estilo de vida más confortable y remunerador que la mayoría de los campesinos, pastores, jornaleros y oficinistas que les siguieron los pasos.

Aunque las personas de las sociedades opulentas actuales trabajan una media de 40-45 horas semanales, y las personas del mundo en vías de desarrollo trabajan 60 e incluso 80 horas por semana, los cazadores-recolectores que viven hoy en día en el más inhóspito de los hábitats (como el desierto de Kalahari) trabajan por término medio solo 35-45 horas por semana. Cazan solo un día de cada tres, y recolectar les ocupa solo 3-6 horas diarias. En épocas normales, esto es suficiente para alimentar a la cuadrilla. Bien pudiera ser que los cazadores-recolectores antiguos, que vivían en zonas más fértiles que el Kalahari, invirtieran todavía menos tiempo para obtener alimentos y materiales en bruto. Además de esto, los cazadores-recolectores gozaban de una carga más liviana de tareas domésticas. No tenían platos que lavar, ni alfombras para quitarles el polvo, ni pavimentos que pulir, ni pañales que cambiar, ni facturas que pagar.

La economía de los cazadores-recolectores proporcionaba a la mayoría de la gente una vida más interesante que la que da la agricultura o la industria. En la actualidad, una obrera china de una fábrica se va de casa alrededor de las siete de la mañana, recorre las calles contaminadas hasta llegar a un taller cuyas condiciones de trabajo son infames, y allí hace funcionar la misma máquina, de la misma manera, un día y otro, durante diez largas y tediosas horas; después vuelve a casa hacia las siete de la tarde, y se pone a lavar los platos y hacer la colada. Hace 30.000 años, los cazadores-recolectores chinos podían abandonar el campamento, pongamos por caso, a las ocho de la mañana. Vagaban por los bosques y prados cercanos, recolectando setas, extrayendo del suelo raíces comestibles, capturando ranas y, ocasionalmente, huyendo de tigres. A primera hora de la tarde, estaban de vuelta en el campamento para comer. Esto les dejaba mucho tiempo para chismorrear, contar relatos, jugar con los niños y simplemente holgazanear. Desde luego, a veces los tigres los alcanzaban, o una serpiente los mordía, pero por otra parte no tenían que habérselas con los accidentes de automóvil ni con la contaminación industrial.

En muchos lugares y la mayor parte de las veces, la caza y la recolección proporcionaban una nutrición ideal. Esto no debería sorprendernos, ya que esta ha sido la dieta humana durante cientos de miles de años, y el cuerpo humano estaba bien adaptado a ella. Las pruebas procedentes de esqueletos fosilizados indican que los antiguos cazadores-recolectores tenían menos probabilidades de padecer hambre o desnutrición, y eran generalmente más altos y sanos que sus descendientes campesinos. La esperanza de vida media era aparentemente de treinta o cuarenta años, pero esto se debía en gran medida a la elevada incidencia de la mortalidad infantil. Los niños que conseguían sobrepasar los peligrosos primeros años tenían buenas probabilidades de alcanzar los sesenta años de edad, y algunos llegaban incluso a los ochenta y más. Entre los cazadores-recolectores actuales, las mujeres de cuarenta y cinco años de edad pueden esperar vivir otros veinte años, y alrededor del 5-8 por ciento de la población tiene más de sesenta años.[6]

El secreto del éxito de los cazadores-recolectores, que los protegió de las hambrunas y la malnutrición, fue su dieta variada. Los agricultores tienden a comer una dieta muy limitada y desequilibrada. Especialmente en la época premoderna, la mayoría de las calorías que alimentaban a una población agrícola provenían de una sola planta de cultivo (como el trigo, las patatas o el arroz), que carece de algunas de las vitaminas, minerales y otros materiales nutritivos que los humanos necesitan. La campesina media en la China tradicional comía arroz en el desayuno, arroz en el almuerzo y arroz en la cena. Si tenía suerte, podía esperar comer lo mismo al día siguiente. En cambio, los antiguos cazadores-recolectores comían regularmente decenas de alimentos diferentes. La tatarabuela cazadora-recolectora de la campesina pudo haber comido bayas y setas en el desayuno; frutos, caracoles y tortuga en el almuerzo, y carne de conejo con cebollas silvestres en la cena. El menú del día siguiente podía ser completamente distinto. Esta variedad aseguraba que los antiguos cazadores-recolectores recibían todos los nutrientes necesarios.

Además, al no depender de un tipo único de comida, tenían menos probabilidades de padecer cuando un recurso alimentario concreto escaseaba. Las sociedades agrícolas son asoladas por las hambrunas cuando la sequía, los incendios o los terremotos devastan la cosecha anual de arroz o patatas. Las sociedades de cazadores-recolectores no eran en absoluto inmunes a los desastres naturales, y padecían períodos de escasez y hambre, pero por lo general eran capaces de habérselas más fácilmente con estas calamidades. Si perdían algunos de sus alimentos básicos, podían recolectar o cazar otras especies, o desplazarse hasta un lugar menos afectado.

Los antiguos cazadores-recolectores también padecían menos enfermedades infecciosas. La mayoría de las enfermedades infecciosas que han atormentado a las sociedades agrícolas e industriales (como la viruela, el sarampión y la tuberculosis) se originaron en animales domésticos y se transfirieron a los humanos después de la revolución industrial. Los antiguos cazadores-recolectores, que solo habían domesticado perros, se vieron libres de estos flagelos. Además, la mayoría de la gente en las sociedades agrícolas e industriales vivía en poblados permanentes, densos y antihigiénicos, focos ideales para la enfermedad. En cambio, los cazadores-recolectores vagaban por la tierra en pequeñas bandas que no podían sufrir epidemias.

La dieta saludable y variada, la semana laboral relativamente corta y la rareza de las enfermedades infecciosas han llevado a muchos expertos a definir las sociedades de cazadores-recolectores preagrícolas como «las sociedades opulentas originales». Sin embargo, sería una equivocación idealizar la vida de los antiguos humanos. Aunque vivían una vida mejor que la mayoría de la gente de las sociedades agrícolas e industriales, su mundo podía ser igualmente duro e implacable. Los períodos de privaciones y penurias no eran insólitos, la mortalidad infantil era elevada, y un accidente que hoy en día sería menor podía convertirse fácilmente en una sentencia de muerte. Quizá la mayor parte de la gente gozaba de la intimidad de la banda errante, pero aquellos desgraciados que eran objeto de la hostilidad o la burla de los demás miembros de su cuadrilla con probabilidad sufrían mucho. Los cazadores-recolectores actuales suelen abandonar e incluso matar a las personas ancianas o inválidas que no pueden seguir el ritmo de la cuadrilla. Los bebés y los niños no queridos pueden ser sacrificados, y existen incluso casos de sacrificio humano de inspiración religiosa.

Los aché, cazadores-recolectores que vivieron en las junglas de Paraguay hasta la década de 1960, ofrecen una idea del lado oscuro de la recolección de alimento. Cuando un miembro estimado de la banda moría, era costumbre entre los aché matar a una niña y enterrarlos juntos. Los antropólogos que entrevistaron a los aché registraron un caso en el que una cuadrilla abandonó a un hombre de edad mediana que enfermó y no podía mantener el paso de los demás. Lo dejaron bajo un árbol, sobre el que se posaron buitres, a la espera de una sustanciosa pitanza. Pero el hombre se recuperó y, con paso enérgico, consiguió dar alcance a la banda. Su cuerpo estaba cubierto de las heces de las aves, de manera que desde entonces lo apodaron Deyecciones de Buitre.

Cuando una mujer aché vieja se convertía en una carga para el resto de la banda, uno de los hombres jóvenes se colocaba a hurtadillas detrás de ella y la mataba con un golpe de hacha en la cabeza. Un hombre aché contaba a los inquisitivos antropólogos los relatos de sus años de juventud en la jungla. «Yo solía matar a las mujeres viejas. Maté a mis tías. […] Las mujeres me tenían miedo. […] Ahora, aquí con los blancos, me he vuelto débil.» Los recién nacidos que carecían de pelo, a los que consideraban subdesarrollados, eran sacrificados inmediatamente. Una mujer recordaba que su primer bebé, una niña, fue muerta porque los hombres de la cuadrilla no querían otra niña. En otra ocasión, un hombre mató a un niño porque estaba «de mal humor y el niño lloraba». Otro niño fue enterrado vivo porque «era divertido verlo, y los otros niños se reían».[7]

No obstante, hemos de ser cautelosos a la hora de juzgar demasiado deprisa a los aché. Los antropólogos que vivieron con ellos durante años informan que la violencia entre los adultos era muy rara. Tanto hombres como mujeres eran libres de intercambiar parejas a voluntad. Sonreían y reían constantemente, carecían de una jerarquía de caudillaje y por lo general evitaban a la gente dominante. Eran muy generosos con sus pocas posesiones, y no estaban obsesionados con el éxito o las riquezas. Las cosas que más valoraban en la vida eran las buenas interacciones sociales y las buenas amistades.[8] Consideraban el matar a niños, a personas enfermas y a los ancianos de la misma manera que hoy en día muchas personas consideran el aborto y la eutanasia. Hay que señalar asimismo que los aché fueron cazados y muertos sin piedad por granjeros paraguayos. La necesidad de eludir a sus enemigos hizo probablemente que los aché adoptaran una actitud excepcionalmente dura hacia cualquiera que pudiera convertirse en un impedimento para la banda.

Lo cierto es que la sociedad aché, como toda sociedad humana, era muy compleja. Hemos de guardarnos de demonizarla o de idealizarla sobre la base de un conocimiento superficial. Los aché no eran ángeles ni demonios; eran humanos. Y también lo eran los antiguos cazadores-recolectores.

HABLANDO A LOS ESPÍRITUS

¿Qué podemos decir acerca de la vida espiritual y mental de los antiguos cazadores-recolectores? Se puede reconstruir con cierta fidelidad los rasgos esenciales de la economía de los cazadores-recolectores sobre la base de factores cuantificables y objetivos. Por ejemplo, podemos calcular cuántas calorías diarias necesitaba una persona para sobrevivir, cuántas calorías obtenía a partir de un kilogramo de nueces, y cuántas nueces podían recogerse en un kilómetro cuadrado de bosque. Con estos datos, podemos hacer una conjetura bien fundamentada sobre la importancia relativa de las nueces en su dieta.

Pero ¿consideraban ellos que las nueces eran una exquisitez o un alimento básico y trivial? ¿Creían que los nogales estaban habitados por espíritus? ¿Encontraban bonitas las hojas de nogal? Si un muchacho cazador-recolector quería llevar a una muchacha a un lugar romántico, ¿bastaba la sombra de un nogal? Por definición, el mundo del pensamiento, las creencias y los sentimientos es mucho más difícil de descifrar.

La mayoría de los expertos están de acuerdo en que las creencias animistas eran comunes entre los antiguos cazadores-recolectores. El animismo (del latín anima, «alma» o «espíritu») es la creencia de que casi todos los lugares, todos los animales, todas las plantas y todos los fenómenos naturales tienen conciencia y sentimientos, y pueden comunicarse directamente con los humanos. Así, los animistas pueden creer que la gran roca de la cumbre de la colina tiene deseos y necesidades. La roca puede enfadarse por alguna cosa que la gente hizo y alegrarse por alguna otra acción. La roca podría amonestar a la gente o pedirle favores. Los humanos, por su parte, pueden dirigirse a la roca, para apaciguarla o amenazarla. No solo la roca, sino también el roble del fondo del valle es un ser animado, y lo mismo el río que fluye bajo la colina, la fuente en el calvero del bosque, los matorrales que crecen a su alrededor, el sendero hasta el calvero y los ratones de campo, los lobos y los cuervos que allí beben. En el mundo animista, los objetos y los seres vivos no son los únicos seres animados. Hay asimismo entidades inmateriales: los espíritus de los muertos y seres amistosos y malévolos como los que en la actualidad llamamos demonios, hadas y ángeles.

Los animistas creen que no hay barreras entre los humanos y otros seres. Todos pueden comunicarse directamente mediante palabras, canciones, bailes y ceremonias. Un cazador puede dirigirse a un rebaño de ciervos y pedirle que uno de ellos se sacrifique. Si la caza tiene éxito, el cazador puede pedirle al animal muerto que lo perdone. Cuando alguien cae enfermo, el chamán puede contactar con el espíritu que produjo la enfermedad e intentar pacificarlo o asustarlo para que se vaya. Si es necesario, el chamán puede pedir ayuda a otros espíritus. Lo que caracteriza todos estos actos de comunicación es que las entidades a las que se invoca son seres locales. No son dioses universales, sino más bien un ciervo concreto, un árbol concreto, un río determinado, un espíritu particular.

De la misma manera que no hay barreras entre los humanos y otros seres, tampoco hay una jerarquía estricta. Las entidades no humanas no existen simplemente para satisfacer las necesidades de los hombres. Ni tampoco son dioses todopoderosos que gobiernan el mundo a su antojo. El mundo no gira alrededor de los humanos ni alrededor de ningún otro grupo concreto de seres.

El animismo no es una religión específica. Es un nombre genérico que engloba miles de religiones, cultos y creencias muy distintos. Lo que hace que todos ellos sean «animistas» es este enfoque común con respecto al mundo y al lugar del hombre en él. Decir que los antiguos cazadores-recolectores eran probablemente animistas es como decir que los agricultores premodernos eran principalmente teístas. El teísmo (del griego theós, «dios») es la idea de que el orden universal se basa en una relación jerárquica entre los humanos y un pequeño grupo de entidades etéreas llamadas dioses. Es ciertamente verdad decir que los agriculturalistas premodernos tendían a ser teístas, pero esto no nos dice mucho acerca de los detalles. Bajo la etiqueta genérica «teístas» encontramos los rabinos judíos de la Polonia del siglo XVIII, los puritanos del Massachusetts del siglo XVII, que quemaban brujas, los sacerdotes aztecas del México del siglo XV, los místicos sufíes del Irán del siglo XII, los guerreros vikingos del siglo X, los legionarios romanos del siglo II y los burócratas chinos del siglo I. Cada uno de ellos consideraba que las creencias y las prácticas de los demás eran extrañas y heréticas. Las diferencias entre las creencias y las prácticas de los grupos de cazadores-recolectores «animistas» eran probablemente igual de grandes. Su experiencia religiosa pudo haber sido turbulenta y llena de controversias, reformas y revoluciones.

Pero lo máximo que podemos afirmar son prácticamente estas generalizaciones cautelosas. Cualquier intento de describir los detalles de la espiritualidad arcaica es un ejercicio especulativo, porque apenas hay pruebas y las pocas que tenemos (un reducido número de artefactos y pinturas rupestres) pueden ser interpretadas de mil maneras distintas. Las teorías de los expertos que afirman saber qué es lo que sentían los cazadores-recolectores arrojan más luz sobre los prejuicios de sus autores que sobre las religiones de la Edad de Piedra (véanse las figuras 7 y 8).

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FIGURA 7. Una pintura de la cueva de Lascaux, hace entre 15.000 y 20.000 años. ¿Qué es lo que vemos, exactamente, y cuál es el significado de la pintura? Hay quien dice que representa a un hombre con la cabeza de un pájaro y un pene erecto, que es abatido por un bisonte. Bajo el hombre hay otro pájaro que podría simbolizar el alma, liberada del cuerpo en el momento de la muerte. Si es así, la pintura no representa un prosaico accidente de caza, sino más bien el paso de este mundo al otro. Pero no tenemos manera de saber si alguna de estas especulaciones es cierta. Es un test de Rorschach que revela mucho acerca de las preconcepciones de los eruditos modernos, y poco acerca de las creencias de los antiguos cazadores.

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FIGURA 8. Unos cazadores-recolectores hicieron estas impresiones de manos hace unos 9.000 años en la cueva de las Manos, en Argentina. Parece como si estas manos, desaparecidas ya hace mucho tiempo, se extendieran hacia nosotros desde el interior de la roca. Esta es una de las reliquias más emotivas del mundo de los antiguos cazadores, pero nadie sabe qué significa.

En lugar de erigir montañas de teoría a partir de unas pocas reliquias de tumbas, pinturas rupestres y estatuillas de hueso, es mejor ser franco y admitir que solo tenemos unas ideas muy vagas acerca de las religiones de los antiguos cazadores-recolectores. Suponemos que eran animistas, pero este dato no es muy informativo. No sabemos a qué espíritus rezaban, qué festividades celebraban, o qué tabúes observaban. Y, lo más importante, no sabemos qué relatos contaban. Esto constituye una de las mayores lagunas en nuestra comprensión de la historia humana.

El mundo sociopolítico de los cazadores-recolectores es otra área de la que no sabemos apenas nada. Tal como se ha explicado anteriormente, los expertos ni siquiera pueden ponerse de acuerdo en los aspectos básicos, como la existencia de la propiedad privada, las familias nucleares y las relaciones monógamas. Es probable que las diversas bandas tuvieran estructuras diferentes. Algunas pudieron haber sido tan jerárquicas, tensas y violentas como el más avieso de los grupos de chimpancés, mientras que otras eran tan relajadas, pacíficas y lascivas como un grupo de bonobos.

En Sungir, Rusia, los arqueólogos descubrieron en 1955 un cementerio perteneciente a una cultura de cazadores de mamuts de hace 30.000 años. En una tumba encontraron el esqueleto de un hombre de cincuenta años, cubierto con ristras de cuentas de marfil de mamut, que en total contenían unas 3.000 cuentas. En la cabeza del hombre había un sombrero decorado con dientes de zorro, y en sus muñecas 25 brazaletes de marfil. Otras tumbas de la misma localidad contenían muchos menos bienes. Los expertos dedujeron que los cazadores de mamuts de Sungir vivían en una sociedad jerárquica, y que el hombre muerto era quizá el cabecilla de una banda o de toda una tribu que constaba de varias bandas. Es improbable que unas pocas decenas de miembros de una única banda pudieran haber producido por sí mismos tantas riquezas como había en la tumba.

Los arqueólogos descubrieron después una tumba más interesante todavía. Contenía dos esqueletos, enterrados frente a frente. Uno pertenecía a un chico de entre doce y trece años de edad, el otro a una chica de entre nueve y diez años. El chico estaba cubierto con 5.000 cuentas de marfil. Llevaba un sombrero de dientes de zorro y un cinturón con 250 dientes de zorro (al menos tuvieron que extraerse los dientes de 60 zorros para conseguir tantos). La niña estaba adornada con 5.250 cuentas de marfil. Ambos niños estaban rodeados por estatuillas y varios objetos de marfil. Un artesano (o artesana) diestro probablemente necesitara unos 45 minutos para preparar una sola cuenta de marfil. En otras palabras, preparar las 10.000 cuentas de marfil que cubrían a los dos niños, por no mencionar los demás objetos, requirió unas 7.500 horas de trabajo delicado, ¡mucho más de tres años de trabajo por parte de un artesano experimentado!

Es muy poco probable que a esta edad tan temprana los niños de Sungir se hubieran distinguido como líderes o cazadores de mamuts. Solo las creencias culturales pueden explicar por qué recibieron un entierro tan extravagante. Una teoría es que debían su rango a sus padres. Quizá eran los hijos del cabecilla, en una cultura que creía o bien en el carisma de la familia, o bien en reglas estrictas de sucesión. De acuerdo con una segunda teoría, los niños habrían sido identificados al nacer como la encarnación de algunos espíritus muertos hacía tiempo. Una tercera teoría aduce que la tumba de los niños refleja la manera en que murieron y no su nivel social en vida. Fueron sacrificados ritualmente (quizá como parte de los ritos de enterramiento del cabecilla), y después enterrados con pompa y circunstancia.[9]

Sea cual sea la respuesta correcta, los niños de Sungir son una de las mejores pruebas de que hace 30.000 años los sapiens podían inventar códigos sociopolíticos que iban mucho más allá de los dictados de nuestro ADN y de las pautas de comportamiento de otras especies humanas y animales.

¿PAZ O GUERRA?

Finalmente está la peliaguda cuestión del papel de la guerra en las sociedades de cazadores-recolectores. Algunos eruditos imaginan que las sociedades antiguas de cazadores-recolectores eran paraísos pacíficos, y aducen que la guerra y la violencia comenzaron solo con la revolución agrícola, cuando la gente empezó a acumular propiedad privada. Otros especialistas sostienen que el mundo de los antiguos cazadores-recolectores era excepcionalmente cruel y violento. Ambas escuelas de pensamiento son castillos en el aire, conectados al suelo por delgados cordeles de escasos restos arqueológicos y observaciones antropológicas de los cazadores-recolectores actuales.

Las pruebas antropológicas son intrigantes pero muy problemáticas. En la actualidad, los cazadores-recolectores viven en áreas inhóspitas como el Ártico y el Kalahari, en las que la densidad de población es muy baja y las oportunidades para luchar con otras gentes son limitadas. Además, en las generaciones recientes los cazadores-recolectores han estado cada vez más sometidos a la autoridad de los estados modernos, que impiden la eclosión de conflictos a gran escala. Los investigadores europeos han tenido solo dos oportunidades de observar poblaciones grandes y relativamente densas de cazadores-recolectores independientes: en Norteamérica noroccidental en el siglo XIX y en el norte de Australia durante el siglo XIX y principios del XX. Tanto las culturas amerindias como las aborígenes australianas dieron pruebas de conflictos armados frecuentes. Sin embargo, es discutible si ello representaba una condición «intemporal» o el impacto del imperialismo europeo.

Los hallazgos arqueológicos son a la vez escasos y opacos. ¿Qué pistas reveladoras podrían quedar de cualquier guerra que hubiera tenido lugar hace decenas de miles de años? En aquel entonces no había fortificaciones ni muros, no había cascos de artillería ni espadas o escudos. Una antigua punta de lanza pudo haber sido usada en la guerra, pero también en la caza. Los huesos humanos fosilizados no son menos difíciles de interpretar. Una fractura podría indicar una herida de guerra o un accidente. Y tampoco la ausencia de fracturas y cortes en un esqueleto antiguo es una prueba concluyente de que la persona a la que pertenecía el esqueleto no muriera de una muerte violenta. La muerte puede ser causada por traumatismos en los tejidos blandos que no dejan marcas en el hueso. Y aún más importante: durante las guerras preindustriales, más del 90 por ciento de los muertos lo fueron por hambre, frío y enfermedades, y no por armas. Imagine el lector que, hace 30.000 años, una tribu derrotara a su vecina y la expulsara de tierras de forrajeo codiciadas. En la batalla decisiva, murieron 10 miembros de la tribu derrotada. Al año siguiente, otros 100 miembros de la tribu vencida murieron de hambre, frío y enfermedad. Los arqueólogos que hallaran estos 110 esqueletos podrían llegar muy fácilmente a la conclusión de que la mayoría fueron víctimas de algún desastre natural. ¿De qué otro modo podrían decir que todos fueron víctimas de una guerra despiadada?

Debidamente advertidos, podemos considerar ahora los hallazgos arqueológicos. En Portugal se hizo un estudio de 400 esqueletos del período inmediatamente anterior a la revolución agrícola. Solo dos esqueletos mostraban marcas claras de violencia. Un estudio similar de 400 esqueletos del mismo período en Israel descubrió una única resquebrajadura en un único cráneo que podría atribuirse a la violencia humana. Un tercer estudio de otros 400 esqueletos de varias localidades preagrícolas en el valle del Danubio encontró pruebas de violencia en 18 esqueletos. Dieciocho de un total de 400 puede no parecer mucho, pero en realidad es un porcentaje muy alto. Si los 18 murieron en realidad de forma violenta, esto significa que alrededor de un 4,5 por ciento de las muertes en el antiguo valle del Danubio fueron causadas por la violencia humana. En la actualidad, la media global es de solo el 1,5 por ciento, considerando la suma de las causadas por la guerra y el crimen. Durante el siglo XX, solo el 5 por ciento de las muertes humanas resultaron por la violencia humana, y eso en un siglo que vio las guerras más sangrientas y los genocidios más masivos. Si esta revelación se puede extrapolar, el antiguo valle del Danubio fue tan violento como el siglo XX.*

Los deprimentes hallazgos del valle del Danubio están respaldados por una serie de descubrimientos igualmente deprimentes en otras regiones. En Jebel Sahaba, en Sudán, se descubrió un cementerio de hace 12.000 años que contenía 59 esqueletos. Se encontraron puntas de flecha y de lanza incrustadas en los huesos o situadas cerca de ellos en 24 esqueletos, un 40 por ciento del total. El esqueleto de una mujer revelaba 12 heridas. En la cueva de Ofnet, en Baviera, los arqueólogos descubrieron los restos de 38 cazadores-recolectores, principalmente mujeres y niños, que habían sido arrojados en dos pozos de enterramiento. La mitad de los esqueletos, incluidos los de niños y bebés, presentaban claras señales de heridas por armas humanas, como garrotes y cuchillos. Los pocos esqueletos pertenecientes a varones maduros presentaban las peores marcas de violencia. Con toda probabilidad, una cuadrilla al completo de cazadores-recolectores fue masacrada en Ofnet.

¿Qué representa mejor el mundo de los antiguos cazadores-recolectores, los esqueletos pacíficos de Israel y Portugal o los mataderos de Jebel Sahaba y Ofnet? La respuesta es ninguno de ellos. De la misma manera que los cazadores-recolectores exhibían una amplia gama de religiones y estructuras sociales, probablemente también demostraban una variedad de tasas de violencia. Mientras que algunas áreas y algunos períodos de tiempo pudieron haber gozado de paz y tranquilidad, otros estuvieron marcados por conflictos brutales.[10]

EL TELÓN DE SILENCIO

Si el panorama general de la vida de los antiguos cazadores-recolectores es difícil de reconstruir, los acontecimientos concretos son irrecuperables en gran medida. Cuando una cuadrilla de sapiens se adentró por primera vez en un valle habitado por neandertales, los años siguientes pudieron haber contemplado un drama histórico pasmoso. Lamentablemente, nada habría sobrevivido de un encuentro tal excepto, en el mejor de los casos, algunos huesos fosilizados y unos cuantos utensilios líticos que permanecen mudos bajo las más intensas indagaciones de los expertos. De ellos podemos extraer información acerca de la anatomía humana, la tecnología humana, la dieta humana y quizá incluso la estructura social humana. Pero no revelan nada acerca de la alianza política establecida entre bandas de sapiens vecinas, sobre los espíritus de los muertos que bendijeron dicha alianza, o sobre las cuentas de marfil que se dieron en secreto al hechicero local con el fin de asegurarse la bendición de los espíritus.

Este telón de silencio oculta decenas de miles de años de historia. Estos largos milenios bien pudieran haber contemplado guerras y revoluciones, exaltados movimientos religiosos, profundas teorías filosóficas, incomparables obras maestras artísticas. Los cazadores-recolectores pudieron haber tenido sus napoleones conquistadores, que gobernaban imperios con un tamaño que era la mitad de Luxemburgo; dotados beethovens que carecían de orquestas sinfónicas pero que conmovían a su auditorio hasta las lágrimas con el sonido de sus flautas de bambú; y profetas carismáticos que revelaban las palabras de un roble local en lugar de las de un dios creador universal. Pero todo esto son simples suposiciones. El telón de silencio es tan grueso que ni siquiera podemos estar seguros de que tales hechos ocurrieran, y mucho menos describirlos en detalle.

Los expertos tienden a plantear únicamente aquellas cuestiones que pueden responder de manera razonable. Sin el descubrimiento de herramientas de investigación de las que hasta ahora no disponemos, probablemente no sabremos nunca qué es lo que creían los antiguos cazadores-recolectores o qué dramas políticos vivieron. Pero, aun así, es vital formular preguntas para las que no tenemos respuesta, de otro modo, podríamos sentirnos tentados de descartar 60.000 o 70.000 años de historia humana con la excusa de que «las gentes que vivieron entonces no hicieron nada de importancia».

Lo cierto es que hicieron muchas cosas importantes. En particular, modelaron el mundo que nos rodea en un grado mucho mayor de lo que la mayoría de la gente piensa. Los viajeros que visitan la tundra siberiana, los desiertos de Australia central y la pluviselva amazónica creen haber penetrado en paisajes prístinos, prácticamente intocados por manos humanas. Pero es una ilusión. Los cazadores-recolectores estuvieron allí antes que nosotros y produjeron cambios espectaculares incluso en las junglas más densas y en los desiertos más desolados. En el capítulo siguiente se explica de qué manera los cazadores-recolectores remodelaron completamente la ecología de nuestro planeta mucho antes de que se construyera la primera aldea agrícola. Las bandas merodeadoras de sapiens contadores de relatos fueron la fuerza más importante y más destructora que el reino animal haya creado nunca.

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El Diluvio

Antes de la revolución cognitiva, los humanos de todas las especies vivían exclusivamente en el continente afroasiático. Es cierto que habían colonizado unas pocas islas nadando cortos trechos de agua o cruzándolos con almadías improvisadas. Flores, por ejemplo, fue colonizada muy pronto, hace 850.000 años. Pero fueron incapaces de aventurarse en mar abierto, y ninguno llegó a América, Australia o a islas remotas como Madagascar, Nueva Zelanda y Hawái.

La barrera que constituía el mar impidió no solo a los humanos, sino también a otros muchos animales afroasiáticos, alcanzar este «mundo exterior». Como resultado, los organismos de tierras distantes como Australia y Madagascar evolucionaron en aislamiento durante millones y millones de años, adoptando formas y naturalezas muy diferentes de las de sus parientes afroasiáticos. El planeta Tierra estaba dividido en varios ecosistemas distintos, cada uno de ellos constituido por un conjunto único de animales y plantas. Sin embargo, Homo sapiens estaba a punto de poner punto final a esta exuberancia biológica.

A raíz de la revolución cognitiva, los sapiens adquirieron la tecnología, las habilidades de organización y quizá incluso la visión necesaria para salir de Afroasia y colonizar el mundo exterior. Su primer logro fue la colonización de Australia, hace unos 45.000 años. Los expertos tienen dificultades para explicar esta hazaña. Con el fin de alcanzar Australia, los humanos tuvieron que cruzar varios brazos de mar, algunos de más de 100 kilómetros de ancho, y al llegar tuvieron que adaptarse casi de la noche a la mañana a un ecosistema completamente nuevo.

La teoría más razonable sugiere que, hace unos 45.000 años, los sapiens que vivían en el archipiélago indonesio (un grupo de islas separadas de Asia y entre sí únicamente por estrechos angostos) desarrollaron las primeras sociedades de navegantes. Aprendieron cómo construir y gobernar bajeles que se hacían a la mar y se convirtieron en pescadores, comerciantes y exploradores a larga distancia. Esto habría producido una transformación sin precedentes en las capacidades y estilos de vida humanos. Todos los demás animales que se adentraron en el mar (focas, sirenios, delfines) tuvieron que evolucionar durante eones para desarrollar órganos especializados y un cuerpo hidrodinámico. Los sapiens de Indonesia, descendientes de simios que vivieron en la sabana africana, se convirtieron en navegantes del Pacífico sin que les crecieran aletas y sin tener que esperar a que su nariz migrara a la parte superior de la cabeza, como les ocurrió a los cetáceos. En lugar de ello, construyeron barcas y aprendieron cómo gobernarlas. Y estas habilidades les permitieron alcanzar Australia y colonizarla.

Es cierto que los arqueólogos todavía no han desenterrado balsas, remos o aldeas de pescadores que se remonten a hace 45.000 años (serían difíciles de descubrir, porque el nivel del mar ha subido y ha sumergido la antigua línea de costa de Indonesia bajo 100 metros de océano). No obstante, existen sólidas pruebas circunstanciales que respaldan esta teoría, especialmente el hecho de que, en los miles de años que siguieron a su instalación en Australia, los sapiens colonizaron un gran número de islas pequeñas y aisladas en el norte. Algunas, como Buka y Manus, estaban separadas de la tierra más próxima por 200 kilómetros de aguas abiertas. Es difícil creer que alguien hubiera alcanzado y colonizado Manus sin embarcaciones complejas y habilidades de navegación. Tal como se ha mencionado anteriormente, existen asimismo pruebas fehacientes de comercio marítimo regular entre algunas de dichas islas, como Nueva Irlanda y Nueva Bretaña.[1]

El viaje de los primeros humanos a Australia es uno de los acontecimientos más importantes de la historia, al menos tan importante como el viaje de Colón a América o la expedición del Apolo 11 a la Luna. Fue la primera vez que un humano consiguió abandonar el sistema ecológico afroasiático (en realidad, la primera vez que un mamífero terrestre grande había conseguido cruzar desde Afroasia a Australia). De mayor importancia todavía fue lo que los pioneros humanos hicieron en este nuevo mundo. El momento en el que el primer cazador-recolector pisó una playa australiana fue el momento en el que Homo sapiens ascendió el peldaño más alto en la cadena alimentaria y se convirtió en la especie más mortífera que ha habido en los cuatro mil millones de años de la historia de la vida en la Tierra.

Hasta entonces, los humanos habían mostrado algunas adaptaciones y comportamientos innovadores, pero su efecto en su ambiente había sido insignificante. Habían demostrado un éxito notable a la hora de desplazarse y adaptarse a diversos hábitats, pero lo hicieron sin cambiar drásticamente dichos hábitats. Los colonizadores de Australia o, de manera más precisa, sus conquistadores, no solo se adaptaron. Transformaron el ecosistema australiano hasta dejarlo irreconocible.

La primera huella humana en una playa arenosa australiana fue inmediatamente borrada por las olas. Pero cuando los invasores avanzaron tierra adentro, dejaron tras de sí una huella diferente, una huella que jamás se borraría. A medida que se adentraban en el continente encontraron un extraño universo de animales desconocidos, que incluían un canguro de 2 metros y 200 kilogramos y un león marsupial, tan grande como un tigre actual, el mayor depredador del continente. En los árboles forrajeaban koalas demasiado grandes para acariciarlos y en las llanuras corrían aves ápteras que tenían el doble de tamaño de los avestruces. Bajo la maleza se deslizaban lagartos de aspecto de dragón y serpientes de 5 metros de largo. El gigantesco diprotodonte, un uómbat de 2,5 toneladas, vagaba por los bosques. Con excepción de las aves y los reptiles, todos estos animales eran marsupiales: como los canguros, parían crías minúsculas y desvalidas, de aspecto fetal, que después alimentaban con leche en bolsas abdominales. Los mamíferos marsupiales eran casi desconocidos en África y Asia, pero en Australia eran los dueños supremos.

En cuestión de unos pocos miles de años, prácticamente todos estos gigantes desaparecieron. De las 24 especies animales que pesaban 50 kilogramos o más, 23 se extinguieron.[2] También desapareció un gran número de especies más pequeñas. Las cadenas alimentarias en todo el ecosistema australiano se descompusieron y se reorganizaron. Fue la transformación más importante del ecosistema australiano durante millones de años, pero ¿acaso fue todo culpa de Homo sapiens?

CULPABLE DE LOS CARGOS IMPUTADOS

Algunos estudiosos intentan exonerar a nuestra especie, cargando las culpas a los caprichos del clima (el chivo expiatorio habitual en tales casos). Sin embargo, es difícil creer que Homo sapiens fuera completamente inocente. Hay tres tipos de pruebas que debilitan la coartada del clima e implican a nuestros antepasados en la extinción de la megafauna australiana.

En primer lugar, aunque el clima de Australia cambió hace unos 45.000 años, esto no supuso ningún trastorno notable. Es difícil creer que únicamente unas nuevas pautas meteorológicas pudieron haber causado una extinción tan generalizada. Hoy en día es común explicarlo todo como resultado del cambio climático, pero lo cierto es que el clima de la Tierra nunca descansa. Se halla en un flujo constante. Así pues, podemos afirmar que todos los acontecimientos de la historia tuvieron lugar con algún cambio climático de fondo.

En particular, nuestro planeta ha experimentado numerosos ciclos de enfriamiento y calentamiento. Durante el último millón de años ha habido una glaciación cada 100.000 años de promedio. La última tuvo lugar desde hace unos 75.000 años hasta hace 15.000. No fue especialmente severa para un período glacial, y tuvo un par de máximos, el primero hace unos 70.000 años y el segundo hace unos 20.000 años. El diprotodonte gigante apareció en Australia hace más de 1,5 millones de años y resistió con éxito al menos a diez glaciaciones previas. También sobrevivió al primer máximo del último período glacial, hace unos 70.000 años. ¿Por qué, entonces, desapareció hace 45.000 años? Desde luego, si los diprotodontes hubieran sido los únicos animales grandes en desaparecer en esa época, podría ser fruto de la casualidad. Pero junto con el diprotodonte desapareció más del 90 por ciento de la megafauna australiana. Las pruebas son circunstanciales, si bien resulta difícil imaginar que los sapiens, solo por coincidencia, llegaron a Australia en el momento preciso en que todos estos animales caían muertos por el frío.[3]

En segundo lugar, cuando el cambio climático causa extinciones en masa, los organismos marinos suelen verse tan afectados como los terrestres. Sin embargo, no existe evidencia de ninguna desaparición significativa de la fauna oceánica hace 45.000 años. La implicación humana puede explicar fácilmente por qué la oleada de extinciones obliteró a la megafauna terrestre de Australia y no afectó a la de los océanos circundantes. A pesar de sus capacidades iniciales de navegación, Homo sapiens era todavía una amenaza abrumadoramente terrestre.

En tercer lugar, extinciones en masa parecidas a la diezmación arquetípica australiana tuvieron lugar una y otra vez a lo largo de los milenios siguientes… cada vez que los humanos colonizaban otra parte del mundo exterior. En estos casos, la culpabilidad de los sapiens es irrefutable. Por ejemplo, la megafauna de Nueva Zelanda (que había resistido sin el menor rasguño el supuesto «cambio climático» de hace unos 45.000 años), sufrió golpes devastadores inmediatamente después de que los primeros humanos pusieran el pie en las islas. Los maoríes, los primeros sapiens que colonizaron Nueva Zelanda, alcanzaron las islas hace unos ochocientos años. En un par de siglos, la mayoría de la megafauna local se había extinguido, junto con el 60 por ciento de todas las especies de aves.

Una suerte similar tuvo la población de mamuts de la isla de Wrangel, en el océano Ártico (a 200 kilómetros al norte de la costa de Siberia). Los mamuts habían prosperado durante millones de años en la mayor parte del hemisferio norte, pero cuando Homo sapiens se extendió, primero sobre Eurasia y después por Norteamérica, los mamuts se retiraron. Hace 10.000 años, no podía encontrarse un solo mamut en el mundo, con excepción de unas pocas islas árticas, en especial la de Wrangel. Los mamuts de Wrangel continuaron prosperando unos cuantos milenios más y después, de repente, desaparecieron hace unos 4.000 años, justo cuando los primeros humanos llegaron a la isla.

Si la extinción australiana fuera un acontecimiento aislado, podríamos conceder a los humanos el beneficio de la duda. Pero el registro histórico hace que Homo sapiens aparezca como un asesino ecológico en serie.

Todo lo que los colonizadores de Australia tenían a su disposición era tecnología de la Edad de Piedra. ¿Cómo pudieron causar un desastre ecológico? Hay tres explicaciones que encajan muy bien.

Los animales grandes (las principales víctimas de la extinción australiana) se reproducen lentamente. La preñez es prolongada, las crías por parto son pocas, y hay largos intervalos entre embarazo y embarazo. En consecuencia, si los humanos eliminaban aunque solo fuera un diprotodonte cada pocos meses, esto era suficiente para hacer que las muertes de diprotodontes superaran a los nacimientos. Al cabo de unos pocos miles de años, moriría el último y solitario diprotodonte, y con él toda su especie.[4]

De hecho, y a pesar de su tamaño, tal vez los diprotodontes y los otros animales gigantes de Australia no habrían sido tan difíciles de cazar porque sus asaltantes de dos patas los habrían pillado totalmente desprevenidos. Varias especies humanas habían estado vagando y evolucionando en Afroasia durante dos millones de años. Perfeccionaron lentamente sus habilidades de caza, y empezaron a ir tras los animales grandes hace unos 400.000 años. Las grandes bestias de África y Asia comprendieron gradualmente qué pretendían los humanos, y aprendieron a evitarlos. Cuando el nuevo megadepredador (Homo sapiens) apareció en la escena afroasiática, los grandes animales ya sabían mantenerse a distancia de animales que se parecían a él. En cambio, los gigantes australianos no tuvieron tiempo de aprender a huir. Los humanos no tienen un aspecto particularmente peligroso. No poseen dientes largos y afilados ni un cuerpo musculoso y elástico. De modo que cuando un diprotodonte, el mayor marsupial que haya hollado la Tierra, fijó la vista por primera vez en este simio de aspecto endeble, le dedicó una mirada y después continuó masticando hojas. Estos animales tenían que desarrollar el miedo a los humanos, pero antes de que pudieran hacerlo ya habían desaparecido.

La segunda explicación es que, cuando los sapiens llegaron a Australia, ya dominaban la agricultura del fuego. Enfrentados a un ambiente extraño y amenazador, incendiaban deliberadamente vastas áreas de malezas infranqueables y bosques densos para crear praderas abiertas, que entonces atraían a animales que se podían cazar con más facilidad, y que eran más adecuadas a sus necesidades. De esta manera cambiaron completamente la ecología de grandes partes de Australia en unos pocos milenios.

Un conjunto de pruebas que respaldan esta hipótesis es el registro fósil vegetal. Los árboles del género Eucalyptus eran raros en Australia hace 45.000 años. Sin embargo, con la llegada de Homo sapiens se inauguró una edad dorada para estas especies. Puesto que los eucaliptos se regeneran particularmente bien después de un incendio, se extendieron por todas partes mientras otros árboles desaparecían.

Estos cambios en la vegetación influyeron en los animales que comían las plantas y en los carnívoros que comían a los herbívoros. Los koalas, que subsisten únicamente a base de hojas de eucaliptos, se abrieron camino masticando felizmente a nuevos territorios, mientras que la mayoría de los demás animales sufrieron mucho. Numerosas cadenas alimentarias australianas se desplomaron, conduciendo a la extinción a los eslabones más débiles.[5]

Una tercera explicación coincide en que la caza y la agricultura del fuego desempeñaron un papel importante en la extinción, pero sostiene que no se puede ignorar por completo el papel del clima. Los cambios climáticos que hostigaron a Australia hace unos 45.000 años desestabilizaron el ecosistema y lo hicieron particularmente vulnerable. En circunstancias normales es probable que el sistema se hubiera recuperado, como había ocurrido muchas veces con anterioridad. Sin embargo, los humanos aparecieron en escena precisamente en esta encrucijada crítica y empujaron al abismo al frágil ecosistema. La combinación de cambio climático y caza humana es particularmente devastadora para los grandes animales, puesto que los ataca desde diferentes ángulos y es difícil encontrar una buena estrategia de supervivencia que funcione de manera simultánea contra múltiples amenazas.

Sin más pruebas, no hay manera de decantarse entre estas tres situaciones hipotéticas. Pero, ciertamente, hay buenas razones para creer que si Homo sapiens no hubiera ido nunca a Australia, todavía habría allí leones marsupiales, diprotodontes y canguros gigantes.

EL FINAL DEL PEREZOSO

La extinción de la megafauna australiana fue probablemente la primera marca importante que Homo sapiens dejó en nuestro planeta. Fue seguida por un desastre ecológico todavía mayor, esta vez en América. Homo sapiens fue la primera y única especie humana en alcanzar la masa continental del hemisferio occidental, a la que llegó hace unos 16.000 años, es decir, alrededor de 14000 a.C. Los primeros americanos llegaron a pie, gracias a que en aquella época el nivel del mar era lo bastante bajo para que un puente continental conectara el nordeste de Siberia con el noroeste de Alaska. No es que la travesía fuera fácil; el viaje era arduo, incluso más si cabe que la travesía hasta Australia. Para emprenderlo, los sapiens tuvieron primero que aprender a soportar las extremas condiciones árticas del norte de Siberia, una región en la que el sol no luce nunca en invierno, y en la que la temperatura puede descender hasta –50 grados Celsius.

Ninguna especie humana anterior había conseguido penetrar en lugares como el norte de Siberia. Incluso los neandertales, que estaban adaptados al frío, se hallaban limitados a regiones relativamente más cálidas, situadas más al sur. Pero Homo sapiens, cuyo cuerpo estaba adaptado a vivir en la sabana más que en los países de nieve y hielo, inventó soluciones ingeniosas. Cuando las bandas errantes de sapiens cazadores-recolectores emigraron a climas más fríos, aprendieron a hacer raquetas de nieve y ropa térmica efectiva compuesta de capas de pieles y cuero, cosidas juntas y muy apretadas con ayuda de agujas. Desarrollaron nuevas armas y elaboradas técnicas de caza que les permitieron rastrear y matar a mamuts y a otros animales grandes del lejano norte. A medida que sus ropajes térmicos y sus técnicas de caza mejoraban, los sapiens se atrevieron a adentrarse cada vez más profundamente en las regiones heladas. Y al tiempo que se desplazaban hacia el norte, sus vestidos, sus estrategias de caza y otras habilidades de supervivencia continuaron mejorando.

Pero ¿por qué se molestaron? ¿Por qué desterrarse a Siberia voluntariamente? Quizá algunas bandas fueron empujadas hacia el norte por guerras, presiones demográficas o desastres naturales. Aunque también había razones positivas para ir. Una de ellas era la proteína animal. En las tierras árticas abundaban los animales grandes y suculentos, como los renos y los mamuts. Cada mamut era fuente de una enorme cantidad de carne (que, dadas las bajas temperaturas, incluso podía congelarse para su uso posterior), gustosa grasa, piel caliente y valioso marfil. Tal como atestiguan los hallazgos de Sungir, los cazadores de mamuts no solo sobrevivieron en el helado norte, sino que prosperaron. A medida que pasaba el tiempo, las bandas se extendieron por todas partes, persiguiendo a mamuts, mastodontes, rinocerontes y renos. Hacia 14000 a.C., la cacería llevó a algunos de ellos desde el nordeste de Siberia a Alaska. Desde luego, no sabían que estaban descubriendo un nuevo mundo. Tanto para los mamuts como para los hombres, Alaska era una mera extensión de Siberia.

Al principio, los glaciares bloqueaban el camino desde Alaska al resto de América aunque unos pocos pioneros pudieron haber superado estos obstáculos navegando a lo largo de la costa. Hacia el año 12000 a.C. el calentamiento global fundió el hielo y abrió un paso terrestre más fácil. Utilizando el nuevo corredor, la gente se desplazó hacia el sur en masa, extendiéndose por todo el continente. Aunque originalmente se habían adaptado a cazar animales grandes en el Ártico, pronto se ajustaron a una sorprendente variedad de climas y ecosistemas. Los descendientes de los siberianos se instalaron en los densos bosques del este de Estados Unidos, los pantanos del delta del Mississippi, los desiertos de México y las húmedas junglas de América Central. Algunos establecieron su hogar en la cuenca del Amazonas, otros echaron raíces en los valles de las montañas andinas o en las pampas abiertas de Argentina. ¡Y todo esto ocurrió en solo uno o dos milenios! Hacia 10000 a.C., los humanos ya habitaban en el punto más meridional de América, la isla de Tierra del Fuego, en la punta austral del continente. El blitzkrieg humano a través de América atestigua el ingenio incomparable y la adaptabilidad sin parangón de Homo sapiens. Ningún otro animal se había desplazado nunca a una variedad tan enorme de hábitats radicalmente distintos con tanta rapidez, utilizando en todas partes casi los mismos genes.[6]

La colonización de América por parte de los sapiens no fue en absoluto incruenta. Dejó atrás un largo reguero de víctimas. La fauna americana de hace 14.000 años era mucho más rica que en la actualidad. Cuando los primeros americanos se dirigieron hacia el sur desde Alaska hacia las llanuras de Canadá y el oeste de Estados Unidos, encontraron mamuts y mastodontes, roedores del tamaño de osos, manadas de caballos y camellos, leones de enorme tamaño y decenas de especies grandes cuyos equivalentes son hoy en día completamente desconocidos, entre ellos los temibles felinos de dientes de sable y los perezosos terrestres gigantes que pesaban hasta 8 toneladas y alcanzaban una altura de 6 metros. Sudamérica albergaba un zoológico todavía más exótico de grandes mamíferos, reptiles y aves. Las Américas eran un gran laboratorio de experimentación evolutiva, un lugar en el que animales y plantas desconocidos en África y Asia habían evolucionado y medrado.

Sin embargo, toda esa diversidad desapareció. Dos mil años después de la llegada de los sapiens, la mayoría de estas especies únicas se habían extinguido. Según estimaciones actuales, en este corto intervalo Norteamérica perdió 34 de sus 47 géneros de mamíferos grandes y Sudamérica perdió 50 de un total de 60. Los felinos de dientes de sable, después de haber prosperado a lo largo de más de 30 millones de años, desaparecieron, y la misma suerte corrieron los perezosos terrestres gigantes, los enormes leones, los caballos americanos nativos, los camellos americanos nativos, los roedores gigantes y los mamuts. Tras ellos, miles de especies de mamíferos, reptiles y aves de menor tamaño e incluso insectos y parásitos se extinguieron también (cuando los mamuts desaparecieron, todas las especies de garrapatas de mamuts cayeron en el olvido).

Durante décadas, paleontólogos y zooarqueólogos (personas que buscan y estudian restos animales) han estado peinando las llanuras y las montañas de las Américas en busca de huesos fosilizados de antiguos camellos y de las heces petrificadas de los perezosos terrestres gigantes. Cuando encuentran lo que buscan, los tesoros son cuidadosamente empaquetados y enviados a los laboratorios, donde cada hueso y cada coprolito (el nombre técnico de los excrementos fosilizados) son estudiados y datados con meticulosidad. Una y otra vez, estos análisis arrojaron los mismos resultados: las pelotas de excremento más frescas y los huesos de camello más recientes se remontan al período en el que los humanos inundaron América, es decir, aproximadamente entre 12000 y 9000 años a.C. Solo en una región, los científicos han descubierto pelotas de excremento más recientes: en varias islas del Caribe, en particular Cuba y La Española, encontraron heces petrificadas de perezoso terrestre datadas alrededor de 5000 a.C., fecha en la que los primeros humanos consiguieron atravesar el mar Caribe y colonizar estas dos grandes islas.

De nuevo, algunos estudiosos intentan exonerar a Homo sapiens y echan la culpa al cambio climático (lo que les obliga a plantear que, por alguna razón misteriosa, el clima de las islas caribeñas permaneció estático durante 7.000 años, mientras que el resto del hemisferio occidental se caldeó). Sin embargo, no se pueden eludir las bolas de excremento en América. Nosotros somos los culpables. No hay manera de eludir esta verdad. Aun en el caso de que hubiéramos contado con la complicidad del cambio climático, la contribución humana fue decisiva.[7]

EL ARCA DE NOÉ

Si sumamos las extinciones en masa en Australia y América, y añadimos las extinciones a menor escala que tuvieron lugar mientras Homo sapiens se extendía por Afroasia (como la extinción de todas las demás especies humanas) y las extinciones que se produjeron cuando los antiguos cazadores-recolectores colonizaron islas remotas como Cuba, la conclusión inevitable es que la primera oleada de colonización de los sapiens fue uno de los desastres ecológicos mayores y más céleres que acaeció en el reino animal. Los animales que más padecieron fueron los grandes y peludos. En la época de la revolución cognitiva vivían en el planeta unos 200 géneros de animales terrestres grandes que pesaban más de 50 kilogramos. En la época de la revolución agrícola solo quedaban alrededor de 100. Homo sapiens llevó a la extinción a cerca de la mitad de las grandes bestias del planeta mucho antes de que los humanos inventaran la rueda, la escritura o las herramientas de hierro.

Esta tragedia ecológica se volvió a repetir en innumerables ocasiones y a una escala menor después de la revolución agrícola. El registro arqueológico de una isla tras otra cuenta la misma triste historia. La tragedia empieza con una escena que muestra una población rica y variada de animales grandes, sin traza alguna de humanos. En la escena segunda, aparecen los sapiens, de lo que dan prueba un hueso humano, una punta de lanza o quizá restos de cerámica. Sigue rápidamente la escena tercera, en la que hombres y mujeres ocupan el centro del escenario y la mayoría de los grandes animales, junto con muchos de los más pequeños, han desaparecido.

La gran isla de Madagascar, a unos 400 kilómetros al este del continente africano, ofrece un ejemplo famoso. A lo largo de millones de años de aislamiento, allí evolucionó una colección única de animales. Entre ellos se contaban el ave elefante, un animal áptero de tres metros de altura y que pesaba casi media tonelada (la mayor ave del mundo) y los lémures gigantes, los mayores primates del globo. Las aves elefante y los lémures gigantes, junto con la mayor parte de los demás animales grandes de Madagascar, desaparecieron de repente hace unos 1.500 años… precisamente cuando los primeros humanos pusieron el pie en la isla.

En el océano Pacífico, la principal oleada de extinción empezó alrededor del 1500 a.C., cuando agricultores polinesios colonizaron las islas Salomón, Fiyi y Nueva Caledonia. Eliminaron, directa o indirectamente, a cientos de especies de aves, insectos, caracoles y otros habitantes locales. Desde allí, la oleada de extinción se desplazó gradualmente hacia el este, el sur y el norte, hacia el centro del océano Pacífico, arrasando a su paso la fauna única de Samoa y Tonga (1200 a.C.), las islas Marquesas (1 d.C.), la isla de Pascua, las islas Cook y Hawái (500 d.C.) y, finalmente, Nueva Zelanda (1200 d.C.).

Desastres ecológicos similares ocurrieron en casi todos los miles de islas que salpican el océano Atlántico, el océano Índico, el océano Ártico y el mar Mediterráneo. Los arqueólogos han descubierto incluso en las islas más diminutas pruebas de la existencia de aves, insectos y caracoles que vivieron allí durante incontables generaciones, y que desaparecieron cuando llegaron los primeros agricultores humanos. Solo unas pocas islas extremadamente remotas se libraron de la atención del hombre hasta época moderna, y estas islas mantuvieron su fauna intacta. Las islas Galápagos, para poner un ejemplo famoso, permanecieron inhabitadas por los humanos hasta el siglo XIX, por lo que preservaron su zoológico único, incluidas las tortugas gigantes, que, como los antiguos diprotodontes, no muestran temor ante los humanos.

La primera oleada de extinción, que acompañó a la expansión de los cazadores-recolectores, fue seguida por la segunda oleada de extinción, que acompañó la expansión de los agricultores, y nos proporciona una importante perspectiva sobre la tercera oleada de extinción, que la actividad industrial está causando en la actualidad. No crea el lector a los ecologistas sentimentales que afirman que nuestros antepasados vivían en armonía con la naturaleza. Mucho antes de la revolución industrial, Homo sapiens ostentaba el récord entre todos los organismos por provocar la extinción del mayor número de especies de plantas y animales. Poseemos la dudosa distinción de ser la especie más mortífera en los anales de la biología.

Quizá si hubiera más personas conscientes de las extinciones de la primera y la segunda oleada, se mostrarían menos indiferentes acerca de la tercera oleada, de la que forman parte. Si supiéramos cuántas especies ya hemos erradicado, podríamos estar más motivados para proteger a las que todavía sobreviven. Esto es especialmente relevante para los grandes animales de los océanos. A diferencia de sus homólogos terrestres, los grandes animales marinos sufrieron relativamente poco en las revoluciones cognitiva y agrícola. Pero muchos de ellos se encuentran ahora al borde de la extinción como resultado de la contaminación industrial y del uso excesivo de los recursos oceánicos por parte de los humanos. Si las cosas continúan al ritmo actual, es probable que las ballenas, tiburones, atunes y delfines sigan el mismo camino hasta el olvido que los diprotodontes, los perezosos terrestres y los mamuts. Entre los grandes animales del mundo, los únicos supervivientes del diluvio humano serán los propios humanos, y los animales de granja que sirven como galeotes en el Arca de Noé.

cap-7

 

Parte II

La revolución agrícola

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FIGURA 9. Pintura mural de una tumba egipcia, que data de hace unos 3.500 años e ilustra escenas agrícolas habituales.

cap-8

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El mayor fraude de la historia

Durante 2,5 millones de años, los humanos se alimentaron recolectando plantas y cazando animales que vivían y se reproducían sin su intervención. Homo erectus, Homo ergaster y los neandertales recogían higos silvestres y cazaban carneros salvajes sin decidir dónde arraigarían las higueras, en qué prado debería pastar un rebaño de carneros o qué macho cabrío inseminaría a qué cabra. Homo sapiens se extendió desde África oriental a Oriente Próximo, hasta Europa y Asia, y finalmente hasta Australia y América; pero, dondequiera que fuera, los sapiens continuaron viviendo también mediante la recolección de plantas silvestres y la caza de animales salvajes. ¿Por qué hacer cualquier otra cosa cuando tu estilo de vida te da de comer en abundancia y sostiene un rico mundo de estructuras sociales, creencias religiosas y dinámicas políticas?

Todo esto cambió hace unos 10.000 años, cuando los sapiens empezaron a dedicar casi todo su tiempo y esfuerzo a manipular la vida de unas pocas especies de animales y plantas. Desde la salida hasta la puesta de sol los humanos sembraban semillas, regaban las plantas, arrancaban malas hierbas del suelo y conducían a los carneros a los mejores pastos. Estas tareas, pensaban, les proporcionarían más frutos, grano y carne. Fue una revolución en la manera en que vivían los humanos: la revolución agrícola.

La transición a la agricultura se inició alrededor de 9500-8500 a.C. en el país montuoso del sudeste de Turquía, el oeste de Irán y el Levante. Empezó lentamente, y en un área geográfica restringida. El trigo y las cabras se domesticaron aproximadamente hacia 9000 a.C.; los guisantes y las lentejas hacia 8000 a.C.; los olivos hacia 5000 a.C.; los caballos hacia 4000 a.C., y la vid en 3500 a.C. Algunos animales y plantas, como los camellos y los anacardos, se domesticaron incluso más tarde, pero en 3500 a.C. la principal oleada de domesticación ya había terminado. Incluso en la actualidad, con todas nuestras tecnologías avanzadas, más del 90 por ciento de las calorías que alimentan a la humanidad proceden del puñado de plantas que nuestros antepasados domesticaron entre 9500 y 3500 a.C.: trigo, arroz, maíz, patatas, mijo y cebada. En los últimos 2.000 años no se ha domesticado ninguna planta o animal dignos de mención. Si nuestra mente es la de los cazadores-recolectores, nuestra cocina es la de los antiguos agricultores.

Antaño, los estudiosos creían que la agricultura se extendió desde un único punto de origen en Oriente Próximo hasta los cuatro extremos del mundo. En la actualidad, los entendidos están de acuerdo en que en otras partes del mundo surgió también la agricultura, pero no porque los agricultores de Oriente Próximo exportaran su revolución, sino de manera completamente independiente. Los pueblos de América Central domesticaron el maíz y las habichuelas sin saber nada del cultivo del trigo y los guisantes en Oriente Próximo. Los sudamericanos descubrieron cómo cultivar patatas y criar llamas, ignorantes de lo que ocurría tanto en México como en el Levante. Los primeros revolucionarios en China domesticaron el arroz, el mijo y los cerdos. Los primeros jardineros de Norteamérica fueron los que se cansaron de registrar el sotobosque en busca de calabacines comestibles y decidieron cultivar calabazas. Los habitantes de Nueva Guinea domesticaron la caña de azúcar y los plátanos, mientras que los primeros granjeros de África occidental produjeron el mijo africano, el arroz africano, el sorgo y el trigo conforme a sus necesidades. Desde estos puntos focales iniciales, la agricultura se extendió por todas partes. En el siglo I a.C., la inmensa mayoría de las personas en la mayor parte del mundo eran agricultores.

¿Por qué se produjeron revoluciones agrícolas en Oriente Próximo, China y América Central y no en Australia, Alaska o Sudáfrica? La razón es simple: la mayoría de las especies de plantas y animales no se pueden domesticar. Los sapiens podían extraer del suelo deliciosas trufas y abatir mamuts lanudos, pero domesticar estas especies estaba fuera de sus posibilidades; los hongos eran demasiado escurridizos y las gigantescas bestias, demasiado feroces. De los miles de especies que nuestros antepasados cazaban y recolectaban, solo unas pocas eran candidatas adecuadas para cultivarlas y apriscarlas. Estas pocas especies vivían en lugares concretos, y en esos lugares fue donde tuvieron lugar las revoluciones agrícolas (véase el mapa 2).[1]

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MAPA 2. Localización y fechas de las revoluciones agrícolas. No hay consenso sobre las fechas, y el mapa se redibuja continuamente para incorporar los últimos descubrimientos arqueológicos.

Los entendidos proclamaban antaño que la revolución agrícola fue un gran salto adelante para la humanidad. Contaban un relato de progreso animado por la capacidad cerebral humana. La evolución produjo cada vez personas más inteligentes. Al final, estas eran tan espabiladas que pudieron descifrar los secretos de la naturaleza, lo que les permitió amansar a las ovejas y cultivar el trigo. En cuanto esto ocurrió, abandonaron alegremente la vida agotadora, peligrosa y a menudo espartana de los cazadores-recolectores y se establecieron para gozar de la vida placentera y de hartazgo de los agricultores.

Este relato es una fantasía. No hay ninguna prueba de que las personas se hicieran más inteligentes con el tiempo. Los cazadores-recolectores conocían los secretos de la naturaleza mucho antes de la revolución agrícola, puesto que su supervivencia dependía de un conocimiento cabal de los animales que cazaban y de las plantas que recolectaban. En lugar de anunciar una nueva era de vida fácil, la revolución agrícola dejó a los agricultores con una vida generalmente más difícil y menos satisfactoria que la de los cazadores-recolectores. Los cazadores-recolectores pasaban el tiempo de maneras más estimulantes y variadas, y tenían menos peligro de padecer hambre y enfermedades. Ciertamente, la revolución agrícola amplió la suma total de alimento a disposición de la humanidad, pero el alimento adicional no se tradujo en una dieta mejor o en más ratos de ocio, sino en explosiones demográficas y élites consentidas. El agricultor medio trabajaba más duro que el cazador-recolector medio, y a cambio obtenía una dieta peor. La revolución agrícola fue el mayor fraude de la historia.

¿Quién fue el responsable? Ni reyes, ni sacerdotes, ni mercaderes. Los culpables fueron un puñado de especies de plantas, entre las que se cuentan el trigo, el arroz y las patatas. Fueron estas plantas las que domesticaron a Homo sapiens, y no al revés.

Pensemos por un momento en la revolución agrícola desde el punto de vista del trigo. Hace 10.000 años, el trigo era solo una hierba silvestre, una de muchas, confinada a una pequeña área de distribución en Oriente Próximo. De repente, al cabo de solo unos pocos milenios, crecía por todo el mundo. Según los criterios evolutivos básicos de supervivencia y reproducción, el trigo se ha convertido en una de las plantas de más éxito en la historia de la Tierra. En áreas como las Grandes Llanuras de Norteamérica, donde hace 10.000 años no crecía ni un solo tallo de trigo, en la actualidad se pueden recorrer centenares y centenares de kilómetros sin encontrar ninguna otra planta. En todo el mundo, el trigo cubre 2,25 millones de kilómetros cuadrados de la superficie del planeta, casi diez veces el tamaño de Gran Bretaña. ¿Cómo pasó esta hierba de ser insignificante a ser ubicua?

El trigo lo hizo manipulando a Homo sapiens para su conveniencia. Este simio había vivido una vida relativamente confortable cazando y recolectando hasta hace unos 10.000 años, pero entonces empezó a invertir cada vez más esfuerzos en el cultivo del trigo. En el decurso de un par de milenios, los humanos de muchas partes del mundo hacían poca cosa más desde la salida hasta la puesta de sol que cuidar de las plantas del trigo. No era fácil. El trigo les exigía mucho. Al trigo no le gustan las rocas y los guijarros, de manera que los sapiens se partían la espalda despejando los campos. Al trigo no le gusta compartir su espacio, agua y nutrientes con otras plantas, de modo que hombres y mujeres trabajaban durante largas jornadas para eliminar las malas hierbas bajo el sol abrasador. El trigo enfermaba, de manera que los sapiens tenían que estar atentos para eliminar gusanos y royas. El trigo se hallaba indefenso frente a otros organismos a los que les gustaba comérselo, desde conejos a enjambres de langostas, de modo que los agricultores tenían que vigilarlo y protegerlo. El trigo estaba sediento, así que los humanos aportaban agua de manantiales y ríos para regarlo. Su insaciabilidad impulsó incluso a los sapiens a recoger heces de animales para nutrir el suelo en el que el trigo crecía.

El cuerpo de Homo sapiens no había evolucionado para estas tareas. Estaba adaptado a trepar a los manzanos y a correr tras las gacelas, no a despejar los campos de rocas ni a acarrear barreños de agua. La columna vertebral, las rodillas, el cuello y el arco de los pies pagaron el precio. Los estudios de esqueletos antiguos indican que la transición a la agricultura implicó una serie de dolencias, como discos intervertebrales luxados, artritis y hernias. Además, las nuevas tareas agrícolas exigían tanto tiempo que las gentes se vieron obligadas a instalarse de forma permanente junto a sus campos de trigo. Esto cambió por completo su modo de vida. No domesticamos el trigo. El término «domesticar» procede del latín domus, que significa «casa». ¿Quién vive en una casa? No es el trigo. Es el sapiens.

¿De qué manera convenció el trigo a Homo sapiens para cambiar una vida relativamente buena por una existencia más dura? ¿Qué le ofreció a cambio? Desde luego, no le ofreció una dieta mejor. Recordemos que los humanos son simios omnívoros que medran a base de una amplia variedad de alimentos. Los granos suponían solo una pequeña fracción de la dieta humana antes de la revolución agrícola. Una dieta basada en cereales es pobre en minerales y vitaminas, difícil de digerir y realmente mala para los dientes y las encías.

El trigo no confirió seguridad económica a la gente. La vida de un campesino es menos segura que la de un cazador-recolector. Los cazadores-recolectores se basaban en decenas de especies para sobrevivir, y por lo tanto podían resistir los años difíciles incluso sin almacenes de comida conservada. Si la disponibilidad de una especie se reducía, podían recolectar y cazar otras especies. Hasta hace muy poco, las sociedades agrícolas se han basado para la mayor parte de su ingesta de calorías en una pequeña variedad de plantas domésticas. En muchas áreas se basaban en una única planta, como el trigo, las patatas o el arroz. Si las lluvias fallaban o llegaban plagas de langostas o si un hongo aprendía cómo infectar a esta especie alimentaria básica, los campesinos morían por miles y millones.

El trigo tampoco podía ofrecer seguridad contra la violencia humana. Los primeros agricultores eran al menos tan violentos como sus antepasados cazadores-recolectores, si no más. Los agricultores tenían más posesiones y necesitaban terreno para plantar. La pérdida de tierras de pastos debido a las incursiones de vecinos podía significar la diferencia entre la subsistencia y la hambruna, de manera que había mucho menos margen para el compromiso. Cuando una banda de cazadores-recolectores se veía acosada por un rival más fuerte, por lo general podía marcharse. Era difícil y peligroso, pero era factible. Cuando un enemigo fuerte amenazaba una aldea agrícola, la retirada significaba ceder los campos, las casas y los graneros. En muchos casos, esto condenaba a los refugiados a morirse de hambre. Por lo tanto, los agricultores tendían a quedarse en su tierra y a luchar hasta las últimas consecuencias.

Muchos estudios antropológicos y arqueológicos indican que en las sociedades agrícolas simples, sin marcos políticos más allá de la aldea y la tribu, la violencia humana era responsable de un 15 por ciento de las muertes, incluido un 25 por ciento de las muertes de hombres. En la Nueva Guinea contemporánea, la violencia explica el 30 por ciento de las muertes de hombres en una sociedad tribal agrícola, los dani, y el 35 por ciento en otra, los enga. ¡En Ecuador, quizá hasta el 50 por ciento de los waorani adultos sufren una muerte violenta a manos de otro humano![2] Con el tiempo, la violencia humana se puso bajo control mediante el desarrollo de estructuras sociales mayores: ciudades, reinos y estados. Pero hicieron falta miles de años para construir estas estructuras políticas enormes y efectivas.

La vida en las aldeas aportó ciertamente a los primeros agricultores algunos beneficios inmediatos, como u

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